CON LA ESPADA Y EL CAPOTE.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Ponciano Díaz y la prensa de su época. Col. digital del autor.

   Entre 1873 y 1876, en pleno periodo al mando de Sebastián Lerdo de Tejada, surgió El Ahuizote, impulsado por el entusiasmo de un pequeño grupo de intelectuales, a cuyo frente se encontraba el General Vicente Riva Palacio, quien se apoyó por personajes como el también General Juan N. Mirafuentes, el Lic. Luis G. de la Sierra, y los excelentes dibujantes José María Villasana y Jesús T. Alamilla.

Como apunta Rafael Barajas “El Fisgón” en El País del Ahuizote

Ahuizotl era originalmente una suerte de nutria o perro de aguas que los antiguos mexicanos decían que engañaba a los hombres para ahogarlos y llevarlos a su cueva. El octavo rey mexica, que gobernó de 1486 a 1503, adoptó el nombre de Ahuizotl. Durante su reinado, se produjo una inundación grave, por lo que se le asocia con desastres varios (2005: 117).

   Por su parte, El Hijo del Ahuizote fue una publicación que enfrentó los más duros tiempos del porfiriato, logrando sobrevivir entre 1885 y 1903. Reunió también a otro segmento de defensores de la libertad de expresión, encabezando aquella aventura el célebre periodista Daniel Cabrera. En diversos números no dejaron de aparecer referencias taurinas, tanto en sus excelentes apuntes de portada como en interiores. Del mismo modo, no faltaron colaboradores que, cubiertos por el manto del anonimato, dejaron testimonio de su sentir y su pensar acerca de aquellos tiempos, sometidos, sobre todo en el círculo periodístico, a las más ciegas persecuciones que terminaban con el encarcelamiento y la destrucción o secuestro del mobiliario de diversas oficinas.

Hoy día, ante nuevos tiempos, pero muy parecidas circunstancias, siguen apareciendo nietos y bisnietos del “Ahuizote”, como ejemplo y “azote” para los malos políticos.

Entre los números, publicados en enero de 1889, fue incluido un interesante diálogo, sostenido entre dos publicaciones, que mantuvieron ese corte iconoclasta y contestatario. Me refiero a El Valedor. Periódico joco-serio, ladino, chismoso, medio loco y de todo un poco, lo que se llama entrón de altiro! y el propio Hijo del Ahuizote (Segunda época). Periódico de agua tibia como lo piden los tiempos; travieso y calaverón (YA TIENE MADRE).

Era frecuente este tipo de conversaciones, que luego adquirieron el valor de la trascendencia, sobre todo, porque se echaba mano de lo coloquial, lo que entendieron muy bien los propios responsables de ambos impresos. Y justo, quien estaba de moda en esos momentos era el célebre torero Ponciano Díaz, quien fue merecedor del siguiente diálogo:

CON LA ESPADA Y EL CAPOTE.

 Un diálogo entre “El Valedor” y “El Hijo del Ahuizote”.

 Valedor.- 

Óyeme, ahuizote hermano,

Desde que al mundo he venido

No he jayado un atrevido

Tan güeno como Ponciano,

Si de que él mete la mano

Al torito más valiente,

Me lo pone derrepente

Mansito como un cordero;

Y de puro gusto quiero

Ser torero aunque reviente. 

Ahuizote.- 

Pos yo, manis, la verdá,

Aunque ví al fiero Gaviño,

Al chiclanero y al Niño,

Y a otros güenos, claro está,

Ninguno de esos será

Comparable con Ponciano,

Porque francamente, hermano,

Cuando él se pone a torear,

Ganas me dan de abrazar

Al valiente mexicano. 

Valedor.- 

¡Caracho” si de que veo

Como le corta la vuelta,

Y que lo agarra y lo suelta

A su antojo y su deseo,

Hay momentos en que creo

Que es de los toros compadre;

Eso es no tener ni madre

En el arte de torear,

Y nunca aquí ha de llegar

Quien de Ponciano sea padre. 

Ahuizote.- 

El Mazzantini mentado

Aquí siempre la pitó,

Pues dicen que no sirvió

De los toros el ganado;

Pero aunque sea muy planchado,

Yo a Ponciano creo mejor,

Pues no le pide favor

A nadie como torero,

Y menos a un extranjero

Aunque sea un Emperador. 

De “El Hijo del Ahuizote” 

Enero de 1889.

    Varios aspectos aquí mencionados, y que surgen de las cuatro décimas, merecen una necesaria interpretación que pongo a consideración de los lectores.

Valedor se refiere a aquella persona que vale a otra, pero que entraña significados verdaderamente entrañables o solidarios.

Jayado, por hallado.

Derrepente, convertida en palabra compuesta, pero que significa, ya perfectamente separada “de repente”.

Los dos amigos, se refieren a las recientes hazañas que había realizado el atenqueño Ponciano Díaz, que solo entre diciembre de 1888 y enero de 1889 había actuado en 27 tardes.

Manis, mano, acopopes de hermano.

Dice el Ahuizote haber visto a Bernardo Gaviño, a Francisco Gómez “El Chiclanero”, a Fernando Gutiérrez “El Niño”…, pero ninguno como Ponciano.

Caracho, barbarismo por carajo, entonado además para que el Valedor hiciera una descripción sobre las maravillas de las que era un portento el “torero con bigotes”, lo mismo a pie que a caballo.

Eso es no tener ni madre… pero nunca aquí ha de llegar / quien de Ponciano sea padre. Es decir, que cuando entran en la conversación padres o madres, la cosa se puede complicar y, por consiguiente la interpretación que los progenitores mismos podrían tener de acuerdo al nivel pasional que alcancen las discusiones.

El Mazzantini mentado… no es otro que don Luis, el de Guipúzcoa, que vino a México desde aquellos difíciles días de marzo de 1887, cuando tuvo una desafortunada actuación el 16 de aquel mes en la plaza San Rafael, cuya última circunstancia fue haber proferido una sentencia que le costó tiempo para recuperar de nuevo la confianza entre los aficionados. Y es que, en medio de una bronca fenomenal decide salir por piernas de aquella plaza, para dirigirse, todavía vestido de torero a la estación de ferrocarril, donde pronunció la desafortunada frase “¡De esta tierra de salvajes, ni el polvo quiero…!”

Y claro, la sorna periodística respondió de inmediato: “¿Pero qué tal las talegas de dinero?”

Años después, serían célebres las “Temporadas Mazzantini” que llegó a organizar don Luis, hasta comienzos del siglo XX.

Finalmente, y como lo dicen los cinco últimos versos: Yo a Ponciano creo mejor, / Pues no le pide favor / A nadie como torero, / Y menos a un extranjero / Aunque sea un Emperador.

¡¡¡Ora Ponciano!!!

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