Archivo de la categoría: 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

EL TORO… SIEMPRE EL TORO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Allí están, a la espera…

  Mientras son tiempos de una larga espera, hay que poner los ojos en el campo, ese espacio donde otros tiempos, los milenarios y seculares vieron lograda una especial forma de domesticación, fundada en incorporar al toro en pieza fundamental de procesos rituales que siguieron una línea impuesta luego, por varias civilizaciones occidentales que lo convirtieron en razón que ejerció profundo fundamento espiritual en los ciclos agrícolas que fue cumpliéndose en forma natural.

Vino después la ruptura de lo sagrado para incorporarlo en lo profano con ello, aprovechando su vigorosa presencia en juegos, en esa lúdica necesidad de divertirse, pero sin distanciarse, el toro mantuvo la figura que originalmente adquirió o se le atribuyó.

Su imponente figura se extendió y la hicieron suya diversas culturas al punto de impulsar y estimular la movilidad y trashumancia de hatos de considerable dimensión. Entre todos aquellos conjuntos, el uro seguía cohabitando, con su enorme figura y complexión, hasta que desapareció al comenzar el siglo XIII.

Aquellas centurias dieron cauce a la apertura de diversos mercados, del intercambio cultural. Fueron empleados también como elemento de práctica durante las múltiples guerras…, y desde 1519 pasa a territorio mesoamericano en paralelo a las acciones que culminaron con la conquista española el 13 de agosto de 1521. Tierra adentro, adaptadas y aclimatadas esta y otras especies fueron traídas por los hispanos desde el segundo viaje de Colón en 1493, instalándose en “La Española” (Haití y República Dominicana). De ahí, y ya consolidada una serie de circunstancias propias de aquel empeño, también hicieron lo mismo desde que pasaron a la isla de Cuba y luego a México.

Iniciada la etapa colonial y ya establecidas las condiciones de vida cotidiana, vino un reparto territorial y con esto, la responsabilidad de administrarlo debidamente. Eran grandes extensiones. Aunque el factor más notable por aquellos tiempos era crear un mestizaje y una aceptación recíproca y esto porque la comunidad indígena poseía una estructura ritual que no fue entendida por los conquistadores, quienes impusieron, primero con la espada y luego con la cruz, sus propias creencias. De la confrontación a la asimilación. Tal circunstancia tuvo un costo elevado hasta lograr el deseable equilibrio, no siempre en términos amistosos.

Y el toro en tanto, no tardó en hacer su presencia y convertirse en integrante de una sociedad de consumo, así como en razón vital de lo festivo. Surgieron conmemoraciones ostentosas, remanente estético de un episodio bélico concentrado en la guerra de los ocho siglos (726-1492) en España, insuflada por los libros de caballería que forjaron varias generaciones de jinetes que, a la brida o a la jinete, alanceaban toros en jornadas lo mismo solemnes que repentinas.

Las grandes unidades de producción agrícola y ganadera debieron tener hatos suficientes con que satisfacer necesidades de esta naturaleza, sobre todo en los espacios urbanos. Sin embargo, llama la atención de que hasta hoy se ubica a un pequeño grupo de haciendas encargadas de enviar toros, y estas eran propiedad, en buena medida de la élite novohispana más representativa. Entre aquellos que tuvieron presencia durante el siglo XVI, se tienen nombres como los de Juan Gutiérrez Altamirano, Jerónimo López, Juan Bello, Jerónimo Ruiz de la Mota, Luis Marín, Pedro de Villegas, Juan Jaramillo, Beatriz de Andrada y Juan de Salcedo. Y luego, en el siglo XVIII y comienzos del XIX, se encuentran: el Marqués de la Villa del Villar del Águila (La Goleta), Juan Francisco Retana (Yeregé), José González Rojo (El Salitre), Pedro de Macotela (Astillero), el conde de Santiago (Atenco), Ignacio García Usabiaga (Tenería), el conde de la Cortina (Tlahuelilpan), Miguel Hidalgo (Xaripeo), Juan N. Nieto (Bocas), Juan Antonio Fernández de Jáuregui (Gogorrón y Zavala), María Antonia Arduengo (Pila), Manuel de Gándara (Bledos) y otros propietarios.

Que más de alguna de estas haciendas comenzara durante aquellos siglos un proceso de modificación en su concepto de reproducción, selección y crianza de toros destinados con fines concretos a las fiestas, no ha sido posible encontrar el testimonio directo que así lo compruebe.

Ya en el siglo XIX, Atenco mantuvo un sistema de producción relacionado con la “crianza” de sus toros, orientado tanto a la ciudad de México como para su aprovechamiento interno. La “hacienda principal”, conocida así desde 1722 junto con sus anexas que no eran sino ranchos, con sus herramientas y aperos para el desempeño de diversas actividades agrícolas (cerealeras), como el cultivo de maíz, ganadera (ganado mular, caballar, ovino, vacuno y porcino), actividad esta que a partir de 1830 hace que “La Principal” se dedique de lleno, lo cual causó que se criaran numerosos ganados, sobre todo para la lidia, mismos que tuvieron que distribuirse en las demás haciendas. Una de sus instalaciones básicas, que sigue en pie es la plaza de tienta, reseñada en la “Noticia que se suscribe al señor don Manuel Terreros: Frente a la fachada de la finca se encuentra un toril de mampostería bastante grande (…) construido en 1836.

En “La principal” se concentraba la mano de obra, como es el caso del caudillo, o jefe de la cuadrilla de vaqueros, el calador, el carrocero, el caballerango, etc.

Otra de las haciendas era la de Zazacuala donde el cultivo principal era la cebada y el maíz. La de Tepemajalco, cuya actividad agrícola se destinaba a la cebada, haba y nabo.

En cuanto a la Vaquería de Santa María, una de las de la “Principal”, concentraba actividades dedicadas a diversos productos lácteos, tales como el queso, mantequilla, requesón y leche. En la propia hacienda se estableció una tienda para su venta y distribución, así como para el consumo interno. La hacienda de Quautenango, pasó al rango de vaquería para luego desaparecer como fruto de los constantes problemas de tierras con los pueblos limítrofes. En sus extensiones hubo cultivos de maíz, haba y cebada, además de que se mantuvieron cabezas de ganado bovino y de manso, caballar (para labores y servicio de los ayudantes) así como ganado porcino. Semejantes condiciones se dieron en la hacienda de Santiaguito. La de San Agustín contaba con la peculiar cosecha de trigo así como de los otros productos agrícolas. En su superficie de 296 hectáreas, ubicada en la actual población de Calimaya, por donde pasaba el camino real que iba de Tenango a Calimaya, se concentró la mayor actividad de crianza de ganado vacuno.

Atenco también contaba con las haciendas de San Antonio, misma que no aporta grandes datos, solo el de 1836 que nos habla de que a ella pertenecía el rancho de Santa María y se dedicaba a labores agrícolas.

San Joaquín (o también Quautenango), en 1755 su nombre cambió al de Señor San Joaquín. Tuvo una curiosa transformación de concepto de rancho, elevándose a hacienda. Su actividad principal era la labor agrícola, cultivándose maíz, trigo, haba, papa y alberjón. En 1837 se separó de las extensiones de Atenco quedando en propiedad de Jesús Garduño y Garduño, posesión que fue refrendada a Carlos Garduño Guzmán con fecha 26 de enero de 1889. En 1836 se tuvo el cálculo de que las sementeras de maíz entre las haciendas de San Antonio Zazacuala, Tepemajalco, San Agustín, Santiaguito, Cuautenango y San Joaquín tenía un rendimiento de 9000 fanegas de maíz limpio que descartaba el “maíz de suelos ni de mazorca podrida, porque debe resultar de muy mala calidad por el hielo o las lluvias”.

En todas ellas, se mantuvo un grupo de trabajadores controlados por un mayordomo. Además había rancheros, coleros, porqueros, boyeros, semaneros, cuerveros, orilleros, zacateros, aguadores, peones y ayudantes.

Cada una de dichas labores estaba bajo el mando del mayordomo quien a su vez informaba de todos los acontecimientos al administrador general mismo que tomaba las decisiones más relevantes. Este, a su vez, ejerciendo la distribución de recursos de manera idónea; debía hacerlo pensando, una parte para la raya la otra para gastos. Claro, las diversas administraciones variaron su función dependiendo de condiciones tales como: arrendamiento, sociedad o mediería que hicieron cambiar de modo recíproco las relaciones entre las anexas y la Principal.

Hubo para ello que comunicar los hechos relevantes directamente a los propietarios que habitaban la casa principal en la ciudad de México a través del correo en forma constante, y ello se comprueba por la infinidad de documentos de tal característica, concentrados en el Fondo: Condes Santiago de Calimaya (UNAM) que además acumula estados semanarios, libranzas, certificaciones y hasta recados.

En la tienda de raya, proveída de víveres y otros artículos se efectuaba la compra en abonos, lo que ocasionaba pérdidas pues la deuda no se cubría ya fuera por falta de pago, ya fuera por insolvencia.

Resulta curioso que otros conceptos de deuda, el del pago de la raya o de ciertas contribuciones tuviese que ser solucionado vendiendo alguna parte de las tierras o resolviendo un embargo con “39 reses a la hacienda de Atenco para cubrir un adeudo de 1,000 pesos”, asunto que ocurrió el 3 de diciembre de 1860.

Por lo demás, y dada la intensa actividad ganadera se percibe, por lo menos en el período que va de 1815 a 1878, la mano de obra, junto con la de carácter agrícola, hacen que se mueva sobre todo población indígena que habitaba la región y los alrededores.

Con el tiempo, la hacienda de Atenco también se le llamó “La Principal”, por ser la que ejerció el control administrativo durante el siglo XIX. Tenía como anexas otras tierras como la vaquería de Santa María, y los ranchos de San José, Los Molinos y Santa María.

Con el paso de los años, y fundamentalmente con lo ocurrido en la hacienda de Atenco, se presentó un mercado que aprovechó la amplia proliferación del ganado, básicamente del que se destinaba para lidia, lo que representó un renglón confiable. En ese orden, el ganado vacuno, el lanar y en menor cantidad cabras y cerdos, representaron los sustentos de una explotación que generó constantes ingresos, que evidentemente intervenían en la operación agrícola, misma que contaba para su desarrollo con ganado caballar, mular y asnal.

Volviendo al caso de Atenco, debe recordarse que la hacienda “La Principal” era la dedicada a la ganadería, estando integrada por los potreros Bolsa de las Trancas, Bolsa de Agua Blanca, Puentecillas, Salitre, Tomate, Tiradero, Tejocote, Tulito, San Gaspar y La Loma, en los que en general se concentraba el ganado, mientras que en otras haciendas solo había los animales necesarios para la labranza y transporte de los productos.

Al igual que la producción de semillas, el ganado vacuno y el bravo se vendían en su mayor parte a la ciudad de México, aunque éste también era vendido en Toluca y Tenango (1873), en Tlalnepantla, Metepec, Puebla y Tenancingo (1874). En esos años los toros muy contados, solo se alquilaban.

Bajo la nueva administración, por parte de Rafael Barbabosa Arzate (hasta 1887) y después de sus hijos, quienes formaron la “Sociedad Rafael Barbabosa, Sucesores”, la hacienda atenqueña recuperaría el viejo pulso de actividad interna y externa que le caracterizó durante las décadas anteriores, sin olvidar que los siglos XVI al XVIII representaron el enorme cimiento donde se estableció y se afirmó ese conjunto de tareas y negocios.

De nuevo, y con todo ese historial a cuestas, el toro sigue esperando en el campo, dispuesto a demostrar su presencia, fortaleza y bravura, como siempre.

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492 AÑOS DE HISTORIA ATENQUEÑA: 1528-2020.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Atenco, como la ganadería más antigua que hoy se conserva en nuestro país, tiene muchas historias que contarnos. Así que, en ocho años más, alcanzará sus primeros 500 años.

Desde 1524, Hernán Cortés decide establecerse en el valle de Toluca y para ello entra en conversación con el señor de Xalatlaco para indicarle dichas intenciones, y lleva a cabo el proceso de fijar allí su concepto que, en tanto ganadero se tendría por entonces. En una carta del 16 de septiembre de aquel año Hernán se dirigió a su padre Martín Cortés haciendo mención de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

Dos años más tarde, y por conducto del propio Cortés, le fueron cedidos en encomienda a su primo el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, los pueblos de Calimaya, Metepec y Tepemajalco, lugar donde luego se estableció la hacienda de Atenco, hecho que ocurrió el 19 de noviembre de 1528. Esto, como consecuencia de las sospechas que la primera audiencia, encabezada por Nuño de Guzmán fijaron sobre excesos en la posesión de tierras que integraban la que fuera esa ambiciosa extensión del marquesado del Valle que obligaron al extremeño a realizar un viaje a España, con objeto de entrevistarse personalmente con el rey Carlos V y aclarar los motivos de tal posesión.

Sobre el tipo de ganados que pastaron desde aquellos primeros años, es preciso aclarar que

Las primeras especies de ganado mayor traídas de la península pertenecían a la “serrana, cacereña, canaria y retinta”, animales de gran rendimiento cárnico y laboral. Dichas especies se reprodujeron en grandes hatos en el territorio virreinal que tuvieron buena adaptación al clima y a los terrenos más difíciles. Las primeras vacas dieron origen a las distintas clases de “razas criollas”, resultado de las diferentes cruzas entre las razas puras de origen, de las cuales se obtuvo el tipo “mestizo”.

   Aquella gran población de ganados se estableció materialmente en todo el Valle de Toluca, por lo que las comunidades indígenas se quejaban del abuso cometido por los dueños de las vacadas, quienes dejaban libres sus animales para pastar, entrando estos a las sementeras destruyendo los sembradíos. Los naturales al verse rebasados por tal circunstancia no tuvieron más remedio que alejarse de sus asentamientos, desapareciendo en consecuencia los pueblos de indios.

   Y en ese sentido era tal el volumen y multiplicación del ganado, por lo que hubo algunos propietarios que llegaron a marcar anualmente hasta treinta mil becerros, quedando fuera un buen número de cabezas que por falta de control y cuidados se hacían cerreros.

   Por eso, es difícil atribuir o establecer, como lo dijo Nicolás Rangel en su momento que Atenco se debía a un pie de simiente formado por doce pares de toros y de vacas de raza navarra. Esto lo publicó en su célebre libro Historia del toreo en México (1924), pero no nos da razón de la fuente consultada y hasta hoy, dicho documento no es visible entre la numerosa información reunida y conservada en el Archivo General de la Nación Mexicana.

Pero el hecho es que, al avanzar su historia, y contar con un territorio que pudo haber alcanzado las diez mil hectáreas, o quizá más, puesto que el condado de Santiago Calimaya fue uno de potentados de mayor riqueza y posición durante el virreinato, habría tenido suficientes condiciones para llevar a cabo en tierras específicamente destinadas para ese propósito, la crianza no solo de ganados mayores, sino de menores, en tierras francamente apropiadas, con el paso del río Lerma en buena parte de sus extensiones, lo cual también benefició la producción de otros muchos elementos con los que generar un auténtico mercado, el destinado al comercio y la distribución de diversos bienes de consumo, no solo en la región, sino los destinados a otras ciudades como la capital de la Nueva España misma.

Fue durante el largo periodo de 351 en que una sola familia, la descendencia de Gutiérrez Altamirano, que luego en 1616 obtuvo el título de condado, detentó el control de dicha unidad de producción agrícola y ganadera. En cuanto al que he considerado como principal periodo de “esplendor y permanencia”, este va de 1815 a 1915 en el que, según un balance elaborado exhaustivamente, indica que la cantidad de encierros lidiados fue de 1179, lo cual deja ver a las claras, el nivel de importancia, pero sobre todo de capacidad en cuanto al hecho de que, al margen de los tiempos que corrieron, y de las diversas circunstancias que se desarrollaron a lo largo de esa centuria; sea porque se hayan presentado tiempos favorables o desfavorables; ese espacio fue capaz de enfrentar condiciones previstas o imprevistas también. Me refiero por ejemplo al paso de los insurgentes en octubre de 1810, a las favorables condiciones de clima; a la revolución, o al reparto de aquellas casi 3 mil hectáreas que quedaron a finales del siglo XIX y que fue realizado por los integrantes de la “Sociedad Rafael Barbabosa, Sucesores”.

El hecho es que en 1879, cuando nuestra hacienda se encontraba bajo una marcada decadencia, esta fue adquirida por D. Rafael Barbabosa Arzate quien la estabilizó en poco tiempo, dada su afición y, a pesar de haber muerto en 1887, sus hijos se empeñaron en mantener aquella leyenda en realidad pura. Y no es casual el hecho cuando se lee una reseña aparecida en El Arte de la Lidia, del 4 de diciembre de 1884, en la que da cuenta de la actuación de los espadas José María Hernández El Toluqueño y Juan Jiménez Rebujina, quienes andaban haciendo ruido por Toluca, como sigue:

   Las reses que se lidiaron en la plaza de Toluca fueron de la acreditada hacienda de Atenco, y al mentar esta ganadería, no se puede decir nada de elogios, porque la verdad, la cosa está probada con hechos muy grandes. Son toros de origen de raza navarra, de buena ley, listos, valientes y de mucha gracia y renombre en la República (…)

   Los toros que se jugaron en esta corrida, fueron como vulgarmente se dice, de rompe y rasga, es decir, que se prestaron con brío, ligereza y empuje a todas las suertes de los diestros.

   Por su parte José Julio Barbabosa, primo de Rafael, anota en sus memorias:

(era la (Antigua de Atenco, mezclada con S. Diego de los padres, (y (Atenco con Navarro (ví jugar este toro, p.a mi cualquier cosa) con Miura, Saltillo, Benjumea, Concha y Sierra y con toro de Ybarra, (feo pero buen torito), además, las cruzas de estos toros con vacas de S. Diego, por tanto no bajan de tener 12 clases diferentes de toros en el repetido Atenco, ¿cuál de tantas razas será la buena? (incluyendo, evidentemente lo “navarro”. Notas escritas en noviembre de 1886).

   Finalmente, desde 1964 y hasta la fecha dicha propiedad está bajo la égida de la familia Pérez de la Fuente.

Atenco tuvo, como parte de sus métodos de crianza tres que le eran suficientemente confiables: volumen, método y eficacia. Así, la empeñosa misión de los hacendados, que dirigieron sus propósitos a la crianza de toros bravos, tuvo momentos de señalada evolución, aplicando criterios selectivos que iban de la sencilla intuición, a complejos cruzamientos que actualmente han llegado al empleo de la moderna técnica donde se utilizan factores genéticos, apoyados por la ciencia, médicos veterinarios y el uso de la computadora.

Al mediar el siglo XIX, con el abundante despliegue de encierros que Atenco envió a las diversas plazas donde eran requeridos esos toros, deben haber existido principios cuya especificidad estaba sustentada en dichas experiencias, sobre todo entre vaqueros y administradores, más de aquellos que de estos, debido al principio natural del contacto permanente y cotidiano que esos hombres del campo tuvieron, compartiéndola de seguro con el propietario, como es el caso en Atenco, pero también en haciendas inmediatas como Santín y San Diego de los Padres, en cuya historia encontramos datos de notable interés.

En buena parte del siglo XIX, la venta de ganado se concentraba en plazas como la Principal de toros de San Pablo, la del Paseo Nuevo (en la capital del país). Así como las de Puebla; Toluca, Tenancingo, Tenango de Valle, Amecameca, Santiago Tianguistenco en el estado de México o la de San Juan del Río, Querétaro, sitios a los que con frecuencia eran vendidos los lotes negociados. Imposible olvidar que algunos de esos encierros se lidiaron también fuera del país.

El volumen refleja la cantidad de ganado a atender, pero también como la condición del beneficio para la hacienda misma, cubriéndose así varios factores como adeudos, pago de raya, el propio favor para el propietario, cuenta de la aduana. Incluso, en las devoluciones se pueden notar las cantidades de toros, novillos o becerros que regresaron a la hacienda, y hasta es posible conocer la depreciación o la pérdida total si en el camino, alguno de ellos moría, como ocurrió con frecuencia.

En cuanto al método, se conocen varias situaciones, interesantes todas ellas, y que tienen que ver con las actividades ligadas al quehacer campirano, que no es exclusivo de esta hacienda, sino que se extendió en muchas que registraban a su interior comportamientos como los ocurridos en Atenco.

Empezamos por la vaqueada, acción de desplazar ganado de un sitio a otro, o el beneficio de los pastos o los potreros donde se ubicaban los ganados, siendo en buena medida circunstancial, aunque también casual para aquellos que entendían y creían en las bondades de aquellos espacios, de los que se obtenían resultados satisfactorios reflejados en la plaza. Existe incluso el lado opuesto, cuando los toros no jugaron correctamente, asunto que era motivado “o porque estuvieran enfermos, o porque se hayan traído equivocadamente sin ser de los del juego del cercado…”

Hay otro tipo de factores que tienen que ver con las condiciones de la naturaleza, que se vivían en el valle de Toluca en sentidos a veces extremos, como por ejemplo las heladas, que terminaban con cosechas o con el maltrato del pasto, lo cual obligaba a desplazar el ganado a otros potreros o, en su defecto “dejarlos con las vacas, con las que todavía están corriendo”.

A todo lo anterior, se agregan el pastoreo de los ganados, sin faltar el obligado destete, el herradero y el apartado, tareas que ocurren de manera permanente. No faltan aquí detalles sobre vacas picadas por enfermedad que, a consecuencia de ello murieron las crías o aquella otra donde el ganado sufre padecimientos como el “mal de lengua” (mal de garganta o úlcera de la boca). Un aspecto peculiar nos habla de la existencia de unos toros que, a pesar de su mal color “se puede disponer de ellos”. En Atenco predominó mucho el toro de pelaje color rojo: colorados, colorados retintos, colorados bragados u oscuros (castaño, se dice en la jerga actual). Aquel “mal color” pudo haber sido el de los toros berrendos, berrendos en castaño, berrendos en negro, (que es la combinación y predominancia de pelo blanco, con los de color rojo o negro), o también cárdenos (oscuros o claros, pelaje donde se combina el pelo negro y las tonalidades grises y blancas), sin faltar los de pelaje sardo (que llevan los tres pelos: blanco, negro y colorado).

Y por eficacia, es precisamente por el juego que ofrecían los toros en diversas plazas a donde eran lidiados, lo cual nos habla de unas extraordinarias condiciones, muy bravos, al extremo que por ejemplo, el quinto de la tarde (en el festejo ocurrido el 28 de noviembre de 1852 en la plaza de toros del Paseo Nuevo, D.F.), después de haber ocasionado serios estragos entre los picadores y sus cabalgaduras, “a vox populi lo indultaron…”

La eficacia se manifiesta con herraderos masivos de hasta 114 becerros, incluyendo 18 de media señal (dato de 1858). El conjunto era “muy bonito y grande como nunca se había hecho sin duda alguna en razón de no haberse ordeñado”.

Como va quedando claro, se buscaba que antes de que el ganado llegara a la plaza se pastoreara previamente 15 o 20 días antes de la fiesta, labor que corría por cuenta de la hacienda misma, lográndose de alguna manera que el ganado se presentara en la plaza más vigoroso y con mejor presentación, puesto que era costumbre por esos años el trasladar los encierros a pie, actividad que debe haber durado de dos a tres días. La ruta que se tomaba era: salida de la hacienda, Ocoyoacac, Cuajimalpa, Olivar de los Padres y finalmente concentrados en los corrales –si es que contaban con dicha instalación-, tanto en la plaza de San Pablo como en la del Paseo Nuevo.

Así que entre el potrero, el llano y el cercado estaba supeditada la posibilidad de mejores resultados, lo cual iba a compararse en la plaza directamente. Sin embargo, ocurrían circunstancias como la mencionada en carta del 6 de noviembre de 1855, cuando los toros que estuvieron en el potrero fueron muy buenos, a pesar de un encierro lidiado con anterioridad que no salió tan bueno en la plaza y que si embargo estuvo también en el potrero.

La hacienda de Atenco, además de dedicarse a las cuestiones eminentemente ganaderas, como una manera de complementar y diversificar sus actividades, incluía la labor agrícola: siembra de maíz, trigo, haba y en menor escala otras semillas.

Atenco era llamada también El Cercado (tal vez este nombre se originó por la cerca que levantaron para deslindar y controlar los ganados, evitando así que éstos invadieran terrenos aledaños: “En Toluca y Tepeapulco, donde se oponían densamente indígenas y ganados, se levantaron cercas para impedir la entrada de los animales en las sementeras”). También se le llamó La Principal, por ser la que ejercía el control administrativo. Tenía como Anexas las haciendas de San Antonio, Zazacuala, Tepemajalco, San Agustín (donde por cierto se dedicaba a la cría de ganado vacuno), Santiaguito, Cuautenango, San Joaquín, así como la vaquería de Santa María, y los ranchos de San José, Los Molinos y Santa María.

Tanto la hacienda Principal como las Anexas pertenecían al distrito de Tenango del Valle y a la municipalidad de Santiago Tianguistenco, del Estado de México. Debido a cambios efectuados en la organización territorial, para fines del siglo XVIII las haciendas de Atenco (pues no se diferenciaba La Principal de las Anexas) pertenecían unas a la jurisdicción de Metepec y otras a la de Tenango del Valle.

La hacienda Principal era la que ejercía el control, distribuía y vendía la producción y debía destinar cierta cantidad semanal para las rayas y gastos de las fincas. La forma de ejercer dicho control varió a lo largo del siglo XIX, en relación no solo con las necesidades existentes, sino también con relación al administrador en turno. Funcionaron en bloque hasta 1870-1875 en que debido a condiciones de arrendamiento, sociedad o mediería, cambiaron las relaciones de las Anexas con La Principal y ésta con aquellas.

El Administrador era el responsable de la buena marcha de las haciendas y quien debía mantener informado sobre las mismas al propietario, sobre todo en nuestro caso, en el que por la documentación de Atenco y Anexas aparentemente éste último no llegó a visitarlas, no obstante, su cercanía con la ciudad de México. El mismo Administrador era la máxima autoridad en las haciendas y quien resolvía los problemas que pudieran presentarse. En las Anexas era representado por el mayordomo, quien en la documentación analizada aparece que percibía un salario de 20 ps. al mes. Por su conducto se efectuaban préstamos a los gañanes. “El administrador carece de todo poder para transformar las posesiones que le son encomendadas; se limita a conservarlas en depósito como un precioso legado de cuya integridad responde ante el dueño; su función se reduce a usufructuar los haberes en beneficio ajeno”.

Entre los trabajadores permanentes podemos mencionar los siguientes: El administrador, sus dos ayudantes, el médico, los vaqueros, el carrocero, los sirvientes de casa, los mayordomos de las otras haciendas, el caudillo, los porteros, el velador, el mozo, y el caballerango. En la Vaquería había caporal, vaquero y pastero. Debe señalarse que de estos trabajadores no todos estuvieron empleados simultáneamente, pero los reportamos como permanentes porque durante un determinado período sí fueron estables.

El caudillo, los vaqueros, el velador, el carrocero, el caballerango y un caudillo jubilado figuraron de 1870 a 1875. Había cinco vaqueros y a partir de 1875 se eliminó uno. Aparte del caudillo en turno, en Atenco figura un caudillo jubilado, quien a pesar de ya no desempeñar completo su oficio, tenía asignada y se le pagaba semanalmente una cantidad inferior del sueldo real, por jubilación.

Entre los trabajadores temporales mencionamos los siguientes: el mayordomo de atajos, trojero, bueyeros, milperos, ayudantes, carretoneros, peones de a pie, colero, puerqueros, aguador, galopina, carpinteros, pastores, jornaleros, orilleros, gañanes, albañiles, techadores, herreros, peones en la ordeña, peones sueltos, en las zanjas, juntando majada y en la presa. El número de trabajadores temporales fue aumentando considerablemente.

Según un inventario de 1755, las haciendas cultivaban maíz, haba y trigo, pero a partir del siglo XIX se incluye cebada, nabo, papa, alberjón y eventualmente frijol y alfalfa.

Fue hasta 1830, luego de la recuperación de la hacienda tras el paso de los “insurgentes” en 1815, cuando La Principal se dedicó de hecho solo a la ganadería, de tal suerte que en la misma se llegó a criar un número considerable de ganado mayor y menor, del que se dotaba a las demás haciendas.

La Principal estaba integrada por los potreros Bolsa de las Trancas, Bolsa de Agua Blanca, Puentecillas, Salitre, Tomate, Tiradero, Tejocote, Tulito, San Gaspar y La Loma, en lo que en general se concentraba el ganado, mientras que en otras haciendas solo había los animales necesarios para la labranza y transporte de los productos.

Al igual que la producción de semillas, el ganado vacuno y el bravo se vendían en su mayor parte a la Ciudad de México, aunque éste también era vendido en Toluca y Tenango (1873), en Tlalnepantla, Metepec, Puebla y Tenancingo (1874). En esos años los toros muy contados, también solo se alquilaban.

De acuerdo con las cifras de los inventarios, el ganado vacuno era el que ocupaba el primer lugar en cuanto al número y comprendía desde la cría hasta la engorda. Figuraba como cerrero, manso, boyada y de más importancia el ganado bravo.

Del ganado se hacía el máximo aprovechamiento, ya que o se vendía en pie, enviándose preferentemente a México. En caso de muerte, se comercializaba su carne, las pieles y el sebo que se procesaba. También se vendía su boñiga.

Por lo que toca a la venta de ganado bravo, en la contabilidad de Atenco figuran, en una época, envíos semanales a México y Toluca, aunque además se anotan remesas a Tlalnepantla, Puebla, Cuernavaca, Tenango, Tenancingo, etc.

Las reses bravas poco se vendían en la región para su lidia, y excepcionalmente se vendían para alguna celebración, como fue el caso de la venta efectuada en mayo de 1857 de 23 toros y 3 novillos para las fiestas que se dieron en Santiago Tianguistenco y Tenango, vendidos en $956.00. Se sabe que también se efectuaban corridas a beneficio de alguna causa en especial, como se deduce de lo siguiente: “Siempre fueron, y siguen siendo, las corridas de toros recurso seguro para obtener rendimientos pecuniarios con qué atender a obras de beneficencia pública y privada, mejoras materiales o para otras erogaciones de índole diversa.

También se llevaban a cabo “corridas en beneficio de la ganadería de Atenco”, ya que según una anotación en los libros, al no concederse el resultado económico de la efectuada el 10 de enero de 1856, en el inventario de reses bravas se da salida a “8 toros remitidos a México para la corrida que se dio a beneficio de la hacienda”, cargándose a $60.00 cada uno; lo anterior debido quizá a la bravura y nobleza del ganado criado en Atenco, pues hay anotación que dice que en 1874 en Tenancingo fue indultado un toro de esta ganadería. Además dicho ganado aún era lidiado en la plaza de toros de México por los años de 1940 y hasta nuestros días, reducida su presencia hasta lo más mínimo.[1]

También se manejaba el ganado manso, en la Vaquería de Santa María donde se realizaba la ordeña. Se contaba para ello con vacas, pero también con toros padre, terneras, toretes y becerros. El ganado manso se dedicaba en su mayor parte al tiro de arados y carretas y un número limitado para engordarse y venderse como carne, puesto que se contaba con ingresos al existir varias carnicerías al interior de Atenco.

Entre otros ganados se contaba con el caballar, mular y asnal. Lanar, porcino, caprino, y desde luego el vacuno en dos variedades: manso y de lidia.

En los años de 1855, 1856 y 1874 el precio de cada toro vendido para las corridas era generalmente de $50.00 y $60.00, aunque eventualmente en el segundo año de los mencionados se llegaron a cobrar hasta $74.00. En ese mismo año las vacas bravas se vendían entre $13.00 y $18.00 y el novillo, si estaba flaco, en solo $10.00. En 1873 los toros vendidos para lidiar en Tenango se cotizaron al mismo precio que los vendidos a Toluca.

OBRAS DE CONSULTA

José Francisco Coello Ugalde, “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Proyecto de tesis doctoral en Historia de México. UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 2006, cuya deliberación quedó pendiente de aprobación. En él, se encuentran reunidos varios anexos que elevan la cantidad de información a poco más de mil páginas en estos momentos. Es una investigación profusamente documentada e ilustrada.

José Julio Barbabosa, “Nº 1 Orijen de la raza brava de Santín, y algunas cosas notables q.e ocurran en ella J(…) J(…) B(…). Santín Nbre 1º/(18)86”. 178 p. Ms.

Nicolás Rangel, Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. fots.

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SUERTES TAURINAS EN DESUSO. (2 de 2).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Escena de una mojiganga, desarrollada hacia mediados del siglo XIX. Col. del autor.

   Andando el tiempo, justo en 1724, ocurre la abdicación de Felipe V, provocada según Domínguez Ortiz a un “recrudecimiento de la dolencia mental del rey” sometida a escrúpulos religiosos, lo cual orientó su opinión al no llevar bien las riendas de la monarquía. El “castrato” Farinelli ayuda a superar los estados de depresión del monarca, quien en 1737 acusa gravedad, descuidándose en su persona, luego de padecer 20 años esos problemas. La reina Isabel de Farnesio pidió al “castrato” que cantara en una pieza contigua donde se hallaba su majestad con el fin de que ese fuera un remedio, luego de intentos fallidos. Y el remedio tuvo resultado. El borbón volvió a sentirse mejor y al querer compensar a Farinelli este sólo le pidió al rey que se arreglara en su persona y de nuevo atendiera los problemas del gobierno.

   Era entonces y se comportaba el rey como un extravagante. Se pierde entre la obscura selva de fueros y franquicias de las regiones españolas y echa de menos el centralismo francés y su montaje administrativo impecable.[1]

   En ese estado de cosas pudo suceder el ya conocido desprecio que en gran medida se debió al cambio social -ese afrancesamiento del que fue permeándose la burguesía, la cual entra de lleno a una cultura que le es ajena pero que acepta para congratularse con el rey y su ministerio-. En tanto, el pueblo, asumiendo una posición ya conocida como del flamenquismo, gitanería, majismo, aprovecha esa concesión apoderándose de una estructura que en el fondo les pertenecía. Estamos ante lo que se conoce como una “reacción castiza”.

En seguida, se recoge un cuadro sintético del prereformismo borbónico, el cual nos orientará a otras latitudes.

Cuando caracterizamos al siglo XVIII español como reformista pensamos, ante todo, en la actividad desplegada durante el reinado de Carlos III, a la que sirvió de pórtico, en algunos sectores, la de los ministros de Fernando VI. El reformismo del primer borbón fue de distinto signo y, en general, mucho más moderado. No se propuso reformas ideológicas o sociales. Su finalidad era reforzar el Estado, para lo cual había que atacar sectores contiguos, en especial el económico. También debía asegurarse el control sobre una Iglesia prepotente. Tres son, por lo tanto, los aspectos a considerar: la reorganización del aparato estatal, el intervencionismo en el campo económico para lograr una mayor eficacia y el reforzamiento del regalismo en materia eclesiástica.[2]

Ahora toca apreciarlas, tal y como se desarrollaban en la plaza de San Pablo. Col. del autor.

   Se va vislumbrando desde España una dispersión, un relajamiento de las costumbres, de las modas y modos, hasta llegar a extremos de orden sexual. Caemos pues, en el relajamiento de las costumbres mismo que se va a dar cuando el afrancesamiento, más que las ideas ilustradas es ya influyente. Para el último tercio del XVIII se manifiestan comportamientos muy agitados en la vida social.

Va a ser importante referir las maneras en que los novohispanos de fines del XVIII reciben y aplican las alternativas de la “reacción castiza” propia del pueblo español, reacción que aquí se incrementó junto a otra de similares condiciones. Me refiero a la reacción criollista,[3] dada como resultado a los ataques de parte de ilustrados europeos entre algunos de los cuales opera un cambio de mentalidad irracional basado en la absurda idea sobre lo ínfimo en América. Buffon, Raynal, de Pauw se encargan de despreciar dicha capacidad a partir de puras muestras de inferioridad, de degeneración. Todo es nada en el Nuevo Mundo. Ese conjunto de diatribas sirvieron para mover al criollo a su natural malestar y a preparar respuestas que comprueben no solo igualdad sino un hondo deseo de mostrar toda su superioridad, lo cual le permite descubrirse a sí mismo.

Ese modo de comportarse da al mexicano sellos originales de nacionalismo criollo, un nacionalismo que no se significará en cuanto tal para el toreo, aunque este va a asumir una propia y natural expresión. Y si natural puede llamarse al estado de cosas que se anunciaba, es decir, la independencia, ésta se enriqueció a partir de factores en los que

A pesar de encontrar oposición, España continuó con la extensa reorganización de su imperio durante los últimos años del siglo XVIII, proceso al que comúnmente se le conoce como las Reformas Borbónicas.[4] Estableció un ejército colonial, reorganizó las fronteras administrativas y territoriales, introdujo el sistema de intendencias, restringió los privilegios del clero, reestructuró comercios, aumentó los impuestos y abolió la venta de oficios. Estos cambios alteraron antiguos acuerdos socieconómicos y políticos en detrimento de muchos americanos.[5]

Luego, con el relajamiento van de la mano el regalismo y un centralismo, aspectos estos importantísimos para la corona y su política en América desde el siglo XVI, de los cuales se cuestiona si favorecieron o contrariaron el carácter americano. Ello es posible de confirmar en las apreciaciones hechas por Hipólito Villarroel en su obra de 1769, Enfermedades políticas… donde se acusa una total sociedad desintegrada, tal y como puede palparse a continuación:

El desorden de todas las instituciones era responsable de la despoblación y destrucción de los habitantes y el gobierno debía remediarlo mediante una nueva legislación para todo. Las grandes ciudades como la de México, se cargaban de maleantes y de lupanares y todo sucedía a la vista de las autoridades, porque también representaban otra carga de personas varias, ostentosas e insoportables. Todos vivían como se les antojaba y llegaban a perturbar hasta el reposo, de día y de noche, y no se atendía a los reglamentos que existían para uno de los corregidores.[6]

   De nuevo el relajamiento, respuesta dispersora de la sociedad,[7] misma que encuentra oposición de parte de los ilustrados, quienes definen al toreo como

un entretenimiento tan cruel y sangriento como éste, [que] era indigno de una nación culta. ¿Qué podía pensarse, decían ellos, de un pueblo que gozaba viendo cómo se sacrificaba a un animal que no hacía más que defenderse y cómo un hombre arriesgaba su vida, y a veces la perdía, sin razón alguna?[8]

Ellos mismos se encargaron de encontrarle muchos males sociales. Así, con sus observaciones detectan oficinas de gobierno vacías; padres que gastan sumas elevadas para ir a ellas (a las corridas), privando de necesidades vitales a sus familias lo cual en suma ocasionaba el empobrecimiento de la población. Y en otros términos caían en la tentación del dispendio.

Los ilustrados encabezados por Feijoo, Clavijo y Cadalso, se oponen. Para Campomanes el toreo es la ruina y en Jovellanos es la negativa de popularidad total sin embargo, a todos ellos, se contrapone Francisco de Goya y toda su fuerza representativa, misma que dejó testimonio vivo de lo que fueron y significaron aquellas fiestas bajo el dominio de Carlos IV. Y es que Goya deja de padecer la guerra y sobre todo la reacción inmediata a ella, refugiándose en la sugerencia que Nicolás Fernández de Moratín le ofrece en su Carta Histórica.[9] Es decir, ese recrear la influencia de los moros y que a su vez quedó impresa en el toreo, es el resultado directo de la TAUROMAQUIA de Goya.

 

Por su parte Gaspar Melchor de Jovellanos propone luego de concienzudo análisis, que la estatura del conocimiento permite ver en los pensadores un concepto del toreo entendido como diversión sangrienta y bárbara. Ya Gonzalo Fernández de Oviedo

pondera el horror con que la piadosa y magnífica Isabel la Católica vio una de estas fiestas, no se si en Medina del Campo [escribe Jovellanos]. Como pensase esta buena señora en proscribir tan feroz espectáculo, el deseo de conservarla sugirió a algunos cortesanos un arbitrio para aplacar su disgusto. Dijéronle que envainadas las astas de los toros en otras más grandes, para que vueltas las puntas adentro se templase el golpe, no podría resultar herida penetrante. El medio fue aplaudido y abrazado en aquel tiempo; pero pues ningún testimonio nos asegura la continuación de su uso, de creer en que los cortesanos, divertida aquella buena señora del propósito de desterrar tan arriesgada diversión, volvieron a disfrutarla con toda su fiereza.[10]

   Jovellanos plantea en su obra PAN Y TOROS el estado de la sociedad española en el arranque del siglo XIX. Es una imagen de descomposición y relajamiento al mismo tiempo y al verter sus opiniones sobre los toros es para satirizarlos diciendo que estas fiestas “ilustran nuestros entendimientos delicados, dulcifican nuestra inclinación a la humanidad, divierten nuestra aplicación laboriosa, y nos prepara a las acciones guerreras y magnánimas”. Pero por otro lado su posición es subrayar el fomento hacia las malas costumbres cotejando para ello a culturas como la griega con el mundo español que hace suyo el espectáculo, llevándolo por terrenos de la anarquía y la barbarie, sin educación también que no tienen los españoles -a su juicio- frente a ingleses o franceses ilustrados. Y así se distingue para Jovellanos España de todas las naciones del mundo. Pero: “Haya pan y toros y más que no haya otra cosa. Gobierno ilustrado, pan y toros pide el pueblo, y pan y toros es la comidilla de España y pan y toros debe proporcionársele para hacer en los demás cuanto se te antoje”.

Hago aquí reflexión del papel monárquico frente a las propuestas de Jovellanos. Cuanto ocurrió bajo los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III se puede definir como etapa esplendorosa, que facilitó la transición del toreo, de a caballo al de a pie, permitiendo asimismo que la fiesta pasara de un estado primitivo, a otro que alcanzó aspectos de orden a partir de la redacción de tauromaquias como Noche fantástica, ideático divertimento (…) y la de José Delgado que sigue siendo un sustento por las muchas implicaciones que emanan de ella y aun son vigentes. La llegada al poder de Carlos IV significó la llegada también de los ideales ilustrados ocasionando esta coincidencia un férreo objetivo por desestabilizar al pueblo y su fiesta. En alguna medida los ilustrados lo lograron, pero ello no fue en detrimento del curso del espectáculo. La crítica jovellaniana recae en opiniones casadas con la civilización y el progreso, tal y como fue vertida por Carlos Monsiváis a propósito de la representación de la ópera “Carmen” efectuada el 22 de abril de 1994 en la plaza de toros “México”[11]. Sin duda, existen personajes públicos en suma bien preparados que lo mismo aceptan o rechazan los toros como espectáculo o como fiesta. Esto siempre ha ocurrido, aunque no ha sido así cuando pretenden ir más allá y atentar contra la fiesta de toros. Pocas iniciativas han prosperado (en el caso de esta tesis, un conjunto de factores sociales, económicos e históricos son motivo de profundo análisis para entender el porqué de la prohibición de 1867). En algunos países latinoamericanos, luego de definirse sus respectivas formas de gobierno -casi siempre militarista, centralista, dictatorial-, fueron liquidadas las demostraciones taurinas.

De regreso con los borbones, quienes al igual que la católica Isabel, dispusieron un cambio de fisonomía para la fiesta de toros. Sin embargo, como hemos visto, la continuidad se garantiza gracias a la forma en que el pueblo la acepta y se apropia, proporcionándole -conforme a cada época- un sello propio. Y tanto la “buena señora… (volvió) a disfrutarla con toda su fiereza”, así también los borbones apoyan inclusive la promoción de la fiesta en diversos sentidos, que ni la “Pragmática-sanción” con la cual se “prohibían las fiestas de toros de muerte en los pueblos del Reino” de 1785 provocó daño alguno y las cosas siguieron un curso normal.

Que hubiera en Nueva España algunos virreyes poco afectos a los toros es natural, pero una prohibición de gran alcance no se dejó notar. En 1801 el virrey Marquina, el de la famosa fuente en que se orina prohibió una corrida ya celebrada con mucha pompa, a pesar de la gota del simpático personaje.

En el ambiente continuaba ese aire ilustrado que por fin encontró modo de coartar las diversiones taurinas, por lo menos de 1805 a 1809 cuando no se sabe de registro alguno de fiestas en la ciudad de México. Y es que fue aplicada la Novísima Recopilación, cédula que aparece en 1805 bajo el signo de la prohibición “absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y de novillos de (sic) muerte”. En el fondo se pretendía

Abolir unos espectáculos que, al paso que son poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio a la agricultura por el estorbo que ponen, a la ganadería vacuna y caballar, y el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionaban en días que deben ocupar en sus labores.[12]

   Y bien, bajo todo este panorama, ¿qué era del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, tan ampliamente conocido; sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

No hay mucho que decir. El toreo va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales que fueron los caballeros serán personajes secundarios en una diversión casi exclusiva al toreo de a pie, mismo que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Es más.

En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.[13]

Una mojiganga en el ruedo de la hacienda de Santín. (Ca. 1925). Col. del autor.

   A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograban cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía es resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. Por eso, vale la pena detenerme un momento para explicar que el hecho de acudir continuamente a la expresión “anarquía”, es porque no se da y ni se va a dar bajo calificación peyorativa. Es más bien, una manera de explicar la condición del toreo cuando este asume unas características más propias, alejándose en consecuencia de los lineamientos españoles, aunque su traza arquitectónica haya quedado plasmada de manera permanente en las distintas etapas del toreo mexicano; que también supo andar sólo. Así rebasaron la frontera del XIX y continuaron su marcha bajo sintomáticos cambios y variantes que, para la historia taurómaca se enriquece sobremanera, pues participan activamente algunos de los más representativos personajes del momento: Hidalgo, Allende, Morelos o el jefe interino de la provincia de México Luis Quintanar. Años más tarde, las corridas de toros decayeron (un incendio en la plaza San Pablo causó larga espera, desde 1821 y hasta 1833 en que se reinauguró). Prevalecía también aquel ambiente antihispano, que tomó la cruel decisión (cruel y no, ya que no fueron en realidad tantos) de la expulsión de españoles -justo en el régimen de Gómez Pedraza, y que Vicente Guerrero, la decidió y enfrentó-. De ese grupo de numerosos hispanos avecindados en México, había comerciantes, mismos que no se podía ni debía lanzar, pues ellos constituían un soporte, un sustento de la economía cabisbaja de un México en reciente despertar libertario. En medio de ese turbio ambiente, pocas son las referencias que se reúnen para dar una idea del trasfondo taurino en el cambio que operó en plena mexicanidad.

Con la de nuestros antepasados era posible sostener un espectáculo que caía en la improvisación más absoluta y válida para aquel momento; alimentada por aquellos residuos de las postrimerías dieciochescas ya relatadas atrás con amplitud. Y aunque diversos cosos de vida muy corta continuaron funcionando, lentamente su ritmo se consumió hasta serle entregada la batuta del orden a la Real Plaza de San Pablo, y para 1851 a la del Paseo Nuevo. Escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero tan de poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia.


[1] Ib., p. 29.

[2] Domínguez Ortiz, ibidem., p. 84.

[3] Edmundo O’Gorman. Meditaciones sobre el criollismo, p. 24. El criollismo es, pues, el hecho concreto en que encarna nuestra idea del ser de la Nueva España y de su historia; pero no ya entendido como mera categoría racial o de arraigo domiciliario, ni tampoco como un “tema” más entre otros de la historia colonial, sino como la forma visible de su interior dialéctica y la clave del ritmo de su desenlace.

[4] Las Reformas Borbónicas en México son los cambios propiciados por el gobierno español y las medidas que se tomaron para llevarlos a cabo.

[5] Universidad de México. Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México. Septiembre, 1991. “El proceso político de la Independencia Hispanoamericana” por Jaime E. Rodríguez O., p. 10.

[6] Carlos Bosch García. La polarización regalista de la Nueva España, p. 155.

[7] Viqueira, Op. cit., p. 16. No está de más señalar que esta idea de un “relajamiento” generalizado de las costumbres forma parte de una caracterización más bien positiva de la situación económica, social y cultural de la Nueva España en ese siglo: penetración del pensamiento ilustrado, de la filosofía y de las ciencias modernas, múltiples reformas con el “fin de promover el progreso espiritual y material del reino novohispano” (reformas administrativas, medidas estatales filantrópicas y de beneficencia social), todo eso acompañado y sostenido por un “auge de la riqueza” debido al enorme aumento de la producción minera.

[8] Ibidem., p. 43.

[9] Nicolás Fernández de Moratín. Las fiestas de toros en España Vid. Delgado, José: La Tauromaquia. (Véase bibliografía).

[10] Gaspar Melchor de Jovellanos. Espectáculos y diversiones públicas, p. 95-6.

[11] Véase La Jornada Nº 3454, del 21 de abril de 1994, p. 59: “Sobre las corridas de toros”.

[12] Flores Hernández, ib., p. 263.

[13] Benjamín Flores Hernández. La ciudad y la fiesta, p. 111.

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SUERTES TAURINAS EN DESUSO. (1 de 2).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Las representaciones “parataurinas” no tuvieron reposo en buena parte del siglo XIX mexicano. Grabado que ilustra una de las tantas mojigangas que se integraban al festejo taurino; la suerte de la “memela” y el coleo o jaripeo que también se practicaron en forma permanente en las plazas de toros.

Dos nuevas publicaciones de mi autoría, serán incluidas muy pronto, en el ambicioso proyecto editorial que viene realizando FOMENTO CULTURAL TAUROMAQUIA HISPANOAMERICANA (http://www.fcth.mx/index.html). Se trata de “Las mojigangas: aderezos imprescincibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX”, y la “Galería de suertes taurinas en desuso. (Siglos XVI-XIX)” que han de dar cuenta sobre todas aquellas representaciones que intensificaron –aún más-, los espectáculos taurinos en aquellos siglos. Vienen aquí algunos detalles que comparto con ustedes.

Cuando la corrida de toros, como espectáculo organizado ha contado, a lo largo de diversas épocas con otros elementos en su desarrollo, nos encontramos con lo que simple y sencillamente podemos considerar como aderezos o mojigangas, también llamados elementos parataurinos.

Cuando se revisan los viejos documentos, se encuentran frecuentemente una serie de referencias que nos van dando idea del tipo de agregados que se desarrollaron en buena parte del periodo virreinal, y no se diga con todo lo sucedido en el siglo XIX.

En ese sentido, el apoyo de las investigaciones realizadas por el Dr. Benjamín Flores Hernández nos ha ayudado mucho a los historiadores para entender ese peculiar comportamiento. Nos provee de rica información como la que sigue:

-Lidia de toros en el Coliseo de México, desde 1762

-lidias en el matadero;

-toros que se jugaron en el palenque de gallos;

-correr astados en algunos teatros;

-junto a las comedias de santos, peleas de gallos y corridas de novillos;

-ningún elenco se consideraba completo mientras no contara con un “loco”;

-otros personajes de la brega -estos sí, a los que parece, exclusivos de la Nueva España o cuando menos de América- eran los lazadores;

-cuadrillas de mujeres toreras;

-picar montado en un burro;

-picar a un toro montado en otro toro;

-toros embolados;

-banderillas sui géneris. Por ejemplo, hacia 1815 y con motivo de la restauración del Deseado Fernando VII al trono español anunciaba el cartel que “…al quinto toro se pondrán dos mesas de merienda al medio de la plaza, para que sentados a ellas los toreros, banderilleen a un toro embolado”;

-locos y maromeros;

-asaetamiento de las reses, acoso y muerte por parte de una jauría de perros de presa;

-dominguejos (figuras de tamaño natural que puestas ex profeso en la plaza eran embestidas por el toro. Las dichas figuras recuperaban su posición original gracias al plomo o algún otro material pesado fijo en la base y que permitía el continuo balanceo);

-en los intermedios de las lidias de los toros se ofrecían regatas o, cuando menos, paseos de embarcaciones;

-diversión, no muy frecuente aunque sí muy regocijante, era la de soltar al ruedo varios cerdos que debían ser lazados por ciegos;

-la continua relación de lidia de toros en plazas de gallos;

-galgos perseguidores que podrían dar caza a algunas veloces liebres que previamente se habían soltado por el ruedo;

-persecuciones de venados acosados por perros sabuesos;

-globos aerostáticos;

-luces de artificio;

-monte carnaval, monte parnaso o pirámide;

-la cucaña, largo palo ensebado en cuyo extremo se ponía un importante premio que se llevaba quien pudiese llegar a él.

Además encontramos hombres montados en zancos, enanos, figuras que representan sentidos extraños.

Forma esto un básico. Ese gran contexto se entremezclaba bajo cierto orden, esquemáticamente hablando. La reunión popular se encargaba de deformar ese proceso en un feliz discurrir de la fiesta como tal. Veamos, para comenzar algunos comportamientos ocurridos, sobre todo durante el siglo XVIII para entender condiciones que encaminaron al espectáculo por nuevos senderos.

Con la diversión de los toros, España, que vive intensamente el espectáculo sostenido por los estamentos, va a encontrar que estos no tienen ya mayor posibilidad de seguir en escena, pues

el agotamiento que acusa el toreo barroco se vio, desde los primeros años del siglo XVIII, acentuado por el desdén con que Felipe V, el primer rey español de la dinastía francesa de los Borbones trató a la fiesta de toros.[1]

   De tal suerte que lo mencionado aquí, no fue en deterioro de dicho quehacer; más bien provocó otra consecuencia no contemplada: el retorno del tumulto, esto es, cuando el pueblo se apodera de las condiciones del terreno para experimentar en él y trascender así el ejercicio del dominio. Sin embargo, José Alameda (Carlos Fernández Valdemoro) dice que el carácter que Felipe V tiene de enemigo con la fiesta es refutable. Refutable en la medida en que

La decadencia inevitable de la caballería y el cambio social con que la clase burguesa va desplazando a la aristocrática bajarán pronto al toreo del caballo.[2]

Sobre esta transformación, Néstor Luján ofrece factores testimoniales de acentuado interés al tema. Señala

como una de las causas principales el cambio de manera de montar: pues se pasó de la ágil “a la jineta” a la lenta brida, con lo cual era difícil quebrar rejones. Con este sistema, es lógico que, refrenados los caballos se usase la vara de detener, que es la de los picadores. Sea como fuere, el caso es que las fiestas de toros a caballo empezaron a desaparecer. Con la gran fiesta de 1725 (del 30 de julio de 1725), afirma Moratín que se “acabó la raza de los caballeros”. Y entonces, como paralelamente a esta desgana de los próceres por lo español, se desarrollaba un movimiento popular totalmente contrario, empiezan a tener éxito las corridas de a pie.[3]

Por su parte Alameda aduce que a Felipe de Anjou

se le achaca el haber puesto fin a las fiestas del toreo a la jineta por despreciables, contribuyendo a su inmediata liquidación. Indudablemente esto último es cierto. Pero ahí se detienen sus críticos, a quienes se les olvida o desdeñan el resto de la cuestión, su contrapartida.[4]

   Justifica este autor una serie de razones como el amanecer ilustrado que fue dándose en el curso de esa centuria, la más revolucionaria en el sentido de la avanzada racional. Pero estamos en el tramo comprendido entre 1725 y 1730. Ha pasado ya un cuarto de siglo luego de la toma del poder monárquico en España por parte del quinto Felipe.

La caballería se halla en quiebra. El toreo a la jineta es un muerto en pie, que sólo necesita un empujón para derrumbarse. Pero el toro, raíz de la Fiesta, sigue ahí plantado en el plexo solar de España. Y frente a él está el pueblo. Pueblo y toro van a hacer la fiesta nueva. No el monarca(…).[5]

La hermosa portada del libro de Nicolás Rangel parece advertirnos sobre las circunstancias que hasta aquí vienen relatándose.

Y ese pueblo comienza por estructurar el nuevo modo de torear matando los toros de un modo prehistórico, con arpones y estoques de hoja ancha, y torean al animal con capas y manteos o con sombreros de enormes alas, que promovieron, al ser prohibidos, el grotesco y sangriento motín de Esquilache.

Benjamín Flores Hernández acierta en plantear que

  El arte taurómaco se revolucionó: la relación se había invertido y ya no eran los de a pie los que servían a los jinetes sino estos a aquellos.[6]

   Todavía llegó a más el monarca francés: apoyó por decreto de 18 de junio de 1734 al torero Juan Miguel Rodríguez con pensión vitalicia de cien ducados. Apoyó asimismo la construcción de una plaza de madera para el toreo de a pie, cerca de la Puerta de Alcalá, que se inauguró el 22 de julio de 1743.

Y todo ello ¿con qué propósito?

(…) halagar al pueblo y mostrarle que está con él. No es permisible que Felipe realizara aquellos actos por lo que llamamos afición a los toros, por taurinismo, sino para ganarse su simpatía y su apoyo. Ello parece obvio.[7]

   Todo esto fue causando desórdenes mayores y la arena se convertía en auténtica congregación no solo de público. Se podían ver limosneros, aguadores, vendedores de frutas, dulces y pasteles, por lo que la autoridad tuvo que poner fin a los desmanes promulgando bandos como los de 1769, 1787 y 1794 respectivamente.

Quien si no otro, el pueblo, hizo suyo el espectáculo. De una estampa de la emblemática publicación periódica de La Lidia en la España de finales del siglo XIX que así recreaba las escenas ocurridas una centuria atrás.

Llegó momento en que las corridas, o remedo de estas solo cumplían la lógica de la ganancia y el consumo, lo cual se tradujo en protesta popular, esto a fines del siglo XVIII.

¿Qué trajo consigo todo esto?

En opinión de los ministros de las cajas reales, era necesaria ya una plaza fija, capaz de servir y funcionar en cuanta corrida se organizara. Dicha realidad se daría hasta 1815, año en que la plaza de San Pablo adquirió el carácter correspondiente para cubrir con aquellas nuevas necesidades.

Hipólito Villarreal en su libro Enfermedades políticas que padece la capital de esta Nueva España… ya manifiesta, como lo hicieron algunos funcionarios, que las fiestas de toros ocasionaban que oficinas de gobierno dejaban de trabajar en los días de corridas; el gasto familiar se veía mermado por las fuertes cantidades que se gastaban en el espectáculo; que los subalternos exigían todo a sus patrones, que les costearan la entrada a la plaza, amenazándoles con dejar el trabajo si no satisfacían sus deseos.

Antes de entrar en materia puramente política, para establecer el panorama que vive España durante el XVIII, conoceremos una visión general del papel que Felipe V, Fernando VI y Carlos III juegan a favor o en contra del toreo. Luego con un planteamiento de Jovellanos veremos como su fuerza influye en los valores populares.

Anota Fernando Claramount que a partir de mediados del siglo XVIII ocurre

el triunfo de la corriente popular que partiendo del vacío de la época de los últimos Austrias, crea el marchamo de la España costumbrista: los toros en primer lugar y, en torno, el flamenquismo, la gitanería y el majismo.[8]

Abundando: “gitanería”, “majismo”, “taurinismo”, “flamenquismo” son desde el siglo que nos congrega terribles lacras de la sociedad española para ciertos críticos.

Para otras mentalidades son expresión genuina de vitalidad, de garbo y personalidad propia, con valores culturales específicos de muy honda raigambre.[9]

   Al ser revisada la obra mejor conocida como Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia[10] de Francisco María de Silva, se da en ella algo que entraña la condición de la vida popular española. Se aprecia en tal retrato la sintomática respuesta que el pueblo fue dando a un aspecto de “corrupción”, de “arrogancia” que ponen a funcionar un plebeyismo en potencia. Ello puede entenderse como una forma que presenta escalas en una España que en otros tiempos “tenía mayor dignidad” por lo cual su arrogancia devino en guapeza, y esta en majismo, respuestas de no querer perder carácter hegemónico del poderío de hazañas y alcances pasados (v.gr. el descubrimiento y conquista de América).

Si hay que preguntarse qué es el majismo, este incluso se ha logrado mantener en puestas en escena de nuestros días. Aquí vemos a José Antonio “Morante de la Puebla” en una reciente versión de la corrida Goyesca, celebrada en la plaza de Ronda.

Tal majismo se hace compatible con el plebeyismo y se proyecta hacia la sociedad de abajo a arriba. Lo veremos a continuación. Luján vuelve a hacernos el “quite” y dice:

(…) coexiste en tanto un movimiento popular de reacción y casticismo; el pueblo se apega hondamente a sus propios atavíos, que en el siglo XVIII adquirieron en cada región su peculiar característica.[11]

Y hay cita de cada una de esas “características”. Sin embargo

Todo se va afrancesando cuando el siglo crece. “Nuestros niños aun sabían catecismo y ya hablaban el francés”, escribe el P. Vélez. Vienen afeites del extranjero: agua de “lavanda”, agua “champarell”, agua de cerezas. Y, en medio de todo esto, la suciedad más frenética: cuando se escribió que era bueno lavarse diariamente las manos, la perplejidad fue total. Y cuando se dijo que igualmente se debía hacer con la cara, se consideró como una extravagancia de muy mal gusto, según los cronistas de entonces.[12]

   El propósito de todo esto es que teniendo las bases suficientes de cuanto ocurría en España, esta a su vez, proyectaba a la Nueva España caracteres con una diferencia establecida por los tiempos de navegación y luego por los del asentamiento que tardaban en aposentar las novedades ya presentadas en España. De 30 a 40 días tomaban los recorridos que por supuesto tocaban varios puntos donde se daban relevos entre las naves. Creemos que todas ellas (las novedades), por supuesto se atenuaron gracias al carácter americano, y estos comportamientos sociales fueron dando con el paso del tiempo con fenómenos como el criollismo, mismo que irrumpe lleno de madurez en la segunda mitad del siglo XVII. Por lo tanto, queremos embarcarnos de España con el conjunto todo de información y llegar a costas americanas para esparcir ese condimento y observar junto con la historia los síntomas registrados en lo social y en lo taurino que es lo que al fin y al cabo interesa.

¿Cómo se encuentra la España en cambio de monarquías? ¿Qué sucesión de acontecimientos significativos marcan pautas importantes en el devenir de la sociedad hispana?

Procuraré la brevedad en las respuestas.

Antes de la presencia borbona, la casa de Austria, dinastía rica y absoluta, se halla sostenida desde Carlos V (rey de España de 1517 a 1556); aunque con Felipe IV “heredero de la debilidad de su padre” (que gobernó como rey de España de 1621 a 1665) se perdió Portugal, el Rosellón y Cataluña. “…España, unida al imperio, ponía un peso terrible en la balanza de Europa” se perdió Portugal, el Rosellón y Cataluña.”

En cuanto a la guerra de sucesión a la monarquía en España, Voltaire apunta que

Las disposiciones de Inglaterra y de Holanda para poner, de ser posible, en el trono de España al archiduque Carlos, hijo del emperador, o por lo menos, para resistir a los Borbones, merecen, tal vez, la atención de todos los siglos.[13]

Entre graves conflictos por la posesión del reino[14] ya gobernaba el Borbón Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV mismo que, al inicio del siglo XVIII

se hallaba en la cumbre de su poder y de su gloria; pero los que conocían los resortes de las cortes de Europa y, sobre todo, los de la de Francia, empezaban a tener algunos reveses.[15]

La artesana mano interpreta la forma de ser del toreo encabezado por los estamentos en el inicio del siglo XVIII mexicano. Archivo General de la Nación [A.G.N.] Ramo: Tierras, vol. 1783, exp. 1, f. 21v. Códice “Chapa de Mota”.

La España de aquel entonces es un estado de desgracia auténtico es “un país desangrado por la guerra, carcomido por siglos de inepcia en el gobierno”.[16] Acosan temporadas de fríos que parecen no terminar y la escasez de comestibles se hizo notar, como también la mortandad. Entre 1708 y 1709 sucedieron estas desgracias y justo en 1709, Luis XIV tomó la resolución formal de abandonar a Felipe V. El borbón conservó popularidad pero perdió partido y es que el monarca de España necesitaba conducirse con normalidad en un reinado que más tarde alcanzó prosperidad y entró a la época de la modernidad mostrando perfiles bien característicos, hasta el reinado de Carlos III.[17]

Sin afán de profundizar en el sistema de gobierno por parte de nuestro personaje, simplemente expondré un valor que le caracteriza; él quiere en todo momento hacerse condescendiente a la cultura hispana, y lo logra, pero

interesa señalar que los ministros franceses de Felipe V y su enjambre cortesano, renuevan el aire español y lo enrarecen luego con la cultura francesa.[18]

CONTINUARÁ.

OBRAS DE CONSULTA

José Alameda, El hilo del toreo. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 p. ils., retrs. (La Tauromaquia, 23).

Fernando Claramount, Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. (La Tauromaquia, 16-17) 2 v.

Benjamín Flores Hernández, “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM). 339 p.

–: “La vida en México a través de la fiesta de los toros, 1770. Historia de dos temporadas organizadas por el virrey marqués de Croix con el objeto de obtener fondos para obras públicas”, México, 1982 (tesis de maestro, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM). 262 p.

–: “Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”. México, ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, UNAM, vol. 7. (México, 1981). p. 99-160, fots.

–: La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. (Colección Regiones de México). 146 p.

Julián Marías, La España posible en tiempos de Carlos III. 2ª ed. Madrid, Revista de Occidente, 1980.

Néstor Luján, Historia del toreo. 2ª ed. Barcelona, Ediciones Destino, S.L. 1967. 440 p. ils., retrs., grabs.

Pedro Romero de Solís, et. al., Sevilla y la fiesta de toros. Sevilla, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1980 (Biblioteca de temas sevillanos, 5). 158 p. ils

François Marie A. Voltaire, El siglo de Luis XIV. Versión directa de Nelida Orfila Reynal. México, FCE, 1978. 637 p.


[1] Pedro Romero de Solís, Antonio García-Baquero González, Ignacio Vázquez Parladé: Sevilla y la fiesta de toros. Sevilla, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1980 (Biblioteca de temas sevillanos, 5). 158 p. ils., p. 62.

Una idea de corte totalmente opuesto pero que es interesante considerarla, la ofrece Enrique Gil Calvo en Función de toros, p. 144.

1.-La institucionalización de las corridas es consecuencia de un hecho crucial, acaecido durante el siglo XVII, en la articulación de la estructura española de clases.

2.-Ese hecho, trascendental para todo el posterior desarrollo de la España moderna y contemporánea, supone la auténtica diferencia específica de la estructura de clases española, que así la separa y distingue del resto de estructuras de clase europeas. Y consiste en la inversión de la función de liderazgo: las clases antes dirigentes -durante el imperio de los Habsburgo- dimiten de su liderazgo social, cuya función queda así vacía y vacante. Consiguientemente, y en ausencia de élites dirigentes, el casticismo más plebeyista se impone, el liderazgo se invierte y son ahora las élites quienes imitan modos y maneras del vulgo y la plebe.

3.-En consecuencia, a resultas del casticismo de las élites, y vacante la función de liderazgo social por ausencia dimisionaria de quienes debieran desempeñarla, se produce en ensimismamiento y tibetanización de la nación española, que queda así clausurada -colapsada y bloqueada- por su desarticulación social invertebrada.

Estos planteamientos que el autor destaca a contrapelo de la obra Goya y lo popular de José Ortega y Gasset, también se anteponen a la tradicional concepción de la permuta del toreo a caballo por el de a pie, debido a movilizaciones ideológicas de la cúpula monacal.

[2] José Alameda. El hilo del toreo. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 pp. ils., retrs. (La Tauromaquia, 23)., p. 41.

[3] Néstor Luján. Historia del toreo. 2a. edición. Barcelona, Ediciones Destino, S.L. 1967. 440 pp. ils., retrs., grabs., p. 13.

[4] Alameda, op. cit.

[5] Ibidem.

[6] Flores Hernández, La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. (Colección Regiones de México)., p. 31.

[7] Alameda, Ibidem., p. 43.

[8] Fernando Claramount. Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. (La Tauromaquia, 16-17) 2 v., T. I., p.156.

Apud. Vicens Vives. Aproximación a la Historia de España. (1952).

[9] Op. cit., p. 161.

[10] Julián Marías. La España posible en tiempos de Carlos III. 2a. edición. Madrid, Revista de Occidente, 1980. Obras completas, 7 v. T. No. VII (pp.293-429)., p. 371. Década epistolar sobre el estado de las letras en Francia. París, 1780. Madrid Por D. Francisco María de Silve. Con licencia en Madrid: Por D. Antonio de Sancha. Año de MDCCLXXXI.

[11] Luján, op. cit., p. 31.

[12] Ibidem., p. 32.

[13] Francois Marie A. Voltaire. El siglo de Luis XIV. Versión directa de Nelida Orfila Reynal. México, Fondo de Cultura Económica, 1978. 637 pp., p. 185.

[14] Domínguez Ortiz, op. cit., p. 13. ¿Por qué este enorme interés, estos grandes sacrificios por el trono de una nación que parecía moribunda? ¿Eran exageradas las noticias sobre su decadencia? No. El estado de España en general y de Castilla en particular era desastroso. Pero con sus reinos agregados y con las Indias seguía siendo una inmensa fuerza potencial, el Imperio más grande en extensión, que también podría convertirse en el más fuerte y rico si era bien gobernado.

[15] Voltaire, op. cit.

[16] Luján, Ibidem., p. 10.

[17] Claramount, op. cit., p. 156. Entre los pensadores “ilustrados” más importantes, el padre Feijoo, Mayans y Jovellanos, junto al gaditano Vargas Ponce, forman un bloque antitaurino formidable. Frente a ellos don Nicolás Fernández de Moratín, don Ramón de la Cruz, Bayeis y Goya. A finales de siglo los hombres del pueblo no han oído hablar de la Enciclopedia; saben algo de la Revolución francesa, pero no demasiado. Ellos son romeristas, pepeillistas o costillaristas.

[18] Luján, ib., p. 11.

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SOBRE MÁS PLAZAS DE TOROS EN MÉXICO (SIGLOS XVI – XIX).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Plaza de toros en Tepeapulco, Hidalgo. Siglo XVIII. En Graffitis novohispanos.

    Una más de las “Galerías” que actualmente vengo formando, aborda el asunto de las plazas de toros en México, desde el siglo XVI y hasta el XIX, y de eso me ocuparé.

Si bien, en tiempos remotos ya se habían ocupado de ellas Domingo Ibarra, Carlos Cuesta Baquero, Nicolás Rangel y Lauro E. Rosell, en épocas más recientes también lo hicieron Heriberto Lanfranchi, Benjamín Flores Hernández, Federico Garibay y Miguel Luna Parra, entre algunos autores más. Sin embargo, las historias de otras tantas plazas –efímeras en su mayoría-, o los registros de aquellos espacios donde celebraron fiestas, incluidas las taurinas, hoy pasan por ser poco conocidos, de ahí que convenga citarlas, registrarlas, documentarlas e ilustrarlas, cuando para ello se dispone ya de buena información.

Entiendo que para dicho tema, aún faltan estudios, por lo que esta contribución se convertirá, eso espero, en una referencia que ponga al día nuevos e interesantes registros.

En principio me referiré a aquellas que se habilitaron al poco tiempo de consumada la conquista, y de algunas otras más hasta llegar al finalizar el siglo XVIII.

Llama la atención aquella cita, formulada por Luis Weckmann en su ya clásica obra La herencia medieval de México, de que las primeras plazas de toros se podían encontrar en espacios como los cementerios. Y si los cementarios, en buena medida, también formaron parte de los atrios en iglesias y conventos, no es casual su referencia, como fue aquello ocurrido en tiempos donde se había elegido el espacio para la construcción de la catedral. Casi finalizaba 1554, cuando el Arzobispo Alonso de Montúfar llamó la atención, enviando oficio al Consejo de Indias, por la sencilla razón de que “También hay cierta diferencia sobre el suelo que está ya bendito, que nos quieren quitar un pedazo para correr toros; y parece cosa indecente, estando ya bendito profanarlo; donde muchas veces los toros matan indios como bestias…”

También es posible que los primeros festejos, como el del 24 de junio de 1526 haya ocurrido en el espacio que se destinó para la construcción del convento de San Francisco, e incluso, un poco más allá el sitio donde habría de establecerse la que con el tiempo fue la obra primitiva dedicada a San Hipólito. La antigua Plazuela del Marqués –hoy buena parte del espacio ocupado por la Catedral-, y el antiguo edificio del Monte de Piedad, también fue habilitada como plaza, a la que se agregó un corral de los toros. En las fiestas celebradas en 1538, con motivo de que –a los ojos de Bernal Díaz y de Motolinía-, la conquista terminaba definitivamente como un proceso bélico, por lo que se celebraron fiestas acompañadas de representaciones teatrales, habilitándose en pocos días un gran bosque en la que ya era para esos tiempos, la plaza mayor. Allí, hubo además, en 1562, otras célebres fiestas con que Martín Cortés compartió el alumbramiento de dos de sus hijos… y que, por los relatos de las mismas, “fueron cosa muy de ver”.

Plaza Mayor, escenario casi perpetuo de grandes celebraciones, como aquella que nos recuerda Bernal Díaz, ocurrida en 1536, cuando por motivo de las pases de “Aguas muertas”, hubo grandes fiestas…

   Y si esto ocurría en la capital del virreinato, desde luego el síntoma se replicaba en todas las demás provincias de la Nueva España, donde luego de aprobada su traza arquitectónica y urbana, esto demandaba la construcción de edificios públicos, iglesias y demás espacios donde no faltaron razones para celebrar fiestas, bajo los códigos establecidos que estaban indicados con razones como la llegada de un nuevo virrey, la asunción de un rey, el nacimiento de un infante, las bodas reales, o el amplio calendario religioso, lo que obligó a diversas autoridades a instalar aquellos espacios provisionales o efímeros destinados a infinidad de fiestas taurinas.

En 1580 se puso en funciones la plaza de toros del Volador, que ocupaba el antiguo espacio donde se celebraba dicho ritual prehispánico, y se conservó como tal hasta 1815, en forma intermitente, pues hubo otros, como la plaza mayor, el quemadero de la Inquisición, a un costado de la iglesia de San Diego –hasta hace unos años Pinacoteca Nacional-, la plaza del Hornillo, la de Jamaica y la que fue primera versión de la de San Pablo, levantada en 1788.

En otros sitios del país, además de la ya conocida plaza de Cañadas, Jalisco, construida hacia 1680 y que ofrece una disposición rectangular, también se agrega la ubicada en Tepeapulco, estado de Hidalgo, en cuya iglesia, destinada a honrar a San Francisco de Asís, no solo queda el testimonio de una plaza –de mampostería- a un costado de la misma, sino del registro de buena cantidad de graffitis que evidencian en su ingenua elaboración, diversos momentos de celebración, como las danzas del Palo Volador, Gigantes y Mojigangas, sin faltar las escenas de corte taurino. Resaltaban dichas escenificaciones, sobre todo durante el día de Corpus Christi.

Dicho espacio, fue construido a fines del siglo XVIII, aunque anteriormente “se hayan realizado corridas de toros en alguna plaza de material perecedero”, como apuntan los autores de Graffitis novohispanos.

Debo mencionar que, en la numerosa lectura de “relaciones de sucesos” del periodo colonial, todas ellas refieren la existencia de plazas, y las describen como el caso que se recoge a continuación.

En el escrito por José Francisco Ozaeta y Oro, Joaquín Ignacio Ximénez de Bonilla y José Francisco de Aguirre y Espinos, “colegiales eméritos del Colegio Mayor de Santa María de Todos Santos de esta Corte”: El segundo quinze de enero de la corte mexicana; solemnes fiestas, que a la canonización del mystico doctor San Juan de la Cruz celebró la provincia de San Alberto de Carmelitas Descalzos de esta Nueva España… Lo dan a luz… México, José Bernardo de Hogal, 1730. Tocó el 15 de enero celebrar la deseada canonización de San Juan de la Cruz, el medio fraile, como por gracejo lo llamaba Santa Teresa porque su estatura se alzaba muy poco del suelo. Y así lo reseñan Ozaeta, Ximénez y Aguirre:

 Estas lindas fiestas que hicieron los padres carmelitas alborozaron a toda la ciudad que salió con ellas de su apacible monotonía. La gente se bañaba de mil regocijos, no cabía en sí, de contento. La constante alegría de los repiques se injertaba en el continuo estallar de los cohetes y los variados fuegos artificiales de muchas luces, que se quemaban sin interrupción. Hubo largos festejos religiosos y profanos y hasta literarios con un certamen poético y dos comedias que subieron a unos teatrillos “ricamente vestidos y compuestos” en la plazuela del Carmen, sin que faltaran tampoco, durante quince días, bulliciosas corridas de toros y otros regocijos, con sus carreras, según costumbre, de conejos y liebres con perros galgos, podencos y de otras razas, peleas de gallos, y como final el “monte parnaso” o barcanal, colmado tanto de buenas cosas de regalo como de exquisitas de comer y vestir y que pasaban a ser de la propiedad del arriesgado y ágil que se trepaba a cogerlas subiéndose por aquella eminencia intrincada y resbalosa.

También hubo vistosas luchas de moros y cristianos que salieron del vientre del formidable caballo de Troya en que se introdujeron en la plaza, guerrearon con la valiente morisca y la desposeyeron del castillo que tenía ocupado. El coso se armó por San Sebastián (hoy en las actuales calles de República de Bolivia esquina con Rodríguez Puebla, en el Centro Histórico) muy capaz para poder dar cabida así a una enorme multitud y se le adornó con gran vistosidad, con infinitos gallardetes, cortinas, grímpolas, alfombras, espejos, tapices, cornucopias, farolillos, multicolores cadenetas, para que llevase que alabar el gentío forastero que en la ocasión concurría a la corte de todo el reino.

   No cabe duda que, ante el hecho de una constante necesidad de espacios como las plazas de toros, estas fueran muy demandadas y construidas en poco tiempo, previa autorización de las autoridades locales, pero también cabe preguntarse sobre por qué no se levantaron obras con carácter permanente, y son muy pocos los poblados donde aún se encuentran los que ahora podemos considerar ya, como monumentos. En ese sentido, en Chihuahua, se conserva una muy antigua, lo mismo que en Real de Catorce (San Luis Potosí) y desde luego la de Cañadas, cuya composición en mampostería garantiza su pervivencia.

Es importante poner la mirada en el sureste mexicano, donde al no haberlas de manera fija, también se habilitaban bajo un procedimiento y armado peculiar que las hacía resistentes y funcionales, como ayer y como hoy.

OBRA DE CONSULTA

Elías Rodríguez Vázquez y Pascual Tinoco Quesnel, Graffitis novohispanos de Tepeapulco, siglo XVI. Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2006. 185 p. Ils., fots., facs., planos.

Luis Weckmann, La herencia medieval de México. México, El Colegio de México. Centro de Estudios Históricos, 1984. 2v.

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LOS QUE QUEDAN ENTORILADOS… SON ASÍ DE GRANDES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

No importa el tamaño del toro. Aquí, importa su bravura, su casta, también el peligro al acometer y llevar una cornamenta que podría asustar a cualquiera, menos a los toreros. Col. del autor.

Antes de compartir con ustedes la presente entrega, sólo quisiera extender mi reconocimiento a todo el personal médico del país que ha estado trabajando, incluso en jornadas extremas, con motivo de atender los casos relacionados con el virus COVID-19. A todos ellos, estas palabras de aliento, y creo que son tan valientes como el mejor y más valiente de los toreros, a quienes ha tocado lidiar un toro de trapío, pero peligroso, con malas ideas. Y, como esos grandes diestros, están saliendo airosos, por lo que las ovaciones arrecian en la plaza de la vida. La faena tiene sus riesgos, pero esos grandes toreros, tan valientes como el que más son capaces de alcanzar la gloria, como ustedes.

¡El destino toca la puerta! ¿Quién no recuerda esas cuatro contundentes notas del primer movimiento de la sinfonía Nº 5 del genio de Bonn, Ludwig van Beethoven que arrebatan y conmueven desde el momento mismo de su creación (1808) y hasta nuestros días?

Y es que 2020 representa, un antes y un después apenas en su comienzo mismo, a raíz de la declaración de una pandemia, la cual ha causado estragos como nunca antes. Neoliberalismo y globalización parecen estar sentenciadas a dejar un imperio que ya consideraban eterno y donde las sociedades tendremos que participar activamente en la creación de un nuevo estado de cosas, en lo político, lo económico, en las relaciones sociales, etc. y si la crisis se dejará notar a diversas escalas, también compartiremos con una que se extiende en el territorio taurino, donde a pesar de los enormes esfuerzos de muchos sectores que lo integran, se veían intentos. Con lo que sucede actualmente, esto tendrá que cambiar radicalmente.

Las reflexiones que ahora modelamos con objeto de reconfigurar un espectáculo taurino severamente afectado, como todos los órdenes estructurales en este país, y esto lo sabemos a partir de la presencia del “coronavirus”, nos enfrentan ante un profundo dilema, que deberá tener soluciones –si queremos involucrarnos-, por lo menos a mediano y largo plazo. En España, por ejemplo, se va apreciando el hecho de que la temporada 2020 se irá de vacío. Es muy probable que eso suceda también por acá. Así que debe separarse el andamiaje que constituye la tauromaquia, para saber cómo, a través de las alternativas más apropiadas, se normalice poco a poco el curso de sus actividades.

En una nueva condición impuesta por la pandemia misma, el trabajo, el esfuerzo tendrán que reforzarse de tal modo que el sector de ganaderos, empresarios, así como las agrupaciones de toreros y subalternos, y otras columnas que son cimiento en la fiesta brava en México, procuren o procuremos garantizar fuentes de trabajo –nada de desamparo laboral-; el ciclo tan específico aplicado en el campo bravo en el toro de lidia (cuidados, alimentación, controles sanitarios y demás particularidades). Por ahora, es lamentable saber que camadas o encierros ya preparados, tendrán como posible destino el “matadero”, y duele, pero son las decisiones a que se enfrentan los propios ganaderos.

¿Qué será bueno someter y poner al día el reglamento taurino?

Eso valdrá la pena decidirlo, y ponerlo sobre el tapete de las discusiones en forma seria.

¿Qué se tendrá necesidad de esperar un tiempo más allá de lo deseable, por la sola circunstancia impuesta por la “sana distancia”, factor que determinará, junto con las medidas ya recomendadas, el motivo para que no se lleven a cabo concentraciones masivas? O de que esto cambie los hábitos de movilidad de la gente que asista a un evento, como ya se estudia para los vuelos, o para el futuro de un turismo también nada seguro. La desescalada o el desconfinamiento van a ser muy difíciles si no se siguen las recomendaciones, como muchas de las cuales las viene sugiriendo la autoridad en salud o la OMS, por ejemplo.

Conviene esperar, y no contribuir con un posible rebrote.

Como ya sabemos, la vida después del virus no va a ser la misma, en todos los ámbitos.

Por eso, los empresarios deben tener un acierto más equilibrado en sus decisiones e intervenciones a la hora de poner en marcha un festejo, una temporada o una feria, llevando como bandera principal el profesionalismo. Y claro, para otros tantos será necesaria también la recuperación del profesionalismo en todos sus aspectos.

La fiesta, con todos sus valores históricos y culturales nos garantiza –per se-, el que volvamos los ojos hacia ella, y recuperemos entre todo aquello que posee su ESENCIA, sin más. Por lo tanto, reconfigurarla o rediseñarla es el máximo anhelo desde este aquí y ahora. Por lo anterior, como historiador, pongo al servicio de este empeño lo mejor de mi experiencia (43 años en esto); lo más que sea posible, para contribuir en la información, investigación, interpretación y diseminación de todo aquello que convenga para su refortalecimiento.

Que el espectáculo taurino no espere mucho sobre lo que el estado mexicano mismo pueda ofrecer, pues debemos sospechar que en estos momentos, la fiesta taurina no es precisamente una prioridad, y no lo será en la medida en que tampoco se ofrezca una clara evidencia si no hay garantía de que el espectáculo pueda, a partir de esta valiosa oportunidad, convertirse en una verdadera industria cultural, y que por sus contribuciones directas, vinculadas sobre todo por labores en pro de la beneficencia, no aparezca en el teatro de los acontecimientos.

Es de todos conocido que en 2026 se conmemorarán 500 años de tauromaquia en México. Tamaña oportunidad, nos pone a quienes hemos de procurar documentar su enorme presencia, en el dilema sobre su futuro. No es solo la fiesta por la fiesta, sino recobrar significados de profunda relación entre diversas sociedades, a lo largo de miles de años, cuando el hombre entró en relación directa con los animales o especies vegetales y desde ese momento, comenzó un proceso de domesticación. Con los siglos, la relación hombre y toro tuvo la posibilidad de que se enriqueciera de una profunda ritualidad, y luego con razones técnicas o estéticas que acabaron por convertirlo todo esto en una representación de la vida y de la muerte.

Es por eso que, a su debido tiempo, debe ponerse en marcha un plan de salvamento, la reconversión del espectáculo, sin galas de protagonismo. Se trata de un peculiar sector específico de economía, y como debemos hacer mucho caso al sentido común, deben quedar fuera las “picardías”, pero también los excesos o abusos deliberados de quienes pretendiendo querer recuperar esto de la noche a la mañana, precipiten un esfuerzo que, como los toros, o como el vino. Incluso como el amor, requieren tiempo, como la vida misma, a la cual hemos valorado en todos sus significados al paso de la pandemia.

¿Habrá que ponerle un nombre a ese esfuerzo?

Bueno, quizá sea lo de menos. Aquí va una sugerencia: “Fortalezas y debilidades de la tauromaquia en México frente al COVID 19 y ante un futuro cargado de incertidumbre. Soluciones integrales a mediano y largo plazo”.

El impacto, a nivel global que resuma las peores crisis recientes: la depresión de 1929-1932, las dos guerras mundiales y otros componentes, como el cambio climático o el derrumbe del mercado petrolero, el latente desempleo, dan por resultado este otro episodio que ha puesto en jaque a casi 200 países en el mundo y no naciones específicas o que entraran en conflicto. Lamentablemente, habrá naciones específicas que enfrentarán una compleja situación; o aquellas otras que entren en conflicto, como resultado de una pesadilla viral nunca imaginada, pensando que en una sociedad moderna como la nuestra ya todo estaba superado.

Nos hemos dado cuenta poco a poco que las columnas de muchos sistemas fueron vulnerables, que cedieron al primer impacto. También nos hemos dado cuenta que para quienes nos sentimos involucrados con la tauromaquia, ha llegado la hora en la cual tendremos que hacer una tarea de alta escala, profesional, que deje huella.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA… POLÉMICA CON EL AUTOR DE ¡ABAJO LOS TOROS!

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE V). 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Acudí a la cita. Me esperaba el Sr. Ministro de Relaciones Exteriores en su despacho. De inmediato y sin mayores preámbulos pasamos a una discusión que tanto en 1906 como en 1995 o como en este 2009 o 2010 sigue teniendo la misma vigencia. De la imprenta de D. Mariano Viamonte Zuleta acaba de recibir el primer ejemplar de su texto ¡Abajo los toros! dedicado al señor presidente de la república General de División don Porfirio Díaz. Me llama la atención que, sin ningún empacho pide nuestro personaje a don Porfirio “suprima en México, la bárbara, sangrienta y bochornosa diversión de los toros”. Apenas terminé de revisar la portadilla, don José López Portillo y Rojas suelta los primeros ataques discriminando y cuestionando la fiesta de toros.

Carátula de la obra aquí mencionada.

   José López Portillo y Rojas (JLPyR). Es un hecho que entristece, la inmensa y progresiva aceptación que va teniendo en nuestro país el espectáculo de los toros, el cual puede compararse con un mal ya endémico, que se extiende todos los días y convierte en más y más virulento.

José Francisco Coello Ugalde (JFCU). El pueblo ha hecho suyo el espectáculo, desde el momento en que culmina la conquista. El mundo español lo aposentó, el americano lo enriqueció con su carácter propio y así ha discurrido por más de cuatro siglos y medio.

JLPyR. Sería posible aún poner remedio al mal, porque el toreo no adquiere todavía carta de nacionalidad mexicana.

JFCU. Se ve don José que usted de plano no se ha dado una vueltecita por la plaza México de la Piedad, o no se ha enterado que con la influencia de Bernardo Gaviño primero; y la presencia hegemónica de Ponciano Díaz después, surge la expresión original de una escuela mexicana del toreo -discutible pero también indiscutible- que luego llevarían a niveles privilegiados Rodolfo Gaona, Silverio Pérez o Manolo Martínez, cada quien en su momento.

JLPyR. Usted sabe que si esa plaza [el Toreo de la Condesa] llegase a levantarse en nuestra capital, sería un monumento erigido a nuestra barbarie.

JFCU. Déjeme decirle que la vida de dicho coso alcanzó en ese sitio la friolera de 39 años y luego pasó su esqueleto a terrenos de Cuatro Caminos, inaugurándose en 1947 para reinaugurarla más tarde, en 1994. Pronto, en 1997 será su cumpleaños número 90.

En cuanto a la mencionada barbarie estoy de acuerdo con usted en aceptar su afirmación porque finalmente se trata de una tortura que concluye en la muerte del toro y va contra los principios del raciocinio humano. Pero esta diversión se sustenta en muchos siglos de formación, y por culturas que en general son bárbaras en cuanto idea de dominio sobre otras. Romanos, hispanos e incluso la fusión -para bien o para mal- (nunca como justificante maniqueo) de la española e indígena que devino en mestizaje. Nuestros antepasados indígenas dominaban férreamente, controlaban a otros grupos que se arrogaban en un vasallaje el cual se trastocó en guerra por alianza habida con los hombres blancos y barbados llegados desde el mar.

Por ese aspecto es como se refleja la permanencia de las corridas de toros en lugares donde Hispania primero, España después se aposentó con poderosa influencia cultural y sus pueblos -independizados de ella aunque con un idioma común-, a través del tiempo han aceptado como algo que los constituye, al espectáculo de toros con sus partidarios y no partidarios también.

Nervioso veo al señor ministro que quiso interrumpirme en varias ocasiones durante mi intervención y de nuevo se apresta a participar.

JLPyR. Quiero hablarle de la suerte de varas. El caballo, herido y moribundo, queda tirado en la arena sin que nadie lo defienda, y el toro en sus vueltas y carreras furiosas por el coso, le asesta nuevas cornadas cada vez que junto a él pasa; en tanto que el desventurado animal, que no ha logrado ni siquiera ver a su verdugo, levanta del suelo difícilmente la cabeza y, por instinto de propia defensa, tira al aire débiles, patéticos é inútiles mordiscos.

Dígame usted: ¿Es esto hermoso? ¿Es estético? ¿Es pintoresco? De ningún modo, sino feo; mas que feo, horrible; más que horrible, repugnante.

JFCU. De ninguna manera es hermoso, pero como aficionado le diré que es necesario. Pasaron ya los tiempos en que el caballo salía a la plaza sin peto y estamos en una época donde el maxipeto protege la humanidad del equino, solo que los de a caballo aprovechándose de semejante muralla yerran muchas veces al principio de la suerte, reciben al toro para de inmediato atacarlo con puyazos diversos, tapándole la salida, corrigiendo y barrenando de lo lindo. Allí es donde se deforma la suerte que al cumplirse cabalmente se realiza dejándose llegar el toro hasta la jurisdicción, clavando la puya en lo alto del morrillo y sin soltar la vara resistir el empuje del toro sin más propósito que descongestionarlo y prepararlo para la faena de muleta. Además es una prueba que por indispensable la esperan todos los ganaderos para valorar las cruzas, la reata de los toros, el cúmulo de años de esfuerzo y sacrificio para, en esa forma poder continuar o corregir a tiempo alguna posible desviación genética. Asimismo el espada en turno calibra qué tanto de poder debe eliminarse para aprovecharlo en la faena de muleta, detalle que las mayorías ignoran y de pasada reclaman airadamente.

Este viaje por el tiempo me permite asistir a la plaza de toros “México” en la Piedad, donde hoy se levanta el Cine México una más de las víctimas del progreso al quedar convertido en un espacio que al interior presenta la división en varias y nuevas salas de exhibición. Y la corrida a la que asisto es de las mejores de aquel año de 1906. Fue la tarde del 14 de enero en la que se reunieron tres diestros españoles: Antonio Fuentes, Antonio Montes y Ricardo Torres “Bombita” entendiéndoselas con 6 de Piedras Negras. El de Tomares, y en el sexto de la tarde de tan arriesgado que estuvo en su actuación fue herido gravemente en el pecho. Lo destacable es que los tres espadas fueron congeniando con el nuevo estilo de torear, fueron moldeando ese toro propicio para la faena moderna, condición que le faltaba bien poco para entrar a escena. Fuentes, en artista, Montes con facturas de valiente y “Bombita” fuente de sabiduría a la hora de lidiar toros.

Olorosas tazas de café acompañan la cada vez más interesante plática.

JLPyR. Los banderilleros ponen las banderillas donde pueden, y a veces resulta alguna moña clavada en un ojo de la fiera, y el espectáculo se hace intolerable. Los matadores degüellan al toro con harta frecuencia, haciéndole toser y vomitar sangre, ó bien le hieren los tendones de los cuartos traseros ó delanteros y le toman cojo en el acto. Y por regla general, cuando la fiera puede ya apenas moverse por tantas estocadas como ha recibido, y sangre como ha perdido, es cuando se ve solicitada por la muleta del matador para que embista, y cuando al moverse pesadamente sobre la capa, recibe la estocada que le derriba. Convengamos en que esos espectáculos son hechos para contristar, y no para regocijar el corazón del público.

JFCU. La culminación de una faena no se reduce a la sola representación de cuanto usted reseña. Llega a ocurrir sí, pero el propósito de todo torero, tras una labor de mérito es rematar con una gran estocada evitando, en la medida de lo posible lo que puede ser visto o considerado como una agonía desagradable.

Ahora bien don José, su discurso está basado en una explosiva crítica sin tomar en cuenta la real dimensión de lo que somos como mexicanos, como pueblo al que agrada y acepta este espectáculo, de lo cual ya hemos hablado y discutido bastante desde hace un buen rato.

JLPyR. Correcto, pero dígame para todo esto se necesita haber perdido hasta la más remota noción de humanidad para dar cabida en el pecho a tales y tan feroces sentimientos. Y es un hecho que el placer de los toros conduce a mirar con indiferencia los dolores y la muerte del prójimo y a guardar para solos los caballos todas las ternuras del alma, queda con eso mismo comprobado que la diversión de que se trata, deforma, endurece y corrompe el corazón, rompe los vínculos de solidaridad que la naturaleza ha criado entre los individuos de la misma especie, y es, por lo mismo, altamente antisocial y funesta para el conjunto. Por lo tanto, no puede ya pretenderse que el espectáculo sea hermoso, porque debajo de la capa brillante con que se envuelve y disfraza en el prólogo, oculta en su acción y desarrollo, escenas espantosas, antiestéticas, contra las cuales se elevan las protestas clamorosas del corazón, de la razón, y hasta del simple buen gusto.

JFCU. No es nada nueva su propuesta respetable señor, pues Gaspar Melchor de Jovellanos, José de Arroyal y otros escribieron cosas tan parecidas a las suyas. Aquí tenemos que reconocer las luces de la razón, ese pensamiento de avanzada con el cual enfrentaron una sociedad amalgamada en las más diversas fuerzas de tradición a veces con un arraigo tan cercano al anacronismo que para esas sociedades es vigente, pero para ustedes no.

JLPyR. Los españoles, según Sánchez de Neira,[1] son los únicos hombres capaces de irritar, burlar y vencer al toro, y no ha habido hasta ahora otro pueblo que haya podido imitarlos. Démoslo por sentado; ese antecedente, no reza con nosotros, pues no somos españoles ni tenemos habilidad para el toreo. Y aun tomándolo en cuanta desde el punto de vista español, de él nada se deduce.

JFCU. La ventaja de los diestros mexicanos es que han universalizado el toreo ya que, luego de asimilar la experiencia española en América han hecho posible una fiesta española a la mexicana, proyectando de América a Europa lo que son de este lado del mundo. Las figuras que han conquistado un lugar en la tauromaquia nacional han tenido abierta pugna con los de su generación y así, por ejemplo Rodolfo Gaona, que seguramente ya habrá oído hablar de él, luchará denodadamente con “Joselito” o Belmonte, sosteniendo cabalmente su hegemonía hasta retirarse como los grandes; es decir, en plenitud de facultades y dueño de la situación.

Don José yo entiendo muy bien su postura como antitaurino, pero es preciso decir que la costumbre de lidiar reses bravas la absorbe nuestra nación sin solapar lo que en el pasado significó el carácter colonial con el que se impuso España al conquistar la más importante de las culturas indígenas de Mesoamérica: la azteca. Quizá fue un mal necesario que históricamente quedó asentado, trastocando radicalmente parte esencial de nuestro ser. Pero al quedar superado ese trauma con la independencia, México es una nación vigente en el orden y en el concierto de la vida moderna y del desarrollo. Si la fiesta aun permanece entre nosotros es porque su carácter encarna una realidad afín al ser que nos corresponde y nos pertenece. Y si algo es tan vivo en este momento como el culto a la virgen de Guadalupe, principio tan español y tan católico establecido apenas unos años después de iniciado el proceso de la Nueva España, es porque arraigó profundamente en la sensibilidad del mexicano. Así los toros. Más de cuatro siglos y medio no lo pueden ocultar.

JLPyR. Pues aun así no me convence. Nuestros padres los españoles, se dice, han sido afectos a los toros desde la antigüedad más remota, y han hecho de ellos su diversión nacional. Nosotros, que somos sus hijos, hemos heredado, como es natural, esa misma inclinación. Debemos, pues, conservarla como marca de familia y distintivo de raza. Si es buena o mala, es inútil discutirlo; lo único que podemos hacer es verla como un hecho legítimo, dimanante de la generación; y por amor a nuestros padres y respeto a la tradición, debemos conservarla, pues hacer otra cosa, sería traicionar nuestro origen y nuestra historia.

JFCU. De hecho no estamos tratando de ningún patriarcado sino de una costumbre, de una tradición bien habida en nuestro pueblo y que allí está, creciendo, manteniéndose en el gusto de muchos que la aceptan y la aplauden. Hoy en día se extiende por los lugares más inhóspitos e increíbles donde no se pensaba algún día que se efectuaran corridas para celebrar las fiestas de un pueblo, siempre vinculadas al santo patrono del lugar, o las de una feria donde el comercio hace acto de presencia (le recordaré la feria de Xalapa, la de san Juan de los Lagos, la de san Marcos, entre otras).

Me parece que los ánimos de don José se están alterando y, sin dejar de mencionarle otros lugares de fiesta, me aborda de nuevo.

JLPyR. ¿Por qué hemos de vivir condenados a llevar a cuestas el sambenito de los toros, sólo por ser de origen español? ¿No hemos dado el grito de Dolores? ¿No conquistamos nuestra independencia a costa de once años de lucha? Pues si nos hemos emancipado de la antigua metrópoli en lo político, no hay motivo para que continuemos uncidos a ella, en sus vicios y defectos. Imitemos a los españoles en lo que tienen de bueno: en su patriotismo, en su energía, en su ardiente amor al arte y a la belleza; no en sus defectos, máculas y deficiencias. No parodiemos a los malos poetas, que, no pudiendo igualar a Byron en la inspiración, le imitan en la borrachera.

JFCU. Tampoco es bueno caer en los extremos ni ser tan rígido ni dogmático, ni intolerable a las cosas que ya forman parte de la costumbre y de la vida cotidiana en nuestro país. Que el toreo sea un espectáculo bárbaro o sangriento, no significa que los españoles ni los mexicanos tengan que ser necesariamente seres salvajes. La fiesta brava de siglos atrás ha tenido que compartir lo irracional en sus principios pero, precisamente por ser un entretenimiento en el que va de por medio la superioridad del hombre sobre la fuerza bruta del toro es cuando ha sido necesario recurrir a métodos que probablemente no sean los indicados, pero sí los adecuados en eso de dominarlo. Y si al haber dominio existe también una práctica que tiende a la estética efímera, pues lo totalmente salvaje se contiene al darse un balance de fuerzas, mismas que atraen al público, el cual termina por aceptar o rechazar lo que el torero y los demás actores en escena realizan en el ruedo.

El Lic. José López Portillo y Rojas, autor de la publicación que aquí se desmenuza. SINAFO, 20273

JLPyR. Puédese afirmar, por lo tanto, que esta simple expresión “me gusta esto o aquello”, cuando no va adminiculada con un razonamiento serio y juicioso que la fundamente, carece de importancia desde el punto de vista de la razón. Así, los aficionados al toreo que no aducen en favor de éste más defensa que su gusto, no le justifican ni legitiman, y aun puede decirse que dan su voto en blanco. Hoc volo, sic jubeo; sil pro ratione voluntas, es una frase lógica en la boca de la mujer frívola y caprichosa de Juvenal; pero no en la de un pensador, un sociólogo y un patriota.

JFCU. Legión de intelectuales han preferido a la fiesta, dedicando al espectáculo buena parte de su producción artística, movidos por la emoción que les produce, en conjunto el embrujo de la fiesta. Al tener la oportunidad de gozar la diversión, de sumergirse en la fiesta -válgase la redundancia-, y de mirarla con ojos de reflexión, la aceptamos como es, dueña de su propia historia, que, sin temor a correr riesgos mayores, puedo afirmar que es paralela a la historia de México misma.

Don José: tanto usted como yo sostenemos nuestros principios e ideas, los defendemos, pero respetamos lo que cada uno afirma. Esto es importante y, como todavía hay tela de donde cortar, que le parece si salimos por ahí, a estirar las piernas, a caminar simplemente para desahogar lo que todavía nos queda en el tintero.

¿Le parece?

JLPyR. Pues vamos jovencito. Pero le aseguro que no me convence ninguno de sus argumentos. Vamos.

Y en pleno recorrido por esas maravillosas calles de la añeja ciudad de México, le pregunto: ¿A qué llama usted “la apoteosis de la brutalidad?

JLPyR. Degollar al buey o al cordero, coger en el anzuelo al pez y cazar aves delicadas y de plumaje espléndido, es doloroso y hasta cierto punto humillante para nuestras aspiraciones idealistas; pero consuela al menos considerar que todo ello lo hacemos por necesidad imperiosa, y no por el único y perverso placer de causar daño. Pero las lidias de toros no tienen ese carácter, pues no lleven por objeto saciar exigencias de la vida, de la ciencia o de la industria, sino simplemente el de gozar con el espectáculo de los sufrimientos y de la muerte.

JFCU. Usted menciona toda clase de atentados a seres de la naturaleza y donde el hombre participa para proveerse de alimentos con el fin de “saciar exigencias de la vida, de la ciencia o de la industria” como ha ocurrido desde los tiempos más primitivos hasta nuestros días. Tal necesidad a veces ha sido rebasada por actos abusivos que agreden a buen número de especies, muchas en vías de extinción.

De eso, ¿ha reflexionado usted todo el panorama que se vivía en su época, y hoy lo percibimos alarmados?

En cambio, el sufrimiento y la muerte no son privativos en el toro de lidia. Que esto se maneje a través de un espectáculo público le da otro cariz, es cierto. Pero es un fenómeno de gran arraigo, tan añejo que ha transitado varios siglos, adquiriendo carácter primero de diversión, sin más. Funcional después. Por eso es que de dos siglos y medio para acá el carácter profesional ha penetrado de tal forma que su solidez ha permitido un amplio espectro comercial favorable a infinidad de empresas y particulares.

Y embiste encolerizado don José diciendo:

JLPyR.: El objeto final del espectáculo es el de gozar con el martirio y la muerte de los toros (y me digo que sus palabras ya están llegando a terrenos harto peligrosos como para pensar que siga sosteniéndose la plática), el martirio y la muerte de los caballos y, cuando menos, el peligro mortal de los toreros. He aquí por qué es desmoralizadora la fiesta, porque falsea y desnaturaliza los sentimientos y degrada y pervierte a los hombres.

Además, es en las plazas de toros donde ocurre el doloroso paréntesis de la civilización porque la crueldad es el sentimiento dominante en ellas y hay quien goza gritando e insultando; rabian por ver peligro, sangre y muerte. Aquello no es una diversión; es un manicomio sublevado, un banquete de caníbales, un infiero iracundo y clamoroso.

JFCU. Licenciado: su postura es en extremo radical y creo será muy difícil que acepte la realidad tal cual es. La forma en que las corridas de toros se han establecido definitivamente en varios países americanos y también en Francia y Portugal demuestra lo penetrante de su colorido en el gusto de estos pueblos, mismos que en su formación se ha hecho patente la presencia de este divertimento entremezclado con pasajes propios de la guerra.

JLPyR. ¿Y qué tienen que ver las guerras en todo esto?

JFCU. Le menciono el caso de dos de ellas: España y México. Pero antes, se ha preguntado: ¿Desde cuándo el toreo de a pie se presentó como parte de una inquietud entre los hombres por dominar a una fiera y lograr con ella momentos de lucimiento técnico y estético?

Las evidencias están plasmadas desde el contacto de estas dos fuerzas, que podemos admirar gracias al lienzo de cuevas que dieron cabida a la expresión del hombre primitivo.

Trasladémonos al periodo que comprende los años 711 a 1492, en plena confrontación de moros y cristianos. Tal situación se da, entre otras cosas, gracias al apoyo del caballo. Con y sobre el caballo inició la demostración de alancear toros, desde un punto de vista de entrenamiento que sirviera asimismo para atravesar, más tarde y durante las batallas, lo mismo godos que árabes.

Hasta aquí una visión de conjunto. Ahora ubiquémonos en México. La conquista como anejo extemporáneo de la guerra de ocho siglos también se apoya, en gran medida, en el caballo. El torneo y fiesta caballeresca fueron privativos de conquistadores primero; de señores de rancio abolengo después. Personajes de otra escala social, españoles-americanos, mestizos, criollos o indios, se puede decir que estaban restringidos a participar en los orígenes de la fiesta española en América. Pero supongo que ellos también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones deben haber estado secundadas por la rebeldía. El papel protagónico de estos personajes, como instancia de búsqueda y de participación que diera con la integración del mismo al espectáculo en su dimensión profesional, va a ocurrir durante el siglo XVIII.

En México, la conquista y luego la colonización cumplieron un papel que permeó entre los conquistados y colonizados, al grado de mezclarse dos formas que ostentando un culto religioso opuesto, hubo entre ambas un punto común: el sacrificio acompañado de la consecuencia última en dicho acto: la sangre y la muerte. Por supuesto más válido para los grupos indígenas, aunque llevado al extremo por la espada y la cruz -ambos iconos en una sola pieza- del español.

En todo caso, don José, usted hace un severo juicio sociológico que emana del espectáculo.

JLPyR. Así es, en efecto. Las plazas de toros forman un doloroso paréntesis a la civilización. La crueldad es el sentimiento dominante en ellas; su atmósfera despierta los instintos feroces dormidos en el fondo de nuestra naturaleza. Los dilettanti del toreo gritan, insultan; rabian por ver peligro, sangre y muerte; y la rudeza, la ordinariez y la grosería de las más bajas heces sociales, salen a flote en aquel lugar y se imponen a todo el concurso. Los caballeros más pulcros y cumplidos, cuyo trato suave y cortés forma el encanto de los salones, aparecen allí transformados y degradados; echado atrás el sombrero, revuelta la cabellera, apoplético el rostro, febriles los ojos, manoteando con furia, gesticulando, apostrofando a los lidiadores para que vuelen al peligro y a la muerte; y silbándolos, insultándolos y escarneciéndolos cuando son indóciles a sus indicaciones y exigencias salvajes. Aquello no es una diversión; es un manicomio sublevado, un banquete de caníbales, un infierno iracundo y clamoroso.

Que la corrida no satisfaga por cualquier motivo los deseos o el capricho del público (bien porque sean malos los toros o porque el juez del espectáculo carezca de conocimientos) ya tenemos a la muchedumbre furiosa e indignada, arrojando al redondel botellas, sombreros, palos, cojines y sillas, arrancando las puertas de los palcos y lanzándolas al redondel, gradería abajo, sin consideración a la gente que puebla los tendidos, y a salga lo que salga. El populacho furioso se apodera de aquellos despojos, los amontona en medio del redondel y les prende fuego, ávido de desahogar la infernal sugestión producida por el torero, y de saciar sus instintos de destrucción, con las rojas llamas que se elevan de la pira y con el humo negro y sofocante que todo lo envuelve. Flota en la atmósfera un viento de barbarie primitiva, digno de los tiempos del mastodonte y del oso de las cavernas. Los rostros palidecen y se contraen como en el manicomio y en las encrucijadas, como bajo el soplo de la locura o del crimen. Hay deseo general, potente, invencible, de insultar, dañar, destruir y, sobre todo, de reñir y de matar.

JFCU. Y ahora voy con lo histórico, faltaba más.

Con la diversión de los toros, España, que vive intensamente el espectáculo sostenido por los estamentos, va a encontrar que estos no tienen ya mayor posibilidad de seguir en escena, pues

el agotamiento que acusa el toreo barroco se vio, desde los primeros años del siglo XVIII, acentuado por el desdén con que Felipe V, el primer rey español de la dinastía francesa de los Borbones trató a la fiesta de toros.[2]

De tal suerte que lo mencionado aquí, no fue en deterioro de dicho quehacer; más bien provocó otra consecuencia no contemplada: el retorno del tumulto, esto es, cuando el pueblo se apodera de las condiciones del terreno para experimentar en él y trascender así el ejercicio del dominio. Sin embargo “José Alameda” (Carlos Fernández Valdemoro) dice que el carácter que Felipe V tiene de enemigo con la fiesta es refutable. Refutable en la medida en que

La decadencia inevitable de la caballería y el cambio social con que la clase burguesa va desplazando a la aristocrática bajarán pronto al toreo del caballo.[3]

Sobre esta transformación, Néstor Luján ofrece factores testimoniales de acentuado interés al tema. Señala

como una de las causas principales el cambio de manera de montar: pues se pasó de la ágil “a la jineta” a la lenta brida, con lo cual era difícil quebrar rejones. Con este sistema, es lógico que, refrenados los caballos se usase la vara de detener, que es la de los picadores. Sea como fuere, el caso es que las fiestas de toros a caballo empezaron a desaparecer. Con la gran fiesta de 1725 (del 30 de julio de 1725), afirma Moratín que se “acabó la raza de los caballeros”. Y entonces, como paralelamente a esta desgana de los próceres por lo español, se desarrollaba un movimiento popular totalmente contrario, empiezan a tener éxito las corridas de a pie.[4]

Por su parte Alameda aduce que a Felipe de Anjou

se le achaca el haber puesto fin a las fiestas del toreo a la jineta por despreciables, contribuyendo a su inmediata liquidación. Indudablemente esto último es cierto. Pero ahí se detienen sus críticos, a quienes se les olvida o desdeñan el resto de la cuestión, su contrapartida.[5]

Justifica este autor una serie de razones como el amanecer ilustrado que  fue dándose en el curso de esa centuria, la más revolucionaria en el sentido de la avanzada racional. Pero estamos en el tramo comprendido entre 1725 y 1730. Ha pasado ya un cuarto de siglo luego de la toma del poder monárquico en España por parte del quinto Felipe.

La caballería se halla en quiebra. El toreo a la jineta es un muerto en pie, que sólo necesita un empujón para derrumbarse. Pero el toro, raíz de la Fiesta, sigue ahí plantado en el plexo solar de España. Y frente a él está el pueblo. Pueblo y toro van a hacer la fiesta nueva. No el monarca (…).[6]

Y ese pueblo comienza por estructurar el nuevo modo de torear matando los toros de un modo rudimentario, con arpones y estoques de hoja ancha, y torean al animal con capas y manteos o con sombreros de enormes alas, que promovieron, al ser prohibidos, el grotesco y sangriento motín de Esquilache.

Benjamín Flores Hernández acierta en plantear que

El arte taurómaco se revolucionó: la relación se había invertido y ya no eran los de a pie los que servían a los jinetes sino estos a aquellos.[7]

Todavía llegó a más el monarca francés: apoyó por decreto de 18 de junio de 1734 al torero Juan Miguel Rodríguez con pensión vitalicia de cien ducados. Apoyó asimismo la construcción de una plaza de madera para el toreo de a pie, cerca de la Puerta de Alcalá, que se inauguró el 22 de julio de 1743.

Y todo ello ¿con qué propósito?

(…) halagar al pueblo y mostrarle que está con él. No es permisible que Felipe realizara aquellos actos por lo que llamamos afición a los toros, por taurinismo, sino para ganarse su simpatía y su apoyo. Ello parece obvio.[8]

Antes de entrar en materia puramente política, para establecer el panorama que vive España durante el XVIII, conoceremos una visión general del papel que Felipe V, Fernando VI y Carlos III juegan a favor o en contra del toreo. Luego con un planteamiento de Jovellanos  veremos como su fuerza influye en los valores populares.

Anota Fernando Claramount que a partir de mediados del siglo XVIII ocurre

el triunfo de la corriente popular que partiendo del vacío de la época de los últimos Austrias, crea el marchamo de la España costumbrista: los toros en primer lugar y, en torno, el flamenquismo, la gitanería y el majismo.[9]

Abundando: “gitanería”, “majismo”, “taurinismo”, “flamenquismo” son desde el siglo que nos congrega terribles lacras de la sociedad española para ciertos críticos.

Para otras mentalidades son expresión genuina de vitalidad, de garbo y personalidad propia, con valores culturales específicos de muy honda raigambre.[10]

JLPyR. Entre nosotros, es fácil aún poner punto a ese bárbaro pasatiempo, porque el pueblo mexicano se adapta sin resistencia a cuantas disposiciones suele dictar a este propósito la autoridad pública. Así lo demuestra la circunstancia de que en varios Estados (Veracruz, Oaxaca, Jalisco y Yucatán según nuestros informes) de la Unión están prohibidas las corridas de toros, y de que aun en el mismo Distrito Federal lo hayan estado por varios años (diez y nueve años: de 1867 en que los abolió el Benemérito Juárez, hasta 1886), sin que nadie murmure, ni haya habido el más leve peligro de perturbación del orden y de la tranquilidad por ese motivo. Bastaría, por lo mismo, que nuestras clases directoras se propusiesen llevar a cabo tan saludable reforma, para que fuese admitida en el Distrito y en todas la entidades federadas, sin serias ni peligrosas resistencias; en tanto que sería doloroso que, dejándose pasar más largo tiempo, fuese el mal tomando creces, hasta llegar a convertirse en gigante.

Este es uno de los últimos gabinetes que encabezó el Gral. Porfirio Díaz, al comenzar el siglo XX. Entre otros personajes, podemos apreciar a Justo Sierra, a José Ives Limantour y a Ramón Corral. SINAFO, 6240

JFCU. Permítame aclararle mi posición al respecto de esta prohibición. Dediqué 10 años a un trabajo que comprende tal análisis y con la siguiente conclusión de dicho trabajo, expreso a usted mis puntos de vista:

De la revisión amplia y generalizada al motivo de la prohibición y bajo el planteamiento de doce exposiciones,[11] es de considerar -en primera instancia-, la participación directa de todos los elementos ofreciendo el análisis a doce propuestas que se sugieren para explicar causa o causas de la  prohibición en 1867.

Los doce planteamientos: 1.-Caos y anarquía en el espectáculo; 2.-El antitaurinismo de Juárez; 3.-Incidencias probables que arroja el “Manifiesto del gobierno constitucional a la nación” el 7 de julio de 1859; 4.-La prensa: factor influyente del bloqueo a las aspiraciones del espectáculo taurino en 1867; 5.-Influencia de los liberales y ellos acompañados de la tendencia positivista; 6.-Posible presencia de simpatizantes al imperio de Maximiliano, los cuales pudieron haber girado en torno a la órbita taurina; 7.-Un incidente de Bernardo Gaviño en el gobierno de Juárez en 1863; 8.-Con la reafirmación de la segunda independencia, ¿sucede la ruptura?; 9.-La masonería: ¿intervinieron sus ideales en la prohibición?; 10.-Federalismo; 11.-Temor de Juárez a un levantamiento popular recién tomado (o retomado) el destino del gobierno) y, 12.-De que no se expidió el decreto con el fin exclusivo de abolir las corridas, sino para señalar a los ayuntamientos municipales cuales gabelas eran de su pertenencia e incumbencia. Por eso el decreto fue titulado “Ley de dotación de fondos municipales y en él se alude al derecho que tienen los ayuntamientos para imponer contribuciones a los giros de pulques y carnes, para cobrar piso a los coches de los particulares y a los públicos y para cobrar por dar permiso para que hagan diversiones públicas (de las cuales, la de toros resultó ser la más afectada), como asociación de un momento histórico sometido a los rigores de la transición, a la renovación, tratando de superar la crisis nacional y procurando también la modificación de los valores ideológicos propios de una época cuyos contextos significaron arraigo mental significativo que se proyectó en la forma de ser y de pensar; tanto en sus costumbres como en su forma de vivir.

Si la fiesta de toros se consideró contraria a la civilización y el progreso, era de esperarse un combate directo para eliminarla, de ahí todos los argumentos manejados por los hombres de esa época, hombres con ideas liberales, deseosos de un cambio que tardaba en darse o de aparecer en escena, como deslumbramiento y azoro del esfuerzo mayor impuesto a tales ambiciones.

Por eso, la fiesta torera concentraba de una forma especial, los ingredientes del carácter contra el cual se atentaba y pugnaba por su desaparición en consecuencia. De esa forma caos y anarquía, o el antitaurinismo de Juárez (si es que lo hubo), aunque lo fue y lo sigue siendo para muchos, son dos aspectos que animaron el estudio, pero han perdido peso al no encontrar en ellos el soporte necesario para continuar. El sentido de la imposibilidad de realizarse la nación como tal no sin antes eliminar, para permitir tal realidad los aspectos de “hipocresía, inmoralidad y de desorden” que desde 1859 fueron señalados abiertamente en el “Manifiesto del gobierno Constitucional a la nación”, el cual cuestionó -hasta llegar a la propia médula- las costumbres, los hábitos, los privilegios “y -más profundamente- contra el modo de vivir y pensar de la mayoría de los mexicanos de aquella época” según nos lo muestra O’ Gorman.

Que la prensa jugó un papel determinante en este asunto, es indudable. No fue masivo el comportamiento, aunque sí incisivo por parte de quienes no dejaron de insistir en la necesidad de su erradicación, resolviendo la propuesta por una mejor educación que generara factores de cultura importantes. Por eso, “moralizar en vez de corromper” fue la bandera instituida.

Liberales y positivismo también son parte del nuevo panorama y no es que no existieran. Surge una filosofía donde el orden y progreso se postulan como razones existenciales para una nueva época por venir.

De lo que sucedió durante el Imperio de Maximiliano, apenas deja entrever intentos de  prohibición que se resolvieron en los mejores términos sin alterar en consecuencia, un espectáculo al que era afecto el emperador (aunque solo haya asistido -no tengo más datos-, a dos corridas en 1864).

Si lo que apunté sobre Gaviño y Juárez como incómodo encuentro allá por 1863 y luego manera de arreglo o desarreglo en la corrida del 3 de noviembre de 1867, en que vuelven a verse las caras, resulta un modo de afectación al bloqueo, es o sería insignificante pensarlo como tal, pues esto se supone entonces en un arreglo de cuentas personales y nada más que eso.

En alguna medida la reafirmación de la segunda independencia abrió caminos para el logro de objetivos muy claros. Disipó -por algún tiempo- rencillas de todo tipo y solo se puso como constante recuperadora de lo que una primera independencia no había podido lograr. Razón emergente seguía siendo la de separarse o divorciarse de las “costumbres y los hábitos heredados de la época colonial” horizonte todo este que marca el arraigo mental tan pronunciado entre aquellos que, emancipados de una manera solamente formal, no habían conseguido las formas de independencia legal, social y hasta económica. De ahí la vicisitud que afectó una razón de ser tan indefinida de mexicanos quienes se dedicaron a la provocación, al desorden y a la lucha por el poder; todo esto en conjunto, permitió en consecuencia el avance de “las costumbres y los hábitos heredados de la época colonial” alterado si se quiere de forma, pero no de fondo, puesto que se estaba ya en épocas distintas. Gran parte de esa lucha ideológica y por el poder la mantuvieron los masones, personajes de gran inteligencia y astucia quienes lucharon abiertamente contra la ignorancia, el fanatismo y el dogmatismo fenómenos los tres, que dominaban el ambiente mexicano en el cual sus valores culturales escaseaban por lo cual el riesgo de infección por falta de preparación era mayor.

Hemos visto que el federalismo favorece la fiesta por la conformación de estados libres y autónomos agrupados entre sí. Por tanto, esa autonomía si bien, consiguió que la afectación ocurriera en el Distrito Federal, no sucedió así en el resto del país, en el cual las corridas de toros continuaron desarrollándose normalmente, tanto en pueblos como en ciudades.

El temor de Juárez a un levantamiento popular producido por todos aquellos que fueron licenciados luego de la lucha por la causa liberal puede ser en buena medida, fuente o brote de sospechas a nuestro estudio. Se esperaba que aquellos no-bandidos regresaran a su  anterior forma de vida. Solo que ocurrió lo contrario. El bandidaje resultó ser la respuesta a aquella condición que incluso acarreó el malestar de 60 mil hombres alineados a la causa, de la cual no obtuvieron ningún reconocimiento; mucho menos un ofrecimiento de mejora en sus vidas. Esto, en su conjunto significaba un riesgo, pero la plaza de toros seguía siendo el centro de reunión colectiva donde la gente gozaba de todo cuanto en ella sucediera.

Sin embargo, llegamos a lo que sentimos como el alma de todo este asunto, esto es, lo relacionado al cobro de impuestos, pues era preciso que el (o los) ayuntamiento(s) supiera(n) cuales “gabelas” eran de su pertenencia o incumbencia y sabemos que GABELA tiene un significado de tributo, contribución o impuesto. Como se puede comprender, gabela es, ante todo, una exacción (o impuesto en resumidas cuentas) que los antiguos señores feudales imponían a sus vasallos, arbitrariamente y sólo con el objeto de emplearlos en comodidad propia. Esto lleva a pensar en una aplicación de sentido feudal por su género, de suyo arbitrario. Pero sobre todo es la forma en que la ley de Dotación de Fondos Municipales logró un control de los impuestos, control que requería una renovación o un ajuste ante los abusos cometidos. Ahora bien, la Constitución de Cádiz al referirse al papel de los municipios es clara y abierta, por lo que se adelanta en mucho a las condiciones de beneficio común que estos deben ofrecer, lejos ya de toda evidencia del pasado. Por lo que respecta a las medidas, estas se basan en disposiciones que se remontaban al año 1854; la ley de 1862, primer aviso de suspensión no cumplida, aunque aplicada la duplicación del impuesto fijado a las corridas de toros en abril de 1865 y luego, la puesta en vigor del art. 87 de la ley de dotación, el cual no otorga ipso facto la concesión de licencias para el desarrollo del espectáculo, esto como una medida que atentaba los intereses de la empresa, comandada por Manuel Gaviño, quien seguramente no llevaba bien el estado administrativo-económico de la plaza, lo cual tampoco satisfacía las peticiones del ayuntamiento por hacer la repartición equitativa y porcentual de los impuestos que debían ingresar al ayuntamiento, soporte de los fondos municipales, utilizados en las mejoras de la condición urbana, desagüe, alumbrado y otros servicios públicos.

De esa forma, podemos concluir que el motivo que llevó a no conceder las licencias para el desarrollo del espectáculo fue, única y exclusivamente administrativo, lo cual nos hace entender que si bien son implícitos los conceptos que promueven la prohibición -entendida como tal, aunque el art. 87 de la ley de Dotación de Fondos Municipales de 1867 en ningún momento indicaba se procediera con dicha aplicación-, es  más  directo  el factor  relacionado con los impuestos. Lo curioso es que en esos justos momentos se concentraban las ideas, formulaciones y demás aspectos que decidí analizar, por lo que resulta aún más atractivo el conglomerado de propuestas.

   CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX, parecía al principio un tema ligero que, sometido al rigor y a la razón histórica pudo haber quedado reducido a su mínima expresión. Conforme pasaba el tiempo adquiría importancia hasta el grado de convertirse en tema formal para proponerlo como tesis. Se ha dicho ya, que historiar las diversiones públicas no es común y ahora amplío la exposición apuntando que es el toreo un campo cada vez más identificado y reconocido por historiadores e investigadores quienes se acercan a analizar los comportamientos sociales que ya no están inmersos solamente en esas actitudes masivas propias de la guerra, o la política; la religión y también las economías. El pueblo se relajaba en diversiones públicas y, la de toros en México se ha convertido en amplio espectro de posibilidades. Por eso propuse como trabajo “curioso” este que ahora remato y del cual referiré mis conclusiones.

No viene al caso hacer cita de lo relevante examinado aquí. En todo caso, dedicaré una visión general a todo aquello que se involucra con la que ahora resulta una sucesión de historias. Esto es, la manera de relacionar acontecimientos que, a primera vista no tienen una implicación o mejor dicho, afectación en otros venideros y así, sucesivamente. Es obvio verlo así, pero al cabo de lo recorrido me doy cuenta que las circunstancias propias del siglo XVIII, siglo que con sus hombres se ubicó en altas razones del pensamiento logró emanciparse de viejos o anacrónicos sistemas del raciocinio para poner en práctica aquello que casaba con ideas más elevadas, con orientación hacia el progreso y una forma de mentalidad más abiertas, son trascendentes para exigir observación precisa de su tránsito. España recibe tardíamente esto, aunque a buena hora sus ilustrados iniciaron campaña reñida con aspectos propios de una sociedad inmersa en el más puro estancamiento. La élite se afrancesaba dramáticamente y ello daba visos de transformación radical, pues el pueblo (dramática forma de distinguir los niveles genéricos de una sociedad en cuanto tal) se dejaba llevar por el relajamiento asumiendo gallardamente sus formas toscas de expresión, en cuanto razón de ser. Ya lo hemos visto con el aspecto en el que, dejando los nobles caballeros de ostentar el papel protagónico en las fiestas, es el pueblo llano quien asume esa nueva responsabilidad, aplicando, en un principio, normas bastante primitivas con las cuales trataba de darle vida a la expresión de lo que concebían como toreo. La presencia Borbónica en gran medida propició dicho comportamiento al tratarse de una casa reinante de origen francés (aunque los Austria tampoco lo fueron en un principio). Lógico, tuvo que transcurrir un tiempo considerable para percibir el nuevo ambiente, por lo que ya para el arranque del segundo tercio del XVIII, las fiestas caballerescas se encuentran amenazadas de desaparecer porque los burgueses ligados a la corona ya no aceptan cabalmente un espectáculo que pronto se verá en manos del pueblo, quien lo hizo suyo en medio de formas muy primitivas y arcaicas de expresarlo.

Todo ello fue adquiriendo visos de lo profesional y también de lo funcional por lo que las corridas de toros se sometieron a un esquema más preciso, alcanzado a fines de aquel siglo y logró constituirse como una diversión de la cual podían obtenerse fondos utilitarios para beneficencia de hospitales y obras públicas. Como un efecto de réplica, en medio de sus particularidades ampliamente referidas, lo anterior ocurre en América y muy en especial, en la Nueva España, lugar que también se sometió a severos cuestionamientos sobre su desarrollo y utilidad.

El tiempo continuaba y se presentó luego la etapa transitoria de independencia como germen definitivo que permitiría la formación de esa nación presentida, pero no constituida sino reiterada más de medio siglo después cuando en su contenido fueron a darse conmociones y encontradas respuestas que solo frenaron o bloquearon el buen curso de una normalidad casi inexistente. Entre todo esto, el toreo -herencia española ya- seguía seduciendo por lo que arraigó; aunque sometido a un deslinde entre lo español y lo producido por los mexicanos. Todo aquello propiciaba en gran medida revitalización del espectáculo dándole a este el concepto de algo ya muy nacional (y que conste: la de toros es en España la “fiesta nacional”) por lo que se engendró un sin fin de aderezos, sin faltar quehaceres campiranos. Sin embargo no quedó soslayado el toreo español, mismo que fue abanderado tras pocos años de contar sin tutela por Bernardo Gaviño, diestro gaditano que por cincuenta años representó la única vertiente del toreo español, asimilada de enseñanzas proyectadas por Pedro Romero, Juan León “Leoncillo” y recibida por Francisco Arjona “Cúchares”, Francisco Montes “Paquiro”, alumnos distinguidos de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Cerca, muy cerca de ambos, está Gaviño quien para 1835 se encuentra ya en nuestro país. Todo eso se empantanó en el dominio del gaditano quien, a su vez, prohibió que se colocaran paisanos suyos, diestros que hacían campaña en América.

Caería en el riesgo de citar aquí lo tanto ya analizado sobre todo en el capítulo III. Lo que sí es un hecho, es para mí esa forma de enlace entre esos vasos comunicantes, interrelacionados en forma tan intensa que promovieron en mayor o menor medida el efecto de la prohibición. Uno, sin duda asume el peso de responsabilidad y es el administrativo pues se ha visto que tras darse a conocer las disposiciones que para octubre de 1867 se expusieron como lógica posición a evitar el descontrol que sobre impuestos y su actualización, no tenía por entonces el ramo correspondiente; la respuesta, fue que se puso en vigor la Ley de Dotación de Fondos Municipales. Su artículo 87 significó el oprobio o el desacuerdo habido entre empresa y autoridades hacendarias, porque su orientación se da sin conceder licencias para llevar a cabo corridas de toros en el Distrito Federal. De ese modo, la fiesta pasó a formar parte de la vida provinciana durante el tiempo en que no se permitieron en la capital del país los espectáculos taurinos. Fueron casi 20 años. Lo que puede llamarse una continuidad pero no una evolución es todo acontecer de la fiesta de 1867 a 1886. Surgieron figuras popularísimas (Ponciano Díaz es el modelo principal), se gestaron feudos -cerrados unos-, dispuestos los otros a un intercambio y comunicación, y también fueron llegando los primeros matadores españoles, de no mucha importancia, como la que sí tendrían a quienes les prepararon el terreno. José Machío llegó en 1885 y tuvo que soportar desprecios, indiferencia, amen de ser visto como un espécimen raro, sobre todo en la plaza de El Huisachal.

Sucedió a fines de 1886 en que la derogación fue lograda, no sin someterse a dificultades. Largos debates, muy cerrados y peleados también condujeron al alumbramiento en México de la nueva época del toreo moderno de a pie, a la usanza española. Ello ocurrió a partir del 20 de febrero de 1887 con la presencia trascendente de toreros como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos, como cuatro columnas vertebrales sólidas, vitales para el nuevo amanecer taurómaco que se enfrentaba al potente género de lo mexicano, abanderado por Ponciano Díaz, Pedro Nolasco Acosta, Ignacio Gadea, Gerardo Santa Cruz Polanco y algunos otros quienes poco a poco se fueron diluyendo, porque el toreo español ganaba adictos, adeptos y sobre todo terreno.

La prensa hizo su parte, se sublevó, encabezada por la “falange de románticos” y logró abiertamente el cúmulo de enseñanzas entendidas tras largas horas de lectura y deliberación en tratados de tauromaquia (lo teórico) y lo evolucionado que se mostraba el toreo en la plaza (lo práctico).

Y Ponciano Díaz que no aceptó pero que tampoco rechazó aquello no propio de su género, va a convertirse en el último reducto de esa expresión netamente mexicana, pues el “mitad charro y mitad torero” se gana gran popularidad e idolatría -como pocos la han tenido-, pero al suceder su viaje a España donde obtiene la alternativa en 1889, en esa ausencia, la prensa aprovechó y corrigió a fanáticos poncianistas, quienes reaccionaron pronto a aquel correctivo. A su regreso, a fines de ese mismo año, si bien se le recibe como a un héroe, pronto esa “reacción” en los públicos será muy clara y le darán las espaldas. En la prohibición de 1890-1894 Ponciano no tiene más remedio que refugiarse en la provincia en búsqueda del tiempo perdido, de la exaltación y el tributo que todavía alcanzará a conseguir.

Para 1895 vuelve sin fuerza a México. En 1897 y 1898 actuará en festejos deslucidos y cada vez más atacados por la prensa. Muere hecho casi un “don nadie” en 1899.

Reinaba ya ese toreo moderno y un ambiente españolizado en México. El siglo XX recibe y da grandes experiencias así como muestras potenciales inmensas de toreros españoles quienes van forjando la expresión que cada vez es más del gusto de aficionados entendidos como tal. Y ante ellos, surgen figuras nuestras que ya podían enfrentarse y ponerse a alturas tan elevadas como las de Fuentes, “Machaquito” o Vicente Pastor, por ejemplo. Me refiero a Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, Vicente Segura, pero sobre todo Rodolfo Gaona, figura que va a alcanzar calificativos de torero de órdenes universales, porque les regresa la conquista a los españoles en sus propias tierras (o mejor dicho en sus propios ruedos) para lograr junto con José Gómez Ortega “Joselito” y Juan Belmonte la puesta en escena -grandiosa por cierto- de la “época de oro del toreo”.

Sin otro propósito que conseguir una historia -que a ratos intenté hacerla como la quiere O ‘Gorman-. Erudita a veces, rigurosa y desalmada por momentos también, me dispongo a la suerte suprema, de lo cual solo nace mi incertidumbre de si saldré en hombros y por la puerta grande, o bajo una lluvia de cojines y denuestos.

La lección con que terminamos estos apuntes, proviene del recordado Dr. Edmundo O´Gorman:

Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de  atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable.

JLPyR. Su largo discurso, sí que me causa una reflexión que no esperaba de usted. Pero los espectáculos taurinos resultan, además de lo dicho por mí, ruinosos para la clase proletaria, porque, como cosa exquisita y etérea, son de precio muy alto. El de la entrada ínfima a las plazas, es con mucho superior al de las óperas más selectas, pues mientras el boleto de galería alta en los teatros no suele valer más de cincuenta centavos, no baja de dos duros el más barato de los que permiten el goce de las corridas.

JFCU. Su argumento puede que tenga un peso en esta discusión. Incluso, hubo algunas crónicas (como la de La Familia”),[12] donde aparece un delicioso texto de Federico de la Vega, quien recrea en EL EMBOLADO una situación al borde del fanatismo por parte de un aficionado, Juan de nombre, carpintero de oficio, el que tenía por los toros singular inclinación. Tanta era, que lo poco ganado con el sudor de su frente lo discutía con Chucha, su esposa a la hora de repartirlo en el gasto, por cierto miserable, mismo que daba “a cuenta gotas” para la manutención de los niños, quienes debían andar más tiempo en la calle, nada más que para distraer el hambre.

Reconozco, hasta en nuestros días, los precios de las entradas son verdaderamente elevados, y aún con ese inconveniente la afición va a las plazas. Claro, el tipo de espectáculos que presentan las empresas en nada compensa lo que cobran. Parece que a tan elevado costo se incluyera otro tipo de atractivos que por sí solos pagarían el precio de los boletos.

JLPyR. Así, al periodo de exaltación, revuelta y delirio de nuestra sociedad, ha seguido el de reflexión, serenidad y sensatez, que es el que vamos alcanzando; y hecha tabla rasa con los antiguos sistemas, ponemos ya la mano a construcciones altas, simétricas y bien cimentadas. La revolución con sus estragos, echó por tierra las paredes vetustas del régimen antiguo, y llenó con sus escombros el negro abismo de nuestros viejos problemas; y sobre su suelo reciente, duro y firme, van levantando las nuevas generaciones el monumento de la patria moderna.

JFCU. Tenemos que empezar a reconocer que su época y la mía son distintas. Sus apreciaciones con respecto a ésta también manifiestan diferente perspectiva, pero sobre todo que usted efectúa todo este análisis, como fruto de su “antitaurinismo”. Y si lo declaró en el texto que tuvo a bien presentarle a don Porfirio, creo que al “héroe de Tuxtepec”, con tantas asistencias a las plazas de toros, tantos toros que se le brindaron, lo único que podría causarle su lectura es muhina. En todo caso a quienes pudo haber hecho entrar en razonamientos más extremosos es al grupo de “científicos” que le rodearon. Pero como ve, don José, lo único que probablemente pudo haber entrecortado el curso del espectáculo es la Revolución y ese decreto que impuso el Gral. Venustiano Carranza entre 1916 y 1920. No más.

JLPyR. Resto vergonzoso de la antigua barbarie, es un anacronismo en el siglo XX; y no se explica cómo ese monstruo sangriento y feo, puede alentar en época como la nuestra, tan poco a propósito para su supervivencia. No solamente el deber moral y el instinto del progreso aconsejan borrar esa mancha de los pueblos de habla española; sino también y de consuno lo reclaman la conveniencia y la dignidad de esos mismos pueblos, a quienes el porvenir parece reservar brillantes destinos.

JFCU. Desde luego estoy de acuerdo en que es “un resto vergonzoso”, anacrónico y sin cabida exacta en el siglo XX que ya termina. No es posible explicarnos como, en medio de la modernidad, del confort en que nos acomodamos, siga siendo del gusto popular y general también esa fiesta sangrienta. Que lo fue más en su época, donde entre otros, fueron víctimas multitudinarias decenas y decenas de caballos que morían de cornadas arteras, y que los aficionados de su tiempo soportaban, como resultado del desarrollo que alcanzó el desagradable “espectáculo” que entonces se daba. Dentro de su atraso, pudo evolucionar, puesto que todos, quienes han participado en la evolución del mismo, han pretendido mejorarla, modernizarla, en una palabra. Así, desde que el pueblo llano se apoderó del control del mismo, no tuvo otro remedio que irlo depurando, matizándolo de distintas tauromaquias, como procesos correctivos que no han tenido otro propósito que el de conducir el destino del “arte de torear” hasta esa frontera, como punto inalcanzable, como meta y destino adecuados al tiempo y espacio que van encontrando. Y si esos encuentros se dan precisamente al sucederse las generaciones que imprimen un sello acorde a la época que se vive, entonces encontramos en todo esto única y exclusivamente evolución, sin más.

JLPyR. Sacudamos este último resto de la tutela colonial, y seamos ahora, como lo hemos sido siempre, un pueblo digno de su independencia y de su suerte.

JFCU. Y la alcanzamos, don José, alcanzamos la independencia que usted cuestiona. Evidentemente no ha sido fácil desprenderse de una herencia que entrañó en el modo de ser y de pensar de nosotros, los mexicanos, que no podemos ocultar esa presencia profunda y oscura que nos persigue, sobre todo en asuntos que tienen que ver, por ejemplo con la burocracia, esa marca de fuego que quedó señalada desde los tiempos de Felipe II, cuando este mal social alcanzó uno de sus niveles de obstrucción más elevados. Y no se diga con el aspecto católico. La independencia no pudo erradicarlo. ¿Por qué Hidalgo tuvo que empuñar un pendón que llevaba la imagen de la virgen de Guadalupe? No es mera casualidad. La presencia religiosa, influyente en el carácter de los mexicanos se ha cultivado con tal fuerza, que inmediatamente después de la conquista, la creación o no del mito guadalupano arraigó tremendamente en los novohispanos primero; en los mexicanos después. Incluso, llega hasta nuestros días fortalecida y reactivada cada 12 de diciembre, que para convencerse tiene usted que darse una vuelta por la Villa de Guadalupe y todos aquellos sitios donde la veneración por la “morena” es una verdadera fiesta, y no un mero acto donde se cumple con venerar por venerar. No. Y eso es nada más un ejemplo.

Ahora, si tengo que mencionar las secuelas españolas con las que no pudo la independencia y toda esa idea de rechazo que muchos tuvieron hacia lo que se nos impuso por la fuerza, el toreo es otro de esos géneros que perviven, eso sí, en medio de sus naturales inconsistencias, pero allí lo tenemos. Acabándose de celebrar apenas el último domingo que ha pasado. Y no necesariamente un domingo. También los días de fiesta, de feria, de motivo y pretexto, son la ocasión perfecta para acudir a las plazas y congregarse, y divertirse.

Que vive altibajos marcados, eso parece ser el nuevo síntoma, sobre todo en mi época, con sus mismos vicios y sus mismas virtudes que la exaltan o la aquejan, según sea el tipo de personajes que la engrandecen o la convierten momentáneamente en miseria y basura.

Estoy convencido de que burocracia, religión y toros, son tres fenómenos sociales y de culto profundo que a donde quiera que vaya, se los va a seguir encontrando. Con la burocracia, ¡cuidado!. Con la religión hallará verdaderas muestras de culto, en las ciudades cosmopolitas y en los rincones provincianos.

En tanto, la fiesta de los toros también mantiene sus valores como costumbre inveterada, hecha al gusto de cada época.

JLPyR. Es cuestión de patriotismo y de bien parecer extirpar de nuestro suelo esa planta venenosa y parásita: una medida de esa especie, alcanzará incalculable resonancia entre los pueblos cultos y hará más en favor de México, que un número crecido de libros, opúsculos y periódicos laudatorios, nacionales o extranjeros.

JFCU. En nuestros días, he de reconocerle, hemos llegado a pensar que la fiesta no tanto debe ser extirpada. Comprendemos que ha alcanzado los límites de la evolución a la que estuvo condicionada en sus principios como un espectáculo que necesitaba llegar a unos límites de perfección y de calidad que ahora van a la baja, sobre todo si en el medio se encuentran infiltrados unos personajes perversos, que hacen y deshacen a su antojo. Mire, vea usted estos ejemplares de los periódicos y revistas de mi tiempo en donde las hechuras de un “toro” no van con el TORO que deseamos aparezca más frecuentemente en los ruedos. Pero si a los toreros que mandan, o los que condicionan esos “toros” les vienen bien, y si la prensa condicionada aprueba, y si los públicos benevolentes aceptan, pues ya está.

JLPyR. Abrigamos la firme convicción de que al hombre eminente que rige los destinos de México (refiriéndose evidentemente al Gral. Porfirio Díaz), le está reservado el introducir en nuestro país, por su influjo y prestigio, tan necesaria reforma, enriqueciendo con este nuevo laurel, la corona de su grandeza; y de que, cuando la posteridad enumere sus altos hechos, hará especial mención de éste, con grande aplauso y encarecimiento. Pues, bien que el Sr. Gral. Díaz haya puesto por obra tantas cosas admirables así en la paz como en la guerra, la medida de que se trata, por su carácter particular de humanidad y cultura, no pasará inadvertida para sus biógrafos: como no ha olvidado la historia referir que don Alfonso el Sabio, Isabel la Católica y Carlos III fueron enemigos de los toros, a pesar de que el primero hizo las Partidas, la segunda contribuyó al descubrimiento del Nuevo Mundo y el último fue un grande y glorioso reformador de la nación española; y como no olvidar tampoco que el Benemérito de la Patria don Benito Juárez, apenas reinstalado en México después de la caída de Maximiliano, abolió esa sangrienta diversión, que había alcanzado tanto favor en tiempo de los gobiernos militares e imperialistas.

JFCU. El Gral. Díaz tuvo que huir materialmente del país al poco tiempo de que comenzó la Revolución, empezando así otro momento y otra época que marcaron rutas distintas para el devenir de nuestro país. Pero no se convirtió en el enemigo público como lo fueron en su momento algunos monarcas. Y también, como ya vimos hace un rato, Juárez fue per se un declarado antitaurino. Firmó el decreto de la ley de Dotación de Fondos Municipales, y si asistía o no con la frecuencia que marcaron sus antecesores a las plazas de toros, no significa que atentara contra la diversión pública. Aprobó, entre otros, el art. 87 de dicha ley porque se consideró que la empresa que llevaba los destinos en el Paseo Nuevo no estaba cumpliendo cabalmente con el pago de impuestos, lo que significaba una irresponsabilidad que había que controlar.

Y más tarde, como ya se vio, también el Gral. Venustiano Carranza arremetió contra las corridas, pero eso fue apenas un periodo de cuatro años que en nada alteraron a la afición, misma que fue a refugiarse a algunas plazas de provincia, sobre todo, a aquellas muy cercanas a la capital del país.

En el inmediato tránsito de siglos y milenios que está por darse en pocos meses, la fiesta de los toros tiene una dinámica intensa en nuestro país, probablemente mal administrada, porque no han visto el lado empresarial tal y como lo entendería un hombre emprendedor en estos negocios, dispuesto más a ganar que a perder. Pero algunos de los que pretenden hacer “fiesta”, pierden dinero, credibilidad y reputación. José Carlos Arévalo, un periodista muy importante en el medio, ha dicho que el toreo en España no es un negocio. Es una industria perfectamente instalada para dar servicio a cuantos la requieran, porque cuenta con elementos de alta calidad. Mientras tanto, en nuestro país, la sufrida fiesta vive una de sus peores crisis de valores, embestida por esos anti-empresarios que la dañan, y esa prensa tolerante, ese público que dejó de tener afición en tanto se tuvo un crecimiento masivo de las ciudades y estas se modernizaron. En una palabra, llegó el progreso, y qué bueno. Pero ciertas costumbres y tradiciones fueron modificándose al grado que la de toros es una de las más alteradas.

Yo no se si el destino final para el espectáculo de los toros en México haya llegado. Pero es un hecho que si las cosas siguen así, pronto, muy pronto, iremos a su entierro.

Ya no quiero darle más elementos, como para que su obra ¡ABAJO LOS TOROS! se nutra de esos valores con que usted defiende su respetable postura. En estos momentos un grito de ¡ABAJO LOS TOROS! es como convocar a los grupos antitaurinos y ecologistas que hacen ruido, probablemente soterrado, pero que lo hacen. Y si entre otras de sus razones puede encontrarse el derribar –para ellos- ese “muro de Berlín”, es porque están dadas las condiciones para hacerlo. No me extremo en mis comentarios. A veces he sido demasiado optimista, pero encuentro muy dañada la imagen del espectáculo taurino en México. Muchos aficionados hacemos verdaderos esfuerzos por quitar de en medio el cáncer que lo agrede y lo limita a sobrevivir.

Don José López Portillo y Rojas: le confieso que ya no puedo seguir, y no por inconsistente, ni por falta de elementos, sino por un desánimo que me atormenta. La fiesta que he visto durante 30 años vive en estos momentos la más difícil prueba que puede apuntar a dos sitios: el exterminio o su continuidad asegurada. Apuesto por lo segundo. Respeto su opinión, pero ya quedó en el pasado y si se planteó la sola posibilidad de que el Gral. Porfirio Díaz atendiera sus observaciones y críticas, su intento hubiese quedado en el fracaso. Pero hoy, don José, hoy, probablemente su postura tendría eco frente a todo lo que están cometiendo con la fiesta. Ya no tanto por sangrienta, que de suyo es un valor intrínseco. Sino por toda la agresión –que ya hemos visto-, comenten contra ella.

Me despido de usted, esperando volvernos a encontrar en otra ocasión. Por ahora, cada quien aprendió una lección distinta sobre un mismo fenómeno que entraña nuestras personales preocupaciones.


José López Portillo y Rojas: ¡Abajo los toros! México, Imprenta de D. Mariano Viamonte Zuleta, 1906. 48 p.

[1] José Sánchez de Neira, español de origen, fue un tratadista fundamental que perteneció a una generación que comenzaba a entender la tauromaquia como concepto que había alcanzado niveles de madurez, es decir durante el último tercio del siglo XIX. Sus aportaciones determinan puntos de vista que permiten apreciar al toreo en su condición e interpretación no sólo técnica. También estética. De ahí que las Tauromaquias como tratados específicos lograran su punto más alto de reflexión que luego se reflejó en obras analíticas como las del propio Sánchez de Neira, cuya influencia alcanzó al México taurino, de 1880 en adelante.

[2] Pedro Romero de Solís, Antonio García-Baquero González, Ignacio Vázquez Parladé: Sevilla y la fiesta de toros. Sevilla, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1980 (Biblioteca de temas sevillanos, 5). 158 p. ils., p. 62.

Una idea de corte totalmente opuesto pero que es interesante considerarla, la ofrece Enrique Gil Calvo en Función de toros. Una interpretación funcionalista de las corridas. Madrid, Espasa-Calpe S.A., 1989. 262 p. Ils. (La Tauromaquia, 18)., p. 144.

1.-La institucionalización de las corridas es consecuencia de un hecho crucial, acaecido durante el siglo XVII, en la articulación de la estructura española de clases.

2.-Ese hecho, trascendental para todo el posterior desarrollo de la España moderna y contemporánea, supone la auténtica diferencia específica de la estructura de clases española, que así la separa y distingue del resto de estructuras de clase europeas. Y consiste en la inversión de la función de liderazgo: las clases antes dirigentes -durante el imperio de los Habsburgo- dimiten de su liderazgo social, cuya función queda así vacía y vacante. Consiguientemente, y en ausencia de élites dirigentes, el casticismo más plebeyista se impone, el liderazgo se invierte y son ahora las élites quienes imitan modos y maneras del vulgo y la plebe.

3.-En consecuencia, a resultas del casticismo de las élites, y vacante la función de liderazgo social por ausencia dimisionaria de quienes debieran desempeñarla, se produce en ensimismamiento y tibetanización de la nación española, que queda así clausurada -colapsada y bloqueada- por su desarticulación social invertebrada.

Estos planteamientos que el autor destaca a contrapelo de la obra Goya y lo popular de José Ortega y Gasset, también se anteponen a la tradicional concepción de la permuta del toreo a caballo por el de a pie, debido a movilizaciones ideológicas de la cúpula monacal.

[3] José Alameda (seud. Carlos Fernández Valdemoro): EL HILO DEL TOREO. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 p. Ils., fots. (La Tauromaquia, 23)., p. 41.

[4] Nestor Luján: Historia del Toreo. 2a. edición. Barcelona, Ediciones Destino, S.L. 1967. 440 p. ils., retrs., grabs., p. 13.

[5] Alameda, op. cit.

[6] Ibidem.

[7] Flores Hernández, ibidem., p. 31.

[8] Alameda, ibidem., p. 43.

[9] Fernando Claramount: Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. 2 v. (La Tauromaquia, 16-17). T. I., p.156. Apud. Vicens Vives. Aproximación a la Historia de España.

[10] Op. cit., p. 161.

[11] José Francisco Coello Ugalde: “CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, 1996 (tesis de maestría, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 238 p: CAPÍTULO III: MOTIVOS DE RECHAZO O CONTRARIEDAD HACIA EL ESPECTACULO.

[12] La Familia” Año V, México, viernes 24 de febrero de 1888, N° 8 pp. 329-330.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA… UNA DIMENSIÓN QUE PERTENECE AL ABSTRACTO.

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE IV). 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Sin afanes de petulancia o de arrogancia alguna, vengo aquí para presentarles diversos y distintos panoramas sobre lo que fue, es y será el espectáculo de toros en nuestro país. Sobre lo que será, cualquier planteamiento me parece bastante atrevido, porque es difícil prever el futuro y apenas es posible dar una contemplación desde nuestra perspectiva, convertida a su vez en prospectivas con diversas trayectorias, aunque la “balística” planeada, con toda seguridad no tendría la o las trayectorias pensadas. Y aunque acudiendo a cierta metáfora de que “el futuro es hoy”, aún así es difícil pensar lo que puede suceder en una dimensión que pertenece al abstracto.

El toreo, resultado de largos siglos y milenios, con todas las dificultades que entraña en la actualidad, permanece vigente. Quienes acudimos con frecuencia a la plaza de toros sentimos una intensa tristeza la cual no concibe el estado de cosas que guarda al enfrentarse a otra más de las reincidentes crisis, punto en el que confluyen infinidad de circunstancias que, para bien o para mal, intervienen en su difícil transitar. Al hacer esta primera reflexión, es porque, invocando la grandeza y el esplendor, eso deseamos profundamente para no seguir contemplando el panorama tan desolador que viene azotando a peculiar diversión pública.

Hay en todo esto un contraste abismal con otras épocas que tampoco están alejadas de nuestro tiempo. Sin embargo allí cambian muchos aspectos que indican el grado de importancia donde se refleja la asistencia masiva de aficionados entusiastas llenando los tendidos en su totalidad, cosa que en nuestros días es imposible.

Busquemos algunas explicaciones. Tomando como caso particular el de la ciudad de México en tres épocas aleatorias: primera, quinta y última décadas del siglo XX. Aquellos primeros diez años representaron para el toreo nacional estabilidad y equilibrio. Surgen Rodolfo Gaona, Vicente Segura y Juan Silveti que enfrentan al numeroso grupo hispano que dominaba el escenario siendo muy pocas las posibilidades para aquellos. Afortunadamente en poco tiempo lograron verdaderas confrontaciones, divulgadas en un importante número de publicaciones periódicas que informaron con amplitud aquellos hechos. Entonces, la capital del país, que no era ni por casualidad lo que hoy es, y más bien era una especie de ciudad provinciana, contaba con alrededor de 100,000 habitantes, los cuales gozaban de espectáculos como teatro, zarzuela, cinematógrafos y otras áreas de esparcimiento como parques y jardines. Conforme se acercaba el año de 1910, las condiciones sociales y políticas, junto con las económicas entraron en una difícil tensión debido al cuestionamiento al que quedó sujeto el régimen de Porfirio Díaz que llegaba a poco más de 30 años entre notables avances económicos, pero también amargos retrasos sociales. La sentencia del héroe de la batalla del 2 de abril se cumplía exactamente: “Mucha política. Poca administración”.

El matador de toros, ha realizado la suerte suprema. Se desconoce su nombre. Es la plaza de toros “El Toreo”. Ca. 1907-1908. SINAFO, 15853

Durante los últimos 15 años del siglo XIX y de manera intermitente hasta 1945, se consolidó un proceso en el que el aprovechamiento de la cruza de ganado español con el nacional fue permitiendo que la ganadería se constituyera perfectamente, dejándose ver un estilo propio, donde el caso particular de San Mateo adquiere una trascendencia singular, que hasta nuestros días no hemos terminado de entenderla en su exacta dimensión, porque en todo esto se han incrustado una serie de intrigas, de políticas, problemas emanados de la Revolución mexicana misma, cuyo reparto agrario afectó sensiblemente a las grandes extensiones de las consideradas unidades de producción agrícolas o ganaderas, cuyo periodo de esplendor terminó con el movimiento armado de 1910.

He ahí, en pocas palabras lo que sucedía en esos primeros años del siglo XX que se vivieron bajo un ritmo a veces violento, a veces sosegado que mostraba –sobre todo-, a un Rodolfo Gaona encumbrado, dueño de la situación aquí y allá, provocando al solo anuncio de sus actuaciones llenos completos, fuera en la plaza “México” de la Piedad, fuera en el coso de la colonia Condesa, apenas inaugurado en 1907. El disfrute de la afición era máximo. No se nos olvide que en la época de su “imperio”, el cinematógrafo fue un instrumento de divulgación que superó, incluso, la notoriedad que buscaba el mismo el Gral. Porfirio Díaz, pues entre los años que van de 1895 a 1911, se tienen consignados alrededor de 125 títulos con tema taurino, contra 41 en los que Porfirio Díaz o su familia fueron motivo de propaganda.

¡Qué poderío, el de Gaona! El Toreo. Madrid, 6 de julio de 1914

Durante los años cincuenta nos encontramos ante una ciudad en expansión, alejada de cualquier provincialismo y colocada en el concepto cosmopolita que se acusa desde el sexenio de Miguel Alemán, quien empuja aquellos cambios, mejorándose muchas condiciones y quedando otras en el abandono más notable.

A los medios de comunicación masiva como el periódico y la radio que a mitad del siglo XX conservan su jerarquía, se suma la televisión que se convirtió en un instrumento insustituible debido a la extraordinaria herramienta que era en aquel entonces, siendo la transmisión de las corridas de toros un excelente vehículo de divulgación que ya se ve, no representaba riesgos para la empresa que no gozara con el valioso apoyo de la programación. Existen casos evidentes donde habiendo corridas tanto en la plaza “México” como en el “Toreo de Cuatro Caminos” ambas se llenaban, a pesar de que en una de ellas se estuviera transmitiendo el festejo. La población debe haber oscilado entre los 3 y 4 millones de habitantes, la cual tenía ante sí una opción múltiple de formas para divertirse: el teatro, el cine, hipódromo, estadios de futbol y beisbol, donde la televisión poco a poco no solo se sumaría a este conjunto de entretenimientos, sino que los desplazaría y absorbería para que desde ahí y en la comodidad de la casa, los ciudadanos comunes y corrientes, con o sin afición; con o sin intereses definidos comenzaron a ver reunidas con la opción del cambio de canales, toda esa gama de posibilidades. Sin embargo, empiezan a darse una serie de cambios que se están adaptando a los nuevos tiempos debido al ritmo revolucionado de la vida, a su mutante y sintomática patología.

Debemos entender hasta aquí, que también operaban una serie de cambios de mentalidad, producidos por la forma de ser y de pensar de las sociedades, puesto que se estaba pasando de una que se conjugaba entre aquellos citadinos y los que viniendo de provincia, se integraban a ese modelo, a otra que comenzaba a hacer del consumo una nueva posibilidad de lograr la satisfacción y el confort, como resultado de los cambios impuestos por una nueva “revolución industrial” que evoluciona en términos sumamente rápidos.

Entre los acontecimientos actuales, colocándonos en la última década del siglo XX y los primeros cinco años del nuevo siglo XXI, se tienen factores tales como el crecimiento desmesurado de la ciudad (cuya mancha urbana, al unirse al estado de México hace que se tenga una concentración de poco más de 20 millones de habitantes), o el de una impresionante posibilidad de medios de comunicación, incluyendo la internet. Pero también un debilitado intento del manejo de la situación a través del último de nuestros empresarios: Rafael Herrerías quien, apoyado por no sé qué extraños influjos y por amigos o sociedades que le tienden todo tipo de tratos y favores, logra como resultado plazas semi-vacías, a veces con asistencia de 1000 o 2000 aficionados, promedio más bajo en las últimas temporadas, el cual ha sido la media estándar no solo en los tiempos de “Herrerías”, sino de otros empresarios, incluyendo Alfonso Gaona quien teniendo la sartén por el mango, para organizar buenos carteles, después ya no supo cómo manejar ese asunto en un puesto donde se eternizan y ni Dios puede con ellos. Quitarlos menos. Gaona empleaba métodos oscuros de chantaje sentimental, donde o se empeñaba en dar carteles hasta la mitad de la semana o simplemente cerraba la plaza argumentando diversos pretextos.

Por su parte, Rafael Herrerías, quien desde su llegada a la administración de la plaza “México” ha mostrado un perfil basado en métodos contraproducentes y represivos, lleva 12 años al frente de la empresa del coso capitalino, montando temporadas que, para el caso de las que ocurren entre los meses de noviembre y marzo, presenta un elenco previo y resulta otro (aunque en pocos casos se haya cumplido la sentencia de que unos las firman y otros las torean), por lo que las alteraciones al “derecho de apartado” son graves. A menos que me equivoque, pero no he sabido de más que de un caso de demanda levantada para cuestionar legalmente dichos incumplimientos, mismo argumento que se tiene como prueba en el caso del ganado a lidiar, donde se anuncia uno y se lidia otro, además de que es bajo sospecha de no tener la edad reglamentaria pocas veces comprobada a la luz de exámenes post morten, o de haber sido víctimas de alteraciones en la cornamenta, sin que ello deje de presumir el caso de otras agresiones en órganos vitales.

Bajo ese reino de impunidad hemos vivido desde hace doce años, reino cuyo reflejo o reacción natural es el que muestra la afición no acudiendo a la plaza, en un alejamiento forzoso, plagado de decepciones por parte de aquellos que sienten agredida su larga trayectoria, incluso sus recuerdos que son violentados gracias a estos métodos de represión. Sin embargo, ciego de poder, nuestro empresario proclama que no hay tal, que todo, al mismo estilo de nuestro actual presidente, va viento en popa y nada se interpone en el buen curso de la fiesta que él, junto a una controlada complicidad con otros empresarios a quienes no queda más remedio que apoyarlo de “dientes para afuera”, pero que en su interior no soporten tal humillación y connivencia no deseada.

Estos hechos no pueden quedarse en la mera exposición de argumentos para declarar solo, una sentencia sumaria. Por qué no ver ahora qué los genera y alguno o algunos razonamientos que indiquen hacia dónde va todo esto, pero que también apuesten por una salida más favorable, digna, incluso para el bien y prosperidad deseados. Esto debemos propagarlo y además analizarlo para eliminar todo factor de ruido que nos genera duda, indiferencia y desacuerdo. Insistiendo sobre el asunto, yo no sé en qué medida esto se esté convirtiendo más en un juicio que en una lección. Sin embargo, es preciso hacer notar la suma de circunstancias que en una y otra dimensión, han participado en beneficio o en perjuicio del buen curso de una fiesta que no siempre es lo que se dice que es, pues vive bajo el régimen de una encontrada marcha, porque por un lado están quienes sin intereses de por medio, la defienden; y por otro se encuentran aquellos que la utilizan para sus propios intereses, ganando un prestigio despreciable.

Leonardo Páez apuntaba[1] que algunas plazas provincianas como la de San Luis Potosí o la de la Villa Charra de Toluca, tuvieron que suspender festejos debido a la escasa concurrencia, faltándole a esto un poder de convocatoria capaz de convencer a los más incrédulos y resistentes. Dice Páez:

   Los falsos empresarios taurinos, lejos de corregir los vicios que han sacado a la gente de las plazas, exhiben una serena negligencia, hasta cancelar las posibilidades de realizar buenos negocios taurinos, evidenciando sus intereses en beneficios extrataurinos con el pretexto de hacer fiesta.

   Por lo pronto, el mercurio de tan singular termómetro ya tocó fondo y el porvenir que espera a unos empresarios taurinos tan soberbios como desunidos no puede ser más oscuro. El de San Luis Potosí se vio en la necesidad de suspender la corrida programada para ayer domingo, tras constatar la pobre entrada del mero día de la feria, el pasado 25 (de agosto), en que a una plaza para seis mil gentes entraron 2 mil, y el de la Villa Charra de Toluca debió hacer lo mismo el pasado sábado (…).

   Además -como si les apuraran a ciertos personajes incrustados en la misma organización de esos festejos, lo que los hace siniestros- a tomar la puntilla para cometer pillerías como la ocurrida en la plaza de toros de Tlaxcala el 1° de septiembre de 2002, cuando a un ejemplar de “Brito” -por cierto, ganadería propiedad de Carlos Slim-, y que le tocó en suerte a Christian Aparicio, se hizo harto notorio el pésimo, deliberado y descarado despunte. Ya lo dijo Julio Téllez: “los novilleros están empezando como terminan las figuras del toreo”.[2] Es decir, dueños de la situación, con privilegios de seguridad y comodidad en eso de buscarse oscuros “colaboradores” para torear las más veces posibles en medio de condiciones envidiables. Qué terrible es apreciar ciertos cambios, promovidos con las mejores y buenas intenciones de una organización, cuando esta, ignorándolo o solapándolo también, encubren el ejercicio indebido de personas non gratas que perjudica en vez de ayudar a que se den avances representativos.

Estas son, apenas, unas cuantas advertencias del riesgo que se puede correr en caso de no ser atendidas con verdadera precaución, porque aquí, de lo que depende, es aplicar medidas precautorias para evitar que la fragilidad del espectáculo termine fracturándose o, peor aún, fragmentándose en una ruptura irrecuperable e irreversible, en medio de un síntoma que forma parte de las constante crisis[3] que enfrenta la fiesta de los toros en nuestro país.

Veamos el caso de la fiesta que se celebra en España, donde una de las principales condiciones para realizar este tipo de espectáculos es convocando a los diversos postores que, en algo parecido a una licitación, presentan sus mejores ofertas. Aquel que es aceptado deberá satisfacerlas plenamente durante una temporada con los naturales beneficios económicos tanto para la empresa como para el estado (o la comunidad). La periodicidad de este emplazamiento permite que, al año siguiente, tanto el empresario vigente como otros vuelvan a proponer la celebración de la nueva temporada y así, sucesivamente, hasta generar una confiable estabilidad de lo que se convierte más en una industria que en un negocio o empresa. Hasta el momento esto no ha ocurrido en nuestro país, y ya sabemos que los empresarios permanecen durante varias temporadas, lo que provoca resultados desagradables, cuya mejor respuesta de parte del aficionado es su ausencia, señal de protesta. Pero la réplica de los empresarios es en muchos casos más incómoda: tener la plaza cerrada.

Sin embargo, son tan grandes y lejanas las diferencias entre España y nuestro país, que no es lo mismo la industria en cuanto tal, a aquello que en nuestros días se llama, en lenguaje puramente foxiano[4] “changarro”.

Para darnos una idea de lo que significan esas dos distancias, veamos el balance arrojado en 2001:

Este comparativo no pretende poner en evidencia o destacar grandezas o miserias. Pero es la mejor escala que nos deja entender entre sus naturales realidades, las notables diferencias de dos países que históricamente conservan entre sus tradiciones las corridas de toros como fenómeno social e histórico con un arraigo secular importante.

Finalmente, queda nuestra propuesta de la convocatoria a licitación entre quienes, teniendo la capacidad de proponer y afrontar una temporada lo hagan, en el entendido de ofrecer garantías de continuidad, si para ello se cuenta con toda la infraestructura: plazas, toros en las ganaderías, matadores de toros y novilleros, el apoyo mediático y la siempre fiel presencia de aficionados que, convencidos de una notable mejoría, regresen y llenen los tendidos de las plazas de toros, con lo que cualquier empresa esté plenamente correspondida.

Por otro lado, al declararme agnóstico es porque creo en el misterio. Pero cuando manifiesto mi escepticismo, es porque lo pongo en duda. Por cierto, Antonio Caballero ha dicho de esto último que “Nuestro santo patrón es Santo Tomás Apóstol, aquel escéptico que se negaba a creer en la Resurrección del Señor mientras él mismo en persona no metiera su puño en la llaga del lanzazo de su costado”.[5] A esta circunstancia se agrega la sentencia de Santo Tomás de Aquino que dijo “Hasta no ver, no creer”.

Lo anterior viene al caso como el método de asepsia mental que pongo en práctica no solo en mi vida común y corriente, sino como aficionado a los toros, luego de haber superado ese estadio de contemplación gozosa pero falsa que produce una fascinación de todo aquello que se nos impone pero que no podemos cuestionar (como la religión, por ejemplo), o de hacernos creer que la excelsa tauromaquia de fulano o sutano diestro es o ha sido como tocar el cielo con una mano.

Cuando una institución como la iglesia está detentada por una serie de individuos que imponen no el espíritu inicial concebido bajo postulados tan diferentes a los que hoy pretenden que se pongan en práctica, con el agregado de ciertos condicionantes, me parece que lo único que se está creando es dogma y fanatismo. De igual forma, cuando cierto sector de la prensa taurina nos habla de los portentos de tal torero, primero es o porque están convencidos de su ejercicio o están comprometidos por razones tristemente lucrativas.

Por todo lo anterior, es que he aprendido a usar el escudo del agnosticismo y el escepticismo al mismo tiempo.

Habría que decir que conforme el aficionado a los toros va madurando –los hay que nunca maduran, quedándose bajo la figura de villamelones-, entiende el trasfondo, el intríngulis o, como lo dijo José Bergamín: El arte del birlibirloque que flota en un mar revuelto, huraño, difícil, donde navegan embarcaciones cuyas tripulaciones se someten a esos vaivenes tempestuosos, pero también a una fauna acuática peligrosa, semejante a las orcas, tiburones y pirañas (cualquier semejanza con alicatas o víboras, es mera coincidencia).

Todo ello deriva en infinidad de intereses, oscuros intereses que nos marginan, pero porque entienden que esa marginación es posible, debido a la poca solidez que mostramos los aficionados, ya sea por nuestro aislamiento o por la limitada consistencia de los pocos grupos de combate que quedan en el tendido, mismos que se han conformado solo a lanzar además de su grito de batalla, alguno que otro reclamo el cual no encuentra eco, a menos que la falta cuestionada tenga todos los elementos de inconsistencia y de desfachatez.

Pero hay más. El protagonismo de quienes detentan el poder o de quienes se empeñan en darnos gato por liebre y luego hasta nos reprochan, o acusan a aquella prensa honesta de intolerante, producen un desaliento mayor, porque su doctrina simplemente no es hacer su trabajo con vistas a conseguir calidad. Y no dudo de sus quehaceres y sacrificios cotidianos. Dudo de sus resultados que, deliberadamente se proponen conseguir, pues lo que se nos muestra es francamente desalentador.

Por todo esto, y por muchas otras razones es por lo que al declararme agnóstico y escéptico al mismo tiempo, lleva en el fondo un velo de desconfianza, y si la desconfianza tiene que ver con la pérdida de la fe, del amor o de la pasión, ¿en qué creer entonces?

Y por si no lo saben esas personas, ya estamos en el año 2005, bajo la era de infinidad de conceptos donde la sociedad en su conjunto, se mueve en medio de factores como el de la calidad total y su certificación.

Nuestro actual empresario taurino tiene para con el instrumento legal que rige los destinos de la fiesta un verdadero rechazo, acusando a diestra y siniestra al o a los “estúpidos” que lo redactaron, olvidándose que este documento ha sido consecuencia histórica de las necesidades que la autoridad ha tenido para lograr controlar el desorden, evitando no solo los desmanes públicos. También los excesos de asentistas del pasado y empresarios del presente. Yo quisiera saber o escuchar de nuestros gobernantes cualquier reproche sobre la “Constitución política de los Estados Unidos Mexicanos”, cuando de tal instancia emanan sus privilegios de elección popular que los obliga a cumplir principios y compromisos con la sociedad. Claro, la “Constitución”, desde 1917 y hasta la fecha ha sufrido innumerables modificaciones o cambios conforme la época o los criterios que prevalecen. Bajo esa misma circunstancia, el reglamento para las corridas de toros ha sufrido, a lo largo de 240 años diversas alteraciones, las que seguirán presentándose en aras de hacerlo cada vez más perfectible.

Si el reglamento taurino que viene ordenando el espectáculo en nuestro país –a través del tiempo-, por lo menos desde 1765 -y hasta nuestros días- ya no es viable. Y si a eso pretenden desregular dicha diversión, pues nada mejor que someterse a los principios de la calidad total y a una rigurosa vigilancia, determinada por certificaciones permanentes (cada temporada, por ejemplo), conscientes de que si no cumplen sean sancionadas las partes infractoras hasta no lograr el orden de nueva cuenta, recuperándose las condiciones normales por donde tiene que transitar un espectáculo cuyas bondades lo hacen ver merecedor de otros tratos, y no bajo la deleznable presencia del imperio de la soberbia, del despotismo y de la falta de escrúpulos y vergüenza profesional que respiramos hasta la nausea.

El criterio de la certificación, es decir, aplicar la norma ISO9000-2000 viene imponiéndose cada vez con mayor relevancia al interior de las empresas, públicas y privadas, en aras de mejorar el servicio o producto que ofrecen directamente al usuario, al cliente, quien es su certificador más exigente, pues con un sencillo “lo toma o lo deja” decide escoger el mejor producto conforme a sus conveniencias. Probablemente sea un término al que tendremos que irnos acostumbrando para encontrar la fiesta deseada.

Dicho lo anterior: ¿Qué les parecen estas propuestas? Así, hasta nuestra creencia sería terrenable y no utópica.


[1] Leonardo Paez: ¿La fiesta en paz? (La Jornada, Nº 6471, del 2 de septiembre de 2002, p. 18a).

[2] (Toros y toreros, programa del 2 de septiembre de 2002, transmitido por canal 11 de televisión mexicana).

[3] Nicola Abbagnano: Diccionario de filosofía. Traducción de Alfredo N. Galletti. 7ª reimpresión. México, Fondo de Cultura Económica, 1989. XV-1206 p., p. 262. Crisis. En la Introducción a los trabajos científicos del siglo XIX (1807) Saint-Simon afirmaba que el progreso necesario de la historia está dominado por una ley general que determina la sucesión de épocas orgánicas y de épocas críticas. La época orgánica es la que reposa sobre un sistema de creencias bien establecido, se desarrolla de conformidad con tal sistema y progresa dentro de los límites por él establecidos. Pero en cierto momento, este mismo progreso hace cambiar la idea central sobre la cual giraba la época y determina así el comienzo de una época crítica. (…) ninguna época denominada orgánica, ni siquiera la Edad Media, ha estado exenta de conflictos políticos y sociales incurables, de luchas ideológicas, de antagonismos filosóficos y religiosos que testimonian la fundamental incertidumbre o ambigüedad de los valores de la época misma. Cuando al diagnóstico de la crisis se añade el anuncio del inevitable advenimiento de una época orgánica, cualquiera que sea, la noción misma revela con claridad su carácter de mito pragmático, ideológico o político.

[4] Refiriéndome en este caso a un término cotidiano que nos remite al entonces presidente de la República Vicente Fox Quezada (2000-2006). (N. del A.).

[5] Antonio Caballero: 6TOROS6, Nº 443, del 24 de diciembre de 2002, p. 40.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA… MANOLO MARTINEZ: DE LA VIDA A LA LEYENDA.

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE III). 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Manolo Martínez pertenece a la inmortalidad desde el 16 de agosto de 1996, al abandonar este mundo luego de haber logrado uno de los imperios taurinos más importantes del pasado siglo XX.

Cuando me integré de lleno a la fiesta, el diestro de Monterrey mandaba y regía en el espectáculo de modo muy especial. Era la figura torera por antonomasia. Ocupaba el lugar de privilegio que tuvieron en su momento figuras como Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa, Lorenzo Garza, Silverio Pérez o Carlos Arruza.

Sin embargo me consideraba antimartinista porque en esos años ejercía un papel de mando que hacía infranqueable cualquier posibilidad para que algún torero se acercara a sus terrenos. Eso por un lado, y por el otro realizaba un toreo que atentaba los cánones más puros al abusar de ciertos privilegios que da el mando y el control sobre los demás, a partir de un ejercicio donde lo limitado de su quehacer, así como detalles en el uso y abuso del pico de la muleta y lo crecido de ésta, daban la impresión de un marcado exceso cercano más a la comodidad que al compromiso por ser modelo a seguir.

Ahora, al paso de los años, de sensibilizar más en el significado de la fiesta en cuanto tal, me doy cuenta de ciertas equivocaciones. Mi cerrazón como aficionado tradicionalista o conservador no me permitieron observar una serie de situaciones que hoy analizo con más reposo. Una de ellas, creo que la principal, es su personalidad, dueña de un carisma cercano al aspecto dictatorial. Mi observación no pretende calificar con tono peyorativo su papel protagónico, pero el hombre se convierte en una figura emergente que poco a poco se fue adueñando del terreno que pisaba siempre con mucha fuerza, aspecto que al final convenció a miles de aficionados que, por “istas”, fueron legión. Verle caminar con aquel donaire y desaire a la vez lo convierte en centro de atención y polémica. Manolo se desenvuelve con un desenfado y una arrogancia que no compró ni copió a nadie. El mismo supo crearse esa imagen que pocos toreros han logrado.

Manolo Martínez, figura en potencia. Col. del autor.

Su sola presencia inmediatamente alteraba la situación en la plaza, pues como por arte de magia, todos aquellos a favor o en contra del torero revelaban su inclinación. Parco al hablar, dueño de un gesto de pocos amigos, adusto como pocos, con capote y muleta solía hacer sus declaraciones más generosas, conmoviendo a las multitudes y provocando un ambiente de pasiones desarrolladas antes, durante y después de la corrida. Mientras, en los mentideros taurinos se continuaba paladeando una faena de antología o una bronca de órdago.

Ese era Manolo Martínez, el hombre capaz de provocar las más encendidas polémicas entre aficionados y prensa, como de entrega entre estos mismos sectores cuando se dejaban arrobar por una más de sus hazañas. Surge el regiomontano en una época donde la presencia de Joselito Huerta o Manuel Capetillo determinan ya el derrotero de aquellos momentos. Dejan ya sus últimos aromas Lorenzo Garza y Alfonso Ramírez Calesero. Carlos Arruza recién ha muerto y su estela de gran figura pesa en el ambiente. En poco tiempo Manolo asciende a lugares de privilegio y tras la alternativa que le concede Lorenzo Garza en Monterrey (la continuidad de la jerarquía, el mando y la personalidad están garantizadas), inicia el enfrentamiento con Huerta y con Capetillo en plan grande, hasta que Manolo termina desplazándolos de la escena. Su ascensión a la cima se da muy pronto hasta verse sólo, allá arriba, sosteniendo su imperio a partir de la acumulación de corridas y de triunfos respectivamente. Pronto llegan también a la escena Eloy Cavazos, Curro Rivera, Mariano Ramos y Antonio Lomelín con quienes cubrirá la época más importante del quehacer taurino contemporáneo.

Por muchas razones, su mejor y más importante presencia queda plasmada en México, al cubrir todos los rincones del país, llegando incluso a darse una etapa de corridas que se montaron en improvisadas plazas de vigas. Un hecho sin precedentes.

Alrededor de su carrera taurina siempre están las estadísticas y los datos fríos que permiten entender la grandeza donde supo mantenerse. He aquí el concentrado de 26 años de trayectoria:

Como puede verse en la frialdad de los números, éstos no determinan la totalidad de su trayectoria y su quehacer. En todo caso, como torero, un término estadístico dice mucho,[1] pero dice aún más el quehacer en su conjunto, el que acumuló a partir de su presencia y permanencia como “figura del toreo”. En eso, nadie le pondrá alcance, pues cada diestro, dueño de aura y estela propias, determinan la trascendencia a que se han hecho acreedores luego de un largo trayecto, mismo que ha servido para moldear el estilo propio, la línea original que, como ser humano se ha propuesto lograr.

Hombre solitario, artista capaz de dar rienda suelta a sus emociones internas, a través del capote y de la muleta. Un artista, por lo general es introvertido, alejado del mundo, dispuesto a renunciar a la vida común y corriente para asumir la de aquellos pocos seres humanos cuyo destino es haber sido elegidos por la mano bondadosa de la virtud estética. Carácter recio, diríase que despótico, era su característica principal en la plaza. Indiferente, reacio e incluso, insolente se dejaba ver a la hora de desbordar su propio caudal de misterios profundos, muy suyos. Al ver las escenas de antiguos tiranos o dictadores como Hitler o el “Ducce” Mussolini, parece que en ellos veo la imagen de Manolo Martínez quien, con su peculiar forma de ser en el ruedo causaba el ambiente propicio de “pasiones y desgracias”, como dijera Miguel Hernández.

Actuaba en plan de arrollador en cuanta plaza lo contrataban en su etapa de primera madurez. Aquí, en el viejo “Progreso” de Guadalajara.

Martínez poseía algo más allá que la sola personalidad. Era la viva imagen del “mandón” en la fiesta.

LOS MANDONES EN LA HISTORIA.

Una rápida mirada a la tauromaquia en los últimos cien años nos da idea de lo poco numerosos que han sido los mandones en la fiesta. Durante la postrer década del siglo antepasado solo sobresalen dos cabezas: Ponciano Díaz en México y Rafael Guerra “Guerrita” en España. Ambos toreros juegan en solitario, sin pareja, sin rival permanente, invadiendo terrenos y ganando batallas hasta quedarse solos mientras el boomerang de su propia dictadura se vuelve contra ellos. El primero fue sacado con lujo de fuerza. Su éxito le había proporcionado medios económicos para construir su propia plaza en la capital mexicana: la de Bucareli. Ahí se había instalado para vivir en compañía de su venerada madre y en ese mismo templo de su magisterio recibe, sin estar en casa, a la furibunda turbamulta, que acude vengativa a cobrar los “agravios”. La tromba humana, vigorizada por la gota que derramó el vaso, arremetió sin gobierno, destruyendo todo lo que encontró a su paso.

En tiempos mejores se decía que en México había tres indiscutibles. La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apan. No faltó el aficionado que mantuviera prendida una veladora ante la imagen del Charro de Atenco, ni los que apedreaban a los “agachupinados” que se atrevían a elogiar a Luis Mazzantini, el elegante diestro importado de la época.

Mismo destino de terminación abrupta sufriría Rafael Guerra en España cuando” “Tras desnudarse, con lágrimas en los ojos, dijo: no me voy, me echan”. Las carreras de ambos toreros finalizan en 1899. Ponciano descansa para siempre en el mes de abril [de 1899] y El Guerra se retira a la vida privada en octubre del mismo año, junto con el siglo XIX. A ninguno de los dos lo sacó otro torero sino los anticipos de la muerte, el tedio o la volubilidad de los aficionados. Es curioso, pero ninguno de los mandones de la fiesta ha sido movido de su pedestal por otro torero, como veremos más adelante.

No se puede ser mandón sin ser figura. No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente.

Ser mandón tiene mucho que ver con el carácter del individuo, con su estructura psicológica, su fuerza natural, sus maneras de enfrentar al mundo y con su capacidad para conjugar a su favor las necesidades internas del hombre cara a la presión del ambiente externo. El mandón es dueño de la determinación de hacer valer su voluntad por sobre todas las cosas, sin importarle el costo, es decir el esfuerzo que eso requiera. Puede sostenerse firme en su atalaya psicológica porque, al contrario de los demás, esto refuerza el andamiaje básico de su personalidad.

En la fiesta han habido muy pocos mandones y bastante menos los que han podido aquí y allá. Por un tiempo mayor a dos temporadas ninguno. Es muy difícil mantenerse en el mando. El toreo es de machos, de hombres valientes, de ejercicio continuo de la voluntad, de control de las emociones, de dominio del miedo, de seguridad interior, de aguante. En esta profesión, nadie se deja… si puede. Por eso, ser mandón se da muy pero muy ocasionalmente. Exige una concentración agotadora, demanda olvidarse casi de todo lo demás. Pocos han estado dispuestos a pagar el precio. Por eso, llegar a ser un mandón resulta poco menos que inaccesible.[2]

El significado que adquiere la figura de Manolo Martínez se convierte en la que les confiere a monarcas y su cetro, ese sentido de jefatura que controla el horizonte que se le pone enfrente, que elimina enemigos y se hace de muchos correligionarios.

Desmenuzando el acontecimiento que nos congrega, me doy cuenta que mucha gente, incluso poco afecta a asistir a la plaza, se entera del sucedido y hasta cuenta sus propias experiencias luego de haber sabido algo, o de haber tenido la suerte de presenciar cierta corrida cubierta de recuerdos o de anécdotas, como aquella en la que las cosas no iban bien para Manolo. El público, impaciente, comenzaba a molestarlo y a reclamarle. De repente, al sólo movimiento de su capote del que se bordó una chicuelina, aquel ambiente de incomodidad pasó a uno de reposo, luego de oírse en toda la plaza un ¡olé! que hizo retumbar los tendidos. Para muchos, el costo de su boleto estaba pagado. Otros también me cuentan que aunque no les parecía nada agradable su carácter, éste era capaz de dominar a las masas, de guiarlas por donde el regiomontano quería, hasta terminar convenciéndolos de su grandeza como “mandón”.

“Mandón” -que ya vimos en qué consiste-, es también una forma que rebasa todo lo previsible, sin darnos oportunidad más para contemplar, antes que examinar y comentar el quehacer torero en su justa medida. Así logró muchas, muchas tardes uno y otro triunfo, así como fracasos de lo más escandaloso el diestro neoleonés. Con un carácter así se llega muy lejos. Nada más era verle salir del patio de cuadrillas para encabezar el paseo de cuadrillas, los aficionados e “istas” irredentos se transformaban y ansiosos esperaban el momento de inspiración, incluso el de indecisión para celebrar o reprobar su papel en la escena del ruedo.

De Manolo Martínez se ha escrito la interesante biografía realizada por Guillermo H. Cantú. Ahora, sólo basta dejar que pasen los días inmediatos a su muerte, donde trascienden datos de frialdad estadística que no dicen demasiado si no buscamos dar con el perfil real de su personalidad.

Mientras todo esto ocurre, recuerdo que, a la muerte de Ponciano Díaz (15 de abril de 1899) la afición de hace poco más de un siglo lo veneró, e incluso hasta se suspendió la corrida más inmediata a su deceso que se efectuaría en la plaza de toros “Bucareli”, su plaza, la plaza que, sin saberlo, levantó como un monumento propio y donde dio rienda suelta a sus mejores expresiones taurómacas y charras. Años más tarde, el 17 de enero de 1907 moría, víctima de una cornada el diestro español Antonio Montes a quien el pueblo mexicano hizo suyo. Antonio Fuentes tomó entonces la iniciativa de suspender la corrida del domingo siguiente.

Viene a la memoria el recuerdo por la muerte de Alberto Balderas, aquel 29 de diciembre de 1940. El “Torero de México” estaba en el corazón de muchos aficionados. A los ocho días, se congregó en la plaza “El Toreo” un público que, respetuoso guardó “un minuto de silencio” y si bien, la corrida no se suspendió, ésta se celebró dentro del más emotivo de los recuerdos.

Carlos Arruza moría el 20 de mayo de 1966, víctima de un accidente en carretera. Apenas unas semanas antes del deceso, toreaba y triunfaba vestido de corto en la plaza “México”. También -al parecer- suspenden en señal de duelo, la novillada que se efectuaría el domingo siguiente a su muerte. Rodolfo Gaona nos deja en mayo de 1975. La distancia de su época de mayores glorias y los escasos aficionados que sobreviven a la misma, no alcanza las proporciones que creo yo, merecía el “indio grande”.

Recuerdo también las muertes inmediatas y cercanas de Lorenzo Garza y de Fermín Espinosa Armillita, allá por 1978. A cada cual se le prodigó un sentido homenaje, pero nunca, en las proporciones que ahora vemos con el caso de Manolo Martínez.

Esta revisión necrológica no puede ignorar la tarde en que las puertas de la plaza de toros de san Marcos se abrieron para recibir los restos de Rafael Rodríguez, que también fueron llevados en andas por sus seguidores. También he de mencionar una novillada, allá por 1990, cuando por la puerta de cuadrillas salió Curro Rivera llevando en sus manos la urna que contiene las cenizas de su padre. Aquella escena fue conmovedora. Reposan los restos del gran diestro potosino en la capilla de la plaza de Insurgentes.

Ante lo apuntado hasta aquí, nada es comparable con las muestras de cariño que se dieron en el homenaje póstumo a Manolo Martínez. Creo que es de mal gusto comentar situaciones generalmente llevadas a la intimidad familiar, pero el sólo nombre de Manuel Martínez Ancira fue suficiente para celebrar una misa de cuerpo presente en el ruedo de la plaza de sus triunfos. Luego, sin que se pudiera evitar, fue el público quien se volcó sobre el féretro y lo paseó una, dos, quizás tres veces al ruedo deseando en aquel momento eternizar los instantes. Las escenas, conmovedoras en sí mismas, evocaron aquella ocasión en que también los restos de Antonio Bienvenida fueron paseados en andas por sus seguidores. En algunas imágenes que la televisión preparó y difundió al mundo, podemos apreciar las muestras de cariño, devoción y fanatismo prodigadas por unos 15 mil aficionados que se dieron cita aquella tarde del lunes 19 de agosto a la plaza de toros “México”, como sabemos, la plaza de sus triunfos.

Homenajes al héroe, al gran personaje, al mito, como he escrito párrafos atrás, no lo había visto sino hasta esta ocasión. La muerte, por sí misma, crea un impacto y un halo de misterio cercano sólo a la intimidad. Aquí nada de eso existió. Todo fue espontáneo, como las flores, los ramos, las coronas, los gritos ensordecedores de “¡Manolo, Manolo y ya!”. “¡Torero!” “¡¡Torero!!” “¡¡¡Torero!!!”.

Ese acto espontáneo y popular se lo han ganado unos pocos. Y en el toreo, parece que el recuerdo va a acaparar las muestras de cariño y de devoción que desbordó la afición para con su torero.

Por la noche de aquel 19 de agosto, sus restos “polvo eres, y en polvo te convertirás” descansan en un nicho, pequeño punto del gran monumento que ahora es su morada. Discutible el asunto, pero fue, al fin y al cabo, decisión final de un hombre que dejó lo mejor de su vida en ese recinto, lugar que lo proyectó a estaturas muy elevadas y donde supo mantenerse, admirando y teniendo el mando, durante muchos años, siempre desde arriba, sin riesgo alguno de perderlo.

De Manolo Martínez hay mucho que escribir, mientras no sea la verborrea que por montón se ha desatado.

Manolo también es un ser humano, de carne, hueso y espíritu al que le toca protagonizar un papel hegemónico de la mayor importancia en los últimos 30 años de nuestro siglo XX.

Manolo Martínez procedía de una familia acomodada, desde temprana edad dio muestras de rebeldía lo que provocó el rechazo familiar, él quería dejar fluir sus instintos, sus necesidades que se dejan ver en actos de riesgo, en un permanente enfrentar a la muerte no sólo ante los toros, sino también en otras circunstancias como la de tomar una moto y buscar los caminos más difíciles y riesgosos, pilotear una avioneta y describir piruetas en el aire ante el asombro de muchos. Quizás su fuerte no fue su facilidad para expresarse oralmente y externar sus emociones. Sin embargo, como artista tenía una fuerza poderosa capaz de demostrar su yo interno, donde aquellos hilos de comunicación se entrelazaban en un diálogo estentóreo, misterioso que conmocionaba los cimientos de cualquier plaza, causando un caos de emociones fuera de sí.

Como figura fue capaz de crear una serie de confrontaciones entre sus “istas”, que eran legión y los enemigos. Su quehacer evidentemente estaba basado en sensaciones y emociones, estados de ánimo diverso que decidían el destino de una tarde y así como podía sonreír en los primeros lances, afirmando que la tarde garantizaba un triunfo seguro, también un gesto de sequedad en su rostro podía insinuar una tarde tormentosa, tardes que, con un simple detalle se tornaban en apacibles, luego de la inquietud que se hacía sentir en los tendidos.

Ese tipo de fuerzas conmovedoras fue el género de facultades con que Manolo Martínez podía ejercer su influencia, convirtiéndose en eje fundamental donde giraban a placer y a capricho suyos las decisiones de una tarde de triunfo o de fracaso. Era un perfecto actor en escena, aunque no se le adivinara. De actitudes altivas e insolentes podía girar a las de un verdadero artista que no estaban dispuestas en el guión de la tarde torera. Pesaba mucho en sus alternantes y estos tenían que sobreponerse a su imagen, puesto que en apenas unos movimientos de manos y pies, conjugados con el sentimiento, se transformaba todo el sentido de un momento.

Manolo era Manolo, diría Perogrullo. Yo soy yo y mi circunstancia, apuntaba José Ortega y Gasset, nada era imitación, todo era natural y espontáneo en él, de ahí que esto influyera para que las huestes martinistas aumentaran considerablemente, sin faltar aquellos aficionados desbocadamente locos que lanzaban al ruedo el bastón, sombrero, saco, chaleco… (¿recuerdan a Don Susanito?). Hacedor de un perfil distinto, lo supo mantener durante toda su trayectoria como matador de toros, incluso a su retorno y en los momentos más difíciles de esta segunda época, cuando ya no era el Manolo de los primeros años, con facultades físicas mermadas que lo llevaron a algunas escenas desagradables.

A partir de estos momentos, nos encontramos apostados en el horizonte de la revisión del papel que ejerció Manolo Martínez durante su vigencia como matador de toros. En vida se le criticó y se le alabó en ambos sentidos. Hoy, las perspectivas deben ser distintas y suficientes para entenderlo durante su predominio como figura del toreo. Así como a Ponciano Díaz o a Rodolfo Gaona ya se les ha revisado con minuciosa precisión, es el momento de hacerlo con el diestro de Monterrey. Todos quienes tenemos un acercamiento a la fiesta, en cualquiera de sus sentidos, debemos despojarnos de la camisa de las pasiones y de los alegatos sin sentido, para ir entendiendo la misión del martinismo en México. Su extensión hacia otros países también deja una honda huella que se reconoce perfectamente, a pesar de las posibles omisiones, inválidas a partir de este momento, puesto que bien o mal, su obra quedó escrita en el universo taurino.

Me reconozco un arrepentido que ahora intenta revalorar toda esta suma de condiciones que alteraron la historia taurina de México en la fase terminal de nuestro siglo XX.

Manolo Martínez al trascender como un novillero de peso, se gana la alternativa y sus pasos se convierten en amenaza para otros tantos diestros que lo enfrentan y hasta se ven derrotados o desplazados por su fuerza arrolladora. Como no recordar las jornadas donde se puso al tú por tú con Joselito Huerta y sobre todo con Manuel Capetillo, dos figuras que poseían un sitio, pero así como lo tuvieron, así también lo vieron amenazado hasta que Manolo se apoderó de todo el terreno, en un alarde de señor feudal que se apoderó del control y terminó por mandar, terminó por imponerse. Un quehacer de esta índole se ve de vez en vez y hasta el momento, no ha habido nadie que se atreva a realizarlo. El lugar que deja es un trono vacío, a la altura de sus circunstancias, un lugar enorme, sin dimensiones.

La tauromaquia martiniana es una obra perfectamente condensada de otras tantas tauromaquias que pretendieron perfeccionar este ejercicio. Sus virtudes se basan en apenas unos cuantos aspectos que son: el lance a la verónica, los mandiles a pies juntos y las chicuelinas del carácter más perfecto y arrollador, imitadas por otros tantos diestros que han sabido darle un sentido especial y personal, pero partiendo de la ejecución impuesta por Martínez. En el planteamiento de su faena con la muleta, todo estaba cimentado en algunos pases de tanteo para luego darse y entregarse a los naturales y derechazos que remataba con martinetes, pases de pecho o los del “desdén”, todos ellos, únicos en su género, puesto que el sentido impreso a cada uno de ellos creaban un estado de emociones muy intensas y emotivas. La plaza era un volcán invertido, cuyas explosiones se desbordaban hasta que el estruendo irrepetible de cien o más pases dejara pasmados y sin ya más que fuerzas para agitar las manos, después de tanto gritar.

Capote y muleta en mano eran los elementos con que Manolo Martínez se declaraba ante la afición. Lo corto de sus palabras quedaba borrado con lo amplio y extenso de su ejecución torera. Era su auténtica y genuina forma de comunicación con los aficionados que encontraban a un Manolo Martínez totalmente despojado de sus adentros, vacío, pero satisfecho de la obra que acababa de realizar. El toreo es un arte efímero que se goza al instante y se evoca, por instantes a lo largo del recuerdo que nos otorga la vida. Las faenas realizadas por Manolo Martínez son muchas, todas ellas, de una u otra forma recreadas por sus seguidores y/o correligionarios. Es ahí donde debemos hacer descansar el peso del examen a su vida y trayectoria. Alrededor de él existen una serie de testimonios que, por lo menos para mí, no vienen al caso mencionarse y son todos aquellos que sirven para crear la imagen del torero fuera de la plaza, del ciudadano Manuel Martínez Ancira que se hizo rodear de un grupo de personas de toda condición, pero también de toda laya, broza y baja estofa.

Qué mejor recuerdo que vestido de torero, haciendo subir y bajar el termómetro de las pasiones a escalas inverosímiles. Sus tardes de apoteosis, de bronca, de “nada de nada” son las que dicen, una a una, el sentido de majestad y grandeza asumida por el gran diestro neoleonés. Sus competencias con los toreros ya mencionados son gestas difíciles de olvidar. Si volvemos la vista a la prensa escrita y hojeamos las miles de páginas que se prodigaron a su favor o en contra, encontraremos de todo, pero desde luego una riqueza excepcional de información que forja la perfecta imagen de un personaje dueño de un destino sin igual, convertido ahora en leyenda.

¿Que tuvo muchos enemigos? Desde luego. Y de ese conjunto algunos que pesaron mucho en su carrera. Se trata de ciertos periodistas que, o no lo entendieron, o se quejaron de modo subterráneo por no haber recibido favor alguno del diestro. Entre la prensa, se tiene la idea de que sin dinero de por medio no pueden escribirse crónicas sentidas. Por supuesto hay evidencias significativas desde hace un buen número de años. No referiré, porque no viene al caso, el ambiente donde giran algunos personajes de la prensa, pero es un hecho que bajo el mando de Manolo las cosas se dieron en ese sentido. También se dio con él otro aspecto que era el del frente de periodistas incondicionales que se desbordaron en crónicas, elogios y otros inciensos que proyectaban al diestro al Olimpo. Manolo veía todo desde la cima, controlaba muy bien su imagen partiendo del hecho de sus propios actos, consolidados en imagen gracias a la administración que tuvo de su lado. Probablemente dicho sistema haya sido culpable en elevar más allá de un sentido racional lo que debía conservar una imagen más original.

El hecho es que la época martinista deja descubrir infinidad de situaciones que ponen en un lugar más ponderado al diestro de Monterrey. El solo hecho de que la afición lo recuerde acudiendo a infinidad de sucedidos, es la mejor forma en que su testimonio como torero se fortalece cada día que se separa del parteaguas de la mortalidad con respecto a la inmortalidad.

Manolo Martínez cimenta durante todo su recorrido profesional la imagen que ahora, en su etapa inicial de recuerdos se fortalece gracias al sin fin de acontecimientos de que fue capaz. Hombre de contrastes y de situaciones extremas podía alcanzar la gloria pero tambalearse en el fracaso. Era, a fin de cuentas una actitud asumida por los grandes artistas, por los genios que no se conforman con medias tintas. Tan particulares personajes exponen su riqueza de conocimientos en las pruebas. El artista también lo hace frente al lienzo, a la partitura por iniciar, a la hoja blanca donde esbozar todas las ideas del sentimiento o del pensamiento, al bloque de piedra que al cabo de un tiempo nos mostrará la fuerza de la creación. Pero cuando no logran dar con el ideal, todas esas obras quedan inconclusas o destruidas. Aunque puede suceder lo contrario. Sus logros creativos alcanzan estaturas inconcebibles. Es decir, hablamos de un extremismo maniqueo, del bien o del mal, del amor o del odio. De la vida o la muerte. Mis respetos a este tipo de artistas que por eso han trascendido a niveles universales. Y Manolo Martínez, con todo lo que para el toreo representa, se convierte también en una figura por recordar. Manolo supo forjar momentos de grata memoria, pero también de aciaga condición. Quizá se quedó en algún momento compartiendo con la incertidumbre de los términos medios, de la mediocridad, pero me convenzo cada vez más que lo que él quería era compartir su obra con los grandes de todos los tiempos.

Ahora, en el “Nuevo Progreso”, paseando por el ruedo dos orejas después de una notable actuación.

 EL HILO CONDUCTOR DE LA TAUROMAQUIA ENTRE MANOLO MARTÍNEZ Y ENRIQUE PONCE.

Sin afán de polemizar, sólo de aclarar, ofrezco a continuación mi postura sobre la discutida e interesante tesis que planteó Julio Téllez en su programa TOROS Y TOREROS del canal 11 de televisión mexicana, en el sentido de que Enrique Ponce debe buena parte de su toreo a la influencia ejercida por el desaparecido Manolo Martínez.

Fue en la emisión del día 28 de febrero de 1999 hizo un planteamiento, que aún no termina, el cual sostiene que la tauromaquia de Enrique Ponce se encuentra enriquecida por el efecto manolomartinista, en cuanto a que el diestro neoleonés es hoy en día una fuente de inspiración, no sólo para el valenciano. Lo es para muchos de los toreros que forman parte de la generación inmediata a la que perteneció el torero mexicano. Y no se trata sólo de los nacionales. También del extranjero. Esto es un fenómeno similar al que se dio inmediatamente después de la despedida de Rodolfo Gaona en 1925; muchos toreros mexicanos vieron en “el petronio de los ruedos” un modelo a seguir. Querían torear, querían ser como él. No estaban equivocados, era un prototipo ideal para continuar con la tendencia estética y técnica impuesta durante casi veinte años de imperio gaonista. Sin embargo estaban llamados a ser representantes de su propia generación, por lo que también tuvieron que forjarse a sí mismos, sin perder de vista el arquetipo clásico heredado por Gaona.

Pero el asunto no queda ahí. La tauromaquia tiende a renovarse, y aunque pudiera darse el fenómeno de la generación espontánea, en virtud de que algunos toreros importantes se formen bajo estilos propios, estos se definen a partir de cimientos sólidamente establecidos por diestros que han dejado una estela destacada que se mete en la entraña de aquellos quienes llegan posesionándose del control, para convertirse en nuevas figuras.

En el mismo programa TOROS Y TOREROS, surgió una razón que explica el dicho anterior. En inteligente entrevista formulada a Julián López El Juli se le preguntó:

-¿Quién es para ti el “paradigma de todas las virtudes”?

A lo que contestó el joven espada:

-Desde luego Manuel Rodríguez Manolete, José Gómez Ortega. Y luego refirió el nombre de otros personajes trascendentales en su formación.

Es decir: El Juli, Enrique Ponce o quien sea, no pueden hacer hablar sus tauromaquias si no las sustentan en el “abc”, en el vocabulario o las “reglas gramaticales” que dejaron a su paso los “paradigmas” que han ejercido poder y presencia en el toreo como expresión universal. Y digo universal porque ya no puede considerarse ni local, ni tampoco como resultado de una escuela específica, y mucho menos nacional. El toreo es en nuestros días una manifestación universal debida a la nutriente que circula por sus misteriosos vasos comunicantes cuyas salidas secundarias son las plazas de tienta. Las primarias, son las plazas de toros.

En esa permanente convivencia ha trascendido el quehacer taurino de la que no es ajena el público, la afición en su conjunto. Así como es testigo presencial de la consolidación mostrada por el torero que ha llegado a su punto de madurez profesional, también aprecia la puesta en escena de quien se incorpora como candidato a ser un modelo establecido. Y aún más, el “paradigma de todas las virtudes” para toreros de generaciones venideras que ocuparán sitio de privilegio.

Y aquí surge ya el argumento que fortalece esta disección: las generaciones, el ritmo generacional con que también las sociedades han consolidado su presencia a través de los años, en un constante renovar que se genera. Hoy hablamos de Pepe Illo, de Paquiro o del Guerra porque dejaron a su paso la experiencia del quehacer taurino a fines del siglo XVIII; el primer tercio del XIX y finales de este. En sus “tauromaquias” se concentró la summa de sus correspondientes generaciones, recordando que summa es la reunión de experiencias que recogen el saber de una gran época.

Se habla de las escuelas “rondeña” sustento que viene desde el esplendor de los Romero de Ronda, de estilo pulcro. La “sevillana” de Cúchares, salpicada de “duende”. Incluso se menciona la escuela “mexicana” del toreo. El caso de Silverio se revisa aparte.

La sola mención de Silverio Pérez como uno de los representantes fundamentales de tal “escuela”, nos lleva a surcar un gran espacio donde encontramos junto con él, a un conjunto de exponentes que han puesto en lugar especial la interpretación del sentimiento mexicano del toreo, confundida con la de “una escuela mexicana del toreo”. La etiqueta escolar identifica a regiones o a toreros que, al paso de los años o de las generaciones consolidan una expresión que termina particularizando un estilo o una forma que entendemos como originarias de cierta corriente muy bien localizada en el amplio espectro del arte taurino.

Escuela “rondeña” o “sevillana” en España; “mexicana” entre nosotros, no son más que símbolos que interpretan a la tauromaquia, expresiones de sentimiento que conciben al toreo, fuente única que evoluciona al paso del tiempo, rodeada de una multitud de ejecutantes. Que en nuestro país se haya inventado ese sello que la identifica y la distingue de la española, acaba sólo por regionalizarla como expresión y sentimiento, sin darse cuenta de su dimensión universal que las rebasa, por lo que el toreo es uno aquí, como lo es en España, Francia, Colombia, Perú o Portugal. Cambian las interpretaciones que cada torero quiera darle y eso acaba por hacerlos diferentes, pero hasta ahí. En la tauromaquia en todo caso, interviene un sentido de entraña, de patria, de región y de raíces que muestran su discrepancia con la contraparte. Esto es, que para nuestra historia no es fácil entender todo aquello que se presentó en el proceso de conquista y de colonia, donde: dominador y dominado terminan asimilándose logrando un producto que podría alejarse de la forma pero no del fondo, cuyo contenido entendemos perfectamente. La frase de Silvio Zavala nos ayuda a comprender este complejo panorama:

   Los mexicanos tenemos una doble ascendencia: india y española, que en mi ánimo no se combaten, sino que conviven amistosamente.

Entramos a terrenos más complejos, pues del orden generacional pasamos al sincretismo, argumento que si utilizamos con prudencia -para no perdernos en el mar de explicaciones-, resulta bastante útil si pretendemos manejarlo como elemento que nos aclare la superposición y fusión de circunstancias de distinta procedencia.

Los toreros de estilo definido como Antonio Bienvenida o Antonio Ordóñez, surgidos ambos de familias con fuerte dosis de influencia taurina, aunque no se constituyan como efecto directo para un Enrique Ponce, torero cuya expresión experimentará la transición de siglos y de milenios también, acoge en su interior la misteriosa presencia de estos dos enormes “paradigmas”. Su razón no es torear como ellos, ser una réplica barata y estandarizada de los prodigios mencionados. Lo que sucede es que gracias a ellos se debe la respetable conducción del toreo por rutas más definidas, donde sus capotes son lienzos para la belleza, soportados por una técnica impecable. Y luego, gracias al planteamiento original en sus faenas de muleta, que desarrollado devino obra maestra, permitió los grados de perfección que conocemos. Bajo este influjo escalaron sitios preponderantes en el toreo. Enrique Ponce, seguramente se mira en ellos a través de un espejo, pero sin que deje de ser el mismo Enrique Ponce plantado en su propio presente.

El debate sobre la estética y la técnica que Ponce ha puesto en evidencia, se debe a que ha encontrado techo, límite en su quehacer. Esto no significa obstáculo, sin más. Es el reto a trascender otro nivel de expresión, totalmente nuevo, apoderándose de él con fuerza y dominio hegemónicos. Para él la consigna es NO CLAUDICAR. Dicen muchos que Ponce, torea “bonito”. Esa calificación, en el fondo ligera, o si se quiere “kitsch”,[3] puede interpretarse también peyorativa.

Con todo esto, Enrique Ponce asume un enorme reto. También, y en esa misma proporción un riesgo. Como “figura” se le exige cada vez más, así se le exigió a Manolo Martínez y a muchos otros toreros de esta talla. Y Manolo, y los otros respondían, sabían que no perder el control y manejar la situación como el mejor estratega significaba volver a la normalidad después de la tormenta, disfrutando una vez más las mieles del triunfo, del afecto popular.

Manolo Martínez legó al toreo cosas buenas y malas también. Ese espejismo maniqueo posee un peso rotundo cuyos significados se revelan a cada tarde, como si durante cada corrida de toros se leyera una página del testamento DE LA DOBLE M donde quedaron escritas muchas sentencias por cumplir o excluir. Ese legado, entendido como una tauromaquia subliminal para muchos diestros, herederos universales de aquel testimonio sigue provocando controversias, polémicas como todo lo causado ahora con la influencia o no por parte de este último “mandón” del toreo mexicano, del que a continuación presento un perfil por demás, necesario.

En sus inicios como torero, el regiomontano Manolo Martínez, comparte una época donde la presencia de Joselito Huerta o Manuel Capetillo determinan ya el derrotero de aquellos momentos. Dejan ya sus últimos aromas Lorenzo Garza y Alfonso Ramírez Calesero. Carlos Arruza recién ha muerto y su estela de gran figura pesa en el ambiente.

En la plaza, el público, impaciente, comenzaba a molestarlo y a reclamarle. De repente, al sólo movimiento de su capote con el cual bordaba una chicuelina, aquel ambiente de irritación cambiaba a uno de reposo, luego de oírse en toda la plaza un ¡olé! que hacía retumbar los tendidos. Para muchos, el costo de su boleto estaba totalmente pagado. Con su carácter, era capaz de dominar a las masas, de guiarlas por donde el regiomontano quería, hasta terminar convenciéndolos de su grandeza. Como ya se dijo: No se puede ser “mandón” sin ser figura. No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente. (Guillermo H. Cantú).

El diestro neoleonés acumuló muchas tardes de triunfo, así como fracasos de lo más escandalosos. Con un carácter así, se llega muy lejos. Nada más era verle salir del patio de cuadrillas para encabezar el paseo de cuadrillas, los aficionados e “istas” irredentos se transformaban y ansiosos esperaban el momento de inspiración, incluso el de indecisión para celebrar o reprobar su papel en la escena del ruedo.

Manolo también es un ser humano, de “carne, hueso y espíritu” al que le tocó protagonizar un papel hegemónico dentro de la tauromaquia mexicana en los últimos 30 años de nuestro siglo XX.

Manolo Martínez nace el 10 de enero de 1947 en Nuevo León. Sobrino-nieto del presidente constitucionalista Venustiano Carranza, mismo que, de 1916 a 1920 prohibió las corridas de toros en la ciudad de México, por considerar que

 …entre los hábitos que son una de las causas principales para producir el estancamiento en los países donde ha arraigado profundamente, figura en primer término el de la diversión de los toros, en los que a la vez que se pone en gravísimo peligro, sin la menor necesidad la vida del hombre, se causan torturas, igualmente sin objeto a seres vivientes que la moral incluye dentro de su esfera y a los que hay que extender la protección de la ley.

 Su padre, el Ingeniero Manuel Martínez Carranza participó en el movimiento revolucionario, para lo cual se unió a las filas del Ejército Constitucionalista, llevando el grado de Mayor.

Para muchos, una figura inolvidable. SINAFO, 502063

A su madre, doña Virginia Ancira de Martínez le hizo pasar tragos amargos, porque Manuel, desde un principio dio muestras de rebeldía, integrándose a la práctica de la charrería que combinaba con sus primeros acercamientos al toreo, gracias a que su hermano Gerardo contaba con una ganadería, no precisamente de toros bravos.

Todo esto motivó el rechazo familiar. El colmo es cuando anuncia que deja los estudios de veterinaria en la Facultad de Ingeniería del Tecnológico de Monterrey para cumplir con su más caro deseo: hacerse torero.

“Déjenle que pruebe sus alas y sus ilusiones…” dijo doña Virginia a la familia. Y antes de partir a los sueños impredecibles, le advirtió a Manuel: “Ve, anda, si quieres ser torero, demuestra tu valor. Si no eres el mejor, regresa al colegio. Recuerda que en esta casa no hay cabida para los mediocres…” Tales palabras sonaron a sentencia en los oídos del joven, que ya no tenía más voluntad que la de convertirse en una gran figura del toreo.

A pesar de que no había problemas económicos en la familia Martínez Ancira, Manuel se marchó empezando sus correrías sin más ayuda que su deseo por verse convertido en “matador de toros”. Puede decirse que a partir del domingo 1 de noviembre de 1964, tarde en la que triunfó en la plaza de toros AURORA, comienza a bordar el sueño que lo obsesiona. Nace así, la gran figura del toreo mexicano.

Consagrado sufrió serias cornadas, siendo la de BORRACHON, de San Mateo la que lo puso al borde de la muerte, dada la gravedad de la misma. Fue un percance que alteró todo el ritmo ascendente con el que se movía de un lado a otro el gran diestro mexicano.

De hecho, la muerte casi lo recibió en sus brazos, de no ser por la tesonera labor del cuerpo médico que lo atendió. Tal herida causó un asentamiento de firmeza en el hombre y en el torero. Se hizo más circunspecto y calculador. De ahí probablemente su altivez, pero, al fin y al cabo una altivez torera.

Ese tipo de fuerzas conmovedoras fue el género de facultades con que Manolo Martínez pudo ejercer su influencia, convirtiéndose en eje fundamental donde giraban a placer y a capricho suyos las decisiones de una tarde de triunfo o de fracaso. Además, era un perfecto actor en escena, aunque no se le adivinara. De actitudes altivas e insolentes podía girar a las de un verdadero artista a pesar de no estar previstas en el guión de la tarde torera. Pesaba mucho en sus alternantes y estos tenían que sobreponerse a su imagen; apenas unos movimientos de manos y pies, conjugados con el sentimiento, y Manolo transformaba todo el ambiente de la plaza.

Quienes estamos cerca de la fiesta, al acudir a la razón, tenemos que despojarnos de la camisa de las pasiones y de los alegatos sin sentido, para ir entendiendo la misión de uno de los más grandes toreros mexicanos.

Su proyección hacia otros países también deja una honda huella que se reconoce perfectamente, a pesar de las posibles omisiones, su obra queda inscrita en el universo taurino.

El toreo es un arte efímero, pero gracias a la memoria podemos retenerlo y evocarlo a lo largo de la vida. Las faenas realizadas por Manolo Martínez son muchas, todas ellas, de una u otra forma recreadas por sus seguidores y correligionarios.

Manolo Martínez cimentó durante todo su recorrido profesional la imagen que nos dejó, ahora perdura sólo el recuerdo del gran torero olvidando rencillas y rencores inclusive entre sus más declarados enemigos.

Hombre de contrastes y de situaciones extremas podía alcanzar la gloria pero tambalearse en el fracaso. Era, a fin de cuentas una actitud asumida por los grandes artistas, por los genios que no se conforman con simples apuntes de una obra que pretenden mayor.

Sus triunfos, pero también sus fracasos como torero dejaron huella. Es decir, hablamos de los extremos, del bien o del mal, del amor o del odio, de la vida o la muerte. Manolo supo forjar momentos de grata memoria, pero también de aciaga condición.

Como todo gran torero, España fue otra meta a seguir. En 1969 logra sumar 49 actuaciones a cambio de tres cornadas que le impidieron llegar a las 80 corridas. El espíritu de conquista se dio con Manolo, puesto que logró convencer a la exigente afición hispana. España es un terreno difícil de conquistar por parte de extranjeros que intentan izar su bandera junto a la nacional que ondea en todas las plazas de la península.

Manolo el hombre, la figura que, enfundada en el hábito de los toreros -el majestuoso traje de luces-, legó multitud de recuerdos que hoy nos causan emoción.

He aquí un pequeño rasgo de la majestad torera, del sentido humano alcanzados por el mejor torero mexicano de los últimos tiempos: MANOLO MARTINEZ.

Si con todo esto aún no es suficiente entender que una influencia de semejantes magnitudes como la de Manolo Martínez en el ejercicio tauromáquico de Enrique Ponce no ha bastado, pues entonces sepamos, para decirlo de una vez, que los aspectos hereditarios en su entorno más íntimo y misterioso se filtran en el espíritu de muchos matadores de toros que trascienden su arte y su técnica a partir de los basamentos con que se constituyen para proyectar su propia voz en el concierto al que fueron convocados. Sin embargo, cada quien hablará de su expresión con una tesitura distinta y particular. De ahí que encontremos siempre estilos distintos.

Concluyo el presente ensayo, afirmando que en este caso, con Manolo Martínez y Enrique Ponce encontramos dos etapas de una misma obra de creación personal dueñas de su propia circunstancia.


[1] Guillermo H. Cantú: Manolo Martínez un demonio de pasión. México, Diana, 1990. 441 p., ils., fots.

[2] Op. Cit., p. 87-93.

[3] Jean Duvignaud: El juego del juego. México, 1ª ed. en español, Fondo de Cultura Económica, 1982. 161 p. (Breviarios, 328), p. 144 y 150.

Como es sabido, la palabra aparece en Europa Central a fines del siglo pasado, para designar al “mal gusto” de las clases sociales que hasta entonces permanecían ajenas a la estética de las élites. Clases que por entonces ingresan, de manera más o menos fácil, en el mercado de la creación.

Al parecer, el kitsch es la negación de la estética pero también es en sí una estética. Una estética sin “arte”, una libre investigación de lo imaginario hundida en la trama de la vida que, pro primera ocasión, se siente “moderna”, es decir, contemporánea de sus propias ideas y necesariamente perecedera…

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Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE II).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

FERMÍN ESPINOSA ARMILLITA, FORJADOR DE UN GRAN IMPERIO.

   Hace ya casi cuatro décadas que Fermín Espinosa Armillita dejó la mortalidad para incluirse en el terreno de los inmortales. Después de Rodolfo Gaona, el diestro saltillense abarca un espacio que comprende la “edad de oro del toreo” en su totalidad (1925-1946) extendiendo su poderío hasta el año 1954. O lo que es lo mismo: treinta años de dominio y esplendor. Como se ve, al cubrir las tres décadas se convierte en eje y timón para varias generaciones: una, saliente, que encabezan Juan Silveti y Luis Freg, la emergente, a la que perteneció; y más tarde otra en la que Alfonso Ramírez Calesero, Alfredo Leal, Jorge Aguilar El Ranchero o Jesús Córdoba -entre otros- se consolidan cada quien en su estilo.

   Para entender a Fermín debemos ubicarlo como un torero que llenó todos los perfiles marcados en las tauromaquias y reclamados por la afición. Federico M. Alcázar al escribir su TAUROMAQUIA MODERNA en 1936, está viendo en el torero mexicano a un fuerte modelo que se inscribe en esa obra, la cual nos deja entrever el nuevo horizonte que se da en el desarrollo del toreo, el cual da un paso muy importante en la evolución de sus expresiones técnicas y estéticas.

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Fermín Espinosa “Armillita” camino de convertirse en figura del toreo. SINAFO, 14625

   España es caldo de cultivo determinante y decisivo también en la formación de Armillita a pesar de que en 1936, el “boicot del miedo” encabezado, entre otros, por Marcial Lalanda intenta frenar la carrera arrolladora del “maestro”, y aunque regresa a México en compañía de un nutrido grupo de diestros nacionales, su huella es ya insustituible.

   Fermín nace en casa de toreros. Su padre, Fermín Espinosa ha ejercido el papel de banderillero. En tanto, Juan y Zenaido hermanos mayores de Fermín hijo, buscan consagrarse en hazañas y momentos mejores. Juan recibe la alternativa de Rodolfo Gaona en 1924, y años más tarde se integra a las filas de los subalternos, convirtiéndose junto con Zenaido en peones de brega y banderilleros, considerados como mejor de lo mejor. Ambos, trabajaron bajo la égida de Fermín.

   Gaona se despide el 12 de abril de 1925. Ocho días después, Fermín actúa en la plaza de toros CHAPULTEPEC, obteniendo -como becerrista- un triunfo mayor, al cortar las orejas y el rabo de un ejemplar de la ganadería de El Lobo. Uno se va el otro se queda. Sin embargo, la afición no asimila el acontecimiento y cree que al irse el “indio grande” ya nada será igual, todo habrá cambiado. Ese panorama “pesimista”, se diluyó en pocos años, justo cuando “Armillita chico” está convertido en figura del toreo.

   Al lado de los hispanos Victoriano de la Serna, Domingo Ortega, Joaquín Rodríguez Cagancho, y de los mexicanos David Liceaga, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro El Soldado y José González Carnicerito protagonizan una de las mejores épocas que haya registrado la tauromaquia mexicana del siglo XX.

   Fermín acumuló infinidad de grandes faenas que dejaron una huella imborrable en la memoria del aficionado, quien recuerda con agrado los mejores momentos que han llenado sus gustos, las más de las veces “muy exigentes”. CLAVELITO de Aleas en España, JUMAO, PARDITO o CLARINERO en México son apenas parte del gran abanico que despliega este poderoso torero a quien llamaron el “Joselito mexicano” pues mandando con el capote y la muleta fue capaz de dominar a todos los toros con que se enfrentó.

   La técnica, la estética se pusieron al servicio del diestro de Saltillo, siendo el primer concepto el que predominó en manos de quien fue el “maestro de maestros”, atributo mayor, etiqueta envidiable que se han ganado pocos, muy pocos.

   Analizando a Fermín Espinosa Armillita con la perspectiva que nos concede la historia, apreciamos a un ser excepcional que por ningún motivo podemos ni debemos matizar en grado superlativo, porque esto nos pierde en las pasiones y por ende no nos deja ver el panorama con toda la claridad necesaria para el caso. Por eso, lo que normalmente apreciamos en la plaza y nos conmociona en extremo es emoción que con el tiempo se atenúa. Aquella gran tarde de gozo y disfrute, termina siendo acomodada en los anaqueles de nuestra memoria.

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Fermín, más que poderoso y dominador… con las banderillas. SINAFO, 119105

   Armillita nos deja apreciar a un torero completo en todos los tercios, favorito de multitudes, que se ganó el aprecio de la afición en medio de la batalla más sorda, desarrollada entre toreros que también hicieron época. No podemos olvidar sus tardes apoteóticas al lado de Jesús Solórzano, lidiando toros de LA PUNTA. De alguna de estas jornadas fueron recogidas las escenas de la célebre película SANGRE Y ARENA, protagonizada por Tyron Power.

   Armillita surge en unos momentos en que la revolución culminó como movimiento armado, y brota el cristero con toda su fuerza. En el campo cultural se da un reencuentro generoso con los valores nacionalistas que “revolucionaron” las raíces “amodorradas” de nuestra identidad, las cuales despertaban luego de larga pesadilla matizada de planes, batallas y luchas diversas por el poder.

   Sin embargo, el toreo se mantenía al margen de todos estos síntomas, como casi siempre ha ocurrido. Fermín, al igual que otros toreros, iba reafirmándose como cabeza principal de su generación, en la cual cada quien representó una expresión distinta que siempre sostuvo el interés de la afición, misma que gozó épocas consideradas como relevantes en grado máximo. Al romperse las relaciones taurinas entre México y España, se gestó un movimiento auténtico de nacionalismo taurómaco el cual alcanzó estaturas inolvidables. Fermín permeó a tal grado aquel espacio que su quehacer vino a ser cosa indispensable en todas las plazas donde le contratan, garantizando la papeleta pues su compromiso fue nunca defraudar.

   Que tuvo enemigos, todo gran personaje los acumula. Se le señalaba frialdad mecánica en sus faenas, un mando de la técnica por encima de la estética, aspecto que no prodigaba a manos llenas por no ser un torero artista. Pero no se daban cuenta de que cualquier gran artista primero forja su obra en planteamientos que van rompiendo el recio bloque o dando color a un lienzo blanco, enorme dificultad a la que se enfrenta hasta el mejor de los pintores. Y así, cualesquier torero plantea su faena moldeando y mandando al toro. Dominándolo en consecuencia.

   Fermín ya lo he dicho, tuvo en todos sus enemigos, animales a los que entendió y “dominó” en su plena dimensión. Por eso, el trauma de BAILAOR nunca pasó por su mente. BAILAOR fue el muro que detuvo la carrera de otro torero considerado “poderoso”: José Gómez Ortega Joselito aquel 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina. Curiosamente llegó a decirse que, para ver a Juan Belmonte -pareja de José- había que apurarse, pues cualquier día lo mataría un toro. Juan se suicidó en 1962 víctima de la soledad. En cambio Joselito o Gallito quien demostraba con su toreo ser indestructible ante los bureles, fue liquidado por uno de ellos.

   Armillita ya no solo parecía llenar, llenaba todos los perfiles de un gran torero que España conoció en una proporción menor a la de México. Sin embargo en nuestro país es donde alcanza estaturas mayores. Sólo cuatro cornadas, una de ellas en San Luis Potosí, el 20 de noviembre de 1944 desequilibran el concepto de invencible que hasta entonces se tenía de él. En 1949, precisamente el 3 de abril, se retira como los grandes encerrándose con 6 punteños, en la plaza capitalina, dejando testimonio de su grandeza al ejecutar 18 diferentes quites, banderilleando a tres de los seis toros. Sus faenas no brillaron tanto porque aquella fue una tarde en la que el viento se apoderó por completo del escenario y poco pudo vérsele. Sin embargo, “hubo doblones, naturales, pases de la firma, de pecho, de pitón a rabo, el de la muerte, el cambio por delante, los de tirón para cambiar de terreno, los trincherazos rematados rodilla en tierra…”, como nos dice “Paco Malgesto” en el libro ARMILLITA. EL MAESTRO DE MAESTROS. XXV AÑOS DE GLORIA del año 1949.

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Armillita el Joselito mexicano agradeciendo la ovación de sus seguidores. SINAFO, 119144

   Años después tuvo necesidad de regresar, demostrando que seguía siendo tan buen torero como antes, maduro, dueño de sí mismo. Conchita Cintrón al escribir ¿Por qué vuelven los toreros? los encuadra dentro de esa búsqueda por las palmas, pero sobre todo por el placer de sentir que nadie ha ocupado el lugar que dejaron desde su retirada. Fermín pasaba por un mal momento, pero aún así fue capaz de mostrar su poderío.

   Con el paso de los años y ya en el retiro definitivo fue llamado a participar en infinidad de festivales siendo uno de los últimos el que se celebró el 18 de noviembre de 1973 en la plaza de toros MÉXICO que resultó inolvidable pues alternaron con él figuras como Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez, Alfonso Ramírez Calesero, Fermín Rivera y Jorge Aguilar El Ranchero.

   Muere el 6 de septiembre de 1978 en la ciudad de México, habiendo nacido el 3 de mayo de 1911 en Saltillo, Coahuila.

   Sus hijos Manuel, Fermín y Miguel han perpetuado la dinastía en diferentes proporciones y de ellos se espera que la cuarta generación se aliste en el inminente siglo XXI. Fermín Espinosa, 1ª generación; Fermín Espinosa Saucedo, 2ª generación; Manuel, Fermín y Miguel, 3ª generación, todos con el sello de la casa Armilla constituyen una de las familias taurinas que viene heredando la estafeta en armónico cumplimiento generacional, como ha pasado con otros casos: los Litri, los Bienvenida, los Girón, los Rivera de Aguascalientes, los Solórzano, los Caleseros, los Vázquez de San Bernardo.

CONTINUARÁ.

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