MÁS SOBRE “EL QUITE”. Continuación del anterior.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Como resultado del tema que ha sido puesto a consideración de los lectores, con el título EL QUITE: ¿ES “QUITE” O NO? Mismo que se publicó hace nada en el blog de mi responsabilidad, deseo agregar algunos datos más, venidos de un viejo texto, el que aparece en Toros y Toreros. Órgano del Centro Taurino Potosino, San Luis Potosí, Extraordinario N° 1 con fecha del 23 de enero de 1908 (es decir, hace la friolera de 111 años), donde su autor, de nombre Juan Pérez escribió estas interesantes apreciaciones.

Representación de un “quite” novohispano. Imagen en relieve que aparece inscrita en la “Fuente Taurina”, pieza del arte popular, tallada en el curso del siglo XVI (existen dos fechas: 1530 y finales de aquel siglo), y que se encuentra en Acámbaro, Guanajuato.

No llevo la intención de corregir un defecto ni abrigo la pretensión de dar lecciones a nadie, ni a toreros ni a aficionados y menos aun a la turba multa que constituye el público de toros. no, estoy muy lejos de todo eso. Yo también he evolucionado y no quiero caer a sabiendas en el ridículo de pedantear instruyendo, expuesto en los actuales tiempos, a una tomadura de pelo de padre y muy señor mío.

Que escribo de toros señalando tal o cual defecto criticando este o aquel lunarcillo, es un gusto como cualquiera otro; ni me preocupa el cuchicheo de algún timorato sensiblero, ni la crítica inconsciente y esaboría de algún señorito cursi, por que ni éstos ni aquellos me importan un comino y son en este caso, como en muchos otros, don nadie de Castilla.

Escribo porque sí, para mi gusto, para los que fanáticamente queremos los toros, para los que vemos en las corridas un arte hermoso, varonil, sugestivo, lleno de luz y vida. Para ellos van estas líneas. Demasiado se yo que las recibirán con benevolencia, porque sé que me estiman y esto es para mí la mejor recompensa.

Uno de los más hermosos y arriesgados lances de la lidia y que merece particular atención por todos los verdaderos aficionados es el QUITE, el que los espadas tienen obligación de hacer a los picadores en el momento del peligro.

Es uno de los más culminantes momentos de la lidia y que despierta mayor entusiasmo, que da más vida al espectáculo, que proporciona vivísima emoción, y que pone a los ojos de los espectadores un hermoso cuadro rebosante de inimitable colorido.

Pero debo hacer constar que ni los espadas ni los picadores (primeras figuras en tan majestuoso cuadro) hacen lo que debieran, por la única y sencillísima razón de que ignoran lo que deben hacer.

Tengo la creencia, de que ni los mismos matadores, con contadísimas excepciones, comprenden la importancia y belleza de un QUITE tal como el arte manda y la urgencia del caso lo requiere, creencia que he podido confirmar en cuantas ocasiones me he fijado, ya en la colocación del diestro, en la intención que el mismo manifiesta en la tendencia y dirección de sus movimientos, en la precipitación o atraso al entrar al sitio del peligro y en la obstinada manía de hacer el quite por dentro invariablemente y en otras mil nimiedades que no pueden escapar al ojo observador del buen aficionado.

El quite tiene por objeto, evitar todo peligro al diestro que está en riesgo de sufrir una cornada.

Hay quites hechos a conciencia, con pleno conocimiento de causa, desde que se inicia, por ejemplo el cite del picador, hasta que derribado por la fiera dá con su humanidad en la arena. El matador prevee la caída, toma en cuenta las facultades poder y codicia del toro, calcula el sitio de mayor peligro, sin precipitaciones ni atolondramientos llega a él y hermanado el valor sereno y conciente con el arte y la destreza, puede con absoluta seguridad conjurar el peligro. Pero hay también otro quite que podemos llamar accidental, y es el que se hace al torero de a pie o de a caballo, a un monosabio o a cualquiera que se encuentra en peligro inminente y a cuyo auxilio debe acudir no solo el espada, sino el que esté más inmediato. Este quite suele resultar artístico alguna vez, pero su principal mérito consiste en la oportunidad y por consiguiente, no debe exigirse a quien lo hace, arte, sino corazón.

Aquí otro momento de peligro, y en forma oportuna, quienes rodean al picador que se encuentra en riesgo inminente, los más cercanos se encuentran listos para intervenir en el “quite”. Fotografía tomada a principios del siglo XX en la antigua plaza madrileña de la “Carretera de Aragón”.

En estos tiempos de los itos, icos e illos de que se quejaba D. Pascual Millán, y refiriéndome al quite en el primer tercio de la lidia, en la suerte de varas, he observado la absoluta carencia de arte en la generalidad de los espadas, un desconocimiento de todo aquello que prescriben los tratadistas y que hacen de esta suerte, porque tal nombre merece, uno de los más hermosos detalles que embellecen la fiesta y entusiasman a los espectadores.

Los jinetes, sin encomendarse a Dios ni al diablo, no se cuidan de picar, ni de defender el caballo ni de suerte alguna del toreo, no, se cuidan únicamente de caer lo menos mal posible, haciendo grotescas y ridículas figuras en la arena. Los espadas, entran al quite desde antes de que el picador se derrumbe, antes del verdadero peligro, antes de tiempo, al iniciar el toro la embestida; no ven que terreno pisan, ni a donde van a parar, ni empapan al toro, ni lo recojen para ponerlo nuevamente en suerte, ni evitan el peligro y ni por asomos se acuerdan del arte.

No quiero acordarme de las herejías que se cometen al colear un toro a guisa de quite, porque en la mayoría de los casos, más busca el matador el aplauso de villamelón, que la factura de un lance hermoso y artístico en el que juega brillante papel el verdadero valor.

No soy partidario de estos quites que no vacilo en calificarlos de antiartísticos, porque lejos de obedecer a una regla, se apartan de los sanos principios del Arte y perjudican notablemente a los toros, quitándoles facultades, poder y bravura. Aquí ni hay arte, ni habilidad, ni destreza; hay exhibición de fuerzas, puños, corazón… y pare usted de contar.

Claro es que en algunos casos se imponen estos quites, que por cierto entusiasman a la generalidad, pero quien se tenga por buen torero, solo debe apelar a ellos como de un recurso extremo y quien se tenga por buen aficionado, no debe estimularlos.

Es lástima que los espadas de ambas categorías [buenos o malos, sobre todo los primeros] no se fijen en ciertas nimiedades como las que a vuela pluma he señalado y de las que se han ocupado con mayor acierto aficionados de valer y de universal renombre en el mundo de las letras taurinas, porque con su indolencia y su ignorancia, han hecho desaparecer de nuestra hermoso fiesta, toda ella luz, brillo, alegría y vida, un cuadro de incomparable belleza.

Hasta aquí las palabras y reflexiones de Juan Pérez, y que como podemos entender, reflejan la inquietud y preocupación sobre un asunto que ya solía tener esos vaivenes hace poco más de un siglo. Si “Juan Pérez” estuviese con nosotros, en estos tiempos que corren, tamaño susto se llevaría en apreciar que las cosas no han cambiado respecto a lo que él mismo cuestiona, hasta hacer de ese preocupante asunto juicio sumario.

Como vemos, el tema tiene “vitola” y es de notar que a pesar de todo cuanto se siga al respecto de las diferencias en el proceder de ciertas etapas en la lidia de un toro, lo que ocurre durante el primer tercio, no ha cambiado en mucho. Y en esto último debemos ser claros: ha cambiado en la medida de que se impuso el peto, de que los toreros se desentendieron a partir de una determinada época en intervenir debidamente y estar atentos en el desarrollo de la lidia de “su” propio toro, con lo que al ocurrir semejante desapego, pierden dimensión sobre las posibles rutas que tendrán que ponerse en práctica en la faena de muleta (tomando en cuenta que el tercio de banderillas también produce efectos que sin preveerlo, originan otros tantos cambios de comportamiento), por lo que en muchas ocasiones se producen equívocos y no se consuman faenas porque simple y sencillamente dejaron de seguir el paso en todo cuanto ocurre en torno al tratamiento habido entre picadores y banderilleros.

Por lo tanto, el “quite” es otro componente más, aunque no se le vea o considere así de buenas a primeras, en el conjunto de acciones y bruscos cambios que suceden en la lidia, propósito que tiene fines precisos con los que se prepara al toro para un buen tercio de muleta, llegando a este en las mejores condiciones posibles; y donde toreros y cuadrillas tienen claro que ese es, en buena medida, uno de los anhelos más importantes para obtener resultados satisfactorios en favor de la tauromaquia misma.

A lo que se vé, el fondo de estas apreciaciones era motivo, como lo es ahora de un detenido análisis, en el que por fortuna, existen estos testimonios, pero sobre todo la necesidad de mejorar, en la medida de lo posible, un efecto más en la lidia de un toro, para el mejor resultado posible, siempre en favor, como ya se dijo, de la tauromaquia en su conjunto.

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