EL EXTRAÑO INCENDIO EN LA PLAZA DE SAN PABLO EN 1821.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

La iglesia de san Pablo en primer término. La plaza de toros, al fondo. México Pintoresco. Facsimil de la edición de 1855. Col. del autor.

La plaza de toros de san Pablo funcionó por primera vez desde 1788. Era por tanto, el escenario sucedáneo de la del Volador, y se alternaba con las del Quemadero de la Inquisición, Hornillo, Jamaica, la de los Pelos y alguna otra que se levantara efímeramente en atrios de iglesia o conventos; estas últimas a raíz de algún festejo religioso de gran boato. Los registros y noticias de aquellas ocasiones son parcos, de ahí que las noticias existentes no son claras y no precisan muchas veces, el lugar de su desarrollo.

Años más tarde, la de san Pablo, continuó sirviendo para aquellos fines, hasta el punto de que en los primeros meses de 1815, aprovechándose el traslado del maderamen que fue del Volador, plaza que por aquellos días dejó de funcionar definitivamente.

Aquellos espacios se renovaban cada año o temporada, pues se armaban con base en madera y eso fue una constante durante todo el siglo XI.

Al paso de los años, las funciones taurinas y de otra índole –un circo, una compañía de acróbatas-, demandaban sus servicios, e incluso se alternaban las funciones entre unos y otros.

Llegado el año 1821, se encontraba al frente de la misma, el coronel Manuel Barrera Dueñas, asentista o empresario, personaje que se hizo de un poder influyente infinito, no solo en estos asuntos de la cosa taurina, sino que se encontraba al servicio de intereses políticos, ayudado por cierta soberbia que no debe haber sido benéfica en sus asuntos, así como por su amistad con personajes públicos de alto rango, incluyendo los presidentes de la república en turno. Era, para que me entiendan, quien se encargaba de aspectos relacionados con la basura que día a día se generaba en aquella ciudad de México, lo cual significa que se encargaba de su control, y de los pingües beneficios del mismo, al punto de declarar “…me enriquezco porque yo soy el asentista universal”. “Todos los recursos los tengo yo”.

Luego algo, algo pasó por entonces que una noche (no se tiene precisa la información) comenzó un fuerte incendio en la plaza de toros, misma que terminó en cenizas. Aquella era la noticia por entonces. Carlos María de Bustamante, en su Diario Histórico de México, se encargó de aportar los más datos posibles al respecto.

He de recordar que el célebre autor, era declarado oponente a los toros, de ahí que pusiera énfasis en sus opiniones al respecto de aquel incidente.

Bien a bien, no tenemos noticias de los festejos que entonces se celebraban en aquel coso, pero estaban próximas las fiestas por la coronación de Agustín de Iturbide –el emperador Agustín I-, por lo que fue necesario levantar una plaza que se conocería como la Plaza Nacional de Toros (1821-1825), en el espacio luego llamado plaza de la Constitución, nombre que se le otorgó a raíz de que se puso en vigor tan elevado documento en 1824 para el nuevo estado-nación que era México.

Y la de san Pablo, ya repuesta comenzó a dar funciones pocos años después de aquel suceso. Pero el 9 de mayo de 1825, nos vuelve a decir Bustamante:

Mucho da que decir y pensar el incendio de la Plaza de Toros [y es que en esa ocasión tocó ser blanco del fuego la Plaza Nacional de Toros]: a lo que parece se le prendió fuego por varias partes, pues ardió con simultaneidad y rapidez. ¿Quién puede haver causado esta catástrofe? He aquí una duda suscitada con generalidad, y atribuida con la misma a los Gachupines para hacerlos odiosos y que cayga sobre ellos el peso de la odiosidad y persecución, opinión a que no defiero, no por que no los crea yo muy capaces hasta de freirnos en aceyte, sino por que ellos obran en sus intentonas con el objeto de sacar la utilidad posible, y de éste ninguna sacarían. Otros creen que algún enemigo del asentista Coronel Barrera fué el autor de este atentado, y aún él mismo ministra fuertes presunciones para creerlo; en la postura a la Plaza se la disputó un Poblano tenido por hombre caviloso y enredador, y tanto como encargado por el Ayuntamiento de esta Capital de plantear la Plaza de Toros para la proclamación de Yturbide fué necesario quitarle la encomienda por díscolo: en el calor de la disputa dixo con énfasis a Barrera… Bien, de V. es la Plaza, pero yo aseguro a V. que la gozará por poco tiempo -expresiones harto significantes y que las hace valer mucho el cumplimiento extraordinario de este vaticinio. Se asegura que fueron aprendidos dos hombres con candiles de cebo: veremos lo que resulta de la averiguación (Encuadernado aquí el Impreso Poderoso caballero es don dinero. México, Oficina de D. Mariano Ontiveros, 1825, 4 p., firmado El tocayo de Clarita) judicial que se está haciendo; por desgracia no tenemos luces generalmente de Letras sino de letras muy gordas y incapaces de llevar la averiguación acompañada de aquella astucia compatible con el candor de los juicios, ni hay un escribano como aquel Don Rafael Luaro que supo purificar el robo de (Joaquín) Dongo en los primeros días de la administración del Virey Revillagigedo de un modo que asombró a los más diestros curiales.

En el acto del Yncendio ocurrió la compañía de granaderos del número Primero de Ynfantería la que oportunamente cortó la consumación del fuego con la Pulquería inmediata de los Pelos el que pudo haverse comunicado al barrio de Curtidores: esta tropa al mando del Teniente Coronel Borja trabajó tanto que dexó inutilizadas sus herramientas. Del edificio no ha quedado más que el Palo de en medio donde estaba la asta bandera, e incendiado en la puerta, lo demás es un cerco de ceniza que aun no pierde la figura de la plaza. Desde el día anterior se notó que en la tarde procuraron apagar con el cántaro de agua de un vendedor de dulces el fuego que aparecía en un punto de la Plaza. Dentro de ella había quatro toros vivos, y tres mulas de tyro; todas perecieron, y ni aún sus huesos aparecen. De los pueblos inmediatos ocurrieron muchas gentes a dar socorro, pues creyeron que México perecía; tal era la grandeza de la flama que se elevaba a los cielos. El daño para el asentista es gravísimo, pues a lo que parece en la escritura de arrendamiento estipuló que respondía la Plaza si pereciese por incendio u otro caso fortuito. ¡Cosa dura vive Dios! que pugna con los principios de equidad y justicia. Además tenía contratada una gruesa partida de toros para lidiar al precio de 50 pesos al administrador del Condado de Santiago Calimaya de los famosos toros de Atengo. Todo esto nos hace sentir esta desgracia, y pedir fervorosamente al cielo no queden impunes los autores de un crimen de tanta trascendencia, y que envalentonará con su impunidad a los malvados a cometer otros de la misma especie. (Bustamante, Diario Histórico de México, T. III, Vol. 1. Enero-dic. 1825, p. 72-3).

Por aquellos años, las figuras de renombre estaban en nombres como los hermanos Ávila, Antonio Rea, Pedro Escobar, Julio Monroy, Guadalupe Granados, José Antonio Romero, José Legorreta o Gerónimo Meza. También eran célebres Manuel Ceballos “El Sordo”, Joaquín Rodríguez, José María Montesinos, José María Ríos, José Apolinario Villegas, Onofre Fragoso o Joaquín Roxas.

Todos se frotaban las manos ante la inminente presencia en la plaza: lidia de toros de “Atengo de los señores condes de Santiago (…), y las hazañas de Rea, Corchado, el “Compadrito”, “Caparratas”, el “Cantarito”, Clemente, Palomo, Legorreta, Manjares, Dionisio y el Morado, cuadrillas de toreros o gladiadores, la mejor en su momento”, sin olvidar que los hermanos Sostenes, Luis, José María y Joaquín Ávila justo en aquel momento, están convertidos en los más importantes, en una época que abarca los años de 1808 a 1858, tiempo en que los Ávila fueron amos y señores del ambiente taurino en la ciudad de México.

De los más célebres toros de la época, no olvidemos que una de las haciendas más importantes fue la de Atenco, Atengo o Atongo, que así se le anunciaba por entonces, junto con los del Astillero, Parangueo o Shajay.

Y llegado el domingo de Pascua de 1833 –el 7 de abril-, se reinaugura la de san Pablo. Dos importantes respaldos nos dan idea de aquel acontecimiento, uno por parte de Mathieu de Fossey quien en su célebre libro Le Mexique deja una sabrosa descripción de aquella jornada, lo mismo que va a ocurrir con la grata presencia de otro viajero, John Moritz Rugendas, quien ilustra una escena emblemática en un pequeño óleo sobre cartón, y que hoy se puede admirar en el Museo Nacional de Historia, en Chapultepec. Dicha tarde fue la presentación del diestro español Bernardo Gaviño ante el público mexicano.

Imagino que el espectáculo alcanzó proporciones importantes, comparables solo con las descripciones que más tarde hicieron personajes como Manuel Payno o Guillermo Prieto, tan cercanas a aquello que representó la realidad del espectáculo taurino en la primera mitad del siglo XIX.

Para terminar, solo agrego dos cosas más. Una, que nos lleva a 1847, año de la invasión norteamericana, lo que orillo a suspender los festejos permitiendo con ello el desmantelamiento de la mitad de la plaza, cuyas tablas sirvieron para apoyar al hospital de san Pablo, donde fueron atendidos militares y civiles heridos durante las batallas de aquel penoso episodio. La otra razón es que la misma plaza, aquí reseñada, dejó de funcionar en 1864 cuando ya era una auténtica ruina, terminando así su paso por la historia taurina de este país.

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