LA BELLEZA DEL TORO EN EL CAMPO MEXICANO.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace unos días, aparecieron ocho interesantes fotografías que son clara evidencia de los toros que se lidiarán el lunes 5 de febrero, en la conmemoración del 72 aniversario de la plaza “México”. Son ocho ejemplares de Jaral de Peñas que su propietario decidió divulgar, no solo con ese propósito, sino con objeto de que los aficionados tengamos claro de que son toros y ya no nos quede la menor duda. De que tienen trapío, de que es una corrida pareja en presentación, donde predominan los colorados, y de que más de uno, como el 182 o el 174 resaltan  porque su pelaje se denomina –en aquel- “chorreao en verdugo” (mezcla de tres colores: negro, blanco y colorado) y ese otro que es colorado, bragado y muy parejito.

El 182

El 174

Imágenes disponibles en internet febrero 2, 2018 en:

http://altoromexico.com/index.php?acc=galprod&id=5317

Foto: JPB, iniciales de Juan Pedro Barroso.

   Todos los del Jaral aparecen retratados en un corral, espacio en el que seguramente pasaron sus últimos días en contacto con el campo bravo, ese sitio que siempre ha poseído encanto y fascinación sin igual.

   Se tiene claro que de las últimas comparecencias de Jaral de Peñas, las cosas han rodado bien. Esperemos se cumpla el deseo de su propietario y el destino le guiñe un ojo.

   La cosa no acaba ahí. Más bien, alienta porque esas imágenes me han dado motivo para buscar entre los materiales que he venido reuniendo (labor que me ha tomado poco más de cuatro décadas), algunas fotografías cuyo contenido histórico se pondrá en valor a continuación.

   Creo que en principio debo afirmar que las elegidas son casi inéditas, de que la más antigua se remonta a 1888, siguiéndola tres cuyos registros datan de 1905, 1908 y 1909 respectivamente. En ese criterio de rareza, se encuentra una más de 1935, y otra de 1942.

   Comparto con gusto dichas piezas, porque además destaca en cada una de ellas la belleza de los escenarios, lo imponente de los toros, e incluso de lo afortunado que, para cada uno de los fotógrafos resultó el momento de su contacto con los toros bravos.

   Se trata de una “tarjeta de visita” cuyo registro se remonta a 1888. No se conoce, salvo este ejemplo, una evidencia tan antigua lograda en el campo, imaginando para ello la labor del fotógrafo, quien debe haber apostado todo su equipo, a prudente distancia para tener al final de aquella sesión seis fotos, de la que sólo se conocen cinco (y aquí es buen momento para agradecer la generosa colaboración del Lic. José Carmona Niño quien puso a mi alcance estos materiales).

   Estamos en Atenco. Ese toro ya contaba con la edad de rigor, buena presencia y dotada cornamenta, con lo que se cumplía cabalmente cualquier requisito para su presentación en la plaza. Por cierto, y según un riguroso registro que tengo sobre la presencia de los atenqueños entre 1815 y 1915, puedo apuntar que ese año de 1888 se lidiaron como encierro de seis, el que se presentó el 4 de marzo en la plaza de “Colón”, lidiados por Valentín Martín, y luego hasta los domingos 9 y 16 de diciembre, en el mismo coso por Manuel Hermosilla y Juan Jiménez “El Ecijano”, cartel que se repitió en ambas tardes.

   Toro español, procedente de la ganadería de “Muruve” (sic), lidiado el 12 de febrero de 1905, en la plaza de toros “México” de la Piedad siendo el cartel, como sigue: Antonio Montes, Manuel Lara, “Jerezano”, y Tomás Alarcón, “Mazzantinito”, picador: “Agujetas. Banderillero: Manuel Blanco, “Blanquito”.

   F. Esperón, el fotógrafo se apostó en algún burladero de las corraletas (quizá entre las dos y tres de la tarde) y desde ahí, obtuvo tan impecable imagen, en la que se puede apreciar al mayoral que envió el ganadero español Joaquín Murube, con motivo de que fuese el responsable de cuidar el lote. Este, con una aparente paciencia franciscana, da de comer no solo al que se encuentra en primer plano sino también al que está detrás de él. ¿Qué les ofrece? Parece ser una ración de paja con la que los mantiene en santa paz, la misma que demuestra eso sí, el perro que observamos dormido a sus pies.

   Bonito de “Arribas, Hermanos”. De él se dijo lo siguiente:

Foto. A.V. Casasola. Col. del autor.

   “Bonito”, que en realidad se llamaba “Guindaleto”, pero al que su mayoral, Miguel Bello, siempre le decía “El Bonito”, y así se le quedó, había llegado a México con sus hermanos para la temporada anterior, es decir la de 1906-1907, estando en tan mal estado al ser desencajonados después de la travesía, que fueron conservados para la temporada siguiente. Poco a poco, Miguel Bello, que también era el conserje de la plaza y picador de toros los días de corridas, logró que “Bonito” se dejara acariciar en los corrales y acabó por darle de comer en la mano, como si se tratara de un manso corderito, lo que llamó poderosamente la atención del público en general, el cual empezó a interesarse por el animal”.[1]

   Pues bien, llegó el día de la corrida.

   Volvemos al “Lanfranchi”, que es como el “Cossío” mexicano:

Domingo 16 de febrero de 1908. Miguel Báez “Litri”, Antonio Guerrero “Guerrerito” y Vicente Segura.

   Al ser lidiado, “Bonito” sólo fue castigado con 4 puyazos y le clavaron un par de banderillas, y en esos momentos saltó al ruedo Miguel Bello, lo llamó por su nombre, se acercó a él lentamente y acabó por abrazarlo y acariciarlo, mientras todo el público pedía a gritos el indulto, que fue concedido.

   El toro regresó a los corrales, siempre acompañado por su mayoral, y a partir del día siguiente fue puesto en exhibición.[2]

   Entre otros personajes que fueron atraídos por aquella curiosidad, se presentó ni más ni menos que la tiple María Conesa, quien en ese entonces estaba encumbrada en el mundo de los espectáculos. Y la Conesa se hizo retratar hasta en tres ocasiones, como para dar muestra primero, de que controlaba sus nervios, y luego para afirmarse más en el cenit de su fama.

   Y termina nuestra consulta al “Lanfranchi” con lo que apuntó como consecuencia en el destino de ese toro famoso:

   Como el toro pertenecía por contrato a la empresa de “El Toreo, ésta acabó por regalárselo a Miguel Bello, el cual le curó sus heridas y lo cuidó hasta que él sufrió una cornada mortal al estar desencajonando unos novillos, el 16 de julio de 1909, y sus herederos lo vendieron entonces a don Víctor Rodríguez para semental de su ganadería de “La Trasquila”, en el estado de Tlaxcala. Años después, durante la Revolución, la hacienda fue invadida por unas tropas zapatistas, las cuales sacrificaron al famoso “Bonito” como si se tratara de otro animal destinado al matadero, sin importarles todo el revuelo que con su nobleza había provocado en la ciudad de México durante algún tiempo.[3]

   Por su parte, Edmundo Zepeda “El Brujo” torero romántico, de la legua, que en sus años ya maduros se incorporó a un espectáculo denominado “Cuatro siglos del toreo en Méjico”, y que recreaba las suertes en desuso que se practicaron en la segunda mitad del siglo XIX, mismas suertes que un siglo después fueron conocidas en dicho espectáculo, el cual hubo oportunidad de que los aficionados capitalinos y otros del país pudieran apreciarlo justo el 14 de agosto de 1955 en la plaza de toros “México”. Zepeda, tiempo más tarde, se dedicó a escribir en tono de corridos, varios de sus recuerdos de juventud. Entre ellos, encontré el que nos permite imaginarlo bajo el ritmo cansino de aquellas melodías que dicen así:

EL TORO “BONITO”.

 

“Bonito, el toro bonito”

era de Arriba Hermanos

y entre toda la camada

era el toro más bonito.

 

Miguel Bello lo cuidó

cuando pastaba en la dehesa

por su bondad y nobleza

gran cariño le tomó.

 

Llegó el domingo fatal

en el que iba a ser lidiado

y el caporal Miguel Bello

estaba muy consternado.

 

Salió “Bonito” a la plaza

con gran estilo embistió

y su bravura y su casta

a todos los asombró.

 

Y tocaron a matar

el toro estaba en los medios

y “Litri”, aquel Miguel Báez

se disponía ya a brindar.

 

Un hombre al ruedo saltó

y quitándose el sombrero

pa´ despedirse del toro

pidió permiso primero.

 

El toro al que le escurría

la sangre hasta las pezuñas

estaba arrogante y fiero

y Miguel Bello en el tercio

envióle su adiós postrero.

 

“Bonito, toma Bonito”

se hizo un silencio angustioso

el toro quieto esperaba

y Miguel pasito a paso

al torazo se acercaba.

 

Hubo un momento de duda

Miguel Bello se detuvo

el toro lo recordó

y caminando despacio

al caporal se acercó.

 

“Bonito, toma Bonito”

seguía el toro caminando

y cuando a Miguel llegó

este al toro se abrazó.

 

“Adios mi toro Bonito”

Bello estaba sollozando

sus lágrimas se mezclaban

en el morrillo sangrando.

 

El público puesto en pie

con un nudo en la garganta

entre lágrimas y gritos

el indulto así pidió.

 

El juez sacó su pañuelo

y presto lo concedió;

luego al guardarlo discreto

una lágrima enjugó.

 

Por la puerta de toriles

siguiendo dócil a Bello

el bravo toro “Bonito”

por ahí desapareció.

 

En los corrales quedó,

la gente lo iba a admirar

y la actriz María Conesa

solía irlo a acariciar.

 

A la dehesa lo volvieron,

como semental quedó;

a los pocos meses de esto

desencajonando a un toro

Bello estaba descuidado

y el marrajo lo mató.

 

Luego a “Bonito” vendieron

y en Tlaxcala ahí quedó.

Dicen que de tarde en tarde

quedábase quieto el toro.

 

Y al horizonte olfateaba

parece como que oía

“Bonito, toma Bonito”

y que Bello lo llamaba.

 

Edmundo Zepeda.[4]

   Esta otra imagen, todo un prodigio, por la cercanía y los buenos detalles que la engalanan, se obtuvo en Santín, hacia 1909, de acuerdo al documento manuscrito denominado “Fotografías y algunos datos, sobre toros notables por alguna circunstancia de la ganadería brava de Santín. Abril 10 de 1909, descripción que nos proporciona el propio ganadero, el señor José Julio Barbabosa en los siguientes términos:

Toro N° 42 de 1895.

Transcribo lo que dice en el libro de los toros padres. “Ynmejorable”, abril 24 de 1898. Hoy se picó en el toril de Santín, se puso pica de 16 milímetros, dio tres varas muy buenas, 2 muy recargadas, y la última tan recargada que estuvo muchísimo tiempo pegado al caballo, 5 veces le quitó Martín Rey que fue uno de los picadores la garrocha, y lo volvía a picar, y lejos de irse el toro, más recargaba, hasta que en vista de que el toro no se desprendía, mandé que unos peones (de brega) lo jalaran de la cola y otros lo llamaron con las capas solo así se desprendió del caballo, en la 6ª vara se corrió el botón y apareció la pica de 28 milímetros”. Diciembre 9 de 1902 jugó en Tenancingo (edo. de Méx.) recibió 3 varas, excelentes. Estuvo padreando 8 años, hasta el 22 de octubre de 1905. Dejó muchos y muy buenos hijos, cuya bondad se comprobó en las plazas “México” y “El Toreo” compitiendo con toros españoles de 1ª y sin exceptuar uno solo siempre vencieron a estos. Loado sea Dios. Junio 3 de 1909. Por viejo y ya ser humanamente imposible que viviera se mató. Vivió 14 años.

Col. del autor.

   Parece ser que la plaza de toros de “Vista Alegre”, aquella que se ubicaba en los rumbos de San Antonio Abad, y cuya carga de tragedias fue notable, tuvo también entre otros privilegios, ver salir por la “puerta de los sustos” ejemplares que, como Platero de “Dos Peñas” deja ver la hermosura de este cromo, obtenido por algún fotógrafo aventurero que tuvo el acierto de retratarlo junto a la nopalera, parte del paisaje propio de los rumbos de Santa Ana Jilotzingo, estado de México, donde se ubica hasta la actualidad, aunque con nuevo propietario.

   Ese hermoso cárdeno claro, bragado, de excelentes y equilibradas proporciones, como se aprecia en el pie de foto, se lidió el 21 de abril de 1935, año en el que el coronel Matías Rodríguez Hidalgo, su antiguo dueño poseía toros bravos con los cuales divertirse en las fiestas camperas. Pero la cosa dio tales resultados que, con ayuda de amigos compró vaquillas de Ajuluapam, y otras tantas hembras y machos de Zacatepec y San Mateo que fueron en buena medida el pie de simiente. Se decía en la época que “son toros fuertes, con nervio, pero con nobleza. Por eso el coronel ha pisado los ruedos de Vista Alegre y El Toreo en medio de ovaciones por la bravura de sus toros”.[5]

   Cierro con otro ejemplar de Atenco:

Sol y Sombra. Revista de toros. México, 1942. Col. del autor.

   Posó para el fotógrafo estando en las corraletas de la plaza “El Toreo”. En esa época, era su propietario el señor Manuel Barbabosa Saldaña. Cuando la hacienda atenqueña ya no tenía las extensiones del pasado, por haberse fraccionado a principios del siglo XX, de acuerdo a lo que decidió la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, hubo ocasión de que la visitara el conocido periodista José Jiménez Latapí Don Difi, quien le comentó al propio Manuel Barbabosa:

-“Don Manuel: ¡cómo es posible que pueda criar toros en una maceta!”

   Pues de “una maceta” provino este ejemplar del que por ahora, no se cuenta más que con su hermosa e imponente presencia.

   Motivos suficientes para recrear al toro bravo mexicano o de aquellos otros que dieron de qué hablar cuando se lidiaron en otros tiempos, forjando leyenda y dejando una estela que compositores como Lorenzo Barcelata o Tomás Méndez convirtieron en sonadas melodías.

   Fue Lorenzo Barcelata quien se dio a la tarea de escribir una canción que no sólo hizo célebre el propio Barcelata, sino también el “Trío Calaveras” y más tarde, Miguel Aceves Mejía. Se trata del Toro Coquito:

 

Toro Coquito.

 

Toma, coquito, toma
Toma, coquito, toma….
Azúcar te voy a dar.
Y tienes que ser valiente,
que un gran torero te va a torear
Toda la gente te va a aplaudir
Y con bravura vas a morir.

Huya, huya, huya!

 

Toma, toro, vuelve para el redil.
Que ya vienes los vaqueros
Y van a arriarte para el toril.
Toda la gente te va a aplaudir
Y con bravura vas a morir.

Huya, huya, huya!

Toma, coquito….

No puede quedar atrás el reconocimiento a Tomás Méndez que, inspirado en la presencia del toro bravo logró inmortalizarlo en su

Huapango Torero

 

Mientras que las vaquillas
están en el tentadero
única y nada más,
nada más pa’ los toreros,
por fuera del redondel,
por cierto de piedras hecho,
sentado llora un chiquillo,
sentado llora en silencio.

 

Con su muletilla enjuga
sus lágrimas de torero,
con su muletilla enjuga
sus lágrimas de torero,

La noche cae en silencio
las nubes grises se ven a lo lejos
se empiezan a acomodar
las estrellas en el cielo
y rumbo hacia los trigales
se ve a un chiquillo que va resuelto;
él quiere matar a un toro
su vida pone por precio.

Silencio…los caporales están durmiendo.
Los toros…los toros en los corrales andan inquietos.
Un capote en la noche
a la luz… a la luz de la luna quiere torear…
silencio…

De pronto la noche hermosa ha visto algo
y está llorando,
palomas, palomas blancas
vienen del cielo, vienen bajando;
mentira si son pañuelos, pañuelos blancos
llenos de llanto
que caen como blanca escarcha
sobre el chiquillo que agonizando…

Toro, toro asesino
ojala y te lleve el diablo,
toro, toro asesino
ojala y te lleve el diablo.

Silencio…los caporales están llorando.

 

Portada de un número extraordinario de El Universal Taurino, año de 1922. Col. del autor.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 263.

[2] Op. Cit.

[3] Ibidem.

[4] El Ruedo en México. Revista gráfica de los toros. Año I, Primera Quincena, Noviembre 1964, Nº 5, Especial.

[5] Revista de Revistas. El semanario nacional. Año XXVII, Núm. 1394 del 7 de febrero de 1937. Número monográfico dedicado al tema taurino.

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