EL REGLAMENTO TAURINO NECESITA UNA PUESTA AL DÍA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Reglamento taurino, el primero que se elaboró con fines de conseguir el buen desarrollo de la fiesta hace 130 años. Julio Bonilla se encargó de dicha tarea. Imagen tomada del portal de internet www.bibliotoro.com, y en particular de la base de datos que se encuentra en la Biblioteca “Salvador García Bolio” (GARBOSA en su acrónimo de uso común).

La reglamentación, medida en que autoridad o gobierno han tenido que determinar para el buen desarrollo del espectáculo taurino en su conjunto, es un propósito en que, como antecedente histórico, comenzó a aplicarse en la Nueva España, desde 1769. Hace 250 años cabales, fueron dadas a conocer las primeras disposiciones, sobre todo por instrucciones de don Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, y virrey de la Nueva España, organizando para ello una temporada de ocho corridas para el apoyo del presidio de San Carlos.

También es posible que anteriormente la propia representación taurina estuviese vigilada por códigos que establecieron en forma muy rigurosa esos tratados de la jineta y la brida, principios intangibles pero presentes sobre el significado de honor que pusieron en práctica los estamentos que seguían sujetos a normas o principios que iban en apego a los libros de caballería. Pero sobre todo, a los usos y costumbres. De otra forma, el caos desatado por el solo motivo de la fiesta, sagrada o profana habría sido suficiente motivo para oponerse a su desarrollo.

Lentamente y al paso de los años, fue necesario encaminar el desarrollo del espectáculo, por senderos donde fuese posible la regulación, pero sobre todo el significado mismo por adecuar el desarrollo de la corrida, con todo lo que desde aquella época y hasta hoy, ha significado imponiéndole un sentido coherente, sistemático incluso, aunque pertinente por todos los propósitos que persigue.

Para 1815 y 1822 se dispusieron otras medidas que, por limitadas y apenas justas, no daban para mucho. En 1851, por circunstancias que se desconocen, un proyecto de reglamento se quedó en eso…, en proyecto.

Fue necesario entonces que arribara 1886, año en el que circula un primer documento –propuesto como reglamento taurino aplicable en la ciudad de Toluca, al cual dio forma Julio Bonilla quien era por esa época, además de un personaje influyente en el medio taurino, el director del semanario El Arte de la Lidia (1884 y luego en forma intermitente hasta 1909).

Así que, reanudadas las corridas de toros en la ciudad de México, casi de inmediato se puso en vigor un reglamento provisional, mismo que vino a ser adecuado un año después. Sin embargo, al publicarse la versión de 1895, nos encontramos con el primer gran reglamento taurino que fue el primero en reunir las partes escenciales que correspondían a la más reciente actualización no solo del espectáculo, sino de toda una serie de elementos (por ejemplo el destinar para enfermería un área específica). Y luego vinieron nuevas versiones, como la de 1923, 1936, 1953, 1981 hasta que se alcanzó la que hoy día rige el espectáculo taurino en la ciudad de México, mismo que data del año 1997, con la última reforma publicada en la Gaceta Oficial, el 25 de octubre de 2004.

Es decir, han transcurrido quince años en que el reglamento se encuentra intocado, lo cual ya es suficiente razón para buscar las condiciones de actualización. Muchas cosas han sucedido en esos tres lustros como para que no se busque esa puesta al día.

Como aficionados, sabemos los riesgos por los que viene pasando el espectáculo taurino, cada vez más cuestionado, y este es un el momento ideal para poner en marcha cualquier acción que determine las garantías para el desarrollo de un buen espectáculo. Sabemos que ya se encuentra en funciones la nueva Comisión Taurina y es la instancia más apropiada para poner en marcha un proceso, un debate obligadísimo, que convoque a las partes y que se discuta no todo el reglamento, pero sí algunas de sus partes que requieren ajustes (eso lo sabremos con exactitud en el momento en que se encuentren preparadas las mesas de trabajo, y será ahí donde encontraremos los puntos principales susceptibles de modificación).

He dicho en más de una ocasión que el efecto de las plazas semi vacías es una causa de la mala administración, pero también del mal seguimiento de la autoridad. Es hora en que la temporada de novilladas, por ejemplo, debería estar muy avanzada, dando luces de esperanza en prospectos que puedan ser una bocanada de aire fresco, pero aún no comienza y no vemos para cuando.

Sabemos que existen 250 ganaderías registradas y ningún movimiento se aprecia en la posibilidad de encontrar en cualquiera de ellas el ganado propicio para festejos mayores y menores, siendo las favoritas únicas opciones para la dinámica del espectáculo, el cual requiere un sacudimiento de fondo. Incluso, la mercadotecnia manejada parece ser la menos apropiada para atraer aficionados que se han ido alejando, decepcionados del que para muchos de ellos es el nutriente espiritual de su gusto por una fiesta que cada vez pierde importancia. Suficiente tenemos con la sombra infaltable de ataques a que ha sido sometida la tauromaquia en estos tiempos, como para no contraponer el efecto con un toque de equilibrio, ante el posible resurgimiento que se necesita, precisamente en un aspecto como el de la debida atención al reglamento taurino.

Deseamos que ese sea un punto de atención, de inflexión contundente para mejorar las condiciones del espectáculo y con ello garantizar en alguna medida, su buen desarrollo. Créanme que, en la medida en que se depuren ciertos aspectos que empañan su marcha, en esa medida se conseguirá elevar su calidad.

Se necesita una suma de voluntades muy clara, un frente común en el que participemos no solo los aficionados junto a todos aquellos que en una u otra forma tienen injerencia directa en la organización del espectáculo taurino de nuestro país. Sin acciones como esta, se pierden valiosas oportunidades de reposicionar la fiesta de toros con lo que se pierde un tiempo muy importante para estimularla. No quisiéramos caer de nuevo en los círculos viciosos donde por obligación, se tenga que cumplir con el mínimo de 12 festejos novilleriles para dar paso a la temporada grande, siempre esperada, pero ese no es el mecanismo más adecuado. Hace muchos años, algunas de las temporadas denominadas “chicas”, alcanzaban fácilmente los 30 o más festejos, con lo que se encontraban las condiciones necesarias surgiendo futuros prospectos a quienes había que seguir empujando en festejos que se celebraban en otros estados del país. Así, esos muchachos –sin excusa ni pretexto-, llegaban a la alternativa en forma por demás justificada.

Hemos visto pasar en los más recientes tiempos varias temporadas que se convierten en auténtico desperdicio de oportunidades y con ello la opción natural de renovación.

El desarrollo de la lidia requiere atención especial. Deben atenderse aspectos donde están de por medio el uso de los trebejos (puya, banderillas, espada y espada corta de descabellar, así como el propio objeto utilizado por los puntilleros), evitando con ello tiempos que ya no se corresponden con la realidad. Esos “tiempos muertos”, y el uso debido de aquellos instrumentos, son suficiente razón para detenerse, reflexionar, discutir y solucionar lo que mejor resulte, a conveniencia de los actores en el ruedo y de quienes ocupamos los tendidos, los que muchas veces tenemos que soportar malos puyazos, pésima colocación de banderillas, o la muy desagradable labor en que llegan a sumarse varios pinchazos o descabellos, que no es, lo sabemos, lo más conveniente.

Sin embargo, y con esto termino, tenemos de fondo situaciones que mejorar en términos de la presencia del ganado, que sigue siendo un talón de Aquiles. Creo que debe haber muchos ganaderos dispuestos a enviar lo mejor de sus camadas si la fiesta se organizara en mejor forma. Pero si no hay algo en que soportar las mínimas garantías de adecuación y actualización, estamos perdidos.

Urge pues, una puesta al día del reglamento taurino, el que ha de ser, si se le trata debidamente, nuestro único asidero para considerar con ello que la fiesta pueda recuperar su marcha en términos de absoluta dignidad.

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