¡Era el Matlazahuatl…!

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Hay quien comenta –en broma, claro está-, que no deben suspenderse las novilladas en la plaza “México”, con motivo de la pandemia del coronavirus. Es tan poca la gente que acude, lo cual no es motivo de emergencia en el coso de Insurgentes.

 

Entre 1576 y 1579 se presentó en la Nueva España un acontecimiento de singular dimensión.

Esto fue resultado de una epidemia. Era el “matlazahuatl”, “Matlecihuatl” o Cocoliztli, por otro lado, especie de peste, misma que ocasionó la muerte de miles de indígenas, españoles, negros e integrantes de otras tantas castas, al punto de que la población registró notoria reducción, pues de haber alrededor de 20 millones de habitantes, pasó a dos.

El investigador norteamericano Woodrow Borah llamó a este episodio como “El siglo de la depresión en Nueva España”, obra que llevando el mismo título, se publicó en 1951. En él, se abordaba, además de la afectación, el largo efecto. Entre las consecuencias directas se percibe una que entra en ese grupo, siendo muy útil para ello la imagen aquí incluida. Los ganados mayores y menores crecieron y se desarrollaron de manera exponencial, y sin control, desplazándose hasta sitios no directamente necesarios para su supervivencia. El misionero fr. Joseph de Acosta anotaba haberlos visto en cantidades extraordinarias no solo en el centro de la Nueva España, sino extendidos hasta el sur de la Nueva Galia, así como de la Nueva Vizcaya y otros territorios que hoy se encuentran ubicados al norte del estado de Zacatecas.

Aquel “matlazahuatl” relacionado con la diosa de la muerte, y cuyos antecedentes se registraron en 15520 y 1545 fue el causante directo de lo que Rodrigo Martínez llama como el “derrumbe de la población indígena”. Y es que, por otro lado, el crecimiento desmesurado, sin la presencia de humanos para su posible control, provocó que miles de cabezas se considerasen como mostrencos, cerreros y montaraces y de que con ello el mercado de las pieles y otros derivados –para entonces bastante saturado-, se perdiera. De que espacios como el Valle del Mezquital, abundante en pastos, quedara erosionado y de que las cruzas estuvieran sujetas al peor de los resultados. A ello, debe agregarse el hecho de que las impresionantes manadas de bisontes –que aún existían por entonces- pudieron entremezclarse, lo que dio por resultado quizá, nuevos y raros especímenes que se sumaron al resto.

En aquel enorme periodo de tiempo –cien años cabales-, no dejó de haber festejos taurinos que respondían a infinidad de pretextos, y ello considerando la extensión general del territorio. Evidentemente debieron existir unidades de producción agrícola y ganadera capaces de dotar de toros a cuanta ocasión se presentara.

Por su parte W. Borah apoya su tesis en las actividades de la economía durante la colonia para conocer los comportamientos demográficos que se dieron en forma agresiva a causa de nuevas enfermedades, la desintegración de la economía nativa y las malas condiciones de vida que siguieron a la conquista. Este fenómeno tuvo su momento más crítico desde 1540 y hasta mediados del siglo XVII, mostrando bajos índices de población, entre los indígenas y los españoles (hacia 1650 se estiman 125,000 blancos en Nueva España y unos 12,000 indígenas). La población indígena alcanzó una etapa de estabilidad, luego de los efectos señalados, a mediados del siglo XVIII “aunque siempre a un ritmo menor que el aumento de las mezclas de sangre y de los no indígenas”.

Es interesante observar en la gráfica los valores de cabezas de ganado mayor y menor muy disparados contra un decremento sustancial de los indígenas y blancos, lo cual originó, por otro lado, un estado de cosas donde dichos ganados mostraron no solo sobrepoblación sino que el hábitat se vulneró y se desquició lo cual no permite un aumento de la producción, pues los costos se abatieron tremendamente.

Esta tesis ha perdido fuerza frente a otros argumentos, como por ejemplo los que plantea la sola trashumancia habida en buena parte del territorio novohispano, o aquel otro que propone Pedro Romero de Solís en su trabajo denominado “Cultura bovina y consumo de carne en los orígenes de la América Latina”. Pero también se ha desdibujado por motivo de que el autor nunca consideró que habiendo una crisis demográfica de las dimensiones analizadas en su estudio, estas nunca iban a permitir que la economía creciera. Por supuesto que la economía colonial creció desde finales del siglo XVI, se desarrolló durante todo el siglo XVII y se consolidó, en consecuencia hasta que operaron abiertamente las reformas borbónicas.

Sin embargo, este fenómeno encuentra una serie de contrastes en el espacio temporal que el demógrafo Woodrow W. Borah calificó como “el siglo de la depresión”, aunque conviene matizar dicha afirmación, cuando Enrique Florescano y Margarita Menegus afirman que

Las nuevas investigaciones nos llevan a recordar la tesis de Woodrow Borah, quien calificó al siglo XVII como el de la gran depresión, aun cuando ahora advertimos que ese siglo se acorta considerablemente. Por otra parte, también se acepta hoy que tal depresión económica se resintió con mayor fuerza en la metrópoli, mientras que en la Nueva España se consolidó la economía interna. La hacienda rural surgió entonces y se afirmó en diversas partes del territorio. Lo mismo ocurrió con otros sectores de la economía abocados a satisfacer la demanda de insumos para la minería y el abastecimiento de las ciudades y villas. Esto quiere decir que el desarrollo de la economía interna en el siglo XVII sirvió de antesala al crecimiento del XVIII.

El estudio de Borah publicado por primera vez en México en 1975, perdió vigencia, entre otras cosas, por la necesidad de dar una mejor visión de aquella “integración”, como lo apuntan Andrés Lira y Luis Muro, de la siguiente manera:

Hacia 1576 se inició la gran epidemia, que se propagó con fuerza hasta 1579, y quizá hasta 1581. Se dice que produjo una mortandad de más de dos millones de indios. La fuerza de trabajo para minas y empresas de españoles escaseó entonces, y las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas para racionar la mano de obra y evitar el abuso brutal de los indígenas sobrevivientes.

Por otra parte, la población mestiza había aumentado a tal grado que iba imponiendo un trato político y social que no se había previsto. Mestizos, mulatos, negros libres y esclavos huidos, al lado de criollos y españoles sin lugar fijo en la sociedad concebida como una organización de pueblos de indios y ciudades y lugares de españoles, alteraron el orden ideado por las autoridades españolas, en cuyo pensamiento sólo cabía una sociedad compuesta por “dos repúblicas, la de indios y la de españoles”.

Entre las calamidades de aquel entonces, se encuentra también, como en 1604 y 1607 la que se presentó el 22 de septiembre de 1629. Fueron tales las lluvias en la capital de la Nueva España, ya de por sí con un suelo y subsuelo poroso, que la misma quedó anegada por espacio de 5 años, dando motivo a que se pensara seriamente en enviar los poderes a la capital de la Puebla de los Ángeles. Sin embargo, y en la medida de lo posible, fue normalizándose la situación así como las actividades propias de la vida cotidiana; entre otras, las taurinas, por lo que ya encontramos registros, precisamente al reanudarse las fiestas en conmemoración del día de san Hipólito (13 de agosto) de 1635 –las cuales se desarrollaron hasta septiembre de aquel mismo año-, y desde luego, ya en situaciones absolutamente normales, todas aquellas celebradas en 1640, con motivo de la recepción de Diego López Pacheco de Cabrera y Bobadilla, marqués de Villena, ocasión en que las fiestas cobraron una dimensión sin precedentes.

Para 1737, vuelve a presentarse con fuerza el “matlazahuatl”, particularmente en Puebla, y donde en el periodo de ocho meses se registraron 7,167 decesos.

Virgen de Guadalupe intercediendo por la epidemia de matlazahuatl de 1737 en la Ciudad de México. Diseño: José de Ibarra Grabado: Baltazar Troncoso.

   Conviene recordar que por aquellas épocas, la higiene no era denominador común. De esto hace crítica Hipólito Villarroel hacia 1785, cuando en su libro Enfermedades políticas que padece la Nueva España…, deja de manifiesto lo insalubre de sus fuentes, la basura concentrada y demás hedores, aspectos a los que seguramente estaban acostumbrados e inmunes los habitantes de esta capital. Precisamente aquel año, llegó a la Nueva España el virrey Bernardo de Gálvez, conde de Gálvez, quien resultó un entusiasta taurino, por lo que ese año además de las corridas efectuadas por su recepción, instruyó a que se reconstruyera el antiguo castillo de Chapultepec, lo cual dio pie a que se organizara una temporada para reunir los fondos que se necesitaban para la obra.

Hoy, bajo los efectos de todos los avances posibles en la ciencia médica, la humanidad en su conjunto da cara a la reciente pandemia del “coronavirus” o “covid 19”. Sin embargo, una sociedad informada como la nuestra, con todas las recomendaciones del caso, deberá salir airosa por más malas mañas que ofrece para su “lidia” este bicho.

Esperamos que habiendo pasado la emergencia, todo vuelva a la deseable estabilidad y de que, entre otras cosas retorne, como debe ser, el espectáculo taurino a este país.

OBRAS DE CONSULTA

Andrés Lira y Luis Muro, “El siglo de la integración” (p. 307-362). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 311. Además, véanse las páginas 316 y 317 del mismo texto que abordan el tema de “La población”.

Enrique Florescano y Margarita Menegus, “La época de las reformas borbónicas y el crecimiento económico (1750-1808)” (p. 363-430). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 365-6.

Hipólito Villarroel, Enfermedades políticas que padece la Nueva España en casi todos los cuerpos de que se compone y remedios que se le deben aplicar para la curación si se quiere que sea útil al Rey y al Público, introducción por Genaro Estrada, estudio preliminar y referencias bibliográficas de Aurora Arnáiz Amigo. México, Editorial Miguel Ángel Porrúa, 1979. 518 p.

Pedro Romero de Solís, “Cultura bovina y consumo de carne en los orígenes de la América Latina” en CULTURA ALIMENTARIA ANDALUCÍA-AMERICA México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1996. 255 p. Programa universitario de alimentos. (Historia General, 17), (p. 231-55).

Rodrigo Martínez Baracs, “El desarrollo económico novohispano (siglos XVII y XVIII). Tendencias historiográficas contemporáneas”. ENSAYOS, revista de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia N° 2. México, D.F., oct-dic de 1982, p. 57-70.

Woodrow Borah, El siglo de la depresión en la Nueva España. México, ERA, 1982. 100 p. (Problemas de México).

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