LO INABARCABLE EN UNA CORRIDA DE TOROS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   Son tiempos de reflexión y esto permite acercarnos a diversos asuntos que nos conciernen como seres humanos. Es posible que cambien muchos hábitos, formas de interrelación social, pero a ello, debe sumarse todo lo que significa acercarse de nuevo a nosotros mismos.

   Solo en el curso de estos últimos cinco meses, hemos visto el derrumbe de estructuras y superestructuras (sobre todo las económicas o laborales, a las que se suma la enorme evidencia de fragilidad con que muchos gobiernos pretendían mantener la de salud pública). Esto es, se encuentra ante nosotros un auténtico “Partenón” en el que yacen los escombros que exhiben el grado de deterioro que una pandemia, como la que seguirá con otros síntomas y que ya trascienden, nos obliga pensar y repensar lo que vendrá, sin eufemismos. Lo único que necesitamos es una realidad ante la que nos enfrentaremos, y donde lo demás, vendrá por añadidura.

   Por eso, cuando volvemos la mirada al desarrollo de un festejo taurino, encontramos tantos valores –de la vida o de la muerte-, que se sintetiza en, al menos las siguientes afirmaciones.

   Una de ellas corresponde a la frase que pronunciara el célebre músico Gustav Malher al afirmar que la “Sinfonía es como el universo, porque lo comprende todo”.

   Esta otra, corresponde al recordado Edmundo O´Gorman, maestro de varias generaciones de historiadores quien señalaba:

   Tampoco las corridas de toros son para juego; también en ellas anda muy mezclada la muerte. Mas ¿no es justamente Heidegger quien ahora nos habla en acentos de moderna filosofía del “correr hacia la muerte” como paradigma de la actitud de quien se decide a vivir con autenticidad su propia existencia? Y no se crea que se trata de un símil superficial y gratuito; veamos la cosa de cerca para desengañarnos.

   Enseña y descubre el filósofo en esa parte de más alta tensión de su libro donde analiza la muerte, que la autenticidad en el modo de ser obliga, en definitiva, a una actitud en conformidad al verdadero sentido de la muerte en cuanto que es ella la posibilidad suprema que, incluida ya en la existencia, es dueña de ella en todo momento. El hombre debe optar entre divertir su atención de esta única y verdadera meta, o bien tenerla fija en ella, aceptando con resolución inflexible su destino hacia la nada. Vivirá inauténticamente quien, huyendo de la muerte que él es, elija lo primero; auténticamente quien se decida por lo segundo. Sólo este último será quien conquiste en toda la plenitud dable al hombre la “libertad ante la muerte”, pues que actuará a lo largo de su vida de acuerdo con la revelación de haberse comprendido como “ser que muere”. Sin embargo, advierte Martin Heidegger que esto no implica que el hombre del vivir genuino trate de realizar esa suprema posibilidad, pues de ese modo, cometiendo el suicidio, la aniquilaría del todo como posibilidad, lo que equivale a no afrontarla. La actitud auténtica, pues, se resuelve en una permanente espera del morir; es un vivir en presencia de la muerte, anticipándola, pero a la vez sin hacer nada por realizarla. Describe Heidegger a esta actitud, que es el heroísmo inmanentista de más subidos quilates, diciendo, según reza la traducción de José Gaos, que es un “correr hacia la muerte”. Y está muy bien dicho, porque no se trata de alcanzar la muerte, sino de ir tras ella, y en ese ir o correr está la decisión en que se finca la autenticidad de la vida. Pero dígaseme ahora si no es esto, precisa y muy precisamente, lo que simboliza la fiesta española de los toros. para el hombre auténtico heideggeriano, las cosas de la vida, que es un estarse muriendo, no tiene significado permanente y substancial. Sin embargo, no hay que rechazarlas, hay que hacerlas con gracia y como jugando en serio. La vida, para él, como para el torero, está compuesta de lances o de suertes que en sí no son nada, pero que en ellos les va a quien en ellos andan, nada menos que la vida misma. Sin la constante presencia de la muerte la vida carecería de sentido; lo propio acontece en el toreo. Jugar para morir es la definición de ambos. El matador de toros simboliza al hombre en presencia de su fin. Reducido a sí mismo, inerme, debe estar solo el torero sin más que el puro ardid de la razón, simbolizada en la capa y la muleta, para que su soledad nos diga que, como dice el filósofo, “nadie puede morir en lugar de otro”. Solo, en efecto, debe entrar en la suerte, y una vez entrado en ella, es decir, en la vida, si es torero, clavados los pies en la arena y fija la mirada en la inminencia de su fin, debe afrontar con firme resolución de no moverse du destino inexorable. Mal torero es, sin embargo, aquel a quien prende su enemigo. Ponerse en trance de muerte, correr tras ella, tal es la esencia, tal el secreto de la misteriosa fascinación que tienen las corridas de toros, símbolo a la española de lo que debe ser en el orden de la inmanencia la autenticidad de la vida. Proponemos, pues, para definición técnica y precisa de la inautenticidad, aquella castiza frase de “sacarle la vuelta al toro”, que eso y ya muy de viejo y siempre, es lo que ha significado.

   Junto a las catedrales y sus misas, las plazas de toros y sus corridas. ¡Y luego nos sorprendemos que a España y los suyos de este lado nos cueste tanto trabajo entrar por la senda del progreso y del liberalismo, de confort y de la seguridad! Muestra así España, al entregarse de toda popularidad y sin reservas al culto de dos religiones de signo inverso, la de Dios y la de los matadores, el secreto más íntimo de su existencia, como quijotesco intento de realizar la síntesis de los dos abismos de la posibilidad humana: el “ser para la vida” y el “ser para la muerte”, y todo en el mismo domingo.[1]

   Esta larga cita, la de un historicista convencido, nos deja ver primero, que “la historia es vida”, como él lo planteaba y lo defendía, a capa y espada. En otros términos, pone en confrontación y ante la realidad, el dilema de la vida y la muerte, donde el telón de fondo es ni más ni menos que la corrida de toros. Palabras e ideas de peso, como pocas.

   La otra, casi un aforismo, es de José Alameda:

Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte.

   En ellas, se decanta el significado que para el aficionado significa aceptar la presencia evidente y natural de un ritual, el que comprende el sacrificio y muerte del toro, con su carga de siglos a cuestas y un cúmulo ancestral de razones identitarias, que le son consubstanciales a dicha representación en cuyo fondo, se encuentra la crudeza, colmada de técnica y arte, donde dos fuerzas se enfrentan de manera absoluta, y donde una de ellas resulta vencedora. Ese cuadro ha representado para muchos un símbolo de tortura y maltrato animal.

   Sin embargo, si nos atenemos a todos los códigos que se concentran en el desarrollo del ritual –no olvidemos esa razón-, es cuando esa mirada se aleja y no comprende el principio elemental en el que el hombre hubo de necesitar la domesticación y también el cuidado de aquellas razas animales, o especies vegetales que sirvieran como forma y fondo para su supervivencia, en pertinente equilibrio que llega hasta nuestros días.

   Es cierto, el toreo en sus diversas etapas, tuvo que superar otros tantos estadios, evolucionar y alcanzar ese grado con el cual, se adapta a tiempos como los de nuestros días, en los que, nuevas ideas implicadas con el neoliberalismo, la globalización y demás filosofías, se encuentra permeada de todo aquello que signifique lo pertinente o no, y en este caso, del destino que puede darse o aplicarse a razas animales a quienes, desde la bioética se les ha considerado como seres sintientes.

   Si la del toro de lidia fuese una más, es probable que la matanza al interior de un rastro, no signifique más que el fin de un proceso rutinario. Con lo anterior, de lo único que se trata es impulsar un elemento sustancial, desde sus más hondas raíces, que garantice la celebración, una vez más de ritual tan intenso.

   Y el ritual, también puede entenderse como holocausto o sacrificio, que nos lleva a entender, porque por lo menos así lo creemos acercándonos a su muy peculiar desarrollo, que sucede en un espacio abierto, y donde toda su intensidad deslumbra, conmueve y emociona también.

   Así que, en este volver al principio de todas las cosas, cuando la humanidad retorna al punto cero, ese que había olvidado, es bueno recordar que en ese todo, la corrida de toros o la tauromaquia en su conjunto, es la summa de una experiencia no solo secular, sino milenaria.

   Poco más adelante, en esta misma y considerable columna de “Editoriales”, ofrezco otra lectura complementaria, que lleva como título: ¿TIENE FUTURO EL PASADO TAURINO DESDE NUESTRO PRESENTE?, aunque viendo como pinta la nueva realidad, creo que tendremos que adaptarnos a sus nuevas condicionantes, de aquí en adelante, sobre todo si entre nuestra propia comunidad, la que se declara como la de los taurinos, pretendemos salvar o recuperar el sentido y significado de la tauromaquia.

8 de mayo de 2020.


[1] Edmundo O´Gorman, Crisis y porvenir de la ciencia histórica. México, Imprenta Universitaria, 1947. XII-349 p. 342-6.

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