“PEPETE”: “El hombre que trafica con la muerte”. Semblanza de un novillero del pasado.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

    Hace unos días, tuvo un grato reencuentro con el entrañable amigo Sergio Olivera Díaz, quien me sorprendió con la noticia de que apenas nada, había salido de la imprenta un libro dedicado a su padre, el que en su momento fue el célebre novillero José Olivera “Pepete”. Quedamos de vernos.

El día indicado, Sergio Olivera estaba ahí, puntual como siempre. Comenzamos la plática con taza de café de por medio. Sergio Olivera, es un personaje formado profesionalmente como licenciado, maestro y doctor en Ciencias Sociales y Administrativas en México y en el Extranjero. ¡Casi nada! Luego, trabajó en la industria, y después en la banca.

Pues bien, al cabo de esos momentos que fueron en realidad muy cortos para tanto que platicar, salieron a flote infinidad de anécdotas y recuerdos en los que José Olivera se convirtió en nuestro tema central de conversación. Lo primero que me dijo es que con el libro culminaba un personal reconocimiento al padre, del que poco sabía su faceta como torero, en virtud de que ese asunto quedó como un secreto, resultado de un pacto de amor en el momento en que al enlazarse con quien sería su esposa, la Sra. Concepción Díaz Salinas, esta le pidió que para llegar al altar o dejaba de torear o no habría boda. Pudo más el amor, el afecto que la otra pasión y el José Olivera “Pepete” novillero, junto a los ternos de luces, carteles y demás circunstancias, pasaron al arcón de los recuerdos al que además se le buscó el rincón más escondido posible, con lo que el olvido se encargó de lo demás.

Pero lo que quería en el fondo Sergio Olivera era desentrañar aquel misterio, desvelar el secreto por el que por tantos años de su vida, pasó sin enterarse, hasta que al llegar a Guadalajara, Jalisco para emprender estudios de medicina –que luego abandonó-, fue enterándose de la importancia que “Pepete” tuvo como novillero entre finales de los años veinte y hasta 1935, en que dejó de torear.

Así que con aquel “descubrimiento”, tuvo a bien conocerlo poco a poco, a fuerza de ir recolectando los datos con la serenidad de los años. Como no fue suficiente, “entró al quite” un historiador en cierne, mi colega Héctor Olivares Aguilar, quien además realizó magnífica tarea de archivo, convirtiéndose ese trabajo en el primero que realizaba con la formación profesional recién adquirida en su totalidad.

Así que con la clara idea de recuperar de las sombras del olvido a su propio padre, el sin fin de datos fueron dando cabal idea sobre aquel hombre que nació en Teziutlán, Puebla en 1905, y quien casi veinte años después, pondría en marcha un empeño que lo convertiría en uno de los novilleros quien poseía un valor a toda prueba. Hay crónica que llega a ponerlo por encima del propio “Carmelo” Pérez en eso de la temeridad. Y miren ustedes que por aquella época, también surgieron otros valientes a carta cabal, como Esteban García, Alberto Balderas o José González “Carnicerito”, que eran la mar de bizarros.

Poco más de 70 festejos, son el registro de aquel paso firme, el que se impuso “Pepete”, por diversas plazas del país, España y Francia, naciones a donde también emprendió viaje, confiando en que sería contratado y se convencieran de que quien toreaba y se jugaba la vida en el ruedo era ni más ni menos que José Olivera “Pepete”.

Llegaban los triunfos, y la aureola de aquel muchacho de pequeña talla aunque con un corazón inmenso, permitieron forjar ese estilo que llegó a sintetizar Rafael Solana en un pequeño párrafo. Decía “Verduguillo”:

No se puede negar que “Pepete” es un diestro valiente, pertenece el muchacho de Tuxpan [recordemos que nació en Teziutlán] a ese tipo de toreros que emociona a base de valor y exposición. No se pida a José Olivera una faena clásica ni artística; no se le exija con elegancia, con reposo, con finura, con belleza. Él no concibe el toreo desde el punto de vista plástico sino desde su aspecto trágico. “Pepete” es la tragedia. Resucita los viejos procedimientos de arrimarse al toro sin engañifas, ni trucos ni tranquillos; él no entiende de dejar pasar la cabeza para luego estirarse; él no sabe de pegarse al cuello ni de posturitas fuera de “cacho”. Así eran antaño los toreros; hombres por encima de todo, valientes antes que artistas, machos antes que “pintureros” (Nota publicada en “El Taurino”, en su edición del 24 de agosto de 1930).

   Por eso, quizá por eso Sergio Olivera Díaz, supo encontrar el subtítulo perfecto al libro que ahora ya circula. Ese subtítulo denomina o califica a “Pepete” como “El hombre que trafica con la muerte”, término que sobrevino de aquella actuación suya, la que tuvo en “El Progreso”, de Guadalajara, Jalisco el 6 de enero de 1928. Esa ocasión simplemente estuvo fenomenal, y como esa crónica, otras refieren el hecho en el que los asistentes se levantaban de sus asientos entre asustados o temerosos de presenciar la forma en que José se pasaba los toros. Hubo quien ya no soportando aquello, abandonaba la plaza.

El valor de “Pepete” iba más allá del que desplegaba el mismísimo “Carmelo” Pérez. ¡Y miren que se dijo cada cosa al compararlos que mejor conviene que lean el libro!

“Pepete” y “Carmelo”. “Carmelo” o “Pepete”, dos valerosos a carta cabal, sin ambages ni eufemismos de ninguna especie.

En sus andares, José Olivera fue a torear a la feria de Jerez, Zacatecas. Y como era de esperarse, resultó triunfador. Por la noche, y al viejo estilo de las plazas provincianas, comenzó el ritual de la caminata de hombres y mujeres en el jardín municipal. En la segunda vuelta ya tenía en la mirada a la que fue reina de aquel festejo.

Ese fue en realidad el comienzo de un noviazgo que culminó felizmente en la ansiada boda. Pero “Conchita” quería estar segura de no pasar angustias como esposa de un torero. Por eso, fue necesario imponerse para decirle “que le daba el sí sólo si él se retiraba de los toros, junto con la promesa de jamás platicar a sus hijos de aquella gran afición y vocación taurina, evitando que alguno de nosotros –así recuerda Sergio Olivera también a su hermano- quisiera seguir su ejemplo. Como muestra de su amor, mi padre guardó silencio y apoyó la decisión de mi madre de darnos educación y una profesión, cosa que lograron con creces”.

Con estas firmes pinceladas y otras tantas anécdotas de que está colmada la reciente publicación, no queda sino recomendarla ampliamente. Celebro que haya ocurrido esa grata aparición en momentos en que estamos en una aridez imperdonable por la falta de novilladas (salvo las que se dan en “Arroyo”). Ya serían tiempos en que el ambiente de aspirantes estuviese en su mejor hervor, barajando nombres y apostando por quienes podrían convertirse en posibles “figuras”.

Con afecto, mi saludo a Sergio Olivera. Su libro nos reconforta.

Sergio Olivera Díaz: José Olivera Pepete. “El hombre que trafica con la muerte”.  Biografía taurina. México, Ficticia Editorial, 2019. 103 p. fots, retrs., facs.

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