LOS PRIMEROS APUNTES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA EN EL SIGLO XIX.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

Inauguración de la estatua de Carlos IV, en 1796. Lograda recreación que realizó Antonio Navarrete.

La presente colaboración, pretende acercarse, lo más que sea posible, a un auténtico estado de la cuestión que nos ayude a entender el porqué de la continuidad, ya en plena emancipación, de un aspecto que como el taurino procuró mantenerse y extenderse no solo el resto del siglo XIX, sino que siguió por todo el XX y lo que va del XXI.

Como sabemos muy bien, ya desde comienzos del siglo XIX, los propósitos independentistas eran más que notorios. Esto había comenzado desde aquella revuelta criollista encabezada ni más ni menos que por Martín Cortés, nieto del célebre conquistador, allá por 1566. Y parece decirnos junto con los otros levantados: ¡No somos españoles. Somos mexicanos!, lo cual equivale a una consigna, al estandarte de aquel anhelo que se consumó con el nuevo estado-nación, hasta 1821.

Entenderíamos que todo iba a ser un comenzar de nuevo, ya liberados de la presencia e influencia hispana “que tanto daño causó durante tres siglos de influencia y sometimiento”, de acuerdo a la forma en que lo entendían los responsables de aquel episodio particular.

Sin embargo, en muchas estructuras sociales, políticas, económicas o religiosas, el peso de aquella sombra, por más que desearan sacudirse de ella, había producido efectos contundentes en la articulación de sistemas cuyo peso, aún se percibe en nuestros días. En ese sentido, al menos tres factores contundentes de aquel “peso” perviven, casi intocados: la religión católica, el burocratismo (que viene desde el reinado de Felipe II) y las corridas de toros.

Los componentes que en aquel momento sostenían el andamiaje de la nueva tauromaquia mexicana, estaban supeditados de alguna manera, a la reciente experiencia e influencia que dejó en el ambiente Tomás Venegas “El Gachupín Toreador”. De él ha escrito nuestro buen amigo y colega, el Doctor en Historia Benjamín Flores Hernández: “Torero de a pie y “Capitán primera espada”. Alrededor de 30 años en 1770. Andaluz, nada menos que de Sevilla como sus contemporáneos “Pepe-Hillo” y “Costillares”. Puede considerársele el principal de los lidiadores de a pie que introdujeron en México, ya de una manera bien definida, la nueva forma de la faena taurina. Sin lugar a dudas, fue el más importante y popular de todos los toreros que actuaron en cosos mexicanos a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII. En la capital del virreinato se presentó como jefe de cuadrilla cuando menos durante las temporadas de 1769, 1770, 1785, 1787, 1789, 1790 y 1791; en alguna de ellas resultó gravemente herido. También se interesó en la organización de corridas, y en 1785 adquirió el derecho de hacer los ensayos previos a las bregas que iban a efectuarse entonces; tres años después figuró entre los postores a la plaza, aunque finalmente fue otro quien la ganó. La última noticia suya data del 24 de mayo de 1793 cuando firmó, en la hacienda de la Purísima Concepción [de Atenco], un interesante presupuesto de los gastos que habría de requerir la puesta anual de temporada de toros”. (BFH, 2017, 27).

En Benjamín Flores Hernández: «Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII». México, ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, vol. 7. (México, 1981). pp. 99-160, fots.

Además este célebre personaje, junto con Manuel Tolsá, el no menos famoso escultor valenciano Manuel Vicente Agustín Tolsá y Sarrión (1757-1816), propusieron un proyecto arquitectónico que tendía a dar festejos taurinos con un espacio ovalado como redondel. Dicho intento no prosperó, pero en él se veía el que iba a ser la tendencia definitiva en el uso de los ruedos, como terreno circular para celebrar ahí los festejos taurinos, dado que la tendencia entonces, era o el uso de plazas públicas –casi siempre cuadradas o rectangulares-, o el de alguna plaza ochavada, sitios donde los toros que se “corrían” para ser alanceados, en la mayoría de los casos, encontraban en los ángulos de aquellas disposiciones razón para aquerenciarse, lo cual significaba un problema en sí de gran notoriedad para el buen desarrollo de los festejos.

La presencia del “Gachupín Toreador” no fue casual, y si bien aún no circulaba en México la “Tauromaquia” de José Delgado “Pepe Hillo”, cuya primera edición de 1796, esto quiere decir también que Tomás no era ningún improvisado. Conviene aclarar que la primera evidencia en cuanto libro de dicha edición tauromáquica, nos la proporciona el Conde de la Cortina, en una interesante reseña bibliográfica, la cual podría tratarse de la edición pero de 1804, aparecida en El Mosaico Mexicano, en su edición de enero de 1837.

Entre la presencia de Tomás y la presencia de cuatro célebres toreros mexicanos en aquel comienzo del XIX, sólo hay un paso. Veamos.

El caso de los hermanos Ávila se parece mucho al de los Romero, en España. Sóstenes, Luis, José María y Joaquín Ávila (al parecer, oriundos de Texcoco) constituyeron una sólida fortaleza desde la cual impusieron su mando y control, por lo menos de 1808 a 1858 en que dejamos de saber de ellos. Medio siglo de influencia, básicamente concentrada en la capital del país, nos deja verlos como señores feudales de la tauromaquia, aunque por los escasos datos, su paso por el toreo se hunde en el misterio, no se sabe si las numerosas guerras que vivió nuestro país por aquellos años nublaron su presencia o si la prensa no prestó toda la atención a sus actuaciones.

Sóstenes, Luis y José María (Joaquín, mencionado por Carlos María de Bustamante en su Diario Histórico de México, cometió un homicidio que lo llevó a la cárcel y más tarde al patíbulo) establecieron un imperio, y lo hicieron a base de una interpretación, la más pura del nacionalismo que fermentó en esa búsqueda permanente de la razón de ser de los mexicanos.

Un periodo irregular es el que se vive a raíz del incendio en la Real Plaza de Toros de San Pablo en 1821 (reinaugurada en 1833) por lo que, un conjunto de plazas alternas, pero efímeras al fin y al cabo, permitieron garantías de continuidad.

Aún así, Necatitlán, El Boliche, la Plaza Nacional de Toros, La Lagunilla, Jamaica, don Toribio, sirvieron a los propósitos de la mencionada continuidad taurina, la que al distanciarse de la influencia española, demostró cuán autónoma podía ser la propia expresión. ¿Y cómo se dio a conocer? Fue en medio de una variada escenografía, no aventurada, y mucho menos improvisada al manipular el toreo hasta el extremo de la fascinación, matizándolo de invenciones, de los fuegos de artificio que admiran y hechizan a públicos cuyo deleite es semejante al de aquella turbulencia de lo diverso.

De seguro, algún viajero extranjero, al escribir sus experiencias de su paso por la Ciudad de México, lo hizo luego de presenciar esta o aquella corrida donde los Ávila hicieron las delicias de los asistentes en plazas como las mencionadas. De ese modo, Gabriel Ferry, seudónimo de Luis de Bellamare, quien visitó nuestro país allá por 1825, dejó impreso en La vida civil en México un sello heroico que retrata la vida intensa de nuestra sociedad, lo que produjo entre los franceses un concepto fabuloso, casi legendario de México con la intensidad fresca del sentido costumbrista. Tal es el caso del «monte parnaso» y la «jamaica», de las cuales hizo un retrato muy interesante.

En el capítulo «Escenas de la vida mejicana» hay una descripción que tituló “Perico el Zaragata”, el autor abre dándonos un retrato fiel en cuanto al carácter del pueblo; pueblo bajo que vemos palpitar en uno de esos barrios con el peso de la delincuencia, que define muy bien su perfil y su raigambre. Con sus apuntes nos lleva de la mano por las calles y todos sus sabores, olores, ruidos y razones que podemos admirar, para llegar finalmente a la plaza.

Nunca había sabido resistirme al atractivo de una corrida de toros -dice Ferry-; y además, bajo la tutela de fray Serapio tenía la ventaja de cruzar con seguridad los arrabales que forman en torno de Méjico una barrera formidable. De todos estos arrabales, el que está contiguo a la plaza de Necatitlán es sin disputa el más peligroso para el que viste traje europeo; así es que experimentaba cierta intranquilidad siempre lo atravesaba solo. El capuchón del religioso iba, pues, a servir de escudo al frac parisiense: acepté sin vacilar el ofrecimiento de fray Serapio y salimos sin perder momento. Por primera vez contemplaba con mirada tranquila aquellas calles sucias sin acercas y sin empedrar, aquellas moradas negruzcas y agrietas, cuna y guarida de los bandidos que infestan los caminos y que roban con tanta frecuencia las casas de la ciudad

Y tras la descripción de la plaza de Necatitlán, el «monte parnaso» y la «jamaica» (…)

(…)El populacho de los palcos de sol se contentaba con aspirar el olor nauseabundo de la manteca en tanto que otros más felices, sentados en este improvisado Elíseo, saboreaban la carne de pato silvestre de las lagunas. -He ahí- me dijo el franciscano señalándome con el dedo los numerosos convidados sentados en torno de las mesas de la plaza, lo que llamamos aquí una «jamaica».

   La verdad que poco es el comentario por hacer. Ferry se encargó de proporcionarnos un excelente retrato, aunque es de destacar la actitud tomada por el pueblo quien de hecho pierde los estribos y se compenetra en una colectividad incontrolable bajo un ambiente único.

De todos modos, lo poco que sabemos de ellos es gracias a los escasos carteles que se conservan hoy en día. Son apenas un manojo de “avisos”, suficientes para saber de su paso por la tauromaquia decimonónica. Veamos qué nos dicen tres documentos.

13 de agosto de 1808, plaza de toros “El Boliche”. “Capitán de cuadrilla, que matará toros con espada, por primera vez en esta Muy Noble y Leal Ciudad de México, Sóstenes Ávila.-Segundo matador, José María Ávila.-Si se inutilizare alguno de estos dos toreros, por causa de los toros, entonces matará Luis Ávila, hermano de los anteriores y no menos entendido que ellos. Toros de Puruagua”.

Domingo 21 de junio de 1857. Toros en la Plaza Principal de San Pablo. Sorprendente función, desempeñada por la cuadrilla que dirigen don Sóstenes y don Luis Ávila.

“Cuando los habitantes de esta hermosa capital, se han signado honrar á la cuadrilla que es de mi cuidado, la gratitud nos estimula á no perder ocasión de manifestar nuestro reconocimiento, aunque para corresponder dignamente sean insuficientes nuestros débiles esfuerzos; razón por lo que de nuevo vuelvo a suplicar á mis indulgentes favorecedores, se sirvan disimularnos las faltas que cometemos, y que á la vez, patrocinen con su agradable concurrencia la función que para el día indicado, he dispuesto dar de la manera siguiente:

Seis bravísimos toros, incluso el embolado (no precisan su procedencia) que tanto han agradado á los dignos espectadores, pues el empresario no se ha detenido en gastos (…)”.

Aquella tarde se hicieron acompañar de EL HOMBRE FENÓMENO, al que, faltándole los brazos, realizaba suertes por demás inverosímiles como aquella “de hacer bailar y resonar a una pionza, ó llámese chicharra”.

Al parecer, con la corrida del domingo 26 de julio de 1857 Sóstenes y Luis desaparecen del panorama, no sin antes haber dejado testimonio de que se enfrentaron aquella tarde a cinco o más toros, incluso el embolado de costumbre. Hicieron acto de presencia en graciosa pantomima los INDIOS APACHES, “montando á caballo en pelo, para picar al toro más brioso de la corrida”. Uno de los toros fue picado por María Guadalupe Padilla quien además banderilló a otro burel. Alejo Garza que así se llamaba EL HOMBRE FENÓMENO gineteó “el toro que le sea elegido por el respetable público”. Hubo tres toros para el coleadero.

“Amados compatriotas: si la función que os dedicamos fuere de vuestra aprobación, será mucha la dicha que logren vuestros más humildes y seguros servidores: Sóstenes y Luis Ávila”.

Todavía la tarde del 13 de junio de 1858 y en la plaza de toros del Paseo Nuevo participó la cuadrilla de Sóstenes Ávila en la lidia de toros de La Quemada.

Destacan algunos aspectos que obligan a una detenida reflexión. Uno de ellos es que de 1835 (año de la llegada de Bernardo Gaviño) a 1858, último de las actuaciones de los hermanos Ávila, no se encuentra ningún enfrentamiento entre estos personajes en la plaza. Tal circunstancia era por demás obligada, en virtud de que desde 1808 los toreros oriundos de Texcoco y hasta el de 58, pasando por 1835 adquirieron un cartel envidiable, fruto de la consolidación y el control que tuvieron en 50 años de presencia e influencia.

Cartel que se publicó en el libro de Armando de María y Campos: Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, Acción moderna mercantil, S.A., 1938. 112 p. ils.

Otro, que también nos parece interesante es el de su apertura a la diversidad, esto es, permitir la incorporación de elementos ajenos a la tauromaquia, pero que la enriquecieron de modo prodigioso durante casi todo el siglo XIX, de manera ascendente hasta encontrar años más tarde un repertorio completísimo que fue capaz de desplazar al toreo, de las mojigangas y otros divertimentos, asunto del cual me ocuparé en la siguiente entrega.


Fuentes de consulta:

José Francisco Coello Ugalde: Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Desde el siglo XVI hasta nuestros días). Madrid, Anex, S.A., Editorial “Campo Bravo”, 1999. 204 p. Ils, retrs., facs.

Benjamín Flores Hernández: Para la diversión y la utilidad pública, 24 días de corridas. Instantánea documental torera de la vida mexicana de hace dos siglos y medio. 1ª edición 2017.  Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2017. 156 p.

Disponible en internet, junio 4, 2019 en:

https://www.uaa.mx/direcciones/dgdv/editorial/docs/para_la_diversion.pdf

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