Archivo mensual: mayo 2020

492 AÑOS DE HISTORIA ATENQUEÑA: 1528-2020.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Atenco, como la ganadería más antigua que hoy se conserva en nuestro país, tiene muchas historias que contarnos. Así que, en ocho años más, alcanzará sus primeros 500 años.

Desde 1524, Hernán Cortés decide establecerse en el valle de Toluca y para ello entra en conversación con el señor de Xalatlaco para indicarle dichas intenciones, y lleva a cabo el proceso de fijar allí su concepto que, en tanto ganadero se tendría por entonces. En una carta del 16 de septiembre de aquel año Hernán se dirigió a su padre Martín Cortés haciendo mención de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

Dos años más tarde, y por conducto del propio Cortés, le fueron cedidos en encomienda a su primo el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, los pueblos de Calimaya, Metepec y Tepemajalco, lugar donde luego se estableció la hacienda de Atenco, hecho que ocurrió el 19 de noviembre de 1528. Esto, como consecuencia de las sospechas que la primera audiencia, encabezada por Nuño de Guzmán fijaron sobre excesos en la posesión de tierras que integraban la que fuera esa ambiciosa extensión del marquesado del Valle que obligaron al extremeño a realizar un viaje a España, con objeto de entrevistarse personalmente con el rey Carlos V y aclarar los motivos de tal posesión.

Sobre el tipo de ganados que pastaron desde aquellos primeros años, es preciso aclarar que

Las primeras especies de ganado mayor traídas de la península pertenecían a la “serrana, cacereña, canaria y retinta”, animales de gran rendimiento cárnico y laboral. Dichas especies se reprodujeron en grandes hatos en el territorio virreinal que tuvieron buena adaptación al clima y a los terrenos más difíciles. Las primeras vacas dieron origen a las distintas clases de “razas criollas”, resultado de las diferentes cruzas entre las razas puras de origen, de las cuales se obtuvo el tipo “mestizo”.

   Aquella gran población de ganados se estableció materialmente en todo el Valle de Toluca, por lo que las comunidades indígenas se quejaban del abuso cometido por los dueños de las vacadas, quienes dejaban libres sus animales para pastar, entrando estos a las sementeras destruyendo los sembradíos. Los naturales al verse rebasados por tal circunstancia no tuvieron más remedio que alejarse de sus asentamientos, desapareciendo en consecuencia los pueblos de indios.

   Y en ese sentido era tal el volumen y multiplicación del ganado, por lo que hubo algunos propietarios que llegaron a marcar anualmente hasta treinta mil becerros, quedando fuera un buen número de cabezas que por falta de control y cuidados se hacían cerreros.

   Por eso, es difícil atribuir o establecer, como lo dijo Nicolás Rangel en su momento que Atenco se debía a un pie de simiente formado por doce pares de toros y de vacas de raza navarra. Esto lo publicó en su célebre libro Historia del toreo en México (1924), pero no nos da razón de la fuente consultada y hasta hoy, dicho documento no es visible entre la numerosa información reunida y conservada en el Archivo General de la Nación Mexicana.

Pero el hecho es que, al avanzar su historia, y contar con un territorio que pudo haber alcanzado las diez mil hectáreas, o quizá más, puesto que el condado de Santiago Calimaya fue uno de potentados de mayor riqueza y posición durante el virreinato, habría tenido suficientes condiciones para llevar a cabo en tierras específicamente destinadas para ese propósito, la crianza no solo de ganados mayores, sino de menores, en tierras francamente apropiadas, con el paso del río Lerma en buena parte de sus extensiones, lo cual también benefició la producción de otros muchos elementos con los que generar un auténtico mercado, el destinado al comercio y la distribución de diversos bienes de consumo, no solo en la región, sino los destinados a otras ciudades como la capital de la Nueva España misma.

Fue durante el largo periodo de 351 en que una sola familia, la descendencia de Gutiérrez Altamirano, que luego en 1616 obtuvo el título de condado, detentó el control de dicha unidad de producción agrícola y ganadera. En cuanto al que he considerado como principal periodo de “esplendor y permanencia”, este va de 1815 a 1915 en el que, según un balance elaborado exhaustivamente, indica que la cantidad de encierros lidiados fue de 1179, lo cual deja ver a las claras, el nivel de importancia, pero sobre todo de capacidad en cuanto al hecho de que, al margen de los tiempos que corrieron, y de las diversas circunstancias que se desarrollaron a lo largo de esa centuria; sea porque se hayan presentado tiempos favorables o desfavorables; ese espacio fue capaz de enfrentar condiciones previstas o imprevistas también. Me refiero por ejemplo al paso de los insurgentes en octubre de 1810, a las favorables condiciones de clima; a la revolución, o al reparto de aquellas casi 3 mil hectáreas que quedaron a finales del siglo XIX y que fue realizado por los integrantes de la “Sociedad Rafael Barbabosa, Sucesores”.

El hecho es que en 1879, cuando nuestra hacienda se encontraba bajo una marcada decadencia, esta fue adquirida por D. Rafael Barbabosa Arzate quien la estabilizó en poco tiempo, dada su afición y, a pesar de haber muerto en 1887, sus hijos se empeñaron en mantener aquella leyenda en realidad pura. Y no es casual el hecho cuando se lee una reseña aparecida en El Arte de la Lidia, del 4 de diciembre de 1884, en la que da cuenta de la actuación de los espadas José María Hernández El Toluqueño y Juan Jiménez Rebujina, quienes andaban haciendo ruido por Toluca, como sigue:

   Las reses que se lidiaron en la plaza de Toluca fueron de la acreditada hacienda de Atenco, y al mentar esta ganadería, no se puede decir nada de elogios, porque la verdad, la cosa está probada con hechos muy grandes. Son toros de origen de raza navarra, de buena ley, listos, valientes y de mucha gracia y renombre en la República (…)

   Los toros que se jugaron en esta corrida, fueron como vulgarmente se dice, de rompe y rasga, es decir, que se prestaron con brío, ligereza y empuje a todas las suertes de los diestros.

   Por su parte José Julio Barbabosa, primo de Rafael, anota en sus memorias:

(era la (Antigua de Atenco, mezclada con S. Diego de los padres, (y (Atenco con Navarro (ví jugar este toro, p.a mi cualquier cosa) con Miura, Saltillo, Benjumea, Concha y Sierra y con toro de Ybarra, (feo pero buen torito), además, las cruzas de estos toros con vacas de S. Diego, por tanto no bajan de tener 12 clases diferentes de toros en el repetido Atenco, ¿cuál de tantas razas será la buena? (incluyendo, evidentemente lo “navarro”. Notas escritas en noviembre de 1886).

   Finalmente, desde 1964 y hasta la fecha dicha propiedad está bajo la égida de la familia Pérez de la Fuente.

Atenco tuvo, como parte de sus métodos de crianza tres que le eran suficientemente confiables: volumen, método y eficacia. Así, la empeñosa misión de los hacendados, que dirigieron sus propósitos a la crianza de toros bravos, tuvo momentos de señalada evolución, aplicando criterios selectivos que iban de la sencilla intuición, a complejos cruzamientos que actualmente han llegado al empleo de la moderna técnica donde se utilizan factores genéticos, apoyados por la ciencia, médicos veterinarios y el uso de la computadora.

Al mediar el siglo XIX, con el abundante despliegue de encierros que Atenco envió a las diversas plazas donde eran requeridos esos toros, deben haber existido principios cuya especificidad estaba sustentada en dichas experiencias, sobre todo entre vaqueros y administradores, más de aquellos que de estos, debido al principio natural del contacto permanente y cotidiano que esos hombres del campo tuvieron, compartiéndola de seguro con el propietario, como es el caso en Atenco, pero también en haciendas inmediatas como Santín y San Diego de los Padres, en cuya historia encontramos datos de notable interés.

En buena parte del siglo XIX, la venta de ganado se concentraba en plazas como la Principal de toros de San Pablo, la del Paseo Nuevo (en la capital del país). Así como las de Puebla; Toluca, Tenancingo, Tenango de Valle, Amecameca, Santiago Tianguistenco en el estado de México o la de San Juan del Río, Querétaro, sitios a los que con frecuencia eran vendidos los lotes negociados. Imposible olvidar que algunos de esos encierros se lidiaron también fuera del país.

El volumen refleja la cantidad de ganado a atender, pero también como la condición del beneficio para la hacienda misma, cubriéndose así varios factores como adeudos, pago de raya, el propio favor para el propietario, cuenta de la aduana. Incluso, en las devoluciones se pueden notar las cantidades de toros, novillos o becerros que regresaron a la hacienda, y hasta es posible conocer la depreciación o la pérdida total si en el camino, alguno de ellos moría, como ocurrió con frecuencia.

En cuanto al método, se conocen varias situaciones, interesantes todas ellas, y que tienen que ver con las actividades ligadas al quehacer campirano, que no es exclusivo de esta hacienda, sino que se extendió en muchas que registraban a su interior comportamientos como los ocurridos en Atenco.

Empezamos por la vaqueada, acción de desplazar ganado de un sitio a otro, o el beneficio de los pastos o los potreros donde se ubicaban los ganados, siendo en buena medida circunstancial, aunque también casual para aquellos que entendían y creían en las bondades de aquellos espacios, de los que se obtenían resultados satisfactorios reflejados en la plaza. Existe incluso el lado opuesto, cuando los toros no jugaron correctamente, asunto que era motivado “o porque estuvieran enfermos, o porque se hayan traído equivocadamente sin ser de los del juego del cercado…”

Hay otro tipo de factores que tienen que ver con las condiciones de la naturaleza, que se vivían en el valle de Toluca en sentidos a veces extremos, como por ejemplo las heladas, que terminaban con cosechas o con el maltrato del pasto, lo cual obligaba a desplazar el ganado a otros potreros o, en su defecto “dejarlos con las vacas, con las que todavía están corriendo”.

A todo lo anterior, se agregan el pastoreo de los ganados, sin faltar el obligado destete, el herradero y el apartado, tareas que ocurren de manera permanente. No faltan aquí detalles sobre vacas picadas por enfermedad que, a consecuencia de ello murieron las crías o aquella otra donde el ganado sufre padecimientos como el “mal de lengua” (mal de garganta o úlcera de la boca). Un aspecto peculiar nos habla de la existencia de unos toros que, a pesar de su mal color “se puede disponer de ellos”. En Atenco predominó mucho el toro de pelaje color rojo: colorados, colorados retintos, colorados bragados u oscuros (castaño, se dice en la jerga actual). Aquel “mal color” pudo haber sido el de los toros berrendos, berrendos en castaño, berrendos en negro, (que es la combinación y predominancia de pelo blanco, con los de color rojo o negro), o también cárdenos (oscuros o claros, pelaje donde se combina el pelo negro y las tonalidades grises y blancas), sin faltar los de pelaje sardo (que llevan los tres pelos: blanco, negro y colorado).

Y por eficacia, es precisamente por el juego que ofrecían los toros en diversas plazas a donde eran lidiados, lo cual nos habla de unas extraordinarias condiciones, muy bravos, al extremo que por ejemplo, el quinto de la tarde (en el festejo ocurrido el 28 de noviembre de 1852 en la plaza de toros del Paseo Nuevo, D.F.), después de haber ocasionado serios estragos entre los picadores y sus cabalgaduras, “a vox populi lo indultaron…”

La eficacia se manifiesta con herraderos masivos de hasta 114 becerros, incluyendo 18 de media señal (dato de 1858). El conjunto era “muy bonito y grande como nunca se había hecho sin duda alguna en razón de no haberse ordeñado”.

Como va quedando claro, se buscaba que antes de que el ganado llegara a la plaza se pastoreara previamente 15 o 20 días antes de la fiesta, labor que corría por cuenta de la hacienda misma, lográndose de alguna manera que el ganado se presentara en la plaza más vigoroso y con mejor presentación, puesto que era costumbre por esos años el trasladar los encierros a pie, actividad que debe haber durado de dos a tres días. La ruta que se tomaba era: salida de la hacienda, Ocoyoacac, Cuajimalpa, Olivar de los Padres y finalmente concentrados en los corrales –si es que contaban con dicha instalación-, tanto en la plaza de San Pablo como en la del Paseo Nuevo.

Así que entre el potrero, el llano y el cercado estaba supeditada la posibilidad de mejores resultados, lo cual iba a compararse en la plaza directamente. Sin embargo, ocurrían circunstancias como la mencionada en carta del 6 de noviembre de 1855, cuando los toros que estuvieron en el potrero fueron muy buenos, a pesar de un encierro lidiado con anterioridad que no salió tan bueno en la plaza y que si embargo estuvo también en el potrero.

La hacienda de Atenco, además de dedicarse a las cuestiones eminentemente ganaderas, como una manera de complementar y diversificar sus actividades, incluía la labor agrícola: siembra de maíz, trigo, haba y en menor escala otras semillas.

Atenco era llamada también El Cercado (tal vez este nombre se originó por la cerca que levantaron para deslindar y controlar los ganados, evitando así que éstos invadieran terrenos aledaños: “En Toluca y Tepeapulco, donde se oponían densamente indígenas y ganados, se levantaron cercas para impedir la entrada de los animales en las sementeras”). También se le llamó La Principal, por ser la que ejercía el control administrativo. Tenía como Anexas las haciendas de San Antonio, Zazacuala, Tepemajalco, San Agustín (donde por cierto se dedicaba a la cría de ganado vacuno), Santiaguito, Cuautenango, San Joaquín, así como la vaquería de Santa María, y los ranchos de San José, Los Molinos y Santa María.

Tanto la hacienda Principal como las Anexas pertenecían al distrito de Tenango del Valle y a la municipalidad de Santiago Tianguistenco, del Estado de México. Debido a cambios efectuados en la organización territorial, para fines del siglo XVIII las haciendas de Atenco (pues no se diferenciaba La Principal de las Anexas) pertenecían unas a la jurisdicción de Metepec y otras a la de Tenango del Valle.

La hacienda Principal era la que ejercía el control, distribuía y vendía la producción y debía destinar cierta cantidad semanal para las rayas y gastos de las fincas. La forma de ejercer dicho control varió a lo largo del siglo XIX, en relación no solo con las necesidades existentes, sino también con relación al administrador en turno. Funcionaron en bloque hasta 1870-1875 en que debido a condiciones de arrendamiento, sociedad o mediería, cambiaron las relaciones de las Anexas con La Principal y ésta con aquellas.

El Administrador era el responsable de la buena marcha de las haciendas y quien debía mantener informado sobre las mismas al propietario, sobre todo en nuestro caso, en el que por la documentación de Atenco y Anexas aparentemente éste último no llegó a visitarlas, no obstante, su cercanía con la ciudad de México. El mismo Administrador era la máxima autoridad en las haciendas y quien resolvía los problemas que pudieran presentarse. En las Anexas era representado por el mayordomo, quien en la documentación analizada aparece que percibía un salario de 20 ps. al mes. Por su conducto se efectuaban préstamos a los gañanes. “El administrador carece de todo poder para transformar las posesiones que le son encomendadas; se limita a conservarlas en depósito como un precioso legado de cuya integridad responde ante el dueño; su función se reduce a usufructuar los haberes en beneficio ajeno”.

Entre los trabajadores permanentes podemos mencionar los siguientes: El administrador, sus dos ayudantes, el médico, los vaqueros, el carrocero, los sirvientes de casa, los mayordomos de las otras haciendas, el caudillo, los porteros, el velador, el mozo, y el caballerango. En la Vaquería había caporal, vaquero y pastero. Debe señalarse que de estos trabajadores no todos estuvieron empleados simultáneamente, pero los reportamos como permanentes porque durante un determinado período sí fueron estables.

El caudillo, los vaqueros, el velador, el carrocero, el caballerango y un caudillo jubilado figuraron de 1870 a 1875. Había cinco vaqueros y a partir de 1875 se eliminó uno. Aparte del caudillo en turno, en Atenco figura un caudillo jubilado, quien a pesar de ya no desempeñar completo su oficio, tenía asignada y se le pagaba semanalmente una cantidad inferior del sueldo real, por jubilación.

Entre los trabajadores temporales mencionamos los siguientes: el mayordomo de atajos, trojero, bueyeros, milperos, ayudantes, carretoneros, peones de a pie, colero, puerqueros, aguador, galopina, carpinteros, pastores, jornaleros, orilleros, gañanes, albañiles, techadores, herreros, peones en la ordeña, peones sueltos, en las zanjas, juntando majada y en la presa. El número de trabajadores temporales fue aumentando considerablemente.

Según un inventario de 1755, las haciendas cultivaban maíz, haba y trigo, pero a partir del siglo XIX se incluye cebada, nabo, papa, alberjón y eventualmente frijol y alfalfa.

Fue hasta 1830, luego de la recuperación de la hacienda tras el paso de los “insurgentes” en 1815, cuando La Principal se dedicó de hecho solo a la ganadería, de tal suerte que en la misma se llegó a criar un número considerable de ganado mayor y menor, del que se dotaba a las demás haciendas.

La Principal estaba integrada por los potreros Bolsa de las Trancas, Bolsa de Agua Blanca, Puentecillas, Salitre, Tomate, Tiradero, Tejocote, Tulito, San Gaspar y La Loma, en lo que en general se concentraba el ganado, mientras que en otras haciendas solo había los animales necesarios para la labranza y transporte de los productos.

Al igual que la producción de semillas, el ganado vacuno y el bravo se vendían en su mayor parte a la Ciudad de México, aunque éste también era vendido en Toluca y Tenango (1873), en Tlalnepantla, Metepec, Puebla y Tenancingo (1874). En esos años los toros muy contados, también solo se alquilaban.

De acuerdo con las cifras de los inventarios, el ganado vacuno era el que ocupaba el primer lugar en cuanto al número y comprendía desde la cría hasta la engorda. Figuraba como cerrero, manso, boyada y de más importancia el ganado bravo.

Del ganado se hacía el máximo aprovechamiento, ya que o se vendía en pie, enviándose preferentemente a México. En caso de muerte, se comercializaba su carne, las pieles y el sebo que se procesaba. También se vendía su boñiga.

Por lo que toca a la venta de ganado bravo, en la contabilidad de Atenco figuran, en una época, envíos semanales a México y Toluca, aunque además se anotan remesas a Tlalnepantla, Puebla, Cuernavaca, Tenango, Tenancingo, etc.

Las reses bravas poco se vendían en la región para su lidia, y excepcionalmente se vendían para alguna celebración, como fue el caso de la venta efectuada en mayo de 1857 de 23 toros y 3 novillos para las fiestas que se dieron en Santiago Tianguistenco y Tenango, vendidos en $956.00. Se sabe que también se efectuaban corridas a beneficio de alguna causa en especial, como se deduce de lo siguiente: “Siempre fueron, y siguen siendo, las corridas de toros recurso seguro para obtener rendimientos pecuniarios con qué atender a obras de beneficencia pública y privada, mejoras materiales o para otras erogaciones de índole diversa.

También se llevaban a cabo “corridas en beneficio de la ganadería de Atenco”, ya que según una anotación en los libros, al no concederse el resultado económico de la efectuada el 10 de enero de 1856, en el inventario de reses bravas se da salida a “8 toros remitidos a México para la corrida que se dio a beneficio de la hacienda”, cargándose a $60.00 cada uno; lo anterior debido quizá a la bravura y nobleza del ganado criado en Atenco, pues hay anotación que dice que en 1874 en Tenancingo fue indultado un toro de esta ganadería. Además dicho ganado aún era lidiado en la plaza de toros de México por los años de 1940 y hasta nuestros días, reducida su presencia hasta lo más mínimo.[1]

También se manejaba el ganado manso, en la Vaquería de Santa María donde se realizaba la ordeña. Se contaba para ello con vacas, pero también con toros padre, terneras, toretes y becerros. El ganado manso se dedicaba en su mayor parte al tiro de arados y carretas y un número limitado para engordarse y venderse como carne, puesto que se contaba con ingresos al existir varias carnicerías al interior de Atenco.

Entre otros ganados se contaba con el caballar, mular y asnal. Lanar, porcino, caprino, y desde luego el vacuno en dos variedades: manso y de lidia.

En los años de 1855, 1856 y 1874 el precio de cada toro vendido para las corridas era generalmente de $50.00 y $60.00, aunque eventualmente en el segundo año de los mencionados se llegaron a cobrar hasta $74.00. En ese mismo año las vacas bravas se vendían entre $13.00 y $18.00 y el novillo, si estaba flaco, en solo $10.00. En 1873 los toros vendidos para lidiar en Tenango se cotizaron al mismo precio que los vendidos a Toluca.

OBRAS DE CONSULTA

José Francisco Coello Ugalde, “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Proyecto de tesis doctoral en Historia de México. UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 2006, cuya deliberación quedó pendiente de aprobación. En él, se encuentran reunidos varios anexos que elevan la cantidad de información a poco más de mil páginas en estos momentos. Es una investigación profusamente documentada e ilustrada.

José Julio Barbabosa, “Nº 1 Orijen de la raza brava de Santín, y algunas cosas notables q.e ocurran en ella J(…) J(…) B(…). Santín Nbre 1º/(18)86”. 178 p. Ms.

Nicolás Rangel, Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. fots.

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CELAYA EN FIESTAS, POR LA JURA DE CARLOS IV EN 1791.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

En la Purísima Concepción de Celaya, Guanajuato, ya se habían desarrollado diversos festejos a lo largo del virreinato. Las hubo, ya notables, desde 1621, 1655 o 1695. Sin embargo, son de llamar la atención, aquellas que tuvieron lugar entre el 17 de octubre de 1791 y hasta el 12 de enero de 1792, con motivo de la Jura del señor Carlos IV, ceremonia oficial que al menos, en aquel periodo, demandó la organización de las autoridades para dar a las mismas, el alto rango, que incluía una celebración a la que se sumaba el pueblo.

Al tener a nuestro alcance la “Cuenta de gastos” generada como consecuencia de aquellos festejos, conviene detenerse un poco para entender en qué medida se contaba con las capacidades, aunque también con las limitaciones para llevar a cabo la festividad, la cual se vio afectada por dos razones imprevistas.

En aquella ocasión, el asentista, abonador o empresario, D. Juan Gregorio Bosq., se encargó del montaje, pago y demás asuntos de una plaza efímera en la que se realizaron diez festejos, incluyendo aquellas otras actividades cuyo lucimiento fue crecido, aunque no tanto, como el que días atrás se había realizado en San Miguel el Grande, o como las fiestas que, en 1766 se dieron con motivo de la asunción de Carlos III al trono español.

Entre lo que se dispuso, para que no quedara ningún detalle, fue la adquisición de 100 toros de la hacienda de El Salitre, ubicada entonces en la Sierra de Pinos (Zacatecas), siendo su propietario José González Rojo. Esto significó el traslado a pie de ese hato, lo que era costumbre, a pesar de la distancia, lo que pudo tomar algunos días. También eran infaltables el festejo del “toro de once”, la maroma en la que intervinieron “unos diestros italianos” que integraban la entonces célebre compañía Valenciana, encabezada por Vicente Sánchez, volantines, comedias con obras de Antonio Camato. En la plaza, y ya entrados en las diversiones, se requería del servicio de un cohetero, por aquello de los juguetes de diferentes invenciones, iluminación y cohetes.

Para la comedia, se contrataron músicos y cantantes en tanto que, para amenizar los festejos se pagó el servicio de chirimiteros y tamborileros “para que salieran a combidar (sic) por las calles por todos los días”. Esto significaba un auténtico “convite”, el cual fue a lo largo de muchos años, elemento publicitario que, en buena medida se quedó en las provincias.

Se pagó para componer “el animal de Jerusalem”, se realizó una suerte denominada “D. Pedro de Palo”, que requería a su vez de un potro, lo cual podría remontarse a la representación de la suerte de la sortija, reminiscencia del toreo de a caballo. Hubo también monos negros, chivatos, así como una granada con dulces y palomas, lo cual hace imaginar la cucaña o “palo ensebado”. A estos efectos, debe agregarse la presencia de “dos locos”.

Se adquirieron para la suerte de varas una cuadra de “Bueyes de Begoña”, o bueyes sanchos, mansos y amaestrados. Lo curioso es que juntaban su encornadura y frente con la frente y encornadura del toro mismo, mientras el picador en turno ejecutaba una o varias suertes de acuerdo a su propósito inventivo.

Pago a los toreros.

Sin embargo, los celayenses no contaban por aquellos días que las lluvias iban a ser tan notables, por lo que fueron causantes en la baja de asistencia. Del mismo modo, un estropicio inesperado ocasionó que, al permitirse el ingreso a la plaza –entonces ochavada- de un “carro”, tuvieran que hacer el retiro de algunos tablones pero que los encargados del asunto descuidaron, pues al siguiente día ese sector de la plaza se derrumbó, quedando heridos varios de los asistentes. El “carro”, era con toda seguridad, réplica de aquellos carromatos que representaban la antigua figura de las “tarascas”, lo cual significaba una pieza bastante grande.

Se talló una pieza de cantera conocida como “el pirámide”, en cuya parte más alta iba una estatua o “coloso”, con la representación del monarca. Ese monumento, constaba de pedestal, sotabanco, peana, columna y estatua. Precisamente, entre los talladores se encontraba uno de los diestros que actuaron aquella ocasión. Él era Felipe, “el Mexicano”. Es bueno recordar, que en Celaya habitaba uno de los arquitectos más célebres por aquel entonces, Francisco Eduardo Tresguerras, cuyo ingenio se plasmó en aquella pieza.

Finalmente, la plaza quedó a todo lujo –gracias a las nobles y excelentes Pinturas con que (Tresguerras) adornó dichos Tablados-, y para que no faltara nada, fue a colocarse en lugar especial un arco triunfal, también retocado por el artista. Así, las fiestas comenzaron precisamente con la de la Jura, que es la que cobraba mayor importancia.

Y lo tenía muy claro, Juan Gregorio Bosq. al afirmar “que son de mi cuenta los toros que hallan (sic) de correrse, y serán ocho o nueve diarios según que halla lugar de manera que se complete la diversión del día y asimismo los salarios y vestidos de los Toreros que serán cuatro a pie y dos de a caballo, acomodando para el efecto la gente más diestra que se hayare, y les proveeré de caballos poniendo también un buen lucido para que saquen los toros que se mataren con los mozos correspondientes”.

Y aquellos mozos fueron, María García, que recibió la nada despreciable cantidad de 50 pesos por sus servicios, lo mismo que Andrés, “torero”, Felipe “el Mexicano”, Nicolás Casas, torero picador de a caballo y Alonso Gómez “El Zamorano”. Por su parte Juan y José María Montesinos, se les asignó sueldo de 31 pesos 2 reales y al “Tarimbeño”, 20. Así que aquella pequeña compañía bastaba y sobraba para intervenir en las diez tardes.

Y para que no falte detalle al respecto, la Gazeta de México, del martes 29 de noviembre de 1791 apuntaba:

Celaya, Noviembre 18.

En esta Ciudad de la Purísima Concepción se ha publicado por Bando la Proclamación de nuestro Augusto Católico Monarca el Señor DON CARLOS IIII, que se ha de celebrar el día 10 de Diciembre inmediato con Paseo en su tarde, con Misa de gracias, y Paseo de Carros triunfales de los Gremios; el día 11 y el 12 con igual Paseo, que harán los Indios representando algunos pasajes de su Gentilidad, los que terminarán con alusiones a la maravillosa Aparición de nuestra señora de Guadalupe. En estas tres noches habrá fuegos artificiales, en que se han apurado los primores del ingenio, y se iluminará toda la Ciudad.

Desde el día 13 comenzarán dos semanas de corridas de Toros en un Circo famoso por su decoración, habiéndose esmerado con todos los recursos del arte, y se cree será la diversión completa, por el cuidado que se ha puesto en que no falte circunstancia de las que puedan contribuir a su lucimiento.

Las tardes que no haya Corridas, hará en el mismo Circo sus extraordinarias habilidades la famosa Compañía Valenciana de Vicente Sánchez en la cuerda floja y tirante, ejecutando varios saltos nuevos y nunca vistos con el del trampolín, y el portentoso de los cinco caballos; por las noches se harán Comedias muy bien ensayadas y con varias piezas de gusto en sus intermedios.

Se han elegido Toros de raza muy especial, y excelentes Lidiadores de a pie y a caballo, con cuyas prevenciones y las demás referidas se dará al Público una completa diversión.

Y así fue, en efecto, aunque sin faltar aquellos dos puntos que desmerecieron un poco en aquellos festejos, en los cuales hubo necesidad de solicitar a Juan Gregorio Bosq la devolución de $20,275 pesos de la cantidad en que se remató a D. Manuel Soria la plaza de Celaya. Así que solo en la parte económica, no hubo lo que se esperaba.

Este y otros apuntes, forman parte de la que será la segunda edición, corregida, aumentada y actualizada de mi libro “Celaya: Rincón de la provincia y su fiesta de toros durante cuatro siglos”, que se publicó en 2002, y que pronto estará al alcance de los interesados.

DOCUMENTOS CONSULTADOS

Archivo General de la Nación, Ramo Historia: Diversiones Públicas, Vol. 480, exp. 1 que refiere que “Don Manuel de Soria, vecino de Querétaro, sobre que se suspendan las corridas de toros que se han de hacer en Celaya por la Jura de Carlos IV.-1791. 13 f.

El otro documento, corresponde al mismo ramo, exp. Nº 2, de cuyas 110 fojas se toman las que mencionan la “Cuenta de los gastos que se hicieron en la Plaza de Toros que se puso en la Ciudad de Celaya, para la celebración de la proclamación de N. Católico Monarca el Sor. Dn. Carlos IV. Q.D.G.”

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EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

I

   Corría el mes de septiembre de 2019. En aquel entonces, el Presidente de la República, Lic. Manuel Andrés López Obrador, en una de sus conferencias “mañaneras”, tras escuchar la pregunta de alguno de los periodistas allí presentes, respondió que el asunto o destino de la tauromaquia tendría que someterse a consulta. Eran días también en que se celebraba en la ciudad de Tlaxcala el II Coloquio Internacional sobre Tauromaquia, el cual tuvo como fondo central una nueva afirmación de argumentos relacionados con el valor que, en tanto legado o patrimonio tiene esta expresión milenaria. Evidentemente, todos quienes participamos, concentramos en el “Pacto de Tlaxcala” nuestro posicionamiento en los siguientes términos:

Sr. Lic. Andrés Manuel López Obrador,

Presidente Constitucional de los

Estados Unidos Mexicanos.

Los abajo firmantes, respetuosamente nos dirigimos a usted con objeto de plantear un asunto que consideramos no solo relevante, sino también preocupante dada la naturaleza de su origen.

Sabemos de antemano, que es un convencido del legado que la figura pública y política de Benito Juárez ha marcado en usted. Y que la sola frase por el pronunciada, de que “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, es paradigma fundamental en su gobierno.

A pregunta expresa hecha el pasado 5 de septiembre, en su acostumbrada conferencia en Palacio Nacional, se le planteaba la posibilidad sobre si los toros deben prohibirse o no. Su respuesta fue plantear que el punto se someta a una “consulta” popular, lo que significa también, poner en riesgo, en caso de suceder una votación adversa, que la tauromaquia quede sujeta a desaparecer.

Por tal motivo, y a continuación, deseamos mostrar un claro posicionamiento que proviene de la afortunada reunión de un grupo de aficionados, pero también de especialistas y profesionales, en la ciudad de Tlaxcala, presentando aquellos argumentos que, desde nuestra perspectiva, consideramos como elementos que justifican una clara defensa para conservar debidamente este patrimonio. Resultado de lo anterior, es la siguiente declaración del

PACTO DE TLAXCALA.

Nosotros taurinos, fundados en el derecho de la libertad, manifestamos que el patrimonio cultural de la tauromaquia, es una expresión que se integró a la vida cotidiana de nuestro país, alcanzando cerca de 500 años de convivir entre nosotros.

A lo largo de casi cinco siglos, es y ha sido parte de la cultura popular, y de que siendo resultado de un evidente mestizaje entre dos culturas –europea y precolombina-, ha conseguido integrarse en diversas poblaciones de nuestro territorio, maridaje que está vivo hasta nuestros días.

Su presencia ha permitido crear entornos naturales, como la ganadería cuyo sustento hoy día es la ecología y la biodiversidad. Que solo en ese rubro, es fuente de trabajo para unas 60 mil personas, entre otros aspectos que redundan en una derrama económica favorable, sin dejar de mencionar otro sinnúmero de asuntos que favorecen la dinámica en este patrimonio.

De someter al espectáculo taurino en todas sus representaciones a una consulta popular, ello vulnera en principio, lo establecido por la Convención para la salvaguarda del patrimonio cultural, documento que emitió la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas), el 17 de octubre de 2003, mismo que plantea lo siguiente:

  1. a) la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial;
  2. b) el respeto del patrimonio cultural inmaterial de las comunidades, grupos e individuos de que se trate;
  3. c) la sensibilización en el plano local, nacional e internacional a la importancia del patrimonio cultural inmaterial y de su reconocimiento recíproco;
  4. d) la cooperación y asistencia internacionales.

Por otro lado, e igual de importante es:

-Que el alma de los pueblos que es su cultura, no se prohíbe, se defiende, se conserva y se protege.

-Que ninguna autoridad puede prohibirla válidamente, y mucho menos invocando una legitimidad basada en dudosas consultas.

Y aún más. Un elemento cultural, incluso por ser minoritario, no puede ser descalificado como tal, ni sometido a voto alguno, pues en ese caso se utilizaría un supuesto proceso democrático como instrumento de censura cultural.

Por lo tanto, invocando el sentido de madurez que recae en los destinos que, como Presidente de México nos plantea, conduciendo al país por los senderos de la prosperidad, conviene una reflexión donde se imponga un razonable sentido para proteger esta clara manifestación cultural, en el entendido de que no es, ni por asomo, cuanto se argumenta en su contra, sino que se constituye y representa como un profundo proceso ritual, de honda tradición milenaria, suma de aportaciones legadas por diversas culturas, las de oriente y occidente. Y que luego, a partir de 1526 se materializan aquí, se integran y se enriquecen con valores y elementos que provienen de una compleja consecuencia, derivada del proceso de conquista, hace ya 500 años.

Superado el trauma, pero sobre todo asimilada e integrada aquella experiencia, el mestizaje surtió efecto y el toreo, entre otros aspectos fue integrado y hecho suyo por el espíritu de nuestros pueblos que hasta hoy lo conservan y mantienen como propio.

Apelamos respetuosamente, con objeto de que, sin necesidad de esa alternativa en la que una simple votación elimine o pueda eliminar una tradición; por el simple hecho de respetar la opinión de las mayorías, esto podría sentar un claro precedente donde también otros aspectos de la vida cultural en este país, queden condenados al mismo racero.

Creemos firmemente que el poder no existe. Se crea.

   Desde la ciudad de Tlaxcala, septiembre 6 de 2019.

 II

   Hace apenas unos días (justo el 14 de mayo anterior), en idénticas circunstancias, el actual vicepresidente español, Pablo Iglesias, en inoportuno y deliberado oportunismo, volvió a la carga con su acostumbrada postura antitaurina, y con esa frase –que intento fuese demoledora- de que “A mi no me gusta y me incomoda enormemente que se reivindique como una práctica cultural a proteger algo que no puedo evitar ver como hacer mucho daño a un animal en un espectáculo para que disfrute gente”.

Pues bien, a resultas de lo anterior, lo correcto sería no responder a tan privilegiado asunto en el que, aprovechando la desescalada, y volviendo a subir al estrado principal en el estamento político español, le argumento lo que sigue:

La presente crisis ocasionada –como usted sabrá, por la pandemia del coronavirus- que, a nivel mundial padecemos, dejará una larga estela de consecuencias, mismas que tardarán años en recuperar la “estabilidad” a la que estábamos acostumbrados. Por tanto, es un buen momento para reflexionar y equilibrar ese todo. Evidentemente el factor económico será el primero por atender. Una secuela terrible se impondrá como ese daño colateral que nadie desea pero será inevitable.

Tomando en cuenta todo lo anterior, la cultura en su conjunto, deberá ser revalorizada. En ese sentido, una expresión como la tauromaquia, bien organizada en sus estructuras, podrá salir adelante. Conviene dejar pasar lo inestable de este 2020, y retomarla en 2021 para lo cual deben ponerse en marcha, mecanismos que hagan posible su presencia y su vigencia, tomando en cuenta el paso de la tradición y el de su esencia, intocados de mejor manera, pero ajustando tales elementos a los tiempos por venir.

En ese mantenerla, pero también ese depurarla, habrá que considerar todos aquellos elementos que le causaron daño, perdiendo certeza y credibilidad. La corrida de toros es ante todo, un ritual, que no debe perder nada de lo que la hace majestuosa, inigualable. Incluso, y sin la garantía de conservación que perece por parte de la UNESCO misma, ya es un auténtico patrimonio cultural inmaterial en el que la comunidad toda debe defender responsablemente, siempre bajo la rotunda carga de circunstancias que tocan su pervivencia milenaria o secular. Al tratarse de un ritual en el que se vinculan intensamente la vida y la muerte, esto no puede entrar en conflicto con una colectividad que se opone, en la teoría y la práctica, a su desarrollo. Si el argumento es “maltrato animal”, esto debe quedar claro al largo proceso donde su puesta en escena cobra una intensidad que pocos espectáculos poseen. Sus tiempos, sus pasos están encaminados de manera armónica a la culminación del acto sacrificial, del holocausto, por vía de un conjunto de factores hacia la consagración. Por tanto, nosotros los taurinos, tenemos absoluta certeza de que en ese particular despliegue de circunstancias, ocurren de manera incomparable cada uno de sus cuadros.

Vendrá el momento de definir cómo habrá de transitar de aquí en adelante. En realidad, los ajustes son mínimos (poner los ojos en el reglamento taurino, por ejemplo) e intensificar su presencia bajo el principio de una digna conservación. La historia, la estética y otras especialidades serán necesarias para fortalecerla en todo momento, aunque no debemos caer en las debilidades, ni tampoco en el coqueteo de los lugares comunes que acaban por ponernos en evidencia.

La suma de voluntades, del “todos a una” deberá ser la respuesta contundente, homogénea y sensata para una nueva época del toreo. Recuerdo, sólo como dato complementario, que, en 2026 se cumplirán 500 años de toros en México, conmemoración de la que esperamos una grandiosa oportunidad para demostrar cuán importante ha sido la presencia de este espectáculo ya, como un legado, un patrimonio.

México, mayo 21 de 2020.

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SUERTES TAURINAS EN DESUSO. (2 de 2).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Escena de una mojiganga, desarrollada hacia mediados del siglo XIX. Col. del autor.

   Andando el tiempo, justo en 1724, ocurre la abdicación de Felipe V, provocada según Domínguez Ortiz a un “recrudecimiento de la dolencia mental del rey” sometida a escrúpulos religiosos, lo cual orientó su opinión al no llevar bien las riendas de la monarquía. El “castrato” Farinelli ayuda a superar los estados de depresión del monarca, quien en 1737 acusa gravedad, descuidándose en su persona, luego de padecer 20 años esos problemas. La reina Isabel de Farnesio pidió al “castrato” que cantara en una pieza contigua donde se hallaba su majestad con el fin de que ese fuera un remedio, luego de intentos fallidos. Y el remedio tuvo resultado. El borbón volvió a sentirse mejor y al querer compensar a Farinelli este sólo le pidió al rey que se arreglara en su persona y de nuevo atendiera los problemas del gobierno.

   Era entonces y se comportaba el rey como un extravagante. Se pierde entre la obscura selva de fueros y franquicias de las regiones españolas y echa de menos el centralismo francés y su montaje administrativo impecable.[1]

   En ese estado de cosas pudo suceder el ya conocido desprecio que en gran medida se debió al cambio social -ese afrancesamiento del que fue permeándose la burguesía, la cual entra de lleno a una cultura que le es ajena pero que acepta para congratularse con el rey y su ministerio-. En tanto, el pueblo, asumiendo una posición ya conocida como del flamenquismo, gitanería, majismo, aprovecha esa concesión apoderándose de una estructura que en el fondo les pertenecía. Estamos ante lo que se conoce como una “reacción castiza”.

En seguida, se recoge un cuadro sintético del prereformismo borbónico, el cual nos orientará a otras latitudes.

Cuando caracterizamos al siglo XVIII español como reformista pensamos, ante todo, en la actividad desplegada durante el reinado de Carlos III, a la que sirvió de pórtico, en algunos sectores, la de los ministros de Fernando VI. El reformismo del primer borbón fue de distinto signo y, en general, mucho más moderado. No se propuso reformas ideológicas o sociales. Su finalidad era reforzar el Estado, para lo cual había que atacar sectores contiguos, en especial el económico. También debía asegurarse el control sobre una Iglesia prepotente. Tres son, por lo tanto, los aspectos a considerar: la reorganización del aparato estatal, el intervencionismo en el campo económico para lograr una mayor eficacia y el reforzamiento del regalismo en materia eclesiástica.[2]

Ahora toca apreciarlas, tal y como se desarrollaban en la plaza de San Pablo. Col. del autor.

   Se va vislumbrando desde España una dispersión, un relajamiento de las costumbres, de las modas y modos, hasta llegar a extremos de orden sexual. Caemos pues, en el relajamiento de las costumbres mismo que se va a dar cuando el afrancesamiento, más que las ideas ilustradas es ya influyente. Para el último tercio del XVIII se manifiestan comportamientos muy agitados en la vida social.

Va a ser importante referir las maneras en que los novohispanos de fines del XVIII reciben y aplican las alternativas de la “reacción castiza” propia del pueblo español, reacción que aquí se incrementó junto a otra de similares condiciones. Me refiero a la reacción criollista,[3] dada como resultado a los ataques de parte de ilustrados europeos entre algunos de los cuales opera un cambio de mentalidad irracional basado en la absurda idea sobre lo ínfimo en América. Buffon, Raynal, de Pauw se encargan de despreciar dicha capacidad a partir de puras muestras de inferioridad, de degeneración. Todo es nada en el Nuevo Mundo. Ese conjunto de diatribas sirvieron para mover al criollo a su natural malestar y a preparar respuestas que comprueben no solo igualdad sino un hondo deseo de mostrar toda su superioridad, lo cual le permite descubrirse a sí mismo.

Ese modo de comportarse da al mexicano sellos originales de nacionalismo criollo, un nacionalismo que no se significará en cuanto tal para el toreo, aunque este va a asumir una propia y natural expresión. Y si natural puede llamarse al estado de cosas que se anunciaba, es decir, la independencia, ésta se enriqueció a partir de factores en los que

A pesar de encontrar oposición, España continuó con la extensa reorganización de su imperio durante los últimos años del siglo XVIII, proceso al que comúnmente se le conoce como las Reformas Borbónicas.[4] Estableció un ejército colonial, reorganizó las fronteras administrativas y territoriales, introdujo el sistema de intendencias, restringió los privilegios del clero, reestructuró comercios, aumentó los impuestos y abolió la venta de oficios. Estos cambios alteraron antiguos acuerdos socieconómicos y políticos en detrimento de muchos americanos.[5]

Luego, con el relajamiento van de la mano el regalismo y un centralismo, aspectos estos importantísimos para la corona y su política en América desde el siglo XVI, de los cuales se cuestiona si favorecieron o contrariaron el carácter americano. Ello es posible de confirmar en las apreciaciones hechas por Hipólito Villarroel en su obra de 1769, Enfermedades políticas… donde se acusa una total sociedad desintegrada, tal y como puede palparse a continuación:

El desorden de todas las instituciones era responsable de la despoblación y destrucción de los habitantes y el gobierno debía remediarlo mediante una nueva legislación para todo. Las grandes ciudades como la de México, se cargaban de maleantes y de lupanares y todo sucedía a la vista de las autoridades, porque también representaban otra carga de personas varias, ostentosas e insoportables. Todos vivían como se les antojaba y llegaban a perturbar hasta el reposo, de día y de noche, y no se atendía a los reglamentos que existían para uno de los corregidores.[6]

   De nuevo el relajamiento, respuesta dispersora de la sociedad,[7] misma que encuentra oposición de parte de los ilustrados, quienes definen al toreo como

un entretenimiento tan cruel y sangriento como éste, [que] era indigno de una nación culta. ¿Qué podía pensarse, decían ellos, de un pueblo que gozaba viendo cómo se sacrificaba a un animal que no hacía más que defenderse y cómo un hombre arriesgaba su vida, y a veces la perdía, sin razón alguna?[8]

Ellos mismos se encargaron de encontrarle muchos males sociales. Así, con sus observaciones detectan oficinas de gobierno vacías; padres que gastan sumas elevadas para ir a ellas (a las corridas), privando de necesidades vitales a sus familias lo cual en suma ocasionaba el empobrecimiento de la población. Y en otros términos caían en la tentación del dispendio.

Los ilustrados encabezados por Feijoo, Clavijo y Cadalso, se oponen. Para Campomanes el toreo es la ruina y en Jovellanos es la negativa de popularidad total sin embargo, a todos ellos, se contrapone Francisco de Goya y toda su fuerza representativa, misma que dejó testimonio vivo de lo que fueron y significaron aquellas fiestas bajo el dominio de Carlos IV. Y es que Goya deja de padecer la guerra y sobre todo la reacción inmediata a ella, refugiándose en la sugerencia que Nicolás Fernández de Moratín le ofrece en su Carta Histórica.[9] Es decir, ese recrear la influencia de los moros y que a su vez quedó impresa en el toreo, es el resultado directo de la TAUROMAQUIA de Goya.

 

Por su parte Gaspar Melchor de Jovellanos propone luego de concienzudo análisis, que la estatura del conocimiento permite ver en los pensadores un concepto del toreo entendido como diversión sangrienta y bárbara. Ya Gonzalo Fernández de Oviedo

pondera el horror con que la piadosa y magnífica Isabel la Católica vio una de estas fiestas, no se si en Medina del Campo [escribe Jovellanos]. Como pensase esta buena señora en proscribir tan feroz espectáculo, el deseo de conservarla sugirió a algunos cortesanos un arbitrio para aplacar su disgusto. Dijéronle que envainadas las astas de los toros en otras más grandes, para que vueltas las puntas adentro se templase el golpe, no podría resultar herida penetrante. El medio fue aplaudido y abrazado en aquel tiempo; pero pues ningún testimonio nos asegura la continuación de su uso, de creer en que los cortesanos, divertida aquella buena señora del propósito de desterrar tan arriesgada diversión, volvieron a disfrutarla con toda su fiereza.[10]

   Jovellanos plantea en su obra PAN Y TOROS el estado de la sociedad española en el arranque del siglo XIX. Es una imagen de descomposición y relajamiento al mismo tiempo y al verter sus opiniones sobre los toros es para satirizarlos diciendo que estas fiestas “ilustran nuestros entendimientos delicados, dulcifican nuestra inclinación a la humanidad, divierten nuestra aplicación laboriosa, y nos prepara a las acciones guerreras y magnánimas”. Pero por otro lado su posición es subrayar el fomento hacia las malas costumbres cotejando para ello a culturas como la griega con el mundo español que hace suyo el espectáculo, llevándolo por terrenos de la anarquía y la barbarie, sin educación también que no tienen los españoles -a su juicio- frente a ingleses o franceses ilustrados. Y así se distingue para Jovellanos España de todas las naciones del mundo. Pero: “Haya pan y toros y más que no haya otra cosa. Gobierno ilustrado, pan y toros pide el pueblo, y pan y toros es la comidilla de España y pan y toros debe proporcionársele para hacer en los demás cuanto se te antoje”.

Hago aquí reflexión del papel monárquico frente a las propuestas de Jovellanos. Cuanto ocurrió bajo los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III se puede definir como etapa esplendorosa, que facilitó la transición del toreo, de a caballo al de a pie, permitiendo asimismo que la fiesta pasara de un estado primitivo, a otro que alcanzó aspectos de orden a partir de la redacción de tauromaquias como Noche fantástica, ideático divertimento (…) y la de José Delgado que sigue siendo un sustento por las muchas implicaciones que emanan de ella y aun son vigentes. La llegada al poder de Carlos IV significó la llegada también de los ideales ilustrados ocasionando esta coincidencia un férreo objetivo por desestabilizar al pueblo y su fiesta. En alguna medida los ilustrados lo lograron, pero ello no fue en detrimento del curso del espectáculo. La crítica jovellaniana recae en opiniones casadas con la civilización y el progreso, tal y como fue vertida por Carlos Monsiváis a propósito de la representación de la ópera “Carmen” efectuada el 22 de abril de 1994 en la plaza de toros “México”[11]. Sin duda, existen personajes públicos en suma bien preparados que lo mismo aceptan o rechazan los toros como espectáculo o como fiesta. Esto siempre ha ocurrido, aunque no ha sido así cuando pretenden ir más allá y atentar contra la fiesta de toros. Pocas iniciativas han prosperado (en el caso de esta tesis, un conjunto de factores sociales, económicos e históricos son motivo de profundo análisis para entender el porqué de la prohibición de 1867). En algunos países latinoamericanos, luego de definirse sus respectivas formas de gobierno -casi siempre militarista, centralista, dictatorial-, fueron liquidadas las demostraciones taurinas.

De regreso con los borbones, quienes al igual que la católica Isabel, dispusieron un cambio de fisonomía para la fiesta de toros. Sin embargo, como hemos visto, la continuidad se garantiza gracias a la forma en que el pueblo la acepta y se apropia, proporcionándole -conforme a cada época- un sello propio. Y tanto la “buena señora… (volvió) a disfrutarla con toda su fiereza”, así también los borbones apoyan inclusive la promoción de la fiesta en diversos sentidos, que ni la “Pragmática-sanción” con la cual se “prohibían las fiestas de toros de muerte en los pueblos del Reino” de 1785 provocó daño alguno y las cosas siguieron un curso normal.

Que hubiera en Nueva España algunos virreyes poco afectos a los toros es natural, pero una prohibición de gran alcance no se dejó notar. En 1801 el virrey Marquina, el de la famosa fuente en que se orina prohibió una corrida ya celebrada con mucha pompa, a pesar de la gota del simpático personaje.

En el ambiente continuaba ese aire ilustrado que por fin encontró modo de coartar las diversiones taurinas, por lo menos de 1805 a 1809 cuando no se sabe de registro alguno de fiestas en la ciudad de México. Y es que fue aplicada la Novísima Recopilación, cédula que aparece en 1805 bajo el signo de la prohibición “absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y de novillos de (sic) muerte”. En el fondo se pretendía

Abolir unos espectáculos que, al paso que son poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio a la agricultura por el estorbo que ponen, a la ganadería vacuna y caballar, y el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionaban en días que deben ocupar en sus labores.[12]

   Y bien, bajo todo este panorama, ¿qué era del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, tan ampliamente conocido; sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

No hay mucho que decir. El toreo va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales que fueron los caballeros serán personajes secundarios en una diversión casi exclusiva al toreo de a pie, mismo que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Es más.

En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.[13]

Una mojiganga en el ruedo de la hacienda de Santín. (Ca. 1925). Col. del autor.

   A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograban cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía es resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. Por eso, vale la pena detenerme un momento para explicar que el hecho de acudir continuamente a la expresión “anarquía”, es porque no se da y ni se va a dar bajo calificación peyorativa. Es más bien, una manera de explicar la condición del toreo cuando este asume unas características más propias, alejándose en consecuencia de los lineamientos españoles, aunque su traza arquitectónica haya quedado plasmada de manera permanente en las distintas etapas del toreo mexicano; que también supo andar sólo. Así rebasaron la frontera del XIX y continuaron su marcha bajo sintomáticos cambios y variantes que, para la historia taurómaca se enriquece sobremanera, pues participan activamente algunos de los más representativos personajes del momento: Hidalgo, Allende, Morelos o el jefe interino de la provincia de México Luis Quintanar. Años más tarde, las corridas de toros decayeron (un incendio en la plaza San Pablo causó larga espera, desde 1821 y hasta 1833 en que se reinauguró). Prevalecía también aquel ambiente antihispano, que tomó la cruel decisión (cruel y no, ya que no fueron en realidad tantos) de la expulsión de españoles -justo en el régimen de Gómez Pedraza, y que Vicente Guerrero, la decidió y enfrentó-. De ese grupo de numerosos hispanos avecindados en México, había comerciantes, mismos que no se podía ni debía lanzar, pues ellos constituían un soporte, un sustento de la economía cabisbaja de un México en reciente despertar libertario. En medio de ese turbio ambiente, pocas son las referencias que se reúnen para dar una idea del trasfondo taurino en el cambio que operó en plena mexicanidad.

Con la de nuestros antepasados era posible sostener un espectáculo que caía en la improvisación más absoluta y válida para aquel momento; alimentada por aquellos residuos de las postrimerías dieciochescas ya relatadas atrás con amplitud. Y aunque diversos cosos de vida muy corta continuaron funcionando, lentamente su ritmo se consumió hasta serle entregada la batuta del orden a la Real Plaza de San Pablo, y para 1851 a la del Paseo Nuevo. Escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero tan de poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia.


[1] Ib., p. 29.

[2] Domínguez Ortiz, ibidem., p. 84.

[3] Edmundo O’Gorman. Meditaciones sobre el criollismo, p. 24. El criollismo es, pues, el hecho concreto en que encarna nuestra idea del ser de la Nueva España y de su historia; pero no ya entendido como mera categoría racial o de arraigo domiciliario, ni tampoco como un “tema” más entre otros de la historia colonial, sino como la forma visible de su interior dialéctica y la clave del ritmo de su desenlace.

[4] Las Reformas Borbónicas en México son los cambios propiciados por el gobierno español y las medidas que se tomaron para llevarlos a cabo.

[5] Universidad de México. Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México. Septiembre, 1991. “El proceso político de la Independencia Hispanoamericana” por Jaime E. Rodríguez O., p. 10.

[6] Carlos Bosch García. La polarización regalista de la Nueva España, p. 155.

[7] Viqueira, Op. cit., p. 16. No está de más señalar que esta idea de un “relajamiento” generalizado de las costumbres forma parte de una caracterización más bien positiva de la situación económica, social y cultural de la Nueva España en ese siglo: penetración del pensamiento ilustrado, de la filosofía y de las ciencias modernas, múltiples reformas con el “fin de promover el progreso espiritual y material del reino novohispano” (reformas administrativas, medidas estatales filantrópicas y de beneficencia social), todo eso acompañado y sostenido por un “auge de la riqueza” debido al enorme aumento de la producción minera.

[8] Ibidem., p. 43.

[9] Nicolás Fernández de Moratín. Las fiestas de toros en España Vid. Delgado, José: La Tauromaquia. (Véase bibliografía).

[10] Gaspar Melchor de Jovellanos. Espectáculos y diversiones públicas, p. 95-6.

[11] Véase La Jornada Nº 3454, del 21 de abril de 1994, p. 59: “Sobre las corridas de toros”.

[12] Flores Hernández, ib., p. 263.

[13] Benjamín Flores Hernández. La ciudad y la fiesta, p. 111.

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SUERTES TAURINAS EN DESUSO. (1 de 2).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Las representaciones “parataurinas” no tuvieron reposo en buena parte del siglo XIX mexicano. Grabado que ilustra una de las tantas mojigangas que se integraban al festejo taurino; la suerte de la “memela” y el coleo o jaripeo que también se practicaron en forma permanente en las plazas de toros.

Dos nuevas publicaciones de mi autoría, serán incluidas muy pronto, en el ambicioso proyecto editorial que viene realizando FOMENTO CULTURAL TAUROMAQUIA HISPANOAMERICANA (http://www.fcth.mx/index.html). Se trata de “Las mojigangas: aderezos imprescincibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX”, y la “Galería de suertes taurinas en desuso. (Siglos XVI-XIX)” que han de dar cuenta sobre todas aquellas representaciones que intensificaron –aún más-, los espectáculos taurinos en aquellos siglos. Vienen aquí algunos detalles que comparto con ustedes.

Cuando la corrida de toros, como espectáculo organizado ha contado, a lo largo de diversas épocas con otros elementos en su desarrollo, nos encontramos con lo que simple y sencillamente podemos considerar como aderezos o mojigangas, también llamados elementos parataurinos.

Cuando se revisan los viejos documentos, se encuentran frecuentemente una serie de referencias que nos van dando idea del tipo de agregados que se desarrollaron en buena parte del periodo virreinal, y no se diga con todo lo sucedido en el siglo XIX.

En ese sentido, el apoyo de las investigaciones realizadas por el Dr. Benjamín Flores Hernández nos ha ayudado mucho a los historiadores para entender ese peculiar comportamiento. Nos provee de rica información como la que sigue:

-Lidia de toros en el Coliseo de México, desde 1762

-lidias en el matadero;

-toros que se jugaron en el palenque de gallos;

-correr astados en algunos teatros;

-junto a las comedias de santos, peleas de gallos y corridas de novillos;

-ningún elenco se consideraba completo mientras no contara con un “loco”;

-otros personajes de la brega -estos sí, a los que parece, exclusivos de la Nueva España o cuando menos de América- eran los lazadores;

-cuadrillas de mujeres toreras;

-picar montado en un burro;

-picar a un toro montado en otro toro;

-toros embolados;

-banderillas sui géneris. Por ejemplo, hacia 1815 y con motivo de la restauración del Deseado Fernando VII al trono español anunciaba el cartel que “…al quinto toro se pondrán dos mesas de merienda al medio de la plaza, para que sentados a ellas los toreros, banderilleen a un toro embolado”;

-locos y maromeros;

-asaetamiento de las reses, acoso y muerte por parte de una jauría de perros de presa;

-dominguejos (figuras de tamaño natural que puestas ex profeso en la plaza eran embestidas por el toro. Las dichas figuras recuperaban su posición original gracias al plomo o algún otro material pesado fijo en la base y que permitía el continuo balanceo);

-en los intermedios de las lidias de los toros se ofrecían regatas o, cuando menos, paseos de embarcaciones;

-diversión, no muy frecuente aunque sí muy regocijante, era la de soltar al ruedo varios cerdos que debían ser lazados por ciegos;

-la continua relación de lidia de toros en plazas de gallos;

-galgos perseguidores que podrían dar caza a algunas veloces liebres que previamente se habían soltado por el ruedo;

-persecuciones de venados acosados por perros sabuesos;

-globos aerostáticos;

-luces de artificio;

-monte carnaval, monte parnaso o pirámide;

-la cucaña, largo palo ensebado en cuyo extremo se ponía un importante premio que se llevaba quien pudiese llegar a él.

Además encontramos hombres montados en zancos, enanos, figuras que representan sentidos extraños.

Forma esto un básico. Ese gran contexto se entremezclaba bajo cierto orden, esquemáticamente hablando. La reunión popular se encargaba de deformar ese proceso en un feliz discurrir de la fiesta como tal. Veamos, para comenzar algunos comportamientos ocurridos, sobre todo durante el siglo XVIII para entender condiciones que encaminaron al espectáculo por nuevos senderos.

Con la diversión de los toros, España, que vive intensamente el espectáculo sostenido por los estamentos, va a encontrar que estos no tienen ya mayor posibilidad de seguir en escena, pues

el agotamiento que acusa el toreo barroco se vio, desde los primeros años del siglo XVIII, acentuado por el desdén con que Felipe V, el primer rey español de la dinastía francesa de los Borbones trató a la fiesta de toros.[1]

   De tal suerte que lo mencionado aquí, no fue en deterioro de dicho quehacer; más bien provocó otra consecuencia no contemplada: el retorno del tumulto, esto es, cuando el pueblo se apodera de las condiciones del terreno para experimentar en él y trascender así el ejercicio del dominio. Sin embargo, José Alameda (Carlos Fernández Valdemoro) dice que el carácter que Felipe V tiene de enemigo con la fiesta es refutable. Refutable en la medida en que

La decadencia inevitable de la caballería y el cambio social con que la clase burguesa va desplazando a la aristocrática bajarán pronto al toreo del caballo.[2]

Sobre esta transformación, Néstor Luján ofrece factores testimoniales de acentuado interés al tema. Señala

como una de las causas principales el cambio de manera de montar: pues se pasó de la ágil “a la jineta” a la lenta brida, con lo cual era difícil quebrar rejones. Con este sistema, es lógico que, refrenados los caballos se usase la vara de detener, que es la de los picadores. Sea como fuere, el caso es que las fiestas de toros a caballo empezaron a desaparecer. Con la gran fiesta de 1725 (del 30 de julio de 1725), afirma Moratín que se “acabó la raza de los caballeros”. Y entonces, como paralelamente a esta desgana de los próceres por lo español, se desarrollaba un movimiento popular totalmente contrario, empiezan a tener éxito las corridas de a pie.[3]

Por su parte Alameda aduce que a Felipe de Anjou

se le achaca el haber puesto fin a las fiestas del toreo a la jineta por despreciables, contribuyendo a su inmediata liquidación. Indudablemente esto último es cierto. Pero ahí se detienen sus críticos, a quienes se les olvida o desdeñan el resto de la cuestión, su contrapartida.[4]

   Justifica este autor una serie de razones como el amanecer ilustrado que fue dándose en el curso de esa centuria, la más revolucionaria en el sentido de la avanzada racional. Pero estamos en el tramo comprendido entre 1725 y 1730. Ha pasado ya un cuarto de siglo luego de la toma del poder monárquico en España por parte del quinto Felipe.

La caballería se halla en quiebra. El toreo a la jineta es un muerto en pie, que sólo necesita un empujón para derrumbarse. Pero el toro, raíz de la Fiesta, sigue ahí plantado en el plexo solar de España. Y frente a él está el pueblo. Pueblo y toro van a hacer la fiesta nueva. No el monarca(…).[5]

La hermosa portada del libro de Nicolás Rangel parece advertirnos sobre las circunstancias que hasta aquí vienen relatándose.

Y ese pueblo comienza por estructurar el nuevo modo de torear matando los toros de un modo prehistórico, con arpones y estoques de hoja ancha, y torean al animal con capas y manteos o con sombreros de enormes alas, que promovieron, al ser prohibidos, el grotesco y sangriento motín de Esquilache.

Benjamín Flores Hernández acierta en plantear que

  El arte taurómaco se revolucionó: la relación se había invertido y ya no eran los de a pie los que servían a los jinetes sino estos a aquellos.[6]

   Todavía llegó a más el monarca francés: apoyó por decreto de 18 de junio de 1734 al torero Juan Miguel Rodríguez con pensión vitalicia de cien ducados. Apoyó asimismo la construcción de una plaza de madera para el toreo de a pie, cerca de la Puerta de Alcalá, que se inauguró el 22 de julio de 1743.

Y todo ello ¿con qué propósito?

(…) halagar al pueblo y mostrarle que está con él. No es permisible que Felipe realizara aquellos actos por lo que llamamos afición a los toros, por taurinismo, sino para ganarse su simpatía y su apoyo. Ello parece obvio.[7]

   Todo esto fue causando desórdenes mayores y la arena se convertía en auténtica congregación no solo de público. Se podían ver limosneros, aguadores, vendedores de frutas, dulces y pasteles, por lo que la autoridad tuvo que poner fin a los desmanes promulgando bandos como los de 1769, 1787 y 1794 respectivamente.

Quien si no otro, el pueblo, hizo suyo el espectáculo. De una estampa de la emblemática publicación periódica de La Lidia en la España de finales del siglo XIX que así recreaba las escenas ocurridas una centuria atrás.

Llegó momento en que las corridas, o remedo de estas solo cumplían la lógica de la ganancia y el consumo, lo cual se tradujo en protesta popular, esto a fines del siglo XVIII.

¿Qué trajo consigo todo esto?

En opinión de los ministros de las cajas reales, era necesaria ya una plaza fija, capaz de servir y funcionar en cuanta corrida se organizara. Dicha realidad se daría hasta 1815, año en que la plaza de San Pablo adquirió el carácter correspondiente para cubrir con aquellas nuevas necesidades.

Hipólito Villarreal en su libro Enfermedades políticas que padece la capital de esta Nueva España… ya manifiesta, como lo hicieron algunos funcionarios, que las fiestas de toros ocasionaban que oficinas de gobierno dejaban de trabajar en los días de corridas; el gasto familiar se veía mermado por las fuertes cantidades que se gastaban en el espectáculo; que los subalternos exigían todo a sus patrones, que les costearan la entrada a la plaza, amenazándoles con dejar el trabajo si no satisfacían sus deseos.

Antes de entrar en materia puramente política, para establecer el panorama que vive España durante el XVIII, conoceremos una visión general del papel que Felipe V, Fernando VI y Carlos III juegan a favor o en contra del toreo. Luego con un planteamiento de Jovellanos veremos como su fuerza influye en los valores populares.

Anota Fernando Claramount que a partir de mediados del siglo XVIII ocurre

el triunfo de la corriente popular que partiendo del vacío de la época de los últimos Austrias, crea el marchamo de la España costumbrista: los toros en primer lugar y, en torno, el flamenquismo, la gitanería y el majismo.[8]

Abundando: “gitanería”, “majismo”, “taurinismo”, “flamenquismo” son desde el siglo que nos congrega terribles lacras de la sociedad española para ciertos críticos.

Para otras mentalidades son expresión genuina de vitalidad, de garbo y personalidad propia, con valores culturales específicos de muy honda raigambre.[9]

   Al ser revisada la obra mejor conocida como Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia[10] de Francisco María de Silva, se da en ella algo que entraña la condición de la vida popular española. Se aprecia en tal retrato la sintomática respuesta que el pueblo fue dando a un aspecto de “corrupción”, de “arrogancia” que ponen a funcionar un plebeyismo en potencia. Ello puede entenderse como una forma que presenta escalas en una España que en otros tiempos “tenía mayor dignidad” por lo cual su arrogancia devino en guapeza, y esta en majismo, respuestas de no querer perder carácter hegemónico del poderío de hazañas y alcances pasados (v.gr. el descubrimiento y conquista de América).

Si hay que preguntarse qué es el majismo, este incluso se ha logrado mantener en puestas en escena de nuestros días. Aquí vemos a José Antonio “Morante de la Puebla” en una reciente versión de la corrida Goyesca, celebrada en la plaza de Ronda.

Tal majismo se hace compatible con el plebeyismo y se proyecta hacia la sociedad de abajo a arriba. Lo veremos a continuación. Luján vuelve a hacernos el “quite” y dice:

(…) coexiste en tanto un movimiento popular de reacción y casticismo; el pueblo se apega hondamente a sus propios atavíos, que en el siglo XVIII adquirieron en cada región su peculiar característica.[11]

Y hay cita de cada una de esas “características”. Sin embargo

Todo se va afrancesando cuando el siglo crece. “Nuestros niños aun sabían catecismo y ya hablaban el francés”, escribe el P. Vélez. Vienen afeites del extranjero: agua de “lavanda”, agua “champarell”, agua de cerezas. Y, en medio de todo esto, la suciedad más frenética: cuando se escribió que era bueno lavarse diariamente las manos, la perplejidad fue total. Y cuando se dijo que igualmente se debía hacer con la cara, se consideró como una extravagancia de muy mal gusto, según los cronistas de entonces.[12]

   El propósito de todo esto es que teniendo las bases suficientes de cuanto ocurría en España, esta a su vez, proyectaba a la Nueva España caracteres con una diferencia establecida por los tiempos de navegación y luego por los del asentamiento que tardaban en aposentar las novedades ya presentadas en España. De 30 a 40 días tomaban los recorridos que por supuesto tocaban varios puntos donde se daban relevos entre las naves. Creemos que todas ellas (las novedades), por supuesto se atenuaron gracias al carácter americano, y estos comportamientos sociales fueron dando con el paso del tiempo con fenómenos como el criollismo, mismo que irrumpe lleno de madurez en la segunda mitad del siglo XVII. Por lo tanto, queremos embarcarnos de España con el conjunto todo de información y llegar a costas americanas para esparcir ese condimento y observar junto con la historia los síntomas registrados en lo social y en lo taurino que es lo que al fin y al cabo interesa.

¿Cómo se encuentra la España en cambio de monarquías? ¿Qué sucesión de acontecimientos significativos marcan pautas importantes en el devenir de la sociedad hispana?

Procuraré la brevedad en las respuestas.

Antes de la presencia borbona, la casa de Austria, dinastía rica y absoluta, se halla sostenida desde Carlos V (rey de España de 1517 a 1556); aunque con Felipe IV “heredero de la debilidad de su padre” (que gobernó como rey de España de 1621 a 1665) se perdió Portugal, el Rosellón y Cataluña. “…España, unida al imperio, ponía un peso terrible en la balanza de Europa” se perdió Portugal, el Rosellón y Cataluña.”

En cuanto a la guerra de sucesión a la monarquía en España, Voltaire apunta que

Las disposiciones de Inglaterra y de Holanda para poner, de ser posible, en el trono de España al archiduque Carlos, hijo del emperador, o por lo menos, para resistir a los Borbones, merecen, tal vez, la atención de todos los siglos.[13]

Entre graves conflictos por la posesión del reino[14] ya gobernaba el Borbón Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV mismo que, al inicio del siglo XVIII

se hallaba en la cumbre de su poder y de su gloria; pero los que conocían los resortes de las cortes de Europa y, sobre todo, los de la de Francia, empezaban a tener algunos reveses.[15]

La artesana mano interpreta la forma de ser del toreo encabezado por los estamentos en el inicio del siglo XVIII mexicano. Archivo General de la Nación [A.G.N.] Ramo: Tierras, vol. 1783, exp. 1, f. 21v. Códice “Chapa de Mota”.

La España de aquel entonces es un estado de desgracia auténtico es “un país desangrado por la guerra, carcomido por siglos de inepcia en el gobierno”.[16] Acosan temporadas de fríos que parecen no terminar y la escasez de comestibles se hizo notar, como también la mortandad. Entre 1708 y 1709 sucedieron estas desgracias y justo en 1709, Luis XIV tomó la resolución formal de abandonar a Felipe V. El borbón conservó popularidad pero perdió partido y es que el monarca de España necesitaba conducirse con normalidad en un reinado que más tarde alcanzó prosperidad y entró a la época de la modernidad mostrando perfiles bien característicos, hasta el reinado de Carlos III.[17]

Sin afán de profundizar en el sistema de gobierno por parte de nuestro personaje, simplemente expondré un valor que le caracteriza; él quiere en todo momento hacerse condescendiente a la cultura hispana, y lo logra, pero

interesa señalar que los ministros franceses de Felipe V y su enjambre cortesano, renuevan el aire español y lo enrarecen luego con la cultura francesa.[18]

CONTINUARÁ.

OBRAS DE CONSULTA

José Alameda, El hilo del toreo. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 p. ils., retrs. (La Tauromaquia, 23).

Fernando Claramount, Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. (La Tauromaquia, 16-17) 2 v.

Benjamín Flores Hernández, “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM). 339 p.

–: “La vida en México a través de la fiesta de los toros, 1770. Historia de dos temporadas organizadas por el virrey marqués de Croix con el objeto de obtener fondos para obras públicas”, México, 1982 (tesis de maestro, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM). 262 p.

–: “Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”. México, ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, UNAM, vol. 7. (México, 1981). p. 99-160, fots.

–: La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. (Colección Regiones de México). 146 p.

Julián Marías, La España posible en tiempos de Carlos III. 2ª ed. Madrid, Revista de Occidente, 1980.

Néstor Luján, Historia del toreo. 2ª ed. Barcelona, Ediciones Destino, S.L. 1967. 440 p. ils., retrs., grabs.

Pedro Romero de Solís, et. al., Sevilla y la fiesta de toros. Sevilla, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1980 (Biblioteca de temas sevillanos, 5). 158 p. ils

François Marie A. Voltaire, El siglo de Luis XIV. Versión directa de Nelida Orfila Reynal. México, FCE, 1978. 637 p.


[1] Pedro Romero de Solís, Antonio García-Baquero González, Ignacio Vázquez Parladé: Sevilla y la fiesta de toros. Sevilla, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1980 (Biblioteca de temas sevillanos, 5). 158 p. ils., p. 62.

Una idea de corte totalmente opuesto pero que es interesante considerarla, la ofrece Enrique Gil Calvo en Función de toros, p. 144.

1.-La institucionalización de las corridas es consecuencia de un hecho crucial, acaecido durante el siglo XVII, en la articulación de la estructura española de clases.

2.-Ese hecho, trascendental para todo el posterior desarrollo de la España moderna y contemporánea, supone la auténtica diferencia específica de la estructura de clases española, que así la separa y distingue del resto de estructuras de clase europeas. Y consiste en la inversión de la función de liderazgo: las clases antes dirigentes -durante el imperio de los Habsburgo- dimiten de su liderazgo social, cuya función queda así vacía y vacante. Consiguientemente, y en ausencia de élites dirigentes, el casticismo más plebeyista se impone, el liderazgo se invierte y son ahora las élites quienes imitan modos y maneras del vulgo y la plebe.

3.-En consecuencia, a resultas del casticismo de las élites, y vacante la función de liderazgo social por ausencia dimisionaria de quienes debieran desempeñarla, se produce en ensimismamiento y tibetanización de la nación española, que queda así clausurada -colapsada y bloqueada- por su desarticulación social invertebrada.

Estos planteamientos que el autor destaca a contrapelo de la obra Goya y lo popular de José Ortega y Gasset, también se anteponen a la tradicional concepción de la permuta del toreo a caballo por el de a pie, debido a movilizaciones ideológicas de la cúpula monacal.

[2] José Alameda. El hilo del toreo. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 pp. ils., retrs. (La Tauromaquia, 23)., p. 41.

[3] Néstor Luján. Historia del toreo. 2a. edición. Barcelona, Ediciones Destino, S.L. 1967. 440 pp. ils., retrs., grabs., p. 13.

[4] Alameda, op. cit.

[5] Ibidem.

[6] Flores Hernández, La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. (Colección Regiones de México)., p. 31.

[7] Alameda, Ibidem., p. 43.

[8] Fernando Claramount. Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. (La Tauromaquia, 16-17) 2 v., T. I., p.156.

Apud. Vicens Vives. Aproximación a la Historia de España. (1952).

[9] Op. cit., p. 161.

[10] Julián Marías. La España posible en tiempos de Carlos III. 2a. edición. Madrid, Revista de Occidente, 1980. Obras completas, 7 v. T. No. VII (pp.293-429)., p. 371. Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia. París, 1780. Madrid Por D. Francisco María de Silve. Con licencia en Madrid: Por D. Antonio de Sancha. Año de MDCCLXXXI.

[11] Luján, op. cit., p. 31.

[12] Ibidem., p. 32.

[13] Francois Marie A. Voltaire. El siglo de Luis XIV. Versión directa de Nelida Orfila Reynal. México, Fondo de Cultura Económica, 1978. 637 pp., p. 185.

[14] Domínguez Ortiz, op. cit., p. 13. ¿Por qué este enorme interés, estos grandes sacrificios por el trono de una nación que parecía moribunda? ¿Eran exageradas las noticias sobre su decadencia? No. El estado de España en general y de Castilla en particular era desastroso. Pero con sus reinos agregados y con las Indias seguía siendo una inmensa fuerza potencial, el Imperio más grande en extensión, que también podría convertirse en el más fuerte y rico si era bien gobernado.

[15] Voltaire, op. cit.

[16] Luján, Ibidem., p. 10.

[17] Claramount, op. cit., p. 156. Entre los pensadores “ilustrados” más importantes, el padre Feijoo, Mayans y Jovellanos, junto al gaditano Vargas Ponce, forman un bloque antitaurino formidable. Frente a ellos don Nicolás Fernández de Moratín, don Ramón de la Cruz, Bayeis y Goya. A finales de siglo los hombres del pueblo no han oído hablar de la Enciclopedia; saben algo de la Revolución francesa, pero no demasiado. Ellos son romeristas, pepeillistas o costillaristas.

[18] Luján, ib., p. 11.

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LO INABARCABLE EN UNA CORRIDA DE TOROS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   Son tiempos de reflexión y esto permite acercarnos a diversos asuntos que nos conciernen como seres humanos. Es posible que cambien muchos hábitos, formas de interrelación social, pero a ello, debe sumarse todo lo que significa acercarse de nuevo a nosotros mismos.

   Solo en el curso de estos últimos cinco meses, hemos visto el derrumbe de estructuras y superestructuras (sobre todo las económicas o laborales, a las que se suma la enorme evidencia de fragilidad con que muchos gobiernos pretendían mantener la de salud pública). Esto es, se encuentra ante nosotros un auténtico “Partenón” en el que yacen los escombros que exhiben el grado de deterioro que una pandemia, como la que seguirá con otros síntomas y que ya trascienden, nos obliga pensar y repensar lo que vendrá, sin eufemismos. Lo único que necesitamos es una realidad ante la que nos enfrentaremos, y donde lo demás, vendrá por añadidura.

   Por eso, cuando volvemos la mirada al desarrollo de un festejo taurino, encontramos tantos valores –de la vida o de la muerte-, que se sintetiza en, al menos las siguientes afirmaciones.

   Una de ellas corresponde a la frase que pronunciara el célebre músico Gustav Malher al afirmar que la “Sinfonía es como el universo, porque lo comprende todo”.

   Esta otra, corresponde al recordado Edmundo O´Gorman, maestro de varias generaciones de historiadores quien señalaba:

   Tampoco las corridas de toros son para juego; también en ellas anda muy mezclada la muerte. Mas ¿no es justamente Heidegger quien ahora nos habla en acentos de moderna filosofía del “correr hacia la muerte” como paradigma de la actitud de quien se decide a vivir con autenticidad su propia existencia? Y no se crea que se trata de un símil superficial y gratuito; veamos la cosa de cerca para desengañarnos.

   Enseña y descubre el filósofo en esa parte de más alta tensión de su libro donde analiza la muerte, que la autenticidad en el modo de ser obliga, en definitiva, a una actitud en conformidad al verdadero sentido de la muerte en cuanto que es ella la posibilidad suprema que, incluida ya en la existencia, es dueña de ella en todo momento. El hombre debe optar entre divertir su atención de esta única y verdadera meta, o bien tenerla fija en ella, aceptando con resolución inflexible su destino hacia la nada. Vivirá inauténticamente quien, huyendo de la muerte que él es, elija lo primero; auténticamente quien se decida por lo segundo. Sólo este último será quien conquiste en toda la plenitud dable al hombre la “libertad ante la muerte”, pues que actuará a lo largo de su vida de acuerdo con la revelación de haberse comprendido como “ser que muere”. Sin embargo, advierte Martin Heidegger que esto no implica que el hombre del vivir genuino trate de realizar esa suprema posibilidad, pues de ese modo, cometiendo el suicidio, la aniquilaría del todo como posibilidad, lo que equivale a no afrontarla. La actitud auténtica, pues, se resuelve en una permanente espera del morir; es un vivir en presencia de la muerte, anticipándola, pero a la vez sin hacer nada por realizarla. Describe Heidegger a esta actitud, que es el heroísmo inmanentista de más subidos quilates, diciendo, según reza la traducción de José Gaos, que es un “correr hacia la muerte”. Y está muy bien dicho, porque no se trata de alcanzar la muerte, sino de ir tras ella, y en ese ir o correr está la decisión en que se finca la autenticidad de la vida. Pero dígaseme ahora si no es esto, precisa y muy precisamente, lo que simboliza la fiesta española de los toros. para el hombre auténtico heideggeriano, las cosas de la vida, que es un estarse muriendo, no tiene significado permanente y substancial. Sin embargo, no hay que rechazarlas, hay que hacerlas con gracia y como jugando en serio. La vida, para él, como para el torero, está compuesta de lances o de suertes que en sí no son nada, pero que en ellos les va a quien en ellos andan, nada menos que la vida misma. Sin la constante presencia de la muerte la vida carecería de sentido; lo propio acontece en el toreo. Jugar para morir es la definición de ambos. El matador de toros simboliza al hombre en presencia de su fin. Reducido a sí mismo, inerme, debe estar solo el torero sin más que el puro ardid de la razón, simbolizada en la capa y la muleta, para que su soledad nos diga que, como dice el filósofo, “nadie puede morir en lugar de otro”. Solo, en efecto, debe entrar en la suerte, y una vez entrado en ella, es decir, en la vida, si es torero, clavados los pies en la arena y fija la mirada en la inminencia de su fin, debe afrontar con firme resolución de no moverse du destino inexorable. Mal torero es, sin embargo, aquel a quien prende su enemigo. Ponerse en trance de muerte, correr tras ella, tal es la esencia, tal el secreto de la misteriosa fascinación que tienen las corridas de toros, símbolo a la española de lo que debe ser en el orden de la inmanencia la autenticidad de la vida. Proponemos, pues, para definición técnica y precisa de la inautenticidad, aquella castiza frase de “sacarle la vuelta al toro”, que eso y ya muy de viejo y siempre, es lo que ha significado.

   Junto a las catedrales y sus misas, las plazas de toros y sus corridas. ¡Y luego nos sorprendemos que a España y los suyos de este lado nos cueste tanto trabajo entrar por la senda del progreso y del liberalismo, de confort y de la seguridad! Muestra así España, al entregarse de toda popularidad y sin reservas al culto de dos religiones de signo inverso, la de Dios y la de los matadores, el secreto más íntimo de su existencia, como quijotesco intento de realizar la síntesis de los dos abismos de la posibilidad humana: el “ser para la vida” y el “ser para la muerte”, y todo en el mismo domingo.[1]

   Esta larga cita, la de un historicista convencido, nos deja ver primero, que “la historia es vida”, como él lo planteaba y lo defendía, a capa y espada. En otros términos, pone en confrontación y ante la realidad, el dilema de la vida y la muerte, donde el telón de fondo es ni más ni menos que la corrida de toros. Palabras e ideas de peso, como pocas.

   La otra, casi un aforismo, es de José Alameda:

Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte.

   En ellas, se decanta el significado que para el aficionado significa aceptar la presencia evidente y natural de un ritual, el que comprende el sacrificio y muerte del toro, con su carga de siglos a cuestas y un cúmulo ancestral de razones identitarias, que le son consubstanciales a dicha representación en cuyo fondo, se encuentra la crudeza, colmada de técnica y arte, donde dos fuerzas se enfrentan de manera absoluta, y donde una de ellas resulta vencedora. Ese cuadro ha representado para muchos un símbolo de tortura y maltrato animal.

   Sin embargo, si nos atenemos a todos los códigos que se concentran en el desarrollo del ritual –no olvidemos esa razón-, es cuando esa mirada se aleja y no comprende el principio elemental en el que el hombre hubo de necesitar la domesticación y también el cuidado de aquellas razas animales, o especies vegetales que sirvieran como forma y fondo para su supervivencia, en pertinente equilibrio que llega hasta nuestros días.

   Es cierto, el toreo en sus diversas etapas, tuvo que superar otros tantos estadios, evolucionar y alcanzar ese grado con el cual, se adapta a tiempos como los de nuestros días, en los que, nuevas ideas implicadas con el neoliberalismo, la globalización y demás filosofías, se encuentra permeada de todo aquello que signifique lo pertinente o no, y en este caso, del destino que puede darse o aplicarse a razas animales a quienes, desde la bioética se les ha considerado como seres sintientes.

   Si la del toro de lidia fuese una más, es probable que la matanza al interior de un rastro, no signifique más que el fin de un proceso rutinario. Con lo anterior, de lo único que se trata es impulsar un elemento sustancial, desde sus más hondas raíces, que garantice la celebración, una vez más de ritual tan intenso.

   Y el ritual, también puede entenderse como holocausto o sacrificio, que nos lleva a entender, porque por lo menos así lo creemos acercándonos a su muy peculiar desarrollo, que sucede en un espacio abierto, y donde toda su intensidad deslumbra, conmueve y emociona también.

   Así que, en este volver al principio de todas las cosas, cuando la humanidad retorna al punto cero, ese que había olvidado, es bueno recordar que en ese todo, la corrida de toros o la tauromaquia en su conjunto, es la summa de una experiencia no solo secular, sino milenaria.

   Poco más adelante, en esta misma y considerable columna de “Editoriales”, ofrezco otra lectura complementaria, que lleva como título: ¿TIENE FUTURO EL PASADO TAURINO DESDE NUESTRO PRESENTE?, aunque viendo como pinta la nueva realidad, creo que tendremos que adaptarnos a sus nuevas condicionantes, de aquí en adelante, sobre todo si entre nuestra propia comunidad, la que se declara como la de los taurinos, pretendemos salvar o recuperar el sentido y significado de la tauromaquia.

8 de mayo de 2020.


[1] Edmundo O´Gorman, Crisis y porvenir de la ciencia histórica. México, Imprenta Universitaria, 1947. XII-349 p. 342-6.

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SOBRE MÁS PLAZAS DE TOROS EN MÉXICO (SIGLOS XVI – XIX).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Plaza de toros en Tepeapulco, Hidalgo. Siglo XVIII. En Graffitis novohispanos.

    Una más de las “Galerías” que actualmente vengo formando, aborda el asunto de las plazas de toros en México, desde el siglo XVI y hasta el XIX, y de eso me ocuparé.

Si bien, en tiempos remotos ya se habían ocupado de ellas Domingo Ibarra, Carlos Cuesta Baquero, Nicolás Rangel y Lauro E. Rosell, en épocas más recientes también lo hicieron Heriberto Lanfranchi, Benjamín Flores Hernández, Federico Garibay y Miguel Luna Parra, entre algunos autores más. Sin embargo, las historias de otras tantas plazas –efímeras en su mayoría-, o los registros de aquellos espacios donde celebraron fiestas, incluidas las taurinas, hoy pasan por ser poco conocidos, de ahí que convenga citarlas, registrarlas, documentarlas e ilustrarlas, cuando para ello se dispone ya de buena información.

Entiendo que para dicho tema, aún faltan estudios, por lo que esta contribución se convertirá, eso espero, en una referencia que ponga al día nuevos e interesantes registros.

En principio me referiré a aquellas que se habilitaron al poco tiempo de consumada la conquista, y de algunas otras más hasta llegar al finalizar el siglo XVIII.

Llama la atención aquella cita, formulada por Luis Weckmann en su ya clásica obra La herencia medieval de México, de que las primeras plazas de toros se podían encontrar en espacios como los cementerios. Y si los cementarios, en buena medida, también formaron parte de los atrios en iglesias y conventos, no es casual su referencia, como fue aquello ocurrido en tiempos donde se había elegido el espacio para la construcción de la catedral. Casi finalizaba 1554, cuando el Arzobispo Alonso de Montúfar llamó la atención, enviando oficio al Consejo de Indias, por la sencilla razón de que “También hay cierta diferencia sobre el suelo que está ya bendito, que nos quieren quitar un pedazo para correr toros; y parece cosa indecente, estando ya bendito profanarlo; donde muchas veces los toros matan indios como bestias…”

También es posible que los primeros festejos, como el del 24 de junio de 1526 haya ocurrido en el espacio que se destinó para la construcción del convento de San Francisco, e incluso, un poco más allá el sitio donde habría de establecerse la que con el tiempo fue la obra primitiva dedicada a San Hipólito. La antigua Plazuela del Marqués –hoy buena parte del espacio ocupado por la Catedral-, y el antiguo edificio del Monte de Piedad, también fue habilitada como plaza, a la que se agregó un corral de los toros. En las fiestas celebradas en 1538, con motivo de que –a los ojos de Bernal Díaz y de Motolinía-, la conquista terminaba definitivamente como un proceso bélico, por lo que se celebraron fiestas acompañadas de representaciones teatrales, habilitándose en pocos días un gran bosque en la que ya era para esos tiempos, la plaza mayor. Allí, hubo además, en 1562, otras célebres fiestas con que Martín Cortés compartió el alumbramiento de dos de sus hijos… y que, por los relatos de las mismas, “fueron cosa muy de ver”.

Plaza Mayor, escenario casi perpetuo de grandes celebraciones, como aquella que nos recuerda Bernal Díaz, ocurrida en 1536, cuando por motivo de las pases de “Aguas muertas”, hubo grandes fiestas…

   Y si esto ocurría en la capital del virreinato, desde luego el síntoma se replicaba en todas las demás provincias de la Nueva España, donde luego de aprobada su traza arquitectónica y urbana, esto demandaba la construcción de edificios públicos, iglesias y demás espacios donde no faltaron razones para celebrar fiestas, bajo los códigos establecidos que estaban indicados con razones como la llegada de un nuevo virrey, la asunción de un rey, el nacimiento de un infante, las bodas reales, o el amplio calendario religioso, lo que obligó a diversas autoridades a instalar aquellos espacios provisionales o efímeros destinados a infinidad de fiestas taurinas.

En 1580 se puso en funciones la plaza de toros del Volador, que ocupaba el antiguo espacio donde se celebraba dicho ritual prehispánico, y se conservó como tal hasta 1815, en forma intermitente, pues hubo otros, como la plaza mayor, el quemadero de la Inquisición, a un costado de la iglesia de San Diego –hasta hace unos años Pinacoteca Nacional-, la plaza del Hornillo, la de Jamaica y la que fue primera versión de la de San Pablo, levantada en 1788.

En otros sitios del país, además de la ya conocida plaza de Cañadas, Jalisco, construida hacia 1680 y que ofrece una disposición rectangular, también se agrega la ubicada en Tepeapulco, estado de Hidalgo, en cuya iglesia, destinada a honrar a San Francisco de Asís, no solo queda el testimonio de una plaza –de mampostería- a un costado de la misma, sino del registro de buena cantidad de graffitis que evidencian en su ingenua elaboración, diversos momentos de celebración, como las danzas del Palo Volador, Gigantes y Mojigangas, sin faltar las escenas de corte taurino. Resaltaban dichas escenificaciones, sobre todo durante el día de Corpus Christi.

Dicho espacio, fue construido a fines del siglo XVIII, aunque anteriormente “se hayan realizado corridas de toros en alguna plaza de material perecedero”, como apuntan los autores de Graffitis novohispanos.

Debo mencionar que, en la numerosa lectura de “relaciones de sucesos” del periodo colonial, todas ellas refieren la existencia de plazas, y las describen como el caso que se recoge a continuación.

En el escrito por José Francisco Ozaeta y Oro, Joaquín Ignacio Ximénez de Bonilla y José Francisco de Aguirre y Espinos, “colegiales eméritos del Colegio Mayor de Santa María de Todos Santos de esta Corte”: El segundo quinze de enero de la corte mexicana; solemnes fiestas, que a la canonización del mystico doctor San Juan de la Cruz celebró la provincia de San Alberto de Carmelitas Descalzos de esta Nueva España… Lo dan a luz… México, José Bernardo de Hogal, 1730. Tocó el 15 de enero celebrar la deseada canonización de San Juan de la Cruz, el medio fraile, como por gracejo lo llamaba Santa Teresa porque su estatura se alzaba muy poco del suelo. Y así lo reseñan Ozaeta, Ximénez y Aguirre:

 Estas lindas fiestas que hicieron los padres carmelitas alborozaron a toda la ciudad que salió con ellas de su apacible monotonía. La gente se bañaba de mil regocijos, no cabía en sí, de contento. La constante alegría de los repiques se injertaba en el continuo estallar de los cohetes y los variados fuegos artificiales de muchas luces, que se quemaban sin interrupción. Hubo largos festejos religiosos y profanos y hasta literarios con un certamen poético y dos comedias que subieron a unos teatrillos “ricamente vestidos y compuestos” en la plazuela del Carmen, sin que faltaran tampoco, durante quince días, bulliciosas corridas de toros y otros regocijos, con sus carreras, según costumbre, de conejos y liebres con perros galgos, podencos y de otras razas, peleas de gallos, y como final el “monte parnaso” o barcanal, colmado tanto de buenas cosas de regalo como de exquisitas de comer y vestir y que pasaban a ser de la propiedad del arriesgado y ágil que se trepaba a cogerlas subiéndose por aquella eminencia intrincada y resbalosa.

También hubo vistosas luchas de moros y cristianos que salieron del vientre del formidable caballo de Troya en que se introdujeron en la plaza, guerrearon con la valiente morisca y la desposeyeron del castillo que tenía ocupado. El coso se armó por San Sebastián (hoy en las actuales calles de República de Bolivia esquina con Rodríguez Puebla, en el Centro Histórico) muy capaz para poder dar cabida así a una enorme multitud y se le adornó con gran vistosidad, con infinitos gallardetes, cortinas, grímpolas, alfombras, espejos, tapices, cornucopias, farolillos, multicolores cadenetas, para que llevase que alabar el gentío forastero que en la ocasión concurría a la corte de todo el reino.

   No cabe duda que, ante el hecho de una constante necesidad de espacios como las plazas de toros, estas fueran muy demandadas y construidas en poco tiempo, previa autorización de las autoridades locales, pero también cabe preguntarse sobre por qué no se levantaron obras con carácter permanente, y son muy pocos los poblados donde aún se encuentran los que ahora podemos considerar ya, como monumentos. En ese sentido, en Chihuahua, se conserva una muy antigua, lo mismo que en Real de Catorce (San Luis Potosí) y desde luego la de Cañadas, cuya composición en mampostería garantiza su pervivencia.

Es importante poner la mirada en el sureste mexicano, donde al no haberlas de manera fija, también se habilitaban bajo un procedimiento y armado peculiar que las hacía resistentes y funcionales, como ayer y como hoy.

OBRA DE CONSULTA

Elías Rodríguez Vázquez y Pascual Tinoco Quesnel, Graffitis novohispanos de Tepeapulco, siglo XVI. Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2006. 185 p. Ils., fots., facs., planos.

Luis Weckmann, La herencia medieval de México. México, El Colegio de México. Centro de Estudios Históricos, 1984. 2v.

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