INTERESANTES APRECIACIONES DE JOSÉ DE LA TIXERA EN 1804.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

La Muleta. Revista de toros. Año I. México, noviembre 20 de 1887, N° 12. Cromolitografía de P. P. García. Agradezco al Centro Cultural y de Convenciones “Tres Marías” (Morelia, Michoacán) haberme permitido consultar el ejemplar de esta rara edición. Biblioteca “GARBOSA”.

1796 fue un año clave para el toreo, pues se publica la considerada primera “Tauromaquia” como tratado técnico y estético de ese ejercicio, gracias a la suma de experiencia de dos personajes clave. Me refiero a José Delgado “Pepe Hillo, Pepeillo o Hillo” según algunas versiones en el manejo de su seudónimo así como a José de la Tixera, a quien debe vérsele como un aficionado de avanzada y quien tuvo unas ideas que no quedaron ahí. Las mismas continuaron en otros escritos cuyo contenido fueron motivo para que D. Luis Carmena y Millán, célebre bibliófilo español de finales del XIX editara el raro facsímil de “Las Fiestas de Toros” de 1804.

De aquella “Tauromaquia”, quedaron plasmadas en la teoría muchas de las experiencias que la práctica estaba dando a los que desempeñaban aquel ejercicio, sobre todo cuando el toreo ya se manifestaba plenamente concebido por los de a pie. Cuarenta años después se alcanzaba una nueva escala en este tipo de evoluciones, y entonces salía a la luz otra “Tauromaquia” más. Se trata de la de Francisco Montes “Paquiro”, elaborada conjuntamente y al parecer con Santos López Pelegrín “Abenamar”, aunque de este último persisten las dudas sobre si participó o no en aquel empeño.

Don Josef de la Tixera envía una carta dedicada al Visconde de Sancho-Miranda en ese 1804 en la que queda de manifiesto el estado de cosas que guardaba la fiesta de toros por aquellos tempranos tiempos, apenas despuntaba el siglo antepasado. En las primeras línea consideraba el toreo como un “piélago del Arte y Ciencia Tauromática…” para luego darse a una labor en que recuerda y cita los nombres de algunos “de los más hábiles y experimentados Aficionados y Toreros” de ese entonces.

Entre las curiosidades que va apuntando, menciona el hecho de que, en opinión suya, sería muy importante ensayar las suertes con un toro maquinal que “idéntico al propuesto… hice construir”. Como resultado de esos ensayos “auxiliados de la voz viva de un buen teórico, y verdadero inteligente, lograrían aprender sin contingencia, y con perfección el Arte de torear en una corta parte del dilatado tiempo, que por lo regular emplean en su adquisición, a costa de innumerables caídas, riesgos, porrazos, y cornadas (…).”

Párrafos adelante menciona a integrantes de la nobleza que dejaron un legado en el toreo a caballo. Luego lo hace con los picadores que, jerárquicamente y para esos años aún conservaban ciertos privilegios, estando entre otros uno de apellido Varo a quien considera de la Tixera como el “reformador del desaire, con que hasta su época se presentaba con casaquillas, o capotillos de mangas perdidas, o sueltas mal cortadas, y peor guarnecidas. También introduxo (sic) el uso de la redecilla, y en una palabra, se miraba para todo como un modelo de primor y gentileza”.

No se quedan atrás ni el rondeño Pedro Romero pero tampoco José Delgado, sevillano de origen, quien forjó “una habilidad tan brillante y universal con la espada, banderillas, capa, y sus originales graciosos y difíciles quarteos (sic), o recortes, que con singularidad en estos no tuvo semejante hasta la última hora de su vida…”

Ahora bien, derivado de su “Proposición Quarta y última” incluida en la misiva, plantea en la misma una pregunta clave: “¿De qué proviene, que no son tan bravos, revueltos y duros para el hierro como los toros de nuestra Península, los Mexicanos, Limeños, de Buenos-Ayres, y otras provincias de América; y qué géneros de suertes son las decantadas, que usan con ellos los Yndios, y demás Criollos en sus celebradas funciones?”

En casi diez páginas, teje un discurso mismo que, por obvias razones debió hacerlo como resultado del conocimiento que de esas dinámicas tuvo en informantes que proporcionaron sus impresiones más directas. Aquellos eran tiempos en que por ejemplo, la navegación se convirtió en el vínculo de contacto entre el viejo y el nuevo continente, de ahí que existiera esa enorme posibilidad de una dinámica de viajeros. Así que más de uno debió poner al tanto a nuestro personaje, quien tuvo a bien escribir los siguientes aspectos:

“En los Reynos de México, Lima, y otros de la América Española, se crían toros de bastante alzada y bravos; aunque para las varas, banderillas y estoque, de muy inferior valentía que los de nuestra Península. Los menos feroces de esta son superiores a los más bravos y fuertes de aquellas.

“La principal causa física de semejante variedad consiste en la notable que hay entre aquellos y estos climas, y en lo menos substancioso de los pastos de allí. Por consiguiente no son los Americanos tan ligeros, revueltos y prontos. Esta misma falta de disposición, o potencia, da margen a que con ellos se executen (sic) las suertes, que con los de nuestro continente es remoto verificar sin un casi inevitable riesgo”.

Por lo que allí menciona, varios aspectos requieren de la necesaria decodificación. Veamos.

Fue a finales del siglo XVIII cuando la ganadería en España entró en un sólido proceso de profesionalización, tal y como se puede apreciar en la definición de las castas y ramas que fueron empleadas para encontrar el tipo de toro que se prestara a las nuevas condiciones de un espectáculo que pasaba del estado primitivo a otro más evolucionado. Ese mismo fenómeno ocurrió en nuestros territorios, aprovechando para ello un toro criollo que resultó, al paso de tres siglos, resultado de la presencia de antiguas castas españolas como la serrana, cacereña, canaria, retinta e incluso navarra que aquí se desplegaron en forma caótica, debido a que no existieron métodos propicios con vistas a la consolidación de alguna casta. De ahí que de la Tixera mencione aquel balance donde el toro americano en lo general, y el novohispano en lo particular, contara con un perfil donde quizá, el fenotipo no se acercaba del todo con el español, y que su bravura se entendiera más como una seña de embestir, sin más.

Que los pastos y lo prodigioso de las tierras en estos rumbos no fuesen del todo generosos, como parte de una condición más favorable para el toro novohispano, parece convertirse en un asunto que no se corresponde necesariamente con la raza bovina española. Pero como ya quedó dicho, los hacendados españoles entraron por la senda de la profesionalización y no fue sino hasta un siglo después que ese proceso lo pusieron en marcha los nuestros casi al concluir el siglo XIX, sin olvidar que para finales del XVIII hubo algún refresco en Guanamé y luego al mediar el XIX, sucedió lo mismo en Atenco con casta navarra.

Sobre Guanamé, se puede abundar con datos al afirmar que don Bernardo de Gálvez (Conde de Gálvez, hijo de don Matías de Gálvez, virrey Nº 49, que gobernó durante el reinado del rey Carlos III del 17 de junio de 1785 al 30 de noviembre de 1786 en que murió. La audiencia gobernó hasta el 8 de mayo de 1787) fue quien trajo los toros españoles de lidia, “pie” de simiente en la hacienda de Guanamé, ubicada en el estado de san Luis Potosí.

Estas afirmaciones fueron compartidas por el diestro potosino Pedro Nolasco Acosta con el entonces joven periodista Carlos Cuesta Baquero, mismas que quedaron confirmadas desde 1882, cuando este último tuvo oportunidad de conversar con el señor Atanasio Hernández Soberón, propietario en su momento de la mencionada hacienda. El mismo afirmaba:

Los toros bravos de mi ganadería “Guanamé” provienen de toros de lidia que importó de España el virrey Conde de Gálvez. Son toros de casta salamanquina y castellana”

Y la reseña continua:

Guanamé, extinta ganadería mexicana que tuvo prestigio durante los años que van de 1800 hasta los años mismos de la Revolución. Ubicada en el estado de san Luis Potosí era la predilecta de los aficionados potosinos. Estaba a una distancia de veinte leguas de la ciudad de san Luis, y a las plazas de toros de esa capital llevaban encierros de cinco o seis toros de Guanamé, domingo a domingo. Alrededor de 150 han de haberse lidiado anualmente. También enviaban algunas corridas -pocas, sólo tres o cuatro- a las plazas de Saltillo y Zacatecas. Cuando ya hubo ferrocarril entre san Luis Potosí y la ciudad de México, vinieron toros de Guanamé a las plazas “El Paseo”, “Colón” y “Bucareli”, pero no con frecuencia.

El origen de esta vacada fue de toros españoles dedicados a la lidia, no de reses para el abasto. Los importó, con la finalidad de formar ganadería, el Conde de Gálvez, de nombre don Bernardo de Gálvez, hijo de don Matías. Ambos tuvieron el cargo de virreyes en la Nueva España y don Bernardo fue de los gobernantes que protegió la fiesta taurómaca. Por esto quiso hacerse ganadero, criando toros bravos en una de las extensas haciendas que poseyó en el entonces Departamento de San Luis Potosí.

Realizó su propósito con reses salamanquinas. No está especificado de cuál de las numerosas vacadas de la provincia de Salamanca, si bien todas gozaban de aceptación en los cosos españoles, lidiándose frecuentemente en el de Madrid. Que los primitivos toros de Guanamé tuvieron de progenitores a reses salamanquinas, lo sé por conversaciones que tuve –afirma Cuesta Baquero– con el señor don Atanasio Hernández Soberón, propietario de la hacienda en el lapso de los años 1875 a 1884.

El citado señor Hernández Soberón y yo fuimos vecinos de domicilio. Además, frecuentemente iba yo acompañando a mi amigo el espada potosino Pedro Nolasco Acosta, a pagar, en el despacho del señor Hernández Soberón, el valor de los toros que iban a ser lidiados. Hago estas aclaraciones debido a que uno de mis amigos muy apreciados publicó en un historial de las ganaderías bravas mexicanas que los toros de Guanamé eran descendientes de la ganadería castellana propiedad del Duque de Veragua.

Los toros españoles importados -fuesen salamanquinos o castellanos veragüeños- estuvieron alojados en las dehesas potosinas después de fallecido el Conde de Gálvez, que los encargó en el último de los nueve años que tuvo de virreinato (de 1785 a 1794) [aquí aclaro que sólo gobernó poco más de un año, del 17 de junio de 1785 al 30 de noviembre de 1786 en que murió, por lo que fue en ese mismo periodo en que tuvieron que darse todas las condiciones deseadas por Gálvez N. del A.]. La descendencia de esos bureles estuvo apta para la lidia a comienzos del siglo XIX -1800- y la ganadería fue formada en la primera década, de 1800 a 1810. Esa es la antigüedad que tuvo.

Este es uno de los últimos carteles en que aparecían anunciados los toros de Guanamé a principios del siglo XX. Col. del autor.

   Viene a continuación un interesante complemento.

Se conservó la casta, aunque no emplearon cuidados para refinarla. En Guanamé no se hacía tienta como es usual, ni de otra manera, ni aun la de pelele o dominguillo. Lo único que hacían era tener apartadas las camadas en potreros especiales, nombrados “El Burrito”, “Los Tajos”, y “El Estribo”. Los de este sitio eran toros de mayor confianza y elegidos para las corridas postineras, en las que era necesario que los bureles hicieran honor a la divisa y a su fama.

Los toros de Guanamé eran corpulentos, de buen trapío -algo bastos, sin exageración como siempre fueron sus ascendientes- bravos y nobles. Excepcionalmente resultaba alguno marrajo. Por el aspecto imponente y por la resistencia que tenían, soportando la brega sin fatigas, causaban temor en los toreros, ya fuesen mexicanos o españoles. La costumbre de torearlos hizo que los lidiadores potosinos –Pedro Nolasco Acosta y compañeros- los vieran indiferentemente. Pero los toreros de otros lugares, que habían escuchado platicar de los toros potosinos, los deseaban. Por esto rehusaban contratos para torear en san Luis Potosí y sólo iban a esa ciudad cuando estaban urgidos de dinero, por no tener solicitud en otras plazas. Ir a san Luis Potosí considerábase realizar una hazaña.

El temor aumentó desde que hubo las tremendas cogidas que motivaron el fallecimiento del incipiente torero aborigen Juan Aguirre y la muy grave lesión que sufrió el espada aragonés Nicanor Villa Villita, y pocos años después el trágico fallecimiento del novillero español Manuel Cuadrado “El Gordito”, nativo de Sanlúcar de Barrameda, coterráneo de “Señó Manué” Hermosilla. Entonces, los toros de Guanamé adquirieron la fatídica nombradía de los miureños. Y así se les nombró: los miuras mexicanos. Gozaron de esa significación haciendo pareja con las reses de la ganadería de Atlanga.

La repulsión de algunos espadas hacia los toros de Guanamé y la facilidad que, por medio de los ferrocarriles, surgió para sustituirlos por los de otras vacadas, aunque estuvieran lejanas de la capital potosina, hicieron que perdieran ese mercado. Tuvo escasa solicitud de corridas y don Mariano Hernández Ceballos -propietario sucesor de don Atanasio Hernández Soberón– pretendió poner el remedio, haciendo un cruzamiento de vacas de su ganadería con sementales de Atenco. La finalidad era que los toros perdieran corpulencia, sin menguar en bravura. No consiguió lo deseado: prosiguieron igualmente corpulentos y siendo bravos, pero ya no pastueños, sino de genio, de temperamento.

La Revolución vino a terminar con el problema, aniquilando la ganadería. Siendo muy numerosa, los jefes revolucionarios la eligieron para abastecedora de sus tropas. Diariamente llevábanse por ferrocarril numerosas reses que eran sacrificadas en lugares lejanos. Así terminó la ganadería de Guanamé, que en su divisa tenía los colores verde y negro. (LA LIDIA. Revista gráfica taurina año II, Nº 53 del 26 de noviembre de 1943).

En su época de mayor auge tal fue la apoteosis, que un número de LA MULETA dedicó una hermosa cromolitografía como memoria de aquel glorioso momento. Sin embargo, poco tiempo después, la de Guanamé vino a menos pues los fiascos se repitieron tanto que dejaron de comprarse encierros para las plazas de toros de la capital.

Guanamé desapareció al comenzar el siglo XX, pero le queda el orgullo de ser la primera ganadería en que se cruzaron toros y vacas españoles, con toros y vacas netamente mexicanos.

Por el interés del tema, continuaré la próxima semana.

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