UNA MALA SEÑAL DE DESAHUCIO SE HIZO PRESENTE, HOY POR LA TARDE.

CRÓNICA.

Segundo festejo de la temporada 2019-2020 en la plaza de toros “México”. José Antonio “Morante de la Puebla”, “Joselito” Adame y Ernesto Javier “Calita” y seis remedos de toros pertenecientes a la ganadería de Bernaldo de Quirós.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Años de proveerle lo mejor a la fiesta. Años, muchos años de considerarla como un espectáculo que ha reunido todos los elementos posibles para considerarla como un auténtico legado, merecedor de privilegios y consideraciones muy especiales. Años en fin, donde hemos creído que la tauromaquia mexicana debe conservarse debidamente como un patrimonio en medio de un gran esfuerzo que supone venerarla a casi cinco siglos de su presencia en México… y miren, para que hoy, en esa función que corresponde al domingo 10 de noviembre de 2019, viéramos cómo se fue derrumbando poco a poco todo ese cúmulo de esperanzas luego de la deprimente tarde, la segunda de la temporada 2019-2020 en la otrora plaza de toros “México”, cuyos resultados marcan una señal de advertencia muy seria.

El encierro que se lidió –o intentaron lidiar los tres alternantes-, perteneciente a la ganadería de Bernaldo de Quiros fue una mansada auténtica. Todos ellos, ejemplares de dudosa edad, y donde uno a uno fueron mostrando durante la lidia condiciones de ganado digno del rastro, lo que incluso podría ser suficiente razón para retirarle el cartel a su propietario por el pésimo resultado que ofrecieron a lo largo de un festejo lleno de contradicciones. Fueron estas, señales inequívocas de que las cosas no están marchando del todo bien.

Con una entrada que no llegó a cubrir, ni por casualidad media plaza, y en tarde calurosa, el paciente público que asistió al festejo, fue mostrando reacciones contradictorias en las que no hubo los duros reproches que pusieran en situación difícil a la autoridad, pues suficientes razones habría ya con el hecho de que no hubiese ningún rechazo colectivo que obligara a devolver a este o a aquel ejemplar que no tenían, ni por casualidad, la presencia y el trapío que corresponden a un encierro de toros. También, durante el arrastre, camino al destazadero, buena parte de ese público presente, aplaudió el “desempeño” de estos marmolillos, que los fueron todos, unos más que otros, y que sosearon, y que dejaron ver la ausencia de casta, lo cual hace absolutamente inexplicable esa reacción popular que no entendió cómo, por otro lado, quienes se encargaron de hacerlo todo fueron los tres espadas, que literalmente “exprimieron” el mínimo indispensable de casta que habría traído consigo tan indigno encierro y que pastó, hasta hace unos días en el “Potrero del Ganado” (Municipio de Ocampo, Guanajuato), y cuyo propietario es ese señor que lleva el rumboso nombre de Francisco Javier Bernaldo de Quirós González y Pacheco.

Los asistentes querían festejar y aplaudir lo que fuera, y como fuera, aunque no creo que haya sido a causa de razones suficientemente poderosas, sino como parte de aquel cúmulo de detalles que no daban suficiente motivo para tamaña celebración.

José Antonio “Morante de la Puebla”, “Joselito” Adame y Ernesto Javier “Calita” no tuvieron, en ningún momento, la materia prima indispensable, por lo que aseadamente salieron del paso. El de la Puebla, a su primero, y del cual pudo enterarse rápidamente de qué iba el asunto, abrevió. En el segundo de su lote, de nuevo ante la adversidad, José Antonio puso algo de su parte, y no lo hizo nada mal, al punto de escucharse ¡olés! de alarido en una faena más bien corta, aunque hilada y con sentimiento que, en otras condiciones se habría agradecido de mejor forma, pero no así, donde lo pertinente era estar pendiente de aquel inválido. Como la estocada fuera de excelente calidad y colocación, le fue concedida una oreja, aunque hubo quien reclamara las dos –cosa que habría sido suficiente para devaluar más de lo debido lo que ya venía ocurriendo-. Así que con aquel balance, apenas nada de lo que esperábamos, paseó el auricular venerado por los asistentes.

“Joselito” Adame viene a recuperar el tiempo perdido, pero de tanto insistir aún no consigue el deseable equilibrio en sus faenas, y si bien se coloca en perfecta situación, y los lances o los pases son en algún momento impecables, no causa en los tendidos esa reacción de entrega como pretende el aguascalentense. Hasta hoy, no he visto en sus diversas actuaciones en el coso capitalino, una que sea capaz de ponerlo en lugar de privilegio y ya va siendo hora de que así sea. El tiempo en los toreros cobra otra dimensión, y es necesario por tanto, que “Joselito” tome nota para evitar una desagradable e innecesaria situación donde los públicos puedan incluso, darle la espalda. Entre los ¡olés! dedicados a “Morante” y los que sonaron en su honor, francamente hay un abismo y eso deben sopesarlo muy bien, tanto José como su administración, pues es una señal muy clara sobre la forma en que los públicos se entregan –incondicionalmente- con un torero al que consideran como uno de sus favoritos. Y si con todo esto, y luego de una magnífica ejecución en la suerte de recibir, Adame gozó el privilegio de que se le concediera el segundo auricular del festejo, que también paseó en medio de los tributos populares de rigor.

Ernesto Javier “Calita” en otra tarde, con otros toros y más aún, en mejores condiciones, nos podrá mostrar la madera de que está hecho. Por ahora, no pasó de sumar detalles y dejarse notar, sobre todo por la dimensión de sus alternantes, intentando remontar el desagravio de los tres avisos.

Otro detalle que llamó la atención fue la actuación de los piqueros. Salvo uno, que incluso causó un tumbo, y no por otra razón de haberse ocasionado porque el ejemplar que derribó, estaba casi cara a cara con el caballo. El resto recibió un puyazo, no había para más, y todos colocados en buen sitio y ante la contundente decisión de cada piquero que levantaron el palo a su debido tiempo. Notaba con lo anterior, cómo se ha transitado de aquellas épocas en las cuales un toro recibía numerosos puyazos, seguramente con varas de detener que incluirían el “limoncillo”, lo cual es clara señal de que el propósito de la suerte contaba con ese trebejo, y cuyo empleo necesitaba viajes y más viajes, con la consiguiente y desastrosa pérdida de caballos que se utilizaban sin llevar el que luego fue, a partir de 1930 y en México, un elemento indispensable que cambió el destino del espectáculo, evitando así la mortandad caballar en buena medida.

Al término de tan penoso festejo, reflexionamos sobre el que puede ser el destino del espectáculo en nuestro país, si las cosas siguen siendo manejadas en la forma como hoy lo hace una empresa empeñada en “consentir” a los toreros, pero no en agradar al público, ni en estimular entre las multitudes a que un espectáculo como el taurino, recobre grandezas perdidas. La ausencia de la autoridad de la autoridad es otro largo sendero de tribulaciones a que viene siendo sometida el desarrollo de la corrida de toros en cuanto tal, y si no vemos que participe o se comprometa como es su obligación a las autoridades que hoy pertenecen a una nueva representación denominada alcaldía, estaremos presenciando el desahucio de la fiesta de toros en la capital del país. Y con todo esto, no consideren ustedes que hay exageración o que ha llegado el momento de preparar las leyendas para la esquela que anuncie la muerte de la tauromaquia en México. Aún estamos a tiempo de recomponer este grave momento, pues de no ser así, lo único que estaremos presenciando, de aquí en adelante, es una auténtica pantomima, una vil versión del toreo y ese no es el camino.

He aquí pues, una seria advertencia del mal sendero por el que están apostando quienes pretenden seguir montando una puesta en escena a su gusto, donde los dictados y caprichos den por los suelos a lo que de dignidad le queda al espectáculo. Tomemos nota.

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