CABALLOS LOZANOS, BRAVOS, FIEROS…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Retrato ecuestre del virrey BERNARDO DE GÁLVEZ, por los frailes Jerónimo y Pablo de Jesús, Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec.

A lo largo del periodo virreinal, se celebraron no cientos, quizá miles de espectáculos taurinos que se convirtieron en la respuesta a fiestas solemnes o repentinas que solían ser el común denominador para conmemorar diversos acontecimientos.

El solo llamado a su puesta en escena, era un llamado para poner en marcha un complejo proceso de organización, en el cual se convocaba a los arquitectos quienes presentaban el proyecto del coso a montar, pensadas en disposiciones donde solían aprovechar el espacio de las plazas mayores, donde se levantaban ya cuadradas, rectangulares, ochavadas y en algunos casos elípticas. Se mandaban comprar los toros y todos los componentes que habrían de formar parte. Se contrataba a las cuadrillas –ya fuese a caballo o a pie- y así, durante varios días, las capitales o sus provincias contaban con aquel entretenimiento.

Sin embargo, ante lo ya advertido de que se trató de un número elevado de festejos, no quedan sino unas cuantas relaciones de fiestas, ya en verso o en prosa, que dan cuenta de aquello. Llama la atención que sean tan escasas, y esto es probable en la medida de su permanente presencia, lo que sin duda habría originado textos repetitivos, aún a pesar de que se convocara a los autores a presentar obras que luego eran premiadas y publicadas. Otro factor a considerar es el bajo índice de lectores, e incluso la monotonía misma. El hecho es que contamos apenas con lo suficiente para crearnos una idea sobre aquellos que despertaron verdadera conmoción y que hoy causan admiración por el estilo en que fueron concebidos. Una de ellas, escrita en 1621, rememora la “máscara que los artífices del gremio de la platería de México y devotos del glorioso San Isidro el Labrador de Madrid, hicieron en honra de su gloriosa beatificación (esto el 21 de enero), y que salió de la imprenta de Pedro Gutiérrez.

Lo que destaca ahí es la ostentación y ornamentación en la que fueron descritos algunos de los caballos que desfilaron. Ya en 1604, Bernardo de Balbuena en su Grandeza Mexicana, había realizado elogiosa descripción en tercetos que ahora pasan por aquí:

Los caballos lozanos, bravos, fieros;

soberbias casas, calles suntuosas;

jinetes mil en mano y pies ligeros.

 

Ricos jaeces de libreas costosas

de aljófar, perlas, oro y pedrería,

son en sus plazas ordinarias cosas.

 

Pues la destreza, gala y bizarría,

del medio jinete y su acicate,

en seda envuelto y varia plumería,

 

¿qué lengua habrá o pincel que le retrate

en aquel aire y gallardía ligera,

que a Marte imita en un feroz combate?

   Encabezaron aquel espectáculo diversos personajes que recreaban a “todos los caballeros andantes autores de los libros de caballerías, Don Belianís de Grecia, Palmerín de Oliva, el caballero del Febo, etc., yendo el último, como más moderno, Don Quijote de la Mancha, todos de justillo colorado, con lanzas, rodelas y cascos, en caballos famosos”, es decir que evocaban a quienes habían configurado la expresión más rigurosa de aquellas prácticas ecuestres. De pronto, apareció un segundo labrador “en un caballo rosillo, con sayo y caperuza de terciopelo azul, sembrado de espigas, él y la crin del caballo, con un bieldo al hombro, de cuyos ganchos pendía, escrita en letras góticas, una octava que declaraba el pensamiento de la máscara. Éste llevaba tras sí doce mancebos de traje y rostro guinea, y por armas, arcos y flechas, en doce caballos, vestidos de otras tantas pieles de toros con sus astas tan bien puestas que a la vista parecieron naturales toros, invención que pareció muy bien por ser cosa nunca vista en las Indias”.

Al final de esta breve descripción anota su autor que la máscara “Desta suerte anduvo las calles más principales de la ciudad, gobernándola cuatro generales, que para ello fueron señalados, en caballos ligeros, lucidísimos de adorno y vestido; llevaron los rostros cubiertos por la variación de los colores. Y demás destos iba otro descubierto, con calza y ropilla negra, sombrero negro con bizarras plumas, y bota blanca, en cuerpo, que por lo negro del traje, y ser el caballo blanco, pareció muy galán.” Esto refleja la notoria presencia de caballeros participantes como los hubo en otras fiestas en 1747, con motivo de la asunción del rey Fernando VI.

Me refiero a El Sol en León. Solemnes aplausos con quien el rey nuestro señor D. Fernando VI, Sol de las Españas, fue celebrado el día 22 de febrero del año de 1747 en que se proclamó su Magestad… por la Muy Noble y Muy Leal, Imperial Ciudad de México, escrita por José Mariano de Abarca y Valda y publicada por la imprenta de María de Ribera.

Encontramos, en justo momento la descripción relativa a

   El aderezo de los caballos [que] era diverso: la cuadrilla del señor Corregidor lo sacó de tela verde de plata, guarnecido con galones de plata de Milán; (…) Si bien todas las sillas eran iguales y cortadas al propósito, ni del todo bridas ni del todo vaqueras, con pretales guarnecidos de plata, cascabeles y florones también de plata de martillo y las mantillas o anqueras con sus higas y guarniciones de lo propio, las estriberas eran de lomo y las espuelas con rodajas grandes al uso de este reino, unas y otras plateadas a fuego, si no fueron las de los cuatro caudillos o guías, que eran de plata de martillo.

   Ya en la Plaza con sus padrinos, las cuadrillas se unieron en su centro, las cuatro con las necesarias evoluciones para incorporarse y llegar de frente todas a saludar a Su Excelencia el señor Virrey. Lo cual ejecutado, se fueron con grande orden separando de dos en dos, y dando círculo y medio a la Plaza, hicieron el paseo, quedando cada cuadrilla en la puerta fronteriza de aquella por donde entró; luego con otro medio círculo ejecutado al galope, se apoderaron de las cuadrillas de sus respectivas puertas.

   Desde ellas, en unos perfectos círculos, comenzaron un manejo o lucida escaramuza, en el que noblemente embargada la atención con la vista no acababa de admirar el primor y la destreza con que, mezclándose unas cuadrillas con otras, se unían en el centro de la Plaza y en sus ángulos se separaban, siempre variando de figura. Y habiendo hecho cada una de por sí, en el ángulo propio, su torno y reencuentro, lo repitieron en los tres de las demás, quedando todas en las puertas por donde hicieron la entrada.

   Como el manejo ejecutado duró mucho, cedieron a la fatiga los brutos, pero no los generosos bridones, y así, para proseguir sus lucimientos, tomaron las puertas con el fin de remudar los caballos. Y para que el alboroto no se interrumpiese, se promediaron los juegos con dos toros que se lidiaron, entrando a la parte de los regocijos no menos la razón, ajustando a su armonioso compás el métrico tropel de los caballos, que la brutalidad de las fieras, animando en cada amago de su coraje un peligro, y en cada bramido una muerte.

   Esto mismo se ejecutó los otros tres días de las carreras, y en el presente apenas había medido con su cuerpo el segundo toro la arena, forzado del violento impulso del rejón a exhalar por la boca de la herida, envuelto en humo y cólera, su bruto espíritu, cuando, despejada la Plaza y ardiendo la plata en los clarines, se hizo segunda llamada; y siguiendo el norte de sus acentos, las cuadrillas repitieron el circo, entrando cada cual por su respectiva puerta, y comenzando otro manejo, fueron con grande primor formando unos lazos. Cada cuadrilla los empezaba sobre su derecha, y torneando sobre su izquierda en el centro de la Plaza, iba a ocupar la esquina que dejaba libre la cuadrilla de mano derecha. Por eso, siendo cuatro las cuadrillas y otros tantos los lazos y tornos, vino a quedar en el último cada cuadrilla en el mismo puesto de donde había salido. Luego con gloriosa emulación de la coronada Villa de Madrid y de otras ciudades de Europa, se corrieron, como en sus plazas, alcancías, de dos en dos, expirando a la luz del primero día entre tantos brillos de nobleza y tantos resplandores de lealtad.

   Disputándole los lucimientos, amaneció el segundo. Cuando el sol con su decadencia da principio a la estación de la tarde, hecha al son de los clarines la llamada y concluido el paseo de los padrinos entraron por sus puertas las cuadrillas con otra distinta figura, e incorporándose con los padrinos en el centro de la plaza, la pasearon toda con mucho garbo y majestad, no siendo cosa inferior el denuedo y cortesanía con que saludaron a Su Excelencia y le pidieron facultad de proseguir estos festejos. Obtenida sin dificultad la licencia, se empezó un manejo que fue hacer cada cuadrilla un círculo en su esquina hasta los medios de sus ángulos. Sobre éste se formó otro de todas cuatro, que ocupaba toda la circunferencia de la plaza, siendo lucida corona de su recinto. Con esta figura dieron dos tornos al teatro; después se separaron, quedando puestas en dos alas y en esta forma hicieron una escaramuza de la una esquina a la otra contradictoria; de manera que, encontrándose en el centro de la plaza, se separaban para sobre el otro torno volverse a encontrar, y poderse atacar de frente sobre una y otra línea.

   Hechas cuatro escaramuzas en esta conformidad, volviendo a formar todas cuatro sobre un torno un círculo de todas, y separándose igualmente, quedó cada cual en su puerta. Después salieron a remudar los caballos, corriéndose en el entretanto dos toros. Poco tiempo duró esta diversión, porque, paladeados todos del primor y destreza de los caballeros, libraron en los toreadores el que se disminuyesen los plazos, cortando en breve con las vidas de los toros las demoras de los regocijos.

   Y así, apenas tomado las puertas cuando volvieron a entrar, haciendo inmediatamente otro manejo de tornos y parejas encontradas, de una a otra esquina. Luego se corrieron cañas y alcancías, y aunque tan generosos pechos, jamás fatigados en el servicio de su Monarca hubieran querido detenerse más en los obsequios de su nuevo Príncipe, se los estorbó la noche, que ya de pardas sombras iba a gran prisa cubriendo el horizonte, y así se retiraron, aliviando al dolor de fin de este día con la esperanza de la continuación del tercero.

   Este fue el martes veinte y uno del mismo mes… Se escucha la llamada de los clarineros, paseo de la plaza de los padrinos, y el pedimento de la venia al señor Virrey, las cuadrillas, desde el cuadro que correspondía a cada una formaron un airoso círculo acompañadas de los padrinos, que muraba todo el espacio de aquella galante campaña. Luego, separándose de ellos, todas en sus esquinas empezaron un lucido y vistoso torno mezclándose cada cuadrilla con su contraria y revolviéndose en los ángulos de la plaza y medios de los cuadros, entraban y salían unas con otras, bosquejando una pulida labor o rosa de ocho hojas, la cual perfecta, y todas las cuadrillas en su lugar correspondiente, repitieron desde él distintas escaramuzas de grande arte y lucimiento. Entretanto que después remudaban los caballos, hicieron paréntesis dos toros, el que brevemente cerró la segunda entrada de los caballeros quienes, para coronar su destreza, concluyeron la tarde corriendo sortijas en carrillos con listones.

   Las sortijas que se pusieron en dicho arco, fueron treinta y constaban de tres tiempos: el primero, la expresada sortija; el segundo, el ruido del carrillo; el tercero, tres varas de listón de varios colores que llevaban consigo las sortijas (…) Con esta diversión se dio fin a la tarde, quedando cada individuo de los que corrieron llenos de vítores y laureles, aunque con noble codicia de aumentar más coronas a sus sienes en el último día.

   No podía faltar un soneto, que sirviera como remate a aquella suntuosa descripción escrito por el Sr. Comisario D. Joseph Francisco de Cuevas, Aguirre y Espinosa que no podía ser más elogioso:

A LOS CABALLEROS MEXICANOS EN SU FUNCIÓN DE CARRERAS

 

Coger a Phebo brillos y luceros

No temen para Adornos, y vestidos,

Por superior planeta defendidos

De su enojo bizarros caballeros.

A Phaetonte no dudan lisonjeros

Enmendar los errores advertidos;

Y de Apolo Caballos bien regidos

Manejar sin peligro más ligeros.

Ascender a la Esfera Soberana

De el Hesperio FERNANDO, Sol que anhelan,

Con atención no excusan cortesana.

Y registrar sus rayos no recelan,

Que de el águila Regia Mexicana

Son Hijos, y no corren sino vuelan.

   Dos muestras, apenas dos de una múltiple cantidad de jornadas festivas que deberemos recrear con otros elementos, lo cual podría representar un ejercicio interesante entre estudiantes de literatura hispanoamericana, por ejemplo.

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