LAS RECEPCIONES y FIESTAS EN TIEMPOS DEL VIRREINATO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Arco triunfal de recepción del virrey de las Amarillas en la catedral de Puebla.

Fuente: Historia de la vida cotidiana en México. T. II. La ciudad barroca, lám. 17.

Puede observarse al Virrey Ahumada al ser recibido por las autoridades eclesiásticas.

    En el periodo histórico que conocemos como “virreinato”, gobernaron 63 representantes de los reyes en turno (desde Carlos V, pasando por Felipe II, III y IV, así como Carlos II, pertenecientes a la casa de los Austria), en tanto que, por el lado de los Borbones, podemos apreciar las figuras de Felipe V, Carlos III y Carlos IV, así como en periodos intermitentes donde estuvo presente Fernando VII.

El primer virrey fue D. Antonio de Mendoza, Comendador de Socuéllar en la Orden de Santiago, que estuvo al frente del gobierno entre 1535 y 1550. El último, fue D. Juan de O´Donojú, quien, aunque realizó su respectiva entrada el 26 de septiembre de 1821, la validez de su cargo quedó sin aplicación, debido a que se vio obligado a celebrar los Tratados de Córdoba con Agustín de Iturbide. Además, le sorprendió la muerte el 8 de octubre siguiente.

Para todos ellos, hubo impresionante ceremonial de recepción (en mayor o menor escala, según estuviesen dadas las condiciones en cada uno de los casos). Solo unos pocos, se inclinaron porque las fiestas en su honor, no se convirtieran en un dispendio. Y de plano, uno entre muchos, que tal fue el caso de D. Félix Berenguer de Marquina (1800-1803), ordenó tajantemente que no las hubiese –incluyendo las de toros-, con lo que su llegada “pasó de noche”.

Sin embargo, en estos tiempos creeríamos que el arribo de esos personajes significaba arribar al puerto de Veracruz, cumplir trámites administrativos y presentarse en la ciudad de México con objeto de asumir el cargo, como “alter ego” del rey en turno. Pero esto no era así. En el curso de esos 286 años, se pusieron en práctica diversos protocolos de recepción que eran complicados, sumando a ello las dificultades que los caminos mismos ofrecían, pues aunque trazados, no se contaba más que con la suerte o el azar, pues si no era la crecida de un río, era porque alguna parte del camino se encontraba infestada de bandidos.

Todo comenzaba con su llegada al puerto de Veracruz, donde de inmediato un mayordomo despachaba a la ciudad de México el aviso correspondiente carta para la Real Audiencia anunciando su llegada. Un mes después, el virrey llegaba a Chapultepec, sin que esto no impidiera que por todos aquellos poblados o ciudades por donde pasaba el cortejo, se le recibiese entre grandes honores.

En 1757, el entonces Fiscal de México Antonio Joaquín Rivadeneyra Barrientos, escribió en verso un “Diario de Viaje”, mismo que detalla aquellas buenas y malas jornadas por las que pasaron D. Agustín de Ahumada y Villalón, Marqués de las Amarillas y su esposa Da. María Luisa del Rosario de Ahumada y Vera. Salieron del puerto de Cádiz el 4 de agosto de 1755 (es importante mencionar que su llegada a la Villa de Guadalupe fue el 2 de octubre y que el 17 de noviembre tomó posesión de su empleo) y el viaje tuvo una duración de 56 días, pasando previamente por Santo Domingo y la isla de Cuba donde también fue motivo de homenajes y fiestas, entre las cuales, los festejos taurinos eran infaltables.

Catorce días estuvieron en Veracruz, para de inmediato iniciar la marcha hacia la ciudad de México, pasando por Jalapa, sitio en el que el hospedaje duró cuatro días, en medio de los honores. Luego fue Perote, de ahí se trasladaron a Tepeyahualco (hoy Puebla), en seguida la ruta marcaba el poblado de Quapiastla, así como Huamantla donde no faltaron las danzas indígenas, ni los arcos triunfales, la recepción en palacio. En otros momentos -eso durante tres días-, tampoco faltaron los toros, los juegos de moros y cristianos. Pasaron luego a Puebla, siendo la recepción como en los grandes días. El Te Deum de rigor, comelitones, desfiles, ocho días de toros –tiempo que allí pasó la comitiva- y otras invenciones. Cholula y Huejotzingo se convirtieron de apacibles poblaciones en el centro de ceremonias por la recepción dedicada al personaje. Más tarde, pasaron por San Felipe, y luego a San Martín Texmelucan y Otumba, lugar donde se hospedaron, precisamente en la que entonces fue la hacienda de “Tepetates”. San Cristóbal Ecatepec se convirtió en el siguiente punto, donde se hospedaron ni más ni menos que 81 personas de que formaba parte la comitiva. De Ecatepec, se trasladaron a la Villa de Guadalupe…

De aquel Santuario (pues) para esta Corte,

la misma tarde en distinguido porte

salió AGUSTÍN a ejecutar su entrada

de innumerable Pueblo registrada,

que en concurso lucido

equivocó lo atengo, y lo rendido.

Y como iba el Marqués ocultamente,

cada cual impaciente

contentarse curioso protestaba

con lo que por los vidrios (del coche) brujuleaba.

A Palacio derecho se condujo

donde el Acto solemne se redujo

(por en medio de Salva concertada

de Guarnición, y Artillería ordenada)

a apearse donde fue bien recibido

del Tribunal de Oidores prevenido,

que con el Guión delante

le acompañó galante

a la Sala de Acuerdo, en cuyo Asiento,

hizo solemnemente el Juramento (…)

Ocurrido aquel pasaje, nuevas fiestas: refrescos, comedias, conciertos de farsantes y músicos expertos, lidia de “toros fieros” en la plaza del Volador. Todo ello se desarrolló en el tiempo de dos semanas, pues solo se trataba de los actos previos “a la pública alegría (que la Entrada solemne prevenía”, de acuerdo a lo anotado por Rivadeneyra Barrientos. Por fortuna, otro cronista, José Manuel de Castro Santa Anna, nos dice en su “Diario de Sucesos Notables. 1752-1758”:

“En la mañana y tarde se lidiaron catorce toros, sin que se hubiese experimentado ninguna desgracia; continuáronse otros cuatro días, siendo los concursos numerosísimos, y en todos ellos se logró el que no se experimentase ninguna fatalidad; dio S.E. muchos premios a los toreadores de a pie y de acaballo que demostraron su habilidad”.

El 9 de noviembre, y aderezadas las calles, desde la parroquia de Santa Catarina Mártir, las de Santo Domingo, hasta las casas del Estado del Empedradillo, fueron los sitios marcados en la ruta por donde pasaría el nuevo virrey.

Por otra parte a los de los Balcones

Se ofrecen en las calles mil visiones

En que todo el cuidado entretenido

Entre tantos objetos repartido,

Lamenta no ser Argos al poseerlos,

Para tener cien ojos con que verlos.

   Coches lujosos, caballos briosos, gente que simulaba ríos fueron preámbulo en aquel escenario para el desfile. Previamente el nuevo virrey había salido de su casa, instalada en el antiguo bosque de Chapultepec, lugar que solían habitar estos personajes.

Don Agustín de Ahumada, pasó por debajo de varios Arcos triunfales, en uno de los cuales recibió las llaves de la ciudad. Luego, se apeó frente a las casas del Estado (Marquesado del Valle de Oaxaca), de ahí caminó hacia la catedral, donde fue recibido por el venerable dean y cabildo. Pasó luego al lado de la célebre pila o fuente que fue construida en 1713, pieza arquitectónica ochavada, y cuya pieza central estaba rematada por un águila “altanera” devorando una serpiente. Entró a Palacio y comenzó así la imponente entrega del mando.

Apunta la investigadora Nelly Sigaut: “Si algo sabemos de las entradas, poco o nada se dice de las salidas de los virreyes. Sometidos a una serie de mecanismos de control como la visita y el juicio de residencia, sus salidas de la ciudad que lo recibió como a un héroe clásico, no siempre fueron muy airosas. Por algunos indicios de las crónicas puede suponerse que (el virrey o virreyes en turno) salía vestido de negro. Así lo hicieron los hijos del conde de Baños (1666) y el marqués de la Laguna”.

De la entrada pública, cuya práctica seguía formando parte del aparato recepcional establecido por la costumbre, pero sobre todo por un protocolo que por entonces estaba adquiriendo lo más y mejor de su magnificencia, Guillermo de Tortosa y Orellana nos cuenta lo siguiente:

En el bosque (de Chapultepec) tuvimos lindas fiestas de toros; en una hubo un monte carnaval,[1] y sobre él se arrojó el populacho con alegre griterío cuando el Marqués hizo con el pañuelo la señal respectiva, despojándolo en un santiamén de todo el enorme cúmulo de cosas que lo llenaron: buenas ropas de hombre y de mujer, sacos de dinero, gran cantidad de comestibles, animales, como ternerillas, cerdos, pavos, corderos, gallinas, palomas, y qué se yo cuántos otros más; en la siguiente corrida hubo cucaña,[2] que nos dio mucho que reír, y el precioso y noble juego de la sortija,[3] y en otra, unas carreras de moros y cristianos.[4]

   Antes de terminar, solo mencionaré que hubo otra fecha, la del 9 de febrero de 1756, cuando se llevó a cabo la “Entrada pública del Señor Virrey”, y donde en términos simplemente majestuosos se llevaron a cabo otros tantos festejos, que si lo permite la paciencia de nuestros lectores, de ello podría ocuparme la próxima semana.

Fuentes de consulta:

Nelly Sigaut: “La presencia del virrey en las fiestas de Nueva España” (p. 211-232). Artículo incluido en el libro Entre la solemnidad y el regocijo. Fiestas, devociones y religiosidad en Nueva España y el Mundo Hispánico. Rafael Castañeda García y Rosa Alicia Pérez Luque, coordinadores. El Colegio de Michoacán. Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 2015.

Antonio Joaquín de Rivadeneyra Barrientos: Viaje de la Marquesa de las Amarillas. Descrito en verso por (…). Reimpreso con notas de Manuel Romero de Terreros y Vinet, Marqués de San Francisco, y publicado en ANALES. 1920.

José Francisco Coello Ugalde: “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”. Obra inédita- México, 2008, 602 p.


[1] Monte carnaval o monte parnaso. “Monte parnaso” o asta que servía para realizar algunos otros divertimentos extrataurinos.

Salvador García Bolio y Julio Téllez García: Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, Capitán General. 1786. Por: Manuel Quiros y Campo Sagrado. México, s.p.i., 1988. 50 h. Edición facsimilar. El verso Nº 118, dice:

En veinte y dos dio pasmo la grandeza

de un Monte carnaval que fue formado

de Alajas q.e encerraron la riqueza

y de Animales vivos adornados

que al veerlo nada escaso

el Bulgo le nombró Monte Parnaso.

[2] Cucaña: Suerte muy parecida al “monte carnaval” o “monte parnaso”.

[3] César Oliva: “La práctica escénica en fiestas teatrales previas al Barroco” (p. 97-114). En DÍEZ BORQUE, José María, et. al.: Teatro y fiesta en el barroco. España e Iberoamérica. España, Ediciones del Serbal, 1986. 190 p. Ils., grabs., grafcs., p. 108-109. Juego de la sortija. Los participantes lanzaban sus caballos sobre una serie de sortijas que penden a 2 ó 3 metros. Se trata de introducir la punta de su lanza por tales sortijas, que eran de hierro, de una pulgada de diámetro.

[4] Valle-Arizpe: Virreyes y virreinas de la Nueva España. Tradiciones. Leyendas y sucedidos del México virreinal. (Nota preliminar de Federico Carlos Sainz de Robles). México, Aguilar editor, S.A., 1976. 476 p., p. 229.

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