Archivo mensual: noviembre 2019

HOY, CINE TAURINO MEXICANO. 18961980

 

El “Menú de la función de cine” que presentaré, así como el título de la plática que impartirá el MVZ Benjamín Calva el viernes 29 se detallan aquí.

La Asociación Nacional de Matadores de Toros, Novillos, Rejoneadores y Similares, así como la fundación “Juan de Dios Barbabosa Kubli, A.C.”, “Bibliófilos Taurinos de México, A.C.” y el grupo de aficionados taurinos de Mixcoac, invitan el día de hoy, 28 de noviembre, en punto de las 20 horas, a la presentación de la plática “Cine taurino en México. 1896-1980”, que impartirá José Francisco Coello Ugalde, para lo cual ha preparado el siguiente “Menú”:

-Imágenes fijas de los principales camarógrafos, cineastas y coleccionistas de cine taurino en México;

-Imágenes en movimiento que datan de 1896, filmadas en Durango;

-Imágenes filmadas en la plaza de la Villa de Guadalupe, ciudad de México, en 1902;

-Imágenes inéditas de Manuel Jiménez “Chicuelo”, entre 1924 y 1925;

-Imágenes filmadas en 1928, por encargo de José Julio Barbabosa, propietario de la hacienda de Santín, y

-Un conjunto de escenas cuyo principal testimonio es la forma en cómo el cine ha sido un vehículo importante al recuperar diversos percances ocurridos entre los años 40 y 60 del siglo pasado.

   En cuanto a la plática del MVZ Benjamín Calva, esta lleva como título: “Los exámenes periciales en el toro de lidia”. Su intervención promete ser muy interesante, por lo que también los esperamos el viernes 29, en el mismo lugar y a la misma hora.

Auditorio “Silverio Pérez”, entrada gratuita. Dirección: Atlanta 133, Cd. de los Deportes, a un costado de la plaza de toros “México”.

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EL HISTORIADOR DE CARA A LA TAUROMAQUIA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

“Caballero en plaza” rejoneando un toro a la antigua usanza. LA FIESTA NACIONAL. SEMANARIO TAURINO ILUSTRADO. Año V. Barcelona 5 de marzo de 1908, Nº 196. Col. digital del autor.

   Los historiadores de carrera, hechos bajo la luz de la academia y que hemos dedicado parte de nuestro interés y compromiso para dar cuenta y razón del espectáculo taurino en nuestro país, más bien somos pocos, apenas un puñado, aunque suficiente y competente su presencia, desde luego.

Si bien, tenemos en personajes como Domingo Ibarra, Nicolás Rangel, José de Jesús Núñez y Domínguez o Heriberto Lanfranchi al segmento que marca los antecedentes del ejercicio por historiar la fiesta de toros en México, buena parte de ellos eran excelentes escritores o dilentantes de la historia, a cuyos trabajos acudimos sí, pero es inevitable encontrar algunas lagunas que son resultado de la falta de rigor, de aparato erudito con qué comprobar las fuentes a que acudieron en forma precisa y puntual.

Sin embargo, creo que ese aspecto comenzó a ser superado hace cosa de 43 años, precisamente cuando el ahora Dr. en Historia, Benjamín Flores Hernández, presentaba su tesis de licenciatura titulada “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII” (UNAM, Filosofía y Letras, 1976). Pocos años después, volvió a la palestra con “La vida en México a través de la fiesta de los toros, 1770. Historia de dos temporadas organizadas por el virrey marqués de Croix con el objeto de obtener fondos para obras públicas” (UNAM, Filosofía y Letras, 1982), como tesis de maestría. Y para cerrar ciclo, con el doctorado, su propuesta fue “Con la espada y con la pluma, el caballo y el compás. Bernardo de Vargas Machuca un español baquiano de fines del siglo XVI y principios del XVII” (UNAM, Filosofía y Letras, 1987).

Años más tarde, nos incluimos María del Carmen Vázquez Mantecón, Flora Elena Sánchez Arreola, Jorge F. Hernández, Ramón Macías Mora y quien esto escribe. Y luego, colegas como Adrián Sánchez, Vicente Agustín Esparza Jiménez, Luis Balderas Calderón, Cecilia Díaz Zubieta, Joel Pérez Tenorio, Rubén Andrés Martín (español residente en México desde hace años, que ha dedicado sus más recientes investigaciones al tema que nos convoca).

También, debo agregar el quehacer de Miguel Ángel Vásquez Melendez, Hugo Hernán Ramírez, Rosa María García Juárez, Juana Martínez Villa, Héctor Olivares Aguilar, Sergio López Sánchez y luego el más reciente de ellos, en la excelente tesis de licenciatura de Jessica Quiñones Miranda “Poder y diversión. Los juegos ecuestres en la Plaza Mayor de la Ciudad de México (siglos XVI-XVIII). Instituto “Mora”, 2017.

No puede soslayarse la labor encauzadora de maestros como María Dolores Bravo Arriaga, Judith Farré Vidal, María José Garrido Asperó, Ana Lau, la propia María del Carmen Vázquez Mantecón, Pilar Gonzalbo Aizpuru, Verónica Zárate Toscano, Ricardo Pérez Monfort, Antonio Rubial García, José María Muría…, que son y han sido guías en la visión no solo de la vida cotidiana, sino que nos han abierto los ojos en aspectos de todos aquellos contextos que se vinculan con la celebración; el porqué de su desarrollo, las razones políticas, religiosas o económicas que lo enmarcan.

Desde luego, a ese indagar hechos o procesos históricos, se agrega y despierta la curiosidad para acudir a otros territorios complementarios y auxiliares como la arqueología, la antropología, la sociología, la bibliotecología, la archivonomía, la estética (en cuyo espacio nos encontramos frecuentemente con dos notables apoyos, la hermenéutica y la semiótica). De no ser por todas las lecturas que deben trabajarse, sería difícil entender muchas circunstancias que envuelven el pulso social de un pueblo o una nación, que es también posible entenderlo gracias a la teoría.

La sola conquista como proceso histórico ha sido tan potente, que aún falta mucho por desvelar, por ejemplo.

Y no se diga sobre aquello en el que se pronuncian muchos, con la ligereza del caso, cuando se refieren al origen mismo de la hacienda de Atenco, cuando refieren que esta tuvo un pie de simiente de doce pares de toros y de vacas de procedencia navarra, lo que causa incomodidad, pues no son capaces de atender una serie de elementos que provienen de otras razones, pero terminan por darle la razón –una vez más-, al dicho de Nicolás Rangel (espero que en otra ocasión pueda recuperar el tema y explicarlo de mejor manera).

Y en este aquí y ahora, vemos con profunda preocupación el actual conflicto habido con los opositores en uno de esos temas que requiere también de explicaciones que vienen de la profunda revisión y no de la ligera y cáustica pasión, que lo enceguece todo.

De consumarse otro amargo episodio en el que el territorio de Quintana Roo es hoy blanco de medidas represivas y prohibitivas contra la fiesta de toros en México, será este un punto vulnerable y propicio para tomarse en cuenta. La labor realizada por la asociación civil que opera en aquel sitio turístico, como puede entenderse, fue de suyo contundente.

No bastan los argumentos legales o jurídicos (con los que se ha perdido la batalla), sino que falta el sustento histórico, ese que valora desde su dimensión, las aproximaciones a una realidad y a una verdad que, en tanto relativa –nunca absoluta-, nos permite y permitirá observar el horizonte, a través de la mirada, que ha sido la de los diversos episodios, con todos sus componentes. No se puede aislar una cosa de la otra, sobre todo en forma deliberada y aprovecharse solo de lo que la conveniencia o tendencia dicten al respecto.

Por eso es importante el quehacer del historiador, y su trabajo no es epidérmico, sino que sondea las profundidades. Quiere encontrar la razón de aquello donde se expliquen cómo no puede moverse una cosa sin la otra y luego el porqué de su movimiento.

El ser humano, solo o en sociedad ha sido capaz de articular lo que hoy somos, pero no debe olvidar todo aquello que encaminó el destino por aquellos senderos cuyos registros, en lo particular o en lo general han conseguido constituirnos.

Ya lo decía otro célebre historiador, modelo a seguir, y me refiero a Edmundo O´Gorman, taurino también, cuando afirmaba: “el pasado nos constituye” y en ese sentido, y para las palabras que hoy se escriben, significan, con su peso representativo, casi en forma paralela aquello que sostenía también el célebre compositor austriaco Gustav Malher, autor entre otras de la inigualable Sinfonía N° 2 “de la Resurrección”: Malher afirmaba “la sinfonía es como el universo, porque lo contiene todo”.

Así que, en asuntos tauromáquicos, con su profundo legado, el de siglos, el de milenios, no puede quedar reducido a una simple mirada. Debemos entender su curso, y en eso para el historiador, le va la vida.

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LA “RECONQUISTA VESTIDA DE LUCES”: México, 1887.

LA “RECONQUISTA VESTIDA DE LUCES” (Momento trascendental en la tauromaquia mexicana a partir de 1887).

 POR: José Francisco Coello Ugalde.

Ponciano Díaz y Luis Mazzantini parecen brillar con luz propia en las tauromaquias que uno y otro encabezaban. La figura de otro Díaz –don Porfirio– parece mediar simbólicamente en aquel nuevo escenario. Así comenzaba la “reconquista vestida de luces”. Col. digital del autor.

    En diversas ocasiones me he referido aquí, al episodio que decidí asignarle el concepto de “reconquista vestida de luces”, circunstancia que se afirmó de manera contundente en nuestro país a partir de 1887 y que se consolidó, con toda su realidad al finalizar el siglo XIX. Por tanto, he decidido aprovechar el presente espacio, para compartir con ustedes su significado esencial. Veamos.

Al finalizar el siglo XVIII, los únicos toreros extranjeros en escena eran Tomás Venegas “El Gachupín toreador”, Pedro Montero y otros que incursionaron sin influir en forma contundente en el destino estético o técnico de la tauromaquia novohispana.

Del mismo modo ocurrió con otros personajes, casi medio siglo después, cuando se contó con la presencia de Manuel Bravo, Bartolo Mejigosa, Joaquín González “El Calderetero”, José Sánchez “El Niño”, y dos falsos toreros, que ostentaban los apodos de moda: Antonio Duarte “Cúchares” y Francisco Torregosa, de Jerez, el cual tuvo el descaro de usar el sobrenombre de “El Chiclanero”. Ambos, así como llegaron, así se fueron.

Sin embargo, y en lo fundamental, se contaba con un personaje, pieza clave en la tauromaquia nacional por aquel entonces. Me refiero a Bernardo Gaviño y Rueda (1812-1886), quien vino a México, y en México se quedó desde 1835 y hasta su muerte, 51 años después.

Por aquellas épocas, se intensificó una tauromaquia nacional peculiar, basada en la propia idea de interpretación que trajo consigo precisamente una independencia, pero no el intento por afirmar sus valores en lo técnico o estético. Era más bien el libre albedrío y la espontaneidad lo que privaba en diversos espectáculos, que los hubo en forma generalizada, por diversas partes del país. En todo ello, la figura de Gaviño fue vista y entendida como la de un “maestro” o un “patriarca”. Y con todo, llegó un momento en que la tauromaquia quedó sujeta a un impasse que duró cerca de 20 años (de 1868 a 1886), cuando por razones administrativas, se encontró la salida al prohibir las corridas a finales de 1867.

Aquella medida tuvo peso significativo en la entonces ciudad de México, y sólo afecto algunos estados, cuyos gobernadores fueron condescendientes con el decreto firmado por Benito Juárez, pero que luego rectificaron y volvieron a permitirlas. Así que fue la provincia el recipiente o crisol donde se forjó un estilo de torear muy propio, donde los nuestros saldrían a enfrentarse, no solo con los diestros españoles, sino con la nueva época impuesta por ellos, quienes en masa llegaron en 1887 dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón) que contó además, con la presencia de ganado de lidia que trajeron directamente para su negociación y venta entre los hacendados de aquel entonces.

De ahí que el toreo como autenticidad nacional haya sido desplazado definitivamente concediendo el terreno al concepto español que ganó adeptos en la prensa (que se fortaleció en forma muy amplia), así como por el público que dejó de ser un simple espectador en la plaza para convertirse en aficionado, adoctrinado y con las ideas que bien podían congeniar con opiniones formales de españoles habituados al toreo de avanzada.

Para finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, el toreo en España alcanzó el rango de profesional en los momentos en que un tratado técnico conocido como la Tauromaquia de José Delgado Pepe Hillo[1] permeó en el espectáculo, junto al sentido crematístico y la nueva forma en que los ganaderos se comprometieron a criar un toro aprovechando la presencia de castas bastante bien definidas. Todo eso, en conjunto permitió el curso de una fiesta que volvió a pasar por una nueva etapa correctiva, al aparecer la Tauromaquia de Francisco Montes en 1836,[2] la que, al igual que la de José Delgado, establecen en algunos de sus capítulos lo referente a las condiciones del toro de lidia.

Ese estado de cosas no resultó ser el mismo en México. Una distancia geográfica con los dictados del viejo mundo, la emancipación y logro del nuevo estado de gobierno causaron cierto y relativo aislamiento con España. Cierto y relativo, porque de nada valió en el espectáculo la expulsión de españoles impulsada en 1833 justo en el régimen de Manuel Gómez Pedraza, y que Vicente Guerrero, la decidió y enfrentó. De ese grupo de numerosos hispanos avecindados en México, había comerciantes, mismos que no se podía ni debía lanzar, pues ellos constituían un soporte, un sustento de la economía cabisbaja de un México en reciente despertar libertario. En medio de ese turbio ambiente, pocas son las referencias que se reúnen para dar una idea del trasfondo taurino en el cambio que operó en plena mexicanidad. Ya para 1835 se encuentra en México Bernardo Gaviño el que, dicho sea de paso, llegó a este continente con apenas vaga idea de las nuevas y frescas condiciones propuestas desde el tratado de Pepe Hillo, aunque eso sí, absolutamente ajeno a las de Francisco Montes, quien alentado por Santos López Pelegrín “Abenámar” o por Manuel Rancés Hidalgo (ambos, amanuenses del diestro que era analfabeta) allá por 1836, decidieron en conjunto la aparición de esa importante doctrina.

Por eso Gaviño, se instala en tres diferentes épocas compartiendo honores con:

Luis, Sóstenes, Mariano Ávila, José María Vázquez, Manuel Bravo y Andrés Chávez;

Jesús Villegas, Mariano González, Pablo Mendoza e Ignacio Gadea, y

Ponciano Díaz, Pedro Nolasco Acosta, Lino Zamora, Gerardo Santa Cruz Polanco y Timoteo Rodríguez, los que, en conjunto tuvieron que ejercer un acuerdo común para establecer criterios que permitieran el desarrollo de una lidia, la más adecuada.

Para ello, es preciso apuntar que entre 1836 y 1842, José Justo Gómez de la Cortina logró adquirir un ejemplar de la Tauromaquia de Pepe Hillo, la que debe haber puesto al alcance del gaditano. Lo mismo ocurrió en 1862, momento en el que de la imprenta de Luis G. Inclán está saliendo una edición de la de Francisco Montes, con la peculiar compañía de una hoja ilustrada, donde aparecen 36 diferentes pasajes de la lidia, misma que refleja el espíritu mexicano imperante al inicio de la sexta década del siglo XIX.

En dicho escenario las distancias tuvieron que acortarse, así que poco a poco el encuentro de las rutas o los caminos entre España y México, en términos más concretos, se daría a partir de 1883, cuando ya están en México Andrés Fontela, Juan Moreno “El Americano”, Francisco Gómez “El Chiclanero” y Francisco Jiménez “Rebujina”; luego 1887, con Luis Mazzantini, Diego Prieto, o Ramón López, entre otros, para culminar en el arranque del siglo XX, momento en que toda la estructura alcanzó rango de madurez.

Lo anterior permite contemplar aspectos que parecen no tener una relación directa con el ganado, pero influyen y mucho. Simplemente por el hecho de que tantas y nuevas condiciones estaban imponiendo también un nuevo estado de cosas, aunque todavía en los últimos 15 años del siglo XIX siguieron manifestándose inestabilidades y anarquías, fruto de aquella pugna entre la anacrónica expresión mexicana y la fresca llegada del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna.

Esa “reconquista vestida de luces” contó con el apoyo de la prensa que extendió sus influencias en número importante de títulos, siendo cada vez menos los de filiación o tendencia nacionalista. Todo este comportamiento responde a la simple y sencilla razón de la presencia inesperada de la modernidad, que vino a ocupar el lugar de un toreo mexicano en franco agotamiento y que, por razones desconocidas seguía sosteniéndose en un círculo vicioso el cual parecía no tener fin.

Durante el siglo XIX se manifestó una actividad taurina muy intensa, donde los toros de Atenco participaron permanentemente. La fama que adquirió en los años que van de 1815 a 1915 hacen verla como una hacienda ganadera poseedora de unas capacidades notables, gracias al tipo de toros que allí se criaron; gracias a la participación de personajes tan notables como Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz; José Juan Cervantes y Michaus, o Juan Cervantes Ayestarán, lo mismo que los señores Barbabosa y otros personajes que administraron esa importante unidad de producción agrícola y ganadera. Valga el dato de que en ese periodo -1815-1915-, fueron lidiados 1178 encierros, señal muy clara de que la célebre ganadería gozaba de cabal salud. De otra forma sería imposible entender todo el movimiento que se dio con el ganado en plazas de la capital del país, así como de otras tantas en los estados alrededor del corazón político de México, donde los toros de Atenco simbolizaron y constituyeron un emblema representativo en el capítulo de la evolución sobre la crianza del ganado destinado a la lidia, crianza que supone una intuición deliberada por parte de administradores, pero también de vaqueros que estuvieron a la búsqueda del toro “ideal” para momentos tan representativos como los del siglo XIX, donde el toreo “a la mexicana” se elevó a alturas insospechadas de una independencia taurina tan cercana pero también tan ajena a la que se desarrollaba al mismo tiempo en España, país del que llegaban los dictados de la moda. Solo que, el aislamiento producido por la emancipación de México y España hizo que uno y otro concepto artístico se desarrollaran por separado, durante los años que van, más o menos de 1810 a 1880, momento este último en que comenzó a registrarse un síntoma nuevo y necesario también: Me refiero a la reconquista vestida de luces, que debe quedar entendida como ese factor el cual significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole eso sí, una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera, chauvinista si se quiere, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

Por lo tanto, la reconquista vestida de luces no fue violenta sino espiritual. Su doctrina estuvo fundada en la puesta en práctica de conceptos teóricos y prácticos absolutamente renovados, que confrontaban con la expresión mexicana, la cual resultaba distante de la española, a pesar del vínculo existente con Bernardo Gaviño. Y no solo era distante de la española, sino anacrónica, por lo que necesitaba una urgente renovación y puesta al día, de ahí que la aplicación de diversos métodos, tuvieron que desarrollarse en medio de ciertos conflictos o reacomodos generados básicamente entre los últimos quince años del siglo XIX, tiempo del predominio y decadencia de Ponciano Díaz, y los primeros diez del XX, donde hasta se tuvo en su balance general, el alumbramiento afortunado del primer y gran torero no solo mexicano; también universal que se llamó Rodolfo Gaona.

De esa forma dicha reconquista no solo trajo consigo cambios, sino resultados concretos que beneficiaron al toreo mexicano que maduró, y sigue madurando incluso un siglo después de estos acontecimientos, en medio de períodos esplendorosos y crisis que no siempre le permiten gozar de cabal salud.


[1] José Delgado (“Pepe-Illo”): en LA TAUROMAQUIA acompañada de LA TAUROMAQUIA de Francisco de Goya y de LAS FIESTAS DE TOROS EN ESPAÑA de Nicolás F. de Moratín. Prólogo de Arturo del Hoyo. Madrid, Aguilar, 1971. 334 p. Ils., facs. (Crisol, 032).

[2] Francisco Montes: Tauromaquia completa. O sea: El arte de torear en plaza tanto a pie como a caballo. Escrita por el célebre lidiador (…) y dispuesta y corregida escrupulosamente por el editor. Va acompañada de un discurso histórico apologético sobre la fiesta de toros, y una tercera parte en que se proponen las mejoras que debería sufrir el espectáculo. Madrid, 1836. Madrid, Ediciones Turner, 1983. 170 p. (Turner, 60).

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UNA EXPERIENCIA TAURINA EN AMECAMECA EN 1880. (Concluye).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

La maravillosa estampa con que Manuel Manilla ilustró “La Corrida de Toros”, parece ser la síntesis perfecta de cuanto se comenta en las siguientes notas. Col. del autor.

    Nos enteramos ya de la forma en que se jugó el primero de la tarde, y que no fue, a los ojos de Un español, lo mejor de aquella tarde. Y apenas se recuperaba, cuando salió el Tigre, de idénticas características del anterior, y que recibió cinco puyazos de mala manera. Que Carlos Sánchez, integrante de la cuadrilla se encargó de banderillearlo.

Ponciano Díaz, vestido de blanco y oro, sin mediar más que diez pases, coloca dos mete y sacas de los suyos, suerte que entonces gustaba a rabiar. Intervino El Loco intentando descabellar al atenqueño y la escena tuvo ese penoso tinte de pánico por parte de quien, por otro lado, estaba haciendo las delicias con su sarta de “payasadas”.

A continuación, y en el intermedio de costumbre, se puso en escena la mojiganga denominada El arca de Noé, que consistía en la consabida recepción entre gritos y fuegos artificiales. Aquella pieza de buen tamaño, era una especie de granada encantada, “de donde tira el dichoso que representa al salvador del Diluvio y que por cierto lo hace a las mil maravillas, una pareja de animales, sino de todas, a lo menos de las más sabrosas de cada especie –pavos, conejos, pichones y palomas- que la multitud arrebata, y por si es tuyo o es mio, por fin quedan descuartizados, rodando por aquí una pata, allá la cabeza. En medio de tanta confusión muchos quedan sin reparto y esperan con verdadera ansia otra nueva repartición del arca de Noé, y cuando todos alzan las manos para coger antes de llegar al suelo las víctimas de Noé indio; cuando más apiñados están, se descuelgan unos enormes gatos que con sus garras abiertas arañan a los postulantes, encontrándose solemnemente chasqueados, haciendo esto las delicias del público. Agréguese a esto que el buey soltado para la mojiganga y que por más señas sale sin embolar, por más que lo anuncien los programas, derriba a los más de los capitalistas que generalmente tienen la cabeza más pesada que los pies”.

Como parte de aquel peculiar espectáculo, soltaron a continuación un becerro berrendo, manso para ser “girapeado”. El término, palabra o expresión “girapeo” entre los charros simple y sencillamente no existe. Esa debe ser, en realidad, una de las muchas formas en que ciertas palabras que se usaban y siguen usándose en nuestro lenguaje, fue motivo de un giro semántico y que debe ser entendido en su significado filológico en forma cuidadosa. Baste recordar la forma en que el nombre de Huitzilopochtli devino Huichilobos. Así que “jaripeo” no es otra cosa que lo agregado en la descripción de nuestro misterioso autor, mismo que procura decirnos en qué consiste aquello:

El girapeo consiste en alcanzar al becerro a la carrera, cogerle la cola, sacar del estribo el pie derecho, y una vez hecho esto, según va a la carrera, hacer girar al caballo en sentido opuesto, lo que hace derribar al becerro. Uno de los aficionados hizo el girapeo a las mil maravillas, cosa arriesgada y de mérito, lo único que aquí puede verse con gusto.

   Y tomen ustedes nota del siguiente episodio, justo cuando salió el tercer toro

Quita calzones, que demostró alguna codicia y arruinó al Bartolo mexicano (refiriéndose al Loco) en tres arenques (definición peyorativa de los caballos que entonces salían al ruedo, mostrando su figura lastimosa), infundiendo esto el terror en la cuadrilla, de tal modo, que el famoso capitán Ponciano, tan ameritado y valiente, ordenó por sí y ante sí (esto no debe sorprender en una República) que fuera banderilleado y retirado el toro al corral, como se efectuó.

   ¡Cuántos matadores conozco yo que al tocar los clarines para la muerte desearan iguales libertades! Tal fue la conclusión de la corrida, y

-El público, muy… aburrido-

-se va por donde ha venido.

   Y es que para que Ponciano cometiera tal abuso, las tiras de mano traían consigo la siguiente advertencia:

Como es probable que el público aplauda mucho en esta corrida, por la bravura de los toros y las suertes tauromáquicas que hará la cuadrilla, le suplicamos no nos vaya a tirar la plaza en su entusiasmo.

   Aquella era una época en la que con notoria frecuencia, y ante los pésimos resultados que se obtenían como balance del festejo, daban pie para que la indignada asistencia, comenzara a desquitarse prendiendo fuego a tales remedos de plaza, cuyo material de construcción era la madera. Así que imaginen ustedes lo que aquello podía originar.

Todavía, nuestro “reporter” nos relata, algunos detalles más que llamaron su atención y que resultan harto interesantes para entender ciertos pasajes ocurridos durante la lidia.

   Réstame decir, que los picadores tan sólo llevan en la pierna derecha una gran bota de cuero, pero en cambio los caballos van acorazados por el pecho con una gran banda de cuero que oculta también la pierna derecha del picador; así que tiene que ser el toro de empuje y codicia para matar los caballos; en cambio la caída de un picador, que generalmente ocurre en los medios, pues allí pican, suele ser terrible por la confusión que en la cuadrilla se introduce, pues ignorantes de las cualidades y condiciones de los toros que se lidian, así como de las salidas y terrenos, hacen todo lo contrario que debieran, aumentando con esto más las probabilidades de una desgracia.

Winfield Scott registró la presente imagen a su paso por Tenango del Valle, esto al finalizar 1896. Col. del autor.

   Los trajes de los toreros no son malos en sí, pero usan de tales combinaciones en los colores del fondo, digamos así, y los cabos están tan rematadamente mal cortados, y luego lo llevan con tan poco aire, que se viene enseguida a la mente el recuerdo de las cuadrillas de jóvenes aficionados que en la plaza de Madrid salen en las novilladas a lidiar los dos primeros embolados.

Cuadrilla de Ponciano Díaz hacia 1885 con banderilleros y “topadores”.

Fuente: SOL Y SOMBRA. SEMANARIO TAURINO NACIONAL del 19 de abril de 1943.

   Luego tienen otra circunstancia que no me hace gracia alguna, y es el de usar bigote, con lo que, en el acto de la lidia, el conjunto de la cuadrilla, sus trajes, sus especiales modos de torear, el Loco bailando y vestido a guisa de clowns se asemeja, si no tiene la realidad de una corrida de toros en el Circo de Price, dirigida por Tony-Grice.

   Muchas cosas pudiera añadir, pero va haciéndose ya demasiado larga la carta, y tan solo le digo que el único tiempo hábil para dar corridas de toros aquí es el invierno, en el que se goza una temperatura primaveral y no llueve, a diferencia del verano, en que lo hace a torrentes. Es tal aquí la abundancia de ganado, que el precio de los toros escogidos de la mejor ganadería y puestos en el sitio que se designe, es el de 1000 reales máximum, y el ganado de labor y matadero desde 10 a 20 duros. Los caballos también son muy económicos, y la cuadrilla cuesta tan poco, que los resultados metálicos son muy beneficiosos para los empresarios.

   Hasta aquí con tan interesante descripción de aquel festejo, el celebrado en Amecameca, el 21 de noviembre de 1880, tiempos en los que, bajo el dominio y control de Ponciano Díaz sucedían con frecuencia tamaños dislates, lo cual no configuraba en nada la posibilidad de que un festejo como aquellos, tuviese garantías en su desarrollo. En todo caso, predominaba la anarquía, ese síntoma que fue denominador común en el espectáculo por muchos años y que fue entendida como la forma en que los festejos taurinos podían llevarse a cabo integrando todos esos elementos complementarios que iban de incluir fuegos de artificio, coleadero, jaripeo, lazar toros y caballos, poner banderillas decoradas en extremos y de las que surgían otras tantas figuras, e incluso palomas. Colocar banderillas con la boca, como lo hizo infinidad de ocasiones Felícitos Mejías, o las “non plus ultra”, de dos pulgadas, que popularizó Lino Zamora.

Al enterarnos sobre la forma en que se presentaban picadores y cabalgaduras, podemos saber que también Ponciano Díaz fue proclive a que se emplearan ciertos “petos” o “baberos”, con los que se protegían los pechos del caballo para la pica, además de que en muchas ocasiones también se les colocaba la anquera (cubierta de cuero a manera de gualdrapa, que se pone a las caballerías que se están educando para la silla. Antiguamente se usaba como lujo o para torear a caballo), aquella pieza de cuero que servía, como dicen los charros “para quitarle las cosquillas”.

Hace crítica también del uso del bigote, pero no cuestiona el uso de patillas entre sus paisanos, lo cual era otro aderezo exótico entre la gente de coleta

Describe los trajes de torear, lo cual nos habla de una confección más bien azarosa, sin seguir “patrón” alguno; vamos, “como Dios les dio a entender”, de ahí que se ganaran, con frecuencia calificativos como aquel que declaraba estar viendo auténticos adefesios.

Su apunte sobre el ganado (toros y caballos) también es de tomar en cuenta, pues habla sobre el mercado en el que entonces se estimulaba la compra-venta.

Independientemente de todo, estamos frente a un espectáculo extravagante, cargado de misterios y sorpresas y que pronto, algunos años más, iba a someterse a uno de los cambios más notables en su devenir. Me refiero, no podía ser de otra forma, de aquel enfrentamiento habido con los nuevos contingentes de diestros españoles que protagonizarían la “reconquista vestida de luces”.

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UNA MALA SEÑAL DE DESAHUCIO SE HIZO PRESENTE, HOY POR LA TARDE.

CRÓNICA.

Segundo festejo de la temporada 2019-2020 en la plaza de toros “México”. José Antonio “Morante de la Puebla”, “Joselito” Adame y Ernesto Javier “Calita” y seis remedos de toros pertenecientes a la ganadería de Bernaldo de Quirós.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Años de proveerle lo mejor a la fiesta. Años, muchos años de considerarla como un espectáculo que ha reunido todos los elementos posibles para considerarla como un auténtico legado, merecedor de privilegios y consideraciones muy especiales. Años en fin, donde hemos creído que la tauromaquia mexicana debe conservarse debidamente como un patrimonio en medio de un gran esfuerzo que supone venerarla a casi cinco siglos de su presencia en México… y miren, para que hoy, en esa función que corresponde al domingo 10 de noviembre de 2019, viéramos cómo se fue derrumbando poco a poco todo ese cúmulo de esperanzas luego de la deprimente tarde, la segunda de la temporada 2019-2020 en la otrora plaza de toros “México”, cuyos resultados marcan una señal de advertencia muy seria.

El encierro que se lidió –o intentaron lidiar los tres alternantes-, perteneciente a la ganadería de Bernaldo de Quiros fue una mansada auténtica. Todos ellos, ejemplares de dudosa edad, y donde uno a uno fueron mostrando durante la lidia condiciones de ganado digno del rastro, lo que incluso podría ser suficiente razón para retirarle el cartel a su propietario por el pésimo resultado que ofrecieron a lo largo de un festejo lleno de contradicciones. Fueron estas, señales inequívocas de que las cosas no están marchando del todo bien.

Con una entrada que no llegó a cubrir, ni por casualidad media plaza, y en tarde calurosa, el paciente público que asistió al festejo, fue mostrando reacciones contradictorias en las que no hubo los duros reproches que pusieran en situación difícil a la autoridad, pues suficientes razones habría ya con el hecho de que no hubiese ningún rechazo colectivo que obligara a devolver a este o a aquel ejemplar que no tenían, ni por casualidad, la presencia y el trapío que corresponden a un encierro de toros. También, durante el arrastre, camino al destazadero, buena parte de ese público presente, aplaudió el “desempeño” de estos marmolillos, que los fueron todos, unos más que otros, y que sosearon, y que dejaron ver la ausencia de casta, lo cual hace absolutamente inexplicable esa reacción popular que no entendió cómo, por otro lado, quienes se encargaron de hacerlo todo fueron los tres espadas, que literalmente “exprimieron” el mínimo indispensable de casta que habría traído consigo tan indigno encierro y que pastó, hasta hace unos días en el “Potrero del Ganado” (Municipio de Ocampo, Guanajuato), y cuyo propietario es ese señor que lleva el rumboso nombre de Francisco Javier Bernaldo de Quirós González y Pacheco.

Los asistentes querían festejar y aplaudir lo que fuera, y como fuera, aunque no creo que haya sido a causa de razones suficientemente poderosas, sino como parte de aquel cúmulo de detalles que no daban suficiente motivo para tamaña celebración.

José Antonio “Morante de la Puebla”, “Joselito” Adame y Ernesto Javier “Calita” no tuvieron, en ningún momento, la materia prima indispensable, por lo que aseadamente salieron del paso. El de la Puebla, a su primero, y del cual pudo enterarse rápidamente de qué iba el asunto, abrevió. En el segundo de su lote, de nuevo ante la adversidad, José Antonio puso algo de su parte, y no lo hizo nada mal, al punto de escucharse ¡olés! de alarido en una faena más bien corta, aunque hilada y con sentimiento que, en otras condiciones se habría agradecido de mejor forma, pero no así, donde lo pertinente era estar pendiente de aquel inválido. Como la estocada fuera de excelente calidad y colocación, le fue concedida una oreja, aunque hubo quien reclamara las dos –cosa que habría sido suficiente para devaluar más de lo debido lo que ya venía ocurriendo-. Así que con aquel balance, apenas nada de lo que esperábamos, paseó el auricular venerado por los asistentes.

“Joselito” Adame viene a recuperar el tiempo perdido, pero de tanto insistir aún no consigue el deseable equilibrio en sus faenas, y si bien se coloca en perfecta situación, y los lances o los pases son en algún momento impecables, no causa en los tendidos esa reacción de entrega como pretende el aguascalentense. Hasta hoy, no he visto en sus diversas actuaciones en el coso capitalino, una que sea capaz de ponerlo en lugar de privilegio y ya va siendo hora de que así sea. El tiempo en los toreros cobra otra dimensión, y es necesario por tanto, que “Joselito” tome nota para evitar una desagradable e innecesaria situación donde los públicos puedan incluso, darle la espalda. Entre los ¡olés! dedicados a “Morante” y los que sonaron en su honor, francamente hay un abismo y eso deben sopesarlo muy bien, tanto José como su administración, pues es una señal muy clara sobre la forma en que los públicos se entregan –incondicionalmente- con un torero al que consideran como uno de sus favoritos. Y si con todo esto, y luego de una magnífica ejecución en la suerte de recibir, Adame gozó el privilegio de que se le concediera el segundo auricular del festejo, que también paseó en medio de los tributos populares de rigor.

Ernesto Javier “Calita” en otra tarde, con otros toros y más aún, en mejores condiciones, nos podrá mostrar la madera de que está hecho. Por ahora, no pasó de sumar detalles y dejarse notar, sobre todo por la dimensión de sus alternantes, intentando remontar el desagravio de los tres avisos.

Otro detalle que llamó la atención fue la actuación de los piqueros. Salvo uno, que incluso causó un tumbo, y no por otra razón de haberse ocasionado porque el ejemplar que derribó, estaba casi cara a cara con el caballo. El resto recibió un puyazo, no había para más, y todos colocados en buen sitio y ante la contundente decisión de cada piquero que levantaron el palo a su debido tiempo. Notaba con lo anterior, cómo se ha transitado de aquellas épocas en las cuales un toro recibía numerosos puyazos, seguramente con varas de detener que incluirían el “limoncillo”, lo cual es clara señal de que el propósito de la suerte contaba con ese trebejo, y cuyo empleo necesitaba viajes y más viajes, con la consiguiente y desastrosa pérdida de caballos que se utilizaban sin llevar el que luego fue, a partir de 1930 y en México, un elemento indispensable que cambió el destino del espectáculo, evitando así la mortandad caballar en buena medida.

Al término de tan penoso festejo, reflexionamos sobre el que puede ser el destino del espectáculo en nuestro país, si las cosas siguen siendo manejadas en la forma como hoy lo hace una empresa empeñada en “consentir” a los toreros, pero no en agradar al público, ni en estimular entre las multitudes a que un espectáculo como el taurino, recobre grandezas perdidas. La ausencia de la autoridad de la autoridad es otro largo sendero de tribulaciones a que viene siendo sometida el desarrollo de la corrida de toros en cuanto tal, y si no vemos que participe o se comprometa como es su obligación a las autoridades que hoy pertenecen a una nueva representación denominada alcaldía, estaremos presenciando el desahucio de la fiesta de toros en la capital del país. Y con todo esto, no consideren ustedes que hay exageración o que ha llegado el momento de preparar las leyendas para la esquela que anuncie la muerte de la tauromaquia en México. Aún estamos a tiempo de recomponer este grave momento, pues de no ser así, lo único que estaremos presenciando, de aquí en adelante, es una auténtica pantomima, una vil versión del toreo y ese no es el camino.

He aquí pues, una seria advertencia del mal sendero por el que están apostando quienes pretenden seguir montando una puesta en escena a su gusto, donde los dictados y caprichos den por los suelos a lo que de dignidad le queda al espectáculo. Tomemos nota.

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UNA EXPERIENCIA TAURINA EN AMECAMECA EN 1880. (Primera de dos partes).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Bellísimo paisaje de Amecameca obtenido por Alfred Briquet en 1896. Disponible en internet noviembre 5, 2019 en:

http://catalogo.fototecaantica.net/ficha/?page=ft/fichas.php&cat=buscar&ver=amecameca&ficha=FVE-KB-023

Amaquemecan, Amecameca y hoy Amecameca de Juárez, es ese curioso nombre de origen náhuatl para este risueño poblado mexiquense que conservó por muchos años esa evocadora razón que bien cabe en la novela o en la poesía, así como un enorme cúmulo de historias es hoy el escenario de las presentes notas.

Tengo registros que recogen las primeras referencias taurinas en ese sitio. El primero de ellos, lo leemos así: PLAZA DE TOROS DE AMECAMECA, EDO. DE MÉX. En El Pájaro Verde, D.F., del 26 de noviembre de 1864, p. 4, aparece la siguiente noticia:

Fiestas en Amecameca (…) En los días 16, 17 y 18 –de diciembre-, habrá corridas de toros, lidiando con ellos una compañía de mojiganga y máscaras, terminando el 18 con dos lucidos bailes, uno en la calle principal y el otro en la casa de D. Santiago Castilla.

Y luego esta otra, de 1880:

 VILLA DE AMECAMECA. Gran feria en la (…) en los días del próximo carnaval (7 al 14 de febrero). (…) Habrá cuatro corridas, en las que se jugarán toros de la famosa, sin rival acreditada y arrogante raza de Atenco, los que serán lidiados por una de las mejores cuadrillas de la capital de México; ejecutándose en un todo conforme al orden que en dicha capital se observaba.

No se sabe con certeza quienes irían a torear. Debe haberse tratado, con toda seguridad, de pequeñas compañías de toreros aborígenes, improvisadas, pero siempre encabezadas por su “capitán de gladiadores”. Más tarde lo harían con frecuencia Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz, o españoles como Carlos Borrego “Zocato”, entre otros.

También el Dr. Carlos Cuesta Baquero –es decir Roque Solares Tacubac-, refiriéndose a Julio Bonilla, de periodista a periodista, creador del Arte de la Lidia en 1884- comenta:

Era (J. Bonilla) asiduo concurrente a las corridas que desde el año de 1867 en adelante eran efectuadas en los pueblos inmediatos, relativamente, a la ciudad de México. Eran en Cuautitlán, Tlalnepantla, Texcoco, Amecameca, Zumpango y otros. También en la ciudad de Toluca, capital del Estado de México. No las había en la metrópoli y en la jurisdicción del Distrito Federal, POR TENERLAS PROHIBÍDAS EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, LICENCIADO DON BENITO JUÁREZ, QUIEN FUE ANTITAUROMÁQUICO, A PESAR DE QUE A VECES RECURRIÓ A “LOS TOROS” para arbitrarse dinero destinado al sostenimiento de hospitales militares, cuando el heroico asedio que sostuvo la ciudad de Puebla en el año de 1863.[1]

No dudo que esas celebraciones vinieran de más atrás, pero son apenas un par de ejemplos, el informe más antiguo que poseo al respecto. Lo interesante, y para continuar, es el hallazgo de unas interesantísimas notas escritas por Un español, y publicadas en dos entregas en el Boletín de Loterías y de Toros, y en Madrid, entre el 7 y el 14 de febrero de 1881. En ese reportaje denominado “Cartas de Méjico”, con fecha del 15 de diciembre de 1880, refiere su experiencia ocurrida el 21 de noviembre de 1880.

De tan amplia información haré síntesis, pues sus referencias taurinas no tienen desperdicio.

Comienza señalando su nostalgia por la patria, pero advirtiendo de entrada “En España no hay fiesta sin toros, en Méjico no hay ferias o algún acontecimiento que conmemorar sin las clásicas corridas”.

https://es.wikipedia.org/wiki/Amecameca_de_Ju%C3%A1rez#/media/Archivo:Amecameca-Iztaccihuatl.jpg

En clara alusión al tipo de festejos que entonces se celebraban, y donde era imperante el desorden, no garantizaba que dichos espectáculos durasen mucho en nuestro país. Del mismo modo hizo crítica de las “Tapadas de gallos”, o las mesas de ruleta y banca.

Cuando se trasladaba de México a Amecameca, Un Español traería el ejemplar del Monitor Republicano, D.F., del 20 de noviembre de 1880, en cuya pág. 2, se advertía:

CORRIDA DE TOROS.-Hemos recibido boletos para asistir mañana a la función de toros que tendrá efecto en Amecameca. Habrá granada encantada, arca de Noé, jaripeo de dos novillos y toro embolado.

Cada uno de los cuatro que se lidiarán, tiene su nombre particular.

Ya en el poblado y con una capa de polvo blanco encima, se dirigió al primer “fondiche” que encontró a su paso. Se estremeció al ver pasar a la banda del pueblo que encabezaba el “convite”, formado por seis picadores ¡en qué caballos! ya los quisieran así y tan baratos los inolvidables Bartolo y Colita (refiriéndose a dos antiguos picadores hispanos). Les antecedía el “loco” vestido de arlequín con caperuza blanca y el rostro ¡qué rostro! vale la pena no describirlo.

A una hora antes de iniciar el festejo, nuestro personaje se encaminó hacia la plaza, y su descripción nos habla que era una improvisada instalación de madera, eso sí acompañada en las afueras por un tenderete donde se apreciaba la siguiente leyenda: “Pulque fino de San Cristóbal con lo que resucitan los muertos”. El pulque es una bebida que suple al vino, que aquí no se da; el único que hay es el de España, pero cuesta cada botella un peso; es de un color lechoso y de sabor malísimo para los que no estamos acostumbrados, de bastantes grados alcohólicos y que pone la cabeza de los indios en un estado lamentable.

https://es.wikipedia.org/wiki/Amecameca_de_Ju%C3%A1rez#/media/Archivo:Amecameca-popocatepetl.jpg

Esa tarde, en la que actuaba Ponciano Díaz y su cuadrilla, también se contó con la presentación de una mojiganga titulada El Arca de Noé.

La plaza daba lugar a unas 2500 personas, con algunos palcos o lumbreras, una contrabarrera y burladeros. Llegada la hora de dar comienzo al festejo, ya sonaban los insultos empujados por la impaciencia que provocaba fueran más y más fuertes.

“No se hace el apartado de los bichos hasta el momento de la corrida, que no hay chiqueros, sino tan sólo el callejón que directamente desde el corral va al redondel. Y ¡comenzó el festejo!” nos advierte, mientras desfilan la cuadrilla.

Tal contingente lo encabezaba su “capitán” Ponciano Díaz y tres banderilleros más, tres picadores y las mulas de arrastre. Concluida dicha introducción, todos se colocaron en sus sitios, mientras el “loco” abría la puerta del chiquero, “subido en un listón que tiene dicha puerta, en medio y sentido horizontal, desde donde y a la salida del toro le coloca la divisa… si puede!

Y uno a uno fueron saliendo los toros de Atenco anunciados en aquel festejo. Primero fue Atleta, luego Tigre, siendo Quita calzones el tercero, así como un cuarto que en realidad se le hizo participar en la mojiganga y uno más ser “girapeado” que utilizaron tres aficionados que montados a caballo salieron al redondel.

Nuestro “cronista” nos relata lo sucedido con el primero en estos términos:

Ya en el ruedo el primero llamado Atleta, que según el programa debía estar poseído de brío y feroces instintos, emprendió la pelea ¿con qué dirán ustedes? con la contrabarrera, empeñado en saltarla; pero convencido sin duda que ésta tenía más bríos que él y que los picadores le buscaban en todos terrenos lo mismito, lo mismito que algunos tumbones que yo me sé… arremetió a ellos, tomando hasta 11 puyazos, algunos recargando y con voluntad, pero poder… ¡quía! no hay tu tía. He dicho puyazos, en lugar de lanzazos o chuzazos, pues me creí transportado en un momento a aquella célebre noche de Jueves Santo, tomando al picador por el sereno, que impávido esperaba con chuzo en ristre al toro de D. Vicente y que lo mismo dan estos picadores en los morros, que en las costillas, que en la parte posterior de los Atleta; pero ¿en el morrillo? eso es más difícil aquí que lo que parece, y si no apuesto al amigo Paquito Calderón que se venga por esta tierra de guadalupitas y si aciertan a dar un puyazo siquiera en su verdadero sitio a un toro de Atenco, me obligo a enseñarle la receta para quedarse de pie, siempre que algún toro español de no muy buena intención y de cabeza, le quiera tomar medida de un traje. Y llamamos herradero en España al desconcierto que reina en el redondel cuando sale un toro que dice ¡allá voy! pues aquí es un zafarrancho de combate; el toro huyendo como alma que lleva el diablo, los picadores a galope detrás y por delante, este que se estrella, aquel que tropieza con el toro y cataplum… a besar a su madre tierra, uno que chilla, otro que ríe, aquí se levanta, allí vuelta a caer, el loco que hecho un Tony Grice baila y para completa armonía ¡música! ¡música! ¡música! Todo en este mísero mundo tiene fin y lo tiene también esta infernal algarabía. El toro se aburre, se arrincona en la barrera hecho una criba a picotazos, pero el morrillo limpio. Claro es, si no le tiene. Este Atleta era un becerro utrero, colorado, ojo de perdiz, corni-brocho y de unas 16 arrobas, flaco y con un pelo no de invierno… sino… de dos lo menos.

Sonó el clarín a rehiletes.

Ramón Pérez, con un traje verde con oro, puso dos pares en el pescuezo del bicho a la media vuelta, pues de frente ni cuarteando no le es posible, porque esto no tendría mérito alguno, el tercer par quedó para otra ocasión mejor y para muestra como ahí se dice basta un botón.

Las banderillas son más cortas que las de España en bastante, en cambio son también mucho más lujosas, las puestas a este primer toro, eran dos liras y dos cornetas caprichosamente adornadas con banderitas nacionales. Es también costumbre que un solo banderillero ponga los tres pares de Reglamento: las ponga bien o mal, nunca falta el chin, chin, chin.

Colección digital del autor.

    Por último, íbamos a ver al capitán prusiano ejecutar la suerte suprema.

Una vez cogidos el trapo y asador y hecha una venia, no brindis, a la presidencia, dirigiose al bicho con la serenidad de un Frascuelo, y creído yo que tal apostura y arrogancia serían el preludio de una buenísima faena y de una estocada hasta la cruz, no cabía en mí de gozo y casi casi desprecié en mi mente a los que se dicen matadores de toros de cartel.

Pero, ¡oh humanidad! cuán efímero son tus goces e ilusiones, a cada pase del intrépido, ágil y ameritado diestro Díaz, sentía que en mi entusiasmo iba cayendo una gota de agua helada que hacía bajar su temperatura progresivamente y por fin bajó a cero, y me helé. Era que el toro había recibido una tremenda puñalada.

CONTINUARÁ.


NOTAS

[1] La Lidia No 3 del 11 de diciembre de 1942.

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