“BONARILLO” EN EL PRIMER TORO.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 

   Es la tarde del 4 de noviembre de 1906. La plaza de toros “México” de la Piedad luce llena hasta la bandera, como puede predecirse en el enfoque que J. R. Foquero, el fotógrafo, logró en el preciso instante en que Francisco Bonal “Bonarillo” iniciaba un cite con la muleta que lleva en la diestra.

   Aquella ocasión, el diestro español y nacido en el barrio de Triana en Sevilla, alternó con otro paisano suyo: Antonio Montes, y ambos se las entendieron con un encierro de Santín.

   Y no era cualquier tarde, porque en esa ocasión se presentaba Montes, a quienes los aficionados esperaban repitiera el mismo tono triunfal que ya había tenido temporadas atrás.

   De acuerdo a lo que apuntó el cronista de El País un día después podemos saber que

Santín mandó unos toros bien presentados, pero con pitones microscópicos, “hormigones”, según el tecnicismo. Algunas cornamentas parecían recortadas y limadas. ¿Será posible?

   Todos los toros fueron tardos en picas, doliéndose al castigo, buscando la defensa, quedados en banderillas y en la muerte, con excepción de los corridos en primero, tercero y sexto lugares, reservones, entablerados y buscando pupa. Santín no se ha lucido en esta ocasión.

   Aún así, y con la mala labor de varios picadores, “sólo se registró un penquicidio, y los toros tomaron por total veinte varas, algunas no del todo buenas, sino refilonazos o marronazos”.

   No fue la tarde de Montes que, en apática presentación no hizo sino subir el tono de las protestas y la desilusión de sus “istas”

   Respecto a “Bonarillo”, las cosas tampoco resultaron favorables del todo.

   Con el capote no hizo nada digno de mención. Usa un telón de teatro, primer agravante, luego da la salida antes de que el toro esté en jurisdicción; quiso gallear a un toro quedado (¡!) no convenció. Se sabe, no obstante, que Bonarillo es un buen torero, que ha cosechado siempre aplausos, pero seguramente los del Perú, que siempre vienen a cuenta, le han trastornado y nos ha confundido con los villamelones de la América del Sur, que se desmayan en la suerte de picas.

   Puso en el quinto toro un buen par aprovechando, que le fue aplaudido.

   Con el estoque y muleta hizo lo siguiente: en el primero, con la izquierda, 1 alto, 1 de pecho, 2 redondos por bajo muy buenos, estando el torero cerca y consintiendo mucho. Con pequeño cuarteo media estocada en su sitio. Pases de pitón a pitón, muy aplaudidos, y termina con una honda en su sitio. Intenta descabellar y el toro dobla. Palmas, sin llegar al entusiasmo.

   En el tercero, que brinda a sol, uno con la izquierda, dos altos, uno de pitón a pitón. Iguala y entrando con el brazo muy alzado, media en su sitio. Más pases y una buena estocada. Que partió la herradura. Palmas, ovación y dianas. Hasta aquí no iba mal.

   En el quinto toro varió la decoración. Aun cuando toreó cerca y confiado, hizo una pésima faena, de altos y ayudados. Echándose fuera de una manera descarada, atiza un pinchazo; más pases, otro pinchazo en la misma; más pases y hasta tres pinchazos más, en tablas, es cierto, sin fijar, entrando con todas las agravantes posibles, una pasada sin herir por causa del toro, media pescuecera sin soltar. El matador se desanima, y por casualidad atiza un descabello a la primera. Pita morrocotuda. Bien es cierto que el toro se encontraba un poco difícil por un pésimo par de banderillas en el pescuezo, que clavó Bisoqui.

   Como podrá entenderse, “Palomo Chico”, el cronista en turno, tuvo a bien darnos “santo y seña” de aquella comparecencia, de diestros hispanos y que, por lo visto, ni uno ni otro cumplieron como esperaban los asistentes al coso en rumbos de la Piedad.

   En la nota que se dispuso como pie de foto, sabemos también que se trataba del segundo de la tarde. Con todo y eso, la imagen, fue separada y luego colocada en un marco que lució, ya lista en los pasillos de la casa “Barbabosa”, en Toluca. Don José Julio Barbabosa había mandado hacer ese sencillo trabajo al negocio de marcos y cuadros más cercano, con objeto de procurar un testimonio más sobre los muchos habidos –como recuerdo-, en aquella residencia, que era uno de los sitios donde el legado de Santín, como ganadería, fue quedando poco a poco traducido en un sólido recuerdo.

   Los ejemplares que mandó siempre bajo su orgullosa y siempre predecible idea de que, por ser los “toros nacionales” iban a causar sensación, esa tarde simple y sencillamente no pasaron a la historia.

Sin embargo, en todo estaba pendiente don José Julio, y aunque la nota fuese adversa, tuvo a bien no olvidarla conservando este simple testimonio fotográfico que, de algún modo, nos ha permitido conocer las incidencias de aquella soleada tarde.

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