INTERESANTÍSIMAS DECLARACIONES DEL DR. JOSÉ ROJO DE LA VEGA EN 1953.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

I

   En el patio de cuadrillas de la plaza de toros “México”, ocurrió un casual encuentro que tuvieron el Dr. Javier Rojo de la Vega y Manuel García Santos allá por octubre de 1953. Quedaron para verse pronto, y eso sucedió en una esplendorosa cena. El recordado periodista, ejerciendo el oficio como uno de los mejores habidos en aquellos tiempos, atinaba a preguntarle:

-¿Algunas curas habrá usted hecho en esos tiempos?

   Y la respuesta del galeno no pudo ser otra que esta:

-No pocas. Recuerdo una tarde en la plaza “El Toreo” que tuvimos que intervenir en ¡once cornadas…!

-¡En una sola corrida…! ¿De quien eran los toros?

-De Sayavedra. Pero las cornadas las produjeron dos toros de Quiriceo que salieron de sobreros. ¡Imagínese usted! ¡Una enfermería con dos camas y once heridos en ella! ¡Aquello parecía un campo de batalla…!

-¿Recuerda el nombre de alguno de los heridos?

-Uno fue este Santiago Vega que toreó en la novillada de La Oreja de Plata el otro día en la México. Otro Luis de la Sota. Otro “Terremoto de Tacuba”…

-¿Ninguno llegó a destacar en el toreo?

-El que más lejos ha llegado ha sido Santiago Vega.

   Y así es, en efecto. Las imágenes que nos confirman aquel “campo de batalla” ocurrido la tarde del jueves 28 de agosto de 1941, quedaron registradas en un reportaje gráfico publicado en La Lidia. Revista gráfica taurina, año I, N° 40 del 27 de agosto de 1942, como se verá a continuación:

   Y García Santos, procurando obtener datos de importancia, continuó su “interviú”.

-¿Con qué experiencias y con cual especialización llegó usted al cargo de cirujano de la Plaza de Toros?

-Con la de ser cirujano del Hospital Juárez, donde se practica la cirugía de urgencia ya que a ese Centro van todos los heridos de la Capital.

-Pero la cirugía taurina, ¿no requiere una especialización…? Yo he leído un libro del famoso Dr. Bravo, médico de la Plaza de toros de Madrid (García Santos, debe referirse al Dr. Juan Bravo y Coronado, quien estuvo al frente de los servicios médicos en la plaza madrileña, entre fines del XIX y comienzos del XX) que fue, en el que se demuestra que las cornadas de los toreros requieren una técnica especial para ser operadas…

-Y así es. La cirugía taurina –si vale denominar así a las intervenciones en las enfermerías de las plazas-, es en principio una aplicación de la cirugía de urgencia. Y un cirujano experto en toda clase de traumatologías puede perfectamente operar una cornada. Pero… es cierto que curar las heridas por asta de toro requiere una especialización…

-¿Puede usted citarme un caso concreto?

-¡Cómo no! Recuerdo una cornada enorme de Luis Freg (refiriéndose, quizá a la que el valiente torero recibió 9 de marzo de 1922 por un toro de San Nicolás Peralta). Asistía como invitado –si vale este término-, el famoso Dr. Mayo, cirujano expertísimo. Y le dijimos si quería intervenir en la operación. Se negó.

-¿En qué consiste la diferencia entre la lesión que ocasiona el asta y la que hace otra causa cualquiera…?

-Los aspectos clínicos son distintos. No tiene usted más que ver la forma del cuerno, y tener en cuenta la fuerza enorme que el animal desarrolla al herir. El cuerno penetra en el cuerpo como un proyectil. Reprime la piel –en ocasiones, ¡sin romperla siquiera!- y el orificio que abre constituye una especie de embudo o cono invertido. Luego, las trayectorias que hace por dentro, que a veces son varias… Hay que comenzar por desbridar aunque a los toreros les alarme en principio eso de que se les agrande la herida que traen. Pero es absolutamente necesario para explorar a conciencia y enjuiciar con acierto.

-¿Ha influido la penicilina en las curas maravillosas que ahora se hacen?

-Indudablemente. Pero antes de que se conociera hemos tenido la suerte de operar casos muy graves y eludir el riesgo de la septicemia.

-¿Cuándo la emplearon por primera vez ustedes?

-En la cornada de “Chucho” Solórzano (“El Toreo”, 26 de febrero de 1933, percance que propinó “Lancero” de “Rancho Seco”). Una cornada gravísima, con la vena femoral rota y el peligro de la gangrena gaseosa casi inmediato…

-¿Qué cura recuerda más laboriosa…?

-Una de ellas la de “El Soldado” (“El Toreo”, 22 de noviembre de 1942. El toro se llamó “Calao” y era de “Piedras Negras”). Hubo de ponerle ¡catorce pinzas! Para contener la hemorragia e ir ligando vasos… La de Carmelo (Pérez, en “El Toreo”, la tarde del 17 de noviembre de 1929, por el tristemente célebre “Michín” de “San Diego de los Padres”) también fue muy grave. Nosotros no le aprobamos su decisión de irse a España. Y le recomendamos que si toreara ni se operase. ¿Pero parece que su destino era el de morirse en Madrid…!

-Entonces usted entró a formar parte del cuerpo médico de la Plaza de Toros…

-Exactamente el día 12 de octubre de 1925. El Día de la Raza.

-¿Y el primer torero que usted curó fue…?

-Mariano Montes. Un torero español, lipotímico, con cara de batracio y corazón de león. ¡Si viera usted la pelea que entabló con nosotros para que lo dejáramos salir a matar el toro…! ¡Hasta que se escapó y salió…!

-¿Es frecuente esa decisión de salir a seguir toreando en los toreros heridos;

-Es frecuente lo contrario.

-¿Puedo hacerle una pregunta desagradable? acotaba García Santos.

-La veo venir, respondió impasible Rojo de la Vega.

-¿Se le han muerto muchos toreros desde que es cirujano de la Plaza?

-Muy pocos. (Alberto) Balderas llegó muerto a la enfermería (hecho ocurrido el 29 de diciembre de 1940). Lo inyectamos directamente al corazón y sólo reaccionó unos segundos para quejarse de las piernas. Félix Guzmán murió de una complicación (ello a resultas de la cornada que recibió el 30 de mayo de 1943 en el ruedo de “El Toreo”). ¡Cuando el organismo no solo se niega a reaccionar, sino que además presenta cuatro cilindros de complicaciones o taras fisiológicas… no hay nada que hacer sino esperar el milagro! Este Félix Guzmán dio dos vueltas al ruedo estando herido. Esos movimientos musculares pudieron haber influido en la complicación que sobrevino…

-¿Y “Joselillo”…?

-Ese murió cuando ya estaba curado (se refiere a la cornada que recibió el 28 de septiembre de 1947 en la plaza de toros “México” por el novillo “Ovaciones” de “Santín”). El día en que se le iba a dar de alta. Murió de una embolia. Ya sabe usted que el eminente cirujano francés Dr. René Leriche, maestro universalmente admirado por todos los médicos, ha definido la embolia como “un rayo en un cielo azul”. Y eso es, en efecto.

-¿Puede usted decirme algo más del caso de Félix Guzmán…?

-Que la cornada era relativamente pequeña. Se le trató bien. Igual que en todos los casos análogos. Esto fue un domingo. El martes ya estaba declarada la gangrena gaseosa y con ella la muerte inevitable.

-¿La cornada reciente de mayor gravedad?

-La de Juan Armilla (el 21 de diciembre de 1952 en la plaza de toros “México”, por cornada que asestó “Cañí” de “Rancho Seco”) que fue horrible. Penetrante de vientre llegando hasta la pleura. ¡Un caso tremendo! ¡Y dio la sensación en el público de que no tenía nada porque no se vio mucho aparato y porque él fue a la Enfermería por su pie.

-En general, las cornadas más graves…

-Las de los espontáneos. ¡Los cogen los toros de una manera y les hacen unos destrozos…! Nosotros hemos curado espontáneos con intestinos y epiplón fuera…! ¡No sé cómo hay quien en la plaza se pone del lado de esos infelices que, lo más que logran es eso: Una cornada terrible y… descomponer la lidia sin hacer ellos nada de provecho! (El Ruedo de México. Año IX, N° 120, 22 de octubre de 1953).

II

   La cena demanda que los invitados se sienten a la mesa.

-Vamos a terminar rápidamente doctor: ¿Qué le interesa de la fiesta como aficionado?

-Todo. Pero el toro más que nada. Sin él no habría corridas. Pero ocurre con él como con el perro del Quijote que se le olvidó a Cervantes…

-No entiendo eso…

-Es muy sencillo. Ya sabe usted que del genio de Cervantes no puede dudarse. Ni de su genio ni de sus condiciones de novelista. Y sin embargo… se le olvidó el perro.

-¿Qué perro…?

-Cuando comienza el libro, lo hace con estas palabras: “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua y galgo corredor…” ¿No es así? Pues bien; a lo largo de la obra, salen a relucir la lanza en astillero y la adarga antigua. ¿Dónde vuelve a ocuparse del galgo corredor? Jamás lo volvió a citar. Nunca supimos si acompañó al manchego en alguna hazaña. Ignoramos dónde vivió y dónde murió, porque nada en absoluto nos vuelve a decir Don Miguel acerca de ese perro… Pues eso ocurre a veces con el toro. Que los aficionados van a la plaza sin saber –y sin que les preocupe que es lo peor- de qué ganadería son los toros que se van a lidiar, y luego los cronistas taurinos incurren en el mismo pecado al darle a la pelea del toro una importancia infinitamente menor que la que le conceden a la faena del torero. ¡Y no le digo nada de la injusticia que cometen con él cuando hieren o matan a un lidiador! En esos casos lo califican de asesino, marrajo, pregonao, traidor… Pero yo creo que esto debe ser motivo de otra charla.

-¿Por qué?

-Porque voy yo a incurrir en lo mismo que censuro. En darle al toro poca importancia, al dejar la conversación sobre él para lo último.

-Entonces lo emplazo para una charla acerca del toro de lidia, con destino a los lectores de EL RUEDO DE MÉXICO…

-Y yo la sostendré con mucho gusto… Manuel García Santos.

Disponible en internet en el portal http://www.las-ventas.com/

Toro lidiado en Las Ventas, el 1° de abril de 2018.

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