RECUERDOS DE CUAUTITLÁN EN EL TOREO DECIMONÓNICO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

A la izquierda, un jovencísimo Carlos Cuesta Baquero (Ca. 1888). A la derecha, la hermosa recreación que Primitivo Miranda logró para la Semana Santa en Cuautitlán, 1858. Óleo sobre tela, que forma parte de la Col. del Museo Nacional de Historia.

   En ese propósito por consolidar el que será motivo de conmemoración para 2026. O lo que es lo mismo: 500 años de tauromaquia en México, es bueno recuperar el cúmulo de capítulos o episodios que dieron, han dado y seguirán dando firmeza a su presencia. Es bueno hablar también sobre sus debilidades, lo que permitirá entender las diversas crisis enfrentadas y lo anterior en conveniente medida para encaminar su destino por el de un futuro promisorio.

Como todo elemento orgánico o natural, también desaparecerá en algún momento. No sabemos si de muerte natural o provocada.

En fin, que es momento de recuperar, esas pequeñas piezas mismas que en su momento calificó Victoriano Salado Álvarez como “Rocalla de historia”.

Leo por estos días con auténtica fruición, textos inéditos del Dr. Carlos Cuesta Baquero (1867-1951). Con su bien conocido anagrama Roque Solares Tacubac, este autor potosino de origen, escribió vivencias que escuchó de viva voz por parte de viejos protagonistas o de aficionados que las compartieron. Del mismo modo, y dado su empeño, redactó las suyas propias, acumuló archivos formados por viejos papeles, fotografías y carteles. Con esos elementos, publicó infinidad de colaboraciones, siendo la primera la que apareció en El Estandarte de San Luis Potosí (1885), y luego en la ciudad de México, en periódicos como El Loro, La Muleta, El Toreo Ilustrado, así como en la publicación que impulsó el grupo taurino Espada Pedro Romero. Es testigo de la fuerza de Ponciano Díaz, confrontada con la de Luis Mazzantini, propuesta novedosa y necesaria para el toreo en México a fines del XIX, apoyada por doctrinales que despiertan la sed de conocimiento de nuestro personaje y de otros con quienes formó la «falange de románticos», grupo que integran: Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Eduardo Noriega «Trespicos» entre otros. Al comenzar el siglo XX sigue colaborando ininterrumpidamente en varias publicaciones e incluso, para 1904, y en compañía de Daniel Carrasco Zanini se suma al equipo de trabajo del semanario MEXICO TAURINO De ahí, sus variados seudónimos o el mejor conocido anagrama de su nombre, aparecerán en EL UNIVERSAL TAURINO, REVISTA DE REVISTAS, EL ECO TAURINO, LA LIDIA y LA FIESTA. Es decir, lo mejor de lo mejor.

ROQUE SOLARES TACUBAC publicó cientos, quizás miles de artículos donde dejó sentir su preocupación por lo técnico del toreo, a través de la historia. Como personaje connotado influyó notablemente en el gusto de varias generaciones, con la salvedad de que para las épocas en que colabora en LA LIDIA y LA FIESTA (1942-1951) su propuesta doctrinaria sigue siendo vigente, pero anacrónica ante el paso de la modernidad que dejó atrás -luego de varios años- lo que seguía sosteniendo como válido en el toreo: el tecnicismo. Quizás no se adecuó a ese tiempo y mantuvo algo totalmente propio del pasado, por lo cual se enfrentó -sin quererlo- con nuevos escritores, como PACO PUYAZO que, formado en el frente de la afición de hace medio siglo, se acostumbraron al toreo de la «edad de oro», gozando de las proezas de «Armillita», Garza, «el Soldado» o Silverio Pérez.

No puede pasar por alto la obra monumental que publicara don Carlos Cuesta en 1905 primero y 1920 después. Me refiero a la Historia de la Tauromaquia en el Distrito Federal desde 1885 hasta 1905. México, Tipografía José del Rivero, sucesor y Andrés Botas editor, respectivamente. Tomos I y II. Se trata de un amplísimo recorrido por las historias del toreo que surgieron no solamente en los 20 años allí revisados. Se remite a sucedidos en plazas como san Pablo y Paseo Nuevo, aportando noticias ricas en información. El segundo tomo sufre la desgracia de ser retirado de la imprenta a la mitad de dicha labor debido -nos cuenta el Ing. Eleuterio Martínez, bibliófilo taurino- a que encontrándose en rama la impresión, por un imperdonable descuido del encargado de la imprenta del papel de desperdicio se entregó toda la tirada al trapero que recogía este papel, salvándose únicamente los pliegos correspondientes a cinco ejemplares, hasta la página 232, que el doctor Cuesta conservaba en su domicilio, debido a haberlos tomado en una de sus visitas al taller tipográfico cuando la impresión se encontraba en esa etapa. Disgustado don Carlos canceló el trabajo pasando los originales, a su muerte, a poder de sus hijos.

La obra del Dr. Cuesta es pues, interminable.

En alguno de esos apuntes, encuentro una interesante descripción sobre la poco conocida plaza de toros ubicada en Cuautitlán. De eso platicaré a continuación.

Construida en madera, situada en un amplio terreno bardeado y con sus correspondientes puertas. Estaba ubicada en la principal calle del pueblo, en la que era continuación de la carretera que nombraban “Camino Real”, transitado en aquella época (entre 1870 y 1885) por la legendaria “Diligencia” y por numerosos convoyes de carros tirados por ganado caballar y mular.

No en balde, Amado Nervo decía al respecto: “Después de México…, todo es Cuautitlán”.

La placita –continua su narración Cuesta Baquero– tenía los dos usuales departamentos de “Sombra” y “Sol”, pero no había distinción en las localidades especializando lo que actualmente nombran “Preferencia”. Por lo tanto los concurrentes más anticipados eran los que podía tomar su asiento junto a la “barrera” y en las gradas inferiores del anfiteatro la “barrera” era única. No había “contrabarrera” y por ende no existía “callejón”. El refugio de los lidiadores eran los antiquísimos conocidos “burladeros”. Arriba de la barrera circundándola estaban lo que nombran “maroma” o sea el cable de ixtle o acero, impidiendo que cuando el toro intentase saltar esquivando la lidia, los espectadores no fuesen lesionados por el hocico del animal.

Arriba de la “barrera” había un graderío incomodo por la altura que tenía cada hilera de gradas. Coronando ese graderío estaba una andanada de palcos lo que nombran “lumbreras” –a los que ascendían los concurrentes, especialmente las concurrentes, por medio de una escalera, ni cómoda ni amplia, pero que daba ocasión a que los concurrentes masculinos se deleitaran observando las pantorrillas de las aficionadas, pueblerinas y también de la Metrópoli que en buen número asistían para “correr la juerga”. No sé como estarían las otras dependencias de la placita o sea la “enfermería” (que probablemente no la tenía porque en aquellas épocas no era acostumbrado establecerla. Los lidiadores que resultaban lesionados eran curados donde se podía y como se podía).

La concurrencia a los espectáculos tauromáquicos efectuados en ese coso estaba constituida en su mayor porción por los aficionados residentes en la Metrópoli.

Emprendían la expedición desde la mañana, a las nueve, diez u once horas para llegar a la de comer al pueblo, en las fondas en casa de amigos quienes los tenían. El viaje era en caballo o carruaje –los había con asientos de alquiler al precio de cincuenta centavos o sea “cuatro reales”, según entonces eran nombrados los tostones. En la caminata reinaba alegría porque además del entusiasmo promovido por la ilusión de los “toros” había los incidentes chuscos y de enamoramiento, pues ya dije que buen número de aficionadas concurrían para “torear, corriendo la juerga”.

Cuautitlán era en aquellos años un poblachón polvoriento y triste en los días no festivos, pero en los domingos cuando había “toros” ofrecía regocijo y menor cantidad de polvo. El C. Presidente Municipal se preocupaba por hacer regar en las dos o tres principales calles para que el polvo no molestara a los forasteros. En las fonduchas y en “puestos” había comestibles abundantes y apetitosos aunque no fácilmente digeribles, por lo que no era necesario llevar “itacate”, sino solamente una anforita con el correspondiente licor.

La corrida daba comienzo a las cuatro. La constituían un toro para la “charreada” (enonces no decían “jaripeo”) y cuatro para la lidia verdaderamente así considerada. Pero como en todos los lances tauromáquicos había rapidez, especialmente en los del último “tercio” porque no se usaban “faenas” prolongadas ni muchos pinchazos, sino pocos “pases” y una o dos estocadas, so pena que la “autoridad ordenara fuera lazado el toro o sea “devuelto a los corrales”, la corrida quedaba concluida a las cinco o cinco y treinta minutos.

Hasta aquí, con esta amplia descripción de la que apenas tenemos un primer acercamiento sobre el entonces distante poblado, primera jornada en los viajes emprendidos y donde pernoctaban aquellos viajeros que se animaban a realizar travesía hacia el norte de nuestra república.

Debo agregar, como fin de estos apuntes que entre otros toreros, allí se presentaron Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz y algunos más con sus respectivas cuadrillas, lo cual animaba con entusiasmo sin igual, los días de corrida.

Dice una crónica, recogida en El Republicano, D.F., del 12 de diciembre de 1880, p. 1:

Plaza de toros de Cuautitlán, Méx. Con el invierno se ha iniciado una temporada de corridas de toros. El espectáculo está proscrito de la capital y de los pueblos del Distrito. Pero no hay más que salir a algún punto de los Estados limítrofes y se ve gotear impunemente sangre de toros y de caballos.

Si el gran Juárez hizo que se prohibiesen los toros en la capital y sus alrededores, se elude la prohibición trasladándose en alas del vapor a Amecameca o a Cuautitlán. ¡Y después hay quien diga que no sirven mucho los ferrocarriles!

Una gran caravana de expedicionarios salió el martes (7 de diciembre, N. del A.) para Cuautitlán, con objeto de asistir a la función de toros dada en ese pueblo en honor de la Inmaculada Concepción.

Pío XIX regaló un dogma a ese misterio cristiano; Cuautitlán le decretó la inmolación de cinco bichos de Atenco.

No quiero detenerme, Blanca, en enviarte mis comentarios sobre los toros de Cuautitlán.

-¡Uf! No valió gran cosa, chico… No hubo más que dos caballos despanzurrados, un solo hombre aporreado y ningún picador muerto…, ni siquiera herido!…

Y en efecto, un aficionado a la tauromaquia, descendido de las filas del populacho del sol y lanzado varias veces al aire, a guisa de pelota, por las astas emboladas de un toro furioso, fue el único accidente que mereció los aplausos ardorosos del público de Cuautitlán…

Tuyo, Filinto.

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