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TESTIMONIOS DE JESÚS MARÍA BARBABOSA, ACERCA DE SANTÍN EN 1889.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

“El Garlopo” y probablemente la cabeza disecada de “Camelio”, lidiados en forma destacada en 1880 y 1889 respectivamente. Cortesía de Salvador Barbabosa.

   En 1894, El Puntillero. Semanario de toros, teatros y variedades convocó a diversos hacendados de entonces, para que contribuyeran con sus testimonios sobre las ganaderías de cartel que por aquella época proporcionaban toros para la fiesta que se desarrollada a finales del XIX. Uno de ellos fue el conocido Jesús María Barbabosa, propietario de Santín, célebre ya desde varias décadas atrás y que seguiría nutriendo de ganado por lo menos hasta 2014. Evidentemente esta hacienda ganadera, desde que posee dicho nombre, derivado del apellido que ostentaba el señor Pedro Santín allá por el siglo XVIII, es motivo de diversas etapas, mismas que parten desde su origen mismo, el que estuvo bajo la égida de quien fuera primer arzobispo en la entonces Nueva España. Me refiero a Fray Juan de Zumárraga quien desde 1536 declara poseer tierras en los rumbos del valle de Toluca, siendo las que en su momento se concentraron ya en el conocido territorio de Santín, motivo de esta colaboración.

Pues bien, el testimonio que conoceremos a continuación, es el resultado de una larga experiencia que acumuló Jesús María, por lo menos desde 1853, en que toma las riendas de diversas propiedades y hasta su muerte, ocurrida en 1892. Tuvo Jesús María la costumbre de dejar testimonio por escrito de diversas actividades, tanto al interior como al exterior de Santín, y cuyos datos hoy conocemos gracias a que se conservaron buena parte de aquellos informes, aunque otros se perdieran en un desagradable incendio.

Volviendo a la convocatoria de El Puntillero [en cuyos números 13 y 16 del 2 y 23 de septiembre de 1894, se publicaron dichas notas respectivamente], diré que no deja de ser interesante la forma de manejar el asunto que ocupó varias páginas de tan rara como poco conocida publicación que circulaba hace poco más de 120 años. Veamos.

GANADERÍAS DE CARTEL. SANTÍN.

“Hoy comenzamos a dar lugar en nuestras columnas a las contestaciones que tenemos en nuestro poder, procedentes de los propietarios de ganaderías de cartel, a los que en su oportunidad se dirigió el Centro “Pedro Romero” en solicitud de algunos datos que, si no forman historia completa, cosa difícil, si se tienen en cuenta las dificultades porque siempre ha atravesado la diversión y el tiempo en que estuvo en receso, forman, en cambio un conjunto interesante que servirá de base para dicha historia”.

Solo con objeto de aclarar dos detalles, y antes de continuar, valen la pena las siguientes notas.

Refiriéndose al Centro “Pedro Romero” lo hacen para identificar al que fue aquel cenáculo, grupo de aficionados taurinos que formaron dicha sociedad, y donde uno de sus más caros propósitos fue dar relevancia a los conceptos teóricos sobre la tauromaquia, tanto en lo técnico como en lo estético en una época que necesitaba estas consideraciones, con objeto de que se diseminaran entre la nueva afición que estaba gestándose justo en la época posterior en que la fiesta “estuvo en receso”, como quedó señalado en el párrafo anterior. Y es que el redactor de El Puntillero nos recuerda el hecho en el cual desde 1867 y hasta 1886 las corridas de toros estuvieron prohibidas en el Distrito Federal, con lo que tales festejos encontraron posibilidades de continuidad en plazas provincianas, incluso algunas de ellas “a un paso del Distrito Federal”, como fue el caso del Huisachal, por ejemplo.

“He aquí la que escribe el Sr. Jesús M. Barbabosa, propietario de la ganadería de Santín, primero en el orden de obsequiar bondadosamente nuestros deseos:

“Señor Secretario de la Sociedad Centro Taurino Pedro Romero.

   “El que suscribe tiene la honra de contestar la atenta circular de vd., que recibió el 8 del que rige, manifestándole, en primer lugar, su satisfacción por haberse instalado una asociación que, no duda el que habla, llevará a efecto al pie de la letra su programa circunscrito a proceder en todo y por todo con justicia, verdad e imparcialidad, y en segundo lugar, a decirle, respecto del primer dato que desea saber esa Sociedad, que la ganadería de Santín, propiedad del que habla, ha tenido su origen, a más de setenta años en la propia finca, del ganado de la propia casa, sin haberse traído para formarla reses de alguna otra parte.

“En cuanto al segundo dato que desea esa Sociedad, le manifiesto que siempre han jugado los toros de esta ganadería con divisa cuyos colores son el verde, blanco y encarnado, y que aunque antes de 1884 se acostumbraba poner el fierro que aparece al margen en la pierna izquierda, y el del año en que nacía cada res en la pierna derecha, desde el año mencionado solo se pone a cada macho el del año en que nace, en la pierna izquierda, y el que le corresponde en la ganadería en la pierna derecha.

“Por lo que mira al tercer dato que quiere esa Asociación, le manifiesto que los toros de la ganadería de que vengo hablando, han jugado por primera vez en la plaza de Toluca, en 1853, con una cuadrilla que presentó el espada Mariano (González) La Monja.

“Por último, respecto al cuarto dato que se pide: aun cuando el que suscribe podría citar varios hechos de muchos toros dignos de mencionarse, para excusar una difusión tal vez fastidiosa, solo hace mención de dos, justificados competentemente, porque no quiero que se me crea bajo mi palabra.

“Sea el primero el que tuvo lugar en Puebla el 28 de marzo de 1880, cuando se estrenó la plaza de San Francisco por la cuadrilla de Bernardo Gaviño, compuesta de 14 personas, en cuyo estreno se jugaron toros de Santín, y el primer toro que jugó llamado Garlopo, (aún lo conservo disecado) fue noble, valiente, de mucho empuje, jugó a satisfacción del público, mató siete caballos con solo nueve varas que recibió, no permitiéndose tomara más varas por la escasez de caballos. Lo expuesto consta en los anuncios y certificado extendido por la autoridad que presidió la corrida [el señor Ignacio Torres, juez de plaza en aquella ocasión], los que conservo en mi poder a disposición de cuantos quieran verlos.

“El segundo hecho es tan reciente que excuso hablar de él. Se trata del segundo toro que jugó en la plaza de Colón el 3 de marzo del corriente año, denominado “Camelio”, cuyo toro tenía en la pierna izquierda el número 84, año de su nacimiento, y en la derecha el número 15, que le correspondió en la ganadería. Tal toro fue jugado por la cuadrilla de Fernando Gómez “El Gallo” como primer espada, y por Carlos Borrego “Zocato” como segundo espada, quien mató dicho toro, cuya cabeza conservo disecada.

“Repito que como este hecho es tan reciente, al público que concurrió a la corrida, entre quienes estuvo alguna persona de las que forman esa Asociación, le consta de vista el juego de dicho toro, su nobleza, bravura, ley y demás pericias que tuvieron lugar. En consecuencia, pongo punto final a mi contestación, persuadido de que con lo expuesto he dado respuesta a los cuatro datos que se me piden, suplicando a vd., señor secretario [Carlos M. López “Carolus”], dé cuenta con la presente a la mencionada Sociedad, para que haga uso de ella como lo estime conveniente.

“Santín, noviembre 12 de 1889. Jesús M. Barbabosa”.

Como podrá apreciarse, se trata de un testimonio que nos da idea sobre el desarrollo que adquirió Santín, y cuyo prestigio se debió a que aquellos toros, denominados como “nacionales” o criollos, tuvieron una morfología característica. Eran de gran alzada, silletos (es decir cuando es notorio un hundimiento en el espinazo) una buena mayoría de ellos. Ostentaba cornamentas muy desarrolladas, y más que cornivueltos, en muchos se pueden apreciar testas alacranadas, de puntas astifinas, unos; astigordos otros tantos. Se puede entender que era común también el lidiarlos con edades que podrían haber superado los cinco años. En el caso de “El Garlopo” es posible que dicho ejemplar haya nacido entre 1874 y 1875, por lo que llegó a la plaza cumpliendo con 5 o 6 años. “Camelio” por su parte, “jugó de 4 años 9 meses 24 días de edad, era hermoso, tanto por su color como por su precioso corte…” según lo expresa José Julio Barbabosa en Origen de la raza brava de Santín…, 1886-1900, cuaderno manuscrito que por fortuna se conserva hasta nuestros días, y en el cual puede conocerse una buena parte de un conjunto de propósitos que se emprendieron al interior de la hacienda, con el objeto fundamental de consolidar la crianza de los toros “santineños”.

Con los años, los colores de la divisa cambiaron para quedar definitivamente en azul, blanco y rojo. Y entre los siguientes propietarios de tan emblemática ganadería, estuvieron al frente José Julio Barbabosa, Agustín Cruz Barbabosa y luego –entre los hijos de este último-, deben considerarse a tres de ellos: Carlos, Salvador y a doña Celia Cruz Barbabosa.

Quiero terminar las presentes notas refiriendo que las mismas provienen de “Historia sobre la raza brava de Santín”. 358 p. Ils., fots., facs., tablas, libro de mi autoría y que actualmente se encuentra inédito.

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“CASTILLOS” y “TORITOS”: REVELACIÓN DE UN RITUAL FRENTE AL PELIGRO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Foto tomada de la cuenta de Twitter @eTultepec. 2017.

   Mientras los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI) realizaron todo tipo de destrucción en el museo de Mosul, al punto de que con la reciente recuperación por parte de las fuerzas armadas iraquíes fue imposible apreciar siquiera la presencia monumental de dos toros alados asirios con cabeza humana, en San Pedro Tultepec, estado de México se percibe, luego de otras tragedias un profundo misterio que acaba de concretarse con las fiestas que, año tras año realizan en torno a la celebración de San Juan de Dios, santo patrono de los artesanos de la pirotecnia.

En diversos reportajes que se han divulgado en medios impresos y electrónicos, puede apreciarse el júbilo que los pobladores de dicho espacio mexiquense demuestran, luego de la quema de 500 “toritos”, y donde efectivamente la mayoría de aquellas figuras ostentaron la figura del toro.

¿De qué estarán hechos los habitantes de ese poblado, en el que nada más acercarse debe percibirse un aroma a pólvora?

¿Qué misteriosa razón los mueve a realizar tan arriesgadas labores que luego se materializan en una fiesta donde muchos de ellos cargan con el dolor de las tragedias recientes?

¿Por qué es el toro la figura central de esos rituales?

Volviendo a las imágenes, lo que puede verse es un proceso en el que al amparo de la noche, cuando deben estallar aquellas piezas, muchos de los participantes materialmente danzan, animados por bandas que rondan por las calles de dicha población (entusiasmo que posiblemente se encuentre impulsado por influjo de alguna bebida) y, como hipnotizados se unen en un baile colectivo que refleja la concentración de todos los componentes del dolor y la alegría, y donde el toro, el “torito” es una especie de pararrayos en el que se descargan esos sentimientos.

Una fiesta tan arraigada como la que sucede cada año, justo el 9 de marzo, ha merecido en esa comunidad el vivo reflejo no solo de concebir verdaderas piezas del arte efímero, sino la necesaria consumación de su presencia a través de la quema respectiva, en la que brotando fuego de sus entrañas, no solo produce la emoción que se desborda, sino el peligro inminente de que se generen accidentes donde la mayoría de estos se producen por quemaduras que se miden de acuerdo a las zonas de cuerpo que fueron expuestas a dicho riesgo. Y este año no fue la excepción, pues hubo poco más de 170 lesionados, quienes reflejados en la figura de un torero, se convierten en víctimas, pero también en héroes que deben cargar con la quemadura como el diestro con la cornada. Seguramente en los códigos que se escriben en el imaginario colectivo debe estar inscrita aquella consigna de que mientras mayor sea el riesgo al que se enfrentan, esto podría tener semejanza con la cicatriz que deje, al cabo del tiempo una herida por cuerno de toro.

Quienes rodean al “torito” lo provocan y lo esquivan con sus cuerpos. No hay capas ni muletas, solo es el empeño que se cumple al legitimar un anhelo de cercanía, aumentando el “riesgo” que queda marcado en la frontera que el fuego se encarga de establecer.

Tampoco es una especie de “pamplonada” nocturna, sino una ceremonia en que se cumplen quizá, los propósitos de una consigna, de un juramento que al culminar produce la recuperación de la calma, con la que el espíritu se siente liberado de aquella tensión.

Si a lo anterior pesa la ausencia de un ser querido o un amigo que hubiesen desaparecido con motivo de alguna conflagración, las dimensiones de aquel conjuro deben ser mayores y por ende muy elevado el deseo de liberación o limpieza de estigmas creados en torno a una tragedia. Eso para ellos, debe ser un imperativo.

San Pedro Tultepec, cuyo nombre es tan maravilloso como el mestizaje mismo, concentró y sigue concentrando ese peligroso quehacer de convivir con una materia que es de suyo peligrosa y obsesiva a la vez, de la que ya integrada en “castillos” o “toritos”, al serle aplicado el fuego, comienza en estos elementos un paso sincronizado de detonaciones, que van de una figura al movimiento mismo, pues sus artesanos han logrado concretar la experiencia del pasado para mantenerla en el presente, y siempre bajo el mismo nivel de peligro.

Recuerdo que allá por el siglo XIX, hubo un maestro que realizó verdaderas piezas cuyo esplendor quedó compartido en multitud de festejos taurinos, fundamentalmente en las plazas de toros de San Pablo y el Paseo Nuevo. Me refiero a Severiano Jiménez, quien incluso, fruto de su experiencia, escribió un manual de pirotecnia del que muy poco se sabe, pero que pasa por ser el instrumento teórico que debe haber servido en su momento para la correcta manipulación de materiales tan explosivos.

Es probable que quedara trazada una línea tan finamente marcada, en la que desde aquel entonces y hasta hoy, estén presentes otros maestros que no solo hicieron suyos esos principios, sino que los mejoraron o enriquecieron. A pesar de lo anterior, la amenaza de lo incendiario sigue tan presente que por eso es capaz de cobrarlo con la vida de seres humanos dedicados a tan peligrosa actividad.

A pesar de que esas labores están controladas. A pesar de todo aquello que ha significado eliminar una tradición con objeto de evitar más accidentes, pareciera como si nada de esto negara entre los habitantes de San Pedro Tultepec la posibilidad de mantener la antigua costumbre de los fuegos de artificio, cuya deslumbrante condición causa asombro, fascinación entre quienes presencian semejantes espectáculos, muchos de los cuales necesitan de la oscuridad para su mejor apreciación.

Y sin tener necesariamente contratos que cumplir (en lo taurino), pero sí otro tipo de razones que se amparan en lo profundo, sobre todo por parte de la religión católica, no faltan en las fiestas a santas y santos patrones el “castillo” y el “torito”, si el barrio o la población, aunque fundamentalmente sus “mayordomos” u organizadores, no tuviesen más dinero que para pagar “uno y uno”. Pero también existen aquellos otros sitios en los que al nivel de la fiesta, esta debe ir compensada con más de un “castillo” y eso sí, también varios “toritos”.

Castillo y toro, elementos cuya presencia puede remontarse al renacimiento mismo, donde el sentido de defensa podría quedar concentrado en estas figuras que, en términos de guerras o invasiones se levantaban o se utilizaban para defender algún territorio específico. Las altas tapias de castillos resguardados, el toro que en grandes manadas también se utilizaba como elemento de defensa, pasaron, como en el toreo a caballo de tener un principio bélico para tornarse estético (de acuerdo a lo que José Alameda planteó en su libro La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo).

Todos estos supuestos, que provienen del fenómeno de la guerra, y superados sus propósitos, cambiaron para quedar convertidos en otro tipo de expresión, tan riesgosa como las batallas mismas. Perviven, por lo menos en la presencia del “castillo” y el “torito” (llevado al diminutivo más apropiado) para cumplir razones ahora ligadas con la religión. El culto a San Juan de Dios no ha sido la excepción, una de cuyas conmemoraciones también se celebra, de acuerdo a las “fiestas de tabla” el 15 de noviembre, y para lo cual, en el pasado novohispano también hay registro de participación con corridas de toros.

Eran los días en que, bajo el mandato del virrey don fray Payo Enríquez Afán de Rivera (entre 1673 y 1680), la canonización de San Juan de Dios se convirtió en unos de los acontecimientos de mayor aparato conocido por aquellos tiempos. Fueron célebres ciertas fiestas que por su dimensión y su boato, alcanzaron a ser consideradas por los cronistas, unos más célebres que otros para dejar sentadas auténticas relaciones de fiestas, documentos que por su naturaleza nos permite comprender, gracias al minucioso detalle, la forma en que ocurrieron no solo los festejos taurinos. También los de otro orden. Cómo vestían los caballeros, la disposición de la plaza y otras apreciaciones que poco a poco fueron definiendo el papel de las primeras expresiones periodísticas. Gregorio Martín de Guijo[1] primero y luego Antonio de Robles (entre 1648 y 1703), dejaron sentadas en el Diario de sucesos notables las bases de ese propósito, que más tarde continuarían Juan Ignacio María de Castorena y Ursúa así como Juan Francisco Sahagún de Arévalo [2] y hasta José de Gómez con su Diario curioso…(1722-1742, y 1789-1794 respectivamente).[3]

“Toritos” y “castillos”, reminiscencias virreinales donde el talento de artesanos pervive hasta nuestros días, nos han movido para quizá –en vano esfuerzo-, descifrar sus misterios.


[1] Gregorio Martín de Guijo: DIARIO. 1648-1664. Edición y prólogo de Manuel Romero de Terreros. México, Editorial Porrúa, S.A., 1953. 2 V. (Colección de escritores mexicanos, 64-65).

Antonio de Robles: DIARIO DE SUCESOS NOTABLES (1665-1703). Edición y prólogo de Antonio Castro Leal. México, Editorial Porrúa, S.A., 1946. 3 V. (Colección de escritores mexicanos, 30-32).

[2] Juan Ignacio María de Castorena y Ursúa y Juan Francisco Sahagún de Arévalo: Gacetas de México. 1722-1742. México, Secretaría de Educación Pública, 1950. 3 V. Ils., facs. (Testimonios mexicanos, Historiadores, 4-6).

[3] Diario curioso y cuaderno de las cosas memorables en México durante el gobierno de Revillagigedo (1789-1794). Versión paleográfica, introducción, notas y bibliografía por Ignacio González-Polo. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Biblioteca Nacional y Hemeroteca Nacional, 1986. 123 p. Facs., retrs., maps. (Serie: FUENTES).

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FESTEJOS TAURINOS CON PROPÓSITO DE BENEFICENCIA EN MÉXICO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Abundando en lo ya escrito por nuestro colega y amigo Horacio Reiba antes de ayer en este portal, puede decirse con absoluta certeza sobre la existencia de rica información acerca de este tipo de expresiones, donde a lo largo de los siglos ha quedado de manifiesto el apoyo que las corridas de toros han proporcionado en casos de apoyo para la beneficencia, mismo que se ha visto reflejado en acontecimientos que se suman a la solidaridad en casos donde ciertos sectores de la población fueron afectados por fenómenos naturales y que, en su condición vulnerable es preciso encontrar condiciones de nueva estabilidad.

En ese sentido, los datos de que dispongo para una investigación que ahora mismo se encuentra en proceso, y cuyo título es: “Sobre festejos taurinos con fines de beneficencia en México”, permiten afirmar que estos se remontan a los comienzos del siglo XVII, aunque es hasta la segunda mitad del XVIII en que sus intenciones se ven reflejadas en la documentación que hoy día se encuentra resguardada en varios archivos de nuestra ciudad y en buena parte de otros ubicados en el resto del país.

La historia de festejos taurinos benéficos en México, se remonta a tiempos virreinales. Los hubo en distintas expresiones. La obra pública resultó favorecida muchas veces, como también ocurrió con los ejércitos o la iglesia, teniendo para ello un ejemplo muy claro: el que ocurrió en San Luis Potosí en 1800, con motivo de la dedicación del Santuario guadalupano, y en el cual se dieron varias corridas de toros, en las que se dice participó Ignacio Allende, integrante del Regimiento de la Reina. Tales fiestas ocurrieron entre el 9 y el 12 de octubre de 1800. Los ha habido también con fines humanitarios, sobre todo cuando ocurrieron o han ocurrido desgracias naturales, como temblores, inundaciones y otras causas que mueven a las autoridades o a la sociedad a organizar corridas o festejos taurinos.

He aquí un ejemplo ocurrido hace 63 años cabales. Col. del autor.

   Pues bien, me permito compartir a continuación lo ocurrido con un festejo celebrado en 1839.

A finales del siglo XVII, el prefecto Juan Martínez de la Parra de la Congregación del Divino Salvador del Mundo y Buena Muerte -perteneciente a la Compañía de Jesús de la Orden de los Jesuitas-, protegió y mantuvo un hospital para mujeres dementes que adoptó el nombre de la Congregación benefactora, anteriormente esta comunidad de mujeres estaba bajo la protección del carpintero José Sáyago, apoyado por el Arzobispo Francisco de Aguiar y Seijas y estuvo situado por las calles hoy nombradas como Jesús María.

Hacia 1699, la Congregación del Divino Salvador adquirió en la entonces calle de la Canoa (hoy Donceles) un edificio grande pero ruinoso, con la intención de establecer el Hospital para Mujeres Dementes. Un año después fueron instaladas las asiladas a pesar de que las obras de construcción no habían terminado.

Durante los siglos XVIII y XIX, el Hospital del Divino Salvador siempre estuvo sujeto a una penuria de recursos y prestaba sus servicios a pesar de estar en un estado ruinoso. Durante su existencia experimentó diversas reparaciones y remodelaciones conforme avanzaban los conocimientos médicos de la época para mejorar la atención de las enfermas, hasta que dejó de funcionar en 1910, pues las pacientes fueron trasladadas al Manicomio General ubicado en la Ex – Hacienda de la Castañeda; para esas fechas el edificio estaba bastante deteriorado, debido a su uso como Cuartel del Segundo Regimiento de Caballería durante los años de la Revolución, razón por la cual, el Presidente Venustiano Carranza instruyó su demolición (rescatándose sólo un 20% del original) para edificar el actual, construido exprofeso cuyo propósito fue albergar las oficinas de la Beneficencia Pública.[1]

Fachada y detalle del escudo que identifica a este hospital. Véase: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:EX_HOSPITAL_DE_MUJERES_DEMENTES.JPG

Las anteriores son las notas introductorias precisas para contar con un contexto histórico básico en el que podemos conocer el desarrollo del Hospital de mujeres dementes. Avanzado el siglo XIX, seguramente hubo una serie de festejos con estos fines, originados con motivo de ayudar o auxiliar a ciertos particulares, colectivos, o instituciones que padecieron situaciones económicas limitadas. No habiendo otro buen pretexto que las funciones taurinas, incluso las teatrales, dichas instancias se acercaban con frecuencia a la autoridad para solicitar el generoso apoyo, hasta el punto de que se formalizaron festejos cuyos fondos resultaban favorables a quienes buscaban aquel aliento. Incluso tales beneficios llegaron a aplicarse directamente en la obra pública con lo que aquellos trabajos detenidos por falta de presupuesto, concluían felizmente gracias a la acción producida por los espectáculos públicos. Tal es el caso de lo ocurrido con el Hospital de mujeres dementes, que no pudiendo solventar diversos conflictos de orden económico, seguramente “conmovió” a la autoridad al grado de que fue posible organizar un festejo taurino, cuyo interesante cartel fue publicado en el

DIARIO DEL GOBIERNO DE LA REPÚBLICA MEXICANA, D.F., del 9 de diciembre de 1839, p. 4:

PLAZA DE TOROS EN SAN PABLO. JUEVES 13 DE DICIEMBRE DE 1839.

Collage de la Arq. Viviana Archundia. Consulta en: http://viviana-archundia.blogspot.mx/2012/07/real-hospital-del-divino-salvador.html

Función extraordinaria a beneficio del hospital de mujeres dementes.

   La piedad de los mexicanos ha tenido su mano benéfica a los establecimientos del hospicio y casa de expósitos de esta capital, proporcionando recursos a favor de los infelices que en él se encuentran, ya por medio de suscripciones y ya dedicándoles espectáculos públicos, cuyos productos han contribuido eficazmente al logro de sus piadosos deseos. Mas su celo filantrópico, no ha fijado su atención a otro establecimiento igualmente benéfico a la humanidad, cual es el de mujeres dementes que existen en el hospital del Divino Salvador.

   Este sin duda reclama imperiosamente una mirada de compasión; porque aquellas desgraciadas están careciendo aún de los auxilios más precisos e indispensables por falta de recursos. Tan lastimosa situación que llegó a noticia de mi esposa, la compadeció en sumo grado, y desde luego formó el proyecto de auxiliarlas en cuanto le fuese posible, poniendo pues en práctica sus deseos y contando con la filantropía de sus paisanas a quienes las considera animadas de los mismos sentimientos, a vista de cuadro tan lastimoso y con la cooperación de todos los mexicanos, me pidió una función de toros a beneficio de este Hospital, no dudando que unas y otros contribuirán por su parte al mayor brillo de ella, y aumentando sus productos. Habiendo yo accedido a su petición, deseoso asimismo por mi parte de contribuir a tan loable objeto, no sólo por una vez cedí este día que por su solemnidad es uno de los que en la empresa saca algunas utilidades, sino que me propongo anualmente darlo a dicho beneficio, interin yo sea el propietario de la empresa, destinando sus productos al solo fin de vestir la desnudez de aquellas desgraciadas. Para que estos tengan todo el aumento necesario, he procurado ahorrar todos los gastos posibles, a cuyo efecto invité a las compañías y dependientes de la plaza, para que dejasen la parte que voluntariamente quisieran de sus sueldos, y éstos generosamente dejan la cuarta parte de ellos. Este ahorro, con lo que me prometo sacar de las lumbreras de sombra que he destinado a las autoridades y familias acomodadas de esta capital, a cuyas localidades no he querido señalar precio alguno, dejándolo arbitrario a la generosidad de éstas, y lo que produzca la entrada eventual, formarán sin duda una cantidad capaz de cubrir aquel fin que nos hemos propuesto, al mismo tiempo que patentizadas por este medio tan graves necesidades de aquel útil establecimiento, encontrarán sin duda otros protectores que las alivien enteramente. La función está distribuida del modo siguiente:

   Seis toros escogidos de la sobresaliente raza de la hacienda del Astillero, de los cuales uno será embolado para que jueguen los Figurones en burro, cuyo intermedio por ser de suma diversión a los concurrentes, se ha preferido a cualesquiera otra.

PRECIOS DE ENTRADAS

Lumbreras por entero                                          6 ps.

Entrada general en sombra                                0 6 rs.

Entrada general en sol                                         0 2 rs.

   Las lumbreras que queden, se expenderán en el estanquillo de la 1ª calle de Plateros, con 10 boletos, a 6 ps. El producto sobrante de esta función, la inversión que se dé a éste, y la lista de las autoridades y familias, con lo que cada uno haya contribuido por la lumbrera que se le señale, se publicará por los periódicos oportunamente.

   La función comenzará a las cuatro y media.

   Por cuanto se puede apreciar, dicho festejo debe haber obtenido los propósitos establecidos por sus organizadores. Vale la pena echar a volar nuestra imaginación para recrear lo sucedido allí hace 178 años.


[1] ARCHIVO HISTÓRICO DE LA SECRETARÍA DE SALUD. EDIFICIO DONCELES 39. [en línea], 2017, http://pliopencms05.salud.gob.mx:8080/archivo/ahssa/edificio [consulta: 7 de marzo de 2017]

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LA CIUDAD DE MÉXICO A LOS OJOS DE LOS SEÑORES BULLOCK EN1823.  

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

asta-bandera-y-plaza-nacional

Donde hoy día se encuentra el asta bandera, por aquellos tiempos del XIX, estaba la “Plaza Nacional de Toros”.

   William Bullock padre e hijo eran ingleses establecidos en Liverpool y más tarde en Londres. William hijo heredó el gusto artístico de su padre por lo que pronto se definió como diseñador, fabricante y coleccionista.

   Con los años fue un afortunado promotor de cultura y en su “Sala Egipcia” en la céntrica calle de Piccadilly presentó exposiciones como “La carroza de viaje de Napoleón Bonaparte”, “Los hallazgos egipcios de Belzoni” y “Los lapones y su cultura”.

   Una desahogada posición económica y prósperos negocios, lo llevaron a emprender en el otoño de 1822, el que fue su viaje más ambicioso, siendo México el nuevo estado-nación, sitio escogido para tal aventura. Lo que sabría sobre el nuevo país era que se trataba de una tierra con inmenso potencial económico, misma que recientemente se había emancipado de la corona española y de la cual, gracias a posibles lecturas de la obra de otro viajero universal, Alexander Von Humboldt, se haya creado el escenario que lo movió a tomar tal decisión.

   La admiración que causaba y sigue causando la ciudad de México a propios y extraños, tuvo motivos para que dos viajeros extranjeros realizaran, en 1823 un hermoso y cautivante trabajo interpretativo, consistente en un “Panorama” de la ciudad de México, vista que obtuvieron luego de establecerse en la parte elevada de Catedral, quizá a espaldas de la “Trinidad”, desde donde tuvieron una contemplación privilegiada, impecable del centro de la ciudad, la Plaza Mayor y sus principales alrededores, mismos que quedaron plasmados en aquel paisaje citadino. Se trata de un retrato perfecto, donde el trazo, la perspectiva y demás circunstancias propias de un dibujo con estas características, se requería para los propósitos con que fue concebido.

   Destaca en dicha obra la visión panorámica de ese espacio que seguimos conociendo como “Zócalo”. Pero llama la atención de que justo donde hoy día se encuentra el asta bandera, estuvo instalada una plaza de toros, mejor conocida como “Plaza Nacional de Toros”, que funcionó por lo menos entre los años de 1821 y 1826.

   Padre e hijo salieron en diciembre de 1822, zarpando en el puerto de Portsmouth. Para enero de 1823 llegaron al puerto de Veracruz. Los siguientes seis meses fueron destinados a reconocer buena parte del territorio nacional y en particular la ciudad de México. William hijo mientras tanto, iba recogiendo apuntes que acentuaban con toda seguridad su capacidad de asombro ante aquellos nuevos paisajes y sus pobladores. También ambos recolectaron una gran cantidad de muestras de fauna natural, artefactos indígenas y elementos arqueológicos que hoy día se encuentran en el Museo Británico.

   Esa primera etapa se puede conocer en su libro Six Months Residence and Travels in Mexico, Londres, John Murray, 1824.

   Entre otras actividades, fue en un lapso de tiempo muy corto en que concibieron el que más tarde sería llamada la “Pintura panorámica de la Soberbia Ciudad de México y su paisaje circundante”. Y es que por aquellos días se respiraba en el ambiente un extraño aroma de incertidumbre. Fueron jornadas en que aún se escuchaban los rumores entre el que fue “Plan de Casa Mata” y las fiestas que, con motivo de la Jura de Agustín de Iturbide este fue elevado al centro como Agustín I, conmemoraciones que no solo se concentraron en la ciudad de México, sino en otras partes del territorio nacional, habiéndose celebrado entre otras actividades, 16 festejos taurinos, mismas que debieron desarrollarse en una versión anterior a la plaza que los Bullock ilustraron en su PANORAMA a partir de mayo de 1823, cuando el monumento a Carlos IV ya había sido retirado de su lugar.

   En el texto imprescindible de Michael Costeloe: “EL PANORAMA DE MÉXICO DE BULLOCK / BURFORD, 1823-1864: HISTORIA DE UNA PINTURA”,[1] el autor describe en la forma más clara la definición de un PANORAMA, como sigue:

    Un panorama era una pintura muy grande, descrita sucintamente por Comment como “una representación circular continua colgada de las paredes de una rotonda construida expresamente para exhibirla”. Estas “representaciones” de colores brillantes, pintadas al óleo y luego barnizadas, algunas sobre varios miles de metros cuadrados de lienzo, ilustraban una variedad de acontecimientos célebres, como la batalla de Waterloo, paisajes espectaculares, como las cataratas del Niágara, y, sobre todo, ciudades de Europa, Asia y América, como Londres, París, Atenas, Nueva York, Jerusalén y El Cairo, por mencionar sólo una pequeña muestra. Originados a finales del siglo XVIII en Edimburgo, donde el pintor local Robert Barker tuvo la idea de hacer una pintura panorámica de su ciudad, los panoramas se volvieron sumamente populares en Gran Bretaña, Europa y Estados Unidos. Ofrecían al público que pagaba por verlos una forma única de entretenimiento educativo, pues el espectador conocía las maravillas de lugares lejanos, como Río de Janeiro, al tiempo que se asombraba por la aparente realidad de las escenas que presenciaba. Para exhibir los panoramas, descritos por Segre como “lienzos ilusionistas de paisajes naturales y ciudades”, se desplegaban todo tipo de artefactos de iluminación y perspectiva, que generaban tal sensación de realismo que los visitantes a menudo abandonaban el edificio convencidos de que habían visto “la mejor representación de una ciudad jamás lograda por el genio humano”.

    Durante la estancia ya conocida de los Bullock entre enero y agosto en nuestro país, estando en la capital del mismo al parecer obtuvieron permiso del gobierno mexicano para instalar sus herramientas de trabajo en la azotea de Catedral, sitio desde el que realizaron un interesante boceto que habiendo cubierto los 360°, incluyó todos los alrededores.

   En 1846 el PANORAMA volvió a exhibirse en Londres, cuando el interés británico por el país se renovó fuertemente, al estallar la guerra entre México y Estados Unidos

   Montar y desmontar plazas fue un denominador común por aquellos años, por lo menos antes de 1833, en que se reinaugura la plaza de San Pablo, de la que por alguna razón existen confusiones en términos de fechas y algunos datos, de los que me ocuparé más adelante. Normalmente se utilizaba madera y material de fijación para las mismas. Al concluir los festejos programados, el edificio se desmantelaba. Para su nueva erección, era necesaria la convocatoria de una nueva temporada o serie de corridas, el proyecto presentado por el o los asentistas, la participación de un arquitecto constructor y el permiso correspondiente del Ayuntamiento. Dicha plaza, según se puede concluir, estuvo en dicho sitio, un poco aquí, o un poco más allá, entre 1821 y 1825, siendo sucedánea de la de San Pablo, incendiada intencionalmente en 1821. Todo parece indicar, además, que este espacio fue utilizado, entre otros festejos para dar paso a las fiestas de la Jura de Agustín I, entre diciembre de 1822 y febrero de 1823.

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El “Panorama” completo.

La Plaza Nacional de Toros, en una curiosa representación, hacia 1824.

Fuente: “México y los grabadores europeos”. México, Artes de México, Nº 166, año XX, 1975. 92 pp. Ils., grabs., retrs., p. 60-61.

   De la exposición VIAJEROS EUROPEOS DEL SIGLO XIX EN MÉXICO, que fue montada en el Palacio de Iturbide en 1998, retomo unos apuntes personales que dicen:

   Esta es la Plaza de “la Constitución”, nombre que adquirió a partir de la constitución de Cádiz de 1812. Comparémosla ahora con esta magnífica recreación, para una plaza de toros que sí existió en este mismo sitio, visión realizada por Dante Escalante a partir de una retrospectiva de los ingleses William Bullock y Robert Burford, y que se remonta a un día cualquiera entre los años de 1822 a 1825. Para ver mejor el espectáculo nos colocamos desde un buen sitio, digamos Catedral, al pie de una de sus monumentales torres.

   Luego de admirar el imponente espectáculo, tenemos en primer término la Plaza Nacional de Toros, inaugurada hacia 1822, que sucedió temporalmente a la Real Plaza de toros de san Pablo, que se incendió en abril de 1821.

   En esta plaza se realizó un festejo el 15 de agosto de 1824 en el que participaron, muy probablemente los hermanos Luis, Sóstenes y José María Avila, figuras que por aquel entonces destacaban en la fiesta, entendiéndoselas con toros de Atenco. La corrida fue en honor de Nicolás Bravo.

   ¿Y con respecto a la plaza?

   Desde luego que entre los años en que se levantó, el diseño debe haber variado, conservándose para los efectos de funcionamiento todo aquello relacionado con los espacios destinados a corrales, destazadero, si es que lo hubo al interior) y otras dependencias propias de un coso taurino.

   Por cuanto se puede apreciar, sus dimensiones, entre las barreras y la doble hilera de palcos, debe haber tenido capacidad para unas 4 mil personas (quizá un poco más). Es un edificio circular, forrado en su parte externa, con una puerta por la cual entraban y salían lo mismo peatones que algunos carruajes o birloches. Era una plaza toda ella de madera, al centro del ruedo se aprecia una columna o “mongibelo”,[2] quizá rematada por una pieza esférica (¿la representación del mundo?) que servía para efectuar alguna puesta en escena, de conformidad al programa con el que, por esos días coincidió la presencia de los Bullock, padre e hijo.


[1] Michael Costeloe: “EL PANORAMA DE MÉXICO DE BULLOCK / BURFORD, 1823-1864: HISTORIA DE UNA PINTURA”. México, Colegio de México. En Historia Mexicana, 2010, Tomo LIX, N° 4 (pp. 1205-1245).

[2] Alusión de fuerte influencia literaria, predominante sobre todo a partir del siglo XVII, la cual se refiere al Monte Etna. La deformación en el habla, o posiblemente en su escritura, poco a poco fueron transformándola en “Mongibelo”, conservando en alguna medida su fuerte carga de raíz latina.

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ESTE 5 DE FEBRERO DE 2017, LA CHARRERÍA COMPARTIÓ ESPECIAL CELEBRACIÓN EN LOS TOROS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.  

   El 1° de diciembre pasado, la charrería fue elevada por parte de la UNESCO a patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Tal asunto fue motivo de gran celebración, y en ese sentido los taurinos creemos que esa vertiente que por siglos ha avanzado en forma conjunta con la tauromaquia, se encargará junto con los suyos, en mantenerla e intensificarla. El domingo pasado, justo cuando se conmemoró el 71 aniversario de la plaza de toros “México”, una representación de varios jinetes compartió en la propia plaza el gozo de este nuevo patrimonio debido a que en tal ocasión los “charros” celebraron el día de tan particular expresión.

   Pues bien, ese domingo 5 de febrero, y faltando unos 15 minutos para comenzar el festejo, salió un grupo de cuatro parejas ataviadas con el traje de charros y “chinas poblanas” que bailaron, al son del “Jarabe Tapatío” tan hermosa pieza interpretada por la banda de la plaza. Con ellos también estuvieron varios jóvenes que se lucieron, dos a pie y dos a caballo con suertes del floreo, y las crinolinas y otras proezas que suelen ejecutar con la reata. Total, que el cuadro resultó muy atractivo, aunque faltara una voz que hubiese advertido aquella escena llena de nacionalismo. Pocos minutos después, la propia banda interpretaba como parte de un repertorio más nutrido, la introducción de la ópera “Carmen” de George Bizet, siendo precisamente la marcha del “Toreador”, pieza que hacía mucho tiempo no se escuchaba en esta plaza.

arturo-jimenez-mangasArturo Jiménez Mangas. Fotografía de Sergio Hidalgo. Disponible en internet febrero 6, 2017 en:

http://altoromexico.com/index.php?acc=galprod&id=4885

   Y desde el palco de la autoridad, solícitos parches y clarines dieron la señal de comenzar el espectáculo. Los toreros tardaron más de lo debido en salir de aquel patio de cuadrillas que se encontraba lleno a rebosar, sobre todo de aquellos encargados de la cobertura del festejo, y donde eran interminables los flashes con que fueron integrando sus respectivos reportajes. Para entonces, y por la puerta de picadores, salieron cinco charros suntuosamente vestidos, y montados en hermosos caballos tomaron puesto en medio del ruedo. Quien encabezaba el grupo, empuñaba en su mano diestra la bandera nacional. Por cierto, ese personaje es el señor Arturo Jiménez Mangas, aficionado, ganadero y charro. Con la marcialidad del caso comenzó el paseo de cuadrillas, mismo que se detuvo con todo y ritmo del acostumbrado “Cielo Andaluz” para que la ya citada banda, transformara aquel compás de pasodoble por las notas marciales del Himno Nacional –aunque por lógicas razones estuviese ausente la “marcha de honor”-, lo que obligó a todos los asistentes a ponerse de pie y entonar poco a poco la letra que para ese canto patriótico escribiera Francisco González Bocanegra allá por 1853. Quizá la presencia de una banda militar habría dado con su riguroso protocolo otro toque al asunto. Personalmente me quedé con la idea de una interpretación triste, poco emotiva, quizá producto de ese tenso ambiente que se vive nada más comenzar el año (el primer “gasolinazo” o aquellos desagradables momentos en que un “toro malaje”, malcriado en Estados Unidos provoca cada vez que embiste y literalmente humilla… a los mexicanos).

   Fueron gratos y solidarios instantes donde se percibió una extraña unidad, solidaridad que tiene el mexicano en cuanto tal. Pues bien, lo anterior me llevó a hacer una rápida contemplación para recordar en qué otras épocas se registraron hechos como este. Y es que podría rememorar los días, allá por el siglo XIX en que ya instaurada la ejecución del Himno Nacional, este fue interpretado en diversas ocasiones en plazas como el Paseo Nuevo (tiempos de Zuloaga, Comonfort o Juárez), y luego en la de Bucareli (allá por 1888). Se pueden recordar otros pasajes justo cuando acudieron a los toros diversos presidentes de la República, como el General Porfirio Díaz, el Lic. Francisco I. Madero, los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Su presencia e investidura era suficiente razón para que se interpretara el himno nacional. Y esto mismo, ya en menor medida siguió ocurriendo en otras ocasiones. Probablemente la última de ellas (penúltima en este caso) haya sido aquella en la que acudió el Lic. Adolfo López Mateos acompañado por el Mariscal Josip Broz Tito presidente de la entonces República Socialista Federativa de Yugoslavia, justo la tarde del 6 de octubre de 1963 a esta misma plaza. No tengo hasta ahora una afirmación que sostenga el hecho de que en aquella jornada se realizaran honores al C. Presidente de la República, con la correspondiente interpretación del himno nacional.

   A todo lo anterior, debe agregarse un pasaje anecdótico a cual más. En Orizaba hubo una gran tarde el 19 de enero de 1946, Alfonso Ramírez “Calesero” alternaba con “Manolete” y Fermín Rivera. Y nos cuenta don Alfonso:

   Fermín y yo no habíamos tenido suerte en nuestros primeros toros. “Manolete” tenía en su haber una oreja de cada toro. Al sexto toro de LA PUNTA, lo cuajé. Estando haciendo la faena, el jefe de la banda comenzó a dirigir el Himno Nacional. Yo estaba enredado con el toro, y al pegar el pase de pecho volteé a los tendidos y la gente estaba sin sombrero, los guardias presentando armas y yo seguía con el toro hasta que le pegué un estoconazo. Corté el rabo y me sacaron en hombros. Descansando en el Hotel de Francia, donde nos vestíamos los toreros me dijeron:

   Metieron al director de la banda a la cárcel. Yo era muy amigo del Presidente municipal y allí estaba precisamente conmigo, por lo cual le pedí que sacáramos al director de la cárcel. Al llegar al lugar, Alfonso Ramírez vestía de paisano, no de torero, lo cual no le permitió al músico reconocerlo. Le dice el presidente al director: ¿Por qué tocó usted el Himno Nacional?

   Hombre, mire usted. El torero mexicano le está dando la pelea al torero español, yo dije, porqué no tocarle el Himno Nacional…

   Y tocó el himno nacional.

   Pero no sabe que el himno se toca en actos a la bandera

   Sí señor. Pero yo cometí el desacato y, ni hablar. Ya lo hice.

   Pero sabe usted que tiene quince días de arresto.

   Si señor y cumpliré lo que ustedes digan.

   No más una cosa le digo: si vuelve a torear ese hombre como toreó, se lo vuelvo a tocar!

   Hubo otras ocasiones, particularmente los días en que se celebra a las fuerzas armadas, y donde era costumbre que acudiera el presidente de la república en turno. Uno de los últimos que así lo hizo fue el Lic. José López Portillo… de ahí en adelante no volvieron a realizarse esos festivales con toque taurino en la plaza “México”, sitio escogido para tan significativa ocasión…

   Y ha sido hasta hoy, en fecha particularmente especial en que esta plaza monumental sirvió como escenario para que se escucharan las emotivas notas del Himno Nacional cuya música escribió Jaime Nunó. Así que de comprobarse el dato que alude aquella presencia, la de López Mateos y “Tito” se concluye que tal efeméride sucedió hace largos 54 años. Si tal no fuese así, creo que el dato anterior se pierde en la noche de los tiempos, aunque sería posible ubicar la fecha, siendo una de ellas la tarde del 10 de abril de 1938, ocasión en que se celebró la “Gran Corrida Patriótica pro-pago de la deuda petrolera” la que, por su sola razón de convocatoria, daba suficientes motivos para intensificar en su parte más esencial y sincera a un nacionalismo que por entonces iba a la alza.

   En tal festejo, actuaron Juan Silveti, Fermín Espinosa “Armillita”, Alberto Balderas, Jesús Solórzano, Lorenzo Garza, Luis Castro “El Soldado”, Ricardo Torres y Francisco Gorráez. Se lidiaron 8 toros, siendo uno de Atenco y siete que pertenecieron a la divisa de Xajay.

   Finalmente, el 5 de febrero de 2017, fue un día marcado por diversas efemérides que por sí mismas, se han tornado en datos para la historia de nuestro país en lo general, y de la ciudad de México en lo particular. Y es que hace un siglo cabal, en Querétaro se promulgaba la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que sigue en vigor, a pesar de las 552 veces que ha sido modificada, por lo que, en buena medida requiere ser puesta al día, y adaptarla a la realidad presente.

   Del mismo modo, este 5 de febrero de 2017 se promulgó la Constitución de la Ciudad de México, documento calificado por el maestro Bernardo Bátiz, como de “avanzada”, mismo que será modelo a seguir por otros estados del país, tal cual lo asevera Porfirio Muñoz Ledo ambos, integrantes fundamentales en dicho grupo Constituyente.

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Escena muy parecida con la interpretación del “Jarabe Tapatío”, ocurrió en “El Toreo” allá por 1938.

Col. del autor.

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LA REFLEXIÓN DE MANUEL HORTA SOBRE LA FIESTA DE TOROS EN 1943.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.  

SELECCIÓN DE: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En 1943, seguía editándose Jueves de Excelsior, que hasta entonces contaba ya con 21 de años de existencia. En esas fechas, el director de tal publicación era el eminente periodista Manuel Horta, y desde luego que la selección en este caso, tiene que ver con una interesante “Editorial” que, bajo el título “La fiesta de toros”, nos muestra la opinión que mereció para el autor, entre otras obras del Ponciano Díaz. (Silueta de un torero de ayer) y publicada ese mismo año, la situación que privaba por entonces. Lo que nos plantea es algo que se parece a lo que hoy día vivimos y sentimos los aficionados, pero particularmente el espectáculo taurino, que por eso resulta interesante traer hasta aquí, tal cual se leía una de las primeras páginas del número que circuló en febrero de 1943, según puede observarse en el “Directorio” respectivo.

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SOBRE LAS “RELACIONES DE FIESTAS” EN LA NUEVA ESPAÑA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Portada de uno de los documentos que hoy son motivo de las presentes notas.

   A lo largo de casi 500 años, y ocurridos un sinnúmero de acontecimientos, es posible encontrar informantes, cronistas, viajeros extranjeros y luego la gestación de un segmento no solo especial, sino particular, el mismo que ha integrado la historia de un periodismo taurino reciente, por lo menos de 1884 a nuestros días, teniendo presente en estos últimos 25 años, una serie de cambios reflejados en nuevas prácticas frente al riesgoso destino en la pérdida de valores, que nada es gratuito. Y todo ello sujeto a los cambios vertiginosos que experimentamos bajo la presencia de las tecnologías de información y comunicación (TIC, por sus siglas), que han hecho llegar este tipo de expresiones en la internet, ya sea como portales (“AlToroMéxico.com” es uno de ellos) como de aquellas propuestas de cobertura menor o marginal, materializadas en micrositios, “blogs” así como en los llamados “nanoblogs” que no son otra cosa que Facebook y Twitter, fundamentalmente.

   Pues bien, el primero de ellos es, ni más ni menos que el Capitán General Hernán Cortés quien no sólo es autor de las “Cartas-Relación”, o “Cartas de Relación”, largo informe con el que puso al día al rey Carlos V de todos los acontecimientos de la conquista, sino que, a los ojos del historiador y antropólogo francés Christian Duverger, lo es de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España como lo acaba de declarar, quedando asentado en uno de sus más recientes libros: Crónica de la eternidad. Esto genera toda una historia de nuevos reconocimientos, que llaman a la polémica, pero que ahora es imposible meternos en ella para sumar nuestras dudas, más que afirmaciones. Así que como santo Tomás, “hasta no ver (no leer), no creer”.

   Mencionaba a Cortés como el primer cronista de toros, aunque fuese en dos líneas, suficiente razón para que sepamos que el día de San Juan (24 de junio de 1526) “…estando corriendo ciertos toros”, el extremeño nos informa de aquella ocasión, recién regresado de su infructuoso viaje a las Hibueras (Honduras), y donde tuvo entre sus invitados al visitador Luis Ponce de León quien al día siguiente amaneció sospechosamente muerto, luego del respectivo envenenamiento al que fue sometido.

   Ahora bien, durante todo el periodo virreinal se registraron infinidad de celebraciones, muchas de las cuales pasaron a formar parte de un amplio catálogo de publicaciones. E incluso académico. Pero esas fiestas, estuvieron sometidas a lo que hoy son criterios considerados como solemnes, o fijas, así como repentinas, en donde fue posible que quedaran integradas una serie de descripciones que incluían actos litúrgicos, coros, danzas, juegos de cañas, justas de caballeros, corridas de toros, carreras de caballos, luminarias, construcción de arquitectura efímera, mascaradas e invenciones escénicas en las que participaban graciosos, bufones y personajes jocosos, “a lo faceto”. También existen aquellas otras que dan testimonio de las llamadas alegrías generales (que celebraban victorias militares, nacimientos de reyes, príncipes e infante); las exequias; las bienvenidas a autoridades reales y jerarcas eclesiásticos; las juras de reyes, etcétera.

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¡Va por usted, adorada señora…!

   En el pasado colonial o virreinal hubo fiestas “solemnes” como las dedicadas a san Hipólito y la de Corpus Christi; las “repentinas”, como la Conquista de Rodas y la Conquista de Jerusalén, sin faltar todas aquellas que dieron razón, por ejemplo, del “Paseo del Pendón”, que consistía en mostrar el estandarte que enarbolaban los conquistadores al capturar la ciudad, celebrando la capitulación de México-Tenochtitlan, esto entre el 1 Acatl y el 13 de agosto de 1521, del que para entonces era el calendario juliano.

   En cuanto a las fiestas “repentinas”, también pueden encontrarse aquellas como la que reporta las paces que el emperador Carlos V y Francisco I, el rey de Francia, firmaron en 1538, lo que es señal de la intrincada relación que las cuestiones civiles y religiosas tenían en la época. Hubo otras fiestas que se realizaron tanto para evocar la vida y acontecimientos de España como para celebrar la naciente vida en México y consolidar un proyecto de vida común. De todo ese conjunto, he podido realizar un recuento, si no exacto, si no completo, sí al menos el que da una idea de cuántas de estas “relaciones de sucesos” se escribieron en el periodo virreinal. El resultado se va más allá de las 350, aunque en esencia, sólo dos mencionan abierta y explícitamente el tema de los toros. Me refiero a la que, en 1640 escribió María de Estrada Medinilla: Fiestas de toros, juego de cañas y alcancías, que celebró la Nobilísima Ciudad de México, a 27 de noviembre de 1640, en celebración de la venida a este Reino, el Excmo. Señor Don Diego López Pacheco, Marqués de Villena, Duque de Escalona, Virrey y Capitán General de esta Nueva España. Su particularidad es que fue escrita, dicen unos en ovillejos. En octavas reales dicen otros, lo que permite posicionar a su autora en lugar de privilegio, pues ello es señal de que se trataba de una mujer culta, la que podía codearse en esos momentos con plumas como la de Cristóbal Gutiérrez de Medina o Matías de Bocanegra. Anterior a ella sólo se encuentra un nombre: Catalina de Eslava. Después de ella, la presencia de la célebre sor Juana Inés de la Cruz, quien también escribió varios poemas donde alude el asunto taurino.

   Doña María de Estrada, narra los festejos aquí reseñados que fueron tres en dos jornadas consecutivas: una corrida “completa” de 32 toros[1] y una “nocturna” de 8 toros al anochecer del mismo día. Al día siguiente se presentó una “corrida de alcancía” que cerró el programa.

   La otra es de Manuel Quiros y Campo Sagrado: Pasajes de la Diversión de la Corrida de Toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez virrey de toda la Nueva España y Capitán General. Año de 1786, misma que conocimos gracias a los buenos oficios de Salvador García Bolio quien publicó el facsímile junto a la paleografía correspondiente y un estudio razonado del contenido de tan importante manuscrito.[2]


[1] Se le llamaba “corrida completa” a aquella en la que se toreaban 32 toros por ocho cuadrillas de participantes (2 toros por cuadrilla) en dos tiempos, uno matutino y otro vespertino. Por la mañana se daba muerte a 16 toros y otros tantos en la tarde. Estas corridas eran considerablemente costosas y se reservaban para los festejos de mayor categoría (como el que nos ocupa). Más frecuente era la “media corrida” de 16 toros (sólo la porción matutina o vespertina) o la “cuartilla”, de 8 toros. Esta última era la más común en festejos de pueblos y ciudades pequeñas, fiestas de santos patronos o celebraciones de particulares.

[2] Salvador García Bolio y Julio Téllez García: Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, Capitán General. 1786. Por: Manuel Quiros y Campo Sagrado. México, s.p.i., 1988. 50 h. Edición facsimilar.

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