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LA TAUROMAQUIA MERECE SU CONSERVACIÓN.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Hoy, 12 de octubre se recuerdan a partir de un solo hecho, las diversas circunstancias que arrojó la consecuencia del discutido episodio del “descubrimiento”, “encuentro”, “encontronazo” o “invención” de América. A 528 años de aquel hecho polémico, se rememoran –a favor o en contra-, todos los significados que el mismo arrojó y sigue arrojando y seguirá haciéndolo, de acuerdo a la postura que cada una de las partes siga manteniendo vindicando o reivindicando factores propios de conquistadores y conquistados.

En ese sentido, “La caída de Cristóbal Colón”, que escribe Hermann Bellinghausen, parece tener todo el filo que corta y evidencia de un solo golpe toda la desmesura ocasionada a raíz del episodio aquí analizado. Es más, el retiro de la estatua de Cristóbal Colón en el Paseo de la Reforma para su “restauración”, evita las amenazas abanderadas por los opositores que defienden a la parte ofendida, misma que sigue ahí, en los genes de nuevas generaciones las cuales reavivan lo que produjo aquella “casualidad” o “causalidad” en la historia. Por tanto, conviene traer hasta aquí, íntegro ese texto para que se sepa cómo se reflexiona, desde la sensatez tal circunstancia.

Ciudad de México. El 12 de octubre de 2020 pudo ser el día que cayera Cristóbal Colón de su pedestal en el Paseo de la Reforma. Las autoridades capitalinas prefirieron adelantarse al derribamiento anunciado durante la movilización anual que de un tiempo a esta parte sustituye al Día de la Raza, que ya nadie se atreve a conmemorarlo así. Los distinguidos Caballeros de Colón (apodados por la plebe resentida como las Mulas de don Cristóbal), una élite de ultraderecha que dominaba las festividades guadalupanas y colombinas, fueron borrados de la escena. En el calendario cívico, el descubrimiento de América cedió paso al eufemístico encuentro de dos mundos.

La revuelta se había iniciado y no tenía reversa. Contra todo pronóstico antropológico, político o demográfico, los pueblos originarios del continente recuperaron voz y presencia. Mejor dicho, ganaron una voz y una presencia que nunca antes habían tenido.

Aunque la transformación en la conciencia colectiva de los llamados indios (indígenas, nativos americanos, aborígenes, pueblos originarios) databa de antes –en algunos casos, como en la región andina, de la década de 1930–, la fecha de quiebre es 1992. Los fastos por el Quinto Centenario de la corona restaurada y los afanosos gobiernos hispanoamericanos se cebaron ante un despertar continental sin precedente, que el 12 de octubre de ese año se manifestó en Quito y San Cristóbal de Las Casas con un nuevo impulso: el de la reivindicación colectiva de la América profunda.

En Ecuador los pueblos sacaron arcos y flechas. En Chiapas, los mecates y los marros. En la vieja Ciudad Real, la conmemoración indígena rescribió la Historia. Los indios ariscos espantaron a la población ladina y el gobierno los miró con desprecio. En una acción que fue percibida como excesiva, un grupo de manifestantes mayas derribó la estatua del conquistador y genocida Diego de Mazariegos.

La recuperación de la memoria comenzó a exhibir a los grandes conquistadores como lo que fueron, unos asesinos. Colón el primero (o sus esbirros), y si él no fue el peor es porque le faltó el tiempo que tuvieron de sobra los españoles y portugueses que lo siguieron. Tiempo después se sumarían holandeses, franceses e ingleses a cual más de despiadados.

Como el imperio romano prueba mejor que nadie, la Historia la escriben los vencedores. Eso no salva de la decadencia y la derrota a los imperios, así pasen muchos años. Para las sociedades dominantes del hemisferio, los indígenas siguen siendo un inconveniente mal resuelto, pero las estatuas caen como los bolos a últimas fechas, así como los descubridores tumbaron ídolos y templos en su momento. Esto habla no sólo de un despertar, sino de una pérdida del miedo. La caída de Mazariegos en la plaza de Santo Domingo retumbó un año después cuando el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional ocupó San Cristóbal y otras plazas.

En América entera el arrebato indígena ya no se detuvo. La nueva conciencia permitió ver al fin como crueles asesinos a los héroes del hombre blanco, fueran Andrew Jackson o los generales Roca y Díaz. La literatura, de Ercilla a Borges, cayó de pronto en el lado equivocado. En México la Revolución originó una suerte de vicaria reivindicación con el indigenismo institucional, académico y literario, más cercano a la lástima y el ánimo sepulturero. El genocidio, aun si lento, nunca se fue, y sigue agazapado en las paternalistas buenas intenciones de López Obrador, que se parecen a las de Echeverría, que se parecían a las de Cárdenas, que se parecían a las de…

Esta mentalidad ya caducó. Al menos para los sectores más conscientes y libres de la indianidad americana. De Canadá a Chile la herida crece y el clamor también. Las estatuas de los esclavistas, los exterminadores y los pacificadores van cayendo, una tras otra, al basurero de la Historia.

Fierros viejos, nostalgia pálida, vergüenza mal disimulada en los intentos criollos de pedir perdón y demandarlo al Viejo Mundo, resultan inútiles disculpas sin correlato con la realidad medio milenio después. Más allá de los reyes cuestionados y los pontífices interpelados, la victoria de los pueblos se prolonga en su vida sostenida y la recuperación de la memoria. Como desafío urbanístico y a la ley y el orden, las estatuas seguirán cayendo. Se han convertido en otro escenario del debate político. Donde puede, el Estado las defiende, pero en manos indígenas la Historia de América está en radical remodelación.[1]

Pero aquí no para esta historia. Era necesario tener un telón de fondo para establecer, una, entre muchas razones de lo que aquello significó en términos de herencia en la rica muestra de historia cotidiana. Me refiero a la tauromaquia que en la actualidad alcanza ya los 494 años de presencia intermitente en el mestizaje producido por el que luego fue un largo proceso de colonización, y donde –como ya sabemos-, algunos territorios americanos hicieron suya aquella expresión hasta hacerla pervivir en estos primeros años del siglo XXI.

Sin embargo, al presentarse la pandemia y toda la desolación que ésta produce y seguirá produciendo en términos, sobre todo económicos, y cuya normalización o cierta estabilidad tomará, según algunos expertos un largo periodo de diez o más años, ello afecta también ya no digo al territorio, sino al nicho taurino que sobrevive en nuestro país de una otrora manifestación popular que permitió, en diversas épocas de su recorrido, contar con figuras y hechos trascendentes. De ahí que la consecuencia se vea inscrita en un amplio despliegue de literatura que vino ocupándose de ello en diversas épocas.

Sin embargo, hay otros dos registros que no quisiera pasaran por alto, sobre todo en un momento, el de la mayor incertidumbre que tiene la humanidad toda, aunque destinados a poner en valor significados de vigencia o supervivencia detentados por y desde el toreo, que no pasa por ahora, por sus mejores momentos.

Antonio Casanueva, colaborador en el portal “AlToroMéxico.com” presenta el perfecto estado de cosas habido en una actividad en línea, que concentró a diversos actores o activistas en pro de la tauromaquia, hecho convocado por las autoridades zacatecanas en un ciclo cultural. De esto, se desprende la siguiente reseña:

Intelectuales y tauromaquia.

Cuando en el ambiente taurino reinaba el pesimismo debido a la pandemia, “Zacatecas, Tierra de Toros” organizó un ciclo cultural virtual que ha provocado profundas reflexiones sobre el pasado, presente y futuro de la tauromaquia. El simposio digital reunió intelectuales de distintas especialidades –filosofía, managment, veterinaria, antropología, estudios novohispanos, historia y letras clásicas–, pero con una pasión en común: La fiesta brava.

Me explicaba don Horacio Reiba, uno de los pensadores poblanos más importantes de la actualidad, que el arte interpela y mueve con mayor vigor una mente educada y alerta que otra que sólo se deje impresionar superficialmente. Por eso, como lo demostró “Zacatecas, Tierra de Toros”, es posible observar académicos que, en sus ratos de ocio, dedican su inteligencia a profundizar sobre un arte efímero que es combatido cada día desde más frentes.

Un intelectual es alguien que realiza una reflexión crítica sobre la realidad y comunica sus ideas con el objetivo de influir y mover a la sociedad. El factor clave para considerar a un pensador (científico, filósofo, escritor o artista) como un intelectual, es el grado de compromiso con la realidad de su época. Jean Paul Sartre decía que intelectual es el que se mete donde no lo llaman.

Coordinados por el periodista Juan Antonio de Labra, los doctores Julio Fernández, Fernanda Haro y François Zumbiehl utilizaron sus amplios conocimientos académicos para hacer un análisis y provocar un llamado que puede resultar transformador para la tauromaquia del siglo XXI.

   Fernanda Haro hizo un recorrido histórico por el antitaurinismo y explicó que, sin detractores, no sería posible la fiesta brava. Y es que las corridas de toros son un arte tan intenso que lo mismo provoca la emoción sublime, que una aguda repulsión. A los pesimistas, aquellos que creen que la pandemia acabará con los toros bravos, la doctora de Haro les dijo que esta no es ni con mucho la mayor crisis que ha vivido la tauromaquia. El espectáculo taurino ha evolucionado y se ha fortalecido gracias a las dificultades y al diálogo con los antitaurinos.

Ante este llamado, el doctor Julio Fernández presentó los resultados de años de estudios científicos que tienen como propósito mejorar los aspectos fundamentales de la lidia. Ante la sensibilidad de la sociedad actual, las corridas de toros requieren evolucionar y para ello el doctor Fernández propone la modificación de los utensilios en la corrida de toros.

Y así como el peto que se coloca a los caballos desde 1928 coadyuvó a la evolución del toreo moderno, la utilización de materiales y técnicas más actuales (por ejemplo, la nanotecnología) en la manufactura de la divisa, puya, estribo de la montura de picar, banderillas y espada, permitiría no sólo una mayor emoción, sino favorecer al toro durante su lidia.

La mente clara y elocuente del doctor François Zumbiehl, nos hizo entender porque Francia se ha convertido en uno de los más importantes epicentros taurinos de la actualidad. Ante una sociedad que intenta humanizar a los animales, pensadores como Zumbiehl han hecho entender a los franceses que la tauromaquia defiende los valores grecolatinos y judeocristianos. Y por eso se llenan las plazas en Arles, Bayonne, Béziers, Céret, Dax, Nimes y otras ciudades de Francia donde la población acude, sin traumas, a emocionarse con los valientes que crean belleza arriesgando su vida ante una bestia.

El sociólogo norteamericano Amitai Etzioni explicaba que el papel de los intelectuales es cuidar de falsas suposiciones colectivas que sostienen los ciudadanos. Los académicos –como se vio en el Ciclo Cultural Virtual de “Zacatecas, Tierra de Toros”– pueden contribuir a renovar, reconstruir, imaginar un espectáculo taurino evolucionado que, fincado en sus valores y en la tradición, innove y se adapte.[2]

Pues bien, a lo anterior debo sumar otro testimonio que no tiene desperdicio. La suma de sus contenidos, demanda un serio análisis para saber o conocer qué será del futuro inmediato de la fiesta de toros en México, asunto que, como muchos otros factores es motivo de la profunda crisis por todos conocida. Sin embargo, a esa dimensión sin escala, debe sumarse la que ya venía siendo notoria en el espectáculo mismo, de ahí nuestra profunda preocupación en saber si se tendrán garantías de un futuro, sin más. En ese sentido, me refiero a la columna “¿La fiesta en paz?”, cuyo responsable es el buen amigo “Leonardo Páez”, quien tuvo la deferencia de conversar con un colega, el historiador Jesús Flores Olague, y que, para que quede constancia de ese diálogo, este aparece a continuación:

¿Qué oferta de espectáculo atraerá al gran público? Sobran toros con edad, faltan toreros con intensidad y empresas imaginativas.

Leonardo Páez.

Si los estadios serán reabiertos a 30 por ciento de su capacidad, ¿qué espera el monopolio taurino para empezar a reabrir sus plazas, acostumbrado como está a soportar pobres entradas?, se pregunta el doctor en historia Jesús Flores Olague, y agrega: “Ya hemos visto cómo se entiende en España la reconstrucción de la fiesta, pero anunciar a Ponce, Morante o El Juli, difícilmente va a atraer al gran público y menos a un público joven, carente de formación taurina pero aún dispuesto a emocionarse con algo más que tauromaquias desgastadas”.

-¿Qué fórmulas pueden atraer a un público que ya antes de la pandemia se había alejado de las plazas?

–Pues las que partan de una reflexión honesta y a fondo de los propios taurinos, renuentes siempre a cuestionar y a modificar una añeja estructura probadamente defectuosa que se olvidó de la relación fiesta de toros y sociedad, o del obligado vínculo entre toros, toreros y público. Si de verdad se quiere un futuro saludable para la fiesta, es urgente un revulsivo, modificaciones radicales en los criterios de las empresas para obtener resultados favorables y sostenibles, no sólo para sus utilidades cortoplacistas sino para el reposicionamiento de la rica tradición taurina de México.

–Ganaderos y toreros no…

–El silencio de los sectores es revelador de esos vicios y su pasividad, alarmante. ¿Ganaderos y toreros cuándo van a pronunciarse a favor del público? En los primeros le falta bravura y emoción a sus productos, y en los segundos escasea el coraje y la disposición a rivalizar. La comodidad se instaló en las mentalidades precisamente por la falta de públicos exigentes y de autoridades comprometidas. Es imperativo motivar y acicatear a la aletargada torería nacional, hoy conformista y desmotivada ante un sistema inequitativo, en extremo cerrado y, repito, de espaldas al público, como si a éste se le hiciera un favor sin derecho a rechazarlo. Urgen toros y toreros que emocionen, no que diviertan.

“Revelador de este sistema –añade el también doctor en letras– es que en Zacatecas, mi tierra, no haya habido una empresa capaz de aportar a la fiesta una figura del toreo gracias al sistemático desaprovechamiento de toreros, desde Chucho Ruiz, prometedor y malogrado novillero en los años 40, pasando por el fino Paco Rivas, en los 80, que toreó en la Plaza México, en Madrid y Sevilla, hasta Jorge Delijorge, Antonio Romero y Platerito. Ello es todavía más censurable si se toma en cuenta la rica tradición ganadera de bravo en el estado.”

–Anunciar al malagueño Saúl Jiménez Fortes…

–Los dos carteles de noviembre en la Monumental de Zacatecas, con el valeroso pero aquí desconocido Fortes, enfrentando Piedras Negras y José Julián Llaguno, revelan criterios poco imaginativos, por no decir perversos, si pretenden reanimar la fiesta. Ese ganado, que conserva bravura intemporal y que ni de broma enfrentan los que figuran, requiere toreros más puestos. Fortes es el pundonor y la valentía, pero le ha faltado cabeza para estar en la cara del toro. Se duerme en las suertes, se recrea tanto en ellas que no se repone y le pierde la distancia a los toros. No es sólo ponerse cerca, sino estarlo sin resultar cogido. Esa es la tauromaquia que emociona, pero disminuir la sangre no va a atraer nuevos públicos; aumentar la emoción, sí. Ahora, si no hay emoción estética delante de un toro que trasmite peligro evidente, entonces la fiesta ya no tiene caso –concluye Flores Olague.[3]

Concentrados aquí todos los componentes de esta conocida realidad, vayamos a entender la forma o manera en que podrían actuar algunos reactivos, mismos que deberán aparecer en tiempo y forma cuando la circunstancia recobre su normalidad. Veamos.

Mientras por un lado, existe un grupo plenamente identificado como sector pensante que abona en pro de la tauromaquia, y que su papel o su quehacer sigue y seguirá siendo diseminar todo cuanto entraña el toreo como expresión, en aras de su pervivencia, por otro se tiene a un callado sector que no ha puesto ni siquiera una lanza en Flandes, o es que apenas ha habido algunos que se han declarado incompetentes para resolver el problema (y más que esto, la cruda realidad que se avecina). Por tanto, de las empresas firmes aún no hemos escuchado emitir siquiera, ya no digo una declaración sino un obligado posicionamiento en cuanto a su sentir y su pensar en estos momentos.

Como se sabe, el ganado sigue pastando y seguirá siendo una actividad perfectamente controlada por sus criadores, de ahí que se garantice edad y no remedos o eufemismo de toros. Si las empresas quieren reactivar un espectáculo que no les garantiza mucho, a falta de figuras, o porque las que siguen en el candelero ya no tienen tampoco el poder de convocatoria, es necesario por tanto, poner en marcha un operativo del que podrían obtenerse resultados efectivos que, acumulados en una, dos o hasta tres temporadas serían motivo suficiente para contar con este o aquel prospecto en la novillería o también como matadores de toros.

La clave, y no se descubre el hilo negro, es celebrar cuantos festejos “económicos” sea posible, para poner en actividad a los que se quedaron a la espera de oportunidades y que aún pueden dar señales de establecer una declaración de guerra. Y desde luego, para otro tanto sector de chavales que andan por ahí, dispersos, pero que no desaparecen, sea el momento preciso para impulsarlos y esperar de ellos, como de una cosecha vulnerable, pocos, pero buenos frutos.

No haría falta sugerirles más a las empresas que esto, por ahora, en el entendido de que tendrá que ser una prueba que supere las pésimas entradas de los más recientes años en plazas de toros, en la posible reactivación de una tauromaquia “minimalista” para entender que no solo es poner en práctica “ad nauseam” el limitadísimo bagaje taurino, que es aún más nutrido que lo que muchos piensan o llevan a la práctica. Se requiere también de un factor indispensable: la naturalidad, pero el deseo infinito de aspiración para alcanzar el grado suficiente que se necesitaría para liderar, figurar y ser visto y entendido como una figura del toreo en toda su dimensión.

La “meseta”, ese término tan de moda que establece en los gráficos la forma en que se aplana la curva de riesgo por contagio, y que puede ser vista y entendida como un comportamiento uniforme, no es deseable en estos momentos para el que tendrá que ser, el arranque de una actividad que, como muchas, será en condiciones muy vulnerables. Sin embargo, vale la pena experimentar. Ahora bien, si de esto no surge alguna reacción, la que sea, pero favorable al mismo tiempo, ese se convertirá en lo inmediato en el asidero del que dependa el futuro taurino de México.

Nadie, hasta el presente puede garantizar una reactivación, pero ello se convierte también en el reto a encarar en un tiempo que cada vez se acerca más a la normalidad… Después de esta, ¿qué vendrá a continuación?

12 de octubre de 2020.

[1] Disponible en internet, octubre 12, 2020 en: https://www.jornada.com.mx/ultimas/cultura/2020/10/12/la-caida-de-cristobal-colon-hermann-bellinghausen-3076.html

[2] Disponible en internet octubre 12, 2020 en: http://altoromexico.com/index.php?acc=noticiad&id=37966

[3] Disponible en internet octubre 12, 2020 en: https://www.jornada.com.mx/2020/10/11/opinion/a08o1esp

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Ansiamos una plaza llena…

    El actual episodio que vivimos, nos orilla entre el inmenso tiempo sobrante, a hacer lectura o relectura, a buscar todos aquellos títulos en que quisimos vernos reflejados o incluso, tener la oportunidad de escribirlo. Tan importante como necesario es que por esta sola circunstancia, aumente en forma inconmensurable el nivel de lectura de nuestro país, donde los registros más recientes nos llevan a entender que puede haber persona que en un año sólo lea un libro. Además, y dadas las ventajas tecnológicas, no importa el dispositivo, es que tendría que haber lectores en potencia como nunca antes. Espero que así suceda, pues no hay pretexto alguno para abandonar ese propósito y conviene, como ahora lo comparto, encontrar libros que además de todo, provoquen un toque conmovedor en nuestro estado de ánimo, que cautiven y causen esa capacidad de asombro de la que hemos sido despojados tras el golpe contundente de la pandemia.

He leído y releído El pozo de la angustia, obra de la primera madurez del célebre José Bergamín, que pareciera haber salido de lo más hondo de un alma franciscana. Página a página es una delicia y toca las fibras más sensibles, al punto del estado de gracia. Es en esencia, el antecedente de La música callada del toreo, pues aborda en tanto emocionada circunstancia, el arrebato de lo bello que por efímero, es suficiente razón para dejarnos la tan anhelada impronta que luego, en latentes episodios se asoma una y otra vez a lo largo de nuestra vida.

Y describe cada tempo con frases o ideas concretas que, por su brevedad dan idea de hacia dónde Bergamín quiso ir en búsqueda de afirmaciones. Una de ella plantea que “Los sentimientos –decía nuestro cristianísimo Unamuno– son pensamientos en conmoción”, así, sin más.

Y luego, en afanes de contraste va hacia lo “trágico –también lo cómico- [que] es estar lleno de vacío. La máscara sola no está nunca vacía, sino llena de su vacío. Y en este sentido es el hombre persona o máscara, porque es determinación o definición de un vacío. Del vacío, de la vanidad del mundo en él. Pues en él y por él existe el mundo. Esta es la tragedia del hombre: ser o parecer máscara expresiva de un total vacío. Mas, entonces, el hombre no será persona dramática, sino trágica. Y también cómica”. Y se pone de lado con la muerte en simple y clara condición al reflexionar que “el tiempo no es la muerte. Ni su medida”. Y aún más: “Hacer tiempo, hacer memoria, hacer historia, es sencillamente vivir. Pero vivir ante la muerte, frente a la muerte, y contra la muerte”.

Y en algo que parece la sola razón de aforismos comienza con este que plantea “unas almas se purifican al arder y otras se consumen”, al que le sigue este otro: “El eco de esa voz llega ahora hasta nosotros con la interrogante metafísica del alemán Heidegger, que desde el fondo oscuro de su sima profunda nos la tiende como consecuencia secular de vivas corrientes del pensamiento: -¿Por qué ser, y no más bien nada?” que tiene respuesta con este otro: “¿Hay en la existencia del hombre un temple de ánimo tal, que le coloque inmediatamente ante la nada misma” –pregunta Heidegger; para contestarnos que sí, que ese temple del ánimo existe; que se trata de un acontecimiento posible, aunque raramente se dé, aunque solamente se realice por breves momentos: ese temple de ánimo radical es la angustia.” En tal sentido “Por eso la existencia está siempre más allá del ser. Por eso lo trasciende” que se apoya en “Este estar sosteniéndose la existencia en la nada, apoyada en la recóndita angustia, es un sobrepasar el ser en total: es la trascendencia”, de ahí que “el ser es, por esencia, finito, y solamente se patentiza en la trascendencia del existir como sobrenadando en la nada”. En concreto, “la verdad no es una razón, es una pasión” y es que “No hay nada menos razonable que la verdad ni más verdadero para el hombre que perder su razón por ella.”

Cada idea, cada frase, cada “aforismo” venidos de tan gozosa lectura, parecen describirnos gracias a la afortunada memoria, esos momentos trascendentales que alcanza la maravilla del toreo hasta quedar prendados de lo más emotivo que significa presenciar, tarde a tarde, el milagro de una verónica, o de ocurrir, todavía más, la ya desaparecida pero no por ello recuperada “larga cordobesa”, lance de los más apreciados, y que tarde a tarde se quedan en el arcón del recuerdo, con lo que no queda más remedio al evocar a “Frascuelo”, Gaona o al “Calesero”, como si se tratara de un episodio imposible de interpretar.

En este retorno a la época misma de crogmanones o neandertales, con la sola ventaja de que nos entendemos gracias al idioma, al raciocinio. Y de que la sociedad toda se ha vuelto igualitaria, en espera de que nunca más suceda un conflicto bélico, también el toreo se encuentra en absoluto derecho a conservar su esencia, la misma que acentuó Bergamín gracias a sus puntuales apreciaciones. Él, que venía de una España trágica, la del toreo en su etapa primitiva, y la de un país sumida en el conflicto de la guerra, son suficientes razones para esbozar que la tauromaquia se encuentre en derecho a su preservación. Al culminar la segunda década del siglo XX, superó aquella circunstancia de unas prácticas en que los caballos fueron víctimas y con esa especie se produjo una matanza inútil, despiadada. Sin embargo, al poner en funciones el peto protector, el toro enfrentaba un nuevo modo de demostrar su fortaleza acudiendo en mínima proporción, a tres puyazos (los demás, venían por añadidura, en demostración cabal de bravura, casta y fortaleza). Acudía, como lo sigue haciendo, a tres encuentros (cuando esto es posible, por lo menos en México, a sabiendas de una suerte bien realizada). A esto sigue el tercio de banderillas, donde como lo ha establecido la costumbre, al ser colocadas, crean un estado donde se crecen al castigo. Y luego, en culminación a ese proceso, se desarrolla una faena en que el torero aprovecha tales virtudes para rubricar, tal cual lo establece el propósito del sacrificio –junto a los usos y costumbres que conserva la tauromaquia- con una estocada que eleva a niveles heroicos al torero o lo reduce a esa nada que nos ha referido Bergamín mismo si se produce el desacierto. Ante esa profunda representación efímera, todavía hay voces que se oponen rotundamente a su puesta en escena. Demasiado existe alrededor de ese misterio como para detenerse y cuestionarlo en la forma en que, al menos ocho naciones conservan un legado con fuerte arraigo cultural y simbólico, de acuerdo a lo que cada una significa en su historia misma.

Nadie de quienes intervienen en un festejo, hasta donde es posible apreciar, lo hace con intenciones deliberadas de maltrato o tortura, pues se sigue un patrón fundado en antiguo ritual en el que se sintetiza el contexto de su desarrollo. Reprochamos, en todo caso una mala actuación, pero no el despropósito de que quieran contribuir alterando su pureza.

   Desde esa perspectiva, sin más propósito que justificar su presencia, el “quite” de José Bergamín viene muy bien como motivo de defensa. La fragilidad a que se ha visto sometida la humanidad toda desde que comenzó 2020 de triste memoria, ya provocó, como no lo hicieron guerras ni tampoco ninguna diferencia entre las naciones lo que no imaginábamos. Superar tal estadio se convertirá en el mayor desafío de esta y las siguientes generaciones hasta recuperar el nivel de equilibrio congruente con los tiempos por venir.

Raúl Dorra, quien dejó un largo legado en la teoría literaria, y como un argentino universal, abierto, que no era taurino, pero respetaba esta expresión decía que la pasión colectiva, patología que se hace presente en las plazas de toros en los momentos de mayor intensidad “por definición es un exceso, un desborde [que] sigue el llamado de la profundidad del ser. Y en esa profundidad, el sacrificio es un elemento primordial”.

“Por lo que sé, en el ruedo no se mata por matar, no se mata por deporte o diversión. Se mata precisamente para no diversificar, para que la atención no se vierta fuera sino para que quede retenida en ese punto oscuro, inevitable. Se va en pos de la muerte para hacerla el momento de un estremecimiento central. Es una muerte profundamente erótica, de un erotismo espectacular. El sacrificio ceremonial, en todas las culturas, siempre ha sido un espectáculo, una mostración de lo misterioso en la que se reúnen lo erótico con lo tanático. Se trata de una muerte por representación. El que se sacrifica, el que es sacrificado, está ahí en lugar de otro, de un colectivo cuya vida se quiere preservar. Una muerte que también es una redención”.

“Mentiría si digo que he seguido la polémica entre taurinos y antitaurinos, apenas la conozco de oídas. Pero me asombra el escándalo en torno al sacrificio cuando nuestra cultura, como toda cultura, está fundada sobre el sacrificio. Seamos o no creyentes, nuestra cultura es cristiana y ella se asienta sobre el sacrificio del Hijo, sacrificio que se renueva en cada misa donde se come y se bebe –es verdad consagrada para el creyente- la carne y la sangre del Cristo. ¿O habrá que prohibir también las ceremonias religiosas? Sería interesante pensar en la posibilidad real de una cultural totalmente laica, pero esa posibilidad –en la que pensó por ejemplo Bertrand Russell– está aún lejos de nosotros”.

Así que en este aquí y ahora, amparados en el cambio radical que ha producido la pandemia, donde pensamientos, teorías y reflexiones tendrán que adecuarse a los tiempos por venir. Mientras tanto, queremos una fiesta viva, entendida hasta por todos aquellos que se opusieron o siguen oponiéndose bajo la ideología antiespecista la cual considera que el animal es igual al hombre, que en nada ofende el sentido pragmático que detenta, esperando una conciliación de las teorías antropocentrista y biocentrista que son el origen del conflicto, primero. Espiritual o sacrificial después, como auténtica realidad, que sintetiza en una tarde siglos de integración, y nos lleve a entender la lucha por la vida y por la muerte, sin ofensa alguna de los contrarios que se enfrentan desde hace muchos siglos, para conseguir gracias a la fortaleza del toro, y gracias también a los ingredientes técnicos y estéticos del torero, apenas la dosis suficiente de emoción o de tragedia surgida en tan sublime combate.

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EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

I

   Corría el mes de septiembre de 2019. En aquel entonces, el Presidente de la República, Lic. Manuel Andrés López Obrador, en una de sus conferencias “mañaneras”, tras escuchar la pregunta de alguno de los periodistas allí presentes, respondió que el asunto o destino de la tauromaquia tendría que someterse a consulta. Eran días también en que se celebraba en la ciudad de Tlaxcala el II Coloquio Internacional sobre Tauromaquia, el cual tuvo como fondo central una nueva afirmación de argumentos relacionados con el valor que, en tanto legado o patrimonio tiene esta expresión milenaria. Evidentemente, todos quienes participamos, concentramos en el “Pacto de Tlaxcala” nuestro posicionamiento en los siguientes términos:

Sr. Lic. Andrés Manuel López Obrador,

Presidente Constitucional de los

Estados Unidos Mexicanos.

Los abajo firmantes, respetuosamente nos dirigimos a usted con objeto de plantear un asunto que consideramos no solo relevante, sino también preocupante dada la naturaleza de su origen.

Sabemos de antemano, que es un convencido del legado que la figura pública y política de Benito Juárez ha marcado en usted. Y que la sola frase por el pronunciada, de que “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, es paradigma fundamental en su gobierno.

A pregunta expresa hecha el pasado 5 de septiembre, en su acostumbrada conferencia en Palacio Nacional, se le planteaba la posibilidad sobre si los toros deben prohibirse o no. Su respuesta fue plantear que el punto se someta a una “consulta” popular, lo que significa también, poner en riesgo, en caso de suceder una votación adversa, que la tauromaquia quede sujeta a desaparecer.

Por tal motivo, y a continuación, deseamos mostrar un claro posicionamiento que proviene de la afortunada reunión de un grupo de aficionados, pero también de especialistas y profesionales, en la ciudad de Tlaxcala, presentando aquellos argumentos que, desde nuestra perspectiva, consideramos como elementos que justifican una clara defensa para conservar debidamente este patrimonio. Resultado de lo anterior, es la siguiente declaración del

PACTO DE TLAXCALA.

Nosotros taurinos, fundados en el derecho de la libertad, manifestamos que el patrimonio cultural de la tauromaquia, es una expresión que se integró a la vida cotidiana de nuestro país, alcanzando cerca de 500 años de convivir entre nosotros.

A lo largo de casi cinco siglos, es y ha sido parte de la cultura popular, y de que siendo resultado de un evidente mestizaje entre dos culturas –europea y precolombina-, ha conseguido integrarse en diversas poblaciones de nuestro territorio, maridaje que está vivo hasta nuestros días.

Su presencia ha permitido crear entornos naturales, como la ganadería cuyo sustento hoy día es la ecología y la biodiversidad. Que solo en ese rubro, es fuente de trabajo para unas 60 mil personas, entre otros aspectos que redundan en una derrama económica favorable, sin dejar de mencionar otro sinnúmero de asuntos que favorecen la dinámica en este patrimonio.

De someter al espectáculo taurino en todas sus representaciones a una consulta popular, ello vulnera en principio, lo establecido por la Convención para la salvaguarda del patrimonio cultural, documento que emitió la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas), el 17 de octubre de 2003, mismo que plantea lo siguiente:

  1. a) la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial;
  2. b) el respeto del patrimonio cultural inmaterial de las comunidades, grupos e individuos de que se trate;
  3. c) la sensibilización en el plano local, nacional e internacional a la importancia del patrimonio cultural inmaterial y de su reconocimiento recíproco;
  4. d) la cooperación y asistencia internacionales.

Por otro lado, e igual de importante es:

-Que el alma de los pueblos que es su cultura, no se prohíbe, se defiende, se conserva y se protege.

-Que ninguna autoridad puede prohibirla válidamente, y mucho menos invocando una legitimidad basada en dudosas consultas.

Y aún más. Un elemento cultural, incluso por ser minoritario, no puede ser descalificado como tal, ni sometido a voto alguno, pues en ese caso se utilizaría un supuesto proceso democrático como instrumento de censura cultural.

Por lo tanto, invocando el sentido de madurez que recae en los destinos que, como Presidente de México nos plantea, conduciendo al país por los senderos de la prosperidad, conviene una reflexión donde se imponga un razonable sentido para proteger esta clara manifestación cultural, en el entendido de que no es, ni por asomo, cuanto se argumenta en su contra, sino que se constituye y representa como un profundo proceso ritual, de honda tradición milenaria, suma de aportaciones legadas por diversas culturas, las de oriente y occidente. Y que luego, a partir de 1526 se materializan aquí, se integran y se enriquecen con valores y elementos que provienen de una compleja consecuencia, derivada del proceso de conquista, hace ya 500 años.

Superado el trauma, pero sobre todo asimilada e integrada aquella experiencia, el mestizaje surtió efecto y el toreo, entre otros aspectos fue integrado y hecho suyo por el espíritu de nuestros pueblos que hasta hoy lo conservan y mantienen como propio.

Apelamos respetuosamente, con objeto de que, sin necesidad de esa alternativa en la que una simple votación elimine o pueda eliminar una tradición; por el simple hecho de respetar la opinión de las mayorías, esto podría sentar un claro precedente donde también otros aspectos de la vida cultural en este país, queden condenados al mismo racero.

Creemos firmemente que el poder no existe. Se crea.

   Desde la ciudad de Tlaxcala, septiembre 6 de 2019.

 II

   Hace apenas unos días (justo el 14 de mayo anterior), en idénticas circunstancias, el actual vicepresidente español, Pablo Iglesias, en inoportuno y deliberado oportunismo, volvió a la carga con su acostumbrada postura antitaurina, y con esa frase –que intento fuese demoledora- de que “A mi no me gusta y me incomoda enormemente que se reivindique como una práctica cultural a proteger algo que no puedo evitar ver como hacer mucho daño a un animal en un espectáculo para que disfrute gente”.

Pues bien, a resultas de lo anterior, lo correcto sería no responder a tan privilegiado asunto en el que, aprovechando la desescalada, y volviendo a subir al estrado principal en el estamento político español, le argumento lo que sigue:

La presente crisis ocasionada –como usted sabrá, por la pandemia del coronavirus- que, a nivel mundial padecemos, dejará una larga estela de consecuencias, mismas que tardarán años en recuperar la “estabilidad” a la que estábamos acostumbrados. Por tanto, es un buen momento para reflexionar y equilibrar ese todo. Evidentemente el factor económico será el primero por atender. Una secuela terrible se impondrá como ese daño colateral que nadie desea pero será inevitable.

Tomando en cuenta todo lo anterior, la cultura en su conjunto, deberá ser revalorizada. En ese sentido, una expresión como la tauromaquia, bien organizada en sus estructuras, podrá salir adelante. Conviene dejar pasar lo inestable de este 2020, y retomarla en 2021 para lo cual deben ponerse en marcha, mecanismos que hagan posible su presencia y su vigencia, tomando en cuenta el paso de la tradición y el de su esencia, intocados de mejor manera, pero ajustando tales elementos a los tiempos por venir.

En ese mantenerla, pero también ese depurarla, habrá que considerar todos aquellos elementos que le causaron daño, perdiendo certeza y credibilidad. La corrida de toros es ante todo, un ritual, que no debe perder nada de lo que la hace majestuosa, inigualable. Incluso, y sin la garantía de conservación que perece por parte de la UNESCO misma, ya es un auténtico patrimonio cultural inmaterial en el que la comunidad toda debe defender responsablemente, siempre bajo la rotunda carga de circunstancias que tocan su pervivencia milenaria o secular. Al tratarse de un ritual en el que se vinculan intensamente la vida y la muerte, esto no puede entrar en conflicto con una colectividad que se opone, en la teoría y la práctica, a su desarrollo. Si el argumento es “maltrato animal”, esto debe quedar claro al largo proceso donde su puesta en escena cobra una intensidad que pocos espectáculos poseen. Sus tiempos, sus pasos están encaminados de manera armónica a la culminación del acto sacrificial, del holocausto, por vía de un conjunto de factores hacia la consagración. Por tanto, nosotros los taurinos, tenemos absoluta certeza de que en ese particular despliegue de circunstancias, ocurren de manera incomparable cada uno de sus cuadros.

Vendrá el momento de definir cómo habrá de transitar de aquí en adelante. En realidad, los ajustes son mínimos (poner los ojos en el reglamento taurino, por ejemplo) e intensificar su presencia bajo el principio de una digna conservación. La historia, la estética y otras especialidades serán necesarias para fortalecerla en todo momento, aunque no debemos caer en las debilidades, ni tampoco en el coqueteo de los lugares comunes que acaban por ponernos en evidencia.

La suma de voluntades, del “todos a una” deberá ser la respuesta contundente, homogénea y sensata para una nueva época del toreo. Recuerdo, sólo como dato complementario, que, en 2026 se cumplirán 500 años de toros en México, conmemoración de la que esperamos una grandiosa oportunidad para demostrar cuán importante ha sido la presencia de este espectáculo ya, como un legado, un patrimonio.

México, mayo 21 de 2020.

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LO INABARCABLE EN UNA CORRIDA DE TOROS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   Son tiempos de reflexión y esto permite acercarnos a diversos asuntos que nos conciernen como seres humanos. Es posible que cambien muchos hábitos, formas de interrelación social, pero a ello, debe sumarse todo lo que significa acercarse de nuevo a nosotros mismos.

   Solo en el curso de estos últimos cinco meses, hemos visto el derrumbe de estructuras y superestructuras (sobre todo las económicas o laborales, a las que se suma la enorme evidencia de fragilidad con que muchos gobiernos pretendían mantener la de salud pública). Esto es, se encuentra ante nosotros un auténtico “Partenón” en el que yacen los escombros que exhiben el grado de deterioro que una pandemia, como la que seguirá con otros síntomas y que ya trascienden, nos obliga pensar y repensar lo que vendrá, sin eufemismos. Lo único que necesitamos es una realidad ante la que nos enfrentaremos, y donde lo demás, vendrá por añadidura.

   Por eso, cuando volvemos la mirada al desarrollo de un festejo taurino, encontramos tantos valores –de la vida o de la muerte-, que se sintetiza en, al menos las siguientes afirmaciones.

   Una de ellas corresponde a la frase que pronunciara el célebre músico Gustav Malher al afirmar que la “Sinfonía es como el universo, porque lo comprende todo”.

   Esta otra, corresponde al recordado Edmundo O´Gorman, maestro de varias generaciones de historiadores quien señalaba:

   Tampoco las corridas de toros son para juego; también en ellas anda muy mezclada la muerte. Mas ¿no es justamente Heidegger quien ahora nos habla en acentos de moderna filosofía del “correr hacia la muerte” como paradigma de la actitud de quien se decide a vivir con autenticidad su propia existencia? Y no se crea que se trata de un símil superficial y gratuito; veamos la cosa de cerca para desengañarnos.

   Enseña y descubre el filósofo en esa parte de más alta tensión de su libro donde analiza la muerte, que la autenticidad en el modo de ser obliga, en definitiva, a una actitud en conformidad al verdadero sentido de la muerte en cuanto que es ella la posibilidad suprema que, incluida ya en la existencia, es dueña de ella en todo momento. El hombre debe optar entre divertir su atención de esta única y verdadera meta, o bien tenerla fija en ella, aceptando con resolución inflexible su destino hacia la nada. Vivirá inauténticamente quien, huyendo de la muerte que él es, elija lo primero; auténticamente quien se decida por lo segundo. Sólo este último será quien conquiste en toda la plenitud dable al hombre la “libertad ante la muerte”, pues que actuará a lo largo de su vida de acuerdo con la revelación de haberse comprendido como “ser que muere”. Sin embargo, advierte Martin Heidegger que esto no implica que el hombre del vivir genuino trate de realizar esa suprema posibilidad, pues de ese modo, cometiendo el suicidio, la aniquilaría del todo como posibilidad, lo que equivale a no afrontarla. La actitud auténtica, pues, se resuelve en una permanente espera del morir; es un vivir en presencia de la muerte, anticipándola, pero a la vez sin hacer nada por realizarla. Describe Heidegger a esta actitud, que es el heroísmo inmanentista de más subidos quilates, diciendo, según reza la traducción de José Gaos, que es un “correr hacia la muerte”. Y está muy bien dicho, porque no se trata de alcanzar la muerte, sino de ir tras ella, y en ese ir o correr está la decisión en que se finca la autenticidad de la vida. Pero dígaseme ahora si no es esto, precisa y muy precisamente, lo que simboliza la fiesta española de los toros. para el hombre auténtico heideggeriano, las cosas de la vida, que es un estarse muriendo, no tiene significado permanente y substancial. Sin embargo, no hay que rechazarlas, hay que hacerlas con gracia y como jugando en serio. La vida, para él, como para el torero, está compuesta de lances o de suertes que en sí no son nada, pero que en ellos les va a quien en ellos andan, nada menos que la vida misma. Sin la constante presencia de la muerte la vida carecería de sentido; lo propio acontece en el toreo. Jugar para morir es la definición de ambos. El matador de toros simboliza al hombre en presencia de su fin. Reducido a sí mismo, inerme, debe estar solo el torero sin más que el puro ardid de la razón, simbolizada en la capa y la muleta, para que su soledad nos diga que, como dice el filósofo, “nadie puede morir en lugar de otro”. Solo, en efecto, debe entrar en la suerte, y una vez entrado en ella, es decir, en la vida, si es torero, clavados los pies en la arena y fija la mirada en la inminencia de su fin, debe afrontar con firme resolución de no moverse du destino inexorable. Mal torero es, sin embargo, aquel a quien prende su enemigo. Ponerse en trance de muerte, correr tras ella, tal es la esencia, tal el secreto de la misteriosa fascinación que tienen las corridas de toros, símbolo a la española de lo que debe ser en el orden de la inmanencia la autenticidad de la vida. Proponemos, pues, para definición técnica y precisa de la inautenticidad, aquella castiza frase de “sacarle la vuelta al toro”, que eso y ya muy de viejo y siempre, es lo que ha significado.

   Junto a las catedrales y sus misas, las plazas de toros y sus corridas. ¡Y luego nos sorprendemos que a España y los suyos de este lado nos cueste tanto trabajo entrar por la senda del progreso y del liberalismo, de confort y de la seguridad! Muestra así España, al entregarse de toda popularidad y sin reservas al culto de dos religiones de signo inverso, la de Dios y la de los matadores, el secreto más íntimo de su existencia, como quijotesco intento de realizar la síntesis de los dos abismos de la posibilidad humana: el “ser para la vida” y el “ser para la muerte”, y todo en el mismo domingo.[1]

   Esta larga cita, la de un historicista convencido, nos deja ver primero, que “la historia es vida”, como él lo planteaba y lo defendía, a capa y espada. En otros términos, pone en confrontación y ante la realidad, el dilema de la vida y la muerte, donde el telón de fondo es ni más ni menos que la corrida de toros. Palabras e ideas de peso, como pocas.

   La otra, casi un aforismo, es de José Alameda:

Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte.

   En ellas, se decanta el significado que para el aficionado significa aceptar la presencia evidente y natural de un ritual, el que comprende el sacrificio y muerte del toro, con su carga de siglos a cuestas y un cúmulo ancestral de razones identitarias, que le son consubstanciales a dicha representación en cuyo fondo, se encuentra la crudeza, colmada de técnica y arte, donde dos fuerzas se enfrentan de manera absoluta, y donde una de ellas resulta vencedora. Ese cuadro ha representado para muchos un símbolo de tortura y maltrato animal.

   Sin embargo, si nos atenemos a todos los códigos que se concentran en el desarrollo del ritual –no olvidemos esa razón-, es cuando esa mirada se aleja y no comprende el principio elemental en el que el hombre hubo de necesitar la domesticación y también el cuidado de aquellas razas animales, o especies vegetales que sirvieran como forma y fondo para su supervivencia, en pertinente equilibrio que llega hasta nuestros días.

   Es cierto, el toreo en sus diversas etapas, tuvo que superar otros tantos estadios, evolucionar y alcanzar ese grado con el cual, se adapta a tiempos como los de nuestros días, en los que, nuevas ideas implicadas con el neoliberalismo, la globalización y demás filosofías, se encuentra permeada de todo aquello que signifique lo pertinente o no, y en este caso, del destino que puede darse o aplicarse a razas animales a quienes, desde la bioética se les ha considerado como seres sintientes.

   Si la del toro de lidia fuese una más, es probable que la matanza al interior de un rastro, no signifique más que el fin de un proceso rutinario. Con lo anterior, de lo único que se trata es impulsar un elemento sustancial, desde sus más hondas raíces, que garantice la celebración, una vez más de ritual tan intenso.

   Y el ritual, también puede entenderse como holocausto o sacrificio, que nos lleva a entender, porque por lo menos así lo creemos acercándonos a su muy peculiar desarrollo, que sucede en un espacio abierto, y donde toda su intensidad deslumbra, conmueve y emociona también.

   Así que, en este volver al principio de todas las cosas, cuando la humanidad retorna al punto cero, ese que había olvidado, es bueno recordar que en ese todo, la corrida de toros o la tauromaquia en su conjunto, es la summa de una experiencia no solo secular, sino milenaria.

   Poco más adelante, en esta misma y considerable columna de “Editoriales”, ofrezco otra lectura complementaria, que lleva como título: ¿TIENE FUTURO EL PASADO TAURINO DESDE NUESTRO PRESENTE?, aunque viendo como pinta la nueva realidad, creo que tendremos que adaptarnos a sus nuevas condicionantes, de aquí en adelante, sobre todo si entre nuestra propia comunidad, la que se declara como la de los taurinos, pretendemos salvar o recuperar el sentido y significado de la tauromaquia.

8 de mayo de 2020.


[1] Edmundo O´Gorman, Crisis y porvenir de la ciencia histórica. México, Imprenta Universitaria, 1947. XII-349 p. 342-6.

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UNA CRISIS A VENCER: EL CORONAVIRUS FRENTE A LA TAUROMAQUIA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

I

Es bueno pensar en estos momentos, sobre el que será el nuevo estado de cosas en cuanto la situación mundial primero. Nacional luego y taurina después se encuentren con realidades hasta ahora no previstas. Ya nada será igual, pues factores como el de la economía se van a ver absolutamente devastados y su recuperación, en medio de recesiones y limitaciones será muy lenta.

No se trata de un fenómeno más. Su dimensión global causará, como ya sucede, una afectación irreversible. Al calentamiento global o el inicio de una guerra por el agua y otros componentes, ahora se suma la pandemia del COVID-19. Así que, la humanidad toda tendrá que afrontar una cruda realidad si no pretende liberarse de todos estos efectos.

Una economía quebradiza será resultado de todo esto, por lo que tendrán que ponerse en marcha nuevos y más agresivos esquemas de recuperación. Así que, en lo taurino, ya nada de lo que hasta hace unos días era hacer uso de sus propias estructuras y formas de actuar, no podrán aplicarse, salvo si se pretende salvar una tradición o un patrimonio que con esto aún será más difícil.

Y si la tauromaquia ya mostraba síntomas muy claros de deterioro, la presente crisis mundial podría desaparecerla.

Créanme, no estoy pensando con el pesimismo como consejero, sino con la más cruda realidad por lo que viene.

Tres años bastaron para que la “gripe española” causara sus efectos letales, ocasionando una pérdida humana irreparable (50 millones de personas murieron a causa de aquel virus), como lo fueron también las dos guerras mundiales. Ahora, nos preparamos para tiempos difíciles y lo prioritario es que se adopten todas las medidas sanitarias, pero también las económicas, políticas y laborables que garanticen posibilidades de un mejor porvenir.

Todos prevemos una condición final al asunto con demasiada vulnerabilidad. Sin embargo, el sector taurino tendrá que replantear seriamente una digna recuperación basada en el estudio y aplicación de medidas que no van a ser inmediatas. Tomará tiempo, quién sabe cuánto, y cuyas respuestas serán a mediano y largo plazo.

El colapso mundial se ve venir, y no soy catastrofista, simplemente veo y percibo la realidad tal cual es, y de ello no podrá evadirse nadie. Todo será posible como lo advertía líneas atrás, si se aplican las medidas de restauración y estabilización más inmediatas. Incluso agresivas, si antes el efecto posterior a la pandemia no nos sorprende.

La humanidad, en su conjunto tiene ya una tarea responsable que poner en práctica. Y en cuanto a la que será o podría ser una nueva época en el toreo, de eso dependerá la actuación de todos y cada uno que pretendemos su pervivencia. Ahora mismo, y con esto termino, no hay nada claro. Su presencia en lo histórico es sólida y de ello, el trabajo para estudiarla en ese sentido es muy rico, por lo que no abandonaré el compromiso. De ahí que se garantice su investigación y difusión hasta donde las condiciones lo permitan.

II

El pasado 19 de marzo, la Asociación Internacional de Tauromaquia, encabezada por el ganadero Victorino Martín, y en este caso por la Junta Directiva y el Equipo Jurídico, emitieron un claro posicionamiento denominado “La fiesta de los toros y el coronavirus”.

La Fiesta de los toros y el coronavirus

   En dicho documento, están expuestas las condiciones actuales –que de ese día 19 a hoy, 24 de marzo se han complicado aún más-. Allí se plantean los escenarios provocados por la pandemia que ha puesto a la humanidad toda en un predicamento y una complicación sin precedentes.

Mencionan la suspensión de los ciclos feriales y lo que ese solo factor implica. Pero también establecen posturas elevadas por los actores del sector taurino: empresarios, ganaderos, toreros, cuadrillas de picadores y banderilleros; así como de las corporaciones (ayuntamientos, comisiones taurinas y estamentos oficiales) y aficionados. En esos términos, concluye el documento:

La Tauromaquia es el segundo espectáculo de masas de España. Su actividad genera abundantes recursos a las arcas del Estado, además de ser uno de los más genuinos elementos culturales de la identidad de este país, que motiva a millones de turistas a incluirla entre sus destinos predilectos.

   No nos queda duda que la Tauromaquia va a sobrevivir a la crisis del Coronavirus, pero esto solo se alcanzará, satisfactoriamente, con la cooperación de todos los sectores.

   Las partes implicadas deberán abordar la situación privilegiando la negociación, la mediación y la conciliación, con las ideas claras en cuanto a que se impone un nuevo y especial trato en las relaciones que rigen el sector, ante las actuales circunstancias.

   De lo anterior, esperaríamos una réplica de todos los “estamentos taurinos” mexicanos, con objeto de que allí se establezcan panoramas claros sobre su mirada, pero sobre todo saber qué medidas podrán ser las mejores en cuanto la pandemia deje de tener efecto y las actividades, a todos los niveles, comiencen a normalizarse.

Me queda claro, y lo apunto una vez más, que la economía, y las condiciones ofrecidas para entonces, será el único y gran inconveniente por resolver. Las medidas tomadas en las tres escalas en cada uno de los países afectados, llevan a su población a puntos de aislamiento y cuidado primero. Pero también en riesgo respecto a lo inseguro que es hoy recuperar fuentes de trabajo. En nuestros días, el 57 % de la población mexicana está basado en la economía informal. Si llegado el momento en que la vida recupere de nuevo su pulso, y ese porcentaje se incremente en forma notable, esto será un factor riesgoso que el estado tendrá que atender debida y contundentemente, antes de que pueda presentarse un escenario lleno de complicaciones.

La tauromaquia mexicana, de estabilizar su ritmo, tendrá que fijar métodos y medios contundentes, apropiados y puestos al día, procurando garantizar su reactivación. La fiesta conserva unos elementos tradicionales que hacen de ella una expresión muy particular. Por lo tanto conviene que los conservemos en su mayor pureza posible, pero usándolos debidamente en las nuevas, contundentes y eficaces medidas que deberán ponerse en marcha, tan luego quede superada la crisis de la pandemia provocada por el coronavirus. De no ser así, el toreo tendrá que entrar en una etapa depresiva total.

Ciudad de México, 24 de marzo de 2020.

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HABLA LA MEMORIA…

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El autor en 2019. Fotografía de Óskar Ruizesparza.

Este año serán 10 de que el blog APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS (https://ahtm.wordpress.com/), se puso en marcha, con objeto de divulgar la mayor cantidad posible de información histórica, acompañada de diversas herramientas que escalan su radio de influencia, lo cual se traduce –y cuando escribo estas notas-, en 1857 entregas.

Los avances galopantes de la tecnología y sus solos mecanismos de operación, condenaron al blog en su conjunto a desaparecer, desplazarse, marginarse y mudarse de esta a otra plataforma digital. Sin embargo, ha sido posible mantener su presencia, lo que permite garantizar la continuidad, quedándonos claro a quienes lo construimos cada día, que su vigencia tendrá que ser revalorada y no perder por tanto su cobertura que posee en tanto medio vinculado a las nuevas propuestas digitales.

El tema, como razón de ser en su presencia es la tauromaquia, motivo de fuertes cuestionamientos surgidos de una abierta y explícita respuesta a la cuarta revolución industrial, al fenómeno actual de influencias ejercido por el neoliberalismo y la globalización, así como por el solo hecho del cambio de actitud radical reflejado por la sociedad (no siempre toda) y su forma de pensar, desde el momento en que los avances tecnológicos de información y comunicación (la computadora, la internet –portales, blogs y nanoblogs-, el teléfono celular) estuvieron al alcance del ciudadano común. Ello ha permitido acceso a la información plural, participación activa en grupos homogéneos y articulados, así como la cercanía a realidades, sin más.

Por todas esas razones, conviene comentar que en mi calidad de historiador e investigador en todo aquello relacionado con los toros (incluyendo otra línea de investigación, sobre la historia de la electricidad en México); así como de literatura en general: Es mi deber informarle al lector que a continuación, adjunto un archivo PDF en el cual se detalla obra publicada desde 1987 y hasta 2019, y en lista aparte, los trabajos terminados y los que se encuentran en proceso.

OBRA TERMINADA y PUBLICADA_JFCU_1987-2020

Actualmente realizo labores de “desmantelamiento” en mi equipo personal, con objeto de organizar y presentar el todo de mi obra, la cual alcanzará en 2027 lo que ya considero como “50 años honrando la escritura”. Además, ese ejercicio tendrá por objeto hacer entrega de tal archivo a diversas instituciones académicas (soportado por las asociaciones civiles a que pertenezco), con objeto de que pase a formar parte del material de consulta, pensado para las futuras generaciones. Sus comunidades encontrarán tres fondos:

-Historia de la tauromaquia en México;

-Historia de la electricidad en México, y

-Literatura en general.

…Lo anterior significa el resultado de todo mi trabajo, que quedará en expresión digital. De ese modo, escritos, iconografía, índices y otras herramientas estarán en posibilidad de acceso libre, con la certeza del buen uso dado a los mismos.

A continuación, presento al lector la relación de obra que actualmente se encuentra publicada, terminada (pero sin publicar) y aquella otra en proceso en datos muy generales.

TAUROMAQUIA EN MÉXICO.

1.-Catálogo general de obra (1977-2020), que consta de tres trabajos: catálogo, obra publicada y reconocimientos.

2.-Blog “APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS (2010 en adelante), el cual reúne, hasta el momento, 264 carpetas, de las cuales provienen 1857 entregas.

3.-Colaboraciones para el portal “AlToroMéxico.com”, publicadas desde febrero de 2016 a la fecha, que suman cerca de 200.

4.-Serie: CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO y OTRAS NOTAS DE NUESTROS DÍAS, la cual consiste en alrededor de 40 libros, y cuyo contenido –en cada uno- es de aproximadamente 100 artículos, ensayos o textos destinados al análisis de la tauromaquia.

5.-Serie: Iconografía. Este rubro comprende carpetas, catálogos y demás asuntos relacionados con imágenes (en todos sus soportes), piezas de bulto o registros sonoros. Actualmente, debe tener concentrados más de cien mil documentos.

6.-Serie “Biografías”. Entre otros personajes en proceso de elaboración, se encuentran:

-Ponciano Díaz Salinas

-Artemio de Valle-Arizpe y los toros

-Luis G. Inclán

-Julio M. Bonilla

-José Alameda

-Domingo Ibarra

-Jesús “El Ciego” Muñoz

-Juan Silveti Mañón

-Manuel García Santos

-Vicente Oropeza

-José Bergamín

-Renato Leduc

-Roque Armando Sosa Ferreyro

-Luis Spota

7.-Serie: “Conferencias, ponencias y disertaciones”. (Registro y concentración de las 100 presentadas desde 1985 y hasta 2019).

8.-Serie “500 años de Tauromaquia en México”.

9.-Temáticos

-Las mojigangas: aderezos imprescindibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX.

-Ilustrador Taurino Mexicano (Varios tomos).

-Galería de toreros mexicanos de a pie y a caballo. Siglos XVI-XIX.

-Galería de toros famosos. Siglo XIX y hasta 1946.

-Galería de suertes a pie y a caballo, practicadas entre los siglos XVI al XIX y que hoy, una gran mayoría de las mismas se encuentran en desuso.

-Galería de carteles (Siglos XVIII, XIX y primera mitad del XX).

-Galería de la prensa taurina en México. Siglos XVIII y XIX.

-Galería documentada sobre plazas de toros que funcionaron en la ciudad de México –y algunas de sus provincias-, entre los siglos XVI al XIX.

10.-Recomendaciones y literatura, con los siguientes títulos:

-La pasión de los toros…, según san Mateo.

-Tesis de maestría en Historia. La prohibición impuesta a las corridas de toros en 1867.

-Tesis de doctorado en Historia. Historia de la ganadería de Atenco.

-Tesis de doctorado en Bibliotecología y estudios de la Información

…al que leyere… Historia de la ganadería de Santín.

-Tratado sobre la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI en ocho tomos.

-Lecciones de historia y estética taurina mexicana.

-Historia taurina de la ciudad de Celaya (Guanajuato). Siglo XVI a nuestros días. 2ª ed.

-Las nuestras. Tauromaquia mexicana con toque femenino. Desde los siglos virreinales y hasta nuestros días.

-Fiestas de toros, juegos de cañas y alcancías… Introducción, estudio y reproducción facsimilar a la obra escrita por María de Estrada Medinilla en 1640, con motivo de la recepción al virrey Marqués de Villena en la ciudad de México.

-José Guadalupe Posada en los toros. Cronista de la imagen.

-Historia de la cirugía taurina en México. Siglos XVI-XXI. 2ª ed.

-Miniaturas Taurinas (Varios tomos).

-Relaciones de sucesos. Análisis documental de festejos donde fueron incluidos los taurinos en el curso del virreinato.

-Cine y toros. (Varios tomos, acompañados de una importante concentración de imágenes cinematográficas digitalizadas).

-Efemérides taurinas novohispanas, del siglo XIX y parte del XX.

-Glosario y diccionario taurino.

-Revelando imágenes taurinas mexicanas.

-Editoriales.

-Del anecdotario taurino mexicano (Varios tomos).

-De figuras, figuritas y figurones.

-El arte… por el arte.

-Museo galería taurino mexicano.

-Historia de la caricatura taurina en México.

-A toro pasado.

-Un día en la vida de… Ponciano Díaz Salinas.

-Charrería y tauromaquia. Tauromaquia y charrería: dos caminos, una causa.

…y otros títulos que quedan pendientes de relacionar en estos diez rubros.

   Todo lo anterior representa hasta el momento, entre obra publicada o en proceso, alrededor de 250 libros.

Ciudad de México, 16 de marzo de 2020.

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¿TIENE FUTURO EL PASADO TAURINO DESDE NUESTRO PRESENTE?

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Esta imagen es la summa de todo cuanto pretende la colaboración que hoy se publica en este blog. Fotógrafo, Lucien Clergue. La fotografía fue seleccionada por la antigua agencia UPI, en 1967 como una de las mejores en aquel entonces. Col. digital del autor.

Procuro como historiador, recuperar el pasado en todas sus dimensiones y todos sus valores, a la luz del presente. Esa es una de las principales obligaciones de quien pone atención en los hechos pretéritos y les da su toque de realidad siempre con la congruencia como aliada ideal. Pero ¿y el futuro?

Esa prospectiva, siempre necesaria, nos refiere un destino incierto que todos los seres humanos tenemos claro en nuestros destinos, y luego el de los pueblos. Por ejemplo, el reciente impacto que viene ocasionando el cambio climático genera y está generando movimientos sociales que no solo es un conflicto sujeto a una discusión (que ya es global), sino que entre otros, una niña, la célebre sueca Greta Thunberg ha levantado la voz, clamando sobre todo lo que viene o puede venir si no se toman las medidas necesarias para contenerlo e incluso, con todo el esfuerzo que ha de ponerse para tan urgente recuperación, procurar mejores condiciones de bienestar para las generaciones venideras.

En ese sentido, quienes nos sentimos parte de un ámbito que caracteriza a la tauromaquia como legado, con todos sus componentes que se han tejido desde tiempos inmemoriales, y que ha llegado hasta nuestros días, no tenemos claro si dicho patrimonio seguirá formando parte en la cultura de aquellas naciones que la han hecho suya. En este aquí y ahora se vive uno de los momentos más críticos debido a ese ataque frontal que ha impuesto un amplio sector de opositores, según los cuales se convierte toda esta expresión en la suma de lo que consideran como auténtica tortura animal.

Evidentemente que sería largo tratar y detallar esa confrontación de siglos, y que hoy, gracias a las nuevas tecnologías de información y comunicación, la cobertura de opiniones, a favor o en contra, encuentra espacios nunca antes previstos. Y esa es una razón de peso para reforzar nuestra postura que permita justificar si el toreo es susceptible de su conservación o desaparición.

Tal dilema nos mantiene en medio de circunstancias donde se establecen condiciones de pervivencia o muerte.

En ese sentido, nuestra legítima defensa se sustenta en todos aquellos elementos de que ha sido integrada dicha manifestación a lo largo de los siglos, considerando esto desde el momento mismo en que el hombre tuvo su primer encuentro con el toro. De acuerdo a los estudios antropológicos más pertinentes, tal circunstancia ocurrió hace unos 23 mil años.

Todo aquel que se considere aficionado a los toros debe saber que, para hacer una defensa legítima de un espectáculo cada vez más cuestionado, es preciso conocer que su permanencia se debe a una serie de procesos cuya integración puede sumar varios milenios. Sociedades primitivas vincularon los ciclos agrícolas concibiendo figuras idealizadas a las que comenzaron a rendir culto. En el bagaje complicadísimo de su andar por los siglos, fue necesario incorporar elementos que, llevados al sacrificio, cumplían con propósitos de celebración, veneración y hasta petición, cuyos fines se ligaban a la obtención de buenas cosechas o buscaban erradicar el mal producido por sequías, inundaciones o plagas.

La caza del toro por el hombre primitivo para aprovechar su carne como alimento, su piel como vestido y más tarde, con el surgimiento de las sociedades agrícolas, como instrumento de trabajo, fue probablemente el embrión de la tauromaquia. Para apoderarse del animal, el hombre debió oponer su habilidad e inteligencia a la fuerza bruta del bóvido, dando origen a ciertas prácticas que podrían ser consideradas como una lidia primitiva. Más tarde, estas prácticas se utilizarían como deporte y como ritos religiosos.

En el sincretismo, la amalgama que esas y otras sociedades tuvieron, ya fuera por expansión de sus dominios, por guerras o esa intensa lucha que las creencias también fueron forjando, permitieron que los pueblos fueran cambiando lentamente sus esquemas de vida, asunto este que permitió, entre otras muchas cosas, expresiones de la vida cotidiana. Es así, que en ese largo proceso además de que el hombre ya convivía con animales y los domesticaba, así también surgieron expresiones que, al cabo de los siglos y de sus necesarias adecuaciones, el toreo encontró espacios de desarrollo sin dejar de incluir aquel elemento originario el que, en su nueva manifestación de rito y fiesta siguió su camino.

Que el toreo despierte pasiones es un hecho. Los componentes que reúne han producido, producen y seguirán produciendo diversos niveles de intensidad en las polémicas, las confrontaciones, el debate que unos y otros han mantenido por siglos. Hoy día, con explicaciones como la que ahora mismo se presenta, se da un paso adelante en el sentido de justificar el porqué de los toros, de ahí la importancia de revalorar sus significados, sin mengua de que nos enfrentamos o podemos enfrentarnos a auténticos juicios sumarios que muchas veces se cierran a la razón, siendo para nosotros la única bandera que ondea en el campo de batalla.

Por todo lo anterior, el uso del lenguaje y este construido en ideas, puede convertirse en una maravillosa experiencia o en amarga pesadilla.

En los tiempos que corren, la tauromaquia ha detonado una serie de encuentros y desencuentros obligados, no podía ser de otra manera, por la batalla de las palabras, sus mensajes, circunstancias, pero sobre todo por sus diversas interpretaciones. De igual forma sucede con el racismo, el género, las diferencias o compatibilidades sexuales y muchos otros ámbitos donde no sólo la palabra sino el comportamiento o interpretación que de ellas se haga, mantiene a diversos sectores en pro o en contra bajo una lucha permanente; donde la imposición más que la razón, afirma sus fueros. Y eso que ya quedaron superados muchos oscurantismos.

En algunos casos se tiene la certeza de que tales propósitos apunten a la revelación de paradigmas, convertidos además en el nuevo orden de ideas. Justo es lo que viene ocurriendo en los toros y contra los toros.

Hoy día, frente a los fenómenos de globalización, o como sugieren los sociólogos ante el hecho evidente ante la presencia de una “segunda modernidad”, donde las reses sociales se han cohesionado hasta entender que regímenes como los de Mubarak o Gadafi cayeron en gran medida por su presencia, o como ocurrió también con los “indignados” (en 2016), con lo que viene dándose en fenómeno de muchos cambios, algunos de ellos radicales de suyo que dejan ver el desacuerdo con los esquemas que, a sus ojos, ya se agotaron. La tauromaquia en ese sentido se encuentra en la mira.

Pues bien, ese espectáculo ancestral, que se pierde en la noche de los tiempos es un elemento que no coincide en el engranaje del pensamiento de muchas sociedades de nuestros días, las cuales cuestionan en nombre de la tortura, ritual, sacrificio y otros componentes como la técnica o la estética que le son consubstanciales al espectáculo para culminar con aquellos “procedimientos”, procurando abolirlas al invocar derechos, deberes y defensa por el toro mismo.

La larga explicación de si los toros, además de espectáculo son: un arte, una técnica, un deporte, sacrificio, inmolación e incluso holocausto, nos ponen hoy en el dilema a resolver, justificando su puesta en escena, las razones todas de sus propósitos y cuya representación se acompaña de la polémica materialización de la agonía y muerte de un animal: el bos taurus primigenius o toro de lidia en palabras comunes.

Bajo los efectos de la moral, de “su” moral, ciertos grupos o colectivos que no comparten ideas u opiniones con respecto a los que se convierte en blanco de crítica o cuestionamiento, imponen el extremismo en cualquiera de sus expresiones. Allí está la segregación racial y social. Ahí el odio por homofobia,[1] biofobia,[2] por lesfobia[3] o por transfobia[4]. Ahí el rechazo rotundo por las corridas de toros, abanderado por abolicionistas que al amparo de una sensibilidad ecológica pro-animalista, han impuesto como referencia de sus movimientos la moral hacia los animales. Ellos dicen que las corridas son formas de sadismo colectivo, anticuado y fanático que disfruta con el sufrimiento de seres inocentes.

En este campo de batalla se aprecia otro enfrentamiento: el de la modernidad frente a la raigambre que un conjunto de tradiciones, hábitos, usos y costumbres han venido a sumarse en las formas de ser y de pensar en muchas sociedades. En esa complejidad social, cultural o histórica, los toros como espectáculo se integraron a nuestra cultura. Y hoy, la modernidad declara como inmoral ese espectáculo. Fernando Savater ha escrito en Tauroética: “…las comparaciones derogatorias de que se sirven los antitaurinos (…) es homologar a los toros con los humanos o con seres divinos [con lo que se modifica] la consideración habitual de la animalidad”.[5]

Peter Singer primero, y Leonardo Anselmi después, se han convertido en dos importantes activistas; aquel en la dialéctica de sus palabras; este en su dinámica misionera. Han llegado al punto de decir si los animales son tan humanos como los humanos animales.

Sin embargo no podemos olvidar, volviendo a nuestros argumentos, que el toreo es cúmulo, suma y summa de muchas, muchas manifestaciones que el peso acumulado de siglos ha logrado aglutinar en esa expresión, entre cuyas especificidades se encuentra integrado un ritual unido con eslabones simbólicos que se convierten, en la razón de la mayor controversia.

Singer y Anselmi, veganos convencidos reivindican a los animales bajo el desafiante argumento de que “todos los animales (racionales e irracionales) son iguales”. Quizá con una filosofía ética, más equilibrada, Singer nos plantea:

Si el hecho de poseer un mayor grado de inteligencia no autoriza a un hombre a utilizar a otro para sus propios fines, ¿cómo puede autorizar a los seres humanos a explotar a los que no son humanos?

Para lo anterior, basta con que al paso de las civilizaciones, el hombre ha tenido que dominar, controlar y domesticar. Luego han sido otros sus empeños: cuestionar, pelear o manipular. Y en esa conveniencia con sus pares o con las especies animales o vegetales él, en cuanto individuo o ellos, en cuanto colectividad, organizados, con creencias, con propósitos o ideas más afines a “su” realidad, han terminado por imponerse sobre los demás. Ahí están las guerras, los imperios, las conquistas. Ahí están también sus afanes de expansión, control y dominio en términos de ciertos procesos y medios de producción en los que la agricultura o la ganadería suponen la materialización de ese objetivo.

Si hoy día existe la posibilidad de que entre los taurinos se defienda una dignidad moral ante diversos postulados que plantean los antitaurinos, debemos decir que sí, y además la justificamos con el hecho de que su presencia, suma de una mescolanza cultural muy compleja, en el preciso momento en que se consuma la conquista española, logró que luego de ese difícil encuentro, se asimilaran dos expresiones muy parecidas en sus propósitos expansionistas, de imperios y de guerras. Con el tiempo, se produjo un mestizaje que aceptaba nuevas y a veces convenientes o inconvenientes formas de vivir. No podemos olvidar que las culturas prehispánicas, en su avanzada civilización, dominaron, controlaron y domesticaron. Pero también, cuestionaron, pelearon o manipularon.

Superados los traumas de la conquista, permeó entre otras cosas una cultura que seguramente no olvidó que, para los griegos, la ética no regía la relación con los dioses –en estos casos la regla era la piedad- ni con los animales –que podía ser fieles colaboradores o peligrosos adversarios, pero nunca iguales- sino solo con los humanos.[6]


[1] Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.

[2] Rechazo a los bisexuales, a la homosexualidad o a las personas bisexuales respectivamente.

[3] Fobia a las lesbianas.

[4] Odio a los transexuales.

[5] Fernando Savater: Tauroética. Madrid, Ediciones Turpial, S.A., 2011, 91 p. (Colección Mirador)., p. 18.

[6] Op. Cit., p 31.

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CARTA DIRIGIDA A FABRIZIO MEJÍA MADRID.

EDITORIAL.

Carta dirigida al Sr. Fabrizio Mejía Madrid.

Ciudad de México, 27 de septiembre de 2019

 Sr. Mejía Madrid:

I

   Me permito dirigirle este escrito, con objeto de hacer algunos comentarios relacionados con la publicación de un reciente artículo suyo, mismo que formó parte de la edición de proceso, en su número 2237, del 15 de septiembre pasado.[1]

“Desde la barrera” es el título de la colaboración, misma que aparece en páginas centrales, lo cual es indicativo de que los editores de tal revista le hayan concedido uno de los espacios más deseados en cualquier publicación de reconocido prestigio, que tal es el caso de este semanario de información y análisis con 43 años de amplio recorrido donde el ejercicio periodístico y de análisis, sobresalen notablemente.

Sin embargo, al dar lectura a su escrito, diversos aspectos en el contenido del mismo, son motivo de una detenida revisión y reflexión, de ahí que confiese el hecho de que disiento de sus planteamientos, mismos que provienen de una posición decididamente antitaurina, y cuyo sustento documental o teórico da a su trabajo la nada extraña inestabilidad de argumentos planteados desde el territorio por el que usted muestra o tiene empatía.

De entrada, y en su primera frase argumenta: “Ahora que se realizará una consulta sobre la prohibición de las corridas de toros en México…” Nada nos dice hasta hoy que eso vaya a ocurrir. Sabemos de antemano, que el Lic. Andrés Manuel López Obrador, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, es un convencido del legado que la figura pública y política de Benito Juárez, y que la sola frase por el pronunciada, de que “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, es paradigma fundamental en su gobierno.

A pregunta expresa hecha el pasado 5 de septiembre, en su acostumbrada conferencia en Palacio Nacional, se le planteaba la posibilidad sobre si los toros deben prohibirse o no. Su respuesta fue plantear que el punto se someta a una “consulta” popular, lo que significa también, poner en riesgo, en caso de suceder una votación adversa, que la tauromaquia quede sujeta a desaparecer.

De ese modo, debo decirle que nosotros taurinos, fundados en el derecho de la libertad, manifestamos que el patrimonio cultural de la tauromaquia, es una expresión que se integró a la vida cotidiana de nuestro país, alcanzando cerca de 500 años de convivir entre nosotros.

A lo largo de casi cinco siglos, es y ha sido parte de la cultura popular, y de que siendo resultado de un evidente mestizaje entre dos culturas –europea y precolombina-, ha conseguido integrarse en diversas poblaciones de nuestro territorio, maridaje que está vivo hasta nuestros días.

Su presencia ha permitido crear entornos naturales, como la ganadería cuyo sustento hoy día es la ecología y la biodiversidad. Que solo en ese rubro, es fuente de trabajo para unas 60 mil personas, entre otros aspectos que redundan en una derrama económica favorable, sin dejar de mencionar otro sinnúmero de asuntos que favorecen la dinámica en este patrimonio.

De someter al espectáculo taurino en todas sus representaciones a una consulta popular, ello vulnera en principio, lo establecido por la Convención para la salvaguarda del patrimonio cultural, documento que emitió la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas), el 17 de octubre de 2003, mismo que plantea lo siguiente:

  1. a) la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial;
  2. b) el respeto del patrimonio cultural inmaterial de las comunidades, grupos e individuos de que se trate;
  3. c) la sensibilización en el plano local, nacional e internacional a la importancia del patrimonio cultural inmaterial y de su reconocimiento recíproco;
  4. d) la cooperación y asistencia internacionales.

Por otro lado, e igual de importante es:

-Que el alma de los pueblos que es su cultura, no se prohíbe, se defiende, se conserva y se protege.

-Que ninguna autoridad puede prohibirla válidamente, y mucho menos invocando una legitimidad basada en dudosas consultas.

Y aún más. Un elemento cultural, incluso por ser minoritario, no puede ser descalificado como tal, ni sometido a voto alguno, pues en ese caso se utilizaría un supuesto proceso democrático como instrumento de censura cultural.

Por lo tanto, invocando el sentido de madurez que recae en los destinos que, como Presidente de México nos plantea, conduciendo al país por los senderos de la prosperidad, conviene una reflexión donde se imponga un razonable sentido para proteger esta manifestación cultural, en el entendido de que no es, ni por asomo, cuanto se argumenta en su contra, sino que se constituye y representa como un profundo proceso ritual, de honda tradición milenaria, suma de aportaciones legadas por diversas culturas, las de oriente y occidente. Y que luego, a partir de 1526 se materializan aquí, se integran y se enriquecen con valores y elementos que provienen de una compleja consecuencia, derivada del proceso de conquista, hace ya 500 años.

Superado el trauma, pero sobre todo asimilada e integrada aquella experiencia, el mestizaje surtió efecto y el toreo, entre otros aspectos fue integrado y hecho suyo por el espíritu de nuestros pueblos que hasta hoy lo conservan y mantienen como propio.

Apelamos respetuosamente, con objeto de que, sin necesidad de esa alternativa en la que una simple votación elimine o pueda eliminar una tradición; por el simple hecho de respetar la opinión de las mayorías, esto podría sentar un claro precedente donde también otros aspectos de la vida cultural en este país, queden condenados al mismo racero.

Creemos firmemente que el poder no existe. Se crea.

II

A continuación, dispone usted de la lectura de un libro que, entre los historiadores consideramos como “clásico”. Me refiero, y no podía ser de otra manera a ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces, de Juan Pedro Viqueira Albán, obra que ha merecido varias ediciones, desde su aparición en 1987, por el Fondo de Cultura Económica.

En efecto, lo que plantea el autor, es del todo creíble, partiendo de la base donde precisamente aquel siglo representó el espacio temporal de cambios radicales en las formas de pensar o de gobernar incluso. Lo que plantea tiene como fondo el reordenamiento administrativo que la corona impuso sobre el virreinato de la Nueva España, a partir de diversos episodios de desorden político, administrativo o social que se dieron al relajarse precisamente aquellos aspectos, bajo la premisa de un “acátese, pero no se cumpla”. Entre los asuntos que fueron motivo de revisión por su parte, son aquellos referidos a las notorias jerarquías al interior de la plaza de toros, lo cual es resultado de un complejo proceso de integración que aceptaron o permitieron las autoridades a lo largo del tiempo. Disponer de una “lumbrera”, era suficiente razón para que los representantes políticos o religiosos entraran en profundas discusiones, y en eso, los “diputados de fiestas”, tendrían que haber resuelto de la mejor manera cada caso.

Un dato más que pone en entredicho sus apuntes, es el hecho de que “La primera corrida novohispana se realiza hace casi 500 años, el 13 de agosto de 1529…”. En tal fecha se conmemoraba la caída del imperio azteca. Así fue como en Cabildo, decidieron tan importante ocasión, aunque se sabe que Hernán Cortés, en la quinta “Carta-Relación” enviada al Rey Carlos V en septiembre de 1526, afirmaba que, el 24 de junio de aquel año se había celebrado un festejo donde “se corrieron ciertos toros” y luego entre 1527 y 1528 también hubo ocasión de que se efectuaran algunos espectáculos. El de 1529 cobró notoria importancia pues pudo afirmarse entre otras razones, con la presencia del “pendón real”, pieza que adquirió un símbolo especial.

Y es curioso enterarnos que el pendón no era un objeto emblemático más. Con su sola referencia, y encabezando el desfile que ocurrió poco más de 250 años, cada 13 de agosto se llegó a llamar el día del Paseo del Pendón, el del patrón San Hipólito. A esta efeméride se une otra, en igual jornada y lugar, justo cuando sucede la capitulación del imperio encabezado por Cuauhtémoc, convirtiéndose así en el último día de Tenochtitlan.

Párrafos adelante, usted refiere que “las corridas comenzaron a ser practicadas por caporales de las haciendas, briagos entusiasmados por la repentina pérdida del miedo y que se despojaron del glamour aristocrático, por lo que la “nobleza” novohispana decidió practicar la lidia escondiendo su rostro con un antifaz. De ahí el primer término, no priista, del “tapado”.

Tanto como que fueran simples “briagos entusiasmados por la repentina pérdida del miedo”, más bien lo que debe analizarse de manera más centrada, es el hecho de cómo aquellos caporales, muchas veces sin nombre y apellido, asimilaron la experiencia de la representación taurina urbana, para afirmarla y dotarla de toques muy peculiares en el ámbito rural, llevando de nuevo este discurso a las grandes plazas donde finalmente –y así puede percibirse-, se mantuvo un natural y espontáneo diálogo entre esas dos expresiones y esos dos espacios. En ese sentido, tal propósito, enriqueció al que fue auténtico esplendor de un espectáculo detentando por la nobleza, aunque con fuertes posibilidades de que fuese retocado por la participación creativa de lo que usted llegó a decir de aquel sector de caporales de las haciendas, ya no tanto en forma peyorativa. Aceptemos –y no nos pongamos tan puristas- que bien pudieron emborracharse, lo cual sería común comportamiento, o lo es incluso en nuestros días. Pero lo que aquí conviene resaltar es que ese toreo, y como ya se dijo párrafos atrás, iba día a día mestizándose de manera contundente, hasta llegar a ser un espectáculo del que se sirvieron las mismas autoridades, entre otras cosas, para obtener fondos en obras públicas o para beneficio de diversas instituciones. Por eso, y eso lo afirma también usted, es que surgieron o se insertaron elementos que pueden considerarse como “parataurinos”: “mujeres toreras, cómicos que se dejaban embestir en un tonel de metal, peleas de gallos, de perros de presa, y hasta carreras de liebres”, que efectivamente sucedieron en abierta combinación con la puesta en escena de la principal representación del festejo taurino en cuanto tal.

“Para los ilustrados del siglo XVIII y XIX mexicanos aquello representaba una vergüenza, por el maltrato animal y por la idea de circo romano que invocaba, con gladiadores que eran los pobres de la ciudad, pulqueros, vendedores de fruta y teporochos de esquina”.

Con la anterior expresión dicha por usted, nos alejamos de un discurso más claro que planteaban los “ilustrados”, como fue el caso de Jovellanos, y que luego hicieron suyo Carlos María de Bustamante o José Joaquín Fernández de Lizardi. En efecto, estamos frente a tres declarados antitaurinos de aquella época ilustrada que no solo terminó aplicando el rigor de su administración, sobre todo la que se impuso a partir de la presencia de Carlos III o Carlos IV, sino la que era necesaria para poner orden en una colonia que en esos momentos, estaba sirviendo como nutriente principal en el apoyo económico a una corona española en declive. Ese apoyo, surgió gracias a la inyección de la riqueza minera, por lo cual era importante que se administrara en mejor medida todo aspecto político, económico o social. Se acabó con la celebración, entre otras cosas, de festejos donde se dilapidaba el dinero en forma por demás incontrolable, tomando en cuenta que el calendario de fiestas y celebraciones tendría en México un peso importante a lo largo de todo un año. Para eso entonces, y entre otras cosas, fue necesario el rigor, de ahí el intento –fallido por cierto-, de la aplicación de una “Pragmática sanción” impuesta por Carlos IV en 1805, bajo la premisa de que con dicha orden se prohibían “absolutamente en todo el Reyno, sin excepción de la Corte, las Fiestas de Toros y Novillos de muerte…” Lo anterior, se fortaleció entre otras cosas, con la aparición en 1812 de “Pan y Toros”, oración apologética que en defensa del estado floreciente de España en el reinado de Carlos IV dijo en la plaza de toros de Madrid D. Gaspar Melchor de Jovellanos (de la cual ya se había dado conocimiento y en iguales circunstancias, durante el año de 1794). Dicha obra, fue reeditada en México en 1820 en la imprenta de Ontiveros.

Por su parte Gaspar Melchor de Jovellanos propone luego de concienzudo análisis, que la estatura del conocimiento permite ver en los pensadores un concepto del toreo entendido como diversión sangrienta y bárbara. Ya Gonzalo Fernández de Oviedo

pondera el horror con que la piadosa y magnífica Isabel la Católica vio una de estas fiestas, no se si en Medina del Campo [escribe Jovellanos]. Como pensase esta buena señora en proscribir tan feroz espectáculo, el deseo de conservarla sugirió a algunos cortesanos un arbitrio para aplacar su disgusto. Dijéronle que envainadas las astas de los toros en otras más grandes, para que vueltas las puntas adentro se templase el golpe, no podría resultar herida penetrante. El medio fue aplaudido y abrazado en aquel tiempo; pero pues ningún testimonio nos asegura la continuación de su uso, de creer en que los cortesanos, divertida aquella buena señora del propósito de desterrar tan arriesgada diversión, volvieron a disfrutarla con toda su fiereza.[2]

   Jovellanos plantea en su obra PAN Y TOROS el estado de la sociedad española en el arranque del siglo XIX. Es una imagen de descomposición y relajamiento al mismo tiempo y al verter sus opiniones sobre los toros es para satirizarlos diciendo que estas fiestas “ilustran nuestros entendimientos delicados, dulcifican nuestra inclinación a la humanidad, divierten nuestra aplicación laboriosa, y nos prepara a las acciones guerreras y magnánimas”. Pero por otro lado su posición es subrayar el fomento hacia las malas costumbres cotejando para ello a culturas como la griega con el mundo español que hace suyo el espectáculo, llevándolo por terrenos de la anarquía y la barbarie, sin educación también que no tienen los españoles -a su juicio- frente a ingleses o franceses ilustrados. Y así se distingue para Jovellanos España de todas las naciones del mundo. Pero: “Haya pan y toros y más que no haya otra cosa. Gobierno ilustrado, pan y toros pide el pueblo, y pan y toros es la comidilla de España y pan y toros debe proporcionársele para hacer en los demás cuanto se te antoje”.

Hago aquí reflexión del papel monárquico frente a las propuestas de Jovellanos. Cuanto ocurrió bajo los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III se puede definir como etapa esplendorosa, que facilitó la transición del toreo, de a caballo al de a pie, permitiendo asimismo que la fiesta pasara de un estado primitivo, a otro que alcanzó aspectos de orden a partir de la redacción de tauromaquias como Noche fantástica, ideático divertimento (…) y la de José Delgado que sigue siendo un sustento por las muchas implicaciones que emanan de ella y aun son vigentes. La llegada al poder de Carlos IV significó la llegada también de los ideales ilustrados ocasionando esta coincidencia un férreo objetivo por desestabilizar al pueblo y su fiesta. Y concluyo, en alguna medida los ilustrados lo lograron, pero ello no fue en detrimento del curso del espectáculo.

III

A continuación, cita usted a una serie de autores españoles que podrían manifestar o manifestaron rechazo al espectáculo taurino en cuanto tal. Allí están Quevedo, Clarín, Pío Baroja, Juan Ramón Jiménez, Azorín, Antonio Machado, Unamuno. En Francisco de Quevedo y Villegas, además de su cita de “Pretende el alentado joven gloria”, encontramos en El Parnaso español o las nueve musas (1648), una brillante exposición poética de su pensamiento como integrante del siglo de oro de las letras españolas. De Leopoldo Alas “Clarín”, tendríamos, al igual que con el legado de Eugenio Noel, a los más declarados antitaurinos, así como Antonio Machado que no siendo favorable a la tauromaquia,tuvo en Manuel su antípoda, y siempre en favor del espectáculo, que no todos son perfectos. No desconocemos que Miguel de Unamuno también mostró dicho comportamiento, aunque legó un importante documento “Escritos de toros”, obra publicada en 1964 en Madrid. De Juan Ramón Jiménez, basta con tenerle ubicado en su obra más célebre, “Platero y yo”, así como el fino y gran poeta. De Baroja, contamos con su novela “El Capitán mala sombra”, en la que el tema de los toros está presente. Y a José Martínez Ruiz “Azorín”, que mostrándose no afín a los toros, su obra literaria es clara y contundente con muestras como “Castilla”, “Cavilar y contar”, “Los pueblos (Ensayos sobre la vida provinciana”, “Los valores literarios” o “Un pueblecito. Riofrío de Ávila”), en los cuales su apunte con toque taurino son clara muestra de ser autor de origen español reconociendo –hasta en esas pequeñas poblaciones-, lo ancestral que el toreo puede tener en tales sitios.

El muestrario que usted redactó, tiene como siempre, en el caso de hacer notar una oposición, la misma tendencia de incluir textos donde el rechazo, la oscuridad y hasta un intento por demostrar que son ellos los que tienen la razón, es entre quienes trabajan desde la oposición un lugar común. “Esto es lo que dicen los intelectuales en contra de los toros” y por eso hay que respetarlos, venerarlos.

Qué pena, y esto ocurre al final de su escrito, usted afirma que “En la tradición intelectual antitaurina la matanza no se relaciona con supuestos rituales de la prehistoria griega, sino con el orden jerárquico, las castas, la barbarie y la desigualdad entre hombre armado y animal asustado, campesino pobre y terrateniente ganadero” Y llego hasta aquí para replicar esto, antes de terminar.

Si no entendemos el significado entre lo que algunos antropólogos han aportado al respecto (Marcel Mauss, Henri Hubert, incluso el propio Émile Durkheim, reconocido historiador, quienes junto a Pedro Romero de Solís, Julián Pitt-Rivers, Dominique Fournier y otros), respecto al sacrificio, como piedra de toque de mucho con lo que hasta hoy carga y sigue cargando la tauromaquia, me parece que discutir con un antitaurino es imposible. Si sus ideas sólo están sustentadas en razones muy claras, e incluso cargadas de patologías particulares, se entiende que nos referimos a quien o quienes en forma natural no acepta o no aceptan ese “maltrato animal”. Es decir, basta con que sepamos que “no me gusta, y punto”. Pero a quienes creen estar convencidos por lecturas disuasivas, tendenciosas y que reúnen en el decálogo indispensable para evangelizar. Y a ello se agrega un actuar duro, frontal, violento, realmente es imposible una conversación.

Sobre si la plaza de toros de San Pablo, “erigida para las corridas de toros, es consumida por las llamas”. (Y de que ese) Era el tiempo de abrir las puertas al viento fresco del pastizal”, difiero enormemente. Se sospecha que en aquellos tiempos a que usted se refiere, el empresario o asentista, que era el Coronel Manuel de la Barrera, jugaba un cargo político de enorme influencia. Dice Aimer Granados sobre el libro Las contratas en la ciudad de México. Redes sociales y negocios: el caso de Manuel Barrera (1800-1845), México, Instituto Mora que Ana Lau preparó sobre de la Barrera:

Sastre, agitador, concesionario de los servicios públicos, habilitador de vestuario para el ejército, prestamista, propietario y especulador inmobiliario, miembro del Cabildo metropolitano, contratista de espectáculos, fiador y agiotista, Manuel Barrera representa un actor social que, como muchos otros y en un período de transición, tuvo que adaptarse a las nuevas condiciones impuestas por la naciente forma de entender el Estado, la sociedad y los negocios. No obstante, como la autora insiste, no hay que perder la perspectiva de que el escenario en donde interactuó Barrera fue de transición y esta consideración tuvo sus implicaciones. Una de las más importantes es que si bien es cierto que los nuevos tiempos introdujeron innovaciones en la forma de acumular capital, por otra parte, la inercia de la sociedad colonial todavía imponía patrones culturales sin los cuales estas nuevas formas de gestionar el capital no habrían tenido éxito.

   Pues bien, es muy probable que ya siendo empresario de la plaza de San Pablo, y con aquella carga de influencias a su vera, esto fuera suficiente motivo para entender que surgiera alguna desavenencia en la que incendiar una plaza de toros toda ella armada con madera, e inmueble bajo su administración, fuera suficiente motivo para satisfacer alguna venganza. Es tan oculto lo que sucedió en torno a ese caso, que ni el mismo Carlos María de Bustamante en su “Diario de México” alcanzó a comprender, y nos deja por consecuencia, con la duda.

Termino aquí, en espera de que estas aclaraciones sirvan como parte del equilibrio razonado que se necesita para entender una y otra postura. Nosotros, los taurinos también creemos estar seguros en manejar los argumentos más apropiados. Sobre lo que ustedes digan, respetamos pero no compartimos. Sin embargo, conviene una mejor y más clara lectura que realicen a los antiguos textos o de aquello que trabajen con sus propias ideas (como nosotros lo seguiremos haciendo), evitando así una deformación de la realidad. Hoy, el peso de las redes sociales está dejando notar lo que puede significar la cohesión social en términos muy serios. Allí hay un termómetro en la dinámica que las sociedades siguen a través de patrones que son absolutamente claros a la hora de tomar decisiones conjuntas. Unos y otros tienen y tenemos claro que lo deseable es el manejo de la razón, por encima de la pasión, e incluso de la confusión y la indignación misma.

Atentamente

 José Francisco Coello Ugalde

Maestro en Historia


[1] Disponible en internet septiembre 25, 2019 en:

https://www.proceso.com.mx/600462/desde-la-barrera

[2] Gaspar Melchor de Jovellanos. Espectáculos y diversiones públicas. Informe sobre la ley agraria. Edición de José Lagé. 4a. edición. Madrid, Cátedra, S.A. 1983 (Letras Hispánicas, 61). 332 p, p. 95-6.

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PONER EL REGLAMENTO TAURINO AL DÍA: UNA PRIORIDAD.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El peso de la tradición y la modernidad. A la izquierda: Bordado con motivos taurinos, elaboración de artesanos en Michoacán. A la derecha: Antonio García “El Chihuahua” colocando banderillas en forma espectacular. “La Petatera” (Villa de Álvarez, Colima), febrero de 2015. Col. del autor.

La tauromaquia es un concepto, pero también una expresión que ha estado sujeta a los naturales cambios impuestos por el tiempo, la evolución. Los públicos, pero sobre todo por su afán de pervivencia.

Nuestros tiempos, donde el desarrollo ideológico, las tecnologías, e incluso la contundente e inevitable presencia del cambio climático, obligan a las sociedades en su conjunto encaminar el destino por senderos inéditos quizá nunca antes previstos. A ese escenario se suma la fuerte carga crítica de grupos opositores que crecen, delimitando cada vez más la presencia de un espectáculo ancestral, integrado al menos a ocho países que lo conservan como tradición y legado. Por lo tanto, es pertinente seguir legitimando su defensa y el por qué de su presencia en estos tiempos que corren.

Para ello hay que valernos en esta ocasión de unos razonados argumentos que pongo al alcance de los lectores.

De reciente aparición es el trabajo de dos académicos españoles, que han compartido un importantísimo análisis el cual no podemos perder de vista. Me refiero a “Cómo adecuar la lidia al siglo XXI”, de Fernando Gil Cabrera (Doctor en Biología) y Julio Fernández Sanz (Veterinario). La liga para tener acceso al texto completo proviene del notable portal de internet “Taurología.com” (https://www.taurologia.com/propuestas-para-adecuar-lidia-siglo–5608.htm) coordinado por el periodista español Antonio Petit Caro.

Desde una visión que recoge la experiencia ocurrida en España, y que no nos es ajena pues se trata de la misma representación –cambia la forma, no el fondo-, los autores determinan luego de diversas contemplaciones, la necesaria puesta al día en el reglamento taurino, sin más. Evidentemente España cuenta con varias disposiciones y eso lo aclaran. Pero al puntualizar las necesidades reales que permiten entender el espectáculo en ese aquí y ahora plantean fijar la vista desde el uso de la divisa, la suerte de varas y sus elementos, las banderillas, la espada, estoque de descabellar, puntilla y alternativas para el buen uso de estos dos trebejos. Culminan con las debidas propuestas que se imponen en caso de que se conceda, y en favor del toro, el indulto.

Todo ello se encuentra plenamente sustentado en una amplia consulta a fuentes bibliográficas, a la experiencia que ambos manifestaron en un texto conjunto, claro, sin dispersión de ninguna especie, y procurando siempre ir al asunto usando un lenguaje que le es claro no solo al taurino en cuanto tal; sino a cualquier lector.

Tan difícil como complicado, abren su propuesta con una interpretación del presente. Es decir, nos proporcionan la información necesaria para entender la forma en que ha llegado hasta nuestros días la forma en que sus diversos participantes hacen de la tauromaquia ese logro en el que están reunidos diversos componentes, resultado de una larga acumulación no solo secular, sino milenaria. Eso conjuga lo sagrado y lo profano, las radicales transiciones (como aquello que ocurrió en el siglo XVIII cuando el toreo ecuestre devino en el de a pie), pero también su notable riqueza decorativa; como lo es también la técnica y estética al servicio; y todo ello sujeto a un factor casi intangible: lo efímero en concordancia con lo intenso y poderoso que el ritual de sacrificio y muerte significa en su absoluta realidad.

Se detienen en una fina revisión sobre la forma en que hoy se desarrolla la lidia y observan lo necesario que significa adaptar las razones de aquello que proponen a un ritmo, a un “tempo” que es propio en la corrida de toros. Con sus propuestas y la posible materialización de las mismas, no es que se caiga en el juego deseable de los contrarios, aunque sí en la renovada representación que en natural consecuencia, se aleja de anacronismos y hasta de las elementales depuraciones en lo que consideran “tiempos muertos” durante el desarrollo de la lidia.

Es preciso, y muy recomendable su correcta lectura. Ese es un ejercicio complementario al que estas notas se agregan al que ya debe ser un balance colectivo que seguramente tiene armadas sus propuestas, suficientes razones para poner bajo revisión nuestro propio Reglamento Taurino, cuya última actualización se registró apenas comenzado el siglo XXI, cuando se trata de un instrumento legal que rige el espectáculo en nuestra ciudad capital desde 1987, si mal no recuerdo.

Los reglamentos tienen una larga duración, pero si no se actualizan, se corre el riesgo de que sigan cometiéndose abusos y excesos. El relajamiento natural al que se ve forzado, hace de el mismo, un instrumento legal vulnerable. Por ahora, no entraré en detalle, la lista es larga. Sin embargo, acometer esos puntos ya indicados significa dar un vuelco notable en el desarrollo de la lidia, de su necesaria depuración que podría ser el cambio radical que tanto necesita para resignificar la lidia en su conjunto, evitando así un tratamiento indebido y muchas veces excesivo que se hace ya, en contra del toro, no para favorecer sus condiciones sino para alterarlas, lo que da por consecuencia un desarrollo inapropiado en la lidia de novillos o toros.

Me parece que con eso no se incurre en una obsesión o terquedad, sino en la oportunidad de poner simple y sencillamente en su justa dimensión el desarrollo del espectáculo. Para ello será necesario un ejercicio colectivo, un debate abierto y público donde los distintos actores, pero también el público y las autoridades pongan énfasis en lo que necesita cambiar o adaptar al ritmo que la fiesta de toros necesita para su mejor representación. Ello quizá, permitiría que se entienda de mejor manera el propósito de cada una de sus partes, de si es pertinente o no en el uso de la divisa, en la presencia de los picadores y de todo cuanto conviene el desempeño de su labor. Sobre qué tanto conviene modificar los elementos constructivos de las banderillas, e incluso si cabe la posibilidad de que se pase de tres a dos pares (salvo en el caso de que sea el propio espada quien busca lucirse colocando los tres, e incluso cuatro pares si las condiciones así lo permiten). Y luego, el uso que debe darse a la espada, buscando con ello evitar una innecesaria y penosa “suerte suprema” que no culmina en los términos deseables, así como lo que significa el uso de la puntilla, otro instrumento o trebejo que se ha convertido en dolor de cabeza por la sencilla razón de que su manejo no corresponde a la necesidad real en el momento culminante, y que en realidad, junto con la espada de descabellar convierten esos instantes en doloroso e inútil tránsito.

Del mismo modo, los tiempos muertos, como el cambio del primer tercio, el número de entradas al caballo, salida al ruedo y abandono del mismo por los picadores; la colocación del toro, duración del encuentro y quites (cuando los hay). Características del caballo de picar, peto, manguitos protectores y estribo derecho, así como características en puya y vara, harían que, en su conjunto, se moderaran favorablemente las condiciones de lidia.

Tenemos que reflexionar este tema, el cual no es cosa menor. Quizá, y en forma alterna, entendamos que la notable escasez de públicos en las plazas no sea solo por el hecho de que el festejo taurino ha perdido valores sustanciales de emoción, o por la sencilla razón de que los precios de entrada han superado lo razonable. También es importante saber si estos factores, por ahora descuidados, son razones por las cuales el aficionado ya no va, pero tampoco se hacen presentes aquellos nuevos públicos siempre movidos por novedosas circunstancias. Entienden, estoy seguro, que no ir significa eludir una desagradable representación que conjunta desaciertos, descuidos; abandono en consecuencia.

Ha llegado el momento de unir voluntades, de sentarse a discutir, revisar y definir el reglamento más apropiado para las corridas de toros que hoy día se presentan en nuestro país. Sabemos que el reglamento en cuanto tal, será una referencia que aplicará no a nivel nacional (lo cual es deseable), pero si esto ocurre, lo demás vendrá por añadidudra. Lo bueno, se copia, y sea a nivel estatal o municipal, el hecho es que cada espacio geográfico donde se celebran espectáculos públicos, tenga el que hoy día hace falta.

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LO QUE DEBE SEGUIRSE APRENDIENDO DE TOROS…

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Así se observaba la plaza de toros “México” justo la tarde en que se conmemoró el LXXIII aniversario. Imagen de Gilberto Coello Ramírez.

   Esta tarde, la del 10 de febrero de 2019, concluyó en la ciudad de México una temporada taurina más, la 2018-2019. Su balance entra en el difícil territorio de análisis y reflexiones, del que esperamos posturas honestas de parte de la prensa.

   Y al más viejo estilo, va “una pica en Flandes…” de mi parte.

   Quienes nos consideramos aficionados, nos preocupa muchísimo el incierto aquí y ahora con que se deja notar la dinámica del espectáculo, lo cual se convierte en importante señal para el futuro inmediato. Por lo tanto, estamos conscientes de que las cosas no marchan bien.

   “Ya salió el pesimista de siempre”, dirán unos. “Y al final, no se resuelve nada”, comentarán otros.

   Considero que, en estos últimos años, se ha vivido la peor situación encarada por la Tauromaquia mexicana, misma que no da señales de garantizar su futuro, en medio de diversas circunstancias, una de las cuales es la del constante golpeteo que proviene de los contrarios. Otra es la falta de cohesión entre los diversos sectores que integran el espectáculo (no solo el dedicado a la organización de cada festejo), sino de aquellos grupos que pretenden convertirse en aislados frentes de lucha, en vez de integrar un auténtico ejército tal cual sucede, por ejemplo, con el fenómeno de las redes sociales. Otra más, sensible a cual más, es esa desagradable ausencia en el apoyo a la cultura taurina, que brilla por su ausencia.

   A lo anterior, debe agregarse el preocupante síntoma de plazas semivacías, la falta de una, dos o más figuras del toreo capaces de liderar, desde la supremacía misma, el estado de cosas en asuntos taurinos.

   No miento si digo que, desde la despedida de “Manolo” Martínez (aquella de 1982 que no fue tal, y luego la definitiva cinco años después), no ha habido nadie, absolutamente nadie capaz de ocupar el sitial que dejó desde entonces. ¡Ya han transcurrido 32 años en que seguimos esperando otra gran consagración…!

   Mientras se desarrollaron los diversos festejos de la temporada que ha llegado a su fin, no hubo, a lo largo de todas las tardes un solo lleno, pero tampoco, y ni por casualidad, se dio el fenómeno de que ese o aquel triunfo conmocionara de alguna forma la vida social de este país.

   Tuvo incluso que cederle lugar, el domingo 3 de febrero a la final del “Superbowl” pues el atractivo de tal deporte, alcanzó cotas nunca antes imaginadas, gracias no solo a la cobertura que lograron los medios masivos de comunicación, sino al hecho de que es uno de los deportes mejor posicionados en la nación vecina.

   Es más. Hoy día, entre la ciudad de México y la zona conurbada, debemos estar concentrados unos 25 millones de habitantes, suficiente cantidad no solo para garantizar la pervivencia del espectáculo, sino para la de otros muchos, gracias al enorme abanico de posibilidades relacionadas con las diversiones públicas. Lamentablemente los elevados costos de entrada, se convirtieron en otro factor causante de las bajas entradas. Aunado a ello, la afición tampoco respondió debidamente pues la empresa no garantizó, en buena parte de los festejos, una presencia apropiada del ganado y los nuevos asistentes, en su mayoría jóvenes, no estuvieron dispuestos a regresar por el solo hecho de que los resultados no fueron los que esperaban, o a la sola razón de que no fue de su interés. A lo anterior, la confección de carteles tampoco fue una razón atractiva, pues se dio en muchos casos aquello de “más de lo mismo”, con lo cual solo viene la resignación. Pero el lleno, en cualquiera de todas esas tardes, jamás se dio.

   Los medios masivos de comunicación, ya sea por radio, T.V., o internet no cubrieron las expectativas de información debidamente, y aunque existe un conjunto notable de estos elementos, fueron muy pocos los que decidieron informar debidamente el desarrollo y análisis de cada festejo. Hoy, podemos apreciar en el callejón, la desmesura de buena cantidad de prospectos en eso de la transmisión, pero pocos son los que cuentan con un conocimiento cabal de la cosa taurina. Ha cambiado en mucho ese aspecto, tanto que hace 30 o 50 años, dos o tres personas eran suficientes para transmitir por radio o T.V. la corrida o novillada (me refiero en particular a José Alameda, Paco Malgesto, y a Morenito). Hoy, ese número se multiplica notablemente, pero sin los resultados que esperamos. Tanto monta, monta tanto…

   Por su parte, la autoridad, así en minúsculas, no salió bien librada pues dejó enormes dudas de su desempeño, con lo que la ausencia de la autoridad de la autoridad volvió a ser notoria en casos evidentes, ya sea por haber aprobado encierros de dudosa edad, por la concesión no siempre justa o equilibrada de trofeos o de honores a los restos de ciertos ejemplares que no siempre estaban de acuerdo con el sentir popular. No hubo, cuando debió ser, ningún llamado de atención a diversos participantes que cometieron excesos o graves errores. El reglamento taurino del que dependen los representantes que ocupan el palco del juez de plaza, debe ser un instrumento que por su parte debería estar perfectamente aprendido y aprehendido también, para ponerlo en práctica en cualquiera de sus partes. Solo que necesita una puesta al día y adecuarse no para el relajamiento ni para la extralimitación. Solo se requiere sentido común y rigor para recuperar credibilidad.

   Toca el desempeño de la empresa.

   Si hay que preguntarle a la administración de la plaza por tan malas entradas, ello no puede deberse a malas combinaciones en los carteles, sino al poco poder convocatoria que les es consubstancial. Un buen cartel deberá serlo en la medida en que más de un elemento se convierte en atractivo o garantía. Si así fuera, la afición no tendría ningún inconveniente en pagar bien, lo que sea, pero sabedora de lo ofrecido.

   El “Auditorio Nacional” es el mejor ejemplo. Programan al cantante de moda –que les gusta, ¿toda una semana?-, incluyendo un impresionante despliegue de publicidad. Cada función se convierte en garantía de lleno (no importando horario ni precios), la gente paga y está dispuesta a hacerlo, recibiendo en cambio un buen resultado. ¿Por qué en los toros no?

   Ustedes saquen sus propias conclusiones.

   La empresa, a diferencia de “Las Ventas”, si es que deben ponerse las dos en un mismo nivel, sigue ocultando en su “cobertura” la materia prima: toros o novillos lo cual por el lado de “Las Ventas”, se les deja ver, desde que han integrado su página oficial, sin mayor miramiento. Ofrecen novillos, son novillos. Ofrecen toros, y son toros, a reserva de la opinión de jueces y veterinarios, lo que aquí no es práctica común. Eso le dice a cualquiera qué producto se “vende”. De lo anterior puede concluirse con la idea de que por parte de la empresa capitalina, no ha habido, ni habrá voluntad de dar certeza a la transparencia.

   A lo anterior, agrego esa obtusa terquedad en permitir un desordenado ambiente comercial que se desborda sin control, ocupando sitios que obstruyen el tráfico peatonal. No imagino una emergencia, que puede derivar incluso en una estampida.

   Y algo más. Su obsesión por los esquilmos. Gracias a ese generoso y atractivo concepto, contamos con cantinas al interior de la plaza -¡habráse visto!-. Gracias a eso, se incrementó el número de personas que circulan sin control alguno ofreciendo sus mercancías, sin que haya ningún inspector que ponga control al respecto. Ya habrá autoridad en esta nueva experiencia política que vive el país desde diciembre de 2018, como para imaginar, desde luego en forma bastante ingenua, que ha de imponerse energía y rigor para evitar estos deslices empresariales, que son tantos. Por eso, siguen sin hacernos creer que el espectáculo debe resignificarse hasta lo último.

   En realidad, el tiempo de solución se va reduciendo, y la apuesta por darle fortaleza al espectáculo se puede diluir en algo que vamos a lamentar, de no actuar debidamente a tiempo.

   Están encaminados una serie de esfuerzos para ese reposicionamiento, pero no basta si ante la posibilidad de fortalecer ese paso fundamental (hacia la UNESCO), no se sigue demostrando porqué queremos conservar ese patrimonio.

   En fin, y al final de este balance escribo las últimas y escasas líneas para decir algo sobre los contrarios. Están en lo suyo, se documentan, dicen estar preparados para la madre de todas las batallas, pero insensibles como son de lo otro, desconocen que existe un espíritu en la propia entraña de esta nación, al menos de la nuestra, como para entender que el peso de una costumbre primero. De un ritual que proviene de muchos siglos atrás después, no puede alterarse en su esencia. Destruirían, como ya lo hicieron, elementos de la vida cotidiana que se concentraba en el ámbito del circo, por ejemplo. Y aunque el circo podría tener menor presencia, pero posee también una raíz profunda, esta es resultado de aquellos componentes que dieron forma a diversos aspectos que significaron diversas formas de entretenimiento, basadas en códigos que le vienen de una distante antigüedad, como los toros.       Febrero 11 de 2019.

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POR UNA MEJOR TAUROMAQUIA EN MÉXICO.

EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

¡Va por ustedes! Grabado de José Guadalupe Posada. Col. digital del autor.

 Todavía parece largo el camino que nos permita alcanzar el año 2026 con el que habrán de cumplirse los 500 de la primera celebración taurina en estas tierras. Ese hecho, conviene recordarlo, ocurrió el 24 de junio de 1526.

Desde entonces y hasta hoy, el recuento de festejos alcanza cifras imposibles de medir. Es una fiesta concebida a partir de otros tantos pretextos que le dan un significado profundamente valioso, el cual le confiere el inapreciable valor de patrimonio.

Inmoderada tradición que derivó de un duro proceso como la conquista, se mantiene hoy en medio de una confrontación, la del pro y el contra, pero también de cara a lo inestable de un destino el cual debemos entender como el de su fin natural.

Sin embargo, existe un aliento de esperanza, fundado en la positiva acción y reacción de todos aquellos “taurinos” que se sienten comprometidos con la recuperación de su grandeza. Muchos otros se han alejado en medio del desencanto, el que observan cuando esa fiesta a la que deben profundos y entrañables recuerdos, se convierte en rehén de unos cuantos que la han lastimado y ofendido hasta su extremo, y son ellos quienes la vulneran en forma vergonzosa.

Y pregunto, como aficionado qué ocurre con la frecuente presencia de ganado que no cumple con lo establecido no solo por reglamento, sino hasta por sentido común lo que, en forma contundente genera la primera gran sospecha. No es solo engaño, es fraude y escamoteo.

Créanme que entre los últimos festejos que se celebran al finalizar el año, son días de fiesta, pues son las pocas oportunidades de apreciar al toro en toda su dimensión (recordamos a los de Barralva, o ese encierro de San Mateo que se lidiará el próximo 13 de enero), para luego observar el derrumbe con la reaparición de esas ganaderías “que son garantía de espectáculo”, pero que son también innombrables.

Esperamos con impaciencia que las empresas en su conjunto se apliquen, intentando corregir sus desaciertos (y que conste, no son todas) y que han causado la más importante respuesta de la afición, misma que consiste en que no se colmen los tendidos. El que una plaza como la “México”, por ejemplo, tenga pésimos balances en sus entradas, produce preocupación. La empresa a estas alturas ya debería tener controlada y corregida una situación que como esa, afectaría a cualquiera. Sin embargo, dicho asunto parece no preocuparlos.

No se deben esperar fechas o “tablitas de salvación” como los festejos organizados alrededor del aniversario de esa plaza. Aun así, a pesar del cartel o los carteles que se monten, puedo decir con certeza que el coso de Insurgentes no se ha llenado a su máxima capacidad desde hace muchos años. Por tanto, esa es una gran tarea a resolver.

Justo por estos días se celebran en territorio estadounidense diversos partidos de futbol americano que convocan a miles de aficionados y dada la dimensión de esos encuentros, la impresionante cobertura mediática (dentro y fuera de los estadios), y otros aspectos en torno a ese aspecto, hacen que aquello se convierta en una afortunada circunstancia que garantiza el negocio desde cualquier punto de vista. Aquí, y tratándose de los toros, ese punto parece manejarse como artículo de segunda mano.

Creo que al margen de si son necesarios o no verdaderos profesionales de la mercadotecnia, lo que funciona o funcionaría muy bien es recuperar, en la medida de lo posible, y sin alterarlo, el peso de la costumbre. Quizá deba renovarse en la forma, pero no en el fondo. Incluso, ni siquiera es prioritaria esa alternativa, pues la sola continuidad de una costumbre como es la de los toros tiene garantizado un importante peso en su poder de convocatoria…, pero hay que saber encontrar el “quid” del asunto.

Por ejemplo, las fiestas patronales y toda su organización, responden favorablemente a la articulación de corridas de toros, peleas de gallos, coleaderos, palenques, montaje de juegos mecánicos y otros pues se involucran empresarios, mayordomos y otro conjunto de personas cuya participación hace que brillen con luz propia todas esas conmemoraciones.

Un buen amigo me platicaba haber estado en una de las más recientes ferias en Autlán de la Grana, y lo que observó fue un festejo taurino con excelentes resultados: plaza llena, buen cartel, buenos toros, buenos precios. Claro, me estoy refiriendo a una plaza cuya capacidad es de seis mil asistentes. Pero aun así, lo que se tuvo como balance es que la organización en su conjunto, busca que quien llegue a un poblado como Autlán, o como muchos más, y que entre sus atractivos se encuentren este tipo de actividades, pues parece ser conveniente para reconocer que algo se hace en bien de la fiesta.

Conviene poner en valor la presencia de la prensa, ese poderoso vehículo de información que incluye el noble ejercicio de la crítica, síntoma que desde hace tiempo es un ausente notorio. No basta la lectura de noticias, basta también tener visible una postura imparcial, esa que permite a quien da uso de los medios masivos de comunicación para que fluyan opiniones y luego se conviertan estas en referencia. También en ese sentido, son muy pocos quienes emiten ese tipo de reflexiones, por lo que es imperativo decir aquí sobre el hecho de que en este aquí y ahora, ya deben estar influyendo tres o cuatro plumas o voces, convertidas en referencia, tal cual sucedió en su momento con José Alameda o Paco Malgesto, y vaya que uno y otro tuvieron en su momento “cola que les pisaran”.

La dimensión que alcanzan las tecnologías de información y comunicación (TIC, por sus siglas) es impresionante. Portales de internet, blogs y nanoblogs; la creación de comunidades homogéneas que persiguen fines específicos y otras circunstancias a veces se desperdician en el tráfago de su manejo, por lo que siendo un instrumento que manejan o administran de mejor manera las juventudes, sea también la forma para que a través de esos “hilos invisibles, por virtuales” se alcance a cubrir un verdadero propósito. Evidentemente lo hemos podido comprobar, y uno de esos valiosos resultados se concretó luego del terremoto del 19 de septiembre de 2017, por ejemplo. Esa cohesión, ese organizarse y ese responder a situaciones adversas permite alcanzar a entender, como ya lo dijo hace unos días el religioso dominico Miguel Concha Malo en que “Si bien es cierto que las redes sociales, con sus llamadas “tendencias”, hoy hacen contrapesos en la opinión pública, también es verdad que, por mucho, las movilizaciones sociales en las calles tienen cargas simbólicas y políticas que convocan a una amplia diversidad de grupos en México”.

Pues bien, ahí están una serie de respuestas que pueden ser útiles en verdad si en la misma medida, responden quienes quieren o desean que mejore el destino de la tauromaquia en México. Al comenzar un nuevo sexenio y apreciar cómo se van desmontando auténticos imperios de corrupción y miseria, de poderes fácticos que dañaron en profundidad a la población de este castigado país, bien merecería que la tauromaquia fuera sometida a procesos de depuración como los apuntados. Quien quita y podamos tener esa TAUROMAQUIA, ahora sí con mayúsculas, privilegiada y con mejor trato y condición.

Termino diciendo que no se entienda lo anterior como una tardía carta a los reyes, sino la forma más honesta de retomar cada quien desde su parcela, el papel asumido que ya no es solo pasivo. Se trata de una respuesta activa y reactiva a la cual sumamos lo mejor de cada uno de nosotros.

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