EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

I

   Corría el mes de septiembre de 2019. En aquel entonces, el Presidente de la República, Lic. Manuel Andrés López Obrador, en una de sus conferencias “mañaneras”, tras escuchar la pregunta de alguno de los periodistas allí presentes, respondió que el asunto o destino de la tauromaquia tendría que someterse a consulta. Eran días también en que se celebraba en la ciudad de Tlaxcala el II Coloquio Internacional sobre Tauromaquia, el cual tuvo como fondo central una nueva afirmación de argumentos relacionados con el valor que, en tanto legado o patrimonio tiene esta expresión milenaria. Evidentemente, todos quienes participamos, concentramos en el “Pacto de Tlaxcala” nuestro posicionamiento en los siguientes términos:

Sr. Lic. Andrés Manuel López Obrador,

Presidente Constitucional de los

Estados Unidos Mexicanos.

Los abajo firmantes, respetuosamente nos dirigimos a usted con objeto de plantear un asunto que consideramos no solo relevante, sino también preocupante dada la naturaleza de su origen.

Sabemos de antemano, que es un convencido del legado que la figura pública y política de Benito Juárez ha marcado en usted. Y que la sola frase por el pronunciada, de que “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, es paradigma fundamental en su gobierno.

A pregunta expresa hecha el pasado 5 de septiembre, en su acostumbrada conferencia en Palacio Nacional, se le planteaba la posibilidad sobre si los toros deben prohibirse o no. Su respuesta fue plantear que el punto se someta a una “consulta” popular, lo que significa también, poner en riesgo, en caso de suceder una votación adversa, que la tauromaquia quede sujeta a desaparecer.

Por tal motivo, y a continuación, deseamos mostrar un claro posicionamiento que proviene de la afortunada reunión de un grupo de aficionados, pero también de especialistas y profesionales, en la ciudad de Tlaxcala, presentando aquellos argumentos que, desde nuestra perspectiva, consideramos como elementos que justifican una clara defensa para conservar debidamente este patrimonio. Resultado de lo anterior, es la siguiente declaración del

PACTO DE TLAXCALA.

Nosotros taurinos, fundados en el derecho de la libertad, manifestamos que el patrimonio cultural de la tauromaquia, es una expresión que se integró a la vida cotidiana de nuestro país, alcanzando cerca de 500 años de convivir entre nosotros.

A lo largo de casi cinco siglos, es y ha sido parte de la cultura popular, y de que siendo resultado de un evidente mestizaje entre dos culturas –europea y precolombina-, ha conseguido integrarse en diversas poblaciones de nuestro territorio, maridaje que está vivo hasta nuestros días.

Su presencia ha permitido crear entornos naturales, como la ganadería cuyo sustento hoy día es la ecología y la biodiversidad. Que solo en ese rubro, es fuente de trabajo para unas 60 mil personas, entre otros aspectos que redundan en una derrama económica favorable, sin dejar de mencionar otro sinnúmero de asuntos que favorecen la dinámica en este patrimonio.

De someter al espectáculo taurino en todas sus representaciones a una consulta popular, ello vulnera en principio, lo establecido por la Convención para la salvaguarda del patrimonio cultural, documento que emitió la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas), el 17 de octubre de 2003, mismo que plantea lo siguiente:

  1. a) la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial;
  2. b) el respeto del patrimonio cultural inmaterial de las comunidades, grupos e individuos de que se trate;
  3. c) la sensibilización en el plano local, nacional e internacional a la importancia del patrimonio cultural inmaterial y de su reconocimiento recíproco;
  4. d) la cooperación y asistencia internacionales.

Por otro lado, e igual de importante es:

-Que el alma de los pueblos que es su cultura, no se prohíbe, se defiende, se conserva y se protege.

-Que ninguna autoridad puede prohibirla válidamente, y mucho menos invocando una legitimidad basada en dudosas consultas.

Y aún más. Un elemento cultural, incluso por ser minoritario, no puede ser descalificado como tal, ni sometido a voto alguno, pues en ese caso se utilizaría un supuesto proceso democrático como instrumento de censura cultural.

Por lo tanto, invocando el sentido de madurez que recae en los destinos que, como Presidente de México nos plantea, conduciendo al país por los senderos de la prosperidad, conviene una reflexión donde se imponga un razonable sentido para proteger esta clara manifestación cultural, en el entendido de que no es, ni por asomo, cuanto se argumenta en su contra, sino que se constituye y representa como un profundo proceso ritual, de honda tradición milenaria, suma de aportaciones legadas por diversas culturas, las de oriente y occidente. Y que luego, a partir de 1526 se materializan aquí, se integran y se enriquecen con valores y elementos que provienen de una compleja consecuencia, derivada del proceso de conquista, hace ya 500 años.

Superado el trauma, pero sobre todo asimilada e integrada aquella experiencia, el mestizaje surtió efecto y el toreo, entre otros aspectos fue integrado y hecho suyo por el espíritu de nuestros pueblos que hasta hoy lo conservan y mantienen como propio.

Apelamos respetuosamente, con objeto de que, sin necesidad de esa alternativa en la que una simple votación elimine o pueda eliminar una tradición; por el simple hecho de respetar la opinión de las mayorías, esto podría sentar un claro precedente donde también otros aspectos de la vida cultural en este país, queden condenados al mismo racero.

Creemos firmemente que el poder no existe. Se crea.

   Desde la ciudad de Tlaxcala, septiembre 6 de 2019.

 II

   Hace apenas unos días (justo el 14 de mayo anterior), en idénticas circunstancias, el actual vicepresidente español, Pablo Iglesias, en inoportuno y deliberado oportunismo, volvió a la carga con su acostumbrada postura antitaurina, y con esa frase –que intento fuese demoledora- de que “A mi no me gusta y me incomoda enormemente que se reivindique como una práctica cultural a proteger algo que no puedo evitar ver como hacer mucho daño a un animal en un espectáculo para que disfrute gente”.

Pues bien, a resultas de lo anterior, lo correcto sería no responder a tan privilegiado asunto en el que, aprovechando la desescalada, y volviendo a subir al estrado principal en el estamento político español, le argumento lo que sigue:

La presente crisis ocasionada –como usted sabrá, por la pandemia del coronavirus- que, a nivel mundial padecemos, dejará una larga estela de consecuencias, mismas que tardarán años en recuperar la “estabilidad” a la que estábamos acostumbrados. Por tanto, es un buen momento para reflexionar y equilibrar ese todo. Evidentemente el factor económico será el primero por atender. Una secuela terrible se impondrá como ese daño colateral que nadie desea pero será inevitable.

Tomando en cuenta todo lo anterior, la cultura en su conjunto, deberá ser revalorizada. En ese sentido, una expresión como la tauromaquia, bien organizada en sus estructuras, podrá salir adelante. Conviene dejar pasar lo inestable de este 2020, y retomarla en 2021 para lo cual deben ponerse en marcha, mecanismos que hagan posible su presencia y su vigencia, tomando en cuenta el paso de la tradición y el de su esencia, intocados de mejor manera, pero ajustando tales elementos a los tiempos por venir.

En ese mantenerla, pero también ese depurarla, habrá que considerar todos aquellos elementos que le causaron daño, perdiendo certeza y credibilidad. La corrida de toros es ante todo, un ritual, que no debe perder nada de lo que la hace majestuosa, inigualable. Incluso, y sin la garantía de conservación que perece por parte de la UNESCO misma, ya es un auténtico patrimonio cultural inmaterial en el que la comunidad toda debe defender responsablemente, siempre bajo la rotunda carga de circunstancias que tocan su pervivencia milenaria o secular. Al tratarse de un ritual en el que se vinculan intensamente la vida y la muerte, esto no puede entrar en conflicto con una colectividad que se opone, en la teoría y la práctica, a su desarrollo. Si el argumento es “maltrato animal”, esto debe quedar claro al largo proceso donde su puesta en escena cobra una intensidad que pocos espectáculos poseen. Sus tiempos, sus pasos están encaminados de manera armónica a la culminación del acto sacrificial, del holocausto, por vía de un conjunto de factores hacia la consagración. Por tanto, nosotros los taurinos, tenemos absoluta certeza de que en ese particular despliegue de circunstancias, ocurren de manera incomparable cada uno de sus cuadros.

Vendrá el momento de definir cómo habrá de transitar de aquí en adelante. En realidad, los ajustes son mínimos (poner los ojos en el reglamento taurino, por ejemplo) e intensificar su presencia bajo el principio de una digna conservación. La historia, la estética y otras especialidades serán necesarias para fortalecerla en todo momento, aunque no debemos caer en las debilidades, ni tampoco en el coqueteo de los lugares comunes que acaban por ponernos en evidencia.

La suma de voluntades, del “todos a una” deberá ser la respuesta contundente, homogénea y sensata para una nueva época del toreo. Recuerdo, sólo como dato complementario, que, en 2026 se cumplirán 500 años de toros en México, conmemoración de la que esperamos una grandiosa oportunidad para demostrar cuán importante ha sido la presencia de este espectáculo ya, como un legado, un patrimonio.

México, mayo 21 de 2020.

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