Archivo de la categoría: CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

UN 9 DE AGOSTO DE 1896, CARLOS LÓPEZ “EL MANCHADO” RECIBIÓ GRAVE CORNADA EN DURANGO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Carlos López “El Manchado”. Colección Carlos Cuesta Baquero.

La edición del 20 de agosto de 1896, El Siglo Diez y Nueve, p. 2, recordaba lo siguiente:

“Otra víctima de los toros.-El conocido banderillero Carlos López, conocido con el alias del Manchado, fue cogido por un toro en la plaza de Durango, y sufrió una tremenda herida, que solo sobrevivió dos días, falleciendo en la casa de Ponciano”.

   Por su parte La Patria, en la edición del 18 de septiembre de 1896, p. 2, informaba ya fuera de contexto que el 9 de agosto de 1896, se presentó en la plaza de toros de Durango la Cuadrilla de Ponciano Díaz. Como el diestro dejara vivos a los bichos que debió matar, el soberano lo apedreó, hiriéndole en la región frontal.

Y sigue la nota. “En la misma corrida fue cogido por un toro el banderillero Carlos López (a) El Manchado, entrándole el asta por la ingle izquierda, de cuya herida murió el desgraciado López cuatro días después”.

Fue costumbre por aquellos años que una noticia de tales dimensiones, se manejara de manera irresponsable, pues mientras algunos diarios informaban del deceso, otros le daban un sentido casi teatral. “Los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud”, frase que acuñó el conocido autor José Zorrilla, utilizada a lo que se ve a diestra y siniestra, con lo que puede entenderse que el personaje aquí revisado había salvado la vida.

Pero ¿quién fue Carlos López?

Los pocos datos que sobre él existen los proporciona Heriberto Lanfranchi en su imprescindible obra La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. II, p. 660: Banderillero que nació en Orizaba, Ver., (aunque Carlos Cuesta Baquero indica que nació en la ciudad de México) y que de 1884 a 1896 estuvo en la cuadrilla de Ponciano Díaz. El 9 de agosto de 1896, en Durango, Dgo., sufrió mortal cornada en el pecho al clavar un par de banderillas. Durante dos meses estuvo entre la vida y la muerte, en increíble y prolongada agonía, hasta que falleció el 9 de octubre de dicho año.

De nuevo, apoyándome ahora en apuntes imprescindibles elaborados por Roque Solares Tacubac –anagrama de Carlos Cuesta Baquero-, este refiere que, el día de la tragedia (sucedió) “el percance al lidiarse un toro muy rápido y codicioso, que se “metía debajo”. Fue enganchado y sufrió tremenda cornada en la parte inferior del lado derecho del tórax –en el “hipocondrio-. El asta interesó el hígado, el diafragma, el pulmón. El lesionado fue operado hábilmente por el doctor Herrera, cirujano de justificada nombradía. A pesar de la buena operación, el resultado fue funesto transcurridas algunas horas”. Esta sola afirmación, pone en duda por tanto, la fecha del desenlace, pues Cuesta Baquero señala, que la muerte ocurrió “algunas horas” más tarde, y no como lo indican otras notas en las que habiendo sobrevivido, finalmente dejó de existir hasta el 9 de octubre… ¡Dos meses después!

Y termina apuntando Roque Solares Tacubac: “El sepelio tuvo bastante condolencia sin llegar a exageración. Era un torero forastero y por consiguiente sin arraigadas simpatías entre los duranguenses. Después, el olvido cayó sobre la tragedia”. (Véase La Lidia. revista gráfica taurina, año I, N° 7, del 8 de enero de 1943: “Cornadas mortales casi olvidadas”).

Fue hasta el 25 de octubre de ese mismo año que, en la plaza de toros “Bucareli”, se llevó a cabo un festejo a beneficio de los deudos. En esa ocasión, se presentó la viuda y su hijo, mismos que recogieron $600.00. Aquella tarde alternaron Joaquín Navarro Quinito y José Marrero Cheché, quienes despacharon toros de Tepeyahualco. “Se vio en esa corrida lo que nunca, ¡¡¡el toro en 6° lugar, picado después de banderilleado!!!

Otro percance que sufrió este personaje sucedió la tarde del 4 de septiembre de 1887 en la plaza de toros de Colón. Los toros eran de Jalpa y el cuarto, que portaba divisa caña y rojo, era negro zaino, de libras y cornalón; salió franco y voluntario. En el segundo tercio de la lidia tomó querencia en los medios por el lado del sol y comenzó a recelarse acudiendo al bulto; así lo encontró Ponciano Díaz, encargado de estoquearlo. Carlos López intentó llevarlo a los tercios tirándole un capotazo por los hijares, el toro abandonó un momento la querencia y arrancándose con celeridad alcanzó al diestro enganchándole de la banda por la parte posterior, y echándoselo a la cabeza, lo despidió a distancia, volviendo a recogerlo de la misma banda.

Afortunadamente la cogida no tuvo consecuencias. Tal registro lo he localizado en la revista de toros La Muleta, año I, N° 3, del 18 de septiembre de 1887.

Un intento más por describirlo es el que debe hacerse a partir de una “tarjeta de visita” que ha llegado hasta nuestros días, en la que Carlos López aparece de cuerpo entero, portando un traje de luces, precisamente como los que llevaban los integrantes de las cuadrillas que, para 1885 en adelante habían comenzado a “españolizarse”, lo cual significa que abandonaron vestimentas que semejaban adefesios. Las mangas de la casaquilla son un poco más cortas, y la taleguilla se encuentra un poco sobrada. En este caso, Carlos, de rasgos indígenas, va tocado de bigote, usanza que se impuso desde los tiempos de Lino Zamora y que Ponciano Díaz defendió a ultranza en una época en la que los mexicanos bigotones, se confrontaron con hispanos patilludos.

El apodo no es casual. Al mediar el siglo XIX, buena parte de los integrantes del ejército de Juan Álvarez se les conoció como los “pintos” (enfermedad de la piel) por lo tanto, Carlos López, que no habiendo nacido en Guerrero sino en Veracruz (o en la ciudad de México), pudo haber presentado un cuadro similar…

El capote de paseo, de amplios vuelos se lo colocó al estilo con que desfilaban las cuadrillas encabezadas por Luis Mazzantini, Diego Prieto o José Machío, lo cual es seña de que el porte con que se dejó retratar el “Manchado” muestra ese toque o detalle que mucho destaca la elegancia desplegada por buena parte de toreros del romanticismo hispano.

¿En qué gabinete fotográfico fue a hacerse ese retrato? Se desconoce, aunque pudo haber sido uno de menor categoría, justo en la época en que en la ciudad de México, quienes “cortaban el bacalao” en esos menesteres eran los hermanos Valleto. El telón de fondo no guarda ninguna relación con lo taurino, aunque sí con una escena rústica, donde algunos maderos a punto de caer, parecen representar la cerca de un espacio rural. No hay en Carlos López muestras de desparpajo, sino la afirmación de una figura tan mexicana la cual armoniza con los elementos que hicieron suyos quienes se dieron cuenta que el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna era ya toda una realidad.

Evocadora imagen, de las pocas que hoy nos permiten conocer, con nombre y apellido a personajes que, no siendo necesariamente las figuras protagónicas, formaron parte del registro con el cual podemos identificar a uno más de los que integraron las huestes de aquella torería decimonónica, a “la mexicana” encabezada, en lo fundamental por Ponciano Díaz.

Deja un comentario

Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

LAS COMPETENCIAS TAURINAS DE AYER: LINO ZAMORA y JESÚS VILLEGAS “EL CATRÍN”.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

La Muleta. Revista de toros. Año I. México, noviembre 27 de 1887. N° 13. Col. del autor.

    Estos dos diestros mexicanos, uno guanajuatense, el otro michoacano, tuvieron el 18 de diciembre de 1863 una reñida batalla en la plaza de toros de San Clemente, en Guanajuato. Sabemos de ella gracias a que en la revista de toros La Muleta, del 27 de noviembre de 1887, se publicó a doble página una hermosísima cromolitografía, obra de P. P. García, dibujante mexicano que, a lo que se ve en la imagen que ilustra las presentes notas, le bebió los alientos a Daniel Perea, célebre dibujante que colaboró en La Lidia española, publicación no menos conocida.

Alguien, que vivió aquel episodio, escribió la memoria de la jornada en estos términos:

Jesús Villegas era muy querido de aquel público cuando fue contratado el valiente Lino para trabajar en su compañía. La primera corrida se verificó el día 11 del mes y año citados y en ella Lino con su trabajo opacó a Villegas, robándole la simpatía del público. Villegas se resolvió a competir con Lino y el día 18 después que en la lidia y muerte del primer toro de la tarde, el público había aplaudido mucho a Lino, despertóse en Villegas la emulación.

“Pisó la arena el segundo toro de la tarde que pertenecía a la vacada del Copal y fue negro, de libras bien armado y codicioso. Villegas soltó el capote y recortó al toro con la montera dos veces. Lino Zamora a su vez soltó el percal y citó a la res para quebrar a cuerpo limpio, acudió el toro y el diestro fue enganchado y volteado, sufriendo una herida entre las dos vías que puso en peligro su vida, y además un varetazo en el vientre y un puntazo en el brazo derecho. El diestro se retiró a la enfermería por su propio pie y fue curado por el Dr. Rómulo López. El toro tomó con voluntad y poder 11 varas, dio cinco caídas y mató dos caballos; fue pareado por José M. Ramírez y lo mató Jesús Villegas de una estocada muy baja”.

Ya se ve que uno y otro podían salirse de sus casillas y armar un “sanquintín” de esos, memorables que hasta hoy siguen sonando sus hazañas en la desaparecida plaza de San Clemente.

En la recreación de aquel suceso, P. P. García, tuvo que deformar un poco el escenario pues les da a los espadas y cuadrillas el colorido de la vestimenta “a la española”, que ya se veía por aquellos días finales de 1887 en varias plazas de la ciudad de México, donde las cuadrillas de los hispanos no se daban abasto en presentar sus mejores representaciones. Incluso, al fondo, es posible observar a uno de los de turno, montado en una jaca y revestida esta por aquellos famosos cueros que las malas lenguas terminaron por conocer como “baberos”, antecedente del que para los años veinte del siglo pasado fue el origen del peto.

Los colores de tan maravillosa lámina que conservo cuidadosamente, dado el paso del tiempo transcurrido y que ha maltratado tan antiguo papel, son firmes y a través de ellos, junto con la proporción del buen dibujante, podemos entender las riesgosas intenciones que uno y otro “capitán de gladiadores” tuvieron para ganarse las palmas y la fama en uno más de aquellos sitios o feudos en los que el solo nombre de Lino Zamora o Jesús Villegas El Catrín, eran suficiente poder de convocatoria para que las plazas se llenaran de espectadores ávidos de ver un espectáculo fundado en suertes que surgían de la espontaneidad, y donde no faltaban los pares “non plus ultra”, es decir el par de banderillas extremadamente cortas, o la colocación de banderillas con la boca, saltar con dos garrochas, y realizar también el recorte denominado “suerte de la rosa”, cuando esto era a pie. No conformes, montaban cuacos briosos, y no bastaba con que Ignacio Gadea o Luis G. Inclán fuesen los amos del cotarro. Tenemos informes que Bernardo Gaviño, Lino Zamora mismo o Pedro Nolasco Acosta también se lucieron en la colocación de banderillas a caballo…

De alguna manera forjaron su fama, lo que por lo visto hasta aquí, no eran simples sutilezas, sino incluso deliberados intentos suicidas por hacerse de un “cartel” y hasta para figurar en una novela, como la que escribió Bernardo Jiménez Montellano, y publicada en 1957 con el título La virgen de espadas.

Recordemos, como lo indica otro cartel, este en la plaza de toros “Montecillo”, en San Luis Potosí, cuando el propio Lino fue a torear el 15 de agosto de 1869. Se enfrentó a toros de Guanamé, y entre otras gracias se apunta que “el primero, segundo, tercero y cuarto toro, serán picados y banderillados con todo el lucimiento posible, dándoles muerte el capitán de la cuadrilla, en diferentes posiciones”.

Así arriesgaba la piel quien una tarde, en febrero de 1878 por uno de los de su cuadrilla, Braulio Díaz para mayor referencia, y en el Real de Zacatecas murió asesinado por motivo de que entre ambos, se suscitaban fuertes diferencias pasionales por una mujer que el famoso corrido que lo rememora nos informa que se llamaba Prisciliana, Prisciliana Granado para mayor información.

De heroicas jornadas, pasó a dolorosa cornada.

 Y con esta me despido

Con los rayos de la aurora;

Aquí se acaban cantando

Los recuerdos de Zamora.

 

Rosa, Rosita, Rosa también,

Ya murió Lino Zamora;

Requiescat in pace Amén.

Deja un comentario

Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

EDMUNDO “EL BRUJO” ZEPEDA Y LOS CUATRO SIGLOS DE TOREO EN MÉXICO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Edmundo “El Brujo” Zepeda. En El Redondel, año XIX, domingo 21 de abril de 1959, N° 1477, p. 7.

    En la entrega pasada, mencioné a Edmundo “El Brujo” Zepeda que bien podría vérsele como un personaje de la picaresca taurina mexicana. Su vida, toda ella colmada de tribulaciones tuvo en un momento esa revelación de echar a andar un proyecto que funcionó, y le funcionó muy bien.

Pero no lo contaré yo. En esta ocasión, retomo datos de una antigua entrevista que realizó el recién desaparecido Rafael Morales “Clarinero”, y que se publicó en las páginas de El Redondel, en su número del 21 de abril de 1957. ¡Hace la friolera de 60 años!

Nos recuerda “El Brujo” que

“…una noche leyendo Historia del toreo en México de don Nicolás Rangel, ahí consigna que fue el 13 de agosto de 1529, en la llamada plazuela del Marqués, que es hoy Seminario y Guatemala”, donde se celebraron buena cantidad de festejos taurinos. Es bueno recordar que el primero, que bien pudo ocurrir en los actuales terrenos de lo que queda del convento de San Francisco –es decir, donde actualmente se encuentra la torre Latinoamericana-, sucedió el 24 de junio de 1526.

“Los corrales estaban en las casas de Moctezuma, que ahora es Monte de Piedad. Se corrieron siete toros de Atenco (precisamente, la encomienda de la Purísima Concepción de Atenco, tuvo origen el 19 de noviembre de 1528. Si bien, ya existía ganado en dicho sitio, este se encontraba destinado en su mayoría al abasto, no existiendo por entonces propósitos concretos de crianza, aspecto este del que se perciben ya los primeros indicios al finalizar el siglo XVIII. N. del A.) y fueron lidiados por militares españoles y los aborígenes más audaces. Las capas estaban teñidas de azul y blanco o de rojo y blanco.

“Me pareció que era justo celebrar ese acontecimiento, ya que es una fiesta tradicional de gran raigambre y significado. Creí que volver a escenificar aquella corrida resultaría soso.

“Pensé en la conveniencia de resucitar suertes antiguas, de las que muchos aficionados apenas tenían referencias por láminas o grabados. Bauticé aquello como Cuatro Siglos del Toreo en México, aunque pueda haber discrepancia, aduciendo algunos que son más o menos…

“Entre las suertes (que se practicaron estaban): La Mamola, de origen azteca (sic); el Don Tancredo, relativamente moderna –la cual puso en práctica a finales del siglo XIX Atenógenes de la Torre-; el salto de la garrocha; salto al trascuerno; banderillas con la boca; banderillas en silla; banderillas en barril; la suerte de los comprometidos, torear en zancos, etc.

“La de los comprometidos se hace entre cuatro personas que, sentadas cada una en su silla alrededor de una mesa toman su cerveza… Sale el toro y… a ver qué pasa. En realidad es un Tancredo colectivo, siempre del agrado del público.

“Presenté el espectáculo aquí, en la plaza México, el 14 de agosto de 1955. Hemos toreado en esta plaza dos veces más, siempre con gran éxito; en Guadalajara llenamos la plaza tres veces; hemos toreado en Monterrey, Laredo, San Luis Potosí y otras importantes plazas que sería largo decir. El primero de mayo toreamos en Torreón.

“Si no es precisamente un negocio fantástico, sí nos deja para vivir, y tiene la ventaja, sobre otros, de que le permite a uno estar dentro del ambiente del toro.

¿Y cuáles son sus planes?, pregunta “Clarinero”.

“Torear mucho en todas plazas de la República, y después, si hay suerte, ir al extranjero, en donde creo tendremos bastante resonancia”.

Hasta aquí con aquella entrevista.

Sólo queda reafirmar que un espectáculo así, fue el compendio de suertes que se practicaron en siglos pasados, no solo de suertes virreinales. Destacan mucho las que se realizaban en el XIX, justo en momentos en los que era necesario recuperar e interpretar –o reinterpretar-, el desarrollo de diversas puestas en escena, mismas que ocurrían en una sola tarde.

Como puede apreciarse, el repertorio fue un conjunto de elementos que la torería virreinal y decimonónica puso en práctica como resultado, posiblemente de un relajamiento con respecto a los dictados técnicos y estéticos que se daban desde España. Efectivamente deben haberse transmitido con el rigor de los tratados que imperaron por entonces. Sin embargo, un carácter americano, y más aún novohispano o nacionalista terminaron por alterar y adecuar todas aquellas normas en aspectos con variantes notables. Cambiaba la forma, no el fondo.

Lo que llegó hasta el entorno del propio “Brujo” Zepeda fue ese residuo de antiguos vientos que recuperó y adaptó para que la “compañía de gladiadores” (así se conocían hace dos siglos a las cuadrillas) o la “troupe” se dieran a la entregada demostración de las que también eran las mojigangas.

Allí estaban, entre otros, el diablo, que según lo sé de cierto, era representado por José Luis Carazo “Arenero”, padre de Luis Ramón Carazo, que heredó la afición y los quehaceres periodísticos.

Vayan por todos los que hicieron posible aquella recuperación nuestro reconocimiento, con la posibilidad de que en unos pocos años más, el 2026 para ser exactos, sea un buen momento en el que renovadas cuadrillas y troupes nos vuelvan a decir, a través de la escena misma, cómo se practicaron suertes que hoy siguen recuperándose, por fortuna, de viejas lecturas y arcones polvosos del recuerdo.

 

Deja un comentario

Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

MÁS SOBRE PLAZAS DE TOROS LEVANTADAS A FINALES DEL SIGLO XIX. (CONCLUSIÓN DE ESTOS BOCETOS).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Para Iván Fandiño, con respeto.

In Memoriam.

Colección digital del autor.

   Fueron famosas las plazas de toros de San Rafael, Colón, Paseo, Coliseo y Bucareli, estrenadas entre febrero de 1887 y enero de 1888. Como recordarán, la intensificación del espectáculo en la capital del país se debió, en buena medida, a la derogación del decreto que había prohibido desde 1867 las corridas de toros en la ciudad de México, así que repuestas, lo anterior dio pie a un resurgimiento sin precedentes. Junto a estos cosos, que seguían siendo de madera, también se levantó otro más, por el barrio de Jamaica, y que llevaba el nombre del recién desaparecido Bernardo Gaviño, muerto por cornada que recibió en Texcoco en enero de 1886. Estaba muy cerca de la “Quinta Corona”, propiedad que fue de Juan Corona, antiguo varilarguero en la cuadrilla del gaditano, y que a raíz de una cornada hacía muchos años, tuvo que dejar los toros, pero no su afición. Este Juan Corona “el de la famosa vara de otate”, formó en la quinta antes mencionada un museo de curiosidades, donde además de las rarezas propias de una feria que va itinerando por pueblos o barrios, también poseía algunos objetos de carácter eminentemente taurino.

Apenas perceptible, se aprecia en uno de los muros de esas casas a la orilla del canal de la Viga la “Quinta Corona”, donde estuvo, según lo que puede estimarse la plaza de toros “Bernardo Gaviño”.

Al centro de esta albúmina de Charles B. Waite, podemos apreciar la famosa “Quinta Corona”, sitio de visita imprescindible cuando los habitantes de la ciudad de México acudían al paseo de la Viga, a finales del siglo XIX. Dicha “Quinta”, fue propiedad del viejo picador de toros Juan Corona, miembro de la cuadrilla de Bernardo Gaviño hacia 1852.

Fuente: Nación de Imágenes, http://www.getty.edu/research/tools/digital/mexico/

Con respecto a la plaza, esta, como muchas de los comienzos del siglo XIX, no tuvo una prolongada vida, y acaso, allí se dieron festejos entre los que llegaron a actuar cuadrillas infantiles, así como de la comparecencia de socios fundadores de la entonces Sociedad Bernardo Gaviño. El único cartel que ha sido localizado, lleva la fecha del 8 de enero de 1888, y que encabeza estas notas.

También hubo una plaza más en San Ángel, de la que el registro sólo arroja una tarde en 1887. Un año más tarde, entre las novedades que se presentaron en la entonces apacible ciudad de México, contamos con la célebre inauguración de la plaza de Bucareli. Y ya casi para finalizar ese mismo año, en la Villa de Guadalupe, Ponciano Díaz fue a estrenar otro coso, conocido con igual nombre en sitio tan emblemático, y donde tuvo a bien participar en 6 festejos al hilo; esto en diciembre.

Colección del autor.

   Antes de que culminara el siglo XIX, todavía se levantaron algunas plazas más, mientras se sucedían –en forma intermitente-, una serie de prohibiciones a las corridas de toros, sobre todo por el hecho de que si bien, los afanes por un reglamento taurino no se materializarían sino hasta 1895, durante muchas tardes se desataron las pasiones, ocasionándose con ello la destrucción parcial de los escenarios taurinos, respondiendo la autoridad con las sanciones correspondientes.

Si bien ya estaban dadas las condiciones para evolucionar, sucedieron una serie de circunstancias en las que se acentuaron las pugnas entre el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna y toda aquella expresión que encabezaba Ponciano Díaz y sus huestes, así como otro buen número de diestros “aborígenes”, tal cual la definición que de ellos diera Carlos Cuesta Baquero, término que llevaba cierta carga peyorativa, misma que intentaba calificar las puestas en escena donde los nuestros se identificaban con el legado que habían recogido de todo el andar del siglo decimonónico, basado en formas que no necesariamente se correspondían con lo que sucedía en España, pero que tenían una fuerte carga de lo nacional, resultado de las lecciones y el control que Gaviño y Ponciano detentaron y pusieron en práctica, junto a aquellos otros complementos, fundamentalmente a caballo, en armónico diálogo entre lo urbano y lo rural.

Colección del autor.

   Sin embargo, se impuso la modernidad, no en balde la defensa a ultranza que unos, los pronacionalistas seguían mostrando, frente a los proespañoles que estaban plenamente convencidos del nuevo estado de cosas que vendría a darle un aire de renovación al toreo mexicano. En ese sentido, las plazas de Tacubaya y Mixcoac, inauguradas en 1894, fueron el espacio para dar cabida a esas muestras de definición entre cuadrillas que cada vez más adoptaban los dictados tauromáquicos españoles y las muestras de una representación nacional que seguía firme en sus convicciones.

Justo el 15 de abril de 1899 muere Ponciano Díaz, último reducto de aquel toreo híbrido, lo mismo a pie que a caballo, y para julio siguiente se estaba desmantelando su plaza, la de Bucareli. A finales de ese mismo año, el 17 de diciembre se inauguró en los rumbos de la Piedad la plaza de toros “México” con un cartel en el que alternaron Antonio Fuentes y Enrique Vargas Minuto, que se las entendieron con ejemplares de D. José Manuel de la Cámara (3) y otros tantos de El Cazadero. La “México” fue el nuevo y definitivo sitio en el que, con una dominante de cuadrillas españolas, el toreo en nuestro país alcanzaría la culminación de aquellos episodios, en los que con notabilidades como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López. Y luego, Reverte, Chicuelo o Antonio Montes, así como otros tantos matadores e integrantes de diversas cuadrillas, se consolidaría aquella aspiración.

Colección del autor.

   Todavía en esa etapa final del siglo antepasado, seguía funcionando de vez en vez la plaza de toros de la Villa de Guadalupe, donde los festejos ya tenían una completa armonía según lo recomendaban las tauromaquias –como la de Pepe Hillo y la de Francisco Montes Paquiro-, cuyos fundamentos técnicos y estéticos, a la vez que se modernizaban en España misma, culminarían su propósito con una extensión en nuestro país, que desde esos momentos y hasta hoy, y ya plenamente equilibradas las condiciones, se han logrado adelantar y depurar en buena medida los principios de aquellos tratados del toreo de a pie.

Colección del autor.

Este cartel corresponde todavía al último de los festejos que se organizaron con motivo de la inauguración de dicha plaza. Es de la tarde del 1° de enero de 1889, en la que Atenógenes de la Torre y Antonio Mercadilla,  se las entendieron, junto con sus cuadrillas con cuatro ejemplares de Ortega.

Finalmente, con la presencia de la plaza de toros “México” de la Piedad, hubo de darse entre los años que funcionó, de 1899 a 1914 todo un capítulo en el que los aficionados de hace poco más de un siglo, pudieron presenciar el predominio español con apenas unas cuantas insinuaciones del mexicano, que seguían mostrándose, al paso de los años con menor frecuencia gracias a personajes como Arcadio Reyes El Zarco, María Aguirre La Charrita mexicana, Margarito de la Rosa o Natividad Contreras, hasta que un día desaparecieron.

Rápido vistazo, cual si de pronto nos eleváramos en un globo aerostático y, con el tiempo suficiente para conocer algunos rasgos de los espacios que sirvieron en otras épocas a la organización de festejos taurinos en la ciudad de México.

De México y sus alrededores, obra emblemática de mediados del XIX.

Deja un comentario

Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

MÁS SOBRE PLAZAS DE TOROS. LA DE TACUBAYA EN 1850.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El cartel…

   En la entrega anterior, pudimos conocer datos relacionados con algunas plazas de toros que se levantaron en el curso de la primera mitad del siglo XIX. Ya tenemos idea, por lo menos de las de Necatitlán, la plaza Nacional de Toros y la de la Alameda.

En esta ocasión, mencionaré otras de las que apenas tenemos escasa información, la que se justifica por tratarse de una época en la que se desarrollaba el proceso de emancipación y que dio paso a un nuevo estado-nación, así como porque tras ese hecho, privó un espíritu antiespañol, sobre todo entre los integrantes de la prensa, quienes se dieron a la tarea de una permanente descalificación, destacando aquí la labor que desempeñaron en ese sentido Carlos María de Bustamante o José Joaquín Fernández de Lizardi Hubo incluso alguien que, con las iniciales F.P.R.P. firmó un soneto antitaurino, y aún más. De la imprenta de Ontiveros, salió en 1820 una edición atribuida a Gaspar Melchor de Jovellanos titulada Pan y Toros que por cierto, debe haberse vendido muy bien.

De aquellos espacios, donde se desarrollaron festejos taurinos se pueden citar plazas como la de Don Toribio (1813-1828), Jamaica (1813-1816), la de Los Pelos (1803), Tarasquillo (1803), Boliche (1819-1833) y la de Villamil, cuyas fechas en las que funcionó son imprecisas. Estos datos, los podemos conocer en el excelente trabajo del Doctor en Historia Benjamín Flores Hernández: La afición entrañable. Tauromaquia novohispana del siglo XVIII: del toreo a caballo al toreo a pie. Amigos y enemigos. Participantes y espectadores. Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2012. 420 p. Ils., retrs., facs., planos.

Se sabe, según testimonio de Armando de María y Campos en Imagen del Mexicano en los Toros (1953), que el 13 de agosto de 1808 (probablemente sea 1818), se presentaron allí Luis y Sóstenes Ávila para entendérselas con toros de Puruagua. Que la plaza se encontraba en el predio que ocupaban las casas 10, 11 y 12, muy cercano a donde también estuvo la de la Alameda; es decir donde anteriormente se encontraba el palacio de los Mariscales de Castilla –de ahí probablemente el nombre de la Mariscala-.

También hecha alguna revisión en el quehacer de los viajeros extranjeros, poco o nada se ha encontrado al respecto, y vaya que en otros casos abundan las descripciones, como las de Luis de Bellamare, madame Calderón de la Barca, Joel R. Poinsett, C. C. Becher, W. H. Hardy o Mathieu de Fossey.

No queda sino tomar un coche de los que salen de la carrocería del Puente de Peredo, con rumbo a Tacubaya. Allá nos vemos.

Habiendo llegado a la entonces municipalidad de Tacubaya -ya estamos en 1850-, es por el hecho de que entre el 19 de mayo y el 2 de junio se celebraron cuatro festejos, para lo cual se levantó una plaza, efímera como muchas de las que se armaron por entonces. Lamentablemente las pocas que estaban construidas de mampostería, y que son, a mi entender tres, a saber: la de Cañadas, Jalisco, la de Real de Catorce, en San Luis Potosí y la de Tepeapulco, en el actual estado de Hidalgo estaban distantes de las capitales importantes. Sólo una, la hoy llamada Rodolfo Gaona en Cañadas, y cuya construcción se remonta a finales del siglo XVII, sigue en funciones. La disposición del espacio donde se realizan las corridas de toros es peculiar, pues tiene forma rectangular, conservando así la que por entonces regía.

De nuevo en Tacubaya. Los carteles anunciadores nos refieren lo siguiente:

PLAZA DE TOROS DE TACUBAYA, D.F. Domingo 19 de mayo. El domingo 19 se jugarán cuatro tapados de a 50 ps. cada uno, y un mochiler de a 100, comenzando en punto de las 12, para dar lugar a que se presente el hábil profesor en la tauromaquia D. Bernardo Gaviño, a lidiar cinco toros de la acreditada raza de Atenco.

PLAZA DE TOROS DE TACUBAYA, D.F. Lunes 20 de mayo. Los gallos serán lo mismo que el día anterior, y en los toros se presentarán dos indios legítimos comanches, quienes matarán de un flechazo a un toro, y se ejecutarán otras varias equitaciones que agradarán al público. Participa la cuadrilla de Bernardo Gaviño.

De hecho, se entiende que los toros procedían de Atenco. (N. del A.)

PLAZA DE TOROS DE TACUBAYA, D.F. Martes 21 de mayo. Después del mochiler habrá Moros y Cristianos, siguiéndose la tapada y concluyendo con la última corrida de toros; en donde habrá uno embolado que será lidiado por los hombres Gordos de Europa. La empresa no ha omitido gasto ni sacrificio de ninguna clase para complacer al público con la función que ha arreglado en muy poco tiempo. Los toros serán todos puntales y de muerte. De hecho, se entiende que los toros procedían de Atenco.

Los vestidos de los lidiadores llamarán la atención por su riqueza y novedad. Participa la cuadrilla de Bernardo Gaviño.

 PLAZA DE TOROS DE TACUBAYA, D.F. Domingo 2 de junio. Deseosos los encargados de estas funciones de corresponder debidamente a la buena acogida que han merecido del público, no han perdonado medio ni gasto de ninguna especie para que esta corrida sobrepuje, si es posible, a todas las anteriores.

   Los toros que se han de lidiar, son de la muy conocida y acreditada ganadería de ATENCO, los cuales, para que el público pueda conocerlos como es de costumbre en todas las plazas, se distinguirán con lujosas divisas, de la manera siguiente:

La cuadrilla está a cargo del muy acreditado y conocido primer espada, Bernardo Gaviño.

Para el último toro, que será embolado, están dispuestos los Hombres gordos de Europa que tanta aceptación tuvieron en la última corrida.-Dicho toro será muerto con flecha por uno de los indios comanches de la cuadrilla.

La corrida dará principio a las cuatro en punto de la tarde.

Si bien Heriberto Lanfranchi nos dice en su muy conocida obra La fiesta brava en México y en España. 1519-1969 que, en 1852 se registra la primera crónica taurina, en un festejo celebrado el 23 de septiembre de aquel año, puedo afirmar que, al dar lectura al texto aparecido en El Monitor Republicano del 6 de junio de 1850, p. 6 y 7, este fue escrito por Joaquín Jiménez, español de origen, y firmado con el seudónimo El Tío Nonilla. Por su extensión, y por ello obligada revisión y análisis, sugiero a los lectores de “AlToroMéxico.com” remitirse a la siguiente liga, donde encontrarán el desenlace de este interesante caso (https://ahtm.wordpress.com/2016/05/31/se-publica-un-6-de-junio-de-1850-la-primera-cronica-taurina-debida-al-tio-nonilla/).

Finalmente, se entiende que aquellos cuatro festejos fueron organizados en torno a una feria, tan similar a aquellas que se celebraban en San Agustín de las Cuevas, por ejemplo. Sólo que con la particularidad de que además de los muy arraigados juegos de gallos, se sumó como novedad, la presencia de esas corridas, encabezadas no por cualquier improvisado. Se trataba, ni más ni menos que de Bernardo Gaviño, quien se comprometió a actuar en todos ellos lidiando sus toros consentidos: los de Atenco.

Terminará esta pequeña semblanza en la próxima entrega. Gracias.

Deja un comentario

Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

SOBRE ALGUNAS PLAZAS DE TOROS DESCONOCIDAS EN EL SIGLO XIX. LA ALAMEDA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Posible ubicación de la antigua plaza de toros de la Alameda, en un plano de la ciudad de México. 1858. Se encontraba en el predio que marcan las calles de la Mariscala, la del Puente de los Gallos y la calle del Puente de la Mariscala. Tomado de un plano de la época.

    Compartiré con ustedes los datos de algunas plazas de toros que, además de las célebres de San Pablo y Paseo Nuevo, se levantaron en el curso del siglo XIX en la capital del país.

Las hubo en efecto, por diversas partes de la ciudad y si bien destacaban en el casco antiguo de la misma, con el tiempo ya se les podía apreciar a las “afueras”; es decir por los rumbos de Tacubaya, Mixcoac, San Ángel; Tacuba, Azcapotzalco o la Piedad.

Efímeras algunas. Otras se conservaron algún tiempo, pero ninguna alcanzó los años de permanencia deseable debido, sobre todo a que se construyeron con madera.

Una de ellas, que fue célebre en sus días, fue la de la Alameda, instalada en el cruce de las actuales avenidaS del eje central Lázaro Cárdenas y Av. Hidalgo. En efecto, se alineaba con la frondosa “Alameda”, de ahí su nombre. Hace más de un siglo, Alberto Leduc –padre a su vez de Vicente y Renato Leduc-, colaborador en el semanario ilustrado México Taurino, y cuyo director era el Dr. Carlos Cuesta Baquero, publicó algunas notas dedicadas a enriquecer la historia de la tauromaquia en México. En su texto puede entenderse la presencia de algunos elementos con los que se constituyó esta diversión durante los siglos pasados. El esfuerzo de Leduc, nos lleva hasta las notas en que se ocupa sobre la plaza que en esta ocasión es motivo de este pequeño pero no por ello insignificante recuerdo.

Antes, advierte que por aquellos días de 1833, y en diversos sectores del país asolaba a la población la epidemia del “cólera morbo”, que causó efectos devastadores. A pesar de ello, la vida debía continuar, y entre otras circunstancias, se celebraban diversos festejos en la ya conocida plaza de la Alameda, de la que Vicente Leduc nos comparte su contenido:

TOROS EN LA ALAMEDA

Deseoso el empresario de la plaza de toros de la Alameda de obsequiar el gusto del público ilustrado de esta capital, y de prolongarle más la diversión y agrado que ha tenido con lo exquisito y selecto del ganado que ha visto lidiar; no menos que por la singular aplicación y habilidad de las respectivas cuadrillas, le participa haber electo para la tarde del próximo domingo, las más divertidas suerte y siete toros de la hacienda de Xajay.-México, 17 de abril de 1833.

Tomado de El Fénix de la Libertad, del 19 de abril de 1833, p. 4.

   “Los toros, eran entonces, como lo indica el autor que voy a citar, el espectáculo único, que los ancianos conservadores no negaban a sus hijas. Imagina, mi cronista, una familia compuesta de un viejo monarquista, de una dueña y de una muchacha locamente enamorada de un joven a quien el vejete no acepta.

Un año después de haberles caído en una cita y cuando ya el buen hombre, supone que la imagen del novio se ha borrado del cerebro de la chica, arrepentido de tanta dureza y compadecido de la resignada actitud de su hija la lleva a los toros a la Plaza de la Alameda.

“Ya estamos en los toros, dice el novelista, por todas partes de oyen los gritos de:

A dos por medio las rosquillas de almendra! Dulces para tomar agua! Quesadillas! Empanadas!

   Los soldados han partido la plaza con una poco difícil evolución; los ociosos se han retirado a sus asientos y todos aguarda, ni más ni menos, que en el día del juicio el sonido de la destemplada corneta que anuncia el toro.

   “Aquí, empinándose un fashionable echa el lente a una lumbrera donde hay dos niñas y una vieja; allá un militar de barragán con casaca de uniforme y sombrero jarano, brujulea a una ciudadana de reboso de bolita y túnico blanco que campea en un ángulo saliente del tendido, entre otra multitud de tan pública notabilidad como ella; acullá cuatro cajeritos del Parián, de los que no salen por la noche se cuentan mutuamente las aventuras del día, al evacuar las citas de damas caritativas que recibieron en la semana detrás del mostrador…

“Sigue la intriga amorosa en la que supone el cronista, que al terminar la corrida y valiéndose de la confusión, el novio ayudado por sus amigos, se roba a la muchacha y pasados algunos días se casa con ella, y hace que el vejete los perdone”.

El mismo Leduc apunta que por esos años la primera plaza formal que se construyó, si mis datos no son erróneos, es la de Necatitlán que se inauguró por los años de 1823 o 24 y estuvo situada en la rinconada de Necatitlán…, hasta aquí don Vicente.

Por cierto Necatitlán quiere decir “cerca de la carne”. Duro poco tiempo; era pequeña y de muy mal gusto.

También existió la “Plaza Nacional de Toros”, de la que ya me he ocupado. Se inauguró, al parecer en 1821 y dejó de funcionar al menos cinco años más tarde. Y junto a ellas, la del Boliche, de la que espero localizar alguna información para traerla hasta aquí.

Algunos datos más que se tienen sobre la plaza de la Alameda, nos los proporciona don Carlos María de Bustamante a través de su Diario Histórico de México (1822-1848) junto con algunos datos provenientes de la prensa de la época. Veamos.

Domingo de Pascua, 7 de abril de 1833

(Mucho calor)

Esta tarde se ha estrenado una magnífica plaza de toros en el barrio de San Pablo, construida de cuenta del coronel Barrera en el mismo lugar donde estaba la que se quemó el día que por desgracia llegó a Veracruz Mr. Poinsett. La concurrencia ha sido numerosísima y brillante con asistencia del vicepresidente Gómez Farías y el Ayuntamiento, pues dizque se hizo la función en celebridad de la instalación del Congreso y no en aumento y utilidad del bolsillo de Barrera. Excelentes caballos de los picadores, buenos arneses, pero mal ganado, sin embargo fueron despanzurrados dos caballos. También hubo toros en la plaza de Necatitlán y en la Alameda, he aquí una ciudad torera, que retrograda a la barbarie en vez de marchar a la ilustración gótica en el siglo XIX. El gobierno cree que así aleja las conspiraciones, como creen todos los tiranos cuando le hacen ruido al pueblo para que no piensen sobre su posición.

Sobre Poinsett, se refería Bustamante concretamente al primer ministro de los Estados Unidos de Norteamérica ante México, Joel R. Poinsett.

Y vienen hasta aquí, los que se localizaron directamente en la prensa de la época, donde predomina cierta austeridad o desdén al tratar el asunto de esas diversiones.

EL FÉNIX DE LA LIBERTAD, D.F., del 6 de abril de 1833, p. 4: TOROS EN LA PLAZA DE LA ALAMEDA. Con motivo de haberse esparcido varias especies tan infundadas como equívocas en orden a dicha plaza, atribuyéndolas gratuitamente, ya al gobierno, ya al empresario, se ha juzgado necesario para desengaño del público participarle que la próxima pascua verá comenzar sin variación alguna la nueva temporada de toros, de que se ha recibido una remesa de las haciendas de Sajay, la Cueva y los Molinos, a toda prueba buena y escogida, y que difícilmente se mejora, pudiéndose decir sin temor de errar, que puede competir con la que se le presente, lo que calificará y no podrá desmentir, el juicio imparcial y buen gusto de los inteligentes. Las diversiones dispuestas para dicha pascua en las tres corridas de once que habrá, podrán verse en el cartel y anuncios de estilo que se han fijado.

LA ANTORCHA, D.F., del 7 de abril de 1833, p. 4: TOROS. En la plaza de S. Pablo, en las tardes de estos tres días y en la de Necatitlán, hoy y mañana, de once; y pasado mañana en la tarde.

LA ANTORCHA, D.F., del 9 de abril de 1833, p. 4: TOROS. Esta tarde en las plazas de S. Pablo y Necatitlán.

LA ANTORCHA, D.F., del 20 de abril de 1833, p. 4: TOROS. Mañana en la tarde, en las plazas de S. Pablo, Necatitlán y Alameda.

LA ANTORCHA, D.F., del 4 de mayo de 1833: TOROS. En la plaza de la Alameda, de once; y en la de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde.

LA ANTORCHA, D.F., del 18 de mayo de 1833, p. 4: TOROS MAÑANA. En la plaza de la Alameda de once, y en la de Necatitlán y S. Pablo en la tarde.

LA ANTORCHA, D.F., del 25 de mayo de 1833: TOROS. En las plazas de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde; y en la Alameda de once.

En esa plaza, y para terminar, los días en que no se celebraban festejos taurinos, se aprovechaba para funciones de circo y equitación, las que por otro lado, también congregaron a buen número de asistentes.

Aunque conviene hacer caso al aviso que el propio Fénix de la libertad nos ha hecho en el ejemplar del 20 de mayo siguiente, pues para la próxima semana, el viaje lo haremos hasta el hermoso sitio de Tacubaya.

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

HACE MEDIO SIGLO SE ESTRENABAN DOS PELÍCULAS DE TOROS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Imágenes tomadas de El Heraldo de México (marzo de 1966 y julio de 1967, respectivamente).

   Fue tal el impacto que produjeron algunos documentales y largometrajes a lo largo de la sexta década del siglo XX, que como resultado de la inauguración del Centro de Estudios Cinematográficos o “Filmoteca” de la U.N.A.M., ésta formó su primera colección y entre otras grandes producciones, con Torero, de Carlos Velo. En esa ocasión (era el 8 de julio de 1960), Manuel Barbachano Ponce puso en manos del Lic. Manuel González Casanova las latas de aquel valioso documento que registra las tribulaciones más profundas de un torero, historia que encarnó en forma por demás sobrada Luis Procuna.

Más o menos por aquellas épocas, los espectadores verían una película de culto –por lo menos entre los taurinos-. Me refiero a Tarde de toros (1956), en donde se pueden apreciar, entre otras, las faenas de Domingo Ortega o Antonio Bienvenida, que no solo torearon. También actuaron.

Así, pasaron los años y a partir del mes de marzo de 1966, la prensa de nuestra capital, publicitaba otra cinta a cual más interesante. Se trata de Aprendiendo a morir, que cuatro años antes ya había sido exhibida con bastante éxito en España. El papel estelar lo protagonizó Manuel Benítez El Cordobés. En dicho trabajo quedó marcado al comienzo y final del mismo, algo que parece muy interesante, pues al margen de la desgracia que puede padecer el torerillo de la legua, este decide lanzarse al ruedo jugándose el todo por el todo. En un momento en que los de la guardia civil lo lleva detenido, el espontáneo se dirige a uno de ellos para decirle en forma sentenciosa que en cuanto fuera famoso, “usté me llevará en hombros en esta misma plaza”. Palabras más, palabras menos pero así sucedió, y aquel mismo personaje, un día de fiesta –que estaba “franco”-, se encargó de ser uno de los varios “costaleros” que cargaron con el héroe de la tarde.

Una producción más, y que causó revuelo fue Fray Torero, en cuyo papel principal se encontraba Paco Camino, al lado también de otra figura de aquel cine que se perfilaba por senderos que ya estaban abordando un segmento complicado, por contestatario y rebelde. Me refiero a los jóvenes. En este caso, la actriz principal era una Angélica María que ya contaba para esas épocas con horas de vuelo en la actuación, y el canto.

En la cinta que fue estrenada en julio de 1967, puede apreciarse un interesante efecto en el que pudo más la afición que la devoción, o por lo menos así lo parece, pues ese fraile inquieto y cuyo hábito lleva el diestro de Camas (Sevilla), no deja de pensar en todas las buenas obras que podrían darse nada más se aventurara a tomar capote y muleta.

Paco Camino, disponiéndose a torear.

   El cine taurino de ficción, no siendo ni teniendo los ingredientes de películas que hayan dejado su impronta en términos de inolvidables (y esto puede ser discutible), rescata en cada uno de sus registros escenas que, gracias a sus directores o productores, se pueden apreciar escenas donde las figuras en su momento brillaban con luz propia. De hecho, hay otro cine, el documental, en cuyos registros pueden observarse infinidad de circunstancias, pues es desde el año de 1895 y hasta tiempos en que el cine mismo fue desplazado por el video –hablo de 1972 en años-, el que hizo posible que hoy día podamos observar el testimonio de toreros que van desde Rafael Guerra o Luis Mazzantini hasta Antonio Ordóñez o Manolo Martínez. Con todo ello, la visión sobre diversas expresiones, nos ayuda a entender de manera suficiente la evolución y los cambios que adquirió el espectáculo en poco más de 75 años.

En un trabajo de reciente manufactura, aunque con investigación acumulada de un par de décadas, logré concentrar toda aquella información relacionada con producciones, tanto en forma documental como de ficción; o de aquellos registros hechos fuera de nuestro país y que luego se exhibieron aquí. El número alcanza poco más de 500 títulos, en un rango que va de 1895 a 2017. Se sabe que en San Luis Potosí, y durante la primera quincena de octubre de 1897, se presentaba en el Teatro de la Paz la producción de Enoch C. Rector “Corrida de toros”, filmada el 23 de febrero de 1896 en la plaza de toros de San Pablo, ciudad Juárez, Chihuahua. De ese material cinematográfico al muy reciente, denominado Miguel Espinosa. “Armillita en la mirada del maestro Fermín” (Fundación “Miguel Alemán, A.C.”, 2017), han transcurrido 125 años.

II

   Así como el quehacer de los antropólogos ha sido rastrear, recuperar, identificar y ubicar todos aquellos documentos conocidos como códices, que recuerdan no solo la gloria de determinados personajes, sino las guerras, así como los diferentes sistemas políticos de un pueblo o su religión. También no dejan de inscribirse valores de vida cotidiana, con lo que nos acercamos a una idea más precisa de cómo se desarrollaron determinados momentos, tiempos o épocas de un pasado que parecían irrecuperables, aunque por fortuna tan inmediatos gracias a su rescate, resguardo e interpretación precisos.

Del mismo modo, existen otra serie de testimonios que fortalecen en esa medida la circunstancia del pasado, con lo que nos es más inmediato, de ahí que lo podamos conocer un poco más, pero también un poco mejor.

Los archivos fílmicos vienen a convertirse en invaluables acervos, colecciones y reuniones de “códices de la imagen” los cuales aglutinan y recogen todos aquellos síntomas en los que se movió determinada sociedad, documentos conocidos en nuestro país desde 1896.

Lo verdaderamente notable es que estos documentos recogen a los héroes populares, esos que se pensaban perdidos hasta que al volverse a destapar viejas latas y colocarlas en enormes proyectores retornan en el tiempo hasta nosotros, con lo que nos damos cuenta del significado que tuvieron y que siguen teniendo. Esas imágenes nos permiten entender la forma en cómo evolucionó la selección y gusto de la sociedad por diversiones como la de toros. De ahí que volvamos a fijarnos en una más de las herramientas de la antropología, unidas también al quehacer histórico y sociológico que acude para enriquecer el soporte interpretativo necesario para entender mejor el contexto resguardado en viejos nitratos.

Deja un comentario

Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.