TOROS, JARIPEO y PELEAS DE GALLOS EN EL TIEMPO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Palenque de Gallos en Real de Catorce, San Luis Potosí. Col. del autor.

   La convivencia de espectáculos públicos como toros, jaripeo y peleas de gallos se ha dado en forma constante a través del tiempo.

Existen diversas evidencias, algunas de las cuales compartiré en esta ocasión con ustedes, si antes comentamos lo ocurrido apenas ayer, en un acontecimiento poco común, según lo que motivó su poder de convocatoria. Con la marcha que recorrió importantes avenidas de la ciudad de México, se puso de manifiesto el respeto a las tradiciones, en particular las “peleas de gallos” mismas que han sido prohibidas con la aprobación de la Suprema Corte de Justicia de la Nación a iniciativa de los siempre “verdes” oportunistas.

No estuvieron solos. A su vera, los acompañaron integrantes de la comunidad de jaripeos y corridas de toros que se convierten, en automático en el siguiente objetivo de la desmedida condición que prevalece hoy día. Lo anterior es efecto de las iniciativas de partidos políticos que hacen suyas diversas propuestas, las cuales lanzan grupos opositores nutridos por ideologías o intereses que denuncian tortura o maltrato animal de manera sistemática. Para que surta un buen efecto se apoyan en gran medida, a la cobertura y diseminación que hoy facilitan los medios electrónicos de comunicación; pero sobre todo al efecto de las redes sociales.

Otros factores, no podemos negarlo, es la propia vulnerabilidad del espectáculo taurino donde ha faltado fortaleza para recuperar elementos que nos ponen en evidencia. Me refiero en concreto a la materia prima, el toro, actor central que no siempre aparece en forma debida…, o la elevación en el costo de las entradas, por ejemplo. Estos factores, quizá dos de los más importantes en estos momentos, han causado el alejamiento de una afición cautiva que no encuentra razones de certeza y credibilidad, ni tampoco a la aparición de una figura que se convierta en poder de convocatoria que fue, hasta hace un buen tiempo, motivo de lo intenso en el espectáculo.

Bueno es que sepamos también, antes de que ese frente opositor de un paso más, qué pasó con el 93 % de la muerte ocurrida con los animales que se encontraban en el entorno circense. Conviene que nos expliquen lo ocurrido con mil 298 animales censados por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) en los entonces 80 circos que se vieron sometidos a dicha prohibición (esto durante 2016). Esperamos que sirva de algo la presencia de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa).

La estructura y puesta en escena de este espectáculo perdió sus valores esenciales y es en nuestros días otra cosa, a no ser que más de uno de esos circos, sobre todos los itinerantes o marginales, haya desaparecido con motivo del que fue un auténtico desmantelamiento.

No es deseable, por tanto, que tal circunstancia suceda en estos momentos contra el espectáculo taurino, ni contra el jaripeo, ni contra nada que atente no solo lo que ellos –los contrarios-, consideran en este aquí y ahora, cuando han pasado siglos y en buena hora han venido a hacerlo, ignorando que detrás de la composición de cada espectáculo hay miles, miles de personas que obtienen algún beneficio, sustento digno para vivir, entre otros valores como los del propio imaginario colectivo, en donde están metidos hasta la entraña de nuestra razón como pueblo esos elementos identitarios.

Pasando al registro que hoy también da motivo a estas notas, deseo compartir con los lectores el siguiente capítulo histórico.

Nos cuenta Armando de María y Campos en su poco conocido trabajo Las peleas de gallos en México, Diana, 1994, que, al solemnizarse el santuario de Guadalupe en San Luis Potosí, acontecimiento ocurrido el 9 de octubre de 1800, tal pretexto dio motivo para grandes celebraciones religiosas y civiles, siendo una de ellas la presencia del cura Miguel Hidalgo y Costilla quien participó en la bendición respectiva por la mañana. Para la tarde, ya estaba programada una corrida de toros y maroma (o actos acrobáticos efectuados por alguna compañía que entonces las había en buena cantidad). Estas funciones se repitieron gustosamente durante 15 días más. También hubo varias danzas interpretadas por indígenas, peleas de gallos y fuegos artificiales que se alternaban con los festejos taurinos, aprovechando el mismo espacio.

De acuerdo a la imagen que hoy ilustra estas notas, podemos apreciar un palenque de gallos, localizado en la hermosa población de Real de Catorce, también en San Luis Potosí, cuya disposición es ochavada, siguiendo la arquitectura que entonces ostentaban algunas plazas de toros durante el siglo XVIII. Data, según datos recogidos del año 1789. Es de material perecedero, aunque se sabe fue modificado 70 años después, conservando su diseño original.

Por alguna circunstancia especial, y aprovechando ese tipo de espacios, diversos asentistas o empresarios, aprovecharon el mismo para organizar festejos taurinos. Se desconoce cómo se desarrollaron los acontecimientos, pero supongo que aquello quedaba chico. Tal “novedad”, por llamarla de cierta manera, había sido aprovechada también en algunos teatros de la capital novohispana, donde precisamente el 8 de febrero de1779, se representó la comedia jocosa conocida como El Mariscal de Virón, donde entre su primero y segundo entreactos se corrieron dos toros en el patio del teatro del Coliseo, ocasionando tal novedad el delirio entre la asistencia.

El éxito motivó a los responsables presentar las noches venideras otras tantas funciones siguiendo el mismo modelo. Sin embargo, la noticia llegó a oídos del virrey, quien entonces era a la sazón Antonio María de Bucareli y Ursúa, el cual expidió el respectivo decreto prohibiendo tales funciones.

¿Desde cuándo las peleas de gallos forman parte de esa larga expresión cultural, en apego a las diversiones públicas?

Uno de los primeros registros ocurre el 11 de febrero de 1713, en las fiestas que se celebraron en Nueva España, con motivo del nacimiento de su serenísimo príncipe don Felipe Pedro Gabriel, y que cuenta con detalle Fray José Gil Ramírez en una conocida “relación de sucesos”, donde también no faltó la narración de festejos taurinos.

Luego, vinieron los tiempos en que los estimuló S.A.S. Antonio López de Santa Anna, en sus escapadas a San Miguel de las Cuevas, donde era un incansable apostador. Se recuerda también a Juan Silveti jugando a los gallos, o incluso a Vicente Fernández, que también tuvo lo suyo en estos menesteres.

Como se habrá podido comprobar, estas dos expresiones, toros y gallos, junto con los jaripeos, se integraron a la forma de ser y de pensar de dos grandes columnas: los novohispanos primero; los mexicanos después. Uno de los grandes personajes que no podemos perder de vista en este caso peculiar, fue el célebre Luis G. Inclán, autor entre otras obras, de la célebre novela de costumbres Astucia, y quien hasta llegó a publicar en su propia imprenta la “Ley de Gallos. O sea Reglamento para el mejor Orden y definición de las peleas”, allá por 1872.

Sirva todo lo anterior para explicarles a quienes se empeñan en omitir el pasado (“el pasado nos constituye”, sentenciaba Edmundo O´Gorman), con lo que esperamos su congruencia. De nosotros mismos, como taurinos, también queremos abonar hasta donde lo permitan nuestras condiciones, para recuperar glorias perdidas y que este espectáculo brille con luz propia. De otra forma, lo vamos a lamentar. Y término, no para provocar un mal sabor de boca, sino para retomar el aliento cómo, en mal momento y en pleno Congreso, la diputada de Morena, Leticia Varela Martínez, llegó a al extremo de etiquetar las corridas de toros como costumbres o espectáculos tóxicos. ¡Vaya incordio!

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