Archivo de la categoría: EDITORIALES 2018

EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

CARTA ABIERTA DIRIGIDA A LOS SEÑORES

Christian von Roehrich, Ángel Luna, delegados salientes en la “Benito Juárez”; así como al C. Santiago Taboada, nuevo representante en la alcaldía de “Benito Juárez”.

Presente.-

Señores Roehrich y Luna:

Lamento comentarles, como un aficionado más a los toros que su actuación, al menos desde que la empresa de la plaza de toros “México” fue asumida por los señores Bailleres y Sordo Madaleno hace casi dos años, deja ver que no tuvo para ustedes el interés que amerita una expresión que, para su desarrollo cuenta con un reglamento, y además, como espectáculo público se encuentra incluido en la ley respectiva.

Simple y sencillamente “dejaron hacer”, y con esto, la empresa, entre otras cosas, tuvo a bien instalar un descarado servicio de bebidas alcohólicas que hoy permanece impune, con lo que podría pensarse que el esquilmo se encuentra a todo lo que da, y no importa ley ni autoridad que se interponga, pues lo visto es que solo hay una ley: la que pervive en los bares, antros y demás espacios donde se expenden este tipo de bebidas. El tránsito de vendedores es descarado, aún a pesar de que el Art. 56 del Reglamento Taurino en vigor recomienda otra situación, que a la letra dice:

A la hora anunciada en los programas para el inicio del festejo, el Juez de Plaza dará orden de que suenen clarines y timbales y la función comience. En ese momento suspenderán sus actividades los vendedores en los tendidos y los alquiladores de cojines y ni unos ni otros podrán ejercer su comercio, sino en el lapso que va del apuntillamiento del toro al toque que ordene la salida del siguiente. La empresa y los vendedores serán directamente responsables del cumplimiento de este artículo.

Este reglamento fue expedido el 21 de mayo de 1997 y cuenta con últimas reformas fechadas el 25 de octubre de 2004.

De igual forma, han instalado cantinas en espacios que cuentan con butacas, restando con ello posibilidades para que los asistentes ocupen dichas localidades (por supuesto hace falta que la plaza registre una vez sí y otra también el lleno, bajo el aviso de “¡No hay billetes!”, lo cual se percibe cada vez más lejano). Pero, en lo fundamental lo que notamos es que la autoridad de la autoridad no se ha impuesto, por lo que el mal pervive al punto de que no han logrado sancionar, ni tampoco clausurar una serie de condiciones que hasta hace poco no estaban presentes, y que tampoco lo estuvieron en otros tiempos en la plaza más importante del país (salvo que se vendiera y siga vendiendo cerveza, única bebida alcohólica que en el supuesto del cumplimiento legal está permitida).

Sin embargo, el hecho es que el giro que ahora presenta la plaza de toros “México”, parece estar clasificado en el concepto de bar y no de espacio para espectáculos públicos, con lo que crece el nivel en su falta de seriedad. Lamento de verdad, el hecho de que literalmente abandonaron su responsabilidad al no vigilar debidamente las condiciones en que ahora ha caído el coso capitalino.

Sr. Luna: está a punto de irse, por el cambio en puerta, pero tanto usted como el Sr. Von Roehrich evadieron cualquier asunto relacionado con este caso, que hoy ya se ha convertido en auténtica plaga…

Sr. Santiago Taboada

…esperamos que usted pueda hacer algo, tan luego tome las riendas administrativas en la “Benito Juárez”, para reparar la imagen de una plaza donde la empresa que la regentea –eso sí- lo hace a sus anchas, por lo que la autoregulación se ha convertido en figura de impunidad con lo que queda bastante claro que solapar más comercio, no les representa ninguna importancia –salvo la económica-, generando con ello la invasión de espacios que pueden convertirse en auténticas trampas humanas; siempre y cuando llegue a presentarse algún incidente o desalojo imprevisto. El resultado: venga, más y más comercio, ante el cual no estoy en contra; es una forma digna de ganarse la vida. El hecho es que permitirlo al exceso ha alcanzado puntos que pueden convertirse en un auténtico dolor de cabeza… o en un riesgo.

Pero aún faltan muchos otros puntos que deben corregirse para tener como resultado, el correcto desarrollo de un espectáculo público como el de las corridas de toros, mismo que se celebra en un recinto ubicado en la alcaldía que usted va a gobernar, a partir del 1° de diciembre próximo.

Lo que privó el domingo 23 de septiembre de 2018 en la plaza de toros “México” fue nuevamente ese estado de cosas, y creo que de seguir así, nos encontraremos con la persistencia ufana de quienes así lo han tolerado.

Espero, sobre todo de usted, la consideración a este asunto, y que quede corregido lo más que sea posible, porque ya es inminente la apertura de una temporada grande más: la 2018-2019.

Gracias por su atención.

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ES EL TORO EL QUE CONMUEVE Y SE LLEVA LA FIESTA.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Ante esta armonía rotunda de la belleza animal, no hay nada más que decir.

Toro “Caminero” de Victoriano del Río – Toros de Cortés, lidiado en Madrid, el pasado 1° de junio de 2018. Imagen tomada de http://www.las-ventas.com/ y el toro “Naviero” de Atenco (ca. 1950). Col. del autor.

 Y bien, estamos de regreso con las acertadísimas opiniones y reflexiones de Raúl Torra, que encabezan el excelente trabajo editorial de Horacio Reiba. Me refiero, como ya lo imaginarán, al libro Ofensa y defensa de la tauromaquia de reciente aparición en Puebla.

Torra que no solo es argentino, sino un habitante universal y que comprende en esa dimensión las ideas que explora y analiza apunta lo siguiente:

“Por lo que sé, en el ruedo no se mata por matar, no se mata por deporte o diversión. Se mata precisamente para no diversificar, para que la atención no se vierta fuera sino para que quede retenida en ese punto oscuro, inevitable. Se va en pos de la muerte para hacerla el momento de un estremecimiento central. Es una muerte profundamente erótica, de un erotismo espectacular. El sacrificio ceremonial, en todas las culturas, siempre ha sido un espectáculo, una mostración de lo misterioso en la que se reúnen lo erótico con lo tanático. Se trata de una muerte por representación. El que se sacrifica, el que es sacrificado, está ahí en lugar de otro, de un colectivo cuya vida se quiere preservar. Una muerte que también es una redención”.

Es cierto que desde épocas remotas, el toreo ha sido cuestionado y puesto en el banquillo de los acusados debido a la fuerte carga de elementos que posee en términos de lo que los contrarios califican como “crueldad”, “tormento” o “barbarie”. En todo caso, nosotros, los taurinos, entendemos el significado de este espectáculo como una ceremonia en la que ocurre un “acto de sacrificio”; o más aún: “inmolación” u “holocausto”, que devienen sacrificio y muerte del toro. Todo ello, independientemente de las otras connotaciones que suelen aplicársele al toreo, ya sea por el hecho de que pueda considerarse un arte, e incluso deporte.

Sacrificio y muerte que, por otro lado cumple con aspectos de un ritual inveterado, que se ha perdido en el devenir de los siglos, pero que se asocia directamente con hábitos establecidos por el hombre en edades que se remontan varios miles de años atrás. Esa forma de convivencia devino culto, y el culto es una expresión que se aglutinó más tarde en aspectos de la vida cotidiana de otras tantas sociedades ligadas a los ciclos agrícolas, a la creación o formación de diversas formas religiosas que, en el fondo de su creencia fijaban el sacrificio, el derramamiento de sangre o se materializaba la crueldad, término que proviene del latín crúor y que significa “sangre derramada”. Y esa sangre derramada se entendió como una forma de demostrar que se estaba al servicio de dioses o entes cuya dimensión iba más allá de la de cualquier mortal. Eso ocurrió lo mismo en culturas como la egipcia, la mesopotámica, la griega, la romana, e incluso las prehispánicas que todos aquí conocemos. Precisamente durante dicho periodo, las formas de control y dominio incluyeron prácticas de sacrificio aplicada a todos aquellos guerreros que eran tomados como prisioneros por los grupos en conflicto. Muchos de ellos terminaban en la piedra de los sacrificios, mientras el sacerdote abría su pecho extrayendo el corazón del “condenado”.

Considero que si debemos empezar a entender porqué un espectáculo anacrónico como es el de los toros convive en este ya avanzado siglo XXI, lleno de modernidad, confort, globalización y demás circunstancias, es porque ha trascendido las más difíciles barreras y pervive porque diversas sociedades lo aceptan, lo hacen suyo y por ende, se conserva porque no sólo es un espectáculo más. Es rito, práctica social, acto festivo que ha logrado recrearse en miles, en cientos de años hasta ser lo que hoy día conocemos de él. También habría que valorar que cuando se maneja el concepto de la “recreación” este significa cambio, transformación, interpretación y renovación. Eso ha sido también la tauromaquia que, al llegar de España inmediatamente después de la conquista (a partir de 1521) se estableció como un espectáculo el que, al cabo de los años se amalgamó, pasó por un proceso de mestizaje que lleva la carga espiritual de uno y otro pueblo. No es casual que al paso de los casi cinco siglos de convivir entre nosotros, se consolidara la tauromaquia como cultura popular lo mismo en el ámbito rural que en el urbano. todo eso, hoy sigue vigente.

Vuelve a la palestra Torra con estas otras afirmaciones:

“…son los toros, es el toro con su fuerza tremenda y su tremenda belleza, es el toro con su turbulenta pasión, un toro que llega desde una remota antigüedad representado en la piedra o en el hierro, el que conmueve y se lleva la fiesta. Se diría que el torero es lo que pasa y el toro lo que permanece. Y permanece –paradójica o quizá necesariamente- porque está puesto en el lugar del perdedor. Es claro que la historia de la tauromaquia ha de recoger la trayectoria de los grandes toreros pero difícilmente un torero victorioso producirá un poema de las calidades del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías [de Federico García Lorca]. El torero victorioso puede ser llevado en andas. Pero torero cogido por el toro alcanza otra dimensión, muestra que el lado trágico que siempre acompaña a la fiesta envuelve a uno y otro.

“El hombre frente al toro, el hombre frente a la fuerza, la belleza aun la pasión de la naturaleza que quiere permanecer. El torero sale a matar pero teme, teme equivocarse, pone en riesgo su vida. ¿Algo en ese temor del torero no nos hará preguntarnos si en el comienzo de los comienzos hubo quizá un equívoco, si el hombre no será un ser equivocado? Todo lo pienso claro, desde mi escritorio, porque desgraciadamente yo no soy aficionado a la fiesta brava. Pero mucho hay que aprender de ella.

Raúl Torra remata entre otras cosas, con una sentida opinión en la que reconoce no ser “aficionado, [y] estoy convencido, tanto como tú [dirigiendo sus palabras a Horacio Reiba], de que sería triste que nuestra cultura, ya bastante entristecida, se quede sin los toros”.

Sabemos del largo recorrido milenario y secular de esta fascinante representación, la cual tiene en su haber legiones de partidarios y numerosos enemigos. Pero el enigma aquí planteado es sobre su incierto futuro. No nos convirtamos en convidados de piedra, sino en activos participantes en pro de esta manifestación. Desplegar todos sus significados y explicarlos a la luz de la realidad es una de las mejores tareas. Por eso es importante la difusión, siempre y cuando esta sea coherente y no una barata provocación.

Termino apuntando que al menos, desde esta trinchera, el toreo en México va a seguir teniendo todo un tratamiento histórico que permita entender sus circunstancias a lo largo de 492 años de convivencia y mestizaje.

En ese sentido, tres connotados historiadores me dan la razón:

-Los mexicanos tenemos una doble ascendencia: india y española, que en mi ánimo no se combaten, sino que conviven amistosamente. Silvio Zavala.

-No somos ya ni españoles ni tampoco indígenas, y sería un error gravísimo intentar aniquilar uno de los dos elementos, porque quedaríamos mancos o cojos. Elsa Cecilia Frost del Valle.

-La tensión que se instala en el desarrollo de México a partir de la conquista, surge también de la presencia de dos pasados que chocan y luego coexisten largamente, sin que uno logre absorber al otro.

Enrique Florescano.

A todo lo anterior, debo agregar estas conclusiones:

Cuando el imperativo en la justicia, la historia, la sociedad y en otros muchos aspectos de la vida es la verdad y esta, concebida como ideal del absoluto, aunque sólo sea posible alcanzar una dimensión relativa de la misma, se hace necesario por tanto un balance del conflicto no sólo de posturas. También de ideologías que vienen dándose con motivo de si son pertinentes o no las corridas de toros.

Veamos.

La animalidad y la humanidad tienen sus marcadas diferencias. Que tenemos deberes, derechos y obligaciones para con todas las especies animales, por supuesto que sí. Que debemos preservarlas evitando así su desaparición o extinción, también. En el caso concreto del toro de lidia, esta ha sido una especie cuya pervivencia ha sido posible para convertirla en elemento fundamental del espectáculo que hoy es motivo de polémica. El toro es un mamífero cuyo destino se centra en no otra cosa que para los propósitos mismos de la tauromaquia. Sin esta expresión milenaria y secular, ese hermoso animal sería uno más de los muchos condenados al matadero y su carne y derivados puestos al servicio de una sociedad de consumo, sin más.

Pero sucede que tras un largo recorrido, el toro es y ha sido una de esos elementos de la naturaleza que han pasado a formar parte del proceso de domesticación. El hombre antiguo vio en él unas condiciones de morfología y anatomía proporcionadas, que se mezclaban con fortaleza, musculatura y belleza armónica que quizá no tenían otras especies del amplio espectro del ganado mayor. El hombre moderno, en particular los hacendados y luego los ganaderos, llevaron esa domesticación primitiva a terrenos de la crianza más sofisticada y precisa hasta lograr ejemplares modelo. Cumplido ese principio, mantienen vigentes tales propósitos, teniendo como resultado hoy día un toro apto para el tipo de ejercicio técnico o estético tal y como se practica en nuestros tiempos. Por tanto, no ha sido una tarea fácil, si para ello deben agregarse factores relacionados con el tipo de suelo, de pastos, la presencia de fuentes de agua, de alimentación y demás circunstancias que suponen un desarrollo correcto mientras permanecen en el campo, a la espera de ser enviados a la plaza.

Ya en este espacio, su presencia cumple una serie de requisitos no sólo establecidos por ritual, usos y costumbres o el marcado por un reglamento o legislación hecha ex profeso para permitir que el desarrollo de la lidia en su conjunto, se realice dentro de los márgenes más correctos posibles, en apego a todos esos principios, mismos que una afición presente en la plaza desea verlos materializados.

Ahora bien, ritual, usos y costumbres y el mismo principio legislativo que determinan el desarrollo del espectáculo, no solo consideran, sino que dan por hecho que uno de los componentes en el desarrollo de la lidia es el factor en que el toro es sometido violentamente hasta llevarlo a la “muerte previa” (la “muerte definitiva” ocurre en el matadero de la propia plaza). Esa “muerte previa” ocurre en presencia de los asistentes todos, como culminación de un ritual que complementa los propósitos de un espectáculo en el que todos los actores participan (lo que para los contrarios es la tortura misma) en aras de que se produzcan efectos de disfrute o goce, celebrados colectiva, multitudinariamente en la decantación a una sola voz del término o expresión que mejor lo explica. Me refiero a la voz expresiva o interjección “olé”, que viene de ·ualah”, y cuya connotación más precisa sería entendida bajo el peculiar significado de “por Dios”.

En una invocación concatenada entre presente y pasado y estos eslabonados con un sinfín de elementos configurados a lo largo de siglos, explican que la tauromaquia es o se convierte en un legado, cuyo peso histórico acumula infinidad de circunstancias que han podido configurar su significado, ese que hoy rechazan ciertos sectores de la sociedad moderna, la cual parece negarse a escuchar las voces y experiencias del pasado, cuando solo tiene puesta la mirada en ese objetivo que para ellos es maltrato a los animales.

Sabemos y entendemos los taurinos que per se, esa parte culminante para la vida de un toro bravo se convierte en una muerte gloriosa (principio de una teoría compleja relacionada con los diversos significados que podría tener este término desde lo religioso o lo ideológico, dos factores que por sus composiciones son suficiente razón para detonar la polémica).

Así pues: los grupos contrarios a la celebración de las corridas de toros tiene sus propios puntos de vista, discutibles o no. De ese mismo modo, nosotros los taurinos también estamos en derecho de defender, legitimar o justificar la presencia y permanencia del espectáculo taurino, asunto que no es casual. Que no es de ayer a hoy, que ha tenido que tomar muchos siglos de formación y consolidación para, en su condición primitiva, también evolucionar.

Por ahora este es, uno entre muchos de los elementos de defensa que hemos de seguir mostrando para dejar en claro cuáles son las razones para garantizarle pervivencia segura a la tauromaquia. De ahí que continuemos con dicha labor, hasta tener los elementos puntuales y contundentes con que seguiremos dando nuestra propia batalla a su favor.

Celebro desde aquí la aparición de un libro más en el horizonte literario destinado a los toros, pero sobre todo su manufactura intelectual que es, como ya se ha comprobado, de altos vuelos.

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A 492 AÑOS DE LA PRIMERA CELEBRACIÓN TAURINA EN MÉXICO y SU FUTURO.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Imagen tomada de un cartel, fechado el 4 de febrero de 1859. Función en el Gran Teatro Nacional, con la puesta en escena de “El Aprendiz de torero”. Col. del autor.

   El pasado domingo 24 de junio, la efeméride del primer registro taurino en México, llegó a los 492 años de haber ocurrido. De ello, como se sabe, dio cuenta el Capitán General Hernán Cortés en su “Quinta carta-relación” dirigida al rey Carlos V desde la ciudad de Tenuxtitan [sic], a 3 de septiembre de 1526 años:

“Otro día, que fue de San Juan, como despaché este mensajero [refiriéndose al visitador Luis Ponce de León], llegó otro, estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”

Por otro lado, llama la atención que solo estemos a ocho años de alcanzar los 500 y con ello, seguramente se desarrollarán festejos conmemorativos, así como obligadas actividades de cultura que permitan dejar en claro esa permanencia, sobre todo hoy, cuando la tauromaquia enfrenta dos grandes problemas: el ataque de los contrarios y una natural fragilidad que la ubica en riesgo de su natural desaparición.

Estas reflexiones, perfectamente entendidas por los aficionados, nos ponen en preventiva lo cual implica resguardarla, pero sobre todo afirmar con razones de peso el porqué de su presencia.

Recientemente se presentó en Puebla un libro esencial, labor paciente de mi buen amigo Horacio Reiba, el cual lleva como título “Ofensa y defensa de la Tauromaquia”. El prólogo es de Raúl Dorra, eminente investigador en el terreno de la teoría literaria y del lenguaje, la semiótica y el análisis del discurso, lo que no es poca cosa.

Su presentación es lúcida e impecable y de entrada se declara no ser taurino pero sí un ser pensante que, en su apertura universal, reconoce el valor simbólico de esta representación.

Al igual que Leonardo Anselmi, ambos son argentinos y en ellos puede apreciarse un contraste ideológico marcadamente opuesto. Mientras para Anselmi su labor pasionalmente evangelizadora en contra de los toros sigue ganado adeptos, en Torra encontramos un equilibrio que sorprende.

Con absoluta seguridad afirma:

“La estética del toreo (el traje y los movimientos del torero, ese complejo baile que lo liga con el toro, el colorido –de una proliferación casi insoportable-, la impresión de que todo está cubierto de galas sin resquicios, salvo el toro que sale desnudo mostrando su fuerza y belleza primordial) me retrotrae a a la estética del barroco, a sus incesantes figuras literarias; pero su simbólica conduce fuera ya del tiempo histórico, a un estadio elemental en el que el hombre, para serlo, debió sacrificar, domesticar, la fuerza de la naturaleza”.

Nadie que sea antitaurino, ha formulado hasta ahora un razonamiento de tamaña calidad. Y no justifico a Torra, pues él mismo lo hace apuntando que en “Argentina, donde yo nací y crecí, no había toros de lidia”.

En otro sentido plantea que la pasión colectiva, patología que se hace presente en las plazas de toros en los momentos de mayor intensidad [por lo] “que por definición es un exceso, un desborde sigue el llamado de la profundidad del ser. Y en esa profundidad, el sacrificio es un elemento primordial”.

El uso del lenguaje y este construido en ideas, puede convertirse en una maravillosa experiencia o en amarga pesadilla.

En los tiempos que corren, la tauromaquia ha detonado una serie de encuentros y desencuentros obligados, no podía ser de otra manera, por la batalla de las palabras, sus mensajes, circunstancias, pero sobre todo por sus diversas interpretaciones. De igual forma sucede con el racismo, el género, las diferencias o compatibilidades sexuales y muchos otros ámbitos donde no sólo la palabra sino el comportamiento o interpretación que de ellas se haga, mantiene a diversos sectores en pro o en contra bajo una lucha permanente; donde la imposición más que la razón, afirma sus fueros. Y eso que ya quedaron superados muchos oscurantismos.

En algunos casos se tiene la certeza de que tales propósitos apunten a la revelación de paradigmas, convertidos además en el nuevo orden de ideas. Justo es lo que viene ocurriendo en los toros y contra los toros.

Hoy día, frente a los fenómenos de globalización, o como sugieren los sociólogos ante la presencia de una “segunda modernidad”, las redes sociales se han cohesionado hasta entender que la “primavera árabe” primero; y luego regímenes como los de Mubarak o Gadafi después cayeron en gran medida por su presencia, como ocurre también con los “indignados”, señal esta de muchos cambios; algunos de ellos, radicales de suyo que dejan ver el desacuerdo con los esquemas que a sus ojos, ya se agotaron. La tauromaquia en ese sentido se encuentra en la mira.

Pues bien, ese espectáculo ancestral, que se pierde en la noche de los tiempos es un elemento que no coincide en el engranaje del pensamiento de muchas sociedades de nuestros días, las cuales cuestionan en nombre de la tortura, ritual, sacrificio y otros componentes como la técnica o la estética, también consubstanciales al espectáculo, procurando abolirlas al invocar derechos, deberes y defensa por el toro mismo.

La larga explicación de si los toros, además de espectáculo son: un arte, una técnica, un deporte, sacrificio, inmolación e incluso holocausto, nos ponen hoy en el dilema a resolver, justificando su puesta en escena, las razones todas de sus propósitos y cuya representación se acompaña de la polémica materialización de la agonía y muerte de un animal: el bos taurus primigenius o toro de lidia en palabras comunes.

Con estas palabras inicié mi ponencia “Ambigüedades y diferencias: confusiones interpretativas de la tauromaquia en nuestros días”, dentro del II Coloquio Internacional “La fiesta de los toros: Un patrimonio inmaterial compartido”. Ciudad de Tlaxcala, Tlax. 17, 18 y 19 de enero de 2012.

Y vuelvo con Torra que parece entonarse en estos apuntes al reflexionar:

“Mentiría si digo que he seguido la polémica entre taurinos y antitaurinos, apenas la conozco de oídas. Pero me asombra el escándalo en torno al sacrificio cuando nuestra cultura, como toda cultura, está fundada sobre el sacrificio. Seamos o no creyentes, nuestra cultura es cristiana y ella se asienta sobre el sacrificio del Hijo, sacrificio que se renueva en cada misa donde se come y se bebe –es verdad consagrada para el creyente- la carne y la sangre del Cristo. ¿O habrá que prohibir también las ceremonias religiosas? Sería interesante pensar en la posibilidad real de una cultural totalmente laica, pero esa posibilidad –en la que pensó por ejemplo Bertrand Russell– está aún lejos de nosotros”.

Ahora bien, de acuerdo a lo que un servidor anotaba en Tlaxcala hace seis años:

En este campo de batalla se aprecia otro enfrentamiento: el de la modernidad frente a la raigambre que un conjunto de tradiciones, hábitos, usos y costumbres han venido a sumarse en las formas de ser y de pensar en muchas sociedades. En esa complejidad social, cultural o histórica, los toros como espectáculo se integraron a nuestra cultura. Y hoy, la modernidad declara como inmoral e impropio ese espectáculo. Fernando Savater ha escrito en Tauroética (Madrid, Ediciones Turpial, S.A., 2011, 91 p. Colección Mirador., p. 18.): “…las comparaciones derogatorias de que se sirven los antitaurinos (…) es homologar a los toros con los humanos o con seres divinos [con lo que se modifica] la consideración habitual de la animalidad”.

Peter Singer primero, y Leonardo Anselmi después, se han convertido en dos importantes activistas; aquel en la dialéctica de sus palabras; este en su dinámica misionera. Han llegado al punto de decir si los animales son tan humanos como los humanos animales.

Sin embargo no podemos olvidar, volviendo a nuestros argumentos, que el toreo es cúmulo, suma y summa de muchas, muchas manifestaciones que el peso acumulado de siglos ha logrado aglutinar en esa expresión, entre cuyas especificidades se encuentra integrado un ritual unido con eslabones simbólicos que se convierten, en la razón de la mayor controversia.

Singer y Anselmi, veganos convencidos reivindican a los animales bajo el desafiante argumento de que “todos los animales (racionales e irracionales) son iguales”. Quizá con una filosofía ética, más equilibrada, Singer nos plantea:

Si el hecho de poseer un mayor grado de inteligencia no autoriza a un hombre a utilizar a otro para sus propios fines, ¿cómo puede autorizar a los seres humanos a explotar a los que no son humanos?

Para lo anterior, basta con que al paso de las civilizaciones, el hombre ha tenido que dominar, controlar y domesticar. Luego han sido otros sus empeños: cuestionar, pelear o manipular. Y en esa conveniencia con sus pares o con las especies animales o vegetales él, en cuanto individuo o ellos, en cuanto colectividad, organizados, con creencias, con propósitos o ideas más afines a “su” realidad, han terminado por imponerse sobre los demás. Ahí están las guerras, los imperios, las conquistas. Ahí están también sus afanes de expansión, control y dominio en términos de ciertos procesos y medios de producción en los que la agricultura o la ganadería suponen la materialización de ese objetivo.

Si hoy día existe la posibilidad de que entre los taurinos se defienda una dignidad moral ante diversos postulados que plantean los antitaurinos, debemos decir que sí, y además la justificamos con el hecho de que su presencia, suma de una mescolanza cultural muy compleja, en el preciso momento en que se consuma la conquista española, logró que luego de ese difícil encuentro, se asimilaran dos expresiones muy parecidas en sus propósitos expansionistas, de imperios y de guerras. Con el tiempo, se produjo un mestizaje que aceptaba nuevas y a veces convenientes o inconvenientes formas de vivir. No podemos olvidar que las culturas prehispánicas, en su avanzada civilización, dominaron, controlaron y domesticaron. Pero también, cuestionaron, pelearon o manipularon.

Superados los traumas de la conquistas, permeó entre otras cosas una cultura que seguramente no olvidó que, para los griegos, la ética no regía la relación con los dioses –en estos casos la regla era la piedad- ni con los animales –que podía ser fieles colaboradores o peligrosos adversarios, pero nunca iguales- sino solo con los humanos. (Sabater, 31).

Por lo demás, conviene rematar dignamente estos comentarios en la próxima colaboración. Gracias.

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¡TIENE QUE SALIR UN AUTÉNTICO “FIGURÓN” DEL TOREO!

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

  

Aunque con entradas como esta, no hay mucho que decir…

    La empresa que maneja los destinos de la plaza de toros “México”, ha hecho el anuncio para una nueva temporada de novilladas, misma que arranca el domingo 4 de marzo de 2018.

   Eso es bueno, evitando así el ayuno a que nos tienen acostumbrados entre el fin de la temporada grande y el arranque de la temporada chica, donde puede haber varios meses de por medio. Sin embargo, quienes solemos acudir a este espacio taurino, tenemos que confesar el hecho de que llevamos años de soportar desaciertos en la administración, sobre todo porque hay una razón de suyo preocupante. Llevamos varios años en los que no sale una auténtica “figura del toreo”, como resultado de que no se empeñan en conseguir no solo ese propósito, sino también atraer a importantes sectores de viejos y nuevos aficionados. La mejor manera de comprobarlo es esa constante donde no se registran buenas entradas; y no se diga sobre llenos capaces de generar expectación. A lo anterior, persisten en traer encierros justos en presentación, casi siempre pertenecientes a un bloque capaz de “garantizar el éxito”, dejando al margen a una buena cantidad de ganaderías que, o dejaron de venir por alguna razón expresa, o porque las han olvidado. Reactivar esa posibilidad, permite también reactivar una economía que afecta directamente al espectáculo, pero también a quienes no encuentran en oportunidades como estas, la garantía de continuar en el difícil camino de la crianza y una obligada condición de posicionamiento.

   En un reciente evento donde salieron a flote diversas noticias relacionadas con el nuevo serial, seguramente se habló mucho y bien sobre la nueva temporada. Pero “del dicho a trecho, hay mucho trecho”, por lo que con notorias dudas que nosotros, los aficionados tenemos al respecto de la actuación de la nueva administración, estaremos muy pendientes de que cumplan a cabalidad con su cometido, mismo que se ve emparejado con la digna pero ignorada función que tienen las autoridades.

   Dejando a un lado las luces de artificio, urgen resultados evidentes con balances que recompensen el estado de cosas en que se mantiene el espectáculo, sobre todo en unos momentos donde necesita estímulos para justificar su digna presencia. Así, habría suficientes razones para defenderla como se merece.

   ¿Qué somos críticos? En efecto. Y es que hoy, cuando dudamos hasta de nuestra sombra, vendría muy bien no solo una vuelta de tuerca, sino un auténtico quiebre que sorprenda. Y si ese comportamiento se mantiene, e incluso va a más, estoy seguro que la empresa sería la primera en ser reconocida, pues demostraría estar cumpliendo con el compromiso, pero sobre todo con su palabra.

   La empresa, hemos de decirlo claro, en términos financieros debe tener pérdidas muy serias, pues de un tiempo para acá, todas las entradas en temporada chica han sido lamentables. Vimos también cómo, en la recién concluida temporada grande 2016-2017, los tendidos del coso capitalino mostraron notoria ausencia de asistentes, a pesar de que algunos de los carteles eran suficiente motivo para el “lleno”. Sin embargo, ahí se deja notar, y en buena medida, a dos posibles causas: que no hay bolsillo capaz para pagar cada ocho días una entrada, o que los aficionados, con buena dosis de decepción, prefieren irse.

   Son tiempos de aplicación de estrategias mercadotécnicas más apropiadas (no se conformen con dar los doce festejos de cajón, pues si comienza a tomar interés la temporada, lo mejor será continuarla), de métodos capaces de producir atracción, mismos que se encuentran en el mismo ambiente, y que proceden, buena parte de ellos de un pasado al que se niegan mirar.

   Y de lo anterior, nada más como recordatorio, debe mencionarse el segmento cultural. Lamentablemente, y como sucede a nivel país, la cultura es prioridad “Z”. En tal sentido, está visto que dicho asunto no le interesa a los sectores más duros y posicionados de la tauromaquia. También ese pendiente tiene soluciones prácticas y resolverlas significa saber en qué medida los estamentos taurinos tienen o no claro el compromiso que significa impulsar la cultura en todas sus expresiones. En tema tan sensible, la actual empresa ha desairado el caso. Y, de esto deben enterarse, para decirlo de una vez: se trata de una de las columnas vertebrales más importantes en el espectáculo. Lo lamentable es que no tienen ojos ni interés sobre la misma.

   Por eso, no bastan eventos donde lo espectacular del solo anuncio represente una nota más para la prensa. Estamos esperando resultados concretos. Lo vulnerable del espectáculo en estos tiempos refleja el hecho de que diversos sectores allí concentrados, no están trabajando debidamente. Además, ratificar a quien da la cara por parte de la empresa y, ante los errores que se han cometido, no es algo favorable pues significaría tener que hacer los cambios pertinentes, con vistas a mejorar la imagen de la tauromaquia, sobre todo la que se desarrolla en la ciudad de México, corazón, fuelle y reflejo de cuanto debería estar ocurriendo en el resto del país.

   Ya no estamos para conceder beneficio de la duda alguna. Esperamos buenos resultados. Y como apuntaba al principio, si nos sorprenden con el arribo de un auténtico “figurón” del toreo, con ganado propicio y una puesta en escena apropiada, seremos los primeros en reconocer ese esfuerzo, digna muestra en la mejora de sus capacidades, lo que traería por consecuencia el fortalecimiento que urge para resignificar el toreo en México.

   Estaremos pendientes de cuanto se ponga en práctica, sobre todo si es pensando en este gran beneficio, y no en el perjuicio que siguen teniendo hacia la tauromaquia. Parece que ese “mano a mano” entre “El Juli” y Sergio Flores el 4 de febrero pasado fue el botón de muestra de lo malo que pueden ser ciertas consecuencias. Espero, como esperamos muchos aficionados que se levanten dignamente y continúen su marcha, convencidos de que es buen momento para rectificar.

2 de marzo de 2018.

 

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TAURINOS, ANTITAURINOS y CAMBIO CLIMÁTICO.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    ¿Qué el espectáculo de los toros es grandioso?

   Lo es, en efecto, y lo es para una comunidad que, a lo largo de los siglos ha entendido esto y desde los cimientos del imaginario colectivo, como la expresión en la que, la suma de sus componentes genera y ha generado ciclos históricos, síntomas de pasión como pocas expresiones donde le va la vida a quienes intervienen directa e indirectamente. Y también ocurre, lo que es aún más notable: la contundente representación del sacrificio y muerte del toro, esa especie animal destinada en particular a dicha puesta en escena. Esto como resultado de un proceso selectivo minucioso, cuyos cuidados son especialmente aplicados por sus propietarios.

   Sin embargo hoy día, así como se enfrentan condiciones vulnerables causadas por efectos internos y externos provenientes del mismo espectáculo, las hay incluso creadas por circunstancias cuyo origen proviene en forma directa causada por el cambio climático.

   Internamente los agentes que han causado debilidad son múltiples, como la presencia de la iniciativa privada o de particulares que la administran. En la mayoría de los casos no llegan por vía de un proceso, licitación o concurso que los obligue a cumplir con propuestas sólidas y luego a entregar buenos resultados, ganancias, pero sobre todo compromisos que garanticen preservar una tradición que, sin entenderlo, se trata no de un negocio; no de una aventura más. Es, para su conocimiento un patrimonio, sin más.

   Lo hacen en medio de estructuras improvisadas, sin vigilancia alguna por parte de la autoridad, imponiendo sus propios criterios, su propia “ley”. Por desgracia, el resultado queda a la vista y pueden hacer y deshacer indiscriminadamente sin que medie ningún reglamento, ley de espectáculos públicos, juez de plaza, sanción correspondiente o la opinión de la prensa; e incluso de aquello en como piense o actúe el público más en contra que a favor. De manera natural, espontánea, pero con un malestar de fondo, una plaza semivacía –incluso, bajo la condicionante de un “buen cartel”-, es el mejor reflejo de inconformidad.

   La última temporada en la plaza “México” es el caso más evidente donde fueron públicos y notorios diversos casos en los que ciertos ejemplares se aprobaron o lidiaron sin haber cumplido los requisitos establecidos por el reglamento. Aunque si eso es grave, fue más aún el hecho de que los jueces de plaza, sin respaldo alguno (por parte de la jefatura de gobierno o la delegación política correspondiente) se vieron atados de pies y manos pues no se supo de rechazo alguno o de suspensión del festejo respectivo porque en lo ambiguo de la ley y el peso de la razón que impone la empresa, su presencia es meramente decorativa. Con lo anterior, la autoridad de la autoridad simple y sencillamente no existe.

   Otro caso fue el exceso de vendedores quienes ante la ausencia de inspectores obligados por el reglamento se mueven a sus anchas, ignorando que esa dinámica es fuente constante de riesgo, pues distraen o “tocan” al toro, con lo que ello representa peligro para quienes realizan su labor en el ruedo. Y si lo es de riesgo, también es de malestar por su ir y venir en los tendidos

   No se diga sobre la presencia tentadora de bares al aire libre, que ocupan 3 de los 7 balcones, donde existen asientos, los que en forma sospechosa se atribuye la empresa pues se trata de sitios que no fueron renovados o que deliberadamente destino para ese propósito. A esa administración parecen preocuparle más las prebendas, beneficios o canonjías que son también los de todos aquellos comerciantes colocados fuera y dentro de la plaza que, a ciencia y paciencia han invadido incluso sitios señalados por normas de seguridad.

   Esto es apenas parte de lo visible, un todo que ha quedado impune, sin sanciones ejemplares, con escasa y débil presencia por parte de la prensa, sector del que siempre esperamos una postura imparcial, no percibida salvo casos excepcionales.

   Otro agente lo vemos en antitaurinos o poderosas corporaciones encargados todos en alentar un discurso que se confronta con el andamiaje logrado por la tauromaquia en siglos de evolución, en el que columnas vertebrales como lo ritual, la técnica, el arte, profesionalización y regulación de la misma, han sido razón constante de expresión y mejora.

   Dudaban ellos –los antitaurinos-, y nosotros también que el toreo llegara a nuestros días en clara condición de supervivencia. Queda por parte de los contrarios adecuar su postura, pues en todo caso desconocen o malinterpretan los métodos de crianza y selección aplicados por sus propietarios. A ello hay que sumar la acumulación de valores rituales, suma de culturas occidentales que se amalgamaron con la de nuestros antepasados y que en este aquí y ahora, sujeto al principio de que cambia la forma, no el fondo, sigue presente en la entraña de nuestro pueblo. En lo particular el concepto “pueblo” es utopía al no existir una razón que lo defina como tal. Las luchas civiles entre señores -durante el siglo XIX y el XX, e incluso el nuestro-, utilizan las masas humanas como instrumento para conseguir intereses personales, sustentados en el término pueblo, el mismo que funciona para satisfacer -sí y solo sí- los intereses. Cubierta esa necesidad, el pueblo vuelve a su estado utópico, en tanto que terrenable es o son masas (todo ello bajo el entorno latinoamericano).

   Junto con lo anterior, no podemos olvidar que ese “pueblo” también está permeado por otra razón de peso: la religión, donde según datos   actualizados que proporciona la página del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, por sus siglas), indica que el 89.3% de la población es católica.

   Si el giro que dan los opositores es favoreciendo el necesario impulso a un planeta afectado por el cambio climático en todas sus expresiones, lo que esperaríamos que hicieran es reorientar los esfuerzos a favor de una sustentabilidad así como rectificar su equivocada lectura que también nosotros, los taurinos deberemos corregir, en la teoría y la práctica. Adecuarnos a los tiempos que corren, sometiendo la regulación y representación mismas del espectáculo a las mejoras convenientes, será el mejor camino. Y no solo será. Sino que ya es una tarea, un imperativo de profunda responsabilidad, basado sobre todo en el uso apropiado de la puya, banderillas, estoque y puntilla, trebejos empleados en el curso de la lidia y que, en buena medida son motivo de discusión, pero también de corrección apropiada, basado lo anterior en el uso correcto de dichos instrumentos.

   Este legado, el que conservan ocho naciones en el mundo cuenta con suficientes motivos para justificarlo y defenderlo. Incluso, consolidando las debidas declaratorias de patrimonio cultural inmaterial impulsadas desde niveles como el municipal, estatal o nacional, de acuerdo al compromiso moral asumido por quienes consideran que su defensa, conservación y preservación es no solo necesaria, sino urgente.

   Los taurinos tenemos mucho que hacer. La lucha frontal, ante cualquier motivo extraño que altere la esencia misma de la tauromaquia, es motivo más que suficiente para enfrentar y eliminar ese mal.

   Ya lo decía un reciente empresario que dejó en condiciones críticas el espectáculo: “Para qué queremos antitaurinos. Con los taurinos tenemos”.

   Que esto no sea denominador común, ni etiqueta descalificadora para unos y otros. Cada quien tiene compromisos por cumplir. El telón de fondo es reconstruir una fiesta que alcance –aunque he ahí lo complicado-, niveles de calidad total. Y más aún, una digna supervivencia, e incluso también, una muerte apropiada.

   Por otro lado, el cambio climático podría contenerse o adecuarse si para ello existe conciencia, educación (en apego a realidades no a intereses), pero sobre todo voluntad de las sociedades que habitan el planeta Tierra. Los niveles alarmantes causados por el propio cambio aún no tocan fondo, de ahí la marcha despiadada con la que causa efectos irreversibles.

19 de febrero de 2018.

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EL TORO: UNICA GARANTÍA EN EL ESPECTÁCULO.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

¿Cómo lo prefieren: de frente o de perfil?

     Cuando el público, la afición se va de las plazas de toros, no es casual ni gratuito. Hay suficientes motivos de peso que obligan a esta forzosa decisión. Si un espectáculo no tiene la escala o el nivel congruentes con lo que se paga en taquilla, el espectador prefiere no dejar dos pesos por algo que vale centavos. Si ve permanentemente salir por toriles ganado con las condiciones señaladas por un reglamento que nos habla del toro de cuatro años de edad y 450 kilos de peso, y que no pide otra cosa más que se cumpla con estos requisitos, la desilusión nos invade y no habiendo otro estímulo, preferimos irnos. Pero se quedan aquellos que, o son quienes montan el espectáculo y colaboran en él sin darse cuenta que con ese fomento afectan radicalmente la imagen del espectáculo, o porque su terquedad y obsesión han caído bajo el encanto del poder.

   Como un médico, mi diagnóstico, luego de conocer algunos de los síntomas, me dice que, en tanto patológicos, y de seguir ese cuadro, pronto se darán menos corridas en las plazas de toros, no por incosteables, sino porque el negocio no se ha realizado a cabalidad.

   El caso de la plaza de toros “México” es significativo. Desde que el Dr. Rafael Herrerías Olea tomó las riendas del coso capitalino, y que manejó el mismo de manera incorrecta, logró hacer de esto un fracaso permanente (aunque se mencionen cifras, números y demás posibles ventajas de su presencia e influencia, si lo único que se tuvo como balance fue el de una crisis generalizada de la que aún se percibe el lamentable saldo). Se entiende que el empresario, cumple con lo indicado en la Ley para la celebración de espectáculos públicos en el Distrito Federal, en su art. 43, fracciones I a VIII y si ante las autoridades cubre esos requisitos, todo aquello que soporta documentalmente una temporada debería cumplirse a cabalidad. Lamentablemente también la autoridad quedó sujeta a caprichos e imposiciones que la redujeron a la triste figura decorativa.

   Pero ante el desastre, quien debe rendir cuentas?

   Si las leyes, siendo tan claras se enturbian entre negociaciones, arreglos o “enjuagues”, es posible que el resultado sea una criatura, hija del mal, engendro no tolerado por la afición, que se da cuenta claramente del “abuso de confianza” en que está convertido el engaño, la tomada de pelo.

   ¿Cómo controlar todo esto?

   Muy sencillo. Cumpliendo legítimamente con todo lo requerido en el proceso de autorización de una temporada, cuando la empresa presenta la documentación solicitada, misma que se aprueba por la autoridad correspondiente; y en el entendido de que no existe inconveniente alguno, se da el visto bueno. Más tarde, y durante el curso de la temporada, los jueces deben dar fe y testimonio del cumplimiento, agregando a lo anterior, los resultados del examen post-mortem (que por cierto dejó de practicarse) cuyos datos son definitivos para corroborar si la edad del toro corresponde al dato proporcionado por el ganadero (bajo protesta de decir verdad), y en consecuencia es la misma. De no ser así, deben aplicarse las sanciones a que tenga lugar la infracción.

   Ahora bien, de un tiempo a esta fecha, hemos visto toros y novillos que ni por casualidad dan ya no tanto el peso, sino la edad que dice el ganadero tener él o los toros que vendió a la empresa, lo que insinúa un mal, un pésimo arreglo de complicidades, del que, únicamente pierden de vista el costo que significa el alejamiento de los aficionados, quizá el costo más elevado, porque es esta parte la que mantiene el espectáculo y no lo otro.

   El hecho de que se sostenga la mentira provoca la pérdida del interés ocasionado en el aficionado, al que se le ha arrebatado uno de los factores esenciales en el espectáculo: la emoción provocada por un toro en la plaza, un toro que requiere haber cumplido nada más –insisto por la lógica del sentido común- los cuatro años y 450 kilos de peso reglamentarios, con la idea de que no sean aparentes sino lo más reales posibles. De otra forma reincide el engaño, la mentira, y con la mentira no se puede jugar (o se hace bien o no es mentira), que para eso están los resultados a la vista. En cuanto haya un retorno legítimo del toro a las plazas, regresará también el aficionado. En cuanto se nos cobre lo justo y no haya imposiciones de ninguna especie, sentiremos que los impedimentos habrán desaparecido. Las cosas volverán a ser mejores. Y no crean que estoy idealizando, ni fascinado por la utopía. Las plazas recuperarán su colorido, como el espectáculo su integridad.

   Cuando la autoridad se sienta respaldada por las leyes pero no coartada por amenazas oscuras, este espectáculo recuperará glorias perdidas. El Juez es la máxima autoridad en la plaza, incluso es representante directo del Jefe de Gobierno, lo que eleva su estatura, y si aplica el reglamento de manera adecuada y congruente; siempre a favor de la razón, lo que podemos esperar es el curso de un espectáculo en condiciones favorables.

   Que pedimos mucho, sinceramente no. La verdad es que queremos simple y sencillamente un espectáculo digno, no sumido en ningún tipo de polarización y a la altura de todos aquellos que, de alguna manera han alcanzado la “calidad total”.

   Incluso, conviene recordar una acertada síntesis sobre las opiniones emitidas por varios ganaderos quienes, en 1991 fueron entrevistados por Octavio Torres, colaborador en la recordada revista Torerísimo, N° 2 de marzo o abril:

   Un toro es un ser muy especial: la resultante de una larga evolución filogenética, un metazoario superior con simetría bilateral. Un toro es lo que debe salir por la puerta de toriles. Un toro es aquel que persigue con celo a los banderilleros y el que se recarga fuertemente en los caballos, apencando el rabo. Un toro es lo que quiere ver el aficionado cuando paga su boleto. Un toro es un toro. Un toro no es aquel que se cae o aquel que brinca al callejón. Un toro no es un novillo, es un toro. Un toro es eso: un toro.

   Nuestros tiempos, la madurez a la que hemos llegado como país, no merecen un espectáculo como el que pretenden darnos a la fuerza, a base de mentiras y del que terminamos siendo cómplices, sin quererlo ni desearlo. Vamos por una fiesta más digna, demandemos el cumplimiento sin cortapisas de un reglamento (instrumento legal para el que ya va siendo hora de hacerle ajustes, de ponerlo en la realidad de los tiempos que corren) que es fruto de un espíritu que pretende el desarrollo normal de un espectáculo entendido ya como un patrimonio, y no del capricho de unos cuantos, como a veces llegan a entenderlo quienes no quieren dar la cara a la legalidad, o lo que, en una palabra se reduce a la verdad de las cosas.

   Recordemos que lo que bien empieza, bien acaba.

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