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LAS MOJIGANGAS EN EL MEXICANO SIGLO XIX. (Segunda de tres partes).

ANTIGUAS SUERTES MEXICANAS DEL TOREO, O REMINISCENCIA DE OTRAS QUE YA NO SE PRACTICAN. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Grabado de Manuel Manilla.

Desde la antigüedad, la fiesta como entretenimiento y diversión ha sido el remedio, atenuante de crisis sociales, emocionales probablemente, y hasta existenciales (basta recordar el caso del Rey Felipe V y su encuentro con el castrato Farinelli). Pero antes de desbordarme, debo advertir que no haré revisión exhaustiva  a la historia de este género, que para ello Johan Huizinga, Josep Pieper, Jean Dauvignoud y otros especialistas lo han hecho con inusitada y sorprendente lucidez.

Y no por confesar incompetencia, sino porque es un género que emerge de lejanos tiempos, siempre acompañando el devenir de las culturas como una forma de escape, espejo sintomático que no se desliga de la razón de ser del pueblo, soporte cuya esencia va definiendo a cada una de esas sociedades en cuanto tal. Como por ejemplo, recordar a la que se consolidó en el imperio romano. En la actualidad, la sociedad mexicana encuentra un abanico rico en posibilidades, donde entre sus fibras más sensibles, divertirse pasa a ser parte vital de sus rumbos cotidianos.

En lo que a fiesta de toros se refiere, desde el siglo XVI y hasta nuestros días se nos presenta como un gran recipiente cuyo contenido nos deja admirar multitud de expresiones, unas en desuso total; otras que en el ayer se manifestaron intensas, y que hoy, evolucionadas, perfeccionadas siguen practicándose.

Pero más allá del contenido explícito que la fiesta de toros nos da en este depósito, vemos otras manifestaciones que en su mayoría desaparecieron y algunas más, como el toreo de a caballo y a pie pero a la mexicana, muy de vez en vez solemos verlas en alguna plaza.

De todo aquello desaparecido, pero de gran valor son las mojigangas, representaciones con tintes de teatralidad en medio de un escenario donde lo efímero daba a estos pequeños cuadros, la posibilidad de su repetición, la cual quedaba sometida también a una renovación, a un permanente cambio de interpretaciones, sujetas muchas veces a un protagonista que no se “aprendía” el guión respectivo. Me refiero al toro, a un novillo o a un becerro que sumaban a la representación.

¿El teatro en los toros? Efectivamente. Así como alguna vez, los toros se metieron al teatro y en aquellos limitados espacios se lidiaban reses bravas, sobre todo a finales del siglo XVIII, y luego en 1859, o en 1880; así también el teatro quiso ser partícipe directo. Para el siglo XIX el desbordamiento de estas condiciones fue un caso patente de dimensiones que no conocieron límite, caso que acumuló lo nunca imaginado. Lo veo como réplica exacta de todo aquel telúrico comportamiento político y social que se desbordó desde las inquietas condiciones que se dieron desde los tiempos que proclamaban la independencia, hasta su relativo descanso, al conseguirse la segunda independencia, en 1867.

Ahora bien, y casualmente, el sello de todas esas manifestaciones “plaza afuera” no fueron a reflejarse “plaza adentro” (como ya lo hemos visto en estas notas introductorias). En todo caso, era aquello que hacía comunes a la fiesta y a la pugna por el poder: lo deliberado, lo relajado, sustentos de la independencia en cuanto tal; separados, pero siguiendo cada cual su propio destino, sin yuxtaponerse.

“Plaza adentro” el reflejo que la fiesta proyectaba para anunciar también su independencia, fueron estas condiciones que la enriquecieron. Fulguraba riqueza en medio de un respiro de aires frescos, siempre renovados; acaso reiterados, pero siempre consistentes.

A lo largo de este trabajo, diversos carteles proporcionan elementos muy ricos que no solo matizan y dan idea de lo que fue ese tiempo. También plantean la condición con que concitaban a los espectadores y la forma en que se suscitaba el desenlace de aquel acto convocado para el gozo de multitudes siempre dispuestas a la fascinación.

Esta retrospectiva quiere detener en el tiempo a los itinerantes para gozar con ellos en un mismo sitio, y donde la unidad sea el fin de todos sus “números”, por un mismo boleto. Así, toros, payasos, acróbatas, fuegos de artificio, actores, charros, el “embolado” para el pueblo y los propios toreros, daban paso a la función en medio de circunstancias de suyo especiales, incomparables, pues –y como ya lo he dicho-, eran distintas las unas de las otras.

Pero además hay una acción-reacción ante el significado de la doble presencia vital dada entre la plaza y el circo, escenarios integrados que solo necesitan la aparición, la presencia de los escenarios efímeros para dar rienda suelta a sus naturales y espontáneas expresiones. Esa acción-reacción se da cuando “el circo reafirma la escisión entre espectáculo y público que si bien ya era característica de algunas diversiones arraigadas principalmente en las ciudades, como el teatro por ejemplo, no existía aún en las fiestas de las comunidades rurales” (Juan Pedro Viqueira Albán).

Es el exotismo, pero también el despliegue de las capacidades de dominio del hombre sobre la naturaleza lo que asombra al público fascinado por aquel conjunto de sorpresas, cuyo lindero con lo sobrenatural provoca la emoción, la mantiene al pendiente del mínimo de los detalles.

Dentro de ese exotismo no escapaban las corridas de toros del siglo XIX, intercaladas perfectamente en esa unidad que logró con el conjunto de recreaciones circenses, ámbito, atmósfera de vientos siempre frescos, obra que, en conjunto era orquestada e interpretada por actores cuyo papel no se limitaba a la sola representación de su “parte en la obra”, fuese esta protagónica o secundaria. Pues lo mismo podían vestir de luces que de arlequines, como sucedió muchas tardes ya en la plaza, ya en el teatro que proporcionaban sus espacios para la representación cuya reciprocidad, simbiosis, sincretismo o efecto híbrido daba y garantizaba el espectáculo en todo su esplendor.

Entre los antecedentes conocidos se tiene la fecha del 11 de diciembre de 1670 cuando hubo toros en la Plaza Mayor, fecha en la que participaron cirqueros, quienes lucieron en la maroma, actuación que volvemos a encontrar hasta 1742 cuando el circo se mete de nuevo a la plaza. Fue en ocasión de la toma de posesión del Virrey Conde de Fuenclara, cuando entre noviembre (26, 27, 28 y 29) y diciembre (1º) hubo fiestas en el Volador. El último día se puso a la vista “un primoroso, ágil y diestro maromero, cuyas prestas, ingeniosas suertes le divirtieron lo más de la mañana”.

Aunque fue hasta 1769, en tiempos del Marqués de Croix cuando el espectáculo taurino empezó a ser enriquecido con otra gama de condiciones, en un tiempo en que no parecía ordenarse todavía la fiesta. En un tiempo en que aquel espectáculo deliberadamente libre, alejado de los principios normativos elementales, que ya se estaban poniendo en marcha por aquellos mismos años. Sin embargo al estar enquistadas aquellas expresiones en el bagaje taurino, las primeras disposiciones con fin correctivo no tienen otro recurso que aceptarlas y alentarlas, como las alentó el público, lo mismo que asentistas o empresarios y actores, quienes consintieron su integración. Volviendo a lo ocurrido en 1769, las funciones taurinas vieron la participación de un torero, precursor del payaso o loco de los toros, que vestía el traje de los dementes de San Hipólito, el cual provocaba a la fiera y se metía violentamente en una pipa vacía, recibiendo esta la embestida del toro, a la manera de los dominguejos.

Y ya fue en 1790 cuando en el Mineral de Santa Fe de Guanajuato, con motivo del cumpleaños del futuro Fernando VII, una cuadrilla completa de maromeros y arlequines diestrísimos, lidiaron y mataron una corrida de toros en el Coliseo, no en la plaza como era de esperarse.

En febrero de 1833, la plaza de “El Boliche”, ubicada en lo que hoy día es el cruce de Av. Hidalgo, Santa Veracruz y la calle 2 de abril, se presentó la Compañía de Circo y equitación, comandada por Mr. Green anunciando su espectáculo como función “hípico-mímico-acrobática”, con pantomima tales como: “El Soldado Borracho”, “Don Quijote y Sancho Panza”, sin que faltara el imprescindible payaso.

Y así como Tomás Venegas El Gachupín Toreador se presentó en 1790 en la plaza de San Lucas para compartir su actuación con peleas de gallos, carreras de liebres, maromas, pantomima, etc., en pleno siglo XIX, fue el diestro Bernardo Gaviño, ídolo de la afición quien teniendo como escenarios las plazas de San Pablo o Paseo Nuevo se acompañaba de las compañías completas de circos instalados entonces en los barrios de la ciudad. También de toreros que interpretaban papeles propios de las mojigangas, charros habilidosos y diestros para ejecutar las suertes del coleadero, maestros de la iluminación o de la escenografía efímera que terminaron convirtiendo la expresión de las corridas de toros en una fiesta singular. Y aquí el concepto de “fiesta” proyecta distintas connotaciones concentradas en el fin de buscar como divertir, con qué medios y el fin mismo de la diversión.

CONTINUARÁ.

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LAS MOJIGANGAS EN EL MEXICANO SIGLO XIX. (Primera de tres partes).

ANTIGUAS SUERTES MEXICANAS DEL TOREO, O REMINISCENCIA DE OTRAS QUE YA NO SE PRACTICAN. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Imagen que procede del cartel de la plaza de toros DEL PASEO NUEVO para el domingo 22 y martes 24 de febrero de 1857. Armando de María y Campos: Los toros en México en el siglo XIX.

    Comparto con ustedes, en esta ocasión otro de los componentes que dieron forma al espectáculo taurino durante los siglos virreinales y el XIX. Me refiero a las “mojigangas”. La lectura que encontrarán más adelante, es el resultado de un trabajo de investigación cuyo título es: LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO EN LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX, que elaboré entre 1998 y 2013 y sigue inédito.

 

   El toreo mexicano carecía de voz propia, y las memorias de esos tiempos se pierden entre los disparos de fusilería de nuestras rencillas políticas.

Armando de María y Campos.

Los toros en México en el siglo XIX.

 Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo antepasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan basto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurría durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

El fin de esta investigación estriba en recoger el mayor número de evidencias de este tipo que se hicieron presentes en el toreo decimonónico enriqueciéndolo de forma por demás evidente. A cada uno de los datos, de las representaciones, creaciones y recreaciones se dedicará un análisis que nos acerque a entender sus propósitos para que estos nos expliquen la inquietud en que se sumergieron aquellas fascinantes invenciones.

Durante el siglo XIX, y en las plazas de San Pablo o el Paseo Nuevo hubo festejos taurinos que se complementaban con representaciones de corte teatral y efímero al mismo tiempo. También puede decirse: en ambas plazas hubo toda una representación teatral que se redondeaba con la corrida de toros, sin faltar “el embolado”, expresión de menores rangos, pero desenlace de todo el entramado que se orquestaba durante la multitud de tardes en que se mostraron estos panoramas. Ambos escenarios permitían que las mencionadas representaciones se complementaran felizmente, logrando así un conjunto total que demandaba su repetición, cosa que los empresarios Mariano Tagle, Manuel de la Barrera, Javier de las Heras, Vicente del Pozo y Jorge Arellano garantizaron permanentemente, con la salvedad de que entre un espectáculo y otro se representaran cosas distintas. Y aunque pudiera parecer que lo único que no cambiaba notablemente era el quehacer taurino, esto no fue así.

El siglo XIX mexicano en especial, reúne un conjunto de situaciones que experimentaron cambios agresivos para el destino que pretende alcanzar la nueva nación. Ya sabemos que al liberarse el pueblo del dominio colonial de tres siglos, tuvo como costo la independencia, tan necesaria ya en 1810. Lograda esta iniciativa y consumada en 1821 pone a México en una condición difícil e incierta a la vez. ¿Qué quieren los mexicanos: ser independientes en absoluto poniendo los ojos en Estados Unidos que alcanza progresos de forma ascendente; o pretenden aferrarse a un pasado de influencia española, que les dejó hondas huellas en su manera de ser y de pensar?

Este gran conflicto se desata principalmente en las esferas del poder, el cual todos pretenden. Así: liberales y conservadores, militares y hasta los centralistas pelean y lo poseen, aunque esto fuera temporal, efímeramente. Otra circunstancia fue la guerra del 47´, movimiento que enfrentó en gran medida el contrastante general Santa Anna, figura discutible que no sólo acumuló medallas y el cargo de presidente de la república varias veces, sino que en nuestros días es y sigue siendo tema de encontrados comentarios.

Esa lucha por el poder y la presencia de personajes como el de Manga de Clavo fue un reflejo directo en los toros, porque a la hora en que se desarrollaba el espectáculo, las cosas se asumían si afán de ganar partido, y no se tomaban en serio lo que pasara plaza afuera, pero lo reflejaban -traducido- plaza adentro, haciendo del espectáculo un cúmulo de creaciones y recreaciones, como ya se dijo.

Aprovecho, antes de terminar, para compartir un primer ejemplo que puede apreciarse en el siguiente cartel que ilustra la presente colaboración:

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO / FUNCIONES EXTRAORDINARIAS DE CARNAVAL, / Para el Domingo 22 y Martes 24 de Febrero de 1857 / CUADRILLA DE BERNARDO GAVIÑO / TOROS DE ATENCO. / MAGNÍFICOS FUEGOS ARTIFICIALES. / Sobresaliente Iluminación.

Al terminarse la presente temporada de corridas, es un deber de la empresa dar las gracias al público que la ha favorecido en todas ellas, y al mismo tiempo presentarle las dos últimas funciones lo más sobresaliente posible para lo cual no ha omitido gasto ni diligencia alguna; si con ellas logra complacer a los espectadores, quedará completamente satisfecho su deseo.

DOMINGO 22 / En esta primera función comenzará la corrida jugándose / CUATRO TOROS, / de lo más escogido que se ha encontrado en el Cercado de Atenco, que por su hermosura y valentía en nada desmerecerán de los que hasta aquí se han estado lidiando.

Para que la cuadrilla pueda retirarse a cambiar de traje, se echarán

DOS PARA COLEADERO, / y en seguida volverá a presentarse caprichosamente / VESTIDA DE MÁSCARA / y jugará otros / DOS TOROS / de la misma Raza de Atenco, y de tan buena calidad como los primeros; ejecutándose en el que sea más a propósito la difícil suerte de  / BANDERILLAR A CABALLO / por un aficionado que también estará enmascarado. Concluyendo la corrida con el / TORO EMBOLADO de costumbre.

En seguida aparecerá vistosísimamente iluminado el interior de la Plaza y tendrán lugar unos magníficos / FUEGOS / DE ARTIFICIO, / dispuestos con todo esmero y gusto por especial recomendación que se ha hecho al hábil pirotécnico mexicano, que ha ejecutado los que con tanto agrado ha visto el público en otras varias funciones.

MARTES 24 / Como en la corrida anterior, se ha dispuesto que en la de este día, comience jugándose / CUATRO ARROGANTES TOROS / de la tantas veces recomendada justamente Raza de Atenco, y en seguida se presentarán los / DIABLOS EN ZANCOS / a jugar un valiente / TORETE DE ATENCO, / el que también será lidiado por la intrépida aficionada / ÁNGELA AMAYA, / que por segunda vez se presentará en esta plaza, y ejecutará las tres suertes, de / PICAR, BANDERILLAR Y MATAR, / con la serenidad y valor de que ha dado pruebas. / De nuevo aparecerá la cuadrilla toda en / TRAGE DE MÁSCARA, / y lidiará los otros / DOS TOROS / de la corrida, repitiéndose en uno de ellos, la difícil y arriesgada suerte de / BANDERILLAR A CABALLO, / por otro aficionado vestido igualmente de máscara; terminando la función con el / TORO EMBOLADO / para los aficionados.

TIP. DE M. MURGUÍA                                            Manuel Gaviño.

CONTINUARÁ.

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LA SUERTE DEL “ESQUELETO” TORERO QUE DEVINO LA DE “DON TANCREDO”.

ANTIGUAS SUERTES MEXICANAS DEL TOREO, O REMINISCENCIA DE OTRAS QUE YA NO SE PRACTICAN. (I).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En otras ocasiones me he ocupado del tema y así es como quedaron elaboradas esas notas:

DON TANCREDO1

C.B. WAITE, fotógrafo. Procedencia: Archivo General de la Nación.

Plaza “México” de la Piedad (entre 1902 y 1903).

   Cuando se contempla entre admirado y sorprendido la ya desaparecida suerte de “Don Tancredo”, también es preciso confesar que pervive y ya no tanto en el ruedo. Es común entre los políticos y gentes de esta o aquella ralea. Por lo menos lo practican, y muy bien todos aquellos que hacen del “quietismo” su mejor postura, como de estatua, incólumes, pero también descarados.

   Se ha hecho costumbre atribuir tan curioso “entreacto” al español Tancredo López, que la popularizó apenas comenzaba el siglo XX. Aquí en México, desde luego tuvo sus imitadores. Pero por otro lado se desconocen orígenes más remotos, los cuales pueden encontrarse en viejos apuntes, sobre todo los que pergueñó Carlos Cuesta Baquero y que es a quien acudo para resolver el enigma.

   Resulta que Roque Solares Tacubac, anagrama de don Carlos, se remonta hasta 1868, año en que José María Vázquez, a quien en el extranjero conocieron como “El Mexicano”, practicó con frecuencia una arriesgada suerte que consistía “en vestirse con una pijama de color blanco y listas negras, simulando los costillares y otros huesos; así disfrazado (¿?), pararse en un sitio del redondel, esperaba impávidamente la acometida del toro”.

   Fue en la plaza de toros de Orizaba donde se le vio con frecuencia “guardar completa inmovilidad”, lo que se convirtió en el principal secreto para ejecutarla. “El disfraz de esqueleto solamente era teatralería para impresionar”. Aunque todo parece indicar que no utilizaba ningún pedestal sino que pisando ruedo firme, se apostaba a cuerpo limpio, al punto que cesaba todo ruido en la plaza y era, como decían los viejos cronistas de la conquista “cosa muy de ver…”

ESQUELETOS TOREROS1

Los esqueletos toreros.

Revista de Revistas. El semanario nacional, año XXVII, Nº 1439, 19 de diciembre de 1937.

   Para 1885 ya tenía imitadores, y uno de ellos fue Antonio González “El Orizabeño” que también lo practicó en su “patria chica” o “matria”. Dos años más tarde sorprendió a la afición de la ciudad de México. Pero “la negligencia o lo que haya sido, que tuvo “El Orizabeño”, causó que veintidós años después fuese considerada novedad la suerte nombrada Don Tancredo que en 1902 o 1903 surgió en los redondeles españoles como imaginada por un mediocre torero español de nombre y apellido Tancredo López. Este torero estuvo aquí. Vio lo que hacían, ya entonces no solamente El Orizabeño, sino otros (Francisco Lobato, Carlos Sánchez, Tomás Vieyra), se aprovechó y llevó a España una imitación no exacta, sino modificada.

   Y sigue apuntando Cuesta Baquero:

   EL ESQUELETO TORERO.-Entre los toreros mexicanos más antiguos, estuvo el tabasqueño José María Vázquez, al que por apodo nombraban “DON PEPE”. Tenía su feudo taurómaco en su estado natal, pero en el año 1868 –por necesidad, pues estuvieron prohibidas las corridas de toros por orden del Presidente Juárez- se hizo trotamundo y fue a Lima, en Sud América, toreando en la plaza de toros de “Acho”, con éxito rotundo. Los libros taurómacos elogian a “Don Pepe”, especialmente por “sus limpias estocadas a metisaca”. También dicen fue excelente banderillero.

   Al regresar de su triunfal expedición, prosiguió en su retraimiento provinciano. Únicamente de cuando en cuando iba a torear en las plazas de toros veracruzanas, preferentemente en la de Orizaba. Allí fue donde puso en práctica una “suerte” que había imaginado, nombrándola “El Esqueleto Torero”. Consistía en vestirse con una pijama de color blanco y listas negras, simulando los costillares y otros huesos; así disfrazado (¿?), pararse en un sitio del redondel, para impávidamente esperar la acometida del toro. “Don Pepe” tenía el conocimiento tauromáquico de que el toro no lo cornaría, si guardaba COMPLETA INMOVILIDAD. Ese era el “secreto” de la “suerte”: LA INMOVILIDAD. El disfraz de esqueleto, solamente era teatralería para impresionar.

   La inmovilidad absoluta, pero para guardarla tenía cerca la cornamenta del toro, precisa que el toreo posea muchos “perendengues” –según decía “Guerrita”- o muchos “riñones”, como dicen los actuales revisteros y aun algunas señoritas, quizá ignorantes de lo que en metáfora taurómaca significa la palabra “riñones”. “Don Pepe” demostró que los tenía de enormes dimensiones, porque hizo una, dos, tres y muchas veces su “suerte”, que de imaginaria fue realidad. “El Esqueleto Torero” fue admiración de los orizabeños y de los aficionados en otras ciudades veracruzanas. ¿En cuál fecha fue el prodigio taurómaco? Allá por el año 1881, “Don Pepe” ya tenía de edad unos cincuenta y cinco.

   Prontamente hubo quien imitara e hiciera la “suerte”. Fue un banderillero nombrado Antonio González y de apodo “El Orizabeño”, que entró en contienda artística con el novillero español Juan León “El Mestizo”.

   En 1885 arribó a Orizaba –luego de haber toreado en Veracruz- anunciando y haciendo el lance de “quebrar a cuerpo limpio” (sin banderillas) en el instante en que el toro salía del toril. Era lo que los portugueses nombran “a porta de gayola”. “El Esqueleto Torero” se encaró a la “suerte” hispana. No sé por cual impedimento, el banderillero orizabense Antonio González dejó de hacer inmediata explotación de su habilidad, no presentándola en los cosos poco tiempo después, sino en 1887, en el Distrito Federal, en la ciudad de México.

   La negligencia o lo que haya sido, que tuvo “El Orizabeño”, causó que veinte y dos años después fuese considerada novedad la “suerte” nombrada “Don Tancredo” que en 1902 o 1903 surgió en los redondeles españoles, como imaginada por un mediocre torero español de nombre y apellido Tancredo López. Este torero estuvo aquí. Vio lo que hacían, ya entonces no solamente “El Orizabeño” sino otro (Francisco Lobato, Carlos Sánchez, Tomás Vieyra), se aprovechó y llevó a España una imitación no exacta, sino modificada.

   Las modificaciones que introdujo el español Tancredo López, fueron tres: una, sin significación taurómaca aparente, fue sustituir el terrorífico disfraz de esqueleto por uno que tiene agradable vistosidad; otra, que tiene importancia taurómaca, fue encaramarse en un pedestal de altura de metro y medio, que constituye una defensa, para que en caso de acometida, el toro aseste la cornada, no al “Tancredo”, sino al pedestal (los mexicanos estaban sin peanas, en pie sobre el suelo); y la tercera modificación, que tiene también importancia taurómaca, fue situarse frente a la puerta de toriles, para hacer la “suerte” inmediatamente que el toro sale. En esos instantes no tiene en la acometida igual certeza que después, cuando ya está “asentado” (los mexicanos se situaban en cualquier sitio del ruedo y ya cuando el toro estaba “asentado”).

   Es innegable que Tancredo López fue un valiente, merecedor de aquel decir: “en su vida tuvo miedo”. Pero demostró inteligencia para disminuir el peligro de la “suerte”, que es más riesgosa al modo como la imaginó “Don Pepe” y ya practicaban sus imitadores, que fueron tan numerosos que el “esqueleto torero” se transformó en un cementerio porque había a la vez tres o cuatro, en lo que anunciaba con el nombre de “Panteón Taurómaco de Don Juan Tenorio”[1].

CARLOS CUESTA BAQUERO

Carlos Cuesta Baquero, el médico.

Roque Solares Tacubac, el periodista taurino.

   Hasta aquí el autor de la “Historia de la Tauromaquia en el Distrito Federal”, edición fallida y que se quedó en el curioso número de volumen y medio (ya tendré oportunidad de contarles un día lo que no sólo es una anécdota. Fue, para el Dr. Cuesta una amarga experiencia editorial). Como lo refiere, la autoría es auténticamente nacional, pero los derechos de autor fueron españoles.

   Lo decía al principio de estas breves notas: suerte hoy día en desuso en los ruedos, pero harto sobada entre políticos y otros paladines y aprendices que pululan en los bajos fondos de tan devaluada forma de ejercer un cargo público. ¿O me equivoco?

   Y este otro material:

DE JOSÉ MARÍA VÁZQUEZ, PASANDO POR ANTONIO GONZÁLEZ, HASTA LLEGAR A TANCREDO LÓPEZ, LA SUERTE SE CONVIRTIÓ EN EL “TANCREDO”.

   Esqueletos toreros, figuras vivas, pero inertes, se plantan frente a un toro, cruzados de manos, mostrando osamentas ilustradas en traje hecho a propósito para lucir el valor, enfrentando la ciega embestida de furioso toro apenas salido de los chiqueros. Se dice que fue “El Orizabeño” (en realidad, el primero, y como lo veremos en notas adjuntas de Carlos Cuesta Baquero, se trataba de José María Vázquez) quien la puso en práctica allá, al finalizar el siglo XIX y que luego siguieron haciéndola émulos del diestro veracruzano. Este, poseía un cuerpo más bien delgado, propicio para vestir más adecuadamente ese peculiar traje.

   Ya sabemos que se ganó el aplauso popular yendo en solitario. Pero también lo hizo acompañado de uno más, en escena arrancada del “Juan Tenorio” de José Zorrilla. Es probable que de este cuadro se hiciera otro similar que luego, un torero español de nombre Tancredo López vio posible ejecutar en su país, con tan buena suerte que pronto fue conocida como la suerte del “Tancredo”, esa que denostaba José Bergamín al respecto del “quietismo” del pueblo español.

   Gracias al “Orizabeño” o, a “Don Pepe”, la suerte del “Tancredo” fue posible, a pesar de que no se reconozca el mérito de ser de origen mexicana. El de Veracruz se perdió sin quedar rastro alguno. Tancredo López –por el contrario-, supo explotar maravillosamente ese suerte a la que vistió de blanco –de los pies a la cabeza-, montándose en un pedestal, soportando con valor los riesgos que implicaba un movimiento extraño y la embestida furiosa lanzándole probablemente por allá, a menos que fuera tanta la quietud que el toro pasara de largo, enterándose apenas de aquel intruso que luego se retiraba airoso, sano y salvo, recogiendo las palmas de los entusiastas aficionados.

   Pues bien, todavía en la revisión que fue hecha a la emblemática publicación española Sol y Sombra, año V, Madrid, 30 de mayo de 1901, N° 221, p. 12-13, aún tenemos otros interesantes datos, aportados por Carlos Quiroz “Monosabio”, a partir de la evocación que, como apunta hizo un “colega”.

DE ALLENDE LOS MARES

Corrida efectuada en México el 10 de Marzo (de 1901).

El atractivo para esta corrida era la presentación del joven Ricardo Leal, que “haría de D. Tancredo” ante uno de los seis toros de Parangueo, de cuya suerte suprema estaban encargados Eduardo Leal “Llaverito”, y Antonio Ortiz “Morito”.

   La suerte –“ú”- lo que sea “en sí” no tiene gran chiste; aquí la tomamos a guasa, porque no se puede tomar de otro modo.

   Esta suerte (¡!) ya era conocida por los antiguos aficionados; por aquellos que se deleitaban con las proezas de Ponciano y Compañía. El mismo D. Tancredo confiesa que la aprendió de un mexicano.

   Oigamos cómo cuenta la historia de esta suerte un colega:

   Entre los toreros del país descollaba entonces, por su valor y no escasos conocimientos, Antonio González que fue muy aplaudido y en la que tuvo terrible cogida en la plaza de Tlalnepantla; cogida que en nada entibió su afición por el arte que inmortalizó a “Lagartijo” y “Frascuelo”.

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El espada mexicano don José Vázquez y sus dos discípulos “El Orizabeño” y Francisco Lobato, haciendo “El Panteón de Don Juan Tenorio”.

Fuente: El Universal Taurino. Tomo IV. México, D.F., martes 2 de octubre de 1923, Nº 103.

   A más de esto, Natura le obsequió con una gran predilección por las pantomimas y mojigangas.

   Se le ocurrió hacer de estatua y burlar toros.

   Entonces no era sólo la estatua del Comendador la que aparecía sobre la “candente” arena; era todo el panteón del Tenorio.

   Cinco ganapanes, a la hora crítica, saltaban al redondel vestidos de esqueletos; bailaban primero una danza macabra, escogían sus lugarcitos, y hételes ahí de estatuas sin pedestales.

   El toro franqueaba la puerta de los sustos, arrancaba con ímpetu, y al acercarse a los fantasmas cada uno de estos se convertía en un Ciutti, conteniendo la “jinda” a duras penas.

   Los esqueletos salían bien librados, y en señal de regocijo bailaban otra danza; cogían capotes y lidiaban al bicho. ¡Y era de ver los revolcones que sufrían el Comendador, la inocente Da Inés y el arrogante D. Luis Mejía!

   En cuanto al “Orizabeño”, desengañado de la vida, ha cambiado la azarosa del redondel por la del pacífico comerciante, y actualmente tiene un puesto de ropa en el mercado de San Juan.

   Aún falta conocer lo ocurrido con Ricardo Leal…

Veamos lo que esta tarde hizo el joven gaditano Ricardo Leal, que, vistiendo el albo traje del intransigente D. Gonzalo, salió a lucir sus “bellas” formas.

   Abierta la puerta del toril, apareció el quinto, de bonita lámina, grande y abierto de cuerna. Al salir al ruedo, tropezó su vista con una figura extraña, y acercándose pausadamente, acometió al bulto, sesgándose un poco y tropezando con un cuerno en la pierna izquierda del Comendador de marras, haciendo a este perder el equilibrio.

SOL y SOMBRA_221_p. 13

Sol y Sombra, año V, Madrid, 30 de mayo de 1901, N° 221, p. 12.

   Al público le agradó la guasita y en el toro siguiente pidió la repetición, a la que accedió gustoso D. Ricardo, y subiéndose en el pedestal esperó a que el toro lo hiciese cisco, y poco faltó para eso.

   Este no fue como el anterior, que se conformó con “testerear” a la estatua, sino que acercándose paso a paso, llegó y tiró tres derrotes al pedestal, dando lugar a que Leal demostrase el dominio que tiene sobre sus nervios. Este toro fue vuelto al corral por “bravo”, y en el sustituto también querían “Tancredo”, y Leal estaba dispuesto a encaramarse en el pedestal; pero los aficionados sensatos no lo permitieron.

   “Sería mucha capilla para un fusilamiento”.

   Luego, con el paso de los años, también es posible encontrarse otros registros, donde se realizó la suerte de “Don Tancredo” que, a lo que se ve, fue de origen netamente mexicano.

-PLAZA DE TOROS DE CHICONAUTLA, EDO. DE MÉXICO.

Lunes 15 de septiembre de 1924.

4 toros de Jaltenco.

Matadores: Edmundo Lavín y Guillermo Rosas “El Carbonero”. Ignacio Isunza hará la difícil suerte de DON TANCREDO.

-PLAZA DE TOROS “EL TOREO”, D.F.

Martes 28 de febrero de 1933, a las 8:30 p.m.

¡CARNAVAL! Grandioso Festival Taurino en Homenaje al Torero Mexicano, que al fin se ha impuesto por su arte, dominio y valor.

6 toretes de: Guadalupe, fracción de San Mateo.

Matadores: Fermín Espinosa “Armillita chico”, Heriberto García, Alberto Balderas, Jesús Solórzano, David Liceaga y Luciano Contreras.

   Terminada la parte anterior del festejo, y como un homenaje a los fundadores del toreo en México, PONCIANO DÍAZ y LINO ZAMORA se correrán dos toros por los mejores sorteadores de reses bravas y expertos en el arte de bien torear, empleándose las suertes del toreo creadas en 1870.

   Capitanes de las cuadrillas de a pie, Ponciano Díaz y Lino Zamora, interpretados por los valientes novilleros mexicanos: Enrique Laison y Angel García, acompañados de sus peones de confianza y rehileteros Carlos López “El Manchado” y Félix Basauri, que sustituirá al capitán que caiga herido o lastimado por las fieras, interpretados por los buenos banderilleros mexicanos Rosario Salazar y Antonio García, quienes ejecutarán aclamados por las Bandas de música las difíciles y “arriesgadas” suertes de SALTO A LA GARROCHA, SALTO AL TRASCUERNO, SALTO A LA MARTINCHO, BANDERILLAS CON LA BOCA, SALTO A TOPA CARNERO y toda clase de capeos y fantasías con la muleta y el cuerpo. Sin faltar EL LOCO DE LOS TOROS que “andará” en los tendidos y bajará al ruedo a torear en competencia con los toreros de profesión y LAS MÁSCARAS TORERAS. Antes de la corrida llegarán las REINAS DEL CARNAVAL con las princesas de la alegría y el Rey Feo. Todas las estudiantinas, comparsas del comercio, la Banca, los Estudiantes, el Ejército, los Artistas Teatrales y las comparsas de particulares con disfraces de capricho. A su llegada, grandes combates de flores, serpentinas y confeti. Partirá plaza GUADALUPE LA CHINACA Y SU ESCOLTA DE RANCHEROS y 100 charros luciendo los trajes regionales de cada punto del país, harán evoluciones en el ruedo. Tres bandas alegrarán el espectáculo. Habrá tres premios para las comparsas mejor presentadas y otro para la estudiantina que toque, cante y baile mejor.

   Los servicios en los toros a la mexicana serán de acuerdo con la costumbre en el año cristiano de 1870; las banderillas serán de combinación y al “pegarlas” a los toros lanzarán palomas y regalos.

   El primer Tancredo en el mundo fue hecho en México y aquí lo hará Rosario Salazar, usando el barril del agua milagrosa. Los picadores usarán la ropa de la época y “alanzarán” (sic) a los toros “a la mexicana”, valientemente y sin más defensas que su habilidad de caballistas y su hombría. El público conocerá en esta última parte de la corrida la muerte de los toros con la puntilla a la “ballestilla” y el histórico metisaca de Ponciano Díaz, el rival de Mazzantini.

   Las músicas tocarán los sones de moda en la época de Ponciano y la banda de los “trompas de hule”, la marcha “Ora Ponciano! y “Saquen al toro, saquen al toro”.

MUY IMPORTANTE: Las fiestas populares de Carnaval empezarán en Chapultepec y continuarán en las calles de la ciudad. Durante las horas que se celebre este festival no habrá festejo de ninguna clase en otra parte.

-PLAZA DE TOROS “EL TOREO”, D.F.

Jueves 27 de marzo de 1941, a las 9 p.m. La plaza convertida en una ascua monumental.

6 ejemplares de Gerónimo Merchán.

Presentación de la rejoneadora Conchita Cintrón.

Matadores: Armillita, Solórzano, Lorenzo Garza, Silverio y Andrés Blando.

La suerte de don Tancredo por el valiente diestro Carlos Suárez, y por única y primera vez, la sensación taurina: DON TANCREDO DE GAS NEÓN, por el Espontáneo 1941 con traje iluminado y la plaza oscura. Acto impresionante.

-PLAZA DE TOROS “PIEDRAS NEGRAS”, COAH.

Domingo 7 de marzo de 1943.

Grandioso y único acontecimiento taurino que no se ha presentado al público desde hace más de 30 años: ¨DON TANCREDO” ejecutado por Feliciano Villarreal “El Marinero”. Además: Angel Isunza (doble de Tyrone Power). Habrá un toro bravo con un saco de dinero para los valientes que quieran torearlo en el ruedo.

   Seguramente dicha representación estuvo incluida en la puesta en escena de los “Cuatro siglos del Toreo en México”, encabezada por Edmundo Zepeda “El Brujo”, entre 1955 y 1966.


[1] Revista de Revistas. El semanario nacional. Director: Roque Armando Sosa Ferreyro. Año XXVII, Nº 1439. 19 de diciembre de 1937.

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