OTRAS PLAZAS DE TOROS EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO XIX MEXICANO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

  POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

 

Composición elaborada a partir de dos interesantes y curiosos documentos:

A la izquierda de MÉXICO PINTORESCO. COLECCIÓN DE LAS PRINCIPALES IGLESIAS Y DE LOS EDIFICIOS NOTABLES DE LA CIUDAD. PAISAJES DE LOS SUBURBIOS. L. 1853. INTRODUCCIÓN POR FRANCISCO DE LA MAZA. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1967. X + 46 p. Ils. Exterior de la plaza de toros de San Pablo, hacia 1853, veinte años después de los acontecimientos que aquí se han recordado. A la derecha, un hermoso cartel anunciador orlado finamente, y salido de la tipografía de Manuel Murguía, mismo que daba cuenta del festejo a celebrarse la tarde del 6 de septiembre de 1857. Ambos, de la col. digital del autor.

    Hacia los años 20 del siglo antepasado, además de las ya conocidas plazas de El Boliche y Necatitlán, hubo algunas más como la Plaza Nacional de Toros, una más ubicada en el predio que actualmente ocupa el actual Museo del Caracol en Chapultepec y que, recientes estudios arqueológicos así lo comprueban, remontando dicha evidencia al año 1833. También hay algunas afirmaciones de que, por los rumbos de Tlalpan, y esto a finales del siglo XVIII o comienzos del XIX, se ubicó otra, antecedente directo de la de “Vista Alegre”, que funcionó en la tercera década del XX.

A estos sitios, deben sumarse las plazas de Don Toribio que funcionó entre 1813 a 1828; la de Jamaica (de 1813 a 1816), o la de la Lagunilla, que venía siendo un coso en servicio para estas diversiones desde el siglo XVII y que alcanzó el XIX.

Del mismo modo solo que intermitentemente llegó a funcionar la Real Plaza de toros de San Pablo, pues sus orígenes se remontan a 1788. Luego sirvió entre los años de 1815 y 1821, pues de acuerdo a ciertos acontecimientos, el coso fue blanco de un incendio antes de que se consumara la independencia mexicana, hecho ocurrido el 27 de septiembre de ese 1821.

Por cierto, a ese extraño accidente, dedica buena parte de su atención el célebre Carlos María de Bustamante, quien no siendo precisamente un personaje público a favor del espectáculo taurino, cuestionaba constantemente su dinámica. Pero al referirse al percance, escribió que la plaza “quedó reducida a pavezas”.

Pocos meses después, esto el 18 de mayo de 1822, fue proclamado emperador Agustín de Iturbide, por lo que las fiestas en honor a dicha asunción, incluyeron varios festejos taurinos, mismos que se desarrollaron en la Plaza Nacional de Toros. Curiosamente se han encontrado datos en la Gaceta del Gobierno Imperial de México, la cual proporciona noticias que afirman se disponga de la plaza de San Pablo para llevar a cabo una temporada de 16 festejos. Sin embargo, no fue sino hasta el 7 de abril de 1833, ya en una segunda etapa, que recuperó su ritmo, aunque hay referencias de que también otra fecha importante para el reinicio de las funciones sucedió en el curso de 1835. Se cree incluso que ahí debutó Bernardo Gaviño, justo el 19 de abril de ese año, aunque afirma Domingo Ibarra que en realidad, la presentación ante los aficionados de este país, se registró en la de Necatitlán, lo que es muy probable haya ocurrido en 1829, de acuerdo a datos que también nos proporciona El Arte de la Lidia, N° 7, año I, del 7 de diciembre de 1884 donde reporta que “el decano de los toreros, Bernardo Gaviño” se encontraba en México desde 1829.

Aquellos escenarios y según ya se ha dicho, fueron construidos con madera, como material básico. Así que su permanencia no se garantizaba salvo que fuesen remudadas sus estructuras, expuestas, sobre todo, a las inclemencias del tiempo o a las llamas. Si bien la plaza de San Pablo estuvo sujeta a diversas condiciones, una de ellas fue que, en tiempos de la invasión norteamericana a nuestro país (de finales de 1846 a comienzos de 1848), tuvo que ser desmantelada en su mitad, para que el maderamen se enviara al hospital de San Pablo y con aquellos tablones, habilitar entonces camastros o camillas que sirvieran para la atención de incontables heridos en las diversas batallas ocurridas en nuestra ciudad.

Volvió a reinaugurarse el 15 de diciembre de 1850 y dejó de funcionar, definitivamente en 1864.

Esta plaza merece un trabajo muy intenso de investigación, pues en ella se presentaron incontables toreros que en similares circunstancias ya habían pasado por el ruedo de la Plaza Nacional de Toros. es decir que por ambos escenarios aparecieron con frecuencia: José María Rea, Mariano González “La Monja”, Luis, Sóstenes y José María Ávila, Marcelo Villasana, Pablo Mendoza, Basilio Quijón, Legorreta, Gumersindo Rodríguez, Andrés Chávez, Vicente Guzmán, Dionisio Caballeros “Pajitas”, y tres picadores –uno, Morado de apellido-, y los célebres Magdaleno Vera y Juan Corona.

A estos nombres he de agregar los de Bartolo Morales, Pedro Fernández de Cires, Clemente Maldonado, Manuel Ceballos, Guadalupe González, José María Guerrero, Marcelo Caballero, Luis Álvarez, José Castillo, José María Clavería y José Tovar, entre otros muchos.

También he de referirme a personajes como un tal Pimentel, de origen español, igual que sus compatriotas Juan Gutiérrez y Joaquín González El Calderetero, datos que dan suficiente razón para afirmar primero, que ellos fueron continuadores de un antiguo diestro, que vino a la Nueva España hacia 1766 y que decidió quedarse, para alcanzar su retiro a finales de aquel siglo. Me refiero a Tomás Venegas El Gachupín Toreador, pero también por el hecho de que con estos personajes, el ambiente taurino alcanzó condiciones para recibir a Bernardo Gaviño. Si bien, el ambiente antiespañol era un factor muy sensible, es de creer sobre el hecho de que personajes como los aquí citados, condescendieran al estado de cosas, e incluso se adecuaran o adaptaran de manera forzosa o natural, con lo que terminaron siendo aceptados. Vale la pena recordar que el reconocimiento diplomático que España otorgó a México respecto a la independencia, se dio hasta 1836, lo cual significa haberse convertido en un proceso político tardío. Aún así, creo que la labor paciente de estos protagonistas extranjeros, alcanzó buenos resultados, pues fueron ellos quienes de alguna manera transmitieron y desplegaron los avances más técnicos que estéticos ya alcanzados años atrás en España, sobre todo a partir de la “Tauromaquia o arte de torear” evidencia importantísima que había propuesto José Delgado “Pepe Hillo” desde 1796 y que luego se reafirmó con la que Francisco Montes pondría en vigor en 1836, tras la publicación de su “Tauromaquia completa o sea el arte de torear en plaza…”

De lo anterior habría que concluir sobre el hecho de que aún, al margen de la anhelada emancipación que dio como resultado el nuevo estado-nación, no fue posible que se desataran ciertos hilos invisibles, mismos que permitieron, en lo taurino, que se hiciera evidente una continuidad y donde se intensificó el mestizaje, al grado de que como lo he afirmado en la biografía del propio Bernardo Gaviño quien fue un español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX.

El mestizaje como fenómeno histórico se consolida en el siglo antepasado y con la independencia, buscando “ser” “nosotros”. Esta doble afirmación del “ser” como entidad y “nosotros” como el conjunto todo de nuevos ciudadanos, es un permanente desentrañar sobre lo que fue; sobre lo que es, y sobre lo que será la voluntad del mexicano en cuanto tal.

Históricamente es un proceso que, además de complicado por los múltiples factores incluidos para su constitución, transitó en momentos en que la nueva nación se debatía en las luchas por el poder. Sin embargo, el mestizaje se yergue orgulloso, como extensión del criollismo novohispano, pero también como integración concreta, fruto de la unión del padre español y la madre indígena.

Bernardo Gaviño no era un torero más en el espacio mexicano Con él va a darse la correspondencia y la comunicación también de dos estilos, el mexicano y el español de torear que, unidos, dieron en consecuencia con el panorama universal que, sin saberlo se estaba trazando. Más tarde, Ponciano Díaz, pero fundamentalmente Rodolfo Gaona remontan este nivel de calidad a su verdadero sentido que nutre -por igual- a España que a México.

Bernardo, seguramente no imaginó que su influencia marcaría hitos en el avance de una fiesta que, con todo y su bagaje cargado de nacionalismos, a veces alcanzaban extremos como el chauvinismo o el jingoísmo por parte del pueblo (el concepto “afición”, con toda su carga de significados, despertará plenamente hasta 1887). Goza el gaditano de haber sido protagonista de epístolas y novelas (como las de Madame Calderón de la Barca o Luis G. Inclán). Su nombre adquiere fama en importante número de versos escritos por la lira popular y en más de alguna cita periodística de su época, lograda por plumas de altos vuelos literarios.

Pues todos, o buena parte de estos acontecimientos y con ese rico despliegue de personajes, se desarrollaron en la plaza de San Pablo, de la que hasta hoy, disponemos de algunos carteles, muy pocos, ante el hecho de que fue sitio y escenario de sinfín de festejos. Por fortuna, esa sólida existencia documental, o la que nos proporcionan diversos viajeros extranjeros. Incluso, todas aquellas inserciones periodísticas han de servirnos para reescribir en forma debida y correcta las historias sobre diversas plazas de toros, y donde ocupa un lugar de privilegio la Real Plaza de toros de San Pablo, de célebre memoria.

Referencia de José Francisco Coello Ugalde: Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX. Prólogo: Jorge Gaviño Ambríz. Nuevo León, Universidad Autónoma de Nuevo León, Peña Taurina “El Toreo” y el Centro de Estudios Taurinos de México, A.C. 2012. 453 p. Ils., fots., grabs., grafs., cuadros.

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