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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA… POLÉMICA CON EL AUTOR DE ¡ABAJO LOS TOROS!

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE V). 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Acudí a la cita. Me esperaba el Sr. Ministro de Relaciones Exteriores en su despacho. De inmediato y sin mayores preámbulos pasamos a una discusión que tanto en 1906 como en 1995 o como en este 2009 o 2010 sigue teniendo la misma vigencia. De la imprenta de D. Mariano Viamonte Zuleta acaba de recibir el primer ejemplar de su texto ¡Abajo los toros! dedicado al señor presidente de la república General de División don Porfirio Díaz. Me llama la atención que, sin ningún empacho pide nuestro personaje a don Porfirio “suprima en México, la bárbara, sangrienta y bochornosa diversión de los toros”. Apenas terminé de revisar la portadilla, don José López Portillo y Rojas suelta los primeros ataques discriminando y cuestionando la fiesta de toros.

Carátula de la obra aquí mencionada.

   José López Portillo y Rojas (JLPyR). Es un hecho que entristece, la inmensa y progresiva aceptación que va teniendo en nuestro país el espectáculo de los toros, el cual puede compararse con un mal ya endémico, que se extiende todos los días y convierte en más y más virulento.

José Francisco Coello Ugalde (JFCU). El pueblo ha hecho suyo el espectáculo, desde el momento en que culmina la conquista. El mundo español lo aposentó, el americano lo enriqueció con su carácter propio y así ha discurrido por más de cuatro siglos y medio.

JLPyR. Sería posible aún poner remedio al mal, porque el toreo no adquiere todavía carta de nacionalidad mexicana.

JFCU. Se ve don José que usted de plano no se ha dado una vueltecita por la plaza México de la Piedad, o no se ha enterado que con la influencia de Bernardo Gaviño primero; y la presencia hegemónica de Ponciano Díaz después, surge la expresión original de una escuela mexicana del toreo -discutible pero también indiscutible- que luego llevarían a niveles privilegiados Rodolfo Gaona, Silverio Pérez o Manolo Martínez, cada quien en su momento.

JLPyR. Usted sabe que si esa plaza [el Toreo de la Condesa] llegase a levantarse en nuestra capital, sería un monumento erigido a nuestra barbarie.

JFCU. Déjeme decirle que la vida de dicho coso alcanzó en ese sitio la friolera de 39 años y luego pasó su esqueleto a terrenos de Cuatro Caminos, inaugurándose en 1947 para reinaugurarla más tarde, en 1994. Pronto, en 1997 será su cumpleaños número 90.

En cuanto a la mencionada barbarie estoy de acuerdo con usted en aceptar su afirmación porque finalmente se trata de una tortura que concluye en la muerte del toro y va contra los principios del raciocinio humano. Pero esta diversión se sustenta en muchos siglos de formación, y por culturas que en general son bárbaras en cuanto idea de dominio sobre otras. Romanos, hispanos e incluso la fusión -para bien o para mal- (nunca como justificante maniqueo) de la española e indígena que devino en mestizaje. Nuestros antepasados indígenas dominaban férreamente, controlaban a otros grupos que se arrogaban en un vasallaje el cual se trastocó en guerra por alianza habida con los hombres blancos y barbados llegados desde el mar.

Por ese aspecto es como se refleja la permanencia de las corridas de toros en lugares donde Hispania primero, España después se aposentó con poderosa influencia cultural y sus pueblos -independizados de ella aunque con un idioma común-, a través del tiempo han aceptado como algo que los constituye, al espectáculo de toros con sus partidarios y no partidarios también.

Nervioso veo al señor ministro que quiso interrumpirme en varias ocasiones durante mi intervención y de nuevo se apresta a participar.

JLPyR. Quiero hablarle de la suerte de varas. El caballo, herido y moribundo, queda tirado en la arena sin que nadie lo defienda, y el toro en sus vueltas y carreras furiosas por el coso, le asesta nuevas cornadas cada vez que junto a él pasa; en tanto que el desventurado animal, que no ha logrado ni siquiera ver a su verdugo, levanta del suelo difícilmente la cabeza y, por instinto de propia defensa, tira al aire débiles, patéticos é inútiles mordiscos.

Dígame usted: ¿Es esto hermoso? ¿Es estético? ¿Es pintoresco? De ningún modo, sino feo; mas que feo, horrible; más que horrible, repugnante.

JFCU. De ninguna manera es hermoso, pero como aficionado le diré que es necesario. Pasaron ya los tiempos en que el caballo salía a la plaza sin peto y estamos en una época donde el maxipeto protege la humanidad del equino, solo que los de a caballo aprovechándose de semejante muralla yerran muchas veces al principio de la suerte, reciben al toro para de inmediato atacarlo con puyazos diversos, tapándole la salida, corrigiendo y barrenando de lo lindo. Allí es donde se deforma la suerte que al cumplirse cabalmente se realiza dejándose llegar el toro hasta la jurisdicción, clavando la puya en lo alto del morrillo y sin soltar la vara resistir el empuje del toro sin más propósito que descongestionarlo y prepararlo para la faena de muleta. Además es una prueba que por indispensable la esperan todos los ganaderos para valorar las cruzas, la reata de los toros, el cúmulo de años de esfuerzo y sacrificio para, en esa forma poder continuar o corregir a tiempo alguna posible desviación genética. Asimismo el espada en turno calibra qué tanto de poder debe eliminarse para aprovecharlo en la faena de muleta, detalle que las mayorías ignoran y de pasada reclaman airadamente.

Este viaje por el tiempo me permite asistir a la plaza de toros “México” en la Piedad, donde hoy se levanta el Cine México una más de las víctimas del progreso al quedar convertido en un espacio que al interior presenta la división en varias y nuevas salas de exhibición. Y la corrida a la que asisto es de las mejores de aquel año de 1906. Fue la tarde del 14 de enero en la que se reunieron tres diestros españoles: Antonio Fuentes, Antonio Montes y Ricardo Torres “Bombita” entendiéndoselas con 6 de Piedras Negras. El de Tomares, y en el sexto de la tarde de tan arriesgado que estuvo en su actuación fue herido gravemente en el pecho. Lo destacable es que los tres espadas fueron congeniando con el nuevo estilo de torear, fueron moldeando ese toro propicio para la faena moderna, condición que le faltaba bien poco para entrar a escena. Fuentes, en artista, Montes con facturas de valiente y “Bombita” fuente de sabiduría a la hora de lidiar toros.

Olorosas tazas de café acompañan la cada vez más interesante plática.

JLPyR. Los banderilleros ponen las banderillas donde pueden, y a veces resulta alguna moña clavada en un ojo de la fiera, y el espectáculo se hace intolerable. Los matadores degüellan al toro con harta frecuencia, haciéndole toser y vomitar sangre, ó bien le hieren los tendones de los cuartos traseros ó delanteros y le toman cojo en el acto. Y por regla general, cuando la fiera puede ya apenas moverse por tantas estocadas como ha recibido, y sangre como ha perdido, es cuando se ve solicitada por la muleta del matador para que embista, y cuando al moverse pesadamente sobre la capa, recibe la estocada que le derriba. Convengamos en que esos espectáculos son hechos para contristar, y no para regocijar el corazón del público.

JFCU. La culminación de una faena no se reduce a la sola representación de cuanto usted reseña. Llega a ocurrir sí, pero el propósito de todo torero, tras una labor de mérito es rematar con una gran estocada evitando, en la medida de lo posible lo que puede ser visto o considerado como una agonía desagradable.

Ahora bien don José, su discurso está basado en una explosiva crítica sin tomar en cuenta la real dimensión de lo que somos como mexicanos, como pueblo al que agrada y acepta este espectáculo, de lo cual ya hemos hablado y discutido bastante desde hace un buen rato.

JLPyR. Correcto, pero dígame para todo esto se necesita haber perdido hasta la más remota noción de humanidad para dar cabida en el pecho a tales y tan feroces sentimientos. Y es un hecho que el placer de los toros conduce a mirar con indiferencia los dolores y la muerte del prójimo y a guardar para solos los caballos todas las ternuras del alma, queda con eso mismo comprobado que la diversión de que se trata, deforma, endurece y corrompe el corazón, rompe los vínculos de solidaridad que la naturaleza ha criado entre los individuos de la misma especie, y es, por lo mismo, altamente antisocial y funesta para el conjunto. Por lo tanto, no puede ya pretenderse que el espectáculo sea hermoso, porque debajo de la capa brillante con que se envuelve y disfraza en el prólogo, oculta en su acción y desarrollo, escenas espantosas, antiestéticas, contra las cuales se elevan las protestas clamorosas del corazón, de la razón, y hasta del simple buen gusto.

JFCU. No es nada nueva su propuesta respetable señor, pues Gaspar Melchor de Jovellanos, José de Arroyal y otros escribieron cosas tan parecidas a las suyas. Aquí tenemos que reconocer las luces de la razón, ese pensamiento de avanzada con el cual enfrentaron una sociedad amalgamada en las más diversas fuerzas de tradición a veces con un arraigo tan cercano al anacronismo que para esas sociedades es vigente, pero para ustedes no.

JLPyR. Los españoles, según Sánchez de Neira,[1] son los únicos hombres capaces de irritar, burlar y vencer al toro, y no ha habido hasta ahora otro pueblo que haya podido imitarlos. Démoslo por sentado; ese antecedente, no reza con nosotros, pues no somos españoles ni tenemos habilidad para el toreo. Y aun tomándolo en cuanta desde el punto de vista español, de él nada se deduce.

JFCU. La ventaja de los diestros mexicanos es que han universalizado el toreo ya que, luego de asimilar la experiencia española en América han hecho posible una fiesta española a la mexicana, proyectando de América a Europa lo que son de este lado del mundo. Las figuras que han conquistado un lugar en la tauromaquia nacional han tenido abierta pugna con los de su generación y así, por ejemplo Rodolfo Gaona, que seguramente ya habrá oído hablar de él, luchará denodadamente con “Joselito” o Belmonte, sosteniendo cabalmente su hegemonía hasta retirarse como los grandes; es decir, en plenitud de facultades y dueño de la situación.

Don José yo entiendo muy bien su postura como antitaurino, pero es preciso decir que la costumbre de lidiar reses bravas la absorbe nuestra nación sin solapar lo que en el pasado significó el carácter colonial con el que se impuso España al conquistar la más importante de las culturas indígenas de Mesoamérica: la azteca. Quizá fue un mal necesario que históricamente quedó asentado, trastocando radicalmente parte esencial de nuestro ser. Pero al quedar superado ese trauma con la independencia, México es una nación vigente en el orden y en el concierto de la vida moderna y del desarrollo. Si la fiesta aun permanece entre nosotros es porque su carácter encarna una realidad afín al ser que nos corresponde y nos pertenece. Y si algo es tan vivo en este momento como el culto a la virgen de Guadalupe, principio tan español y tan católico establecido apenas unos años después de iniciado el proceso de la Nueva España, es porque arraigó profundamente en la sensibilidad del mexicano. Así los toros. Más de cuatro siglos y medio no lo pueden ocultar.

JLPyR. Pues aun así no me convence. Nuestros padres los españoles, se dice, han sido afectos a los toros desde la antigüedad más remota, y han hecho de ellos su diversión nacional. Nosotros, que somos sus hijos, hemos heredado, como es natural, esa misma inclinación. Debemos, pues, conservarla como marca de familia y distintivo de raza. Si es buena o mala, es inútil discutirlo; lo único que podemos hacer es verla como un hecho legítimo, dimanante de la generación; y por amor a nuestros padres y respeto a la tradición, debemos conservarla, pues hacer otra cosa, sería traicionar nuestro origen y nuestra historia.

JFCU. De hecho no estamos tratando de ningún patriarcado sino de una costumbre, de una tradición bien habida en nuestro pueblo y que allí está, creciendo, manteniéndose en el gusto de muchos que la aceptan y la aplauden. Hoy en día se extiende por los lugares más inhóspitos e increíbles donde no se pensaba algún día que se efectuaran corridas para celebrar las fiestas de un pueblo, siempre vinculadas al santo patrono del lugar, o las de una feria donde el comercio hace acto de presencia (le recordaré la feria de Xalapa, la de san Juan de los Lagos, la de san Marcos, entre otras).

Me parece que los ánimos de don José se están alterando y, sin dejar de mencionarle otros lugares de fiesta, me aborda de nuevo.

JLPyR. ¿Por qué hemos de vivir condenados a llevar a cuestas el sambenito de los toros, sólo por ser de origen español? ¿No hemos dado el grito de Dolores? ¿No conquistamos nuestra independencia a costa de once años de lucha? Pues si nos hemos emancipado de la antigua metrópoli en lo político, no hay motivo para que continuemos uncidos a ella, en sus vicios y defectos. Imitemos a los españoles en lo que tienen de bueno: en su patriotismo, en su energía, en su ardiente amor al arte y a la belleza; no en sus defectos, máculas y deficiencias. No parodiemos a los malos poetas, que, no pudiendo igualar a Byron en la inspiración, le imitan en la borrachera.

JFCU. Tampoco es bueno caer en los extremos ni ser tan rígido ni dogmático, ni intolerable a las cosas que ya forman parte de la costumbre y de la vida cotidiana en nuestro país. Que el toreo sea un espectáculo bárbaro o sangriento, no significa que los españoles ni los mexicanos tengan que ser necesariamente seres salvajes. La fiesta brava de siglos atrás ha tenido que compartir lo irracional en sus principios pero, precisamente por ser un entretenimiento en el que va de por medio la superioridad del hombre sobre la fuerza bruta del toro es cuando ha sido necesario recurrir a métodos que probablemente no sean los indicados, pero sí los adecuados en eso de dominarlo. Y si al haber dominio existe también una práctica que tiende a la estética efímera, pues lo totalmente salvaje se contiene al darse un balance de fuerzas, mismas que atraen al público, el cual termina por aceptar o rechazar lo que el torero y los demás actores en escena realizan en el ruedo.

El Lic. José López Portillo y Rojas, autor de la publicación que aquí se desmenuza. SINAFO, 20273

JLPyR. Puédese afirmar, por lo tanto, que esta simple expresión “me gusta esto o aquello”, cuando no va adminiculada con un razonamiento serio y juicioso que la fundamente, carece de importancia desde el punto de vista de la razón. Así, los aficionados al toreo que no aducen en favor de éste más defensa que su gusto, no le justifican ni legitiman, y aun puede decirse que dan su voto en blanco. Hoc volo, sic jubeo; sil pro ratione voluntas, es una frase lógica en la boca de la mujer frívola y caprichosa de Juvenal; pero no en la de un pensador, un sociólogo y un patriota.

JFCU. Legión de intelectuales han preferido a la fiesta, dedicando al espectáculo buena parte de su producción artística, movidos por la emoción que les produce, en conjunto el embrujo de la fiesta. Al tener la oportunidad de gozar la diversión, de sumergirse en la fiesta -válgase la redundancia-, y de mirarla con ojos de reflexión, la aceptamos como es, dueña de su propia historia, que, sin temor a correr riesgos mayores, puedo afirmar que es paralela a la historia de México misma.

Don José: tanto usted como yo sostenemos nuestros principios e ideas, los defendemos, pero respetamos lo que cada uno afirma. Esto es importante y, como todavía hay tela de donde cortar, que le parece si salimos por ahí, a estirar las piernas, a caminar simplemente para desahogar lo que todavía nos queda en el tintero.

¿Le parece?

JLPyR. Pues vamos jovencito. Pero le aseguro que no me convence ninguno de sus argumentos. Vamos.

Y en pleno recorrido por esas maravillosas calles de la añeja ciudad de México, le pregunto: ¿A qué llama usted “la apoteosis de la brutalidad?

JLPyR. Degollar al buey o al cordero, coger en el anzuelo al pez y cazar aves delicadas y de plumaje espléndido, es doloroso y hasta cierto punto humillante para nuestras aspiraciones idealistas; pero consuela al menos considerar que todo ello lo hacemos por necesidad imperiosa, y no por el único y perverso placer de causar daño. Pero las lidias de toros no tienen ese carácter, pues no lleven por objeto saciar exigencias de la vida, de la ciencia o de la industria, sino simplemente el de gozar con el espectáculo de los sufrimientos y de la muerte.

JFCU. Usted menciona toda clase de atentados a seres de la naturaleza y donde el hombre participa para proveerse de alimentos con el fin de “saciar exigencias de la vida, de la ciencia o de la industria” como ha ocurrido desde los tiempos más primitivos hasta nuestros días. Tal necesidad a veces ha sido rebasada por actos abusivos que agreden a buen número de especies, muchas en vías de extinción.

De eso, ¿ha reflexionado usted todo el panorama que se vivía en su época, y hoy lo percibimos alarmados?

En cambio, el sufrimiento y la muerte no son privativos en el toro de lidia. Que esto se maneje a través de un espectáculo público le da otro cariz, es cierto. Pero es un fenómeno de gran arraigo, tan añejo que ha transitado varios siglos, adquiriendo carácter primero de diversión, sin más. Funcional después. Por eso es que de dos siglos y medio para acá el carácter profesional ha penetrado de tal forma que su solidez ha permitido un amplio espectro comercial favorable a infinidad de empresas y particulares.

Y embiste encolerizado don José diciendo:

JLPyR.: El objeto final del espectáculo es el de gozar con el martirio y la muerte de los toros (y me digo que sus palabras ya están llegando a terrenos harto peligrosos como para pensar que siga sosteniéndose la plática), el martirio y la muerte de los caballos y, cuando menos, el peligro mortal de los toreros. He aquí por qué es desmoralizadora la fiesta, porque falsea y desnaturaliza los sentimientos y degrada y pervierte a los hombres.

Además, es en las plazas de toros donde ocurre el doloroso paréntesis de la civilización porque la crueldad es el sentimiento dominante en ellas y hay quien goza gritando e insultando; rabian por ver peligro, sangre y muerte. Aquello no es una diversión; es un manicomio sublevado, un banquete de caníbales, un infiero iracundo y clamoroso.

JFCU. Licenciado: su postura es en extremo radical y creo será muy difícil que acepte la realidad tal cual es. La forma en que las corridas de toros se han establecido definitivamente en varios países americanos y también en Francia y Portugal demuestra lo penetrante de su colorido en el gusto de estos pueblos, mismos que en su formación se ha hecho patente la presencia de este divertimento entremezclado con pasajes propios de la guerra.

JLPyR. ¿Y qué tienen que ver las guerras en todo esto?

JFCU. Le menciono el caso de dos de ellas: España y México. Pero antes, se ha preguntado: ¿Desde cuándo el toreo de a pie se presentó como parte de una inquietud entre los hombres por dominar a una fiera y lograr con ella momentos de lucimiento técnico y estético?

Las evidencias están plasmadas desde el contacto de estas dos fuerzas, que podemos admirar gracias al lienzo de cuevas que dieron cabida a la expresión del hombre primitivo.

Trasladémonos al periodo que comprende los años 711 a 1492, en plena confrontación de moros y cristianos. Tal situación se da, entre otras cosas, gracias al apoyo del caballo. Con y sobre el caballo inició la demostración de alancear toros, desde un punto de vista de entrenamiento que sirviera asimismo para atravesar, más tarde y durante las batallas, lo mismo godos que árabes.

Hasta aquí una visión de conjunto. Ahora ubiquémonos en México. La conquista como anejo extemporáneo de la guerra de ocho siglos también se apoya, en gran medida, en el caballo. El torneo y fiesta caballeresca fueron privativos de conquistadores primero; de señores de rancio abolengo después. Personajes de otra escala social, españoles-americanos, mestizos, criollos o indios, se puede decir que estaban restringidos a participar en los orígenes de la fiesta española en América. Pero supongo que ellos también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones deben haber estado secundadas por la rebeldía. El papel protagónico de estos personajes, como instancia de búsqueda y de participación que diera con la integración del mismo al espectáculo en su dimensión profesional, va a ocurrir durante el siglo XVIII.

En México, la conquista y luego la colonización cumplieron un papel que permeó entre los conquistados y colonizados, al grado de mezclarse dos formas que ostentando un culto religioso opuesto, hubo entre ambas un punto común: el sacrificio acompañado de la consecuencia última en dicho acto: la sangre y la muerte. Por supuesto más válido para los grupos indígenas, aunque llevado al extremo por la espada y la cruz -ambos iconos en una sola pieza- del español.

En todo caso, don José, usted hace un severo juicio sociológico que emana del espectáculo.

JLPyR. Así es, en efecto. Las plazas de toros forman un doloroso paréntesis a la civilización. La crueldad es el sentimiento dominante en ellas; su atmósfera despierta los instintos feroces dormidos en el fondo de nuestra naturaleza. Los dilettanti del toreo gritan, insultan; rabian por ver peligro, sangre y muerte; y la rudeza, la ordinariez y la grosería de las más bajas heces sociales, salen a flote en aquel lugar y se imponen a todo el concurso. Los caballeros más pulcros y cumplidos, cuyo trato suave y cortés forma el encanto de los salones, aparecen allí transformados y degradados; echado atrás el sombrero, revuelta la cabellera, apoplético el rostro, febriles los ojos, manoteando con furia, gesticulando, apostrofando a los lidiadores para que vuelen al peligro y a la muerte; y silbándolos, insultándolos y escarneciéndolos cuando son indóciles a sus indicaciones y exigencias salvajes. Aquello no es una diversión; es un manicomio sublevado, un banquete de caníbales, un infierno iracundo y clamoroso.

Que la corrida no satisfaga por cualquier motivo los deseos o el capricho del público (bien porque sean malos los toros o porque el juez del espectáculo carezca de conocimientos) ya tenemos a la muchedumbre furiosa e indignada, arrojando al redondel botellas, sombreros, palos, cojines y sillas, arrancando las puertas de los palcos y lanzándolas al redondel, gradería abajo, sin consideración a la gente que puebla los tendidos, y a salga lo que salga. El populacho furioso se apodera de aquellos despojos, los amontona en medio del redondel y les prende fuego, ávido de desahogar la infernal sugestión producida por el torero, y de saciar sus instintos de destrucción, con las rojas llamas que se elevan de la pira y con el humo negro y sofocante que todo lo envuelve. Flota en la atmósfera un viento de barbarie primitiva, digno de los tiempos del mastodonte y del oso de las cavernas. Los rostros palidecen y se contraen como en el manicomio y en las encrucijadas, como bajo el soplo de la locura o del crimen. Hay deseo general, potente, invencible, de insultar, dañar, destruir y, sobre todo, de reñir y de matar.

JFCU. Y ahora voy con lo histórico, faltaba más.

Con la diversión de los toros, España, que vive intensamente el espectáculo sostenido por los estamentos, va a encontrar que estos no tienen ya mayor posibilidad de seguir en escena, pues

el agotamiento que acusa el toreo barroco se vio, desde los primeros años del siglo XVIII, acentuado por el desdén con que Felipe V, el primer rey español de la dinastía francesa de los Borbones trató a la fiesta de toros.[2]

De tal suerte que lo mencionado aquí, no fue en deterioro de dicho quehacer; más bien provocó otra consecuencia no contemplada: el retorno del tumulto, esto es, cuando el pueblo se apodera de las condiciones del terreno para experimentar en él y trascender así el ejercicio del dominio. Sin embargo “José Alameda” (Carlos Fernández Valdemoro) dice que el carácter que Felipe V tiene de enemigo con la fiesta es refutable. Refutable en la medida en que

La decadencia inevitable de la caballería y el cambio social con que la clase burguesa va desplazando a la aristocrática bajarán pronto al toreo del caballo.[3]

Sobre esta transformación, Néstor Luján ofrece factores testimoniales de acentuado interés al tema. Señala

como una de las causas principales el cambio de manera de montar: pues se pasó de la ágil “a la jineta” a la lenta brida, con lo cual era difícil quebrar rejones. Con este sistema, es lógico que, refrenados los caballos se usase la vara de detener, que es la de los picadores. Sea como fuere, el caso es que las fiestas de toros a caballo empezaron a desaparecer. Con la gran fiesta de 1725 (del 30 de julio de 1725), afirma Moratín que se “acabó la raza de los caballeros”. Y entonces, como paralelamente a esta desgana de los próceres por lo español, se desarrollaba un movimiento popular totalmente contrario, empiezan a tener éxito las corridas de a pie.[4]

Por su parte Alameda aduce que a Felipe de Anjou

se le achaca el haber puesto fin a las fiestas del toreo a la jineta por despreciables, contribuyendo a su inmediata liquidación. Indudablemente esto último es cierto. Pero ahí se detienen sus críticos, a quienes se les olvida o desdeñan el resto de la cuestión, su contrapartida.[5]

Justifica este autor una serie de razones como el amanecer ilustrado que  fue dándose en el curso de esa centuria, la más revolucionaria en el sentido de la avanzada racional. Pero estamos en el tramo comprendido entre 1725 y 1730. Ha pasado ya un cuarto de siglo luego de la toma del poder monárquico en España por parte del quinto Felipe.

La caballería se halla en quiebra. El toreo a la jineta es un muerto en pie, que sólo necesita un empujón para derrumbarse. Pero el toro, raíz de la Fiesta, sigue ahí plantado en el plexo solar de España. Y frente a él está el pueblo. Pueblo y toro van a hacer la fiesta nueva. No el monarca (…).[6]

Y ese pueblo comienza por estructurar el nuevo modo de torear matando los toros de un modo rudimentario, con arpones y estoques de hoja ancha, y torean al animal con capas y manteos o con sombreros de enormes alas, que promovieron, al ser prohibidos, el grotesco y sangriento motín de Esquilache.

Benjamín Flores Hernández acierta en plantear que

El arte taurómaco se revolucionó: la relación se había invertido y ya no eran los de a pie los que servían a los jinetes sino estos a aquellos.[7]

Todavía llegó a más el monarca francés: apoyó por decreto de 18 de junio de 1734 al torero Juan Miguel Rodríguez con pensión vitalicia de cien ducados. Apoyó asimismo la construcción de una plaza de madera para el toreo de a pie, cerca de la Puerta de Alcalá, que se inauguró el 22 de julio de 1743.

Y todo ello ¿con qué propósito?

(…) halagar al pueblo y mostrarle que está con él. No es permisible que Felipe realizara aquellos actos por lo que llamamos afición a los toros, por taurinismo, sino para ganarse su simpatía y su apoyo. Ello parece obvio.[8]

Antes de entrar en materia puramente política, para establecer el panorama que vive España durante el XVIII, conoceremos una visión general del papel que Felipe V, Fernando VI y Carlos III juegan a favor o en contra del toreo. Luego con un planteamiento de Jovellanos  veremos como su fuerza influye en los valores populares.

Anota Fernando Claramount que a partir de mediados del siglo XVIII ocurre

el triunfo de la corriente popular que partiendo del vacío de la época de los últimos Austrias, crea el marchamo de la España costumbrista: los toros en primer lugar y, en torno, el flamenquismo, la gitanería y el majismo.[9]

Abundando: “gitanería”, “majismo”, “taurinismo”, “flamenquismo” son desde el siglo que nos congrega terribles lacras de la sociedad española para ciertos críticos.

Para otras mentalidades son expresión genuina de vitalidad, de garbo y personalidad propia, con valores culturales específicos de muy honda raigambre.[10]

JLPyR. Entre nosotros, es fácil aún poner punto a ese bárbaro pasatiempo, porque el pueblo mexicano se adapta sin resistencia a cuantas disposiciones suele dictar a este propósito la autoridad pública. Así lo demuestra la circunstancia de que en varios Estados (Veracruz, Oaxaca, Jalisco y Yucatán según nuestros informes) de la Unión están prohibidas las corridas de toros, y de que aun en el mismo Distrito Federal lo hayan estado por varios años (diez y nueve años: de 1867 en que los abolió el Benemérito Juárez, hasta 1886), sin que nadie murmure, ni haya habido el más leve peligro de perturbación del orden y de la tranquilidad por ese motivo. Bastaría, por lo mismo, que nuestras clases directoras se propusiesen llevar a cabo tan saludable reforma, para que fuese admitida en el Distrito y en todas la entidades federadas, sin serias ni peligrosas resistencias; en tanto que sería doloroso que, dejándose pasar más largo tiempo, fuese el mal tomando creces, hasta llegar a convertirse en gigante.

Este es uno de los últimos gabinetes que encabezó el Gral. Porfirio Díaz, al comenzar el siglo XX. Entre otros personajes, podemos apreciar a Justo Sierra, a José Ives Limantour y a Ramón Corral. SINAFO, 6240

JFCU. Permítame aclararle mi posición al respecto de esta prohibición. Dediqué 10 años a un trabajo que comprende tal análisis y con la siguiente conclusión de dicho trabajo, expreso a usted mis puntos de vista:

De la revisión amplia y generalizada al motivo de la prohibición y bajo el planteamiento de doce exposiciones,[11] es de considerar -en primera instancia-, la participación directa de todos los elementos ofreciendo el análisis a doce propuestas que se sugieren para explicar causa o causas de la  prohibición en 1867.

Los doce planteamientos: 1.-Caos y anarquía en el espectáculo; 2.-El antitaurinismo de Juárez; 3.-Incidencias probables que arroja el “Manifiesto del gobierno constitucional a la nación” el 7 de julio de 1859; 4.-La prensa: factor influyente del bloqueo a las aspiraciones del espectáculo taurino en 1867; 5.-Influencia de los liberales y ellos acompañados de la tendencia positivista; 6.-Posible presencia de simpatizantes al imperio de Maximiliano, los cuales pudieron haber girado en torno a la órbita taurina; 7.-Un incidente de Bernardo Gaviño en el gobierno de Juárez en 1863; 8.-Con la reafirmación de la segunda independencia, ¿sucede la ruptura?; 9.-La masonería: ¿intervinieron sus ideales en la prohibición?; 10.-Federalismo; 11.-Temor de Juárez a un levantamiento popular recién tomado (o retomado) el destino del gobierno) y, 12.-De que no se expidió el decreto con el fin exclusivo de abolir las corridas, sino para señalar a los ayuntamientos municipales cuales gabelas eran de su pertenencia e incumbencia. Por eso el decreto fue titulado “Ley de dotación de fondos municipales y en él se alude al derecho que tienen los ayuntamientos para imponer contribuciones a los giros de pulques y carnes, para cobrar piso a los coches de los particulares y a los públicos y para cobrar por dar permiso para que hagan diversiones públicas (de las cuales, la de toros resultó ser la más afectada), como asociación de un momento histórico sometido a los rigores de la transición, a la renovación, tratando de superar la crisis nacional y procurando también la modificación de los valores ideológicos propios de una época cuyos contextos significaron arraigo mental significativo que se proyectó en la forma de ser y de pensar; tanto en sus costumbres como en su forma de vivir.

Si la fiesta de toros se consideró contraria a la civilización y el progreso, era de esperarse un combate directo para eliminarla, de ahí todos los argumentos manejados por los hombres de esa época, hombres con ideas liberales, deseosos de un cambio que tardaba en darse o de aparecer en escena, como deslumbramiento y azoro del esfuerzo mayor impuesto a tales ambiciones.

Por eso, la fiesta torera concentraba de una forma especial, los ingredientes del carácter contra el cual se atentaba y pugnaba por su desaparición en consecuencia. De esa forma caos y anarquía, o el antitaurinismo de Juárez (si es que lo hubo), aunque lo fue y lo sigue siendo para muchos, son dos aspectos que animaron el estudio, pero han perdido peso al no encontrar en ellos el soporte necesario para continuar. El sentido de la imposibilidad de realizarse la nación como tal no sin antes eliminar, para permitir tal realidad los aspectos de “hipocresía, inmoralidad y de desorden” que desde 1859 fueron señalados abiertamente en el “Manifiesto del gobierno Constitucional a la nación”, el cual cuestionó -hasta llegar a la propia médula- las costumbres, los hábitos, los privilegios “y -más profundamente- contra el modo de vivir y pensar de la mayoría de los mexicanos de aquella época” según nos lo muestra O’ Gorman.

Que la prensa jugó un papel determinante en este asunto, es indudable. No fue masivo el comportamiento, aunque sí incisivo por parte de quienes no dejaron de insistir en la necesidad de su erradicación, resolviendo la propuesta por una mejor educación que generara factores de cultura importantes. Por eso, “moralizar en vez de corromper” fue la bandera instituida.

Liberales y positivismo también son parte del nuevo panorama y no es que no existieran. Surge una filosofía donde el orden y progreso se postulan como razones existenciales para una nueva época por venir.

De lo que sucedió durante el Imperio de Maximiliano, apenas deja entrever intentos de  prohibición que se resolvieron en los mejores términos sin alterar en consecuencia, un espectáculo al que era afecto el emperador (aunque solo haya asistido -no tengo más datos-, a dos corridas en 1864).

Si lo que apunté sobre Gaviño y Juárez como incómodo encuentro allá por 1863 y luego manera de arreglo o desarreglo en la corrida del 3 de noviembre de 1867, en que vuelven a verse las caras, resulta un modo de afectación al bloqueo, es o sería insignificante pensarlo como tal, pues esto se supone entonces en un arreglo de cuentas personales y nada más que eso.

En alguna medida la reafirmación de la segunda independencia abrió caminos para el logro de objetivos muy claros. Disipó -por algún tiempo- rencillas de todo tipo y solo se puso como constante recuperadora de lo que una primera independencia no había podido lograr. Razón emergente seguía siendo la de separarse o divorciarse de las “costumbres y los hábitos heredados de la época colonial” horizonte todo este que marca el arraigo mental tan pronunciado entre aquellos que, emancipados de una manera solamente formal, no habían conseguido las formas de independencia legal, social y hasta económica. De ahí la vicisitud que afectó una razón de ser tan indefinida de mexicanos quienes se dedicaron a la provocación, al desorden y a la lucha por el poder; todo esto en conjunto, permitió en consecuencia el avance de “las costumbres y los hábitos heredados de la época colonial” alterado si se quiere de forma, pero no de fondo, puesto que se estaba ya en épocas distintas. Gran parte de esa lucha ideológica y por el poder la mantuvieron los masones, personajes de gran inteligencia y astucia quienes lucharon abiertamente contra la ignorancia, el fanatismo y el dogmatismo fenómenos los tres, que dominaban el ambiente mexicano en el cual sus valores culturales escaseaban por lo cual el riesgo de infección por falta de preparación era mayor.

Hemos visto que el federalismo favorece la fiesta por la conformación de estados libres y autónomos agrupados entre sí. Por tanto, esa autonomía si bien, consiguió que la afectación ocurriera en el Distrito Federal, no sucedió así en el resto del país, en el cual las corridas de toros continuaron desarrollándose normalmente, tanto en pueblos como en ciudades.

El temor de Juárez a un levantamiento popular producido por todos aquellos que fueron licenciados luego de la lucha por la causa liberal puede ser en buena medida, fuente o brote de sospechas a nuestro estudio. Se esperaba que aquellos no-bandidos regresaran a su  anterior forma de vida. Solo que ocurrió lo contrario. El bandidaje resultó ser la respuesta a aquella condición que incluso acarreó el malestar de 60 mil hombres alineados a la causa, de la cual no obtuvieron ningún reconocimiento; mucho menos un ofrecimiento de mejora en sus vidas. Esto, en su conjunto significaba un riesgo, pero la plaza de toros seguía siendo el centro de reunión colectiva donde la gente gozaba de todo cuanto en ella sucediera.

Sin embargo, llegamos a lo que sentimos como el alma de todo este asunto, esto es, lo relacionado al cobro de impuestos, pues era preciso que el (o los) ayuntamiento(s) supiera(n) cuales “gabelas” eran de su pertenencia o incumbencia y sabemos que GABELA tiene un significado de tributo, contribución o impuesto. Como se puede comprender, gabela es, ante todo, una exacción (o impuesto en resumidas cuentas) que los antiguos señores feudales imponían a sus vasallos, arbitrariamente y sólo con el objeto de emplearlos en comodidad propia. Esto lleva a pensar en una aplicación de sentido feudal por su género, de suyo arbitrario. Pero sobre todo es la forma en que la ley de Dotación de Fondos Municipales logró un control de los impuestos, control que requería una renovación o un ajuste ante los abusos cometidos. Ahora bien, la Constitución de Cádiz al referirse al papel de los municipios es clara y abierta, por lo que se adelanta en mucho a las condiciones de beneficio común que estos deben ofrecer, lejos ya de toda evidencia del pasado. Por lo que respecta a las medidas, estas se basan en disposiciones que se remontaban al año 1854; la ley de 1862, primer aviso de suspensión no cumplida, aunque aplicada la duplicación del impuesto fijado a las corridas de toros en abril de 1865 y luego, la puesta en vigor del art. 87 de la ley de dotación, el cual no otorga ipso facto la concesión de licencias para el desarrollo del espectáculo, esto como una medida que atentaba los intereses de la empresa, comandada por Manuel Gaviño, quien seguramente no llevaba bien el estado administrativo-económico de la plaza, lo cual tampoco satisfacía las peticiones del ayuntamiento por hacer la repartición equitativa y porcentual de los impuestos que debían ingresar al ayuntamiento, soporte de los fondos municipales, utilizados en las mejoras de la condición urbana, desagüe, alumbrado y otros servicios públicos.

De esa forma, podemos concluir que el motivo que llevó a no conceder las licencias para el desarrollo del espectáculo fue, única y exclusivamente administrativo, lo cual nos hace entender que si bien son implícitos los conceptos que promueven la prohibición -entendida como tal, aunque el art. 87 de la ley de Dotación de Fondos Municipales de 1867 en ningún momento indicaba se procediera con dicha aplicación-, es  más  directo  el factor  relacionado con los impuestos. Lo curioso es que en esos justos momentos se concentraban las ideas, formulaciones y demás aspectos que decidí analizar, por lo que resulta aún más atractivo el conglomerado de propuestas.

   CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX, parecía al principio un tema ligero que, sometido al rigor y a la razón histórica pudo haber quedado reducido a su mínima expresión. Conforme pasaba el tiempo adquiría importancia hasta el grado de convertirse en tema formal para proponerlo como tesis. Se ha dicho ya, que historiar las diversiones públicas no es común y ahora amplío la exposición apuntando que es el toreo un campo cada vez más identificado y reconocido por historiadores e investigadores quienes se acercan a analizar los comportamientos sociales que ya no están inmersos solamente en esas actitudes masivas propias de la guerra, o la política; la religión y también las economías. El pueblo se relajaba en diversiones públicas y, la de toros en México se ha convertido en amplio espectro de posibilidades. Por eso propuse como trabajo “curioso” este que ahora remato y del cual referiré mis conclusiones.

No viene al caso hacer cita de lo relevante examinado aquí. En todo caso, dedicaré una visión general a todo aquello que se involucra con la que ahora resulta una sucesión de historias. Esto es, la manera de relacionar acontecimientos que, a primera vista no tienen una implicación o mejor dicho, afectación en otros venideros y así, sucesivamente. Es obvio verlo así, pero al cabo de lo recorrido me doy cuenta que las circunstancias propias del siglo XVIII, siglo que con sus hombres se ubicó en altas razones del pensamiento logró emanciparse de viejos o anacrónicos sistemas del raciocinio para poner en práctica aquello que casaba con ideas más elevadas, con orientación hacia el progreso y una forma de mentalidad más abiertas, son trascendentes para exigir observación precisa de su tránsito. España recibe tardíamente esto, aunque a buena hora sus ilustrados iniciaron campaña reñida con aspectos propios de una sociedad inmersa en el más puro estancamiento. La élite se afrancesaba dramáticamente y ello daba visos de transformación radical, pues el pueblo (dramática forma de distinguir los niveles genéricos de una sociedad en cuanto tal) se dejaba llevar por el relajamiento asumiendo gallardamente sus formas toscas de expresión, en cuanto razón de ser. Ya lo hemos visto con el aspecto en el que, dejando los nobles caballeros de ostentar el papel protagónico en las fiestas, es el pueblo llano quien asume esa nueva responsabilidad, aplicando, en un principio, normas bastante primitivas con las cuales trataba de darle vida a la expresión de lo que concebían como toreo. La presencia Borbónica en gran medida propició dicho comportamiento al tratarse de una casa reinante de origen francés (aunque los Austria tampoco lo fueron en un principio). Lógico, tuvo que transcurrir un tiempo considerable para percibir el nuevo ambiente, por lo que ya para el arranque del segundo tercio del XVIII, las fiestas caballerescas se encuentran amenazadas de desaparecer porque los burgueses ligados a la corona ya no aceptan cabalmente un espectáculo que pronto se verá en manos del pueblo, quien lo hizo suyo en medio de formas muy primitivas y arcaicas de expresarlo.

Todo ello fue adquiriendo visos de lo profesional y también de lo funcional por lo que las corridas de toros se sometieron a un esquema más preciso, alcanzado a fines de aquel siglo y logró constituirse como una diversión de la cual podían obtenerse fondos utilitarios para beneficencia de hospitales y obras públicas. Como un efecto de réplica, en medio de sus particularidades ampliamente referidas, lo anterior ocurre en América y muy en especial, en la Nueva España, lugar que también se sometió a severos cuestionamientos sobre su desarrollo y utilidad.

El tiempo continuaba y se presentó luego la etapa transitoria de independencia como germen definitivo que permitiría la formación de esa nación presentida, pero no constituida sino reiterada más de medio siglo después cuando en su contenido fueron a darse conmociones y encontradas respuestas que solo frenaron o bloquearon el buen curso de una normalidad casi inexistente. Entre todo esto, el toreo -herencia española ya- seguía seduciendo por lo que arraigó; aunque sometido a un deslinde entre lo español y lo producido por los mexicanos. Todo aquello propiciaba en gran medida revitalización del espectáculo dándole a este el concepto de algo ya muy nacional (y que conste: la de toros es en España la “fiesta nacional”) por lo que se engendró un sin fin de aderezos, sin faltar quehaceres campiranos. Sin embargo no quedó soslayado el toreo español, mismo que fue abanderado tras pocos años de contar sin tutela por Bernardo Gaviño, diestro gaditano que por cincuenta años representó la única vertiente del toreo español, asimilada de enseñanzas proyectadas por Pedro Romero, Juan León “Leoncillo” y recibida por Francisco Arjona “Cúchares”, Francisco Montes “Paquiro”, alumnos distinguidos de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Cerca, muy cerca de ambos, está Gaviño quien para 1835 se encuentra ya en nuestro país. Todo eso se empantanó en el dominio del gaditano quien, a su vez, prohibió que se colocaran paisanos suyos, diestros que hacían campaña en América.

Caería en el riesgo de citar aquí lo tanto ya analizado sobre todo en el capítulo III. Lo que sí es un hecho, es para mí esa forma de enlace entre esos vasos comunicantes, interrelacionados en forma tan intensa que promovieron en mayor o menor medida el efecto de la prohibición. Uno, sin duda asume el peso de responsabilidad y es el administrativo pues se ha visto que tras darse a conocer las disposiciones que para octubre de 1867 se expusieron como lógica posición a evitar el descontrol que sobre impuestos y su actualización, no tenía por entonces el ramo correspondiente; la respuesta, fue que se puso en vigor la Ley de Dotación de Fondos Municipales. Su artículo 87 significó el oprobio o el desacuerdo habido entre empresa y autoridades hacendarias, porque su orientación se da sin conceder licencias para llevar a cabo corridas de toros en el Distrito Federal. De ese modo, la fiesta pasó a formar parte de la vida provinciana durante el tiempo en que no se permitieron en la capital del país los espectáculos taurinos. Fueron casi 20 años. Lo que puede llamarse una continuidad pero no una evolución es todo acontecer de la fiesta de 1867 a 1886. Surgieron figuras popularísimas (Ponciano Díaz es el modelo principal), se gestaron feudos -cerrados unos-, dispuestos los otros a un intercambio y comunicación, y también fueron llegando los primeros matadores españoles, de no mucha importancia, como la que sí tendrían a quienes les prepararon el terreno. José Machío llegó en 1885 y tuvo que soportar desprecios, indiferencia, amen de ser visto como un espécimen raro, sobre todo en la plaza de El Huisachal.

Sucedió a fines de 1886 en que la derogación fue lograda, no sin someterse a dificultades. Largos debates, muy cerrados y peleados también condujeron al alumbramiento en México de la nueva época del toreo moderno de a pie, a la usanza española. Ello ocurrió a partir del 20 de febrero de 1887 con la presencia trascendente de toreros como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos, como cuatro columnas vertebrales sólidas, vitales para el nuevo amanecer taurómaco que se enfrentaba al potente género de lo mexicano, abanderado por Ponciano Díaz, Pedro Nolasco Acosta, Ignacio Gadea, Gerardo Santa Cruz Polanco y algunos otros quienes poco a poco se fueron diluyendo, porque el toreo español ganaba adictos, adeptos y sobre todo terreno.

La prensa hizo su parte, se sublevó, encabezada por la “falange de románticos” y logró abiertamente el cúmulo de enseñanzas entendidas tras largas horas de lectura y deliberación en tratados de tauromaquia (lo teórico) y lo evolucionado que se mostraba el toreo en la plaza (lo práctico).

Y Ponciano Díaz que no aceptó pero que tampoco rechazó aquello no propio de su género, va a convertirse en el último reducto de esa expresión netamente mexicana, pues el “mitad charro y mitad torero” se gana gran popularidad e idolatría -como pocos la han tenido-, pero al suceder su viaje a España donde obtiene la alternativa en 1889, en esa ausencia, la prensa aprovechó y corrigió a fanáticos poncianistas, quienes reaccionaron pronto a aquel correctivo. A su regreso, a fines de ese mismo año, si bien se le recibe como a un héroe, pronto esa “reacción” en los públicos será muy clara y le darán las espaldas. En la prohibición de 1890-1894 Ponciano no tiene más remedio que refugiarse en la provincia en búsqueda del tiempo perdido, de la exaltación y el tributo que todavía alcanzará a conseguir.

Para 1895 vuelve sin fuerza a México. En 1897 y 1898 actuará en festejos deslucidos y cada vez más atacados por la prensa. Muere hecho casi un “don nadie” en 1899.

Reinaba ya ese toreo moderno y un ambiente españolizado en México. El siglo XX recibe y da grandes experiencias así como muestras potenciales inmensas de toreros españoles quienes van forjando la expresión que cada vez es más del gusto de aficionados entendidos como tal. Y ante ellos, surgen figuras nuestras que ya podían enfrentarse y ponerse a alturas tan elevadas como las de Fuentes, “Machaquito” o Vicente Pastor, por ejemplo. Me refiero a Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, Vicente Segura, pero sobre todo Rodolfo Gaona, figura que va a alcanzar calificativos de torero de órdenes universales, porque les regresa la conquista a los españoles en sus propias tierras (o mejor dicho en sus propios ruedos) para lograr junto con José Gómez Ortega “Joselito” y Juan Belmonte la puesta en escena -grandiosa por cierto- de la “época de oro del toreo”.

Sin otro propósito que conseguir una historia -que a ratos intenté hacerla como la quiere O ‘Gorman-. Erudita a veces, rigurosa y desalmada por momentos también, me dispongo a la suerte suprema, de lo cual solo nace mi incertidumbre de si saldré en hombros y por la puerta grande, o bajo una lluvia de cojines y denuestos.

La lección con que terminamos estos apuntes, proviene del recordado Dr. Edmundo O´Gorman:

Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de  atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable.

JLPyR. Su largo discurso, sí que me causa una reflexión que no esperaba de usted. Pero los espectáculos taurinos resultan, además de lo dicho por mí, ruinosos para la clase proletaria, porque, como cosa exquisita y etérea, son de precio muy alto. El de la entrada ínfima a las plazas, es con mucho superior al de las óperas más selectas, pues mientras el boleto de galería alta en los teatros no suele valer más de cincuenta centavos, no baja de dos duros el más barato de los que permiten el goce de las corridas.

JFCU. Su argumento puede que tenga un peso en esta discusión. Incluso, hubo algunas crónicas (como la de La Familia”),[12] donde aparece un delicioso texto de Federico de la Vega, quien recrea en EL EMBOLADO una situación al borde del fanatismo por parte de un aficionado, Juan de nombre, carpintero de oficio, el que tenía por los toros singular inclinación. Tanta era, que lo poco ganado con el sudor de su frente lo discutía con Chucha, su esposa a la hora de repartirlo en el gasto, por cierto miserable, mismo que daba “a cuenta gotas” para la manutención de los niños, quienes debían andar más tiempo en la calle, nada más que para distraer el hambre.

Reconozco, hasta en nuestros días, los precios de las entradas son verdaderamente elevados, y aún con ese inconveniente la afición va a las plazas. Claro, el tipo de espectáculos que presentan las empresas en nada compensa lo que cobran. Parece que a tan elevado costo se incluyera otro tipo de atractivos que por sí solos pagarían el precio de los boletos.

JLPyR. Así, al periodo de exaltación, revuelta y delirio de nuestra sociedad, ha seguido el de reflexión, serenidad y sensatez, que es el que vamos alcanzando; y hecha tabla rasa con los antiguos sistemas, ponemos ya la mano a construcciones altas, simétricas y bien cimentadas. La revolución con sus estragos, echó por tierra las paredes vetustas del régimen antiguo, y llenó con sus escombros el negro abismo de nuestros viejos problemas; y sobre su suelo reciente, duro y firme, van levantando las nuevas generaciones el monumento de la patria moderna.

JFCU. Tenemos que empezar a reconocer que su época y la mía son distintas. Sus apreciaciones con respecto a ésta también manifiestan diferente perspectiva, pero sobre todo que usted efectúa todo este análisis, como fruto de su “antitaurinismo”. Y si lo declaró en el texto que tuvo a bien presentarle a don Porfirio, creo que al “héroe de Tuxtepec”, con tantas asistencias a las plazas de toros, tantos toros que se le brindaron, lo único que podría causarle su lectura es muhina. En todo caso a quienes pudo haber hecho entrar en razonamientos más extremosos es al grupo de “científicos” que le rodearon. Pero como ve, don José, lo único que probablemente pudo haber entrecortado el curso del espectáculo es la Revolución y ese decreto que impuso el Gral. Venustiano Carranza entre 1916 y 1920. No más.

JLPyR. Resto vergonzoso de la antigua barbarie, es un anacronismo en el siglo XX; y no se explica cómo ese monstruo sangriento y feo, puede alentar en época como la nuestra, tan poco a propósito para su supervivencia. No solamente el deber moral y el instinto del progreso aconsejan borrar esa mancha de los pueblos de habla española; sino también y de consuno lo reclaman la conveniencia y la dignidad de esos mismos pueblos, a quienes el porvenir parece reservar brillantes destinos.

JFCU. Desde luego estoy de acuerdo en que es “un resto vergonzoso”, anacrónico y sin cabida exacta en el siglo XX que ya termina. No es posible explicarnos como, en medio de la modernidad, del confort en que nos acomodamos, siga siendo del gusto popular y general también esa fiesta sangrienta. Que lo fue más en su época, donde entre otros, fueron víctimas multitudinarias decenas y decenas de caballos que morían de cornadas arteras, y que los aficionados de su tiempo soportaban, como resultado del desarrollo que alcanzó el desagradable “espectáculo” que entonces se daba. Dentro de su atraso, pudo evolucionar, puesto que todos, quienes han participado en la evolución del mismo, han pretendido mejorarla, modernizarla, en una palabra. Así, desde que el pueblo llano se apoderó del control del mismo, no tuvo otro remedio que irlo depurando, matizándolo de distintas tauromaquias, como procesos correctivos que no han tenido otro propósito que el de conducir el destino del “arte de torear” hasta esa frontera, como punto inalcanzable, como meta y destino adecuados al tiempo y espacio que van encontrando. Y si esos encuentros se dan precisamente al sucederse las generaciones que imprimen un sello acorde a la época que se vive, entonces encontramos en todo esto única y exclusivamente evolución, sin más.

JLPyR. Sacudamos este último resto de la tutela colonial, y seamos ahora, como lo hemos sido siempre, un pueblo digno de su independencia y de su suerte.

JFCU. Y la alcanzamos, don José, alcanzamos la independencia que usted cuestiona. Evidentemente no ha sido fácil desprenderse de una herencia que entrañó en el modo de ser y de pensar de nosotros, los mexicanos, que no podemos ocultar esa presencia profunda y oscura que nos persigue, sobre todo en asuntos que tienen que ver, por ejemplo con la burocracia, esa marca de fuego que quedó señalada desde los tiempos de Felipe II, cuando este mal social alcanzó uno de sus niveles de obstrucción más elevados. Y no se diga con el aspecto católico. La independencia no pudo erradicarlo. ¿Por qué Hidalgo tuvo que empuñar un pendón que llevaba la imagen de la virgen de Guadalupe? No es mera casualidad. La presencia religiosa, influyente en el carácter de los mexicanos se ha cultivado con tal fuerza, que inmediatamente después de la conquista, la creación o no del mito guadalupano arraigó tremendamente en los novohispanos primero; en los mexicanos después. Incluso, llega hasta nuestros días fortalecida y reactivada cada 12 de diciembre, que para convencerse tiene usted que darse una vuelta por la Villa de Guadalupe y todos aquellos sitios donde la veneración por la “morena” es una verdadera fiesta, y no un mero acto donde se cumple con venerar por venerar. No. Y eso es nada más un ejemplo.

Ahora, si tengo que mencionar las secuelas españolas con las que no pudo la independencia y toda esa idea de rechazo que muchos tuvieron hacia lo que se nos impuso por la fuerza, el toreo es otro de esos géneros que perviven, eso sí, en medio de sus naturales inconsistencias, pero allí lo tenemos. Acabándose de celebrar apenas el último domingo que ha pasado. Y no necesariamente un domingo. También los días de fiesta, de feria, de motivo y pretexto, son la ocasión perfecta para acudir a las plazas y congregarse, y divertirse.

Que vive altibajos marcados, eso parece ser el nuevo síntoma, sobre todo en mi época, con sus mismos vicios y sus mismas virtudes que la exaltan o la aquejan, según sea el tipo de personajes que la engrandecen o la convierten momentáneamente en miseria y basura.

Estoy convencido de que burocracia, religión y toros, son tres fenómenos sociales y de culto profundo que a donde quiera que vaya, se los va a seguir encontrando. Con la burocracia, ¡cuidado!. Con la religión hallará verdaderas muestras de culto, en las ciudades cosmopolitas y en los rincones provincianos.

En tanto, la fiesta de los toros también mantiene sus valores como costumbre inveterada, hecha al gusto de cada época.

JLPyR. Es cuestión de patriotismo y de bien parecer extirpar de nuestro suelo esa planta venenosa y parásita: una medida de esa especie, alcanzará incalculable resonancia entre los pueblos cultos y hará más en favor de México, que un número crecido de libros, opúsculos y periódicos laudatorios, nacionales o extranjeros.

JFCU. En nuestros días, he de reconocerle, hemos llegado a pensar que la fiesta no tanto debe ser extirpada. Comprendemos que ha alcanzado los límites de la evolución a la que estuvo condicionada en sus principios como un espectáculo que necesitaba llegar a unos límites de perfección y de calidad que ahora van a la baja, sobre todo si en el medio se encuentran infiltrados unos personajes perversos, que hacen y deshacen a su antojo. Mire, vea usted estos ejemplares de los periódicos y revistas de mi tiempo en donde las hechuras de un “toro” no van con el TORO que deseamos aparezca más frecuentemente en los ruedos. Pero si a los toreros que mandan, o los que condicionan esos “toros” les vienen bien, y si la prensa condicionada aprueba, y si los públicos benevolentes aceptan, pues ya está.

JLPyR. Abrigamos la firme convicción de que al hombre eminente que rige los destinos de México (refiriéndose evidentemente al Gral. Porfirio Díaz), le está reservado el introducir en nuestro país, por su influjo y prestigio, tan necesaria reforma, enriqueciendo con este nuevo laurel, la corona de su grandeza; y de que, cuando la posteridad enumere sus altos hechos, hará especial mención de éste, con grande aplauso y encarecimiento. Pues, bien que el Sr. Gral. Díaz haya puesto por obra tantas cosas admirables así en la paz como en la guerra, la medida de que se trata, por su carácter particular de humanidad y cultura, no pasará inadvertida para sus biógrafos: como no ha olvidado la historia referir que don Alfonso el Sabio, Isabel la Católica y Carlos III fueron enemigos de los toros, a pesar de que el primero hizo las Partidas, la segunda contribuyó al descubrimiento del Nuevo Mundo y el último fue un grande y glorioso reformador de la nación española; y como no olvidar tampoco que el Benemérito de la Patria don Benito Juárez, apenas reinstalado en México después de la caída de Maximiliano, abolió esa sangrienta diversión, que había alcanzado tanto favor en tiempo de los gobiernos militares e imperialistas.

JFCU. El Gral. Díaz tuvo que huir materialmente del país al poco tiempo de que comenzó la Revolución, empezando así otro momento y otra época que marcaron rutas distintas para el devenir de nuestro país. Pero no se convirtió en el enemigo público como lo fueron en su momento algunos monarcas. Y también, como ya vimos hace un rato, Juárez fue per se un declarado antitaurino. Firmó el decreto de la ley de Dotación de Fondos Municipales, y si asistía o no con la frecuencia que marcaron sus antecesores a las plazas de toros, no significa que atentara contra la diversión pública. Aprobó, entre otros, el art. 87 de dicha ley porque se consideró que la empresa que llevaba los destinos en el Paseo Nuevo no estaba cumpliendo cabalmente con el pago de impuestos, lo que significaba una irresponsabilidad que había que controlar.

Y más tarde, como ya se vio, también el Gral. Venustiano Carranza arremetió contra las corridas, pero eso fue apenas un periodo de cuatro años que en nada alteraron a la afición, misma que fue a refugiarse a algunas plazas de provincia, sobre todo, a aquellas muy cercanas a la capital del país.

En el inmediato tránsito de siglos y milenios que está por darse en pocos meses, la fiesta de los toros tiene una dinámica intensa en nuestro país, probablemente mal administrada, porque no han visto el lado empresarial tal y como lo entendería un hombre emprendedor en estos negocios, dispuesto más a ganar que a perder. Pero algunos de los que pretenden hacer “fiesta”, pierden dinero, credibilidad y reputación. José Carlos Arévalo, un periodista muy importante en el medio, ha dicho que el toreo en España no es un negocio. Es una industria perfectamente instalada para dar servicio a cuantos la requieran, porque cuenta con elementos de alta calidad. Mientras tanto, en nuestro país, la sufrida fiesta vive una de sus peores crisis de valores, embestida por esos anti-empresarios que la dañan, y esa prensa tolerante, ese público que dejó de tener afición en tanto se tuvo un crecimiento masivo de las ciudades y estas se modernizaron. En una palabra, llegó el progreso, y qué bueno. Pero ciertas costumbres y tradiciones fueron modificándose al grado que la de toros es una de las más alteradas.

Yo no se si el destino final para el espectáculo de los toros en México haya llegado. Pero es un hecho que si las cosas siguen así, pronto, muy pronto, iremos a su entierro.

Ya no quiero darle más elementos, como para que su obra ¡ABAJO LOS TOROS! se nutra de esos valores con que usted defiende su respetable postura. En estos momentos un grito de ¡ABAJO LOS TOROS! es como convocar a los grupos antitaurinos y ecologistas que hacen ruido, probablemente soterrado, pero que lo hacen. Y si entre otras de sus razones puede encontrarse el derribar –para ellos- ese “muro de Berlín”, es porque están dadas las condiciones para hacerlo. No me extremo en mis comentarios. A veces he sido demasiado optimista, pero encuentro muy dañada la imagen del espectáculo taurino en México. Muchos aficionados hacemos verdaderos esfuerzos por quitar de en medio el cáncer que lo agrede y lo limita a sobrevivir.

Don José López Portillo y Rojas: le confieso que ya no puedo seguir, y no por inconsistente, ni por falta de elementos, sino por un desánimo que me atormenta. La fiesta que he visto durante 30 años vive en estos momentos la más difícil prueba que puede apuntar a dos sitios: el exterminio o su continuidad asegurada. Apuesto por lo segundo. Respeto su opinión, pero ya quedó en el pasado y si se planteó la sola posibilidad de que el Gral. Porfirio Díaz atendiera sus observaciones y críticas, su intento hubiese quedado en el fracaso. Pero hoy, don José, hoy, probablemente su postura tendría eco frente a todo lo que están cometiendo con la fiesta. Ya no tanto por sangrienta, que de suyo es un valor intrínseco. Sino por toda la agresión –que ya hemos visto-, comenten contra ella.

Me despido de usted, esperando volvernos a encontrar en otra ocasión. Por ahora, cada quien aprendió una lección distinta sobre un mismo fenómeno que entraña nuestras personales preocupaciones.


José López Portillo y Rojas: ¡Abajo los toros! México, Imprenta de D. Mariano Viamonte Zuleta, 1906. 48 p.

[1] José Sánchez de Neira, español de origen, fue un tratadista fundamental que perteneció a una generación que comenzaba a entender la tauromaquia como concepto que había alcanzado niveles de madurez, es decir durante el último tercio del siglo XIX. Sus aportaciones determinan puntos de vista que permiten apreciar al toreo en su condición e interpretación no sólo técnica. También estética. De ahí que las Tauromaquias como tratados específicos lograran su punto más alto de reflexión que luego se reflejó en obras analíticas como las del propio Sánchez de Neira, cuya influencia alcanzó al México taurino, de 1880 en adelante.

[2] Pedro Romero de Solís, Antonio García-Baquero González, Ignacio Vázquez Parladé: Sevilla y la fiesta de toros. Sevilla, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1980 (Biblioteca de temas sevillanos, 5). 158 p. ils., p. 62.

Una idea de corte totalmente opuesto pero que es interesante considerarla, la ofrece Enrique Gil Calvo en Función de toros. Una interpretación funcionalista de las corridas. Madrid, Espasa-Calpe S.A., 1989. 262 p. Ils. (La Tauromaquia, 18)., p. 144.

1.-La institucionalización de las corridas es consecuencia de un hecho crucial, acaecido durante el siglo XVII, en la articulación de la estructura española de clases.

2.-Ese hecho, trascendental para todo el posterior desarrollo de la España moderna y contemporánea, supone la auténtica diferencia específica de la estructura de clases española, que así la separa y distingue del resto de estructuras de clase europeas. Y consiste en la inversión de la función de liderazgo: las clases antes dirigentes -durante el imperio de los Habsburgo- dimiten de su liderazgo social, cuya función queda así vacía y vacante. Consiguientemente, y en ausencia de élites dirigentes, el casticismo más plebeyista se impone, el liderazgo se invierte y son ahora las élites quienes imitan modos y maneras del vulgo y la plebe.

3.-En consecuencia, a resultas del casticismo de las élites, y vacante la función de liderazgo social por ausencia dimisionaria de quienes debieran desempeñarla, se produce en ensimismamiento y tibetanización de la nación española, que queda así clausurada -colapsada y bloqueada- por su desarticulación social invertebrada.

Estos planteamientos que el autor destaca a contrapelo de la obra Goya y lo popular de José Ortega y Gasset, también se anteponen a la tradicional concepción de la permuta del toreo a caballo por el de a pie, debido a movilizaciones ideológicas de la cúpula monacal.

[3] José Alameda (seud. Carlos Fernández Valdemoro): EL HILO DEL TOREO. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 p. Ils., fots. (La Tauromaquia, 23)., p. 41.

[4] Nestor Luján: Historia del Toreo. 2a. edición. Barcelona, Ediciones Destino, S.L. 1967. 440 p. ils., retrs., grabs., p. 13.

[5] Alameda, op. cit.

[6] Ibidem.

[7] Flores Hernández, ibidem., p. 31.

[8] Alameda, ibidem., p. 43.

[9] Fernando Claramount: Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. 2 v. (La Tauromaquia, 16-17). T. I., p.156. Apud. Vicens Vives. Aproximación a la Historia de España.

[10] Op. cit., p. 161.

[11] José Francisco Coello Ugalde: “CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, 1996 (tesis de maestría, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 238 p: CAPÍTULO III: MOTIVOS DE RECHAZO O CONTRARIEDAD HACIA EL ESPECTACULO.

[12] La Familia” Año V, México, viernes 24 de febrero de 1888, N° 8 pp. 329-330.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE IV). 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Sin afanes de petulancia o de arrogancia alguna, vengo aquí para presentarles diversos y distintos panoramas sobre lo que fue, es y será el espectáculo de toros en nuestro país. Sobre lo que será, cualquier planteamiento me parece bastante atrevido, porque es difícil prever el futuro y apenas es posible dar una contemplación desde nuestra perspectiva, convertida a su vez en prospectivas con diversas trayectorias, aunque la “balística” planeada, con toda seguridad no tendría la o las trayectorias pensadas. Y aunque acudiendo a cierta metáfora de que “el futuro es hoy”, aún así es difícil pensar lo que puede suceder en una dimensión que pertenece al abstracto.

El toreo, resultado de largos siglos y milenios, con todas las dificultades que entraña en la actualidad, permanece vigente. Quienes acudimos con frecuencia a la plaza de toros sentimos una intensa tristeza la cual no concibe el estado de cosas que guarda al enfrentarse a otra más de las reincidentes crisis, punto en el que confluyen infinidad de circunstancias que, para bien o para mal, intervienen en su difícil transitar. Al hacer esta primera reflexión, es porque, invocando la grandeza y el esplendor, eso deseamos profundamente para no seguir contemplando el panorama tan desolador que viene azotando a peculiar diversión pública.

Hay en todo esto un contraste abismal con otras épocas que tampoco están alejadas de nuestro tiempo. Sin embargo allí cambian muchos aspectos que indican el grado de importancia donde se refleja la asistencia masiva de aficionados entusiastas llenando los tendidos en su totalidad, cosa que en nuestros días es imposible.

Busquemos algunas explicaciones. Tomando como caso particular el de la ciudad de México en tres épocas aleatorias: primera, quinta y última décadas del siglo XX. Aquellos primeros diez años representaron para el toreo nacional estabilidad y equilibrio. Surgen Rodolfo Gaona, Vicente Segura y Juan Silveti que enfrentan al numeroso grupo hispano que dominaba el escenario siendo muy pocas las posibilidades para aquellos. Afortunadamente en poco tiempo lograron verdaderas confrontaciones, divulgadas en un importante número de publicaciones periódicas que informaron con amplitud aquellos hechos. Entonces, la capital del país, que no era ni por casualidad lo que hoy es, y más bien era una especie de ciudad provinciana, contaba con alrededor de 100,000 habitantes, los cuales gozaban de espectáculos como teatro, zarzuela, cinematógrafos y otras áreas de esparcimiento como parques y jardines. Conforme se acercaba el año de 1910, las condiciones sociales y políticas, junto con las económicas entraron en una difícil tensión debido al cuestionamiento al que quedó sujeto el régimen de Porfirio Díaz que llegaba a poco más de 30 años entre notables avances económicos, pero también amargos retrasos sociales. La sentencia del héroe de la batalla del 2 de abril se cumplía exactamente: “Mucha política. Poca administración”.

El matador de toros, ha realizado la suerte suprema. Se desconoce su nombre. Es la plaza de toros “El Toreo”. Ca. 1907-1908. SINAFO, 15853

Durante los últimos 15 años del siglo XIX y de manera intermitente hasta 1945, se consolidó un proceso en el que el aprovechamiento de la cruza de ganado español con el nacional fue permitiendo que la ganadería se constituyera perfectamente, dejándose ver un estilo propio, donde el caso particular de San Mateo adquiere una trascendencia singular, que hasta nuestros días no hemos terminado de entenderla en su exacta dimensión, porque en todo esto se han incrustado una serie de intrigas, de políticas, problemas emanados de la Revolución mexicana misma, cuyo reparto agrario afectó sensiblemente a las grandes extensiones de las consideradas unidades de producción agrícolas o ganaderas, cuyo periodo de esplendor terminó con el movimiento armado de 1910.

He ahí, en pocas palabras lo que sucedía en esos primeros años del siglo XX que se vivieron bajo un ritmo a veces violento, a veces sosegado que mostraba –sobre todo-, a un Rodolfo Gaona encumbrado, dueño de la situación aquí y allá, provocando al solo anuncio de sus actuaciones llenos completos, fuera en la plaza “México” de la Piedad, fuera en el coso de la colonia Condesa, apenas inaugurado en 1907. El disfrute de la afición era máximo. No se nos olvide que en la época de su “imperio”, el cinematógrafo fue un instrumento de divulgación que superó, incluso, la notoriedad que buscaba el mismo el Gral. Porfirio Díaz, pues entre los años que van de 1895 a 1911, se tienen consignados alrededor de 125 títulos con tema taurino, contra 41 en los que Porfirio Díaz o su familia fueron motivo de propaganda.

¡Qué poderío, el de Gaona! El Toreo. Madrid, 6 de julio de 1914

Durante los años cincuenta nos encontramos ante una ciudad en expansión, alejada de cualquier provincialismo y colocada en el concepto cosmopolita que se acusa desde el sexenio de Miguel Alemán, quien empuja aquellos cambios, mejorándose muchas condiciones y quedando otras en el abandono más notable.

A los medios de comunicación masiva como el periódico y la radio que a mitad del siglo XX conservan su jerarquía, se suma la televisión que se convirtió en un instrumento insustituible debido a la extraordinaria herramienta que era en aquel entonces, siendo la transmisión de las corridas de toros un excelente vehículo de divulgación que ya se ve, no representaba riesgos para la empresa que no gozara con el valioso apoyo de la programación. Existen casos evidentes donde habiendo corridas tanto en la plaza “México” como en el “Toreo de Cuatro Caminos” ambas se llenaban, a pesar de que en una de ellas se estuviera transmitiendo el festejo. La población debe haber oscilado entre los 3 y 4 millones de habitantes, la cual tenía ante sí una opción múltiple de formas para divertirse: el teatro, el cine, hipódromo, estadios de futbol y beisbol, donde la televisión poco a poco no solo se sumaría a este conjunto de entretenimientos, sino que los desplazaría y absorbería para que desde ahí y en la comodidad de la casa, los ciudadanos comunes y corrientes, con o sin afición; con o sin intereses definidos comenzaron a ver reunidas con la opción del cambio de canales, toda esa gama de posibilidades. Sin embargo, empiezan a darse una serie de cambios que se están adaptando a los nuevos tiempos debido al ritmo revolucionado de la vida, a su mutante y sintomática patología.

Debemos entender hasta aquí, que también operaban una serie de cambios de mentalidad, producidos por la forma de ser y de pensar de las sociedades, puesto que se estaba pasando de una que se conjugaba entre aquellos citadinos y los que viniendo de provincia, se integraban a ese modelo, a otra que comenzaba a hacer del consumo una nueva posibilidad de lograr la satisfacción y el confort, como resultado de los cambios impuestos por una nueva “revolución industrial” que evoluciona en términos sumamente rápidos.

Entre los acontecimientos actuales, colocándonos en la última década del siglo XX y los primeros cinco años del nuevo siglo XXI, se tienen factores tales como el crecimiento desmesurado de la ciudad (cuya mancha urbana, al unirse al estado de México hace que se tenga una concentración de poco más de 20 millones de habitantes), o el de una impresionante posibilidad de medios de comunicación, incluyendo la internet. Pero también un debilitado intento del manejo de la situación a través del último de nuestros empresarios: Rafael Herrerías quien, apoyado por no sé qué extraños influjos y por amigos o sociedades que le tienden todo tipo de tratos y favores, logra como resultado plazas semi-vacías, a veces con asistencia de 1000 o 2000 aficionados, promedio más bajo en las últimas temporadas, el cual ha sido la media estándar no solo en los tiempos de “Herrerías”, sino de otros empresarios, incluyendo Alfonso Gaona quien teniendo la sartén por el mango, para organizar buenos carteles, después ya no supo cómo manejar ese asunto en un puesto donde se eternizan y ni Dios puede con ellos. Quitarlos menos. Gaona empleaba métodos oscuros de chantaje sentimental, donde o se empeñaba en dar carteles hasta la mitad de la semana o simplemente cerraba la plaza argumentando diversos pretextos.

Por su parte, Rafael Herrerías, quien desde su llegada a la administración de la plaza “México” ha mostrado un perfil basado en métodos contraproducentes y represivos, lleva 12 años al frente de la empresa del coso capitalino, montando temporadas que, para el caso de las que ocurren entre los meses de noviembre y marzo, presenta un elenco previo y resulta otro (aunque en pocos casos se haya cumplido la sentencia de que unos las firman y otros las torean), por lo que las alteraciones al “derecho de apartado” son graves. A menos que me equivoque, pero no he sabido de más que de un caso de demanda levantada para cuestionar legalmente dichos incumplimientos, mismo argumento que se tiene como prueba en el caso del ganado a lidiar, donde se anuncia uno y se lidia otro, además de que es bajo sospecha de no tener la edad reglamentaria pocas veces comprobada a la luz de exámenes post morten, o de haber sido víctimas de alteraciones en la cornamenta, sin que ello deje de presumir el caso de otras agresiones en órganos vitales.

Bajo ese reino de impunidad hemos vivido desde hace doce años, reino cuyo reflejo o reacción natural es el que muestra la afición no acudiendo a la plaza, en un alejamiento forzoso, plagado de decepciones por parte de aquellos que sienten agredida su larga trayectoria, incluso sus recuerdos que son violentados gracias a estos métodos de represión. Sin embargo, ciego de poder, nuestro empresario proclama que no hay tal, que todo, al mismo estilo de nuestro actual presidente, va viento en popa y nada se interpone en el buen curso de la fiesta que él, junto a una controlada complicidad con otros empresarios a quienes no queda más remedio que apoyarlo de “dientes para afuera”, pero que en su interior no soporten tal humillación y connivencia no deseada.

Estos hechos no pueden quedarse en la mera exposición de argumentos para declarar solo, una sentencia sumaria. Por qué no ver ahora qué los genera y alguno o algunos razonamientos que indiquen hacia dónde va todo esto, pero que también apuesten por una salida más favorable, digna, incluso para el bien y prosperidad deseados. Esto debemos propagarlo y además analizarlo para eliminar todo factor de ruido que nos genera duda, indiferencia y desacuerdo. Insistiendo sobre el asunto, yo no sé en qué medida esto se esté convirtiendo más en un juicio que en una lección. Sin embargo, es preciso hacer notar la suma de circunstancias que en una y otra dimensión, han participado en beneficio o en perjuicio del buen curso de una fiesta que no siempre es lo que se dice que es, pues vive bajo el régimen de una encontrada marcha, porque por un lado están quienes sin intereses de por medio, la defienden; y por otro se encuentran aquellos que la utilizan para sus propios intereses, ganando un prestigio despreciable.

Leonardo Páez apuntaba[1] que algunas plazas provincianas como la de San Luis Potosí o la de la Villa Charra de Toluca, tuvieron que suspender festejos debido a la escasa concurrencia, faltándole a esto un poder de convocatoria capaz de convencer a los más incrédulos y resistentes. Dice Páez:

   Los falsos empresarios taurinos, lejos de corregir los vicios que han sacado a la gente de las plazas, exhiben una serena negligencia, hasta cancelar las posibilidades de realizar buenos negocios taurinos, evidenciando sus intereses en beneficios extrataurinos con el pretexto de hacer fiesta.

   Por lo pronto, el mercurio de tan singular termómetro ya tocó fondo y el porvenir que espera a unos empresarios taurinos tan soberbios como desunidos no puede ser más oscuro. El de San Luis Potosí se vio en la necesidad de suspender la corrida programada para ayer domingo, tras constatar la pobre entrada del mero día de la feria, el pasado 25 (de agosto), en que a una plaza para seis mil gentes entraron 2 mil, y el de la Villa Charra de Toluca debió hacer lo mismo el pasado sábado (…).

   Además -como si les apuraran a ciertos personajes incrustados en la misma organización de esos festejos, lo que los hace siniestros- a tomar la puntilla para cometer pillerías como la ocurrida en la plaza de toros de Tlaxcala el 1° de septiembre de 2002, cuando a un ejemplar de “Brito” -por cierto, ganadería propiedad de Carlos Slim-, y que le tocó en suerte a Christian Aparicio, se hizo harto notorio el pésimo, deliberado y descarado despunte. Ya lo dijo Julio Téllez: “los novilleros están empezando como terminan las figuras del toreo”.[2] Es decir, dueños de la situación, con privilegios de seguridad y comodidad en eso de buscarse oscuros “colaboradores” para torear las más veces posibles en medio de condiciones envidiables. Qué terrible es apreciar ciertos cambios, promovidos con las mejores y buenas intenciones de una organización, cuando esta, ignorándolo o solapándolo también, encubren el ejercicio indebido de personas non gratas que perjudica en vez de ayudar a que se den avances representativos.

Estas son, apenas, unas cuantas advertencias del riesgo que se puede correr en caso de no ser atendidas con verdadera precaución, porque aquí, de lo que depende, es aplicar medidas precautorias para evitar que la fragilidad del espectáculo termine fracturándose o, peor aún, fragmentándose en una ruptura irrecuperable e irreversible, en medio de un síntoma que forma parte de las constante crisis[3] que enfrenta la fiesta de los toros en nuestro país.

Veamos el caso de la fiesta que se celebra en España, donde una de las principales condiciones para realizar este tipo de espectáculos es convocando a los diversos postores que, en algo parecido a una licitación, presentan sus mejores ofertas. Aquel que es aceptado deberá satisfacerlas plenamente durante una temporada con los naturales beneficios económicos tanto para la empresa como para el estado (o la comunidad). La periodicidad de este emplazamiento permite que, al año siguiente, tanto el empresario vigente como otros vuelvan a proponer la celebración de la nueva temporada y así, sucesivamente, hasta generar una confiable estabilidad de lo que se convierte más en una industria que en un negocio o empresa. Hasta el momento esto no ha ocurrido en nuestro país, y ya sabemos que los empresarios permanecen durante varias temporadas, lo que provoca resultados desagradables, cuya mejor respuesta de parte del aficionado es su ausencia, señal de protesta. Pero la réplica de los empresarios es en muchos casos más incómoda: tener la plaza cerrada.

Sin embargo, son tan grandes y lejanas las diferencias entre España y nuestro país, que no es lo mismo la industria en cuanto tal, a aquello que en nuestros días se llama, en lenguaje puramente foxiano[4] “changarro”.

Para darnos una idea de lo que significan esas dos distancias, veamos el balance arrojado en 2001:

Este comparativo no pretende poner en evidencia o destacar grandezas o miserias. Pero es la mejor escala que nos deja entender entre sus naturales realidades, las notables diferencias de dos países que históricamente conservan entre sus tradiciones las corridas de toros como fenómeno social e histórico con un arraigo secular importante.

Finalmente, queda nuestra propuesta de la convocatoria a licitación entre quienes, teniendo la capacidad de proponer y afrontar una temporada lo hagan, en el entendido de ofrecer garantías de continuidad, si para ello se cuenta con toda la infraestructura: plazas, toros en las ganaderías, matadores de toros y novilleros, el apoyo mediático y la siempre fiel presencia de aficionados que, convencidos de una notable mejoría, regresen y llenen los tendidos de las plazas de toros, con lo que cualquier empresa esté plenamente correspondida.

Por otro lado, al declararme agnóstico es porque creo en el misterio. Pero cuando manifiesto mi escepticismo, es porque lo pongo en duda. Por cierto, Antonio Caballero ha dicho de esto último que “Nuestro santo patrón es Santo Tomás Apóstol, aquel escéptico que se negaba a creer en la Resurrección del Señor mientras él mismo en persona no metiera su puño en la llaga del lanzazo de su costado”.[5] A esta circunstancia se agrega la sentencia de Santo Tomás de Aquino que dijo “Hasta no ver, no creer”.

Lo anterior viene al caso como el método de asepsia mental que pongo en práctica no solo en mi vida común y corriente, sino como aficionado a los toros, luego de haber superado ese estadio de contemplación gozosa pero falsa que produce una fascinación de todo aquello que se nos impone pero que no podemos cuestionar (como la religión, por ejemplo), o de hacernos creer que la excelsa tauromaquia de fulano o sutano diestro es o ha sido como tocar el cielo con una mano.

Cuando una institución como la iglesia está detentada por una serie de individuos que imponen no el espíritu inicial concebido bajo postulados tan diferentes a los que hoy pretenden que se pongan en práctica, con el agregado de ciertos condicionantes, me parece que lo único que se está creando es dogma y fanatismo. De igual forma, cuando cierto sector de la prensa taurina nos habla de los portentos de tal torero, primero es o porque están convencidos de su ejercicio o están comprometidos por razones tristemente lucrativas.

Por todo lo anterior, es que he aprendido a usar el escudo del agnosticismo y el escepticismo al mismo tiempo.

Habría que decir que conforme el aficionado a los toros va madurando –los hay que nunca maduran, quedándose bajo la figura de villamelones-, entiende el trasfondo, el intríngulis o, como lo dijo José Bergamín: El arte del birlibirloque que flota en un mar revuelto, huraño, difícil, donde navegan embarcaciones cuyas tripulaciones se someten a esos vaivenes tempestuosos, pero también a una fauna acuática peligrosa, semejante a las orcas, tiburones y pirañas (cualquier semejanza con alicatas o víboras, es mera coincidencia).

Todo ello deriva en infinidad de intereses, oscuros intereses que nos marginan, pero porque entienden que esa marginación es posible, debido a la poca solidez que mostramos los aficionados, ya sea por nuestro aislamiento o por la limitada consistencia de los pocos grupos de combate que quedan en el tendido, mismos que se han conformado solo a lanzar además de su grito de batalla, alguno que otro reclamo el cual no encuentra eco, a menos que la falta cuestionada tenga todos los elementos de inconsistencia y de desfachatez.

Pero hay más. El protagonismo de quienes detentan el poder o de quienes se empeñan en darnos gato por liebre y luego hasta nos reprochan, o acusan a aquella prensa honesta de intolerante, producen un desaliento mayor, porque su doctrina simplemente no es hacer su trabajo con vistas a conseguir calidad. Y no dudo de sus quehaceres y sacrificios cotidianos. Dudo de sus resultados que, deliberadamente se proponen conseguir, pues lo que se nos muestra es francamente desalentador.

Por todo esto, y por muchas otras razones es por lo que al declararme agnóstico y escéptico al mismo tiempo, lleva en el fondo un velo de desconfianza, y si la desconfianza tiene que ver con la pérdida de la fe, del amor o de la pasión, ¿en qué creer entonces?

Y por si no lo saben esas personas, ya estamos en el año 2005, bajo la era de infinidad de conceptos donde la sociedad en su conjunto, se mueve en medio de factores como el de la calidad total y su certificación.

Nuestro actual empresario taurino tiene para con el instrumento legal que rige los destinos de la fiesta un verdadero rechazo, acusando a diestra y siniestra al o a los “estúpidos” que lo redactaron, olvidándose que este documento ha sido consecuencia histórica de las necesidades que la autoridad ha tenido para lograr controlar el desorden, evitando no solo los desmanes públicos. También los excesos de asentistas del pasado y empresarios del presente. Yo quisiera saber o escuchar de nuestros gobernantes cualquier reproche sobre la “Constitución política de los Estados Unidos Mexicanos”, cuando de tal instancia emanan sus privilegios de elección popular que los obliga a cumplir principios y compromisos con la sociedad. Claro, la “Constitución”, desde 1917 y hasta la fecha ha sufrido innumerables modificaciones o cambios conforme la época o los criterios que prevalecen. Bajo esa misma circunstancia, el reglamento para las corridas de toros ha sufrido, a lo largo de 240 años diversas alteraciones, las que seguirán presentándose en aras de hacerlo cada vez más perfectible.

Si el reglamento taurino que viene ordenando el espectáculo en nuestro país –a través del tiempo-, por lo menos desde 1765 -y hasta nuestros días- ya no es viable. Y si a eso pretenden desregular dicha diversión, pues nada mejor que someterse a los principios de la calidad total y a una rigurosa vigilancia, determinada por certificaciones permanentes (cada temporada, por ejemplo), conscientes de que si no cumplen sean sancionadas las partes infractoras hasta no lograr el orden de nueva cuenta, recuperándose las condiciones normales por donde tiene que transitar un espectáculo cuyas bondades lo hacen ver merecedor de otros tratos, y no bajo la deleznable presencia del imperio de la soberbia, del despotismo y de la falta de escrúpulos y vergüenza profesional que respiramos hasta la nausea.

El criterio de la certificación, es decir, aplicar la norma ISO9000-2000 viene imponiéndose cada vez con mayor relevancia al interior de las empresas, públicas y privadas, en aras de mejorar el servicio o producto que ofrecen directamente al usuario, al cliente, quien es su certificador más exigente, pues con un sencillo “lo toma o lo deja” decide escoger el mejor producto conforme a sus conveniencias. Probablemente sea un término al que tendremos que irnos acostumbrando para encontrar la fiesta deseada.

Dicho lo anterior: ¿Qué les parecen estas propuestas? Así, hasta nuestra creencia sería terrenable y no utópica.


[1] Leonardo Paez: ¿La fiesta en paz? (La Jornada, Nº 6471, del 2 de septiembre de 2002, p. 18a).

[2] (Toros y toreros, programa del 2 de septiembre de 2002, transmitido por canal 11 de televisión mexicana).

[3] Nicola Abbagnano: Diccionario de filosofía. Traducción de Alfredo N. Galletti. 7ª reimpresión. México, Fondo de Cultura Económica, 1989. XV-1206 p., p. 262. Crisis. En la Introducción a los trabajos científicos del siglo XIX (1807) Saint-Simon afirmaba que el progreso necesario de la historia está dominado por una ley general que determina la sucesión de épocas orgánicas y de épocas críticas. La época orgánica es la que reposa sobre un sistema de creencias bien establecido, se desarrolla de conformidad con tal sistema y progresa dentro de los límites por él establecidos. Pero en cierto momento, este mismo progreso hace cambiar la idea central sobre la cual giraba la época y determina así el comienzo de una época crítica. (…) ninguna época denominada orgánica, ni siquiera la Edad Media, ha estado exenta de conflictos políticos y sociales incurables, de luchas ideológicas, de antagonismos filosóficos y religiosos que testimonian la fundamental incertidumbre o ambigüedad de los valores de la época misma. Cuando al diagnóstico de la crisis se añade el anuncio del inevitable advenimiento de una época orgánica, cualquiera que sea, la noción misma revela con claridad su carácter de mito pragmático, ideológico o político.

[4] Refiriéndome en este caso a un término cotidiano que nos remite al entonces presidente de la República Vicente Fox Quezada (2000-2006). (N. del A.).

[5] Antonio Caballero: 6TOROS6, Nº 443, del 24 de diciembre de 2002, p. 40.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA… MANOLO MARTINEZ: DE LA VIDA A LA LEYENDA.

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE III). 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Manolo Martínez pertenece a la inmortalidad desde el 16 de agosto de 1996, al abandonar este mundo luego de haber logrado uno de los imperios taurinos más importantes del pasado siglo XX.

Cuando me integré de lleno a la fiesta, el diestro de Monterrey mandaba y regía en el espectáculo de modo muy especial. Era la figura torera por antonomasia. Ocupaba el lugar de privilegio que tuvieron en su momento figuras como Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa, Lorenzo Garza, Silverio Pérez o Carlos Arruza.

Sin embargo me consideraba antimartinista porque en esos años ejercía un papel de mando que hacía infranqueable cualquier posibilidad para que algún torero se acercara a sus terrenos. Eso por un lado, y por el otro realizaba un toreo que atentaba los cánones más puros al abusar de ciertos privilegios que da el mando y el control sobre los demás, a partir de un ejercicio donde lo limitado de su quehacer, así como detalles en el uso y abuso del pico de la muleta y lo crecido de ésta, daban la impresión de un marcado exceso cercano más a la comodidad que al compromiso por ser modelo a seguir.

Ahora, al paso de los años, de sensibilizar más en el significado de la fiesta en cuanto tal, me doy cuenta de ciertas equivocaciones. Mi cerrazón como aficionado tradicionalista o conservador no me permitieron observar una serie de situaciones que hoy analizo con más reposo. Una de ellas, creo que la principal, es su personalidad, dueña de un carisma cercano al aspecto dictatorial. Mi observación no pretende calificar con tono peyorativo su papel protagónico, pero el hombre se convierte en una figura emergente que poco a poco se fue adueñando del terreno que pisaba siempre con mucha fuerza, aspecto que al final convenció a miles de aficionados que, por “istas”, fueron legión. Verle caminar con aquel donaire y desaire a la vez lo convierte en centro de atención y polémica. Manolo se desenvuelve con un desenfado y una arrogancia que no compró ni copió a nadie. El mismo supo crearse esa imagen que pocos toreros han logrado.

Manolo Martínez, figura en potencia. Col. del autor.

Su sola presencia inmediatamente alteraba la situación en la plaza, pues como por arte de magia, todos aquellos a favor o en contra del torero revelaban su inclinación. Parco al hablar, dueño de un gesto de pocos amigos, adusto como pocos, con capote y muleta solía hacer sus declaraciones más generosas, conmoviendo a las multitudes y provocando un ambiente de pasiones desarrolladas antes, durante y después de la corrida. Mientras, en los mentideros taurinos se continuaba paladeando una faena de antología o una bronca de órdago.

Ese era Manolo Martínez, el hombre capaz de provocar las más encendidas polémicas entre aficionados y prensa, como de entrega entre estos mismos sectores cuando se dejaban arrobar por una más de sus hazañas. Surge el regiomontano en una época donde la presencia de Joselito Huerta o Manuel Capetillo determinan ya el derrotero de aquellos momentos. Dejan ya sus últimos aromas Lorenzo Garza y Alfonso Ramírez Calesero. Carlos Arruza recién ha muerto y su estela de gran figura pesa en el ambiente. En poco tiempo Manolo asciende a lugares de privilegio y tras la alternativa que le concede Lorenzo Garza en Monterrey (la continuidad de la jerarquía, el mando y la personalidad están garantizadas), inicia el enfrentamiento con Huerta y con Capetillo en plan grande, hasta que Manolo termina desplazándolos de la escena. Su ascensión a la cima se da muy pronto hasta verse sólo, allá arriba, sosteniendo su imperio a partir de la acumulación de corridas y de triunfos respectivamente. Pronto llegan también a la escena Eloy Cavazos, Curro Rivera, Mariano Ramos y Antonio Lomelín con quienes cubrirá la época más importante del quehacer taurino contemporáneo.

Por muchas razones, su mejor y más importante presencia queda plasmada en México, al cubrir todos los rincones del país, llegando incluso a darse una etapa de corridas que se montaron en improvisadas plazas de vigas. Un hecho sin precedentes.

Alrededor de su carrera taurina siempre están las estadísticas y los datos fríos que permiten entender la grandeza donde supo mantenerse. He aquí el concentrado de 26 años de trayectoria:

Como puede verse en la frialdad de los números, éstos no determinan la totalidad de su trayectoria y su quehacer. En todo caso, como torero, un término estadístico dice mucho,[1] pero dice aún más el quehacer en su conjunto, el que acumuló a partir de su presencia y permanencia como “figura del toreo”. En eso, nadie le pondrá alcance, pues cada diestro, dueño de aura y estela propias, determinan la trascendencia a que se han hecho acreedores luego de un largo trayecto, mismo que ha servido para moldear el estilo propio, la línea original que, como ser humano se ha propuesto lograr.

Hombre solitario, artista capaz de dar rienda suelta a sus emociones internas, a través del capote y de la muleta. Un artista, por lo general es introvertido, alejado del mundo, dispuesto a renunciar a la vida común y corriente para asumir la de aquellos pocos seres humanos cuyo destino es haber sido elegidos por la mano bondadosa de la virtud estética. Carácter recio, diríase que despótico, era su característica principal en la plaza. Indiferente, reacio e incluso, insolente se dejaba ver a la hora de desbordar su propio caudal de misterios profundos, muy suyos. Al ver las escenas de antiguos tiranos o dictadores como Hitler o el “Ducce” Mussolini, parece que en ellos veo la imagen de Manolo Martínez quien, con su peculiar forma de ser en el ruedo causaba el ambiente propicio de “pasiones y desgracias”, como dijera Miguel Hernández.

Actuaba en plan de arrollador en cuanta plaza lo contrataban en su etapa de primera madurez. Aquí, en el viejo “Progreso” de Guadalajara.

Martínez poseía algo más allá que la sola personalidad. Era la viva imagen del “mandón” en la fiesta.

LOS MANDONES EN LA HISTORIA.

Una rápida mirada a la tauromaquia en los últimos cien años nos da idea de lo poco numerosos que han sido los mandones en la fiesta. Durante la postrer década del siglo antepasado solo sobresalen dos cabezas: Ponciano Díaz en México y Rafael Guerra “Guerrita” en España. Ambos toreros juegan en solitario, sin pareja, sin rival permanente, invadiendo terrenos y ganando batallas hasta quedarse solos mientras el boomerang de su propia dictadura se vuelve contra ellos. El primero fue sacado con lujo de fuerza. Su éxito le había proporcionado medios económicos para construir su propia plaza en la capital mexicana: la de Bucareli. Ahí se había instalado para vivir en compañía de su venerada madre y en ese mismo templo de su magisterio recibe, sin estar en casa, a la furibunda turbamulta, que acude vengativa a cobrar los “agravios”. La tromba humana, vigorizada por la gota que derramó el vaso, arremetió sin gobierno, destruyendo todo lo que encontró a su paso.

En tiempos mejores se decía que en México había tres indiscutibles. La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apan. No faltó el aficionado que mantuviera prendida una veladora ante la imagen del Charro de Atenco, ni los que apedreaban a los “agachupinados” que se atrevían a elogiar a Luis Mazzantini, el elegante diestro importado de la época.

Mismo destino de terminación abrupta sufriría Rafael Guerra en España cuando” “Tras desnudarse, con lágrimas en los ojos, dijo: no me voy, me echan”. Las carreras de ambos toreros finalizan en 1899. Ponciano descansa para siempre en el mes de abril [de 1899] y El Guerra se retira a la vida privada en octubre del mismo año, junto con el siglo XIX. A ninguno de los dos lo sacó otro torero sino los anticipos de la muerte, el tedio o la volubilidad de los aficionados. Es curioso, pero ninguno de los mandones de la fiesta ha sido movido de su pedestal por otro torero, como veremos más adelante.

No se puede ser mandón sin ser figura. No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente.

Ser mandón tiene mucho que ver con el carácter del individuo, con su estructura psicológica, su fuerza natural, sus maneras de enfrentar al mundo y con su capacidad para conjugar a su favor las necesidades internas del hombre cara a la presión del ambiente externo. El mandón es dueño de la determinación de hacer valer su voluntad por sobre todas las cosas, sin importarle el costo, es decir el esfuerzo que eso requiera. Puede sostenerse firme en su atalaya psicológica porque, al contrario de los demás, esto refuerza el andamiaje básico de su personalidad.

En la fiesta han habido muy pocos mandones y bastante menos los que han podido aquí y allá. Por un tiempo mayor a dos temporadas ninguno. Es muy difícil mantenerse en el mando. El toreo es de machos, de hombres valientes, de ejercicio continuo de la voluntad, de control de las emociones, de dominio del miedo, de seguridad interior, de aguante. En esta profesión, nadie se deja… si puede. Por eso, ser mandón se da muy pero muy ocasionalmente. Exige una concentración agotadora, demanda olvidarse casi de todo lo demás. Pocos han estado dispuestos a pagar el precio. Por eso, llegar a ser un mandón resulta poco menos que inaccesible.[2]

El significado que adquiere la figura de Manolo Martínez se convierte en la que les confiere a monarcas y su cetro, ese sentido de jefatura que controla el horizonte que se le pone enfrente, que elimina enemigos y se hace de muchos correligionarios.

Desmenuzando el acontecimiento que nos congrega, me doy cuenta que mucha gente, incluso poco afecta a asistir a la plaza, se entera del sucedido y hasta cuenta sus propias experiencias luego de haber sabido algo, o de haber tenido la suerte de presenciar cierta corrida cubierta de recuerdos o de anécdotas, como aquella en la que las cosas no iban bien para Manolo. El público, impaciente, comenzaba a molestarlo y a reclamarle. De repente, al sólo movimiento de su capote del que se bordó una chicuelina, aquel ambiente de incomodidad pasó a uno de reposo, luego de oírse en toda la plaza un ¡olé! que hizo retumbar los tendidos. Para muchos, el costo de su boleto estaba pagado. Otros también me cuentan que aunque no les parecía nada agradable su carácter, éste era capaz de dominar a las masas, de guiarlas por donde el regiomontano quería, hasta terminar convenciéndolos de su grandeza como “mandón”.

“Mandón” -que ya vimos en qué consiste-, es también una forma que rebasa todo lo previsible, sin darnos oportunidad más para contemplar, antes que examinar y comentar el quehacer torero en su justa medida. Así logró muchas, muchas tardes uno y otro triunfo, así como fracasos de lo más escandaloso el diestro neoleonés. Con un carácter así se llega muy lejos. Nada más era verle salir del patio de cuadrillas para encabezar el paseo de cuadrillas, los aficionados e “istas” irredentos se transformaban y ansiosos esperaban el momento de inspiración, incluso el de indecisión para celebrar o reprobar su papel en la escena del ruedo.

De Manolo Martínez se ha escrito la interesante biografía realizada por Guillermo H. Cantú. Ahora, sólo basta dejar que pasen los días inmediatos a su muerte, donde trascienden datos de frialdad estadística que no dicen demasiado si no buscamos dar con el perfil real de su personalidad.

Mientras todo esto ocurre, recuerdo que, a la muerte de Ponciano Díaz (15 de abril de 1899) la afición de hace poco más de un siglo lo veneró, e incluso hasta se suspendió la corrida más inmediata a su deceso que se efectuaría en la plaza de toros “Bucareli”, su plaza, la plaza que, sin saberlo, levantó como un monumento propio y donde dio rienda suelta a sus mejores expresiones taurómacas y charras. Años más tarde, el 17 de enero de 1907 moría, víctima de una cornada el diestro español Antonio Montes a quien el pueblo mexicano hizo suyo. Antonio Fuentes tomó entonces la iniciativa de suspender la corrida del domingo siguiente.

Viene a la memoria el recuerdo por la muerte de Alberto Balderas, aquel 29 de diciembre de 1940. El “Torero de México” estaba en el corazón de muchos aficionados. A los ocho días, se congregó en la plaza “El Toreo” un público que, respetuoso guardó “un minuto de silencio” y si bien, la corrida no se suspendió, ésta se celebró dentro del más emotivo de los recuerdos.

Carlos Arruza moría el 20 de mayo de 1966, víctima de un accidente en carretera. Apenas unas semanas antes del deceso, toreaba y triunfaba vestido de corto en la plaza “México”. También -al parecer- suspenden en señal de duelo, la novillada que se efectuaría el domingo siguiente a su muerte. Rodolfo Gaona nos deja en mayo de 1975. La distancia de su época de mayores glorias y los escasos aficionados que sobreviven a la misma, no alcanza las proporciones que creo yo, merecía el “indio grande”.

Recuerdo también las muertes inmediatas y cercanas de Lorenzo Garza y de Fermín Espinosa Armillita, allá por 1978. A cada cual se le prodigó un sentido homenaje, pero nunca, en las proporciones que ahora vemos con el caso de Manolo Martínez.

Esta revisión necrológica no puede ignorar la tarde en que las puertas de la plaza de toros de san Marcos se abrieron para recibir los restos de Rafael Rodríguez, que también fueron llevados en andas por sus seguidores. También he de mencionar una novillada, allá por 1990, cuando por la puerta de cuadrillas salió Curro Rivera llevando en sus manos la urna que contiene las cenizas de su padre. Aquella escena fue conmovedora. Reposan los restos del gran diestro potosino en la capilla de la plaza de Insurgentes.

Ante lo apuntado hasta aquí, nada es comparable con las muestras de cariño que se dieron en el homenaje póstumo a Manolo Martínez. Creo que es de mal gusto comentar situaciones generalmente llevadas a la intimidad familiar, pero el sólo nombre de Manuel Martínez Ancira fue suficiente para celebrar una misa de cuerpo presente en el ruedo de la plaza de sus triunfos. Luego, sin que se pudiera evitar, fue el público quien se volcó sobre el féretro y lo paseó una, dos, quizás tres veces al ruedo deseando en aquel momento eternizar los instantes. Las escenas, conmovedoras en sí mismas, evocaron aquella ocasión en que también los restos de Antonio Bienvenida fueron paseados en andas por sus seguidores. En algunas imágenes que la televisión preparó y difundió al mundo, podemos apreciar las muestras de cariño, devoción y fanatismo prodigadas por unos 15 mil aficionados que se dieron cita aquella tarde del lunes 19 de agosto a la plaza de toros “México”, como sabemos, la plaza de sus triunfos.

Homenajes al héroe, al gran personaje, al mito, como he escrito párrafos atrás, no lo había visto sino hasta esta ocasión. La muerte, por sí misma, crea un impacto y un halo de misterio cercano sólo a la intimidad. Aquí nada de eso existió. Todo fue espontáneo, como las flores, los ramos, las coronas, los gritos ensordecedores de “¡Manolo, Manolo y ya!”. “¡Torero!” “¡¡Torero!!” “¡¡¡Torero!!!”.

Ese acto espontáneo y popular se lo han ganado unos pocos. Y en el toreo, parece que el recuerdo va a acaparar las muestras de cariño y de devoción que desbordó la afición para con su torero.

Por la noche de aquel 19 de agosto, sus restos “polvo eres, y en polvo te convertirás” descansan en un nicho, pequeño punto del gran monumento que ahora es su morada. Discutible el asunto, pero fue, al fin y al cabo, decisión final de un hombre que dejó lo mejor de su vida en ese recinto, lugar que lo proyectó a estaturas muy elevadas y donde supo mantenerse, admirando y teniendo el mando, durante muchos años, siempre desde arriba, sin riesgo alguno de perderlo.

De Manolo Martínez hay mucho que escribir, mientras no sea la verborrea que por montón se ha desatado.

Manolo también es un ser humano, de carne, hueso y espíritu al que le toca protagonizar un papel hegemónico de la mayor importancia en los últimos 30 años de nuestro siglo XX.

Manolo Martínez procedía de una familia acomodada, desde temprana edad dio muestras de rebeldía lo que provocó el rechazo familiar, él quería dejar fluir sus instintos, sus necesidades que se dejan ver en actos de riesgo, en un permanente enfrentar a la muerte no sólo ante los toros, sino también en otras circunstancias como la de tomar una moto y buscar los caminos más difíciles y riesgosos, pilotear una avioneta y describir piruetas en el aire ante el asombro de muchos. Quizás su fuerte no fue su facilidad para expresarse oralmente y externar sus emociones. Sin embargo, como artista tenía una fuerza poderosa capaz de demostrar su yo interno, donde aquellos hilos de comunicación se entrelazaban en un diálogo estentóreo, misterioso que conmocionaba los cimientos de cualquier plaza, causando un caos de emociones fuera de sí.

Como figura fue capaz de crear una serie de confrontaciones entre sus “istas”, que eran legión y los enemigos. Su quehacer evidentemente estaba basado en sensaciones y emociones, estados de ánimo diverso que decidían el destino de una tarde y así como podía sonreír en los primeros lances, afirmando que la tarde garantizaba un triunfo seguro, también un gesto de sequedad en su rostro podía insinuar una tarde tormentosa, tardes que, con un simple detalle se tornaban en apacibles, luego de la inquietud que se hacía sentir en los tendidos.

Ese tipo de fuerzas conmovedoras fue el género de facultades con que Manolo Martínez podía ejercer su influencia, convirtiéndose en eje fundamental donde giraban a placer y a capricho suyos las decisiones de una tarde de triunfo o de fracaso. Era un perfecto actor en escena, aunque no se le adivinara. De actitudes altivas e insolentes podía girar a las de un verdadero artista que no estaban dispuestas en el guión de la tarde torera. Pesaba mucho en sus alternantes y estos tenían que sobreponerse a su imagen, puesto que en apenas unos movimientos de manos y pies, conjugados con el sentimiento, se transformaba todo el sentido de un momento.

Manolo era Manolo, diría Perogrullo. Yo soy yo y mi circunstancia, apuntaba José Ortega y Gasset, nada era imitación, todo era natural y espontáneo en él, de ahí que esto influyera para que las huestes martinistas aumentaran considerablemente, sin faltar aquellos aficionados desbocadamente locos que lanzaban al ruedo el bastón, sombrero, saco, chaleco… (¿recuerdan a Don Susanito?). Hacedor de un perfil distinto, lo supo mantener durante toda su trayectoria como matador de toros, incluso a su retorno y en los momentos más difíciles de esta segunda época, cuando ya no era el Manolo de los primeros años, con facultades físicas mermadas que lo llevaron a algunas escenas desagradables.

A partir de estos momentos, nos encontramos apostados en el horizonte de la revisión del papel que ejerció Manolo Martínez durante su vigencia como matador de toros. En vida se le criticó y se le alabó en ambos sentidos. Hoy, las perspectivas deben ser distintas y suficientes para entenderlo durante su predominio como figura del toreo. Así como a Ponciano Díaz o a Rodolfo Gaona ya se les ha revisado con minuciosa precisión, es el momento de hacerlo con el diestro de Monterrey. Todos quienes tenemos un acercamiento a la fiesta, en cualquiera de sus sentidos, debemos despojarnos de la camisa de las pasiones y de los alegatos sin sentido, para ir entendiendo la misión del martinismo en México. Su extensión hacia otros países también deja una honda huella que se reconoce perfectamente, a pesar de las posibles omisiones, inválidas a partir de este momento, puesto que bien o mal, su obra quedó escrita en el universo taurino.

Me reconozco un arrepentido que ahora intenta revalorar toda esta suma de condiciones que alteraron la historia taurina de México en la fase terminal de nuestro siglo XX.

Manolo Martínez al trascender como un novillero de peso, se gana la alternativa y sus pasos se convierten en amenaza para otros tantos diestros que lo enfrentan y hasta se ven derrotados o desplazados por su fuerza arrolladora. Como no recordar las jornadas donde se puso al tú por tú con Joselito Huerta y sobre todo con Manuel Capetillo, dos figuras que poseían un sitio, pero así como lo tuvieron, así también lo vieron amenazado hasta que Manolo se apoderó de todo el terreno, en un alarde de señor feudal que se apoderó del control y terminó por mandar, terminó por imponerse. Un quehacer de esta índole se ve de vez en vez y hasta el momento, no ha habido nadie que se atreva a realizarlo. El lugar que deja es un trono vacío, a la altura de sus circunstancias, un lugar enorme, sin dimensiones.

La tauromaquia martiniana es una obra perfectamente condensada de otras tantas tauromaquias que pretendieron perfeccionar este ejercicio. Sus virtudes se basan en apenas unos cuantos aspectos que son: el lance a la verónica, los mandiles a pies juntos y las chicuelinas del carácter más perfecto y arrollador, imitadas por otros tantos diestros que han sabido darle un sentido especial y personal, pero partiendo de la ejecución impuesta por Martínez. En el planteamiento de su faena con la muleta, todo estaba cimentado en algunos pases de tanteo para luego darse y entregarse a los naturales y derechazos que remataba con martinetes, pases de pecho o los del “desdén”, todos ellos, únicos en su género, puesto que el sentido impreso a cada uno de ellos creaban un estado de emociones muy intensas y emotivas. La plaza era un volcán invertido, cuyas explosiones se desbordaban hasta que el estruendo irrepetible de cien o más pases dejara pasmados y sin ya más que fuerzas para agitar las manos, después de tanto gritar.

Capote y muleta en mano eran los elementos con que Manolo Martínez se declaraba ante la afición. Lo corto de sus palabras quedaba borrado con lo amplio y extenso de su ejecución torera. Era su auténtica y genuina forma de comunicación con los aficionados que encontraban a un Manolo Martínez totalmente despojado de sus adentros, vacío, pero satisfecho de la obra que acababa de realizar. El toreo es un arte efímero que se goza al instante y se evoca, por instantes a lo largo del recuerdo que nos otorga la vida. Las faenas realizadas por Manolo Martínez son muchas, todas ellas, de una u otra forma recreadas por sus seguidores y/o correligionarios. Es ahí donde debemos hacer descansar el peso del examen a su vida y trayectoria. Alrededor de él existen una serie de testimonios que, por lo menos para mí, no vienen al caso mencionarse y son todos aquellos que sirven para crear la imagen del torero fuera de la plaza, del ciudadano Manuel Martínez Ancira que se hizo rodear de un grupo de personas de toda condición, pero también de toda laya, broza y baja estofa.

Qué mejor recuerdo que vestido de torero, haciendo subir y bajar el termómetro de las pasiones a escalas inverosímiles. Sus tardes de apoteosis, de bronca, de “nada de nada” son las que dicen, una a una, el sentido de majestad y grandeza asumida por el gran diestro neoleonés. Sus competencias con los toreros ya mencionados son gestas difíciles de olvidar. Si volvemos la vista a la prensa escrita y hojeamos las miles de páginas que se prodigaron a su favor o en contra, encontraremos de todo, pero desde luego una riqueza excepcional de información que forja la perfecta imagen de un personaje dueño de un destino sin igual, convertido ahora en leyenda.

¿Que tuvo muchos enemigos? Desde luego. Y de ese conjunto algunos que pesaron mucho en su carrera. Se trata de ciertos periodistas que, o no lo entendieron, o se quejaron de modo subterráneo por no haber recibido favor alguno del diestro. Entre la prensa, se tiene la idea de que sin dinero de por medio no pueden escribirse crónicas sentidas. Por supuesto hay evidencias significativas desde hace un buen número de años. No referiré, porque no viene al caso, el ambiente donde giran algunos personajes de la prensa, pero es un hecho que bajo el mando de Manolo las cosas se dieron en ese sentido. También se dio con él otro aspecto que era el del frente de periodistas incondicionales que se desbordaron en crónicas, elogios y otros inciensos que proyectaban al diestro al Olimpo. Manolo veía todo desde la cima, controlaba muy bien su imagen partiendo del hecho de sus propios actos, consolidados en imagen gracias a la administración que tuvo de su lado. Probablemente dicho sistema haya sido culpable en elevar más allá de un sentido racional lo que debía conservar una imagen más original.

El hecho es que la época martinista deja descubrir infinidad de situaciones que ponen en un lugar más ponderado al diestro de Monterrey. El solo hecho de que la afición lo recuerde acudiendo a infinidad de sucedidos, es la mejor forma en que su testimonio como torero se fortalece cada día que se separa del parteaguas de la mortalidad con respecto a la inmortalidad.

Manolo Martínez cimenta durante todo su recorrido profesional la imagen que ahora, en su etapa inicial de recuerdos se fortalece gracias al sin fin de acontecimientos de que fue capaz. Hombre de contrastes y de situaciones extremas podía alcanzar la gloria pero tambalearse en el fracaso. Era, a fin de cuentas una actitud asumida por los grandes artistas, por los genios que no se conforman con medias tintas. Tan particulares personajes exponen su riqueza de conocimientos en las pruebas. El artista también lo hace frente al lienzo, a la partitura por iniciar, a la hoja blanca donde esbozar todas las ideas del sentimiento o del pensamiento, al bloque de piedra que al cabo de un tiempo nos mostrará la fuerza de la creación. Pero cuando no logran dar con el ideal, todas esas obras quedan inconclusas o destruidas. Aunque puede suceder lo contrario. Sus logros creativos alcanzan estaturas inconcebibles. Es decir, hablamos de un extremismo maniqueo, del bien o del mal, del amor o del odio. De la vida o la muerte. Mis respetos a este tipo de artistas que por eso han trascendido a niveles universales. Y Manolo Martínez, con todo lo que para el toreo representa, se convierte también en una figura por recordar. Manolo supo forjar momentos de grata memoria, pero también de aciaga condición. Quizá se quedó en algún momento compartiendo con la incertidumbre de los términos medios, de la mediocridad, pero me convenzo cada vez más que lo que él quería era compartir su obra con los grandes de todos los tiempos.

Ahora, en el “Nuevo Progreso”, paseando por el ruedo dos orejas después de una notable actuación.

 EL HILO CONDUCTOR DE LA TAUROMAQUIA ENTRE MANOLO MARTÍNEZ Y ENRIQUE PONCE.

Sin afán de polemizar, sólo de aclarar, ofrezco a continuación mi postura sobre la discutida e interesante tesis que planteó Julio Téllez en su programa TOROS Y TOREROS del canal 11 de televisión mexicana, en el sentido de que Enrique Ponce debe buena parte de su toreo a la influencia ejercida por el desaparecido Manolo Martínez.

Fue en la emisión del día 28 de febrero de 1999 hizo un planteamiento, que aún no termina, el cual sostiene que la tauromaquia de Enrique Ponce se encuentra enriquecida por el efecto manolomartinista, en cuanto a que el diestro neoleonés es hoy en día una fuente de inspiración, no sólo para el valenciano. Lo es para muchos de los toreros que forman parte de la generación inmediata a la que perteneció el torero mexicano. Y no se trata sólo de los nacionales. También del extranjero. Esto es un fenómeno similar al que se dio inmediatamente después de la despedida de Rodolfo Gaona en 1925; muchos toreros mexicanos vieron en “el petronio de los ruedos” un modelo a seguir. Querían torear, querían ser como él. No estaban equivocados, era un prototipo ideal para continuar con la tendencia estética y técnica impuesta durante casi veinte años de imperio gaonista. Sin embargo estaban llamados a ser representantes de su propia generación, por lo que también tuvieron que forjarse a sí mismos, sin perder de vista el arquetipo clásico heredado por Gaona.

Pero el asunto no queda ahí. La tauromaquia tiende a renovarse, y aunque pudiera darse el fenómeno de la generación espontánea, en virtud de que algunos toreros importantes se formen bajo estilos propios, estos se definen a partir de cimientos sólidamente establecidos por diestros que han dejado una estela destacada que se mete en la entraña de aquellos quienes llegan posesionándose del control, para convertirse en nuevas figuras.

En el mismo programa TOROS Y TOREROS, surgió una razón que explica el dicho anterior. En inteligente entrevista formulada a Julián López El Juli se le preguntó:

-¿Quién es para ti el “paradigma de todas las virtudes”?

A lo que contestó el joven espada:

-Desde luego Manuel Rodríguez Manolete, José Gómez Ortega. Y luego refirió el nombre de otros personajes trascendentales en su formación.

Es decir: El Juli, Enrique Ponce o quien sea, no pueden hacer hablar sus tauromaquias si no las sustentan en el “abc”, en el vocabulario o las “reglas gramaticales” que dejaron a su paso los “paradigmas” que han ejercido poder y presencia en el toreo como expresión universal. Y digo universal porque ya no puede considerarse ni local, ni tampoco como resultado de una escuela específica, y mucho menos nacional. El toreo es en nuestros días una manifestación universal debida a la nutriente que circula por sus misteriosos vasos comunicantes cuyas salidas secundarias son las plazas de tienta. Las primarias, son las plazas de toros.

En esa permanente convivencia ha trascendido el quehacer taurino de la que no es ajena el público, la afición en su conjunto. Así como es testigo presencial de la consolidación mostrada por el torero que ha llegado a su punto de madurez profesional, también aprecia la puesta en escena de quien se incorpora como candidato a ser un modelo establecido. Y aún más, el “paradigma de todas las virtudes” para toreros de generaciones venideras que ocuparán sitio de privilegio.

Y aquí surge ya el argumento que fortalece esta disección: las generaciones, el ritmo generacional con que también las sociedades han consolidado su presencia a través de los años, en un constante renovar que se genera. Hoy hablamos de Pepe Illo, de Paquiro o del Guerra porque dejaron a su paso la experiencia del quehacer taurino a fines del siglo XVIII; el primer tercio del XIX y finales de este. En sus “tauromaquias” se concentró la summa de sus correspondientes generaciones, recordando que summa es la reunión de experiencias que recogen el saber de una gran época.

Se habla de las escuelas “rondeña” sustento que viene desde el esplendor de los Romero de Ronda, de estilo pulcro. La “sevillana” de Cúchares, salpicada de “duende”. Incluso se menciona la escuela “mexicana” del toreo. El caso de Silverio se revisa aparte.

La sola mención de Silverio Pérez como uno de los representantes fundamentales de tal “escuela”, nos lleva a surcar un gran espacio donde encontramos junto con él, a un conjunto de exponentes que han puesto en lugar especial la interpretación del sentimiento mexicano del toreo, confundida con la de “una escuela mexicana del toreo”. La etiqueta escolar identifica a regiones o a toreros que, al paso de los años o de las generaciones consolidan una expresión que termina particularizando un estilo o una forma que entendemos como originarias de cierta corriente muy bien localizada en el amplio espectro del arte taurino.

Escuela “rondeña” o “sevillana” en España; “mexicana” entre nosotros, no son más que símbolos que interpretan a la tauromaquia, expresiones de sentimiento que conciben al toreo, fuente única que evoluciona al paso del tiempo, rodeada de una multitud de ejecutantes. Que en nuestro país se haya inventado ese sello que la identifica y la distingue de la española, acaba sólo por regionalizarla como expresión y sentimiento, sin darse cuenta de su dimensión universal que las rebasa, por lo que el toreo es uno aquí, como lo es en España, Francia, Colombia, Perú o Portugal. Cambian las interpretaciones que cada torero quiera darle y eso acaba por hacerlos diferentes, pero hasta ahí. En la tauromaquia en todo caso, interviene un sentido de entraña, de patria, de región y de raíces que muestran su discrepancia con la contraparte. Esto es, que para nuestra historia no es fácil entender todo aquello que se presentó en el proceso de conquista y de colonia, donde: dominador y dominado terminan asimilándose logrando un producto que podría alejarse de la forma pero no del fondo, cuyo contenido entendemos perfectamente. La frase de Silvio Zavala nos ayuda a comprender este complejo panorama:

   Los mexicanos tenemos una doble ascendencia: india y española, que en mi ánimo no se combaten, sino que conviven amistosamente.

Entramos a terrenos más complejos, pues del orden generacional pasamos al sincretismo, argumento que si utilizamos con prudencia -para no perdernos en el mar de explicaciones-, resulta bastante útil si pretendemos manejarlo como elemento que nos aclare la superposición y fusión de circunstancias de distinta procedencia.

Los toreros de estilo definido como Antonio Bienvenida o Antonio Ordóñez, surgidos ambos de familias con fuerte dosis de influencia taurina, aunque no se constituyan como efecto directo para un Enrique Ponce, torero cuya expresión experimentará la transición de siglos y de milenios también, acoge en su interior la misteriosa presencia de estos dos enormes “paradigmas”. Su razón no es torear como ellos, ser una réplica barata y estandarizada de los prodigios mencionados. Lo que sucede es que gracias a ellos se debe la respetable conducción del toreo por rutas más definidas, donde sus capotes son lienzos para la belleza, soportados por una técnica impecable. Y luego, gracias al planteamiento original en sus faenas de muleta, que desarrollado devino obra maestra, permitió los grados de perfección que conocemos. Bajo este influjo escalaron sitios preponderantes en el toreo. Enrique Ponce, seguramente se mira en ellos a través de un espejo, pero sin que deje de ser el mismo Enrique Ponce plantado en su propio presente.

El debate sobre la estética y la técnica que Ponce ha puesto en evidencia, se debe a que ha encontrado techo, límite en su quehacer. Esto no significa obstáculo, sin más. Es el reto a trascender otro nivel de expresión, totalmente nuevo, apoderándose de él con fuerza y dominio hegemónicos. Para él la consigna es NO CLAUDICAR. Dicen muchos que Ponce, torea “bonito”. Esa calificación, en el fondo ligera, o si se quiere “kitsch”,[3] puede interpretarse también peyorativa.

Con todo esto, Enrique Ponce asume un enorme reto. También, y en esa misma proporción un riesgo. Como “figura” se le exige cada vez más, así se le exigió a Manolo Martínez y a muchos otros toreros de esta talla. Y Manolo, y los otros respondían, sabían que no perder el control y manejar la situación como el mejor estratega significaba volver a la normalidad después de la tormenta, disfrutando una vez más las mieles del triunfo, del afecto popular.

Manolo Martínez legó al toreo cosas buenas y malas también. Ese espejismo maniqueo posee un peso rotundo cuyos significados se revelan a cada tarde, como si durante cada corrida de toros se leyera una página del testamento DE LA DOBLE M donde quedaron escritas muchas sentencias por cumplir o excluir. Ese legado, entendido como una tauromaquia subliminal para muchos diestros, herederos universales de aquel testimonio sigue provocando controversias, polémicas como todo lo causado ahora con la influencia o no por parte de este último “mandón” del toreo mexicano, del que a continuación presento un perfil por demás, necesario.

En sus inicios como torero, el regiomontano Manolo Martínez, comparte una época donde la presencia de Joselito Huerta o Manuel Capetillo determinan ya el derrotero de aquellos momentos. Dejan ya sus últimos aromas Lorenzo Garza y Alfonso Ramírez Calesero. Carlos Arruza recién ha muerto y su estela de gran figura pesa en el ambiente.

En la plaza, el público, impaciente, comenzaba a molestarlo y a reclamarle. De repente, al sólo movimiento de su capote con el cual bordaba una chicuelina, aquel ambiente de irritación cambiaba a uno de reposo, luego de oírse en toda la plaza un ¡olé! que hacía retumbar los tendidos. Para muchos, el costo de su boleto estaba totalmente pagado. Con su carácter, era capaz de dominar a las masas, de guiarlas por donde el regiomontano quería, hasta terminar convenciéndolos de su grandeza. Como ya se dijo: No se puede ser “mandón” sin ser figura. No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente. (Guillermo H. Cantú).

El diestro neoleonés acumuló muchas tardes de triunfo, así como fracasos de lo más escandalosos. Con un carácter así, se llega muy lejos. Nada más era verle salir del patio de cuadrillas para encabezar el paseo de cuadrillas, los aficionados e “istas” irredentos se transformaban y ansiosos esperaban el momento de inspiración, incluso el de indecisión para celebrar o reprobar su papel en la escena del ruedo.

Manolo también es un ser humano, de “carne, hueso y espíritu” al que le tocó protagonizar un papel hegemónico dentro de la tauromaquia mexicana en los últimos 30 años de nuestro siglo XX.

Manolo Martínez nace el 10 de enero de 1947 en Nuevo León. Sobrino-nieto del presidente constitucionalista Venustiano Carranza, mismo que, de 1916 a 1920 prohibió las corridas de toros en la ciudad de México, por considerar que

 …entre los hábitos que son una de las causas principales para producir el estancamiento en los países donde ha arraigado profundamente, figura en primer término el de la diversión de los toros, en los que a la vez que se pone en gravísimo peligro, sin la menor necesidad la vida del hombre, se causan torturas, igualmente sin objeto a seres vivientes que la moral incluye dentro de su esfera y a los que hay que extender la protección de la ley.

 Su padre, el Ingeniero Manuel Martínez Carranza participó en el movimiento revolucionario, para lo cual se unió a las filas del Ejército Constitucionalista, llevando el grado de Mayor.

Para muchos, una figura inolvidable. SINAFO, 502063

A su madre, doña Virginia Ancira de Martínez le hizo pasar tragos amargos, porque Manuel, desde un principio dio muestras de rebeldía, integrándose a la práctica de la charrería que combinaba con sus primeros acercamientos al toreo, gracias a que su hermano Gerardo contaba con una ganadería, no precisamente de toros bravos.

Todo esto motivó el rechazo familiar. El colmo es cuando anuncia que deja los estudios de veterinaria en la Facultad de Ingeniería del Tecnológico de Monterrey para cumplir con su más caro deseo: hacerse torero.

“Déjenle que pruebe sus alas y sus ilusiones…” dijo doña Virginia a la familia. Y antes de partir a los sueños impredecibles, le advirtió a Manuel: “Ve, anda, si quieres ser torero, demuestra tu valor. Si no eres el mejor, regresa al colegio. Recuerda que en esta casa no hay cabida para los mediocres…” Tales palabras sonaron a sentencia en los oídos del joven, que ya no tenía más voluntad que la de convertirse en una gran figura del toreo.

A pesar de que no había problemas económicos en la familia Martínez Ancira, Manuel se marchó empezando sus correrías sin más ayuda que su deseo por verse convertido en “matador de toros”. Puede decirse que a partir del domingo 1 de noviembre de 1964, tarde en la que triunfó en la plaza de toros AURORA, comienza a bordar el sueño que lo obsesiona. Nace así, la gran figura del toreo mexicano.

Consagrado sufrió serias cornadas, siendo la de BORRACHON, de San Mateo la que lo puso al borde de la muerte, dada la gravedad de la misma. Fue un percance que alteró todo el ritmo ascendente con el que se movía de un lado a otro el gran diestro mexicano.

De hecho, la muerte casi lo recibió en sus brazos, de no ser por la tesonera labor del cuerpo médico que lo atendió. Tal herida causó un asentamiento de firmeza en el hombre y en el torero. Se hizo más circunspecto y calculador. De ahí probablemente su altivez, pero, al fin y al cabo una altivez torera.

Ese tipo de fuerzas conmovedoras fue el género de facultades con que Manolo Martínez pudo ejercer su influencia, convirtiéndose en eje fundamental donde giraban a placer y a capricho suyos las decisiones de una tarde de triunfo o de fracaso. Además, era un perfecto actor en escena, aunque no se le adivinara. De actitudes altivas e insolentes podía girar a las de un verdadero artista a pesar de no estar previstas en el guión de la tarde torera. Pesaba mucho en sus alternantes y estos tenían que sobreponerse a su imagen; apenas unos movimientos de manos y pies, conjugados con el sentimiento, y Manolo transformaba todo el ambiente de la plaza.

Quienes estamos cerca de la fiesta, al acudir a la razón, tenemos que despojarnos de la camisa de las pasiones y de los alegatos sin sentido, para ir entendiendo la misión de uno de los más grandes toreros mexicanos.

Su proyección hacia otros países también deja una honda huella que se reconoce perfectamente, a pesar de las posibles omisiones, su obra queda inscrita en el universo taurino.

El toreo es un arte efímero, pero gracias a la memoria podemos retenerlo y evocarlo a lo largo de la vida. Las faenas realizadas por Manolo Martínez son muchas, todas ellas, de una u otra forma recreadas por sus seguidores y correligionarios.

Manolo Martínez cimentó durante todo su recorrido profesional la imagen que nos dejó, ahora perdura sólo el recuerdo del gran torero olvidando rencillas y rencores inclusive entre sus más declarados enemigos.

Hombre de contrastes y de situaciones extremas podía alcanzar la gloria pero tambalearse en el fracaso. Era, a fin de cuentas una actitud asumida por los grandes artistas, por los genios que no se conforman con simples apuntes de una obra que pretenden mayor.

Sus triunfos, pero también sus fracasos como torero dejaron huella. Es decir, hablamos de los extremos, del bien o del mal, del amor o del odio, de la vida o la muerte. Manolo supo forjar momentos de grata memoria, pero también de aciaga condición.

Como todo gran torero, España fue otra meta a seguir. En 1969 logra sumar 49 actuaciones a cambio de tres cornadas que le impidieron llegar a las 80 corridas. El espíritu de conquista se dio con Manolo, puesto que logró convencer a la exigente afición hispana. España es un terreno difícil de conquistar por parte de extranjeros que intentan izar su bandera junto a la nacional que ondea en todas las plazas de la península.

Manolo el hombre, la figura que, enfundada en el hábito de los toreros -el majestuoso traje de luces-, legó multitud de recuerdos que hoy nos causan emoción.

He aquí un pequeño rasgo de la majestad torera, del sentido humano alcanzados por el mejor torero mexicano de los últimos tiempos: MANOLO MARTINEZ.

Si con todo esto aún no es suficiente entender que una influencia de semejantes magnitudes como la de Manolo Martínez en el ejercicio tauromáquico de Enrique Ponce no ha bastado, pues entonces sepamos, para decirlo de una vez, que los aspectos hereditarios en su entorno más íntimo y misterioso se filtran en el espíritu de muchos matadores de toros que trascienden su arte y su técnica a partir de los basamentos con que se constituyen para proyectar su propia voz en el concierto al que fueron convocados. Sin embargo, cada quien hablará de su expresión con una tesitura distinta y particular. De ahí que encontremos siempre estilos distintos.

Concluyo el presente ensayo, afirmando que en este caso, con Manolo Martínez y Enrique Ponce encontramos dos etapas de una misma obra de creación personal dueñas de su propia circunstancia.


[1] Guillermo H. Cantú: Manolo Martínez un demonio de pasión. México, Diana, 1990. 441 p., ils., fots.

[2] Op. Cit., p. 87-93.

[3] Jean Duvignaud: El juego del juego. México, 1ª ed. en español, Fondo de Cultura Económica, 1982. 161 p. (Breviarios, 328), p. 144 y 150.

Como es sabido, la palabra aparece en Europa Central a fines del siglo pasado, para designar al “mal gusto” de las clases sociales que hasta entonces permanecían ajenas a la estética de las élites. Clases que por entonces ingresan, de manera más o menos fácil, en el mercado de la creación.

Al parecer, el kitsch es la negación de la estética pero también es en sí una estética. Una estética sin “arte”, una libre investigación de lo imaginario hundida en la trama de la vida que, pro primera ocasión, se siente “moderna”, es decir, contemporánea de sus propias ideas y necesariamente perecedera…

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE II).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

FERMÍN ESPINOSA ARMILLITA, FORJADOR DE UN GRAN IMPERIO.

   Hace ya casi cuatro décadas que Fermín Espinosa Armillita dejó la mortalidad para incluirse en el terreno de los inmortales. Después de Rodolfo Gaona, el diestro saltillense abarca un espacio que comprende la “edad de oro del toreo” en su totalidad (1925-1946) extendiendo su poderío hasta el año 1954. O lo que es lo mismo: treinta años de dominio y esplendor. Como se ve, al cubrir las tres décadas se convierte en eje y timón para varias generaciones: una, saliente, que encabezan Juan Silveti y Luis Freg, la emergente, a la que perteneció; y más tarde otra en la que Alfonso Ramírez Calesero, Alfredo Leal, Jorge Aguilar El Ranchero o Jesús Córdoba -entre otros- se consolidan cada quien en su estilo.

   Para entender a Fermín debemos ubicarlo como un torero que llenó todos los perfiles marcados en las tauromaquias y reclamados por la afición. Federico M. Alcázar al escribir su TAUROMAQUIA MODERNA en 1936, está viendo en el torero mexicano a un fuerte modelo que se inscribe en esa obra, la cual nos deja entrever el nuevo horizonte que se da en el desarrollo del toreo, el cual da un paso muy importante en la evolución de sus expresiones técnicas y estéticas.

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Fermín Espinosa “Armillita” camino de convertirse en figura del toreo. SINAFO, 14625

   España es caldo de cultivo determinante y decisivo también en la formación de Armillita a pesar de que en 1936, el “boicot del miedo” encabezado, entre otros, por Marcial Lalanda intenta frenar la carrera arrolladora del “maestro”, y aunque regresa a México en compañía de un nutrido grupo de diestros nacionales, su huella es ya insustituible.

   Fermín nace en casa de toreros. Su padre, Fermín Espinosa ha ejercido el papel de banderillero. En tanto, Juan y Zenaido hermanos mayores de Fermín hijo, buscan consagrarse en hazañas y momentos mejores. Juan recibe la alternativa de Rodolfo Gaona en 1924, y años más tarde se integra a las filas de los subalternos, convirtiéndose junto con Zenaido en peones de brega y banderilleros, considerados como mejor de lo mejor. Ambos, trabajaron bajo la égida de Fermín.

   Gaona se despide el 12 de abril de 1925. Ocho días después, Fermín actúa en la plaza de toros CHAPULTEPEC, obteniendo -como becerrista- un triunfo mayor, al cortar las orejas y el rabo de un ejemplar de la ganadería de El Lobo. Uno se va el otro se queda. Sin embargo, la afición no asimila el acontecimiento y cree que al irse el “indio grande” ya nada será igual, todo habrá cambiado. Ese panorama “pesimista”, se diluyó en pocos años, justo cuando “Armillita chico” está convertido en figura del toreo.

   Al lado de los hispanos Victoriano de la Serna, Domingo Ortega, Joaquín Rodríguez Cagancho, y de los mexicanos David Liceaga, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro El Soldado y José González Carnicerito protagonizan una de las mejores épocas que haya registrado la tauromaquia mexicana del siglo XX.

   Fermín acumuló infinidad de grandes faenas que dejaron una huella imborrable en la memoria del aficionado, quien recuerda con agrado los mejores momentos que han llenado sus gustos, las más de las veces “muy exigentes”. CLAVELITO de Aleas en España, JUMAO, PARDITO o CLARINERO en México son apenas parte del gran abanico que despliega este poderoso torero a quien llamaron el “Joselito mexicano” pues mandando con el capote y la muleta fue capaz de dominar a todos los toros con que se enfrentó.

   La técnica, la estética se pusieron al servicio del diestro de Saltillo, siendo el primer concepto el que predominó en manos de quien fue el “maestro de maestros”, atributo mayor, etiqueta envidiable que se han ganado pocos, muy pocos.

   Analizando a Fermín Espinosa Armillita con la perspectiva que nos concede la historia, apreciamos a un ser excepcional que por ningún motivo podemos ni debemos matizar en grado superlativo, porque esto nos pierde en las pasiones y por ende no nos deja ver el panorama con toda la claridad necesaria para el caso. Por eso, lo que normalmente apreciamos en la plaza y nos conmociona en extremo es emoción que con el tiempo se atenúa. Aquella gran tarde de gozo y disfrute, termina siendo acomodada en los anaqueles de nuestra memoria.

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Fermín, más que poderoso y dominador… con las banderillas. SINAFO, 119105

   Armillita nos deja apreciar a un torero completo en todos los tercios, favorito de multitudes, que se ganó el aprecio de la afición en medio de la batalla más sorda, desarrollada entre toreros que también hicieron época. No podemos olvidar sus tardes apoteóticas al lado de Jesús Solórzano, lidiando toros de LA PUNTA. De alguna de estas jornadas fueron recogidas las escenas de la célebre película SANGRE Y ARENA, protagonizada por Tyron Power.

   Armillita surge en unos momentos en que la revolución culminó como movimiento armado, y brota el cristero con toda su fuerza. En el campo cultural se da un reencuentro generoso con los valores nacionalistas que “revolucionaron” las raíces “amodorradas” de nuestra identidad, las cuales despertaban luego de larga pesadilla matizada de planes, batallas y luchas diversas por el poder.

   Sin embargo, el toreo se mantenía al margen de todos estos síntomas, como casi siempre ha ocurrido. Fermín, al igual que otros toreros, iba reafirmándose como cabeza principal de su generación, en la cual cada quien representó una expresión distinta que siempre sostuvo el interés de la afición, misma que gozó épocas consideradas como relevantes en grado máximo. Al romperse las relaciones taurinas entre México y España, se gestó un movimiento auténtico de nacionalismo taurómaco el cual alcanzó estaturas inolvidables. Fermín permeó a tal grado aquel espacio que su quehacer vino a ser cosa indispensable en todas las plazas donde le contratan, garantizando la papeleta pues su compromiso fue nunca defraudar.

   Que tuvo enemigos, todo gran personaje los acumula. Se le señalaba frialdad mecánica en sus faenas, un mando de la técnica por encima de la estética, aspecto que no prodigaba a manos llenas por no ser un torero artista. Pero no se daban cuenta de que cualquier gran artista primero forja su obra en planteamientos que van rompiendo el recio bloque o dando color a un lienzo blanco, enorme dificultad a la que se enfrenta hasta el mejor de los pintores. Y así, cualesquier torero plantea su faena moldeando y mandando al toro. Dominándolo en consecuencia.

   Fermín ya lo he dicho, tuvo en todos sus enemigos, animales a los que entendió y “dominó” en su plena dimensión. Por eso, el trauma de BAILAOR nunca pasó por su mente. BAILAOR fue el muro que detuvo la carrera de otro torero considerado “poderoso”: José Gómez Ortega Joselito aquel 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina. Curiosamente llegó a decirse que, para ver a Juan Belmonte -pareja de José- había que apurarse, pues cualquier día lo mataría un toro. Juan se suicidó en 1962 víctima de la soledad. En cambio Joselito o Gallito quien demostraba con su toreo ser indestructible ante los bureles, fue liquidado por uno de ellos.

   Armillita ya no solo parecía llenar, llenaba todos los perfiles de un gran torero que España conoció en una proporción menor a la de México. Sin embargo en nuestro país es donde alcanza estaturas mayores. Sólo cuatro cornadas, una de ellas en San Luis Potosí, el 20 de noviembre de 1944 desequilibran el concepto de invencible que hasta entonces se tenía de él. En 1949, precisamente el 3 de abril, se retira como los grandes encerrándose con 6 punteños, en la plaza capitalina, dejando testimonio de su grandeza al ejecutar 18 diferentes quites, banderilleando a tres de los seis toros. Sus faenas no brillaron tanto porque aquella fue una tarde en la que el viento se apoderó por completo del escenario y poco pudo vérsele. Sin embargo, “hubo doblones, naturales, pases de la firma, de pecho, de pitón a rabo, el de la muerte, el cambio por delante, los de tirón para cambiar de terreno, los trincherazos rematados rodilla en tierra…”, como nos dice “Paco Malgesto” en el libro ARMILLITA. EL MAESTRO DE MAESTROS. XXV AÑOS DE GLORIA del año 1949.

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Armillita el Joselito mexicano agradeciendo la ovación de sus seguidores. SINAFO, 119144

   Años después tuvo necesidad de regresar, demostrando que seguía siendo tan buen torero como antes, maduro, dueño de sí mismo. Conchita Cintrón al escribir ¿Por qué vuelven los toreros? los encuadra dentro de esa búsqueda por las palmas, pero sobre todo por el placer de sentir que nadie ha ocupado el lugar que dejaron desde su retirada. Fermín pasaba por un mal momento, pero aún así fue capaz de mostrar su poderío.

   Con el paso de los años y ya en el retiro definitivo fue llamado a participar en infinidad de festivales siendo uno de los últimos el que se celebró el 18 de noviembre de 1973 en la plaza de toros MÉXICO que resultó inolvidable pues alternaron con él figuras como Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez, Alfonso Ramírez Calesero, Fermín Rivera y Jorge Aguilar El Ranchero.

   Muere el 6 de septiembre de 1978 en la ciudad de México, habiendo nacido el 3 de mayo de 1911 en Saltillo, Coahuila.

   Sus hijos Manuel, Fermín y Miguel han perpetuado la dinastía en diferentes proporciones y de ellos se espera que la cuarta generación se aliste en el inminente siglo XXI. Fermín Espinosa, 1ª generación; Fermín Espinosa Saucedo, 2ª generación; Manuel, Fermín y Miguel, 3ª generación, todos con el sello de la casa Armilla constituyen una de las familias taurinas que viene heredando la estafeta en armónico cumplimiento generacional, como ha pasado con otros casos: los Litri, los Bienvenida, los Girón, los Rivera de Aguascalientes, los Solórzano, los Caleseros, los Vázquez de San Bernardo.

CONTINUARÁ.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE I).

  CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Raro es el siglo que tiene la particularidad de iniciar su marcha temporal junto con otros procesos sociales o políticos. Estos más bien, hallan un puente por donde cruzar y por donde seguir. El siglo XX mexicano aparece en escena con un síntoma de continuidad en el régimen porfirista, lo que por un lado marca cierta estabilidad económica y política; por el otro, la intranquilidad social. Sin embargo, la respuesta de muchos inconformes, merece una atención especial. Por una parte los trabajadores de algunas fábricas despertaron el ánimo rebelde que llegó a oídos de muchos integrantes del pueblo[1] que probablemente no imaginaron sumarse a la bola, término que se le dio a las multitudes que participaron en el movimiento armado de 1910. La bola bien a bien no tuvo una idea clara que sí tuvieron sus dirigentes, cabecillas y “caudillos”, los cuales, además de tener bien definido el propósito de eliminar todo rastro de la dictadura sostenida por el General Porfirio Díaz,[2] aprovecharon la coyuntura para encaramarse en puestos estratégicos de la lucha por el nuevo poder, independientemente de que operó un constituyente el cual, para el 5 de febrero de 1917 logra poner en circulación un nuevo documento rector para la nación, desplazando al que estuvo en boga desde 1857.

   Por otro lado, se tenía la idea de que el trabajador en las haciendas mexicanas fue un elemento de explotación indiscriminada. Pero en muchas de ellas se ha encontrado un paternalismo entre el hacendado y los peones. Esos arreglos de conveniencia hacen ver que las relaciones laborales, determinada por ciertas presuposiciones en torno al peonaje, de la transmisión hereditaria de deudas, de la ruindad de la “tienda de raya”,[3] así como de los créditos y adelantos impuestos a los trabajadores, del pago del salario en “vales” o “fichas”, del empleo de deportados a la fuerza pero sobre todo, de la utilización de la violencia física, ha hecho que muchos autores encuentren una relación entre las características del sistema y las acciones de la revolución agraria. Ahí se condensan los atributos del sistema de hacienda supuestamente inaguantables, vistos en conjunto como la variable independiente de una considerable, si es que no decisiva, participación de los trabajadores agrícolas en la revolución de 1910-40.[4]

sinafo_5933 Una expresión, la del toreo rural, tuvo todavía fuerte presencia entresiglos, el XIX y el XX en nuestro país. De ahí que su discurso entrara en diálogo con el toreo urbano. SINAFO, 5933.

   En la peculiar rareza del inicio de un siglo que no tiene ninguna necesidad de partir de su principio elemental (ahí está el caso de que para el XXI, su crudo comienzo tuvo lugar el 11 de septiembre de 2001), esto va a ocurrir en el toreo mexicano. Poco más de 10 años bastaron para que la expresión nacionalista encabezada fundamentalmente por Ponciano Díaz fuera liquidada por la “reconquista vestida de luces”, que se estableció en México desde 1882. Ya sabemos que aquel grupo de diestros españoles encabezado por José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos Ojitos, junto con la labor doctrinaria de la prensa cimbraron la estructura de la tauromaquia mexicana, resultante de una sustancia híbrida –a pie y a caballo-, enriquecida con los “aderezos imprescindibles” denominados mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otros. El débil andamiaje que todavía quedaba en pie en el postrero lustro del XIX fue defendido por el último reducto de aquella manifestación. Me refiero de nuevo a Ponciano Díaz quien con su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1899 se lleva a la tumba la única parcela del toreo nacional que quedaba en pie, pero que ya no significaba absolutamente nada. Era ya sólo un mero recuerdo.

   1901 amaneció para México dominado por la presencia torera española, en contraste con una floja puesta en escena de diestros nacionales, encabezados por Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, lo que representaba un desequilibrio absoluto, una desventaja en el posible despliegue de grandeza, mismo que se dejará notar a partir de 1905, con la aparición de Rodolfo Gaona.

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Eduardo Leal “Llaverito” y Luis Freg, encuentro entre el final de un siglo, el XIX y el comienzo del XX. Ambos, en el patio de cuadrillas en la plaza de toros “El Toreo” de la colonia Condesa. (Ca. 1912). SINAFO, 15639.

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

   Rodolfo Gaona Jiménez, había nacido el 22 de enero de 1888 en León de los Aldamas, estado de Guanajuato. Con rasgos indígenas marcados, y sumido en limitaciones económicas, el muchacho, solo no tenía demasiado futuro. Se dice que Saturnino Frutos emprendió el difícil camino de buscar promesas taurinas en el bajío mexicano, sitio en el que estaba gestándose uno de los núcleos más activos, sin olvidar el occidente, el norte y el centro del país.

   El encuentro de Frutos y Gaona se dio en 1902, imponiéndose desde ese momento una rígida preparación, bajo tratos despóticos soportados entre no pocas disputas o diferencias por Rodolfo, único sobreviviente de una primera cuadrilla que luego se desmembró al no soportar el ambiente hostil impuesto por el viejo banderillero, convencido de la mina que había encontrado en aquel joven que lentamente asimiló el estudio. Pero sobre todo el carácter.

   El “indio grande”, el “petronio de los ruedos”, el “califa de León” y otras etiquetas determinaron y consolidaron la presencia de ese gran torero quien, como todo personaje público que se precie, también se involucró en algunos oscuros capítulos, que no vienen al caso.

   Rodolfo Gaona, el primer gran torero universal, a decir de José Alameda, rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Ello significó el primer gran salto a escalas ni siquiera vistas o comprobadas en Ponciano Díaz (14 actuaciones de Ponciano entre España y Portugal en su primera y única temporada por el viejo continente), no se parecen a las 81 corridas de Rodolfo solo en Madrid, repartidas en 11 temporadas, aunque son 539 los festejos que acumuló en todo su periplo por España. Sin embargo, los hispanos se entregaron a aquel “milagro” americano.

   Gaona ya no sólo es centro. Es eje y trayectoria del toreo aprendido y aprehendido por quien no quiere ser alguien más en el escenario. Independientemente de sus defectos y virtudes, Rodolfo –y en eso lo ha acentuado y conceptuado con bastante exactitud Horacio Reiba Ibarra-, sobre todo cuando afirma que Rodolfo Gaona es un torero adscrito al último paradigma decimonónico. Y es que el leonés comulga con el pasado, lo hace bandera y estilo, y se enfrenta a una modernidad que llegó al toreo nada más aparecieron en el ruedo de las batallas José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX.

   Tal condición se convirtió en un reto enorme para el torero mexicano-universal, sobre todo en un momento de suyo singular: la tarde del 23 de marzo de 1924, cuando obtuvo un resonante triunfo con QUITASOL y COCINERO, pupilos de don Antonio Llaguno, propietario de la ganadería de San Mateo. Esa tarde el leonés tuvo un enfrentamiento consigo mismo ya que, logrando concebir la faena moderna sin más, parece detenerse de golpe ante un panorama con el que probablemente no iba a aclimatarse del todo.

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Saturnino Frutos “Ojitos” y la cuadrilla leonesa, en imagen obtenida más o menos entre 1905 y 1907. En Toros y Toreros. Órgano del Centro Taurino. Nº 5 extraordinario. San Luis Potosí, 6 de enero de 1909. De la colección del autor.

   Los toros de San Mateo no significaron para Gaona más que una nueva experiencia, pero sí un parteaguas resuelto esa misma tarde: Me quedo con mi tiempo y mi circunstancia, en ese concepto nací y me desarrollé, parece decirnos. Además estaba en la cúspide de su carrera, a un año del retiro, alcanzando niveles de madurez donde es difícil romper con toda una estructura diseñada y levantada al cabo de los años.

   Es importante apuntar que la de San Mateo era para ese entonces una ganadería moderna que se alejó de los viejos moldes con los que el toro estaba saliendo a las plazas: demasiado grandes o fuera de tipo, destartalados y con una casta imprecisa. El ganado que crió a lo largo de 50 años Antonio Llaguno González recibió en buena medida serias críticas más bien por su tamaño –“toritos de plomo”- llegaron a llamarles en términos bastante despectivos. Pero en la lidia mostraron un notable juego, eran ligeros, bravos, encastados; incluso una buena cantidad de ellos fueron calificados como de “bandera”.

   Volviendo con Gaona, su quehacer se convirtió en modelo a seguir. Todos querían ser como él. Las grandes faenas que acumuló en México y el extranjero son clara evidencia del poderío gaonista que ganó seguidores, pero también enemigos.

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   De regreso a la hazaña con el toro QUITASOL de San Mateo ocurrida el 23 de marzo de 1924, con ella concibe el prototipo de faena moderna. Si JOSÉ ALAMEDA da a Manuel Jiménez “Chicuelo” el atributo de haber logrado con CORCHAÍTO de Graciliano Pérez Tabernero ese nivel,[5] nosotros se lo damos al leonés con aquella obra de arte que un polémico periodista de su época, Carlos Quiroz “Monosabio” recoge en espléndida reseña que presentamos en su parte esencial. Aquella tarde sucede un hecho memorable: Rodolfo Gaona, en una de las varias vueltas al ruedo que emprendió para agradecer las ovaciones, se acompañó de don Antonio Llaguno. Fue la única ocasión en que Gaona lo hizo con un ganadero, mismo que está proporcionándole a la fiesta un toro nuevo y distinto. El toro moderno para la faena moderna que a partir de esos momentos será una auténtica realidad.

   Además, “Monosabio” logró conseguir un perfil biográfico junto con la obra humana y artística del “petronio de los ruedos” en MIS VEINTE AÑOS DE TORERO,[6] libro llevado a la prensa en dos ediciones con miles de ejemplares vendidos, y que hoy está convertido en verdadera reliquia de bibliotecas.

PAGINAS TAURINAS DE MONOSABIO

¿CUAL DE LAS DOS?

   Han pasado ocho días y aún se comentan las faenas que Gaona realizó con los toros “Quitasol” y “Cocinero”, de la ganadería de San Mateo. Todavía no nos hemos puesto de acuerdo acerca de cuál de ellas tuvo mayor mérito.

   Unos juzgan que la de “Quitasol” fue una maravilla de acabado. Perfecta obra de orfebrería. Dechado innegable de perfeccionamiento en el manejo de la muleta. Y es que consideran que las condiciones en que “Quitasol” llegó a poder del matador: sosote, obedeciendo despacio y aún tuvo momento en que quiso trotar al hilo de las tablas.

   Y otros, resueltamente, votan por la faena de “Cocinero”, el cuarto, que acometió con más nervio y tuvo más poder y traía la cabeza suelta. Y fue que si en la primera contemplaron suprema sapiencia en la aplicación de la flámula, en ésta hubieron de certificar no sólo esa maestría insuperable, sino algo que es más raro: la inteligencia, el dominio que con la muleta puede alcanzarse.

   Sí: porque todos vimos que al cuarto muletazo “Cocinero” que empezó achuchando y revolviéndose codicioso, estaba con la lengua fuera, muy quieto y permitió que el leonés le volviese la espalda, cual si ya lo considerase enemigo insignificante.

   Es verdad que en la faena del primer bicho se realizó el milagro de ligar seis pases naturales sin perder terreno en ninguno, haciendo que el bruto girase en torno al diestro. Seis pases naturales que en realidad constituyeron uno sólo: en redondo y que fueron rematados con el clásico pase de pecho, complemento obligado del pase natural. Seis pases en los que el diestro sujetó al toro para que no saliera de la muleta.

   Pero -agregamos no pocos- con todo y haber sido una maravilla la faena de “Quitasol”, siempre, la de “Cocinero”, queda algunos codos más alta.

   En “Cocinero” hubo más enemigo; más nervio, mayores dificultades que vencer.

   Por eso, su mérito es más grande, incuestionablemente.

   Sin embargo, no han faltado los Zoilos de ordenanza, pretendiendo aguar la fiesta.

   Sueñan con tapar el sol con un dedo.

   Basta lijera -sic- glosa de sus afirmaciones, para darse cabal cuenta de lo qué entienden de estas materias. Uno dice:

   “En banderillas se resiste a entrar -habla de “Quitasol”-. Escarba y huele, y nada. Un banderillero arroja su montera a la jeta del burel, mas este se contenta con juguetear y no arranca…”

   “El bicho ha llegado a la muerte como una seda. Ideal. El bicho sigue el engaño como babosa. Y no pierde de vista la muleta. En cualquier momento lo único que llama su atención es el trapo rojo…”

   Y allí, al lado de tan luminosas frases, una pequeña instantánea del Indio muleteando a “Quitasol”. En ella se mira cómo “Quitasol” se marcha al hilo de las tablas, y el Indio que le mete la pierna en los ijares y le flamea la muleta para recogerlo…

   Luego, no en todos sus movimientos lo único que llamaba la atención de “Quitasol” era la muleta.

   Y cuando un toro se queda y echa la jeta por los suelos -como dice que hizo “Quitasol”- ya no es tan de seda. Alguna aspereza debió tener. Y torearlo primorosamente como lo toreó Gaona, es indudable que representa no poco esfuerzo, máxime si hay momento en que el enemigo intente marcharse con viento fresco.

   Del cuarto, dice:

   “Un toro que comienza saltando al callejón, que sigue dando brincos. Que se queda en varas…

   ¿Acaso toro en tales condiciones es un pedazo de azúcar? 

CONVENGA O NO

   Hay quienes reprochan al Califa el poco clasicismo que empleara al torear a “Quitasol”.

   Hubieran preferido de buena gana que, después de los seis pases naturales y el de pecho, hubiese entrado a matar: habría sido faena completa y clásica, porque así debió haberlo hecho el propio “Chiclanero”. ¿Para qué torear con la diestra, cambiándose de mano el engaño, etc?

   Y, si Gaona hace tal, entonces las exigencias serían de otro género.

   Esa faena impecable la entenderíamos media docena de los que estábamos en la plaza, no los doce mil que había en los tendidos. Y, como el sol sale para todos, hay que contentar a la mayoría.

   De lo contrario, aparte de que la brega habría tenido menor emoción y escaso lucimiento, le pondrían toda suerte de reparos: éste, diría que no supo sacar el partido a que obligaba la nobleza del cornúpeto; aquél, quizás dudaría de la afición del torero, de su deseo de complacer a la clientela; porque, si con un borrego no se hacía aplaudir a rabiar, quien sabe para cuando reservaría su tan decantada maestría.

   El caso era poner laguna tilde, conviniese o no.

   Y no todos están por los clasicismos, que es éste un capítulo en el que se “vacila” más de lo necesario.

   Cuando, después de meternos en el cráneo algún pesado librote taurómaco entramos a la realidad de las cosas, salimos pidiendo a gritos el toreo clásico: mucha mano izquierda; torear exclusivamente con los pases fundamentales: el natural y el de pecho. La estocada recibiendo…

   Con arrebatadora suficiencia doctrinamos de esta guisa, queriendo reducir a la nada algún diestro que tarde a tarde se lleva de calle a los públicos: -Mientras no reciba un toro, no puede considerársele un gran estoqueador!…

   Y resulta que ejecuta exclusivamente los pases naturales y los de pecho, y viene la consumación de la suerte máxima, y aplaudimos, pero no hemos quedado satisfechos. Y ya estamos poniéndole reparos y nos hundimos en prolijas disquisiciones acerca de si debió o no debió haber recogido el pie izquierdo, o el derecho, o levantado más la mano. Y unos dicen que recibió a ley, y otros lo niegan y el torero con cuatro palmadas no queda contento, y jura no volver a meterse en semejantes belenes.

   Todo se debe a que, la verdad, la suerte que creímos portentosa ya de viso nos parece tener poca miga. Esperábamos que despertaría mayor alboroto, que nos causaría más impresión. Y no.

   Lo acabamos de certificar recientemente: Nacional recibió cuatro, cinco veces. Y ya nadie se acuerda de eso. Y no porque Nacional hubiese consumado la suerte suprema con mayor o menor perfección, -que en alguna llenó todos los trámites- hemos de confesar que sea consumado estoqueador, un Maestro. No. Comprendimos que su talla aventajada le permite intentar la suerte de recibir; pero que todavía está verde para codearse con los Mazzantini.

   En cambio, después de ver torear a Gaona un toro, chico o grande, como los ha toreado en esta temporada, tenemos que concluir perfectamente convencidos: es un maestro.

   Y han sido porque en esa faena ha despertado emoción. Ha dado el sello de su personalidad inconfundible, como en la de “Quitasol” que no la redujo al clásico capítulo inicial, del toreo sobre la zurda, el que le enseñara “Ojitos”, sino que, al prolongarla, buscó no caer en monotonía. De aquí que sus hazañas fueran todas distintas. Y la faena de “Quitasol” en nada se pareció a la de “Cocinero”.

   Si los dos toros eran igualmente nobles y faltos de respeto, como se dice por allí, cualquier otro lidiador los hubiese toreado con el mismo procedimiento, hasta hacer creer que era uno mismo.

   Y esto lo vemos a diario: antes de que extienda la muleta el matador, ya sabemos que va a hacer y hasta podemos irle marcando el repertorio.

   Porque es uno mismo, reducido, monótono, falto de interés.

   Gaona, en estas dos faenas tan diferentes, probó no sólo que es quien más domina con la muleta, quien en ella posee positiva arma ofensiva y defensiva, sino que es el más “largo”. El único, en los tiempos que corren, capaz de entretener y entusiasmar a los aficionados y sumirlos en un mar de perplejidades, porque, como hoy ocurre, no sabe por cual decidirse: si por la faena arrobadora en que brillan los seis pases naturales ligados a la perfección, como brillan sobre el terciopelo los brillantes y las perlas, o por la faena de dominio absoluto, de ligereza asombrosa y de adorno variado e inagotable.

   Y hoy no se habla de estocadas, sino del toreo de muleta.

   El torero ha vencido al matador, lo cual no es una novedad porque así ha ocurrido siempre.

   No voy a negar que los grandes estoconazos levanten en vilo a los públicos y arrancan ovaciones estruendosas. Pero es cierto que jamás el matador ha podido aplastar al torero: “Lagartijo” no fue opacado por “Frascuelo”; ni “Guerrita” por don Luis; ni Fuentes por “Algabeño”. “Machaquito”, con lo valiente y seguro estoqueador que fue, vio con pena que el cetro no estuvo en sus manos, sino en las de “Bombita”, que era el torero. 

CUALQUIER TIEMPO PASADO…

   Y al pretender menguar el mérito de lo que viéramos hacer con “Quitasol” y “Cocinero”, se hace hincapié en que fueron toros chicos. Terciados, no chotos, como dicen.

   En efecto: la corrida de San Mateo fue una corrida terciada, adelantada. Pero los más terciados fueron los dos últimos, que no correspondieron a Gaona.

   Y sin que yo pretenda hacer el elogio de los toros chicos, sí debo recordar que no sólo los toros grandullones saben dar cornadas, ni son los que mayores dificultades ofrecen a los lidiadores. A menudo los chicos y escurridos de carnes tienen más ligereza y nervio que los regorditos y corpulentos. Tenemos un caso reciente: Los toros de San Mateo lidiados en la corrida a beneficio de la Casa de Salud del Periodista. El más corpulento y en mejor estado de carnes, fue el “Silveti”, toro bravísimo y de nobleza ideal, que se dejó hacer cuanto quiso el “Hombre de la regadera”. Y el de menos libras, pero con mucho poder y nervio, fue el más pequeño: el “Facultades”, aquel que ya con todo el estoque hundido en lo alto y listo para que de él diera cuenta el puntillero, se levantó y persiguió a Paco Peralta de tercio a tercio, y por poco le echa mano.

   “Relojero”, de Piedras Negras, el bicho que cogió a Nacional, no fue un toro grande. Nacional toreó a muchos otros de mayor respeto, y el que le atravesó un muslo fue el de menor tipo… Y, se explica: todos traen cuernos y sangre; y las cornadas no las dan con los años, sino con lo que llevan en la cabeza.

   Siempre, es costumbre inveterada que quienes han conocido otros tiempos se entreguen a lanzar suspiritos de monja, añorando aquellas épocas en que veían lidiar reses con los cinco años cumplidos, con muchos kilos sobre el lomo y con pitones kilométricos.

   Y lo creen como lo dicen. Están convencidos de que conocieron algo mejor de lo que nos sirven hogaño.

   Hace veinte años yo escuché los mismos suspiros. Entonces se envidiaba a nuestros abuelos, que no vieron lidiar chotos.

   En aquellos tiempos, yo ví a Mazzantini lidiar seis becerros del Cazadero, muy bravos, por cierto; y con ellos Don Luis y Villita dieron la más lucida tarde de aquella temporada.

   En la extinta plaza “México”, Minuto y Fuentes, torearon seis ratitas de Saltillo, noblotas y bravas. Fue corrida brillantísima y fue entonces cuando Antonio ensayó la suerte de recibir, con el cuarto.

   A Mazzantini, a Lagartijillo y a Fuentes, yo los ví lidiar la primera corrida de Piedras Negras, con cruza española. Fueron seis bichos pequeños y de asombrosa bravura.

   ¿Bueyes? En aquéllas épocas pretéritas se lidiaban a pasto. Pocas veces escapaban los toros del Cazadero sin ser quemados. Atenco estaba por los suelos. Dígalo aquella bronca de la segunda corrida de Reverte. Cuando Reverte volvió a torear en la plaza “México”, domingo a domingo, se las veía con mansos, sacudidos de carnes y mal encornados de San Diego y de Santín.

   En cambio, a últimas fechas y a partir de las corridas que se dieron en Tlalnepantla, han menudeado los toros bravos en todas las ganaderías. Hemos visto bravura ejemplar en algunos bichos de Atenco y San Diego de los Padres, de Piedras Negras, La Laguna, Zotoluca, Coaxamaluca, y San Mateo.

   Y, si ayer Tepeyahualco presentaba corridas de soberbio trapío, hoy La Laguna nada tiene que envidiarle.

   En el beneficio de Gaona, Atenco mandó una corrida grande, brava, gorda y de largos pitones. De San Diego este año hemos visto una corrida muy dura, y de San Mateo una con un nervio que no conocieron nuestros padres.

   Sin embargo, los abuelos repiten su vieja cantinela.

   ¡Ah, aquellos tiempos!”’

   Suspiran por los días en que también se lidiaban mansos, y chotos, como ahora y como siempre.

   Jorge Manrique lo dijo:

Cómo a nuestro parecer

Cualquier tiempo pasado

Fue mejor.

   Pero estar repitiendo tonterías, resulta una necedad. 

MONOSABIO.[7]

 CONTINUARÁ.


[1] Para mí el concepto “pueblo” es utopía al no existir una razón que lo defina como tal. Las luchas civiles entre señores -durante el siglo XIX, el XX y el que ya transcurre-, utilizan las masas humanas como instrumento para conseguir intereses personales, sustentados en el término pueblo, el mismo que funciona para satisfacer -sí y solo sí- los intereses. Cubierta esa necesidad, el pueblo vuelve a su estado utópico, en tanto que terrenable es o son masas (todo ello bajo el entorno latinoamericano).

[2] Los gobiernos del General Porfirio Díaz en plena República Central van del 5 de mayo de 1877 al 30 de noviembre de 1880; posteriormente del 1º de diciembre de 1884 al 25 de mayo de 1911, con una breve interrupción que recayó en su “compadre” el General Manuel González del 1º de diciembre de 1880 al 30 de noviembre de 1884.

[3] La expresión “tienda de raya” implica el reproche de que la tienda en las haciendas fue un instrumento de explotación en manos del hacendado o de su administrador, a través de la sustracción directa del salario (rayar = remunerar).

[4] Herbert J. Nickel (ed): Paternalismo y economía moral en las haciendas mexicanas del porfiriato. México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1989. 217 p. Ils., grafs., tablas. (V Centenario 1492-1992. Comisión Puebla. Gobierno del Estado).

[5] La faena a Corchaíto, que fue una maravilla en sí misma, tuvo sobre todo el don de la oportunidad. El “milagro” ocurrió en Madrid (el 24 de mayo de 1928) precisamente cuando el público intuía, sentía, “necesitaba” que a los toros ya más afinados se les hiciera otro toreo: el toreo ligado, enlazado, que permita la unidad de la obra y la prolongación de la faena, sacándola del reducido molde belmontino en que venía manteniéndose. Pues si el toro verdaderamente propicio no salía todas las tardes, digamos, con la liberalidad de ahora, salía ya con la relativa frecuencia necesaria para que la evolución del arte pudiera producirse.

[6] Carlos Quiroz (Monosabio): Mis veinte años de torero. El libro íntimo de Rodolfo Gaona. México, Talleres Linotipográficos de “El Universal”, 1924. 279 p. Ils. Fots.

[7] El Universal. El gran diario de México. Director: José Gómez Ugarte. Domingo 30 de marzo de 1924. Año IX, Tomo XXX, Nº 2716, Cuarta sección, pág. 4.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XXII).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 CONCLUSIONES

   Llego al punto culminante de esta serie, que corresponde al siglo XIX mexicano. Parecía al principio un tema ligero que, sometido al rigor y a la razón histórica pudo haber quedado reducido a su mínima expresión. Conforme pasaba el tiempo adquiría importancia hasta el grado de convertirse en tema formal para proponerlo como tema para este trabajo. Se ha dicho ya, que historiar las diversiones públicas no es común y ahora amplío la exposición apuntando que es el toreo un campo cada vez más identificado y reconocido por historiadores e investigadores quienes se acercan a analizar los comportamientos sociales que ya no están inmersos solamente en esas actitudes masivas propias de la guerra, o la política; la religión y también las economías. El pueblo se relajaba en diversiones públicas y, la de toros en México se ha convertido en amplio espectro de posibilidades. Por eso propuse como trabajo “curioso” este que ahora remato y del cual referiré mis conclusiones.

   No viene al caso hacer cita de lo relevante examinado aquí. En todo caso, dedicaré una visión general a todo aquello que se involucra con la que ahora resulta una sucesión de historias. Esto es, la manera de relacionar acontecimientos que, a primera vista no tienen una implicación o mejor dicho, afectación en otros venideros y así, sucesivamente. Es obvio verlo así, pero al cabo de lo recorrido me doy cuenta que las circunstancias propias del siglo XVIII, siglo que con sus hombres se ubicó en altas razones del pensamiento logró emanciparse de viejos o anacrónicos sistemas del raciocinio para poner en práctica aquello que casaba con ideas más elevadas, con orientación hacia el progreso y una forma de mentalidad más abiertas, son trascendentes para exigir observación precisa de su tránsito. España recibe tardíamente esto, aunque a buena hora sus ilustrados iniciaron campaña reñida con aspectos propios de una sociedad inmersa en el más puro estancamiento. La élite se afrancesaba dramáticamente y ello daba visos de transformación radical, pues el pueblo (dramática forma de distinguir los niveles genéricos de una sociedad en cuanto tal) se dejaba llevar por el relajamiento asumiendo gallardamente sus formas toscas de expresión, en cuanto razón de ser. Ya lo hemos visto con el aspecto en el que, dejando los nobles caballeros de ostentar el papel protagónico en las fiestas, es el pueblo llano quien asume esa nueva responsabilidad, aplicando, en un principio, normas bastante primitivas con las cuales trataba de darle vida a la expresión de lo que concebían como toreo. La presencia Borbónica en gran medida propició dicho comportamiento al tratarse de una casa reinante de origen francés (aunque los Austria tampoco lo fueron en un principio). Lógico, tuvo que transcurrir un tiempo considerable para percibir el nuevo ambiente, por lo que ya para el arranque del segundo tercio del XVIII, las fiestas caballerescas se encuentran amenazadas de desaparecer porque los burgueses ligados a la corona ya no aceptan cabalmente un espectáculo que pronto se verá en manos del pueblo, quien lo hizo suyo en medio de formas muy primitivas y arcaicas de expresarlo.

   Todo ello fue adquiriendo visos de lo profesional y también de lo funcional por lo que las corridas de toros se sometieron a un esquema más preciso, alcanzado a fines de aquel siglo y logró constituirse como una diversión de la cual podían obtenerse fondos utilitarios para beneficencia de hospitales y obras públicas. Como un efecto de réplica, en medio de sus particularidades ampliamente referidas, lo anterior ocurre en América y muy en especial, en la Nueva España, lugar que también se sometió a severos cuestionamientos sobre su desarrollo y utilidad.

   El tiempo continuaba y se presentó luego la etapa transitoria de independencia como germen definitivo que permitiría la formación de esa nación presentida, pero no constituida sino reiterada más de medio siglo después cuando en su contenido fueron a darse conmociones y encontradas respuestas que solo frenaron o bloquearon el buen curso de una normalidad casi inexistente. Entre todo esto, el toreo -herencia española ya- seguía seduciendo por lo que arraigó; aunque sometido a un deslinde entre lo español y lo producido por los mexicanos. Todo aquello propiciaba en gran medida revitalización del espectáculo dándole a este el concepto de algo ya muy nacional (y que conste: la de toros es en España la “fiesta nacional”) por lo que se engendró un sin fin de aderezos, sin faltar quehaceres campiranos. Sin embargo no quedó soslayado el toreo español, mismo que fue abanderado tras pocos años de contar sin tutela por Bernardo Gaviño, diestro gaditano que por cincuenta años representó la única vertiente del toreo español, asimilada de enseñanzas proyectadas por Pedro Romero, Juan León Leoncillo” y recibida por Francisco Arjona Cúchares, Francisco Montes Paquiro, alumnos distinguidos de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Cerca, muy cerca de ambos, está Gaviño quien para 1835 se encuentra ya en nuestro país. Todo eso se empantanó en el dominio del gaditano quien, a su vez, prohibió que se colocaran paisanos suyos, diestros que hacían campaña en América.

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Esta curiosa e interesante obra, ilustró un calendario elaborado por la casa de subastas Louis C. Morton para el año 2002 (Anónimo, Escuela Mexicana, ca. 1900. Paseíllo. Óleo sobre tela, 90×150 cm). Evidentemente la fecha referida no es, ni por casualidad certera en función de que debe tratarse de una cuadrilla ¿la de Rafael Calderón de la Barca en León, Guanajuato; o la de Gerardo Santa Cruz Polanco, formada hacia finales de la octava década del siglo XIX? Este es un buen asunto a resolver. Pero esta misma imagen nos debe remitir a que con tal representación no sólo terminaba aquel siglo, sino que desaparecían aquellas cuadrillas formadas por toreros aborígenes que encontraron espacio alterno en plazas de la provincia mexicana, mientras las españolas imponían un nuevo estilo de torear…

Fuente: Museo del Centro Cultural y de Convenciones “Tres Marías”, en Morelia, Michoacán.

   Caería en el riesgo de citar aquí lo tanto ya analizado sobre todo en aquellas razones que tuvieron que ver con la prohibición impuesta a las corridas de toros a finales de 1867. Lo que sí es un hecho, es para mí esa forma de enlace entre esos vasos comunicantes, interrelacionados en forma tan intensa que promovieron en mayor o menor medida el efecto de la prohibición. Uno, sin duda asume el peso de responsabilidad y es el administrativo pues se ha visto que tras darse a conocer las disposiciones que para octubre de 1867 se expusieron como lógica posición a evitar el descontrol que sobre impuestos y su actualización, no tenía por entonces el ramo correspondiente; la respuesta, fue que se puso en vigor la Ley de Dotación de Fondos Municipales. Su artículo 87 significó el oprobio o el desacuerdo habido entre empresa y autoridades hacendarias, porque su orientación se da sin conceder licencias para llevar a cabo corridas de toros en el Distrito Federal. De ese modo, la fiesta pasó a formar parte de la vida provinciana durante el tiempo en que no se permitieron en la capital del país los espectáculos taurinos. Fueron casi 20 años. Lo que puede llamarse una continuidad pero no una evolución es todo acontecer de la fiesta de 1867 a 1886. Surgieron figuras popularísimas (Ponciano Díaz es el modelo principal), se gestaron feudos -cerrados unos-, dispuestos los otros a un intercambio y comunicación, y también fueron llegando los primeros matadores españoles, de no mucha importancia, como la que sí tendrían a quienes les prepararon el terreno. José Machío llegó en 1885 y tuvo que soportar desprecios, indiferencia, amén de ser visto como un espécimen raro, sobre todo en la plaza de El Huisachal.

   Sucedió a fines de 1886 en que la derogación fue lograda, no sin someterse a dificultades. Largos debates, muy cerrados y peleados también condujeron al alumbramiento en México de la nueva época del toreo moderno de a pie, a la usanza española. Ello ocurrió a partir del 20 de febrero de 1887 con la presencia trascendente de toreros como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos, como cuatro columnas vertebrales sólidas, vitales para el nuevo amanecer taurómaco que se enfrentaba al potente género de lo mexicano, abanderado por Ponciano Díaz, Pedro Nolasco Acosta, Ignacio Gadea, Gerardo Santa Cruz Polanco y algunos otros quienes poco a poco se fueron diluyendo, porque el toreo español ganaba adictos, adeptos y sobre todo terreno.

   La prensa hizo su parte, se sublevó, encabezada por la “falange de románticos” y logró abiertamente el cúmulo de enseñanzas entendidas tras largas horas de lectura y deliberación en tratados de tauromaquia (lo teórico) y lo evolucionado que se mostraba el toreo en la plaza (lo práctico).

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Cuadrillas de Diego Prieto “Cuatrodedos” y de Eduardo Leal “Llaverito”. Además: Enrique Merino “El Zocato”, “Naranjito”, “El Pipo”. “Torerín” y el “Madrileño”. (ca. 1895). C.B. WAITE, fotógrafo. Fuente: Colección Julio Téllez García.

   Y Ponciano Díaz que no aceptó pero que tampoco rechazó aquello no propio de su género, va a convertirse en el último reducto de esa expresión netamente mexicana, pues el “mitad charro y mitad torero” se gana gran popularidad e idolatría -como pocos la han tenido-, pero al suceder su viaje a España donde obtiene la alternativa en 1889, en esa ausencia, la prensa aprovechó y corrigió a fanáticos poncianistas, quienes reaccionaron pronto a aquel correctivo. A su regreso, a fines de ese mismo año, si bien se le recibe como a un héroe, pronto esa “reacción” en los públicos será muy clara y le darán las espaldas. En la prohibición de 1890-1894 Ponciano no tiene más remedio que refugiarse en la provincia en búsqueda del tiempo perdido, de la exaltación y el tributo que todavía alcanzará a conseguir.

   Para 1895 vuelve sin fuerza a México. En 1897 y 1898 actuará en festejos deslucidos y cada vez más atacados por la prensa. Muere hecho casi un “don nadie” en 1899.

   Reinaba ya ese toreo moderno y un ambiente españolizado en México. El siglo XX recibe y da grandes experiencias así como muestras potenciales inmensas de toreros españoles quienes van forjando la expresión que cada vez es más del gusto de aficionados entendidos como tal. Y ante ellos, surgen figuras nuestras que ya podíanenfrentarse y ponerse a alturas tan elevadas como las de Fuentes, Machaquito o Vicente Pastor, por ejemplo. Me refiero a Arcadio Ramírez Reverte mexicano, Vicente Segura, pero sobre todo Rodolfo Gaona, figura que va a alcanzar calificativos de torero de órdenes universales, porque les regresa la conquista a los españoles en sus propias tierras (o mejor dicho en sus propios ruedos) para lograr junto con José Gómez Ortega Joselito y Juan Belmonte la puesta en escena -grandiosa por cierto- de la “época de oro del toreo”.

   Antes de rematar estas “Conclusiones”, me parece oportuno agregar en seguida, las notas del periódico La Pluma roja. Periódico destinado a defender los intereses del pueblo”, (Redactor en Jefe: Joaquín Villalobos), tanto del martes 19 de noviembre, T. I., Nº 20, como del viernes 13 de diciembre de 1867, T. I., N° 27, notas copiadas en el mes de mayo de 2001 y que, localizadas hasta ese momento por razones de tiempo, me permiten entender que existieron otros factores que inducieron la aplicación de la ya conocida “Ley de dotación de fondos municipales”. Veamos.

La del martes 19 de noviembre va así:

TOROS

   Sigue la barbarie a pasos agigantados: a nuestro pueblo, que debieran quitarle todo espectáculo de sangre y de muerte, le damos domingo por domingo las suficientes lecciones para arraigar en su educación todos los instintos de sangre.

   En la función del domingo (17 de noviembre) pasado nos dicen que por arrebatar un sombrero, del toro embolado, hubo un asesinato.

   Ya se ve, diría el asesino: qué mas da matar a un hombre que un toro. Pobre Jovellanos, escribió inútilmente.

La del viernes 13 de noviembre recoge la editorial que el redactor tituló

FONDOS MUNICIPALES

   Dotar al fondo municipal de la ciudad, era una de las necesidades apremiantes que reclamaba la penosa situación del ayuntamiento; pero de este punto de partida a la ley que en 28 del pasado espidió el Ministerio de gobernación, hay una distancia tan grande, que ni el buen sentido ni la recta intención pueden sancionar.

   Antes que disponer del bolsillo de los vecinos, se debió proceder a formar el presupuesto de egresos, y solo en presencia de ese documento y para cubrir estrictamente los gastos indispensables, se debió pedir al público el deficiente que necesitaba la corporación municipal. Como en todas nuestras cosas, se ha comenzado por el último capítulo, y hoy no sabemos cuánto se exige de más a los contribuyentes, pues ignoramos el importe de los gastos.

   Por otra parte, no vemos la necesidad del recargo de impuestos en esta capital, en que sobreabundan las contribuciones directas e indirectas, sin que se invierta un solo peso en beneficio de la ciudad, siendo así que con justo título se podría reclamar el 20 ó 25 por 100 de lo que se recauda en la Aduana y las contribuciones directas.

   Los habitantes de la ciudad de México contribuyen con poco más de tres millones anuales a los gastos públicos, y de esa fuerte suma no portan ninguna utilidad. Contribuyen también con 600,000 pesos a los gastos de la ciudad; y cuando las circunstancias aciagas porque ha pasado reclamaban una mirada protectora de las autoridades, se espide una ley que desnivela la producción y esteriliza la producción y la industria.

   Como si no fuera bastante lo que ya sufren el comercio y la industria, se recarga el impuesto directo en un 33 por 100 á favor del municipio, y en un 20 para las obras del desagüe. Para promover la cultura, el bienestar, la comodidad y la civilización, casi se duplica la contribución de los carruajes particulares, sin que por esto se les garantice que sus vehículos no sufrirán averías á consecuencia del pésimo estado de las calles.

   El sistema de puertas, tan reprobado por el público porque es injusto y poco equitativo, se revive hoy á despecho del buen sentido, y pronto presentará la ciudad el espectáculo más triste y repugnante, merced á la alta sabiduría del Ministerio, que grave con la misma cuota la puerta de un tendejón de Santa Ana, San Sebastián, la Palma ó San Pablo, que la vinotería de Jesús, el Portal ó la calle de Plateros. Y como este impuesto se paga por el número de puertas que tenga la casa de comercio, el ornato y la belleza de la ciudad padecerán inmediatamente, porque los causantes se apresurarán á cerrar las puertas que la ley convierte en enemigos directos del dueño del establecimiento.

   ¿En qué base descansa ese impuesto? ¿el número de puertas supone acaso mayor capital, ó utilidades mas seguras? Un ejemplo demostrará lo absurdo de esta contribución y nos autorizará para pedir su derogación. Una tienda y vinotería en los Angeles tiene tres puertas y gira un capital de 500 pesos. Conforme á la ley, debe pagar doce pesos mensuales de contribución municipal; otra casa de comercio de los mismos efectos, situada en la calle del Refugio, con un capital de 25,000 pesos y con el mismo número de puertas que la de los Angeles, pagará la misma cuota, no obstante que tenga cuarenta y nueve veces mas capital. ¿Es esto equitativo? ¿Es siquiera racional?

   La pobreza de ideas del autor, ó los autores de la ley de dotación del fondo municipal se revela en toda ella. No hay un solo artículo que nos indique el talento de los que la confeccionaron. Tomaron las leyes anteriores, inclusive las del imperio, y sin cálculo, sin criterio, sin conocimientos, se pusieron a recargarle los impuestos anteriores, dejando en la ley todas las monstruosidades que se notaban en las que le precedieron.

   Las pulquerías, las fondas, las fábricas de cerveza, los juegos permitidos, las diversiones públicas, &c., &c., todo ha recibido el aumento consiguiente á la avidez. Algunos de esos impuestos como el de un peso mensual á los figones, y el de los teatros o diversiones públicas, deshonrarían al más estúpido conservador.

   El ayuntamiento, que debe velar por la instrucción y cultura del pueblo, que está obligado á fomentar los espectáculos de cierta y agradable distracción, va á hacer imposible la concurrencia de las clases pobres á los teatros, por el recargo de una contribución que no tiene razón para existir.

   Otras mil razones podríamos oponer todavía en contra de la ley de 28 de Noviembre, pero lo expuesto basta para que se persuada el soberano Congreso de los vicios de ese decreto. Los ciudadanos verían con gusto su derogación, que esperan de la sabiduría de sus legítimos representantes era dotar suficientemente al ayuntamiento, es bastante consignarle la contribución federal que se paga en la capital. Disponiendo el gobierno general de todos los productos de la ciudad, y convertidas sus rentas en rentas de la federación, el 25 por 100 que se paga de exceso es un verdadero atentado contra la propiedad, que solo podrá disculparse convirtiéndolo en arbitrios municipales.

   Mucho ha sufrido la sociedad; tiempo es ya de que se escuchen sus justas quejas. Toca á los representantes del pueblo remediar el mal que le indicamos.

   Sin otro propósito que conseguir una historia -que a ratos intenté hacerla como la quiere O ‘Gorman-. Erudita a veces, rigurosa y desalmada por momentos también, me dispongo a la suerte suprema, de lo cual solo nace mi incertidumbre de si saldré en hombros y por la puerta grande, o bajo una lluvia de cojines y denuestos.

   La lección con que terminamos estos apuntes, proviene del recordado Dr. Edmundo O´Gorman:

“Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable”.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XXI). FINAL DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 TRANSITO TAURINO DEL XIX AL XX. NUEVAS ALTERNATIVAS.

   Para comprender la época que revisamos, la persona y oficio de Ponciano Díaz nos da la idea exacta de cuanto queda en las postrimerías del siglo XIX y cuál será el nuevo derrotero recién inaugurado para el tiempo, es decir, el anuncio de la llega del siglo XX.

   Ponciano Díaz Salinas, último reducto de las formas de torear a la mexicana; es el segundo americano en recibir la alternativa de matador de toros en Madrid (el primero fue el peruano Ángel Valdés El Maestro).[1] El hecho se registró el 17 de octubre de 1889 en la misma plaza madrileña, de manos de Salvador Sánchez Frascuelo ante Rafael Guerra Guerrita como testigo con toros del Duque de Veragua.

   Nacido en Atenco el 19 de noviembre de 1856 crece y se desarrolla en un ambiente propicio, ajustándose a los moldes de la expresión campirana en la que deja plasmado su aprendizaje como auténtico charro. Y se forma también bajo la sombra de José María Hernández El Toluqueño, de su padre, de sus tíos, nacidos en cuna atenqueña; y de Bernardo Gaviño, su maestro por algún tiempo, como lo confirman algunos corridos dedicados a Ponciano.

   Su quehacer taurómaco de formas que hoy nos parecerían extrañas dio a su figura enorme popularidad, traducida en una entrega idolátrica por parte del pueblo.

   En el plano técnico, impuso ciertas normas que alcanzaron una trascendencia especial. Cierto que buena parte de la prensa, convencida y sustentada por las formas de torear a la española -recientemente incorporadas en México, en 1887 y traídas por Luis Mazzantini, José Machío y Diego Prieto Cuatrodedos– trató que se alineara a esa corriente, cosa que no se llevó a la práctica totalmente, por lo cual continuó su camino sin ser influido por la usanza ya citada.

   De un gran arraigo popular le fueron dedicados infinidad de corridos y versos, como el de la muestra siguiente:

 Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a Cuatro-dedos.

Yo al que quiero es a Ponciano

que es el rey de los toreros.[2]

    Marchas y zarzuelas también se dieron a conocer para poner a la altura musical al diestro mexicano.[3] Manilla y Posada, grabadores geniales lo burilaron en planchas y su figura se conoció por todo México. En muchas regiones el grito de ¡Ora Ponciano! fue la más clara manifestación de cómo exaltar la figura del toreo más popular a fines del siglo pasado.

   No sólo es su patria testigo permanente de 23 años de actuaciones conocidas (1876-1899). Estados Unidos, España, Portugal y Cuba también gozaron de la presencia de esta figura, mitad charro y mitad torero, cuyos bigotes son símbolo de genio y figura. Amo legítimo del metisaca, evolucionó también en la suerte del volapié. Coquetea con las formas de torear españolas pero se va a la tumba sin aceptarlas totalmente. Con su muerte ocurrida el 15 de abril de 1899 se cierra el capítulo único del torero que hizo acopio de las expresiones concebidas en el tránsito del siglo XIX, más mexicanas que españolas y que no llegaron al siglo XX que vemos correr frente a nosotros.

OTRA PROHIBICIÓN, DESAHOGO Y REFUGIO.

    El día 2 de noviembre de 1890 se arma tremenda bronca en la plaza de toros Colón donde se jugaron astados de Guanamé por Carlos Borrego Zocato y Vicente Ferrer. Fue tan malo el ganado y causó tal malestar que obligó a las autoridades a suspender las corridas de toros por cuatro años. Y como ya hemos visto, los incidentes de aquella tarde se desarrollaron en medio de actos violentos. Ponciano Díaz, por su cuenta, emprende una campaña taurina por todos los puntos de la república, encabezando su cuadrilla hispano-mexicana y aprovechando públicos marginados en información.

   La pléyade de toreros españoles en México nunca tuvo respuesta de intercambio, ni siquiera mínima en la península. ¿Qué toreros nuestros con mérito hubieran podido cruzar el charco si los alcances artísticos y técnicos eran despreciables? Por eso en nuestra nación abundaron diestros mexicanos y españoles que con verdades y mentiras sostuvieron una fiesta prácticamente desordenada de nuevo. Y aquella empresa de sólida estructura, la que mostraba el edificio del toreo moderno en adecuadas condiciones de operación, llegó a tambalearse peligrosamente en una oscilación cuya intensidad fue 1890-1894. Se antoja proponer a aquellos años como de “ensayos y pruebas” donde a partir de 1887 y hasta el año de 1907 -momento de la aparición del gran Rodolfo Gaona– se suceden situaciones que convergen y divergen en una marea sin descanso.

 LOS ULTIMOS PASOS O ESPLENDOR Y DERRUMBE DEL IDOLO.

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El gran ídolo Ponciano Díaz. Esta fotografía es genial en la medida en que nos representa a un torero con todo el carácter que se proyectaba en el pueblo. Fuente: “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA”.

    Este torero mexicano –Ponciano Díaz-, el primero quizás que alcanza renombre nacional e internacional, supera y viola el feudalismo adoptado por otros diestros acostumbrados a servir de capitanes o gladiadores en los estados o lugares que les vieron nacer o en su defecto, a donde llegaron y se adaptaron favorablemente. Su expresión taurómaca es producto lógico de las formas preconcebidas por aquellos momentos de debilidad pedagógica y de singulares expresiones llenas de esa independencia que no logra hacer desaparecer pero sí desplazar patrones hispanos.

   En Ponciano Díaz cobró importancia un hecho: que desde el 14 de junio de 1885 y en El Huisachal haya comenzado a desplazar el “metisaca” por el volapié. Pero eso no lo era todo. De haber aceptado las normas entonces ya vigentes su situación hubiera sido distinta y al parecer recurrió a los chispazos, a los destellos y no a un esquema completo de funciones y posibilidades técnicas a la usanza española.

   Su vida profesional conocida es de aproximadamente 23 años. Se inicia en 1876 y concluye poco antes de su muerte, actuando en la plaza de sus triunfos, la plaza de toros “Bucareli”. Los resultados revelan un número increíble de actuaciones[4] que en todos esos años son realmente notables. Debe tomarse en cuenta que en los primeros años de su vida taurómaca la prensa casi no prestaba atención alguna a un espectáculo de tonalidades diversas: desordenada en consecuencia. Por otro lado, doscientas diecisiete actuaciones del atenqueño[5] se registran en una época donde desplazarse de un punto a otro significaba grandes inversiones de tiempo, esfuerzo y gran sacrificio, andar por caminos nada cómodos  eso, es un aspecto a destacar porque es entonces cuando debemos significar notablemente el papel jerárquico que jugó Ponciano Díaz para convertirse en la primera figura mexicana del toreo con niveles auténticos de importancia. En un “mandón”.[6]

   Ponciano -y hasta donde se puede contemplar- fué el único torero cuyos procederes lo ubican como un rebelde. Claro, el atenqueño es rebelde -a los ojos de los prohispanistas-, y en particular de Eduardo Noriega Trespicos. Este al principio, casi predicó en el desierto, pero luego fue respaldado entre otros, por los “falangistas”. En tanto ocurre un paréntesis con el viaje a España a mediados de 1889 y Ponciano recibe la alternativa.

   La prensa a su favor va perdiendo terreno, aunque combate en los precisos momentos de la recuperación de la actividad taurómaca en la capital del país, enfrentando la fuerza de los prohispanistas.

   ¿En qué consistió la doctrina que convence a seguidores acérrimos de Ponciano para rechazarlo? Pues precisamente en una campaña en la que la prensa acometió en críticas severas, lanzadas al tiempo en que Ponciano va a España a tomar la alternativa. En México, el imperio de la nueva expresión va ganando terreno y lo que el atenqueño ofrece, es un género que pronto será rechazado, por anacrónico. De esa manera, siguieron repitiéndose los ataques y: “Ponciano, sea usted hijo de su época”, “Ponciano, los baberos, esos baberos…”.[7] El 11 de noviembre de 1894 torea en Tacubaya con Marinero, Ecijano, Habanero, Camaleño y Basauri. Arguye Eduardo Noriega que Ponciano, investido de la alternativa cedida por el gran Frascuelo, se prestó a la farsa de “consolidarla” o confirmarla de manos del Marinero.

   En junio de 1897 torea Ponciano en Tlalpan. En agosto lo hace en Puebla, e incluso, justo en esa ocasión se filma la primera película taurina de que se tiene memoria. Los señores Churrich y Maulinie denominaron el trabajo fílmico como “Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz”.[8]

   Hablar del rescate de ese material es cosa más que imposible, pero sin duda viene a convertirse en un antecedente interesantísimo no sólo del cine nacional en su conjunto sino de una muestra clara del poder de atracción que ejercía la diversión popular de los toros en la época porfirista.

   Pero el 12 de diciembre del mismo año, y en Santiago Tianguistenco recibe el más serio aviso para retirarse de los toros cuanto antes. Tres toros de Atenco le tocan en suerte. Pero enfrentándose al segundo sufre un desmayo que por poco le ocasiona serios problemas, pues el toro arremetió contra él causándole sólo algunos golpes. Al reponerse prometió nunca más volver a los toros, aunque luego de varias revisiones se ha conocido una de esas historias que pasan por tradición y testimonio oral, en el sentido de que sí, efectivamente toreó alguna  otra corrida, sobre todo en Tenango del Valle y hacia 1898.[9]

   Para esas fechas lo encontramos derrotado ya por la campaña periodística fundamentalmente encabezada por Trespicos. Su madre, por entonces mermadísima de salud, murió el 24 de abril de 1898. La serie encadenada de fatalidades castigaba sin misericordia al ya olvidado diestro atenqueño, quien para atenuar las penas aceleró su fin bebiendo de forma tal que la muerte lo sorprendió el 15 de abril de 1899.

   Fue enterrado en el panteón del Tepeyac y le sobrevivieron sus hermanos Antonio, Mateo, José y Pascual.

   Ponciano Díaz el del jaripeo y las lazadas. Indiscutible, un gran dominador de aquellas tareas, pues tanto se familiarizó en el campo que acabó siendo un charro consumado.

   Ponciano Díaz en el toreo es el último reducto, depositario de los viejos y nuevos valores del toreo, estafeta que deja algo -lo anacrónico- para tomar un nuevo destino, destino que se llama toreo moderno a la usanza española. Sin embargo, el proceso de adaptación le va a causar serios tropiezos y en consecuencia la caída total. Ello debido en gran medida a que estando las nociones de aquel toreo tan fuertemente establecidas, Ponciano las acepta pero no las asimila del todo y es cuando recupera y pone en práctica los hechos del pasado, principalmente en provincia. Allí le verán hacer de las suyas. Sin embargo hay muestras de no querer verse desplazado.

Ponciano, que no daba duda, nació para torero, revela cada día más, una prodigiosa aptitud.

   Sin maestros, sin escuela, sin consejos y sin tener a quien imitar siquiera, hoy verifica la suprema suerte de matar recibiendo, como no lo hacen ni siquiera aguantando, los toreros que de España nos han llegado.[10]

    Y en fin, cuanto ha venido preocupándome es el sentido de si se españolizó como hizo lo suyo el gaditano Bernardo Gaviño mexicanizándose. Las consecuencias de toda esta revisión nos muestran el coqueteo de Ponciano con la nueva etapa. Estoqueaba bien y certero al volapié, desarrollaba faenas con estructura. Aquí una brevísima reseña:

(…)El toro llegó en muy buenas condiciones á la muerte: Ponciano, previa una lucida faena, se tiró con una aguantando y en su sitio, que resultó suprema es decir, de las que pocas veces se ven. El toro rodó como herido de un rayo.[11]

    Sin embargo no llegó a satisfacer el empleo absoluto de la forma española y acabó por darle a su expresión personal un toque recíproco entre su propio y nacional quehacer, y la moda puesta en vigor. Agregó a esto connotaciones extrañas, absurdas que acabaron por desaparecer primero con la campaña periodística en su contra y luego con el paso mismo del tiempo y la evolución.

   Ya lo decía Frascuelo:

Se ve claramente que en su vida ha visto torear. ¡Y es una lástima! Porque es valiente y de los buenos (…).[12]

    Todo esto ocurre cuando en México se supera una época restrictiva la cual hizo reflexionar a las nuevas generaciones del cambio que se daba en la fiesta, que aunque española de raíz, se insertó en el gusto de aquellas aficiones que también cambiaron de parecer y no concebían ya hechos del pasado. Por eso

La independencia de España supuso en algunos países latinoamericanos el final de las corridas de toros. Por reacción sentimental contra la metrópoli que las había impuesto, se prohibió un espectáculo que algunos patriotas consideraban como una bárbara, sanguinaria y anacrónica expresión, incompatible con los nuevos ideales”. Así, tanto en México como en el Perú, por ejemplo “los toros continuaron siendo la fiesta nacional por excelencia, aquella con la que el pueblo expresaba su regocijo en las grandes efemérides.[13]

    Claro, la independencia misma como deslinde de la influencia española no se significó como  el motivo principal del “final de las corridas de toros”. En todo caso, la evolución que los países latinoamericanos fueron adquiriendo en cuanto definición de su nuevo sistema, es el motivo principal puesto que se sabe de algunos que siguieron la línea centralista, otros la dictatorial y algunos más el de la federación.

   Ante la separación que se da con los movimientos libertarios en América -y concretamente en México-, aquellas generaciones van a formularse la seria pregunta de identidad: ¿qué somos ahora?

   Si hubo muestras de nacionalismo criollo, estas se depositaron en los hombres de esa época quienes, a su vez, presenciaron durante todo el siglo XIX: pugnas por el poder, luchas ideológicas, regímenes dictatoriales, centralistas y federalistas; monarquías, invasiones extranjeras y hasta el pronunciamiento de una “segunda independencia” (1867). En ese año se da la fractura del monopolio político, militar y en consecuencia, con las costumbres. En el fondo, el régimen de Juárez rompe con el viejo orden.

   Tres siglos coloniales dejaron huellas y arraigos muy marcados que fueron imposibles de eliminar. Y uno de ellos, las corridas de toros sufrieron el mismo año de la restauración de la República un grave atentado que las confinó a dos décadas de prohibición.

   Sí en cambio, sucedió una asimilación, misma que, a través de los tiempos ocasionó que el toreo en México además de manifestarse bajo unas formas sui géneris, de creación permanente y variable, mostró -permítasenos el término- un eclecticismo; es decir: cada corrida daba la impresión de realizarse como producto o resultado de otras, de la inventiva, de la improvisación -deliberada y no-. Esto es, un servirse de aquí y de allá para producir fiestas que eran distintas unas de las otras. Esto sucedió durante buena parte del pasado siglo, hasta que en 1887 ocurrió un reencuentro, un volver a mirarse España con México. De esa manera, una expresión nueva, moderna, comenzaba a dominar el panorama, a dejar en el pasado lo que ya no podía ser ni seguir siendo, y sólo era aprestarse, en consecuencia, a las líneas establecidas por los cambios que se van presentando como consecuencia de la evolución.

   De todo esto, Gaona parece resultar la figura afortunada de la fusión ya no solo de ese reencuentro, sino de los caracteres progresistas de un toreo que marcha por los caminos que comparte con José Gómez Ortega y Juan Belmonte fundamentalmente.

   Parece este un análisis que se resiste entrar a la polémica. Sin embargo, América y Europa demuestran ya aspectos de madurez en el sentido de los alcances propuestos por el arte de los toros. Pueden definirse especificidades, acerca de escuelas como la rondeña, sevillana o hasta mexicana, pero el toreo se identifica más plenamente con la proporción mayor; la de su propia universalidad.

   Pero no puede seguir esta apreciación si no se detiene a comprender el acontecimiento del domingo 8 de enero de 1888 ocurrido en la plaza Colón. Se lidiaron aquella ocasión toros españoles, tres de D. Pablo Benjumea y tres del Excmo. Marqués del Saltillo. Todos, estoqueados por Luis Mazzantini.

   Y la prensa del momento decía: “(en) Cuanto a la dirección de la plaza, ahora sí podemos decir que hemos visto una corrida de toros. ¡La primera que ha habido en nuestros redondeles! Nada de carreras, nada de desórdenes y desmanes, todo a su tiempo, cada uno en su puesto, los toros perfectamente lidiados, en fin. Lo repetimos, esta es la primera corrida que hemos visto; todo lo demás han sido herraderos intolerables. ¿Sería porque la gente quiso obedecerlo hoy más que en otras ocasiones? La razón no la sabemos, pero ya los aficionados pudieron apreciar lo que va de torear a hacer monerías y la diferencia que hay entre un herradero y una corrida de toros.”.[14]

   En todo este panorama se ha podido comprobar un síntoma ascendente cuya evolución se mostraba día con día. Quedaron atrás aquellas manifestaciones propias de algo así como quedar sin tutela o de la clara muestra por valorarse así mismos y a los demás con capacidad creativa como continuidad de la mexicanidad en su mejor expresión. En medio de ese ambiente surgió todo aquel incidente de 1867 del que hice amplio estudio, concluyendo en el carácter administrativo (que comentaré más adelante como parte de las Conclusiones). Veinte años no significaron ninguna pérdida, puesto que la provincia fue el recipiente o el crisol que fue forjando ese toreo, el cual habría de enfrentarse en 1887 con la nueva época impuesta por los españoles, quienes llegaron dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón).

   De ahí que el toreo como autenticidad nacional basada en aquellas cosas ya vistas, es desplazado definitivamente concediendo el terreno al concepto español que ganó adeptos en la prensa, por el público que dejó de ser público en la plaza para convertirse en aficionado, adoctrinado y con las ideas que bien podían congeniar con opiniones formales de españoles habituados al toreo de avanzada.

   Quedó atrás el siglo XIX y con el XX el ambiente taurino ya proyectaba toda esa luz propia de algo bien definido. Ninguna secuela quedaba de lo campirano; acaso se dio algún cartel constituido por novillada y jaripeo, como la efectuada el 8 de octubre de 1914. José Becerril y José Velasco fueron los charros en la ocasión en tanto que Rosendo Béjar fue el torero de a pie, jugándose ganado de Santín.[15]

   Buena parte de diestros españoles hicieron la América y Mazzantini continuó con sus campañas -hasta 1904- junto con Antonio Montes, Antonio Guerrero Guerrerito, Castor Jaureguibeitia Ibarra Cocherito de Bilbao, Manuel Mejías Bienvenida, Rafael Gómez Ortega Gallito, Rafael González Machaquito, Enrique Torres Bombita, Antonio Fuentes, Antonio Reverte. Junto a todos ellos, Arcadio Ramírez Reverte mexicano, Vicente Segura, y más tarde Rodolfo Gaona conformarán toda una época que consistió ya en un pleno y constituido caldo de cultivo del toreo moderno, que para aquel entonces vive su etapa primitiva. Esta se comporta -respecto a la lidia en sí- a base de lucimiento extremo con el capote (amplio repertorio de quites). La suerte de varas por entonces se practica sin peto o protección en el caballo, lo cual originaba auténticas matanzas y despanzurramiento de los cuacos. También, a la salida del toro, ya se encontraban en querencia y contraquerencia los picadores dispuestos a ejecutar la suerte. Así que la cantidad de puyazos era considerable, en medio de sangrientas escenas. Tras el tercio de banderillas, breve pero efectivo, llegaba la “hora de la verdad”, donde bajo escaso lucimiento del espada, mismo que sólo pasaba de muleta sin otra intención que la de igualar al toro y así poderlo estoquear, suerte ésta, en la cual recaía por entonces, buena parte del peso de una corrida en sí. Gracias al tiempo, el interés se ha ido reubicando y de lo realizado por capote, prácticamente ha sido depositado en la muleta con su respectiva ejecución de la espada. No existían los trofeos y dominaba más el carácter de arrebato personal producido o fabricado por cada torero. Plazas como la México de la Piedad, estrenada en 1899; o la del Toreo en la colonia Condesa (22 de septiembre de 1907-19 de mayo de 1946) daban lugar a un depurado ambiente torero, mismo que diversas tribunas del medio se encargaban de realzar en páginas y más páginas.

   Las nuevas alternativas sólo se disponían a su indicada explotación, por lo cual el destino del toreo en México tuvo por aquellos primeros años del siglo sus mejores momentos. El ganado lo había español y nacional ya cruzado de nuevo con el peninsular lo cual daba gran esplendor a la fiesta.

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Plaza de toros “Bucareli”. Fotografía que pudo haberse realizado pocos meses antes de que el coso fuera derribado en junio de 1899. Tomada de Revista de Revistas. El Semanario Nacional. Número monográfico dedicado a los toros. Año XXVII N° 1394. 7 de febrero de 1937.

CONTINUARÁ.


[1] Antonio Garland. Lima y el toreo, p. 106. Ángel Valdez se fue a España. Para que le reconocieran su condición de matador, después de muchas reticencias y prejuicios, tuvo que volver a recibir formalmente la alternativa. Lo hizo en la plaza de Madrid el 2 de septiembre de 1883, cuando tenía 45 años. Se enfrentó al toro “Cucharero”, un colorado marrajo y zorrastrón que apareció en la plaza como un huaico.

[2] Armando de María y Campos. Ponciano el torero con bigotes, p. 162.

[3] José Francisco Coello Ugalde. Ponciano Díaz torero del XIX (biografía), h. 52-4.

   El mundo de la música se acerca también a Ponciano Díaz, y en el año de la reanudación del espectáculo taurino -1887-, se estrena el juguete ¡Ora Ponciano! escrito por don Juan de Dios Peza y musicalizado por don Luis Arcaraz, donde

se aprovecha en él la fiebre que había en la capital por las corridas de toros y se glorificaba al ídolo taurino del momento: Ponciano Díaz. La piececilla gustó mucho y se repitió innumerables veces, hasta culminar con la aparición del propio matador en la escena durante dos o tres noches (Luis Reyes de la Maza. Circo, maroma y teatro, p. 274-5).

Por su parte Juan A. Mateos escribió en 1888 la zarzuela “Ponciano y Mazzantini” con música del maestro José Austri. Debido a la gran pasión despertada por estos dos espadas incluso

[varias] veces hubo que se llegó a las manos por dilucidar (sic) cuál de los diestros toreaba mejor.

   Los actores vistieron trajes de luces pertenecientes a los espadas y el Teatro Arbeu fue insuficiente para dar cabida a tanto número de espectadores llegando aquello al paroxismo total.

   A Mazzantini aquella idea de verse representado en un escenario le gustó y aceptó la sugerencia de presentarse como actor en el Teatro Nacional en una función de beneficencia a la que asistió don Porfirio Díaz. El buen éxito alcanzado animó al diestro a presentarse dos veces más en diferentes obras, y como el público le aplaudió más que a los otros actores, el matador seguramente creyó que era tan buen actor como buen torero (Op. cit., p. 277).

   Al ampliar esta información se sabe que entre el 25 y el 31 de diciembre de 1887, hubo un asunto que fue gran tema de conversación. Algunos aficionados llegaron al extremo de alquilar el Gran Teatro Nacional para arreglarlo de tal modo que pudieran darse en él algunas corridas de toros en las noches, toreando las cuadrillas de Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Hoy, esa especie provoca estruendosa carcajada, pero entonces se la acogió como verosímil y aun hubo quien hiciera proyectos de reventa de boletos. Ese notición fue publicado en el periódico taurómaco El Arte de la Lidia.

   El género chico ha sido considerado subliteratura, dice Aurelio de los Reyes. Justifica tal exposición con aquello de que

en el (Teatro) Principal habían seguido en auge las tandas de los Hermanos Guerra afortunados empresarios de zarzuela barata: su más rico filón se lo proporcionaban el episodio histórico-lírico CADIZ (…) No creo, a la verdad, que perjudique gran cosa la historia del arte, no deteniéndome más en tan exiguas novedades: por igual causa me contento con citar el estreno en el teatrillo Apolo, de Tacubaya, de la zarzuelilla de circunstancias “Casarse por la influenza”, el de un sainete titulado “La coronación de Ponciano”, en el (teatro) Arbeu, y en otro teatro de más inferior clase el del a propósito “La fiera de San Cosme”. (Aurelio de los Reyes. “Una lectura de diez obras del género chico mexicano del porfirismo”. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas. Boletín del IIE, No. 54. p. 132. En Reyes de la Maza, op. cit., p. 278 (…) En esos mismos meses se representa “La Gran Vía” (era una) zarzuela localista, (que) obligó a Isidoro Pastor -quien mandaba a un grupo zarzuelero- a añadir algunos diálogos de oportunidad en los que los españoles elogiaban sin reserva a Ponciano Díaz.

   Es preciso recordar que el día de la inauguración de la plaza “Bucareli” luego de que hizo su aparición don Joaquín de la Cantolla y Rico una niña encantadora (Josefa Romero) -toda de blanco vestida- coronó

a Ponciano con laureles y mirtos, mientras el diestro que estrenaba ropa morada y oro, aceptaba de rodilla las conmovedoras ofrendas. (Manuel Horta. Ponciano Díaz. Silueta de un torero de ayer, p. 277).

   En “Manicomio de cuerdos”, otra zarzuela, con letra de Eduardo Macedo y música del maestro José Austri se incluyen fragmentos de elogiosas dedicatorias a Ponciano Díaz. (María y Campos, op. cit., p. 198-9).

   La influencia musical tuvo gran peso y se sabe que en media república se tocaba una marcha titulada “¡Ahora, Ponciano!”, que recordaba la frase -exclamación- cuidadosa que el público hacía en las plazas, indicando al espada cuando podía entrar.

   Otro caso es el de una composición cómica titulada “¡Ahora Ponciano!” y dos musicales que tenían ese mismo título y el de “A los toros”. (Carlos Cuesta Baquero. Historia de la tauromaquia en el Distrito Federal, 1885-1905 T. II., p. 56).

[4] 651 según el último de los balances que se desprenden de la acuciosa revisión hecha a la prensa de la época (N. del A.).

[5] Op. cit., h. 121-137. En esta suma de actuaciones se incluye todo lo registrado en la prensa de aquel entonces y en lo que estuvo a la mano consultar. Las hay de 1876 a 1899 y se distribuyen en casi todo el territorio nacional, así como varias visitas al extranjero. Por ejemplo: 1884 Nueva Orleans; Madrid, Puerto de Santa María, Porto, Portugal, Villafranca se Xira, Sevilla en 1889. La Habana, Cuba también es visitada por el torero en diciembre de ese mismo año. Laredo, Texas, agosto de 1894. Este dato fue el que arrojó un primer balance, hecho en los momentos en que esta tesis fue concluida. Es decir, en 1996. (N. del. A.).

[6] Guillermo H. Cantú. Manolo Martínez, un demonio de pasión, p. 87-93.

LOS MANDONES EN LA HISTORIA.

   Una rápida mirada a la tauromaquia en los últimos cien años nos da idea de lo poco numerosos que han sido los mandones en la fiesta. Durante la postrer década del siglo pasado solo sobresalen dos cabezas: Ponciano Díaz en México y Rafael Guerra “Guerrita” en España. Ambos toreros juegan en solitario, sin pareja, sin rival permanente, invadiendo terrenos y ganando batallas hasta quedarse solos mientras el boomerang de su propia dictadura se vuelve contra ellos. El primero fue sacado con lujo de fuerza. Su éxito le había proporcionado medios económicos para construir su propia plaza en la capital mexicana: la de Bucareli. Ahí se había instalado para vivir en compañía de su venerada madre y en ese mismo templo de su magisterio recibe, sin estar en casa, a la furibunda turbamulta, que acude vengativa a cobrar los “agravios”. La tromba humana, vigorizada por la gota que derramó el vaso, arremetió sin gobierno, destruyendo todo lo que encontró a su paso.

   En tiempos mejores se decía que en México había tres indiscutibles. La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apan. No faltaron el aficionado que mantuviera prendida una veladora ante la imagen del Charro de Atenco, ni los que apedreaban a los “agachupinados” que se atrevían a elogiar a Luis Mazzantini, el elegante diestro importado de la época.

   Mismo destino de terminación abrupta sufriría Rafael Guerra en España cuando” “Tras desnudarse, con lágrimas en los ojos, dijo: no me voy, me echan”. Las carreras de ambos toreros finalizan en 1899. Ponciano descansa para siempre en el mes de abril [de 1899] y El Guerra se retira a la vida privada en octubre del mismo año, junto con el siglo XIX. A ninguno de los dos lo sacó otro torero sino los anticipos de la muerte, el tedio o la volubilidad de los aficionados. Es curioso, pero ninguno de los mandones de la fiesta ha sido movido de su pedestal por otro torero, como veremos más adelante.

   No se puede ser mandón sin ser figura. No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente.

   Ser mandón tiene mucho que ver con el carácter del individuo, con su estructura psicológica, su fuerza natural, sus maneras de enfrentar al mundo y con su capacidad para conjugar a su favor las necesidades internas del hombre cara a la presión del ambiente externo. El mandón es dueño de la determinación de hacer valer su voluntad por sobre todas las cosas, sin importarle el costo, es decir el esfuerzo que eso requiera. Puede sostenerse firme en su atalaya psicológica porque, al contrario de los demás, esto refuerza el andamiaje básico de su personalidad.

   En la fiesta han habido muy pocos mandones y bastante menos los que han podido aquí y allá. Por un tiempo mayor a dos temporadas ninguno. Es muy difícil mantenerse en el mando. El toreo es de machos, de hombres valientes, de ejercicio continuo de la voluntad, de control de las emociones, de dominio del miedo, de seguridad interior, de aguante. En esta profesión, nadie se deja… si puede. Por eso, ser mandón se da muy pero muy ocasionalmente. Exige una concentración agotadora, demanda olvidarse casi de todo lo demás. Pocos han estado dispuestos a pagar el precio. Por eso, llegar a ser un mandón resulta poco menos que inaccesible.

[7] El Noticioso del 16 de octubre de 1894, Nº 155. LOS PICADORES: Los baberos, Ponciano, los baberos. No sea vd. terco,  afean  al  picador, esa  es  una  de  tantas malas reliquias dejadas por Gaviño, sea vd. hijo de su época, ame el progreso y rompa con la tradición ó ¿no le servirá a vd. de nada su viaje a Europa? Dice vd. que quiere dar gusto a la afición ¿pues porqué conserva esos inmundos cueros que a nadie le gustan, que todos critican y que hacen que se juzgue á vd. un hombre rutinario incapaz de todo progreso?

[8] Paco Ignacio Taibo I. Los toros en el cine mexicano, p. 8. (Prólogo de Julio Téllez). Fueron los señores Enrique Maulinie y Churrich, franceses radicados en México, quienes iniciaron la producción de películas mexicanas en la ciudad de Puebla, siendo Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz la primera película filmada en México, misma que fue exhibida en Puebla, en agosto de 1897.

[9] Coello, op. cit., h. 133. Efectivamente, el testimonio oral es del Sr. Benjamín Gómez Reza. Aunque todavía el 6 de marzo de 1899 se efectúa una encerrona en la plaza de Bucareli ofrecida por Ponciano Díaz a su ahijado Carlos Moreno, apenas un mes y días antes de su muerte sucedida el 15 de abril siguiente.

[10] El Monosabio, Nº 5 del 14 de enero de 1888, p. 2.

[11] El Monosabio, Nº ? del 3 de noviembre de 1888.

[12] Pedro de Cervantes. Diez lustros de tauromaquia, p. 90.

[13] Revista FANAL, vol. XXI, No. 77, 1966. Perú.

[14] Cuesta Baquero, op. cit., p. 147-9. En aquella tarde se lidiaron seis toros españoles -tres de la ganadería de D. Pablo Benjumea y tres de la del Excelentísimo Marqués del Saltillo. Todos fueron estoqueados por Mazzantini.

   Hubo dos incidentes en esta corrida: Ramón López estuvo a punto de sufrir una cornada al caer delante de uno de los toros del Saltillo, libertándose gracias a la oportunidad con que estuvo al quite Mazzantini. Este le brindó la muerte del quinto toro al espada Ponciano Díaz, que estaba de espectador en una lumbrera. El torero indígena bajó al redondel, después de que arrastraron al toro, y le dio al matador un abrazo que puede considerarse como falsa demostración pública de una amistad que no sentía. Por cortesía únicamente hizo esta efusiva manifestación, pero con hechos, con actos hostiles, anteriores y posteriores a ella, la desmintió.

   Ponciano había comenzado la lucha en contra de Mazzantini, desde antes que éste llegara al país. La construcción de la plaza de toros que estaba próxima a terminar (la de Bucareli), no tenía otro fin que ser escenario de sus aviesas intenciones. Igual era el de un periódico ilustrado con caricaturas, que vio la luz pública quince días antes que el espada guipuzcoano toreara la primera corrida.

   Se llamó El Mono Sabio la publicación en apoyo al de Atenco, y salió el primer número el sábado 26 de noviembre. Aparecía como editor y propietario el Sr. D. Telésforo Cabrera, hermano del Lic. D. Daniel, que redactaba el Hijo del Ahuizote, periódico político, también ilustrado con caricaturas. Ambos periódicos eran satíricos y el de toros estaba escrito por el mismo Licenciado y D. Alberto del Frago, redactor de El Diario de los Debates, publicación dedicada a dar a saber los asuntos discutidos en la Cámara de Diputados.

[15] Artes de México Nº 90/91, p. 141.

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