LA PRIMERA FOTOGRAFÍA TAURINA EN MÉXICO. 1853.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Fugaces y sorpresivos nos parecen hoy los avances tecnológicos cuya ocurrencia sigue causando revuelo, admiración, quizá no tanto como el de aquellos otros descubrimientos, en el que la fotografía se convierte no solo en punta de lanza. También en sustento que concita entre otras cosas, nuevos conceptos en el curso de la vida cotidiana, pues una de las primeras reacciones que provocó fue la de un enfrentamiento con el arte pictórico, donde sus genuinos creadores, además de ver en esto un atentado, se convirtió en amenaza que potenció la desaparición parcial de muchos pintores; pero no de los grandes artistas que ya vemos, dejaron lo mejor de su creación, incrementando el peso de la gran obra universal.

Pero con la fotografía sucede un fenómeno que cambia mentalidades, pues ante la primera impresión que produce admirar la naturaleza tal cual –aún y cuando fuera en blanco y negro-, o el verse retratados así mismos, aquellas sociedades decimonónicas aceptaron, hicieron suyo tan novedoso como cotidiano elemento que, al cabo de los años se incorporó a los medios informativos luego de formar parte de algo tan entrañable, porque aquellos primeros instrumentos fueron operados en estudios ad hoc, bajo una publicidad fascinante, como por ejemplo la que Emanuel von Friedrichsthal empleó en 1841 en estos términos:

M. F. tiene el honor de participar al respetable público de esta ciudad (Yucatán) que por medio de la célebre invención del Daguerrotipo, sacará retratos de medio cuerpo y cuerpo entero al moderado precio de 6 pesos los unos, y 8 pesos los otros. Abonándose por separado el cuadro que importará un peso. Las horas de trabajo serán de las 7 a las 9 de la mañana, y de las 4 a las 6 de la tarde. Los medios colores son los más propios para retratarse en esta máquina, y los Señores y Señoras que gusten, pueden evitar el amarillo, negro y blanco. Las flores no perjudicarán el dibujo, sino que saldrán con más perfección. Irá a casa de las Señoras que no quieran molestarse en salir siempre que reúnan tres o cuatro a la vez. (En Rosa Casanova-Olivier Debroise: Sobre la superficie bruñida de un espejo. Fotógrafos del siglo XIX. México, Fondo de Cultura Económica, 1989. 111 p. Ils, retrs., p. 24.

Incluso, no faltó quien lo hiciera con el toque sutil de unos versos, que proclamaban en Toluca, el trabajo de Daniel Alva, el retratista:

NUEVA FOTOGRAFÍA

 Daniel Alva el retratista,

El fotógrafo excelente,

Abrió un atelier decente

Y está la cámara lista

Para hacer reproducciones,

Ambrotipos y figuras

De hermosas o feas criaturas,

Por módicas condiciones.

-¡Oh, lectores! El cohetero

que os retratéis quisiera,

y hasta obtener, si pudiera,

vuestro retrato hechicero.

Véase EL COHETE. PERIÓDICO OMNISCIO, CHARLATÁN, BURLÓN Y QUE DIRÁ LA VERDAD AL PINTO DE LA PALOMA. T. II, Toluca, jueves 15 de enero de 1874, Nº 1.

La fotografía llegó a México desde 1839. Entre los personajes encargados en realizar las primeras vistas, encontramos a Frances Esquirne Inglis, escocesa de origen y mejor conocida como “madame” Calderón de la Barca, quien obtuvo imágenes donde destacan monumentos arqueológicos y edificios monumentales. Fue esposa de Ángel Calderón de la Barca, quien se convirtió en el primer ministro de España en México, luego de que el país europeo reconociera nuestra independencia, hecho que ocurrió en el curso de 1836.

Por lo tanto, ese proceso fotográfico también tuvo notoria importancia en el espectáculo taurino, pues si bien no se conoce imagen alguna tomada entre 1839 y 1850, sí contamos con una evidencia registrada en 1853.

Se trata del siguiente retrato:

La imagen se encuentra reproducida en la curiosa edición Historia de la Tauromaquia en el Distrito Federal, publicada en 1905, y cuyo autor es Carlos Cuesta Baquero. Lo interesante es que posee algunas carácterísticas técnicas, que sólo, a los ojos de especialistas será posible decodificarla. En ese sentido, agradezco el apoyo brindado por Georgina Gina Rodríguez y Carlos Córdoba, quienes me ayudaron a desentrañar un poco el misterio que posee el retrato, que según Roque Solares Tacubac, anagrama de Cuesta Baquero, corresponde al año 1853.

Me dice Gina: Lo que yo atino a ver no es un retrato fotográfico, es una imagen reproducida como fotograbado; pero más aún se trata de un retrato litográfico, reproducido en fotograbado.

Pienso esto por los nítidos detalles que se observan de los bordados del traje de luces; de haber sido un retrato fotográfico éstos no hubiera sido capturados con tanta fidelidad.

Hacia 1853 la técnica de impresión fotográfica predominante era en ambrotipo o en «papel salado». En el primer caso, los retratos solían iluminarse pues nunca fueron tan nítidos y en una impresión sobre papel, las fibras del papel hubieran impedido que se vieran los detalles claramente.

Si el retrato original no hubiera sido una litografía, me inclinaría a pensar que entonces podría haber sido un daguerrotipo; sólo un daguerrotipo muy bien hecho (y para esos años esto hubiera sido posible), guardaría tal calidad de nitidez.

Por otro lado, Carlos Córdoba emitió su dictamen: Si desmontas el lado oscuro de un ambrotipo tienes una «placa negativa», la que puedes imprimir por contacto o usarla de base para la pantalla de medio tono. Creo que ese fue el caso. Descartaría el daguerrotipo ya que usualmente se convertían en grabado mediante punzón. Me interrogaría sobre la aseveración de «1853». Ya se sabe que los editores son tan propensos a mentir… de todos modos para 1905 es una traducción muy mala al medio tono. Ya existían por acá tecnologías para lograr mejor calidad (véase la que lograba la Revista Moderna de México desde 1890). Supongo que la forma en que Gaviño lleva el capote es resultado de una actitud muy particular entre los toreros. Una notoria presencia de la montera y la falsa sombra eran productos de algo que se concibe como un taller low-tech, de esos que imprimían los carteles taurinos en papel pobre. Habría que mirar el original para terminar de especular.

Pasados algunos años, surgió otra evidencia. Se trata de un retrato obtenido por Désiré Charnay en 1857, y que quien posa en el gabinete fotográfico es ni más ni menos que Magdaleno Vera, célebre picador de toros quien junto a Juan Corona y Serapio Henríquez eran los más célebres por aquel entonces. Vestido a la usanza del charro mexicano se colocó de pie, llevando en la mano izquierda la vara de detener, estando detrás de él una anquera, esa cubierta protectora que se colocaba en las ancas de los caballos, con lo que se evitaban momentáneamente percances peligrosos, y donde los hombres de vara larga demostraban sus capacidades y habilidades al mismo tiempo.

Esta es hasta ahora una de las primeras imágenes taurinas, maravilloso documento que Charnay reunió en Mis descubrimientos en México y en la América Central, información que se confirma luego de serias investigaciones realizadas por Arturo Aguilar Ochoa, quien afirma que, desde el jueves 8 de abril de 1858 se da a conocer en el Diario de avisos el Álbum Fotográfico Mexicano, realizado por Désiré Charnay y editado por Julio Michaud. El álbum está compuesto por veinticuatro fotografías impresas en papel salado, una de las cuales es la ya mencionada sobre nuestro personaje taurino.

Siete años más tarde contamos con otro registro, precisamente en la

 PLAZA DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 25 de diciembre. El palco de SS. MM. estará adornado por una cortina de tela de galón de plata, trabajada como la de oro. Cuadrilla de Bernardo Gaviño (misma que será retratada por los fotógrafos Sres. Galini y Cía). Cinco toros de Atenco. (En Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. T. I., p. 170).

   Con la publicidad estilada en esa época, Galini y Cía (o Galina, ubicado en la calle del Sr. Refugio núm. 15 –hoy 16 de septiembre-) anunció que, en seguida de la partición de la plaza por parte de las cuadrillas, haría algunos retratos que, lamentablemente y luego de persistente búsqueda en diversas fuentes y archivos públicos y privados, no ha sido posible su localización.

Sin embargo, se convierte, eso sí, en uno más de los antecedentes de un género como el fotográfico cuyo vínculo con la tauromaquia, ha permitido entender cómo se dieron aquellas puestas en escena, cuyos telones de fondo conceden una visión más completa. De ese modo, podemos apreciar escenarios, públicos, etapas o suertes de la lidia, el ganado que se lidiaba y en qué condiciones (si para ello, las condiciones que apreciamos son las de su trapío o la del empleo de la técnica y arte de torear vigentes en cada una de las épocas visualizadas), no sin dejar de mencionar también, la diversas etapas evolutivas que fue adquiriendo el empleo de unos equipos que empezaron siendo demasiado voluminosos, lentos y que hoy, son bastante sofisticados, pequeños y de gran rapidez en sus resultados.

El recorrido de esta propuesta se acerca al conjunto de otras dos imágenes que se remontan a 1870, una que muestra el interior de la derruida plaza del “Paseo Nuevo” y otra donde aparece una cuadrilla de “gladiadores” o toreros michoacanos, con lo que existen suficientes razones para enriquecer mi trabajo: Fotografía taurina en México: 1853-2018. Un recorrido lleno de vistas llevándolo así por el sendero apropiado. Quizá la próxima presentación del libro Un domingo en la tarde y cuyo hacedor es Pablo Esparza, sea razón suficiente para continuar ese propósito.

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