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¡TIENE QUE SALIR UN AUTÉNTICO “FIGURÓN” DEL TOREO!

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

  

Aunque con entradas como esta, no hay mucho que decir…

    La empresa que maneja los destinos de la plaza de toros “México”, ha hecho el anuncio para una nueva temporada de novilladas, misma que arranca el domingo 4 de marzo de 2018.

   Eso es bueno, evitando así el ayuno a que nos tienen acostumbrados entre el fin de la temporada grande y el arranque de la temporada chica, donde puede haber varios meses de por medio. Sin embargo, quienes solemos acudir a este espacio taurino, tenemos que confesar el hecho de que llevamos años de soportar desaciertos en la administración, sobre todo porque hay una razón de suyo preocupante. Llevamos varios años en los que no sale una auténtica “figura del toreo”, como resultado de que no se empeñan en conseguir no solo ese propósito, sino también atraer a importantes sectores de viejos y nuevos aficionados. La mejor manera de comprobarlo es esa constante donde no se registran buenas entradas; y no se diga sobre llenos capaces de generar expectación. A lo anterior, persisten en traer encierros justos en presentación, casi siempre pertenecientes a un bloque capaz de “garantizar el éxito”, dejando al margen a una buena cantidad de ganaderías que, o dejaron de venir por alguna razón expresa, o porque las han olvidado. Reactivar esa posibilidad, permite también reactivar una economía que afecta directamente al espectáculo, pero también a quienes no encuentran en oportunidades como estas, la garantía de continuar en el difícil camino de la crianza y una obligada condición de posicionamiento.

   En un reciente evento donde salieron a flote diversas noticias relacionadas con el nuevo serial, seguramente se habló mucho y bien sobre la nueva temporada. Pero “del dicho a trecho, hay mucho trecho”, por lo que con notorias dudas que nosotros, los aficionados tenemos al respecto de la actuación de la nueva administración, estaremos muy pendientes de que cumplan a cabalidad con su cometido, mismo que se ve emparejado con la digna pero ignorada función que tienen las autoridades.

   Dejando a un lado las luces de artificio, urgen resultados evidentes con balances que recompensen el estado de cosas en que se mantiene el espectáculo, sobre todo en unos momentos donde necesita estímulos para justificar su digna presencia. Así, habría suficientes razones para defenderla como se merece.

   ¿Qué somos críticos? En efecto. Y es que hoy, cuando dudamos hasta de nuestra sombra, vendría muy bien no solo una vuelta de tuerca, sino un auténtico quiebre que sorprenda. Y si ese comportamiento se mantiene, e incluso va a más, estoy seguro que la empresa sería la primera en ser reconocida, pues demostraría estar cumpliendo con el compromiso, pero sobre todo con su palabra.

   La empresa, hemos de decirlo claro, en términos financieros debe tener pérdidas muy serias, pues de un tiempo para acá, todas las entradas en temporada chica han sido lamentables. Vimos también cómo, en la recién concluida temporada grande 2016-2017, los tendidos del coso capitalino mostraron notoria ausencia de asistentes, a pesar de que algunos de los carteles eran suficiente motivo para el “lleno”. Sin embargo, ahí se deja notar, y en buena medida, a dos posibles causas: que no hay bolsillo capaz para pagar cada ocho días una entrada, o que los aficionados, con buena dosis de decepción, prefieren irse.

   Son tiempos de aplicación de estrategias mercadotécnicas más apropiadas (no se conformen con dar los doce festejos de cajón, pues si comienza a tomar interés la temporada, lo mejor será continuarla), de métodos capaces de producir atracción, mismos que se encuentran en el mismo ambiente, y que proceden, buena parte de ellos de un pasado al que se niegan mirar.

   Y de lo anterior, nada más como recordatorio, debe mencionarse el segmento cultural. Lamentablemente, y como sucede a nivel país, la cultura es prioridad “Z”. En tal sentido, está visto que dicho asunto no le interesa a los sectores más duros y posicionados de la tauromaquia. También ese pendiente tiene soluciones prácticas y resolverlas significa saber en qué medida los estamentos taurinos tienen o no claro el compromiso que significa impulsar la cultura en todas sus expresiones. En tema tan sensible, la actual empresa ha desairado el caso. Y, de esto deben enterarse, para decirlo de una vez: se trata de una de las columnas vertebrales más importantes en el espectáculo. Lo lamentable es que no tienen ojos ni interés sobre la misma.

   Por eso, no bastan eventos donde lo espectacular del solo anuncio represente una nota más para la prensa. Estamos esperando resultados concretos. Lo vulnerable del espectáculo en estos tiempos refleja el hecho de que diversos sectores allí concentrados, no están trabajando debidamente. Además, ratificar a quien da la cara por parte de la empresa y, ante los errores que se han cometido, no es algo favorable pues significaría tener que hacer los cambios pertinentes, con vistas a mejorar la imagen de la tauromaquia, sobre todo la que se desarrolla en la ciudad de México, corazón, fuelle y reflejo de cuanto debería estar ocurriendo en el resto del país.

   Ya no estamos para conceder beneficio de la duda alguna. Esperamos buenos resultados. Y como apuntaba al principio, si nos sorprenden con el arribo de un auténtico “figurón” del toreo, con ganado propicio y una puesta en escena apropiada, seremos los primeros en reconocer ese esfuerzo, digna muestra en la mejora de sus capacidades, lo que traería por consecuencia el fortalecimiento que urge para resignificar el toreo en México.

   Estaremos pendientes de cuanto se ponga en práctica, sobre todo si es pensando en este gran beneficio, y no en el perjuicio que siguen teniendo hacia la tauromaquia. Parece que ese “mano a mano” entre “El Juli” y Sergio Flores el 4 de febrero pasado fue el botón de muestra de lo malo que pueden ser ciertas consecuencias. Espero, como esperamos muchos aficionados que se levanten dignamente y continúen su marcha, convencidos de que es buen momento para rectificar.

2 de marzo de 2018.

 

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TAURINOS, ANTITAURINOS y CAMBIO CLIMÁTICO.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    ¿Qué el espectáculo de los toros es grandioso?

   Lo es, en efecto, y lo es para una comunidad que, a lo largo de los siglos ha entendido esto y desde los cimientos del imaginario colectivo, como la expresión en la que, la suma de sus componentes genera y ha generado ciclos históricos, síntomas de pasión como pocas expresiones donde le va la vida a quienes intervienen directa e indirectamente. Y también ocurre, lo que es aún más notable: la contundente representación del sacrificio y muerte del toro, esa especie animal destinada en particular a dicha puesta en escena. Esto como resultado de un proceso selectivo minucioso, cuyos cuidados son especialmente aplicados por sus propietarios.

   Sin embargo hoy día, así como se enfrentan condiciones vulnerables causadas por efectos internos y externos provenientes del mismo espectáculo, las hay incluso creadas por circunstancias cuyo origen proviene en forma directa causada por el cambio climático.

   Internamente los agentes que han causado debilidad son múltiples, como la presencia de la iniciativa privada o de particulares que la administran. En la mayoría de los casos no llegan por vía de un proceso, licitación o concurso que los obligue a cumplir con propuestas sólidas y luego a entregar buenos resultados, ganancias, pero sobre todo compromisos que garanticen preservar una tradición que, sin entenderlo, se trata no de un negocio; no de una aventura más. Es, para su conocimiento un patrimonio, sin más.

   Lo hacen en medio de estructuras improvisadas, sin vigilancia alguna por parte de la autoridad, imponiendo sus propios criterios, su propia “ley”. Por desgracia, el resultado queda a la vista y pueden hacer y deshacer indiscriminadamente sin que medie ningún reglamento, ley de espectáculos públicos, juez de plaza, sanción correspondiente o la opinión de la prensa; e incluso de aquello en como piense o actúe el público más en contra que a favor. De manera natural, espontánea, pero con un malestar de fondo, una plaza semivacía –incluso, bajo la condicionante de un “buen cartel”-, es el mejor reflejo de inconformidad.

   La última temporada en la plaza “México” es el caso más evidente donde fueron públicos y notorios diversos casos en los que ciertos ejemplares se aprobaron o lidiaron sin haber cumplido los requisitos establecidos por el reglamento. Aunque si eso es grave, fue más aún el hecho de que los jueces de plaza, sin respaldo alguno (por parte de la jefatura de gobierno o la delegación política correspondiente) se vieron atados de pies y manos pues no se supo de rechazo alguno o de suspensión del festejo respectivo porque en lo ambiguo de la ley y el peso de la razón que impone la empresa, su presencia es meramente decorativa. Con lo anterior, la autoridad de la autoridad simple y sencillamente no existe.

   Otro caso fue el exceso de vendedores quienes ante la ausencia de inspectores obligados por el reglamento se mueven a sus anchas, ignorando que esa dinámica es fuente constante de riesgo, pues distraen o “tocan” al toro, con lo que ello representa peligro para quienes realizan su labor en el ruedo. Y si lo es de riesgo, también es de malestar por su ir y venir en los tendidos

   No se diga sobre la presencia tentadora de bares al aire libre, que ocupan 3 de los 7 balcones, donde existen asientos, los que en forma sospechosa se atribuye la empresa pues se trata de sitios que no fueron renovados o que deliberadamente destino para ese propósito. A esa administración parecen preocuparle más las prebendas, beneficios o canonjías que son también los de todos aquellos comerciantes colocados fuera y dentro de la plaza que, a ciencia y paciencia han invadido incluso sitios señalados por normas de seguridad.

   Esto es apenas parte de lo visible, un todo que ha quedado impune, sin sanciones ejemplares, con escasa y débil presencia por parte de la prensa, sector del que siempre esperamos una postura imparcial, no percibida salvo casos excepcionales.

   Otro agente lo vemos en antitaurinos o poderosas corporaciones encargados todos en alentar un discurso que se confronta con el andamiaje logrado por la tauromaquia en siglos de evolución, en el que columnas vertebrales como lo ritual, la técnica, el arte, profesionalización y regulación de la misma, han sido razón constante de expresión y mejora.

   Dudaban ellos –los antitaurinos-, y nosotros también que el toreo llegara a nuestros días en clara condición de supervivencia. Queda por parte de los contrarios adecuar su postura, pues en todo caso desconocen o malinterpretan los métodos de crianza y selección aplicados por sus propietarios. A ello hay que sumar la acumulación de valores rituales, suma de culturas occidentales que se amalgamaron con la de nuestros antepasados y que en este aquí y ahora, sujeto al principio de que cambia la forma, no el fondo, sigue presente en la entraña de nuestro pueblo. En lo particular el concepto “pueblo” es utopía al no existir una razón que lo defina como tal. Las luchas civiles entre señores -durante el siglo XIX y el XX, e incluso el nuestro-, utilizan las masas humanas como instrumento para conseguir intereses personales, sustentados en el término pueblo, el mismo que funciona para satisfacer -sí y solo sí- los intereses. Cubierta esa necesidad, el pueblo vuelve a su estado utópico, en tanto que terrenable es o son masas (todo ello bajo el entorno latinoamericano).

   Junto con lo anterior, no podemos olvidar que ese “pueblo” también está permeado por otra razón de peso: la religión, donde según datos   actualizados que proporciona la página del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, por sus siglas), indica que el 89.3% de la población es católica.

   Si el giro que dan los opositores es favoreciendo el necesario impulso a un planeta afectado por el cambio climático en todas sus expresiones, lo que esperaríamos que hicieran es reorientar los esfuerzos a favor de una sustentabilidad así como rectificar su equivocada lectura que también nosotros, los taurinos deberemos corregir, en la teoría y la práctica. Adecuarnos a los tiempos que corren, sometiendo la regulación y representación mismas del espectáculo a las mejoras convenientes, será el mejor camino. Y no solo será. Sino que ya es una tarea, un imperativo de profunda responsabilidad, basado sobre todo en el uso apropiado de la puya, banderillas, estoque y puntilla, trebejos empleados en el curso de la lidia y que, en buena medida son motivo de discusión, pero también de corrección apropiada, basado lo anterior en el uso correcto de dichos instrumentos.

   Este legado, el que conservan ocho naciones en el mundo cuenta con suficientes motivos para justificarlo y defenderlo. Incluso, consolidando las debidas declaratorias de patrimonio cultural inmaterial impulsadas desde niveles como el municipal, estatal o nacional, de acuerdo al compromiso moral asumido por quienes consideran que su defensa, conservación y preservación es no solo necesaria, sino urgente.

   Los taurinos tenemos mucho que hacer. La lucha frontal, ante cualquier motivo extraño que altere la esencia misma de la tauromaquia, es motivo más que suficiente para enfrentar y eliminar ese mal.

   Ya lo decía un reciente empresario que dejó en condiciones críticas el espectáculo: “Para qué queremos antitaurinos. Con los taurinos tenemos”.

   Que esto no sea denominador común, ni etiqueta descalificadora para unos y otros. Cada quien tiene compromisos por cumplir. El telón de fondo es reconstruir una fiesta que alcance –aunque he ahí lo complicado-, niveles de calidad total. Y más aún, una digna supervivencia, e incluso también, una muerte apropiada.

   Por otro lado, el cambio climático podría contenerse o adecuarse si para ello existe conciencia, educación (en apego a realidades no a intereses), pero sobre todo voluntad de las sociedades que habitan el planeta Tierra. Los niveles alarmantes causados por el propio cambio aún no tocan fondo, de ahí la marcha despiadada con la que causa efectos irreversibles.

19 de febrero de 2018.

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EL TORO: UNICA GARANTÍA EN EL ESPECTÁCULO.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

¿Cómo lo prefieren: de frente o de perfil?

     Cuando el público, la afición se va de las plazas de toros, no es casual ni gratuito. Hay suficientes motivos de peso que obligan a esta forzosa decisión. Si un espectáculo no tiene la escala o el nivel congruentes con lo que se paga en taquilla, el espectador prefiere no dejar dos pesos por algo que vale centavos. Si ve permanentemente salir por toriles ganado con las condiciones señaladas por un reglamento que nos habla del toro de cuatro años de edad y 450 kilos de peso, y que no pide otra cosa más que se cumpla con estos requisitos, la desilusión nos invade y no habiendo otro estímulo, preferimos irnos. Pero se quedan aquellos que, o son quienes montan el espectáculo y colaboran en él sin darse cuenta que con ese fomento afectan radicalmente la imagen del espectáculo, o porque su terquedad y obsesión han caído bajo el encanto del poder.

   Como un médico, mi diagnóstico, luego de conocer algunos de los síntomas, me dice que, en tanto patológicos, y de seguir ese cuadro, pronto se darán menos corridas en las plazas de toros, no por incosteables, sino porque el negocio no se ha realizado a cabalidad.

   El caso de la plaza de toros “México” es significativo. Desde que el Dr. Rafael Herrerías Olea tomó las riendas del coso capitalino, y que manejó el mismo de manera incorrecta, logró hacer de esto un fracaso permanente (aunque se mencionen cifras, números y demás posibles ventajas de su presencia e influencia, si lo único que se tuvo como balance fue el de una crisis generalizada de la que aún se percibe el lamentable saldo). Se entiende que el empresario, cumple con lo indicado en la Ley para la celebración de espectáculos públicos en el Distrito Federal, en su art. 43, fracciones I a VIII y si ante las autoridades cubre esos requisitos, todo aquello que soporta documentalmente una temporada debería cumplirse a cabalidad. Lamentablemente también la autoridad quedó sujeta a caprichos e imposiciones que la redujeron a la triste figura decorativa.

   Pero ante el desastre, quien debe rendir cuentas?

   Si las leyes, siendo tan claras se enturbian entre negociaciones, arreglos o “enjuagues”, es posible que el resultado sea una criatura, hija del mal, engendro no tolerado por la afición, que se da cuenta claramente del “abuso de confianza” en que está convertido el engaño, la tomada de pelo.

   ¿Cómo controlar todo esto?

   Muy sencillo. Cumpliendo legítimamente con todo lo requerido en el proceso de autorización de una temporada, cuando la empresa presenta la documentación solicitada, misma que se aprueba por la autoridad correspondiente; y en el entendido de que no existe inconveniente alguno, se da el visto bueno. Más tarde, y durante el curso de la temporada, los jueces deben dar fe y testimonio del cumplimiento, agregando a lo anterior, los resultados del examen post-mortem (que por cierto dejó de practicarse) cuyos datos son definitivos para corroborar si la edad del toro corresponde al dato proporcionado por el ganadero (bajo protesta de decir verdad), y en consecuencia es la misma. De no ser así, deben aplicarse las sanciones a que tenga lugar la infracción.

   Ahora bien, de un tiempo a esta fecha, hemos visto toros y novillos que ni por casualidad dan ya no tanto el peso, sino la edad que dice el ganadero tener él o los toros que vendió a la empresa, lo que insinúa un mal, un pésimo arreglo de complicidades, del que, únicamente pierden de vista el costo que significa el alejamiento de los aficionados, quizá el costo más elevado, porque es esta parte la que mantiene el espectáculo y no lo otro.

   El hecho de que se sostenga la mentira provoca la pérdida del interés ocasionado en el aficionado, al que se le ha arrebatado uno de los factores esenciales en el espectáculo: la emoción provocada por un toro en la plaza, un toro que requiere haber cumplido nada más –insisto por la lógica del sentido común- los cuatro años y 450 kilos de peso reglamentarios, con la idea de que no sean aparentes sino lo más reales posibles. De otra forma reincide el engaño, la mentira, y con la mentira no se puede jugar (o se hace bien o no es mentira), que para eso están los resultados a la vista. En cuanto haya un retorno legítimo del toro a las plazas, regresará también el aficionado. En cuanto se nos cobre lo justo y no haya imposiciones de ninguna especie, sentiremos que los impedimentos habrán desaparecido. Las cosas volverán a ser mejores. Y no crean que estoy idealizando, ni fascinado por la utopía. Las plazas recuperarán su colorido, como el espectáculo su integridad.

   Cuando la autoridad se sienta respaldada por las leyes pero no coartada por amenazas oscuras, este espectáculo recuperará glorias perdidas. El Juez es la máxima autoridad en la plaza, incluso es representante directo del Jefe de Gobierno, lo que eleva su estatura, y si aplica el reglamento de manera adecuada y congruente; siempre a favor de la razón, lo que podemos esperar es el curso de un espectáculo en condiciones favorables.

   Que pedimos mucho, sinceramente no. La verdad es que queremos simple y sencillamente un espectáculo digno, no sumido en ningún tipo de polarización y a la altura de todos aquellos que, de alguna manera han alcanzado la “calidad total”.

   Incluso, conviene recordar una acertada síntesis sobre las opiniones emitidas por varios ganaderos quienes, en 1991 fueron entrevistados por Octavio Torres, colaborador en la recordada revista Torerísimo, N° 2 de marzo o abril:

   Un toro es un ser muy especial: la resultante de una larga evolución filogenética, un metazoario superior con simetría bilateral. Un toro es lo que debe salir por la puerta de toriles. Un toro es aquel que persigue con celo a los banderilleros y el que se recarga fuertemente en los caballos, apencando el rabo. Un toro es lo que quiere ver el aficionado cuando paga su boleto. Un toro es un toro. Un toro no es aquel que se cae o aquel que brinca al callejón. Un toro no es un novillo, es un toro. Un toro es eso: un toro.

   Nuestros tiempos, la madurez a la que hemos llegado como país, no merecen un espectáculo como el que pretenden darnos a la fuerza, a base de mentiras y del que terminamos siendo cómplices, sin quererlo ni desearlo. Vamos por una fiesta más digna, demandemos el cumplimiento sin cortapisas de un reglamento (instrumento legal para el que ya va siendo hora de hacerle ajustes, de ponerlo en la realidad de los tiempos que corren) que es fruto de un espíritu que pretende el desarrollo normal de un espectáculo entendido ya como un patrimonio, y no del capricho de unos cuantos, como a veces llegan a entenderlo quienes no quieren dar la cara a la legalidad, o lo que, en una palabra se reduce a la verdad de las cosas.

   Recordemos que lo que bien empieza, bien acaba.

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