¡¡¡CARMEN!!!

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Se acaba de representar –por cierto con bastante éxito-, la ópera Carmen de Georges Bizet, en la plaza de toros “Paseo” de San Luis Potosí. En esa gran puesta en escena, y en el papel del torero Escamillo, se contó con la participación en su parte taurina, del diestro José Mauricio. Por lo que sabemos, las cosas rodaron muy bien, aún y cuando la suerte suprema no fue incluida.

Carmen, como se sabe es una ópera comique francesa en cuatro actos, con música de Georges Bizet, acompañada de un libreto preparado por Ludovic Halévy y Henri Melhac, que toman como referente la novela de Mérimée. Se estrenó el 3 de marzo de 1875.

Con ese motivo, parecen oportunas algunas reflexiones complementarias que permitan contextualizar de mejor manera el significado de esa obra, vinculada con algunos sucedidos que se entrelazarán en el tiempo y el espacio.

Próspero Mérimée es el autor de la célebre novela que nos lleva hasta la España de 1830, aunque su obra la escribiera en 1845. Como sabemos, Carmen la cigarrera, enamoradiza, lo mismo del Guardia don José que del torero Escamillo, encuentra sobre todo con la presencia de este último una manera de desplegar sus pasiones. Desde luego que no faltan los celos y hasta un obligado desenlace fatal, en medio de un ambiente que recoge las costumbres de esa época que a su vez ya había asimilado aspectos derivados de la influencia que Francisco de Goya impuso desde sus famosos lienzos. Pero también se encuentran otros aspectos en los que

el triunfo de la corriente popular que partiendo del vacío de la época de los últimos Austrias, crea el marchamo de la España costumbrista: los toros en primer lugar y, en torno, el flamenquismo, la gitanería y el majismo,

de acuerdo a lo que anota Fernando Claramount en su Historia ilustrada de la tauromaquia (1998, T. I.: 156). Abundando: “gitanería”, “majismo”, “taurinismo”, “flamenquismo” son desde el siglo que nos congrega terribles lacras de la sociedad española para ciertos críticos.

Para otras mentalidades son expresión genuina de vitalidad, de garbo y personalidad propia, con valores culturales específicos de muy honda raigambre. Julián Marías: (La España posible en tiempos de Carlos III, 1980: 371).

   Al ser revisada la obra mejor conocida como Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia de Francisco María de Silva, se da en ella algo que entraña la condición de la vida popular española. Se aprecia en tal retrato la sintomática respuesta que el pueblo fue dando a un aspecto de “corrupción”, de “arrogancia” que ponen a funcionar un plebeyismo en potencia. Ello puede entenderse como una forma que presenta escalas en una España que en otros tiempos “tenía mayor dignidad” por lo cual su arrogancia devino en guapeza, y esta en majismo, respuestas de no querer perder carácter hegemónico del poderío de hazañas y alcances pasados (v. gr. el descubrimiento y conquista de América).

Tal majismo se hace compatible con el plebeyismo y se proyecta hacia la sociedad de abajo a arriba. Lo veremos a continuación, tal cual lo apunta Néstor Luján en Historia del Toreo (1967: 31):

(…) coexiste en tanto un movimiento popular de reacción y casticismo; el pueblo se apega hondamente a sus propios atavíos, que en el siglo XVIII adquirieron en cada región su peculiar característica.

   Un ejemplo evidente de tales visiones quedó reflejado en la gran ópera que hoy es motivo de estas notas. Y más aún, y lo diría, recomendando la que es a mi parecer y hasta hoy, la mejor recreación lograda por la cinematografía. Me refiero no solo al trabajo dirigido por Carlos Sáura en 1983, con Antonio Gades, Laura del Sol y Paco de Lucía, sino a Carmen, de Francesco Rosi (1984). En el papel femenino aparece Julia Migenes junto con Faith Esham que encarna a Micaela. Ronda, Sevilla y Carmona son las locaciones ideales que fueron aprovechadas para darle sencillamente el toque apropiado a dicha producción en la que el célebre tenor hispanomexicano Plácido Domingo, cumple a cabalidad con el papel de don José. lo mismo sucede con el bajo-barítono italiano Ruggero Raimondi quien hizo las veces de Escamillo. La recreación es formidable pues no se descuidaron detalles propios de la época.

El cine logra una de las mejores producciones con Carmen, dirigida por Francesco Rosi en 1984.

Otros aspectos que pueden ser útiles para ubicarla en su relación con México van de observar que la obra, como se sabe, transcurre en la tercera década del XIX.

Uno de tantos ejemplos de la publicidad dedicada a obra tan célebre. Imagen tomada de internet.

   ¿Cuál era el ambiente taurino por aquellas épocas?

En síntesis, y tratando de concentrar todo en la capital de ese nuevo país, es que funcionaban plazas como la de Necatitlán, la de la Alameda y desde luego, estaba por reinaugurarse la de San Pablo, misma que seguía en malas condiciones, luego de varios incendios que enfrentó desde 1821. Entre las haciendas que surtían ganado se encontraban Atenco, los de la Nueva Vizcaya, Sajay, la Cueva y los Molinos (probablemente correspondía a la denominada Molinos de los Caballeros).

Si hemos de referirnos a los diestros, allí encontraremos los nombres no solo de Luis, Joaquín, José María y Sóstenes Ávila, sino también los de Bartolomé Morales, Pedro Fernández de Cires, Clemente Maldonado, Manuel Ceballos (¿El Sordo?), Guadalupe González, José María Guerrero, Marcelo Caballero, Gumersindo Rodríguez, Luis Álvarez y José Castillo que lograron en conjunto, cautivar a una incipiente afición entregada a las hazañas más notables de aquellos héroes.

Dato curioso es el de que la primera representación de la obra realizada en México, sucedió sin que lo tenga absolutamente claro, en “El Toreo” el domingo 20 de abril de 1919 siendo la mezzo-soprano Gabriela Bezanzoni quien encabezara el reparto, como Carmen, en tanto que Micaela quedó representada por Margarita Namara, cuya tesitura era la de soprano. En cuanto a don José y Escamillo, ambos tuvieron el privilegio de resurgir gracias a la muy buena actuación del tenor español José Palet y el barítono Mario Valle, respectivamente. Volvió a repetirse el 4 de mayo siguiente. Sin embargo, la puesta en escena que representó Enrico Caruso, en la misma plaza el 5 de octubre del mismo año levanta ámpula entre los melómanos.

Guillermo E. Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., T. I., p. 188.

   Se sabe también que los compases de la célebre marcha de “El Toreador” se escucharon por primera vez en la plaza de toros Colón, durante un festejo nocturno celebrado el 28 de abril de 1887. De ahí en adelante, la costumbre de marchas militares con que entonces sucedía el “partimiento de plaza” quedaría totalmente desplazada, de ahí que las bandas comenzaron a incluir en sus repertorios pasacalles, pasodobles y chotises, cuyos ritmos y notas constituyen ese toque peculiar que solo le es consubstancial al espectáculo de los toros. Han intentado incluir algunos otros ritmos, pero finalmente los tres ya citados se constituyen, tal cual sucedió y ha sucedido con “El Toreador” de Carmen, como la impronta musical taurina por antonomasia.

En el conjunto de curiosidades, conviene recordar que también en la plaza “Nuevo Progreso” de Guadalajara, se celebró otra función el 20 de octubre de 2011.

Hoy día, la literatura taurina se encuentra plagada de diversas versiones, adaptaciones, testimonios, críticas, estudios y análisis que hacen de esta genial obra, una cumbre en las letras y la música que, llevadas a la escena, materializan un cuadro de costumbres como pocos los ha habido en la historia del arte. De ese modo, en nuestro país se publicó en 1943 una extraordinario edición de Carmen, ilustrada por Carlos Ruano Llópis.

Visión de Carlos Ruano Llópis en la edición de 1943. Imagen tomada de internet.

   Como se habrá podido notar, Carmen fue desde hace casi dos siglos cabales, una mujer cuya figura ronda y seguirá rondando con ese encanto peculiar que caracterizaba también la urgente necesidad de una liberación de género. Su seducción, a lo que se ve, continuará causando estragos, pero también gratos momentos como los que acaban de vivirse hace unos días en el ruedo potosino.

 

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