EL ESTRIDENTISMO EN LOS TOROS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Caricatura de Ramón Alva de la Canal que ilustra a Juan Silveti desde el estridentismo. Col. del autor.

    Leo en estos últimos días un libro que recomiendo ampliamente. Se trata de: Manuel Maples Arce: Las semillas del tiempo. Obra poética 1919-1980. Estudio preliminar de Rubén Bonifaz Nuño. Veracruz, Universidad Veracruzana, 2013. 216 p. (Serie Ficción).

En el mencionado volumen, se recogen los cuatro libros que Maples Arce escribió entre 1922 y 1980. Se trata de: Andamios interiores, Vrbe, Poemas Interdictos y Memorial de la sangre, de los que, como apunta Rubén Bonifaz Nuño, en su extraordinario Estudio preliminar: [son] Libros breves, de apenas unos centenares de versos. Y con todo esto, fueron bastantes a remover la literatura mexicana, y a crearle elementos que todavía la sostienen y la alimentan.

Y es que Bonifaz Nuño entró a detalle en un ensayo donde de poeta a poeta, puso muchos elementos en su auténtica condición de equilibrio, para entender lo que significó en su momento, la irrupción de uno de los movimientos literarios más extremistas que haya registrado el ambiente cultural mexicano en el siglo XX.

El estridentismo, desde su sola designación o etiqueta, y luego la forma en que permeó, lo que produjo no sólo fue un sismo. También un sisma que colapsó el andamiaje perpetuo que venía mostrando aquella sucesión de generaciones, eso sí de grandes escritores que nunca imaginaron encontrarse con una revuelta de aquel pequeño grupo que encabezaban, entre otros el propio Maples Arce, junto con Germán List Arzubide los cuales, al amparo del escándalo lanzaron sus consignas como aquella que decía: “¡Muera el Cura Hidalgo!”, refiriendo con ello ese llamado a la libertad, paralela en su sentido a la de 1810, para despertar a quienes dormían en su comodidad de tradiciones paralíticas.

Eran los días en que los estridentistas, encabezados por Manuel Maples Arce ya habían desplegado su famoso “Manifiesto” aquel que culminaba con la sentencia “¡Que viva el mole de Guajolote”.

Ya las miradas fijas de mil espectadores / esperan hidrofóbicas la fiera astada y brava. / Por fin se abre una puerta; / salta a la arena el toro / y nótase voltaico mover / de seda y oro.

Le presenta una capa a manera de pauta / y la burla sangrienta toma sus tintes trágicos. / Mas luego estridentista se siente el indio grave / y arrodíllase impúdico ante la fiera ingrávida.

En 1923, circuló una muestra evidente de aquel movimiento estético, plástico y literario que irrumpía con alardes contestatarios que dejaron una huella indeleble por aquellos tiempos, y en los toros, no fue la excepción. Veamos:

 OTRA CORRIDA LÍRICA.

 La Avenida Oaxaca, sistemática y grave,

presenta ostentaciones de glaucas armonías,

los coches endémicos se debrayan unánimes

pletóricos de anémicos.

 

Ya el circo está esclerótico,

no caben más anémicos,

sin embargo en las puertas

se agolpan cinemáticos los retardados clínicos

que pugnan cual clemátidas

por divisar de lejos los lances anatómicos.

 

Ya los paraguas cónicos a las damas protegen

del rubicundo Febo.

Ya los tristes periódicos tramitan emociones

y los gritos cromáticos

de los bárbaros celtas,

parecen remembrarse entre las multitudes

que se alzan matemáticas.

 

Los acordes prosódicos de una murga estridente

ululan cual funestos sonidos pentagrámicos.

 

¡Oh, la música glauca!

¡Oh, los tristes periódicos!

¡Todo esto es muy hermoso!

 

El mecanismo eléctrico de un reloj metafísico

marca la hora unánime

y un obeso académico

ordena la apertura de la fiesta volcánica.

 

Un grupo abigarrado de gladiadores químicos

avanza vertical entre la arena cálida.

 

Las caras de estos hombres

parecen melancólicas

y amarillean grisáceas

cual tímidas crisálidas.

 

Ya las miradas fijas de mil espectadores

esperan hidrofóbicas la fiera astada y brava.

por fin se abre una puerta;

salta a la arena el toro

y nótase voltaico mover

de seda y oro.

 

Le presenta una capa a manera de pauta

y la burla sangrienta toma sus tintes trágicos.

Mas luego estridentista se siente el indio grave

y arrodíllase impúdico ante la fiera ingrávida.

 

Luego, estiliza un diptongo de garapullos clásicos

que coloca estruendoso entre aplausos polícromos.

 

La fiera embravecida suena como un relámpago

y clava sus pitones en las carnes fosfóricas

del torero amarillo.

Y se escucha un programa.

 

Un ambiente de drama se oye entre las gradas

y un enjambre de lágrimas

florece entre las damas.

 

Mas pronto un nuevo artista

derrápase sonámbulo y a la fiera derriba

en forma telegráfica.

 

Soy máquina sangrante,

dice el toro traumático

y así exhala un apéndice

de carne arenizada.

 

Una caja de aplausos se prodiga al atleta

que ha matado vengando la sangre intoxicada.

 P. Jr. (Paco)

    Tal, se publicó en El Universal Taurino. T. III., México, D.F., martes 5 de junio de 1923, Nº 86, p. 15.

La presencia del estridentismo amenaza con presentarse otro día de estos con nuevos y más provocadores poemas que, en buena medida llevan metida en sus entrañas, a toros, toreros y demás arcángeles o demonios que anden por ahí.

 

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