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UN LENTO AVANCE DEL TOREO MEXICANO DECIMONÓNICO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Portada del libro TOROS y TOREROS en 1927, de Tomás Orts Ramos “Uno al sesgo”.

   Entre los saberes con que contaba aquella pequeña comunidad de la tauromaquia mexicana, al comenzar el siglo XIX, estaba el conocimiento que tendrían en actividades rurales, lo cual debe haber permitido un acceso natural a espectáculos urbanos, creando con ello un desempeño impecable en suertes, lo mismo a pie que a caballo. Estas deben haberse configurado con el toque de riesgo, habilidad, espontaneidad y demás posibilidades para estimular la capacidad de asombro entre los asistentes a los innumerables festejos que se presentaron en plazas como Chapultepec, San Antonio Abad, Santa Isabel, Santiago Tlatelolco, San Sebastián, Jamaica, la de los Pelos, Lagunilla, Tarasquillo, Don Toribio, Villamil, San Pablo, el Volador, Necatitlán, la del Boliche, de la Alameda o la Plaza Nacional.

Es de lamentar que la escasa prensa de la época sólo permitiera pequeñas inserciones de algunas corridas, como lo es también la inexistente literatura, y los carteles, así como la iconografía, de ahí que esos años queden en una tremenda oscuridad. No hay tampoco entre los viajeros extranjeros de aquella época una cita, una referencia, por lo tanto: ¿qué estaba pasando en el toreo?

Con la presencia de hasta 17 plazas de toros en la ciudad de México, es de esperarse una actividad permanente, contando para ello con diversos pretextos para celebrar, contratar toreros, adquirir ganados. Es decir, todo estaba garantizado.

Durante el último tercio del siglo XVIII, la figura central era Tomás Venegas “El Gachupín toreador”, dejando una estela que otros debieron seguir. Así que con esa referencia, debió haber suficiente motivo para encontrar continuidad, pero el camino se oscurece y no encontramos nada en especial. ¿Qué pasaba entonces?

Ni la Pragmática-Sanción de Carlos IV que impedía la celebración de festejos taurinos en España y sus colonias (1804), ni la presencia del virrey Félix Berenguer de Marquina (1800-1803), antitaurino declarado (los que siguieron hasta 1823 con el Trienio liberal, cuyo último jefe político superior fue Francisco Lemaur de la Miraire, ninguno de ellos dio muestras de rechazo), fueron razón suficiente para que de este lado del mundo dejaran de darse festejos. En todo caso, la frecuencia con que se desarrollaron, una posible monotonía en su contenido, la no presencia de figuras notables, y solo representada en aquellos héroes anónimos apunta a ser la respuesta.

Extraña que la literatura tampoco se ocupe del asunto. Tuvo que aparecer en escena José Joaquín Fernández de Lizardi y poco tiempo después Carlos María de Bustamante para ser los encargados de un sistemático rechazo, inflamado todavía por las ideas ilustradas que imperaban y donde al menos tres impresos daban razón a estos célebres autores. Me refiero en principio a la Segunda parte de los soñados regocijos de la Puebla (de la que me ocuparé más adelante), Pan y Toros, El mexicano, enemigo del abuso más seductor y Oprobio de la humanidad y de nuestra ilustración. Epístola a un amigo, esta salida de la Oficina de María Betancourt en 1821. Se trataba de una obra en verso que desaprobaba las corridas de toros por ser un espectáculo que corrompía las buenas costumbres, desataba las más bajas pasiones y enajenaba a la sociedad, así sin más.

La vida cotidiana no pudo quedar reducida a la nada, fueron años en que poco a poco se incentivó el anhelo largamente acariciado de libertad siendo esta suficiente razón para que la sociedad se mostrara inquieta, relajada.

Sin embargo, tenemos que acercarnos más, para conocer que ciertas prácticas, como las ocurridas en el teatro, daban señas muy claras de decadencia, de un repetir las obras con repartos que cada vez se desmantelaban más porque no tenían auténticos actores en escena, sino improvisados, sumando a ello las constantes protestas de los asistentes por tan señaladas deficiencias (a pesar de que el catálogo de obras representadas era amplio y de que los empresarios buscaban nuevas versiones; querían actualizarse), así como por una pesada reglamentación. Y esto es resultado del férreo control habido para con esa diversión. Pues algo parecido sucedía entonces en los toros.

El afrancesamiento de que se impregnó el siglo de las luces fue extremo, hasta en el arte. La riqueza y abundancia del barroco de las iglesias quedó aniquilado para que se impusiera la austeridad del neoclásico.

La capacidad económica de la Nueva España apoyaba al reino español que enfrentaba diversos conflictos militares con el envío de las extracciones que, en oro y plata salían de las diversas minas de este territorio, de ahí que se respaldara el sistema hacendario. Había pasado ya el triste episodio de la expulsión de los jesuitas en 1767 y a esto se sumó la enajenación de los bienes de la iglesia entre otros incentivos en algo que podría pensarse como el tránsito de un periodo estable. Si esto generó elementos activos o reactivos en la sociedad, la respuesta puede apreciarse en la mala, pésima calidad de los espectáculos, lo que con toda seguridad, representaba el abandono de sus seguidores y tal comportamiento se dio más en el espacio urbano, lo que por nada impedía el desarrollo espontáneo y natural que seguía registrando el rural.

Con la debilidad política y militar que iba mostrando España, cada vez era menos posible seguirla considerando como enlace o asidero, y en todo caso era, al comenzar el siglo XIX, momento propicio para que aquel relajamiento de las costumbres y las ideas, se materializara en alguna revuelta donde su principal elemento, el pueblo -y este concepto representado en diversas escalas como la de las castas-, fuese el principal polvorín de la causa.

No olvidemos tampoco que ante toda esta vigilancia y administración, reforzada por una ya decadente Inquisición, esto generó desinterés entre los principales seguidores de aquellos espectáculos. Tampoco, y por lo menos entre 1805 y 1809 se tiene registro alguno de festejo en la capital del virreinato.

Y claro, cuando ya era manifiesto que el pueblo hiciera suyo el espectáculo, la nueva expresión del toreo de a pie aún no se encontraba delineada en los términos como hoy día se practican, con lo que se agrega otro ingrediente a la larga lista en aquellos tiempos.

Sobre la Segunda parte de los soñados regocijos de la Puebla (1785).

    Para entender este manuscrito, es necesario remitirse a un primer escenario sobre el férreo control que impuso la iglesia, y esto a partir de lo en 1645 ya señalaba el obispo Palafox de Mendoza:

Las comedias son la peste de la república, el fuego de la virtud, el cebo de la sensualidad, el tribunal del demonio, el consistorio del vicio, el seminario de los pecados más escandalosos (…) ¿Qué cosa hay allí que sea de piedad y religión? ¡Ver hombres enamorando, mujeres engañadas, perversos aconsejando y disponiendo pecados!

Ciento cuarenta años después, Poderoso y Tejocote que son los personajes en dicha obra, recuerdan que esta fue dedicada a la erección del Hospicio de Pobres en Puebla en 1784. Ya entrados en diálogo, se acercan a platicar sobre toros y lo que plantean es un ambiente de tensión que seguía imponiendo no solo la iglesia, o los decretos y otras ordenes por parte de la corona, sino el estado de temor que seguía imponiendo la Inquisición, aparato represor activo, listo a intervenir en detenciones ante cualquier caso que incrementaba la lista de delatados.

Frente a una situación así, es claro que el pueblo tenía que responder en forma absolutamente relajada lo que rompe poco a poco con aquel “prohibido prohibir” impuesto a raja tabla, pero el daño estaba hecho, como ya se dijo.

Los personajes argumentan con muy buenas referencias cómo una bula papal De salute gregis dominici expedida por S. Pío V ordenaba la ex comunión. Habiendo sido atenuada, entonces el cargo impuesto era homicidio voluntario. Decretos, medidas, edictos y otros instrumentos emitidos por la corona y respaldados tajantemente por los virreyes se impusieron también. La medida más notoria –de 1805 a 1809- se sumó al estado de cosas. Un año más tarde, estalla el movimiento independiente y se mantiene, en forma intermitente hasta 1821. Lo anterior no daba muchas condiciones para celebrar festejos tan notorios, de acuerdo a lo que la costumbre iba estableciendo. Fue necesaria la estabilización para recuperar el paso, situación que habría de alcanzarse entrada ya la tercera década del XIX.

Funcionaban por entonces la plaza Nacional de Toros, Necatitlán, la del Boliche y la Alameda. Toros, habría habido una buena cantidad disponible, proveniente de diversas unidades de producción agrícola y ganadera, como fue el caso de Atenco, por ejemplo.

Veamos finalmente la dinámica de esta hacienda ganadera y algunas más, que enviaron toros a la capital y otras provincias.

1824: Plaza Nacional de Toros.-Los toros que se lidiarán (en el curso de febrero, son) de la conocida y distinguida raza de Atengo (Atenco). México, 25 de enero de 1824.

Cartel: PLAZA NACIONAL DE TOROS. Domingo 15 de agosto de 1824 (SI EL TIEMPO LO PERMITE). La empresa, deseando tomar parte en los justos regocijos por los felices acontecimientos de Guadalajara, no menos que en la debida celebridad del EXMO. Sr. D. NICOLÁS BRAVO, a cuya política y acierto se han debido, determina en la tarde de este día una sobresaliente corrida, en la que se lidiarán ocho escogidos toros de la acreditada raza de Atenco, incluso el embolado, con que dará fin.

Carlos María de Bustamante: Diario Histórico de México. 1822-1848. 9 de mayo de 1825

 (Horrible calor) Esta mañana, a las tres, se anunció por la campana mayor de Catedral el horrible fuego que apareció en la plaza de Toros, que la ha reducido a pavezas;

Martes 10 de mayo de 1825. (Verano hermosísimo) Mucho da qué decir y pensar el incendio de la plaza de Toros (la de San Pablo) donde el empresario “tenía contratada una gruesa partida de toros para lidiar al precio de 50 pesos al administrador de Santiago Calimaya, de los famosos toros de Atengo”.

1826: PLAZA DE TOROS EN TENANCINGO, MÉX. Nos dice EL SOL, D.F., del 20 de diciembre:

En el pueblo de Tenancingo se van a lidiar en la próxima pascua tres corridas de toros superiores de Atengo (Atenco), en plaza formal y por toreros bien inteligentes; asimismo treinta tapados de treinta pesos con sus mochilleres (sic) de a cincuenta: la que se noticia a las personas que gusten ir a divertirse.

1827: Carlos María de Bustamante: Diario Histórico de México. 1822-1848. Octubre de 1827:

Señores editores: Habiendo pasado la estación de las aguas, ha vuelto a comenzar la diversión de toros en Necatitlán. En los dos días últimos se ha lidiado excelente ganado que entiendo es de la hacienda de la Cañada, cuya raza según he visto no excede en belleza, agilidad y bravura a la de Atenco. Sería bueno que los empresarios anunciaran siempre al público de donde son los toros que le van a presentar, y consultando a sus intereses se les recomienda que no den ganado más que de Atenco o la Cañada y no compren por una economía mal entendida de aquellos partideños que solían echar a la plaza el año pasado.

Es de ustedes afectísimo servidor. L. M.

1829: Atenco fue considerada abiertamente la “Hacienda Principal” a partir de 1829. Tuvo como anexas las haciendas de San Antonio, Zazacuala, Tepemajalco, San Agustín, Santiaguito, Cuautenango, San Joaquín así como la vaquería de Santa María y los ranchos de San José, Los Molinos y Santa María. Antes, cada hacienda tenía un administrador; desde ese año habría un sólo administrador para todas y, a lo largo del siglo XIX, diferentes individuos ocuparon ese puesto.

También desde 1829 “La Principal” se dedicó únicamente a la ganadería, que desarrollaba en los siguientes potreros: Bolsa de las Trancas, Bolsa de Agua Blanca, Puentecillas, Salitre, Tomate, Tiradero, Tejocote, Tulito, San Gaspar y La Loma. Las demás haciendas sólo tenían los animales necesarios para la labranza y para el transporte de los productos.

1830: Sr. Coronel D. Antonio de Ycaza. Atenco, octubre 26/830 (Documento manuscrito):

(…) En cuanto á que ha parecido al muy corto el número de Becerraje, herrado en los días 11 y 12 del corriente, que fueron 258 cabezas, solo diré a V. que estas son las que hay, escepto diez cabezas que por estar demasiadamente flacas sin herrarse, y si se lograre que se reformen, se herraran y de ello daré a V. parte, pues de los que se recibieron como estaban las vacas picadas de enfermedad murieron algunas de ellas y de consiguiente las crías, y a más de estas otras que en razón de lo expuesto perecieron.

1833: PLAZA DE TOROS DE LA ALAMEDA.-La próxima Pascua (7 de abril) comenzará sin variación alguna la nueva temporada de toros para la que se ha recibido una remesa de las haciendas de Sajay, La Cueva y los Molinos, a toda prueba buena, escogida y que difícilmente se mejora. Las diversiones dispuestas para dicha Pascua en las tres corridas de once que habrá, podrán verse en el cartel y anuncios de estilo que se fijarán el sábado”. (El Telégrafo, Nº 86 del sábado 6 de abril de 1833).

Mencionados los toros de …los Molinos, esta referencia no puede ser más que para aquellos toros venidos de una de las fracciones o estancias de la hacienda de Atenco, denominada Molinos de los Caballeros, ubicada actualmente en el Municipio de Epitacio Huerta (en el Estado de Michoacán de Ocampo),

Domingo de Pascua, 7 de abril de 1833. (Mucho calor) Esta tarde se ha estrenado una magnífica plaza de toros en el barrio de San Pablo, construida de cuenta del coronel (Manuel de la) Barrera en el mismo lugar donde estaba la que se quemó el día que por desgracia llegó a Veracruz Mr. Poinsett. La concurrencia ha sido numerosísima y brillante con asistencia del vicepresidente Gómez Farías y el Ayuntamiento, pues dizque se hizo la función en celebridad de la instalación del Congreso y no en aumento y utilidad del bolsillo de Barrera. Excelentes caballos de los picadores, buenos arneses, pero mal ganado, sin embargo fueron despanzurrados dos caballos. También hubo toros en la plaza de Necatitlán y en la Alameda, he aquí una ciudad torera, que retrograda a la barbarie en vez de marchar a la ilustración gótica en el siglo XIX. El gobierno cree que así aleja las conspiraciones, como creen todos los tiranos cuando le hacen ruido al pueblo para que no piensen sobre su posición.

EL FÉNIX DE LA LIBERTAD, D.F., de abril de 1833: TOROS EN LA PLAZA DE LA ALAMEDA.

Con motivo de haberse esparcido varias especies tan infundadas como equívocas en orden a dicha plaza, atribuyéndolas gratuitamente, ya al gobierno, ya al empresario, se ha juzgado necesario para desengaño del público participarle que la próxima pascua verá comenzar sin variación alguna la nueva temporada de toros, de que se ha recibido una remesa de las haciendas de Sajay, la Cueva y los Molinos, a toda prueba buena y escogida, y que difícilmente se mejora, pudiéndose decir sin temor de errar, que puede competir con la que se le presente, lo que calificará y no podrá desmentir, el juicio imparcial y buen gusto de los inteligentes. Las diversiones dispuestas para dicha pascua en las tres corridas de once que habrá, podrán verse en el cartel y anuncios de estilo que se han fijado.

LA ANTORCHA, D.F., 7 de abril de 1833. TOROS. En la plaza de S. Pablo, en las tardes de estos tres días y en la de Necatitlán, hoy y mañana, de once; y pasado mañana en la tarde.

LA ANTORCHA, D.F., 9 de abril de 1833. TOROS. Esta tarde en las plazas de S. Pablo y Necatitlán.

LA ANTORCHA, D.F., 20 de abril de 1833. TOROS. Mañana en la tarde, en las plazas de S. Pablo, Necatitlán y Alameda.

LA ANTORCHA, D.F., 4 de mayo de 1833. TOROS. En la plaza de la Alameda, de once; y en la de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde.

LA ANTORCHA, D.F., 18 de mayo de 1833. TOROS MAÑANA. En la plaza de la Alameda de once, y en la de Necatitlán y S. Pablo en la tarde.

LA ANTORCHA, D.F., 25 de mayo de 1833. TOROS. En las plazas de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde; y en la Alameda de once.

OBRAS CONSULTADAS

José Pascal Buxó y Alicia Flores Ramos, UNA DEFENSA NOVOHISPANA DEL TEATRO (Segunda parte de los soñados regocijos de la Puebla). México, UNAM, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 2014. 155 p. (Fuentes para el estudio de la literatura novohispana, 6).

Flora Elena Sánchez Arreola, “La hacienda de Atenco y sus anexas en el siglo XIX. Estructura y organización”. Tesis de licenciatura. México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia. México, 1981. 167 p. Planos, grafcs.

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APRECIACIONES DEL TOREO DURANTE LA INDEPENDENCIA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Soldados y gente del pueblo, participando en acciones independentistas. Acuarela de Theubet de Beuchamp. Col. del autor.

Entre 1801 y 1820 solo se conoce el nombre de un puñado de toreros, que fueron a saber:

Ignacio Allende, el “torero Luna”, Antonio Rea, Pedro Escobar, Julio Monroy, José Luis Monroy, Guadalupe Granados, Basilio Quijón, Joaquín Rodríguez, José María Montesinos, José María Ríos, José Apolinario Villegas, Onofre Fragoso, el “Sordo” Cevallos, Dionisio Caballero “Pajitas” y Joaquín Roxas, todos ellos toreros de a pie. Entre los de a caballo se encontraban: Felipe Monroy, José Antonio Romero, José Legorreta, Gerónimo Meza, Rafael Monroy (a) Santa Gertrudis, Ramón Carrillo, Demetrio Salinas y Juan Andrés Gutiérrez. También se aprecia a los célebres hermanos ÁvilaLuis, José María y Sóstenes-, el “Loco” Ríos. No podían faltar Felipe Estrada, Vicente Soria, Miguel Girón, José Pichardo, de a pie. En las cabalgaduras: Xavier Tenorio, Ignacio Álvarez, Ramón Gándara y José Ma. Castillo o Praxedis… y hasta los “locos” Ríos, Tranquilino Moras, José Alzate y José Mata, lazadores como Mariano Estañón y Gumersindo Rodríguez.

Sin embargo, en lo que suponemos fueron años donde se desarrollaron buena cantidad de festejos, además de no contar con carteles que nos aporten información, la prensa de aquel entonces simple y sencillamente no registra un solo nombre, de ahí que se tenga la sospecha en un nutrido grupo de personajes cuya reputación quizá no haya sido suficiente motivo para anunciarles en las tiras publicitarias. De ese supuesto, encuentro en Noticias biográficas de INSURGENTES APODADOS, obra que recopilara el historiador zacatecano Elías Amador en 1910; largo catálogo que solo servirá para estimular la imaginación como veremos a continuación.

El Aguacero, Felipe Santiago.

El Aguador, Pedro Guzmán.

El Amo, José Antonio Torres.

El Arrierote, Pedro Rosas.

El Atolero, Andrés Pérez.

Botas, Máximo González.

Buen brazo o Brazo fuerte, Rafael Mendoza.

Cabo Leyton, Rafael Iriarte.

El Cadete, Bernardo Fuentes.

El Calero, José Atanasio Murcia.

Campoverde, Matías Enríquez.

Capitán Pepe, Cayetano Ramos.

La Capitana, Manuela Medina o Molina.

El Coyote, José Vigueras.

Los Cuates, Gervasio y Manuel Vázquez.

Curro el europeo, Francisco Fernández.

El Charro, Diego Tovar.

Chicharrón, José María Tovar.

Chile verde, Gregorio Sevilla.

Chito, José María Villagrán.

Huajes, José Salgado.

El Jiro, Andrés Delgado.

Lunar, Pedro Ameca.

El Meco, Leandro Rosales.

Los Monigotes, Antonio Quintero y Quirino Balderas.

El Negro, Pedro Rojas.

Negro Habanero, Francisco Valle.

El Pachón, Encarnación Ortiz.

Papatulla, Mariano Rodríguez.

Peseta, Antonio Castilleja.

La Pimpinela, Isabel Moreno.

Polvorilla, Vicente Enciso.

Salmerón, Tomás Baltierra.

Tata Gildo, Hermenegildo Galeana.

Teloloapam, Vicente Calderón.

De la obra se han extraído estos nombres, en el entendido de que más de alguno de los personajes, que todos se unieron al movimiento de independencia, también estuviesen realizando actividades a que quiero involucrarlos, sin tener idea precisa de ello. Ninguno de los referidos o cualquiera otro de los que aparecen en el mismo trabajo, figuran en alguna insinuación literaria o periodística de la época.

Sin embargo, hayan sido o no lo que se esperaría, el hecho es que por aquellos años, ante la consigna de una pronta y deseable emancipación, muchos otros pudieron dedicarse a las lides taurómacas en momentos significativos, además de propicios para mostrar sus habilidades, lo que por entonces no era propiamente un requisito, pues si bien las representaciones taurinas se organizaban siguiendo todavía los principios de fiestas solemnes o repentinas; el hecho es que hubo muchos sitios en que no faltaban. En todo caso, debió faltar una organización o formalismo entre aquellos dedicados de manera más formal y que además, contrataban sus servicios. Ese síntoma no era propiamente una garantía, lo cual permitió en poca medida que tanto festejo se celebrara, su anuncio en carteles o publicidad quedara reducido por falta de elementos con nombre y apellido que exaltar.

Luego entonces, recordemos que buena parte del repertorio novelesco del siglo XIX fue escrita a partir de bandidos, truhanes, bandoleros y demás referentes que solían estar presentes en una sociedad fracturada por razones como la deseable liberación de un incipiente estado-nación, así como por las condiciones económicas e inestables que se vivieron en aquella centuria. No en balde, El fistol del diablo, Los bandidos de Río Frío, Astucia o El Zarco, son las referencias literarias más persistentes que nos dejan ver ese estado de la cuestión. Es probable entonces que, de aquel repertorio de personajes y protagonistas de toda laya, hayan surgido otros tantos que fungieron como toreros aunque no fuesen precisamente con objeto de convertirse en figuras, cosa que sí consiguieron años más tarde, los propios hermanos Ávila, así como Bernardo Gaviño y Andrés Chávez, entre otros.

Por lo tanto, empresarios o asentistas no podían involucrarse tranquilamente con quienes mantuvieron aquella dinámica rebelde, cargada de un cúmulo importante de actos violentos, estimulados sobre todo, por la venganza. Sabemos que en el trazo de aquella ruta independentista encabezada por Miguel Hidalgo, la matanza y asesinato fueron común denominador, aplicadas a ricos propietarios españoles, con el consiguiente y desmedido saqueo. Tal medida se multiplicó debido a que al crecer el movimiento, otros cabecillas ubicados en diferentes espacios geográficos de la todavía colonia española, se movilizaron bajo el mismo esquema. Aún así, la que pudo ser una acción contundente por parte de su principal responsable para tomar el poder y control de la situación, se detuvo abruptamente en el monte de las Cruces, donde Hidalgo decidió no entrar triunfalmente a la ciudad de México. Sabía perfectamente que se enfrentaba a las fuerzas realistas encabezadas por el virrey Francisco Javier Venegas, mismas que fueron doblegadas gracias a la estrategia militar de Allende. Sin embargo, el destino marcó un giro inesperado y el desenlace se quedó en el aire.

El conocimiento que tendrían todos aquellos protagonistas, se debía en gran medida a su experiencia en el campo, como hábiles vaqueros o administradores cuyo contacto cotidiano con el ganado les habría permitido ser consumados jinetes o enfrentar a pie las peligrosas embestidas de toros. Ensoberbecidos entre los mismos grupos a que pertenecían, no duden ustedes sobre qué no harían en aportar diversas suertes que luego se pulimentaban en las plazas, como nutriente cíclico en el que se daba un relevante despliegue de lances siempre acompañados de su riesgosa exhibición. Y si bien, apenas unos años atrás estaban dadas las condiciones fijadas por un auténtico canon como el que fue la “Tauromaquia o arte de torear” que fijó, gracias a su experiencia José Delgado “Pepe Hillo”, es difícil pensar que los novohispanos siguieran a pie juntillas dichas pautas. Es probable sí, pues se trataba de encauzar el espectáculo por un ordenamiento, pero sobre todo por un conocimiento que hiciese de aquella manifestación algo más definido o depurado, en razón de que los de a pie estaban en absoluta libertad de decidir el nuevo destino del toreo.

Si de sutilezas se trata, no dudo entonces que aquellas nuevas recomendaciones poco a poco formaran parte de la práctica en diversos ruedos. Como ya se adelantaba, la presencia de Gaviño fue definitiva para que desde su radio de influencia, nuestro toreo cobrara forma, matizada por el colorido con el que contribuyeron infinidad de los de a pie y de a caballo.

¿Suertes improvisadas? Sí, en efecto y se trataba de la gran mayoría, pero no como agravante de aquello que ya se dictaba, sino de lo que cada quien, como intérprete, suponía era su mejor representación, así que no puede pensarse como deliberada forma de alterar, sino de afirmar en todo caso, la que con el tiempo se iba a convertir en la “mejor” de las versiones o interpretaciones. Es bueno recordar, por ejemplo, que la “verónica” alcanzó su más alto registro de depuración en manos de Francisco Vega de los Reyes “Gitanillo de Triana”, esto en el primer tercio del siglo XX, así que entre su versión y la de muchos otros, se trazaba un puente en el que se recomendaba permanentemente el propósito de su pureza.

De vuelta al que ha sido motivo de estas notas, es que no podemos olvidar las muchas circunstancias que debieron darse en aquellos años donde el anhelo de libertad primero, y luego ya obtenida esta, dieron al toreo un significado cuyo andar era –paso a paso-, el vivo reflejo de aquella ruptura. Nos dejaron esa herencia, pues entonces debemos mantenerla, sí, pero bajo nuestra propia razón de ser. Quizá con esa idea, los nuestros se involucraron en mantener viva aquella antigua manifestación que, en buena medida, significaba diversión más que otra cosa, hasta que a partir de la octava década del XIX, las cosas se definieron hasta el punto de alcanzar un auténtico sentido de lo profesional en el espectáculo.

Tampoco en la iconografía gozamos de un despliegue importante, lo que impide tener mejor panorama de las cosas. Sin embargo, con lo que se tiene a disposición, es más que suficiente para darnos una idea de lo que aquella efímera fascinación pudo haber provocado entre los asistentes o testigos de hazañas, no solo la de toreros con nombre, apellido y un alias que les identificara públicamente, sino de todo aquel otro conjunto que provenía directamente del anonimato y que fue, sin duda alguna, el que más contribuyó a elevar el toreo mexicano a cimas nunca antes alcanzadas.

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CABALLOS LOZANOS, BRAVOS, FIEROS…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Retrato ecuestre del virrey BERNARDO DE GÁLVEZ, por los frailes Jerónimo y Pablo de Jesús, Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec.

A lo largo del periodo virreinal, se celebraron no cientos, quizá miles de espectáculos taurinos que se convirtieron en la respuesta a fiestas solemnes o repentinas que solían ser el común denominador para conmemorar diversos acontecimientos.

El solo llamado a su puesta en escena, era un llamado para poner en marcha un complejo proceso de organización, en el cual se convocaba a los arquitectos quienes presentaban el proyecto del coso a montar, pensadas en disposiciones donde solían aprovechar el espacio de las plazas mayores, donde se levantaban ya cuadradas, rectangulares, ochavadas y en algunos casos elípticas. Se mandaban comprar los toros y todos los componentes que habrían de formar parte. Se contrataba a las cuadrillas –ya fuese a caballo o a pie- y así, durante varios días, las capitales o sus provincias contaban con aquel entretenimiento.

Sin embargo, ante lo ya advertido de que se trató de un número elevado de festejos, no quedan sino unas cuantas relaciones de fiestas, ya en verso o en prosa, que dan cuenta de aquello. Llama la atención que sean tan escasas, y esto es probable en la medida de su permanente presencia, lo que sin duda habría originado textos repetitivos, aún a pesar de que se convocara a los autores a presentar obras que luego eran premiadas y publicadas. Otro factor a considerar es el bajo índice de lectores, e incluso la monotonía misma. El hecho es que contamos apenas con lo suficiente para crearnos una idea sobre aquellos que despertaron verdadera conmoción y que hoy causan admiración por el estilo en que fueron concebidos. Una de ellas, escrita en 1621, rememora la “máscara que los artífices del gremio de la platería de México y devotos del glorioso San Isidro el Labrador de Madrid, hicieron en honra de su gloriosa beatificación (esto el 21 de enero), y que salió de la imprenta de Pedro Gutiérrez.

Lo que destaca ahí es la ostentación y ornamentación en la que fueron descritos algunos de los caballos que desfilaron. Ya en 1604, Bernardo de Balbuena en su Grandeza Mexicana, había realizado elogiosa descripción en tercetos que ahora pasan por aquí:

Los caballos lozanos, bravos, fieros;

soberbias casas, calles suntuosas;

jinetes mil en mano y pies ligeros.

 

Ricos jaeces de libreas costosas

de aljófar, perlas, oro y pedrería,

son en sus plazas ordinarias cosas.

 

Pues la destreza, gala y bizarría,

del medio jinete y su acicate,

en seda envuelto y varia plumería,

 

¿qué lengua habrá o pincel que le retrate

en aquel aire y gallardía ligera,

que a Marte imita en un feroz combate?

   Encabezaron aquel espectáculo diversos personajes que recreaban a “todos los caballeros andantes autores de los libros de caballerías, Don Belianís de Grecia, Palmerín de Oliva, el caballero del Febo, etc., yendo el último, como más moderno, Don Quijote de la Mancha, todos de justillo colorado, con lanzas, rodelas y cascos, en caballos famosos”, es decir que evocaban a quienes habían configurado la expresión más rigurosa de aquellas prácticas ecuestres. De pronto, apareció un segundo labrador “en un caballo rosillo, con sayo y caperuza de terciopelo azul, sembrado de espigas, él y la crin del caballo, con un bieldo al hombro, de cuyos ganchos pendía, escrita en letras góticas, una octava que declaraba el pensamiento de la máscara. Éste llevaba tras sí doce mancebos de traje y rostro guinea, y por armas, arcos y flechas, en doce caballos, vestidos de otras tantas pieles de toros con sus astas tan bien puestas que a la vista parecieron naturales toros, invención que pareció muy bien por ser cosa nunca vista en las Indias”.

Al final de esta breve descripción anota su autor que la máscara “Desta suerte anduvo las calles más principales de la ciudad, gobernándola cuatro generales, que para ello fueron señalados, en caballos ligeros, lucidísimos de adorno y vestido; llevaron los rostros cubiertos por la variación de los colores. Y demás destos iba otro descubierto, con calza y ropilla negra, sombrero negro con bizarras plumas, y bota blanca, en cuerpo, que por lo negro del traje, y ser el caballo blanco, pareció muy galán.” Esto refleja la notoria presencia de caballeros participantes como los hubo en otras fiestas en 1747, con motivo de la asunción del rey Fernando VI.

Me refiero a El Sol en León. Solemnes aplausos con quien el rey nuestro señor D. Fernando VI, Sol de las Españas, fue celebrado el día 22 de febrero del año de 1747 en que se proclamó su Magestad… por la Muy Noble y Muy Leal, Imperial Ciudad de México, escrita por José Mariano de Abarca y Valda y publicada por la imprenta de María de Ribera.

Encontramos, en justo momento la descripción relativa a

   El aderezo de los caballos [que] era diverso: la cuadrilla del señor Corregidor lo sacó de tela verde de plata, guarnecido con galones de plata de Milán; (…) Si bien todas las sillas eran iguales y cortadas al propósito, ni del todo bridas ni del todo vaqueras, con pretales guarnecidos de plata, cascabeles y florones también de plata de martillo y las mantillas o anqueras con sus higas y guarniciones de lo propio, las estriberas eran de lomo y las espuelas con rodajas grandes al uso de este reino, unas y otras plateadas a fuego, si no fueron las de los cuatro caudillos o guías, que eran de plata de martillo.

   Ya en la Plaza con sus padrinos, las cuadrillas se unieron en su centro, las cuatro con las necesarias evoluciones para incorporarse y llegar de frente todas a saludar a Su Excelencia el señor Virrey. Lo cual ejecutado, se fueron con grande orden separando de dos en dos, y dando círculo y medio a la Plaza, hicieron el paseo, quedando cada cuadrilla en la puerta fronteriza de aquella por donde entró; luego con otro medio círculo ejecutado al galope, se apoderaron de las cuadrillas de sus respectivas puertas.

   Desde ellas, en unos perfectos círculos, comenzaron un manejo o lucida escaramuza, en el que noblemente embargada la atención con la vista no acababa de admirar el primor y la destreza con que, mezclándose unas cuadrillas con otras, se unían en el centro de la Plaza y en sus ángulos se separaban, siempre variando de figura. Y habiendo hecho cada una de por sí, en el ángulo propio, su torno y reencuentro, lo repitieron en los tres de las demás, quedando todas en las puertas por donde hicieron la entrada.

   Como el manejo ejecutado duró mucho, cedieron a la fatiga los brutos, pero no los generosos bridones, y así, para proseguir sus lucimientos, tomaron las puertas con el fin de remudar los caballos. Y para que el alboroto no se interrumpiese, se promediaron los juegos con dos toros que se lidiaron, entrando a la parte de los regocijos no menos la razón, ajustando a su armonioso compás el métrico tropel de los caballos, que la brutalidad de las fieras, animando en cada amago de su coraje un peligro, y en cada bramido una muerte.

   Esto mismo se ejecutó los otros tres días de las carreras, y en el presente apenas había medido con su cuerpo el segundo toro la arena, forzado del violento impulso del rejón a exhalar por la boca de la herida, envuelto en humo y cólera, su bruto espíritu, cuando, despejada la Plaza y ardiendo la plata en los clarines, se hizo segunda llamada; y siguiendo el norte de sus acentos, las cuadrillas repitieron el circo, entrando cada cual por su respectiva puerta, y comenzando otro manejo, fueron con grande primor formando unos lazos. Cada cuadrilla los empezaba sobre su derecha, y torneando sobre su izquierda en el centro de la Plaza, iba a ocupar la esquina que dejaba libre la cuadrilla de mano derecha. Por eso, siendo cuatro las cuadrillas y otros tantos los lazos y tornos, vino a quedar en el último cada cuadrilla en el mismo puesto de donde había salido. Luego con gloriosa emulación de la coronada Villa de Madrid y de otras ciudades de Europa, se corrieron, como en sus plazas, alcancías, de dos en dos, expirando a la luz del primero día entre tantos brillos de nobleza y tantos resplandores de lealtad.

   Disputándole los lucimientos, amaneció el segundo. Cuando el sol con su decadencia da principio a la estación de la tarde, hecha al son de los clarines la llamada y concluido el paseo de los padrinos entraron por sus puertas las cuadrillas con otra distinta figura, e incorporándose con los padrinos en el centro de la plaza, la pasearon toda con mucho garbo y majestad, no siendo cosa inferior el denuedo y cortesanía con que saludaron a Su Excelencia y le pidieron facultad de proseguir estos festejos. Obtenida sin dificultad la licencia, se empezó un manejo que fue hacer cada cuadrilla un círculo en su esquina hasta los medios de sus ángulos. Sobre éste se formó otro de todas cuatro, que ocupaba toda la circunferencia de la plaza, siendo lucida corona de su recinto. Con esta figura dieron dos tornos al teatro; después se separaron, quedando puestas en dos alas y en esta forma hicieron una escaramuza de la una esquina a la otra contradictoria; de manera que, encontrándose en el centro de la plaza, se separaban para sobre el otro torno volverse a encontrar, y poderse atacar de frente sobre una y otra línea.

   Hechas cuatro escaramuzas en esta conformidad, volviendo a formar todas cuatro sobre un torno un círculo de todas, y separándose igualmente, quedó cada cual en su puerta. Después salieron a remudar los caballos, corriéndose en el entretanto dos toros. Poco tiempo duró esta diversión, porque, paladeados todos del primor y destreza de los caballeros, libraron en los toreadores el que se disminuyesen los plazos, cortando en breve con las vidas de los toros las demoras de los regocijos.

   Y así, apenas tomado las puertas cuando volvieron a entrar, haciendo inmediatamente otro manejo de tornos y parejas encontradas, de una a otra esquina. Luego se corrieron cañas y alcancías, y aunque tan generosos pechos, jamás fatigados en el servicio de su Monarca hubieran querido detenerse más en los obsequios de su nuevo Príncipe, se los estorbó la noche, que ya de pardas sombras iba a gran prisa cubriendo el horizonte, y así se retiraron, aliviando al dolor de fin de este día con la esperanza de la continuación del tercero.

   Este fue el martes veinte y uno del mismo mes… Se escucha la llamada de los clarineros, paseo de la plaza de los padrinos, y el pedimento de la venia al señor Virrey, las cuadrillas, desde el cuadro que correspondía a cada una formaron un airoso círculo acompañadas de los padrinos, que muraba todo el espacio de aquella galante campaña. Luego, separándose de ellos, todas en sus esquinas empezaron un lucido y vistoso torno mezclándose cada cuadrilla con su contraria y revolviéndose en los ángulos de la plaza y medios de los cuadros, entraban y salían unas con otras, bosquejando una pulida labor o rosa de ocho hojas, la cual perfecta, y todas las cuadrillas en su lugar correspondiente, repitieron desde él distintas escaramuzas de grande arte y lucimiento. Entretanto que después remudaban los caballos, hicieron paréntesis dos toros, el que brevemente cerró la segunda entrada de los caballeros quienes, para coronar su destreza, concluyeron la tarde corriendo sortijas en carrillos con listones.

   Las sortijas que se pusieron en dicho arco, fueron treinta y constaban de tres tiempos: el primero, la expresada sortija; el segundo, el ruido del carrillo; el tercero, tres varas de listón de varios colores que llevaban consigo las sortijas (…) Con esta diversión se dio fin a la tarde, quedando cada individuo de los que corrieron llenos de vítores y laureles, aunque con noble codicia de aumentar más coronas a sus sienes en el último día.

   No podía faltar un soneto, que sirviera como remate a aquella suntuosa descripción escrito por el Sr. Comisario D. Joseph Francisco de Cuevas, Aguirre y Espinosa que no podía ser más elogioso:

A LOS CABALLEROS MEXICANOS EN SU FUNCIÓN DE CARRERAS

 

Coger a Phebo brillos y luceros

No temen para Adornos, y vestidos,

Por superior planeta defendidos

De su enojo bizarros caballeros.

A Phaetonte no dudan lisonjeros

Enmendar los errores advertidos;

Y de Apolo Caballos bien regidos

Manejar sin peligro más ligeros.

Ascender a la Esfera Soberana

De el Hesperio FERNANDO, Sol que anhelan,

Con atención no excusan cortesana.

Y registrar sus rayos no recelan,

Que de el águila Regia Mexicana

Son Hijos, y no corren sino vuelan.

   Dos muestras, apenas dos de una múltiple cantidad de jornadas festivas que deberemos recrear con otros elementos, lo cual podría representar un ejercicio interesante entre estudiantes de literatura hispanoamericana, por ejemplo.

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EL AMBIENTE TAURINO EN 1831.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

La Alameda, emblemático espacio público, óleo del gran artista J. M. Rugendas en 1833.

   1831 se percibe como un año que registró una interesante actividad taurina, por lo menos en la ciudad de México. Sin embargo, recordemos que eran los tiempos en los cuales, dada la reciente emancipación, esto significó un profundo rechazo a toda influencia o presencia española, de ahí que la prensa respondiera indiferentemente. Sin embargo, hubo a lo largo del mismo una serie de circunstancias ventiladas sobre todo en El Sol (1821-1832) el cual se mostró siempre en oposición a Iturbide, de que desapareció en cuanto Iturbide mismo fue coronado como primer Emperador de México. Claro, El Sol volvió a brillar en cuanto cayó el efímero imperio, además de estar inmiscuido en los intereses de las logias masónicas de filiación escocesa. Su director fue el médico catalán Manuel Codorniú.

En varios “Comunicados” se percibe en forma elocuente pero farragosa el conflicto que pervivía por entonces, sobre todo entre quienes como empresarios, desempeñaban actividades no siempre afortunadas, según lo que podrán leer más adelante. Además, encontramos vicios y virtudes, el nombre de, al menos dos asentistas: un tal Cires y a Francisco Javier de Heras. Ni por casualidad aparece el nombre de Manuel de la Barrera, aunque en el fondo es quien hábilmente pudo haber manejado la situación a través de terceros. También aparece un torero, cuyos seudónimos: “Un torero de Necatitlán” o “segundo Pepe Hillo” nos hace entender que ese personaje acaparaba o monopolizaba cierta cantidad de espectáculos en la muy criticada administración de la plaza de toros del “Boliche”. O sobre la conveniencia o no de que siguieran funcionando plazas en aquel espacio urbano, sugiriendo que estas se levantaran fuera de la ciudad, dada la anarquía que se presentaba justo cuando llegaban los encierros o que, por su mal manejo no faltaba algún “torete” escapado. Veamos los interesantes comunicados de aquellos momentos.

 El Sol, del 15 de enero de 1831, p. 4. COMUNICADO.

Sres. editores de El Sol. Mis caros amigos: acabo de saber por un conducto fidedigno, que el empresario de la plaza de toros, ciudadano Francisco Javier de Heras, ha ejercitado en estos días su piadosa beneficencia, escogiendo los animales más grandes y gordos que se han lidiado en las últimas funciones para socorrer con ellos a los infelices de S. Lázaro, S. Hipólito, hospicio de Pobres, casa de mujeres dementes y presos de las cárceles.

Estos rasgos de generosidad presentados por una mano franca para lenizar las escaseces que comúnmente experimentan los establecimientos en que yace la humanidad afligida, exitan la mía a publicarlos aunque la resista, como creo, la modestia de tan apreciable bienhechor, siendo tanto más recomendables, cuanto que se me ha informado que en los azarosos días de la Acordada del mes de diciembre del año de 28 fue uno de los saqueados completamente, y que no le ha quedado otro recurso que la expresada plaza para atender las urgencias de su numerosa familia.

Al hacer notorios unos hechos que tanto conmueven mi sensibilidad, no puedo menos de tributar al ciudadano Heras, las efusiones de la más tierna gratitud que sinceramente le prodigan los socorridos por sus beneficios, asegurándole que con ello ha labrado un nuevo eslabón muy poderoso, para que esta patria que adoptó por suya, se glorie de tener en él un hijo benigno, que en medio de su cortísima suerte patentiza de un modo ejemplar la benevolencia y otras virtudes que tanto se distinguen en la nación mexicana.

Si vds., sres. editores, se dignan conceder un claro en sus apreciables columnas a este corto desahogo de mi reconocimiento, emplearé este mismo para darles las más expresivas gracias, y asegurarle que seré perpetuamente su más obligado y atento servidor.-El mexicano agradecido.

 El Sol, en su edición del 6 de abril de 1831 insertaba este COMUNICADO:

Sres editores de El Sol.-Muy sres. mios: Parece que ayer ha sido la bendición de la nueva plaza de toros que se ha construido en la misma entrada de la Alameda. El establecimiento de esa plaza, y la elección del local ha sido el pensamiento más feliz que pudo ocurrir en el año de 1831. En este memorable año se ha prohibido para siempre la diversión de s (por relajación de costumbres en donde hasta hubo edicto emitido por el Cabildo de la Iglesia Metropolitana el 5 de marzo anterior), y con los toritos del Boliche se prohíbe también la libertad de pasearse en la Alameda, a no ser que se determine el que quiera hacerlo a echarla de toreador, a dar carreras y volteretas y a llevar su revolcada si le falta la destreza, o no tiene el vigor necesario para salvarse de la embestida de uno de esos animalitos de dos espadas.

No es tan remoto este riesgo, pues ayer para solemnizar la bendición, trajeron unos toretes, y luego se escapó uno y fue a turbar con su presencia la tranquilidad de los que se paseaban en la Alameda muy ajenos de tan incómoda visita. Véase el modo de que este bonito paseo se haga inútil, pues ¿quién ha de concurrir a él el día que se haya de lidiar toros para exponerse al riesgo de ser atropellado y tal vez muerto? ¿Mandarán los padres de familia a sus hijos como lo han estado haciendo hasta ahora, porque se había considerado el paseo menos expuesto para las criaturas, porque en su centro está libre de los coches y de los caballos? Parece que no, y también que no quedarán muy reconocidos ni a los inventores de la tal plaza ni a la autoridad que permitió se colocara en paraje tan impropio para esta especie de diversiones. Las plazas de toros no deben consentirse en el centro de las ciudades, por los muchos riesgos que trae consigo el manejo de unos animales que no siempre hacen lo que se pretende que hagan. Sean cualesquiera las precauciones que se tomen, acontece el que un toro se escapa del encierro, y toma el camino que mejor le parece, y aunque no embista ni lastime a ninguno, asusta y sobresalta a cuantos se ven expuestos a sus hostilidades. Mil ejemplares hay de acontecimientos de esta clase aún en la difunta plaza de San Pablo, y no se evitaron sobrando el celo y el cuidado más activo y eficaz.

Subsista, pues así se quiere, ese bárbaro espectáculo, al que por mal nombre se llama diversión; pero no se consienta sino en los extremos de la ciudad, alejando sus peligros y accidentes del centro de ella, en el que debe conservarse la confianza y sosiego de las personas que prefieren un paseo tan inocente y agradable cual es la Alameda, del que se les va a privar injustamente desde el momento que comiencen las lidias en la nueva plaza. Ayer se dio una pequeña muestra con la huida del torete.

¿Se deberá aguardar para tomar providencian tan propias de la policía a que sucedan algunas desgracias?

Por saber si hemos de esperar a este tiempo, suplico a vds., sres. editores, me favorezcan dando un lugarcito a este reclamo que hace Un padre de familia.

 El Sol, edición del 8 de abril de 1831. COMUNICADO

Sres. editores de El Sol.-Mis apreciables conciudadanos: es llegado el caso de suplicarles me franqueen un lugarcito en su refulgente Astro para referir el inmensurable desorden que se está notando en la nueva plaza de toros (cita junto a la Alameda) para que el sr. gobernador con su acostumbrada justificación y energía evite las funestas trascendencias que acarrearía dicha plaza, originados únicamente de ambicionar el mayor número de boletos, sin calcular el de individuos que pueda ocupar el precitado lugar. Siempre deberá reprobarse el ningún orden que hay respecto del reparto de boletos, pues habiéndose (en la tarde de ayer) vendido un considerable número de estos, quedó completamente ocupada la plaza, de lo que resultó que ya no se permitió entrada a los que tenían comprados sus boletos. Estoy previendo la respuesta que dará el dueño de la plaza a lo que llevo estampado; pero semejante respuesta es digna del mas alto desprecio, pues que al sr. regidor Peredo se le patentizó la justicia y consideración que tenía un número considerable de ciudadanos, casi se conformó con la disculpa que le dio el encargado de aquel edificio, habiéndose concluido aquellos momentos con decir al sr. Pereiro: “Ha he servido a este público, vallan vds. por la ventana para que se les devuelva su dinero, ahora voy a cumplir con el público de allá dentro”. Se retiró sin que hubiera cumplídose nada.

Se alegaba (sin duda maliciosamente) que no se podía devolver ningún dinero, porque muchos de los boletos que ya habían servido, los habían tirado por la azotea, y que era una confusión ¡que disculpa! el sr. Peredo se atrojó mucho, este sr. debió haberse informado del giro que se da a los boletos para averiguar la verdad, y ya que no lo hizo le diré: que al venderse los boletos en las casillas les cortan una esquina (los boletos son cuadrados) y al entrar a ocupar los lugares o acientos se les corta otra esquina, con cuya segunda cortada se amortizan; ahora bien, pues si su señoría hubiera mandado que se presentaran todos los boletos que se reclamaban, y solo se hubiera devuelto el dinero de aquellos boletos que solo tuvieran una punta cortada, claro es que los que se dice que tiraron por la azotea deberían de estar con dos esquinas menos, y de estos no se devolvería nada por conocerse el engaño. ¡Qué operación tan sencilla! La que si se hubiera adoptado, seguramente que ni el público le ha habría perdido el respeto ni se habría dado lugar a que la tropa baleara a los ciudadanos engañados, cuyo balazo no sé si el oficial de la guardia estaría facultado para mandarlo tirar; estoy persuadido que como siempre ha sido mejor la condición del que posee, puede que no se devuelva el precio de los boletos comprados a que me refiero, pero si así fuere, me contentaré con hacer presente al público, y en particular al sr. gobernador, del distrito, para que procure que se metodice el mejor arreglo para evitar en lo sucesivo la repetición de estos actos, tan nocivos al público como al dueño de esa diversión.

Vds. Dispensen, sres. editores, la molestia que con este motivo les infiere su afectísimo servidor q.b.s.m.-V. A.

    El Sol. COMUNICADO. México agosto 10 de 1831

Señores editores. Muy señores míos. Desde que se levantó la plaza de toros del Boliche, no ha cesado su empresario de causar directa e indirectamente considerables perjuicios al de la de Necatitlán, no tanto por su fabricación, pues que en el dichoso sistema que afortunadamente nos rige, cada ciudadano puede especular en el ramo que más le acomode, cuanto en otras rencillas promovidas sin la mejor limpieza y que por bastardas, me he propuesto dejarlas ahora en el tintero. Mas para satisfacer a vds., señores editores, y que no culpen de temerario mi aserto, les citaré un pasaje que acaba de suceder, y que sirve de un testimonio irrefragable a los que calla. Estando dispuesta ayer en la plaza de donde soy torero, la celebración de la entrada en esta capital del ejército triunfante de las tres garantías, y puestos al efecto los anuncios de estilo en los parajes acostumbrados, un dependiente de la del Boliche, cerca del medio día, anduvo colocando sobre estos y al pie de ellos, otros contra-avisos en que sin denominar la plaza de su procedencia, noticiaban al respetable público el no verificarse la corrida por no haber podido llegar el ganado antes de las seis de la mañana mediante hallarse existente la sabia orden, sobre la materia, del señor gobernador territorial; cuyo documento, del modo que se publicó, y al no haberse tomado por mi y mis compañeros las medidas correspondientes al caso, hubiera inferido un nuevo daño a la empresa de donde dependo, pues que por su sentido literal no debiera asistir persona alguna a la referida función; y aunque el amo a quien se le dio parte de esta peregrina ocurrencia la oyó con su inalterable calma, atribuyendo este suceso a un accidente casual, yo, que no discuto tan noblemente y soy por naturaleza malicioso, no puedo menos de darle otro distinto carácter, y aconsejar por el respetable conducto de vds. al señor Cires y sus diestros dependientes, aquella religiosa máxima bien conocida en todos los pueblos, de que no hagas a otros lo que no quieras que hagan contigo por las fatales consecuencias que suele acarrear su inobservancia.

Si vds., señores editores, tienen la generosidad de imprimir estos mal forjados renglones, en su refulgente Sol, le prometo que el domingo próximo clavará con la destreza de un segundo Pepe-Hillo dos banderillas de fuego por la preciosa salud de vds. su atento y muy humilde servidor.-Un torero de Necatitlán o segundo Pepe Hillo. (El Sol. Ciudad de México, 12 de octubre de 1831, p. 3-4).

Vamos por partes, pues parece contener algunas confusiones.

Si nos atenemos a lo que “Un torero de Necatitlán” señala como principal motivo el ingreso del “ejército triunfante de las tres garantías”, que como todos sabemos, se trata del Ejército Trigarante, este hizo su feliz entrada a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, de ahí la conmemoración.

Por otro lado, al consultar el Diario Histórico de México (1822-1848) de Carlos María de Bustamante, tanto de los días 9 y10 de agosto, como del 11 y 12 de octubre de 1831, tampoco se encuentra nada relacionado con lo que “el segundo Pepe Hillo” asegura.

Aunque sí lo hace respecto a lo ocurrido el

Martes 27 de septiembre de 1831

(Día tan pésimo como el de ayer)

A pesar de esto el alba se anunció con cohetes y cañonazos y después con repiques en las iglesias y dianas en los cuarteles en celebridad de la entrada del ejército de Iturbide, cosa que en nueve años no se había hecho. Estas son arterías del vicepresidente Bustamante, y aproches que va poniendo para el restablecimiento del imperio, que acaso en México principiará por el pronunciamiento del centralismo; mas el hombre se chasquea, aunque se apoye en cantones, según mi cálculo. Esta tarde se soltaron dos globos atados con una cuerda en el cuartel de gendarmes, el uno tenía un rótulo que decía España, y el otro América, el segundo apenas comenzó a volar cuando se incendió con el mucho viento, mas el primero se remontó bastante, y al fin corrió la misma suerte. Uno y otro simbolizaban la empresa de Iturbide cuyo lema es, Orbem ab orbe solost y que traen sus adictos de placas y medallas.

Por la noche se iluminaron los cuarteles, reuniéronse las músicas militares de los cuerpos y dieron zambra por toda la ciudad seguidas de turbas de léperos, unos gritaban “¡Viva Iturbide!”… “¡Viva Agustín I!”, otros… “¡Mueran los gachupines!”… otros “¡Mueran los extranjeros!”. En el Coliseo gritó [Mariano] Arista (que hoy está haciendo el mismo papel de Pío Marcha) “¡Viva la independencia!”… un capitán llamado N. Rey gritó “¡Viva el emperador Iturbide!”, y le respondió la canalla de la cazuela “¡Viva!”.

No son éstos los únicos desmanes que se han cometido, pues por la imprenta se publicó una marcha. Un tercer grito de expulsión de gachupines, y una poesía a la Memoria de la gloriosa entrada del Ejército Trigarante. En ella se provoca a todo mexicano a que moje su espada en la sangre del general [Felipe de la] Garza y del doctor Fernández, diputado que era de Tamaulipas cuando murió la víctima de Padilla. Finalmente, para que no dejara de derramarse sangre por éste, se mató un soldado resbalándose de una cornisa del cuartel de junto a Palacio en el acto de encender unas candilejas. Por todo ha pasado el gobierno, y nadie duda que él regenta y active estas intentonas para perderse.

O se trata de una inserción mal intencionada, el hecho es que nada concuerda, salvo que contribuye en darnos algunos datos, como su alias mismo, la actividad en ambas plazas y de que, por algún conflicto suscitado con “Cires” que era, a la sazón el empresario en la plaza de Necatitlán o posible apoyo del ya mencionado Javier de Heras.

Recordemos también que meses antes de la coronación, fue incendiada la plaza de San Pablo y que, por consecuencia, se habilitó la plaza Nacional de Toros, que estaba en la entonces Plaza Mayor o nueva plaza de la Constitución. Así que, por razones particulares, llegaron a funcionar simultáneamente hasta tres plazas en la ciudad.

Desde luego, que ha sido necesario adelantar la revisión del mismo bisemanario unos días a la propia publicación, para encontrar que hasta el 15 de octubre aparece el siguiente y adulador

COMUNICADO

Ciudadanos editores de El Sol.-Apasionado de los hombres cuando lo recomiendan sus virtudes cívicas, y sin considerar jamás cualesquiera otra efímera circunstancia con que otros exteriormente se engalana, deslumbrándose ellos a sí mismos, y abriéndose el paso entre miserables aduladores, que no conocen otra senda por donde conducirse, que la muy ancha y trillada de la degradación y bajeza, he tenido hasta aquí la resolución necesaria para encomiar a los primeros y vituperar a los segundos, siempre que ha llegado su vez; así es que el magistrado y mas insignificante ciudadano han alternado de esa suerte, sometiéndose los que viven de la maldad, o en su egoísmo sin sentimientos de naturaleza, al desprecio de los que solo conocen la virtud, y hablan el idioma de la sinceridad y franqueza, cuya conducta siempre halla su correspondiente recompensa.

Desde que el actual empresario de la plaza de toros de Necatitlán repuso esa diversión que tanto agrada a los mexicanos, debe haberse observado, no solamente por el empeño que toma en hacer placenteras sus corridas, a cuyo fin no omite gasto por gravoso que sea, sino aun en sus mismos avisos para excitar al concurso, que su respeto, cariño y gratitud con que en todas ocasiones dirige su palabra al público, ofreciéndole sus diversiones, dan la más exacta idea de su bello genio en la sociedad.-Mas si esos rasgos de su carácter lo han debido recomendar con los mexicanos desde que se ha comprometido a servirlos, los anuncios que ha fijado en los días 25 de septiembre, 2 y 9 de octubre presente para celebrar con la mencionada diversión los memorables sucesos del grito de Dolores, entrada del ejército trigarante en esta capital y el aniversario de nuestra carta federal, dan también la más exacta idea del amor y filantropía por la independencia de este país que ha adoptado por suyo, y de la religiosa piedad con que ha acudido a la menesterosa humanidad, como se ve de las repetidas donaciones que ha hecho de un toro de los que han lidiado para que el sr. juez de la plaza lo mandase al establecimiento público que fuese más de su agrado.

Véase, compatriotas, si este ciudadano mexicano es digno de vuestro aprecio por las distinguidas cualidades que lo caracterizan y recomiendan sus derechos en sociedad. Yo por mi parte estoy muy reconocido, y no teniendo otro arbitrio para manifestarle mi gratitud, suplico a los sres. editores de El Sol permitan que salga en su apreciable periódico esta publicación que hago en loor del empresario de la plaza de Necatitlán, protestándoles que hasta hoy no tengo otro honor que el de conocer de vista, y por lo que llevo relacionado, a este recomendable individuo.

Soy de vds. con la más sincera atención su s.s. Otro mexicano agradecido.

Imagen de la Alameda en nuestros días, por Santiago Arau.

   La forma de rubricar cada una de las inserciones nos deja ver el hecho de que era preferible ocultar el nombre de este o aquel ciudadano inconforme antes de ser víctima o blanco de ataques o de cualquier dime o direte en momentos complicados. Lo importante es haber encontrado algunos de los síntomas y circunstancias en los que se movía el espectáculo taurino, sujeto, ya lo pudimos comprobar, a diversos intereses o abusos donde no queda otra razón para afirmar que, de una u otra forma, algunos vicios persisten.

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CELAYA EN FIESTAS, POR LA JURA DE CARLOS IV EN 1791.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

En la Purísima Concepción de Celaya, Guanajuato, ya se habían desarrollado diversos festejos a lo largo del virreinato. Las hubo, ya notables, desde 1621, 1655 o 1695. Sin embargo, son de llamar la atención, aquellas que tuvieron lugar entre el 17 de octubre de 1791 y hasta el 12 de enero de 1792, con motivo de la Jura del señor Carlos IV, ceremonia oficial que al menos, en aquel periodo, demandó la organización de las autoridades para dar a las mismas, el alto rango, que incluía una celebración a la que se sumaba el pueblo.

Al tener a nuestro alcance la “Cuenta de gastos” generada como consecuencia de aquellos festejos, conviene detenerse un poco para entender en qué medida se contaba con las capacidades, aunque también con las limitaciones para llevar a cabo la festividad, la cual se vio afectada por dos razones imprevistas.

En aquella ocasión, el asentista, abonador o empresario, D. Juan Gregorio Bosq., se encargó del montaje, pago y demás asuntos de una plaza efímera en la que se realizaron diez festejos, incluyendo aquellas otras actividades cuyo lucimiento fue crecido, aunque no tanto, como el que días atrás se había realizado en San Miguel el Grande, o como las fiestas que, en 1766 se dieron con motivo de la asunción de Carlos III al trono español.

Entre lo que se dispuso, para que no quedara ningún detalle, fue la adquisición de 100 toros de la hacienda de El Salitre, ubicada entonces en la Sierra de Pinos (Zacatecas), siendo su propietario José González Rojo. Esto significó el traslado a pie de ese hato, lo que era costumbre, a pesar de la distancia, lo que pudo tomar algunos días. También eran infaltables el festejo del “toro de once”, la maroma en la que intervinieron “unos diestros italianos” que integraban la entonces célebre compañía Valenciana, encabezada por Vicente Sánchez, volantines, comedias con obras de Antonio Camato. En la plaza, y ya entrados en las diversiones, se requería del servicio de un cohetero, por aquello de los juguetes de diferentes invenciones, iluminación y cohetes.

Para la comedia, se contrataron músicos y cantantes en tanto que, para amenizar los festejos se pagó el servicio de chirimiteros y tamborileros “para que salieran a combidar (sic) por las calles por todos los días”. Esto significaba un auténtico “convite”, el cual fue a lo largo de muchos años, elemento publicitario que, en buena medida se quedó en las provincias.

Se pagó para componer “el animal de Jerusalem”, se realizó una suerte denominada “D. Pedro de Palo”, que requería a su vez de un potro, lo cual podría remontarse a la representación de la suerte de la sortija, reminiscencia del toreo de a caballo. Hubo también monos negros, chivatos, así como una granada con dulces y palomas, lo cual hace imaginar la cucaña o “palo ensebado”. A estos efectos, debe agregarse la presencia de “dos locos”.

Se adquirieron para la suerte de varas una cuadra de “Bueyes de Begoña”, o bueyes sanchos, mansos y amaestrados. Lo curioso es que juntaban su encornadura y frente con la frente y encornadura del toro mismo, mientras el picador en turno ejecutaba una o varias suertes de acuerdo a su propósito inventivo.

Pago a los toreros.

Sin embargo, los celayenses no contaban por aquellos días que las lluvias iban a ser tan notables, por lo que fueron causantes en la baja de asistencia. Del mismo modo, un estropicio inesperado ocasionó que, al permitirse el ingreso a la plaza –entonces ochavada- de un “carro”, tuvieran que hacer el retiro de algunos tablones pero que los encargados del asunto descuidaron, pues al siguiente día ese sector de la plaza se derrumbó, quedando heridos varios de los asistentes. El “carro”, era con toda seguridad, réplica de aquellos carromatos que representaban la antigua figura de las “tarascas”, lo cual significaba una pieza bastante grande.

Se talló una pieza de cantera conocida como “el pirámide”, en cuya parte más alta iba una estatua o “coloso”, con la representación del monarca. Ese monumento, constaba de pedestal, sotabanco, peana, columna y estatua. Precisamente, entre los talladores se encontraba uno de los diestros que actuaron aquella ocasión. Él era Felipe, “el Mexicano”. Es bueno recordar, que en Celaya habitaba uno de los arquitectos más célebres por aquel entonces, Francisco Eduardo Tresguerras, cuyo ingenio se plasmó en aquella pieza.

Finalmente, la plaza quedó a todo lujo –gracias a las nobles y excelentes Pinturas con que (Tresguerras) adornó dichos Tablados-, y para que no faltara nada, fue a colocarse en lugar especial un arco triunfal, también retocado por el artista. Así, las fiestas comenzaron precisamente con la de la Jura, que es la que cobraba mayor importancia.

Y lo tenía muy claro, Juan Gregorio Bosq. al afirmar “que son de mi cuenta los toros que hallan (sic) de correrse, y serán ocho o nueve diarios según que halla lugar de manera que se complete la diversión del día y asimismo los salarios y vestidos de los Toreros que serán cuatro a pie y dos de a caballo, acomodando para el efecto la gente más diestra que se hayare, y les proveeré de caballos poniendo también un buen lucido para que saquen los toros que se mataren con los mozos correspondientes”.

Y aquellos mozos fueron, María García, que recibió la nada despreciable cantidad de 50 pesos por sus servicios, lo mismo que Andrés, “torero”, Felipe “el Mexicano”, Nicolás Casas, torero picador de a caballo y Alonso Gómez “El Zamorano”. Por su parte Juan y José María Montesinos, se les asignó sueldo de 31 pesos 2 reales y al “Tarimbeño”, 20. Así que aquella pequeña compañía bastaba y sobraba para intervenir en las diez tardes.

Y para que no falte detalle al respecto, la Gazeta de México, del martes 29 de noviembre de 1791 apuntaba:

Celaya, Noviembre 18.

En esta Ciudad de la Purísima Concepción se ha publicado por Bando la Proclamación de nuestro Augusto Católico Monarca el Señor DON CARLOS IIII, que se ha de celebrar el día 10 de Diciembre inmediato con Paseo en su tarde, con Misa de gracias, y Paseo de Carros triunfales de los Gremios; el día 11 y el 12 con igual Paseo, que harán los Indios representando algunos pasajes de su Gentilidad, los que terminarán con alusiones a la maravillosa Aparición de nuestra señora de Guadalupe. En estas tres noches habrá fuegos artificiales, en que se han apurado los primores del ingenio, y se iluminará toda la Ciudad.

Desde el día 13 comenzarán dos semanas de corridas de Toros en un Circo famoso por su decoración, habiéndose esmerado con todos los recursos del arte, y se cree será la diversión completa, por el cuidado que se ha puesto en que no falte circunstancia de las que puedan contribuir a su lucimiento.

Las tardes que no haya Corridas, hará en el mismo Circo sus extraordinarias habilidades la famosa Compañía Valenciana de Vicente Sánchez en la cuerda floja y tirante, ejecutando varios saltos nuevos y nunca vistos con el del trampolín, y el portentoso de los cinco caballos; por las noches se harán Comedias muy bien ensayadas y con varias piezas de gusto en sus intermedios.

Se han elegido Toros de raza muy especial, y excelentes Lidiadores de a pie y a caballo, con cuyas prevenciones y las demás referidas se dará al Público una completa diversión.

Y así fue, en efecto, aunque sin faltar aquellos dos puntos que desmerecieron un poco en aquellos festejos, en los cuales hubo necesidad de solicitar a Juan Gregorio Bosq la devolución de $20,275 pesos de la cantidad en que se remató a D. Manuel Soria la plaza de Celaya. Así que solo en la parte económica, no hubo lo que se esperaba.

Este y otros apuntes, forman parte de la que será la segunda edición, corregida, aumentada y actualizada de mi libro “Celaya: Rincón de la provincia y su fiesta de toros durante cuatro siglos”, que se publicó en 2002, y que pronto estará al alcance de los interesados.

DOCUMENTOS CONSULTADOS

Archivo General de la Nación, Ramo Historia: Diversiones Públicas, Vol. 480, exp. 1 que refiere que “Don Manuel de Soria, vecino de Querétaro, sobre que se suspendan las corridas de toros que se han de hacer en Celaya por la Jura de Carlos IV.-1791. 13 f.

El otro documento, corresponde al mismo ramo, exp. Nº 2, de cuyas 110 fojas se toman las que mencionan la “Cuenta de los gastos que se hicieron en la Plaza de Toros que se puso en la Ciudad de Celaya, para la celebración de la proclamación de N. Católico Monarca el Sor. Dn. Carlos IV. Q.D.G.”

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¿QUÉ ES UN TORO DE “BANDERA”? (Concluyen las apreciaciones).

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Colocación de un puyazo en todo lo alto. Foto publicada en El Ruedo de México, cuyo director fue el respetable periodista Manuel García Santos en 1952. Col. del autor.

   Por años se utilizó la vara de detener, misma que en su extremo de castigo, se incluía un implemento conocido como “limoncillo”. Al paso de los años, evolucionó, hasta tener en el mismo sitio, una pieza piramidal, con los cortes correspondientes, afilada y afianzada por cordeles, lo que sujetaba con firmeza dicho elemento. De ese modo, diversos piqueros usaron aquella “vara de detener” y seguían picando en forma inmoderada, porque todavía no se había impuesto el peto, mismo elemento que en México, se puso en práctica en el festejo del 12 de octubre de 1930, terminando así, con aquellas escenas dolorosas en que cuadras completas de caballos morían tarde a tarde, quedando aquello calificado como “la vergüenza en la fiesta”. La medida que en España implantó el general Miguel Primo de Rivera, se aprobó y puso en práctica desde 1928.

Al paso de los años, diversos reglamentos, como el de 1924, 1937 y el de 1953 mostraron la forma en que se pasaba de aquellas primitivas varas a una que incluía un tope, impidiendo con ello que se profundizaran las heridas y se efectuara la suerte de acuerdo a ciertos principios acordes también con el uso de un peto que crecía y crecía en tamaño y grosor, hasta el punto de convertirse en auténtico muro.

En 1952, el periodista Manuel García Santos –ojo, nos remontamos a 1952-, juzgaba la suerte bajo el imperativo de que a los toros se les impusieran tres varas, bajo este principio:

Cuando se hacen los reglamentos de las corridas de toros no se hacen de manera caprichosa. Las suertes de la lidia tampoco son arbitrarias.

Todo obedece a un plan estudiado y al mejor desenvolvimiento de la fiesta. Y el buen desenvolvimiento de las corridas exige se pique al toro porque el puyazo, y el romaneo del toro en el caballo, ahorma al animal y lo deja en condiciones de poderle hacer una buena faena con la muleta.

El puyazo hace sangre al toro, y esa hemorragia descongestiona al animal, y lo deja asentado, y en buenas condiciones de lidia.

Pero además, la fiesta es fiesta de toros bravos. Y la bravura del toro se ve en el primer tercio. Un toro que no pelea con los caballos, que no recargue que no se arranque cuando lo citan, y que no lo haga, por lo menos en tres puyazos, no es bravo. Y si al público le interesa saber si el toro es bravo o no para juzgar al torero, al ganadero le interesa más, porque es la única referencia que tiene de si la casta de su vacada degenera, se sostiene, o va en aumento.

Por eso hay que exigir que los picadores les peguen a los toros, y que los toros aguanten los tres puyazos del reglamento. ¡Y al que no los aguante… al corral con él…! ¡Ese es un manso…!

Hoy, a casi 70 años vista, la suerte sigue practicándose, de acuerdo a lo establecido por el reglamento, aunque no necesariamente a los usos y costumbres deseables por parte de la afición, la crítica y hasta por los propios ganaderos. Frente a un cambio de circunstancias donde el peto se ha adecuado en mejor forma al curso de la fiesta, y de que se utiliza una puya como lo indica el Art. 45 del actual Reglamento Taurino en vigor:

Artículo 45.-Las puyas empleadas para picar reses en corridas de toros, tendrán forma de pirámide triangular, cortante y punzante, de veintinueve milímetros de extensión en sus aristas y de diecisiete milímetros por lado en su base. Para novilladas, estas puyas serán de veintiséis milímetros de extensión por quince milímetros de base.

El tope será de ochenta milímetros; de la base al borde del tope habrá siete milímetros, y del centro de cada una de las caras en su base al tope, nueve milímetros. Lo anterior para las corridas de toros y novilladas, salvo que para éstas la longitud del tope será de setenta y cinco milímetros. Remachadas al casquillo donde entra la vara, las puyas serán de acero, afiladas en piedra de agua y con los tres filos rectos. Tendrán un casquillo de hierro para fijarlas en la garrocha. La cruceta medirá seis centímetros por lado. En novilladas se podrá autorizar el uso de puyas de veintinueve milímetros cuando el tamaño y la fuerza del ganado a lidiar así lo ameriten.

Cuando en una novillada se anuncien novillos que alcanzan la edad de toro, previo consentimiento del ganadero, podrán ser picados con puyas utilizadas para toros.

Los topes podrán ser de madera, hierro o aluminio en su base y estarán cubiertos

con cordel de cáñamo, fuertemente enredado.

Independientemente de esta consideración legal, también es importante sumar a lo anterior lo que indica el Art. 60 del mismo Reglamento:

ARTÍCULO 61. Cuando el astado acuda al cite del picador, la suerte será ejecutada en la forma que aconseja el arte de picar. Esto es, colocando un solo puyazo por encuentro. Queda prohibido acosar, barrenar, echar el caballo adelante, tapar la salida, insistir en el castigo en los bajos o cualquier otro procedimiento similar. Si el astado deshace la reunión, se prohíbe terminantemente consumar otros puyazos. El picador deberá echar atrás el caballo para colocarse nuevamente en suerte, no atravesará la línea del tercio ni cruzará el ruedo por la mitad.

Con lo anterior, podemos entender que en la realidad, y bajo el comportamiento apreciado en las últimas temporadas, por lo menos en la plaza de toros “México”, dicha suerte se ha reducido a un puyazo, o al “monopuyazo”, que no siempre termina siendo el mejor, a pesar del peto, a pesar de las rayas concéntricas, y muy a pesar de que al toro se le pone en suerte a pocos metros de la jurisdicción. Con ello, ¿han perdido la práctica aquellos varilargueros que terminan picando donde se pudo, o que, para corregir el defecto tienen que tapar la salida?

Si la suerte tuviera que practicarse en forma rigurosa, los señores del castoreño serían mejor valorados en la plaza. Si la suerte encontrara los efectos deseables, apreciaríamos auténticas escenas donde el encuentro del toro ante la cabalgadura determine la realización de un momento que significa culminación de esfuerzos por parte del ganadero, deseo de la afición por apreciar el arte de picar en toda su dimensión, y desde luego, la posibilidad de que el matador en turno, tenga en consecuencia un toro con las condiciones necesarias para realizar una faena excepcional.

Por lo tanto, si la suerte de varas hoy queda reducida a puyazo por toro (dos o más ya son casos raros), entonces cómo determinar en forma debida para tener la posibilidad de calificar a un toro como de “bandera” y de eso, pasar a un indulto. También, esto significa repensar situaciones relacionadas con el hecho de que encontremos el equivalente a los quince o dieciséis puyazos de hace más de siglo y medio, o los tres de hace setenta.

De aquella época remontada al comienzo de esta colaboración, señalado la semana pasada, podemos entender el desarrollo de una suerte caótica, en medio de tumbos, colocación no apropiada de la puya en la zona muscular indicada, el poco tiempo que habría durado cada encuentro, eso permite marcar algunas diferencias, con las que luego, ya en plena etapa en la que el peto era el elemento que amortiguaba o sigue amortiguando la embestida del toro, permitía, sí, la debida y efectiva colocación de esos tres puyazos, mismos que, en número ha quedado reducida, en promedio a uno solo.

Si uno solo representa los quince o dieciséis de aquel entonces; o los tres de hace setenta –número que sigue imponiéndose en ruedos españoles-, entonces llegamos al mínimo indispensable que no permite, con todo lo que esto signifique, una señal contundente para calificaciones tan exacerbadas y apasionadas que luego devienen indulto. Si la pujanza del toro en el momento en que se desarrolla la suerte de varas fuese no solo notable, sino notabilísima –y donde la cabalgadura no caiga por estar mal colocada, o porque a la hora en que el piquero recibe al toro, tenga “terciado” al caballo-, esto signifique como un factor determinante para tomarse en cuenta en las decisiones contundentes para permitir que un toro tenga el privilegio de que le sea perdonada la vida.

No es casual que en nuestros tiempos, el significado que ha venido adquiriendo la suerte, la influencia impuesta por grupos opositores, o de que el espectáculo tiene que ser cada vez menos cruel o sangriento, sean componentes esenciales para esa toma de decisión. O de que la indulgencia popular, e incluso hasta el mal desempeño del o los picadores (y no me refiero a todos, esto no pretende generalizar tal defecto), representen circunstancias definitivas en el propósito del indulto.

No podemos olvidar lo que indica para ello el Art. 73 del propio Reglamento, que señala:

Cuando una res se haya distinguido por su bravura, fuerza y nobleza a lo largo de la lidia, a criterio del Juez de Plaza podrá recibir cualquiera de estos tres homenajes:

  1. Arrastre lento por el tiro de mulas;
  2. Vuelta al ruedo a sus restos, y
  3. Indulto.

El Juez de Plaza manifestará su decisión por medio de un toque de clarín, dos toques de clarín o un pañuelo blanco, respectivamente. Asimismo, podrá exhibirse una pizarra desde el palco de la autoridad indicando por escrito la decisión.

Si nos atenemos debida y equilibradamente a su contenido, estaremos en mejores condiciones al momento de tomar una justa decisión. De otra forma, lo anterior seguiría permitiendo el caos, y una aplicación injusta que, como hemos visto infinidad de ocasiones, no siempre son las mejores. De ello también depende el buen desempeño del Juez de Plaza.

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DE LA GRAN CONMEMORACIÓN… A LA GRAN DECEPCIÓN.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Entre la multitud de escritos que publicó Armando de María y Campos en vida, encuentro uno que debido a su escasa difusión, conviene recuperarlo en forma especial.

Resulta que habiendo pretendido escribir otro libro más de toros, mismo que no fue posible (y desconozco la causa), el hecho es que en ese prospecto, incluía una curiosa anécdota que tal como la cuenta así la registro a continuación:

UNA CORRIDA DE TOROS PARA CELEBRAR EL MATRIMONIO DEL PRESIDENTE SANTA ANA.

Con disimulado escándalo de la sociedad, el Presidente de la República, Don Antonio López de Santa Ana contrajo segundas nupcias con la señorita Doña Dolores Tosta, el 5 de octubre de 1844 a los cuarenta días de muerta su primera esposa Doña Inés García.

Las Empresas del Gran Teatro de Santa Ana y de la Plaza de toros de San Pablo organizaron sendos festejos en celebración de tan singular suceso.

El programa del festejo taurino, celebrado el domingo 6, decía: “Una marcha militar y una salva de artillería que hará un fortín puesto al intento, anunciarán la llegada de la Exma. Sra. Doña Dolores Tosta de Santa Ana. Pasado el despejo del circo, se lidiarán tres toros de la acreditada raza de Atenco, y en seguida el mismo fortín repetirá las salvas, descubriéndose un grupo de la América sostenida por los antiguos aztecas. Estos, en celebridad de la digna Presidenta, lidiarán con un toro, que en aquel acto saldrá adornado con listones y bandas, banderilleándolo y dándole muerte con una macana de fuego. Seguirán otros cuatro toros de la misma raza, y por fin de función se iluminará el jardín y dos pirámides, en cuyos remates se verá el retrato de la Exma. Señora Presidenta, y vivas a sus Excelencias”.

La Sra. Dolores Tosta de Santa Ana, retrato de Juan Cordero, óleo sobre tela, 1855. A la derecha, un apunte que recoge otra más de las actitudes protagónicas de S.A.S.

Pero la Señora Presidenta no acudió en su honor, mandando un recado con un edecán, suplicando la personaran “porque se encontraba muy cansada”.

El pueblo hizo bromas, y se divirtió toda la tarde, sin importarle que no estuviera presente la joven, bella y… “cansada” Presidenta.

(Del libro “El Sol de los Redondeles” de Armando de María y Campos).

El registro de tal novedad, pude ubicarlo en un “Programa de mano” que rememora el festejo celebrado en la plaza “México”, la tarde del 17 de noviembre de 1946, actuando en aquella ocasión Luis Castro “El Soldado”, Fermín Rivera y Emiliano de la Casa “Morenito de Talavera” con toros de Coaxamaluca.

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¿QUÉ ES UN TORO DE “BANDERA”?

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Un ejemplar de “Rancho Seco” yendo a la cabalgadura. Fotografía del año 1940. Col. del autor.

   Habiendo “concluido” la elaboración de mi “Galería de toreros mexicanos de a pie y a caballo. Siglos XVI-XIX” -con poco más de 2050 personajes- y que viene publicándose por entregas en el portal FOMENTO CULTURAL TAUROMAQUIA HISPANOAMERICANA (http://www.fcth.mx/index.html), es momento de compartir otra de esas “Galerías”, destinada a poner en valor la presencia de toros bravos, lidiados en México entre el siglo XIX y hasta 1946. No es común encontrarse con mucha información relacionada con estos casos, sobre todo del siglo antepasado, aunque por fortuna abundante para esos primeros 46, momento en que se inaugura la plaza de toros “México”. Espero que de esa fecha y hasta nuestros días, otros interesados hagan extensivo el tema, sobre todo porque en los últimos años, el asunto del “indulto” se ha intensificado en forma desmedida, sin contar con los fundamentos que ahora pretendo poner a la consideración de los lectores. El caso, se ha tornado en auténtico incordio, donde las exaltadas manifestaciones de sentimiento momentáneo, privan y se decide un asunto de natural importancia como lo es el perdonar la vida a un toro. Sin embargo…, entre las primeras preguntas que me hago, y creo que nos la hacemos permanentemente los aficionados, se refiere a ¿qué es un toro de “bandera”?

   En mi muy personal opinión, si por “bandera” se entiende como un concepto cuya tipología o simbología representan un valor significativo, entonces estamos frente a un término de orgullo. La bandera es una señal, una afirmación, legitimidad, reconocimiento. Es, según se ubica en La Enciclopedia, Vol. 2 de Salvat (en su edición de 2004), p. 1482: “de bandera” loc. adj. como “Excelente en su clase”; o “llevarse uno la bandera” fr. fig. “Llevarse la palma”.

   Lo anterior explicaría en principio, el elevado concepto que alcanza un toro cuando cubre a cabalidad esas condiciones excepcionales. Esto es lo que podría entenderse como principio fundamental para contextualizar de mejor manera el significado del “toro de bandera”.

En nuestro código, es asunto que manejamos cotidianamente, pero sin tener claro los parámetros que determinan alcanzar tal privilegio. En el libro Los toros de Bandera, de “El Bachiller González de Rivera” –o sea Juan Guillén Sotelo y Bruno del Amo “Recortes”, publicado en Madrid en 1910-, parece encontrarse la razón de dicho enigma, cuando los autores plantean que:

Toros de bandera se han llamado desde añejos tiempos aquellos que por su bravura y nobleza honraron la ganadería de que procedieran, dejando recuerdo vibrante de la pelea hecha en plaza.

El excelente revistero y gran aficionado D. José Carmona Jiménez, denominaba toros de bandera aquellos que tomasen más de quince puyazos, es decir, que el tipo era el de dieciséis. Por tratarse de autoridad tan legítima y tan olvidada injustamente, nosotros acatamos la clasificación del Sr. Carmona Jiménez, aun no hallándonos conformes con ella. Puede (es decir, podía) un toro tomar veintidós puyazos y ser topón, sin poder y salirse suelto de la suerte; puede adolecer de mil resabios durante el segundo tercio y llegar al último completamente huido o hecho un marrajo. Y eso no es un toro de bandera.

Pero prevaleciendo en la mayoría de la afición antigua la teoría de D. José Carmona Jiménez, la hemos adoptado gustosísimos al consignar en nuestro humilde trabajo, con el elogio merecido, el nombre asaz preferido del gran técnico que dirigió el famoso Boletín de loterías y toros [publicado entre septiembre de 1858 y marzo de 1885], arsenal inapreciable de datos para los que gustamos de estudiar y depurar la historia del toreo.

Pensamos, al hacer nuestro trabajo, remontarlo hasta la época de Francisco Montes, pero hallamos que las revistas de la época (salvo algunas del Correo literario y mercantil) son sumamente incompletas; y es más, hay lapsos de tiempo relativamente importantes en que no se encuentra ninguna. Entonces, hubimos de conformarnos a comenzar nuestro estudio desde 1851, prolongándolo hasta la fecha en que este folleto entre en máquina [es decir, 1910].

Y así lo hicimos. Revisamos, uno por uno, los toros lidiados en corridas estoqueadas por espadas de alternativa en las plazas matritenses antigua y moderna, y a continuación van especificadas por antigüedad de lidia todas las reses que Carmona Jiménez pudo estimar como de bandera, en razón a tomar de dieciséis puyazos para arriba.

Como se verá por quien lea, sin creer perder el tiempo en estas para nosotros gratísimas investigaciones taurinas, desde el toro Velero, de Benjumea, lidiado en 31 de mayo de 1883, no ha habido ninguno que en la Corte (y creemos fundamentalmente que fuera de ella tampoco), haya llegado a tomar dieciséis puyazos. Esto pudiera hacer creer que somos de la célebre estrofa de Jorge Manrique, tan predilecto de los aficionados a toros […con aquello de que todo tiempo pasado… fue mejor]. Y no es así.

En el toreo, como en todo, lo esencial nunca cambia. Lo que se modifica es lo accidental y adjetivo. En el toreo lo esencial es el toro, y hoy se crían y se lidian en mayor o menor número, como antaño sucedía, toros tan bravos, tan grandes, tan finos y tan de bandera como antaño se criasen. Que hoy los toros toman menos puyazos, es cierto. Que los cuatro toros conceptuados como los más bravos y más de bandera lidiados en la plaza nueva madrileña: Jaquetón, de Solís; Tornillito, de Patilla; Catalán, de Miura, y Estornino, de Arribas, no llegaron ni con mucho a dieciséis varas, puesto que Jaquetón tomó nueve, Tornillito diez, Catalán nueve y Estornino nueve, es cierto también; pero… y aquí entra el accidente modificativo, aquellos toros de antaño no se picaron con las garrochas hoy en uso. Compare quien quiera los modelos de puyas de 1850, 1880 y 1905, y verá la diferencia que hay entre una puya de hierro, ancha de base, de mucho tope, afilada en piedra de agua, a una puya de acero, estrecha y larga, vaciada con lima en las tres aristas. No hay toro posible, ni elefante, ni megaterio si existiese, que resista dieciséis puyazos con las lanzas actuales.

Y no se hable de tamaños.-Los toros no son bravos por los centímetros que tienen de alzada ni las arrobas que llevan de peso. Eso les podrá dar poder, cosa muy distinta de la bravura; por mucha alzada y mucho peso que tengan, podrán dar muchas caídas, pero no tomarán más varas que un toro de igual bravura con ocho arrobas menos. Citaremos dos ejemplos. Ningún aficionado negará que el toro Mesonero, de Esteban Hernández, lidiado este año en 8 de Mayo en la plaza madrileña, ha sido un toro de bandera en toda la extensión de la palabra, un soberbio ejemplar de tamaño y trapío en toda época. Pues bien, tomó siete varas, por cinco caídas y dos caballos muertos. La vacada de Carriquiri ha dado antaño y ogaño muchas reses, cuyo número de puyazos recibido ha sido en los diversos tiempos verdaderamente excepcional, y la raza es de las más pequeñas de España.

Así es que, al publicar como curiosidad estos datos, no somos trovadores de un pasado, en la mayoría de los casos hiperbólico. Así como creemos firmemente que de veinte años a esta parte, desde las retiradas de Frascuelo y Lagartijo el Grande, con el corolario de la de Guerrita [esto a finales del siglo XIX], los toreros han decaído de una manera lamentable, no siendo esto sombra, ni en carácter ni en factura, de lo que aquello fue, así creemos que el ganado continúa igual que antes, que hubo también muchos bueyes y se fogueaban muchos toros y se echaban perros a muchos e iban bastantes al corral por mansos del todo. Y hay toros buenísimos, buenos, que cumplen, blandos, huidos, bueyes y mansos como antaño los hubiera; y habría toros de bandera tal como los entendía Carmona Jiménez si se picase con puyas y no con ametralladoras.

Pensar otra cosa fuese incurrir en el vicio, por nosotros censurado, de afirmar a zancas y barrancas que

cualesquier tiempo pasado

fue mejor

 y formar en la compacta multitud de esos viejos que viviendo del recuerdo de lo que antaño vivieron en realidad, dan a la vida encanto retroactivo, y a quienes no hay medio de convencer de que el sol que calienta y tonifica sus setenta inviernos es tan rutilante y fecundador como el que alumbró sus veinte abriles, y que tan lindas, gentiles y graciosas son sus nietas como la primera mujer que cincuenta años atrás gallardeó en su vida. Sol y Belleza son inmutables como esencia que son.

Y bravura es inmutable también, porque también es sustancial…

Con la firma de ambos autores y fechado lo anterior el 16 de julio de 1910.

Hasta aquí la extensa pero necesaria cita de este importante volumen, hoy para el caso, referencia incuestionable. Sólo que es necesario poner tales criterios en el escenario de nuestro país, desde aquellas épocas y hasta, como se sabe, el límite establecido de 1946.

La visión desde la que opinan ambas autoridades corresponde a su presente, 1910, aunque con la indispensable contemplación que remontan hasta 1851.

Por aquellos tiempos, y hasta antes de 1928, los caballos de pica salían al ruedo sin el peto, elemento que comenzó a ser un factor para mejorar la suerte en condición de distanciarse de aquellos cuadros desagradables en los que moría una cuadra completa de caballos. Encuentro con frecuencia en la prensa decimonónica mexicana y, en el último tercio de aquel siglo, notas en las que se apuntaba que “la corrida no fue buena porque sólo hubo dos bajas entre los caballos…”; o algunas más en las que se dice: “el festejo fue excepcional. Hubo 20 caballos muertos”.

En aquellos tiempos la suerte desarrollada en nuestro país, estaba asociada a diversos elementos, entre otros al hecho de que los cuadrúpedos salían sin peto (en la época de Ponciano Díaz, se impuso un implemento que luego, en plan de sorna fue conocido como “babero”, trozo de cuero que iba colocado en el pecho, acompañando en muchos de los casos a la anquera). También es sabido que hubo picadores muy hábiles que defendían la cabalgadura y de que el tipo de puya, no como la actual, terminaba en el entonces conocido “limoncillo”.

De estos y otros asuntos me ocuparé en la siguiente entrega.

OBRA DE CONSULTA

Los toros de Bandera, Juan Guillén Sotelo, “El Bachiller González de Rivera” y Bruno del Amo “Recortes”. Madrid, Establecimiento tipográfico de Ginés Carrión, 1910. 45 p.

 

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La ciudad de México y los toros en 1858, un recuento.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Para ilustrar la presente nota, he escogido una imagen que en sí misma, posee diversos significados. Entre otros, ese detalle en el que siendo poco más del medio día, el sol ilumina tan alineada rúa de la hermosa “Ciudad de los Palacios”.

¡Ni un alma en la calle de san Agustín! (actualmente República de Uruguay).

Parece como si hoy se repitiera aquello.

El magnífico registro fotográfico se debe al viajero extranjero Desiré Charnay quien logró tal vista panorámica, la primera bajo aquella nueva técnica en nuestro país.

Este es el conjunto total de la “Panorámica” de la ciudad de México, tomada desde la torre de la iglesia de San Agustín.

   Solo que en esos momentos, la gente no salía de sus casas por la única razón de que todo tipo de olores nauseabundos, se fermentaban lentamente, haciendo simplemente insoportable un paseo, o salir para cualquier cosa, era toda una hazaña…, como seguramente sucedía si el propósito era ir a las corridas de toros celebradas por aquellos tiempos en la célebre plaza del “Paseo Nuevo”.

Ese año de 1858, fue de los especialmente colmado en festejos. Para los viejos, ya solo eran recuerdos en esos momentos la peste en 1812 y 1813, y luego entre 1833 y 1834 la terrible epidemia del cólera, cuando el registro de pérdidas humanas en esta última circunstancia alcanzó los catorce mil muertos, en una ciudad con 170 mil habitantes.

Sin embargo, y ante lo insalubre que seguían siendo las ciudades, y lo que el alto riesgo de enfermedades habría causado, el hecho es que los aficionados tuvieron en cada uno de aquellos festejos, ya en la ciudad, ya en sus provincias, en disfrutar las gestas del célebre Bernardo Gaviño y Rueda, quien por aquellos momentos, detentaba el control del espectáculo en términos casi de señor feudal. Veamos.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 3 de enero. Toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Iluminación general. Toro de Atenco embolado. Mojiganga en zancos y burros. Fuegos artificiales como: “El pabellón chinesco, el laberinto, la copa encantada y otros”.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 10 de enero. Ocho o diez toros de Atenco y El Cazadero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Viernes 15 de enero. Toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Asiste a los toros el Presidente Antonio López de Santa Ana.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 24 de enero. Toros de El Cazadero. Beneficio de Bernardo Gaviño.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 31 de enero. 5 toros del Cazadero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Un toro en un saco, monte parnaso y toro embolado.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 7 de febrero. Toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Extraordinario fenómeno Alejo Garza, fuegos de artificio. Presencia del Sr. Presidente interino, Gral D. Félix Zuloaga.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 14 de febrero. Corrida de carnaval. 6 toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Extraordinario fenómeno Alejo Garza. Coleo, y manganeo de toros a caballo. Se presentará la cuadrilla, caprichosamente vestida de máscara a jugar los dos últimos toros de la corrida. Toro embolado.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Martes 16 de febrero. 6 toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Alejo Garza. Mojiganga en máscara, a lidiar el toro sierpe, con el valor y destreza que tiene acreditada.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. (Fecha sin precisar). Beneficio de Bernardo Gaviño. Seguramente esta tarde, que debe corresponder al mes de marzo, se lidiaron toros de la estancia del Tejocote, escogidos personalmente por el conservador Miguel Miramón para la cuadrilla de Bernardo Gaviño. Entre esos toros, fueron célebres el cárdeno “Espejito”, el engatillado “Cometa” y el muy terrible “Veneno”.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 2 de marzo. Última función de la temporada para el domingo (…). Dos corridas a la vez. Toros de Atenco y El Cazadero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 4 de abril. Toros del Cazadero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toro embolado.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 11 de abril. 5 toros de Atenco y 5 del Cazadero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Dos funciones en una. Plaza dividida en dos. Función en celebridad del cumpleaños del Escmo. Sr. Presidente general D. Félix Zuloaga y feliz regreso a la capital del Escmo Sr. General D. Luis G. Osollo, quienes la honrarán con su asistencia. 10 toros (…) mas dos toros embolados. Dos mojigangas, una en zancos.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 25 de abril. 5 toros de Atenco y 5 del Cazadero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Dos funciones en una. Plaza dividida en dos. Función en celebridad del feliz regreso a la capital del Escmo Sr. General D. Luis G. Osollo, quien la honrará con su asistencia. 10 toros (…) mas dos toros embolados. Dos mojigangas, una en zancos.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 2 de mayo. 5 toros de Atenco y 5 del Cazadero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Dos funciones en una. Plaza dividida en dos. 10 toros (…) mas dos toros embolados. Dos mojigangas, una en zancos.

PLAZA DE TOROS DE TOLUCA, EDO. DE MÉX. Fines de mayo. Cuadrilla de Bernardo Gaviño y toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Jueves 3 de junio. Toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Además, mojiganga “De la Tarasca” y toro embolado.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 6 de junio. Toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 13 de junio. Toros de La Quemada. Cuadrilla de Bernardo Gaviño, en compañía de la hábil torera de León Juana Hoyos, Francisco Soria y Alejo Garza.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 20 de junio. Toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Gran función extraordinaria a beneficio de Mariano González.

PLAZA DE TOROS DE PUEBLA, PUE. 22 de agosto. Cuadrilla de Bernardo Gaviño y toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F.  Martes 5 de octubre. 5 toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 10 de octubre. Seis toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 17 de octubre. Cinco toros y dos novillos de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 24 de octubre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

PLAZA DEL PASEO NUEVO, PUEBLA, PUE. En 1858 fue nuevamente reedificada dicha plaza, estrenándola -así fue anunciado- Bernardo Gaviño, llevando de segundo espada a Pablo Mendoza, con toros de Atenco, “entonces ganadería recientemente fundada”. Fueron los festejos, para celebrar los Días de Todos Santos, la primera semana del mes de noviembre.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 14 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Se lidiarán cuatro toros de la raza de San Jerónimo, que hace tantos años no se han visto en esta capital, los cuales serán banderilleados a caballo por el simpático y muy diestro poblano Ignacio Gadea, que tanto sorprendió a este público por su ligereza y habilidad extraordinaria (…).

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 21 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño, alternando con Ignacio Gadea (a caballo). 5 toros de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 28 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño, alternando con Ignacio Gadea (a caballo). 5 toros de Atenco. Beneficio de Carolina Perea. Se agregó al espectáculo una ascensión aerostática.

PLAZA DE TOROS EN TOLUCA. Bernardo Gaviño solicita permiso el día 4 de diciembre para celebrar dos corridas de toros.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Viernes 25 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño, Toros de Atenco y la mojiganga de “los voladores”, que reproducía el antiquísimo volantín de los aztecas, sólo que con la intervención de un toro embolado de Atenco.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 27 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco. Función escena de la divertida farsa en que Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza lidian un valiente toro embolado de Atenco, festejo en él se rifó el aguinaldo de tres onzas de oro, que se entregó con un precioso ramo a la persona favorecida por la suerte.

Así que ya saben… 

…para llegar a la plaza de toros del PASEO NUEVO, que se ve, allá al fondo, se le pide al cochero que tome por la calle de Puente de San Francisco y luego la del Calvario, pasando siempre por la “Alameda”.

El afecto al suntuoso festejo que hoy se ha programado, pasará por entre la arboleda que engalana la acera donde se encuentra el templo de Corpus Christi, en tanto se pueden apreciar las maravillosas lámparas que, con trementina, harán posible que a su salida, los asistentes puedan encaminarse, ya a pie, ya en el carruaje disponible, para acudir a la caminata que se acostumbra por estos días en el “Paseo de las Cadenas”, al pie de la Catedral.

Este es un atrevido daguerrotipo que obtuvo el responsable de alguno de los gabinetes de fotografía establecidos en esta fastuosa ciudad de México, para lo cual tuvo necesidad de sacar toda la parafernalia de aparatos y placas, pues no quiso quedarse con las ganas de dejar, para la posteridad, una vista; la impresión que habría tenido desde la calle de San Francisco, donde se encontraban varios de estos establecimientos al mediar el siglo XIX mexicano.

Nada de embotellamientos, ni de multitudes como hoy día suelen moverse por este mismo lugar. Dinámica curiosa de otros tiempos, detenidos en un mediodía en el que apenas el cochero puede encontrar algún pasaje, dispuesto para soltar un latigazo y gritar a los caballos la orden de partida. Encantadora imagen. En el Programa del “Décimo primer FESTIVAL DEL CENTRO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE MÉXICO, 1995”, p. 79.

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LA FIESTA DE TOROS EN MÉXICO AL COMENZAR EL SIGLO XIX y OTRAS REFLEXIONES DE NUESTROS DÍAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Providencia emitida por D. Félix María Calleja del Rey el 19 de julio de 1813, con motivo de los “horrores de la peste”.

Disponible en internet marzo 31, 2020 en:

https://bandosmexico.inah.gob.mx/todos/1813_07_19.html#

   Me he preguntado varias veces, cuál sería el ritmo o la dinámica del espectáculo taurino en los primeros 20 años del siglo XIX, y lo que encuentro es un escenario en el que se encaraban aspectos como el de los intensos despertares independentistas que se desataron desde 1808, y que encendieron la mecha a partir de la madrugada del 15 de septiembre de 1810 en el pueblo de Dolores (Hidalgo), Guanajuato. A ello debe sumarse la “Pragmática sanción”, expedida por Carlos IV, que de cierta manera prohibía los espectáculos taurinos en España (aplicada en forma contundente de 1805 a 1809), pero también en todos sus reinos. Desconozco en qué medida fue tan tajante en la Nueva España, pero el hecho es que a enorme distancia, las cosas pudieron estar más relajadas por estos pagos (nunca hay que olvidar aquella conseja que sentenciaba “acátese pero no se cumpla”), de ahí la posible intermitencia en las celebraciones de las que, por otro lado, poco sabemos pues la prensa no daba demasiada importancia a espectáculos como el taurino. Pesaban ya las fuertes críticas ocasionadas por el escrito incendiario que Gaspar Melchor de Jovellanos –el ilustrado-, había escrito en contra de ellas en su célebre “Pan y Toros”, y cuya primera edición data de 1812; que luego, en 1820 fue reeditada por la imprenta de Ontiveros y en esta ciudad en 1820.

A todo lo anterior, hay que sumar los graves efectos causados por dos episodios de peste -1812 y 1813-, mismos que ocasionaron miles de muertes. Según los registros, en 1813, se estima que solo la ciudad de México, tenía una población de 170 mil habitantes. Sin embargo, aquel nuevo “Matlazahuatl” ocasionó 23,786 decesos, tres veces más que los causados un año antes por la misma causa. Así que, sumando todos estos factores creo que no habría por entonces suficientes razones que, movidas por el entusiasmo hubiese el ánimo necesario para la celebración de festejos.

Aun así, se sabe que el 13 de agosto de 1808, al estrenarse la plaza de toros “El Boliche”, el cartel inaugural se formó con el concurso de los hermanos Ávila: Luis, Sóstenes, José María y Joaquín.

El caso de los hermanos Ávila se parece mucho al de los Romero, en España. Sóstenes, Luis, José María y Joaquín Ávila (al parecer, oriundos de Texcoco) constituyeron una sólida fortaleza desde la cual impusieron su mando y control, por lo menos de 1808 a 1858 en que dejamos de saber de ellos. Medio siglo de influencia, básicamente concentrada en la capital del país, nos deja verlos como señores feudales de la tauromaquia, aunque por los escasos datos, su paso por el toreo se hunde en el misterio, no se sabe si las numerosas guerras que vivió nuestro país por aquellos años nublaron su presencia o si la prensa no prestó toda la atención a sus actuaciones.

Sóstenes, Luis y José María (Joaquín, mencionado por Carlos María de Bustamante en su Diario Histórico de México, cometió un homicidio que lo llevó a la cárcel y más tarde al patíbulo) establecieron un imperio, y lo hicieron a base de una interpretación, la más pura del nacionalismo que fermentó en esa búsqueda permanente de la razón de ser de los mexicanos.

A lo anterior, debe agregarse un periodo irregular es el que se vive a raíz del incendio en la Real Plaza de Toros de San Pablo en 1821 (reinaugurada en 1833) por lo que, un conjunto de plazas alternas, efímeras al fin y al cabo, permitieron garantías de continuidad.

Hesiquio Iriarte. Recreación de la misa previa a la célebre y contradictoria batalla del Monte de las Cruces. Litografía, 1870. Este fue otro de los episodios contradictorios ocurridos en aquellos tiempos, mismo que se desarrolló el 30 de octubre de 1810.

   Aún así, Necatitlán, El Boliche, la Plaza Nacional de Toros, La Lagunilla, Jamaica, don Toribio, sirvieron a los propósitos de la mencionada continuidad taurina, la que al distanciarse de la influencia española, demostró cuán autónoma podía ser la propia expresión. ¿Y cómo se dio a conocer? Fue en medio de una variada escenografía, no aventurada, y mucho menos improvisada al manipular el toreo hasta el extremo de la fascinación, matizándolo de invenciones, de los fuegos de artificio que admiran y hechizan a públicos cuyo deleite es semejante al de aquella turbulencia de lo diverso.

Por cincuenta años más o menos, estos toreros texcocanos fueron amos y señores del ambiente taurino, capaces de competir con Manuel Bravo, Bernardo Gaviño o José María Hernández, mejor conocido como “Media Luz”. Desde luego, también se encontraban personajes como José María Villasana, Antonio Ceballos “El Sordo”, Mariano González “La Monja”, Corchado El Compadrito y Caparratas. Eran toreros también el Capitán Felipe Estrada; Segundo espada: José Antonio Rea; Banderilleros: José María Ríos, José María Montesinos, Guadalupe Granados y Vicente Soria (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijano) y Picadores: Javier Tenorio, Francisco Álvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo. Todos ellos en esos primeros 20 años del XIX mexicano.

Ante la desgracia, no hay como encomendarse al carmelita San Pedro Tomás, “abogado contra todo género de peste, epidemia o enfermedad contagiosa…”

   En 1814 eran tales las condiciones de irregularidad mostradas por el endémico ejército realista, que hubo necesidad de organizar una serie de festejos para vestir decorosamente a aquella comunidad, por lo que durante febrero y marzo de 1815, hubo ocasión de que gracias a la generosa costumbre siempre ofrecida por el espectáculo taurino, se mostraran resultados con beneficio directo a la sociedad. Desconozco si tales ocasiones todavía alcanzaron a realizarse en la plaza de toros del Volador, o fueron organizadas ya en la reforzada y dispuesta real plaza de toros de San Pablo, que por aquellos días se vio beneficiada con el envío de todo el maderamen, resultado del desmantelamiento que se dio en la del Volador.

Hoy, en este 2020 que vivimos enfrentados a la pandemia del “coronavirus”, el fenómeno global está desatado, causando no solo casos de contagiados, fallecidos o recuperados, sino la peligrosa expansión de brotes o rebrotes. Apenas el día 30 de marzo, el Consejo de Salubridad General declaró “Emergencia sanitaria”, lo que extiende una serie de medidas precautorias hasta el 30 de abril, y eso en espera de que al alcanzarse tal fecha, de inicio la etapa número tres, con lo que seguiremos sujetos a la contingencia, pero muy pendientes de toda recomendación posible, junto al hecho de que se adopten medidas aún más radicales para enfrentar, entre otros fenómenos la inseguridad y el temor colectivo.

Sin embargo, lo que se ve venir nada más alcancemos la posibilidad de vida en sus condiciones más normales, es que todos los países del mundo y sus diversas sociedades, enfrentaremos el duro efecto económico que una recesión ya reconocida por las más altas autoridades financieras se encargará de pegarnos con el duro látigo de su desatada violencia (es de recordarse el hecho de que en este país, hasta hoy existe un 57% de economía informal, y que crecerá, según estimaciones, dejando en la pobreza a otros 21 millones de mexicanos más). Un optimismo-pesimismo, como conflicto maniqueo sin precedentes, es desde este aquí y ahora parte de nuestro devenir. Adivinamos qué escenarios se vivirán, mismos que van a ser de una dureza terrible, y no pongo por delante ningún aspecto desolador. Basta la realidad que ya tenemos en frente para entender lo duro que será reintegrarnos a un ritmo que más o menos veníamos llevando.

Sin embargo, en lo taurino, que es parte sustancial por lo que ahora escribo, no hay una idea exacta sobre lo que habrá de hacerse para intentar recuperar al que ya de por sí era un espectáculo cargado de demasiada precarización; de ahí que se trate de un paciente vulnerable. Creo que, entre otros aspectos, debe renovarse todo, quedando intocada la tradición, a la que debe respetarse, pero también adaptarla a las nuevas condiciones que habrán de imponerse tras la crisis. Es necesario, que luego del suficiente daño ocasionado por diversas empresas a lo largo de las últimas tres décadas, y donde la fiesta se resistió a morir, puedan eliminarse sistemas monopólicos, de autorregulación y complacencia nada pertinente. A lo largo de todo ese tiempo, vimos ante la ciencia y paciencia de autoridades cómo dichas empresas, encargadas de administrar el espectáculo en la plaza capitalina, impusieron un modelo fallido, y va como ejemplo –entre otras cosas-, el instalar cantinas repartidas en el tendido numerado, lo que habla de un lamentable desaire en el que no parecían importar opiniones razonadas que hablaban de la poca seriedad con que se desarrollaba cada tarde con esa forma de proceder. Por ello, al privilegiar ese tipo de comercio, desconozco si permitido o no, el hecho es que es una razón más para que se hagan presentes nuevos empresarios, capaces de no abandonar lo que otros tuvieron abandonado (no sé si basten las malas entradas, incluso en tardes donde los carteles confeccionados parecían convocar multitudes, cosa que no ocurrió en la realidad, o lo inestable en credibilidad respecto a la presentación del ganado).

Queda claro que se impuso la autorregulación, su propia autoridad, mientras la otra autoridad, la de la alcaldía “Benito Juárez” mostraba cada vez que podía una débil ausencia, la de su autoridad misma. Con ejemplos como el mencionado, es que ya debe terminarse con el anticuado esquema de organización del espectáculo. Al caso anterior, debemos sumar otros factores tan complejos como poner al día o no el reglamento taurino, o el conflicto que enfrentará la cabaña brava mexicana, cuántas plazas abrirán y funcionarán y cuantas ya no. La siempre notoria presencia de mano de obra en todos los pasos, antes y después de cada festejo, el comercio fijo o informal que se genera. Todo eso y mucho más, deberá someterse a estudios y decisiones conjuntas en donde se escuchen las opiniones de expertos, pero también de los que resulten directamente afectados, con objeto de generar una sinergia, cuya capacidad de solución sea radical (y ya sabemos que en los toros, hay tiempos de espera muy especiales, o sujetos al desarrollo de una temporada o de una feria).

Si en realidad queremos que esto se mantenga y recupere condiciones de estabilidad que garanticen permanencia y pervivencia, tendremos que trabajar y cooperar seriamente con vistas a una más rápida y garantizada mejora. De otra manera, podría suceder lo inevitable.

Transcripción del documento:

 Don Félix María Calleja del Rey Bruder Losada Flores Campeño Montero de Espinosa, mariscal de campo de los ejércitos nacionales, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España, superintendente general, subdelegado de la hacienda pública, minas, azogues y ramo del tabaco, conservador de éste, presidente de su junta y subdelegado general de correos

Habiendo acreditado la constante experiencia de muchos años los saludables efectos que produce al público una policía activa y bien ordenada, principalmente cuando en casos como el actual se ha visto esta populosa ciudad envuelta en los horrores de la peste, me ha hecho presente el ilustre ayuntamiento constitucional ser un medio muy conducente para impedir su mortífera propagación el de que se cuide y se lleve a la mayor perfección posible la limpieza, en cuyo ramo se advierten muchos defectos, igualmente que en los de empedrados, alumbrado, desembarazo de calles y otros en que se interesa el beneficio común y el decoro de la hermosa capital del reino, proponiendo para ocurrir al pronto remedio de todo el arbitrio de que el mismo ayuntamiento comisione un vecino honrado y eficaz de cada calle que, notando las faltas que encuentre en ella al entrar y salir de su casa, las avise al referido cuerpo mediante una papeleta en que sencillamente exprese: día tantos, calle tal, hay tal defecto; y habiéndome parecido muy oportuna esta medida por ser fácil su ejecución para el comisionado y muy útil su trascendencia a la conservación y comodidad individual, he resuelto de conformidad con lo pedido por el señor fiscal que se ponga desde luego en práctica, prometiéndome que ningún vecino de los que nombre el referido ayuntamiento dejará de prestarse gustoso a tan importante encargo; en la inteligencia de que no debiéndose admitir excusa que no sea legítima, como se verificará, miraré con el mayor desagrado las de todos aquellos que las interpongan por su conveniencia personal, desatendiendo las obligaciones que impone la sociedad a todo buen ciudadano.
Y para que llegue a noticia de todos y tenga su más puntual cumplimiento esta benéfica providencia, mando que publicada por bando se circulen los ejemplares de estilo a los tribunales, magistrados, jefes y corporaciones a quienes toque cuidar de su observancia. Dado en México a 19 de julio de 1813.

Félix Calleja

Por mandado de su excelencia

Josef Ignacio Negreyros y Soria

AGN, bandos, vol. 27, exp. 67, fs. 78

AGN, indiferente virreinal, caja 1223, exp. 1, fs. 1

AGN, indiferente virreinal, caja 6185, exp. 53, fs. 11

AHDF, ayuntamiento, licencias: para la limpieza de la ciudad, vol. 3242, exp. 110, fs. 4

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