DE LA MUERTE DE UN DIOS, LIBRO INDISPENSABLE DESDE LA ANTROPOLOGÍA.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Dos importantes símbolos de integración se aprecian en la presente imagen: la religión y la presencia del ganado bravo. Esto es apenas una parte del complejo en que se funde el todo de la tauromaquia. Vista de San Luis Teolocholco, Tlaxcala, México.

Basta leer las primeras líneas de este interesante volumen, (cuyo autor es Manuel Delgado Ruiz), editado en “Nexos”, allá por 1986, para entender que la visión y revisión hechas por un antropólogo tienen enorme peso de reflexión, sobre todo en los tiempos que corren, cuando el catálogo de argumentos que suelen manejar taurinos y antitaurinos deja un mal sabor de boca, pues ambas partes emplean discursos que van del lugar común a la construcción de escenarios que deforman la sola esencia de una representación milenaria, si nos atenemos a que el considerado primer encuentro y convivencia entre el hombre y el toro sucedieron hace 23 mil años aproximadamente.

De entrada, el autor que en ese entonces pertenecía al Laboratorio de investigaciones sobre el simbolismo, actividad antropológica dedicada en la temática del simbolismo y su interpretación en la Universidad de Barcelona, nos plantea:

   Es difícilmente discutible que la denominada fiesta de los toros sea, con mucho, el más sobresaliente de los ritos de sacrificio cruento que sobreviven en el mundo industrializado. Cuando falta poco para que concluya el milenio (recordando que dicha obra fue escrita hace 33 años cabales), cada año, millones de personas asisten a alguno de los más de seis mil festejos taurinos de tipo convencional y comercializado (corridas), que se celebran en cualquiera de las plazas de toros (locales cerrados, destinados exclusivamente a la verificación en su interior de este tipo de rituales) con que cuentan gran número de pueblos y ciudades de España. Paralela e inseparablemente de lo anterior, son multitud las personas que participan, en grado variable de protagonismo, en las numerosísimas celebraciones no comerciales que, extendidas por casi todo el territorio peninsular, tienen como centro al toro y su sacrificio ritual en una gran variedad de modalidades. Lo mismo ocurre en otros países de Europa y de América. Este fenómeno es real y nos interroga sobre su sentido.

Su primer apunte es un claro adelanto de los tiempos que hoy corren, donde su paisaje está dominado por eso que él veía como “mundo industrializado”, como resultado de una presencia contundente materializada en la tercera “Revolución industrial” que, entre otras cosas puso en marcha procesos tecnológicos de gran alcance como la internet. A ello, deben agregarse las ideologías que predominaron en un mundo que alcanzaba sus primeros niveles de modernidad y globalización, articulándose complejamente entre nuevas condiciones de vida y convivencia, formas que luego vinieron a afirmarse con la cuarta revolución. Esa expresión tecnológica que hoy es no solo realidad virtual, sino un hecho contundente en la vida de muchos ciudadanos en todo el planeta, ha acelerado diversas formas de comportamiento, reflexión y análisis que se encaminan por senderos donde efectos como las redes sociales tienen activa participación en decisiones de alto alcance. A través de esas plataformas circula un complicado sistema en el que se van diseminando efectos de muchas tendencias en las formas de ser y de pensar. Por eso, no es casual que desde aquel 1986, Manuel Delgado Ruiz haya hecho tan detenida reflexión que parece ser el preámbulo de la actual contienda que se despliega en nuestros tiempos. Vuelve a decirnos

   “…debe reconocerse que, hoy, (la tauromaquia) constituye un auténtico enigma con su razón o razones por las cuales –y desde hace siglos- la mayoría de las sociedades y culturas que constituyen España han mantenido un conjunto de ritos centrados en dar muerte a toros y otros animales de características análogas, conjunto cuya manifestación más extendida, compleja y fascinante es la corrida.

   Se mire como se mire, y así deberían reconocerlo las personas cuyos prejuicios de tipo ético moral les suponen una dificultad a la hora de las apreciaciones objetivas, la fiesta de los toros es un espectáculo extraordinariamente extraño –si se atiende a su contenido con verdadera atención, sus resonancias resultan, como mínimo inquietantes- y que, a primera vista, resulta una auténtica insensatez. Pero ha sido la imaginación cultural quien ha generado el fenómeno, quien ha ido recreándolo durante periodos dilatadísimos de su historia social y quien ha depositado en su discurso, casi hermético para quien lo observara con mirada ajena, aspectos esenciales de su intimidad vital, aspectos aún por desvelar.

   Esas mismas afirmaciones tocan hoy ser retomadas y revaloradas por otros tantos antropólogos. En mi tarea como historiador, debo decir que me valgo permanentemente de este tipo de escritos, no siempre presentes porque se trata de textos (a veces marginales) que requieren de lecturas más reposadas, analíticas, que permitan incluso asociarlas o disociarlas de su contexto para entender esos otros significados que suceden al decodificar lo que uno se encuentra entre líneas o en esa doble lectura que por obligación debemos hacer para entender los mensajes que envían aquellos autores tras encontrar la razón o el equívoco de sus discursos.

Por eso cabe preguntarse, como lo hace Delgado Ruiz:

¿Qué justifica las seculares actitudes fílicas o fóbicas que genera y que la hacen insusceptible a la indiferencia? En ese sentido, esta representación continúa arrastrando sus misterios, indiferente a un mundo que ha ido acabando con casi todas las cosas que se le parecían y para el que constituye un montón de gestos inútiles y descabellados, una extravagancia injustificable, una historia loca que no significa nada, refiriéndose evidentemente al conflicto que suscita esa presencia contundente que se llama corrida de toros.

   Y continúa:

Sus manifestaciones, y sus antecedentes desde que de ellos se tiene noticia, han debido enfrentarse casi siempre a la actitud decididamente hostil sostenida en su contra desde las diferentes formas de poder político y económico que la han conocido.

   Y justo en nuestros tiempos ese mecanismo se ha fortalecido de manera gradual, porque existen los medios económicos junto a las poderosas plataformas virtuales que impulsan a los propagandísticos, los cuales, para un mejor efecto, necesitan incluso llegar a la vociferación, y si esta no es capaz de producir lo que pretende, entonces, buena parte de esas comunidades tiene que despotricar, manipular o insultar.

Sin embargo –retomo el hilo de la conversación con Delgado Ruiz-, muy lejos de la naturaleza irracional y arbitraria que se les presume, muchos de los ritos que configuran el universo simbólico popular en la Península Ibérica, y entre ellos destacadamente los de la muerte del toro, constituyen realmente modalidades eficaces de acción social y complejos comunicacionales perfectos en los que queda representada y poderosamente defendida una determinada ideología cultural.

Y así, mientras Jesús Monterín se confronta con Fernando Savater en todo aquello que huele a lugares comunes (leo al unísono “A favor de los toros” que no es otra cosa que una defensa más hacia el toro planteada por este bilbaíno), nuestro autor, vuelve a reflexionar, partiendo de lo que D. Sperber y su obra “El simbolismo en general” de 1978, planteaba al advertir:

“…no se trata de interpretar los fenómenos simbólicos a partir de un contexto, sino, muy al contrario, de interpretar al contexto a partir de los fenómenos simbólicos. Quien trata de interpretar símbolos en sí mismos mira la fuente de luz y dice: no veo nada. pero la fuente de luz está ahí no para que se la mire a ella, sino para que se mire y vea lo que ella ilumina”

   La frase tiene su fondo, fondo y forma, pero requiere el equilibrio para entender cómo pasar de la oscuridad a esa pretendida claridad justo en los tiempos que vivimos, cuando el entramado social, político e ideológico, se aprecian con una intensidad en la que diferentes formas de pensar, junto a un soberbio neoliberalismo y una arrogante globalización están causando efectos nunca antes vistos, y que se consolidan en forma muy especial ahora que discurre con todo y sus efectos, la cuarta versión de la revolución industrial. Afirmo como historiador, que hoy buena parte de estas nuevas sociedades se desentiende del pasado. Y ya lo advertía Edmundo O´Gorman: “El pasado nos constituye”. Por ello, no es fácil entender hacia dónde nos dirigimos sin saber de dónde venimos. Y el corte, la brecha que se está produciendo en la forma de pensar de muchos integrantes de estas nuevas generaciones se vincula a un aquí y ahora rotundo, contundente, pero no a depender de componentes que quizá ya no producen ningún efecto, sobre todo de aquellos que nos han configurado como seres humanos y pensantes.

Esa es, por tanto, una de las causas que hoy enfrentamos y se produce con el cuestionar de enormes redes sociales cuyos efectos, de no encontrar razones de peso que neutralicen su inconformidad, o al menos la equilibren si sabemos dar argumentos de peso –respetamos, pero no compartimos-, será difícil que logremos mantener o sostener la tauromaquia, hoy día envuelta además, en el manto de dos importantes condiciones: la técnica y la estética. Pero también de una prudente conciencia de quienes nos consideramos taurinos y damos al significado mismo de dicho legado sus más profundas razones y que, desde esa ética bien o mal conceptuada (nunca desde los oscuratismos maniqueos), haga permanecer vivo, como ya se dijo al principio, un encuentro milenario del hombre y el toro, que en los últimos siglos ha alcanzado la eternidad de este ritual de sacrificio.

Obras de consulta:

Manuel Delgado Ruiz, De la muerte de un Dios. La fiesta de los toros en el universo simbólico de la cultura popular. Barcelona, Nexos, 1986. 284 p. (Ediciones Península).

Jesús Mosterín, A favor de los toros. Pamplona, editorial Laetoli, 2010. 115 p. (Colección Libros abiertos, 14).

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