SIGNOS DE LA MODA.

MINIATURAS TAURINAS.

 POR: JOSE FRANCISCO COELLO UGALDE.

Tan peculiar cuadrilla de 9personajes9, tiene vitola por un lado. Mucha tela que cortar por el otro. Imagen recogida en Michoacán hacia 1870, en ella aparecen todos los toreros –de a pie y a caballo- adoptando su mejor ángulo, mostrándonos además, la moda en trajes que hoy nos parecen ridículos y fuera de época. Incluso, estos manifiestan cualquier bordado. Ello significa la ausencia de sastres… o de ideas alrededor de esa faceta poco conocida, aunque con el solo muestrario que vemos en cada tarde de toros en nuestros tiempos, es suficiente para disfrutar de los encantos capaces de producir ese trabajo de pasamanería y finos bordados, resultado de la larga evolución.

En 1870, cuando Ponciano estaba metido en aprender un pial o una mangana, estas “figuras” divertían a la afición michoacana. En Revista de Revistas Nº 1394, del 7 de febrero de 1937.

Ni los de a caballo, ni los de a pie van destocados. Aquellos, portan un muy familiar sombrero jarano, ese sombrero de fieltro, de copa mediana y redonda, adornada –seguramente- con doble toquilla. Estos, ostentan molcajetes en vez de monteras, que no son más que signos de la moda. Además, portan en el lado izquierdo una moña, que debe haberlos distinguido en su actuación, quizá, para algún festejo de beneficencia entre aficionados, pues no vemos una sola cara conocida. Corbatas, corbatines, corbatones, fajas ocultas, fajas que no exhiben los físicos peculiares de esos tiempos y esos viejos tiempos.

Llama también la atención el adorno facial de severos mostachos en unos, “imperceptibles bozos”, en otros y solo el que más al centro está, va perfectamente afeitado. Signos de la moda. Capotes de paseo no los hay y los montados empuñan sus varas… ¿de otate?, menos el de la derecha.

Actitud seria del conjunto. Por supuesto que la responsabilidad es mucha y salirle al toro –cualesquiera sea su tamaño- supone mucho arrojo; más, si todos ellos no son sino practicantes del toreo.

Toreo provinciano que se declara con todo su encanto e ingenuidad, como una rara pieza que forma parte de la “gracia de los retratos antiguos”, interpretada así desde ese libro genial que legara Enrique Fernández Ledesma.

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