Archivo de la categoría: 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE II).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

FERMÍN ESPINOSA ARMILLITA, FORJADOR DE UN GRAN IMPERIO.

   Hace ya casi cuatro décadas que Fermín Espinosa Armillita dejó la mortalidad para incluirse en el terreno de los inmortales. Después de Rodolfo Gaona, el diestro saltillense abarca un espacio que comprende la “edad de oro del toreo” en su totalidad (1925-1946) extendiendo su poderío hasta el año 1954. O lo que es lo mismo: treinta años de dominio y esplendor. Como se ve, al cubrir las tres décadas se convierte en eje y timón para varias generaciones: una, saliente, que encabezan Juan Silveti y Luis Freg, la emergente, a la que perteneció; y más tarde otra en la que Alfonso Ramírez Calesero, Alfredo Leal, Jorge Aguilar El Ranchero o Jesús Córdoba -entre otros- se consolidan cada quien en su estilo.

   Para entender a Fermín debemos ubicarlo como un torero que llenó todos los perfiles marcados en las tauromaquias y reclamados por la afición. Federico M. Alcázar al escribir su TAUROMAQUIA MODERNA en 1936, está viendo en el torero mexicano a un fuerte modelo que se inscribe en esa obra, la cual nos deja entrever el nuevo horizonte que se da en el desarrollo del toreo, el cual da un paso muy importante en la evolución de sus expresiones técnicas y estéticas.

sinafo_14625

Fermín Espinosa “Armillita” camino de convertirse en figura del toreo. SINAFO, 14625

   España es caldo de cultivo determinante y decisivo también en la formación de Armillita a pesar de que en 1936, el “boicot del miedo” encabezado, entre otros, por Marcial Lalanda intenta frenar la carrera arrolladora del “maestro”, y aunque regresa a México en compañía de un nutrido grupo de diestros nacionales, su huella es ya insustituible.

   Fermín nace en casa de toreros. Su padre, Fermín Espinosa ha ejercido el papel de banderillero. En tanto, Juan y Zenaido hermanos mayores de Fermín hijo, buscan consagrarse en hazañas y momentos mejores. Juan recibe la alternativa de Rodolfo Gaona en 1924, y años más tarde se integra a las filas de los subalternos, convirtiéndose junto con Zenaido en peones de brega y banderilleros, considerados como mejor de lo mejor. Ambos, trabajaron bajo la égida de Fermín.

   Gaona se despide el 12 de abril de 1925. Ocho días después, Fermín actúa en la plaza de toros CHAPULTEPEC, obteniendo -como becerrista- un triunfo mayor, al cortar las orejas y el rabo de un ejemplar de la ganadería de El Lobo. Uno se va el otro se queda. Sin embargo, la afición no asimila el acontecimiento y cree que al irse el “indio grande” ya nada será igual, todo habrá cambiado. Ese panorama “pesimista”, se diluyó en pocos años, justo cuando “Armillita chico” está convertido en figura del toreo.

   Al lado de los hispanos Victoriano de la Serna, Domingo Ortega, Joaquín Rodríguez Cagancho, y de los mexicanos David Liceaga, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro El Soldado y José González Carnicerito protagonizan una de las mejores épocas que haya registrado la tauromaquia mexicana del siglo XX.

   Fermín acumuló infinidad de grandes faenas que dejaron una huella imborrable en la memoria del aficionado, quien recuerda con agrado los mejores momentos que han llenado sus gustos, las más de las veces “muy exigentes”. CLAVELITO de Aleas en España, JUMAO, PARDITO o CLARINERO en México son apenas parte del gran abanico que despliega este poderoso torero a quien llamaron el “Joselito mexicano” pues mandando con el capote y la muleta fue capaz de dominar a todos los toros con que se enfrentó.

   La técnica, la estética se pusieron al servicio del diestro de Saltillo, siendo el primer concepto el que predominó en manos de quien fue el “maestro de maestros”, atributo mayor, etiqueta envidiable que se han ganado pocos, muy pocos.

   Analizando a Fermín Espinosa Armillita con la perspectiva que nos concede la historia, apreciamos a un ser excepcional que por ningún motivo podemos ni debemos matizar en grado superlativo, porque esto nos pierde en las pasiones y por ende no nos deja ver el panorama con toda la claridad necesaria para el caso. Por eso, lo que normalmente apreciamos en la plaza y nos conmociona en extremo es emoción que con el tiempo se atenúa. Aquella gran tarde de gozo y disfrute, termina siendo acomodada en los anaqueles de nuestra memoria.

sinafo_119105

Fermín, más que poderoso y dominador… con las banderillas. SINAFO, 119105

   Armillita nos deja apreciar a un torero completo en todos los tercios, favorito de multitudes, que se ganó el aprecio de la afición en medio de la batalla más sorda, desarrollada entre toreros que también hicieron época. No podemos olvidar sus tardes apoteóticas al lado de Jesús Solórzano, lidiando toros de LA PUNTA. De alguna de estas jornadas fueron recogidas las escenas de la célebre película SANGRE Y ARENA, protagonizada por Tyron Power.

   Armillita surge en unos momentos en que la revolución culminó como movimiento armado, y brota el cristero con toda su fuerza. En el campo cultural se da un reencuentro generoso con los valores nacionalistas que “revolucionaron” las raíces “amodorradas” de nuestra identidad, las cuales despertaban luego de larga pesadilla matizada de planes, batallas y luchas diversas por el poder.

   Sin embargo, el toreo se mantenía al margen de todos estos síntomas, como casi siempre ha ocurrido. Fermín, al igual que otros toreros, iba reafirmándose como cabeza principal de su generación, en la cual cada quien representó una expresión distinta que siempre sostuvo el interés de la afición, misma que gozó épocas consideradas como relevantes en grado máximo. Al romperse las relaciones taurinas entre México y España, se gestó un movimiento auténtico de nacionalismo taurómaco el cual alcanzó estaturas inolvidables. Fermín permeó a tal grado aquel espacio que su quehacer vino a ser cosa indispensable en todas las plazas donde le contratan, garantizando la papeleta pues su compromiso fue nunca defraudar.

   Que tuvo enemigos, todo gran personaje los acumula. Se le señalaba frialdad mecánica en sus faenas, un mando de la técnica por encima de la estética, aspecto que no prodigaba a manos llenas por no ser un torero artista. Pero no se daban cuenta de que cualquier gran artista primero forja su obra en planteamientos que van rompiendo el recio bloque o dando color a un lienzo blanco, enorme dificultad a la que se enfrenta hasta el mejor de los pintores. Y así, cualesquier torero plantea su faena moldeando y mandando al toro. Dominándolo en consecuencia.

   Fermín ya lo he dicho, tuvo en todos sus enemigos, animales a los que entendió y “dominó” en su plena dimensión. Por eso, el trauma de BAILAOR nunca pasó por su mente. BAILAOR fue el muro que detuvo la carrera de otro torero considerado “poderoso”: José Gómez Ortega Joselito aquel 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina. Curiosamente llegó a decirse que, para ver a Juan Belmonte -pareja de José- había que apurarse, pues cualquier día lo mataría un toro. Juan se suicidó en 1962 víctima de la soledad. En cambio Joselito o Gallito quien demostraba con su toreo ser indestructible ante los bureles, fue liquidado por uno de ellos.

   Armillita ya no solo parecía llenar, llenaba todos los perfiles de un gran torero que España conoció en una proporción menor a la de México. Sin embargo en nuestro país es donde alcanza estaturas mayores. Sólo cuatro cornadas, una de ellas en San Luis Potosí, el 20 de noviembre de 1944 desequilibran el concepto de invencible que hasta entonces se tenía de él. En 1949, precisamente el 3 de abril, se retira como los grandes encerrándose con 6 punteños, en la plaza capitalina, dejando testimonio de su grandeza al ejecutar 18 diferentes quites, banderilleando a tres de los seis toros. Sus faenas no brillaron tanto porque aquella fue una tarde en la que el viento se apoderó por completo del escenario y poco pudo vérsele. Sin embargo, “hubo doblones, naturales, pases de la firma, de pecho, de pitón a rabo, el de la muerte, el cambio por delante, los de tirón para cambiar de terreno, los trincherazos rematados rodilla en tierra…”, como nos dice “Paco Malgesto” en el libro ARMILLITA. EL MAESTRO DE MAESTROS. XXV AÑOS DE GLORIA del año 1949.

sinafo_119144

Armillita el Joselito mexicano agradeciendo la ovación de sus seguidores. SINAFO, 119144

   Años después tuvo necesidad de regresar, demostrando que seguía siendo tan buen torero como antes, maduro, dueño de sí mismo. Conchita Cintrón al escribir ¿Por qué vuelven los toreros? los encuadra dentro de esa búsqueda por las palmas, pero sobre todo por el placer de sentir que nadie ha ocupado el lugar que dejaron desde su retirada. Fermín pasaba por un mal momento, pero aún así fue capaz de mostrar su poderío.

   Con el paso de los años y ya en el retiro definitivo fue llamado a participar en infinidad de festivales siendo uno de los últimos el que se celebró el 18 de noviembre de 1973 en la plaza de toros MÉXICO que resultó inolvidable pues alternaron con él figuras como Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez, Alfonso Ramírez Calesero, Fermín Rivera y Jorge Aguilar El Ranchero.

   Muere el 6 de septiembre de 1978 en la ciudad de México, habiendo nacido el 3 de mayo de 1911 en Saltillo, Coahuila.

   Sus hijos Manuel, Fermín y Miguel han perpetuado la dinastía en diferentes proporciones y de ellos se espera que la cuarta generación se aliste en el inminente siglo XXI. Fermín Espinosa, 1ª generación; Fermín Espinosa Saucedo, 2ª generación; Manuel, Fermín y Miguel, 3ª generación, todos con el sello de la casa Armilla constituyen una de las familias taurinas que viene heredando la estafeta en armónico cumplimiento generacional, como ha pasado con otros casos: los Litri, los Bienvenida, los Girón, los Rivera de Aguascalientes, los Solórzano, los Caleseros, los Vázquez de San Bernardo.

CONTINUARÁ.

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE I).

  CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Raro es el siglo que tiene la particularidad de iniciar su marcha temporal junto con otros procesos sociales o políticos. Estos más bien, hallan un puente por donde cruzar y por donde seguir. El siglo XX mexicano aparece en escena con un síntoma de continuidad en el régimen porfirista, lo que por un lado marca cierta estabilidad económica y política; por el otro, la intranquilidad social. Sin embargo, la respuesta de muchos inconformes, merece una atención especial. Por una parte los trabajadores de algunas fábricas despertaron el ánimo rebelde que llegó a oídos de muchos integrantes del pueblo[1] que probablemente no imaginaron sumarse a la bola, término que se le dio a las multitudes que participaron en el movimiento armado de 1910. La bola bien a bien no tuvo una idea clara que sí tuvieron sus dirigentes, cabecillas y “caudillos”, los cuales, además de tener bien definido el propósito de eliminar todo rastro de la dictadura sostenida por el General Porfirio Díaz,[2] aprovecharon la coyuntura para encaramarse en puestos estratégicos de la lucha por el nuevo poder, independientemente de que operó un constituyente el cual, para el 5 de febrero de 1917 logra poner en circulación un nuevo documento rector para la nación, desplazando al que estuvo en boga desde 1857.

   Por otro lado, se tenía la idea de que el trabajador en las haciendas mexicanas fue un elemento de explotación indiscriminada. Pero en muchas de ellas se ha encontrado un paternalismo entre el hacendado y los peones. Esos arreglos de conveniencia hacen ver que las relaciones laborales, determinada por ciertas presuposiciones en torno al peonaje, de la transmisión hereditaria de deudas, de la ruindad de la “tienda de raya”,[3] así como de los créditos y adelantos impuestos a los trabajadores, del pago del salario en “vales” o “fichas”, del empleo de deportados a la fuerza pero sobre todo, de la utilización de la violencia física, ha hecho que muchos autores encuentren una relación entre las características del sistema y las acciones de la revolución agraria. Ahí se condensan los atributos del sistema de hacienda supuestamente inaguantables, vistos en conjunto como la variable independiente de una considerable, si es que no decisiva, participación de los trabajadores agrícolas en la revolución de 1910-40.[4]

sinafo_5933 Una expresión, la del toreo rural, tuvo todavía fuerte presencia entresiglos, el XIX y el XX en nuestro país. De ahí que su discurso entrara en diálogo con el toreo urbano. SINAFO, 5933.

   En la peculiar rareza del inicio de un siglo que no tiene ninguna necesidad de partir de su principio elemental (ahí está el caso de que para el XXI, su crudo comienzo tuvo lugar el 11 de septiembre de 2001), esto va a ocurrir en el toreo mexicano. Poco más de 10 años bastaron para que la expresión nacionalista encabezada fundamentalmente por Ponciano Díaz fuera liquidada por la “reconquista vestida de luces”, que se estableció en México desde 1882. Ya sabemos que aquel grupo de diestros españoles encabezado por José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos Ojitos, junto con la labor doctrinaria de la prensa cimbraron la estructura de la tauromaquia mexicana, resultante de una sustancia híbrida –a pie y a caballo-, enriquecida con los “aderezos imprescindibles” denominados mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otros. El débil andamiaje que todavía quedaba en pie en el postrero lustro del XIX fue defendido por el último reducto de aquella manifestación. Me refiero de nuevo a Ponciano Díaz quien con su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1899 se lleva a la tumba la única parcela del toreo nacional que quedaba en pie, pero que ya no significaba absolutamente nada. Era ya sólo un mero recuerdo.

   1901 amaneció para México dominado por la presencia torera española, en contraste con una floja puesta en escena de diestros nacionales, encabezados por Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, lo que representaba un desequilibrio absoluto, una desventaja en el posible despliegue de grandeza, mismo que se dejará notar a partir de 1905, con la aparición de Rodolfo Gaona.

 sinafo_15639

Eduardo Leal “Llaverito” y Luis Freg, encuentro entre el final de un siglo, el XIX y el comienzo del XX. Ambos, en el patio de cuadrillas en la plaza de toros “El Toreo” de la colonia Condesa. (Ca. 1912). SINAFO, 15639.

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

   Rodolfo Gaona Jiménez, había nacido el 22 de enero de 1888 en León de los Aldamas, estado de Guanajuato. Con rasgos indígenas marcados, y sumido en limitaciones económicas, el muchacho, solo no tenía demasiado futuro. Se dice que Saturnino Frutos emprendió el difícil camino de buscar promesas taurinas en el bajío mexicano, sitio en el que estaba gestándose uno de los núcleos más activos, sin olvidar el occidente, el norte y el centro del país.

   El encuentro de Frutos y Gaona se dio en 1902, imponiéndose desde ese momento una rígida preparación, bajo tratos despóticos soportados entre no pocas disputas o diferencias por Rodolfo, único sobreviviente de una primera cuadrilla que luego se desmembró al no soportar el ambiente hostil impuesto por el viejo banderillero, convencido de la mina que había encontrado en aquel joven que lentamente asimiló el estudio. Pero sobre todo el carácter.

   El “indio grande”, el “petronio de los ruedos”, el “califa de León” y otras etiquetas determinaron y consolidaron la presencia de ese gran torero quien, como todo personaje público que se precie, también se involucró en algunos oscuros capítulos, que no vienen al caso.

   Rodolfo Gaona, el primer gran torero universal, a decir de José Alameda, rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Ello significó el primer gran salto a escalas ni siquiera vistas o comprobadas en Ponciano Díaz (14 actuaciones de Ponciano entre España y Portugal en su primera y única temporada por el viejo continente), no se parecen a las 81 corridas de Rodolfo solo en Madrid, repartidas en 11 temporadas, aunque son 539 los festejos que acumuló en todo su periplo por España. Sin embargo, los hispanos se entregaron a aquel “milagro” americano.

   Gaona ya no sólo es centro. Es eje y trayectoria del toreo aprendido y aprehendido por quien no quiere ser alguien más en el escenario. Independientemente de sus defectos y virtudes, Rodolfo –y en eso lo ha acentuado y conceptuado con bastante exactitud Horacio Reiba Ibarra-, sobre todo cuando afirma que Rodolfo Gaona es un torero adscrito al último paradigma decimonónico. Y es que el leonés comulga con el pasado, lo hace bandera y estilo, y se enfrenta a una modernidad que llegó al toreo nada más aparecieron en el ruedo de las batallas José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX.

   Tal condición se convirtió en un reto enorme para el torero mexicano-universal, sobre todo en un momento de suyo singular: la tarde del 23 de marzo de 1924, cuando obtuvo un resonante triunfo con QUITASOL y COCINERO, pupilos de don Antonio Llaguno, propietario de la ganadería de San Mateo. Esa tarde el leonés tuvo un enfrentamiento consigo mismo ya que, logrando concebir la faena moderna sin más, parece detenerse de golpe ante un panorama con el que probablemente no iba a aclimatarse del todo.

 cuadrilla-leonesa

Saturnino Frutos “Ojitos” y la cuadrilla leonesa, en imagen obtenida más o menos entre 1905 y 1907. En Toros y Toreros. Órgano del Centro Taurino. Nº 5 extraordinario. San Luis Potosí, 6 de enero de 1909. De la colección del autor.

   Los toros de San Mateo no significaron para Gaona más que una nueva experiencia, pero sí un parteaguas resuelto esa misma tarde: Me quedo con mi tiempo y mi circunstancia, en ese concepto nací y me desarrollé, parece decirnos. Además estaba en la cúspide de su carrera, a un año del retiro, alcanzando niveles de madurez donde es difícil romper con toda una estructura diseñada y levantada al cabo de los años.

   Es importante apuntar que la de San Mateo era para ese entonces una ganadería moderna que se alejó de los viejos moldes con los que el toro estaba saliendo a las plazas: demasiado grandes o fuera de tipo, destartalados y con una casta imprecisa. El ganado que crió a lo largo de 50 años Antonio Llaguno González recibió en buena medida serias críticas más bien por su tamaño –“toritos de plomo”- llegaron a llamarles en términos bastante despectivos. Pero en la lidia mostraron un notable juego, eran ligeros, bravos, encastados; incluso una buena cantidad de ellos fueron calificados como de “bandera”.

   Volviendo con Gaona, su quehacer se convirtió en modelo a seguir. Todos querían ser como él. Las grandes faenas que acumuló en México y el extranjero son clara evidencia del poderío gaonista que ganó seguidores, pero también enemigos.

rodolfo-gaona_quitasol

   De regreso a la hazaña con el toro QUITASOL de San Mateo ocurrida el 23 de marzo de 1924, con ella concibe el prototipo de faena moderna. Si JOSÉ ALAMEDA da a Manuel Jiménez “Chicuelo” el atributo de haber logrado con CORCHAÍTO de Graciliano Pérez Tabernero ese nivel,[5] nosotros se lo damos al leonés con aquella obra de arte que un polémico periodista de su época, Carlos Quiroz “Monosabio” recoge en espléndida reseña que presentamos en su parte esencial. Aquella tarde sucede un hecho memorable: Rodolfo Gaona, en una de las varias vueltas al ruedo que emprendió para agradecer las ovaciones, se acompañó de don Antonio Llaguno. Fue la única ocasión en que Gaona lo hizo con un ganadero, mismo que está proporcionándole a la fiesta un toro nuevo y distinto. El toro moderno para la faena moderna que a partir de esos momentos será una auténtica realidad.

   Además, “Monosabio” logró conseguir un perfil biográfico junto con la obra humana y artística del “petronio de los ruedos” en MIS VEINTE AÑOS DE TORERO,[6] libro llevado a la prensa en dos ediciones con miles de ejemplares vendidos, y que hoy está convertido en verdadera reliquia de bibliotecas.

PAGINAS TAURINAS DE MONOSABIO

¿CUAL DE LAS DOS?

   Han pasado ocho días y aún se comentan las faenas que Gaona realizó con los toros “Quitasol” y “Cocinero”, de la ganadería de San Mateo. Todavía no nos hemos puesto de acuerdo acerca de cuál de ellas tuvo mayor mérito.

   Unos juzgan que la de “Quitasol” fue una maravilla de acabado. Perfecta obra de orfebrería. Dechado innegable de perfeccionamiento en el manejo de la muleta. Y es que consideran que las condiciones en que “Quitasol” llegó a poder del matador: sosote, obedeciendo despacio y aún tuvo momento en que quiso trotar al hilo de las tablas.

   Y otros, resueltamente, votan por la faena de “Cocinero”, el cuarto, que acometió con más nervio y tuvo más poder y traía la cabeza suelta. Y fue que si en la primera contemplaron suprema sapiencia en la aplicación de la flámula, en ésta hubieron de certificar no sólo esa maestría insuperable, sino algo que es más raro: la inteligencia, el dominio que con la muleta puede alcanzarse.

   Sí: porque todos vimos que al cuarto muletazo “Cocinero” que empezó achuchando y revolviéndose codicioso, estaba con la lengua fuera, muy quieto y permitió que el leonés le volviese la espalda, cual si ya lo considerase enemigo insignificante.

   Es verdad que en la faena del primer bicho se realizó el milagro de ligar seis pases naturales sin perder terreno en ninguno, haciendo que el bruto girase en torno al diestro. Seis pases naturales que en realidad constituyeron uno sólo: en redondo y que fueron rematados con el clásico pase de pecho, complemento obligado del pase natural. Seis pases en los que el diestro sujetó al toro para que no saliera de la muleta.

   Pero -agregamos no pocos- con todo y haber sido una maravilla la faena de “Quitasol”, siempre, la de “Cocinero”, queda algunos codos más alta.

   En “Cocinero” hubo más enemigo; más nervio, mayores dificultades que vencer.

   Por eso, su mérito es más grande, incuestionablemente.

   Sin embargo, no han faltado los Zoilos de ordenanza, pretendiendo aguar la fiesta.

   Sueñan con tapar el sol con un dedo.

   Basta lijera -sic- glosa de sus afirmaciones, para darse cabal cuenta de lo qué entienden de estas materias. Uno dice:

   “En banderillas se resiste a entrar -habla de “Quitasol”-. Escarba y huele, y nada. Un banderillero arroja su montera a la jeta del burel, mas este se contenta con juguetear y no arranca…”

   “El bicho ha llegado a la muerte como una seda. Ideal. El bicho sigue el engaño como babosa. Y no pierde de vista la muleta. En cualquier momento lo único que llama su atención es el trapo rojo…”

   Y allí, al lado de tan luminosas frases, una pequeña instantánea del Indio muleteando a “Quitasol”. En ella se mira cómo “Quitasol” se marcha al hilo de las tablas, y el Indio que le mete la pierna en los ijares y le flamea la muleta para recogerlo…

   Luego, no en todos sus movimientos lo único que llamaba la atención de “Quitasol” era la muleta.

   Y cuando un toro se queda y echa la jeta por los suelos -como dice que hizo “Quitasol”- ya no es tan de seda. Alguna aspereza debió tener. Y torearlo primorosamente como lo toreó Gaona, es indudable que representa no poco esfuerzo, máxime si hay momento en que el enemigo intente marcharse con viento fresco.

   Del cuarto, dice:

   “Un toro que comienza saltando al callejón, que sigue dando brincos. Que se queda en varas…

   ¿Acaso toro en tales condiciones es un pedazo de azúcar? 

CONVENGA O NO

   Hay quienes reprochan al Califa el poco clasicismo que empleara al torear a “Quitasol”.

   Hubieran preferido de buena gana que, después de los seis pases naturales y el de pecho, hubiese entrado a matar: habría sido faena completa y clásica, porque así debió haberlo hecho el propio “Chiclanero”. ¿Para qué torear con la diestra, cambiándose de mano el engaño, etc?

   Y, si Gaona hace tal, entonces las exigencias serían de otro género.

   Esa faena impecable la entenderíamos media docena de los que estábamos en la plaza, no los doce mil que había en los tendidos. Y, como el sol sale para todos, hay que contentar a la mayoría.

   De lo contrario, aparte de que la brega habría tenido menor emoción y escaso lucimiento, le pondrían toda suerte de reparos: éste, diría que no supo sacar el partido a que obligaba la nobleza del cornúpeto; aquél, quizás dudaría de la afición del torero, de su deseo de complacer a la clientela; porque, si con un borrego no se hacía aplaudir a rabiar, quien sabe para cuando reservaría su tan decantada maestría.

   El caso era poner laguna tilde, conviniese o no.

   Y no todos están por los clasicismos, que es éste un capítulo en el que se “vacila” más de lo necesario.

   Cuando, después de meternos en el cráneo algún pesado librote taurómaco entramos a la realidad de las cosas, salimos pidiendo a gritos el toreo clásico: mucha mano izquierda; torear exclusivamente con los pases fundamentales: el natural y el de pecho. La estocada recibiendo…

   Con arrebatadora suficiencia doctrinamos de esta guisa, queriendo reducir a la nada algún diestro que tarde a tarde se lleva de calle a los públicos: -Mientras no reciba un toro, no puede considerársele un gran estoqueador!…

   Y resulta que ejecuta exclusivamente los pases naturales y los de pecho, y viene la consumación de la suerte máxima, y aplaudimos, pero no hemos quedado satisfechos. Y ya estamos poniéndole reparos y nos hundimos en prolijas disquisiciones acerca de si debió o no debió haber recogido el pie izquierdo, o el derecho, o levantado más la mano. Y unos dicen que recibió a ley, y otros lo niegan y el torero con cuatro palmadas no queda contento, y jura no volver a meterse en semejantes belenes.

   Todo se debe a que, la verdad, la suerte que creímos portentosa ya de viso nos parece tener poca miga. Esperábamos que despertaría mayor alboroto, que nos causaría más impresión. Y no.

   Lo acabamos de certificar recientemente: Nacional recibió cuatro, cinco veces. Y ya nadie se acuerda de eso. Y no porque Nacional hubiese consumado la suerte suprema con mayor o menor perfección, -que en alguna llenó todos los trámites- hemos de confesar que sea consumado estoqueador, un Maestro. No. Comprendimos que su talla aventajada le permite intentar la suerte de recibir; pero que todavía está verde para codearse con los Mazzantini.

   En cambio, después de ver torear a Gaona un toro, chico o grande, como los ha toreado en esta temporada, tenemos que concluir perfectamente convencidos: es un maestro.

   Y han sido porque en esa faena ha despertado emoción. Ha dado el sello de su personalidad inconfundible, como en la de “Quitasol” que no la redujo al clásico capítulo inicial, del toreo sobre la zurda, el que le enseñara “Ojitos”, sino que, al prolongarla, buscó no caer en monotonía. De aquí que sus hazañas fueran todas distintas. Y la faena de “Quitasol” en nada se pareció a la de “Cocinero”.

   Si los dos toros eran igualmente nobles y faltos de respeto, como se dice por allí, cualquier otro lidiador los hubiese toreado con el mismo procedimiento, hasta hacer creer que era uno mismo.

   Y esto lo vemos a diario: antes de que extienda la muleta el matador, ya sabemos que va a hacer y hasta podemos irle marcando el repertorio.

   Porque es uno mismo, reducido, monótono, falto de interés.

   Gaona, en estas dos faenas tan diferentes, probó no sólo que es quien más domina con la muleta, quien en ella posee positiva arma ofensiva y defensiva, sino que es el más “largo”. El único, en los tiempos que corren, capaz de entretener y entusiasmar a los aficionados y sumirlos en un mar de perplejidades, porque, como hoy ocurre, no sabe por cual decidirse: si por la faena arrobadora en que brillan los seis pases naturales ligados a la perfección, como brillan sobre el terciopelo los brillantes y las perlas, o por la faena de dominio absoluto, de ligereza asombrosa y de adorno variado e inagotable.

   Y hoy no se habla de estocadas, sino del toreo de muleta.

   El torero ha vencido al matador, lo cual no es una novedad porque así ha ocurrido siempre.

   No voy a negar que los grandes estoconazos levanten en vilo a los públicos y arrancan ovaciones estruendosas. Pero es cierto que jamás el matador ha podido aplastar al torero: “Lagartijo” no fue opacado por “Frascuelo”; ni “Guerrita” por don Luis; ni Fuentes por “Algabeño”. “Machaquito”, con lo valiente y seguro estoqueador que fue, vio con pena que el cetro no estuvo en sus manos, sino en las de “Bombita”, que era el torero. 

CUALQUIER TIEMPO PASADO…

   Y al pretender menguar el mérito de lo que viéramos hacer con “Quitasol” y “Cocinero”, se hace hincapié en que fueron toros chicos. Terciados, no chotos, como dicen.

   En efecto: la corrida de San Mateo fue una corrida terciada, adelantada. Pero los más terciados fueron los dos últimos, que no correspondieron a Gaona.

   Y sin que yo pretenda hacer el elogio de los toros chicos, sí debo recordar que no sólo los toros grandullones saben dar cornadas, ni son los que mayores dificultades ofrecen a los lidiadores. A menudo los chicos y escurridos de carnes tienen más ligereza y nervio que los regorditos y corpulentos. Tenemos un caso reciente: Los toros de San Mateo lidiados en la corrida a beneficio de la Casa de Salud del Periodista. El más corpulento y en mejor estado de carnes, fue el “Silveti”, toro bravísimo y de nobleza ideal, que se dejó hacer cuanto quiso el “Hombre de la regadera”. Y el de menos libras, pero con mucho poder y nervio, fue el más pequeño: el “Facultades”, aquel que ya con todo el estoque hundido en lo alto y listo para que de él diera cuenta el puntillero, se levantó y persiguió a Paco Peralta de tercio a tercio, y por poco le echa mano.

   “Relojero”, de Piedras Negras, el bicho que cogió a Nacional, no fue un toro grande. Nacional toreó a muchos otros de mayor respeto, y el que le atravesó un muslo fue el de menor tipo… Y, se explica: todos traen cuernos y sangre; y las cornadas no las dan con los años, sino con lo que llevan en la cabeza.

   Siempre, es costumbre inveterada que quienes han conocido otros tiempos se entreguen a lanzar suspiritos de monja, añorando aquellas épocas en que veían lidiar reses con los cinco años cumplidos, con muchos kilos sobre el lomo y con pitones kilométricos.

   Y lo creen como lo dicen. Están convencidos de que conocieron algo mejor de lo que nos sirven hogaño.

   Hace veinte años yo escuché los mismos suspiros. Entonces se envidiaba a nuestros abuelos, que no vieron lidiar chotos.

   En aquellos tiempos, yo ví a Mazzantini lidiar seis becerros del Cazadero, muy bravos, por cierto; y con ellos Don Luis y Villita dieron la más lucida tarde de aquella temporada.

   En la extinta plaza “México”, Minuto y Fuentes, torearon seis ratitas de Saltillo, noblotas y bravas. Fue corrida brillantísima y fue entonces cuando Antonio ensayó la suerte de recibir, con el cuarto.

   A Mazzantini, a Lagartijillo y a Fuentes, yo los ví lidiar la primera corrida de Piedras Negras, con cruza española. Fueron seis bichos pequeños y de asombrosa bravura.

   ¿Bueyes? En aquéllas épocas pretéritas se lidiaban a pasto. Pocas veces escapaban los toros del Cazadero sin ser quemados. Atenco estaba por los suelos. Dígalo aquella bronca de la segunda corrida de Reverte. Cuando Reverte volvió a torear en la plaza “México”, domingo a domingo, se las veía con mansos, sacudidos de carnes y mal encornados de San Diego y de Santín.

   En cambio, a últimas fechas y a partir de las corridas que se dieron en Tlalnepantla, han menudeado los toros bravos en todas las ganaderías. Hemos visto bravura ejemplar en algunos bichos de Atenco y San Diego de los Padres, de Piedras Negras, La Laguna, Zotoluca, Coaxamaluca, y San Mateo.

   Y, si ayer Tepeyahualco presentaba corridas de soberbio trapío, hoy La Laguna nada tiene que envidiarle.

   En el beneficio de Gaona, Atenco mandó una corrida grande, brava, gorda y de largos pitones. De San Diego este año hemos visto una corrida muy dura, y de San Mateo una con un nervio que no conocieron nuestros padres.

   Sin embargo, los abuelos repiten su vieja cantinela.

   ¡Ah, aquellos tiempos!”’

   Suspiran por los días en que también se lidiaban mansos, y chotos, como ahora y como siempre.

   Jorge Manrique lo dijo:

Cómo a nuestro parecer

Cualquier tiempo pasado

Fue mejor.

   Pero estar repitiendo tonterías, resulta una necedad. 

MONOSABIO.[7]

 CONTINUARÁ.


[1] Para mí el concepto “pueblo” es utopía al no existir una razón que lo defina como tal. Las luchas civiles entre señores -durante el siglo XIX, el XX y el que ya transcurre-, utilizan las masas humanas como instrumento para conseguir intereses personales, sustentados en el término pueblo, el mismo que funciona para satisfacer -sí y solo sí- los intereses. Cubierta esa necesidad, el pueblo vuelve a su estado utópico, en tanto que terrenable es o son masas (todo ello bajo el entorno latinoamericano).

[2] Los gobiernos del General Porfirio Díaz en plena República Central van del 5 de mayo de 1877 al 30 de noviembre de 1880; posteriormente del 1º de diciembre de 1884 al 25 de mayo de 1911, con una breve interrupción que recayó en su “compadre” el General Manuel González del 1º de diciembre de 1880 al 30 de noviembre de 1884.

[3] La expresión “tienda de raya” implica el reproche de que la tienda en las haciendas fue un instrumento de explotación en manos del hacendado o de su administrador, a través de la sustracción directa del salario (rayar = remunerar).

[4] Herbert J. Nickel (ed): Paternalismo y economía moral en las haciendas mexicanas del porfiriato. México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1989. 217 p. Ils., grafs., tablas. (V Centenario 1492-1992. Comisión Puebla. Gobierno del Estado).

[5] La faena a Corchaíto, que fue una maravilla en sí misma, tuvo sobre todo el don de la oportunidad. El “milagro” ocurrió en Madrid (el 24 de mayo de 1928) precisamente cuando el público intuía, sentía, “necesitaba” que a los toros ya más afinados se les hiciera otro toreo: el toreo ligado, enlazado, que permita la unidad de la obra y la prolongación de la faena, sacándola del reducido molde belmontino en que venía manteniéndose. Pues si el toro verdaderamente propicio no salía todas las tardes, digamos, con la liberalidad de ahora, salía ya con la relativa frecuencia necesaria para que la evolución del arte pudiera producirse.

[6] Carlos Quiroz (Monosabio): Mis veinte años de torero. El libro íntimo de Rodolfo Gaona. México, Talleres Linotipográficos de “El Universal”, 1924. 279 p. Ils. Fots.

[7] El Universal. El gran diario de México. Director: José Gómez Ugarte. Domingo 30 de marzo de 1924. Año IX, Tomo XXX, Nº 2716, Cuarta sección, pág. 4.

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XXII).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 CONCLUSIONES

   Llego al punto culminante de esta serie, que corresponde al siglo XIX mexicano. Parecía al principio un tema ligero que, sometido al rigor y a la razón histórica pudo haber quedado reducido a su mínima expresión. Conforme pasaba el tiempo adquiría importancia hasta el grado de convertirse en tema formal para proponerlo como tema para este trabajo. Se ha dicho ya, que historiar las diversiones públicas no es común y ahora amplío la exposición apuntando que es el toreo un campo cada vez más identificado y reconocido por historiadores e investigadores quienes se acercan a analizar los comportamientos sociales que ya no están inmersos solamente en esas actitudes masivas propias de la guerra, o la política; la religión y también las economías. El pueblo se relajaba en diversiones públicas y, la de toros en México se ha convertido en amplio espectro de posibilidades. Por eso propuse como trabajo “curioso” este que ahora remato y del cual referiré mis conclusiones.

   No viene al caso hacer cita de lo relevante examinado aquí. En todo caso, dedicaré una visión general a todo aquello que se involucra con la que ahora resulta una sucesión de historias. Esto es, la manera de relacionar acontecimientos que, a primera vista no tienen una implicación o mejor dicho, afectación en otros venideros y así, sucesivamente. Es obvio verlo así, pero al cabo de lo recorrido me doy cuenta que las circunstancias propias del siglo XVIII, siglo que con sus hombres se ubicó en altas razones del pensamiento logró emanciparse de viejos o anacrónicos sistemas del raciocinio para poner en práctica aquello que casaba con ideas más elevadas, con orientación hacia el progreso y una forma de mentalidad más abiertas, son trascendentes para exigir observación precisa de su tránsito. España recibe tardíamente esto, aunque a buena hora sus ilustrados iniciaron campaña reñida con aspectos propios de una sociedad inmersa en el más puro estancamiento. La élite se afrancesaba dramáticamente y ello daba visos de transformación radical, pues el pueblo (dramática forma de distinguir los niveles genéricos de una sociedad en cuanto tal) se dejaba llevar por el relajamiento asumiendo gallardamente sus formas toscas de expresión, en cuanto razón de ser. Ya lo hemos visto con el aspecto en el que, dejando los nobles caballeros de ostentar el papel protagónico en las fiestas, es el pueblo llano quien asume esa nueva responsabilidad, aplicando, en un principio, normas bastante primitivas con las cuales trataba de darle vida a la expresión de lo que concebían como toreo. La presencia Borbónica en gran medida propició dicho comportamiento al tratarse de una casa reinante de origen francés (aunque los Austria tampoco lo fueron en un principio). Lógico, tuvo que transcurrir un tiempo considerable para percibir el nuevo ambiente, por lo que ya para el arranque del segundo tercio del XVIII, las fiestas caballerescas se encuentran amenazadas de desaparecer porque los burgueses ligados a la corona ya no aceptan cabalmente un espectáculo que pronto se verá en manos del pueblo, quien lo hizo suyo en medio de formas muy primitivas y arcaicas de expresarlo.

   Todo ello fue adquiriendo visos de lo profesional y también de lo funcional por lo que las corridas de toros se sometieron a un esquema más preciso, alcanzado a fines de aquel siglo y logró constituirse como una diversión de la cual podían obtenerse fondos utilitarios para beneficencia de hospitales y obras públicas. Como un efecto de réplica, en medio de sus particularidades ampliamente referidas, lo anterior ocurre en América y muy en especial, en la Nueva España, lugar que también se sometió a severos cuestionamientos sobre su desarrollo y utilidad.

   El tiempo continuaba y se presentó luego la etapa transitoria de independencia como germen definitivo que permitiría la formación de esa nación presentida, pero no constituida sino reiterada más de medio siglo después cuando en su contenido fueron a darse conmociones y encontradas respuestas que solo frenaron o bloquearon el buen curso de una normalidad casi inexistente. Entre todo esto, el toreo -herencia española ya- seguía seduciendo por lo que arraigó; aunque sometido a un deslinde entre lo español y lo producido por los mexicanos. Todo aquello propiciaba en gran medida revitalización del espectáculo dándole a este el concepto de algo ya muy nacional (y que conste: la de toros es en España la “fiesta nacional”) por lo que se engendró un sin fin de aderezos, sin faltar quehaceres campiranos. Sin embargo no quedó soslayado el toreo español, mismo que fue abanderado tras pocos años de contar sin tutela por Bernardo Gaviño, diestro gaditano que por cincuenta años representó la única vertiente del toreo español, asimilada de enseñanzas proyectadas por Pedro Romero, Juan León Leoncillo” y recibida por Francisco Arjona Cúchares, Francisco Montes Paquiro, alumnos distinguidos de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Cerca, muy cerca de ambos, está Gaviño quien para 1835 se encuentra ya en nuestro país. Todo eso se empantanó en el dominio del gaditano quien, a su vez, prohibió que se colocaran paisanos suyos, diestros que hacían campaña en América.

aht24rf1323

Esta curiosa e interesante obra, ilustró un calendario elaborado por la casa de subastas Louis C. Morton para el año 2002 (Anónimo, Escuela Mexicana, ca. 1900. Paseíllo. Óleo sobre tela, 90×150 cm). Evidentemente la fecha referida no es, ni por casualidad certera en función de que debe tratarse de una cuadrilla ¿la de Rafael Calderón de la Barca en León, Guanajuato; o la de Gerardo Santa Cruz Polanco, formada hacia finales de la octava década del siglo XIX? Este es un buen asunto a resolver. Pero esta misma imagen nos debe remitir a que con tal representación no sólo terminaba aquel siglo, sino que desaparecían aquellas cuadrillas formadas por toreros aborígenes que encontraron espacio alterno en plazas de la provincia mexicana, mientras las españolas imponían un nuevo estilo de torear…

Fuente: Museo del Centro Cultural y de Convenciones “Tres Marías”, en Morelia, Michoacán.

   Caería en el riesgo de citar aquí lo tanto ya analizado sobre todo en aquellas razones que tuvieron que ver con la prohibición impuesta a las corridas de toros a finales de 1867. Lo que sí es un hecho, es para mí esa forma de enlace entre esos vasos comunicantes, interrelacionados en forma tan intensa que promovieron en mayor o menor medida el efecto de la prohibición. Uno, sin duda asume el peso de responsabilidad y es el administrativo pues se ha visto que tras darse a conocer las disposiciones que para octubre de 1867 se expusieron como lógica posición a evitar el descontrol que sobre impuestos y su actualización, no tenía por entonces el ramo correspondiente; la respuesta, fue que se puso en vigor la Ley de Dotación de Fondos Municipales. Su artículo 87 significó el oprobio o el desacuerdo habido entre empresa y autoridades hacendarias, porque su orientación se da sin conceder licencias para llevar a cabo corridas de toros en el Distrito Federal. De ese modo, la fiesta pasó a formar parte de la vida provinciana durante el tiempo en que no se permitieron en la capital del país los espectáculos taurinos. Fueron casi 20 años. Lo que puede llamarse una continuidad pero no una evolución es todo acontecer de la fiesta de 1867 a 1886. Surgieron figuras popularísimas (Ponciano Díaz es el modelo principal), se gestaron feudos -cerrados unos-, dispuestos los otros a un intercambio y comunicación, y también fueron llegando los primeros matadores españoles, de no mucha importancia, como la que sí tendrían a quienes les prepararon el terreno. José Machío llegó en 1885 y tuvo que soportar desprecios, indiferencia, amén de ser visto como un espécimen raro, sobre todo en la plaza de El Huisachal.

   Sucedió a fines de 1886 en que la derogación fue lograda, no sin someterse a dificultades. Largos debates, muy cerrados y peleados también condujeron al alumbramiento en México de la nueva época del toreo moderno de a pie, a la usanza española. Ello ocurrió a partir del 20 de febrero de 1887 con la presencia trascendente de toreros como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos, como cuatro columnas vertebrales sólidas, vitales para el nuevo amanecer taurómaco que se enfrentaba al potente género de lo mexicano, abanderado por Ponciano Díaz, Pedro Nolasco Acosta, Ignacio Gadea, Gerardo Santa Cruz Polanco y algunos otros quienes poco a poco se fueron diluyendo, porque el toreo español ganaba adictos, adeptos y sobre todo terreno.

   La prensa hizo su parte, se sublevó, encabezada por la “falange de románticos” y logró abiertamente el cúmulo de enseñanzas entendidas tras largas horas de lectura y deliberación en tratados de tauromaquia (lo teórico) y lo evolucionado que se mostraba el toreo en la plaza (lo práctico).

ahtmrf1_255

Cuadrillas de Diego Prieto “Cuatrodedos” y de Eduardo Leal “Llaverito”. Además: Enrique Merino “El Zocato”, “Naranjito”, “El Pipo”. “Torerín” y el “Madrileño”. (ca. 1895). C.B. WAITE, fotógrafo. Fuente: Colección Julio Téllez García.

   Y Ponciano Díaz que no aceptó pero que tampoco rechazó aquello no propio de su género, va a convertirse en el último reducto de esa expresión netamente mexicana, pues el “mitad charro y mitad torero” se gana gran popularidad e idolatría -como pocos la han tenido-, pero al suceder su viaje a España donde obtiene la alternativa en 1889, en esa ausencia, la prensa aprovechó y corrigió a fanáticos poncianistas, quienes reaccionaron pronto a aquel correctivo. A su regreso, a fines de ese mismo año, si bien se le recibe como a un héroe, pronto esa “reacción” en los públicos será muy clara y le darán las espaldas. En la prohibición de 1890-1894 Ponciano no tiene más remedio que refugiarse en la provincia en búsqueda del tiempo perdido, de la exaltación y el tributo que todavía alcanzará a conseguir.

   Para 1895 vuelve sin fuerza a México. En 1897 y 1898 actuará en festejos deslucidos y cada vez más atacados por la prensa. Muere hecho casi un “don nadie” en 1899.

   Reinaba ya ese toreo moderno y un ambiente españolizado en México. El siglo XX recibe y da grandes experiencias así como muestras potenciales inmensas de toreros españoles quienes van forjando la expresión que cada vez es más del gusto de aficionados entendidos como tal. Y ante ellos, surgen figuras nuestras que ya podíanenfrentarse y ponerse a alturas tan elevadas como las de Fuentes, Machaquito o Vicente Pastor, por ejemplo. Me refiero a Arcadio Ramírez Reverte mexicano, Vicente Segura, pero sobre todo Rodolfo Gaona, figura que va a alcanzar calificativos de torero de órdenes universales, porque les regresa la conquista a los españoles en sus propias tierras (o mejor dicho en sus propios ruedos) para lograr junto con José Gómez Ortega Joselito y Juan Belmonte la puesta en escena -grandiosa por cierto- de la “época de oro del toreo”.

   Antes de rematar estas “Conclusiones”, me parece oportuno agregar en seguida, las notas del periódico La Pluma roja. Periódico destinado a defender los intereses del pueblo”, (Redactor en Jefe: Joaquín Villalobos), tanto del martes 19 de noviembre, T. I., Nº 20, como del viernes 13 de diciembre de 1867, T. I., N° 27, notas copiadas en el mes de mayo de 2001 y que, localizadas hasta ese momento por razones de tiempo, me permiten entender que existieron otros factores que inducieron la aplicación de la ya conocida “Ley de dotación de fondos municipales”. Veamos.

La del martes 19 de noviembre va así:

TOROS

   Sigue la barbarie a pasos agigantados: a nuestro pueblo, que debieran quitarle todo espectáculo de sangre y de muerte, le damos domingo por domingo las suficientes lecciones para arraigar en su educación todos los instintos de sangre.

   En la función del domingo (17 de noviembre) pasado nos dicen que por arrebatar un sombrero, del toro embolado, hubo un asesinato.

   Ya se ve, diría el asesino: qué mas da matar a un hombre que un toro. Pobre Jovellanos, escribió inútilmente.

La del viernes 13 de noviembre recoge la editorial que el redactor tituló

FONDOS MUNICIPALES

   Dotar al fondo municipal de la ciudad, era una de las necesidades apremiantes que reclamaba la penosa situación del ayuntamiento; pero de este punto de partida a la ley que en 28 del pasado espidió el Ministerio de gobernación, hay una distancia tan grande, que ni el buen sentido ni la recta intención pueden sancionar.

   Antes que disponer del bolsillo de los vecinos, se debió proceder a formar el presupuesto de egresos, y solo en presencia de ese documento y para cubrir estrictamente los gastos indispensables, se debió pedir al público el deficiente que necesitaba la corporación municipal. Como en todas nuestras cosas, se ha comenzado por el último capítulo, y hoy no sabemos cuánto se exige de más a los contribuyentes, pues ignoramos el importe de los gastos.

   Por otra parte, no vemos la necesidad del recargo de impuestos en esta capital, en que sobreabundan las contribuciones directas e indirectas, sin que se invierta un solo peso en beneficio de la ciudad, siendo así que con justo título se podría reclamar el 20 ó 25 por 100 de lo que se recauda en la Aduana y las contribuciones directas.

   Los habitantes de la ciudad de México contribuyen con poco más de tres millones anuales a los gastos públicos, y de esa fuerte suma no portan ninguna utilidad. Contribuyen también con 600,000 pesos a los gastos de la ciudad; y cuando las circunstancias aciagas porque ha pasado reclamaban una mirada protectora de las autoridades, se espide una ley que desnivela la producción y esteriliza la producción y la industria.

   Como si no fuera bastante lo que ya sufren el comercio y la industria, se recarga el impuesto directo en un 33 por 100 á favor del municipio, y en un 20 para las obras del desagüe. Para promover la cultura, el bienestar, la comodidad y la civilización, casi se duplica la contribución de los carruajes particulares, sin que por esto se les garantice que sus vehículos no sufrirán averías á consecuencia del pésimo estado de las calles.

   El sistema de puertas, tan reprobado por el público porque es injusto y poco equitativo, se revive hoy á despecho del buen sentido, y pronto presentará la ciudad el espectáculo más triste y repugnante, merced á la alta sabiduría del Ministerio, que grave con la misma cuota la puerta de un tendejón de Santa Ana, San Sebastián, la Palma ó San Pablo, que la vinotería de Jesús, el Portal ó la calle de Plateros. Y como este impuesto se paga por el número de puertas que tenga la casa de comercio, el ornato y la belleza de la ciudad padecerán inmediatamente, porque los causantes se apresurarán á cerrar las puertas que la ley convierte en enemigos directos del dueño del establecimiento.

   ¿En qué base descansa ese impuesto? ¿el número de puertas supone acaso mayor capital, ó utilidades mas seguras? Un ejemplo demostrará lo absurdo de esta contribución y nos autorizará para pedir su derogación. Una tienda y vinotería en los Angeles tiene tres puertas y gira un capital de 500 pesos. Conforme á la ley, debe pagar doce pesos mensuales de contribución municipal; otra casa de comercio de los mismos efectos, situada en la calle del Refugio, con un capital de 25,000 pesos y con el mismo número de puertas que la de los Angeles, pagará la misma cuota, no obstante que tenga cuarenta y nueve veces mas capital. ¿Es esto equitativo? ¿Es siquiera racional?

   La pobreza de ideas del autor, ó los autores de la ley de dotación del fondo municipal se revela en toda ella. No hay un solo artículo que nos indique el talento de los que la confeccionaron. Tomaron las leyes anteriores, inclusive las del imperio, y sin cálculo, sin criterio, sin conocimientos, se pusieron a recargarle los impuestos anteriores, dejando en la ley todas las monstruosidades que se notaban en las que le precedieron.

   Las pulquerías, las fondas, las fábricas de cerveza, los juegos permitidos, las diversiones públicas, &c., &c., todo ha recibido el aumento consiguiente á la avidez. Algunos de esos impuestos como el de un peso mensual á los figones, y el de los teatros o diversiones públicas, deshonrarían al más estúpido conservador.

   El ayuntamiento, que debe velar por la instrucción y cultura del pueblo, que está obligado á fomentar los espectáculos de cierta y agradable distracción, va á hacer imposible la concurrencia de las clases pobres á los teatros, por el recargo de una contribución que no tiene razón para existir.

   Otras mil razones podríamos oponer todavía en contra de la ley de 28 de Noviembre, pero lo expuesto basta para que se persuada el soberano Congreso de los vicios de ese decreto. Los ciudadanos verían con gusto su derogación, que esperan de la sabiduría de sus legítimos representantes era dotar suficientemente al ayuntamiento, es bastante consignarle la contribución federal que se paga en la capital. Disponiendo el gobierno general de todos los productos de la ciudad, y convertidas sus rentas en rentas de la federación, el 25 por 100 que se paga de exceso es un verdadero atentado contra la propiedad, que solo podrá disculparse convirtiéndolo en arbitrios municipales.

   Mucho ha sufrido la sociedad; tiempo es ya de que se escuchen sus justas quejas. Toca á los representantes del pueblo remediar el mal que le indicamos.

   Sin otro propósito que conseguir una historia -que a ratos intenté hacerla como la quiere O ‘Gorman-. Erudita a veces, rigurosa y desalmada por momentos también, me dispongo a la suerte suprema, de lo cual solo nace mi incertidumbre de si saldré en hombros y por la puerta grande, o bajo una lluvia de cojines y denuestos.

   La lección con que terminamos estos apuntes, proviene del recordado Dr. Edmundo O´Gorman:

“Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable”.

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XXI). FINAL DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 TRANSITO TAURINO DEL XIX AL XX. NUEVAS ALTERNATIVAS.

   Para comprender la época que revisamos, la persona y oficio de Ponciano Díaz nos da la idea exacta de cuanto queda en las postrimerías del siglo XIX y cuál será el nuevo derrotero recién inaugurado para el tiempo, es decir, el anuncio de la llega del siglo XX.

   Ponciano Díaz Salinas, último reducto de las formas de torear a la mexicana; es el segundo americano en recibir la alternativa de matador de toros en Madrid (el primero fue el peruano Ángel Valdés El Maestro).[1] El hecho se registró el 17 de octubre de 1889 en la misma plaza madrileña, de manos de Salvador Sánchez Frascuelo ante Rafael Guerra Guerrita como testigo con toros del Duque de Veragua.

   Nacido en Atenco el 19 de noviembre de 1856 crece y se desarrolla en un ambiente propicio, ajustándose a los moldes de la expresión campirana en la que deja plasmado su aprendizaje como auténtico charro. Y se forma también bajo la sombra de José María Hernández El Toluqueño, de su padre, de sus tíos, nacidos en cuna atenqueña; y de Bernardo Gaviño, su maestro por algún tiempo, como lo confirman algunos corridos dedicados a Ponciano.

   Su quehacer taurómaco de formas que hoy nos parecerían extrañas dio a su figura enorme popularidad, traducida en una entrega idolátrica por parte del pueblo.

   En el plano técnico, impuso ciertas normas que alcanzaron una trascendencia especial. Cierto que buena parte de la prensa, convencida y sustentada por las formas de torear a la española -recientemente incorporadas en México, en 1887 y traídas por Luis Mazzantini, José Machío y Diego Prieto Cuatrodedos– trató que se alineara a esa corriente, cosa que no se llevó a la práctica totalmente, por lo cual continuó su camino sin ser influido por la usanza ya citada.

   De un gran arraigo popular le fueron dedicados infinidad de corridos y versos, como el de la muestra siguiente:

 Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a Cuatro-dedos.

Yo al que quiero es a Ponciano

que es el rey de los toreros.[2]

    Marchas y zarzuelas también se dieron a conocer para poner a la altura musical al diestro mexicano.[3] Manilla y Posada, grabadores geniales lo burilaron en planchas y su figura se conoció por todo México. En muchas regiones el grito de ¡Ora Ponciano! fue la más clara manifestación de cómo exaltar la figura del toreo más popular a fines del siglo pasado.

   No sólo es su patria testigo permanente de 23 años de actuaciones conocidas (1876-1899). Estados Unidos, España, Portugal y Cuba también gozaron de la presencia de esta figura, mitad charro y mitad torero, cuyos bigotes son símbolo de genio y figura. Amo legítimo del metisaca, evolucionó también en la suerte del volapié. Coquetea con las formas de torear españolas pero se va a la tumba sin aceptarlas totalmente. Con su muerte ocurrida el 15 de abril de 1899 se cierra el capítulo único del torero que hizo acopio de las expresiones concebidas en el tránsito del siglo XIX, más mexicanas que españolas y que no llegaron al siglo XX que vemos correr frente a nosotros.

OTRA PROHIBICIÓN, DESAHOGO Y REFUGIO.

    El día 2 de noviembre de 1890 se arma tremenda bronca en la plaza de toros Colón donde se jugaron astados de Guanamé por Carlos Borrego Zocato y Vicente Ferrer. Fue tan malo el ganado y causó tal malestar que obligó a las autoridades a suspender las corridas de toros por cuatro años. Y como ya hemos visto, los incidentes de aquella tarde se desarrollaron en medio de actos violentos. Ponciano Díaz, por su cuenta, emprende una campaña taurina por todos los puntos de la república, encabezando su cuadrilla hispano-mexicana y aprovechando públicos marginados en información.

   La pléyade de toreros españoles en México nunca tuvo respuesta de intercambio, ni siquiera mínima en la península. ¿Qué toreros nuestros con mérito hubieran podido cruzar el charco si los alcances artísticos y técnicos eran despreciables? Por eso en nuestra nación abundaron diestros mexicanos y españoles que con verdades y mentiras sostuvieron una fiesta prácticamente desordenada de nuevo. Y aquella empresa de sólida estructura, la que mostraba el edificio del toreo moderno en adecuadas condiciones de operación, llegó a tambalearse peligrosamente en una oscilación cuya intensidad fue 1890-1894. Se antoja proponer a aquellos años como de “ensayos y pruebas” donde a partir de 1887 y hasta el año de 1907 -momento de la aparición del gran Rodolfo Gaona– se suceden situaciones que convergen y divergen en una marea sin descanso.

 LOS ULTIMOS PASOS O ESPLENDOR Y DERRUMBE DEL IDOLO.

 aht24rf308

El gran ídolo Ponciano Díaz. Esta fotografía es genial en la medida en que nos representa a un torero con todo el carácter que se proyectaba en el pueblo. Fuente: “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA”.

    Este torero mexicano –Ponciano Díaz-, el primero quizás que alcanza renombre nacional e internacional, supera y viola el feudalismo adoptado por otros diestros acostumbrados a servir de capitanes o gladiadores en los estados o lugares que les vieron nacer o en su defecto, a donde llegaron y se adaptaron favorablemente. Su expresión taurómaca es producto lógico de las formas preconcebidas por aquellos momentos de debilidad pedagógica y de singulares expresiones llenas de esa independencia que no logra hacer desaparecer pero sí desplazar patrones hispanos.

   En Ponciano Díaz cobró importancia un hecho: que desde el 14 de junio de 1885 y en El Huisachal haya comenzado a desplazar el “metisaca” por el volapié. Pero eso no lo era todo. De haber aceptado las normas entonces ya vigentes su situación hubiera sido distinta y al parecer recurrió a los chispazos, a los destellos y no a un esquema completo de funciones y posibilidades técnicas a la usanza española.

   Su vida profesional conocida es de aproximadamente 23 años. Se inicia en 1876 y concluye poco antes de su muerte, actuando en la plaza de sus triunfos, la plaza de toros “Bucareli”. Los resultados revelan un número increíble de actuaciones[4] que en todos esos años son realmente notables. Debe tomarse en cuenta que en los primeros años de su vida taurómaca la prensa casi no prestaba atención alguna a un espectáculo de tonalidades diversas: desordenada en consecuencia. Por otro lado, doscientas diecisiete actuaciones del atenqueño[5] se registran en una época donde desplazarse de un punto a otro significaba grandes inversiones de tiempo, esfuerzo y gran sacrificio, andar por caminos nada cómodos  eso, es un aspecto a destacar porque es entonces cuando debemos significar notablemente el papel jerárquico que jugó Ponciano Díaz para convertirse en la primera figura mexicana del toreo con niveles auténticos de importancia. En un “mandón”.[6]

   Ponciano -y hasta donde se puede contemplar- fué el único torero cuyos procederes lo ubican como un rebelde. Claro, el atenqueño es rebelde -a los ojos de los prohispanistas-, y en particular de Eduardo Noriega Trespicos. Este al principio, casi predicó en el desierto, pero luego fue respaldado entre otros, por los “falangistas”. En tanto ocurre un paréntesis con el viaje a España a mediados de 1889 y Ponciano recibe la alternativa.

   La prensa a su favor va perdiendo terreno, aunque combate en los precisos momentos de la recuperación de la actividad taurómaca en la capital del país, enfrentando la fuerza de los prohispanistas.

   ¿En qué consistió la doctrina que convence a seguidores acérrimos de Ponciano para rechazarlo? Pues precisamente en una campaña en la que la prensa acometió en críticas severas, lanzadas al tiempo en que Ponciano va a España a tomar la alternativa. En México, el imperio de la nueva expresión va ganando terreno y lo que el atenqueño ofrece, es un género que pronto será rechazado, por anacrónico. De esa manera, siguieron repitiéndose los ataques y: “Ponciano, sea usted hijo de su época”, “Ponciano, los baberos, esos baberos…”.[7] El 11 de noviembre de 1894 torea en Tacubaya con Marinero, Ecijano, Habanero, Camaleño y Basauri. Arguye Eduardo Noriega que Ponciano, investido de la alternativa cedida por el gran Frascuelo, se prestó a la farsa de “consolidarla” o confirmarla de manos del Marinero.

   En junio de 1897 torea Ponciano en Tlalpan. En agosto lo hace en Puebla, e incluso, justo en esa ocasión se filma la primera película taurina de que se tiene memoria. Los señores Churrich y Maulinie denominaron el trabajo fílmico como “Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz”.[8]

   Hablar del rescate de ese material es cosa más que imposible, pero sin duda viene a convertirse en un antecedente interesantísimo no sólo del cine nacional en su conjunto sino de una muestra clara del poder de atracción que ejercía la diversión popular de los toros en la época porfirista.

   Pero el 12 de diciembre del mismo año, y en Santiago Tianguistenco recibe el más serio aviso para retirarse de los toros cuanto antes. Tres toros de Atenco le tocan en suerte. Pero enfrentándose al segundo sufre un desmayo que por poco le ocasiona serios problemas, pues el toro arremetió contra él causándole sólo algunos golpes. Al reponerse prometió nunca más volver a los toros, aunque luego de varias revisiones se ha conocido una de esas historias que pasan por tradición y testimonio oral, en el sentido de que sí, efectivamente toreó alguna  otra corrida, sobre todo en Tenango del Valle y hacia 1898.[9]

   Para esas fechas lo encontramos derrotado ya por la campaña periodística fundamentalmente encabezada por Trespicos. Su madre, por entonces mermadísima de salud, murió el 24 de abril de 1898. La serie encadenada de fatalidades castigaba sin misericordia al ya olvidado diestro atenqueño, quien para atenuar las penas aceleró su fin bebiendo de forma tal que la muerte lo sorprendió el 15 de abril de 1899.

   Fue enterrado en el panteón del Tepeyac y le sobrevivieron sus hermanos Antonio, Mateo, José y Pascual.

   Ponciano Díaz el del jaripeo y las lazadas. Indiscutible, un gran dominador de aquellas tareas, pues tanto se familiarizó en el campo que acabó siendo un charro consumado.

   Ponciano Díaz en el toreo es el último reducto, depositario de los viejos y nuevos valores del toreo, estafeta que deja algo -lo anacrónico- para tomar un nuevo destino, destino que se llama toreo moderno a la usanza española. Sin embargo, el proceso de adaptación le va a causar serios tropiezos y en consecuencia la caída total. Ello debido en gran medida a que estando las nociones de aquel toreo tan fuertemente establecidas, Ponciano las acepta pero no las asimila del todo y es cuando recupera y pone en práctica los hechos del pasado, principalmente en provincia. Allí le verán hacer de las suyas. Sin embargo hay muestras de no querer verse desplazado.

Ponciano, que no daba duda, nació para torero, revela cada día más, una prodigiosa aptitud.

   Sin maestros, sin escuela, sin consejos y sin tener a quien imitar siquiera, hoy verifica la suprema suerte de matar recibiendo, como no lo hacen ni siquiera aguantando, los toreros que de España nos han llegado.[10]

    Y en fin, cuanto ha venido preocupándome es el sentido de si se españolizó como hizo lo suyo el gaditano Bernardo Gaviño mexicanizándose. Las consecuencias de toda esta revisión nos muestran el coqueteo de Ponciano con la nueva etapa. Estoqueaba bien y certero al volapié, desarrollaba faenas con estructura. Aquí una brevísima reseña:

(…)El toro llegó en muy buenas condiciones á la muerte: Ponciano, previa una lucida faena, se tiró con una aguantando y en su sitio, que resultó suprema es decir, de las que pocas veces se ven. El toro rodó como herido de un rayo.[11]

    Sin embargo no llegó a satisfacer el empleo absoluto de la forma española y acabó por darle a su expresión personal un toque recíproco entre su propio y nacional quehacer, y la moda puesta en vigor. Agregó a esto connotaciones extrañas, absurdas que acabaron por desaparecer primero con la campaña periodística en su contra y luego con el paso mismo del tiempo y la evolución.

   Ya lo decía Frascuelo:

Se ve claramente que en su vida ha visto torear. ¡Y es una lástima! Porque es valiente y de los buenos (…).[12]

    Todo esto ocurre cuando en México se supera una época restrictiva la cual hizo reflexionar a las nuevas generaciones del cambio que se daba en la fiesta, que aunque española de raíz, se insertó en el gusto de aquellas aficiones que también cambiaron de parecer y no concebían ya hechos del pasado. Por eso

La independencia de España supuso en algunos países latinoamericanos el final de las corridas de toros. Por reacción sentimental contra la metrópoli que las había impuesto, se prohibió un espectáculo que algunos patriotas consideraban como una bárbara, sanguinaria y anacrónica expresión, incompatible con los nuevos ideales”. Así, tanto en México como en el Perú, por ejemplo “los toros continuaron siendo la fiesta nacional por excelencia, aquella con la que el pueblo expresaba su regocijo en las grandes efemérides.[13]

    Claro, la independencia misma como deslinde de la influencia española no se significó como  el motivo principal del “final de las corridas de toros”. En todo caso, la evolución que los países latinoamericanos fueron adquiriendo en cuanto definición de su nuevo sistema, es el motivo principal puesto que se sabe de algunos que siguieron la línea centralista, otros la dictatorial y algunos más el de la federación.

   Ante la separación que se da con los movimientos libertarios en América -y concretamente en México-, aquellas generaciones van a formularse la seria pregunta de identidad: ¿qué somos ahora?

   Si hubo muestras de nacionalismo criollo, estas se depositaron en los hombres de esa época quienes, a su vez, presenciaron durante todo el siglo XIX: pugnas por el poder, luchas ideológicas, regímenes dictatoriales, centralistas y federalistas; monarquías, invasiones extranjeras y hasta el pronunciamiento de una “segunda independencia” (1867). En ese año se da la fractura del monopolio político, militar y en consecuencia, con las costumbres. En el fondo, el régimen de Juárez rompe con el viejo orden.

   Tres siglos coloniales dejaron huellas y arraigos muy marcados que fueron imposibles de eliminar. Y uno de ellos, las corridas de toros sufrieron el mismo año de la restauración de la República un grave atentado que las confinó a dos décadas de prohibición.

   Sí en cambio, sucedió una asimilación, misma que, a través de los tiempos ocasionó que el toreo en México además de manifestarse bajo unas formas sui géneris, de creación permanente y variable, mostró -permítasenos el término- un eclecticismo; es decir: cada corrida daba la impresión de realizarse como producto o resultado de otras, de la inventiva, de la improvisación -deliberada y no-. Esto es, un servirse de aquí y de allá para producir fiestas que eran distintas unas de las otras. Esto sucedió durante buena parte del pasado siglo, hasta que en 1887 ocurrió un reencuentro, un volver a mirarse España con México. De esa manera, una expresión nueva, moderna, comenzaba a dominar el panorama, a dejar en el pasado lo que ya no podía ser ni seguir siendo, y sólo era aprestarse, en consecuencia, a las líneas establecidas por los cambios que se van presentando como consecuencia de la evolución.

   De todo esto, Gaona parece resultar la figura afortunada de la fusión ya no solo de ese reencuentro, sino de los caracteres progresistas de un toreo que marcha por los caminos que comparte con José Gómez Ortega y Juan Belmonte fundamentalmente.

   Parece este un análisis que se resiste entrar a la polémica. Sin embargo, América y Europa demuestran ya aspectos de madurez en el sentido de los alcances propuestos por el arte de los toros. Pueden definirse especificidades, acerca de escuelas como la rondeña, sevillana o hasta mexicana, pero el toreo se identifica más plenamente con la proporción mayor; la de su propia universalidad.

   Pero no puede seguir esta apreciación si no se detiene a comprender el acontecimiento del domingo 8 de enero de 1888 ocurrido en la plaza Colón. Se lidiaron aquella ocasión toros españoles, tres de D. Pablo Benjumea y tres del Excmo. Marqués del Saltillo. Todos, estoqueados por Luis Mazzantini.

   Y la prensa del momento decía: “(en) Cuanto a la dirección de la plaza, ahora sí podemos decir que hemos visto una corrida de toros. ¡La primera que ha habido en nuestros redondeles! Nada de carreras, nada de desórdenes y desmanes, todo a su tiempo, cada uno en su puesto, los toros perfectamente lidiados, en fin. Lo repetimos, esta es la primera corrida que hemos visto; todo lo demás han sido herraderos intolerables. ¿Sería porque la gente quiso obedecerlo hoy más que en otras ocasiones? La razón no la sabemos, pero ya los aficionados pudieron apreciar lo que va de torear a hacer monerías y la diferencia que hay entre un herradero y una corrida de toros.”.[14]

   En todo este panorama se ha podido comprobar un síntoma ascendente cuya evolución se mostraba día con día. Quedaron atrás aquellas manifestaciones propias de algo así como quedar sin tutela o de la clara muestra por valorarse así mismos y a los demás con capacidad creativa como continuidad de la mexicanidad en su mejor expresión. En medio de ese ambiente surgió todo aquel incidente de 1867 del que hice amplio estudio, concluyendo en el carácter administrativo (que comentaré más adelante como parte de las Conclusiones). Veinte años no significaron ninguna pérdida, puesto que la provincia fue el recipiente o el crisol que fue forjando ese toreo, el cual habría de enfrentarse en 1887 con la nueva época impuesta por los españoles, quienes llegaron dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón).

   De ahí que el toreo como autenticidad nacional basada en aquellas cosas ya vistas, es desplazado definitivamente concediendo el terreno al concepto español que ganó adeptos en la prensa, por el público que dejó de ser público en la plaza para convertirse en aficionado, adoctrinado y con las ideas que bien podían congeniar con opiniones formales de españoles habituados al toreo de avanzada.

   Quedó atrás el siglo XIX y con el XX el ambiente taurino ya proyectaba toda esa luz propia de algo bien definido. Ninguna secuela quedaba de lo campirano; acaso se dio algún cartel constituido por novillada y jaripeo, como la efectuada el 8 de octubre de 1914. José Becerril y José Velasco fueron los charros en la ocasión en tanto que Rosendo Béjar fue el torero de a pie, jugándose ganado de Santín.[15]

   Buena parte de diestros españoles hicieron la América y Mazzantini continuó con sus campañas -hasta 1904- junto con Antonio Montes, Antonio Guerrero Guerrerito, Castor Jaureguibeitia Ibarra Cocherito de Bilbao, Manuel Mejías Bienvenida, Rafael Gómez Ortega Gallito, Rafael González Machaquito, Enrique Torres Bombita, Antonio Fuentes, Antonio Reverte. Junto a todos ellos, Arcadio Ramírez Reverte mexicano, Vicente Segura, y más tarde Rodolfo Gaona conformarán toda una época que consistió ya en un pleno y constituido caldo de cultivo del toreo moderno, que para aquel entonces vive su etapa primitiva. Esta se comporta -respecto a la lidia en sí- a base de lucimiento extremo con el capote (amplio repertorio de quites). La suerte de varas por entonces se practica sin peto o protección en el caballo, lo cual originaba auténticas matanzas y despanzurramiento de los cuacos. También, a la salida del toro, ya se encontraban en querencia y contraquerencia los picadores dispuestos a ejecutar la suerte. Así que la cantidad de puyazos era considerable, en medio de sangrientas escenas. Tras el tercio de banderillas, breve pero efectivo, llegaba la “hora de la verdad”, donde bajo escaso lucimiento del espada, mismo que sólo pasaba de muleta sin otra intención que la de igualar al toro y así poderlo estoquear, suerte ésta, en la cual recaía por entonces, buena parte del peso de una corrida en sí. Gracias al tiempo, el interés se ha ido reubicando y de lo realizado por capote, prácticamente ha sido depositado en la muleta con su respectiva ejecución de la espada. No existían los trofeos y dominaba más el carácter de arrebato personal producido o fabricado por cada torero. Plazas como la México de la Piedad, estrenada en 1899; o la del Toreo en la colonia Condesa (22 de septiembre de 1907-19 de mayo de 1946) daban lugar a un depurado ambiente torero, mismo que diversas tribunas del medio se encargaban de realzar en páginas y más páginas.

   Las nuevas alternativas sólo se disponían a su indicada explotación, por lo cual el destino del toreo en México tuvo por aquellos primeros años del siglo sus mejores momentos. El ganado lo había español y nacional ya cruzado de nuevo con el peninsular lo cual daba gran esplendor a la fiesta.

plaza-de-toros-bucareli_revista-de-revistas_dic-1937

Plaza de toros “Bucareli”. Fotografía que pudo haberse realizado pocos meses antes de que el coso fuera derribado en junio de 1899. Tomada de Revista de Revistas. El Semanario Nacional. Número monográfico dedicado a los toros. Año XXVII N° 1394. 7 de febrero de 1937.

CONTINUARÁ.


[1] Antonio Garland. Lima y el toreo, p. 106. Ángel Valdez se fue a España. Para que le reconocieran su condición de matador, después de muchas reticencias y prejuicios, tuvo que volver a recibir formalmente la alternativa. Lo hizo en la plaza de Madrid el 2 de septiembre de 1883, cuando tenía 45 años. Se enfrentó al toro “Cucharero”, un colorado marrajo y zorrastrón que apareció en la plaza como un huaico.

[2] Armando de María y Campos. Ponciano el torero con bigotes, p. 162.

[3] José Francisco Coello Ugalde. Ponciano Díaz torero del XIX (biografía), h. 52-4.

   El mundo de la música se acerca también a Ponciano Díaz, y en el año de la reanudación del espectáculo taurino -1887-, se estrena el juguete ¡Ora Ponciano! escrito por don Juan de Dios Peza y musicalizado por don Luis Arcaraz, donde

se aprovecha en él la fiebre que había en la capital por las corridas de toros y se glorificaba al ídolo taurino del momento: Ponciano Díaz. La piececilla gustó mucho y se repitió innumerables veces, hasta culminar con la aparición del propio matador en la escena durante dos o tres noches (Luis Reyes de la Maza. Circo, maroma y teatro, p. 274-5).

Por su parte Juan A. Mateos escribió en 1888 la zarzuela “Ponciano y Mazzantini” con música del maestro José Austri. Debido a la gran pasión despertada por estos dos espadas incluso

[varias] veces hubo que se llegó a las manos por dilucidar (sic) cuál de los diestros toreaba mejor.

   Los actores vistieron trajes de luces pertenecientes a los espadas y el Teatro Arbeu fue insuficiente para dar cabida a tanto número de espectadores llegando aquello al paroxismo total.

   A Mazzantini aquella idea de verse representado en un escenario le gustó y aceptó la sugerencia de presentarse como actor en el Teatro Nacional en una función de beneficencia a la que asistió don Porfirio Díaz. El buen éxito alcanzado animó al diestro a presentarse dos veces más en diferentes obras, y como el público le aplaudió más que a los otros actores, el matador seguramente creyó que era tan buen actor como buen torero (Op. cit., p. 277).

   Al ampliar esta información se sabe que entre el 25 y el 31 de diciembre de 1887, hubo un asunto que fue gran tema de conversación. Algunos aficionados llegaron al extremo de alquilar el Gran Teatro Nacional para arreglarlo de tal modo que pudieran darse en él algunas corridas de toros en las noches, toreando las cuadrillas de Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Hoy, esa especie provoca estruendosa carcajada, pero entonces se la acogió como verosímil y aun hubo quien hiciera proyectos de reventa de boletos. Ese notición fue publicado en el periódico taurómaco El Arte de la Lidia.

   El género chico ha sido considerado subliteratura, dice Aurelio de los Reyes. Justifica tal exposición con aquello de que

en el (Teatro) Principal habían seguido en auge las tandas de los Hermanos Guerra afortunados empresarios de zarzuela barata: su más rico filón se lo proporcionaban el episodio histórico-lírico CADIZ (…) No creo, a la verdad, que perjudique gran cosa la historia del arte, no deteniéndome más en tan exiguas novedades: por igual causa me contento con citar el estreno en el teatrillo Apolo, de Tacubaya, de la zarzuelilla de circunstancias “Casarse por la influenza”, el de un sainete titulado “La coronación de Ponciano”, en el (teatro) Arbeu, y en otro teatro de más inferior clase el del a propósito “La fiera de San Cosme”. (Aurelio de los Reyes. “Una lectura de diez obras del género chico mexicano del porfirismo”. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas. Boletín del IIE, No. 54. p. 132. En Reyes de la Maza, op. cit., p. 278 (…) En esos mismos meses se representa “La Gran Vía” (era una) zarzuela localista, (que) obligó a Isidoro Pastor -quien mandaba a un grupo zarzuelero- a añadir algunos diálogos de oportunidad en los que los españoles elogiaban sin reserva a Ponciano Díaz.

   Es preciso recordar que el día de la inauguración de la plaza “Bucareli” luego de que hizo su aparición don Joaquín de la Cantolla y Rico una niña encantadora (Josefa Romero) -toda de blanco vestida- coronó

a Ponciano con laureles y mirtos, mientras el diestro que estrenaba ropa morada y oro, aceptaba de rodilla las conmovedoras ofrendas. (Manuel Horta. Ponciano Díaz. Silueta de un torero de ayer, p. 277).

   En “Manicomio de cuerdos”, otra zarzuela, con letra de Eduardo Macedo y música del maestro José Austri se incluyen fragmentos de elogiosas dedicatorias a Ponciano Díaz. (María y Campos, op. cit., p. 198-9).

   La influencia musical tuvo gran peso y se sabe que en media república se tocaba una marcha titulada “¡Ahora, Ponciano!”, que recordaba la frase -exclamación- cuidadosa que el público hacía en las plazas, indicando al espada cuando podía entrar.

   Otro caso es el de una composición cómica titulada “¡Ahora Ponciano!” y dos musicales que tenían ese mismo título y el de “A los toros”. (Carlos Cuesta Baquero. Historia de la tauromaquia en el Distrito Federal, 1885-1905 T. II., p. 56).

[4] 651 según el último de los balances que se desprenden de la acuciosa revisión hecha a la prensa de la época (N. del A.).

[5] Op. cit., h. 121-137. En esta suma de actuaciones se incluye todo lo registrado en la prensa de aquel entonces y en lo que estuvo a la mano consultar. Las hay de 1876 a 1899 y se distribuyen en casi todo el territorio nacional, así como varias visitas al extranjero. Por ejemplo: 1884 Nueva Orleans; Madrid, Puerto de Santa María, Porto, Portugal, Villafranca se Xira, Sevilla en 1889. La Habana, Cuba también es visitada por el torero en diciembre de ese mismo año. Laredo, Texas, agosto de 1894. Este dato fue el que arrojó un primer balance, hecho en los momentos en que esta tesis fue concluida. Es decir, en 1996. (N. del. A.).

[6] Guillermo H. Cantú. Manolo Martínez, un demonio de pasión, p. 87-93.

LOS MANDONES EN LA HISTORIA.

   Una rápida mirada a la tauromaquia en los últimos cien años nos da idea de lo poco numerosos que han sido los mandones en la fiesta. Durante la postrer década del siglo pasado solo sobresalen dos cabezas: Ponciano Díaz en México y Rafael Guerra “Guerrita” en España. Ambos toreros juegan en solitario, sin pareja, sin rival permanente, invadiendo terrenos y ganando batallas hasta quedarse solos mientras el boomerang de su propia dictadura se vuelve contra ellos. El primero fue sacado con lujo de fuerza. Su éxito le había proporcionado medios económicos para construir su propia plaza en la capital mexicana: la de Bucareli. Ahí se había instalado para vivir en compañía de su venerada madre y en ese mismo templo de su magisterio recibe, sin estar en casa, a la furibunda turbamulta, que acude vengativa a cobrar los “agravios”. La tromba humana, vigorizada por la gota que derramó el vaso, arremetió sin gobierno, destruyendo todo lo que encontró a su paso.

   En tiempos mejores se decía que en México había tres indiscutibles. La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apan. No faltaron el aficionado que mantuviera prendida una veladora ante la imagen del Charro de Atenco, ni los que apedreaban a los “agachupinados” que se atrevían a elogiar a Luis Mazzantini, el elegante diestro importado de la época.

   Mismo destino de terminación abrupta sufriría Rafael Guerra en España cuando” “Tras desnudarse, con lágrimas en los ojos, dijo: no me voy, me echan”. Las carreras de ambos toreros finalizan en 1899. Ponciano descansa para siempre en el mes de abril [de 1899] y El Guerra se retira a la vida privada en octubre del mismo año, junto con el siglo XIX. A ninguno de los dos lo sacó otro torero sino los anticipos de la muerte, el tedio o la volubilidad de los aficionados. Es curioso, pero ninguno de los mandones de la fiesta ha sido movido de su pedestal por otro torero, como veremos más adelante.

   No se puede ser mandón sin ser figura. No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente.

   Ser mandón tiene mucho que ver con el carácter del individuo, con su estructura psicológica, su fuerza natural, sus maneras de enfrentar al mundo y con su capacidad para conjugar a su favor las necesidades internas del hombre cara a la presión del ambiente externo. El mandón es dueño de la determinación de hacer valer su voluntad por sobre todas las cosas, sin importarle el costo, es decir el esfuerzo que eso requiera. Puede sostenerse firme en su atalaya psicológica porque, al contrario de los demás, esto refuerza el andamiaje básico de su personalidad.

   En la fiesta han habido muy pocos mandones y bastante menos los que han podido aquí y allá. Por un tiempo mayor a dos temporadas ninguno. Es muy difícil mantenerse en el mando. El toreo es de machos, de hombres valientes, de ejercicio continuo de la voluntad, de control de las emociones, de dominio del miedo, de seguridad interior, de aguante. En esta profesión, nadie se deja… si puede. Por eso, ser mandón se da muy pero muy ocasionalmente. Exige una concentración agotadora, demanda olvidarse casi de todo lo demás. Pocos han estado dispuestos a pagar el precio. Por eso, llegar a ser un mandón resulta poco menos que inaccesible.

[7] El Noticioso del 16 de octubre de 1894, Nº 155. LOS PICADORES: Los baberos, Ponciano, los baberos. No sea vd. terco,  afean  al  picador, esa  es  una  de  tantas malas reliquias dejadas por Gaviño, sea vd. hijo de su época, ame el progreso y rompa con la tradición ó ¿no le servirá a vd. de nada su viaje a Europa? Dice vd. que quiere dar gusto a la afición ¿pues porqué conserva esos inmundos cueros que a nadie le gustan, que todos critican y que hacen que se juzgue á vd. un hombre rutinario incapaz de todo progreso?

[8] Paco Ignacio Taibo I. Los toros en el cine mexicano, p. 8. (Prólogo de Julio Téllez). Fueron los señores Enrique Maulinie y Churrich, franceses radicados en México, quienes iniciaron la producción de películas mexicanas en la ciudad de Puebla, siendo Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz la primera película filmada en México, misma que fue exhibida en Puebla, en agosto de 1897.

[9] Coello, op. cit., h. 133. Efectivamente, el testimonio oral es del Sr. Benjamín Gómez Reza. Aunque todavía el 6 de marzo de 1899 se efectúa una encerrona en la plaza de Bucareli ofrecida por Ponciano Díaz a su ahijado Carlos Moreno, apenas un mes y días antes de su muerte sucedida el 15 de abril siguiente.

[10] El Monosabio, Nº 5 del 14 de enero de 1888, p. 2.

[11] El Monosabio, Nº ? del 3 de noviembre de 1888.

[12] Pedro de Cervantes. Diez lustros de tauromaquia, p. 90.

[13] Revista FANAL, vol. XXI, No. 77, 1966. Perú.

[14] Cuesta Baquero, op. cit., p. 147-9. En aquella tarde se lidiaron seis toros españoles -tres de la ganadería de D. Pablo Benjumea y tres de la del Excelentísimo Marqués del Saltillo. Todos fueron estoqueados por Mazzantini.

   Hubo dos incidentes en esta corrida: Ramón López estuvo a punto de sufrir una cornada al caer delante de uno de los toros del Saltillo, libertándose gracias a la oportunidad con que estuvo al quite Mazzantini. Este le brindó la muerte del quinto toro al espada Ponciano Díaz, que estaba de espectador en una lumbrera. El torero indígena bajó al redondel, después de que arrastraron al toro, y le dio al matador un abrazo que puede considerarse como falsa demostración pública de una amistad que no sentía. Por cortesía únicamente hizo esta efusiva manifestación, pero con hechos, con actos hostiles, anteriores y posteriores a ella, la desmintió.

   Ponciano había comenzado la lucha en contra de Mazzantini, desde antes que éste llegara al país. La construcción de la plaza de toros que estaba próxima a terminar (la de Bucareli), no tenía otro fin que ser escenario de sus aviesas intenciones. Igual era el de un periódico ilustrado con caricaturas, que vio la luz pública quince días antes que el espada guipuzcoano toreara la primera corrida.

   Se llamó El Mono Sabio la publicación en apoyo al de Atenco, y salió el primer número el sábado 26 de noviembre. Aparecía como editor y propietario el Sr. D. Telésforo Cabrera, hermano del Lic. D. Daniel, que redactaba el Hijo del Ahuizote, periódico político, también ilustrado con caricaturas. Ambos periódicos eran satíricos y el de toros estaba escrito por el mismo Licenciado y D. Alberto del Frago, redactor de El Diario de los Debates, publicación dedicada a dar a saber los asuntos discutidos en la Cámara de Diputados.

[15] Artes de México Nº 90/91, p. 141.

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XX). EL ESPECTÁCULO EN LA SEGUNDA MITAD DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

CAPITULO V: RECUPERACIÓN DEL ESPECTÁCULO. CAMBIOS HACIA UNA NUEVA CONCEPCIÓN DE LA TAUROMAQUIA. EL SISTEMA Y LA SOCIEDAD FRENTE AL TOREO ¿MARCAN ALGUNA DIALÉCTICA DE BENEFICIO?

Cómo en cada época y su sociedad respectiva han inventado una forma más libre de llevar cotidianamente la vida.

Juan Pedro Viqueira Albán. ¿Relajados o reprimidos?

   El toreo debemos entenderlo como un sentido compatible con las razones que van camino de definir nuestro ser. Los toros como manifestación técnica y estética, también expresan carácter de identidad. México como nación es una historia con un impacto dramático muy especial, por cuanto existe en la múltiple ambición reducida a una de las partes de “Fuente Ovejuna” de Lope; al respecto de aquello que dice: “Todos a una”. Fueron muchos años de intensa exploración muy costosa, pero algo satisfactorio había de llegar. Como sentido pasajero arribó en 1867, año de la Restauración de la República. La fiesta, se comportaba justamente como respuesta mimética -si es válido etiquetar así tal síntoma- del orden de cosas existentes plaza afuera.

   Es el siglo XIX una veta riquísima donde ocurren a poco de sus comienzos las jornadas bélicas de independencia. Tras ese hecho histórico se generan los normales deseos de cambio en todas las estructuras de la sociedad. Y no podía faltar la taurina. Sin ser notorio un lineamiento para dar continuidad a la tauromaquia peninsular -como resultado de esa liberación-, se ponen de moda géneros de diversión sui géneris, como las “jamaicas”, “montes parnasos”, “toros embolados”, y un “toreo campirano”, conceptos todos ellos practicados en los escenarios dispuestos para su puesta en escena: la plaza de toros. Allí mismo se dieron a la tarea de recuperar la noción del toreo algunos de los espadas mexicanos como Luis, Sóstenes y José María Ávila, Pablo Mendoza, y otra pléyade, los cuales compartían las palmas con Bernardo Gaviño y Rueda quien trajo de España el contexto más vigente del arte de torear para entonces.

   Esta mezcolanza fue de la mano hasta el arribo del año 1867, momento en que bajo el régimen de Benito Juárez -de gesto proliberal y administrativo para con el asunto en tratamiento-, ponen en entredicho la “anarquía” entonces prevaleciente en las corridas de toros; por lo que no se concede licencia para la lidia de toros en el Distrito Federal. Tal prohibición se prolongó largos 19 años y meses. En tanto, plazas provincianas permitieron la extensión de aquellos festivos deleites y Cuautitlán, Tlalnepantla, El Huisachal, Toluca, Pachuca, Puebla y otras eran escenario perfecto para tan significativos goces populares.

   Fue a finales de 1886 en que se derogó el decreto antedicho, lo cual permitió que se produjera un auge sin precedentes en la historia taurina de México. Se construyeron plazas de toros, se inició un reencuentro del periodismo con el aficionado, haciéndose notorio el lado didáctico de ese empeño. La llegada de los toreros españoles marca un punto de partida para lograr, además de una competencia con nuestros toreros, el enraizamiento de por vida del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna.

   De ese modo vinieron a erradicarse viejos vicios y comenzó  una nueva etapa donde se hizo notoria una asimilación y un deseo por encauzar la fiesta brava en el derrotero definitivo. Para ello, sirvió la labor constante, activa y combatiente de los periodistas, verdaderos conocedores del arte de “Cúchares” y que para mayor beneficio de la afición, abrevaron de obras fundamentales venidas de la península ibérica. La creación de grupos como el “Centro Taurino espada Pedro Romero” marcó otro triunfo más poniendo de manifiesto el ideal de una tauromaquia largamente esperada en México. En oposición a ello, hay tribunas y existen públicos que son afectos a los valores mexicanos, cuya situación perderá terreno conforme vaya dominando la nueva arquitectura en el panorama nacional.

   No solo eso. También se debe hacer notar un sentido de independencia radical manifestado por Filomeno Mata, Eduardo Noriega Trespicos, Wenceslao Negrete o por Manuel Gutiérrez Nájera,[1] principales representantes del entorno de una actividad periodístico-político-taurina, donde se encuentran dos vertientes opuestas cuya labor se cimenta en ideologías de un nacionalismo exacerbado con ejemplos como El Monosabio, El Arte de la lidia, El arte de Ponciano, La verdad del toreo, contra la visión del prohispanismo donde La Muleta, y El Toreo Ilustrado fueron los exponentes más claros y en donde se encuentra un empeño en consolidar sus propósitos. Tales corrientes del pensamiento periodístico constituyen a la larga, un baluarte para definir estructuras pedagógicas inapreciables. Y si en un principio no fueron estables, al final ganaron en calidad con una prensa reforzada total e ideológicamente, pero que luego fué perdiendo valores por la incapacidad moral de muchos llamados “periodistas”, cuyo descaro provoca deformación en las ideas colectivas pues no utilizan su fuerza sino para todo, menos para sancionar con justicia las cosas habidas en el toreo.

   José Machío y Luis Mazzantini, españoles ambos, son la motivación adecuada para definir eternamente una expresión de torear tal y como hoy la conocemos. Desde luego, hace un siglo vinieron a sembrarse esas raíces que, junto a las de Ponciano Díaz, máximo representante de la torería mexicana, fueron adquiriendo forma, expresión y belleza, al paso de los años. El arte y la técnica concurren a poner el toque distintivo y permanente de la razón con que se inicia y desemboca todo este gran movimiento del toreo moderno en México.

   Y sin saberlo, Benito Juárez o las autoridades administrativas responsables del momento, en vez de perjudicar a la fiesta propició en gran medida -o al menos, influyó- en los cambios radicales de la fiesta de los toros al final del siglo XIX. Aunque de hecho, la derogación  fue  motivada por la urgencia de costear las obras del desagüe del Valle de México.

   Esto seguía siendo una cuestión normal, luego de que en el siglo XVIII, las fiestas taurinas fueron utilizadas  como apoyo económico, y servir de esa manera a mejorar muchas obras públicas, razón que una vez más, vuelve a presentarse en los momentos de la recuperación del espectáculo en la capital del país.

   Con la reanudación casi 20 años después al decreto autorizado por Juárez, sucede lo que puede considerarse como un “acto de conciencia histórica”, intuido por aquellos que lejos de la política intervinieron en la nueva circulación taurina en la capital del país. Se preocuparon por rehabilitar lo más pronto posible aquel cuadro lleno de desorden, un desorden si se quiere, legítimo, válido bajo épocas donde las modificaciones fueron mínimas. Uno de esos participantes fue el entonces popularísimo diestro Ponciano Díaz que si bien, pronto se alejó de esos principios y los traicionó, dejó sentadas las bases que luego gentes como Eduardo Noriega -dentro del periodismo-; los miembros del centro Espada Pedro Romero y el Dr. Carlos Cuesta Baquero, serán los representantes natos de aquella reforma que superó felizmente el crepúsculo del siglo XIX. Y Ramón López se suma a este movimiento.

   Por otro lado, el aprendizaje de las tareas charras adquirido por Ponciano es el producto de una herencia y una vivencia profundamente ligadas a la actividad cotidiana ejercida en el campo bravo de Atenco. Allí se formó con profundo apego a las normas y cuando “rompe” al mundo exterior no se divorcia de todo un aparato formativo; al contrario, sigue practicándolo pero combina las formas de torear entonces en boga, con su auténtica expresión de charrería. Logra gustar en buena parte de su trayectoria, aunque más tarde cae en vicios que no puede dominar, siendo víctima de su propia ceguera, trampa de la que ya no podrá salir. Estos “vicios” fueron en Ponciano formas de aceptar lo impuesto por España y después negarlas; o en su defecto, insinuar que ya era posible verle torear como los hispanos, cuando no se trataba más que de un consumado charro metido a torero. Un charro de fuerte arraigo social al que le toca enfrentar el más radical de los cambios para el toreo en México durante el siglo XIX.

   Frente a aquel estado de cosas, vale la pena una revisión crítica que parte de la razón con que Ponciano Díaz se desenvuelve de 1876 a 1887 -en provincia, desde luego- con el afecto popular de su lado, hasta que empieza a desarrollarse ese periodismo que no se sustenta en florituras ni en aguerridas estampas de la charrería o el jaripeo. Ese nuevo periodismo incorpora los valores de una noción moderna que en España daba grandes frutos y en México se perfilaba a inicios bien sólidos. Pero también se da el periodismo que favorece el quehacer de Ponciano, figura principalísima de ese momento.

   Dejemos un momento la situación netamente torera y vayamos al aspecto que se sumerge en los aspectos de carácter social, propios del porfiriato. Para ello, cuento con una fuente importante, la de William Beezley, investigador de la North Carolina State University, y su artículo: “El estilo porfiriano: Deportes y diversiones de fin de siglo”.[2]

   En ese trabajo no sólo se encuentra la envolvente de las diversiones, sino que también no deja de repasar las condiciones políticas y sociales del momento. Veremos más adelante el espacio dedicado a los toros y las imprecisiones en las que incurre.

  Acierta Beezley al decir del régimen y sus engranes, que

Los porfiristas unían todo con una laxa ideología a base de positivismo compteano con toques de catolicismo o anticlericalismo, de indianismo o anti-indianismo y con dosis más o menos grandes, más o menos pequeñas de la fe liberal en la eficacia de la propiedad.[3]

Justo es precisar que si bien, el autor se dejar llevar por el lado de los juegos, es de persuadirnos con anticipación del análisis que hace sobre el régimen para así evitarnos caer en situación semejante.

   Dice que en 1895 se resuelve un gran problema habido entre iglesia y estado (que no es más que el de la política de conciliación). Por tanto la feliz solución a todo esto fue la coronación de la Virgen de Guadalupe -el 12 de octubre de 1895- que no hubiera tenido lugar sin el permiso del Papa y sin la aquiescencia de don Porfirio.

   Por esa y otras razones se piensa que se dio paso a un optimismo no solo reflejado en política o economía sino que como persuasión cultivase con los entretenimientos, “porque los mexicanos escogían claramente y sin ambigüedades su diversión” dice Beezley. El citado optimismo parte también de una llamada “tranquilidad política” y del “éxito económico”, no por la ideología política o la filosofía económica en cuanto tales. Ello daba o apuntaba en el sentimiento popular de que el mexicano común pensara en el porvenir lo cual significa la ya citada “persuasión”.

   En cierta forma, esa reacción popular era apenas algo más que una manía, que se extendió por la nación hacia 1888. Se desvaneció con la depresión de 1905, y desapareció con el estallido de la revolución en 1910.[4]

Llama la atención la cita de 1888. Justo es recordar que ubicado el asunto temporal en el toreo, ha corrido un año aproximadamente después de la recuperación de la fiesta en la capital del país.

   Nuestro autor presenta según su perspectiva asimilada al concepto taurómaco. El mismo confiesa que “los anglosajones veían todo con horror”. Cita con alto grado de superficialidad e incluso hasta de cierta desinformación el proceso de las formas que constituían al toreo en el siglo XIX en un tono próximo al de guía de turistas.

  Es importante -antes de abordar el punto central- su opinión sobre los valores que resaltan del espectáculo decimonónico.

Durante el siglo XIX, la corrida fue metáfora de la sociedad mexicana. El “presidente” representaba al caudillo, cacique o patrón que regía las actividades de todos y señalaba el ritmo del quehacer diario. Solo en una sociedad paternalista podía tener sentido un ritual semejante. Los “actores” señalaban jerarquías sociales en las que cada hombre desempeñaba su papel y dejaba que la sociedad como un todo llevara a cabo la tarea. Aunque había cooperación entre banderilleros, picadores y toreros, no formaban un verdadero equipo. El matador dependía de los demás, pero sin duda pertenecía a una jerarquía más alta y recibía todos los honores.

   El matador era epítome de la fiesta; debía mostrar aquellos atributos que, dentro de ese orden masculino, se consideraban más valiosos. Tenía que enfrentar a la naturaleza despiadada en su expresión más feroz: el toro enfurecido. El torero debía ser más valiente, inconsciente en su desconsideración, firme ante la caída del toro; debía olvidar riesgos, ignorar heridas y temores y arriesgar por el honor aun su vida. Pero  sobre todo debía actuar con gran cortesía y refinado decoro. Campesinos, peones, léperos, trabajadores -la sociedad entera (los comentaristas señalaban a menudo que el público era una muestra de la sociedad)- admiraban la cortesía mexicana, la impavidez ante el peligro y la necesidad de hacer frente a cualquier riesgo. La corrida reunía crueldad, sangre y muerte, pero también la vida.[5]

Lo anterior resume el concepto de estabilización que obtuvo el toreo luego de superar además de la prohibición de 1867, las condiciones mismas de búsqueda y ubicación debido ello al natural curso de una fiesta sin tutoría específica; más que la del libre albedrío.

   Llegamos a lo que puede ser un serio problema de apreciación y ubicación temporal por falta de conocimientos sobre el tema. No es negado que bajo el porfirismo y por razones que se han de explicar en su momento, se prohibieron las corridas de toros de 1890 a 1894 y no como lo dice Beezley, que

En el primer gobierno de Porfirio Díaz se prohibieron las corridas en el Distrito Federal y otros estados importantes, incluso Zacatecas y Veracruz. Esta restricción duró hasta 1888, año en que se permitieron otra vez en la capital, los estados mencionados y el resto del país.[6]

   Donde de plano las cosas desquician -y es de lamentar el esfuerzo del estudioso norteamericano- es al justificar las causas de aquel bloqueo, causas que bien podían encajar dentro de las condiciones propias de 1867 y dentro de la personalidad no del dictador sino del presidente liberal que lo fue Benito Juárez. O por el otro lado, pensar en Díaz, pero en el Díaz de 1890-1894, periodo de la ya citada futura prohibición. Así, la primer causa es que se haya debido a

la ambición política y nacionalista de Díaz (¿progresista y de avanzada por parte de Juárez?). Quería este el reconocimiento diplomático y político de Estados Unidos y Gran Bretaña, países que criticaban duramente el atraso de la sociedad mexicana, y describían al país como una tierra de bandidos que tenía un gobierno inestable, no pagaba sus deudas y que además se complacía en la crueldad con los animales. Se referían a las corridas como simple hostigamiento del toro, en las que se atormentaba al animal para distracción del público, y se le mataba solo cuando la multitud caía en el aburrimiento. Al prohibir las corridas en la capital, en un puerto tan grande como Veracruz y en Zacatecas, la principal zona minera, pocos extranjeros verían el espectáculo, con lo que el dictador afianzaría su imagen de reformador que sacaba a México de la barbarie para colocarlo en la comunidad de las naciones occidentales.[7]

   Posiblemente se hayan generado los ataques por parte de Gran Bretaña y Estados Unidos pero no por la mera intención de orientarlos a la “barbarie” arrojada por el espectáculo taurino. Es posible sí, que los viajeros norteamericanos o europeos se hayan expresado en oposición o con repudio hacia la fiesta torera (v.gr. W. H. Hardy, Latrobe y otros). Vemos en la literatura consultada para la confirmación de aquel progreso o retraso de las economías que sí, efectivamente hubo avance aunque se soslaya el problema social -entonces muy intenso entre las capas inferiores- para darle a las altas esferas todo favorecimiento en diversas ramas de la economía. También ocurre dentro de este cuadro de economías un  impacto  de  las  inversiones  extranjeras  que  permitió desarrollos que no pudieron frenar aun así la explotación.

   Pensamos finalmente que siendo los Estados Unidos de Norteamérica y la Gran Bretaña dos potencias de donde se apoyaba México con los grandes préstamos, ese reclamo se haya hecho notar en plena época del dominio juarista.

   Nuestro país, fue en un momento “tierra de bandidos”. La resaca de guerras internas, motivo este de definición por muchos años de nuestro destino y nuestra razón de ser, arrojó un constante “desempleo” de la parte castrense porque

La república restaurada va a ser de tipo civil, lo castrense está supeditado al civilismo. Se busca la pacificación y se licencia la tropa, aumentando por eso el bandolerismo.[8]

   Que conste la “tierra de bandidos” sigue dando cosecha. La prohibición tuvo reflejo en los siguientes puntos del país: Puebla, Chihuahua, Jalisco, Oaxaca, San Luis Potosí, Hidalgo y Coahuila (y nunca Veracruz y Zacatecas. Incluso en Zacatecas toreó mucho Lino Zamora allá por los años ochenta). Otra contradicción.

   El Gral. Porfirio Díaz era afecto a las corridas de toros. Incluso se dice que en sus años mozos “echaba capa”. Asistió en distintas ocasiones a corridas y eso de que “afianzaría su imagen de reformador que sacaba a México de la barbarie para colocarlo en la comunidad de las naciones occidentales” no es directamente un reflejo brotado de aquellos grupos asistentes a las fiestas toreras. Sí

del panorama social (del que) fueron desapareciendo los agresivos y ásperos perfiles de mochos y chinacos al ser sustituidos por el comedimiento enchisterado de esos hombres y mujeres que ahora, al modo de una especie zoológica desaparecida, se clasifican como de “tiempos de don Porfirio”.[9]

   Es ahí entonces, cuando se da el auténtico acercamiento a la comunidad de las naciones occidentales.

   Aquí otra cita de Beezley.

Después de 1888, los bonos de Díaz y especialmente del país se habían elevado considerablemente a los ojos del mundo. Díaz no necesitaba ya preocuparse por la reputación de crueldad que tenía México, de modo que ignoró la petición de la Sociedad para prevenir la crueldad con los Animales (cuyo presidente honorario era su mujer), y del Club contra las Corridas de Toros. En vez, el gobierno se dedicó a exigir sombreros de fieltro y pantalones a los indios que llegaban a la ciudad, para que en la apariencia por lo menos, tuvieran un aire europeo. Hacia 1890 el éxito de Díaz hizo crecer el sentimiento de orgullo en México, y el nacionalismo en ciernes revivió las que se consideraban tradiciones genuinas. Ese nacionalismo se alimentaba de un sentimiento romántico hacia los aztecas y hacia la cultura colonial. La sociedad capitalina celebró una “guerra florida”, farsa que recreaba el ritual azteca, con un desfile de carros alegóricos, desde los que los pasajeros se arrojaban flores. Díaz descubrió el monumento a Cuauhtémoc en una de las glorietas más importantes de la ciudad y permitió que se reanudaran las corridas en la capital.[10]

   Posible es que en 1888 haya existido una “Sociedad para prevenir la crueldad con los Animales” pero un Club contra las corridas de toros, solo pudo estar formado de aquella parte de la prensa opositora, liberal y radical amen de contar con los inconfundibles aliados del progreso. Y junto a la exhumación de “guerras floridas” y el descubrimiento de la figura de Cuauhtémoc, como una revalorización de nuestras culturas ancestras, Díaz -o su régimen- permiten la circulación de nueva cuenta a las corridas de toros que, como ya sabemos se da en el Congreso a partir de diciembre de 1886. En la práctica, justo el 20 de febrero de 1887. Quizás se refiera Beezley a la prohibición de 1890 a 1894 (de la que hablaremos en el capítulo VI de esta tesis), cuando el gobernador del Distrito Federal el general Pedro Rincón Gallardo concedió el permiso correspondiente para que el 20 de mayo de 1894 y en la plaza de Mixcoac actuaran: Juan Moreno El Americano, José Centeno y Leopoldo Camaleño (quien recibió la alternativa) con toros de Atenco.

   Otra explicación para que se prohibieran las corridas se encuentra en las hipótesis antropológicas de juego profundo (deep play) de Clifford Gertz, y de exhibición ritual (ritual display) de Susan Burrell. Con estos elementos Beezley dice que

La corrida significaba sumisión al caudillo en una sociedad piramidal, que pedía al individuo ignorar todos los riesgos, para que llenara la función tradicional que se le había asignado. La corrida era antítesis de la plataforma política a la que Díaz aspiraba, que pedía cambios en el gobierno, elecciones genuinas y el final del caudillismo. Desde 1876 hasta 1888 Díaz y Manuel González consolidaron el poder arrasando con caudillos locales y regionales, rompiendo las alianzas en el ejército y destruyendo los lazos personales en los negocios. Díaz alentó el centralismo en el gobierno y la economía capitalista como ideales impersonales e institucionales. La consolidación del poder no admitía individualismo exagerado o resistencia desordenada. Hacia 1888, el sistema se hallaba donde Díaz quería tenerlo. Había reordenado el poder político, casi no necesitaba hacer uso de la fuerza, había conseguido reconocimiento nacional e internacional, y estaba listo para que se le reconociera como padre de la patria, y, como tal, podría mediar, orquestar, recompensar y castigar. El nuevo patriarca estaba listo para volver a los despliegues rituales del paternalismo. Asolearse en una corrida ante la presencia del patriarca, aunque solo fuera en sentido metafísico era una cualidad del estilo porfiriano de persuadir.[11]

   Justo en recientes notas tomadas de una obra preparada por el Dr. Juan A. Ortega y Medina, califica en tonos distintos al espectáculo de toros, ya como “vestigio vivo de la crueldad española” o aquel otro en donde dice “que las corridas son un rezago prehistórico y mítico; un críptico culto heliolátrico que por vías misteriosas se cultiva todavía en España y que aquí en México, como en otros lugares del mundo hispanoamericano, encontró acogida entusiasta, acaso por la oculta razón de la superposición del culto ibérico al Sol con los cultos prehispánicos solares”.[12]

   Las visiones de W. Beezley son interesantes, aunque no encajan cuando se habla de Díaz, mismo que inicia su quehacer  político en 1876 (quehacer con el que llega al poder) luego de realizar las acciones que condujeron al Plan de Tuxtepec. Sí, todo cae en el eje de Porfirio Díaz, menos las cuestiones que ahora nos atañen, la conclusión es que encontramos aquí un desfasamiento de dos décadas, a partir de la prohibición impuesta en 1867. Lo posible aquí es que Díaz -en cuya dictadura se mantiene diez años ese decreto-, Beezley hace suyo para el general mismo ese decreto. Es cierto, aunque las corridas continuaron su curso normal en distintos puntos del país y tan cercanos a la capital -crasa provocación- como Tlalnepantla, Texcoco, Toluca y otros.

   Que si el sistema y la sociedad marcan alguna dialéctica de beneficio, pienso que sí. En primera instancia lo dialéctico comprende ese carácter de correspondencia (o, en su defecto cuando tiene que entenderse la síntesis de los opuestos, por medio de la determinación recíproca). Pues bien, es existente en dos fuerzas que van nutriendo sus razones mismas de ser. El toreo seguía siendo una expresión que de modo más rotundo, hicieron suya los mexicanos, por lo cual no era difícil que se congregaran las multitudes, donde lo abigarrado de los tendidos permitía mezclas informes de gentes de la alta sociedad y del bajo pueblo como en símbolo propio de la proyección que el espectáculo garantizaba.

 PLAZAS – GANADERIAS – TOREROS.

    Hemos visto al inicio de este capítulo lo relacionado a plazas de toros, de las cuales se levantaron un buen número y en poco tiempo por diversos puntos de la ciudad.

   Por ejemplo San Rafael fue inaugurada el 20 de enero de 1887. Colón y Paseo el 10 de abril del mismo año; Coliseo el 18 de diciembre, también de 1887. Bucareli, 15 de enero de 1888. Ese mismo año, Ponciano Díaz quien era dueño en sociedad con José Cevallos de la de Bucareli, estrena otra plaza más en la Villa de Guadalupe. Y, aunque de menor trascendencia, en el barrio de Jamaica se instaló la plaza Bernardo Gaviño. Se sabe que hubo una más por el rumbo de Belem. Como es de notarse la efervescencia del toreo creció notablemente y las plazas surgían casi como hongos en la tierra. Claro que de las plazas aquí reseñadas (a excepción de Bucareli 1888-1899) no resistieron más que las broncas despiadadas por males tardes o la inclemencia del tiempo, puesto que solo eran levantadas con madera. Años más tarde, y tras la prohibición de 1890-1894, las plazas de Tacubaya, Mixcoac, y una improvisada en Tlalpan, junto con la de Ponciano Díaz -ya en propiedad de la empresa J. Ibáñez y Cía.- siguieron proporcionando espectáculos.

   Iniciada la segunda mitad del siglo que nos congrega, puede decirse que las primeras ganaderías sujetas ya a un esquema utilitario en el que su ganado servía para lidiar y matar, y en el que seguramente influyó poderosamente Gaviño, fueron San Diego de los Padres y Santín, propiedad ambas de don Rafael Barbabosa Arzate, enclavadas  en el valle de Toluca. En 1835 fue creada Santín y en 1853 San Diego que surtían de ganado criollo a las distintas fiestas que requerían de sus toros.

  Durante el periodo de 1867 a 1886 -tiempo en que las corridas fueron prohibidas en el Distrito Federal- y aún con la ventaja de que la fiesta continuó en el resto del país, el ganado sufrió un descuido de la selección natural hecha por los mismos criadores, por lo que para 1887 da inicio la etapa de profesionalismo entre los ganaderos de bravo, llegando procedentes de España vacas y toros gracias a la intensa labor que desarrollaron diestros como Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Fueron  de Anastasio Martín, Miura, Zalduendo, Concha y Sierra, Pablo Romero, Murube y Eduardo Ibarra los primeros que llegaron por entonces. La familia Barbabosa, poseedora para entonces de Atenco, inicia esa etapa de mezcla entre su ganado criollo y uno traído ex profeso para la reproducción y selección, obligadas tareas de un ganadero de toros bravos. Por una curiosidad, puede decirse que retorna a Atenco el honor de ser -de nuevo- la ganadería de toros con el privilegio -ahora sí- del concepto profesional para la crianza y todos sus géneros del toro bravo.

   Junto a esta ganadería y en 1874, don José María González Fernández adquiere todo el ganado -criollo- de San Cristóbal la Trampa y lo ubica en terrenos de Tepeyahualco. Catorce años más tarde este ganadero compra a Luis Mazzantini un semental de Benjumea y es con ese toro con el que de hecho toma punto de partida la más tarde famosa ganadería de Piedras Negras la que, a su vez, conformó otras tantas de igual fama. Por ejemplo: Zotoluca, La Laguna, Coaxamaluca y Ajuluapan.

   La reanudación de las corridas de toros en el Distrito Federal significó uno de los acontecimientos sociales más interesantes de aquel momento. De pronto surgió una efervescencia sin precedentes al construirse varias plazas de toros. También circularon distintas publicaciones taurinas favorables al toreo mexicano o al español, según la formación y filiación de sus redactores, mostrando incluso, una calidad de edición similar a las que se editaban en España. En fin, el ambiente recuperó rápidamente su ritmo  y la ciudad volvió a estar de fiesta.

   Día a día se mostraba un síntoma ascendente y asimismo constante. Quedaron atrás aquellas manifestaciones propias de aquel toreo que se mantuvo sin tutela, muestra por valorarse así mismos y a los demás por su capacidad creativa como forma continua de la mexicanidad en su mejor expresión. Por otro lado es algo así como la búsqueda del eslabón perdido donde se daba cabida a la sucesión de invenciones. Tras la prohibición ya mencionada como objeto de este estudio puede decirse que veinte años no significaron ninguna pérdida, puesto que la provincia fue el recipiente o el crisol que fue forjando ese toreo, el cual habría de enfrentarse en 1887 con la nueva época impuesta por los españoles, quienes llegaron dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón).

   De ahí que el toreo como autenticidad nacional haya sido desplazado definitivamente concediendo el terreno al concepto español que ganó adeptos en la prensa, por el público que dejó de ser público en la plaza para convertirse en aficionado, adoctrinado y con las ideas que bien podían congeniar con opiniones formales de españoles habituados al toreo de avanzada.

   Al mencionar ahora a los toreros, debe este apunte basarse en dos líneas que luego se fusionaron para el logro definitivo de la sola expresión impuesta como la más razonable, en virtud de sus mejoras, avances, manifestaciones y demás esplendores, como es el toreo de a pie a la usanza española y en versión moderna.

   Por el lado de los mexicanos, Ponciano Díaz (1856-1899), torero con bigotes como los demás de esa época, formado bajo la tutela de expresiones nacionales y en el campo, fundamentalmente. Los públicos de entonces dejan llevarse y forman parte a su vez, de una idolatría que muy pocos diestros han conseguido a lo largo de las distintas épocas del espectáculo. Rompió con los feudos establecidos de lustros atrás y supo incorporarse a la actividad provinciana con éxitos inenarrables (si no, que lo digan versos populares, prensa a su favor, retratos, fotografías, anécdotas, entre otras cosas). De él se puede hablar y hasta dedicarle espacio más significativos.[13] Sin embargo, larga es la lista, por lo cual prosigo. En importancia le siguen:

(T) Torero; (B) Banderillero; (P) Picador; (O) Otros.

 -Pedro Nolasco Acosta (T)

-Arcadio Reyes “El zarco” (B. y desde el caballo)

-Gerardo Santa Cruz Polanco (T)

-María Aguirre “La Charrita mexicana” (desde el caballo)

-Braulio Díaz (B).[14]

   Estos son los toreros más representativos de aquel momento. Ella, La Charrita mexicana logró figurar en medio de un ambiente dominado únicamente por hombres (aunque a mediados del siglo XIX fue notoria la actuación de otras tantas mujeres que, por el solo hecho de arriesgar sus vidas, forman parte de aquel ambiente con un mérito bien ganado). María Aguirre en compañía de Ponciano Díaz demostraban el quehacer torero representado como una muestra de lo nacional.

   Pedro Nolasco Acosta, de cuyo perfil general escribí algunas notas en el capítulo anterior, es uno de tantos toreros que mantienen la hegemonía de la tauromaquia en tiempos de prohibición del espectáculo en la capital del país. Por él se concibe la presencia taurina en San Luis Potosí.

   Arcadio Reyes El Zarco enriquece el bagaje torero vistiendo las más de las veces con el traje de charro y poniendo banderillas desde el caballo, lo mismo aquí que en Perú, a donde fue en compañía de Diego Prieto Cuatrodedos. Fue en un momento miembro de la cuadrilla de Ponciano Díaz.

   Gerardo Santa Cruz Polanco, también surgido de las filas poncianistas, decidió formar la “Cuadrilla Ponciano Díaz”, en la cual latían aquellos principios evolucionistas que no pudo mantener el propio atenqueño. Por conducto de esta cuadrilla es como se revalora el toreo moderno, luego de que dicha expresión “a la mexicana” fue diluyéndose en medio de nuevas razones técnicas y estéticas.

   En cuanto a Braulio Díaz, podemos hablar de un personaje siniestro, envuelto en leyendas, dado que fue quien dic muerte a Lino Zamora allá por 1884 en Zacatecas.

PRENSA

    Como resultado de la trascendencia que tuvo aquella nueva época surgió un amplio movimiento periodístico que reflejó lo importante de ese despertar para la fiesta torera.

El Arte de la Lidia (1884-1905) fue la primera publicación que incluso se adelantó a todo el movimiento. Julio Bonilla fue su director.

La Banderilla (1887)

La Muleta (1887)

El Monosabio (1887)

El Toreo Ilustrado (1894).[15]

   Estas publicaciones guardan tendencias bien definidas, pues así como La Banderilla y El Monosabio eran pro-nacionalistas en cuanto modo de exaltar las hazañas de nuestros toreros, La Muleta y El Toreo Ilustrado son bandera del nuevo toreo y apoyo a la expresión que fue imponiéndose a partir de los diestros españoles.

   Como puede observarse, 1887 significa el nuevo amanecer, la nueva época de toros en México cuyo significado es crucial en la medida en que su influencia dejó atrás testimonios que bien pronto se dispersaron y diluyeron para dar paso a la nueva instancia emergente, cuyo peso y trascendencia estarán presentes en toda actividad desarrollada en torno al espectáculo de toros que ha encontrado ya forma de asentar raíces más firmes.

   Para terminar con este segmento, ofrezco, como Anexo, el “Anuario Taurino Mexicano. 1887”, obra que recién he concluido, y donde se concentra una valiosa información relacionada con las actividades taurinas realizadas en todo el país durante aquel año. El balance obtenido es verdaderamente asombroso, en la medida en que se intensificó el espectáculo luego de regularizado este.

cuadrilla

De un calendario elaborado por la casa de subastas Louis C. Morton para el año 2002, se ilustra con una muy interesante imagen (Anónimo, Escuela Mexicana, ca. 1900. Paseíllo. Óleo sobre tela, 90×150 cm). Evidentemente la fecha referida no es, ni por casualidad certera en función de que debe tratarse de una cuadrilla ¿la de Rafael Calderón de la Barca en León, Guanajuato; o la de Gerardo Santa Cruz Polanco, formada hacia finales de la octava década del siglo XIX? Este es un buen asunto a resolver.

Fuente: Actualmente pertenece a la pinacoteca del Dr. Marco Antonio Ramírez.

diego-prieto

Este es uno de los tantos retratos en que posó Diego Prieto “Cuatrodedos”, para generar, como resultado de su composición, una tarjeta de visita, la publicidad propia de la época (ca. 1885). Col. del autor.

CONTINUARÁ.


[1] Manuel Gutiérrez Nájera. Espectáculos, p. 147-51: Una corrida de Ponciano Díaz (M. Can-Can, “Memorias de Madame Paola Marié”, en El Cronista de México, año IV, T. IV, núm. 13 (3 de septiembre de 1882), p. 237.

[2] William Beezley: El estilo porfiriano: “El estilo porfiriano: Deportes y diversiones de fin de siglo”, en Historia Mexicana, vol. XXXIII oct-dic. 1983 No. 2 p. 265-284. (Historia Mexicana, 130).

[3] Op. cit., p. 265.

[4] Ibidem., p. 266.

[5] Ibid., p. 275.

[6] Ib., p. 276. Muy importante es señalar que el primer gobierno de Porfirio Díaz no se da hasta el levantamiento de la Noria, en 1876, nueve años después de que Juárez ha autorizado prohibir la diversión popular. Por otro lado, la restricción no “duró hasta 1888” sino hacia fines de 1886, fecha en la cual se derogó el decreto de prohibición, dando pie a la recuperación a partir del 20 de febrero de 1887. (Nota: si Ponciano Díaz inicia su trayectoria en 1876, lo mismo hará Porfirio Díaz en otro terreno: el militar y político. Por ello, ambos Díaz, van de la mano).

[7] Ib.

[8] Historia de México. Un acercamiento, p. 39.

[9] Edmundo O’Gorman. México. El trauma de su historia, p. 87.

[10] Beezley, ib., p. 276-7.

[11] Ib., p. 277.

[12] Juan Antonio Ortega y Medina. Zaguán abierto al México republicano (1820-1830), p. 43-4.

[13] José Francisco Coello Ugalde. Ponciano Díaz, torero del XIX. A 100 años de su alternativa en Madrid. (Biografía). Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. Con tres apéndices documentales de: Daniel Medina de la Serna, Isaac Velázquez Morales y Jorge Barbabosa Torres. México, 1989 (inédito) 282 h.

[14] Heriberto Lanfranchi. La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. II., p. 655-8.

Además:

Torero (T), Picador (P), Banderillero (B), Otros (O).

-José de la Luz Gavidia “El Chato” (T)

-Atenógenes de la Torre (P)

-Rafael Calderón de la Barca (T)

-Felícitos Mejías “El Veracruzano” (T)

-Genovevo Pardo “El Poblano” (T)

-Carlos Sánchez (B)

-José Ma. Mota (P)

-Agustín Oropeza (P)

-Celso González (P)

-Carlos López “El  Manchao” (B)

-Abrahám Parra “El Borrego” (T)

-Pedro García (B)

-Natividad Contreras “El Charrito del siglo) (T. y desde el caballo)

-Ramón Márquez (B)

-Pompeyo Ramos (B)

-Casto Díaz (B)

-Antonio Vanegas “Chanate” (B)

-José Basauri ()T)

-Timoteo Rodríguez (T)

-Jesús Adame (T)

-Ignacio Gadea (desde el caballo)

-Antonio González “El Orizabeño” (T)

-Refugio Sánchez “Lengua de Bola” (B)

-Valentín Zavala (T)

-Francisco Aguirre “Gallito” (B)

-Adalberto Reyes “Saleri mexicano” (B)

-Miguel Acevedo (P)

-Francisco Anguiano (P)

-Jesús Carmona (P)

-Vicente Conde “El Güerito” (T)

-Juan Corona (P)

-Ireneo García (P)

-Piedad García (P)

-Antonio Mercado “Santín” (P)

-Cándido Reyes (P)

DIESTROS ESPAÑOLES

-Carlos Borrego “Zocato”

-Juan Antonio Cervera “El Cordobés”

-Antonio Escobar “El Boto”

-Francisco González “Faico”

-Antonio Guerrero “Guerrerito”

-Manuel Hermosilla

-Joaquín Hernández “Parrao”

-Juan Jiménez “El Ecijano”

-Gabriel López “Mateito”

-José Machío

-Valentín Martín

-Luis Mazzantini

-Tomás Parrondo “El Manchao”

-Diego Prieto “Cuatro Dedos”

-Enrique Santos “Tortero”

NOVILLEROS

-Joaquín Artau

-Leopoldo Camaleño

-Manuel Cervera Pacheco

-Antonio Díaz Lavi

-Manuel Díaz Lavi “El Habanero”

-Juan José Durán “Pipa”

-Pedro Fernández “Valdemoro”

-Andrés Fontela

-Fernando Gutiérrez “El Niño”

-Juan León “El Mestizo”

-Manuel Machío

-José Machío Trigo

-José Martínez Galindo

-Juan Mateo “Juaniqui”

-Juan Moreno “El Americano”

-Vicente Navarro “El Tito”

-Arturo Paramio

-Diego Rodríguez “Silverio Chico”

-José Romero “Frascuelillo”.

   Desde el primer domingo de enero hasta el domingo 30 de diciembre del año 1888, se han celebrado en las cinco plazas de la capital de la República 127 corridas lidiándose 723 toros de ganaderías mexicanas y españolas como se verá por los siguientes datos:

Plaza de Bucareli                                35 corridas

Idem del Paseo                                   31           “

Idem del Coliseo                                31           “

Idem de Colón                                   27           “

Idem de San Rafael                          3             “

Total                                                     127 corridas.

   Se jugaron en dichas corridas 723 toros de 53 ganaderías mexicanas y 9 españolas, bajo esta forma:

Ganaderías mexicanas.-Venadero 61, Cazadero 44, Atenco 42, San Simón 41, Canario 41, Soledad 30, Jalpa 23, Cieneguilla 22, Guanamé 21, Mezquite Gordo 21, Jalapilla 19, Salitre 18, Desconocidas 18, Ramos 17, Santín 15, Buenavista 14, Guatimapé 13, San Diego de los Padres 12, Parangueo 12, Canaleja 12, Montenegro 12, Maravillas 12, Meztepec 11, Bramino de Arandas 11, Estancia Grande 10, Santa Cruz 10, Fortín 10, Cercado de Bayas 9, San Pedro Piedra Gorda 7, Ortega 7, Cuatro 7, Nopalapan 6, Jaral 6, San Francisco 6, Guaracha 6, Sauceda 6, Rosario 6, Cubo 6, Santa Lucía 5, San Antonio 5, Calera 5, San Diego Xuchil 5, Ayala 5, Plan de la Barca 4, Tulipan 4, Bringas 4, Noria de Charcas 3, Hacienda de la H  3, San Isidro 3, San Gerónimo 3, San Cristóbal 3, Santa Rosa 1, San Clemente 1.-Total 697 toros.

   Ganaderías españolas.-De Heredia 6, Hernán 3, Saltillo 3, Benjumea 3, Conde de la Patilla 3, Concha y Sierra 3, Miura 2, de procedencia desconocida 2, Anastasio Martín 1.-Total 26 toros.

   De éstos, dos no se mataron, siendo uno de Concha y Sierra y otro de Anastasio Martín.

   En las 127 corridas verificadas en México en el año 1888, han tomado parte en la lidia 170 diestros y 35 aficionados.

   Espadas.-Artau Joaquín, Borrego Carlos “Zocato”, Díaz Ponciano, Díaz Lavi Manuel el “Habanero”, Fontela Andrés, Flores Antonio, Gadea Ignacio, Gutiérrez Fernando el “Niño”, González Antonio “Frasquito”, Hermosilla Manuel, Jiménez Juan el “Ecijano”, López Gabriel “Mateíto”, Lobo Fernando “Lobito”, Leal Cayetano “Pepe-Hillo”, León Juan el “Mestizo”, Mazzantini Luis, Martín Valentín, Machio José, Moreno Juan el “Americano”, Navarro Vicente el “Tito”, Prieto Diego “Cuatro dedos”, Parrondo Tomás el “Manchao”, Polanco Gerardo, Zavala y otro espada.

   Picadores.-Blázquez Laureano, Carmona Jesús, Carmona Pedro, Conde Vicente el “Güerito”, Conde Vicente (h), Conde Emilio, Camacho Antonio, Cueto Félix, Figueroa Eulogio, Gómez Cornelio, García Piedad, García Ramón, García Pedro, García Federico, García Ireneo, García Juan, Bayard José “Badila”, González Celso, Gochicoa Federico, González Filomeno “Cholula”, González Nieves, Hernández J.M., Mota J.M., Mota Domingo, Mercado Ramón “Cantaritos”, Mercado Pablo, Morales Guadalupe, Mosqueda Francisco, Morales Amado, Oropeza Agustín, Oropeza I.M., Pérez Antonio el “Charol”, Pérez Manuel el “Sastre”, Reyes Arcadio, Rodríguez Manuel “Cantares”, Reyes Adolfo, Recillas Juan de la Luz, Romero Antonio, Reyes Ramón, Rosas Manuel “Pelayo”, Rodríguez Antonio el “Nene”, Ramón Jesús, Nava Manuel, Sánchez Enrique el “Albañil”, Saez Rafael el “Pintor”, Sierra Benigno, Talavera Demetrio, Tovar Pascual, Vargas Juan “Varguitas” y un desconocido.

   Banderilleros.-Anaya Anastasio, Adame Ángel, Blanco Manuel “Blanquito”, Bonar Francisco “Bonarillo”, Barreras Elías el “Aragonés”, Antúnez Antonio “Tovalo”, Calderón de la Barca, Blanco Jesús, Cañiveral Ramón el “Campanero”, Cermeño Juan, Carbajal Francisco el “Pollo”, Cortés José León, Cao Faustino el “Rochano”, Diego Francisco “Corito”, Delgado Luis S., Domínguez Manuel, Escacena José, Fragoso Jesús el “Mutilado”, García Antonio el “Morenito”, Gómez Antonio el “Chiquitín”, González Antonio el “Orizabeño”, Galea José, Gallegos Vicente, Gadea Amado, Gadea I.M., Gadea Ignacio (h), González Patricio, Garnica Emeterio, García Emeterio, García Florencio el “Tanganito”, García Carlos, Gutiérrez Benito el “Asturiano”, Gudiño Juan, Girón Aurelio, García Antonio “Alegría”, Hernández José el “Americano”, Hernández Mauricio, Hernández Francisco, Lobato Francisco, López Ramón, López José “Cuquito”, Lobo Antonio “Lobito Chico”, Lara Eugenio el “Maestro”, Muñoz Joaquín el “Belloto”, Muñoz Rafael el “Mochilón”, Mejía Francisco, Manero Manuel “Minuto”, Mercado Jesús, Miranda Antonio el “Pipo”, Morales Manuel “Mazzantinito”, Mendoza Diego el “Curro”, Marquina Francisco “Templao”, López Carlos el “Manchado”, Mejía Manuel “Bienvenida”, Machio Manuel, Mazzantini Tomás, Monje José “Candelas”, Márquez Ramón, Mercadilla Antonio “Zenzontle”, Navarro Miguel el “Cartagenero”, Nava Julián, Pujol Alberto el “Cubano”, Pardo Francisco el “Trallero”, Osed Agustín, Pérez Ramón, Pardo Genovevo, Pompeyo José, Paredes Salvador “Redondillo”, Romero Juan “Saleri”, Recatero Victoriano “Regaterín”, Recatero Luis “Regaterillo”, Orozco José “Laborda”, Sánchez Carlos, Sánchez Francisco, Sosa Darío, Sánchez Hipólito, Torre Atenógenes de la, Vaquero Francisco “Vaquerito”, Vieyra Tomás, Villegas Francisco “Naranjito”, Vázquez Enrique “Montelirio”, Velázquez José “Torerito”, Zayas Antonio, (tres peones cuyos nombres no dieron los carteles y otro banderillero desconocido).

   Puntilleros.-Audelo Inés, Reyes I.M., (h), Puerta Romualdo “Montañés”.

   En las corridas formales del año de 1888, el número de toros que cada espada ha matado, es el siguiente:

Ponciano Díaz                                                                   145

Carlos Borrego “Zocato”                                                87

Vicente Navarro “El Tito”                                             60

Diego Prieto “Cuatrodedos”                                         58

Gabriel López “Mateíto”                                                43

Fernando Lobo “Lobito”                                                34

Manuel Hermosilla                                                           22

Juan Jiménez “El Ecijano”                                             22

Luis Mazzantini                                                                  21

Valentín Martín                                                                 21

Otro matador                                                                     21

Joaquín Artau                                                                    18

Valentín Zavala                                                                  15

Gerardo Santa Cruz Polanco                                       14

Cayetano Leal “Pepe-Hillo”                                           9

Antonio González “Frasquito”                                      8

Juan León “El Mestizo”                                                   6

Antonio Flores                                                                    6

Tomás Parrondo “Manchado”                                     5

Díaz Lavi “El Habanero”                                                 5

Ignacio Gadea                                                                     3

José Machío                                                                        2

Juan Moreno “El Americano”                                     2

Andrés Frontela                                                                2

Fernando Gutiérrez “El Niño”                                    2

Total                                                                                  631

[15] Biblioteca Nacional. La fiesta Nacional (ensayo de bibliografía taurina). Madrid, 1973. 233 p. ils., facs. (Panoramas bibliográficos de España, 1), p. 153-93.

-El Cencerro (1888)

-El Correo de los toros (1887)

-El Correo Taurino (1894)

-La Divisa (1887)

-La Divisa, Puebla (1887)

-El Estoque, Puebla (1887)

-La Lidia (1894)

-El Loro (1894)

-El Puntillero (1894)

-La Sombra de Gaviño (?)

-La Sombra de Pepe-Hillo (?)

-El Toreo (1895)

-El Toro (1887)

-Toros en Puebla (1887)

-El Valedor Taurino (1888)

-La Verdad del Toreo (1887)

-El Volapié, Puebla (1887)

-La voz del toreo, (1887)

-El Zurriago Taurino (1887)

-El Arte de Ponciano (1888)

-El toro de once (1887)

-El Picador (1890)

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XIX). EL ESPECTÁCULO EN LA SEGUNDA MITAD DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Entramos en la senda final de este capítulo, abundando sobre lo que fue la discusión para derogar el decreto que por casi 20 años imposibilitó a la capital del país, a una de las diversiones más arraigadas.

   Fue la Segunda Comisión de Gobernación del Congreso Décimo tercero (con período del 15 de septiembre de 1886 hasta igual fecha de 1888), la que en sesión del 29 de noviembre de 1886, presentó un Dictamen, exponiendo: que a su juicio era de aprobarse la solicitud que pedía la derogación del artículo número 87 de la Ley para Dotación de Fondos Municipales, expedida en 28 de noviembre de 1867.

   Si bien, el anterior congreso rechazó la propuesta y heredó en la siguiente la posible solución, ésta en cambio, en el primer trimestre de ejercicio presentó el dictamen con respaldo de los diputados Abogado Tomás Reyes Retana y Ramón Rodríguez Rivera.

 Los elementos de que dispusieron ambos diputados se basaron en tres considerandos, a saber:

Primera.-Solamente en un sentimentalismo exagerado y exclusivo a unos cuantos, puede fundarse la prohibición de un espectáculo del que la mayoría afirma debe señalarse como una costumbre nacional, determinada por una afición peculiar en nuestra raza. Afición en que se marcan nuestros predecesores históricos y el carácter e índole de nuestro pueblo.

Segunda.-El ejemplo del Distrito Federal al abolir las corridas de toros en 1867, no fué secundado, por largo tiempo, en los Estados de la Federación ni aun siquiera en los más limítrofes; y es ridículo para esa Ley que existan plazas de toros a inmediaciones de la Capital, favorecidas y concurridas por los habitantes de ésta, cuyo Tesoro Municipal paga en una de ellas -la del Huisachal– el servicio de policía, haciéndolo con sus propios gendarmes.

Tercera.-Las corridas de toros, consideradas bajo el punto de vista utilitario, tienen dos ventajas: son una diversión preventiva a los delitos porque proporcionan al pueblo distracción y la apartan de los sitios en que se prostituye, y además son fuente de recursos para los municipios.

 Luego entonces, la Comisión Dictaminadora se concentró en un cuidadoso y preferente estudio que resolvió con la siguiente primer formulación:

Primera.-Deróguese el artículo 87 de la Ley para Dotación de Fondos Municipales expedida en 28 de noviembre de 1867.

Segundo.-Concédase licencia para dar corridas de toros pagando los empresarios por cada licencia la cantidad de cuatrocientos y ochocientos pesos.

Tercero.-Dedíquese el producto de estas licencias exclusivamente a cubrir parte de los gastos que originan las obras para hacer el desagüe del Valle de México.[1]

   Solo fue leído e impreso para un nuevo análisis el 4 de diciembre de 1886. Pero tres días después se discutió severamente y quienes tomaron la palabra para impugnarlo fueron los ciudadanos Emilio Pimentel y Gustavo Baz.

   El primero dijo:

que no consideraba cierto que las corridas de toros fueran una costumbre nacional, porque ni aun son primitivas de nuestros conquistadores y progenitores los españoles, sino que entre ellos las introdujeron los romanos. Además, que nuestra verdadera fisonomía nacional no debía serla de la raza Hispana, sino la de la Azteca.[2]

   Es un hecho que las corridas de toros han arraigado tanto en el pueblo y sus costumbres que se convierten así en una tradición cuyo recorrido parte desde el fin de la conquista de los españoles, hasta nuestros días. Sin embargo, los matices del nacionalismo y más aún, los del neoaztequismo hacen pronunciar a Pimentel un juicio vindicador que comienza a gestarse poderosamente cuando se decide por la conservación de lo prehispánico, con la idealización de ese mismo pasado

forma de crear una alternativa culta pero a la vez popular, como parte de la ruptura ya evidente entre campo y ciudad, industria y arte popular, obreros y campesinos.[3]

   Esto es que ya configuraban una razón de ser que para algunos significaba el alumbramiento de nuevos esplendores en el campo de la nacionalidad, discusión esta que no podía darse mejor que en la Cámara de Diputados.

   El segundo (Baz) dijo:

que no consideraba el asunto como digno de ocupar el tiempo de un parlamento civilizado, porque era ridículo, y protestaba que se afirme que la opinión pública pida el restablecimiento de una diversión sanguinaria y bárbara. Cree que si algunos hacen tal petición no serán ciertamente los padres de familia y las mujeres honradas, sino los solterones y las hembras que importa en sus vapores la compañía naviera “ANTONIO LOPEZ”.[4]

   Gustavo Baz antepone el progreso como auténtico valor que se soslayó en esa discusión, asomando para placer de la polémica los propios de un ambiente netamente popular el cual se manifestaba en forma que nada guardara proporción a los principios civilizados.

   Por eso Reyes Retana y Rodríguez Rivera más conscientes de aquello que sucedía a nivel del pueblo se lanzaron a la ofensiva y expusieron ideas como de que:

El legislador, para dictar las leyes, debe de tener en consideración las costumbres e índole de los pueblos que legisla, y está demostrado que las corridas de toros son una costumbre en el pueblo mexicano, porque

le son habituales y las prefiere a todas las otras diversiones. Además, están acordes con su índole belicosa e influyen en ella, conservándole la valentía necesaria para militar.

   Si las corridas de toros deben estar prohibidas por considerarlas diversión indigna de pueblos civilizados, igual reto tendrá que imponerse a otras, también sangrientas y que son admitidas y ninguno impugna.

   Es mejor que las corridas de toros sean fuente de recurso para aumentar los fondos de los municipios, y no que sean causa de que ellos menoscaben su tesoro, gastando en cuidar el orden público en una diversión que no les produce rendimiento, pero a la que tiene que vigilar por celebrarse en puntos próximos a su jurisdicción, la capital, y repercutir en esta los desórdenes que hubiera.[5]

   Claro, es de notarse la búsqueda por los beneficios en obras públicas proporcionada por espectáculos masivos como este. Pero también señalan el hecho de que la propia policía de la capital se tuviese que apostar en las cercanías con plazas del estado de México las muchas veces en que se celebraron corridas, implicando este asunto gastos excesivos que no producían ganancia alguna a las arcas públicas. Antes al contrario, gastos indebidos.

   Siguieron interviniendo otras personas a favor de Pimentel y Baz y se pusieron de su lado el Coronel Francisco Romero y D. Julio Espinosa. De ahí en fuera no hubo más opinión al respecto por lo que se procedió a la decisión por el planteamiento. De esa forma los resultados fueron de 81 votos a favor y 41 en contra para la derogación del art. 87, consiguiéndose así la recuperación de las corridas de toros en el Distrito Federal.

   Del segundo aspecto que propuso la Comisión Dictaminadora se le hizo una objeción, la cual aducía que “Se presta a predilecciones y arbitrariedades, porque a unos empresarios les cobrarán por licencia el mínimo de la cuota y a otros les exigirán el máximun. Por lo tanto, este artículo debe ser reformado”.

   Dentro de la comisión se encuentra el ya para nosotros conocido Alfredo Chavero quien al enterarse de lo propuesto en la objeción, propuso que el artículo fuera modificado bajo el siguiente planteamiento:

   “Los empresarios pagarán por la licencia para cada corrida, el quince por ciento de la entrada total que haya”.

   Todo ello acarreó nuevos debates y fueron los diputados Dr. Francisco García López y Guillermo Prieto quienes declararon furibundos su reacción en el estrado.

   El artículo tercero se aprobó sin mayores dificultades (118 votos a favor; 15 lo fueron en contra).

   Y para confirmar que todo quedaba lógicamente definido, todavía el diputado Baz pidió que el dictamen -ya para entonces decreto de ley- le fuera agregado la petición de que “En la reglamentación de la presente ley se observará lo prevenido en el Código Penal”.

   No fue discutida la petición y fue posible entonces que se canalizara el asunto; pero en la Cámara de Senadores, para que lo revisara y dictaminara, acatándose de ese modo los trámites Constitucionales.

Leyes prohibitivas que los enemigos de la Tauromaquia tienen siempre en los puntos de la pluma y por las que dedican ardiente alabanza a los gobernantes. Sin considerar que esos decretos nacieron, mejor que de la voluntad de sus autores de las críticas circunstancias en que los mismos se encontraban con la relación a sus gobernados.[6]

   Esta idea parte de considerar si las leyes elaboradas para liquidar un espectáculo como el taurino son bien vistas por los oponentes al mismo, y es cierto también que se da a notar el estado que guarda cada régimen que, en su esquema político, económico y social enfrenta circunstancias de esta índole.

   Tras los debates y discusiones se inició una época distinta para el toreo en México, donde conceptos y especificidades diversas permitieron orientarlo por rutas más seguras.

   Y bien, bajo esta revisión minuciosa, no me queda establecer más que lo ya muchas veces señalado: que el espectáculo gozó de continuidad provinciana mientras la capital se veía relegada y nada más que a la espera. Una espera que dicho sea de paso, no colmó la paciencia de los afectos a las corridas de toros. Estos acudieron a las cercanas de estados próximos a la capital, sin que los evolucionistas dejaran de seguir su campaña de repudio,[7] lo cual viene a mostrarnos que aquella conseja manejada por el pueblo, a propósito de “lo que el viento a Juárez” es un juego de palabras donde la fiesta, prohibida en el Distrito Federal y bajo el régimen del oaxaqueño, “le hizo lo que el viento a Juárez” en la provincia.

   La reanudación -en tanto- de las corridas de toros en el Distrito Federal ocurre el 20 de febrero de 1887 con el estreno de la plaza de San Rafael. El único espada fue Ponciano Díaz lidiando 6 toros de Parangueo.

????????????????????????????

CONTINUARÁ.


[1] Centro de Estudios de Historia de México (Condumex) [C.E.H.M.]

Desagüe, México=ciudad.

082.172.521

V.A.                        JOHNSTONE, F.W.

1886.=Proyecto para el desagüe de la ciudad y el valle de México propuesto por el Sr. F.W. Johnstone, y dictamen de la comisión nombrada por la Secretaría de Fomento.=México, Oficina Tip. de la Secretaría de Fomento, 58=(I) p. 13.2×20.7 c. Enc. rúst. (Miscelánea Ciudad de México No. 6, Folleto No. 7).

III=6=1973                  A.=No. 35352=c.

[2] Cuesta Baquero, ib., T. II., p. 7.

[3] Daniel Schávelzon. La polémica del arte nacional, p. 13.

[4] Cuesta Baquero, Ib.

[5] Ib., p. 7-8.

[6] Ib., p. 9.

[7] Luis González y González, y Guadalupe Monroy. Historia moderna de México. República Restaurada (Vida social), p. 618.

   Los grandes esfuerzos de los hombres pensadores y sencillos de la Unión, están ya nulificados con la plaza de toros de Tlalnepantla… parece que después de tanto trabajar, sólo se dictaminó que no hubiera toros en el patio de una casa, y por consiguiente, ha quedado en pie, con una burla terrible; pues burla es la que a las puertas de México exista la plaza de toros, y que los convites para ellos se fijen en las esquinas de la Capital y se repartan a los transeúntes de ella… Recordemos lo que el poeta Selgas dijo a los españoles: Tres bestias entran en la plaza de toros: una va a fuerzas, la llevan a lazo; la otra va por cobrar y la tercera paga por entrar… ¿Cuál de las tres es la mayor?

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XVIII). EL ESPECTÁCULO EN LA SEGUNDA MITAD DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Han quedado atrás los Ávila, Dionisio Ramírez Pajitas y otro conjunto de toreros con quienes se da el primer avance en lo relativo a la identidad, a la independencia, a la propia razón para expresar un toreo que no se desprende del arquetipo puramente español, pero que, todos ellos, en conjunto le van a dar sellos de originalidad pues el campo arroja posibilidades muy prácticas y vistosas. Y en la plaza se inventan otras tantas de las que son depositarios y permanentes continuadores y evolucionadores (porqué no decirlo, con su debido tiento) otros personajes a continuación reseñados.

   Destacan -para comenzar- Lino Zamora y Jesús Villegas El Catrín. Del primero, su vida se envuelve en leyendas y novelas; versos populares y tragedia. Lino el joven, cuya cuna es Querétaro, o es Guanajuato (ca. 1840-1884), o cualquier otro lugar de la región, comienza a escandalizar con sus modos atrevidos y arriesgados de hacer el toreo. ¡Como pocos! Su feudo sienta reales en Guanajuato y Zacatecas, dos lugares de rancio sabor barroco, dos lugares que insinúan por sus ornamentos las formas explosivas que Lino Zamora fue haciendo suyas.

   El Catrín viene a ser el segundo mexicano en torear ante la afición española. El primero de ellos es Ramón de Rosas Hernández El Indiano (fines del siglo XVIII) mulato, por cierto y nacido en Veracruz. Jesús Villegas lo hace durante los años de 1857 a 1859. Poco se sabe de él, si acaso por la competencia con Lino que ampliaremos en seguida, no sin referir cierto parecido aristocrático habido con Rafael Pérez de Guzmán, diestro de linaje y prosapia española.

   Jesús Villegas era muy querido de la afición guanajuatense cuando alternó con Lino para trabajar en su compañía. En dos corridas actuaron: la del 11 y del 18 de diciembre de 1863. En la primera, Zamora opacó a Villegas, robándole la simpatía del público. Y volvieron a verse las caras el 18, tarde en la que muerto el primero ya la gente se había cansado de aplaudir al favorito Lino Zamora, por lo que se despertó en Villegas la emulación.

cci06032013_0052

La Muleta. Revista de toros. Año I. México, noviembre 27 de 1887, N° 13. Cromolitografía de “Pepe García” que ilustra “La competencia de Lino Zamora y Jesús Villegas”. Col. del autor.

   Pisó la arena el segundo toro de la tarde, que pertenecía a la vacada del Copal y fue negro, de libras bien armado y codicioso.

   Villegas soltó el capote y recortó al toro con la montera dos veces. Lino Zamora a su vez soltó el percal y citó a la res para quebrar a cuerpo limpio, acudió el toro y el diestro fue enganchado y volteado, sufriendo una herida entre las dos vías que puso en peligro su vida, y además un varetazo en el vientre y un puntazo en el brazo derecho. El diestro se retiró a la enfermería por su propio pie y fue curado por el Dr. Rómulo López. El toro tomó con voluntad y poder 11 varas, dio cinco caídas y mató dos caballos; fue pareado por José M. Ramírez y lo mató Jesús Villegas de una estocada muy baja.

   En cuanto a Pedro Nolasco Acosta, modelo del torero feudal, sentó sus reales en San Luis Potosí. Infinidad de veces actuó en la Plaza del Montecillo bajo particulares características de hacer el toreo, pues da la impresión que en la provincia aparte del reposo y el sosegado andar, se estancó la tauromaquia mezcla de lo español y lo nacional -insistimos- sin operar algún cambio significativo. Además de su desempeño a pie, lograba lucirse desde el caballo. Blanco, rubio, de ojos azules y con unos mostachos impresionantes fue Nolasco figura destacada, el cual permitió el acceso a su feudo, entre otros a: Lino Zamora, Bernardo Gaviño, Juan Núñez (padre), Ponciano Díaz, Francisco Gómez El Chiclanero, Francisco Jiménez Rebujina, José Sánchez Laborda, Fernando Gutiérrez El Niño, Joaquín Artau. Como puede verse, las restricciones feudales de muchos toreros que se apoderaban del terreno e impedían el acceso a otros, fueron rotas permitiendo el flujo de otros tantos matadores así como de la estructura propiamente técnica de la lidia y su aderezo estético en sí.

   ¿Que dónde puede estar entonces la razón de esa autenticidad taurómaca, si todo era estancamiento?

   Todo precisamente, no. La inventiva se daba con creaciones permanentes en el ruedo cuyo sentido no se orientaba hacia un fin específico; y si fin específico era el beneficio del toreo tal se presentaría en un momento significativo que ya veremos al arribar a los años de 1885 y 1887 respectivamente.

   Por otro lado, legitimar desde nuestra perspectiva la mencionada “invención” no es destacar de un collar su bisutería. Estamos pronunciándonos por aquel “toreo” desarrollado en los albores de una etapa distinta. A raíz de 1867, año de la prohibición impuesta a las corridas de toros por motivos que en fondo tienen que ver con aspectos económicos, y por el amanecer de 1887 se manifiesta la esquematización del “antes y el después…”; una transición de épocas en cuyo terreno comienzan a pasar elementos que bien pronto desaparecerán dando espacio al toreo de a pie a la usanza española y en versión moderna. Dicha versión será novedad entre nuestros aficionados de fines del XIX. Por supuesto que esa afición poco podía participar en la censura o el elogio debido a su poca consciencia de lo que hacía el torero. Será en 1885 cuando arribe a México José Machío (de quien ya hablé páginas atrás), diestro español quien se encarga del movimiento preparatorio que culminarán Mazzantini, Ramón López, Cuatro-dedos y otros de 1887 en adelante. Y es que lo primero de que debían deshacerse es de una escuela española anacrónica cuyos valores se mezclaron con la autenticidad taurómaca mexicana, lograda desde los Ávila hasta Ponciano Díaz. Machío y sus compañeros basaron su quehacer en el reposo que da el tiempo ante la nueva evolución y sobre todo por elementos atrincherados en las nuevas publicaciones taurinas que aparecían con fuerza desde 1884. Caso de El arte de la lidia (cuyo director fue Julio Bonilla).

   Solo que el 8 de febrero de 1885 al torear Ponciano Díaz en El Huisachal se manifestó un sentido de desviación nacionalista en extremo: “la patriotería”. En dicha ocasión fueron de Santín los toros jugados pero como no se prestó demasiado a las condiciones poco faltó para que la corrida alcanzara el calificativo de la “gran corrida del siglo XIX”, según apreciaciones de El arte de la lidia. Y todo

porque se vio en ella el sentimiento patrio en todo su apogeo y los diestros del país no obstante su torpeza o su ninguna escuela de toreo, fueron a cada momento aplaudidos.

Y nos revela al respecto Cuesta Baquero:

He subrayado los conceptos de este párrafo para hacer notar que la patriotería y la ignorancia eran los terribles enemigos que tuvieron los toreros españoles que llegaron a México en aquellas épocas.

   Tal situación alcanzaba pues, no solo la condición de inventiva y de gusto popular por la autenticidad. También se agregaba al escenario un hondo comportamiento que ya no caía en nacionalismo sino en chauvinismo el cual, al parecer, fue bandera enfrentada a la expresión técnica y estética llegada recientemente de la península española. Aunque Ponciano siguiera matando de pinchazos en la paletilla y estocadas bajísimas, aún así, el Diario del Hogar proclamaba: “Podemos asegurar que ninguno de los toreros extranjeros que últimamente han toreado en esta capital está a la altura de Ponciano Díaz“.

   Bajo ese síntoma, el año 1887 se acercaba para demostrar que el caldo de cultivo de las nuevas expresiones estaba ya listo. Los libros y tratados de tauromaquia así como periódicos más formales del tema planteaban serias dudas entre aficionados de apertura que cuestionaban las cosas que pasaban. Justo a ello, las actuaciones de Luis Mazzantini en Puebla (marzo de 1887) fueron cruciales y definitivas para enriquecer el criterio fomentado entre esos aficionados de avanzada.

   Pero no adelantemos vísperas. Quizás consciente del estado de cosas, el atenqueño se hizo anunciar la tarde del 14 de junio de 1885 en El Huisachal así: “Ponciano Díaz y su cuadrilla hispano-mexicana. Toros de San Diego de los Padres“. Y en esa ocasión, la prensa anuncia que el de Atenco dio una estocada que “fue de la escuela española” ya que la colocó perfectamente “y el matador dejó el estoque en el cuerpo del toro”.

El hecho merece recordarse y hacer que pase a la posteridad, porque fue el primer ensayo que hizo Ponciano Díaz para estoquear “en lo alto como entonces se llamaban a las estocadas bien colocadas”. (Roque Solares Tacubac).

   ¿Pretendía Ponciano algo con esa posible condescendencia?

   Quizás instrumentar una forma en la que su expresión podía alinearse a aquellos nuevos fenómenos antes que rechazarlos. Sin embargo no llegó a satisfacer el empleo absoluto de la forma española y acabó por darle a su expresión personal un toque recíproco entre su propio y nacional quehacer, y la moda puesta en vigor. Quiero decir que coqueteó con el toreo español pero no acabó aceptándolo; por eso se convierte en el último reducto de la expresión nacional ya prácticamente liquidada justo el año de su muerte: 1899.

   Por otro lado ¿qué era y qué fue Bernardo Gaviño para el toreo mexicano? El propio Carlos Cuesta Baquero nos dice que:

   Su educación dependía de una anticuada escuela del toreo, que establecía mucho valor, pero poco arte y cero elementos de plasticismo.

   En manos de Bernardo Gaviño se encontraba el toreo primitivo, cuya raíz se diluyó al arribar a América, pues su separación con la modernidad de su época ya no tuvo continuidad en este lado del mundo. En todo caso quienes así lo sostuvieron fueron Juan León Leoncillo o Francisco Montes Paquiro, contemporáneos a su generación.

   No está lejos de lo que hicieron Juan Pastor El Barbero o Manuel Díaz el Lavi y Julián Casas el Salamanquino a quienes acompañó en los redondeles de Cuba y Lima. Pero el apogeo de Gaviño fue tal que las contratas se dieron permanentemente, por lo que su  nombre aparece registrado en infinidad de corridas, al menos en San Pablo y el Paseo Nuevo. Fue una figura en su momento. Pero también un “obstruccionista” -término empleado por Roque Solares Tacubac- que retardó la evolución del toreo aquí, en México. Inmediatamente de que llegaban paisanos suyos les bloqueaba el paso: “ponía en juego influencias e intriga para que no los contratasen y si no lograba su propósito mandaba a las plazas de toros, chusmas que llevaban la consigna de lapidar y decir insultos a los nuevos toreros”. (Cuesta Baquero).

  Los cincuenta años de actividad por parte de Gaviño representan por un lado, posibilidades de mejora en las técnicas taurinas. Pero por otro, una lamentable pérdida de valores ocasionados por descuidos y mezcolanza de sus normas, entonces en boga y que, al final de esa “dictadura” taurina el resultado es el de una reducción de los procesos técnicos y estéticos, en aquel toreo. Y consideramos esto a partir del “obstruccionismo” que retardó la evolución.

   Pero frente a las condiciones que dejaba Bernardo Gaviño y las que tenía puestas en práctica Ponciano Díaz, surge un renacimiento forjado por dos vertientes:

a)la llegada de toreros españoles desde 1885;

b)promoción clave. Pedro Nolasco Acosta, torero potosino, amigo de Carlos Cuesta Baquero, regala un valioso ejemplar de El Toreo. Doctrinal taurómaco del tratadista español José Sánchez de Neira.

   En los artículos de Roque Solares Tacubac se observa la inclinación hacia el tecnicismo. Comparte esas ideas con un grupo de hombres emprendedores que forman el Centro taurino Espada Pedro Romero. Entre otros dirigentes se encuentran: Pedro Pablo Rangel y Eduardo Noriega. En poco tiempo se vio, se sintió el resultado de las aspiraciones de aquella “falange de románticos” -que así se hacían llamar-, los cuales se propusieron cambiar la fiesta de su situación inestable -técnica y estéticamente hablando- a otra que comulgara con esos principios de modo auténtico.

   Ante aquel palpitar se inició una lucha larga, combativa. Los evolucionistas son aquellos falangistas ya conocidos; en tanto que los conservadores, son los incondicionales del toreo a la mexicana. Dicha expresión tenía muchos partidarios localizados, no sólo en la provincia sino en la propia capital del país.

   La transición que acaba por provocar el gusto por el toreo a la española, rompe cuando el país ingresa a la modernidad, al progreso y alcanza para entonces -en el porfiriato-, su estatura dominante en 1888. De ese modo, las grandes expresiones de la cultura mayor sientan reales en las ciudades importantes de aquel entonces. En todo ello la fórmula de “poca política, mucha administración”, funcionó a la perfección por mucho tiempo, pues había anhelos de paz y mejora económica en todo el país, por lo que se sabía cómo impulsar la economía nacional a partir del empeño de jóvenes profesionales que aspiraron colocarse en puestos de la burocracia oficial, en el parlamento, en la judicatura, en la enseñanza o el periodismo.

   Frente a esa reacción de cambio actuó también la tauromaquia que tuvo pilares bien importantes y dos de ellos: Ramón López y Saturnino Frutos Ojitos, ejercieron tal influencia que en gran medida se les debe un agradecimiento.

   Ramón López, entendió aquel síntoma que, convulsionado, empezaba a adquirir un ritmo de orden. Y ante aquella modernidad, ante aquel progreso, el toreo a la usanza española gana adeptos que van a desplazar relajados placeres del quehacer taurino mexicano, del que Ponciano Díaz era su máximo representante.

   He aquí pues, el sistemático empeño por depurar y aniquilar una progresiva enfermedad, dándole nuevo espíritu que es el idóneo en el tiempo y en la circunstancia del toreo nacional a fines del XIX.

   Ponciano Díaz combinaba los dos tipos de torear, el que le aprendió a Bernardo Gaviño y a otros toreros, modelos de inspiración que poseían normas anacrónicas, propias de un momento en el que la tauromaquia mexicana no está sujeta -del todo- a las reglas españolas establecidas. Y ese otro toreo, el campirano que hizo suyo aprendiéndolo con perfección no sólo en Atenco -su matria-, sino en cuanta ganadería pasaba alguna estancia.

   Existe una consideración que apunta el hecho de como el conquistador se transformó en colonizador, trayendo a las tierras conquistadas modos y costumbres, una de ellas la fiesta de los toros. Pero la aportación americana al toreo universal es cuantiosa…

   Es decir, se habla de una correspondencia, de un modo dialéctico en que se trae algo y nosotros lo transformamos o lo mantenemos bajo explicación americana, que es la manera de proyectar el toreo de América a Europa consiguiendo con ello la universalización total.

   Asimismo, el reconocido filósofo Leopoldo Zea, al explicar su posición-reflexión sobre la universalidad, plantea que

La historia iniciada el 12 de octubre de 1492, es una hazaña que da origen a una concepción de la historia como universalidad. Mundos hasta entonces distantes y desconocidos entre sí, se presentan en su unidad en la nueva conciencia de los mismos. Una universalización de la historia que es también la universalización de la conquista y el coloniaje.[1]

   Conjuntar estos apuntes es respaldar otro concepto de universalidad: la de Rodolfo Gaona.[2]

   Por otro lado, sabemos de la inauguración de la plaza de Tlalnepantla, hacia 1874. Pues bien, dos años después se dio la ocasión de un sucedido que pone en relevancia su historial. Veamos.

   La visita del pretendiente a la corona, el Borbón Carlos VII a México en 1876, causó un cúmulo de dudas;[3] cuyos intentos, al parecer eran reivindicar la visión y posesión que España iba perdiendo en los pocos dominios que hasta entonces controlaba o dominaba. Bien, explicado el porqué de su visita, el 11 de enero de 1876 don Carlos acude a Tlalnepantla a una corrida de toros. Llegó “muy príncipe, pero llegó a su palco como cualquier plebeyo, entre pisotones y empujones” dice Clementina Díaz y de Ovando. Aquella tarde se lucieron tanto un picador y un banderillero, que los premió espléndidamente el monarca. En la reseña que aparece en La Revista Universal del 13 de junio se describe al detalle la hazaña.[4] Aunque la verdad, no podían dejar de vertirse opiniones que casaran con el síntoma del progreso. Y es el mismo gacetillero quien nos la proporciona, en función de las señoras asistentes, damas de la sociedad de quienes no se explica si todo lo desarrollado valiera a lo que

están acostumbradas, y aunque como corre sangre de una manera demasiado poco agradable para que puedan tener placer en ello las mujeres.[5]

   No dejaban de darse festejos en lugares tan próximos a la capital, por lo que no se puede hablar de un alejamiento de la fiesta, apenas a unos pocos kilómetros de la ciudad y de manera tan continuada.

   Pero ya para 1881 una nueva plaza de toros, más próxima al Distrito Federal que las de Tlalnepantla, Texcoco, Toluca, Puebla, Amecameca o Cuautitlán por ejemplo, ofrecería diversión a capitalinos que, con sólo desplazarse en trenes de mulitas, curiosos carruajes de color verde, mejor conocidos como los pericos taurinos, podían llegar a la del Huisachal, estrenada el domingo 1º de mayo actuando la cuadrilla de Ponciano Díaz en la lidia de toros de Atenco, San Diego de los Padres y Santín. El único periódico en ocuparse de aquella ocasión fue el Monitor Republicano cuyo número del 8 de mayo siguiente y en su sección “Charlas de los domingos” don Enrique Chávarri Juvenal, antitaurino, escribió:

El nuevo templo para la barbarie es amplio, tiene capacidad para ocho mil espectadores. México se despobló para ir a “El Huisachal”. Tiempo es que la cámara de diputados dé una ley prohibitiva de las corridas de toros en todo el Estado de México, para que no sea de burla la vigente en el Distrito Federal, como la hace la plaza de toros “El Huisachal” construida en los límites de este Distrito y el Estado de México, tan aproximada que puede decirse que los concurrentes a los toros tienen un pie en el terreno donde está prohibido el espectáculo y el otro pie donde no está prohibido. Los toros de Atenco salieron bravos y mataron caballos como montar hormigas. Ponciano estuvo muy bien al estoquear; algunos de sus acompañantes fueron lastimados; los espectadores, delirantes por el olor de la sangre y en plenitud de salvajismo invocaron a los manes de Cúchares y Pepe-Hillo.[6]

   A juicio del Dr. Cuesta Baquero, Juvenal y otros (Duque Job, Manuel Payno) son chimborazos -término este con el que bautiza José Velarde a ciertos intelectuales-. “Hombres sesudos (…) porque lo mismo encabezan una procesión que una orgía, que habitualmente vociferan y ridiculizan de las corridas de toros, pero recurren a ellas para darse importancia y humos de filántropos, haciendo caridad con el dinero que producen…”

   Después de la inauguración comenzó una campaña para hacer eco de la prohibición, pero que poco prosperó debido al debate originado en la sesión del congreso.[7] Cuanto formuló Payno seguía siendo la idea tangible de muchos hombres de su tiempo. El carácter ascendente del régimen porfirista mostraba pluralidad en lo referente a la visión liberal y de progreso, de ahí el rechazo que seguían mostrando infinidad de convencidos por la avanzada. Y siendo Juvenal uno de ellos, al referirse en su crónica sobre los tranvías arrastrados por mulitas, lo hacía de esta forma:

Las cintas de hierro que son símbolo de civilización y progreso, han contribuido al auge de una diversión reveladora de enorme atraso. Los toros siguen en boga.[8]

   Años después, la plaza de El Huisachal era destruida en medio de terrible bronca. A este tipo de excesos se refiere Jorge Portilla.[9] Ocurrió el incidente el 20 de diciembre de 1885, por lo que los propietarios de la de Tlalnepantla ofrecían la continuidad del espectáculo. Por lo tanto, este no faltó como entretenimiento a los “aficionados” de la capital, quienes muy pronto gozarán de la fiesta, como decirlo, en su propia casa.

CONTINUARÁ.


[1] Leopoldo Zea: “América: Una experiencia de reflexión para el futuro” (entrevista de Luz García Martínez). EL BUHO, sección cultural de EXCELSIOR. Nº 355 del domingo 28 de junio de 1992, p. 6.

[2] Si bien, Rodolfo Gaona ya no cae dentro del contexto de esta “inventiva” que he venido explicando, se convierte en una consecuencia por la búsqueda de esa invención y de esa autenticidad netamente mexicanas que él se aboca a hacer universal. Es decir, da un paso más allá del regocijo explosivo de aquel toreo respaldado en la enseñanza de la más rancia tradición, bajo la égida de Saturnino Frutos “Ojitos”.

   “Ojitos” a fines de la octava década del XIX, es banderillero de Frascuelo. En el viaje que Ponciano Díaz hace a España en 1889, este lo incorpora a su cuadrilla y regresan juntos a México. Saturnino vivirá muy de cerca la expresión de nuestro toreo, del que se han mostrado algunos ejemplos. Las conoce pues en su última etapa. A principios de siglo y por recomendación de Ramón López se enfila a León en búsqueda de Rodolfo, a quien se consagrará en cuerpo y alma (más que con todos los demás de la cuadrilla juvenil mexicana).

   Por supuesto, Gaona se merece no estos apuntes. Su quehacer en sí mismo es ya motivo de visiones y amplitudes muy significativas.

   Volviendo al tema, llegamos también a un punto culminante soportado por José Alameda, el cual para explicar a Gaona, acude con Ponciano Díaz quien en España no pasó de ser una curiosidad mexicana; de Vicente Segura, gran estoqueador y “aficionado con agallas”.

El caso de Gaona -sigue apuntando Fernández Valdemoro- es radicalmente distinto. Gaona se sostiene y con él cambia la proposición de las cosas. Hasta entonces todas las primeras figuras habían sido españolas. Gaona es el primero que, sin haber nacido en España, ocupa con total desahogo un puesto de primera línea en el toreo. Es decir, tuvo que llegar el de León a esa estatura para desplazar medianías, o es que acaso fue capaz de romper con el viejo y molesto esquema del menosprecio que ciertos europeos ilustrados tenían para con los americanos. Rodolfo, con su formación, asimilada de su maestro -el cual a su vez, concentró la experiencia de Paquiro y Cúchares en Lagartijo y Frascuelo– asume una capacidad y una responsabilidad de proyectarse hacia España, crisol taurino que hasta entonces “feudalizaba” o monopolizaba el concepto taurómaco.

No digamos pues, que Gaona “universalizó” el toreo mexicano: “Universalizó” el toreo… español (José Alameda).

   Pretendiendo lograr una visión histórica correcta diré finalmente, que la “visión de los vencidos” en cuanto relación indígena de la conquista, no procede. Sí en cambio puedo especificar el interesante asunto de que un “Indio” -sin afán peyorativo- fue capaz de producir una contraconquista.

   En todo esto quiero recalcar una reversión de hechos, re-versión en la medida en que Rodolfo Gaona fue capaz de devolver un hecho netamente español, asimilado por él como resultado de un mestizaje de culturas encontradas y lanzado por ese “Indio grande”, no indio, con minúsculas. Hablo, y para concluir la presente visión, del “Indio Grande”, con mayúsculas, el cual liquidó la vieja idea cimentada en José Daza, quien un buen día dijo que “El toreo, (es) privativo de los españoles…” Por eso, el toreo con Gaona, asoma a lo universal, sin especificidad de naciones y por eso, también por eso, depende su grandeza hasta hoy día inigualada.

[3] Clementina Díaz y de Ovando. Carlos III. El primer Borbón en México. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978. 138 p. ils. (Coordinación de Humanidades).

[4] Op. cit., p. 64. La hazaña del picador merece contarse: embistió el toro, y resistió el de a caballo bravamente; ni él se cansaba de arremeter; ni el hombre de resistir; al fin, desmontándose hábilmente sin separar la pica de la testuz, el picador se deslizó del caballo, se precipitó entre las astas del toro, soltó la púa, se aferró con los brazos y las piernas de la cabeza del animal, y así lucharon hasta que cayó el toro vencido, el picador lo mantuvo todavía algunos minutos completamente dominado y sujeto contra el suelo por un asta. El de la hazaña fue objeto de grandes ovaciones: ¡si al menos el mérito de la lucha hubiera salvado al mísero animal!

[5] Ibidem.

[6] Pedro Pérez: “La plaza de toros El Huisachal”. La Fiesta. Semanario gráfico taurino, No. 81 del 10 de abril de 1946.

[7] Op. Cit.

[8] Ibidem.

[9] Jorge Portilla. La fenomenología del relajo y otros ensayos, p. 50. Las ocasionales destrucciones de plazas de toros o de parques deportivos, de que a veces han dado cuenta nuestros diarios, atestiguan de esta posibilidad de pasar de las “palmas de tango” al regocijado incendio de galerías y patios de butacas. Las autoridades municipales de la ciudad de México, se han visto obligadas en ocasiones a prohibir espectáculos o reuniones, en sí mismos inocuos, pero que a menudo culminan en actos de destrucción; estos actos no se comprenden aplicándoles calificativos que constituyen solo una condenación moral (probablemente justificada) pero que no hacen inteligible el hecho mismo, ni mucho menos los medios de evitarlo.

Deja un comentario

Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO