HISTORIAS: TAUROMAQUIA MEXICANA EN EL SIGLO XIX (SEGUNDA PARTE).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Composición iconográfica, a partir de elementos integrados a carteles mexicanos en los comienzos del siglo XIX. Edición elaborada por el autor.

Mientras todavía es de admirar la forma en que días atrás (1° de junio), Antonio Ferrera, citaba a matar a uno de Zalduendo en Madrid, lo cual ocurría a varios metros de distancia…, el diestro buñolés lo espero…, lo esperó y así lo remató, recibiendo. Esa hazaña sirve ahora para entender otro detalle más de la tauromaquia y su evolución, por lo que tal me lleva a pensar las ocurrencias dos siglos atrás, donde apenas teniendo idea de las prácticas, esta habría sido una de tantas y que hoy recobran su sabor y su valor.

He aquí el preciso momento a que me refiero en las notas previas.

Imagen recogida del portal https://www.las-ventas.com/

https://www.las-ventas.com/la-tarde-tras-el-objetivo/las-ventas-1-de-junio-de-2019

   Pues bien, hasta el momento, no tenemos una idea clara sobre la forma en que los toreros mexicanos de a pie, y esto al comenzar el siglo XIX, practicaban las distintas suertes establecidas por la que fue consecuencia natural, detentada en lo general –como ya vimos-, por Tomás Venegas “El Gachupín toreador”, a finales del siglo XVIII.

Pero unos años después, aún con el desconocimiento o no de la presencia concreta de aquellas reglas de torear, concebidas por José Delgado “Pepe Hillo” desde 1796, y publicadas ese mismo año, ello no nos permite más que la posibilidad de imaginar un proceso técnico en el cual ya era frecuente el uso de capas, la más o menos coherente suerte de picar, combinada con la de banderillas; y luego el desempeño con la muleta; para culminar con la siempre recomendable suerte suprema.

Aquí lo indicado: capean los de a pie, en un intento que luego se tornó “quite”. El picador realiza la suerte, mientras el toro ya lleva colocados, al menos dos pares de banderillas y como a la “media vuelta”, el rehiletero se encuentra a punto de colocar uno más. Corrida de toros en la Plaza de San Pablo, John Moritz Rugendas, 1833. Óleo sobre cartón. Fuente: Colección del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, México.

Algunas imágenes así permiten adivinarlo. Por su parte, algunos textos y opiniones elaborados por autores de la época no nos otorgan mayor posibilidad de apreciación, pues fijan su mirada más en el hecho de la violenta acción (Carlos María de Bustamante o José Joaquín Fernández de Lizardi, F.P.R.P., iniciales de un desconocido opositor a los toros o algún viajero extranjero), que en lo reflexionado aquí. Recordemos que fueron años de reacomodo social, político, económico, ideológico o religioso. Sin embargo, en lo taurino se conservaron formas, estructuras que no variaron; y aún más, se enriquecieron.

En ese sentido, gravitaba por entonces el peso que el teatro y los toros habrían tenido en una convivencia que si bien no prosperó a finales del XVIII (y esto por las constantes prohibiciones a que quedó sujeto), pero que comenzado el XIX, retomó la tauromaquia para incorporarlo a la función misma, con excelentes resultados.

Si ya en el siglo de las luces la mojiganga era pieza importante, en el XIX recuperó su presencia, e incluso se enriqueció con otro elemento más, ya presente de mucho tiempo atrás, pero que no se había declarado tan notoriamente como hasta entonces. Me refiero al jaripeo, a los coleaderos y a todas aquellas formas en que el toreo rural se manifestaba en su propio espacio, pero que por razones naturales, poco a poco se deslizó a las plazas, a los escenarios urbanos hasta encontrar lugar de privilegio y convertirse en otra parte protagónica del entretenimiento durante el festejo.

Y, si nos atenemos a lo establecido –pero poco conocido como quizá habría sido el caso-, sobre el nuevo referente impuesto por “Pepe Hillo”, es probable entonces que el desarrollo de la lidia se acercara a aquellos dictados, como el conjunto inicial de la que iba a ser por mucho tiempo la forma en que se lidiaban los toros en lo general.

Lo poco escrito al respecto, y también las escasas imágenes no nos dan, hasta ahora, la idea exacta de aquellos acontecimientos, como tampoco en el caso del comportamiento del ganado. Escasos carteles proporcionan un panorama limitado de esto, cuando apenas es posible entender en qué medida se lidiaba, y cuál su calidad en términos de bravura o nobleza de lo que poco sabemos también.

En esos tiempos, fue frecuente la presencia de ganado proveniente de Atenco, El Astillero, Sajay (o Shajay), la Cañada y hasta “escogidos toros de la aplaudida raza de Nueva Vizcaya”. Hacia 1815, se anunciaba un toro conocido como “Chicharrón”, y que la publicidad hizo célebre. Los deseos porque demostrara semejantes virtudes no se cumplieron a cabalidad y hasta el fracaso se tomó como referente para sacarlo a colación en asuntos de la política, tal como lo hiciera con frecuencia el “Pensador Mexicano”, involucrándole en jocosos diálogos presentes sobre todo, en sus muy conocidas “Alacenas de frioleras”.

Entre los toreros que actuaban por entonces, encontramos nombres como los que siguen:

Francisco Álvarez, José María Castillo, Mariano Castro, José de Jesús Colín, Onofre Fragoso, Ramón Gándara, Guadalupe Granados, Gumersindo Gutiérrez, José Manuel Luna –“El torero Luna”-, Agustín Marroquín, Rafael Monroy, José Pichardo, Basilio Quijón, Guadalupe Rea, Nepomuceno Romo, Vicente Soria, Xavier Tenorio, Juan Antonio Vargas, Cristobal Velázquez y Miguel Xirón. Esto sin contar, de que en tiempo muy breve, se incorporarían los célebres hermanos Ávila que, como los Romero en España, fortalecieron la primera etapa de la tauromaquia decimonónica en nuestro país.

En 1814, nuestro ya conocido Fernández de Lizardi, escribía “La conferencia entre un toro y un caballo”, al respecto de lo que para ellos, en esa intención literaria de dar voz a los animales, significaba participar en una representación como la corrida de toros misma. Veamos.

Alacena de Frioleras, Número 14. Publicada por la imprenta de doña María Fernández de Jáuregui:

   Poco antes de las corridas de toros, en uno de estos plausibles días, por la mañana, estaban fuera de la plaza varios picadores, cuando uno se ofreció a ir por las once,[1] esto es por un poco de aguardiente con qué animarse, a pesar de la prevención que sobre esto se hace en el Bando de la materia. No faltó de los mismos compañeros quien lo advirtiera, pero como no hay ley que no esté sujeta a interpretaciones, dijeron otros que el Bando lo que prohibía no era tomar un trago sino emborracharse; y así, puesto que no habían de excederse entre cuatro con un par de cuartillos del tosco, bien podía ir por ellos y obsequiarlos sin el menor escrúpulo. Con esta gran absolución fue el cortejante por el aguardiente, dejando suelto su caballo sin ronzal ni custodia alguna, fiado, desde luego, en su genio naturalmente quieto y sosegado.

Retrato del también autor del célebre “Periquillo sarniento”

   No se equivocó en su juicio, pues aunque luego que volvió con el refresco se pusieron a beber alegremente, formando cuadro, sin acordarse ninguno del bueno del rocín, éste lo más que hizo fue ir a buscar sombra junto a un toril, que por suerte tenía algo separadas las vigas.

Yo, como siempre he sido amigo de observar aun aquellas cosas que parecen frívolas y, a más de esta recomendable cualidad, tengo la gracia de entender el idioma de los brutos, al modo de Esopo, Fedro, Iriarte, Samaniego, etcétera (aunque no de explicar sus conversaciones con la dulzura de estos respetables ingenios), me fui tras el caballo y luego que éste llegó al toril, vio al toro encerrado y exhaló un tierno suspiro, a cuyo suave ruido volvió el toro la cabeza, y acercándose a la rendija conoció al caballo y le dijo: “¿Qué haces aquí, buena bestia? ¿Dónde está tu amo?” “Yo —dijo el caballo—, estoy esperándolo, y vine a buscar sombra mientras él toma su traguito; pero tú, ¿qué has hecho, que pareces loco enjaulado?” “¿Qué he de hacer? —respondió el toro—, esperando a ver lo que quieren hacer conmigo los hombres, que me tienen aquí sin comer y con una flor encarnada en el lomo; sin duda que debo de estar de boda, pues me engalanan tanto, y, según esto, se me espera un buen rato.” “¡Lindo! —dijo el caballo—, pero no te lo codicio.” “Sí —replicó el toro—, yo escucho desde aquí mucha bulla y algazara, y de cuando en cuando su música militar, lo que me hace creer que hay alguna fiesta prevenida.” “Y como que la hay —dijo el caballo—, y no cualquier cosa, sino fiesta real, aunque por las escaseces del día la falta de toda la magnificencia que ha visto esta ciudad en otras iguales, como los juegos de cañas,[2] los torneos, la carrera de la sortija,[3] el don Pedro de palo[4] y otras semejantes, en cuyas travesuras han lucido su habilidad y gastado su dinero con profusión los caballeros de esta ciudad.” “Pero por fin, ¿aunque haya faltado todo eso en estas fiestas por las actuales ocurrencias, se llaman reales, y la noble ciudad ha hecho cuanto ha podido por solemnizar la restitución del señor don Fernando VII al trono de las Españas?” “Así es —dijo el caballo—.”

Ilustración ubicada en una de las célebres “fábulas” del “Pensador mexicano”. La presente imagen corresponde a la titulada: “El novillo y el toro viejo”.

“Pues con esto basta —contestó el toro—, para que estas fiestas sean insignes y yo logre unos ratos divertidos… Como no me vayan a dejar aquí y no vea nada.” “Seguro estás —dijo el rocín—, sobre que tú eres uno de los papeles principales de la fiesta. La has de ver toda, aunque no muy a gusto.” “No seas tan caballo —dijo el toro—, explícate con más claridad que no te entiendo.” “No hay duda que si yo soy un caballo —dijo éste— tú eres más bestia que yo, pues no entiendes que los hombres te tienen aquí para torearte dentro de poco rato…” “¿Cómo es eso de torearte?”, preguntó el toro. “Para torearte —respondió el bucéfalo—, quiere decir, para mofarte y para divertirse contigo.” “Con la mofada no estoy muy bien —dijo el de Atengo—,[5] pero en esto de la diversión no hay para qué ciscarme, pues puede que sea una diversión tan honesta que no me traiga ninguna pesadumbre…” “¡Friolera! —dijo el penco—, honestísima es, pero te ha de pesar el modito.” “Pues no me tengas en duda —dijo el toro—, explícame qué cosa es ésta. ” “Mira —dijo el caballo—, luego que salgas de aquí te recibirá mi amo y otro compañero en los gorguces[6] de las garrochas, cuya ceremonia harán contigo todos los de a caballo; ya verás que será éste un rato divertido. Después te dejarán los caballeros, y se te presentarán mil chulos de infantería muy guapos y escarchados, a modo de portalitos de Navidad; te harán muchas caravanas con sus capotillos, y aun se quitarán los sombreros a tu presencia; mas a poco rato te comenzarán a faltar al respeto y te clavarán más saetas que a un salteador de caminos y, no contentos con eso, te clavarán otras de fuego, otras con cueros hinchados, otras con gatos, pero todas con sus lancetas de acero, con las que te pondrán el cuero del pescuezo como una criba. Después de holgarse un buen rato contigo de este suerte, al son de un ronca trompeta se publicará en el circo la sentencia de tu muerte, la que te dará uno de aquellos mismos verdugos que te han mofado y maltratado de antemano; pero lo que te llenará de rabia será advertir la música y el palmoteo con que los espectadores festejarán a tu sacrificador al instante que éste te dé la estocada mortal…” “Cesa —dijo el toro fuera de sí—, cesa, que la cólera y el temor, la rabia y el sentimiento me combaten a un tiempo intolerablemente. ¿Conque no contentos los crueles con mofarme y atormentarme, no paran hasta quitarme la vida alevosamente? Ya que me burlan y martirizan ¿no pudieran después de hartos de holgarse, volverme a mi encierro, y de allí a los campos para beneficiar y cultivar las tierras, y para adobar con la verde grama mi carne, que sin duda comieran más sabrosa? ¿Es acaso preciso que consuman su iniquidad con mi muerte?” “Sí —dijo el caballo—, todo entra en la diversión.” “Pues en los pueblos —dijo el toro— no se divierten con nosotros sin [sic] matarnos, según mi padre me contaba?” “Sí —dijo el penco— pero eso es en los pueblos, donde también os torean con las astas aserradas para que no hagáis mayor mal a los hombres ni a nosotros.” “Pues ¿por qué no hacen aquí lo mismo? —dijo el toro—. ¿Son en los pueblos menos hombres que los de la ciudad, o nosotros somos en ella menos feroces?” “Nada de eso —respondió el cuaco—, pero no es estilo ese que se usa en las ciudades en semejantes funciones.” “Mal haya la usanza —repuso el toro—, no hay duda que hay usos que sólo la costumbre y no la razón los autoriza. Pero vamos al caso: ¿por qué causa nos mofan y nos matan? ¿Qué perjuicio les damos a los hombres? ¿Qué daño les hemos inferido? ¿Qué agravio, qué enojo les hemos causado para que nos traten con tal rigor? Lejos de eso, ¿no somos nosotros los que aramos la tierra para que fructifique? ¿No cubrimos las vacas para que tengan la rica ternera, la blanca leche, la suave mantequilla y el sabroso queso? Por último, ¿no servimos para la caza y para la mesa en los ejércitos, en la marina y en todas las casas de los pobres? ¿Pues por qué es este rigor y tan inaudita maldad?” “Porque sois toros —dijo el caballo—, esto es, porque sois animales bravos y con cuernos.” “¡Oh, amigo! —dijo el toro—, si a todos los que tienen cuernos los mofaran públicamente y los mataran, ¡qué pocos maridos pobres y con mujeres bonitas se escaparan!” “Eso fuera bien hecho —repuso el caballo—, si esos maridos fueran bravos; pero como son mansos, aunque los burlen en lo público y en lo privado no se hacen acreedores a la muerte, y lo que sufren son hartas capoteadas y muchas banderillas; mas vosotros, como sois feroces, tenéis que padecer hasta la muerte.” “¿Pero nosotros en estos casos —dijo el toro—, hacemos otra cosa que defendernos y acometer a los que nos insultan y provocan? Si matamos a algunos o los herimos, no los vamos a buscar seguramente; ellos son los que se nos presentan cara a cara, nos llaman, nos silban, nos gritan y hacen cuanto les sugiere su maldad para que les embistamos. Si un hombre matara a otro después de recibir las injurias que nosotros, la ley lo indemnizaría y no se estimara su homicidio merecedor del último suplicio; pues ¿por qué nosotros no hemos de gozar igual indulto cuando matamos a alguno que nos ha provocado injustamente?” “Porque no tenéis entendimiento”, —respondió el cuaco—. “Pero es eso —replicó el toro—, pues si al hombre  que tiene entendimiento, que puede excusar la ocasión, que tiene una ley que lo obliga a perdonar sus agravios y puede hacer mérito del sufrimiento y lo disculpa la ley civil y no le priva de la vida, ¿por qué a nosotros, que carecemos de todo eso, se [nos] condena a muerte, aun sin hacer, tal vez, el homicidio?” “Porque ésas son las injusticias del mundo —dijo el caballo—, vosotros ¿por qué no matáis y no echáis fuera las asaduras cada rato? ¿Acaso os hacemos daño alguno? Nuestros amos con la espuela y el freno nos obligan a presentaros el cuerpo bien contra nuestra voluntad, pues entre los compañeros hay uno o dos que no le falta más que hablar para decir: no quiero ponerme al riesgo, porque sufre el martirio del acicate y no entra, y ha sido menester que los hombres lo apaleen, como lo ha visto Dios y todo el mundo en estos días. Conque mira, tú, cuán sin razón nos ofende tu casta.” “Nosotros no somos culpados —dijo el toro—, no tenemos entendimiento, obramos según nuestro ímpetus animales, tiramos al bulto que nos ofende, sin poder distinguir el ente que nos daña. ¿Sabes en qué consisten vuestros agravios y los nuestros?” “¿En qué?, —preguntó el rocín—. “En la barbaridad, ignorancia y ferocidad de los hombres.” “Cállate —dijo el caballo— ¿quién dice eso? ¡Los hombres bárbaros! ¡Los hombres ignorantes y feroces! ¡Qué herejía! En nada menos se tienen; antes dicen que son los animales más ilustrados y los más mansos y benignos por naturaleza.” “Así es en parte —dijo el toro—, pero no en el todo, después que por la soberbia de su progenitor fueron sujetos al ímpetu de sus pasiones… Mas en un toro no están bien estas cosas. Vamos al asunto. ¿Quieres mayor barbaridad que presentarse un muñeco de éstos delante de nosotros, después de irritados, y jugar su vida en un lance como pudiera un albur de a real y medio, fiados en la destreza de su caballo de baqueta o en la agilidad de su pies, sin tener cuenta con los accidentes que pueden sobrevenir, como un tropezón, un embarazo, la fracción de un fierro, la rotura de un cuero de la silla o de la garrocha, por la torpeza vuestra, etcétera? Míralos pálidos al llamarnos y más pálidos al acercarse a tomar la baya.[7] ¿Qué quiere decir esto, sino que reconocen sus fuerzas desiguales, nos temen, nos huyen y buscan asilo para resguardarse de nuestra furia? Y sin embargo, apenas se recobran de un susto cuando se exponen a nuevo precipicio; ¿quieres mayor barbaridad y mayor ignorancia? Nosotros siendo brutos, les damos ejemplos de consideración y recato. Nos duele la garrocha y la tememos; nos aflige la espada y rehusamos dar el bote sobre ella, porque conocemos el peligro y procuramos evitarlo. ¿No es esto, ciertamente, darles ejemplo a los hombre de la prudencia que les falta? Advierte ahora cuán feroces son, pues los toros aserrados[8] no se divierten ni concurren en tanto número como en los puntales. Dime ahora, ¿en qué consiste la diferencia? Un mismo número de toro aserrado los deleita mucho menos que armado con sus terribles puntas. ¿No es el mismo toro? ¿No juega igualmente? ¿No corre? ¿No embiste? ¿No estropea el toreador que se descuida? Pues ¿por qué se va a verlo con menos empeño y gusto si está puntal como lo parió su madre? ¡Ah!, porque aserrado no puede herir ni matar al hombre con tanta facilidad, y por eso también, luego que sale al circo un toro manso, un toro prudente y enemigo de dañar a los hombres, que no desea más que verse libre de ellos, al momento gritan los espectadores que no sirve, que lo aseguren de la cola y que lo maten. ¿Quieres mayor ferocidad en los hombres? ¿No ves cómo se complacen en el riesgo de sus semejantes? Y no como quiera, sino en el riesgo gravísimo de que pierdan la vida. ¿No has oído cómo desde las lumbreras y las gradas estimulan al pobre torero para que se precipite a la muerte en nuestras astas, diciéndole: entra, (Guadalupe) Rea; oblígalo, Guadalupe (Granados); anda, Felipe (Estrada), etcétera, etcétera, y si estos miserables yerran uno u otro lance al matarnos, los burlan y provocan con aquella vulgar sandez de gritarles: ¿A que no lo matas, eh? Por último, ¿no has visto alguna vez expirar un hombre ensartado en nuestras astas?” “Sí he visto”, —respondió el caballo—. “¿Y qué ha sucedido?”, —replicó el toro—. “¿Qué ha de haber sucedido?” —dijo el cuaco—, se han llevado a aquél al hospital o la sepultura, y los demás han seguido gustando de la diversión como si hubiera muerto un perro.” “Pues vé ahí hasta dónde llega el extremo de la barbaridad y ferocidad de los hombres, pues nada se les da de la desgracia de sus hermanos; al paso que nosotros, siendo unas bestias, les damos el mayor ejemplo de fraternidad, pues apenas vemos la tierra regada con la sangre de nuestros semejantes, rascamos la arena, mugimos, bramamos o lloramos, a nuestro modo, su muerte; y ellos ven expirar a los suyos sin compasión, y aun los incitan como he dicho para que se precipiten al riesgo. ¿Éstos son los hombres? ¿Ésta es su humanidad? ¿Éste es su talento…?” “Dejemos esta plática —dijo el caballo—, que se acerca la hora terrible de presentarnos en la palestra.” “Líbreme el creador de la fiereza de los hombres,” dijo el toro. “Y a mí de tus astas,” exclamó el caballo, y se apartaron.

FIN DE ESTE PERIÓDICO

Las colecciones de los tres tomos se hallarán en el Portal, en los puestos acostumbrados a cinco y medio pesos.[9]

Costillares, como Antonio Ferrera.

   Por cierto, ya que pudo recogerse el texto completo de ese diálogo, y habiendo tomado imagen de la fábula “El novillo y el toro viejo”, conviene incluir aquí esa cita en verso:

Fábula XXIII

EL NOVILLO Y EL TORO VIEJO

 

Hicieron unas fiestas en un pueblo,

en las que no faltaron sus toritos,

porque lidiar los hombres con los brutos

en la mejor función es muy preciso.

Pasadas ya las fiestas, se juntaron

en el corral de Antón un buen Novillo

y un Toro de seis años, que mil veces

al arado de su amo había servido.

A los dos torearon en las fiestas,

y por esta razón fueron amigos.

Conociéronse luego, y con espanto

el Novillo al Buey viejo así le dijo:

—Escucha, camarada, ¿por qué causa,

cuando los dos jugamos en un circo,

yo salí agujereado como criba

y tú sacaste tu pellejo limpio?

Entonces el Buey grave le responde:

—Porque ya yo soy viejo, buen amigo;

conozco la garrocha, me ha picado;

y así al que veo con ella nunca embisto.

Por el contrario, tú, sin experiencia,

como Toro novel y presumido,

sin conocer el daño que te amaga,

te arrojas a cualquiera precipicio,

y por esta razón como un arnero

sacaste tu pellejo y yo el mío limpio.

—Pues te agradezco mucho, amado hermano

—dijo el Torete—, tu oportuno aviso.

Desde hoy ser ya más cauto te prometo,

pues por lo que me dices, he entendido

que es gran ventaja conocer los riesgos,

y saberse excusar de los peligros.[10]

   Hasta aquí, con ese vívido retrato, el más aproximado a esa realidad que ha sido propósito desvelar en esta ocasión. Ojalá haya cumplido su propósito. Por ahora, queden están notas como las más coherentes aproximaciones al que fue ese toreo fascinante, previo a la llegada, en 1835 de Bernardo Gaviño.


[1] Que es también una referencia directa del célebre toro de “once”, el que, seguramente, se desarrollaba en medio del caos, caos alimentado por el delicioso y enganchador aguardiente.

[2] Juegos de cañas. Acañavear, es decir, herir con cañas cortadas en punta a modo de saetas. Suplicio taurino: usado en la antigüedad.

[3] Carrera de la sortija. Ejecutar el ejercicio de destreza que consiste en ensartar en la punta de la lanza o de una vara, y corriendo a caballo, una sortija pendiente de una cinta a cierta altura.

[4] Probablemente una suerte que se relaciona con los “dominguejos”

[5] De hecho, y por error tipográfico, así se anunciaron en muchas ocasiones, los toros de Atenco. (N. del A.).

[6] gorguces. Puyas de las garrochas. Cf. Santamaría, Dic. mej.

[7] Tal vez quisiera decir valla o barrera.

[8] Despuntados.

[9] Disponible en internet junio 11, 2019 en:

http://www.iifilologicas.unam.mx/obralizardi/index.php?page=numero-14-la-conferencia-entre-un-toro-y-un-caballo

[10] disponible en internet junio 11, 2019 en:

http://www.iifilologicas.unam.mx/obralizardi/index.php?page=el-novillo-y-el-toro-viejo

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