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MÁS SOBRE PLAZAS DE TOROS LEVANTADAS A FINALES DEL SIGLO XIX. (CONCLUSIÓN DE ESTOS BOCETOS).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Para Iván Fandiño, con respeto.

In Memoriam.

Colección digital del autor.

   Fueron famosas las plazas de toros de San Rafael, Colón, Paseo, Coliseo y Bucareli, estrenadas entre febrero de 1887 y enero de 1888. Como recordarán, la intensificación del espectáculo en la capital del país se debió, en buena medida, a la derogación del decreto que había prohibido desde 1867 las corridas de toros en la ciudad de México, así que repuestas, lo anterior dio pie a un resurgimiento sin precedentes. Junto a estos cosos, que seguían siendo de madera, también se levantó otro más, por el barrio de Jamaica, y que llevaba el nombre del recién desaparecido Bernardo Gaviño, muerto por cornada que recibió en Texcoco en enero de 1886. Estaba muy cerca de la “Quinta Corona”, propiedad que fue de Juan Corona, antiguo varilarguero en la cuadrilla del gaditano, y que a raíz de una cornada hacía muchos años, tuvo que dejar los toros, pero no su afición. Este Juan Corona “el de la famosa vara de otate”, formó en la quinta antes mencionada un museo de curiosidades, donde además de las rarezas propias de una feria que va itinerando por pueblos o barrios, también poseía algunos objetos de carácter eminentemente taurino.

Apenas perceptible, se aprecia en uno de los muros de esas casas a la orilla del canal de la Viga la “Quinta Corona”, donde estuvo, según lo que puede estimarse la plaza de toros “Bernardo Gaviño”.

Al centro de esta albúmina de Charles B. Waite, podemos apreciar la famosa “Quinta Corona”, sitio de visita imprescindible cuando los habitantes de la ciudad de México acudían al paseo de la Viga, a finales del siglo XIX. Dicha “Quinta”, fue propiedad del viejo picador de toros Juan Corona, miembro de la cuadrilla de Bernardo Gaviño hacia 1852.

Fuente: Nación de Imágenes, http://www.getty.edu/research/tools/digital/mexico/

Con respecto a la plaza, esta, como muchas de los comienzos del siglo XIX, no tuvo una prolongada vida, y acaso, allí se dieron festejos entre los que llegaron a actuar cuadrillas infantiles, así como de la comparecencia de socios fundadores de la entonces Sociedad Bernardo Gaviño. El único cartel que ha sido localizado, lleva la fecha del 8 de enero de 1888, y que encabeza estas notas.

También hubo una plaza más en San Ángel, de la que el registro sólo arroja una tarde en 1887. Un año más tarde, entre las novedades que se presentaron en la entonces apacible ciudad de México, contamos con la célebre inauguración de la plaza de Bucareli. Y ya casi para finalizar ese mismo año, en la Villa de Guadalupe, Ponciano Díaz fue a estrenar otro coso, conocido con igual nombre en sitio tan emblemático, y donde tuvo a bien participar en 6 festejos al hilo; esto en diciembre.

Colección del autor.

   Antes de que culminara el siglo XIX, todavía se levantaron algunas plazas más, mientras se sucedían –en forma intermitente-, una serie de prohibiciones a las corridas de toros, sobre todo por el hecho de que si bien, los afanes por un reglamento taurino no se materializarían sino hasta 1895, durante muchas tardes se desataron las pasiones, ocasionándose con ello la destrucción parcial de los escenarios taurinos, respondiendo la autoridad con las sanciones correspondientes.

Si bien ya estaban dadas las condiciones para evolucionar, sucedieron una serie de circunstancias en las que se acentuaron las pugnas entre el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna y toda aquella expresión que encabezaba Ponciano Díaz y sus huestes, así como otro buen número de diestros “aborígenes”, tal cual la definición que de ellos diera Carlos Cuesta Baquero, término que llevaba cierta carga peyorativa, misma que intentaba calificar las puestas en escena donde los nuestros se identificaban con el legado que habían recogido de todo el andar del siglo decimonónico, basado en formas que no necesariamente se correspondían con lo que sucedía en España, pero que tenían una fuerte carga de lo nacional, resultado de las lecciones y el control que Gaviño y Ponciano detentaron y pusieron en práctica, junto a aquellos otros complementos, fundamentalmente a caballo, en armónico diálogo entre lo urbano y lo rural.

Colección del autor.

   Sin embargo, se impuso la modernidad, no en balde la defensa a ultranza que unos, los pronacionalistas seguían mostrando, frente a los proespañoles que estaban plenamente convencidos del nuevo estado de cosas que vendría a darle un aire de renovación al toreo mexicano. En ese sentido, las plazas de Tacubaya y Mixcoac, inauguradas en 1894, fueron el espacio para dar cabida a esas muestras de definición entre cuadrillas que cada vez más adoptaban los dictados tauromáquicos españoles y las muestras de una representación nacional que seguía firme en sus convicciones.

Justo el 15 de abril de 1899 muere Ponciano Díaz, último reducto de aquel toreo híbrido, lo mismo a pie que a caballo, y para julio siguiente se estaba desmantelando su plaza, la de Bucareli. A finales de ese mismo año, el 17 de diciembre se inauguró en los rumbos de la Piedad la plaza de toros “México” con un cartel en el que alternaron Antonio Fuentes y Enrique Vargas Minuto, que se las entendieron con ejemplares de D. José Manuel de la Cámara (3) y otros tantos de El Cazadero. La “México” fue el nuevo y definitivo sitio en el que, con una dominante de cuadrillas españolas, el toreo en nuestro país alcanzaría la culminación de aquellos episodios, en los que con notabilidades como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López. Y luego, Reverte, Chicuelo o Antonio Montes, así como otros tantos matadores e integrantes de diversas cuadrillas, se consolidaría aquella aspiración.

Colección del autor.

   Todavía en esa etapa final del siglo antepasado, seguía funcionando de vez en vez la plaza de toros de la Villa de Guadalupe, donde los festejos ya tenían una completa armonía según lo recomendaban las tauromaquias –como la de Pepe Hillo y la de Francisco Montes Paquiro-, cuyos fundamentos técnicos y estéticos, a la vez que se modernizaban en España misma, culminarían su propósito con una extensión en nuestro país, que desde esos momentos y hasta hoy, y ya plenamente equilibradas las condiciones, se han logrado adelantar y depurar en buena medida los principios de aquellos tratados del toreo de a pie.

Colección del autor.

Este cartel corresponde todavía al último de los festejos que se organizaron con motivo de la inauguración de dicha plaza. Es de la tarde del 1° de enero de 1889, en la que Atenógenes de la Torre y Antonio Mercadilla,  se las entendieron, junto con sus cuadrillas con cuatro ejemplares de Ortega.

Finalmente, con la presencia de la plaza de toros “México” de la Piedad, hubo de darse entre los años que funcionó, de 1899 a 1914 todo un capítulo en el que los aficionados de hace poco más de un siglo, pudieron presenciar el predominio español con apenas unas cuantas insinuaciones del mexicano, que seguían mostrándose, al paso de los años con menor frecuencia gracias a personajes como Arcadio Reyes El Zarco, María Aguirre La Charrita mexicana, Margarito de la Rosa o Natividad Contreras, hasta que un día desaparecieron.

Rápido vistazo, cual si de pronto nos eleváramos en un globo aerostático y, con el tiempo suficiente para conocer algunos rasgos de los espacios que sirvieron en otras épocas a la organización de festejos taurinos en la ciudad de México.

De México y sus alrededores, obra emblemática de mediados del XIX.

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MÁS SOBRE PLAZAS DE TOROS. LA DE TACUBAYA EN 1850.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El cartel…

   En la entrega anterior, pudimos conocer datos relacionados con algunas plazas de toros que se levantaron en el curso de la primera mitad del siglo XIX. Ya tenemos idea, por lo menos de las de Necatitlán, la plaza Nacional de Toros y la de la Alameda.

En esta ocasión, mencionaré otras de las que apenas tenemos escasa información, la que se justifica por tratarse de una época en la que se desarrollaba el proceso de emancipación y que dio paso a un nuevo estado-nación, así como porque tras ese hecho, privó un espíritu antiespañol, sobre todo entre los integrantes de la prensa, quienes se dieron a la tarea de una permanente descalificación, destacando aquí la labor que desempeñaron en ese sentido Carlos María de Bustamante o José Joaquín Fernández de Lizardi Hubo incluso alguien que, con las iniciales F.P.R.P. firmó un soneto antitaurino, y aún más. De la imprenta de Ontiveros, salió en 1820 una edición atribuida a Gaspar Melchor de Jovellanos titulada Pan y Toros que por cierto, debe haberse vendido muy bien.

De aquellos espacios, donde se desarrollaron festejos taurinos se pueden citar plazas como la de Don Toribio (1813-1828), Jamaica (1813-1816), la de Los Pelos (1803), Tarasquillo (1803), Boliche (1819-1833) y la de Villamil, cuyas fechas en las que funcionó son imprecisas. Estos datos, los podemos conocer en el excelente trabajo del Doctor en Historia Benjamín Flores Hernández: La afición entrañable. Tauromaquia novohispana del siglo XVIII: del toreo a caballo al toreo a pie. Amigos y enemigos. Participantes y espectadores. Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2012. 420 p. Ils., retrs., facs., planos.

Se sabe, según testimonio de Armando de María y Campos en Imagen del Mexicano en los Toros (1953), que el 13 de agosto de 1808 (probablemente sea 1818), se presentaron allí Luis y Sóstenes Ávila para entendérselas con toros de Puruagua. Que la plaza se encontraba en el predio que ocupaban las casas 10, 11 y 12, muy cercano a donde también estuvo la de la Alameda; es decir donde anteriormente se encontraba el palacio de los Mariscales de Castilla –de ahí probablemente el nombre de la Mariscala-.

También hecha alguna revisión en el quehacer de los viajeros extranjeros, poco o nada se ha encontrado al respecto, y vaya que en otros casos abundan las descripciones, como las de Luis de Bellamare, madame Calderón de la Barca, Joel R. Poinsett, C. C. Becher, W. H. Hardy o Mathieu de Fossey.

No queda sino tomar un coche de los que salen de la carrocería del Puente de Peredo, con rumbo a Tacubaya. Allá nos vemos.

Habiendo llegado a la entonces municipalidad de Tacubaya -ya estamos en 1850-, es por el hecho de que entre el 19 de mayo y el 2 de junio se celebraron cuatro festejos, para lo cual se levantó una plaza, efímera como muchas de las que se armaron por entonces. Lamentablemente las pocas que estaban construidas de mampostería, y que son, a mi entender tres, a saber: la de Cañadas, Jalisco, la de Real de Catorce, en San Luis Potosí y la de Tepeapulco, en el actual estado de Hidalgo estaban distantes de las capitales importantes. Sólo una, la hoy llamada Rodolfo Gaona en Cañadas, y cuya construcción se remonta a finales del siglo XVII, sigue en funciones. La disposición del espacio donde se realizan las corridas de toros es peculiar, pues tiene forma rectangular, conservando así la que por entonces regía.

De nuevo en Tacubaya. Los carteles anunciadores nos refieren lo siguiente:

PLAZA DE TOROS DE TACUBAYA, D.F. Domingo 19 de mayo. El domingo 19 se jugarán cuatro tapados de a 50 ps. cada uno, y un mochiler de a 100, comenzando en punto de las 12, para dar lugar a que se presente el hábil profesor en la tauromaquia D. Bernardo Gaviño, a lidiar cinco toros de la acreditada raza de Atenco.

PLAZA DE TOROS DE TACUBAYA, D.F. Lunes 20 de mayo. Los gallos serán lo mismo que el día anterior, y en los toros se presentarán dos indios legítimos comanches, quienes matarán de un flechazo a un toro, y se ejecutarán otras varias equitaciones que agradarán al público. Participa la cuadrilla de Bernardo Gaviño.

De hecho, se entiende que los toros procedían de Atenco. (N. del A.)

PLAZA DE TOROS DE TACUBAYA, D.F. Martes 21 de mayo. Después del mochiler habrá Moros y Cristianos, siguiéndose la tapada y concluyendo con la última corrida de toros; en donde habrá uno embolado que será lidiado por los hombres Gordos de Europa. La empresa no ha omitido gasto ni sacrificio de ninguna clase para complacer al público con la función que ha arreglado en muy poco tiempo. Los toros serán todos puntales y de muerte. De hecho, se entiende que los toros procedían de Atenco.

Los vestidos de los lidiadores llamarán la atención por su riqueza y novedad. Participa la cuadrilla de Bernardo Gaviño.

 PLAZA DE TOROS DE TACUBAYA, D.F. Domingo 2 de junio. Deseosos los encargados de estas funciones de corresponder debidamente a la buena acogida que han merecido del público, no han perdonado medio ni gasto de ninguna especie para que esta corrida sobrepuje, si es posible, a todas las anteriores.

   Los toros que se han de lidiar, son de la muy conocida y acreditada ganadería de ATENCO, los cuales, para que el público pueda conocerlos como es de costumbre en todas las plazas, se distinguirán con lujosas divisas, de la manera siguiente:

La cuadrilla está a cargo del muy acreditado y conocido primer espada, Bernardo Gaviño.

Para el último toro, que será embolado, están dispuestos los Hombres gordos de Europa que tanta aceptación tuvieron en la última corrida.-Dicho toro será muerto con flecha por uno de los indios comanches de la cuadrilla.

La corrida dará principio a las cuatro en punto de la tarde.

Si bien Heriberto Lanfranchi nos dice en su muy conocida obra La fiesta brava en México y en España. 1519-1969 que, en 1852 se registra la primera crónica taurina, en un festejo celebrado el 23 de septiembre de aquel año, puedo afirmar que, al dar lectura al texto aparecido en El Monitor Republicano del 6 de junio de 1850, p. 6 y 7, este fue escrito por Joaquín Jiménez, español de origen, y firmado con el seudónimo El Tío Nonilla. Por su extensión, y por ello obligada revisión y análisis, sugiero a los lectores de “AlToroMéxico.com” remitirse a la siguiente liga, donde encontrarán el desenlace de este interesante caso (https://ahtm.wordpress.com/2016/05/31/se-publica-un-6-de-junio-de-1850-la-primera-cronica-taurina-debida-al-tio-nonilla/).

Finalmente, se entiende que aquellos cuatro festejos fueron organizados en torno a una feria, tan similar a aquellas que se celebraban en San Agustín de las Cuevas, por ejemplo. Sólo que con la particularidad de que además de los muy arraigados juegos de gallos, se sumó como novedad, la presencia de esas corridas, encabezadas no por cualquier improvisado. Se trataba, ni más ni menos que de Bernardo Gaviño, quien se comprometió a actuar en todos ellos lidiando sus toros consentidos: los de Atenco.

Terminará esta pequeña semblanza en la próxima entrega. Gracias.

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SOBRE ALGUNAS PLAZAS DE TOROS DESCONOCIDAS EN EL SIGLO XIX. LA ALAMEDA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Posible ubicación de la antigua plaza de toros de la Alameda, en un plano de la ciudad de México. 1858. Se encontraba en el predio que marcan las calles de la Mariscala, la del Puente de los Gallos y la calle del Puente de la Mariscala. Tomado de un plano de la época.

    Compartiré con ustedes los datos de algunas plazas de toros que, además de las célebres de San Pablo y Paseo Nuevo, se levantaron en el curso del siglo XIX en la capital del país.

Las hubo en efecto, por diversas partes de la ciudad y si bien destacaban en el casco antiguo de la misma, con el tiempo ya se les podía apreciar a las “afueras”; es decir por los rumbos de Tacubaya, Mixcoac, San Ángel; Tacuba, Azcapotzalco o la Piedad.

Efímeras algunas. Otras se conservaron algún tiempo, pero ninguna alcanzó los años de permanencia deseable debido, sobre todo a que se construyeron con madera.

Una de ellas, que fue célebre en sus días, fue la de la Alameda, instalada en el cruce de las actuales avenidaS del eje central Lázaro Cárdenas y Av. Hidalgo. En efecto, se alineaba con la frondosa “Alameda”, de ahí su nombre. Hace más de un siglo, Alberto Leduc –padre a su vez de Vicente y Renato Leduc-, colaborador en el semanario ilustrado México Taurino, y cuyo director era el Dr. Carlos Cuesta Baquero, publicó algunas notas dedicadas a enriquecer la historia de la tauromaquia en México. En su texto puede entenderse la presencia de algunos elementos con los que se constituyó esta diversión durante los siglos pasados. El esfuerzo de Leduc, nos lleva hasta las notas en que se ocupa sobre la plaza que en esta ocasión es motivo de este pequeño pero no por ello insignificante recuerdo.

Antes, advierte que por aquellos días de 1833, y en diversos sectores del país asolaba a la población la epidemia del “cólera morbo”, que causó efectos devastadores. A pesar de ello, la vida debía continuar, y entre otras circunstancias, se celebraban diversos festejos en la ya conocida plaza de la Alameda, de la que Vicente Leduc nos comparte su contenido:

TOROS EN LA ALAMEDA

Deseoso el empresario de la plaza de toros de la Alameda de obsequiar el gusto del público ilustrado de esta capital, y de prolongarle más la diversión y agrado que ha tenido con lo exquisito y selecto del ganado que ha visto lidiar; no menos que por la singular aplicación y habilidad de las respectivas cuadrillas, le participa haber electo para la tarde del próximo domingo, las más divertidas suerte y siete toros de la hacienda de Xajay.-México, 17 de abril de 1833.

Tomado de El Fénix de la Libertad, del 19 de abril de 1833, p. 4.

   “Los toros, eran entonces, como lo indica el autor que voy a citar, el espectáculo único, que los ancianos conservadores no negaban a sus hijas. Imagina, mi cronista, una familia compuesta de un viejo monarquista, de una dueña y de una muchacha locamente enamorada de un joven a quien el vejete no acepta.

Un año después de haberles caído en una cita y cuando ya el buen hombre, supone que la imagen del novio se ha borrado del cerebro de la chica, arrepentido de tanta dureza y compadecido de la resignada actitud de su hija la lleva a los toros a la Plaza de la Alameda.

“Ya estamos en los toros, dice el novelista, por todas partes de oyen los gritos de:

A dos por medio las rosquillas de almendra! Dulces para tomar agua! Quesadillas! Empanadas!

   Los soldados han partido la plaza con una poco difícil evolución; los ociosos se han retirado a sus asientos y todos aguarda, ni más ni menos, que en el día del juicio el sonido de la destemplada corneta que anuncia el toro.

   “Aquí, empinándose un fashionable echa el lente a una lumbrera donde hay dos niñas y una vieja; allá un militar de barragán con casaca de uniforme y sombrero jarano, brujulea a una ciudadana de reboso de bolita y túnico blanco que campea en un ángulo saliente del tendido, entre otra multitud de tan pública notabilidad como ella; acullá cuatro cajeritos del Parián, de los que no salen por la noche se cuentan mutuamente las aventuras del día, al evacuar las citas de damas caritativas que recibieron en la semana detrás del mostrador…

“Sigue la intriga amorosa en la que supone el cronista, que al terminar la corrida y valiéndose de la confusión, el novio ayudado por sus amigos, se roba a la muchacha y pasados algunos días se casa con ella, y hace que el vejete los perdone”.

El mismo Leduc apunta que por esos años la primera plaza formal que se construyó, si mis datos no son erróneos, es la de Necatitlán que se inauguró por los años de 1823 o 24 y estuvo situada en la rinconada de Necatitlán…, hasta aquí don Vicente.

Por cierto Necatitlán quiere decir “cerca de la carne”. Duro poco tiempo; era pequeña y de muy mal gusto.

También existió la “Plaza Nacional de Toros”, de la que ya me he ocupado. Se inauguró, al parecer en 1821 y dejó de funcionar al menos cinco años más tarde. Y junto a ellas, la del Boliche, de la que espero localizar alguna información para traerla hasta aquí.

Algunos datos más que se tienen sobre la plaza de la Alameda, nos los proporciona don Carlos María de Bustamante a través de su Diario Histórico de México (1822-1848) junto con algunos datos provenientes de la prensa de la época. Veamos.

Domingo de Pascua, 7 de abril de 1833

(Mucho calor)

Esta tarde se ha estrenado una magnífica plaza de toros en el barrio de San Pablo, construida de cuenta del coronel Barrera en el mismo lugar donde estaba la que se quemó el día que por desgracia llegó a Veracruz Mr. Poinsett. La concurrencia ha sido numerosísima y brillante con asistencia del vicepresidente Gómez Farías y el Ayuntamiento, pues dizque se hizo la función en celebridad de la instalación del Congreso y no en aumento y utilidad del bolsillo de Barrera. Excelentes caballos de los picadores, buenos arneses, pero mal ganado, sin embargo fueron despanzurrados dos caballos. También hubo toros en la plaza de Necatitlán y en la Alameda, he aquí una ciudad torera, que retrograda a la barbarie en vez de marchar a la ilustración gótica en el siglo XIX. El gobierno cree que así aleja las conspiraciones, como creen todos los tiranos cuando le hacen ruido al pueblo para que no piensen sobre su posición.

Sobre Poinsett, se refería Bustamante concretamente al primer ministro de los Estados Unidos de Norteamérica ante México, Joel R. Poinsett.

Y vienen hasta aquí, los que se localizaron directamente en la prensa de la época, donde predomina cierta austeridad o desdén al tratar el asunto de esas diversiones.

EL FÉNIX DE LA LIBERTAD, D.F., del 6 de abril de 1833, p. 4: TOROS EN LA PLAZA DE LA ALAMEDA. Con motivo de haberse esparcido varias especies tan infundadas como equívocas en orden a dicha plaza, atribuyéndolas gratuitamente, ya al gobierno, ya al empresario, se ha juzgado necesario para desengaño del público participarle que la próxima pascua verá comenzar sin variación alguna la nueva temporada de toros, de que se ha recibido una remesa de las haciendas de Sajay, la Cueva y los Molinos, a toda prueba buena y escogida, y que difícilmente se mejora, pudiéndose decir sin temor de errar, que puede competir con la que se le presente, lo que calificará y no podrá desmentir, el juicio imparcial y buen gusto de los inteligentes. Las diversiones dispuestas para dicha pascua en las tres corridas de once que habrá, podrán verse en el cartel y anuncios de estilo que se han fijado.

LA ANTORCHA, D.F., del 7 de abril de 1833, p. 4: TOROS. En la plaza de S. Pablo, en las tardes de estos tres días y en la de Necatitlán, hoy y mañana, de once; y pasado mañana en la tarde.

LA ANTORCHA, D.F., del 9 de abril de 1833, p. 4: TOROS. Esta tarde en las plazas de S. Pablo y Necatitlán.

LA ANTORCHA, D.F., del 20 de abril de 1833, p. 4: TOROS. Mañana en la tarde, en las plazas de S. Pablo, Necatitlán y Alameda.

LA ANTORCHA, D.F., del 4 de mayo de 1833: TOROS. En la plaza de la Alameda, de once; y en la de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde.

LA ANTORCHA, D.F., del 18 de mayo de 1833, p. 4: TOROS MAÑANA. En la plaza de la Alameda de once, y en la de Necatitlán y S. Pablo en la tarde.

LA ANTORCHA, D.F., del 25 de mayo de 1833: TOROS. En las plazas de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde; y en la Alameda de once.

En esa plaza, y para terminar, los días en que no se celebraban festejos taurinos, se aprovechaba para funciones de circo y equitación, las que por otro lado, también congregaron a buen número de asistentes.

Aunque conviene hacer caso al aviso que el propio Fénix de la libertad nos ha hecho en el ejemplar del 20 de mayo siguiente, pues para la próxima semana, el viaje lo haremos hasta el hermoso sitio de Tacubaya.

 

 

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HACE MEDIO SIGLO SE ESTRENABAN DOS PELÍCULAS DE TOROS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Imágenes tomadas de El Heraldo de México (marzo de 1966 y julio de 1967, respectivamente).

   Fue tal el impacto que produjeron algunos documentales y largometrajes a lo largo de la sexta década del siglo XX, que como resultado de la inauguración del Centro de Estudios Cinematográficos o “Filmoteca” de la U.N.A.M., ésta formó su primera colección y entre otras grandes producciones, con Torero, de Carlos Velo. En esa ocasión (era el 8 de julio de 1960), Manuel Barbachano Ponce puso en manos del Lic. Manuel González Casanova las latas de aquel valioso documento que registra las tribulaciones más profundas de un torero, historia que encarnó en forma por demás sobrada Luis Procuna.

Más o menos por aquellas épocas, los espectadores verían una película de culto –por lo menos entre los taurinos-. Me refiero a Tarde de toros (1956), en donde se pueden apreciar, entre otras, las faenas de Domingo Ortega o Antonio Bienvenida, que no solo torearon. También actuaron.

Así, pasaron los años y a partir del mes de marzo de 1966, la prensa de nuestra capital, publicitaba otra cinta a cual más interesante. Se trata de Aprendiendo a morir, que cuatro años antes ya había sido exhibida con bastante éxito en España. El papel estelar lo protagonizó Manuel Benítez El Cordobés. En dicho trabajo quedó marcado al comienzo y final del mismo, algo que parece muy interesante, pues al margen de la desgracia que puede padecer el torerillo de la legua, este decide lanzarse al ruedo jugándose el todo por el todo. En un momento en que los de la guardia civil lo lleva detenido, el espontáneo se dirige a uno de ellos para decirle en forma sentenciosa que en cuanto fuera famoso, “usté me llevará en hombros en esta misma plaza”. Palabras más, palabras menos pero así sucedió, y aquel mismo personaje, un día de fiesta –que estaba “franco”-, se encargó de ser uno de los varios “costaleros” que cargaron con el héroe de la tarde.

Una producción más, y que causó revuelo fue Fray Torero, en cuyo papel principal se encontraba Paco Camino, al lado también de otra figura de aquel cine que se perfilaba por senderos que ya estaban abordando un segmento complicado, por contestatario y rebelde. Me refiero a los jóvenes. En este caso, la actriz principal era una Angélica María que ya contaba para esas épocas con horas de vuelo en la actuación, y el canto.

En la cinta que fue estrenada en julio de 1967, puede apreciarse un interesante efecto en el que pudo más la afición que la devoción, o por lo menos así lo parece, pues ese fraile inquieto y cuyo hábito lleva el diestro de Camas (Sevilla), no deja de pensar en todas las buenas obras que podrían darse nada más se aventurara a tomar capote y muleta.

Paco Camino, disponiéndose a torear.

   El cine taurino de ficción, no siendo ni teniendo los ingredientes de películas que hayan dejado su impronta en términos de inolvidables (y esto puede ser discutible), rescata en cada uno de sus registros escenas que, gracias a sus directores o productores, se pueden apreciar escenas donde las figuras en su momento brillaban con luz propia. De hecho, hay otro cine, el documental, en cuyos registros pueden observarse infinidad de circunstancias, pues es desde el año de 1895 y hasta tiempos en que el cine mismo fue desplazado por el video –hablo de 1972 en años-, el que hizo posible que hoy día podamos observar el testimonio de toreros que van desde Rafael Guerra o Luis Mazzantini hasta Antonio Ordóñez o Manolo Martínez. Con todo ello, la visión sobre diversas expresiones, nos ayuda a entender de manera suficiente la evolución y los cambios que adquirió el espectáculo en poco más de 75 años.

En un trabajo de reciente manufactura, aunque con investigación acumulada de un par de décadas, logré concentrar toda aquella información relacionada con producciones, tanto en forma documental como de ficción; o de aquellos registros hechos fuera de nuestro país y que luego se exhibieron aquí. El número alcanza poco más de 500 títulos, en un rango que va de 1895 a 2017. Se sabe que en San Luis Potosí, y durante la primera quincena de octubre de 1897, se presentaba en el Teatro de la Paz la producción de Enoch C. Rector “Corrida de toros”, filmada el 23 de febrero de 1896 en la plaza de toros de San Pablo, ciudad Juárez, Chihuahua. De ese material cinematográfico al muy reciente, denominado Miguel Espinosa. “Armillita en la mirada del maestro Fermín” (Fundación “Miguel Alemán, A.C.”, 2017), han transcurrido 125 años.

II

   Así como el quehacer de los antropólogos ha sido rastrear, recuperar, identificar y ubicar todos aquellos documentos conocidos como códices, que recuerdan no solo la gloria de determinados personajes, sino las guerras, así como los diferentes sistemas políticos de un pueblo o su religión. También no dejan de inscribirse valores de vida cotidiana, con lo que nos acercamos a una idea más precisa de cómo se desarrollaron determinados momentos, tiempos o épocas de un pasado que parecían irrecuperables, aunque por fortuna tan inmediatos gracias a su rescate, resguardo e interpretación precisos.

Del mismo modo, existen otra serie de testimonios que fortalecen en esa medida la circunstancia del pasado, con lo que nos es más inmediato, de ahí que lo podamos conocer un poco más, pero también un poco mejor.

Los archivos fílmicos vienen a convertirse en invaluables acervos, colecciones y reuniones de “códices de la imagen” los cuales aglutinan y recogen todos aquellos síntomas en los que se movió determinada sociedad, documentos conocidos en nuestro país desde 1896.

Lo verdaderamente notable es que estos documentos recogen a los héroes populares, esos que se pensaban perdidos hasta que al volverse a destapar viejas latas y colocarlas en enormes proyectores retornan en el tiempo hasta nosotros, con lo que nos damos cuenta del significado que tuvieron y que siguen teniendo. Esas imágenes nos permiten entender la forma en cómo evolucionó la selección y gusto de la sociedad por diversiones como la de toros. De ahí que volvamos a fijarnos en una más de las herramientas de la antropología, unidas también al quehacer histórico y sociológico que acude para enriquecer el soporte interpretativo necesario para entender mejor el contexto resguardado en viejos nitratos.

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REYES Y PRESIDENTES EN LOS TOROS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

Claridades. El vespertino dominical. México, D.F., 10 de febrero de 1963. Año XXV, N° 1197.

   Hace apenas unos días, el 17 de mayo pasado, acudió a los toros el Rey, o Rey emérito Juan Carlos I de España. Ya sin el protocolo aquel que los pone a distancia del pueblo, este personaje rodeado de prestigio y desprestigio se apersonó en “Las Ventas” y ocupó su barrera como cualquier otro aficionado.

Este acontecimiento en el que tienen que ver las figuras públicas supone lo que en México llamamos darse “baños de pueblo”, pues ello rompe con la imagen sacralizada que ostentan quienes en su mayoría nos gobiernan, para bien o para mal. En el virreinato acudían con frecuencia los representantes del rey, lo mismo a los toros, al teatro que a las misas y otros acontecimientos donde su presencia les afirmaba como alter ego del monarca en turno. Para el siglo XIX, los presidentes –civiles o militares; conservadores o liberales- hicieron lo mismo y hasta se recuerdan esas 11 ocasiones en que S.A.S. Antonio López de Santa Anna se presentó en los toros (sin contar aquellas otras en que pudo hacerlo en el anonimato). Allí están Benito Juárez con todo y la prohibición que le cargan a cuestas, y el Gral. Porfirio Díaz y otros que también acudían con frecuencia. Y no se diga de todos aquellos que ya en el XX también hicieron acto de presencia en los toros: Francisco I. Madero, Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y un largo etcétera. Es más, conviene recordar la anécdota aquella en la que siendo presidente el Gral. Elías Calles este afirmaba, en caso de algún nuevo funcionario en el gabinete: “Hay que mandarlo a los toros”. De su aceptación o rechazo dependía la importancia del personaje en cuestión.

Con los años, un presidente de la república que podía romper protocolos acudiendo a los toros fue el Lic. Adolfo López Mateos. Y esto ocurrió la tarde del 10 de febrero de 1963 en la plaza “México”. Meses más tarde, justo el 6 de octubre, se hizo acompañar por el mariscal Tito, de visita en nuestro país por entonces.

Toreaban esa ocasión Jesús Córdoba, Diego Puerta y Jaime Rangel para entendérselas con seis ejemplares de Las Huertas… y con el fuerte viento que sopló toda la tarde. Los tres espadas, que no podían quedar mal, brindaron sus toros al mandatario.

López Mateos no ocultaba su afición al espectáculo taurino, por lo que hoy día, como él o como el Rey Juan Carlos I, sabían o saben que se puede ir a la plaza sin que ello represente un riesgo. Ellos lo tienen muy claro ya que son el blanco de todas las miradas, de los comentarios y hasta de la franca respuesta que el público sepa darles en un trato entre iguales. La plaza es ese espacio donde priva la democracia en su más pura expresión, y puede convertirse en un intenso termómetro que termine dándoles su auténtica dimensión.

Claridades. El vespertino dominical. México, D.F., 10 de febrero de 1963. Año XXV, N° 1197.

Es un hecho que una buena parte de los políticos de hoy no van a los toros por considerar que es “social o políticamente incorrecto” dar a conocer el gusto o la afición que tienen en lo particular por este espectáculo. Hace ya mucho tiempo que eso no ocurre, y si bien el episodio más reciente, ocurrido en la persona del Ing. Cuauhtémoc Cárdenas, responsable de los destinos en el entonces Distrito Federal, fue una prueba de fuego para él, por otro lado inolvidables deben haber sido los momentos para el Dr. Juan Ramón de la Fuente, rector de nuestra Universidad Nacional, quien tras el brindis del torero en turno, recibió una sonora ovación, como pocas veces se ha escuchado; sincera y franca por parte de los que allí nos reunimos aquella ocasión. Con ello se sabe en qué nivel de popularidad se encuentran, y eso lo tiene muy claro no solo la afición. También el pueblo, también el ciudadano de a pie que, como cada uno de nosotros, vivimos el día a día.

El Lic. Adolfo López Mateos, nos recuerda Esperanza Arellano “Verónica” en su reseña nos dice que ya en el tendido “…el público tributa una gran ovación al C. Presidente de la República que ocupa una barrera de sombra”.

López Mateos se hizo acompañar en esa ocasión por los licenciados Humberto Romero, Gustavo Díaz Ordáz y Justo Sierra. Quizá eran momentos de mandar mensajes subliminales sobre el que ya era un “secreto a voces”. Allí estaba el “delfín” y más tarde primer mandatario entre 1964 y 1970. Me refiero al Lic. Díaz Ordáz.

Claridades. El vespertino dominical. México, D.F., 10 de febrero de 1963. Año XXV, N° 1197.

Y justo el poblano, en medio de su polémico mandato, se encargó de consolidar la imagen que fue paradigma en su sexenio: la fortaleza del ejército. De ahí que entre otros ejemplos, encontremos el de una constante celebración del día del ejército, rematándolo con un evento cuyo toque taurino no podía faltar. Y para más “inri” en la mismísima plaza de toros “México”, donde los festivales de esta naturaleza no faltaron.

Imágenes registradas en el Heraldo de México del domingo 20 de febrero de 1966. Col. del autor.

Quedaron atrás aquellos tiempos en los que hasta los presidentes en este país acudían a los toros.

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Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

EL TOREO MEXICANO EN EL SIGLO XIX: UN ROMANCE BRAVÍO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Va siendo frecuente que en las distintas participaciones donde tengo que exponer un tema que me es consubstancial, como el toreo en el siglo XIX mexicano, este brilla con luz propia en un amplio espectro de posibilidades, el cual permite una estela de interpretaciones y reinterpretaciones permanentes, lo que deja percibir el grado de inquieta rebeldía en la que se movió aquella expresión decimonónica, como resultado de la participación de varios detonantes que participaron de manera por demás evidente en su desarrollo, por un lado. Pero también de su estancamiento, por el otro.

Al despertar el siglo XIX, la fiesta taurina está convertida en un caldo de cultivo, en el que caben todas las posibilidades de invención, mismas que acompañaron durante un buen número de años al espectáculo hasta que este adquiere una personalidad propia, más profesional y venturosa frente a las nuevas generaciones que van haciendo suyo un divertimento al que matizan de un carácter propio gracias a todas esas formas de expresión que se vivieron en épocas del esplendor goyesco, pasando a manos del torero gaditano Bernardo Gaviño quien desde Montevideo y Cuba las transporta a México, sitio en el que compartirán la tauromaquia -con todo su dejo de relajamiento e invención- luego de su llegada, en 1835, hasta su muerte misma, en 1886. Un dato que debe quedar sentado, es que de 1829 a 1886, Bernardo Gaviño estuvo activo en América 57 años, 31 de los cuales al menos, los consagró a México, según el más exacto recuento de que dispongo para sustentar dicha afirmación.

Esta imagen corresponde al cartel del domingo 13 de diciembre de 1857. En tal ocasión, la plaza principal de San Pablo fue escenario, entre otras curiosidades, de un “intermedio divertido. En el que se presentarán CUATRO ORANGUTANES, dos montados en burros, dos a pie y un matrimonio de ancianos en zancos, a lidiar con UN TORO EMBOLADO.

Fuente: colección del autor.

Un espectáculo taurino durante el siglo XIX, recoge los elementos del siglo XVIII, y concentraba los siguientes valores:

-Lidia de toros “a muerte”, como estructura básica, convencional o tradicional que pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia.

-Montes parnasos, cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales, como: –Los hombres gordos de Europa, Los polvos de la madre Celestina, La Tarasca, El laberinto mexicano, El macetón variado, Los juegos de Sansón, Las Carreras de Grecia (sic) o la mojiganga Sargento Marcos Bomba, hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres.

Forma esto un básico. Ese gran contexto se entremezclaba bajo cierto orden, esquemáticamente hablando. La reunión popular se encargaba de deformar ese proceso en un feliz discurrir de la fiesta como tal.

A continuación, uno de los múltiples versos que la musa popular prodigó en su honor, y que aparecieron en un cartel que registra una más de sus actuaciones, que tuvo verificativo el domingo 2 de mayo de 1858, en la plaza de toros del Paseo Nuevo. Veamos: 

La cuadrilla de Bernardo Gaviño

Para concluir temporada

va pues la última corrida

que será en verdad cumplida

y no habrá que desear nada;

con tiempo está preparada,

toros de Atenco muy fieros,

Picadores y toreros,

todo es escogido, todo:

será la función de modo,

que agrade al público entero.

 

Bernardo, de gozo lleno,

está resuelto este día

a mostrar su bizarría

como en el día del estreno

Caralampio [Acosta] y compañeros,

dicen que a cada piquete

se doblegará al torete

por más que tenga bravura;

y todo, en fin, todo augura

una función de chupete.

 

Nadie en asistir se duerma,

vengan los de Tacubaya,

también los de Santa Anita,

los barrios todos asistan,

no haya en el dinero merma;

apronten todos dos reales,

que así serán más cabales,

el contento y la boruca,

y que vengan con peluca

todas y todos puntuales.

    La relación directa con Bernardo Gaviño en Cuba hace ver que sus influencias en México son muy amplias. Bernardo debe haber sido para entonces una figura importante en Cuba y el nombre de México no fue ajeno a sus aspiraciones. Quizá vio en todo esto la posibilidad de incorporarse a un esquema de actividades estrictamente taurinas, a las que el pueblo mexicano no mostraba demasiada aversión, a pesar de su origen hispano. Recordemos las razones de la expulsión de los españoles de México a finales de la segunda década del siglo XIX. Según Reyes Heroles acepta que dicha expulsión fue antieconómica y repugnante para el modo de pensar de la presente generación. México se encontraba desgarrado entre los dos polos de su realidad: el orden colonial, del cual los españoles eran un recuerdo vivo, y el nuevo orden republicano. La expulsión de los españoles, según Reyes Heroles, tuvo entonces el objetivo de impedir la consolidación de una oligarquía económica, política y hasta social.

A partir de una “tarjeta de visita”, registro fotográfico bastante común en el último tercio del siglo XIX, un artista anónimo realizó este grabado, que recrea a Bernardo Gaviño, y que apareció como un elemento más en la cabecera del semanario “El Correo de los toros” a principios de 1888.

Pero Bernardo Gaviño no afectaba estas condiciones. España reconoce la independencia de México hasta 1836. Gaviño es, en todo caso un continuador de la escuela técnica española que comenzaba a dispersarse en México como consecuencia del movimiento independiente, pero no un elemento más de la reconquista, asunto que sí se daría en 1887, con la llegada de José Machío, Luis Mazzantini o Diego Prieto “Cuatro dedos”. Y no lo fue porque su propósito fundamental fue el de alentar –y aprovechar en consecuencia- el nacionalismo taurino que alcanzó un importante nivel de desarrollo, durante los años en que se mantuvo como eje de aquella acción.

Por otro lado es curioso, pero buena parte de los elementos que participaron en aquella movilización, tuvieron que ver en los alrededores de este espacio geográfico. Por un lado, la casi por cinco veces centenaria hacienda ganadera de Atenco que es, a mi parecer la más importante durante el siglo que nos congrega. También se encuentran por aquí un conjunto de personajes de la más diversa composición. Entre otros, el ya conocido Bernardo Gaviño y Rueda, Ponciano Díaz Salinas, pero también Tomás, José María y Felipe Hernández. De José María, casi nada se sabe. Por su parte Tomás, mejor conocido como “El Brujo”, gozaba de una capacidad muy especial a la hora de enfrentarse a los toros, y vaya que lo hizo con mucha frecuencia por estos lares. De igual forma, Felipe “El Toluqueño” fue, en consecuencia un torero que si no brilló con luz propia, debido fundamentalmente a la enorme fuerza que ejerció al mismo tiempo Ponciano Díaz, pudo, por estos rumbos, dejar evidencia de un toreo no sólo campirano; también rural. Para entender una y otra expresión, antes habría que separar algunos elementos para dejar en claro que lo mismo toreros de aquellos tiempos manifestaban su quehacer a pie o a caballo. El caso de Felipe Hernández se concreta a todo un quehacer en la predominante expresión a pie, impulsada y alentada por Bernardo Gaviño, los hermanos Luis, Sostenes y José María Ávila, Mariano González “La Monja”, Pedro Nolasco Acosta, Lino Zamora, Jesús Villegas “El Catrín”, pero también hecha suya por Valentín Zavala, Rafael Calderón de la Barca, Epifanio del Río, Atenógenes de la Torre, Felícitos Mejía, y otros.

Ustedes se preguntarán: ¿Y cómo toreaban por entonces?

De las pocas crónicas taurinas existentes, uno de cuyos primeros datos fehacientes se remonta a 1852 y que se consolidan a partir de 1884 con la aparición de El arte de la lidia, apenas tenemos una idea de aquellos acontecimientos, por lo que podríamos imaginar, comparando el actual toreo, como una forma demasiado primitiva, distante y ajena de ciertos principios al desarrollo tauromáquico de España, pero con una fuerte influencia de la que dejó rastro el magisterio del gaditano Bernardo Gaviño que, como ya quedó insinuado, fue por estos rumbos donde su nombre y fama, se conocieron ampliamente.

Sin embargo, una reseña de 1896 deja ver el lamentable estado de cosas que imperaba en el quehacer taurino, tanto de Ponciano Díaz como de Felipe Hernández, por lo que dichas impugnaciones, están confrontadas con el deslumbramiento de la tauromaquia de a pie, traída, entre otros, por diestros españoles como Luis Mazzantini, Diego Prieto “Cuatro dedos”, Juan León “El Mestizo”, Juan Moreno “El Americano”, José Machío y otro interesante y compacto grupo de lidiadores, el cual estaba terminando de apoderándose de todos los rincones taurinos del país. Fue por eso que El Toreo Ilustrado, año I, Nº 14, del 24 de febrero de aquel año, lanzó tremenda crítica a ambos espadas nacionales en estos términos:

Ponciano Díaz. Plaza de Toros de Toluca. 23 de febrero de 1896 alternó con Felipe Hernández. 2 de Atenco y 3 de desecho de Cieneguilla y El Fresno.

Los matadores (!!!) de Poncianillo, el que alterna con el panzón de Felipe Hernández, (muy señor mío y conocido en su casa), ni se puede decir nada de él ni esperar que hiciera algo bueno. Sin igualar, sin liar y al estilo del país bajonazos y mete y sacas.

“Banderillas a caballo”, pintura al óleo de Gustavo Morales. Óleo sobre madera (último tercio del siglo XIX). Col. Museo Nacional de Historia.

Fuente: José de Jesús Núñez y Domínguez. Historia y tauromaquia mexicanas. México, Ediciones Botas, 1944.

Ambos torean en la plaza de Toluca, uno de los últimos bastiones defendidos por Ponciano Díaz en franca decadencia, que se hizo acompañar aquella tarde del 23 de febrero por Felipe Hernández, hijo de Tomás Hernández “El Brujo”, hábil y famoso vaquero de la hacienda de Atenco, que en su momento de mayor control, fue causante de diversos escándalos, rencillas y luchas por el poder y control en cuanto al cuidado del ganado se refiere.

Felipe Hernández, seguramente pudo haberse comparado con Luis Mazzantini, dueños de una no muy grata figura, pero que con todo y eso eran aceptados por los aficionados. Lo que ya no acepta la prensa es que Ponciano y Felipe sigan en su plan de no igualar, no liar y matar a bajonazos y mete y sacas a los pocos enemigos que les quedan por enfrentar.

Los tiempos ya cambiaron…

En cuanto a la figura de Tomás Hernández, no puedo dejar de mencionar un asunto que nos deja ver, bien a las claras, cual era su perfil en estos pagos.

 UN CASO DE LUCHA POR EL PODER Y EL CONTROL DEL GANADO BRAVO EN ATENCO ENTRE 1862 Y 1863: TOMÁS HERNÁNDEZ vs AGUSTÍN LEBRIJA.

    A mediados de 1862 comenzó a darse en el cercado de Atenco un conflicto que alcanzó proporciones bastante delicadas, debido a que Tomás Hernández El Brujo era el Caudillo,[1] o jefe de los chilcualones,[2] encargados en las tareas de la vaquería.

Tomás Hernández “El Brujo”.

De don Tomás se cuentan muchas cosas increíbles que parecen sobrenaturales, y por eso le llamaban “El Brujo” con sobrada razón. Hechizaba a los toros con sólo verlos; en el campo se metía entre ellos para darles de comer y, como mansos borregos se dejaban coger por el lomo. Don Tomás les pasaba su áspera mano haciéndoles caricias en la frente y en el hocico. Casi a diario hacía esta operación entre el espanto de los vaqueros y nunca sufrió el menor incidente porque siempre lo respetaron los toros. Mucha gente recuerda las hazañas de don Tomas, y por ejemplo una de ellas es contada así: En las plazas de toros del rumbo, bajaba al ruedo -vestido de civil- y entre el azoro de los espectadores comenzaba a dar gritos a los toros, aunque estuviera picado y banderillado, y caminando poco a poco en dirección del animal este se le arrancaba como demonio para ensartarlo; entonces la muchedumbre lanzaba un grito de terror, pero intempestivamente quedaba la plaza en completo silencio, hasta poderse oír el zumbido de una mosca, cuando el toro se quedaba enfrente de don Tomás, quien sin mostrar nada de miedo, sino al contrario con la sonrisa en los labios y con valor inaudito, se acercaba más al toro para acariciarle el hocico y la frente; sacaba un puño de yerba que llevaba en la bolsa del pantalón y le daba de comer. Luego regresaba paso a paso a la barrera, brincaba las trancas y subía a las gradas entre los abrazos y la gritería del público que lo aclamaba con delirio. Tomás Hernández salvó la vida del general don Manuel González y también al coronel Limón en una situación crítica cuando se vieron perseguidos por el general Ugalde.

Tomás es en esos momentos un maestro consumado, porque sabe y conoce todos los secretos, todos los movimientos que ocurren en los cercados de la hacienda atenqueña. Esto le garantiza cierta inmunidad, en tanto privilegio que lo llevó a ser impune. Por eso Agustín Lebrija, entonces administrador de la hacienda, le dice a su hermana Da. Ana María Lebrija de Cervantes, a la sazón, esposa de José Juan Cervantes, en carta fechada en Toluca el 29 de noviembre de aquel año lo siguiente:

Toros, han ido y no he tenido razón ninguna así es que, si Tomás ha de hacer lo que quiere avísamelo para mi gobierno y dese mi responsabilidad en lo que hago el nuevo administrador esto solo a tí te lo digo de estos procederes estoy cansado, pues en el cercado han hecho prodigio y medio con los pastos, en fin pronto te escribiré largo sobre este asunto. Si consideras que hay incomodida por lo que no hables nada, pones en la misma tarde recibido que tu Conde escribió a Tomás para que le mandara la corrida y lo cierto es que yo no he visto tal carta y solo me avisó el Caudillo que se llevaban para Méjico seis toros que pedía el amo.

Leyendo entre líneas percibimos una lucha por el poder entre Lebrija y Hernández (aunque este último garantizaba para sí mismo un coto cuyas barreras fueron sus amplios conocimientos que podía ocultar o condicionar, bajo el respaldo absoluto del “l´amo”). De ahí que Agustín estuviese preocupado en buscar un “nuevo administrador”, que un poco más adelante veremos a quien se le designó la responsabilidad. Lebrija en cuanto tal, se siente rebasado, desplazado inclusive por un poder adquirido por el Caudillo. Derrama gotas de hiel, tiene coraje de los hechos que viene causando el Brujo, entre otros, los de prodigio y medio con los pastos. El prodigio como tal no existe. En todo caso se refiere a que cometió barbaridad y media, estropeando “los pastos”. Y lo puedo afirmar, seguro de lo que digo, con la carta que el mismo Lebrija fechó el 8 de marzo de 1863 que veremos más adelante. Por el momento, me concreto a terminar con este asunto.

Placeros y rancheros, litografía de Juan M. Rugendas. Tomado de México and the mexicans. Truber and Co. Londres, 1859. Cortesía del Centro de Estudios de Historia CONDUMEX. Tomado de: “México en el tiempo” Año 4, Nº 27, noviembre-diciembre de1998. Pág. 49.

Ahora bien, el manejo independiente pero compartido de la correspondencia, sostenida entre Lebrija y Tomás con don José Juan Cervantes causaba “incomodida” al angustiado Agustín, porque El Brujo podía arreglar cualquier asunto con el propietario, dejando con un palmo de narices al administrador de la hacienda, que le pide a su hermana lo tenga al alba en tanto se entere de una carta que envió Tomás Hernández a don José Juan, concretándose aquel a mandar una corrida bajo su conducción y custodia, asunto que con toda seguridad era una tarea común, donde Tomás consumaba el privilegio de “hacer lo que quiere”. De esa forma hizo lo que quiso y se fue a la ciudad a dejar los toros para el PASEO NUEVO, y de paso visitar al señor Cervantes, con quien existía completa libertad para platicar con él, darle su propia versión y sentirse protegido. Era pues, el “favorito” de don José Juan.

Las cosas se complicaron aún más en marzo de 1863. Agustín Lebrija vuelve a escribirle a su hermana Da. Ana María el día 8 de aquel mes en estos términos:

Muy querida Gordita: con ancia de saber de Uds. y por saber hoy de un nuevo robo grande, dime y pongamos (sic) de acuerdo por lo que pueda suceder.

Los toretes por fin no salieron porque hubo enfermedad en la corriente del Gral. Beltrán y ni así se fue Tomás y sin embargo de que Gregorio le dio tu recado desde hoy hace ocho días, pues como te dije, tu carta la recibí después de 8 días sin embargo en el acto dispuse se fuera.

Te hablaré claro respecto a Tomás y familia que todos los mozos están muy disgustados con ellos, principalmente Guadalupe el Caudillo que es el responsable del cercado, y como a este le pido cuentas de los partes y muchas partidas las recoje José Ma. (Hernández) y solo Dios sabe lo que se vuelve, pues aunque este dice lo que recibe ya ha cojido varias denuncias como el que tu sabes. A Tomás respecto de esa nota te diré nada en su obsequio porque estoy satisfecho de su manejo, pero como tu sabes no es para nada de eso, y todo lo enreda, así es que José María es el bravo. Hace ocho días que se queja un vaquero de que José María le pegó y por tal asunto se sacaron prodigios. Las circunstancias me contienen para correjir sin embargo te lo aviso para que sepas y no te cuenten chismes, lo que hice fue regañarlos a todos.

El sueldo de José María es nocivo a la raya porque ya no trabaja cosa en los corrales, así es que solo está ya de cuidador que con Tomás sobre pues ya las cobranzas ni caso hacen y todos los días digo que cobren, en esto hay mucho enmiendo como te diré en otra vez.

Con disimulo no dejes de preguntarle a Tomás sobre cobros y si hay animales de pastos que paguen.

Dicha carta nos acerca a varios pasajes de vida cotidiana que bajo la historia de las mentalidades nos arrojaría vertientes interminables y muy ricas.

Atenco era botín de constantes robos. En un documento fechado en1818 se decía que

[en 1810] se acercó a estas inmediaciones el cabecilla cura Hidalgo sufrió esta hacienda una extracción considerable de reses… Además los yndios así arrendatarios y circunvecinos se insurgentaron (y) cada uno se tomó la cabeza [de ganado] que pudo, destruyendo zanjas y haciendo cuanto perjuicio pudieron.

La corriente del Gral. Beltrán debe haber sido algún atajo o sitio donde se manifestaron condiciones epidémicas o de insalubridad que impidieron el paso de los toretes de un lugar a otro dentro de los mismos cercados, motivo suficiente para que Tomás no saliera de Atenco como era el deseo de Agustín.

¿Qué alboroto armaría Tomás que “todos los mozos están muy disgustados” con él y su familia? En esos momentos, El Brujo no era más que El Brujo y no ostentaba el grado de Caudillo que sí tuvo Guadalupe, o sea José Guadalupe Albino Díaz, padre de Ponciano, personaje de amplios conocimientos, pero incómodo al movimiento de rebeldía que encabezaban los Hernández, sobre todo Tomás y José María su hijo que está interviniendo e interfiriendo en los reportes que Guadalupe prepara para informar al administrador, Agustín Lebrija. El Caudillo y Lebrija sabían en esos reportes que existen varias denuncias (lógicamente perdedizas) “como el que tu sabes” refiriéndose abiertamente a Tomás, que no es El Brujo, sino el Rebelde.

“A Tomás (…) te diré nada en su obsequio”. No hay elogios abiertos a quien se ha venido convirtiendo en un insurrecto, en el personaje que no llega a ningún acuerdo con Lebrija pero en relación al trabajo “estoy satisfecho de su manejo”. Lamenta Agustín que Tomás “todo lo enreda, así es que José María es el bravo”. Si Tomás “mete cizaña” y origina con ello un ambiente de intrigas, pues resulta que José María emplea la fuerza y hasta es capaz de golpear a un vaquero y decirse ambos lindezas y “prodigios” echando mano de un amplio repertorio de “palabrotas” que se “sacaron” cada quien enturbiando el ambiente.

Lebrija se enfrenta a una situación crítica, la cual tiene un remedio: la reprimenda, el engaño: “lo que hice fue regañarlos a todos”, le escribe a su hermana.

Mantener a José María que ya no trabaja más que como cuidador es un conflicto, pero su paga y la de Tomás se quedan “y todos los días digo que cobren” sin que se acerquen a cumplir con ese derecho, apunta Lebrija.

Lazando a campo abierto. Óleo de Gustavo Morales (45 x 65 cm.) MNH. CNCA. INAH. MÉX.

Fuente: “México en el tiempo”. Revista de historia y conservación, año 4 N° 28, enero-febrero, 1999, p. 10.

Agustín le pide a su hermana esté atenta en cuanto vea a Tomás para preguntarle “sobre cobros y si hay animales de pastos que paguen”. Poco después El Brujo desapareció intencionalmente y el caos se hizo presente con el ganado que pastaba pero no podía beber agua, porque ahí el papel de los vaqueros es indispensable para conducir los toros de un lugar a otro, debe haber puesto las cosas al rojo vivo. ¿Vino la solución? Tal vez. ¿Qué quería Tomás demostrando con todo lo que hemos visto? ¿la antítesis de sus conocimientos?

Probablemente:

a)Operar con absoluta independencia, tomando acuerdos exclusivamente con el Sr. José Juan Cervantes.

b)Desconocer con todas esas acciones ya referidas al “administrador”.

c)Encabezar y hacer destacar a un grupo de expertos con amplios conocimientos quienes, en la posibilidad de verse bloqueados o frenados, ponen a funcionar la rebeldía como bandera.

Al principio de estas notas hablé de la génesis y desarrollo del conflicto. ¿En qué terminó? Varios años después (1875) encontramos que Tomás Hernández ostenta el cargo de Caudillo jubilado, cargo vitalicio que le garantizó permanencia (de 15 años aproximadamente), así como el derecho de mantenerse firme en un cargo que nunca quiso perder, a costa incluso de rebeliones y levantamientos de él o con él y su familia.

Aquí pongo fin a un caso de lucha por el poder manifestado abiertamente entre Tomás Hernández El Brujo y El Caudillo al mismo tiempo, en contra del representante del Sr. José Juan Cervantes, Agustín Lebrija. Esa lucha es por el control en el cercado, del ganado de bravo, de las tierras de que se nutren los toros. Y ambos personajes no aspiran más allá que a esto. El Conde sigue siendo, para uno y para otro “su” protector y quizás se sirva de ambos, aunque ambos entren en conflicto, el caso es que el ritmo de producción en Atenco no sea entorpecido, puesto que los toros siguen enviándose a las plazas con la periodicidad acostumbrada. Atenco es una hacienda que durante esos años en particular alcanza proporciones muy importantes en producción de cabezas de ganado vacuno en general, y toros bravos o para la lid, en particular.

Finalmente, ¿qué puede apuntarse sobre la presencia de Ponciano Díaz?

Ponciano Díaz en compañía de un grupo de amigos.

Fuente: “SOL Y SOMBRA, SEMANARIO TAURINO NACIONAL”, del 19 de abril de 1943.

La vida rural, la vida urbana en el último tercio del siglo XIX mexicano, nos da como resultado el desarrollo de lo cotidiano que se concentró -entre otras cosas- en el toreo durante la vigencia de Ponciano Díaz Salinas (1856-1899). Es importante destacar que en lo rural personajes de la ganadería tales como los caudillos, vaqueros y caballerangos, dueños de una destreza a toda prueba, desarrollan actividades que dan brillo e intensidad al conjunto de labores propias del campo.

En la ciudad, independientemente de los acontecimientos políticos o económicos del momento, el pueblo lo que quería, era divertirse, y qué mejor manera de hacerlo que acudiendo a las corridas de toros, donde fue a encontrarse con un mosaico de situaciones que llegaban directamente del campo y se depositaban en las plazas, escenarios donde el arte y la técnica se dan la mano, igual que lo campirano y lo taurino.

En este sentido, dos factores de profundo carácter de lo mexicano destacan como símbolo que se representa abiertamente en las plazas de toros: el nacionalismo y la patriotería.

Las historias nos cuentan al respecto de las actuaciones de Ponciano, que demostraba buena voluntad para agradar y la modificación en el modo de herir, hicieron que renaciera la idolatría que por él había, considerándole no solamente al nivel sino superior a los toreros “gachupines”. Estos dijeron sus partidarios, sin considerar que su modo de torear en lo relativo al manejo del capote y la muleta era el mismo porque no podía modificarlo. No se aprende a torear en un día, de la noche a la mañana y menos cuando ya está entronizado un estilo, que es base de la personalidad artística.

Pero, recobrado el inmenso cariño del público, cuando dio alguna corrida a su beneficio en la plaza de toros COLÓN, nuestro “nacionalismo taurino” le realizó antes de comenzar una apoteosis, que tuvo duración de quince minutos, en los cuales los concurrentes, especialmente los de localidades de “sol”, estuvieron vitoreando al “torero adorado sobre todos los toreros habidos y por haber”. Así se expresó el periódico EL ARTE DE LA LIDIA y era verdad, porque Ponciano era amado sobre todos los existentes y… sobre los venideros, no estando entonces prevista la aparición de Gaona. Siendo esta una auténtica muestra de patriotería que perdió totalmente los estribos.

En aquella época nuestro “nacionalismo taurino” relacionaba estrechamente ser torero con ser “charro”, con saber manejar un caballo, proviniendo esa unión de que bastantes de los toreros aborígenes fueron hombres de campo, radicados en las fincas rústicas -en las haciendas- ocupándose en domar potros y conducir ganados bovino y caballar. El mismo Ponciano tuvo esas ocupaciones en su adolescencia.

La siguiente es una apreciación de Carlos Cuesta Baquero, testigo presencial de muchos de los acontecimientos en que Ponciano fue protagonista:

No llegamos en “nuestro nacionalismo” a los desmanes que en las épocas de Bernardo Gaviño y Ponciano. No hubo francos apóstrofes de “mueran los gachupines”, ni hubo lapidaciones, pero si severidad extrema para juzgar a los españoles y benevolencia igualmente extremada para juzgar a nuestro compatriota. A los toreros españoles les pesábamos miligramo por miligramo su potencialidad artística, a nuestro compatriota le dejábamos fallas de hectógramos. Para los otros las dificultades, para el nuestro las facilidades a finalidad de que triunfara y fuera apabullador.

Los aficionados a la fiesta brava se divierten plenamente, aunque de pronto el nacionalismo podía trocarse en patriotería, por lo que el ambiente en distensión, pasaba a la tensión más declarada al rojo vivo que en cualquier momento amenazaba con estallar. ¿Se imaginan contar historias sobre Porfirio Díaz y Ponciano Díaz, ambos personajes públicos, ambos populares, y los dos compartiendo en alguna de las plazas de toros levantadas a partir de 1887? Los tendidos además de estar colmados de entusiastas aficionados, era un entramado donde las modas imperantes aprovechan la pasarela de la de SAN RAFAEL, PASEO, COLÓN, COLISEO o BUCARELI para mostrar el repertorio de rasos y sedas, sobre todo en vestidos de gran elegancia lucido por algunas de las mujeres de la sociedad que comienzan a acudir a las corridas, pero también los sombreros de bombín o los populares “de piloncillo”.

Existen otras reseñas que nos cuentan lo ocurrido en alguna tarde especial, hay carteles cuyas descripciones son crónicas por adelantado de las corrida y retratos que complementan la visión de un espectáculo que ya se beneficia del uso de la fotografía, la cual nos va dejando testimonios ricos en detalles que escapan a las descripciones de periodistas cuyo oficio se encuentra sustentado por juicios que recién han llegado de España gracias a la literatura, como ciertas tauromaquias y tratados técnicos del más riguroso y avanzado modelo del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna que ya impera en la península. Literatura traída bajo el brazo de algunos toreros hispanos que lograron, a partir de 1885, la reconquista taurina, asunto este que desplaza poco a poco un nacionalismo taurino del que Ponciano será último reducto, pues habiendo tantos toreros de estilo común al que el atenqueño abrazó, se rindieron ante ese nuevo amanecer o terminaron -como terminó Ponciano- en el refugio provinciano, a donde el citado “nacionalismo” dio sus últimas boqueadas.

El esplendor del ídolo. Figura fue la suya representativa de los valores campiranos y taurinos que le hicieron formar parte de los elegidos.

Fuente: “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA” Nº 63, del 4 de febrero de 1944.

Ponciano Díaz fue motivo que tomaron artistas de corte popular como Manuel Manilla o José Guadalupe Posada, y también los que surgen del anonimato para representar en versos, grabados y caricaturas distintas facetas que se ocuparon en realizar. Asimismo escritores y poetas mayores como Juan A. Mateos o Juan de Dios Peza quienes publicaron sendos trabajos que trascienden el quehacer del “torero con bigotes”. La fotografía, como ya vimos, hizo su parte extendiendo por todos los rincones taurinos del país la figura ya popular de este diestro fuera a pie o a caballo. El cine también tuvo como protagonistas al “valiente torero”, filmando los señores Churrich y Moulinie una primitiva película en Puebla, allá por el 3 de agosto de 1897 que titularon: “Corrida entera de la actuación de Ponciano Díaz”. En fin, solo faltaba que Ponciano vistiera la casaca de don Porfirio y que este se tocara de un buen sombrero jarano para que las cosas llegaran a terrenos de lo inverosímil.

Debemos recordar dos detalles que pintan por sí mismos el perfil del espada atenqueño. Uno de ellos refiere la comparación de Ponciano Díaz con los curados de Apam, pero también con el culto a la virgen de Guadalupe, asunto que por su trascendencia nos habla del significado que se le prodigó al torero. El otro asunto tiene que ver con una sabrosa anécdota en la que son protagonistas el excelente escritor Luis G. Urbina y el filósofo Porfirio Parra:

-Es cierto, habemos dos Porfirios. Don Porfirio y yo. El pueblo le hace más caso a don Porfirio que a mí. Que le vamos a hacer.

-Pero tengo mi desquite.

También hay dos Díaz, Ponciano y don Porfirio. El pueblo le hace más caso a Ponciano que a don Porfirio.

Todos estos motivos son suficientes para armonizarlos en esta exposición que nos presentan apenas algunos aspectos en la vida de este personaje popular. Puede sonar cursi o a lugar común, pero de esa manera podemos entender porqué Joaquín de la Cantolla y Rico durante la inauguración de la plaza de BUCARELI, ocurrida el 15 de enero de 1888 bajaba al ruedo en su globo aerostático para abrazar a Ponciano. O porqué la compañía de ópera italiana que entonces visitaba la ciudad se integró al festejo para cantar un himno triunfal mientras se realizaba el desfile de cuadrillas. Y las hojas de “papel volando”, las coronas de laurel, las bandas tricolores, las palmas entusiastas de miles de poncianistas entregándose cada tarde, sin que falten también otras tardes de negro recuerdo, como todo torero puede llegar a tener.

El resultado de la fiesta podía ser comentado durante varios días en los cafés, en las calles. La prensa se atrincheraba en dos frentes: el proponcianismo pero también en el del prohispanismo que lo criticaba, y severamente.

Por todas estas razones, el presente recuento de vida sobre Ponciano Díaz se convierte en una aventura de suyo apasionante. Aquí están pues, los elementos con que se conforma esta exposición a la altura de su popularidad, a 118 años de su muerte.


[1] CAUDILLO. Segundo jefe, subalterno del caporal.

[2] CHILCUALÓN. Trabajadores que recibían pago adicional.

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BREVES VISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA EN 1841.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Johann Salomón Hegi (1814-1896): “Cuadrilla española en la plaza de toros”. Siglo XIX. Acuarela sobre papel. 54 x 74 cm. Col. Salomón y Brigitte Schäter, Zurich, Suiza.

Fuente: Gustavo Curiel, et. al.: Pintura y vida cotidiana en México. 1650-1950. México, Fomento Cultural Banamex, A.C., Conaculta, 1999. 365 pp. Ils, retrs., grabs. (pp. 183).

    Leo con verdadero deleite las notas que Enrique de Olavarría y Ferrari escribió para formar su Reseña histórica del Teatro en México, cuya segunda edición corresponde a 1895. El volumen consultado cubre los años de 1841 a 1850, y con amplitud, el autor hace un amplio recuento de la vida teatral que se desarrolló en la ciudad de México, sin dejar de mencionar lo que sucedía con otras diversiones públicas. Evidentemente los toros no escaparon a su vista.

Transcurre el año de 1841. Allí están mencionadas las célebres fiestas ocurridas en San Agustín de las Cuevas, donde eran frecuentes las peleas de gallos y también las riñas entre quienes consumían más bebidas espirituales de lo normal. Recrea los salones de baile público donde “las jóvenes más distinguidas y bellas, (se entregaban) a las variadas cuadrillas, la animada contradanza, el voluptuoso valse, la bulliciosa galopa”.

Y desde luego, no puede faltar aquí lo que, a los ojos de Olavarría y Ferrari significaba el solo acontecimiento de los toros. Hoy día las noticias recogidas para ese año son tan escasas que apenas nos damos una idea cabal en la forma en que pudo darse alguna temporada, o sobre los toreros de moda y las ganaderías más célebres. Funcionaba para entonces la Real Plaza de toros de San Pablo y entre los toreros más sobresalientes se sabe que dominaban el panorama los célebres hermanos Luis, Sóstenes y José María de quienes se sabe, aunque no hay una certeza absoluta, que actuaron conjuntamente entre los años de 1808 y 1858.

Vayamos al curioso apunte de Olavarría.

“Fuera de esos días y los de luces y procesiones, y los de revistas militares o aniversarios patrióticos, las diferentes clases sólo se reunían o confundían en las plazas de toros. Ya estamos en ella. Por todas partes se oyen los gritos; ¡A dos por medio las rosquillas de almendra! ¡Dulces para tomar agua! ¡Quesadillas! ¡Empanadas de arroz y de leche! ¡A las gorditas de cuajada! Los soldados han partido la plaza con una difícil evolución; los ociosos se han retirado a sus asientos, y todos aguardan ni más ni menos que en el día del juicio, el sonido de la destemplada corneta que anuncia toro. Aquí el fashionable echa lente a una lumbrera; allí un militar de barragán, con casaca de uniforme y sombrero jarano, especie de anfibio compuesto de militar y paisano, brujulea a una ciudadana de rebozo de bolita y túnico floreado; acullá cuatro cajeritos de Parían, de los que no salen por la noche, murmuran de cuantos ven; y por donde quiera, entusiastas y medio borrachos que vocean hasta desgañitarse, ʻ¡toro!ʼ Salió éste y satisfizo los deseos de la abigarrada multitud que ruge de salvaje deleite, ante un espectáculo indigno de nuestro siglo. Los aplausos y las bufonadas se mezclan a los chiflidos y forman confusa algarabía que crece a cada torpeza del picador, del banderillero, del espada y se reproducen sin variación alguna con la lidia de cada nuevo animal, o con los accidente de la brega del embolado…

Hasta aquí la cita.

Por lo que se puede apuntar al respecto, es que nuestro autor no era precisamente el taurino, pero sí un curioso cronista que retrata a la sociedad de aquel entonces y nos deja entender que en asuntos de esta diversión, la misma se celebraba bajo un ambiente único, el que nos permite entender la congregación de miles de espectadores ansiosos de ver ese espectáculo, todo él lleno de curiosas representaciones. Por esos días, fueron célebres las ascensiones aerostáticas de Mr. Luis A. Lauriat quien junto a su hija Aurelia, realizarían tan “grande espectáculo”, uno de los cuales ocurrió la tarde del 18 de abril. Seguían recordándose las intermitentes representaciones de otros aeronautas como fue el caso de Adolfo Theodore y Eugenio Robertson años atrás, más de alguna sin celebrarse por motivo del viento, o por la rotura en cierta parte de aquellos enormes globos, con lo que molesto el público y firme la autoridad, envió en más de una ocasión a Theodore a la cárcel, por incumplimiento, pero no al asentista, el célebre Manuel de la Barrera, quien con sus influencias evadió dicho sitio.

Es probable también que por aquellos días, quien estuviera al frente de más de una célebre “cuadrilla de gladiadores” fuese el que ya es un conocido nuestro. Me refiero al torero portorrealeño Bernardo Gaviño. Por desgracia, ni un solo cartel se ha podido conservar o recuperar de las muchas ocasiones en que se celebraron festejos, y ni tampoco la prensa dedicó más allá de unos cuantos párrafos a comentar lo sucedido, seguramente porque seguía presente un espíritu antiespañol, pero sobre todo la idea de que los toros eran considerados como un espectáculo bárbaro.

Lo que sí puedo asegurar es que en todas aquellas ocasiones en que se programaron corridas de toros, éstas concentraban una serie de componentes, curiosos a cual más, pues las cuadrillas y todos quienes participaban en ellas, se afanaban en presentar y representar una auténtica puesta en escena. La misma consistía en la lidia de cuatro o más toros. Luego, entraban en funciones los coleadores, se representaba una mojiganga, e incluso podría haber posibilidad de que un toro “luchara con los perros que se le echen” y que “ocho figurones montados en burros y a pie, picaran, banderillaran y mataran otro toro”. Aquella función podría concluir felizmente con fuegos artificiales y desde luego con el infaltable “toro embolado”.

Meses después, en El Siglo Diez y Nueve del 7 de febrero de 1842 aparecieron estas notas:

“¡Ah se olvidaba otro cartel. Plaza de toros de S. Pablo. El empresario, como todos los empresarios y todas las compañías, no tiene otro anhelo ni otro pensamiento que divertir al ilustrado público que lo honra con su asistencia; y al efecto expresa que se lidiarán siete bravísimos toros de la famosa hacienda del Astillero o de Atenco. Sucede que el público ilustrado grita: Cola, cola, toda la tarde; pero eso no es del caso, porque el empresario recibió ya la honra, que es lo que importa”.

Cualquier parecido con lo que ocurra en nuestros días… es mera coincidencia.

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