“LAS FIESTAS DE TOROS (1804)”, NUTRIENTE DE REFLEXIONES.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Ignacio Garibay en Huamantla el 18 de agosto de 2018. Fotografía: Dr. Raúl Aragón López.

El personaje de la fotografía es Ignacio Garibay, quien el sábado anterior compareció en Huamantla. Raúl Aragón López, médico cirujano ortopedista, realizó la toma y el resultado fue este: una especie de regreso a los orígenes, cuando al parecer Garibay, pretendiendo aliviarse, lo que hizo fue lancear a la verónica hacia arriba y afuera, cumpliendo con lo que tauromaquias como las de Pepe Hillo o la de Montes; pero también los usos y costumbres, establecieron durante todo el siglo XIX y los primeros 30 del XX.

Esa fue en esencia, parte de las preocupaciones que un gremio como el de los toreros imprimió para conseguir la necesaria evolución de la tauromaquia, en cuyos aspectos eminentemente teóricos estaba al tanto José de la Tixera, con quien regresamos para seguir la estela de sus observaciones.

Lo que llama la atención en “Las fiestas de toros”, es esa apreciación que hacía no solo del ganado americano, sino de quienes las conducían por los campos; si lanceaban o rejoneaban en las plazas. Lamentablemente no da nombres, con lo que el anonimato fortalece aquel misterio donde los personajes activos en el ámbito rural, jugaron un protagonismo que fortaleció las prácticas de uso frecuente, las cuales pulimentaron para luego practicarlas en la plaza.

Para ello fue necesario el uso de varios elementos y así lo afirma:

“Es incontrovertible, que en las citadas Provincias de la América [México, Perú y Buenos Aires] se ven los mejores ginetes (sic) que hay en el Orbe descubierto”.

Y en seguida lo justifica así:

“Entre las muchas pruebas que tienen dadas de su singular pericia a caballo, hacen continuamente en los campos y plazas las que en parte han ejecutado hace muchos años en algunas de las nuestras. Éstas son las de enlazar los toros por las astas, o el pie, o mano que se proponen con una guindaleta (cuerda, lazo o peal, para mejor entenderlo), revoleándola, y tirándola desde el caballo, aunque éste y el toro vayan en el más veloz escape (…).

Luego “…se apea el diestro, para derribar el toro, a cuyo fin, o le mete la cola por entre las piernas, o la pasa de un hijar a otro por debajo de la barriga, y suspendiendo un poco los cuartos traseros, y tirando de aquella por un lado, le cae al opuesto, con la mira de atarle de pies y manos, o matarlo, si le acomoda”.

Poco más adelante refiere otras prácticas que consistían en que los “diestros” se dedicaban a “montar los toros con mucho denuedo, prontitud y agilidad, para lo que los enlazan (…), y luego los tesan (o sujetan con cuerda muy corta) hasta enfrontilarlos con el palo, que a dicho intento, y el de ponerles la silla, se fija en medio de la plaza”.

Lo que de la Tixera afirma es que, los territorios americanos convertidos en unidades de producción agrícola y ganadera, contaron con la presencia de personajes que de una u otra manera entendieron que no solo se aplicaba el control para desplazar los ganados de un sitio a otro, sino que también tuvieron claro el hecho de que existía una absoluta libertad para desarrollar ejercicios de lucidez y destreza que luego extendían en las plazas. Esto significó un incremento del diálogo entre los espacios rural y urbano que permitieron el despliegue de suertes que fascinaron a los asistentes a los espectáculos taurinos, y en ese anonimato ya mencionado líneas atrás, surgieron jinetes que antecedieron el quehacer en figuras que afirmaron suertes como el coleadero y el jaripeo al punto de convertirlas en elementos centrales en las corridas de toros. En ese sentido, me refiero a personajes como Ignacio Gadea, Lino Zamora y el propio Ponciano Díaz, que al parecer se convirtió en la cumbre de aquellas expresiones. Gracias a las lecciones que día con día recibió y practicó directamente el atenqueño en la célebre hacienda del valle de Toluca, permitieron conducirlo por una plena experiencia que aprovechó sin taza ni medida.

Nuestro autor aún nos tiene reservadas otras observaciones que veremos de inmediato.

“También usan, ya montados, del rejón, el que ponen de dos maneras: la una situando el caballo algo atravesado a la izquierda de modo, que la cabeza del toro se dirija al estribo derecho, con el fin de salir adelante con el caballo, luego que el toro se ceba en el rejón; y la otra ocupando éste y aquél una línea recta con el objeto de que sin salir de ella reciba el toro el rejón, con el que generalmente muere al primero que le clavan.

“En este género de suerte no se da salida a el caballo, ni hace con el otro movimiento, que llamarle un poco a la izquierda, a la manera que si se intentara hacer una media pirueta tan rendida sobre los pies, que casi diese con los corvejones en el suelo; en cuya posición permanece el caballo los momentos que tarda el toro en ser despojo del valor y destreza del ginete, si sale bien el lance.

“Este es uno de los más vistosos y lucidos, que puede emprenderse con un caballo maestro, mandado con todas las reglas del arte”.

Una extraña galantería llevó a los integrantes de la última élite novohispana, allá por 1814 al intento de celebrar juegos de cañas con objeto de exaltar la restauración de Fernando VII en el poder. Aquella intención no se concretó, pero deja ver que esos personajes guardaban profunda relación con “todas las reglas del arte” señaladas por de la Tixera.

Esto por un lado. Por el otro, es de recordar el hecho de que entre las figuras ya reconocidas en el toreo de esos momentos, se encontraban los célebres hermanos Sóstenes, José María y Luis Ávila, acompañados por otros como Felipe Monroy, José Antonio Romero, José Legorreta o Jerónimo Meza. Todos ellos habrían de plegarse al mandato de al menos el primer tratado teórico que se diseminaba de viva voz, en ese ir y venir de viajeros y toreros, pues no se tiene certeza sobre si llegaron o no ejemplares de la misma, como sí se sabe gracias a que en 1842, José Justo Gómez de la Cortina, el conocido Conde de la Cortina reseñó el ejemplar de la Tauromaquia del propio «Hillo» en el Mosaico Mexicano.

No es casual tampoco que, en otra edición, la que salió de la imprenta de Juan C. Aguilar en 1887 se indicara, además del índice, que se trataba de la primera edición mexicana “corregida al estilo de las suertes del país y aumentada con el uso del manejo de la reata y el jirapeo.” (sic) [término que el tipógrafo pudo haber confundido, siendo correcto jaripeo. Sin embargo “girapeo o jirapeo” también tiene una connotación que no es distante de su propósito en cuanto tal].

De acuerdo a lo que hasta aquí nos comenta, no debemos olvidar que lo hace justo en la transición de siglos, del XVIII al XIX, precisamente cuando el protagonismo de los de a caballo quedó atrás y fueron los de a pie quienes se posicionaron para cohesionar la que será esa escena central que se extiende hasta nuestros días, como resultado de una marcha permanente –no ajena en intentos de disuasión-; y que pretende continuar, quizá hasta donde el destino se lo tenga marcado.

Para cerrar con estas notas, don José apuntaba hacia 1804 que en “estos últimos años se han ido introduciendo el estoque, banderillas y varas por algunos Españoles europeos, al modo que lo practican en nuestras plazas, lo que ya se va haciendo común en las de México, Lima, Cartagena, y Havana (sic).

“Aunque en éstas suelen picar los Criollos a caballo, es sin pararle, según generalmente lo ejecutan nuestros Conocedores, o Mayorales, y muchos Aficionados, particularmente en los campos de Andalucía.

“A lo expuesto se reduce todo lo que esencialmente ejecutan con los toros los patricios de las repetidas Provincias, en cuyo estado se halla el de las continuas funciones, que en ellas se ven; pues no son menos aficionados a estas en aquel dilatado país, que en el enunciado que existimos”.

Hasta aquí con los que son últimos párrafos en “Las fiestas de toros”, cuyas notabilísimas observaciones nos permiten entender el estado de cosas habido en estos pagos. Para ello es necesaria una o más lecturas que permitan decodificar los dichos que de la Tixera plantea, al punto de que fue gracias a la presencia, y en este caso debe reconocerse, de Tomás Venegas El Gachupín Toreador, que estuvo en territorio novohispano entre 1766 y principios del XIX. Al convertirse en una figura consagrada, seguramente influyó al imponer los nuevos instrumentos para lidiar reses bravas. Tuvieron que pasar casi 30 años para que otro personaje de origen hispano, en este caso Bernardo Gaviño y Rueda, impulsara las prácticas tauromáquicas. No tanto porque hiciera suyos aquellos tratados, de los que fue ajeno por encontrarse en otro espacio físico, pero también bajo otras circunstancias de índole política, social o religiosa (México estaba recientemente emancipado de España), aunque fue capaz de alcanzar mayor trascendencia que la de aquel paisano suyo. Pero el hecho es que ambos fueron una especie de tutores espirituales que condujeron el arte y la técnica taurina por senderos que se convirtieron en caminos correctos para el devenir del espectáculo en nuestro país. Ya lo decía el Dr. Carlos Cuesta Baquero: “nunca ha existido una tauromaquia positivamente mexicana, sino que siempre ha sido la española practicada por mexicanos”.

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