DECLARACIONES DEL EMPRESARIO DE LA PLAZA DE TOROS DE SAN PABLO EN 1838.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Lucha de un toro y un tigre, recreada por Gustave Doré. Mediados del siglo XIX.

    Al cabo de una larga labor de búsqueda en la prensa del XIX mexicano, hallé información sobre aquel toro que habiendo pertenecido a la hacienda de el Astillero, fue motivo de una curiosa ceremonia, de la cual nos da “santo y seña” la nota que publicó

EL COSMOPOLITA, D.F., del 31 de octubre de 1838, p. 4:

AVISO.-Para el jueves 1º del próximo Noviembre, ha dispuesto el empresario una excelente corrida de seis escogidos Toros de los que acaban de llegar de la hacienda de Atenco, con los cuales los gladiadores de a pie y de a caballo, ofrecen jugar las más difíciles suertes que se conocen en su peligrosa profesión. Luego que pase la lid del primer toro, se presentará en la plaza sobre un carro triunfal, tirado por seis figurados tigres el cadáver disecado, pero con toda su forma, y la corona del triunfo del famoso toro del Astillero, que en el memorable día 29 de Abril de este año, después de un reñido combate venció gloriosamente al formidable tigre rey, con general aplauso de un inmenso concurso que sintió la muerte de tan lindo animal, acaecida a los dos días de su vencimiento (…).

Este célebre toro, adornado con todos los signos de la victoria y acompañado de los atletas, será paseado por la plaza al son de una brillante música militar, hasta colocarlo sobre un pedestal que estará fijado en su centro; cuyo ceremonial no deberá extrañarse, mayormente cuando saben muchos individuos de esta capital, que iguales o mayores demostraciones se practican con tales motivos en otros países, y que sin una causa tan noble, existe por curiosidad en el museo de Madrid la calavera del terrible toro de Peñaranda de Bracamonte, que en el día 11 de mayo de 1801 quitó la vida al insigne PEPE-HILLO, autor de la Tauromaquia.

Poco más de medio año más tarde, el asunto seguía estando en boca de los habitantes en la entonces “Ciudad de los palacios”. Así que en El Diario del Gobierno de la República Mexicana, en su edición N° 1286 del martes 6 de noviembre de 1838 (p. 3 y 4), Manuel de la Barrera, entonces empresario o asentista de la Real Plaza de Toros de San Pablo, no pudo contener algunas circunstancias que, por su naturaleza, ahora quedan ventiladas, para mejor conocimiento de los lectores.

Escribe el siguiente

 Remitido

Sres. editores del Diario.-México Noviembre 3 de 1838.-Muy señores míos: Defiriendo el que suscribe a las repetidas instancias que le han hecho muchísimas personas para que presentase a este respetable público el disecado toro del Astillero, que en la tarde del 29 de abril último venció denodadamente al monstruoso tigre de Bengala, que portaba hasta entonces el pomposo título de tigre rey, por haber matado el año de 834 en la torre de Londres al mas famoso león africano que existía en Europa, dispuso obsequiar al inocente deseo de sus atentos peticionarios, a cuyo efecto anunció la función por medio del aviso que hizo repartir para su conocimiento.

Entendido esto como un hecho insólito

Este impreso, en el que no se hallan mas que aquellas frases encomiásticas con que todos los empresarios ponderan sus espectáculos, ha sido por desgracia del que suscribe, comentado por varios Sres periodistas de esta capital, del modo más ofensivo a su pundonor esa delicadeza, al decir que con la función anunciada trató de simbolizar ridícuamente la de las suntuosísimas exequias con que la gratitud mexicana ha honrado dignamente las preciosísimas reliquias de su ilustre e infortunado Libertador, cuya interesante memoria existiá indeleblemente en el corazón del asentista; y este llerá siempre con la más tierna emoción su precioso nombre al verle estampado en la distinguida página que debe ocupar en la historia.

El que suscribe, Sres editores, no pretende comentar el referido aviso, tanto porque sería ofender la ilustración de los mexicanos, como por estar satisfecho de que su contenido no adolece de ninguno de los resabios que graciosamente se le imputan. El se contrae estrictamente a encomiar el valor de un lindo toro mexicano, que después de haber luchado cruentamente con una tremenda fiera de la Hircania, y vencidola a resencia de un inmenso concurso, pagó a continuación su tributo a la naturaleza por las mortales heridas que recibió de su feroz adversario, haciéndose acreedor por su heroicidad a que se le ornase con todos los emblemas del triunfo, y a que con ellos, después de satisfecha la curiosidad pública, se conduzca al museo para perpetuar su memoria.

La identidad que se alega entre los religiosos ceremoniales consagrados al inmortal Héroe de Iguala [refiriéndose a Agustín de Iturbide], y los festivos que se anunciaron para celebrar la vista de un valiente toro, prueba, más que de exactitud, la sutileza maliciosa con que se quiere fomentar por desgracia el antiguo gérmen de la odiosidad, y tal consecuencia salta de la misma acromonia con que se explican sobre este incidente los Sres editores del Voto nacional, cuyo lenguaje se creía ya extinguido desde el 4 de marzo del presente año en que debieron terminar para siempre las desavenencias entre individuos que, aunque de distintas naciones [recuerda de la Barrera el reciente conflicto con Francia que devino, en términos muy parecidos a los de un título de comedia en la conocida “guerra de los pasteles”], han pertenecido desde remotos tiempos a una propia familia; y que al reconocerse con las solemnidades de estilo nuestra suspirada independencia, tal creo fue el espíritu de la excelsa Cristina, y tal el que animó al Sr. Santa María, nuestro hábil negociador en Madrid.

Es muy cierto, Sres. editores, que el infrascrito vio la primera luz en la península Ibera, porque allí le tocó nacer; pero no lo es menos el que, desde una edad muy tierna habita gustosamente entre los mexicanos; que hizo servicios importantes, sin hacer hasta ahora ostentación de ellos en favor de su gloriosa emancipación; que adoptó esta patria por suya [España incluso, reconoció en 1836 la independencia de México], contrayendo en ella los vínculos más sacrosantos que reconoce el hombre en sociedad; y mal podía compaginarse el que un sujeto embebido en tan morales como políticos principios se entretuviera ahora en formar parodias irritantes para sus conciudadanos, cuya suerte política ha jurado correr, y en cuya amable compañía espera también morir.

Si con esta tan sencilla como veraz manifestación lograre destruir el equivocado juicio con que se ha interpretado el repetido aviso, quedará satisfecho y tranquilo quien protesta a VV todas sus consideraciones y atentamente B.SS. MM.-El empresario de la plaza de toros.

Se percibe en tal “Remitido” una circunstancia que molestaba a cierto sector de la sociedad, habida cuenta de que por aquellos días, privaba un tono de nostalgia, cubierto por situaciones políticas peculiares. El 26 de octubre anterior, se había celebrado, con todos los honores, el traslado de los restos de Iturbide a la Catedral de México, luego de haber sido exhumados. Estos, se encontraban en la población de Padilla, actual estado de Tamaulipas. Desde aquel punto, se hizo el recorrido por Ciudad Victoria, San Luis Potosí, Querétaro, San Juan del Río y Tula. Finalmente, llegaron a la villa de Guadalupe Hidalgo. Fue notoria la presencia en la villa y en todo el camino de “la población de todas las clases” que, desde la calzada, las calles, los balcones, las ventanas y las azoteas, fue espectadora privilegiada. El padre guardián del convento de San Francisco recibió la caja que pasaría ahí otro mes, ya que no daba tiempo de hacer las honras, como estaba previsto, para el 27 de septiembre. Mientras, se preparó un presupuesto, un proyecto de ceremonial y se lavaron y desinfectaron los restos.

Así que entenderlo como el funeral más fastuoso que registre la Historia de México[lo cual ocurrió el 26 de octubre de 1838], tenía sus razones. «La procesión de las cenizas a la metropolitana empezó a las once de la mañana y fue muy suntuosa […] todo el trayecto se cubrió con la vela o toldo que se usaba en la fiesta de Corpus y participó tanta gente en el desfile que cuando los primeros llegaron a las puertas del templo, los últimos todavía no salían de San Francisco […] los que desfilaron iban vestidos a todo lujo: militares, escuelas, cofradías, terceras órdenes, comunidades religiosas, clero, parroquias, cabildo metropolitano […] la urna fue puesta en un carro enlutado con terciopelo negro, adornado con penachos cuyas plumas eran de los colores de la bandera mexicana. Jalaban el carro seis caballos negros cubiertos hasta el suelo de paño del mismo color […] en la tarde tuvo lugar un pequeño acto fúnebre con misa, responsos y una oración toda en latín […] las solemnes exequias fueron al día siguiente -27 de octubre- con la asistencia de las principales autoridades políticas del país […] al final, pasaron la urna a la capilla de San Felipe de Jesús donde se le construirá un altar que los ha albergado hasta nuestros días». (Véase María del Carmen Vázquez Mantecón, Las reliquias y sus héroes. Estudios de Historia Moderna y Contemporanea. IIH-UNAM. México, 2005).

Apenas pasaron unos días, cuando Manuel de la Barrera anunciaba un festejo taurino a celebrarse el jueves 1º de Noviembre, contando para ello con un encierro de Atenco, con el cual “los gladiadores de a pie y de a caballo, ofrecen jugar las más difíciles suertes que se conocen en su peligrosa profesión”. Pasada la lid del primer toro, -y retomo para ello lo que ya adelantaba El Cosmopolita-, presentaron en la plaza sobre un carro triunfal, tirado por seis figurados tigres el cadáver disecado, pero con toda su forma, y la corona del triunfo del famoso toro del Astillero, que en el memorable día 29 de Abril de este año, después de un reñido combate venció gloriosamente al formidable tigre rey, con general aplauso de un inmenso concurso que sintió la muerte de tan lindo animal, acaecida a los dos días de su vencimiento, como resultado de las profundas heridas que recibió de la fiera; y a petición de una gran parte de los que presenciaron aquella tremenda lucha, así como de muchas personas que no se hallaron presentes, se le dedica esta justa memoria, por ser muy digna de su acreditado valor”.

Conviene adelantar que en la próxima entrega, conoceremos a detalle los apuntes del entonces niño Joaquín García Icazbalceta que dejó testimonio de aquella jornada abrileña, en sus Escritos Infantiles manuscrito que se remonta, casualmente al año 1838.

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