FIESTA PÚBLICA y ESCENIFICACIÓN DEL PODER. (Evocando una conferencia de la Dra. Dolores Bravo, impartida en marzo de 2004).

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

“El diablo”, fue una más de las representaciones, en las que diversos personajes, que asumían este tipo de participación, daban al espectáculo un sabor muy especial a las funciones novohispanas. Óleo de Antonio Navarrete.

 I

   El sentido de entretenimiento o diversión, adquirió imagen especial durante el virreinato, pues fue en ese periodo donde se manifestó la consolidación no solo de la fiesta oficial. También la de carácter religioso, e incluso civil. Lo pagano y lo profano al servicio de dos poderes fundamentales: la corona y la iglesia. Además, y fuera del contexto novohispano, muchas de ellas continuaron efectuándose quizá bajo otra mentalidad, diferentes tiempos y otras razones, permitiéndoles a otro buen número pervivir hasta nuestros días, inclusive. Al hacer un recuento de todas aquellas celebraciones que afirmaron no solo el sentido de un pueblo con derecho a divertirse, sino que además legitimaron y garantizaron el afianzamiento de la autoridad fuese esta política, eclesiástica e incluso universitaria (ya veremos su participación concreta). Pues bien, el citado recuento alcanza una cantidad muy importante de celebraciones de diversa índole y cada una de ellas encuentra su detonante en el calendario litúrgico, fiestas de tablas y otras. Del mismo modo, la corona y sus representantes en América también fueron causa para otras celebraciones cuyo impacto alcanzó diversas magnitudes, traducidas en conmemoraciones, muchas de ellas testimoniadas en multitud de relaciones de fiestas, sermones y otros, factor por escrito donde los cronistas dispusieron de suficientes motivos para describir esos acontecimientos con lujo de detalle, ya en prosa, ya en verso.

De igual forma, la Universidad como institución, también se posicionó privilegiadamente para efecto de sumarse a las conmemoraciones, agregando al catálogo sus propios elementos, de los que se platicará con amplitud más adelante.

Bien, ya contamos con el sustento institucional generador y estimulador de las múltiples versiones de fiesta y otras puestas en escena, como túmulos funerarios o fábricas, que recordaban la reciente muerte del monarca o algún miembro de la casa reinante, así como los autos de fe, donde el tribunal de la Inquisición, tras el grave aparato que imponía, terminaba dictando sentencias a diversa escala.

Ahora es preciso hacer un repaso a ese enorme catálogo que en su momento, debe haber rebasado a un pueblo siempre cautivo en fiestas. De ahí que considere la siguiente nómina a partir de dos obras fundamentales: “El Diario de sucesos notables”, cuyos autores fueron Gregorio Martín de Guijo y Antonio de Robles, esto entre 1648 y 1703. De las mismas, tomaré algunos ejemplos al azar, por razones de que existen casi 300 referencias que sólo recogen noticias relacionadas con festejos taurinos.

GREGORIO MARTÍN DE GUIJO: 1648 – 1664.[1]

1652

-Fiesta de nuestra Señora de la Concepción. Gran celebración. Procesión, misas, toros y máscaras (23 de enero).

-Iglesia de la Piedad, día de la Purificación de nuestra Señora, apertura de la iglesia, casa y convento a nuestra Señora de la Piedad (acudió a ella todo el reino) (2 de febrero).

1662

-Años de la virreina (25 de mayo).

-Comedia (11 de junio).

-Procesión de la bula de la Concepción (16 de julio).

-Procesión de Nuestra Señora Santa María la Redonda (14 de agosto).

-Procesión de la Concepción en la catedral (2 de septiembre).

-Fiesta de la Concepción en el convento de Santo Domingo (10 de septiembre).

-Fiesta de la Compañía en la Profesa (14 de septiembre)

-Fiesta de la Concepción (17 de septiembre).

-Fiesta en San Jerónimo (8 de octubre).

-Fiesta en el Carmen (5 de noviembre).

-Fiesta en Jesús María (5 de noviembre).

-Fiestas reales con toros (7 de noviembre).

-Fiesta de la Merced (19 de noviembre).

-Fiesta de Balvanera (19 de noviembre).

-Fiesta en Santa María la Redonda y fiestas en Santa Catarina Mártir (25 de noviembre).

-Fiesta en el Hospital real de Indios y fiesta de la platería, esta última con toros (8 de diciembre).

-Fiesta en San Bernardo (10 de diciembre).

Santa Catarina, reedificación y apertura (22 de enero, sic.).

1664

-Pendón asistido del señor obispo virrey (12-13 de agosto).

-Entrada del virrey en Chapultepec. Hubo toros. (7 de octubre).

-Entrada del de Mancera en el gobierno. Hubo toros (15 de octubre).

-Primera asistencia del virrey en la iglesia de San Lucas (18 de octubre).

-Segunda asistencia, en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen (19 de octubre).

-Edad del príncipe (16 de noviembre).

-Asistencia del virrey a Catedral. Fiesta del Patrocinio de Nuestra Señora (9 de noviembre).

-Entrada del señor arzobispo Cuevas (10 de noviembre). Hasta aquí Gregorio Martín de Guijo.

ANTONIO DE ROBLES (1665 – 1703).[2]

1675

-Dedicación de San Cosme (13 de enero).

-La Universidad celebra la fiesta a la Purísima Concepción de nuestra Señora con comedias y torneo a lo “faceto” (27 de enero).

-Máscara ridícula (6 de febrero).

-Torneo y toros por fiesta de la Universidad (8 de febrero).

-Día de Corpus (13 de junio).

-Entrada del visitador de San Agustín (10 de octubre).

-Años del rey con comedia en palacio (6 de noviembre).

-Toros a los años del rey (11, 19 y 20 de noviembre).

1700

-Luminarias y fuegos (20 de octubre).

-Canonización de San Juan de Dios en la ciudad de México (16-30 octubre).

-Toros que hubo en aquellos días de la canonización.

-Máscara (6 de noviembre).

-Máscara de niños (7 de noviembre).

-Toros por las fiestas de San Juan de Dios, en la plaza de San Diego (15 de noviembre).

-Toros a mañana y tarde (16 de noviembre).

-Mulata sentada como hombre, toreó a caballo (17 de noviembre).

-Toro de once (24 de noviembre).

-Toros (13-15 de diciembre).

1703

-Vuelta de los virreyes a la ciudad. Toros (4-6 de junio).

-Toros de los virreyes a la ciudad. Toros. (4-6 de junio).

-Toros que se jugaron en Chapultepec a los años de la señora virreina (25 de junio).

-Fiesta de San Ignacio de Loyola en la casa Profesa con gran solemnidad (21 de julio).

-Toros en Chapultepec, en honor de los años dela hija de los señores virreyes (30 de julio-1° de agosto).

-Toros en Chapultepec a los años del señor virrey. Carreras de los de Toluca, que vinieron a celebrarle los años con dichos toros y juegos de cañas y alcancías. (9 de noviembre).

-Toros en Chapultepec (10 de noviembre).

II

La presencia de los “dominguejos” o figuras que representaban diversos elementos que no solo distraían, sino que eran blanco de embestida de los toros, era una más de las incorporaciones a la función novohispana, y que se extendió hasta bien entrado el XIX. Óleo de Antonio Navarrete.

Lo anterior viene a confirmar las puntuales apreciaciones hechas por la Doctora Dolores Bravo Arriaga, quien dictó la conferencia “Fiesta pública y escenificación del poder”, dentro del marco del ciclo denominado ARTE Y CULTURA COLONIAL: EL APARATO FESTIVO.

El tema, que cuenta con importante sustancia, dio motivo a las presentes notas.

Fiesta que depende del poder o la autoridad: fiesta oficial. No hubiera sido posible el mundo hispano de no haberlo heredado por el sentido de las fiestas oficiales que organizó el poder. La celebración barroca está ligada al poder. La fiesta se ubica en un ámbito urbano, detenta y proyecta a los ciudadanos los símbolos del poder. Arzobispo y virrey en la Nueva España eran la máxima potestad. Al poder le interesa por lo tanto que sus grandes símbolos estén representados ante el gran público, el pueblo. Participan representantes de los diversos estamentos. Fiestas civiles y religiosas, en estos el poder encuentra su afianzamiento. Las fiestas tienen un tiempo que se debe –entre otras razones-, al calendario litúrgico que con su contexto se establecía un orden para la celebración de la fiesta misma, rompiendo la “tranquilidad” del devenir de la capital novohispana. En templos, parroquias se celebraban las fiestas de sus patronos (con novenarios, procesiones o luminarias). Si había dedicación del templo, la dimensión de fiestas era similar.

Fiestas civiles, paseos del pendón, mascaradas. Los espacios: atrios de las iglesias, plazas públicas, la plaza mayor como centro simbólico, escenario primordial de las acciones festivas. Las fiestas entonces celebradas eran catárticas en medio de liberación, emociones, donde coincidían las clases sociales, estratégicamente repartidas a lo largo y ancho del espacio de celebración.

Al poder novohispano, ¿qué le interesa poner en escena?

Con las relaciones de fiestas tenemos constancia de aquellas celebraciones donde se podían conocer la doble cara, tanto en sucesos alegres como desafortunados. Ante dos máscaras -Demócrito y Heráclito- se admiraba la población novohispana. En la Universidad, al doctorarse algún estudiante de teología –por ejemplo-, esto daba motivo para organizar una fiesta, como afianzamiento también de su poder. Canonizaciones de santos, dedicaciones de templos (obras terminadas), la más importante de ellas fue, desde luego, la de la Catedral Metropolitana en 1667.

La beatificación de Santa Rosa de Lima, es una de las fiestas majestuosas celebradas donde los indios y criollos la hicieron y la tomaron como suya.

Suntuosidad, riqueza de procesiones, con que se adornaban las imágenes. Fiestas presididas por los altos representantes de la autoridad civil y religiosa. Canonización de San Juan de Dios –en 1700-, que incluye paseo del pendón, lo que significaba el nacimiento de la Nueva España, fiesta la mayor que se hacía en México, según opinión de Gemelli Carreri.

El esplendor de la fiesta barroca le debe mucho la pugna con las sectas luteranas, debido a que son las que establecen la diferencia entre reforma y contrarreforma. Autos sacramentales, procesiones, carros alegóricos, tarascas, máscaras o mascaradas (a lo grave o serio, o a lo “faceto”). Todas ellas eran en consecuencia, una profunda emoción que penetraba por los sentidos.

Las mascaradas encarnaban la realidad, como mundo, como escenario del tiempo. El barroco, como arte, va a permitir todos los contrastes posibles.

También es de tomarse en cuenta las despedidas que se dieron a determinados personajes de la vida política o religiosa, como fue el caso de la de Fray Payo Enríquez de Rivera, en la cual se hicieron fiestas para evocar su alejamiento de la ciudad.

El balance hecho a las obras de dos diaristas fundamentales como Gregorio Martín de Guijo y Antonio de Robles, nos dan una idea más que precisa sobre el comportamiento de las diversas actividades citadinas que no se reducen a la sola fiesta o celebración. También están presentes una importante cantidad de acontecimientos de índole variada, capaces todas ellas de poseer un poder de convocatoria suficiente para reunir de manera colectiva o multitudinaria a los habitantes de una ciudad como la capital del reino de la Nueva España.

Los patrones de comportamiento que hemos visto a lo largo de 55 años son suficiente materia de estudio para comprender la patología citadina que se enteraba entre repiques de campana, pregones, desfiles, arcos triunfales, recepciones de virreyes y otras autoridades, nupcias reales, nacimientos de infantes, fallecimiento de monarcas, autos de fe y otros, de situaciones extraordinarias las cuales se convertían en concentraciones populares que atestiguaban “con sus propios ojos” la diversa situación a la que fueron convocados. De ahí que la vida cotidiana en la Nueva España no estaba reducida al solo influjo de la fiesta. También se unieron a este catálogo otras tantas conmemoraciones como las ya revisadas en las obras de Guijo y Robles. En algunos años los índices aumentaban o disminuían en función del acontecimiento ocurrido. Pero por ningún motivo fueron épocas en reposo o perdidas en el oscurantismo de la ausencia de datos. Estos existen por fortuna, y sólo hay que tenerlos como referencia para efectuar un balance desde diversas perspectivas.

Como se ve, la Nueva España entre los años de 1648 a 1703. Y luego, como ocurrirá bajo el registro de otras fuentes documentales como la “Gaceta de México”, nos dan un rico panorama de posibilidades sobre los diversos detonantes que inquietaron a una ciudad siempre dinámica. No podemos olvidar toda la gama de motivos de carácter religioso como las movilizaciones de imágenes: la virgen de los Remedios, la virgen de Santa María la Redonda, las procesiones de sangre y otros que sirvieron como paliativo a sequías o inundaciones. Incluso, para encontrar una pronta solución a las epidemias o enfermedades constantes que azotaban este gran centro urbano que, una vez más, nos vuelve a declarar la intensidad en que vivía.

Entre aquellos tiempos y los nuestros han cambiado muchas cosas, es cierto. Sin embargo, todavía existen un buen conjunto de elementos que funcionan en franca continuidad de lo que eran en el periodo virreinal. Es cierto, no existen la inquisición ni los virreyes. Tampoco se acostumbran ya los arcos triunfales, pero en asuntos religiosos o taurinos, por ejemplo, todavía se perciben muchas semejanzas donde ha cambiado la forma, el fondo permanece casi intacto. El calendario religioso marca pautas, eso sí, cada vez en menor medida, pero se conservan fiestas consideras como “claves”. Allí están la de la Candelaria, la del Corpus, la del 12 de diciembre, la fiesta de la cruz, celebrada con todo boato hoy día por albañiles y personas de la construcción en su conjunto, entre otras.

El velo de un pasado como el virreinal en términos de fiestas como las aquí conocidas, fue intenso. Así que Fiesta pública y escenificación del poder planteada en su conferencia por la Dra. Dolores Bravo (referente en este tipo de temáticas) nos ha permitido conocer algunos aspectos de aquella actividad, cuyos registros son múltiples, y con los cuales ha sido posible entender parte de su majestuosidad.


[1] Gregorio Martín de Guijo: DIARIO. 1648-1664. Edición y prólogo de Manuel Romero de Terreros. México, Editorial Porrúa, S.A., 1953. 2 V. (Colección de escritores mexicanos, 64-65).

[2] Antonio de Robles: DIARIO DE SUCESOS NOTABLES (1665-1703). Edición y prólogo de Antonio Castro Leal. México, Editorial Porrúa, S.A., 1946. 3 V. (Colección de escritores mexicanos, 30-32).

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