¿QUÉ ES UN TORO DE “BANDERA”? (Concluyen las apreciaciones).

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Colocación de un puyazo en todo lo alto. Foto publicada en El Ruedo de México, cuyo director fue el respetable periodista Manuel García Santos en 1952. Col. del autor.

   Por años se utilizó la vara de detener, misma que en su extremo de castigo, se incluía un implemento conocido como “limoncillo”. Al paso de los años, evolucionó, hasta tener en el mismo sitio, una pieza piramidal, con los cortes correspondientes, afilada y afianzada por cordeles, lo que sujetaba con firmeza dicho elemento. De ese modo, diversos piqueros usaron aquella “vara de detener” y seguían picando en forma inmoderada, porque todavía no se había impuesto el peto, mismo elemento que en México, se puso en práctica en el festejo del 12 de octubre de 1930, terminando así, con aquellas escenas dolorosas en que cuadras completas de caballos morían tarde a tarde, quedando aquello calificado como “la vergüenza en la fiesta”. La medida que en España implantó el general Miguel Primo de Rivera, se aprobó y puso en práctica desde 1928.

Al paso de los años, diversos reglamentos, como el de 1924, 1937 y el de 1953 mostraron la forma en que se pasaba de aquellas primitivas varas a una que incluía un tope, impidiendo con ello que se profundizaran las heridas y se efectuara la suerte de acuerdo a ciertos principios acordes también con el uso de un peto que crecía y crecía en tamaño y grosor, hasta el punto de convertirse en auténtico muro.

En 1952, el periodista Manuel García Santos –ojo, nos remontamos a 1952-, juzgaba la suerte bajo el imperativo de que a los toros se les impusieran tres varas, bajo este principio:

Cuando se hacen los reglamentos de las corridas de toros no se hacen de manera caprichosa. Las suertes de la lidia tampoco son arbitrarias.

Todo obedece a un plan estudiado y al mejor desenvolvimiento de la fiesta. Y el buen desenvolvimiento de las corridas exige se pique al toro porque el puyazo, y el romaneo del toro en el caballo, ahorma al animal y lo deja en condiciones de poderle hacer una buena faena con la muleta.

El puyazo hace sangre al toro, y esa hemorragia descongestiona al animal, y lo deja asentado, y en buenas condiciones de lidia.

Pero además, la fiesta es fiesta de toros bravos. Y la bravura del toro se ve en el primer tercio. Un toro que no pelea con los caballos, que no recargue que no se arranque cuando lo citan, y que no lo haga, por lo menos en tres puyazos, no es bravo. Y si al público le interesa saber si el toro es bravo o no para juzgar al torero, al ganadero le interesa más, porque es la única referencia que tiene de si la casta de su vacada degenera, se sostiene, o va en aumento.

Por eso hay que exigir que los picadores les peguen a los toros, y que los toros aguanten los tres puyazos del reglamento. ¡Y al que no los aguante… al corral con él…! ¡Ese es un manso…!

Hoy, a casi 70 años vista, la suerte sigue practicándose, de acuerdo a lo establecido por el reglamento, aunque no necesariamente a los usos y costumbres deseables por parte de la afición, la crítica y hasta por los propios ganaderos. Frente a un cambio de circunstancias donde el peto se ha adecuado en mejor forma al curso de la fiesta, y de que se utiliza una puya como lo indica el Art. 45 del actual Reglamento Taurino en vigor:

Artículo 45.-Las puyas empleadas para picar reses en corridas de toros, tendrán forma de pirámide triangular, cortante y punzante, de veintinueve milímetros de extensión en sus aristas y de diecisiete milímetros por lado en su base. Para novilladas, estas puyas serán de veintiséis milímetros de extensión por quince milímetros de base.

El tope será de ochenta milímetros; de la base al borde del tope habrá siete milímetros, y del centro de cada una de las caras en su base al tope, nueve milímetros. Lo anterior para las corridas de toros y novilladas, salvo que para éstas la longitud del tope será de setenta y cinco milímetros. Remachadas al casquillo donde entra la vara, las puyas serán de acero, afiladas en piedra de agua y con los tres filos rectos. Tendrán un casquillo de hierro para fijarlas en la garrocha. La cruceta medirá seis centímetros por lado. En novilladas se podrá autorizar el uso de puyas de veintinueve milímetros cuando el tamaño y la fuerza del ganado a lidiar así lo ameriten.

Cuando en una novillada se anuncien novillos que alcanzan la edad de toro, previo consentimiento del ganadero, podrán ser picados con puyas utilizadas para toros.

Los topes podrán ser de madera, hierro o aluminio en su base y estarán cubiertos

con cordel de cáñamo, fuertemente enredado.

Independientemente de esta consideración legal, también es importante sumar a lo anterior lo que indica el Art. 60 del mismo Reglamento:

ARTÍCULO 61. Cuando el astado acuda al cite del picador, la suerte será ejecutada en la forma que aconseja el arte de picar. Esto es, colocando un solo puyazo por encuentro. Queda prohibido acosar, barrenar, echar el caballo adelante, tapar la salida, insistir en el castigo en los bajos o cualquier otro procedimiento similar. Si el astado deshace la reunión, se prohíbe terminantemente consumar otros puyazos. El picador deberá echar atrás el caballo para colocarse nuevamente en suerte, no atravesará la línea del tercio ni cruzará el ruedo por la mitad.

Con lo anterior, podemos entender que en la realidad, y bajo el comportamiento apreciado en las últimas temporadas, por lo menos en la plaza de toros “México”, dicha suerte se ha reducido a un puyazo, o al “monopuyazo”, que no siempre termina siendo el mejor, a pesar del peto, a pesar de las rayas concéntricas, y muy a pesar de que al toro se le pone en suerte a pocos metros de la jurisdicción. Con ello, ¿han perdido la práctica aquellos varilargueros que terminan picando donde se pudo, o que, para corregir el defecto tienen que tapar la salida?

Si la suerte tuviera que practicarse en forma rigurosa, los señores del castoreño serían mejor valorados en la plaza. Si la suerte encontrara los efectos deseables, apreciaríamos auténticas escenas donde el encuentro del toro ante la cabalgadura determine la realización de un momento que significa culminación de esfuerzos por parte del ganadero, deseo de la afición por apreciar el arte de picar en toda su dimensión, y desde luego, la posibilidad de que el matador en turno, tenga en consecuencia un toro con las condiciones necesarias para realizar una faena excepcional.

Por lo tanto, si la suerte de varas hoy queda reducida a puyazo por toro (dos o más ya son casos raros), entonces cómo determinar en forma debida para tener la posibilidad de calificar a un toro como de “bandera” y de eso, pasar a un indulto. También, esto significa repensar situaciones relacionadas con el hecho de que encontremos el equivalente a los quince o dieciséis puyazos de hace más de siglo y medio, o los tres de hace setenta.

De aquella época remontada al comienzo de esta colaboración, señalado la semana pasada, podemos entender el desarrollo de una suerte caótica, en medio de tumbos, colocación no apropiada de la puya en la zona muscular indicada, el poco tiempo que habría durado cada encuentro, eso permite marcar algunas diferencias, con las que luego, ya en plena etapa en la que el peto era el elemento que amortiguaba o sigue amortiguando la embestida del toro, permitía, sí, la debida y efectiva colocación de esos tres puyazos, mismos que, en número ha quedado reducida, en promedio a uno solo.

Si uno solo representa los quince o dieciséis de aquel entonces; o los tres de hace setenta –número que sigue imponiéndose en ruedos españoles-, entonces llegamos al mínimo indispensable que no permite, con todo lo que esto signifique, una señal contundente para calificaciones tan exacerbadas y apasionadas que luego devienen indulto. Si la pujanza del toro en el momento en que se desarrolla la suerte de varas fuese no solo notable, sino notabilísima –y donde la cabalgadura no caiga por estar mal colocada, o porque a la hora en que el piquero recibe al toro, tenga “terciado” al caballo-, esto signifique como un factor determinante para tomarse en cuenta en las decisiones contundentes para permitir que un toro tenga el privilegio de que le sea perdonada la vida.

No es casual que en nuestros tiempos, el significado que ha venido adquiriendo la suerte, la influencia impuesta por grupos opositores, o de que el espectáculo tiene que ser cada vez menos cruel o sangriento, sean componentes esenciales para esa toma de decisión. O de que la indulgencia popular, e incluso hasta el mal desempeño del o los picadores (y no me refiero a todos, esto no pretende generalizar tal defecto), representen circunstancias definitivas en el propósito del indulto.

No podemos olvidar lo que indica para ello el Art. 73 del propio Reglamento, que señala:

Cuando una res se haya distinguido por su bravura, fuerza y nobleza a lo largo de la lidia, a criterio del Juez de Plaza podrá recibir cualquiera de estos tres homenajes:

  1. Arrastre lento por el tiro de mulas;
  2. Vuelta al ruedo a sus restos, y
  3. Indulto.

El Juez de Plaza manifestará su decisión por medio de un toque de clarín, dos toques de clarín o un pañuelo blanco, respectivamente. Asimismo, podrá exhibirse una pizarra desde el palco de la autoridad indicando por escrito la decisión.

Si nos atenemos debida y equilibradamente a su contenido, estaremos en mejores condiciones al momento de tomar una justa decisión. De otra forma, lo anterior seguiría permitiendo el caos, y una aplicación injusta que, como hemos visto infinidad de ocasiones, no siempre son las mejores. De ello también depende el buen desempeño del Juez de Plaza.

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