Archivo de la categoría: EDITORIALES 2017

¿HASTA CUÁNDO EL AYUNO TAURINO EN LA CIUDAD DE MÉXICO?

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

En otras épocas, las que detentaron y controlaron por ejemplo Antonio Algara, “Carcho” Peralta o Alfonso Gaona –cuando este personaje se proponía hacer bien las cosas-, la temporada de novilladas podría estar alcanzando a estas alturas del año un buen número de novilladas, lo que garantizaba que al final de ese capítulo estuviesen un buen número de aspirantes a matadores de toros. Fueron temporadas con 30 o más festejos que dejaron excelente balance. Con ello, la fiesta en nuestro país se veía intensificada, pues otros tantos empresarios, los de provincia no podían dejar pasar la oportunidad para programar a los triunfadores de la capital, cuyas plazas, “El Toreo” o la “México” se convirtieron en cajas de resonancia. De ahí que ambos cosos “daban y quitaban”, lo mismo a novilleros que a matadores de toros, con lo que su intención como frase sentenciosa tenía efectos contundentes.

Pero en este 2017, conforme avanzan los meses, semanas y días se aprecia y confirma cada vez más, que la actual empresa de la plaza de toros “México”, se empeña en no dar festejos, y si lo hace va a ser simple y sencillamente con el propósito de cumplir con lo establecido en el reglamento taurino y la ley de espectáculos públicos vigentes, con objeto de alcanzar el visto bueno y así celebrar –si es que ese es su propósito-, la temporada grande 2017-2018.

Serían 12 únicas tardes, número insuficiente para dar la oportunidad al que en estos momentos debería verse como un contingente de aspirantes (si es que los hay) dispuestos a mostrar, como es natural, más sus defectos que virtudes.

No recuerdo tarde alguna y hablo de la temporada 2016, donde se haya hecho notar alguno de aquellos que actuaron en lo justo de 12 festejos. Sí recuerdo, en cambio, que lo más sobresaliente fue el encierro de Zacatepec el cual vino a reverdecer viejos laureles de tan reconocida hacienda tlaxcalteca…, pero hasta ahí.

Por tanto, estas notas no son sino un llamado de atención que los aficionados le hacemos a una empresa que nos sigue debiendo un aporte en revelaciones juveniles, las cuales tendrían que estar entrando ya, por el sendero de firmes prospectos para un futuro garantizado en la tauromaquia nacional.

Un comportamiento deprimido como el de la fiesta en estas partes del año nada bien le viene a un espectáculo que necesita credibilidad, posicionamiento, y demás factores que la ayuden en ese aliento indispensable. En eso no parece fijarse la nueva empresa para la cual ya quedó atrás aquella generosa concesión del beneficio de la duda de nuestra parte. Hoy, lo que queremos son hechos.

Su respuesta, el silencio, la inactividad solo levantan sospechas y eso en verdad, crea muy mal ambiente.

Además, esperaríamos que dicha organización se aplicara con una serie de correctivos bastante necesarios para ganarse la confianza de quienes asistimos a la plaza.

¿Quieren ejemplos?

1.-La conveniencia de que los festejos comiencen a las cuatro de la tarde.

2.-Evitar el exceso de negocios que se instalan en áreas de acceso a la plaza, sobre todo inmediatamente después de la entrada principal de sombra.

3.-Retirar el templete o tarima que invade la libre circulación. No quiero pensar si se presentara una emergencia. Aquel obstáculo sería una auténtica trampa en una salida imprevista del público de los tendidos hacia los pasillos o exteriores de la plaza. En todo caso, ese sitio debería estar marcado como “zona de reunión” en caso de una contingencia, lo cual no deseamos pero que prevenimos con esta observación, ausente en los códigos de seguridad de la plaza y donde la delegación tendría que estar más que presente para aplicar el protocolo correspondiente.

4.-Eliminar los puntos de venta de bebidas alcohólicas que están colocados en por lo menos dos balcones ubicados en sombra y que causan desagradable impresión, convirtiendo los tendidos en zona de bar.

5.-Control a los vendedores. En las últimas temporadas ha crecido el número de vendedores en los tendidos. Pero no hay quien los controle, por lo que estos realizan sus actividades sin quedarse quietos un momento. Incluso, en los momentos cruciales de la faena o desenlace de la misma, su ir y venir provoca que los toros se “toquen”, con lo que los diestros no se encuentran en condiciones de consumar correctamente la suerte suprema.

6.-Control de esos otros negocios, sobre todo de comida que también se han incrementado y que si bien, producen un efecto o golpe interesante a la vista, dejan ver un débil rigor en la concesión de permisos. He aquí un caso que deben resolver conjuntamente empresa y autoridad delegacional.

7.-Eliminar la presencia de grupos musicales que en muchas ocasiones sus repertorios no guardan ninguna relación con el ambiente taurino. Con ello, se corregiría el exceso de decibeles que producen por efecto del equipo de sonido con el cual se hacen acompañar.

8.-¿Quieren llevar público a la plaza?

¡Bajen los precios!

9.-¿Quieren difusión?

Mejoren su imagen, mercadotecnia y publicidad.

10.-Comiencen ya, por lo que más quieran la temporada de novilladas. La afición se los agradecerá.

11.-Eviten, en la medida de lo posible el exceso de personas en el callejón. Un buen control y entonces sólo estarán en dicho espacio quienes sí tienen una función específica.

Estaremos pendiente de lo que suceda. No al ayuno taurino forzado que vivimos por estos días.

Agosto 7 de 2017.

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EL RESPETUOSO SENTIDO POR LA HISTORIA.

EDITORIAL. 

AUTOR INVITADO: ANTONIO PETIT CARO, RESPONSABLE DEL PORTAL DE INTERNET “TAUROLOGÍA.COM” 

Entre don Antonio Petit Caro y este servidor, tenemos desde hace algunos años una permanente comunicación, resuelta en esa correspondencia epistolar que nos mantiene al tanto de nuestros quehaceres y opiniones. Procuramos enarbolar los principios que cada quien se ha propuesto, y que por fortuna coinciden. Uno de ellos tiene que ver con ese respetuoso sentido por la historia, del que en esta ocasión ha logrado hermoso texto, mismo que tiene profundo sentido como para hacerlo nuestro y compartirlo desde este blog. En su contenido se encuentran esos componentes que a muchos de nosotros nos preocupan y que son, en esencia, los valores que deben mantenerse vivos para procurar que se mantengan vigentes ya no solo en nuestras manos. Lo piensa él, y lo comparto plenamente, que ese compromiso también lo prevemos para las generaciones venideras que han de conservar un legado como es el de la tauromaquia, expresión que como muchas que provienen de un pasado cuya carga contiene elementos ligados con el ritual del sacrificio y muerte de un toro, hoy día ha entrado en conflicto con las formas de ser y de pensar de las nuevas generaciones.

También tiene el acierto de reivindicar –desde la historia-, todos los significados que el espectáculo taurino ha acumulado al paso de los siglos, mostrándose tal cual es en nuestros días.

Por ese y otros motivos es que conviene leer y releer tan interesante apreciación, que es la de un aficionado con muchos años de experiencia y que hoy la comparte generoso.

Muchas gracias, don Antonio.

La figura del toro bravo se impone desde la antigüedad hasta nuestros días.

   A veces quienes nos decimos aficionados olvidamos que no somos más que un eslabón que se remonta en los siglos y que, con toda legitimidad, aspira a que se prolongue ininterrumpidamente al menos otros tantos. A final, la Fiesta no es más que el resultado de la concatenación de muchos episodios, grandes y pequeños, que conforman la historia en su amplia y compleja extensión. Nuestros mayores tuvieron la prudencia de enseñar que hasta de lo más nimio que ocurre en un ruedo puede aprenderse, y mucho. Ningún elemento, por marginal que pueda parecer, debe considerarse superfluo cuando hablamos de toros. Por eso, la historia se conforma mucho más allá de los dimes y diretes que nos contamos los unos a los otros; la integran realidades que da fe de cuánto supone transmutar el riesgo en arte.

Actualizado 7 abril 2017.

   Cuando nuestra generación era más o menos como hoy es la de nuestros hijos, aprendimos de los mayores que para acercarse a la Fiesta de toros con el ánimo pronto de entender su misma esencia, se hace necesario adoptar una postura, tanto intelectual como de ánimo, de un sereno respeto por todos los episodios, grandes y pequeños, de la historia taurina en su amplia y compleja extensión. Pero, además, con ese sentimiento de sencilla humildad que da el saber que hasta de lo más nimio puede aprenderse, y mucho. Ningún elemento, por marginal que pueda parecer, debemos considerarlo superfluo cuando hablamos de toros.

No valen, desde luego, esos clichés prefabricados que, a través de simplificaciones –perdón por ser redundante– simplistas, tratan de reducirlo todo a unos pocos conceptos, que al final suelen quedan en lugares comunes, tan faltos de sentido como de realidad. Y cuando tal se escribe, me estoy refiriendo, por ejemplo, a las vaguedades que en ocasiones oímos a gentes que se dicen entendidas, pero que todo lo dejan en añorar un pasado que muy probablemente no vieron y que nunca fue tan clamorosamente glorioso como afirman, o a pronosticar un futuro tan plagado de nubarrones que parecen augurar la proximidad de alguna suerte de “gota fría” sobre los ruedos.

Si se repasan con el respeto necesario los Anales taurinos, tengo para mí que la gran lección que se puede extraer radica, ante todo, en comprobar cómo la Fiesta ha tenido desde sus orígenes un profundo sentido dinámico y armónico, gracias al cual ha sido posible el milagro de preservar en el tiempo aquello que es propiamente esencial, sin que en este empeño influyera la probada capacidad de todo lo taurino para adaptarse a las circunstancias y condiciones cambiantes de los siglos.

Dejando a un lado otras consideraciones más o menos antropológicas, que ahora cabría hilvanar pero que mejor es omitir, esta creatividad dinámica que se contiene en el hecho taurino nace de un concepto que podríamos calificar de radical. Y es que la Fiesta de toros hunde sus verdaderas raíces en el hombre, más en concreto: en sus capacidades creativas, sea ocasionalmente torero, sea criador de las reses bravas, o tenga cualquiera de los mil cometidos que se ven en todo este enmarañado complejo de tauropartícipes, incluidos quienes, sencillamente, nos sentamos en el tendido.

Sin un hombre que sepa conjuntar el sentido épico de cuanto ocurre en un ruedo y esa otra capacidad de intuirse un creador de arte, probablemente nunca habría existido la Fiesta de los toros. Ni cuando rudimentariamente era un juego de lanzas y caballeros, ni cuando como hoy un toro permite un sinnúmero de suertes, incluso si están mal planteadas y peor resueltas. Pero sin capacidad creativa, sin ese cierto criterio de construir una obra renovada cada tarde, la Fiesta no habría pasado de ser, para quienes la miramos desde el presente, uno de esos muchos anacronismos que estudiamos en la Historia.

De este concepto que liga tan estrechamente lo taurino con el hombre, toma su fundamento la razón última que explica el porqué de la Fiesta. Y tengo conciencia clara de lo que significa cuanto sugiero que se comparta este pensamiento. Precisamente por eso bueno resulta insistir en muchas ocasiones en el sentimiento de respeto por cuanto vemos en un ruedo, ya sea en el triunfo, ya en el accidente de una tarde aciaga o, lo que es peor, en el traspié profundo de lo anodino.

   Como bien se conoce lo que supuso la revolución que trajo el Pasmo de Triana [justo cuando el autor se refiere a Juan Belmonte], sin otros preámbulos viene a cuento recordar una anécdota que me llamó la atención, y además grandemente. Ocurrió en cierta ocasión en la que le convencieron para que, ante el público y en la plaza de Jerez, toreara una becerra en un improvisado tentadero organizado para unos visitantes ilustres. Aquel día a Belmonte, ya en el tramo final de su vida, no le preocupaba si podría producirse un percance, incluso estoy por afirmar que tampoco le quitaba el sueño si iba a estar mejor o peor con la muleta; su preocupación primera se centraba en lo ridículo que supondría que una becerra pudiera trastocar en un momento toda la torería que correspondía a su historia. “No hay nada más grotesco -vinieron a ser sus palabras- que caerse ante una erala, a la vista del público, con sesenta años y llamándote Juan Belmonte”.

Como en este hombre tales sentimientos se alejaban kilómetros de cualquier creencia egocéntrica, así sólo puede pensar quien tiene un concepto completo de la Fiesta, en el que se entremezclan en riguroso pie de igualdad todos aquellos elementos que más directamente dicen del toreo, con esos otros que nacen de saberse, sin aspavientos ni extravagancias, parte de una Historia que por encima de todo, incluso de uno mismo, hay que preservar. La becerra de turno no habría revolcado a una figura señera, irrepetible; habría dejado en entredicho a la Historia misma del toreo. Esa era su verdadera obsesión de aquel día.

Estos sentimientos belmontinos, reflejan con nitidez el sentimiento que trato de explicar cuando recuerdo con reiteración que a una plaza siempre hay que acercarse con respeto, con el respeto debido a unos hombres que, sean conscientes o no de ello, tienen como objetivo último transmutar el riesgo en arte, hacer que algo fugazmente perecedero se convierta en un eslabón más de una historia inacabable, de la que forman parte y a la que deben garantizar su prolongación en el tiempo.

Del sentido globalizador de lo taurino que encierran semejantes ideas, nace la razón más verdadera de la afición taurina, que de generación en generación ha llegado a nuestros días y que espero que, con el pasar de los años, también los que ahora son niños alcancen a transmitir a quienes les sucedan.

Para servir de ayuda en tal empeño, aún en la dificultad de poder encerrar en unas pocas líneas lo que ha tardado siglos en protagonizarse en los ruedos, en pequeña medida, desde luego, pero a lo mejor estas consideraciones puedan tener alguna utilidad cuando el timón de nuestra afición común haya pasado a la siguiente generación, para que recuerden con cariño como un día, siendo todavía muy niños, se acercaron al misterio bellísimo que tiene su epicentro en una plaza de toros.

Disponible en internet abril 9, 2017 en: http://taurologia.com/respetuoso-sentido-historia-4643.htm

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CARTA DE DESPEDIDA A JESÚS SOLÓRZANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 ESTIMADO MAESTRO: 

Como cada miércoles era inminente que, a término de mediodía, recibiera tu llamada telefónica. Por eso consideré que así habría de suceder puntualmente. Han pasado de las tres y el teléfono se mantiene en silencio. He sabido de la noticia de tu partida por lo que con apresuramiento me dispongo a escribirte estas notas, de las que no tengo claro si podrán ser capaces de decir algo, al menos con ese sentido entrañable, misma razón con la cual mantuvimos hasta el último momento esa peculiar amistad.

Hoy, será imposible ya comentar las razones que un tema como los “Toritos” de Tultepec habrían generado en ti esa capacidad de asombro, la misma que causaste vestido de torero, arrancando en el olé la emoción de multitudes que te veneraron a lo largo de esa intermitente presencia tuya, milagrosa por otro lado, o al menos eso es lo que creo, pues siempre tuviste fe en el hecho de que los toreros en estado de gracia, son capaces de producir milagros, hasta el punto de convertirse en aquello de lo que fuiste particularmente un convencido al transverberarse en ti el milagro de la licuefacción de la sangre de San Genaro, o en el hecho de considerar que el torero es un hierofante, personaje que en la Grecia antigua era el sumo sacerdote de los cultos mistéricos. Y como afirmaba la escritora Rosa Montero, de quien te mencionaba que justo en uno de sus textos más recientes había logrado recuperar de ese término, lo que todo torero tendría que buscar afanosamente en su vida: ser un hierofante, es decir aquel que es capaz “de hacer aparecer lo sagrado”.

Nuestras conversaciones giraban en torno a los muchos proyectos que tenías entre manos, sobre todo por el hecho de que surgieron enormes dudas respecto al complicado ejercicio de interpretar imágenes del pasado y que, recogidas a través de películas, conservabas celosamente. Allí estaba el material filmado por tu abuelo, que daba énfasis a todos aquellos toreros que, junto a tu padre forjaron la “edad de oro del toreo en México”. Pero también surgieron nombres como los del Dr. José Hoyo Monte, Daniel Vela, Alfonso Manrique, Manuel Reynoso de cuyo legado cinematográfico teníamos pensado hacer todo un trabajo de interpretación técnica y estética de aquellos que integraron tan peculiar generación de toreros, uno de los cuales, tu padre mismo, era la pieza protagónica más destacada.

En el poco tiempo que llevábamos de realizar tan hebdomadaria rutina de llamarnos por teléfono, o en más de alguna ocasión saludarnos en tu casa o en un café, se dejaron notar la presencia de un torero y de un caballero que hicieron de Jesús Solórzano eje, modelo y referencia para otros toreros que, como Diego Silveti, o “Morante de la Puebla”, acudían a ti con frecuencia para escuchar el consejo oportuno o la anécdota sabrosa con qué condimentar largas conversaciones de las que, necesariamente tendría que salir el duende de la gracia, el sentido de la lógica, lo profundo de la reflexión.

Por eso tengo que agradecerte el privilegio de que me contaras entre tus amigos, extendiendo el capote con la notoria intención de llevar a cabo esa tarea, la que implicaba decodificar ese material de cine con visión crítica, dejando todo en su justa dimensión, a la hora de realizar ese juicio –que no sumario-, de todos esos toreros que fueron para ti paradigma y referencia. Me hablabas entusiasmado de lo que una y otra vez apreciaste en Silverio Pérez, o lo impecable de aquellas faenas de referencia de Lorenzo Garza; incluso de lo poderoso y variado que habría sido Fermín Espinosa en más de una faena. Pero por encima de todos ellos tu propio padre, a veces incomprendido, seguramente porque alcanzó estaturas que ya nadie fue capaz de comprender.

Había necesidad de ordenar aquello, generar líneas coherentes y armar faenas personalizadas con objeto luego de compartirlas entre los toreros de nuestros días, procurando así conmoverlos un poco, quitarles la idea de que el toreo no es precisamente lo que ellos piensan al respecto, sino algo que va más allá de una aparente y corta dimensión de las cosas, y porque esta época no se parece en nada a aquella otra. De esa manera, con el cambio radical de prácticas en el quehacer del mundo taurino, era necesario ese propósito de renacimiento a partir de tus tribulaciones.

Me quedo con una especie de pendiente, de tarea o propósito por materializar tus empeños hasta el punto de que sean necesarias muchas jornadas para esa nueva cruzada evangelizadora, la que requieren toreros, aficionados, integrantes de la prensa y los taurinos en su conjunto para cambiar un poco ese triste panorama con el que carga la tauromaquia mexicana de nuestros días.

Cuando haya necesidad de salir y divulgar esa doctrina, diré con satisfacción que esta es resultado de tus inquietudes con lo que se han de cumplir los más caros propósitos, preservando así tu memoria.

En fin, que por ahora me despido mientras la húmeda tarde de hoy, 15 de marzo llora lágrimas por tu partida.

Mi saludo y  mi recuerdo más entrañable, torero.

José Francisco Coello Ugalde.

Ciudad de México, 15 de marzo de 2017.

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¿ES EL TOREO TORTURA O MALTRATO ANIMAL?

EDITORIAL. 

SELECCIÓN DE: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Se ha publicado en el excelente portal “Taurología.com” (http://www.taurologia.com/), una colaboración que es de suyo, relevante sobre todo en estos tiempos de deliberada confusión. Su director, el reconocido periodista Antonio Petit Caro, quien cuenta con un ojo selectivo muy claro, incluye en dicha página electrónica la visión de un notable académico español, Antonio Arenas, una opinión que proviene de estudios científicos y no de la epidérmica discusión que brota en improvisados encuentros de “banqueta”. En correspondencia con la excelente labor que ha realizado “Taurología.com”, hago mías estas notas que desde luego, serán de enorme utilidad para disuadir la débil reflexión que existe en torno al debate sobre si el toreo es tortura o maltrato animal.

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La respuesta de un reconocido experto: ¿Es el toreo tortura o maltrato animal? Un experto reconocido, Antonio Arenas, catedrático de la Universidad de Córdoba y Académico de la Real de Veterinaria de España, ha realizado un análisis detallado de la cuestión, con el propósito de arrojar alguna luz a aquellas personas que no tienen claro el porqué del toro bravo. Para ello, acude el autor “a argumentos objetivos, ya que los subjetivos, como su propio nombre indica, pertenecen al modo de pensar o de sentir de cada sujeto y me merecen el mayor respeto, los comparta o no. Pero son sólo eso, sentimientos muy personales”.

Actualizado 1° de febrero de 2017.

Antonio Arenas, Catedrático de la Universidad de Córdoba, Académico de la Real Academia de Ciencias Veterinarias de España.[1]

   Aprovechando la actualidad de la sentencia del Tribunal Constitucional que anula la ley catalana que prohibía las corridas de toros, ya que considera que la norma invade competencias del Estado en materia de Cultura, me he animado a desgranar algunas consideraciones técnicas al respecto de la tauromaquia y de los toros.

   Con ello, en absoluto es mi propósito intentar reafirmar la afición en los incondicionales taurinos ni convencer a aquellos que abominan la fiesta nacional; sé que sería un esfuerzo inútil. Pretendo, más bien, arrojar alguna luz a aquellas personas que no tienen claro el porqué del toro bravo. Para ello, he procurado siempre utilizar argumentos objetivos, ya que los subjetivos, como su propio nombre indica, pertenecen al modo de pensar o de sentir de cada sujeto y me merecen el mayor respeto, los comparta o no. Pero son sólo eso, sentimientos muy personales.

   Básicamente, las corrientes antitaurinas basan sus argumentos en que el toreo es tortura y maltrato animal.

   Pero, el toreo en sí es una actividad física, tanto del hombre como de la res bovina, aprovechando la agresividad innata de ésta. Se trata, pues, de una actividad parecida a la que se pueda realizar montando a caballo, haciendo trineo con perros o haciendo trabajar a los animales de tiro (caballos, bueyes…). No hay tortura ni maltrato en estas actividades, como tampoco podemos considerar maltratar a una res el hecho de torearla o correrla.

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   El problema se suscita cuando, durante la lidia, se usan utensilios tendentes a herir físicamente al animal con objeto de estimularlo o para que pierda fuerza y poder así someterlo. No debe escandalizarnos hablar de sometimiento, ya que todos los animales domésticos –y el toro bravo lo es- son sometidos a la voluntad o el interés del hombre: educamos al perro o al gato, domamos al caballo, ordeñamos las vacas u ovejas…

   Sentada esta base de que el toreo sin herir a la res no es tortura o maltrato, podríamos preguntarnos ¿es tortura o maltrato el toreo cuando se hiere al animal?

   Es necesario aclarar aquí que a la res bovina, durante la lidia, no se le hiere por placer o de manera indiscriminada. Existen dos situaciones en las que se hiere a los animales de lidia: en el tentadero y en la corrida. En el tentadero de eralas (becerras de dos años de edad) se las hace entrar al caballo de picar varias veces hiriéndolas con una pequeña puya que solamente pincha su piel sin alcanzar tejidos más profundos, por lo que apenas sangran. Se trata de una compleja evaluación de su comportamiento en el caballo para poder valorar su bravura y sólo se hace una vez en su vida. El tentadero es la base de la selección genética de la raza bovina de lidia.

   La raza de lidia es de las pocas que el hombre ha seleccionado atendiendo a sus características comportamentales y no estéticas o productivas. Precisamente, el comportamiento es uno de los aspectos más difíciles de fijar en la selección genética. Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que esta raza es todo un prodigio genético conseguido por los ganaderos españoles durante cientos de años para un fin concreto: crear un animal fiero pero capaz de embestir con nobleza para lograr una estética muy particular, que podrá gustar o no, pero que es única.

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   La otra situación en las que se hiere a los animales de lidia es en la corrida (básicamente toros y utreros), siendo tres las fases de la lidia en las que se usan utensilios para quebrantar al toro. La primera es la suerte o tercio de vara, donde se utiliza la puya, la segunda es la suerte de banderillas y la tercera es la suerte suprema, donde se emplea el estoque para dar muerte al toro.

   Técnicamente es necesario herir al toro con la puya para quebrantarlo y ahormar su embestida, y por supuesto no se hace para hacer daño al toro por el gusto de verlo sufrir como algunos arguyen. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE) define la palabra quebrantar como “Disminuir las fuerzas o el brío; suavizar o templar el exceso de algo”. En este caso el toro es llevado al caballo para que suavice su embestida y pueda ser toreado con más temple, lo que dota al toreo de mayor belleza artística. Un toro sin picar suele ser mucho más bronco en la embestida, cabecea más y lleva la cara más alta, dificultando la lidia. No obstante, esta suerte está muy vigilada y legislada, comprobando la autoridad las dimensiones de la puya, el peso de los caballos, el número de varas a que se somete un toro, etc.

   Tal vez esta suerte debería ser revisada a la luz de la genética actual del toro, ya que la bravura alcanzada hoy día hace que los animales se fijen y empleen más profundamente en el caballo (gracias a la selección genética que apuntábamos) entregándose más, lo que va en detrimento de las siguientes suertes. Además, debería regularse el lugar anatómico en el que se coloca la puya, debiendo realizarse preferiblemente sobre el morrillo, que es donde menos daño hace y donde mejor se ahorma la posición del cuello y cara durante la embestida. Estos aspectos deberían ser debatidos técnicamente con mayor profundidad.

   Por su parte, las banderillas tenían como función técnica la de excitar la bravura de los toros tras salir del caballo y antes de la faena de muleta, especialmente en los inicios de la fiesta cuando la casta del ganado de lidia era bastante exigua. Hoy día tienen como objetivo el lucimiento artístico por lo que, si la suerte no se hace bien, sería preferible obviarla, evitando un sufrimiento innecesario del animal.

Es recurrente la pregunta de si el toro sufre o no durante la lidia. La respuesta es que sí. En una lidia sin herir, existe un cierto sufrimiento psicológico, como ocurre cuando sometemos o contrariamos a cualquier otra especie animal, incluida la humana. En la lidia del toro con picadores, es innegable que existe dolor, aunque la descarga de adrenalina hace que este alcance unos niveles casi inapreciables para el toro. Algo parecido ocurre al contrario, cuando, en el fragor de la lidia, el torero apenas se duele de una cogida. La gran mayoría de los toros indultados en la plaza se recuperan fácilmente y no se aprecian en ellos secuelas físicas o psicológicas, manteniendo luego comportamientos totalmente normales.

   Finalmente, la suerte suprema, la muerte del toro en la plaza, es consustancial a la tradición española desde antes del siglo XII. Este aspecto es uno de los que más molesta a los abolicionistas, que abominan la muerte del animal. Pero es necesario detallar aquí que todos los toros, se lidien o no, son siempre sacrificados. Se habla de que en Portugal no se mata al toro, pero también se hace, apuntillándolo en los corrales.

   ¿El toreo es tortura?

   Debemos echar mano de nuevo del diccionario de la RAE para encontrar la definición de tortura; en él, se la define como el “Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”. Como vemos, utiliza el pronombre indefinido alguien, que se refiere a personas; no obstante, podríamos aplicarlo también a los animales. Pero deducimos que la lidia no es tortura, ya que no se trata de causar dolor para así dar castigo al animal por algo malo que haya hecho. Bien al contrario, cuando se hiere al animal durante su lidia, o es con fines de selección genética y por tanto zootécnica, o es para conseguir ahormar la embestida de un animal poderoso y poder expresar así un arte apreciado por multitud de personas y personalidades de las artes, de las letras y de las ciencias a través de los tiempos. Otras personas, en cambio, no ven aquí arte. Es cuestión de sensibilidades.

   Por su parte, la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal, en sus artículos 173 y siguientes que tratan sobre “las torturas y otros delitos contra la integridad moral” tampoco contempla a los animales como objeto de tortura.

   Al toro se le hiere durante la lidia, pero no para causarle dolor, sino por motivos que tienen un fin concreto y sujetos a estrictas normas legales. Por estas razones estimamos que el toreo no puede considerarse tortura.

   ¿Es el toreo maltrato animal?

   Recurrimos otra vez al diccionario de la RAE, donde la palabra maltrato aparece definida como “Tratar mal a alguien de palabra u obra”. Una vez más utiliza el pronombre alguien, pero apliquémoslo a los animales.

   ¿Realmente tratamos mal a las reses de lidia? Definitivamente no, más bien todo lo contrario. La cría de las reses de lidia es una de las más naturales que se efectúan en las especies domésticas, habitualmente en parajes de gran valor medioambiental. Se respetan con pulcritud la etología, la alimentación, la genética, la sanidad y todo el manejo natural que se realiza.

   Por ejemplo, en una explotación de vacas de leche, estas son inseminadas artificialmente en el celo y ordeñadas hasta unos dos meses antes del parto; los terneritos suelen separarse de la madre nada más nacer y son criados con leche en polvo adecuada. Tras tres a seis meses (depende del tipo de destete), pasa a los corrales de transición y cebo hasta que alcanzan el peso de venta con unos 14 meses. Durante todo este tiempo, madre y ternero son tratados con todo mimo y cuidado, cumpliendo todas las normas de bienestar y sanidad animal.

   Lo mismo ocurre con las reses de lidia, sólo que los lotes de vacas son apartadas con un semental durante el periodo de cría y los becerros se destetan de sus madres de manera natural a los 7 u 8 meses de vida. Luego pasan a los cerrados con animales de su mismo sexo y edad. Las hembras son tentadas con unos dos años y si no demuestran nobleza y bravura son cebadas y sacrificadas humanitariamente en un matadero; en caso contrario son dejadas como vacas nodrizas hasta que mueren de viejas. Mientras, los machos son separados en corridas con unos 3 años de edad (utreros) y suelen ser toreados con 4 o 5 años (toros). Creemos interesante reseñar que sólo mueren en la plaza alrededor de un 10 por ciento de la ganadería; el resto o mueren en el campo de manera natural o son sacrificados en el matadero.

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   La cría y manejo del toro de lidia, desde que nace hasta que sale por los chiqueros de la plaza, puede ser considerada como el paradigma del bienestar animal.

Pero es que en un encierro o en una capea donde los animales corren libremente en un circuito campando por sus respetos y dando rienda suelta a sus instintos y donde en absoluto son heridos, tampoco hay maltrato.

   Además, durante el traslado, los camiones y las condiciones del viaje y alojamiento deben cumplir la estricta normativa europea de bienestar animal, siendo esto comprobado y vigilado por los servicios veterinarios autorizados y por la autoridad gubernativa y policial. Todo está absolutamente legislado en materia de bienestar y sanidad animal hasta la muerte del toro.

No debe escandalizarnos la matanza o sacrificio de los animales. El Homo sapiens, como especie, tiene todo el derecho del mundo a matar otras especies para su interés, como lo hacen el gato, el león, el lince o el águila. Nosotros, en vez de matar, empleamos el eufemismo sacrificio, porque se hace de la manera más humanitaria posible. La matanza de animales está enormemente reglamentada en todos los países civilizados, cumpliendo todos los estándares que garanticen una muerte digna.

   Teniendo todo esto en cuenta, podríamos considerar maltrato no la lidia o el toreo en sí, sino cuando se hiere al animal durante la lidia, siendo especialmente desagradable para algunas personas cuando el toro muere en la plaza. Pero es que la otra opción es morir humanitariamente apuntillado.

   Aquí me permito una licencia subjetiva… ¿es una muerte digna para un toro bravo morir apuntillado en un matadero? Precisamente creemos que la muerte en la plaza es lo que más se merece (lo más digno) un animal que ha sido altamente seleccionado y criado expresamente para pelear y defender su vida en una plaza de toros ante un torero, creando así un profundo sentimiento (para muchos, artístico, aunque para otros no lo sea). La muerte de un imponente toro bravo apuntillado en un corral o en un matadero sí que nos resulta una muerte indigna para él, ya que cercenamos su razón de ser. A otras personas, por el contrario, les resulta abominable la muerte del toro en la plaza. Como ya hemos comentado es cuestión de sensibilidades.

   Como también es cuestión de sensibilidades el aborto o ‘sacrificio’ de embriones humanos; o la eutanasia o ‘sacrificio’ de personas terminales. A unas personas su sensibilidad les lleva a tomar una posición y a otras les lleva a la contraria.

   Dice Francis Wolff,[2] catedrático de Filosofía en la Universidad de París: “Sólo hay un argumento contra las corridas de toros y no es verdaderamente un argumento. Se llama sensibilidad… La sensibilidad no es un argumento y sin embargo es la razón más fuerte que se puede oponer contra las corridas de toros… pero ¿la sensibilidad de unos puede bastar para condenar la sensibilidad de otros?”.[3]


[1] Disponible en internet febrero 11, 2017 en:

http://www.taurologia.com/respuesta-reconocido-experto-toreo-tortura–4492.htm

1Francis Wolff. 2010. 50 razones para defender la corrida de toros. Ed.: Campo Bravo SL. Madrid. pp 9-10.

[3] Fuente: http://www.portaltaurino.net/enciclopedia/doku.php/veterinarios.

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EDITORIAL.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Continuación de la anterior…

   En cuanto a la temporada 2016-2017, el primer gran desencanto fue elevar los costos en el “Derecho de Apartado” así como en el valor de los boletos. Análisis económicos reflejados desde el bolsillo nos pusieron en un predicamento. A lo anterior debe considerarse el error de celebrar festejos sábados y domingos con carteles manufacturados anticipadamente, donde varios de ellos sufrieron alteración debido a que hubo toreros heridos sobre la marcha.

   Las entradas, malas en lo general, con horarios de inicio –a las 5 p.m.- que afectaron su desarrollo. Es deseable y solo sugiero, volver al de las 4 de la tarde. En estos meses invernales oscurece tan temprano que terminamos saliendo de noche, lo que para un espectáculo donde la presencia simbólica del sol es esencial, de tal forma que se pierde gran parte del sabor que los usos y costumbres impuestos a lo largo de varios siglos.

   Y como ya lo había apuntado en algún otro texto, resulta que una decisión, venida de no sé dónde, concluyó en la colocación de un templete, a pocos metros de la entrada principal, sitio en el que se ha instalado un grupo musical que, amparado en equipo de sonido con altos valores de decibeles intenta amenizar el ambiente mientras los aficionados van llegando a la plaza. Y uno se pregunta: ¿estamos arribando a un salón de baile o a la plaza “México”? Podría ser anacrónico o tradicional el hecho de que hasta hace un tiempo, la empresa contrataba a una banda que con sus solas interpretaciones de un repertorio de pasodobles y demás piezas relacionadas con el ambiente taurino lograba mantener un ambiente gozoso, como preámbulo al festejo mismo. Pero ese grupo musical, escandaloso y sin ninguna relación, viene produciendo verdadero malestar entre quienes pueden considerarse aficionados a los toros… y no al baile, que para eso están otros espacios. Ojalá pongan atención en este asunto, que podría resultar incluso banal y de poca trascendencia, pero que como mero detalle, deja mucho que desear.

   De pronto, y con los ajustes que han tenido que producirse sobre la marcha, tuvieron que cumplir o medio cumplir con la traída y llevada “Feria Guadalupana”, que consistió en tres y no los cuatro festejos anunciados, lo que para los altos valores de los boletos y por el hecho de que se celebraron entre el 10 y el 12 de diciembre del año que recién ha concluido, las entradas, como ya lo apunte, no resultaron sino medianas. Considero que el poder de convocatoria de cada cartel pudo haber significado mejores resultados, pero la afición tuvo que decidir entre ir o no ir a este o aquel festejo, estando de por medio otra circunstancia, misma que tuvo que ver con la puesta en marcha del conocido puente “Guadalupe Reyes” en el cual se produce una baja natural de actividades, pues la sociedad, el pueblo, la gente común y corriente, dedican sus tiempos y atenciones a aspectos eminentemente familiares o de todo aquello relacionado con los gastos que se inclinan a las fiestas de fin de año… y eso fue inevitable a la hora de hacer un balance relacionado con lo ocurrido durante esas tres tardes, e incluso con las anteriores… donde existiendo carteles cuya manufactura era cuestionable, pero que poseían poder de convocatoria, el aficionado no se “retrató” en taquilla como quizás ustedes lo esperaban.

   Y vino lo inesperado. Tras la “encerrona” de “Joselito” Adame, cortaron de golpe la temporada, misma se reiniciará hasta el 22 de enero con lo que el ambiente se enfrió, e incluso se congeló de tal forma que independientemente del anuncio de otros seis festejos, es probable que la reanudación vaya de menos a más.

   Han buscado remendar errores y uno de ellos tiene que ver con el precio de las entradas, aunque de hecho la baja en las mismas, aunque podría parecerse a la de la temporada grande anterior, es espejo pero justo cuando la anterior empresa organizaba los carteles de aniversario, con lo que el mencionado “descuento” no será sino una mera seña simbólica. Los tiempos que corren, cargados de adversidades que golpean la economía en nuestro país harán que se presente un momento de incertidumbre para esperar en qué medida responde la afición ante seis carteles cuya confección no presenta novedades significativas. Un poco más de lo mismo (incluso debo decirles que se ignoró rotundamente a un torero que, como Diego Urdiales vino a convertirse en el gran ausente). Los nombres de muchos de quienes intervendrán en los festejos que van del 22 de enero y hasta el 19 de febrero ya resultan más que sobradamente conocidos y archiconocidos, de ahí que no nos resulten novedosos. Aún así, acudiremos a los más que nos sean posibles, siempre y cuando la economía nos lo permita.

   Se agradece que hayan revalorado el horario en el inicio de los festejos pues de las 5 pasan a las 4 y media de la tarde, con lo que el disfrute de la luz del día será benéfico.

   Pongo punto final agradeciendo su atención, en espera de que no se sientan ofendidos. Sin embargo, creo que esto es un sentir entre la mayoría de los aficionados que estamos pendientes no solo de los festejos, sino de un conjunto de circunstancias que los rodean. En la medida en que se ofrezcan mejores festejos, y que de ellos se obtengan resultados satisfactorios, porque eso es clave para la prosperidad de cualquier negocio, tendrá ustedes nuestro reconocimiento. Mientras tanto, son días para trabajar y corregir errores e imperfecciones con tal de alcanzar no digo que la “calidad total”, pero sí un propósito que deje satisfechos a los aficionados y enaltezca a una fiesta que en estos tiempos, necesita recuperar credibilidad, certeza, confianza.

Agradezco su atención.

14 de enero de 2017.

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POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Sr. Alberto Bailleres

Sr. Xavier Sordo Madaleno

Coempresarios de la Plaza de Toros “México”

   Me permito distraerlos unos momentos, en el entendido de sus múltiples ocupaciones. Sin embargo, es necesario que tengan conocimiento del lamentable balance arrojado en los primeros 22 festejos que han organizado; 12 novilladas y 10 corridas de toros, en el lapso que va del 11 de septiembre al 12 de diciembre del 2016.

   Sobre los festejos destinados a incentivar la parte juvenil, a los aficionados nos queda claro que no hubo un resultado favorable, a pesar de todos los esfuerzos y de que al final, en precipitado como comprometido cierre, no vimos señales de una figura en potencia, ni la de un novillero con posibilidades de atractivo o “arrastre” popular. Esa circunstancia, en cualquier negocio enciende los focos rojos, pero sobre todo señala las profundas debilidades que ha representado el desdén que existe hacia las nuevas generaciones, donde debe fortalecerse la presencia de escuelas, maestros, pero sobre todo condiciones para que los muchachos se desarrollen en tientas o en otras plazas del país. Aspectos de esta dimensión no pueden abandonarse y en todo caso lo recomendable es abonarlo y estimularlo con objeto de que los prospectos se convenzan o convenzan a partir de sus posibilidades. De igual forma si se concluye que no están preparados para tamaña aventura, es mejor tomar una dura decisión, pero a tiempo.

   Como sabrán, las entradas fueron pobres, precarias, con lo que el resultado o balance de las mismas apunta a pérdidas significativas.

novillos-zacatepec

Los novillos de Zacatepec, probablemente lo mejor de la temporada “chica” en 2016.

Disponible en internet enero 14, 2017 en: http://ntrzacatecas.com/temas/novillos-de-zacatepec/

   El ganado en lo general, justo en presentación y juego, sin nada notable. Esto también es de tomarse en cuenta habiendo de por medio dos factores: novilladas con y sin picadores, lo que marca diferencias notables en el desarrollo de la lidia. De ahí que los ganaderos –así lo esperamos-, hayan tomado cartas en el asunto para corregir las posibles impurezas que se presentaron de acuerdo a sus propósitos como criadores de toros de lidia. Notamos exceso de nobleza pero no bravura (salvo el encierro de Zacatepec, del que era un gusto verles embestir como lo hicieron, lamentablemente con el saldo de aquel novillo que terminó rompiéndose el pitón desde la pala y que, como todo parecía indicar, iba a ser otros de los que habrían puesto en alto, como sucedió, la divisa de tan emblemática como no recurrente ganadería). Es más, me atrevo a comentar en forma personal, que la mejor y única nota de dicha temporada fue el encierro que envió en su momento los señores Alejandro, Mariano, Juan Pablo y Bernardo Muñoz, herederos de una familia entregada a esto.

   Retomo el hilo conductor subrayando que al notar exceso de nobleza pero no bravura, por tanto conviene que se establezcan las diferencias entre uno y otro factor con objeto de no confundirnos, evitando con ello errores de percepción. Para ello conviene detenerme un momento luego de haber ubicado unas notas escritas por el recordado Renato Leduc, quien escribió las mismas allá por 1966. Dice el autor de Historia de lo inmediato:

(…)¿En qué consiste o debe consistir la bravura? El diccionario de la Real Academia la define así: “Fiereza de los brutos. Esfuerzo o valentía de las personas…”. Y luego remacha esta mala definición así: “Bravo, valiente, esforzado, bueno, excelente. Hablando de animales, fiero, feroz…”. Decimos que la definición es mala y véase por qué:

   No hay razón para que la bravura sea una cosa en el hombre y otra cosa en el toro, sobre todo si se tiene en cuenta que el hombres es también un animal y a veces incluso más animal y más bruto que el toro. Va para dos años, don Álvaro Domecq que indudablemente sabe más de toros que las momias de la Academia en una conferencia que dio en el Casino Español insistió y recalcó que una cosa es la fiereza y la ferocidad y otra cosa es la bravura en los toros. Dijo también: “La estampida es clásica del animal salvaje –o feroz-“. Y aludiendo a ciertas reses que había que matar a tiros porque no había manera de arrancarlos del monte explica: “estos toros eran feroces pero quizá no bravos ya que NO HABÍA MANERA DE HACERLOS ACUDIR AL ENGAÑO.

Y sigue Leduc con este otro apunte:

(…) Pero para evitar discusiones, en el caliche tauromáquico existe un adjetivo inventado no sabemos si por Pauiro o Pepe-Hillo: “Boyante” aplicable al toro que se deja lidiar sin mayores dificultades; adjetivo que el diccionario de la Real ha acogido con la siguiente definición: “Boyante –Dícese del toro que da juego fácil”. Y otra cosa: Se puede –hombre o animal- ser muy valiente en unos casos y muy cobarde en otros: Mi general Yocupicio se enfrentaba a tiros él solo contra un batallón pero que no le dijeran que subiera a un avión porque hasta popó se hacía.[1]

CONTINUARÁ, si ustedes lo permiten.


[1] El Sol de México, Sección B, del 15 de diciembre de 1965, p. 6.

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