CUATRO DISTINTOS TIEMPOS EN EL TOREO Y LA POESÍA.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 PRIMER TIEMPO.

La evocación lograda por Rafael López de Mendoza, es resultado de la actuación que Juan León “El Mestizo” tuvo en la plaza del Paseo Nuevo de Puebla, el 14 de febrero de 1886. En aquella ocasión, se lidiaron cinco toros de la ganadería de la Hacienda de Santa Isabel (Toluca). En la crónica que “Costillares” publicó en el Diario del Hogar, y que luego replicó El Arte de la Lidia (año II, 2ª época, del domingo 28 de febrero de 1886, N° 9, p. 3), refiere un hecho sorprendente que pasa a ser citado aquí por su rareza.

“El toque del clarín anuncia la salida del primer toro. Como a las diez varas del chiquero, los citados diestros (Juan León “El Mestizo” y su compañero Enrique Pola) están en pie. Enrique Pol sin miedo, y con la sonrisa en los labios, se tira al suelo. El “Mestizo” manifestando un valor a toda prueba, se coloca, y alzando los brazos con la divisa espera a su enemigo. Era el momento terrible, la emoción fue general.

“La puerta del toril se abril, y aparece por fin un toro prieto de regular estampa y bien armado. El animal se fija en los diestros y parte como un rayo, y al embestir, el atrevido diestro, dando un quiebro soberano, le clava la divisa. El diestro, como si tal cosa, queda tranquilo sin dejar su posición. Enrique Pola se levanta y cuartea al cornúpeto con la montera en la mano. No hubo un espectador que no hubiera tocado las palmas: aquello fue la mar de aplausos, y hasta la tambora de la música del 15º batallón se rompió de tanto tocar diana.

“Concluida la deseada suerte, aparecieron en el ruedo los de a caballo. Vicente Oropeza señaló cuatro buenos puyazos, y Gerardo Meza “El Gorrión” tres, ambos sin consecuencias.

“El “Mestizo” capeó admirablemente, siendo acreedor a grandísimos aplausos.

“Cambiada la suerte, Florentino (a) “El Tanganito”, clavó un buen par de banderillas al cuarteo.

“Llega la hora de matar. El “Mestizo” con espada y muleta se acerca al buró, y pasándolo magistralmente de muleta con dos naturales, uno en redondo y dos de pecho; le larga una estocada por todo lo alto, suficiente para acabar con la vida del cornúpeto. Aplausos.

“Una vez concluida su faena, el “Mestizo”, empuñando un estandarte enlutado y con los colores nacionales, se dirigió al departamento de sombra a fin de recoger un donativo o suscripción para los funerales u honras que se deben efectuar a la memoria del decano que fue de los toreros en México, Bernardo Gaviño.

“La idea altamente noble dio resultado, y sobre esto el “Mestizo” es doblemente acreedor a las simpatías del público mexicano, por sus filantrópicos sentimientos; pues pocas veces se ha visto entre artistas un hecho como este”.

Hasta aquí la cita.

Ahora bien, el extraordinario caso de aquella suerte fue motivo de exaltadas opiniones tanto de la prensa como de los aficionados que la presenciaron. La misma tarde, fue aprovechada por el diestro español para lucirse en otra suerte, justo en el tercero, cuando al recibirlo, lo cambió a cuerpo limpio, suerte desconocida en Puebla y que también causó gran alboroto.

Total, que la actuación triunfal del “Mestizo” tuvo otra elogiosa referencia, escrita por el entonces reconocido autor teatral Rafael López de Mendoza, a quien identificamos muy cercano a los toros con diversos escritos. López de Mendoza, escribió dramas, pero sobre todo una obra denominada “Toreros en México” (A propósito en dos cuadros y en verso, original del general Rafael López de Mendoza. Estrenado la noche del domingo 9 de octubre de 1887).

Por su parte, Armando de María y Campos en el célebre semanario El Eco Taurino, publicó hacia finales de los años 20 del siglo pasado, una interesante composición de nuestro autor en turno, y así aparece, editada de acuerdo a la suerte que conmovió a los poblanos que presenciaron la completa actuación de Juan León “El Mestizo”:

SEGUNDO TIEMPO.

   Gracias a la labor de Eduardo Noriega “Trespicos”, es posible conocer a poco más de 130 años de distancia, algunas de las obras pertenecientes al célebre poeta mexicano Juan de Dios Peza (1852-1910). Entre sus obras más conocidas se encuentran Cantos del Hogar, Canto a la Patria, Fusiles y muñecas o La lira mexicana, entre otros títulos.

   Los poemas que nuestro autor dedicó a la tauromaquia, se publicaron –y aún hoy permanecen inéditos-, en la revista de toros La Muleta, cuyos primeros versos La Bomba (inédita de mi Libro de viajes, que tampoco se publicó).

   En algunas otras publicaciones taurinas, ya en pleno siglo XX, estos versos fueron reeditados, con objeto de corroborar una rareza literaria venida directamente de la lira perteneciente a uno de los más consagrados autores nacionales, lo que significa la reivindicación de que la literatura no estaba peleada con los toros, y menos cuando estaba emanaba de la inspiración de celebridades como Peza mismo.

   Ante ese hecho, creo que la labor a la que puso un empeño muy especial Armando de María y Campos en su también muy conocida publicación El Eco Taurino (1925-1939), esto allá a finales de la segunda década de la centuria pasada, permite alcanzar a entender la dimensión de aquel horizonte cultural donde, creadores de talla muy alta como Juan de Dios Peza no quedaron, ni quedan ahora, sumidos en la marginación del olvido. En todo caso, sucede lo contrario, pues con “Cantares Taurinos”, es posible apreciar su mirada, entender su pensamiento y alcanzar también el deleite en el que “el buen Andrés”, protagonista de los versos, produce en los mismos una delicia que raya en el humor, síntoma del que no pudo escapar el propio Juan de Dios.

TERCER TIEMPO.

De 1925 es la siguiente muestra, creación de Armando de María y Campos acompañada por un apunte, el cual recrea el momento culminante de cierta actuación faena de Francisco Peralta “Facultades” el año anterior. Es un pase de pecho, dando la espalda, y que bien pudo lograr un Carlos Ruano Llópis de reciente presencia por nuestras tierras. Aunque tiene también mucho de la línea que ya definía Roberto Domingo. ¿A qué artista perteneció esa obra?

Un ritmo es el toreo…

 La vida tiene un ritmo

sencillamente impar.

Todo responde a un claro

y unánime, tic, tac.

 

Un ritmo es el toreo

un ritmo es el torear,

un ritmo de matices

y de serenidad,

que los técnicos dicen

llanamente “templar”,

y que yo considero

un difícil ritmar

en que “vida” y “tragedia”

tienen que asonatar.

 

La vida tiene un ritmo

unánime e impar.

¡Un ritmo es el toreo

un ritmo es el torear!…

 

Cuando el pitón del toro

-rabia y brutalidad-

el pecho indiferente

del diestro va a rasgar,

en uno de esos lances

que “Facultades” dá;

cuando sobre el morrillo

se despetala un par

de banderillas, como

los que sólo Gaona

pudo y supo clavar;

cuando como si fuera

manejado a compás,

se embebe en la muleta

el bravo toro audaz,

siguiendo de “Chicuelo”

el pase natural;

cuando el toro sucumbe

de estocada mortal,

y en los tendidos cálidos

hay hondo suspirar

por el diestro arrojado

que ha sabido matar,

metiendo bien la pierna

y exponiendo “al cruzar”,

la vida ha palpitado

con su ritmo imparcial.

 

La vida tiene un ritmo

y un ritmo es el torear.

El ritmo es cosa fácil,

es la facilidad,

cuando en cada minuto

se sabe el ritmo hallar,

como en todos sus lances

lo encontraba Marcial

Lalanda, el gran torero

valor y suavidad.

Un ritmo es el toreo

cuando se sabe aunar

el amor a la vida

con un despreocupado

deseo de acabar.

¡Un ritmo es el toreo,

un ritmo es el torear!

 El Duque de Veragua.[1]

CUARTO TIEMPO.

Armando de María y Campos, entre sus muchas virtudes, que también las tuvo, fue un hacedor de la poesía. De ese modo, y a 20 años de la muerte del diestro sevillano Antonio Montes, ocurrida un 13 de enero de 1907, ello representaba la posibilidad de rememorar una tragedia que conmovió a la sociedad mexicana de entonces.

Los versos que tejió para esa evocación, van así:

TARDE DEL TRECE DE ENERO… (A Ricardo Noriega)

 En el huir de los años

no escapas a mi recuerdo,

tarde infantil y solemne,

tarde del trece de enero

de mil novecientos siete…

 

Yo quería ser torero,

y me enfadaba llevar

boina azul de marinero

-de marinero de tierra-

con dos listones al viento,

las pantorrillas al aire,

y sin manchas el vestido

de niño decente y bueno.

 

¿Recuerdas, madre? Querías

hacer de mí un ingeniero.

 

Capas rojas, gritos roncos,

ruge el toro como un trueno,

y arde el sol en los caireles

con vivo chisporroteo.

Fuentes, Montes y “Bombita”.

¡Parpadean tres luceros

en el cartel de las nubes!

 

Antonio Fuentes, maestro;

a Montes, cara de cura,

le enviaba valor el cielo;

Ricardo Torres “Bombita”,

alegre y zaragatero.

¡Si parece que fue ayer,

tarde del trece de enero!…

 

“Mátale de prisa, Antonio”,

dijo Fuentes, el maestro.

y Montes entró, despacio

y el toro le hundió su cuerno.

 

Mis diez años se pararon

trémulos de asombro y miedo,

cuando el toro cogió en tablas

al pobrecito torero.

 

Congoja, tristeza y luto.

las cuadrillas hablan quedo,

y sollozando la tarde

crespones cuelga en su pecho.

“¡Se muere Montes, se muere!”,

en voz baja dice el viento.

cristiana la noche enciende

cuatro dorados luceros.

 

Mató un toro a Antonio Montes,

¡Madre, ya no quiero ser torero![2]

 

Armando de María y Campos, 1933.

   La edición de este ejercicio literario lució así:

Recordamos a esta gran figura, quien estuvo en nuestro país durante varias temporadas, a principios del siglo pasado. Tuvo que llegar la fecha infausta del 13 de enero para que “Matajacas” de Tepeyahualco, le asestara mortal cornada para que a partir de ese momento, el torero español se convirtiera en leyenda. Parte de ese testimonio es el que ahora reúno en esta semblanza.

En 2002, tanto Marcial Fernández como un servidor preparamos, en 2002 un libro en coautoría que denominamos: Los Nuestros.[3] Dejamos testimonio de un sinfín de matadores de toros que, a nuestro juicio hacíamos “nuestros” por muchos significados. Entre otros, Antonio Montes, ingresó a la nómina en estos términos:

En lo que queda de un cartel roído por el tiempo, muy dañado, es posible apenas distinguir entre casi tres fotografías y su elaborada descripción los datos que nos hacen ubicar su célebre nombre, su retrato y otras circunstancias que giraron alrededor de aquel espantable suceso, del que también hizo su parte Antonio Vanegas Arroyo, junto con José Guadalupe Posada, por lo que sus famosas “hojas de papel volando”, circularon casi de manera inmediata tras ocurrir el deceso. Los “Tristísimos recuerdos…” tienen señal de impresión del año 1908.

Con el desmedido título “El cadáver de ANTONIO MONTES CONVERTIDO EN CARBÓN…” (1907), y “Tristísimos Recuerdos…” (1908), hacemos nuestra esta evocación, venida, como ya se sabe, de aquel empeño de quien ostentó dos conocidos alias: El Alcalde de Zalamea y El Duque de Veragua.

Me refiero a Armando de María y Campos.


[1] El Eco Taurino. Año I, México, D.F., 15 de diciembre de 1925, Nº 12. Armando de María y Campos, director de este semanario, firmaba sus artículos, crónicas y colaboraciones, las más de las veces con el pseudónimo que remata el verso.

[2] El Eco Taurino, N° 301 del 12 de enero de 1933.

[3] Marcial Fernández (seud. Pepemalasombra) y José Francisco Coello Ugalde: Los Nuestros. Toreros de México desde la conquista hasta el siglo XXI. México, Ficticia, 2002. 215 p. Ils., retrs., fots.

 

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