Archivo de la categoría: EDITORIALES 2015

ESTE BLOG CUMPLE HOY CINCO AÑOS.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.  

   Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas (https://ahtm.wordpress.com/) llega hoy, 13 de diciembre de 2015 al primer lustro de su creación. Con cerca de 1,400 materiales subidos a la “nube”, su autor considera que se ha afirmado como un elemento de difusión que cumple el propósito de reconocer los valores históricos, literarios o estéticos que posee la tauromaquia mexicana, cercana ya a cumplir 500 años de convivir entre nosotros (lo cual sucederá en 2026).

   Pero no solo se ocupa del pasado. También del presente y tiene una mirada que, en prospectiva, también pone en valor el futuro de la fiesta en nuestro país.

CARÁTULA BLOG AHTM

   Este recurso de la internet se vale, entre otras valiosas herramientas, de las tecnologías de información y comunicación (TIC´s, por sus siglas), con lo que se alcanzan a conseguir objetivos muy claros establecidos para tales plataformas. Entre otras razones, es que se asume como un medio de divulgación, por lo que en ese sentido, permite que infinidad de trabajos de investigación elaborados por su responsable, tengan amplia cobertura.

   Con cerca de 265 mil visitas que provienen de poco más de 120 países en el orbe, las AHTM´s permiten al usuario, conocer diversas aristas de esta diversión popular, enfocadas desde variLOS 2150 EN EL BLOG AHTM y LyFMHas temáticas que van de la Editorial a las Efemérides, de la interpretación fotográfica al Anecdotario. Pasan por las Curiosidades taurinas de antaño exhumadas hogaño, a las Recomendaciones y literatura o nos remiten a Toro pasado por este o aquel asunto que no deja de perder actualidad. De igual forma destacan las Crónicas, o el tema de El arte… ¡por el arte!, el de las Figuras, figuritas y figurones, un Glosario-Diccionario, el Ilustrador Taurino, las siempre recomendables Miniaturas Taurinas, sin dejar de compartir textos que provienen de la categoría Ponencias, conferencias y disertaciones, entre otras más.

   Queda claro lo mucho por hacer y difundir. De ese modo puedo asegurar que, contando con más de tres décadas como investigador del acontecer taurino mexicano, habrá nuevas entregas que permitan garantizar su permanencia por otro buen número de años. Todo dependerá de que esta opción digital, por ahora marginal, se mantenga en el gusto de un sector cautivo, así como de nuevos interesados por un tema de suyo fascinante y polémico.

   Agradezco desde aquí todas las visitas de propios y extraños al fenómeno de un espectáculo público que, desde la historia ha merecido una mirada atenta, detenida, responsable, en absoluta libertad de expresión e imparcial de quien se asume como administrador del mismo.

   Agradezco de igual forma, el apoyo que siempre han tenido conmigo otras personas con quienes se ha logrado concretar una sólida amistad, pues ellos también, y desde sus trincheras, han encontrado en las AHTM´s un elemento de información que permite entender el pasado de la fiesta de los toros a la luz del presente.

   Resultado de todo este trabajo, es por ejemplo, el vínculo creado con portales y otros blogs como “Taurología.com” (http://www.taurologia.com/). “AlToroMéxico.com” (http://altoromexico.com/2010/index.php), “LaAldeadeTauro” (http://laaldeadetauro.blogspot.mx/), “Larazónincorpórea” (http://larazonincorporea.blogspot.mx/), “OpiniónyToros” (http://www.opinionytoros.com/). “TorosenelMundo” (http://www.torosenelmundo.com/es/) que me han favorecido apoyando la difusión de las AHTM´s. De igual forma, también pueden consultarse diversos títulos en el portal de internet “México mío” (http://www.mexicomio.com.mx/) cuyo responsable, el buen amigo Oskar Ruizesparza, tuvo a bien confiar en ese proyecto, por lo que desde diciembre de 2012 y hasta octubre de 2014 se publicaron en su expresión electrónica 24 libros.

CARÁTULA MÉXICO MÍO

   Como un estímulo, también llegó al ciberespacio en enero de 2013, otra opción que también es de mi absoluto interés y responsabilidad. Me refiero al blog Luz y Fuerza de la memoria histórica (http://kilowatito2009.blogspot.mx/). Con una serie de características y especificidades que son afines a las AHTM´s, este otro ejercicio pretende recuperar la memoria de una empresa destinada a la producción, generación, transmisión, distribución y comercialización de la energía eléctrica, la cual fue creada en marzo de 1903, que desapareció por obra del estado en octubre de 2009, favoreciendo en esa forma, las condiciones que el neoliberalismo y la modernidad impusieron para que la Reforma energética y sus leyes secundarias entraran por la “puerta grande”. En Luz y Fuerza de la memoria histórica, se encuentran a la disposición de los interesados más de 760 materiales. Por tanto, considero importante dejar al alcance de todos los “navegantes” una relación adjunta que se encuentra en archivo PDF (denominado: las 2150 EN EL BLOG AHTM y LyFMH), con la cual podrán enterarse –uno a uno- de todos los materiales que, en ambos asuntos: el taurino y sobre la electricidad en México, he publicado, convirtiéndose todos ellos en motivo de enorme interés, no solo para su divulgación, sino para que algo de esto pueda ser de utilidad entre los propios interesados o investigadores en esas dos direcciones.

LOS 2150 EN EL BLOG AHTM y LyFMH

CARÁTULA BLOG LyFMH

   Finalmente es posible compartir con ustedes el hecho de que al quedar propuestas las temáticas en cada una de estas plataformas, y acumularse diversos materiales que las consolidan, el resultado es un conjunto de diversos libros (junto con otros elaborados anteriormente) que abordan estos dos temas, y cuyos títulos se incluyen en el archivo PDF denominado OBRAS PUBLICADAS Y LISTA PARA IMPRENTA (2015). La lista alcanza los 108 títulos, resultado de 38 años de permanente labor investigadora.

OBRAS PUBLICADAS Y LISTAS PARA IMPRENTA (2015)

   En espera de no defraudarlos, les envío un cordial saludo a todos.

José Francisco Coello Ugalde

Maestro en Historia.

N. del A.: Parece que no funciona por ahora el recurso de las imágenes y archivos adjuntas. Por lo tanto, si es de su interés, puedo enviar a la dirección de correo electrónico de todo aquel que solicite concretamente la información de los archivos PDF de los que hago mención en el texto aquí presentado.

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LA CREACIÓN DE LA SECRETARÍA DE CULTURA Y EL DESTINO DE LA CULTURA EN MÉXICO.

EDITORIAL.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   A pesar de las constantes peticiones que hicieron públicamente diversos integrantes que provienen de la Secretaría de Educación Pública o del Instituto Nacional de Antropología e Historia, finalmente el jueves 10 de diciembre, y en la Cámara de Diputados se aprobó la reforma presidencial a la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, con lo que existen todas las condiciones para constituir una secretaría de cultura, que sustituirá al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) que venía funcionando desde hace varios sexenios.

   En estos tiempos, y después de la aprobación de diversas reformas, como la energética, por ejemplo, ello supone que con la nueva Secretaría de Cultura sucedan escenarios adversos a la cultura misma en este país. Y es que desde hace años, las partidas presupuestales destinadas a este sector mostraban una notable desigualdad, con lo que los diversos sectores que dependían directamente de CONACULTA terminaban por hacer ajustes y recortes en múltiples proyectos que quedaban cancelados, al punto de encontrarnos con un resultado desalentador como balance, mismo que se refleja en esa imperiosa labor de promover la cultura, la lectura y otras expresiones que nunca llegó a concretarse, en un país que necesita este factor a gritos.

   Es en la esfera de tales instituciones donde se vive un ambiente de desánimo, donde el apoyo a las publicaciones prácticamente no existe, salvo que se pida la ayuda de la iniciativa privada para materializarlos en libros, por ejemplo. No dudo de la capacidad de muchos funcionarios, pero lamentablemente esta gestión pasa por decisiones de terceros que son quienes tienen que autorizar partidas importantes para concretar proyectos que, en su mayoría abortan. Y sucede esto por la simple y sencilla razón de que la cultura es motivo de desprecio, de ahí que quienes de una u otra forma nos dedicamos a realizar una tarea cuyos propósitos van enfocados a incrementar ese saber, nos vemos imposibilitados de este o aquel estímulo, por el simple hecho de que no estamos integrados en algún coto de poder, o somos “favoritos” de este o aquel funcionario capaz de “meter la muleta” con eficacia. Si han ocurrido actividades que detonan en la presencia masiva de sectores importantes de la población, como es el caso de algunas exposiciones que provocaron tumultos (recuérdese el caso de la de Miguel Ángel y Leonardo da Vinci en Bellas Artes, por ejemplo), fue gracias a la dimensión de semejantes artistas. Y en segundo lugar, a un buen aparato publicitario. Pero otras exposiciones, tuvieron pésimos resultados de asistencia, como ocurre también en el teatro, o de aquellas obras impresas que están condenadas a la bodega y no a su distribución inmediata.

   En fin, que el tratamiento con que debe manejarse la cultura es tan sensible, que no puede quedar limitado a pírricos presupuestos , ni tampoco a la indiferencia del estado que no procura imponer un esquema de cambios radicales, puestos al día sobre la necesidad que la población tiene al respecto de este aspecto. Sobre todo con una mirada hacia las juventudes que se mueven en medio de una incertidumbre, y que en este aquí y ahora necesitan permearse sin ningún miramiento de todo aquello que signifique cultura, hasta el punto de que cada uno de ellos haga suyo un abanico de conocimiento envidiable.

   Los esfuerzos hechos hasta ahora al respecto del impulso de la cultura en nuestro país son insuficientes. Debe multiplicarse en forma contundente esa noble tarea con objeto de que cumpla objetivos precisos, puntuales. Tareas de esta naturaleza las impulsaron personajes como José Vasconcelos o Jaime Torres Bodet, uno de los secretarios modelo, y del que no se ha vuelto a dar otros ejemplo. La cultura está ávida de encontrar gente comprometida (no dudo que el papel desempeñado por Rafael Tovar de Teresa haya sido malo, sólo que en la mayoría de los tiempos en que estuvo al frente de CONACULTA, tuvo que hacer, me lo imagino, malabares para el manejo de unos cuantos pesos destinados al impulso de la cultura misma). Incluso, ha habido año en que se destina más presupuesto al ejército que a la cultura misma, lo cual habla de un desequilibrio en las prioridades de esta nación.

   El problema actual estriba de que en tanto Secretaría de Cultura, el manejo de su patrimonio se vea afectado por medidas arbitrarias, y ya se plantean escenarios negativos, como el hecho de que espacios arqueológicos se conviertan en grandes salones de fiestas. A esta Secretaría le corresponderá de aquí en adelante la preservación de todo el patrimonio cultural, histórico, estético, material o inmaterial que se ha generado en México. ¿Llegarán a los puestos prioritarios las personas con el perfil que exige tamaña responsabilidad? No olvidemos tampoco que en estos tiempos, priva una serie de nuevas condiciones impuestas por el neoliberalismo, por la postmodernidad, y en ello le va la vida a muchos de los integrantes del gabinete en turno, que ensoberbecidos por el puesto mismo que ejercen desde sus impecables oficinas aplican una política de represión (el caso de la prueba de enlace a los maestros de este país, donde para su realización, se echó mano de la fuerza pública, al punto de que la equivalencia eran tres policías por cada maestro evaluado).

   La cultura no se maneja detrás del escritorio. Hay que ser uno de ellos, haber surgido de este noble gremio de creadores y hacedores, para entender a profundidad de que está urgida esa manifestación que puede ser capaz de que se enorgullezca un pueblo. Incluso, quienes tenemos un compromiso con ese desempeño, y lo hacemos desde trincheras marginales, tenemos enormes dudas al respecto. Siempre he dicho que dudo hasta de mi propia sombra… así que cuanto venga en adelante, respecto al ejercicio que se realice en y para la cultura tiene que ser bajo una entrega total, y no sometidos a los dictados de la ignorancia que por acá abunda… y mucho.

12 de diciembre de 2015.

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LOS TOROS y LA “UNESCO”.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

(…) No: la fiesta de toros nada tiene que ver con la monótona esclavitud de la masa uniformada. Tiene, sí, sus cánones inmutables para el vestido y la actitud, para la acción y para el gesto. Pero esas reglas son tan majestuosamente severas y tan suntuosamente libres como lo es la liturgia: rito en el que se funden armoniosamente lo colectivo y lo individual, el pueblo y la persona, sin mengua de ninguno y, por lo contrario, en rica unidad de expresión que transfigura al individuo y ennoblece al conjunto.

   Todo, en los toros, es exaltación de la persona. Un hombre –el hombre- se enfrenta a una fiera sobre la arena de las hazañas. Un hombre que va a defender su vida y su dignidad de las acometidas del instinto y de la muerte; pero –condición esencial de nuestra hispana fiesta- esa defensa no ha de ser ni un vulgar escapa, ni una escaramuza hábil. Ha de ser una defensa preñada de un exacto sentido del rigor de la regla y de la dignidad de la belleza; una defensa en la que no sólo se salva el bienestar de la piel y la integridad del cuerpo, sino en la que esa fisiología rescatada sirva de peana al salto triunfal del espíritu. Porque en la fiesta de toros no aceptamos la seguridad sin belleza, la habilidad sin arrojo, la vida sin verdad. Y no lo admitimos, porque la fiesta de toros es la fiesta del hombre; y creemos que el hombre que se resigna a dejar la belleza y el valor y la verdad a cambio de la hábil tranquilidad o del escamoteo sin riesgo, ha dejado de ser hombre.

   Precisamente si nosotros glorificamos a nuestros toreros hasta extremos que pueden parecer exagerados a la observación extraña; si hacemos de ellos figuras cuajadas de gloria y abrumadas de renombre no es sólo porque nuestros toreros sean valientes, bizarros y fotogénicos. Es por otra cosa más alta: porque en ellos encuentra un símbolo de la certera visión de nuestros pueblos. Y así, el torero es símbolo de verdad porque su gracia y su arte han sido probados en el lindero mismo de los cuernos que hieren; símbolo de lucha, porque el torero triunfa cada tarde sobre todas las acechanzas de la bestia –esa misma bestia que en el pecho de cada hombre libra a todas horas la batalla que sólo acaba con la muerte-; símbolo de exaltación personal, porque en el torero lo que vence no es su destreza manual o la agilidad de sus piernas –meros instrumentos de más alta victoria-, sino que son el afán de belleza, de creación y del propio cumplimiento los que ganan la ruda pelea. Es, en fin, el torero, símbolo del espíritu que humilla a la materia; de la razón de derrota al instinto; del pensamiento que sojuzga y rinde el embate de lo irracional; ¡grande orgullo de nuestros pueblos el poder tener y el poder vivir cada tarde en las plazas de toros esta luminosa y vigorizante representación del drama del hombre!

   Vigorizante, sí, porque en cada minuto de la corrida de toros se aprende esa lección del más sabio y más humano valor: para conquistarlo todo, hay que estar dispuesto a dejarlo todo. Para alcanzar lo que no se tiene, hay que estar listo a arrojar en cada instante lo que se tiene. Para conquistar la vida, hay que saber mirar la muerte. Ni son posibles las componendas entre la vida y la muerte, porque de ello no nace sino algo que no es ni una cosa ni otra –la agonía-, ni puede haber acuerdo alguno entre la bestia y el hombre porque la componenda iguala al nivel del inferior. Y así, la bestia no alcanzará la razón del hombre y en cambio el hombre se nivela al ras del apetito y del instinto.

   Y son entonces los toros una de las más bellas manifestaciones de uno de los mejores rasgos de nuestra raza: su amor a la claridad, a la precisión, a la definición. Su repugnancia por la confusión; por todo lo que es turbio y diluído. Sol y sombra; bronca y ovación; hombre y bestia; espíritu y materia; vida y muerte. Tales son los términos entre los que se planta la fiesta de toros. Y la existencia toda de nuestros pueblos, tan ajena a la gris uniformidad de la masa y a la niebla de la componenda.

SINAFO_28127

Instituto Nacional de Antropología e Historia, Sistema Nacional de Fototecas. Carlos Septién García. Catálogo: SINAFO-28127.

   Luego de haber leído estas espléndidas notas, que ni por mucho alcanzaría a concebir este servidor, lo único que queda es justificar en toda su magnitud al autor de las mismas. Y es que no puede ser otros que Carlos Septién García, “El Tío Carlos”, autor de memorables crónicas y escritos, sabedor de que tener una pluma en ristre era para desplegar un caudal de conocimientos y virtudes ligadas a un personaje cuyo bagaje cultural y universal era basto.[1] Combinado ese privilegio con su buen hacer y decir, es que don Carlos, puede decirse, se adelantó a su tiempo, y al traer hasta aquí un texto publicado en 1947, parece llegar en unos momentos donde se necesita aliento y razón para justificar lo profundo en toda esa suma de significados que posee la tauromaquia, justo cuando personajes como Jordi Savall, que además de estar convertido en ciudadano del mundo, aprecia como un luchador desde la trinchera musical confesando que “Desde hace décadas me dedico a hacer tomar conciencia a través de la música. Es el único camino que nos queda. Soy consciente también de que la gente, cada día, vive sus conflictos. Guerra, desempleo, desahucios, no poder acceder a según qué estudios”.

Jordi Savall

Jordi Savall. Disponible en internet, noviembre 30, 2015 en: https://www.google.com.mx/search?q=jordi+savall,+todas+las+ma%C3%B1anas+del+mundo&espv=2&biw=1920&bih=949&site=webhp&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwiYiJWo_LjJAhVG7WMKHTPUDEoQ_AUIBygC#imgrc=ENIAFiMFQfRzNM%3A

   Y luego va más allá este genial intérprete catalán de las músicas antiguas al señalar que “Vivimos en una espiral dentro de un mundo cada vez más tecnológico y globalizado. Los centros de poder se alejan cada vez más del alcance del ser humano y de lo esencial nadie se ocupa. Durante años, pensamos que la democracia era el mejor de nuestros sistemas. Pero cuando las estructuras económicas superar al poder político, todo eso se debilita. ¿Quién manda en Europa? Esa pregunta late en movimientos como el 15-M, la Grecia que ha elegida a Syriza o el independentismo catalán. La gente toma conciencia para intentar volver a sujetar las riendas. La distancia se agranda, la brecha entre ricos y pobres también, y quien decide nuestros destinos no es aquel interesado en el bienestar general. Necesitamos un nuevo humanismo. Devolver al hombre al centro de la preocupación”.

   Volver al “centro de la preocupación” que no es otra cosa que un despreciado origen de las cosas, ese de donde partimos como seres humanos y hacia dónde vamos. Pero no se puede tener una visión clara del presente si no nos preguntamos en qué medida hemos sido capaces de ser lo que somos si antes no entendemos que esa formación tomó siglos de preparación en donde cohabitaron conflictos de toda índole, cruce de culturas y que hasta nuestros días siguen generando conflictos, muchos de ellos tan profundos que sólo pueden entenderse en fenómenos tan fuertes como los inmigrantes, por ejemplo.

   Por todas estas razones, donde pluma y pensamiento de un Carlos Septién García hoy recuperado aquí, gracias a uno de sus textos esenciales, que junto a la visión real de ese gran intérprete, como lo es el director de Hespèrion XXI, la Capella Reial de Catalunya o Le Concert des Nations hacen que lo anterior se convierta en una bocanada de aire fresco, un recordatorio entre la convivencia habida entre el pasado y la realidad del presente. Sin ambos elementos es posible que se pierdan de vista una serie de valores indispensables en un momento que no solo tiene que ver con la defensa, legítima o no de ese espectáculo que acumula diversas representaciones rituales, sino también de los riesgos que implican los dictados que esa modernidad impone, pues como reafirmaba –y de nuevo Jordi Savall-: “Hay algo que no debemos olvidar. Dentro del mundo globalizado es importante conservar raíces. La lengua, la identidad. No va en contra de nadie. Hablamos de la organización, de la gestión de tu herencia cultural”,[2] y eso creo es lo que hacemos hoy día los taurinos, reforzados por “armas cargadas de futuro”, como el genial escrito del “Tío Carlos”, tal cual lo expresaba Gabriel Celaya en ese verso universal salido de su profunda inspiración.

30 de noviembre de 2015.


[1] SEPTIÉN GARCÍA, Carlos (seud. “El Tío Carlos – El Quinto”): CRÓNICAS DE TOROS. Dibujos de Carlos León. México, Editorial Jus, 1948. 398 p. Ils., p. 329-331.

[2] El País Semanal, N° 2044, domingo 29 de noviembre de 2015,  p. 28-32. Entrevista realizada por Jesús Ruiz Mantilla al músico e intérprete de música antigua, de origen catalán pero ante todo, universal.

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LOS TOROS, A DEBATE. SEGUNDA Y ÚLTIMA DE DOS.

EDITORIAL 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

II

   Quien se considere taurino, -¡y vaya que el calificativo en estos momentos está adquiriendo una connotación muy especial!-, tendrá que sumarse a las brigadas de defensa que deberán formarse muy pronto, con objeto de atrincherarse y de planear estratégicamente los objetivos para defendernos de los posibles ataques perfectamente trazados por ecologistas y antitaurinos que, aprovechándose de la vulnerabilidad por la que pasa en estos precisos momentos el espectáculo, articulan y preparan un discurso cada vez más convincente.

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Disponible en internet, agosto 29, 2015 en: http://torear.blogspot.mx/2014/05/larraga-navarra-ano-1950.html

   En estos momentos podríamos cuestionar el desempeño de quienes juegan un papel protagónico, sobre todo en lo administrativo, y en muchos de los casos, a quienes se encargan de su interpretación y difusión mediática. Sin embargo, es otro y más profundo el argumento que se somete a discusión. El cuestionamiento de los opositores va en el sentido de considerar si es lícita la permanencia de una “diversión” donde el maltrato, la barbarie y el lento sufrimiento con el que se causa la muerte del toro, tiene sentido en esta época en la que hemos llegado a ese poco más allá de la postmodernidad,[1] donde el aporte tecnológico avanza con tal rapidez que por esa sola razón convierte muchos de los acontecimientos en episodios efímeros que por tanto no nos sorprenden como ocurría hace poco más de treinta años, cuando el hombre llegó a la luna, por ejemplo.

   El “Yo acuso” planteado por ecologistas y antitaurinos es un discurso falto de elementos de carácter histórico o antropológico, pero sobre todo de esa carga de elementos cuyos sustento es la sola defensa del animal bajo cualquier circunstancia donde por supuesto encuentran motivos más que suficientes en el toreo y sus diversos “métodos de exterminio” para atacar con todo.

GRABADO_MANUEL MANILLA_INVERTIDO

Grabado de Manuel Manilla.

   El pasado mes de abril (del ya lejano 2004), Barcelona fue declarada ciudad antitaurina. Por tal motivo, en sendos artículos publicados por aquel entonces en EL PAÍS aparece la postura de dos filósofos: Víctor Gómez Pín y Jesús Mosterín. Por su importancia, parece conveniente la reproducción de una y otra para luego hacer algunos balances acompañados por el posicionamiento del reconocido periodista José Carlos Arévalo y los de este servidor.

EL PAÍS, domingo 25 de abril de 2004.                       DEBATE        OPINIÓN/13

¿Abolir las corridas de toros?

La declaración de Barcelona como ciudad antitaurina, aprobada por mayoría en un reciente pleno municipal, ha reactivado la polémica entre partidarios y detractores de las corridas de toros, desatando encontrados pronunciamientos sobre la fiesta. Aunque esta declaración municipal, propuesta por varias entidades de defensa de los animales, no tiene efecto legal, el Gobierno catalán –que tiene competencias en el asunto- creará una comisión para estudiar y decidir el futuro de las corridas de toros. Aquí se reflejan dos posturas opuestas sobre la cuestión.

   REPUDIO. Víctor Gómez Pín.[2]

   “No estigmatizar ni a los que están en contra ni a los que están a favor, sea cual sea su idioma su origen”. El alcalde Barcelona efectuaba esta declaración tras el pleno del Ayuntamiento que el martes 6 de abril aprobó, en votación secreta, un alegato para convertir a Barcelona en ciudad antitaurina. No está, desde luego, el señor alcalde a favor de que ese sello con hierro candente al que remite la palabra estigma se imprima, como marca de infamia, ni siquiera en las almas de aquellos que por “su idioma o su origen” serían mayormente susceptibles de abrigar vergonzosos sentimientos de empatía con lo que significa la fiesta de los toros.

   Con sus palabras el alcalde alude obviamente a los protagonistas de aquella penuria que, en los años de la tiniebla franquista, forzó al exilio a miles de hijos de la España olvidada. No ignora el señor Clos que los mismos fueron entonces víctimas del desdén que, en toda Europa, las sociedades fabriles reservaban para los hijos de las sociedades agrarias. Ciertamente, en el caso de Cataluña, tal disparidad era canallescamente manipulada por la política franquista que aspiraba cínicamente a que una multiplicación de castellanohablantes disminuyera objetivamente las posibilidades de que la lengua y la cultura catalanas recuperaran la presencia social que se les había arrancado. En consecuencia, aquella generación de los llamados (a veces con exceso de retórica) “altres catalans” fue en ocasiones tachada a la vez de indigente y de opresora; infamia que difícilmente puede no haber sellado sus mentes e incluso la de sus hijos.

   Hoy, aquellos inmigrantes son parte incuestionada del tejido social y cultural de Cataluña, y probablemente han apoyado en su mayoría a los partidos constitutivos del llamado Tripartito. La recíproca es, en general, cierta. Pero todos los fantasmas no están cerrados y por ello, al referirse a los valores culturales de unos y otros, hay que hacer uso de un escrupuloso tacto. ¿No quedábamos en que la nueva Cataluña –soberana y eventualmente independiente- se forjaría como crisol integrador de la diversidad de culturas y lenguas de los que en ella habitan? Por ejemplo, una crítica del fenómeno taurino debe hacerse como mínimo a partir de un esfuerzo por comprender las razones subyacentes por las que, desde la Camarga francesa a los Andes, millones de personas (obviamente no todas ellas sádicas, alienadas o admiradoras de la más rancia concepción de lo “hispano”) consideran a la tauromaquia como expresión de una exigencia vital con connotaciones artísticas. En suma: aproximación antropológica y no mera proyección de prejuicios.

   Es poco discutible que los animales están dotados “de sensibilidad psíquica además de física” y en ello se basan las leyes de protección animal. No obstante, la cuestión de determinar si la noción de derechos es aplicable a seres a los que se considera exentos de obligaciones es mucho más peliaguda y no está en absoluto elucidada, ni científica ni filosóficamente, de ahí la prudencia habitual de los juristas al respecto. No obstante, Imma Mayol (hablando, no en nombre propio sino de Iniciativa per Catalunya, partido heredero de lo que el franquismo fue la izquierda más consecuente) cree tener autoridad para considerar que la cuestión sí está resuelta y declara tras el plano: “Se debe revisar la cultura que va contra los derechos de los animales”.

   Pues bien, otorguemos por un momento que Imma Mayol no expresa un prejuicio sino una convicción científica y filosóficamente asentada, ¿están los ediles barceloneses dispuestos a ser consecuentes con tal postulado? Obviamente no, entre otras cosas porque la generalización de tal actitud consecuente situaría a la especie humana en una contradicción entre eticidad y exigencia de supervivencia: ningún ser al que se considere sujeto de derecho ha de ser vejado, pero desde luego aún es menos ético zampárselo, salvo quizás en caso de necesidad imperiosa, que no puede argüir el que para acompañar una copa de cava exige una ostra viva.

   Si la flexibilidad de posiciones respecto al problema es obligada norma, ¿de dónde viene este rigorismo tratándose de la tauromaquia? Parece obvio que la empatía con los animales es aquí más bien pretexto para un ajuste de cuentas de otro orden. Y no se trata tanto de abolir la fiesta de los toros en Barcelona (apuesto a que no se dará objetivamente ese paso que supondría un coste político real) como de elevar la propia imagen de los ediles, posicionándose (¡a precio nulo!) contra un espectáculo en el que a su juicio sólo se reconocería un sector ciudadano minoritario y en declive.

   Por desgracia para los taurinos, la moción fue rechazada por un edil del Partido Popular con el extravagante argumento siguiente: “Nuestra fiesta es denigrada por culturas opresoras, por el imperialismo germano y anglosajón”. ¿Se refería el señor Basso a ese mismo imperialismo anglosajón que su partido apoyó fervientemente en la carnicería de Irak? Sus rivales bienpensantes se sintieron seguramente reconfortados por estas palabras que sirven objetivamente su intento de reducir la tauromaquia a expresión violenta de una patriotería delirantemente castiza.

   Pues bien: esta reducción es simplemente injusta, ofensiva y susceptible de generar gratuitamente el sentimiento de ser objeto de repudio, no sólo en una fracción de la población catalana, sino también en la de espacios geográficos muy próximos tanto afectiva como cultural y lingüísticamente. Piénsese que la vecina Valencia, tan reivindicada por los partidarios de la pancatalinidad, es quizás el lugar del mundo con mayor apego de la población a la fiesta de los toros. ¿Creen realmente nuestros ediles barceloneses que no se les hiere identificando tal fiesta a un ritual de antropófagos que encubrirían sus infrahumanas prácticas bajo el rimbombante título de arte? Y respecto a las urgencias de Cataluña: ¿era realmente oportuno el reavivar tales fantasmas?; ¿es realmente la fiesta de los toros lo que amenaza la integridad social y cultural de Cataluña, hasta el punto de lapidar simbólicamente a la minoría que reconoce en ella un patrimonio propio?; ¿era, en suma, necesaria esta ofensa?

LA VERÓNICA

Fotograma de “La vie et la passion de Jésus Christi” (1905). Disponible en internet agosto 29, 2015 en:https://cinessilentemexicano.wordpress.com/tag/carlos-mongrand/

LA TORTURA COMO ESPECTÁCULO. Jesús Mosterín.[3]

   Nada repugna tanto al sentido moral como la tortura, el dolor atroz infligido de un modo intencional e innecesario. El no ser torturado constituye el único derecho humano al que la declaración de la ONU no reconoce excepciones y el derecho animal que más adhesiones suscita. El hacer de la tortura pública de pacíficos rumiantes un espectáculo de la crueldad, autorizado y presidido por la autoridad gubernativa, es una anomalía moral intolerable.

   Los espectáculos de la crueldad con animales humanos (herejes, brujas, delincuentes) y no humanos (toros, osos, perros, gallos) eran habituales en toda Europa, hasta que la Ilustración acabó con ellos. En la España dieciochesca, mientras los aristócratas abandonaban el alanceamiento de los toros a caballo, sus peones introdujeron la variedad plebeya o a pie del toreo, fomentada luego por Fernando VII, creador de las escuelas taurinas e impulsor de la tauromaquia plebeya o a pie. España había perdido el tren de la Ilustración: “¡Vivan las cadenas!”. En las últimas décadas nuestro país ha progresado mucho, pero hemos sido incapaces de eliminar las bolsas de crueldad que todavía quedan entre nosotros, como el maltrato a las mujeres y la tauromaquia.

   Ante la desidia o complicidad del Gobierno central, los municipios han empezado a tomar la iniciativa de abolir esta anacrónica lacra moral. Algunos ayuntamientos, como el de Tossa de Mar o el de Colsada, ya se habían declarado antitaurinos. El 5 de abril el Ayuntamiento de Barcelona se ha manifestado oficialmente en contra de la continuación de las corridas de toros, asumiendo así un papel de vanguardia espiritual y de servicio a los valores universales. Ojalá la Generalitat de Cataluña, que es la que tiene competencia para ello, se decida a prohibir las corridas, como desean la mayoría de los catalanes. Desde luego, nos haría un gran favor a todos los españoles, ayudándonos a superar de una vez la sórdida herencia de la España negra.

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   Son partidario de la máxima libertad en todas las interacciones voluntarias (comerciales, lingüísticas, sexuales, etcétera) entre ciudadanos. Soy contrario a todo prohibicionismo, excepto en los casos extremos, como la violación de niños o la tortura de animales. Pero es que las corridas de toros son un caso extremo. Por muy liberales que seamos, si no tenemos completamente embotada nuestra sensibilidad moral y nuestra capacidad de compasión, tenemos que exigir el final de esta salvajada.

   No existe argumento alguno para mantener las corridas de toros. En su defensa se alternan las chorradas ampulosas (como que el hombre necesita torturar al toro para autoafirmarse como hombre, y supongo que necesita maltratar a la mujer y apalear al inmigrante para autoafirmarse como macho y como patriota) con la crasa apelación al interés de los toreros, que necesitan ganarse la vida. También el atracador de la sucursal bancaria de Alicante recientemente pedía comprensión, pues era atracador de oficio y atracar era su manera de ganarse la vida.

   Además de su cursilería estética y de su abyección moral, toda la huera y relamida retórica taurina se basa en una sarta de mitos y falsedades incompatibles con la ciencia más elemental. No, el toro de lidia no constituye una especie aparte, sino que pertenece a la misma especie y subespecie (Bos primigenius taurus –sic-) que el resto de los toros, bueyes y vacas, aunque no haya sido sometido a los extremos de selección artificial que han sufrido las vacas lecheras, por lo que conserva un aspecto relativamente parecido al del toro salvaje. Convendría que la abolición de la tauromaquia fuese acompañada de la creación de un gran Parque Nacional de las Dehesas en Extremadura, que incluyera manadas de toros en libertad.

   Sí, el toro sí sufre. Tiene un sistema límbico muy parecido al nuestro y segrega los mismos neurotransmisores que nosotros cuando se le causa dolor. No, el llamado toro bravo no es bravo, no es una fiera agresiva, sino un apacible rumiante, más proclive a la huida que al ataque. Dos no pelean si uno no quiere, y el toro nunca quiere pelear. Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quieren combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas (los golpes previos en riñones y testículos, el doble arpón de la divisa al salir al ruedo, la tremenda garrocha del picador, las banderillas sobre las heridas que manan sangre a borbotones) a las que se somete al pacífico bovino, a fin de irritarlo, lacerarlo y volverlo loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear. A pesar de los terribles puyazos, con frecuencia el toro se queda quieto y “no cumple” con las expectativas del público. Antes como “castigo” se le ponían banderillas de fuego, es decir, cartuchos de pólvora y petardos, que estallaban en su interior, quemándole las carnes y exasperando aún más su dolor, a ver si así se decidía a embestir. Más tarde las banderillas de fuego fueron suprimidas, sobre todo para no horrorizar a los turistas, a los que se suponía una sensibilidad menos embotada que a los encallecidos aficionados hispanos. De todos modos, el actual reglamento taurino prevé que sigan empleándose banderillas negras o de “castigo” con arpones todavía más lacerantes para castigar aún más al pobre bovino, “culpable” de mansedumbre y de no simular ser el animal feroz que no es.

   En cuanto a la opinión de José Carlos Arévalo, apunta en su Editorial:

Un profesor pintoresco.

Todo aficionado sabe que torear es, en términos técnicos, recibir la embestida, fijarla y conducirla, y que, dramáticamente, al torear, el torero asume toda la violencia del toro. Esa violencia, de la que es actor un ser cuya identidad taurómaca consiste en emitir peligro, en poner al hombre en peligro, al semejante con el cual se identifican los humanos presentes en la plaza, hace francamente difícil admitir que la lidia del toro sea un acto de tortura, como afirma el profesor de filosofía Jesús Mosterín en un artículo publicado en el diario El País el domingo 25 de abril.

   La tortura exige una víctima pasiva, receptora indefensa de la violencia, lo que confiere a quien la practica o la contempla una actitud repugnante: la crueldad. Pero la práctica o contemplación del toreo no depara, ni por asomo, tan deleznable sentimiento. Todo lo contrario. La lidia impone a los contendientes una permuta identitaria: que el verdugo, por eso llamado matador, asuma el papel de la víctima, haciéndose receptor de toda la violencia del toro, mientras que éste asume a lo largo de toda la lidia ese papel de verdugo. No hay suerte ni lance realizado por el torero que se pueda ejecutar impunemente, que no exija al hombre el precio del peligro, siendo la suerte de matar la que más riesgo entraña de cuantas el torero practica.

J.C.OROZCO_TIRANDO DEL TORO

“Tirando del toro”. Tinta de José Clemente Orozco. Col. del autor.

   La crueldad no es un sentimiento que sirva para definir el toreo. Sencillamente, el hombre es incapaz de sentirla mientras está embargado por otra sensación más honda, la del miedo provocado por la situación de peligro en que incurre mientras torea, o, en el caso del espectador, mientras se identifica con su semejante, inmerso en la cerrada situación de peligro impuesta por el toreo. Un profesor de filosofía debería ser más riguroso al manejar lo que las palabras significan. A la fiesta de toros sí puede definirla otro vocablo, cuya valoración no siempre es descalificadora: la violencia. En efecto, la violencia puede ser mala, necesaria, buena, incluso amoral. Mala violencia es la del asesino, necesaria la del cirujano, amoral, ni buena ni mala, al margen de la ley humana, la del animal que ataca. Eso lo sabe quien toreo o quien degusta el toreo. Nadie juzga culpable al toro que hiere o mata al torero, como nadie acusa a la naturaleza por un terremoto, y por eso, en su día, Voltaire escribió una carta a Dios, y no a la Madre Naturaleza, reprochándole el terremoto de Lisboa. Pero la contemplación de la violencia tampoco es el polo que vertebra la afición a la lidia de toros. Es más, podemos afirmar que todo lo contrario. Pues cuando la violencia se hace presente, con la entrada del toro en el ruedo, el objeto del toreo estriba en saber dominarla, acompasarla a las órdenes del toro, someterla a la ley, a cánones de belleza; de ahí que los aficionados cataloguen el toreo como un arte.

   Esa violencia, que en el toro se manifiesta como expresión de pura naturaleza, Jesús Mosterín dice que no es propia del toro bravo. Más aún, afirma que “el llamado toro bravo no es bravo, no es una fiera agresiva, sino un apacible rumiante, más proclive a la huida que al ataque. Dos no pelean si uno no quiere, y el toro nunca quiere pelear. Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quieren combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas (los golpes previos en riñones y testículos o clavarle la divisa.

   Resulta pasmoso que un “intelectual” se permita mentir para dar fuerza a sus argumentos, en el caso de los golpes a riñones y testículos, o que la implantación de una divisa, algo mucho menos doloroso que el herraje de reses, lo considere como tortura.

   Me extraña sin embargo que el antitaurino profesor no se haya detenido en el trabajo genético de los ganaderos, acusándolos de diabólica manipulación, pues han sido capaces de transformar la agresividad intrínseca del toro ibérico en brava embestida. Tal vez temería el argumento, porque podría compararse a la manipulación genética que dio lugar al caballo de carreras, hallazgo que no niega el hecho de que todos los caballos corran.

   La verdad es que los toros de Iberia embisten y por eso al habitante de la Península se le ocurrió torearlos. Luego los seleccionó para que embistieran mejor. Lo hicieron los más bravos. O sea, los que se crecían al castigo y embestían al toreo. Como estas cosas no deben interesarle, afirma el profesor Mosterín que el toro sufre, pues tiene un sistema límbico parecido al nuestro y genera los mismos neurotransmisores que nosotros cuando se le causa dolor. Pero no dice que el hiperexcitable sistema nervioso del toro le inhibe considerablemente del dolor, generando sustancias endorfinas que le anestesian, que neutralizan su instinto de muerte, al contrario que en los mataderos industriales, y que, en todo aso, dicho dolor no es suficiente para desmovilizar su combate. Sería interesante que los zoólogos estudiaran el carácter psicosomático específico del dolor animal, al menos para que pintorescos profesores de filosofía no lo identificaran con el dolor humano y, de paso, dejaran de decir tantas tonterías.[4]

   Las tres opiniones merecen revisión por separado.

   En primera instancia, el conjunto –a mi parecer- es en cada una de sus posiciones poco consistente. Es cierto, están analizando un acontecimiento reciente, que apenas da para formular unos cuantos párrafos. Pero el hecho que con un pasado rico en argumentos se tienen infinidad de posibilidades para salir en defensa no solo del espectáculo en cuanto tal. También de su peculiar circunstancia ligada con el rito y el sacrificio, dos razones entre muchas que separan del mundo convencional a las corridas de toros, convertidas hoy en tema de discusión y debate.

   En todo caso, los dos profesores, respetables filósofos y cada quien en defensa de posiciones encontradas, han logrado separar –en un primer trabajo quirúrgico- las razones que han despertado a una ciudad como Barcelona con la noticia de que se declara “antitaurina”. Quienes invocan esa conquista, lo hacen en nombre de la “violencia”, de la “barbarie” y otros tantos desacatos cometidos en contra del toro, olvidando que para eso, también hay otros filósofos[5] que han estudiado las calladas raíces y el discreto desarrollo de un espíritu ritual que emerge y trasciende a lo largo de siglos y siglos de andar metido entre los anhelos del hombre primitivo, pero también del que se integró a sociedades mejor establecidas con sus connotaciones de carácter místico que concluyeron en el necesario sacrificio para reforzar los ciclos agrícolas con que se explicaba el feliz o desastroso balance de una cosecha.

   La opinión de mi amigo José Carlos Arévalo es una excelente apreciación proporcionada por un periodista, quizá el más inteligente, centrado y razonado de los que hoy día cuentan con tribuna para manifestar sus reflexiones. Sin embargo, no es la suya, sino un mero reflejo mediático que se reduce a importante señal de focos rojos sobre el destino mediato de la fiesta de toros. Lo que suceda en adelante es tarea de conjunto, de teoría y praxis constantes no solo de aficionados concientes. También de académicos y pensadores que tendrán que realizar un esfuerzo más allá de lo convencional para convencer no sólo a tirios y troyanos. También a esa masa a veces concordante, aunque casi siempre discordante que es la del planeta de los toros. Masa socialmente reducida a sectores aislados o poco afines entre unos y otros.

   Sin embargo, lo que ha escrito Arévalo me parece una opinión justa, como un reactivo necesario a todos los componentes que se vienen moviendo de forma encontrada en este medio que necesita integrarse. Corremos el peligro de convertirnos en ciudadanos poseedores de una extraña inclinación y afecto a los toros como espectáculo dentro de un territorio específico amenazado por la decadencia.

   Por otro lado, los actuales patrones de comportamiento manifestados por la humanidad en su conjunto, están creando con más frecuencia señales y focos rojos, pretendiendo evitar la desforestación de los bosques, la extinción de especies animales terriblemente amenazadas por el hombre. El crecimiento de manchas urbanas, la polución industrial que se concentra en ese hoyo de ozono. Todo ello, al sumarse a otros desequilibrios ecológicos viene alterando el clima a nivel mundial.

   Asuntos de esa naturaleza preocupan a los habitantes de este planeta llamado “Tierra”.


[1] En el discurso pronunciado por Octavio Paz ante la Real Academia Sueca en reconocimiento de haber recibido el Premio Nobel de literatura 1990, afirmaba: “La modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años se ha pretendido exorcizarla y se habla mucho de la “postmodernidad.” ¿Pero qué es la postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?

[2] Es catedrático de la Universitat Autónoma de Barcelona y miembro de Iniciativa per Catalunya.

[3] Es profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.

[4] 6TOROS6, Nº 514, del 4 al 10 de mayo de 2004, p. 3.

[5] Allí están: Ángel Álvarez de Miranda, Francisco J. Flores Arroyuelo y Ramón Grande del Brío, entre otros.

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LOS TOROS, A DEBATE.

EDITORIAL 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace unos días se daba a conocer en la prensa cultural la noticia de que este 28 de agosto y hasta finales de septiembre, podrá apreciarse en el museo Franz Mayer la nueva muestra del World Press Photo 2014. En la nota que publicó La Jornada (disponible en internet, agosto 28, 2015 en: http://www.jornada.unam.mx/2015/08/27/cultura/a05n1cul) se incluye una imagen que deja pasmado a cualquiera. Obsérvenla por favor:

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   Apreciamos en toda su dimensión no solo la tortura. También el sufrimiento evidenciado en el rostro de ese chimpancé que aparece encadenado a una bicicleta que de seguro su dueño y domador a la vez obliga a que conduzca. De no ser así, se las tendrá que entender con el acoso y castigo de un látigo que lleva en la mano derecha.

   La atribución de tortura y sufrimiento en el espectáculo taurino incomoda a los que se oponen a esta representación. Nosotros, los taurinos reconocemos que existen estos elementos, mismos que se desarrollan a lo largo de esa puesta en escena. Se trata del sacrificio y muerte de un toro. Evidentemente sacrificio y muerte significan el acto previo a la muerte misma. Y el “acto previo” como tal, es un procedimiento cercano a la cacería más primitiva, la cual se practicaba en tiempos donde el hombre comenzó a domesticar animales y vegetales, e incluso tuvo que desarrollar métodos perfectamente dirigidos a la creación de rituales específicos con los cuales justificó esa intensa representación.

   Ahora bien, me valgo de algunas opiniones que provienen precisamente de un libro que no es de toros. Se trata de la novela El último encuentro[1], escrita por Sándor Márai. La distancia de 41 años hace que se recupere en términos no muy gratos la profunda amistad de tres personajes esenciales, dos militares y una tercera, ausente, pero que influyó en buena medida sobre el destino de aquellos dos jóvenes que construyeron unos lazos entrañables los cuales, por azares del destino se dispersaron misteriosamente. No contaré la historia de un maravilloso trabajo. Los invito a que hagan la gozosa lectura.

   Avanzada esta, encontré varias razones que explican algunos aspectos en los cuales hoy se encuentra muy activa la polémica, más en contra que a favor de los toros, pero que los elementos allí tratados, sirven para justificar muchos de los significados del espectáculo.

   Nos dice Márai que reunidos Konrád y su esposa Kirsztina en Egipto, donde pasaban su luna de miel, fueron alojados en la casa de una familia árabe. En cierto momento, al llegar unas visitas “todos hombres, señores con sus criados” el ambiente de aquel hogar cambió radicalmente.

   Todos nos sentamos alrededor del fuego sin decir palabra. Krisztina era la única mujer entre nosotros. A continuación, trajeron un cordero, un cordero blanco; el anfitrión sacó un cuchillo y lo mató con un movimiento imposible de olvidar… Ese movimiento no se puede aprender; ese movimiento oriental todavía conserva algo del sentido simbólico y religioso del acto de matar, del tiempo en que ese acto significaba una unión con algo esencial, con la víctima. Con ese movimiento levantó su cuchillo Abraham contra Isaac en el momento del sacrificio; con ese movimiento se sacrificaba a los animales en los altares de los templos antiguos, delante de la imagen de los ídolos y deidades; con ese movimiento se cortó también la cabeza a san Juan Bautista… Es un movimiento ancestral. Todos los hombres de Oriente lo llevan en la mano. Quizás el hombre haya nacido con ese movimiento al separarse de aquel ser intermedio que fue, de aquel ser entre animal y hombre… según algunos antropólogos, el hombre nació con la capacidad de doblar el pulgar y así pudo empuñar un arma o una herramienta. Bueno, quizás empezara por el alma, y no por el dedo pulgar, yo no lo puedo saber (afirma Konrád). El hecho es que aquel árabe mató el cordero, y de anciano de capa blanca e inmaculada se convirtió en sacerdote oriental que hace un sacrificio. Sus ojos brillaron, rejuveneció de repente, y se hizo un silencio mortal a su alrededor. Estábamos sentados en torno del fuego, mirando aquel movimiento de matar, el brillo del cuchillo, el cuerpo agonizante del cordero, la sangre que manaba a chorros, y todos teníamos el mismo resplandor en los ojos. Entonces comprendí que aquellos hombres viven todavía cercanos al acto de matar: la sangre es una cosa conocida para ellos, el brillo del cuchillo es un fenómeno tan natural como la sonrisa de una mujer o la lluvia. Aquella noche comprendimos (creo que Krisztina también lo comprendió, porque estaba muy callada en aquellos momentos, se había puesto colorada y luego pálida, respiraba con dificultad y volvió la cabeza hacia un lado, como si estuviera contemplando sin querer una escena apasionada y sensual), comprendimos que en Oriente todavía se conoce el sentido sagrado y simbólico de matar, y también su significado oculto y sensual. Porque todos sonreían, todos aquellos hombres con rostro de piel oscura, de rasgos nobles, todos entreabrían los labios y miraban con una expresión de éxtasis y arrobamiento, como si matar fuera algo cálido, algo bueno, algo parecido a besar. Es extraño, pero en húngaro, estas dos palabras, matanza y besos, ölés y ólelés, son parecidas y tienen la misma raíz…

   Ahora bien, sorprende una afirmación que Konrád, en la pluma de Márai, plantea la visión que me parece no es de rechazo, sino de clara comprensión del hecho presenciado que analiza en estos términos:

   Somos occidentales, o por lo menos llegados hasta aquí e instalados. Para nosotros, matar es una cuestión jurídica y moral, o una cuestión médica, un acto permitido o prohibido, un fenómeno limitado dentro de un sistema definido tanto desde un punto de vista jurídico como moral. Nosotros también matamos, pero lo hacemos de una forma más complicada; matamos según prescribe y permite la ley. Matamos en nombre de elevados ideales y en defensa de preciados bienes, matamos para salvaguardar el orden de la convivencia humana. No se puede matar de otra manera. Somos cristianos, poseemos sentimiento de culpa, hemos sido educados en la cultura occidental. Nuestra historia, antigua y reciente, está llena de matanzas colectivas, pero bajamos la voz y la cabeza, y hablamos de ello con sermones y con reprimendas, no podemos evitarlo, éste es el papel que nos toca desempeñar. Además está la caza y sólo la caza. En las cacerías también respetamos ciertas leyes caballerescas y prácticas, respetamos a los animales salvajes, hasta donde lo exijan las costumbres del lugar, pero la caza sigue siendo un sacrificio, o sea, el vestigio deformado y ritual de un acto religioso ancestral, de un acto primigenio de la era del nacimiento de los humanos. Porque no es verdad que el cazador mate para obtener su presa. Nunca se ha matado solamente por eso, ni siquiera en los tiempos del hombre primitivo, aunque éste se alimentara exclusivamente de lo que cazaba. A la caza la acompañaba siempre un ritual tribal y religioso. El buen cazador era siempre el primer hombre de la tribu, una especie de sacerdote. Claro, todo esto perdió fuerza con el paso del tiempo. Sin embargo, quedaron los rituales, aunque debilitados.

   Finalmente, y para el propósito de esta recomendación que ya se ve, trae bastante sustancia para la reflexión, aparece un importante párrafo que amplía los significados de la caza, como sigue:

Los pájaros se ponen a cantar, un cervatillo corre por el sendero, lejos, a unos trescientos pasos de distancia, y tú te escondes entre los arbustos y pones allí toda tu atención. Has traído el perro, no puede perseguir al venado… el animal se detiene, no ve, no huele nada, porque el viento viene de frente, pero sabe que su final está cerca; levanta la cabeza, vuelve el cuello tierno, su cuerpo se tensa, se mantiene así durante algunos segundos, en una postura magnífica, delante de ti, como paralizado, como el hombre que se queda inmóvil ante su destino, impasible, sabiendo que el destino no es casualidad ni accidente, sino el resultado natural de unos acontecimientos encadenados, imprevisibles y difícilmente inteligibles. En ese instante lamentas no haber traído tu mejor arma de fuego. Tú también te detienes en medio de los arbustos, te paralizas, tú también, el cazador. Sientes en tus manos un temblor ancestral, tan antiguo como el hombre mismo, la disposición para matar, la atracción cargada de prohibiciones, la pasión más fuerte, un impulso que no es ni bueno ni malo, el impulso secreto, el más poderoso de todos; ser más fuerte que el otro, más hábil, ser un maestro, no fallar. Es lo que siente el leopardo cuando se prepara para saltar, la serpiente cuando se yergue entre las rocas, el cóndor cuando desciende de las alturas, y el hombre cuando contempla su presa.

   Hasta aquí con estas consideraciones que permiten un fiel de la balanza para entender cómo, desde una visión ajena, que no necesariamente se acerca a explicar lo soterrado del toreo, nos lo aclara a partir de estos pasajes que a mí me han parecido claves en esta obra para traerlos hasta aquí, ponerlos a la consideración de los lectores para que ustedes también puedan realizar el mismo ejercicio de análisis. No importa si son aficionados a los toros o contrarios a este espectáculo. Me permito sugerir que se trata de poner en práctica algo tan sencillo que se llama “sentido común” de las cosas, para tratar de entender lo que ha sido el papel de la humanidad desde los tiempos más primitivos en el que el hombre, ya consciente de sus actos, con el raciocinio de por medio, comenzó a definir el destino de lo que hoy somos. Y el hombre, enfrentado a sus necesidades tuvo que desarrollar y practicar la caza con el objeto preciso de la “disposición para matar” (“la disposición a la muerte” que decía José Alameda). Por eso tuvo que matar, y no para cometer un acto indebido, sino para materializar el “sentido sagrado y simbólico de matar” –como ocurre entre los hombres de Oriente-, mientras que para el hombre occidental “matar es una cuestión jurídica y moral, o una cuestión médica, un acto permitido o prohibido, un fenómeno limitado dentro de un sistema definido tanto desde un punto de vista jurídico como moral”. Entramos pues en un territorio que otras culturas han cuestionado en uno u otro sentido, lo que ha provocado una polarización o deformación del significado original que ha producido las reacciones encontradas de nuestros días.

   Me parece que la oportuna lectura de Sándor Márai viene en un buen momento para mostrar razones y no desvaríos o simples impulsos pasionales e irracionales que no siempre traen por consecuencia buenos resultados. Es preciso que usted, lector, traslade las circunstancias relatadas en El último encuentro y las deposite en el ámbito taurino. Encontrará semejanzas representativas que no son ajenas al texto de nuestro autor. Enfrentadas dos sociedades, pero también integradas en el devenir que la humanidad ha mostrado en el curso de muchos años, permite entender que el entrecruzamiento cultural habido siglos atrás, nos deja ver el múltiple mestizaje que hoy somos como sociedades modernas. No hacerlo nos condena a vivir ajenos a esa circunstancia.

   Ya entramos por el sendero en el que las partes en el debate tienen que ponerse de acuerdo, evitando lo que cuestiona Fernando Savater en su último libro dedicado a los toros: Tauroética. El autor hispano recalca el hecho de que

   “En cuanto a la retórica sublime que tanto encandila entre quienes están a favor o en contra de la fiesta (“la tauromaquia es la expresión del alma española y por eso nunca podrá ser erradicada de nuestro país”, “las corridas de toros son formas de sadismo colectivo, anticuado y fanático, que disfruta con el sufrimiento de seres inocentes”, así como sus diversas variantes) reconozco que me aburren soberanamente. Me pasa lo mismo que al admirable Monsier Teste de Valéry: “la bêtise n´est pas mon fort”.[2]

CONTINUARÁ.


[1] Sándor Márai: El último encuentro. Barcelona, 2ª edición. Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A., 2010. 187 p. (Letras de Bolsillo, 97), p. 110-114.

[2] Savater: Tauroética…, op. Cit., p. 14-15.

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LA PROHIBICIÓN TAURINA EN COAHUILA: VENGANZA POLÍTICA.

EDITORIAL 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Una cada vez más incomprendida tauromaquia, se juega el destino en estos tiempos donde la postmodernidad avasallante, se ha posicionado con su natural toque de soberbia. Es como la actitud altanera del joven frente al padre que intenta desplazarlo o hacerlo polvo por el solo hecho de que “quieren comerse el mundo a puñados”. Y así lo está logrando este fenómeno en el que la humanidad toda se ha dejado fascinar –o someter también-, a los dictados de una filosofía neoliberal que pretende ser la que se imponga en forma contundente de aquí en adelante, y hasta que la humanidad misma reaccione o se convenza de sus efectos. En ese sentido, llama la atención como el Estado Islamico, en su afán por imponer un nuevo califato, acaban de difundir imágenes de la destrucción de un monasterio cristiano del siglo V en Siria, bajo el pretexto de que la gente adora a un dios que no es Dios. Es decir, en la medida en que se niega un fundamento esencial como es el pasado, hoy un buen número de componentes de la sociedad lo niega, y pretende irse por la vida sin ese contrapeso. Ya lo decía el eminente historiador Edmundo O´Gorman: “El pasado nos constituye”. Así que sin pasado es imposible comprender aquello que configuró, al paso de siglos o de generaciones, nuestra forma de ser, en lo individual o como sociedad.

   En ese pasado que hoy comienzan a negar, los toros se están convirtiendo en asunto incorrecto. El activismo de grupos que rechazan esta práctica ancestral va a la alza. Entre sus correligionarios ya nadie quiere valorar los profundos significados de un alto valor ritual que luego, con los siglos se encontró en posibilidades de insertarse en el territorio, no solo de la vida cotidiana en infinidad de pueblos, sino en aquellas dinámicas de los usos y costumbres, hasta convertirse en una expresión cargada de elementos técnicos y estéticos, concentrada en lo fundamental en una plaza de toros, espacio abierto donde cada celebración se convierte en un auténtico ritual en el cual se consuma el sacrificio y muerte de un toro. Sacrificio y muerte de un toro, culminación inherente a un antiguo y complejo dilema en el que dos fuerzas, racional e irracional se enfrentan en una representación primitiva de la cacería, condimentada de todos aquellos pasos que permitan alcanzar el profundo desenlace: la muerte del toro.

   En ese sentido, la reciente exploración de Manuel Rivas en el último número de El País semanal (N° 2030, del domingo 23 de agosto de 2015) vuelve a ser la mirada puesta al día sobre “La hora de la verdad”, momento que en lo taurino significa alcanzar la frontera donde la vida y la muerte se enfrentan, hasta resolverlo todo en apenas nada. Pero Rivas, analiza también otra serie de expresiones parataurinas que ya no convergen en el mundo actual. Allí está el reciente escopetazo en Coria, donde el hermoso Guapetón cayó asesinado, lo que ya no significa necesariamente cumplir con un arraigo, con una tradición secular o milenaria, sino que, a los ojos de la modernidad, o la postmodernidad, esto resulta un anacronismo cargado de violencia, como si la postmodernidad misma fuera incapaz de producir o generar violencia. ¿No le bastará con el solo cambio climático, en el que además se suma la depredación humana que está llevando las cosas a extremos verdaderamente riesgosos? Evidentemente, quien va a responder en forma violenta no es el hombre, sino la naturaleza que, aunque sabia, se ha visto controlada o manipulada por el hombre moderno, cuyo pensamiento está orientado hacia un consumismo irracional, alterando los ecosistemas en forma irreversible.

   También, casos tan recientes como el de Coahuila (en México concretamente), donde el Congreso del Estado acaba de prohibir las corridas de toros, se estima que tal medida no fue producto de una valoración o un análisis de fondo, sino por simples razones políticas, en las que para los hermanos Humberto y Rubén Moreira, estos encontraron o se encontraron con la incómoda presencia del empresario Armando Guadiana que denunció la grave deuda del estado durante su gestión entre otros casos de corrupción. Guadiana es empresario y un aficionado taurino reconocido acusado también de actos ilícitos. Sin embargo, habiéndose defendido no han encontrado elementos para su detención o encarcelamiento, lo que orilló a un conflicto entre este personaje y los gobernadores más recientes que llevan el apellido Moreira. Todo parece indicar que la venganza política se consumó arteramente en la persona de Guadiana, a quien además, se le impidió celebrar como a muchos otros ganaderos de la región las labores de tienta en sus ganaderías. Es esta, una clara muestra de hasta dónde puede llegar la imposición de un decreto que pretende controlar la propiedad privada, cuando legalmente esto sería absolutamente imposible, siempre y cuando se viva en un país que ha construido, al paso de los siglos una legislación coherente y convincente.

   Los taurinos estamos frente a un dilema, y es que cada día transcurrido se convierte en una limitante. El tiempo se está consumiendo y tenemos que ser capaces de hacer una defensa cada vez más clara y legítima. Los lugares comunes estorban, y los argumentos insostenibles porque no tienen validez deben evitarse para que sigan descalificándonos, descalificaciones que se fabrican desde esa nueva forma de ser y de pensar que ya no solo es esa postura contestataria, sino que en su plena creencia alcanza el ensoberbecimiento dogmático de imponer ideas y principios frontales capaces de terminar o exterminar con algo que les parece “históricamente” incorrecto.

   Apenas el 10 de agosto pasado, circulaba una nueva arenga, impulsada por la Asociación Internacional de Tauromaquia, donde el imperativo es continuar con la lucha y defensa de la tauromaquia. Recalcan que

    Lo primero que tenemos que tener presente es que estamos enfrentando un enemigo trasnacional con aliados en cada uno de nuestros países taurinos, que está haciendo uso de las nuevas tecnologías de la información, gastando cuantiosos recursos financieros que provienen de países desarrollados, con intereses tan difusos como perversos, para tratar de vaciar de contenido una parte de nuestra cultura iberoamericana.

   Los aficionados ya tienen demostrado su aporte y solidaridad, con la asistencia a las plazas y con el trabajo en defensa de la Tauromaquia. Por tal razón, los estamentos profesionales del sector taurino deben considerar seriamente invertir en la defensa de la Fiesta de los Toros, máxime cuando son ellos los que obtienen sustento a través de ella.

   El descuido de los estamentos al no actuar en este preciso momento, hará que lo que tengan que asumir económicamente en un futuro pueda ser aún más costoso por no poder desarrollar con libertad su actividad económica. Una cosa es defender la Fiesta celebrándose corridas y festejos con flujo de caja, y otra muy distinta será defenderla en una situación de prohibición.

   Tampoco excluimos de esta responsabilidad a los poderes públicos, que le es atribuida tanto por la Constitución como por la ley.

   Queda poco tiempo para escoger: El camino de la vergüenza, o el de levantarnos con indignación y sacar esto adelante.

   Esa última advertencia, la de que “Queda poco tiempo para escoger” la entendemos como el momento en que culminarán todos aquellos esfuerzos encaminados a buscar, por parte de la UNESCO el reconocimiento que sobre este legado pueda otorgarse o no para considerar a la tauromaquia como un patrimonio cultural inmaterial y cultural de la humanidad, lo que no es poca cosa, se los aseguro.

 23 de agosto de 2015.

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EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   El viejo y heroico quehacer que José Ortega y Gasset sintetiza en La caza y los toros, acaba de cobrarse una víctima en la figura de Francisco Rivera Ordóñez. Apenas hemos asimilado este duro percance, cuando el nombre de Saúl Jiménez Fortes se suma a la inhóspita realidad de quienes caen en batalla.

   Osada profesión de la que nadie escapa frente al temerario riesgo de enfrentar, en medio de un estado natural salvaje, alterado o adaptado, el encuentro de dos fuerzas aparentemente opuestas, cruce de dos ejes, choque del equilibrio y el caos devenido arte y estructura. Pasión y locura al mismo tiempo.

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Disponible en internet, agosto 18, 2015 en: https://anancientseeker.wordpress.com/category/ciencia/

   Las figuras rotas de Rivera Ordóñez y Jiménez Fortes sobreviven luego de padecer tremendas heridas y se espera además del milagro, la oportuna asistencia que decidan la cirugía y la medicina en su conjunto, ambas al servicio de la tauromaquia. Recordemos que la medicina en todas sus expresiones, ha estado presente desde que el hombre, en sociedad se enfrentó a la necesidad de curar enfermedades que otros integrantes presentaban ya fuese por razones externas e internas, de edad o de todas aquellas circunstancias que las causaran. Vino con el tiempo el estudio, aplicación y especialización que incluían intervenciones quirúrgicas así como el uso de las más avanzadas tecnologías.

   En ese sentido, la tauromaquia no ha escapado a tales bondades, siendo todos sus integrantes o actores, susceptibles de diversos percances que han puesto en riesgo sus vidas. Determinadas muertes, cornadas y otras heridas, que generan la intervención de médicos, enfermeras y todos los servicios en torno a ello, así como las visiones reglamentarias o sanitarias que son obligatorias en estos casos, han permitido que esa comunidad se vea respaldada, garantizando así un servicio apropiado. Si bien todavía es posible observar fallas, o ausencia de tal circunstancia en algunos casos, la tendencia es lograr en forma por demás completa tal prioridad y segura atención.

   Todas estas razones son ahora mismo el asidero del que depende la vida o la muerte de aquellos caídos en la lucha, en esa “cruz o cara” a que se someten los toreros, personajes que, entre otras cosas, decidieron poner al filo del abismo sus propios destinos. Habiéndose dado a conocer los partes médicos, estos alcanzan la escala de “muy grave”. Se espera pasen esas primeras y largas horas. Esos primeros y largos días cargados de angustia, pero también de esperanza, donde no quepa la posibilidad de que algunas mentes oscuras piensen que ha sido mejor un balance así que el propiamente establecido por los patrones de la tradición. Quizá por tal motivo, Cayetano Rivera Ordóñez pidió “respeto”, un respeto que se convierte en esa callada oración la cual nos lleva hasta ese alejado punto en el que el silencio se vuelve un lenguaje de reflexión, circunstancia de la que con frecuencia perdemos su verdadera dimensión.

   Agosto es, por cierto, y ya lo advertía José Alameda hace muchos años, uno de los meses más trágicos en el quehacer taurino, y hasta en más de una ocasión llegó a preguntarse el porqué de aquella abultada e indeseable presencia. Las causas pueden ser diversas y muy razonables, pero el hecho es que Agosto vuelve a la carga, y se lleva por delante a dos buenos toreros que decidieron honrar una peligrosa profesión, aquella en la que un hombre armado se dirige hacia su víctima –de ahí la caza y los toros– donde la espada se torna en el instrumento con el que habrá de culminar aquel acto, luego de la compleja cacería, cuyos orígenes más remotos pueden remontarse hasta el neolítico o el mesolítico (10,000 a. C. – 8,000 a. C.), donde se registró el fin de la era glacial, se impuso un clima templado y con ello se incrementaron los bosques y una biodiversidad mucho mejor definida.

   Dejemos pues que se serenen los más encontrados sentimientos, que los toreros necesitan recobrar aliento y fortaleza…

FRANCISCO RIVERA ORDÓÑEZ

Francisco Rivera Ordóñez. Disponible en internet agosto 15, 2015: http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=23378

Foto: F. Maciá

 JIMÉNEZ FORTES

Saúl Jiménez Fortes. Disponible en internet agosto 18, 2015 en:

http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=23418

…iluminados quizá, por versos que, como los de Concha Urquiza nos recuerdan

Mi cumbre solitaria y opulenta…

Mi cumbre solitaria y opulenta
declinó hacia tu valle tenebroso,
que oro de espiga ni frescor de pozo
ni pajarera gárrula sustenta.

En tu luz gravitante y macilenta,
quebrado el equilibrio del reposo,
vago sobre tu espíritu medroso
como un jirón de bruma cenicienta.

Libre soy de tornar a mis alcores
do Eros impúber la zampoña toca
ceñido de corderos y pastores;

mas a exilio perpetuo me provoca
la chispa de tus ojos turbadores,
la roja encrespadura de tu boca.

 Porque se necesitan estas cosas para saber hasta qué punto debería entenderse el misterio de la tauromaquia, sobre todo hoy que se pierde la dimensión de sus raíces para comenzar a ser sometida a un racero entre lo ambiguo, entre esa dicotomía de lo bueno y lo malo, entre el someter a juicios de valor y establecer el prejuicio como la única salida posible en medio de los más eufemismos posibles pero no de palabras claras, que cada vez se enfrentan a maniqueismos feroces e intolerantes .  He aquí pues una más de las verdades de la tauromaquia.

18 de agosto de 2015.

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