Archivo de la categoría: A TORO PASADO

MORANTE DE LA PUEBLA: MAJESTUOSO COMO LA CAPILLA SIXTINA, INTROSPECTIVO COMO UN AUTORRETRATO.

A TORO PASADO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Acaba de triunfar, una vez más “Morante de la Puebla” en la plaza de toros “México”. Esto ocurrió apenas nada, es decir que ya transcurre la noche del 11 de diciembre de 2016 y, con el misterio del sereno de la noche, apenas voy recuperándome del milagro, ese que como muchos han presenciado, de otra manera, donde la sangre de San Genaro pasa del estado sólido al líquido. Cuando esto sucede es que el milagro se ha producido. Fue lo mismo que ocurrió con José Antonio.

   Con tal motivo, y a modo de homenaje, me permito desempolvar una crónica escrita hace 10 años y que por lo visto hoy por la tarde, encontrarán ustedes algunas semejanzas que no la ponen tan distante entre aquella tarde y la de hoy.

 MORANTE DE LA PUEBLA: MAJESTUOSO COMO LA CAPILLA SIXTINA, INTROSPECTIVO COMO UN AUTORRETRATO. Apuntes y reflexiones a la cuarta corrida de la temporada 2006-2007 en la plaza “México”. Domingo 26 de noviembre de 2006. José Antonio “Morante de la Puebla”, José Mari Manzanares (hijo), Omar Villaseñor –que confirmó su alternativa-, y José Mauricio, en la lidia de 6 de La Gloria y dos de Garfias.

    José Antonio Morante Camacho no daba crédito luego de los tres pinchazos que ponían terrible desenlace a una obra de arte efímera con que se había prodigado en profundo estado de gracia en el quinto de la tarde, enfrentando a un torillo reservón de San Martín, al que hubo de obtener los tonos requeridos de ese lienzo majestuoso que no sabíamos si era tan imponente como los frescos de la capilla Sixtina o tan introspectivo como un autorretrato. Desde que se abrió de capa nos fue diciendo con el compás de varias verónicas que se deslizaban en la armónica compañía del temple cobijado, que el cante grande estaba surgiendo inquieto, y que esperáramos las tonadas del “quejío” más profundo, como las campanadas del “angelus” en medio de su arrebato matinal, melódico y reparador, pues que su sólo tañido vendría a convocar a los celestiales duendes los que, uno a uno surgirían del misterio para traducirse luego en espléndidos pases durante la faena de muleta.

   “Morante de la Puebla” estaba oficiando plenamente convencido de que aunque el pupilo de José Chafic no valía gran cosa, la faena habría de contener los ingredientes necesarios para provocar el gozo y el deleite más refinados y profundos. Ante aquel marmolillo la faena tuvo que construirse en diversas partes del ruedo, lo que podría suponer una rebaja de calidad. Sin embargo, en el afán profesional del torero de la Puebla del Río, a un suspiro de Sevilla, se desplegaron lienzos, mármoles, pentagramas y escenarios de todo tipo para el surgimiento de una obra espiritual que disfrutamos admirados gracias a cada uno de los planteamientos estéticos armónicamente equilibrados con un despliegue técnico del que goza, como resultado de su intensa y rica campaña española, la cual, con toda la serie de frutos memorables, encuentran eco y resonancia por estos días en ruedos mexicanos. Fue por eso que en plena conciencia de la gesta que estaba logrando, sometido al éxtasis que una y otra vez emanaban desde las profundidades del alma, concibió esa faena si no articulada; si no equilibrada; sí con los suficientes elementos de gracia, majestad e imperio.

   Fueron varios los pases en redondo y con la derecha que convencieron al más escéptico. Fueron dos trincherazos al borde de las tablas, simplemente inconmensurables, suficiente motivo para ponerse en pie y tributarle sincera ovación. Fue esa actitud soberbia, altiva, de torero caro, la que asomó durante aquellos momentos en donde parecía decirle José Antonio a su nuevo apoderado, o consejero espiritual Rafael de Paula que lo acompañaba en el callejón: “Maestro: ¡ahí va eso!”

   Sin embargo vinieron los tres indeseables pinchazos a romper con el encanto. De pronto la ya hermosa sinfonía terminaba con notas destempladas e inconexas. Afortunadamente ya había dejado evidencia del portentoso quehacer que se nos grabó en las retinas, pero sobre todo en la memoria, casi siempre perecedera en los hechos recientes, pero que es capaz de conservar en los más recónditos sitios de su capacidad, las cosas buenas e imperecederas que uno puede presenciar en la vida, para conservarlas tan vivas e intensas como acabamos de verlas apenas hace unos instantes que quisiéramos se eternizaran, que nunca terminaran, como el amor.

   Esos momentos de inmediato se tradujeron en lo que para mí es la más perfecta traducción de esa tragedia: el “Homenaje a García Lorca” de Silvestre Revueltas, cuyas notas iniciales tienen un peso de pesadumbre. Sólo que avanzada dicha obra vienen a entonarse unos compases lúdicos y brillantes al mismo tiempo que rememoran de nuevo la hazaña apenas vista por ese enorme torero, enfundado en un terno grana y oro que representaba al héroe de la larga jornada, un nuevo Teseo vencedor del minotauro, gracias al hilo de la encantadora Ariadna que generosa, puso en las manos de esta figura elegida para el disfrute de tan gratos momentos.

dsc04305-1

José Antonio parece repartir bendiciones a su llegada a la plaza de toros “México” en un descapotable. Fotografía del autor.

   He referido la “larga jornada”, como si se tratara de la representación del “Anillo de los nibelungos” de Richard Wagner. Estos festejos “kilométricos” con ocho toros van de una torerísima tarde al nocturno preinvernal de un artificio cargado de cierta tristeza, como fueron los tintes ya en los últimos dos capítulos, tanto de Omar Villaseñor como de José Mauricio. De este último lo único con que podría compensarle su mala actuación es debido a los pocos contratos que consiguió a lo largo de un 2006 que se extingue. Omar Villaseñor, tiene una cercanía con el entrañable David Silveti, heredero directo de ese halo celestial que a tres años de su ausencia, sigue pesando con su fuerte carga de recuerdo. En el de su confirmación y primero de la tarde nos dejó clara muestra de haber asimilado cosas muy buenas del salmantino. Se percibía en Villaseñor esa escuela que levantó ámpula y hasta saboreábamos un triunfo rotundo. Pero la espada fue el “talón de Aquiles” no sólo de Omar. También de sus compañeros en el cartel y ese el tormento para Villaseñor en su segundo al que terminó viendo regresar a los corrales luego de que desde el biombo de la autoridad le sonaran los tres avisos. Esa faena, a un toro bien presentado pero difícil, áspero, que se volvía en un palmo de terreno, que le buscaba para herir y hasta sufrió algún susto, fue el otro lado de la moneda con respecto al de la apertura. Sin correr la mano, sin darle la distancia y quedándose a merced de aquel manojo de peligros por lo que nunca pudimos observar labor muleteril alguna.

   También comparecía de nueva cuenta José María Manzanares hijo, luego de haber triunfado ocho días atrás con el merecido corte de dos orejas en gélida y húmeda jornada que trajo consigo la salida a hombros. En el lote que tuvo enfrente demostró sus enormes capacidades, ese “rodaje” del que viene precedido luego de una intensa campaña española. José María es un muchacho dueño de enormes atributos técnicos y artísticos que desplegó a plenitud esta tarde, a pesar de que sus enemigos no fueron propicios para florituras, y aún así fue capaz de obtener resultados plausibles. No refrendó la estatura de ocho días atrás, pero el cúmulo de detalles, de su condición insuperable como “maestro” en cierne no quedó oculta. No cabe duda que, tanto las 63 corridas de José Mari Manzanares como las 57 de “Morante de la Puebla” durante la temporada española que recién ha terminado, no se parecen en nada a los escasos festejos que acumularon Omar Villaseñor y José Mauricio (que lleva cuatro en este 2006), lo que deja ver la marcada diferencia de administraciones, pero también de la celebración de festejos en cada uno de los dos países hoy enfrentados en la plaza de toros “México”. Y si a eso agregamos el pésimo encierro que enviaron José Chafic y Marcelino Miaja, dos de los cuales fueron rechazados y sustituidos por otros dos de Garfias, pues entonces el desequilibrio en cuanto al balance que hoy pudimos constatar, deja en el aire un buen número de interrogantes sobre el destino de la fiesta en México. El espectáculo parece estar metido todavía en el subdesarrollo, en la poca o nula iniciativa o buena disposición de empresas, que para eso están, pero que no son capaces de dar las suficientes oportunidades a los nacionales para ponerlos en condiciones de igualdad frente a los hispanos. De ahí que nuevamente la torería mexicana no tenga los suficientes elementos para ser vista con buenos ojos por las empresas españolas que de un buen número de años a esta fecha no ha demostrado ningún tipo de interés por diestros de este lado del mar. Por fortuna lo ha hecho con el único abanderado que satisface plenamente todos los requisitos, incluso los más exigentes. Por eso allí está el colombiano Cesar Rincón que pudo llegar al interesante número de 35 tardes. Si alguno de ustedes preguntara por un mexicano triunfador en ruedos hispanos durante 2006, salvo “Joselito” Adame, que hace temporada como novillero triunfador, simple y sencillamente no encontramos respuesta alguna. Es una lástima.[1]


[1] Si de lo que me he enterado a través de varias notas periodísticas es un hecho, lamento muchísimo que “los bajos fondos”, los intereses más oscuros hayan hecho de las suyas con la conversión de los “toros” de San Martín, que teniendo marcado en las ancas un mismo fierro quemador, los hicieron pasar como de “La Gloria” con la salvedad de que los colores de la divisa son distintos. Eso me parece un atraco, una maniobra muy sucia por la que alguien deberá responder. Esto no puede quedarse así.

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO

LOS EMPEÑOS DE UNA CAUSA.

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Rematada el 15 de junio de 2006, esta crónica que hoy comparto fue resultado de un contraste literario cuyo misterio resolverán los amables lectores si es que aciertan a degustarla con paciencia.

empenos1

LOS EMPEÑOS DE UNA CAUSA. Apuntes y reflexiones a la cuarta y última corrida de la temporada “torista” en la plaza “México”. Domingo 4 de junio de 2006. Ignacio Garibay, Alberto Espinosa y Jorge López (confirmación de alternativa de los dos últimos). 4 toros de Santa María de Xalpa y 2 de Barralva.

Dª. Juana Inés de la Cruz.

Convento de San Jerónimo,

Ciudad de México.

Dignísima señora:

   Con la licencia que usted me permita, quisiera informarle que he encontrado en el título de una de sus obras de teatro, para más seña, “Los empeños de una casa” el motivo de mis “apuntes y reflexiones”. En tanto comedia de enredo, ingeniosa y ágil, junto con su respectivo sainete, fue obra común de siglo tan novohispano como el XVII. Sólo que, por el hecho necesario de hacer una pequeña modificación, por el momento retiro de su título la parte correspondiente a la habitación –la casa-, para darle, tal y como lo indica el diccionario de la Real Academia española de la lengua, a la “causa” el “motivo o razón para obrar”.

   Enterado de sus notables quehaceres y más aún, de que habiendo sido representados en 1683 “Los empeños de una casa”, vaya por usted, esta sorpresa que hoy día he reunido en uno de mis trabajos capitales.[1]

empenos2

LOS EMPEÑOS DE UNA CASA[2]

SAINETE SEGUNDO

(. . . . . . . . . .)

ACEVEDO[3]

 

Silbadores del diablo,

morir dispongo;

que los silbos se hicieron

para los toros.[4]

(. . . . . . . . . .)

JORNADA TERCERA

 

ESCENA TERCERA

 

CASTAÑO[5]

 

Dame licencia,

señor, de contarte un cuento

que viene aquí como piedra

en el ojo de un vicario

(que deben de ser canteras):

Salió un hombre a torear,

y a otro un caballo pidió,

el cual, aunque lo sintió,

no se lo pudo negar.

Salió, y el dueño al mirallo,

no pudiéndolo sufrir,

le envió un recado a decir

que le cuidase el caballo,

porque valía un tesoro,

y el otro muy sosegado

respondió: “Aquese recado

no viene a mí, sino al toro”.

Tú eres así ahora que

me remites a un paseo

donde, aunque yo lo deseo,

no sé yo si volveré.

Y lo que me causa risa,

aun estando tan penoso,

es que, siendo tan dudoso,

me mandes que venga aprisa.

Y así, yo ahora te digo

como el otro toreador,

que ese recado, Señor,

lo envíes a Don Rodrigo.[6]

    Pues bien, como “empeños de una causa”, por cierto loables, se encuentra la de saludar y celebrar el esfuerzo que una vez más, la nueva empresa de la plaza de toros “México” tuvo en ofrecernos durante la temporada “torista” el elemento que nos fue negado durante años, pero manejado como si existiera: el toro. Al margen de resultados y balances, es esta especie de la raza animal la que se encontraba secuestrada y amenazada por los propios encargados de dar forma al espectáculo. Claro que no son todos, pero los pocos que manejaban el mayor peso específico de esta balanza, lo hicieron con tal habilidad que terminaron causándole daños severos, algunos irreversibles a una infraestructura, por lo que hoy día, varias plazas del país permanecen cerradas, así como por el hecho de que otras tantas ganaderías, de las 300 que existen a lo largo y ancho del territorio nacional fueron marginadas, disfrutando del beneficio apenas unas cuantas que siguen, por ahora, en el candelero, como si fuesen las únicas en surtir y satisfacer, de manera constante todas las necesidades creadas a lo largo de un año taurino.

   Esperamos tiempos mejores a partir de ejemplo tan positivo, estimulado por dos empresarios que de esto, ya saben un rato. Sin embargo, al poner el dedo en la llaga se están comprometiendo no sólo con la fiesta. También con la afición que espera una constante y no una baja en la calidad que ya nos garantizaron, por lo menos, en cuatro festejos inolvidables a donde, de hecho no acudieron las mayorías esperadas, pero se desplegó un importante aparato publicitario que los pone, insisto, en el dilema de continuar o replegarse. Lo primero es deseable. Lo segundo, de ocurrir, habrá de ponerlos en situación comprometida.

LOS TOREROS

   Ignacio Garibay, con siete años de alternativa, comprueba su muy avanzada carrera con vistas a convertirse en figura del toreo, sólo que para que eso suceda necesita demostrarlo una y otra vez, en cuanto cartel sea incluido. Pero ni Garibay ni otros en el presunto candelero merecen una atención tan inestable de una actuación hoy y la otra hasta quien sabe cuándo. Sin embargo, razones como la caudalosa serie de verónicas con que nos obsequió en sus dos ejemplares da motivos suficientes para pensar en lo bien asimilado que trae el arte y la técnica taurinas, pues, como lo sabemos, esos lances de recibo son de una belleza sin igual, pero de un enorme grado de dificultad si no se tiene idea clara del enorme potencial con que salen al ruedo los toros, y pararles, con todo el temple, la gracia y carácter requeridos, lo cual da por resultado la gracia en toda su dimensión. Ambas faenas tuvieron el privilegio del equilibrio, aunque por momentos no se definiera bien la situación, en virtud de que el lote enfrentado mostraba elementos de casta y bravura a veces seca, a veces intensa, como se requiere en cualquier lidia o enfrentamiento. Por el buen desempeño de labor desplegado sobre todo en el segundo, cuarto de la lidia ordinaria, y luego de colocar una muy buena estocada, se le otorga merecida oreja de la que no pudo ocultar su enorme satisfacción.

   Alberto Espinosa y Jorge López llegan a la confirmación de alternativa con algunos festejos en la espuerta. Imposible ponerse exigentes con dos matadores de toros que han podido acumular, acaso, algunos otros festejos en lo que va del año. Se trata, en efecto, de toreros marginados, marginación que debe terminar siempre y cuando encuentren una administración más favorable, que los apoye, que encuentren por vía del diálogo y el entendimiento otras tantas oportunidades en cuanta plaza, feria o ciclo se organice. Sus demostraciones dieron idea de que pueden, pero para hacerlo requieren de la constante para afinar métodos, esquemas, procedimientos. Pero, por encima de todo esto, poner al servicio de su profesión el arte y la técnica, dos valiosos instrumentos de que se vale toda figura del toreo que se precie.

   Una tarde no es suficiente para sacar conclusiones. En todo caso, nos entusiasmará muchísimo el hecho de que podamos verlos una y otra también para poder definir el tipo y estilo que los vaya caracterizando al cabo del tiempo.


[1] José Francisco Coello Ugalde: Aportaciones Histórico-Taurinas Nº 31: La poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI (Antología). México, 1986-2006. 1067 p. Ils., fots. (Inédito)., p. 118-119.

[2] Sor Juana Inés de la Cruz: OBRAS COMPLETAS. Vol. IV. Comedias, Sainetes y Prosa. Edición, prólogo y notas de Alberto G. Salceda. México, 4ª reimpr. Fondo de Cultura Económica-Instituto Mexiquense de Cultura, 2001. XLVIII-720 p. Ils., retrs., facs. (Biblioteca americana, serie de Literatura colonial, 32)., p. XVIII. Los Empeños, con su loa, sainetes, letras y sarao, se representó en la casa del Contador don Fernando Deza, en Méjico, el 4 de octubre de 1683, con motivo de un festejo ofrecido a los virreyes Condes de Paredes y en ocasión de la entrada pública del nuevo arzobispo don Francisco de Aguiar y Seijas.

[3] Acevedo, es uno de los interlocutores, junto a Muñiz, Arias y compañeros.

[4] Sor Juana Inés de la Cruz: OBRAS COMPLETAS. Vol. IV., op. cit., p. 123.

[5] Castaño, es uno de los interlocutores, junto a Don Carlos.

[6] Sor Juana Inés de la Cruz: OBRAS COMPLETAS. Vol. IV., ibidem., p. 131.

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO

UNA MIRADA SENCILLA A CASI CINCO SIGLOS DE TOREO EN MÉXICO. DE LA CONQUISTA AL SIGLO XIX.

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO

EN MEDIO DE LA BARBARIE, CÓMO EXPLICAR QUE EL TOREO ES UN ARTE.

A TORO PASADO. 

EN MEDIO DE LA BARBARIE, CÓMO EXPLICAR QUE EL TOREO ES UN ARTE.[1] 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Una primera y gran respuesta a este asunto con el que más de algún amigo nos pone en predicamento o en entredicho, a la hora de preguntarnos sobre nuestro gusto por un espectáculo “bárbaro y sangriento” como es el de los toros, la encontramos en un admirable apunte de José Alameda, al justificar la aparición de su libro Seguro azar del toreo:

065_jose-alameda

   “Seguro Azar” es el título de un libro de Pedro Salinas. El libro nada tiene que ver con los toros. El título, sí, aunque el poeta no lo hubiera podido sospechar.

   La reunión de esas dos palabras, en principio antagónicas –seguro azar- es como la cifra verbal del toreo, con su tensión y su emoción de antagonismo resuelto. Aunque sea resuelto un punto, para replantearse el siguiente.

   La conciliación de lo contradictorio, como base de planteamiento, sólo se da en el toreo. Ni en la música, ni en la pintura, ni en alguna otra de las artes, acontece que la materia sea opuesta, adversaria, hostil, como lo es el toro. Y que de esa hostilidad pueda lograrse, asombrosamente, la armonía. Tal situación es lo que a juicio de algunos, rebaja al toreo y, por lo que tiene de lucha material, se niegan a considerarlo como arte. Juicio superficial. Al contrario: es un arte enriquecido por el drama.

   Amplitud y restricción, tiempo y espacio, cálculo y osadía, improvisación y regla, disciplina y ruptura… En armonizar lo antagónico está la clave del toreo, su interés, su gracia, su permanente drama, pues todo debe salir bien, aunque todo pueda salir mal. El azar es la levadura del toreo.

   Por eso, lo que “se trae hecho” –trampa contra el azar- no sirve. Extremando la idea, podríamos decir que la “doctrina” misma es una especie de trampa –la trampa doctoral-. Razón de que los toreros demasiado técnicos, o demasiado “canónicos”, no suelan ser favoritos de los aficionados de más fina sensibilidad. Lo que hay en ellos de genérico, de previsto, de “preparado”, se opone, aunque no siempre –pero si en principio- a la llama creadora.

   Aunque pueda parecer ociosa la observación, hay que subrayar que todo esto debe tomarse como relativo. Baste un ejemplo. Entre los toreros más cerebrales –en apariencia- que hayan existido, está Fermín Espinosa “Armillita”, y sin embargo cuando se ponía la muleta en la izquierda y lograba su verdadera realización estética –lejos ya del campo de lo mental, embebido en el mundo sensible del arte- la tensión emocional de la plaza era asombrosa, insuperable. El fenómeno de la transformación se da siempre en el arte, pero más acusadamente en el toreo, donde toda metamorfosis cabe, por ser un arte puramente “en vivo”.

   Aunque se sepan cosas y se tengan noticias y vivencias del pasado que nos ayuden a comprender sobre la marcha, no hay que confiar demasiado en ellas, sino tener presente que el toreo está reciennacido y recienmuriendo a cada paso[2].

   Lo anterior nos pone en situación de privilegio, puesto que para hacer una defensa inteligente, no hay como palabras inteligentes, de la proporción en que hemos apoyado el primer fundamento, ya que en ese sentido el propio Alameda enfrentó en diversas épocas de su vida algunas polémicas, recordándose la última de ellas, confrontando su experiencia con Carlo Coccoli, antitaurino declarado, también muy inteligente, pero que terminó aceptando el discurso del autor de El hilo del toreo, su última y más consagrada obra, donde parece haberse dado la suma de todas sus experiencias.

   Por otro lado, hoy día, pareciera que las instituciones escolares estuvieran fomentando entre las nuevas generaciones una cultura ecológica que es motivo para saludar y celebrar tal forma de concienciar a quienes tendrán que enfrentar una crítica realidad dentro de algunos pocos años. En el contexto de esa nueva forma de reflexionar los ecosistemas y las formas de vida no humana, no hay por el momento, y luego de hacer una revisión a diversos programas de nivel primario y secundario, que no existe una línea precisa para denostar o cuestionar lo que pudiera estar sucediendo con el espectáculo de los toros. Nada de eso está mal, pero debe hacerse considerando una serie de situaciones que deben acudir a la explicación no solo histórica del caso. También a todo un escenario arqueológico, antropológico, social, filosófico y hasta social de este complejo entramado.

   Quizá en otro momento ya hemos entrado en materia al respecto de los argumentos que manejan grupos o partidos ecologistas, defensores legítimos de ecosistemas y formas de vida no humana, que al cuestionar el espectáculo lo descalifican bajo el primer elemento de ser una fiesta retrógrada, fomentada por grupos sociales absoluta y profundamente insensibles a la agresión que ocurre en el momento en que un toro es motivo de una lenta agonía, de un despiadado tormento, sin tomar en cuenta todas las valoraciones que ya se han referido apenas hace unos instantes y que tienen un peso específico acumulado en siglos de andanzas, no solo en el viejo continente. También en este, donde tras los hechos de conquista que se dieron a pocos años de la colonización, se insertó en la forma de vida cotidiana un proceso que dio extensión a la que abandonaban aquellos hispanos decididos a poblar definitivamente estas tierras.

   La iglesia, el estado y diversos grupos sociales han cuestionado a lo largo de los siglos el toreo como una forma de expresión sustentada por otros tantos grupos sociales que han encontrado en él una razón para divertirse, para gozar de sus misterios hasta el grado de conmoverse ante la condición fugaz que tiene como de su propiedad, puesto que todo cuanto puede preverse es simplemente una especulación, ya que al ocurrir todas y cada una de sus manifestaciones, estas vienen dándose en consonancia con un tiempo limitadamente corto, capaz de modificar o alterar el destino en un instante. De ahí que José Bergamín concluyera que lo que sucede en el ruedo es música callada del toreo; de ahí que Pepe Luis Vázquez sentenciara: el toreo es algo que se aposenta en el aire, y luego desaparece, apoyándose con el célebre verso de Lope de Vega. Por lo tanto, en medio de la barbarie, tenemos suficientes elementos para explicar que el toreo es un arte que alcanza a creadores sensibles quienes modifican ese estado de gracia en otro nivel estructural hasta convertirlo en otras obras perennes que terminan trascendiendo, y que por lógica dan continuidad a ese solo instante etéreo y volátil en que se sumerge el toreo.

   Quizá, todo este conjunto de ideas no sean finalmente el escudo o la lanza con que tengamos que defendernos de los no taurinos, pero al menos servirán para que ellos también comprendan que no estamos movidos por un instinto primitivo, donde quedan saciados nuestros bajos deseos de sangre y de muerte, pues el sacrificio no se da por el vano principio de una matanza sin más. Posiblemente esto ocurrió en los tiempos más primitivos, en donde el hombre tenía que hacerlo para sobrevivir. Pero quedan también una serie de evidencias que nos demuestran que su contacto en un medio absolutamente natural, nos presenta hoy un testimonio plasmado en las pinturas rupestres, lo que señala las primeras insinuaciones no necesariamente creadas con una fuerza divina, puesto que el origen de las religiones se daría en un mundo distinto, evolucionado, separado por la creación de diversos estados los que, a su vez, crearon y asumieron como suyos unos principios de convivencia, de la que surgió después una estructura de ideas y creencias, tanto políticas como religiosas que, o terminaba enfrentándolos por un lado o aceptando aquellos elementos de interelación, por el otro. La religión en cuanto tal, en sus diversas modalidades apareció en escena y para proclamarla, venerarla, pero sobre todo para sostenerla tuvo que surgir una patrón de comportamiento que entenderíamos en un principio como el rito, sin más. El rito lleva y conlleva propósitos muy concretos de exaltación, pero también, y como dice Pitt-Rivers, el intercambio de un bien material por un estado de gracia que hizo entonces más contundente la presencia de aquel elemento ligado a fuerzas que se separaban de lo terrenal, para ingresar a un espacio desconocido, donde lo mortal encuentra una barrera con lo inmortal. En ese sentido, por ejemplo, la religión católica nos habla en su más absoluto extremo de dioses. Por ello, la muerte representa uno de los factores más representativos en todas las culturas humanas, la que, al paso de los siglos se convirtió en un poderoso instrumento de explicación a la luz de todos esos argumentos que las religiones –en todas sus modalidades- han planteado en una multiplicidad de alternativas.


[1] Publicado en la revista Matador año 8, Nº 3 enero de 2003.

[2] Carlos Fernández Valdemoro (Seud. José Alameda): Seguro azar del toreo. México, Salamanca ediciones, 1983. 92 p. Ils., retrs., facs., p. 7.

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO

SOBRE EMPRESARIOS TAURINOS.

A TORO PASADO. 

EL CONCEPTO EMPRESARIAL EN MÉXICO, POR Y PARA LAS CORRIDAS DE TOROS. RECORRIDO DESDE LA ÉPOCA VIRREINAL Y HASTA NUESTROS DÍAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Vuelvo a desempolvar viejo material, como en el de la presente entrega, mismo que se publicó en la revista Matador en los números de octubre, noviembre y diciembre de 2002. Su contenido, como en muchos casos anteriores, no ha perdido actualidad, de ahí que convenga recuperarlos y ponerlos a su alcance, amables lectores.

I

    El concepto empresarial en México posee antecedentes ubicados desde el momento en que, por alguna razón el Ayuntamiento de esta gran ciudad y durante el virreinato, tenía una participación directa para la celebración de diversas fiestas de toros, mismas que ya se celebraban con más o menos organización desde la segunda mitad del siglo XVI.

el-volador_mediados-siglo-xviii

   María Isabel Monroy Padilla, en su ambiciosa obra Guía de las Actas de Cabildo de la Ciudad de México (Años 1601-1610. Siglo XVII),[1] apunta que la celebración de las fiestas de la ciudad merecen atención aparte. Los preparativos de éstas ocuparon buena parte del tiempo de los regidores y no menor dispendio. Se ponía gran esmero en su planeación para que no faltase detalle.

   Al paso de sus acuciosos apuntes indica que las celebraciones de mayor importancia eran las festividades religiosas, aunque no eran menos los acontecimientos civiles.

   El esplendor de la celebración variaba de acuerdo con la importancia de la fiesta y al caudal del Cabildo. En todas las fiestas había invenciones de pólvora, luminarias, música de trompetas y chirimías; en algunas se representaban comedias y danzas; en otras se organizaban fiestas de toros y máscaras. Probablemente las más bonitas, pero las más costosas, fueron las de la sortija y el juego de cañas –escaramuzas de cuadrillas a caballo que, recíprocamente, se arrojaban las cañas y se defendían con las adargas-. A este último juego puede considerársele como el propio del Cabildo, pues la mayor parte de los regidores intervenían en él, aunque no siempre de buena gana; se celebraba por lo menos una vez al año.

   Las fiestas se llevaban a cabo en la plaza mayor de la ciudad y en la del Volador. Para ellas se mandaba construir tablados en donde se acomodaba a las principales autoridades y a las damas. Se servía colación, cuya calidad variaba de acuerdo con las posibilidades del Cabildo. Las tribulaciones económicas que surgían una vez pasada la fiesta afectaban momentáneamente el ánimo de los regidores, pues al acercarse la fecha de la siguiente festividad los preparativos se convertían en asunto importante dentro de las sesiones del Cabildo, como si el Ayuntamiento solamente existiera para dar brillo y esplendor a estas festividades.

   En la exposición anterior puede observarse que el Cabildo y sus regidores se encargaban, como auténticos empresarios, en organizar la enorme cantidad de fiestas celebradas por los motivos ya expresados, y eso ocurrió durante todo el periodo virreinal, donde además, se buscaba la parte relativa al beneficio de la obra pública, por lo que las fiestas de toros se convirtieron en importante aliento al embellecimiento de la capital de la Nueva España.

   Luego, durante el siglo XIX, aparecen en escena los primeros asentistas o empresarios que, con otra mentalidad, organizaban temporadas completas de corridas de toros.

img835

“Vue Genérale de México” Litografía de Dusacq et C. realizada en 1865. Vista desde el noroeste hacia el sudeste, muy similar a la elaborada por Casimiro Castro. En ella destacan notablemente las dos plazas que existían en esa época: la de San Pablo y la del Paseo Nuevo.

Fuente: Miguel Luna Parra / Federico Garibay Anaya: México se viste de luces. Un recorrido histórico por el territorio taurino de nuestro país. Guadalajara, Jalisco, El Informador, Ägata Editores, 2001.232 pp. Ils., fots., facs., maps., p. 51.

   Allá por los años de 1825 a 1845 aproximadamente surgió en la escena pública un personaje que acaparó la atención, pero también una serie de circunstancias en donde ejerció el poder, convirtiéndolo con mucha rapidez en un hombre influyente, con la capacidad de resolver sin fin de circunstancias. No sólo estaba al tanto de lo que eran las corridas de toros, espectáculo del que era asentista -o empresario, en la jerga moderna-. También lo era de los principales teatros, contrataba lo mismo navegantes aéreos, artistas que toreros; y hasta se metía en los terrenos repugnantes de la basura, desecho que también tuvo y tiene intereses de fondo.

   Me refiero al coronel primero; al general después, Manuel Barrera Dueñas. Este fue uno de esos hombres emprendedores, que, al involucrarse en asuntos de su personal interés, era capaz de llevarlo hasta sus últimas consecuencias

   Según declaraciones aparecidas en el periódico EL MOSQUITO MEXICANO (1834-1837), de la Barrera confesó más o menos en estos términos sus objetivos: “…me enriquezco porque yo soy el asentista universal”. “Todos los recursos los tengo yo”.

   Tales palabras parecen pesadas sentencias de implacable espíritu ambicioso que lo llevó a ser temido y envidiado por todos aquellos quienes osaran estar cerca de él. Mis apreciaciones las refiero en un sentido, donde analizo no solo el papel crematístico, sino también todo aquello donde su presencia significara provocación, insinuación y ambición de poder que llegó a ejercer contundentemente.

   Este señor, todo un caso que debe estudiarse con reposo, ocupó diversos cargos políticos de importancia y ejerció influencias como las que ya hemos visto líneas arriba. Para 1829, Manuel Barrera Dueñas ostentaba el rango militar de coronel. Originario de la ciudad de México, donde había nacido alrededor de 1782 y murió en 1845, según los datos aportados por Ana Lau Jaiven, en un artículo que forma parte de su tesis doctoral que abarca la vida económica y política de Manuel Barrera.[2]

Al igual que su padre se dedicó durante la Independencia a la venta de paños con lo que logró desde entonces, obtener contratas para la fabricación de vestuarios para el ejército, empresa lucrativa que mantendría hasta su muerte. En 1829 era Coronel de infantería retirado y poco después sería ascendido a General de Brigada. Empezó a acumular fortuna a raíz de los nexos que mantuvo con los personajes importantes de la política y de la economía, entre los cuales Anastasio Bustamante, su compadre, fue de los principales. Además de las contratas establecidas con el Ministerio de Guerra, fue el asentista de los teatros Provisional y del Coliseo. Ambas ocupaciones le proporcionaban ingresos suficientes para poder ofertar para adjudicarse los inmuebles y con ello extender su área de influencia hacia otras actividades mercantiles y de influencia política. Su fuero y su grado constituyeron un factor primordial que le permitió lleva a cabo los remates con amplia ganancia.[3]

II

   Se había dicho en otra parte que habría de estudiarse la forma en cómo ha evolucionado en su parte más pública el ámbito empresarial y no tanto los daños que resintió el espectáculo taurino en el pasado, sino los inminentes cambios requeridos para garantizar el futuro, a partir de lo que, aquí y ahora se sepa y se quiera definir, por lo que es preciso continuar.

   Rafael Cabrera Bonet, parece haber encontrado el mejor perfil para explicar el significado de un empresario y el entorno en que se desarrollan.

   Quizás sea la labor empresarial la que más sinsabores de todo tipo provoque en este mundo de los toros. Sinsabores propios al infeliz empresario; sinsabores a la autoridad que debe velar por el espectáculo y por los intereses del público; sinsabores al ganadero, que ve frustradas, en las más de las ocasiones, sus aspiraciones pecuniarias, siempre dice perder dinero con la crianza del toro de lidia, y que además ve como sus “preciosas” corridas de “bien cuidadas reses” son desechadas por el empresario por falta, merma, sobra o exceso de Dios sabe qué; sinsabores a los toreros que no ven reconocidos sus méritos, ni su valía profesional o económica, que han de aguantar a compañeros “indeseables” en los “peores carteles imaginables”; y sinsabores al público, que casi nunca estará de acuerdo con lo que haga el empresario de turno, sea lo que fuere, aunque a la larga habrá de reconocer que hubo quien no lo hizo tan mal antaño. Si a todo ello sumamos que como en cualquier otro aspecto de la vida hay empresarios honrados a carta cabal, fieles cumplidores para con el público que los sostiene y hábiles negociadores con ganaderos y diestros; y por el contrario los hay funestos, pícaros o verdaderos sinvergüenzas, que se permiten todo tipo de tropelías, incumplimientos de la ley, amenazas más o menos veladas, incluso representantes de los peores círculos del hampa o de la mafia más repugnante, tendremos compuesto un amplio cuadro de costumbres que abarcará a todos los que han sido, son y serán en el mundo del empresario taurino.[4]

aht24rf1564

Aviso. PLAZA DE TOROS. Domingo 26 de Octubre de 1845. Gran función extraordinaria, en la que luchará el León africano con un toro de la acreditada raza de Queréndaro.

Imprenta de Vicente García Torres.

Fuente: colección del autor.

   Además de Manuel Barrera Dueñas, apareció años más tarde el señor Francisco Javier de Heras, quien fungió como empresario del mismo coso de San Pablo en la cuarta y quinta décadas del siglo XIX, así como en el de Necatitlán, del que era dueño, según lo expresa –para ambos casos- la siguiente cita donde, tratando de resolverse una polémica judicial en contra del señor José Juan Cervantes, este le escribe a Francisco Javier de Heras, pidiéndole justifique la negociación de Toros, y

es cierto que me ha comprado para las corridas ganado de la hacda de Atenco pagándome desde 29 hasta 407 cabezas. 2º Si así lo ha verificado no solo en corto número sino comprándome partidas hasta de 200 toros. 3º Si esta se (tran) sin dificultad a los potreros q. U. ha tenido en las inmediaciones de México y se conserban en ellas del mismo modo interin no se necesitan p.a las corridas. 4º Si por esto y por el conocimiento que las expresadas compras le han dado del ganado creo que sea de fácil realisación.

   Agradeceré a U. se sirva manifestarme sobre cada una de las anteriores preguntas mandando la que guste a su afmo. am.o q. B.S.M.

José Juan Cervantes. Noviembre 30 de 1848.

La respuesta de Heras, fechada el 1º de diciembre inmediato propone que

no solo lo gasté en la plaza de toros de mi propiedad en Necatitlán, sino también en la de San Pablo pagándole a U. pr. cada cabeza hasta el precio de 45 p.s En cuanto a la 2ª hemos contratado todo el ganado del cercado de Atengo que he necesitado para mis corridas, y espero de su amistad que me facilitare muy pronto cuanto necesite. En cuanto a la 3ª es cierta en todas sus partes. Respecto de la 4ª no solo tiene estimación preferente a otro ganado. p.a la lid, sino aun p.a el tajón por el incomparable sabor de su carne.

Queda de U. afmo. y Atto S.

Q.S.M.B.

Francisco Javier de Heras (Rúbrica).[5]

   Todo ello nos habla del enorme movimiento de ganado que se envió de la hacienda atenqueña, hasta por lo menos el año 1846, en que deja de haber corridas periódicamente, debido a la invasión norteamericana del año siguiente.

cartel_14-y-16-02-1858_s-pablo_pablo-mendoza_atenco

Reproducción del cartel anunciador para el festejo celebrado en la plaza principal de San Pablo, el 14 y 15 de febrero de 1858. En tal ocasión se lidiaron toros de Atongo (que en realidad fueron de Atenco) y El Cazadero. Era una época en la que ambas haciendas estaban en auténtica competencia. Colección digital del autor.

   Posteriormente aparecieron en escena Vicente del Pozo, empresario de la plaza de toros del Paseo Nuevo, igual situación que ostentaron José Jorge Arellano, Manuel Gaviño y el propio Bernardo Gaviño que, como otros toreros, hicieron las veces de actores y empresarios no solo en las plazas capitalinas, sino en otras tantas de la provincia mexicana.

   Enterados de qué ocurrió en 1867, tan luego fue dada a conocer la “Ley de Dotación del Fondo Municipal de México”, nos trasladamos 20 años después, precisamente cuando la afición de la ciudad de México, en medio de aquella recuperación taurina, ve como se levantaron hasta 5 o 7 plazas de toros en un tiempo relativamente corto. Fueron los mismos toreros quienes, siguiendo ciertas normas de conveniencia, asumían la doble función de actores y empresarios, lo que trajo consigo amargas experiencias traducidas en escándalos sin precedentes, acompañados por la parcial o definitiva destrucción de más de alguna plaza, así como el castigo impuesto por la autoridad, quien prohibió las corridas entre 1890 y 1894, ocurriendo de igual forma durante los años finales del siglo XIX de manera intermitente. Entre otros, estaban Ponciano Díaz y Diego Prieto “Cuatro-dedos” quienes en la mayoría de los casos compraban ganado de extraña procedencia, lo que resultaba en una presentación indecorosa y un pésimo juego de las reses.

aht24rf201

Manuel Manilla. “La oca taurina”. Grabado.

Fuente: Colección del autor.

III

    En el siglo XX, fue posible ya la institución de una “cartera” empresarial, encabezada en primera instancia por Ramón López, banderillero español que entendió perfectamente las condiciones de la fiesta de toros en nuestro país, viendo en todo ello un caldo de cultivo que alentar y cultivar en consecuencia.

   José del Rivero tuvo también una parte destacada en el papel que, como empresario representó en los siguientes años, hasta antes de que ocurriera la prohibición impuesta a las corridas de toros por el General Venustiano Carranza entre los años 1916-1920.

   Bien, no es posible seguir mencionando a otros personajes que fungieron como empresarios taurinos a lo largo del último siglo, que para eso existe un buen libro al respecto. Se trata de Los empresarios de toros, de Jaime Rojas Palacios, editado en 1996[6] en el cual se hace amplio recorrido de quienes han conducido el destino del espectáculo en medio de infinidad de circunstancias, cuyos resultados saltan a la vista.

????????????????????????????

Postal iluminada que presenta el exterior de la plaza de toros “El Toreo”, ubicado en la colonia Condesa de la ciudad de México. Ca. 1910.

   Pero tenemos que hablar de la actualidad. En ella estamos, en ella nos movemos, de ella percibimos los principales síntomas, las particulares patologías que causan beneficio y perjuicio a un espectáculo que sigue padeciendo crisis intermitentes, sin que hasta el momento se perciba una solución más o menos adecuada para ese estado de cosas. Independientemente de los últimos conflictos, donde se ha ventilado la necesidad empresarial de la autorregulación, donde ni la ley ni la autoridad existan. O dicho en otras palabras, la desregulación de los espectáculos taurinos, donde la cuestión legal extralimita el alcance de la Ley de Espectáculos Públicos en vigor, mueven a una reflexión en la que el aficionado, junto con la autoridad y todos quienes de una u otra forma participan en esta dinámica quieren mejores respuestas y no plazas cerradas.

   Veamos el caso de la fiesta que se celebra en España, donde una de las principales condiciones para realizar este tipo de espectáculos es convocando a los diversos postores que, en algo parecido a una licitación, presentan sus mejores ofertas. Aquel que es aceptado deberá satisfacerlas plenamente durante una temporada con los naturales beneficios económicos tanto para la empresa como para el estado (o la comunidad). La periodicidad de este emplazamiento permite que, al año siguiente, tanto el empresario vigente como otros vuelvan a proponer la celebración de la nueva temporada y así, sucesivamente, hasta generar una confiable estabilidad de lo que se convierte más en una industria que en un negocio o empresa. Hasta el momento esto no ha ocurrido en nuestro país, y ya sabemos que los empresarios permanecen durante varias temporadas, lo que provoca resultados desagradables, cuya mejor respuesta de parte del aficionado es su ausencia, señal de protesta. Pero la réplica de los empresarios es en muchos casos más incómoda: tener la plaza cerrada.

   Sin embargo, son tan grandes y lejanas las diferencias entre España y nuestro país, que no es lo mismo la industria en cuanto tal, a aquello que en nuestros días se llama, en lenguaje puramente foxiano “changarro”. Para darnos una idea de lo que significan esas dos distancias, veamos el balance arrojado en 2001:

tabla

   Este comparativo no pretende poner en evidencia o destacar grandezas o miserias. Pero es la mejor escala que nos deja entender entre sus naturales realidades, las notables diferencias de dos países que históricamente conservan entre sus tradiciones las corridas de toros como fenómeno social e histórico con un arraigo secular importante.

   Finalmente, queda nuestra propuesta de la convocatoria a licitación entre quienes, teniendo la capacidad de proponer y afrontar una temporada lo hagan, en el entendido de ofrecer garantías de continuidad, si para ello se cuenta con toda la infraestructura: plazas, toros en las ganaderías, matadores de toros y novilleros, el apoyo mediático y la siempre fiel presencia de aficionados que, convencidos de una notable mejoría, regresen y llenen los tendidos de las plazas de toros, con lo que cualquier empresa esté plenamente correspondida.


[1] María Isabel Monroy Padilla: GUÍA DE LAS ACTAS DE CABILDO DE LA CIUDAD DE MÉXICO. SIGLO XVII. Años 1601-1610. México, Departamento del Distrito Federal, Talleres Gráficos de la Nación, 1987. 466 p.

[2] Ana Lau Jaiven: “Especulación inmobiliaria en la ciudad de México. La primera desamortización. El caso de Manuel Barrera”. En: Las ciudades y sus estructuras. Población, espacio y cultura en México, siglos XVIII y XIX. Sonia Pérez Toledo, René Elizalde Salazar, Luis Pérez Cruz, Editores. México, Universidad Autónoma de Tlaxcala. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 1999. 275 p. Ils., maps., cuadros. (pp. 171-180).

[3] Op. cit., p. 172.

[4] Rafael Cabrera Bonet: PAPELES DE TOROS. SUS LIBROS. SU HISTORIA. Madrid, Unión de Bibliófilos Taurinos, 1992. Vol. II. 144 pp. Facs., ils. “Contrata y fuga de un empresario”, p. 105-124.

[5] Biblioteca Nacional. Fondo Reservado. FONDO: CONDES SANTIAGO DE CALIMAYA, CAJA Nº 35, documento 64 s/n (f. 12v. y 13).

[6] Jaime Rojas Palacios: Los empresarios de toros. México, Olé Me-xhíc-co editores, 1996. 121 p. Fots.

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO

UN BALANCE DE “LA TEMPORADA DE ORO”: MOTIVO PARA RECORDAR.

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

UN BALANCE DE “LA TEMPORADA DE ORO”: MOTIVO PARA RECORDAR. (I).

    Estas notas, entresacadas de viejos apuntes, fueron escritas entre 1995 y 1996. La primera, como verán en su mismo título, recupera la que fue temporada de conmemoración –otoño e invierno- entre 1995 y 1996. La segunda procuró emitir una opinión al respecto de las novilladas que se celebraron entre el verano y otoño de 1996.

   A los 50 años de construida la monumental plaza de toros “México”, la ya histórica “Temporada de oro” conmemoró el magno acontecimiento. Hoy la sensatez, por encima de la emoción, nos ayudará a explicarnos la suma de experiencias y resultados propios de las “festivas celebraciones”.

   22 festejos más uno extraordinario -el de la “oreja de oro”- dieron lustre a un conjunto de actividades programadas por el empresario, Rafael Herrerías que, a no dudar, puso todo su esfuerzo y empeño. Sin embargo un factor impredecible se dejó notar a lo largo del serial: no se registraron llenos absolutos mas que en contadas tardes, cuyos atrayentes carteles garantizaban el “no hay billetes”. El costo de los boletos -a pesar de la situación económica actual- es aceptable en todas las localidades de la plaza, aunque el bolsillo de muchos aficionados no debe haber aguantado el ritmo, inherente a la crisis misma.

   En cuanto al ganado, encontramos un común denominador, que es la nueva pero sospechosa forma de mostrarnos el mes y año de nacencia de todos los toros. En unos, era más que evidente la edad, por su forma comprobable en los anillos de la cepa del pitón, además de su estampa, debemos agregar su real apariencia de toro, por encima de pesos generalmente engañosos, y generalmente el sustento de una “verdad a medias”. En otros “toros”, francamente nos tomaron la medida dándonos, como quien dice “gato por liebre” y pocas fueron las protestas que se registraron en el termómetro de los tendidos.

   Dos factores complementarios en torno al toro fueron: uno, los excesos en las cuadrillas al provocar la embestida, yendo los de a pie corriendo hacia el burladero, o citando desde el mismo, por lo que arremetían con toda su fuerza varios toros que salieron despitorrados. Otro, los “toros de regalo”, asunto este que aunque cuestionado por la prensa es una forma por medio de la cual el público demanda a un torero que no se acomodó en su lote, el obsequio consiguiente. Así, varios diestros obtuvieron sendos triunfos. Y algo más: el asunto está tan arraigado y tan deformado a la vez, que no puede evitarse, por más que los tradicionalistas a ultranza así lo vean. Es preciso entender el caos por el que transita una corrida y todo lo que de ella se desprende. Fiesta al fin y al cabo.

   En cuanto al resultado artístico: debo destacar sin ismos de ninguna especie, y considerando al toreo como expresión universal, y no nacional o local, ya que no faltaron aquellos que sacaron a flote su rechazo por otros toreros que no fueran los nuestros. Así, descollaron César Rincón, Enrique Ponce, “Joselito” como extranjeros, y desde luego Eloy Cavazos, Jorge Gutiérrez, Manolo Mejía, con sendos triunfos de resonancia que aún deja escuchar su eco. En otros niveles se considera el quehacer de Eulalio López “El Zotoluco”, José Tomás, Rafael Ortega, Mario del Olmo o “El Conde” quienes forman parte de la generación más inmediata y que ya se colocan en mejores posiciones, mismas que deben afianzar a fuerza de pelea, de tesón y de garra, para evitar enfrentamientos con la mediocridad. O lo que es peor: el olvido y la indiferencia de la afición. Recordemos el caso palpable de Rafael Guerra “Guerrita”, quien declaraba después de una tarde aciaga: “No me voy. Me echan”.

   Quedaron grabadas en nuestra memoria faenas de bella, bellísima manufactura, dignas  para el álbum del jubileo que recoge en sus páginas lo mejor de lo mejor. Desde luego Enrique Ponce se convierte en favorito de la afición capitalina, tras emprender varias hazañas cuyo valor estético lo ponen, de golpe y porrazo en el sitio de los privilegiados. Sus faenas alcanzan el grado de “sublimes” por el sentido de lo hermoso, lo bello y lo perfecto. Nuestras palabras no alcanzan a explicar la delicia y el placer con que el arte se manifestó en las manos del valenciano. Caben ya en el lenguaje con que entendemos y explicamos el toreo, nuevos adjetivos que den idea de un quehacer tan refinado y casi celestial con que se prodigó el torero en cuestión. Otra gran tarde la dio César Rincón, la primera de la temporada y la única donde actuó pero que terminó convenciendo dado su alto grado de profesionalismo. Y qué decir de José Miguel Arroyo la tarde del 25 de febrero. Si con el primero abrevió, en el segundo trastocó los sentidos en todas sus manifestaciones, y hasta me atrevería a decir que la suya fue la mejor faena de la temporada.

   Eloy Cavazos luego del percance en la tarde de su reaparición, retorna demostrando que la madurez del torero no se ve en los años de andanza, sino en el constante ritmo de triunfos y en la fructífera razón de ser, de superarse a sí mismo y dejar constancia de su quehacer, cosa que ya logró con creces.

   En cuanto a Jorge Gutiérrez y Manolo Mejía, ambos se encuentran en el dilema mayor de su carrera: la consagración absoluta. Si bien han tenido tardes triunfales, la constante se ha mostrado contraria, por lo que si para Manolo, la temporada anterior lo coloca como el triunfador, en esta la afición se mostró paciente y aguardó hasta que se dieron las circunstancias de triunfo, igual que con Jorge, quien se ha empeñado en consagrar absolutamente ante la afición de la capital.

   La “temporada de oro” culminó con “la oreja de oro”, obtenida por Rafael Ortega luego de una faena matizada de técnica y valor, así como de una aventajada concepción de arte que debe apresurarse a depurar. Los años en un torero se vienen encima más rápido que de costumbre.

   El toreo como gozo y como espectáculo alcanzó con esta temporada niveles que la harán recordar. Ya es un motivo más para el recuerdo.

MEXICO 05 FEB 1996 (1)

Disponible en internet agosto 26, 2015 en:

http://laaldeadetauro.blogspot.mx/2010/02/la-corrida-del-5-de-febrero-una_05.html

VISION CRÍTICA Y SENSATA A LA TEMPORADA DE NOVILLADAS 1996. (II).

   El toreo como espectáculo tiende a mostrar altibajos, signo de crisis o de decadencia. Y sin embargo, se mueve (como sentenciara alguna vez Galileo Galilei); allí está, adaptándose a cada nueva época.

   Esta reflexión cabe aquí luego de haber culminado una temporada de novilladas más, la de 1996, en la plaza de toros “México”. Con el concurso de buen número de prospectos la empresa capitalina organizó 19 festejos más el de la “oreja de plata” donde los resultados no fueron los esperados. En realidad el corte de apéndices y de tardes triunfales apenas alcanza a calificarla de modesta, para unos, y mediocre para otros.

   Destacaron César Castañeda, Enrique “El cuate” Espinosa, Alfredo Gutiérrez, Alberto Huerta, Domingo Sánchez “El Mingo”, José Sánchez “El Miura”, Tomás Gutiérrez (todos ellos participantes en la disputa de la “oreja de plata”) y el español José Antonio Iniesta. En lo particular, el quehacer de Alberto Huerta -hijo y sobrino de toreros-, así como el de José Antonio Iniesta representan una importante alternativa de apertura a un capítulo del toreo contemporáneo, pues ambos manifiestan avances en la técnica y también la estética de sus personales interpretaciones de la tauromaquia. Evidentemente, Huerta debe practicar hasta el cansancio la suerte suprema ya que ha perdido oportunidades muy valiosas por encaramarse en sitios de privilegio. En Iniesta se ve a un gran torero en puerta.

   Como se ve, surgieron varias posibilidades y acaso, por lograr un mejor lugar en la torería nacional deben foguearse en provincia, demostrar con orgullo la escuela de su procedencia y tener mucha vergüenza torera para regresar a consagrarse como Dios manda en la próxima temporada.

   Sería un riesgo mayor que alguno de ellos decidiera dar el “espaldarazo” pues tal postura los podría arrojar a un destino incierto, al montón en una palabra.

   Los encierros en términos generales fueron justos en presentación y dominó la nobleza que rayaba muchas veces en bondad, característica que para muchos jóvenes pasó por alto. Por supuesto que hubo de todo. Una temporada de novilladas debe ser vista con otros ojos, los muchachos van empezando y no se les puede exigir como a las “figuras consagradas”. Cada tarde representa para ellos una prueba de fuego, pero sobre todo, el superarse a sí mismos ante los errores cometidos y las incertidumbres manifiestas en sus actuaciones pasadas.

   La afición -desde luego- espera a un nuevo “Mesías”, a la nueva figura del toreo que pueda darnos una temporada como la que reseñamos. Y sin embargo, no llegó. Ellos, los novilleros deben ser los primeros en darse cuenta de si funcionan o no en esta difícil profesión, vigilada estrictamente por aficionados que exigen o hacen suyo a algún muchacho con los sellos de privilegiado para el quehacer taurino. Por cierto, la asistencia a la plaza durante todos los festejos fue apenas regular, síntoma quizá del poco interés, o del escaso atractivo en los carteles.

   La ciudad de México y zona metropolitana juntas, con más de 20 millones de habitantes, los medios de comunicación provistos de un despliegue de difusión tremendo no alcanzaron a satisfacer los resultados que empresa y afición esperaban al ver colmados los tendidos de aficionados pendientes de una temporada sometida a uno más de los altibajos que padece el espectáculo, expuesto a todo menos a desaparecer.

   ¿Vivimos en medio de una crisis de valores? Probablemente, pero no olvidemos que para los novilleros existe un margen distinto de interpretación a sus actuaciones que, por otro lado, siempre deben ir en ascenso, pues de ahí que ellos demuestren sus intenciones por superarse un día sí, y otro también. La de toros es una profesión llena de sacrificios y es de las pocas que pueden decir si la vocación de aquel que aspira a convertirse en figura es o no una realidad al principio de su trayectoria.

   Las novilladas de 1996 que ya forman parte del testimonio histórico mexicano dejan evidencia clara de una baja que no debe ser vista más que como síntoma de la trayectoria con que se define el toreo en esta época. Para mejor entenderlo, pasó por un mal momento que deseamos supere en la temporada venidera.

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO

RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA”…, FUEGO A PUNTO DE EXTINGUIRSE.

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA”…, FUEGO A PUNTO DE EXTINGUIRSE. Apuntes y reflexiones a la décima corrida de la temporada 2006-2007 en la plaza “México”. Domingo 7 de enero de 2007. Rodolfo Rodríguez “El Pana”, Serafín Marín y Rafael Rivera, en la lidia de 6 de Javier Garfias.

CON MI SINCERO HOMENAJE, RODOLFO…. ¡MAESTRO!

IN MEMORIAM.

    Rodolfo Rodríguez tiene todo lo que va de su vida toreando. No exagero. Y una buena parte de ella pudiera ser en sentido figurado, porque no necesariamente tuvo que hacerlo frente a los pitones de los toros aunque sí ante la descarnada realidad de su existencia a la cual se enfrenta todo aquel que pretende escabullirse de la pobreza y la marginación. El resto de sus otros años sí que ha visto los pitones de muchos toros y hasta los ha padecido en serios percances que lo pusieron fuera de circulación o al borde del peligro. Pero también durante ese largo trecho de andanzas, aventuras y desventuras, este personaje de la picaresca taurina no vio un “pitón” como dicen los que dicen, sufren y padecen el boicoteo o una mala administración.

   Diestro longevo, ronda ya los cincuenta y cinco de su edad. Peina canas y unos arrugones que no sólo son de esa vejez anunciada e inocultable sino la suma de todas sus tribulaciones que no han sido pocas. La afición mexicana supo de él gracias a sus estrepitosos y arrolladores y no menos apasionados triunfos y fracasos durante la temporada de novilladas de 1977 o 1978. Es decir hace la friolera de 30 años. En esas tres décadas, los altibajos de este prototipo de héroe y antihéroe taurino al mismo tiempo han marcado su destino. Surge El Pana en pleno imperio manolomartinista y en declarada rebeldía se enfrentó a aquel monopolio. Su escurridiza lengua también le vino a estimular el boicot, los bloqueos, las consignas. El castigo en consecuencia. Fue como irse a las patadas frente a Sansón y las declaraciones del “fuego amigo” resultaron contraproducentes. Sin embargo, la leyenda de Rodolfo Rodríguez se levantaba frágil unas veces; enigmática y escandalosa otras tantas. Verlo anunciado en los carteles siempre provocó un importante poder de convocatoria por lo que la asistencia popular en las plazas fue mayoritaria. Y esos públicos urdidos de curiosidad querían apagarla viéndole actuar en medio de todos los misterios provocados por su sola presencia en el patio de cuadrillas.

   Me da la impresión de que este actor se encargaba de poner en práctica todo un montaje diseñado bajo los dictados de su propio capricho. Llegar en calesa, con un habano así de grande, afectada la figura y el capote de paseo a sus espaldas saludando a diestra y siniestra como héroe salido de aquella novela romántica de Próspero Merimee. Conforme se acercaba a la plaza el rumor crecía y estando al borde de la entrada del coso, los aficionados y curiosos lo recibían en medio de vítores y palmas. “Clásico” le dirían unos. “Payaso”, otros. Pero el hecho es que ya provocaba las primeras reacciones en pro y en contra. Y en esa extraña asimilación de haber entendido o comprendido a los héroes del pasado que así como cuentan las crónicas y las leyendas sucedía la revelación de sus actos, El Pana le daba a esas lecturas su propia interpretación.

   En el ruedo se transfiguraba y poseído por no se que misteriosa fuerza echaba a andar una auténtica puesta en escena peculiar, como de actor autodidacta, peleado con guiones y repartos. Y ajeno a las más rancias normas tauromáquicas iniciaba el paseíllo como hasta hoy sin liarse el capote de paseo, andando a su paso, con un estentóreo y desmayado andar de “patas chuecas” arrastrando los pies, sintiéndose figura heroica sin serlo ante el destino que solo le concedía el derecho de la duda. Mientras sus alternantes ya habían llegado al borde de la barrera y habían mostrado cortesías al juez de plaza, a Rodolfo Rodríguez le quedaba un largo trecho, que con ese paso suyo, hasta su cuadrilla tenía que graduar el ritmo para no terminar afectando el paso. Una y otra bocanada al cigarro puro, un alto en el camino y el voltear para sentir que los suyos no se alejaban, le obligaban de nuevo reponer la figura y continuar el camino hasta la barrera misma.

AGOSTO_1980_ (5)bis

Era el año de 1980…

Fotografía del autor de estas notas.

   Después todo dependía del destino para verle triunfar o fracasar aunque tuvo el privilegio de contar con un trato especial, seguramente por el hecho de que era El Pana y no cualquier chalao de novenario ni de torero urgido de oportunidades. Eso sí, un auténtico romántico del toreo. Por eso creo que, al margen de todos los adjetivos fijados a su alrededor, fue, es y será ese torero de leyenda, figura en extinción y último sobreviviente de la parte más colorida y hasta folclórica de la tauromaquia mexicana de los últimos tiempos. ¿Quién otro como él? A no ser que se le tenga que comparar con Mariano González La Monja, Lino Zamora o Ponciano Díaz. Quizá con Arcadio Ramírez, Edmundo Zepeda o tantos y tantos novilleros de épocas gloriosas. Aquellos tres del siglo XIX. Estos últimos del XX.

   Hoy, 7 de enero dice adiós a los toros y creo que lo hace más en acto humanitario a su propia persona, mermado ya de condiciones, sabiendo gracias a muy buenas referencias, al hecho de que es un adorador consuetudinario del pulque, esa milenaria bebida de los dioses, tentación de libaciones y provocadora de alucinaciones, como la que estimuló durante, 30, 40 o 50 años de andar en esto, luego de dejar el digno oficio de panadero que no le tenía garantizada sino la única posibilidad de convertirse en patriarca de cocoles, conchas y bolillos por el resto de sus días. Lo que pueda vérsele esta tarde del adiós será -me adelanto a sospechar-, polvo de otros lados que serán celebrados entre la nostalgia de ya no volver a ver más tal leyenda.

   Y la voz de mi sentencia tuvo un equívoco impresionante.

   Con cierta urgencia por llegar a la plaza de toros “México”, y conforme me acercaba a ella me fui dando cuenta que la entrada iba a ser de las de día grande. Y aunque sólo hubo casi media entrada, ésta ha sido, hasta lo que va de la temporada, la mejor. Los tendidos se mostraban rebosantes y alegres como es y debe ser este espectáculo que ya desde días atrás había provocado comentarios en los medios de comunicación y entre muchos que ya ansiaban presenciar el festejo. Cuando la autoridad dio la señal para que se desarrollara el paseíllo, resulta que Rodolfo Rodríguez, quien había llegado en calesa, pretendía hacerlo subido en dicho medio de transporte, cosa que fue impedida por la autoridad, de ahí que pasaran algunos minutos en medio de la incertidumbre. Pero al fin salió por la puerta de cuadrillas el diestro de Apizaco en medio de enorme expectación y el paseíllo ocurrió de manera triunfal. Rodolfo Rodríguez fue esta tarde un actor consumado, el centro de todas las miradas y para ventaja suya, cuanto realizó fue maravilla tras maravilla.

   Sin dejar de apuntar lo que hayan hecho sus alternantes, pero el hecho es que tanto el torero catalán Serafín Marín, como Rafael Rivera, quedaron totalmente opacados no sólo por lo que realizó de manera genial El Pana, sino por el hecho de haber tenido un lote poco propicio al que no pusieron empeño ni técnico ni estético para salir airosos del asunto.

   A Rodolfo, así como lo recordamos muchos que le vimos hace 30 años, también tiene una capacidad para estimular otro tipo de evocaciones y que tienen que ver con la de aquellos viejos aficionados que tuvieron oportunidad de ver a otras tantas generaciones de novilleros o matadores de alternativa totalmente distintos a los que hoy están en el candelero. Y Rodolfo, como ya lo dije en algún momento, asimiló y aprehendió esas cosas, bien o mal entendidas, pero lo ha hecho a su manera, y esas maneras, hoy especialmente fueron motivo de celebración, la mayoría de los casos, sin faltar ciertos detalles de hilaridad o que movían a risa.

   Y comenzó el periplo de las interminables vueltas al ruedo (seis, incluyendo aquella en que fue levantado a hombros) y en todas, Rodolfo era visto como el héroe de esta y otras tantas batallas, por lo que la afición se rindió en cada una de esas peculiares vueltas al anillo. El Pana enfrentó el mejor lote de la tarde, noble el primero de ellos, y de nombre REY MAGO, cuyos despojos terminaron siendo llevados al destazadero a paso lento. Con el de Garfias, nos emocionó con los primeros lances a la verónica, que arrancaba de las viejas páginas color sepia para rematar con garboso y lucido recorte. Del mismo modo, otras tantas chicuelinas a su estilo causaron delirio.

EL PANA12

fotografía tomada del antiguo portal “Burladero.es” en 2007.

   La faena de muleta empezó con un cambiado por la espalda o “vitolina” y la armónica serie de pases de diversas marcas, donde lucieron lo mismo varios trincherazos que los naturales con la derecha con un sabor tan nuestro que evocaba, no podía ser de otra manera, a Silverio Pérez, por ejemplo; o a Luís Procuna en otros casos. Y salieron tan rematados, tan bien elaborados que nos rendimos ante cada una interpretación celebrada clamorosamente. No puedo olvidarme de los largos, larguísimos pases de pecho arrimándose como un novillero desesperado. Pero los de trinchera especialmente lo conmovieron, al grado de salir de cada uno de ellos como en estado de gracia, alucinado, tras lograr un orgasmo irrepetible y gozoso. Vino otra serie de pases, algunos de ellos surgidos nada más que de la inspiración y de la espontaneidad que producía en él aquel gozo de tener en frente al toro de la ilusión. Y se fue de nuevo a enfrentarlo, ahora por “Sanjuaneras”, creación única de Luís Procuna, que también elevaron los grados de tensión y emoción. La plaza era un estremecido espacio de perturbados que sólo se dejaban llevar por la emoción, misma que se quedó a medio camino luego de los tres pinchazos que junto a una casi media remataron la gesta. Y Rodolfo Rodríguez El Pana daba otra más de sus vueltas triunfales al redondel.

   En el cuarto de la tarde, aunque las cosas no pintaron nada bien con el capote, sí que se superó con las banderillas, dejando dos cuarteos, el primero en excelente colocación, el otro un poco más atrás y caído. Remató el tercio con el de “Calafia” cerrado en tablas, un poquito abajo, pero suficiente para la otra vuelta al ruedo. Y la expectación crecería con su faena, la del adiós, que ahora no es tan definitivo, pues ya se rumora que podría estar en la tarde del 5 de febrero, alternando, entre otros, con “Morante de la Puebla” y César Rincón.

   Pues bien, con muleta en mano, nos regaló otra de sus misteriosas faenas, llenas de sabor antiguo, sin el equilibrio de las que pudiera estar consiguiendo cualquiera de los del candelero. Eso sí, con un sello que ninguno de los colgados hoy en los cuernos en la luna podría repetir. Volvimos a disfrutar, los derechazos largos, los de trinchera, algún cambiado pero sobre todo, la original puesta en escena, mientras sonaban en las alturas “Las golondrinas”, esa dolorosa melodía que a más de uno puso en situación melancólica. Y El Pana otra vez, en estado de gracia, celebrado en cada detalle por una afición que se le entregó incondicional, sabiendo que estaba viendo el fuego a punto de extinguirse.

   ¡Qué entrega de la afición! Hacía mucho tiempo que no presenciábamos una despedida como la que ahora ya es registro histórico. Amigos como Julio Téllez rememora la despedida de Fermín Rivera como la más emotiva que recuerde en su larga vida como aficionado, pero esta también tuvo lo suyo. Y Rodolfo citó a recibir, y si en el primer intento no consiguió sino un pinchazo en lo alto, en el segundo dejó una estocada desprendida pero que causó los primeros estragos en CONQUISTADOR que así se llamó el toro del “adiós”. Un descabello vino a culminar aquella tensión y entonces se agitaron cientos, miles de pañuelos que convirtieron aquella demanda simbólica en dos orejas que nadie reprochó. Rodolfo, las paseó en olor de santidad durante las tres vueltas al ruedo que siguieron a la larga lista, como las que dicen ocurrieron las tardes heroicas de Rodolfo Gaona, Alberto Balderas o Lorenzo Garza.

   Terminado el memorable festejo, Rodolfo fue llevado en hombros por los entusiastas aficionados que seguían bajo los efectos de aquel embrujo.

   Así, al parecer, concluye un capítulo poblado de leyendas, construidas una a una por este peculiar personaje, que ya he dicho, parece salido de la picaresca taurina, ese segmento de la fiesta a punto de desaparecer pero que la personalidad arrolladora de Rodolfo Rodríguez y de alias El Pana se encargó de revivir, como el ave fénix para ocasión tan especial.

7 de enero de 2007.

N. del A. A propósitos de otros textos relativos al “Pana”, los lectores pueden remitirse a estos otros dos materiales, publicados en APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS:

https://ahtm.wordpress.com/2011/01/24/cronicas-%C2%A1%C2%A1%C2%A1nuevo/

 https://ahtm.wordpress.com/2013/05/31/anuncian-la-confirmacion-de-alternativa-de-rodolfo-rodriguez-el-pana/

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO