RESEÑA LITERARIA DEL LIBRO SOL y SOMBRA DE JOSÉ CUELI.

Por: José Francisco Coello Ugalde

JOSÉ CUELI3

   Estamos en la época de la posverdad, es decir que se somete a que la historia no es necesariamente lo que sucedió sino lo que se dice que sucedió. Hace 34 años, 1988 para mejor referencia, Francis Fukuyama sentenciaba el fin de la historia, y la historia continúa. Hoy, ya no solo es neoliberalismo o posmodernidad, que siguen ahí, inmutables, como lo fue en su momento la globalización que terminó doblegada con la invasión rusa de Ucrania, bajo un comportamiento diametralmente opuesto que solo puede entenderse, de aquel otro lado, precisamente cuando el mundo emergía de la Guerra Fría, y era Rusia una nación invitada a compartir el sistema financiero global, dándole acceso a los mercados mundiales de capitales. Buena parte de nuestra realidad, en tanto seres humanos, habita o se ha posado -aquí y ahora- en la «modernidad líquida», concepto con el que Zygmunt Bauman define ese modelo social que implica «el fin de la era del compromiso mutuo», donde el espacio público retrocede y se impone un individualismo que lleva a «la corrosión y la lenta desintegración del concepto de ciudadanía».

   Y en historia, no podemos olvidar que «el pasado nos constituye», según afirmó Edmundo O’ Gorman referente en la formación académica de sin número de historiadores. Y es que, cuando nos centramos en la tauromaquia, tenemos que hacerlo pensando en el andamiaje de siglos o milenios que han intervenido y procesado esta expresión para verla y entenderla como un patrimonio, como un legado que lleva en su plexo solar el paso ritual de la vida a la muerte.

   Tras la conquista española, y logrado el mejor de los equilibrios en el mestizaje o sincretismo, lo más hondo de una tauromaquia concentrada en territorio hispano, convivió con sin número de culturas prehispánicas hasta el punto de un maridaje que logró permear en la forma de ser y de pensar de los mexicanos.

   Ahora bien, para poder elaborar la presente reseña fue necesario acudir a otro libro imprescindible: El pozo de la angustia, cuyo autor es José Bergamín, del que salieron estas citas:

-Hacer tiempo es hacer memoria y hacer memoria es hacer historia.

-Hacer tiempo, hacer memoria, hacer historia, es sencillamente vivir. Pero vivir ante la muerte, es sencillamente vivir. Pero vivir ante la muerte, frente a la muerte, y contra la muerte.

  Fue entonces que encontré la primera señal complementaria entre Bergamín y esta otra planteada por José Cueli cuando sugiere: «y el tiempo que inexorablemente ofrece el presente es siempre ahora. Si no es ahora es nunca, es otra vez, sin el tiempo, la muerte no es un más allá del tiempo… tiempo que es la base del psicoanálisis, tiempo del que ignoramos su origen».

   De nuevo José Bergamín:

-Unas almas se purifican al arder y otras se consumen.

-Por eso la existencia está siempre más allá del ser. Por eso lo trasciende.

-La verdad no es una razón, es una pasión.

-No hay nada menos razonable que la verdad ni más verdadero para el hombre que perder su razón por ella.

   Y la señal definitiva, de caminos encontrados entre CueliBergamín y Cervantes aparece repentinamente cuando el autor de El arte de birlibirloque apuntaba:

-Nunca quiso Don Quijote tener razón. De nada ni por nada. Con nadie ni tampoco contra nadie. Sino con todo y contra todo. Quiso tener pasión hasta la muerte.

   Ahora bien, Sol y Sombra. Quijote torero no es un libro más de toros. Es más que un libro de toros, por su hechura y logrado por una pluma cuyos escritos publicados desde 1984 y hasta hoy en La Jornada, siempre son como una bocanada de aire fresco, que traen rasgos muy peculiares, resueltos las más de las veces bajo el principio de una capacidad de síntesis que a muy pocos les es dado. Precisamente José Cueli, es uno de ellos y con él y para él son estos apuntes.

   He de decir, en primera instancia que me sorprende positivamente el gesto de La Jornada, en tanto editorial, al incluir un libro taurino en su ya larga trayectoria, lo que celebro de veras. Y más aún, tratándose del autor que hoy reseñamos y elogiamos gozosamente.

   Confieso haber aprendido dicha virtud, la de la capacidad de síntesis, luego de leer a Vicente Lombardo Toledano. Se trata de un libro cuyo simple título es Summa. Recordaré que summa es la acumulación de conocimientos. Lo mismo me ocurrió con José Bergamín -como ya lo dije- en El pozo de la angustia donde ciertos pasajes, frases u oraciones tienen un dejo de aforismo muy suyos o que recoge de otros autores, como este de Heidegger: «Por qué ser, y no más bien nada». Al igual que «… el ser es, por esencia, finito, y solamente se patentiza en la trascendencia del existir como sobre nadando en la nada» (en ¿Qué es la metafísica?).

   Y luego Gustav Mahler, el gran compositor austro-bohemio nos ha dicho: «la sinfonía es como el universo, porque lo comprende todo».

   Finalmente llegan hasta mí esos versos geniales de Lope de Vega que acaban con el cuadro. Pepe Luis Vázquez, el torero de San Bernardo acudió a ellos para citarlos bajo esta idea: «el toreo es -y aquí Lope– algo que se aposenta en el aire, y luego desaparece».

   Por eso, este no es un libro más de toros. Es un libro de toros integral, debido a la obra de otros tantos títulos donde El Quijote de la Mancha se convierte en pieza estelar. Tras él, y en la mirada de un psicólogo no podían faltar ni Sigmund Freud, ni Jaques Derrida, aunque en menor medida Lacan. También Cueli, logra poner en valor a José BergamínGarcía Lorca o Rafael Alberti. Se encarga de darnos una lección sobre las alegrías y tribulaciones del Quijote en sus más diversas facetas como caballero andante. «Sabido es que el ingenioso Hidalgo manchego sigue en solitario la carrera de caballero andante con las caducadas armas blancas del medievo, cuando ya el mundo moderno moviliza grandes ejércitos y utiliza la artillería y los arcabuces». «Cervantes, por su parte, escribió un libro, que más que texto es una herida, que procede del angustioso enigma de la libertad del hombre».

   De ahí que toda esa narrativa épica de la que Amadís de Gaula es, entre otros el centro del universo, debemos entenderla como género literario que agrupa las obras en las que se relatan las acciones de los héroes más destacados y emblemáticos de una comunidad, pueblo o nación. Y de todo ello dan cuenta esa enorme estela de libros de caballería, donde uno de sus autores es, ni más ni menos que Juan Suárez de Peralta, criollo novohispano y cuyo Tratado de la jineta y la brida, compendio de experiencias de este lado del mundo, se publicó en Sevilla en 1580. Discurso y práctica que don Quijote no se cansaba de proyectar en sus permanentes delirios en la aridez manchega y otros territorios.

   Gracias a Sol y Sombra, ahora sé que solo existen dos pulsiones: la de la vida y la de la muerte. Pero al cabo de la lectura encuentro recreadas otras pulsiones: la del Quijote mismo, la del toreo, la de la obsesión por una representación que significa para los cabales, asistir a un ritual el cual reúne eso que precisamente José Bergamín definió como El pozo de la angustia, razón y pulsión que nos ciega hasta lo más hondo de cuanto entendemos. Y no solo eso, aquello ocurre cuando presenciamos un milagro, lo que no es poca cosa. Allí se entrecruzan las llamaradas que expresa nuestro autor arropado por GoyaMalcolm LowryGeorges Bataille y todo un conjunto de autores o artistas con quienes teje un diálogo del que van saliendo -entre la fascinación y el encanto-, ideas, conceptos que solo dichos o escritos así, permiten trascender el yo más interno, ese por el que cabalgan El Quijote y Sancho o aquel otro que se desprende desde los confines del erotismo. En estos tiempos donde la sociedad marcha a trancos inseguros hacia lo impredecible, es claro observar la frágil mirada o noción que hacen suyo algunos segmentos de la humanidad a la hora de expresar, a veces, sin fundamento, teorías o conceptos plegadas a un auténtico terrorismo ideológico, único síntoma que la ignorancia se encarga al enrarecer su pensamiento. Y esto es precisamente un síntoma de los contrarios, de los antitaurinos quienes se han afanado en diseminar su discurso, lleno de pequeñas frases con las que expresan repudio, argumentando que el toro es blanco de tortura. Vamos a verlo en función del análisis que José Cueli hace al respecto, sobre todo, cuando lo realiza con vistas a ponernos ante un escenario que es creíble en la medida de sus ideas, cuyo primer sustento es la psicología.

   Cueli encarna toda una tipología de asertos que gravitan en ese estado efímero que es el erotismo, cuyo tránsito per se; y al dirigirse hacia la tauromaquia, cobra otra dimensión.

   Vistas así las cosas, entramos en el campo de la literalidad expresa, ese territorio que pocos han alcanzado al decodificar lo inclasificable con frases o sentencias como «Ese lenguaje único de la espera de Don Quijote, del te espero a la orilla de tu sombra», dirigida a Dulcinea, según nos lo advierte Cueli.

   José Alameda escribió una columna hebdomadaria titulada «Signos y contrastes». Signos y contrastes es lo que encuentro entre los apuntes de José Cueli y otros hacedores, como este ejemplo:

   «Quizás la amante no acude nunca a la cita, el torerillo nunca llegue a figurar, pero todo amor la recrea, la eleva, tras ese acto de fe en ella que sería como una visión de la imposible presencia de la ausente». Tal me recuerda lo que escribiera Pedro Salinas en la «Rosa pura»: «Amante, amada no».

   Y se pregunta Cueli, se pregunta el Quijote ¿Dónde están la muerte y el duende torero? En toda una esperanza, en lo absurdo racional del Quijote que pelea por sobrevivir y cuya grandeza fue haber sido burlado y vencido, porque siendo vencido es como venció. Dominaba el mundo poniéndolo a reírse de él. Y, ¿no será en el toreo, como a la manera quijotesca, intentamos reírnos de la muerte como ella se ríe de nosotros?

   De pronto, aparece esa addenda imprescindible para Cueli: las cornadas del hambre, máscara del alcoholismo. Neza y Anexas, que es una especie de espejo -aquí diálogo del Zincuatle con la llorona-, allá la Región más transparente, donde Carlos Fuentes delira en monólogos de un alter ego en la figura de Ixca Cienfuegos, cuando todo es un hablar sin puntuación, sin espacios, en forma continua como literatura deliberada, con la obstinada queja proveniente desde el tatuaje más profundo de los marginados, que dicen su todo más lastimero. Aparece lo descarnado que vomitaba una de aquellas goteras de la ciudad hace ya varias décadas, como si Guillermo Prieto estuviera por aquí y nos contara sobre los barrios más pobres de una ciudad de México que comenzaba a extenderse con levedad a lo largo del siglo XIX y que hoy, ya en el XX o el XXI, es un auténtico delirio, que se comporta de igual forma que un tsunami.

   El Zincuatle o alicante es una culebra o serpiente y aunque no venenosa precisamente, se enreda entre las piernas o los brazos con el propósito de asfixiar a la víctima. Y el Zincuatle, de pronto, serpentea en un monólogo donde lo sorprendemos diciendo “(…) pero ya sabemos que no sabemos qué es la vida qué es la muerte qué es el infierno qué disfrutar a veces no sabemos pero ya sabemos que no sabemos se sobrevive poco pero se sobrevive en el hambre se nace muerto pero se sobrevive la muerte no es ridícula y aburrida es la muerte simplemente…”

   Como columnas en el Olimpo, destacan, a lo largo del libro, una rigurosa selección de al menos un centenar de los escritos semanales de José Cueli, que hoy deben superar con facilidad 1500 registros imprescindibles unos y otros.

   Llegamos al culmen de ciertas expresiones que conmueven, «… de ahí que la fiesta brava sea luz y sombra, religiosidad y erotismo, ritual que se escenifica desde la antigüedad como un eterno retorno que nos revela el misterio de la vida y de la muerte».

   Cueli nos presenta también a Georges Bataille quién encuentra una íntima relación entre el erotismo y la muerte en un sentido trágico que bien puede transitar del sollozo más desgarrador a la risa más incontrolable.

   Digamos pues, en términos o conceptos taurinos, que irrumpe misteriosamente el erotismo. Por lo tanto «El erotismo es ceremonia, representación». Y aún más «el erotismo [es visto y entendido como] Invención equivoca, como todas las que hemos ideado: el erotismo es dador de vida y de muerte. Y entonces, aquí las pulsiones. La vida es una hinchazón un moho, no se caracteriza por otra cosa que por su actitud para la muerte. Y para más inri, «detrás del drama del paso de la existencia, sólo encontramos la vida unida a la muerte…  o la belleza o lo bello. Como memorias de la muerte».

   Y ya en la frontera entre el paso de la vida a la muerte, aparece Michel Leiris, gracias al atinado ojo de José Cueli para aproximarnos a entender que «La crueldad es una dimensión de lo intangible», si es que tal estancia existe. El poder expresivo de la palabra se quiebra donde la sensibilidad y el entendimiento quedan perplejos. En el ritual torero «lo sublime y lo abyecto; la profanación y la celebración no son otra cosa que un auténtico estado de excepción porque el hombre ante la bestia representa una totalidad indivisible, un sujeto absoluto enfrentado a la voluntad de poder más allá de los límites que las libertades individuales imponen». Y es todo esto, al fin y al cabo el proceso de una ecuación que nos desvela, justo en el paso de la vida a la muerte, donde se impone un dictado maniqueo que trata de una confesión transferencial en tanto yo me explico por otros, soy explicado por vivos o muertos en tanto son ellos mismos. Por eso el toro es el reflejo en un espejo manchado donde no me reconozco.

   En el desenlace del libro aparece esta expresión contundente: ir a los toros con limpieza es ir a estar presentes, es ir a presenciar, a testimoniar algo -un misterio, un sacrificio, no se sabe bien, algo evidentemente muy oscuro para todos-.

   Ante lo que parece en definitiva y que ocurre frecuentemente en los toros, es que se ha perdido la capacidad de asombro. En este libro, ya lo decía yo, al principio privan dos pulsiones: la de la vida y la de la muerte, sin más. Aún así, se crea, a lo largo de su discurso una tercera pulsión que acaba por alcanzar la dimensión tridimensional de profundidad o del espacio: la del toreo.

   Edmundo O’ Gorman -y aquí terminó-, en su Crisis y porvenir de la ciencia histórica, edición de 1947, apunta en su último párrafo:

   “Junto a las catedrales y sus misas, las plazas de toros y sus corridas. ¡Y luego nos sorprendemos que a España y los suyos de este lado nos cueste tanto trabajo de entrar por la senda del progreso y del liberalismo, del confort y de la seguridad! Muestra así España, al entregarse de toda popularidad y sin reservas al culto de dos religiones de signo inverso, la de Dios y la de los matadores, el secreto más íntimo de su existencia, como quijotesco intento de realizar la síntesis de los dos abismos de la posibilidad humana: el «ser para la vida» y el «ser para la muerte», y todo en el mismo domingo”.

Gracias por su atención.

Seminario de Cultura Mexicana

CDMX, 23 de abril de 2022.

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