SOBRE LAS PLAZAS DE TOROS DE NECATITLÁN Y EL BOLICHE EN EL MÉXICO DEL SIGLO XIX.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Colección particular del autor.

   Además de la plaza del Volador, que dejó de funcionar en 1815, también se convirtieron en piezas emblemáticas de aquella ciudad decimonónica la de San Pablo y desde luego la del Paseo Nuevo, esto antes de la prohibición impuesta en 1867. Años más tarde, y recuperado el ritmo del espectáculo, surgieron otras tantas entre 1887 y 1889, como la de San Rafael, Colón, Paseo, Coliseo, Bucareli, Bernardo Gaviño, una más en la Villa de Guadalupe (hubo autor que comentaba sobre la existencia de una octava, aunque es probable que se tratara de un ruedo improvisado, mismo que sirvió durante algún tiempo para impartir clases de tauromaquia).

El solo hecho de que esta ciudad contó y ha contado con sinnúmero de plazas de toros, significa todo un reto estudiarlas, ubicarlas y recuperar de ellas sus más importantes referencias, para entender en qué medida fueron sitios de concentración popular con lo que se consumaban diversos espectáculos taurinos, sin faltar aquellos que ocupaban el espacio mientras no había temporada (esto es, funciones circenses, lucha de animales, ascensiones aerostáticas y otros).

Por ejemplo, Carlos Cuesta Baquero nos ayuda a conocer en una colaboración suya publicada en 1924 datos sobre la plaza de Necatitlán, que fue levantada en la actual Cinco de Febrero, “en una de las manzanas que limitan, por el occidente, con una plazoleta”.

Fue construida empleando tezontle, ladrillo, cantería y madera, aunque era feo y en nada consiguió la belleza arquitectónica ni la grandeza que merecen este tipo de edificios.

Gracias a un cartel impreso por la tipografía de don Mariano Zúñiga y Ontiveros –del que haciendo grandes esfuerzos no hubo forma de obtener algún ejemplar, salvo el que ahora adorna en detalle estas notas y que corresponde al año de 1831 gracias a la Imprenta de Rivera, dirigida por Tomás Guiol-. En aquel, se anunció la actuación de Sóstenes y Mariano Ávila, así como Luis Ávila que salió de sobresaliente. Se inauguró el 13 agosto de 1808, fecha en la que todavía se celebraba oficialmente la capitulación de la ciudad de México-Tenochtitlan.

Además, hubo otros personajes que figuraron en aquellos tiempos como es el caso de Manuel Bravo, el famoso Marcelo Villasana, “que luego, ya espada, recorrió toda la república, siendo admirado por nuestros ancestrales que comenzaban a contar y nunca terminaban las hazañas de tal lidiador”.

Ya que tengo el gusto de compartirles una auténtica joya, y me refiero al cartel anunciador para el festejo del domingo 4 de diciembre de 1831, vayamos a conocer qué sucedió aquella tarde, previo aviso:

TOROS. PLAZA DE NECATITLÁN. DOMINGO 4 DE DICIEMBRE DE 1831.

Cumpliéndose en este día el primer bienio del salvador PLAN DE JALAPA, por el que recobró la sagrada carta constitucional de debido imperio que tenía enervado el memorable periodo de nuestro fatalismo, y restableciéndose por tan laudable trámite el crédito nacional que pudiera haberse empañado para con las naciones extranjeras, la empresa, que no puede recordar sin la más satisfactoria emoción tan BENÉFICO GRITO, ha dispuesto solemnizarle en su citado aniversario de la manera siguiente:

Se lidiarán OCHO TOROS de los más sobresalientes; en tercer lugar, saldrá un embolado al tiempo que se presenten DOS POTROS ENCOHETADOS; y en el quinto se verán los FIGURONES EN BURROS a picar y banderillar otro embolado, a quien dará muerte con arrogancia el primer loco. Estas travesuras desempeñadas por el ánimo bien dispuesto de los gladiadores para esta clase de fiestas, no dudo que causarán el gusto de los dignos espectadores.

La plaza se estrenará con la moderna pintura que se le ha puesto a este fin, y se adornará con nuevas bandillas y gallerdetes, que todo manifestará nuestro cordial regocijo por tan preciosa memoria. La misma empresa, en obsequio de tan feliz acontecimiento, hará la voluntaria oblación de la mejor víctima del combate al menesteroso Hospicio de pobres.

Mexicanos: si la función propuesta merece vuestra benigna aprobación, la repetida empresa en este fausto día, inundada del júbilo más puro, entonará himnos encomiásticos sin fin al denodado CAUDILLO DE JALAPA [es decir, el mismísimo Antonio López de Santa Ana] y a los impávidos campeones que le acompañaron en tan meritoria jornada.

PRECIOS DE ENTRADA CON BOLETOS:

SOMBRA:

Lumbrera entera, 5 pesos

Gradas y tendido, asiento 4 reales (dos se cobraban en sol).

Los individuos que gusten tomar alguna lumbrera por entero, ocurrirán a la calle de Jesús número 6 de diez a doce, y desde esta hora en adelante al despacho de la citada plaza, en donde se les dará el número de la que tomen con sus correspondientes boletos.

EMPEZARÁ A LAS CUATRO EN PUNTO.

Fascinante discurso del que nos provee este valioso documento, permite entender el estado de cosas que sucedieron por entonces, no solo en lo taurino. También en lo político y militar.

El coso, dejó de funcionar hasta 1819, por lo que funcionó 11 años. Y como apuntaba, luego sirvió para diversiones con acróbatas y títeres. Sin embargo, el impreso que hoy aparece, se remonta a 1831, con lo que entonces es difícil dar por hecho el año de aquella supuesta desaparición, lo que significa pensar en que se trata de una segunda época para la plaza. Y justo, es el propio Roque Solares Tacubac quien nos encamina a una más –la de El Boliche-, con estas anotaciones:

“[Necatitlán] decayó porque tuvo su rival vencedora, en la plaza de toros de La Alameda, conocida popularmente por plaza de El Boliche” y de la que se comentarán algunos detalles a continuación.

Sobre la acera norte de la Alameda, donde antes estuvo la agencia de inhumaciones Gayosso, y luego el célebre edificio de la “Mariscala”, se instaló un auténtico corralón que lo mismo sirvió para volantines y boliches que para corridas de toros.

Fue inaugurado en 1819, siendo padrino de aquella ocasión el general don Domingo Rubalcaba. En el cartel estuvieron anunciados los hermanos Ávila quienes lidiaron toros de la vacada de Puruagua.

Como banderilleros: el famoso Marcelo Villasana y sus émulos, también notables, Dionisio Ramírez “Pajitas y Antonio Ceballos “El Sordo”. Picadores: “El Compadrito” y “El Palechito” (este apodo provenía de que aquel picador, provocaba al toro gritando “¡Éntrale Palechito!” (Padrecito, quería decir).

Recuerda Cuesta Baquero que, en esta plaza y entre los hechos que tuvieron notoriedad, se encuentra la cogida y muerte inmediata del banderillero “Pajitas” (probablemente sea Antonio Ceballos y no “Pajitas” el herido, puesto que el autor de las presentes referencias menciona que en un número de “La Banderilla”, periódico que se publicaba en 1888, aparece una estampa que recrea el percance, gracias a los buenos oficios de Iriarte, ocupándose de “El Sordo”). Y Se trata, como aparece en “La Banderilla” misma de

…la primera cogida que presenció el público mexicano.

En el año de 1819 se estrenó la plaza de El Boliche, construida en la calle de la Mariscala, lidiándose toros de la ganadería de Puruagua.

El banderillero Ceballos (a) El Sordo, al poner la segunda banderilla al primer toro de lidia, que era berrendo en cárdeno, voluntario y de poder, fue enganchado por el muslo derecho, penetrándole la llave [Entre las muchas denominaciones dadas a la cornamenta de los toros, “llave” es una de ellas] izquierda en el estómago.

Pero como verán, aquí también notamos un pequeño desacierto, pues no era Antonio sino Manuel Ceballos, de acuerdo a los datos que se encuentran en la “Historia de la cirugía taurina en México (De los siglos virreinales a nuestros días)”, de reciente aparición, y cuyos autores somos el Dr. Raúl Aragón López y quien firma la presente colaboración.

Termino anotando que Carlos Cuesta Baquero recuerda en ese percance, un asunto más que parecido al que varias décadas después enfrentaron Lino Zamora, Braulio Díaz y Prisciliana Granado en claro triángulo amoroso. Pues una situación similar la encararon “Pajitas” y “El Sordo”, los dos enamorados de la misma mujer por lo que pusieron de por medio el riesgo, siendo la del Boliche, la plaza que sirvió como triste escenario de aquella tremenda cornada en el vientre que recibió el infeliz banderillero.

Terminaron los días de ese coso en 1835, según lo refiere Cuesta Baquero para dar paso a la inauguración de San Pablo, en 1835, y que pudo ser un año antes, de no haberse presentado una epidemia de “cólera asiático”, causa que provocó la prohibición en la aglomeración de personas, y en consecuencia de las diversiones públicas.

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