VICENTE OROPEZA: EL MEJOR CHARRO DEL MUNDO.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Antonio Navarrete Tejero: Trazos de vida y muerte. Por (…). Textos: Manuel Navarrete T., Prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente y un “Paseíllo” de Rafael Loret de Mola. México, Prisma Editorial, S.A. de C.V., 2005. 330 p. ils., retrs.

De entre las diversas biografías que he venido trabajando, incluyo una de ellas que aún sin terminar, ya va dando idea sobre quién fue en la realidad Vicente Oropeza, charro y picador de toros.

Nació y murió en la ciudad de Puebla (1858-1923).

Gracias a la generosa aportación del Sr. Carlos Rafael Campos Martínez, descendiente del personaje del que se intenta dar un perfil, es como se ha logrado encontrar una nueva visión sobre el mismo.

Ya desde los 23 años de su edad figura como personaje destacado, pues en 1881 un grupo de amigos suyos, lo reconoce con el obsequio de una pistola en la que, en la “cacha”, y en su parte inferior quedó grabado el siguiente testimonio: “Para el mejor charro DON VICENTE OROPEZA. De sus amigos LOS CHARROS. MÉXICO, 1881”.

Por otro lado, los primeros datos como varilarguero se remontan a noviembre de 1885, aunque también podría ser algunos años antes, de acuerdo al hecho de que habiendo nacido en 1858, y como veremos a continuación, hubo cierto acontecimiento ocurrido en Tlalnepantla, en 1876, teniendo él 18 años y pudiendo ser ya un charro consumado, asunto que se reconoció como ya vimos, por sus amigos cercanos cinco años después.

Por las imágenes que se incluyen en este intento biográfico, se percibe a un individuo de mediana estatura, de buena salud, robusto e incluso corpulento, lo que deja ver que tales atributos físicos los explotaba perfectamente en labores cotidianas relacionadas con la práctica del toreo, el jaripeo, el coleo y un constante desempeño en actividades rurales, factor predominante que distinguió a muchos picadores de aquellas épocas, los cuales se vincularon como vaqueros, caballerangos y hasta como administradores de ciertos encargos directamente ordenados por el propietario de aquellas tierras, por extensión, el hacendado.

Recordando el asunto en Tlalnepantla, es la Dra. Clementina Díaz y de Ovando, quien en su libro Carlos VII EL PRIMER BORBÓN EN MÉXICO, relata el siguiente acontecimiento.

   El domingo 11 (de junio de 1876) don Carlos asistió en Tlalnepantla a una corrida de toros. Muy príncipe, pero llegó a su palco como cualquier plebeyo, entre pisotones y empujones. La gente de sol lo ovacionó a su manera gritándole indistintamente; ¡don Carlos! O ¡don Borbón! Los bichos resultaron bravos, un picador y un banderillero se lucieron, y “un chulillo hábil y valiente manejó la capa como el barón Gostkowski el claque”.

   Don Carlos estuvo muy cordial con los que le ofrecieron la fiesta, llamó a su palco al banderillero y al picador (y al propio Bernardo Gaviño, primer espada en aquel cartel), y los premió con esplendidez. El picador bien lo merecía ya que realizó toda una proeza, según reseñó La Revista Universal el 13 de junio:

   La hazaña del picador merece contarse: embistió el toro y resistió el de a caballo bravamente; ni él se cansaba de arremeter; ni el hombre de resistir; al fin, desmontándose hábilmente sin separar la pica de la testuz, el picador se deslizó del caballo, se precipitó entre las astas del toro, soltó la púa, se aferró con los brazos y las piernas de la cabeza del animal, y mantuvo todavía algunos minutos completamente dominado y sujeto contra el suelo por un asta. El de la hazaña fue objeto de grandes ovaciones: ¡si al menos el mérito de la lucha hubiera salvado al mísero animal!

 Y es que Vicente era quizá el único en hacer este tipo de locuras, lo cual hizo crecer su fama rápidamente.

Entre los picadores de toros que se conocían por aquellos años, y gracias a la información ubicada en El Arte de la Lidia (particularmente entre 1884 y 1887), aparecen los nombres de toreros, banderilleros, picadores y ganaderías que por entonces estaban vigentes, y con quienes se podían realizar contrataciones. En dicha relación, no aparece el nombre de Vicente Oropeza, aunque sí el de varios de sus compañeros en dichas lides. Me refiero a Vicente Conde, “El Güerito Conde”, el “Negrito Conde”, Antonio Mercado “Santín”, José María Mota “El hombre que ríe”, Rea, José María Merodio y Anastasio Hernández. Además de estos personajes, también figuraban: Ireneo García, Francisco Anguiano, José María Mesa, Cándido Reyes, anterior a Arcadio Reyes “El Zarco”, moreliano que aprendió a la perfección el “estilo español” y acompañó a Diego Prieto “Cuatrodedos” en una gira a la ciudad de Lima y demás poblaciones peruanas. Ramón Mercado “Cantaritos”, Gerardo Meza “El Gorrión”, José María Ramírez “La Monita”, Eutimio Martín, Eulogio Figueroa, Jesús y José Acosta, Salomé Reyes, natural de la hacienda de Atenco. José Coyro “Coyrito” y José o Francisco Lazalde “El Flamenco”, Juan Vargas “Varguitas”, Anastasio Guerrero, Anastasio Hernández, y Celso González.

Todos los picadores mexicanos tenían la excelente cualidad de ser consumados caballistas. Provenían del campo, de las fincas rurales nombradas “Haciendas”. Allí tenían la ocupación de las faenas campiranas, consistentes en domar potros y arrendarlos, conducir ganado de un sitio a otro, llevándolo a “potreros” adecuados. En estas ocupaciones se hicieron caballistas y perdieron el temor a los toros bravos.

Traían las “corridas” a las plazas de toros y por ello les nació el deseo de ser picadores. Teniendo las dotes requeridas de valor habilidad de caballistas prontamente lograban su propósito, hallando sitio en la cuadrilla de algún espada. Entonces aprendían lo restante del oficio de picador o sea la parte tauromáquica. Los consejos y ejemplo de los compañeros ya veteranos, servían al neófito en mucho. Pero las “haciendas” eran el almácigo de “picadores”. Lo anterior, de acuerdo a lo escrito por Carlos Cuesta Baquero, célebre periodista de la época.

Como se sabe, Vicente Oropeza, junto con Celso González, acompañaron a Ponciano Díaz en su aventura por España y Portugal, entre julio y octubre de 1889.

   Precisamente un día como hoy, 17 de octubre pero hace 129 años, Vicente Oropeza, al igual que Ponciano Díaz, recibió la “alternativa”, junto con el también picador Eduardo Blanco “Riñones”, español de origen. Era una ceremonia que se realizaba en forma ya establecida y que se perdió con los años.

   En aquella ocasión, los españoles tuvieron oportunidad de conocer las habilidades que hombres del campo extendían en la plaza de toros misma, lo que permite constatar el diálogo permanente habido en los ámbitos rural y urbano como forma de un ejercicio que consistía en su contacto con el ganado mayor, el cual era importante manejar desde el caballo, lo mismo para arrearlo, que para lazarlo en circunstancias que así lo obligaran. De esto y más Vicente debe haber sido un hábil vaquero capaz de poner control a las que serían grandes manadas de toros y otros animales, acompañado desde luego de otro buen número de jinetes.

En aquella gira, la cuadrilla encabezada por Ponciano Díaz, fue contratada para actuar en Portugal y ya, de retorno a América en la Habana, Cuba.

De regreso a México esta compañía tuvo oportunidad de presentarse en diversas plazas, sobre todo del centro y norte del país. Es posible por tanto que estando cerca en algún momento con la frontera con los Estados Unidos, algún veedor de la compañía de Búfalo Bill diese cuenta al famoso personaje que, habiendo visto actuar a Ponciano, Celso y Vicente Oropeza, este último representara una pieza importante para los objetivos que perseguían las exhibiciones de aquella famosa “troupe”. El hecho es que Vicente y quizá el propio Celso González hayan sido motivo de una interesante propuesta, lo cual obligó a separarse de Ponciano para emprender un nuevo capítulo: ser integrantes de la compañía de Búfalo Bill. En ese sentido, Claudia Serrano Bello apunta:

En 1894 se reunió en Monterrey un grupo de 12 charros capitaneados por Vicente Oropeza que salieron por primera vez a Nueva York y recorrieron varios lugares de aquel país con grandes éxitos. A Vicente Oropeza los norteamericanos le dieron el calificativo de Campeón de Lazo en el mundo, sorprendidos de la maestría y destreza con que floreaba y lazaba.

   Por su parte, María Alejandra Gómez Camacho nos permite entender ciertas características que rodeaban al propio Búfalo Bill como sigue:

La figura del cowboy, fue idealizada por su habilidad para controlar a los caballos salvajes, así como toda suerte de peripecias que se convirtieron en espectáculo gracias a la comercialización que de ellos hizo Búfalo Bill. Con su espectáculo del Oeste que llevó a varios lugares de México y del mundo, se concretó como símbolo masculino, con su contraparte femenino, la cowgirl.

   Búfalo Bill, quien apareció como héroe del “Salvaje Oeste” en las Dime Novels de fines de 1880, se convirtió en referencia fundamental del héroe del oeste ya que fue el modelo de la leyenda viviente, pues su “original” era un hombre llamado William F. Cody, quien aprovechó el encuentro con Edward Z. C. Judson, cuyo seudónimo de Ned Buntline firmó infinidad de historias de Buffalo Bill, a quien elevó a la altura de “cazador de búfalos, héroe invencible entre hidalgos arrogantes, bandidos y sacerdotes corruptos”.

Les comparto esta imagen, en la que Vicente Oropeza, sonriente y con un sombrero blanco, aparece a la izquierda, mientras que a la derecha, y sentado nos encontramos con el mismísimo “Búfalo Bill”. (Ca. 1900).

   Pasados los años, Vicente regresó a nuestro país y continuó realizando labores en el campo. Parece ser que su experiencia lo convirtió en todo un maestro y así se mantuvo, hasta que le sorprende la muerte en 1923.

FUENTES DE CONSULTA

Claudia Serrano Bello: “Prototipo del caballo cuarto de milla de rienda para reproductor”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán, 2013. Tesis que para obtener el título de Médica Veterinaria Zootecnista presenta (…). 49 p. Ils., fots., grafcs., p. 28-9.

Clementina Díaz y de Ovando: Carlos VII. EL PRIMER BORBÓN EN MÉXICO. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978. 138 p. Ils., p. 64.

María Alejandra Gómez Camacho: “A Spanish romance of the american southwest: Un rompecabezas alegórico”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, División de Estudios de Posgrado, 2009. Tesis que para obtener el grado de Doctora en Historia del arte presenta (…). 352 p. Ils., fots., grabs., p. 292-3.

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