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 SE CUMPLEN 128 AÑOS DE LA ALTERNATIVA DE PONCIANO DÍAZ EN MADRID.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Al Profesor Roberto Acosta Cerezo, In Memoriam.

   Ayer, 17 de octubre se cumplieron 128 años de la alternativa que recibió en Madrid, España el “torero con bigotes”, Ponciano Díaz. Por tal motivo, hoy es un buen momento para evocar dicha efeméride. Aquella tarde, se celebraba la 14ª corrida de abono en la que se lidiaron toros del Duque de Veragua y de D. José Orozco. Fue padrino Salvador Sánchez “Frascuelo”, y testigo, Rafael Guerra “Guerrita”.

Reproducción del cartel, origen de esta efeméride. Col. del autor.

   En realidad, cuando Ponciano arribó a la antigua plaza de la Carretera de Aragón, su presencia incomodó a más de uno, ya que siendo un denominador común el que buena parte de los toreros de a pie y de a caballo ostentaran enormes patillas, el diestro mexicano muy orondo se presentó con recio bigote negro, misma circunstancia con la que también hicieron acto de presencia sus compañeros Celso González y Agustín Oropeza. Esto causó asombro, pues ¡cómo entre tanto patilludo, un bigotón! Por más indirectas al respecto, y de que intentaron persuadir a Ponciano de que se rasurara aquellos bigotes, el hecho es que simplemente se negó y el día de su alternativa apareció en la madrileña plaza de toros no sólo con su continente mismo, sino con aquel talante que seguía causando rumores e incomodidades, tantas como si hubiese recitado estos versos:

Ha dado usted en preguntar…

 Ha dado usted en preguntar

y la pregunta es concreta:

¿Puede el bigote alternar

con la espada y la muleta?

¿Me lo dejo o me lo quito?

Oiga, en tan terrible duda

lo que piensa el infrascrito

de esta cuestión peliaguda:

Sin infundios ni camelos

va usted a torear, señor.

Pues, no repara usted en pelos

sobre el labio superior.

Que si quiere usted arrimarse

y es fresco, y para, y recibe,

para mi puede usted dejarse

hasta perilla inclusive.

   Días antes de este hecho notable, Ponciano debió hacerse este retrato en algún gabinete fotográfico sevillano, quedando testimonio del que fue su paso por territorio español.

Pan y Toros, Año 2 Nº 49, del 8 de marzo de 1897, p. 3.

   De gala los tres, no podía ser menos, sobre todo si era para mantener en todo lo alto el pabellón nacional, justo en unos momentos en que Ponciano era en México ídolo popular absoluto. En aquella temporada, la única que el diestro de Atenco realizó por España (aunque rumores periodísticos ya daban por hecho otra más hacia 1895), tuvo oportunidad de torear en ruedos hispanos y también en algunos lusitanos alrededor de 12 festejos, mismos que se desarrollaron de la siguiente manera:

1.-San Sebastián, España. 10 de julio de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

2.-Madrid, España. 28 de julio de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: “Marinero” y Enrique Santos “El Tortero”. 6 toros de Palha.

3.-Madrid, España. 4 de agosto de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: “El Tortero” y “Lobito”. 6 toros de Pablo Romero.

4.-Puerto de Santa María, España. 18 de agosto de 1889: Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: Enrique Santos “El Tortero” y Rafael Bejarano “Torerito”. 6 toros de Eduardo Ibarra.

5.-Oporto, Portugal. 1° de septiembre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

6.-Villafranca de Xira, Portugal. 3 de septiembre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

7.-Lisboa, Portugal. 8 de septiembre de 1889: Ponciano Díaz y cuadrilla.

8.-Sevilla, España. 13 de octubre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: Francisco Arjona “Currito” y Carlos Borrego “Zocato”.

9 y 10.-Barcelona, y San Sebastián, España: sólo están indicadas las actuaciones de Ponciano y su cuadrilla, mas no la fecha.

11.-Madrid, España. 17 de octubre de 1889: Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Guerra “Guerrita”. Toros del Duque de Veragua y Orozco. El de la alternativa se llamó “Lumbrero”.

12.-Sevilla, España. 27 de octubre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

Estos datos provienen de una relación que, de forma exhaustiva aparecen en mi libro (inédito): “Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XXI”. Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. México, 404 p. Ils., fots., retrs., facs., cuadros. (APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS 13, Biografías Taurinas, 2). En tal registro, quedaron anotadas 721 actuaciones (que van de 1866 hasta 1899) que, como se ha de comprender, además de abarcar ruedos en México, España y Portugal, también lo hizo al incursionar por Estados Unidos de Norteamérica y Cuba. Todo un caso, si además se considera entre otros factores, el tipo de medio de transporte que utilizaban para desplazarse por aquellas épocas, incluyendo los desagradables sobresaltos.

Y entre versos y corridos, Ponciano consumaba una más de sus caras aspiraciones:

ADIÓS A MADRID DEL VALIENTE ESPADA PONCIANO DÍAZ

 Después de triunfos gloriosos,

que alcanzó en Madrid, Ponciano

sus adioses cariñosos

así te dio al pueblo hispano:

Adiós, pueblo soberano,

nunca olvidaré en mi vida,

la cariñosa acogida

con que el pueblo madrileño.

me aplaudió en el desempeño

de suerte reconocida.

Adiós, plaza de Madrid

que me aplaudió con anhelo;

de “Lagartijo” y “Frascuelo”

me tengo que despedir.

-Ojalá pueda venir

otra vez a disfrutar,

lo que no podré olvidar,

que en esta plaza gocé.

Donde manolas miré

que no hay con qué comparar.

   Lo que ignoraba Ponciano es que al regresar a su México querido, el panorama habría de cambiar en forma adversa, pues sus seguidores, que eran legión, se dieron cuenta, a través de la prensa que “el torero con bigotes” había cometido una traición. ¿Cómo era posible que Ponciano aceptara la invitación de Luis Mazzantini para obtener, de este diestro en funciones de intermediario, la alternativa en España? Pero además: ¿cómo era posible que Ponciano vistiera el traje español, e hiciera suertes “a la española” si eso no era lo suyo? Ponciano era la viva imagen del nacionalismo. En el México de finales del XIX, las únicas imágenes valiosas para el pueblo, y que este hacía suyas y se aferraba a ellas eran: la virgen de Guadalupe, los curados de Apam… y Ponciano Díaz.

Poco le duraría el gusto a Ponciano Díaz, pues aunque seguía paseándose por Bucareli o la calle de Los Plateros arrancando suspiros y aplausos, vistiendo lo mismo el traje de charro con mucha galantería que el traje de paisano con el porte de un hombre de ciudad, el hecho es que el pueblo se iba a tomar muy en serio aquel asunto, mismo que aceleró la declarada inclinación que tuvo por las bebidas embriagantes nuestro Ponciano, además del pésimo papel que, como empresario comenzó a desempeñar más o menos desde 1892.

El hecho es que hoy, 17 de octubre de 2017, volvemos a encontrarnos con Ponciano Díaz para rememorar un aniversario más de su alternativa. Antes de Ponciano ya habían estado en territorio español Ramón de Rosas Hernández (a finales del XVIII). Y luego por 1869 llegó a dicha península Jesús Villegas “El Catrín”, pero el primero en ser reconocido en forma por demás contundente con la alternativa misma, fue Ponciano que, para recordar todo asunto conmemorativo diré que su nacimiento ocurrió el miércoles 19 de noviembre de 1856 (y se atribuyen hasta siete sitios, a saber: Chapultepec, Tepemachalco, Santa Cruz Atizapán, San Juan la Laguna, Zazacuala, la Vaquería, que eran dos de los anexos de la hacienda- y “la covacha”, pequeño cuarto que se encuentra a la entrada del casco de la hacienda de Atenco, donde eran atendidas las mujeres durante el parto). Muere en la ciudad de México el 15 de abril de 1899.

El Redondel. El periódico de los domingos. 26 de diciembre de 1971. Este recorte proviene de la colección de Roberto Mendoza Torres.

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ATRACTIVOS FESTEJOS TAURINOS DE CARNAVAL EN 1852.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Carteles organizados para celebrar el “Carnaval”, tanto el domingo 22, como el martes 24 de febrero de 1852, en la plaza de toros del Paseo Nuevo y en la Principal de San Pablo. Col. del autor.

   Por aquel entonces, los días previos al inicio de la cuaresma, provocaban un detonante que generaba la celebración de grandes ocasiones, antes de pasar por el periodo de austeridad cuyo trasfondo era cumplir –una vez más-, con el significado etimológico del término mismo: “abandonar la carne”, las tentaciones.

   En ese sentido, quienes organizaban los espectáculos taurinos, no tuvieron empacho, por lo menos en aquel 1852, de organizar, tanto en la plaza del Paseo Nuevo como en la de San Pablo, festejos que representaran la ocasión de acercarse, al menos en lo que a puesta en escena se refiere, a ese dispendio convocado por el que era un cumplimiento riguroso implantado desde la visión de la iglesia católica.

   Por lo tanto, en ambos casos, se hizo el anuncio de cuatro festejos cuya carga de fascinación se deja ver en la lectura misma de los carteles que salieron publicados en la prensa de la época, y que ilustran estas notas.

   En la plaza de toros del Paseo Nuevo, la publicidad daba a conocer que, para el domingo 22, se realizaría la primera función de Carnaval, en la que participaba la cuadrilla de Bernardo Gaviño lidiando toros de Atenco. Dos días después, en idénticas circunstancias, volvió a presentarse el diestro portorrealeño, enfrentando toros de la misma procedencia, sin que demeritaran para el caso, ni el torete embolado, ni los toros para el coleadero. En esos casos, quienes habrían de intervenir, como integrantes de la cuadrilla, usaban las imprescindibles máscaras, que era ese complemento cuyo efecto ocultaba la presencia de personajes harto conocidos, pero que en esos precisos momentos, cumplían con el propósito de concretar una puesta en escena rigurosa, en apego a la costumbre establecida. No faltaron tampoco los “enanos, hombres gordos, y otros en zancos” que, como se saben enfrentaban al “toro embolado”.

   En el caso de la plaza principal de San Pablo, y en las mismas fechas, el asunto cobró otra dimensión, pues no conformes con el solo festejo taurino, que por sí solo cubría los niveles de entretenimiento, el asentista o empresario anunciaba que “Cuando el segundo toro del combate hubiere pasado a mejor vida, se aparecerá en el circo una caravana de GIGANTES, ENANOS, PATOS GRANDES Y UNA PATERA para ejecutar con el toro embolado varios lances de la tauromaquia… Habrá además dos toros para el COLEADERO. Terminando la existencia del toro cuarto de la lid, saldrán a la plaza DOS GUAJOLOTES Y UN PAVO REAL DE GRAN TAMAÑO a jugar con otro valiente toro embolado”.

   Allí comparecieron dos figuras representativas del toreo aborigen. Me refiero tanto a Andrés Chávez como a Pablo Mendoza, quienes después de haber intervenido dejaban lugar a un vistoso “BAILE DE MÁSCARA [el que] ciertamente agradará, ya por la variedad de trajes y pasos danzantes, como por los armoniosos grupos que han de presentarse… [luego saldrán] LOS HOMBRES GORDOS DE ORIENTE montados en burros para picar y banderillar a un toro valiente que al efecto se embolará”. Y desde luego se acentuaba el hecho de que “…no dejarán los lidiadores y demás individuos que trabajan en el circo de presentar otros objetos que hagan reír mucho a la apreciable concurrencia. Todo ciudadano que guste entrar de máscara puede hacerlo, con cuyo motivo se aumentará la distracción”.

   Y también, el GRAN TEATRO DE SANTA-ANNA fue espacio para aquel desahogo festivo la tarde del 23 de febrero, según lo anuncia el cartel:

   Lunes 23 de febrero. Última función en la presente temporada.

   “Queriendo la empresa dar a los señores que concurran a este teatro por las tardes, una prueba del placer que tiene en complacerlos, así como también satisfacer los deseos de muchas personas que no pudieron obtener localidades el miércoles último, ha organizado para la tarde de hoy, una escogida función, que guardará el orden siguiente:

1° La orquesta, considerablemente aumentada, tocará la preciosa obertura de LA SIRENA.

2° El divertido sainete, titulado CALDEREROS Y VECINDAD.

3° La graciocísima comedia en un acto y en verso, original del distinguido literato español D. Manuel Bretón de los Herreros, su título: LA PONCHADA.

4° y último. Terminará el espectáculo con el gracioso juguete cómico en un acto, denominado: EL ALCALDE TOREADOR, O LA FIESTA DE TOROS. En el que, cuando su argumento lo pica, se presentará

¡¡¡UN FAMOSO TORO DE GUATIMAPÉ!!!

   No podemos menos que tributar las más expresivas gracias a nuestro amigo el Sr. D. Javier Heras, quien a la menor insinuación nuestra nos ha proporcionado un arrogante toro de Guatimapé y LA ACREDITADA CUADRILLA DE LA PLAZA DE SAN PABLO [seguramente Andrés Chávez y Pablo Mendoza]. Con el objeto de hacer más agradable y ameno el espectáculo, se permitirá a los señores aficionados que gusten entrar a lidiar el toro, que lo verifiquen presentándose en traje de máscara.

   NOTA.-Para que el público esté con toda seguridad y pueda gozar de la diversión de la pieza, se ha mandado construir una red bastante fuerte, con la cual se cerrará la embocadura del escenario.

   Sin embargo de los grandes gastos que se eroguen para esta función.-Las pagas serán las de costumbre.

   ¡Vaya celebración!

   Todo esto ocurría en el breve lapso de tres días, y las funciones eran muy bien recibidas por los habitantes de la entonces ciudad de México, que tendrían enormes dificultades para elegir el mejor cartel, o ir un día a la del Paseo Nuevo (cuyo empresario era en esa época Vicente Pozo) y el otro a la de San Pablo (que, como ya pudimos saber, Javier Heras llevaba las riendas de ese coso) o viceversa, pero sin faltar, si así fuese el caso, a la función que el empresario del Gran Teatro de Santa-Anna ofrecía como el complemento a todo ese banquete de suculentas funciones, y donde los toros se convertían en el principal atractivo durante una época en la que ambas plazas presentaban una tarde sí y otra también espectáculos con elevada razón de entretenimiento.

   Uno de aquellos asistentes, el señor José Manuel Lebrija, tuvo a bien comentar que “…la corrida de ayer [en el Paseo Nuevo] fue muy buena, pero como el público a la vez de ignorante imprudente, hicieron meter el 5º toro porque no le entraba a la pica, que para los de a pie hubiera sido asombroso; según lo que ví fueron (…) nomás como 14 caballos”.

   Del mismo modo, la prensa tampoco dejó el asunto en un segundo términos y en una pequeña columna publicada en El Monitor Republicano, D.F., del 23 de febrero de 1852, p. 2 apuntaban:

TOROS.-Los de la plaza del Paseo estuvieron muy buenos, así por la excelencia de los bichos y la destreza de la cuadrilla de Bernardo, como por lo numeroso y escogido de la concurrencia. La empresa destinó varios toros para los aficionados, entre los cuales había algunos sumamente diestros, mientras a otros les ponía en grande aprieto la fiereza de los toros, dando con ello un agradable rato a los concurrentes.

   Todo lo anterior demanda que sea la imaginación quien mejor nos ayude para entender el desbordamiento de la fiesta en una de sus máximas expresiones: el carnaval.

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JOSÉ MACHÍO, DIESTRO ESPAÑOL SE PRESENTÓ EN LA PLAZA DEL HUISACHAL UN 25 DE ENERO…, PERO DE 1885.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

PLAZA DE TOROS “EL HUISACHAL”, ESTADO DE MÉXICO. 25 de enero. Toros de San Diego de los Padres para la “Cuadrilla mexicana” dirigida por José Machío.

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El Diario del Hogar, 25 de enero de 1885, p. 7.

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    José Machío (Sevilla, 1842-1891), no fue precisamente un torero colmado de virtudes. Con una estatura más allá de los estándares, apenas consiguió posicionarse en ciertos lugares justo en una época en la que quienes dominaban en ruedos hispanos eran ni más ni menos que “Lagartijo” y “Frascuelo”, lo que seguramente obligó al sevillano a hacer un viaje a América, donde su llegada a México ocurrió alrededor de la fecha que hoy nos ocupa.

   Sin embargo, la participación que él tuvo, junto a otros toreros españoles, como Francisco Gómez “el Chiclanero” o Francisco Jiménez “Rebujina” fue haberse convertido en vanguardia de aquella otra generación que arribó a nuestro país en 1887. En todo ese proceso ocurrió el episodio que he denominado como la “reconquista vestida de luces”.

   Tal “reconquista” debe quedar entendida como ese factor que significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que dicha expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera –chauvinista si se quiere-, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

   El grupo de diestros españoles que tiene aquí protagonismo central, aparece desde 1882, aunque los personajes centrales sean José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos “Ojitos”, cuya llegada se va a dar entre 1882, 1885 y luego en 1887. Esa fue suma de esfuerzos que determinó una nueva ruta, afín a la que se intensificaba en España, por lo que era conveniente acelerar las acciones efectuadas en nuestro país, hasta lograr tener el mejor común denominador. Los toreros mexicanos –en tanto- no solo tuvieron que aceptar, sino adecuarse a esos mandatos para no verse desplazados, pero como resultaron tan inconsistentes, poco a poco se fueron perdiendo en el panorama. Pocos quedaron, es cierto, pero cada vez con menores oportunidades. Y Ponciano Díaz, que vino a convertirse en el último reducto de todas aquellas manifestaciones, aunque aceptó aquellos principios, no los cumplió del todo, e incluso se rebeló. Y es curioso todo el vuelco que sufrió el atenqueño, porque después de su viaje a España, a donde fue a doctorarse el 17 de octubre de 1889 tal circunstancia provocó un profundo conflicto, pues creyó que su regreso sería triunfal. Pero ello no fue así. Los aficionados maduraron rápidamente en aquel aprendizaje impulsado por la prensa, y se dieron cuenta por lo tanto que Ponciano ya no era una pieza determinante en aquel cambio radical que dio como consecuencia la instauración del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna.

   Por otro lado, en alguna entrega anterior, mencioné a la sociedad taurina “Espada Pedro Romero”, consecuencia de estos cambios en el proceder de la tauromaquia en el México de finales del siglo antepasado.

   Tal “centro taurino” quedó consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios de los más representativos elementos de aquella generación emanada de las tribunas periodísticas, y en las que no fungieron con ese oficio, puesto que se trataba –en todo caso- de aficionados que se formaron gracias a las lecturas de obras fundamentales como el Diccionario Taurómaco, de José Sánchez de Neira, o los Anales del toreo de Leopoldo Vázquez y Rodríguez. Me refiero a personajes de la talla de Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con la profesionalización del toreo de a pie, el cual desplazó cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.

   Finalmente, y como resultado en el que se descubre la actuación de Machío en la plaza de El Huisachal, ello trajo consigo la estela de una interesantísima crónica, misma que escribió GADEA, “reporter” de El Arte de la Lidia. Revista taurina y de espectáculos, en cuyo número del 1° de febrero de ese mismo año, se lee lo que sigue:

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REVISTA DE TOROS.

Corrida extraordinaria verificada en la plaza del Huisachal tarde del domingo 25 de enero de 1885.

   Nadie negará que las últimas corridas de la temporada de invierno dadas en la plaza del Huisachal por una conocida Empresa fueron malas; y que tanto el ganado que se lidió, como la cuadrilla que trabajó, recibió una rechifla general.[1]

   En la corrida de que nos vamos a ocupar podremos decir sin equivocarnos, que ha sido la mejor; pues el ganado de San Diego de los Padres jugó valientemente y la cuadrilla lidiadora en general, estuvo muy feliz; y esto se debe en gran parte a la buena dirección el matador de cartel José Machío.

   Vamos, pues, con toda imparcialidad, a dar una reseña de los acontecimientos taurinos que tuvieron lugar esa tarde.

   Desde los primeros días de la semana pasada, en todos los círculos de la Capital se hablaba de la llegada de un nuevo torero español y más tarde, por fin, se supo que se llamaba José Machío. Grandes cartelones en las esquinas hicieron saber que en este día haría su debut en la plaza del Huisachal, matando tres toros de San Diego de los Padres, acompañándolo en la lid una regular cuadrilla mexicana. El entusiasmo taurino se generalizó por todas partes, y sólo se esperaba llegara el domingo 25 para asistir presurosos a la vieja plaza del Huisachal.

   En efecto, el público de México dio a conocer una vez más su afición a las corridas de toros, pues no obstante que esa tarde había un coleadero y otras muchas diversiones, y que se aumentaba el precio de entrada, asistió una numerosa concurrencia que llenó por completo todas las localidades de la plaza, al grado de que los tranvías del ferrocarril no fueron suficientes para conducirla al rancho del Huisachal; y hubo necesidad de recurrir a diligencias, coches, carros y demás vehículos, aparte de los concurrentes que fueron a pie y a caballo.

   Cada quien en su puesto y llegada la hora anunciada, el Juez que presidía dio la señal para la lid.

   La cuadrilla a cuyo frente figuraba el primer espada José Machío, que vestía un espléndido traje verde y oro, hizo el saludo de costumbre. La componían los mejores toreros mexicanos cuyos nombres son ya conocidos y tres aplaudidos picadores de Atenco.

   Desde luego, todas las miradas se dirigían con avidez, tratando de descubrir actitudes especiales en Machío, de quien un periódico de la Capital se había expresado en los términos siguientes: “El capitán, d nacionalidad española, es un hombrazo de estatura más que regular, de muy buena presencia, casi guapo; tendrá unos 40 años (la flor de la edad de los toreros) viste espléndidamente, y es arrogante en sus movimientos y hasta altivo en su porte”.

   El espada Machío fue saludado por una salva de nutridos aplausos entre el toque del clarín que anunciaba la salida del primer toro de San Diego de los Padres.

   Josco era su color, de poca edad, pero valiente y de mucha ligereza.

   Recibió cinco varas de los piqueros, tres en buen sitio y dos en las costillas. Hirió dos jamelgos y el público quedó satisfecho.

   Tomás Vieyra lo banderilló regular; el primer par de palos a la media vuelta, y los segundos y terceros bien y con destreza. Recibió palmas el chico.

   Llegó la hora de la muerte. José Machío tomó los trastos y con valor y serenidad se fue a buscar al bicho. Lo encontró mal puesto y receloso. Los pases de muleta los dio con una destreza y limpieza sin igual. El toro no entraba a la muleta y el diestro tuvo necesidad de irse sobre él. Esto no agradó al público de sol. Dio un pinchazo en buen sitio y una estocada alta regular de bastante arte, que ocasionó la muerte. El público inteligente lo aplaudió, el resto le silbó y le tiró naranjazos. Estas últimas demostraciones desconcertaron mucho al valiente torero.

   Sale el segundo a la arena, josco, negro, ligero y bien puesto.

   Acomete a los picadores sin miedo al principio después blandea. Recibe seis varas. El torero mexicano Felipe Hernández, es aplaudido frenéticamente, al quitar el toro a un picador, pues agarrándolo de la cola con solo un tirón lo acuesta en tierra.

   José Machío se luce con el capote y recibe aplausos.

   El banderillero Candela queda bien. El segundo y tercer par de palos los coloca en buen lugar, llamando al bicho de frente. Recibe muchas palmas.

   Machío vuelve a la suerte de estoque. Este toro, como el anterior, no se presta y es mañoso. El diestro tiene que recurrir a su valor y conocimientos. Da dos pinchazos y una estocada caída. El cachetero lo remata.

   El público del sol se impacienta, le silba y le tira una lluvia de naranjas. Machío con una serenidad admirable, no hace caso de nada e impávido sigue cumpliendo con su deber. Los concurrentes del departamento de sombra lo obsequian con puros y otras demostraciones de simpatía.

   En este toro vimos con sentimiento que el Juez no cumplió con su deber, pues permitió que toreros no anunciados en el programa, bajaran al redondel vestidos de paisanos.

   El clarín dio la señal para el tercer toro. El chiquero se abrió y salió uno de color morado, de buena edad y estampa y con muchos pies.

   Entró sin miedo a la pica recibiendo unas siete varas, tres de ellas muy regulares. Ocasionó la muerte de una jaca y estuvo a punto de coger a un picador, el que fue salvado, pues Machío ocurrió violentamente con el capote quitándole el toro. Esto le valió al torero español una nutrida salva de aplausos.

   Felícitos Mejía banderilló a caballo en pelo con mucha limpieza y agilidad. Recibió palmas, y la diana susodicha tocada por la murga.

   En este toro, Machío dio prueba de ser un verdadero torero, pues queriendo dar a conocer que también sabe matar de meteisaca así lo verificó.

   Este bicho se prestó para la muerte, y por lo tanto, no hubo necesidad de mucha faena. El diestro sólo dio dos pases  de muleta y una estocada de meteisaca caída a la derecha, que hizo que el toro cayera muerto en la arena.

   Palmas, dianas, obsequios y entusiasmo general. Los naranjazos cesaron desde luego y el público del sol no chillaba ni barbarizaba.

   El cuarto de la tarde, salió a la arena, y fue tan malo y huido, que hubo necesidad de volverlo al chiquero.

   El suplente y último de la corrida que jugó fue prieto y cerrado de cuernos, de mucho brío y ligereza aunque de poca edad.

   Los piqueros se lucían, pues el bicho les entró sin miedo. Se despacha a la difuntería un jamelgo e hirió otros dos.

   Debía haberlo banderillado el Orizabeño, pero por haberse bajado el Cuquito al redondel vestido de paisano, incidente que desagradó bastante a la concurrencia, el Orizabeño no ejecutó sus suertes como debía. Sin embargo, prendió muy bien su primer par, cosa que no pudo hacer con tanta limpieza Cuquito.

   Como estaba anunciado, a Felícitos Mejía tocaba dar muerte al toro que por cierto se prestó bastante. Felícitos se vio apurado en la faena y si no hubiera sido por Machío, jamás lo hubiera matado. Dio un pinchazo en hueso y en mal sitio, quedando desarmado; y una estocada de meteisaca que le dio muy buen resultado; pues como antes decimos, Machío le colocó perfectamente el toro.

   Después siguió el embolado y terminó la función.

RESUMEN:

Ganado de San Diego, bravo y de juego.

Cuadrilla, feliz en todas sus suertes.

El matador José Machío, bien en las estocadas de los dos primeros toros y sobresaliente en el tercero.

Concurrencia, lleno completo.

Público del sol, imprudente.

Corrida en general, buena.

GADEA.

   Para terminar, considero que esa etapa, la que comprende los años de 1882 y hasta 1905, supuso el periodo de transición que colocó a la tauromaquia practicada en México en condiciones de elevar su nivel de importancia a la mayor escala, esa en la que ya Rodolfo Gaona, convertido en partícipe notable alcanzó lo que José Alameda calificó como la “universalización del toreo”.


[1] El redactor de la crónica se refiere al festejo que se celebró el 18 de enero anterior y donde el programa indica lo siguiente:

Cuatro toros de San Diego de los Padres, uno de reserva y un embolado.

Espadas.-Felícitos Mejía y Genovevo Pardo.

Banderilleros.-Orizabeño, Vieyra, Candela y otros.

Picadores.-Santín, Rea y demás que no conocemos.

Hora de comenzar.-Las cuatro de la tarde en punto.

Consulta realizada a El Arte de la Lidia. revista taurina y de espectáculos, año I, N° 9, del 25 de enero de 1885, p. 1.

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DOS FESTEJOS TAURINOS CELEBRADOS EL 4 DE ENERO… PERO DE 1852.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El 4 de enero de 1852, los habitantes de la ciudad de México se despertaron con estas dos agradables “invitaciones”:

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 4 de enero de 1852. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Siete o más toros, según la tarde lo permita de las más escogidas razas que tanto agradaron la tarde anterior (que fueron del Cazadero o posiblemente de alguna otra no puntualizada).

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   De igual forma, sólo que en la plaza de toros de San Pablo, también se anunciaba el siguiente festejo, del cual destaca lo atractivo del mismo.

TOROS EN LA PLAZA DE SAN PABLO, para el domingo 4 de enero de 1852, a las cuatro en punto de la tarde.

   Esta empresa ha dispuesto para dicho día, una magnífica corrida cuyo programa es el siguiente:

   Se lidiarán SEIS O MÁS ARROGANTES Y BRAVÍSIMOS TOROS DE MUERTE de la famosa ganadería de Sajay, estancia de la Polka, hermanos de los que tanto han llamado la atención en las últimas corridas por su increíble fiereza, y de los cuales tiene el gusto la empresa de poder anunciar al público, que se seguirán lidiando en toda la presente temporada, pues tiene contratada toda la expresada afamada raza. Los nombres de los que se han de lidiar en la función de este día son los siguientes, por los cuales son conocidos en la ganadería.

1° Mata caballos

2° Caporal

3° Atrevido

4° Tumba gente

5° Limpia plaza

6° Otelo

   DOS DE COLEADERO Y UNO EMBOLADO para los aficionados a esta travesura.

   En uno de los intermedios tendrá lugar la célebre invención, desconocida entre nosotros, de lidiar uno de los toros de muerte por una comparsa compuesta de los animales siguientes, construidos para este día a la mayor perfección.

ESPADA. Un tremendo pavo real.

BANDERILLEROS. Dos guajolotes de gran tamaño.

   Con el objeto de satisfacer los deseos del público, manifestados a esta empresa por infinitas personas concurrentes a su plaza, ha dispuesto que termine esta escogida función con unos magníficos ¡¡FUEGOS ARTIFICIALES!! para los cuales están encargados los hábiles pirotécnicos mexicanos, del barrio de la misma plaza, quienes han manifestado siempre el mayor interés por el lucimiento de todas las funciones de esta especie que anuncia la empresa, y antes que den principio a sus operaciones Se iluminará vistosamente la plaza.

   Como puede observarse, el empeño que cada empresario o “asentista” puso para convocar a los interesados, fue plantear la fascinación del espectáculo taurino sin más razón que, con mucha seguridad  puso en predicamento a quienes decidieron ir al Paseo Nuevo o a San Pablo, pues en ambos casos el festejo gozó de innumerables atractivos donde la lúdica presencia de las mojigangas quedó de manifiesto.

   Del mismo modo, los nombres con que fueron bautizados aquellos ejemplares de Sajay tiene su peculiaridad en términos de que nos encontramos ante las primeras evidencias en ese sentido, razones que dieron pie a que para otras ocasiones, muchos más toros fueran identificados con aquellos sobrenombres, los cuales fueron adquiriendo un sello distintivo que incluso generó una caracterización peculiar con aproximaciones a la creación de auténticas leyendas. Tal fue el caso de aquel Rey de los toros, otro ejemplar de Sajay, mismo que se indultó al mediar el siglo XIX, sin olvidar al célebre Chicharrón, el de aquellas épocas en que José Joaquín Fernández de Lizardi se sirvió para ocuparse en más de una de sus “Alacenas de Frioleras”

   Y desde luego, el valor descriptivo de la mojiganga en la plaza de San Pablo obliga a pensar, desde nuestra perspectiva lo alucinante de aquel espectáculo, rematado, como se puede apreciar con los fuegos artificiales, elaborados por los mismos pobladores del barrio donde estuvo asentado el coso, lo que indica que aquellas prácticas pirotécnicas, gozaron de un lugar muy especial, debido a lo indescriptible y efímero de figuras, formas, colores, y demás circunstancias que se concentraban en el uso de la pólvora como elemento fugaz con el que culminaron muchos festejos por aquel entonces.

   Desde luego que apreciar el quehacer de Bernardo Gaviño en uno de sus momentos de más esplendor no podía desaprovecharse, por lo que los capitalinos se vieron en difícil trance para elegir, y si a aquella participación se agrega la de otra mojiganga –“Los hombres gordos de Europa”- o la rifa de una bonita silla de montar, cuyo lucimiento mayor fue exhibirla perfectamente colocada en los lomos de un caballo, pues el asunto cobraba dimensiones harto complicadas.

   Por su parte El Monitor Republicano, D.F., del 4 de enero de 1852, p. 2 publicaba el siguiente aviso:

012

SECRETARÍA DEL ESCMO. AYUNTAMIENTO CONSTITUCIONAL DE MÉXICO. Acta de la sesión celebrada el día 31 (de diciembre de 1851).

En su parte que aborda el asunto que interesa para esta nota, dice:

(…) se dio cuenta con los siguientes oficios del gobierno del Distrito.

   Uno en que acompaña 20 ejemplares del bando publicado el día 30 del actual, en que se previenen las desgracias que puedan ocurrir en las diversiones de toros.-Que se acuse recibo y se repartan sin perjuicio de los del archivo y colecciones.

   En el contenido de dicho bando se indica que

MIGUEL MARÍA DE AZCÁRATE, Coronel retirado y gobernador del Distrito federal, a sus habitantes, sabed:

   Que entretanto se publica el reglamento que he creído conveniente formar para la diversión de Toros, con el deseo de evitar los peligros a que se exponen los toreros, cuando se arrojan a la plaza frutas o cáscaras de éstas y cualquiera otro objeto, que pueda ocasionarles resbalones o caídas, he dispuesto lo siguiente.

Art. Único. Se prohíbe en las diversiones de Toros tirar a la plaza frutas, cáscaras, o cualquiera otro objeto que pueda causar algún mal a los toreros, bajo la pena de 5 a 30 pesos de multa, o de tres días a tres meses de grillete, sin perjuicio de la que imponga la autoridad competente por el daño que se ocasione.

   Y para que llegue a noticia de todos mando se publique por bando en esta capital, y en las demás lugares de la comprensión del Distrito fijándose en los parajes de costumbre.

   México, Diciembre 28 de 1851.

Miguel M. de Azárate

Mariano Guerra, Secretario.

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Imágenes en la colección del autor.

   Considero que todavía estamos a tiempo de elegir la opción que mejor nos agrade. Así que desde este portal de noticias se pone a la consideración de los interesados un par de carteles, mismos que corresponden a una fecha como la de hoy, sólo que para dos ocasiones que se celebraron hace 165 años.

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UN DÍA COMO HOY, PERO DE 1851 SE INAUGURA LA PLAZA DE TOROS DEL “PASEO NUEVO”.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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La plaza de EL PASEO NUEVO, como se ve, ya solo es una ruina, sitio que se ocupó -luego de la prohibición de 1867- para funciones de circo y acrobacia. Fue derribada en 1873.

Foto estereoscópica (ca. 1870). Fuente: Archivo General de la Nación [A.G.N.] Fondo: Felipe Teixidor.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Estreno de la plaza. Domingo 23 de noviembre de 1851. Cuadrilla de Bernardo Gaviño y Mariano González “La Monja”. 5 toros de El Cazadero. Según una inserción periodística de la época, aparecida en El Ómnibus del día anterior se tiene una pequeña variación que leemos como sigue:

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   Esta fue una plaza cuya actividad fue constante entre ese año de 1851 y el 22 de diciembre de 1867, en que se dio la última corrida de toros, antes de que entrara en vigor el decreto que prohibía los festejos, y que firmaron los licenciados Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada justo un mes antes. Solo por citar un caso, Bernardo Gaviño, entre 1851 y 1867 actuó en la misma 320 ocasiones, lo cual indica el nivel de importancia del coso que se levantó a un costado del Paseo de Bucareli, además de que por aquel entonces la competencia con la de San Pablo ya no fue el mismo, pues ya para 1854 dejaron de darse festejos en esta última, sobre todo debido a su estado de conservación. Seguramente hubo algunas otras tardes (hasta 1860) en que abrieron sus puertas, y para 1864 estaba siendo desmantelada.

   El recuento de célebres tardes en la del Paseo Nuevo rebasa el anecdotario, por lo que conviene en algún momento la elaboración de una memoria que recuerde un buen conjunto de ocasiones en que trascendió la tauromaquia mexicana, sobre todo bajo la égida del portorrealeño Bernardo Gaviño.

   Esta “monumental plaza de toros”, la del Paseo Nuevo, situada privilegiadamente en la antigua glorieta que todo mundo conoció como “El Caballito, fue construida al oriente de la pieza escultural de Manuel Tolsá. Actualmente debemos ubicarla en donde se encuentra el antiguo edificio de la Lotería Nacional. Lauro E. Rosell dice que

en dicha plaza (…) tomaron parte, entre otros, el famosísimo torero español que fue ídolo de las multitudes llamado Bernardo Gaviño, (del que se afirma que nunca dio tres estocadas a un toro) en compañía del renombrado torero Mariano González, apodado “La Monja”, así como también allí lució sus portentosas habilidades como lidiador, el célebre torero mexicano Ignacio Gadea, notabilísimo jinete que fue el inventor de la olvidada y hermosa suerte de poner banderillas a caballo.[1]

   Además, por aquella época también participó el genial novelista Luis G. Inclán quien en compañía de su excelente caballo El Chamberín hicieron las delicias del público.

   Lo que debe destacarse aquí es que como “teatro de acontecimientos” cumple cabalmente con dicha etiqueta, puesto que se representaron festejos llenos de una intensa fascinación, participando no solo los toreros de a pie o de a caballo que por costumbre eran conocidos, sino también por otro conjunto de actores que representaban mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otra variedad muy pero muy interesante. Durante los 16 años que funcionó como escenario taurino, la plaza del Paseo Nuevo estuvo al servicio de una independencia que así como enriqueció al espectáculo, probablemente también lo bloqueó porque no hubo un avance considerable, puesto que las representaciones se limitaban al sólo desarrollo de lo efímero. Con Bernardo Gaviño las condiciones no iban más allá de lo cotidiano Esto es, se convierte de pronto en un personaje que lo controla todo lo que, a los ojos de Carlos Cuesta Baquero

originaba también que las corridas fuesen de identidad tan completa que llegaba a la monotonía. Todas estaban calcadas en el mismo estilo artístico. Toreando siempre el mismo espada, los mismos banderilleros y los mismos picadores, haciendo durante todo el año y por muchos años, en veinticinco ocasiones, porque ese número eran las corridas efectuadas en las poblaciones de importancia. Los aficionados asiduos, que los había igualmente que en la época actual, podían de antemano describir los lances taurinos que harían los toreros y el modo artístico que les imprimirían. Salvo algún incidente sangriento -afortunadamente excepcionales- los espectáculos taurinos eran completamente iguales unos a otros.

   Por tal acostumbrada monotonía, cuando algún “AS” andariego, se presentaba, acompañado de uno o dos banderilleros o de un banderillero y un picador, el público abarrotaba los billetes de entrada y llenaba las localidades del coso. Había la ilusión de lo novedoso, la promesa de contemplar algo diverso a lo ya conocido. Y cualquier detalle sin importancia pero que ofreciera desemejanza a lo habitual era inmediatamente notado y comentado exageradamente. Pero desafortunadamente tales detalles disímbolos eran muy escasos, pues todos los “ASES” tenían el mismo, igual pauta.

   Así eran las características de “nuestro nacionalismo taurino” en su primera etapa. Persistieron hasta el final, cuando la penúltima jornada artística de Ponciano Díaz, pero en el año de 1851 adquirió otro distintivo. Fue lo que en nuestro idioma nombramos PATRIOTERÍA y tomando neologismos del idioma inglés y del francés titulamos respectivamente “JINGOISMO” y “CHOVINISMO” (…)

   Como vemos, surgió además un síntoma de obsesiones que marcaron el comportamiento de una afición que sintió como suyo a Gaviño, torero que además de todo, aprovechó perfectamente dicha circunstancia al grado de que cuando sucedía alguna “invasión” como la de los supuestos Antonio Duarte “Cúchares” y Francisco Torregosa “El Chiclanero” (“invasión” ocurrida en diciembre de 1851) estos prácticamente fueron expulsados por la afición; pero en el fondo, todo aquello fue arreglado por el gaditano quien no quería verse alterado por “intrusos” de aquella ralea.

   Con todo y que Bernardo era español, pero un español avecindado de por vida en México, y quizá habituado a la forma de ser del mexicano, escuchó, de parte de los asistentes a varias de las corridas donde actuaban paisanos suyos, el grito intolerante de “¡Mueran los gachupines!” como una muestra de rechazo hacia el intruso, pero de afecto y apoyo hacia un torero que el mismo público -de su lado- terminó haciéndolo suyo, al grado de semejantes demostraciones de pasión extrema.

   Y a todo esto, ¿quién fue su constructor?

   En principio, debe recordarse que a principios de 1851, además de José de las Heras, asentista de la Real Plaza de Toros de San Pablo, se encontraban los hermanos Domingo y Vicente Pozo, que habrían de convertirse en competidores acérrimos del que fue sucesor del polémico Manuel de la Barrera, también asentista de la de San Pablo (años atrás), de algunos teatros y hasta monopolista en el control en eso de recoger la basura en la ciudad de México hacia los años 30 del XIX. Los hermanos Pozo se asumían con un nuevo concepto de empresarios taurinos, que apostaban por darle a la ciudad otra plaza de toros, dado que la de San Pablo, constantemente mostraba signos de deterioro debido al hecho de que la madera fue el material empleado para su armado y construcción. Entre otros datos ubicados en la prensa tenemos el que aporta

EL DAGUERROTIPO, D.F., del 22 de febrero de 1851, p. 8.

NUEVA PLAZA DE TOROS.-El martes (18) se colocó cerca del paseo de Bucareli la primera piedra de la nueva Plaza de Toros que en aquel punto va a edificar el Sr. D. Domingo Pozo: Hubo músicas, cohetes et tout le terrremblement…

   Entretanto permite el gobierno se levante otra Plaza de Toros, no concede siquiera el esqueleto de algún inútil edificio público para que en él se plantee el Liceo artístico y literario, instituto que tan buenos y preciosos beneficios debiera y pudiera reportar a la sociedad mexicana…

   El arquitecto consagrado a dicho proyecto, fue el entonces reconocido y polémico Lorenzo de la Hidalga,[2] según he podido constatar en un importante texto de la Doctora Elisa García Barragán.[3]

   Sin más preámbulo, la eminente historiadora apunta:

(Lorenzo de la Hidalga) Edificó la plaza de toros de la calle de Rosales, junto a la cual construyó su casa habitación, cuya imagen hizo plasmar al paisajista Javier Álvarez, óleo que muestra la fidelidad del arquitecto hacia un academicismo italianizante.

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En el mismo texto de Elisa García Barragán se reproduce tan bella con romántica expresión de aquel espacio, creación de Lorenzo de la Hidalga.[4]

   En otro estudio también de la maestra universitaria[5] plantea que de la Hidalga fue un precursor del funcionalismo, mismo principio que desarrollarían ampliamente Le Corbusier y Mies van del Rohe en el siglo pasado. Tal “funcionalismo” quedaba patente en el propósito de construcción de tal o cual edificio. Si en este caso se trataba de una plaza de toros, seguramente de la Hidalga así lo pensó, y más aún en el hecho de que, además de haber cubierto los requisitos de funcionalidad, se le daba un toque extra de belleza arquitectónica que daba, per se el significado de su construcción.

   Así a 165 años de aquel suceso, comparto un pasaje de ese referente urbano en la ciudad de México a mediados del siglo XIX, mismo que estuvo visible hasta el 15 de julio de 1873 en que desapareció.


[1] Lauro E. Rosell: Plazas de toros de México. Historia de cada una de las que han existido en la Capital desde 1521 hasta 1936. México, Talleres Gráficos de EXCELSIOR, 1935., p. 28.

[2] Lorenzo de la Hidalga nace el 4 de julio de 1810 en la provincia de Álava, cerca de la ciudad de Vitoria, en la región vascongada. Sus estudios profesionales los realizó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, obteniendo su título el 31 de enero de 1836. Inspirado por una corriente “romántica o racionalista”, se forma en sus primeros años profesionales. Este polémico personaje ya estaba en México a partir de marzo de 1838, muriendo en 1872.

[3] Elisa García Barragán: “El arquitecto Lorenzo de la Hidalga”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2002. En “Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas”, Nº 80, p. 101-128.

[4] Op. Cit., p. 127.

[5] Elisa García Barragán: “Lorenzo de la Hidalga: un precursor del funcionalismo”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, Nº 48. México. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1987.

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EL 2 DE NOVIEMBRE DE 1890 ES DESTRUIDA LA PLAZA DE TOROS “COLÓN”

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Para el desarrollo de la presente efeméride fue necesario, como en otras ocasiones, la consulta del libro que coordinó Luis Ruiz Quiroz (qepd): Efemérides taurinas mexicanas. México, Bibliófilos Taurinos de México. 2006. 441 p.

   Se trata de datos puntuales de un trabajo susceptible de algunas correcciones pero sobre todo de una puesta al día, incluyendo los años transcurridos del presente siglo. La misma se complementa con esta otra: Acontecimientos taurinos mexicanos. Efemérides desarrolladas. Puebla, Bibliófilos Taurinos de México y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2007. Ediciones Ala Impar. 397 p. Fots.

   Ambas tuvieron la virtud de realizar el cotidiano registro de los hechos que desde su origen mismo daban para ser considerados como un dato el cual enriquecía la memoria hasta convertirse en un cúmulo que parece no tener fondo. Y lo digo así pues las nuevas herramientas digitales nos permiten acceder a la minucia. O como lo llaman los bibliotecólogos, a los datos, metadatos. E incluso a la “minería de datos”, es decir cuando la información ya pulverizada también puede ser motivo de consulta o investigación.

   En fin, que la tarea colectiva de las “Efemérides Taurinas Mexicanas” debe continuar, y esa es una tarea que los Bibliófilos Taurinos de México tienen muy claro, dada la serie de compromisos que se asumen en tanto sentido de pertenencia al hecho de considerarse ni más ni menos que “Bibliófilo”. Si dicha tarea tiene propósitos de seguir adelante, cuenten con mi apoyo que dispongo de un amplio banco de datos. Así lo hicieron Armando de María y Campos en El Eco Taurino, Abraham Bitar y Alfonso de Icaza (incluso sus hijos, que por alguna coincidencia llevan el mismo nombre: Alberto) en El Redondel. Francisco L. Procel, o Leopoldo Beristáin que fue uno más de esos pacientes encargados de reunir datos y más datos hasta que llegó a ser referencia Luis Ruiz Quiroz, a quien por razones de estos días, recordaré con marcado respeto.

   La efeméride de hoy, rememora el lamentable caso de un escándalo, el que se produjo la tarde del 2 de noviembre de 1890, cuando tras la salida de seis ejemplares malísimos de Guanamé se desató la bronca, lo cual propició que la plaza, como las de la época, hecha de madera, terminara siendo parcialmente destruida.

   El coso, que se ubicaba en las calles de General Prim y Versalles, en la actual colonia Juárez, se inauguró el 10 de abril de 1887 con ganado de Atenco. Los espadas en esa ocasión fueron Juan León “El Mestizo” y Antonio González “Frasquito”. Dicha plaza, como lo recuerda Heriberto Lanfranchi en su libro La fiesta brava en México y en España 1519-1969, T. II., p. 767-8: “…fue derribada a principios de 1893, a pesar de estar en muy buenas condiciones, por haberse prohibido de nueva cuenta las corridas de toros en el Distrito Federal, de 1890 a 1894”.

   ¿Cuál fue la opinión de la prensa tras ese lamentable asunto?

   Encuentro dos testimonios, mismos que aparecieron tanto en El Siglo Diez y Nueve como en El Monitor Republicano. El “Reporter” de El Siglo Diez y Nueve, en su edición del 3 de noviembre, nos comenta:

EL ESCÁNDALO DE AYER EN LA PLAZA DE TOROS DE COLÓN.

   Ya se irá viendo que la calamidad de esa diversión no dará nunca buenos resultados.

   Ayer se anunció una gran corrida, en la que se jugarían seis toros de la hacienda de Guanamé y [Carlos Borrego] Zocato daría la alternativa al diestro [Vicente] Ferrer.

   A las tres y media, con una entrada buena en sol y escasa en sombra, se dio principio al camelo.

   Salió al coso el primer toro, que resultó ser un gran buey, y tras este otro… otro… otro… hasta que se determinó la bronca.

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La Muleta. Revista de Toros. Año I, N° 1 del 4 de septiembre de 1887. Cromolitografía de P. P. García. El ejemplar pertenece a la biblioteca “Salvador García Bolio”, ubicada en el Centro Cultural “Tres Marías”, en Morelia, Michoacán.

   Un palito arrojado del departamento de sol fue el bota-fuego de la segunda escena de la Plaza del Paseo hace un año precisamente. A ese palito siguió una barandilla y después otras más.

   A tan elocuentes muestras de aprobación, la localidad de sombra no quiso ser menos, y en unos cuantos minutos moros y cristianos destruyeron una gran parte del maderamen de la Plaza.

   Los toreros no quisieron llevarse con esas bromas, y se fueron deslizando para no estar al alcance de los proyectiles.

   Los gendarmes eran impotentes –uno de ellos resultó herido- no obstante las acertadísimas medidas que dictaba el apreciable inspector de la 4ª Demarcación Sr. Sánchez.

   Resumen, como diría un revistero: -Ganado pésimo. Cuadrilla mala. Matadores ídem.

   A Zocato la prensa taurina lo pone como chapa de dómine; y para complemento de su mala suerte, el segundo toro lo cogió de una ingle y volteándolo cayó otra vez en las astas hiriéndole el pecho y una pierna. Deseamos que no tenga funestas consecuencias esa cogida.

   Tras aquel lamentable suceso, las autoridades determinaron que fue tan malo el ganado causando tal malestar que obligó a las autoridades a suspender las corridas de toros por cuatro años. Y como ya hemos visto, los incidentes de aquella tarde se desarrollaron en medio de actos violentos. Mientras tanto, Ponciano Díaz emprendió una campaña taurina por todos los puntos de la república, encabezando su cuadrilla hispano-mexicana y aprovechando públicos marginados en información.

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HACE 163 AÑOS NACIÓ EL PERIODISTA TAURINO EDUARDO NORIEGA “TRESPICOS”.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Retrato de Eduardo Noriega “Trespicos”, publicado en El Puntillero. Semanario de toros, teatros y variedades, T. I., N° 12, del 5 de agosto de 1894, p. 2.

   Ayer, 4 de octubre para ser más precisos, se cumplieron 163 años del nacimiento del reconocido periodista Eduardo Noriega “Trespicos”. (Ciudad de México, 4 de octubre de 1853-6 de febrero de 1914). Fue autor, entre otras obras de Geografía de la República Mexicana (1898); La primera carta y El mejor diamante, ambas obras en monólogo original escrito en verso (1900); Versos: Primaverales, Otoñales, poemas: Leyendas (ca. 1900); Atlas miniatura de la República Mexicana (1902), así como de La República Mexicana según el Nuevo diccionario de geografía universal por Vivien de St. Martín (1904).

   Según el semanario El Puntillero, el cual se publicó durante el año de 1894 en la ciudad de México, Eduardo Noriega:

Oía hablar mucho de Bernardo Gaviño, (Ignacio) Gadea, José Gavidia (a) Media luz, y sobre todo de las banderillas de fuego, y esto era suficiente para que estuviese inquieto y vamos, que según sé, los domingos y días festivos ni comía por ir a rondar la antigua plaza del Paseo de Bucareli.

   Esto pasaba por el año de gracia de 1864, según apuntaba Pajarito, el autor de esta reseña con la que hoy recordaremos a este interesante personaje.

   Estando prohibidas las corridas, la plaza del Paseo Nuevo se mantuvo en pie hasta 1873 en que fue desmantelada. Sin embargo, no faltaron algunos festejos organizados en forma diríase que clandestina y en uno de ellos, celebrado en 1868 Carlos tuvo oportunidad de echar capa.

   Y “Trespicos”, ávido de alentar su creciente y declarada afición a los toros, tuvo oportunidad de desplazarse a sitios como Toluca, Puebla, Cuautitlán, a donde llegaron a celebrarse en forma más o menos frecuente.

   Donde había corrida de toros, estaba por fuerza “Trespicos”.

   La segunda vez que toreó fue en Tlalnepantla siendo espada Fernando Córcoles y banderillero nuestro biografiado; tanto en el Paseo Nuevo como en Tlalnepantla, los festejos fueron de carácter benéfico.

   También hizo suyas las suertes de colear y lazar, por lo que se integró al Club Hípico formado entre otros por Javier Sorondo, Lauro Aranzivia, Jacobo Sánchez y otros personajes de su época, mismos que acudían con frecuencia a un rancho inmediato al barrio de los Ángeles, en esta misma ciudad de los Palacios.

   Para el año de 1885 fue invitado por Don José Barbier para que se encargara de escribir las “revistas” o crónicas para el periódico La Voz de España. Y no solo aceptó sino que en cada una de ellas mostró sus amplios conocimientos en el arte tauromáquico.

   En El Puntillero se afirmaba algo importantísimo: [Que Eduardo Noriega] ha sostenido tanto en lo privado cuanto en lo público que entre el arte y el negocio debe haber siempre, independencia absoluta y una prueba de ello es que sobre esto discutió con algunos periódicos que se publicaban en la Capital.

   A partir del 4 de septiembre de 1887 publicó por primera vez La Muleta, periódico taurino que se mantuvo hasta febrero de 1889, reuniendo a una importante plantilla de colaboradores como Carlos Cuesta Baquero, Juan de Dios Peza, Vicente Morales, al inigualable José P:P. García, quien hizo de cada cromolitografía una auténtica obra de arte, sin que faltaran las apreciaciones del propio Eduardo Noriega.

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Cabecera de la no menos importante publicación semanaria La Muleta, de la que fue su director Eduardo Noriega Trespicos. Col. del autor.

   Trespicos fue en su momento Vicepresidente del Centro Taurino Espada Pedro Romero, auténtico cenáculo a donde iban a reunirse personajes como los que aquí se han citado, más otros no menos notables como Pedro Pablo Rangel, Carlos M. López o Eduardo Hoffmann. Todos ellos discutieron la teoría y práctica de la tauromaquia, de ahí que dicho “Centro” fuese un referente del que luego se diseminaban aquellas ideas en las publicaciones donde colaboraban este grupo de “notables”.

   Con los años fue editor de otra famosa publicación: El Toreo Ilustrado. Dejó su impronta como una pluma reconocida en El Noticioso, donde se esperaban con curiosidad sus crónicas, mismas que fueron en su momento guía y luz de conocimiento.

   Trespicos fue invitado por Rafael Reyes Spíndola, director y propietario de El Imparcial, para colaborar en tan reconocida publicación, lo que aceptó de buena manera. Lamentablemente su paso duró un suspiro. Cometieron con él una auténtica descortesía al no publicar sus escritos, renunciando de inmediato ante tamaña majadería.

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Infaltable en esta reseña el número 1 de El Toreo. Semanario Ilustrado, que vio la luz el 18 de noviembre de 1895. Col. Julio Téllez G.

   Enfermó del corazón, pero es probable que otros achaques minaran su salud, pues defendió como pocos la difícil labor de periodista, misma que tuvo a bien ejercer desde aquel lejano 1886, y hasta 1914, año en el que precisamente y a raíz de alguna actuación del célebre Vicente Segura, todavía tuvo arrestos para criticarlo severamente, pues Noriega –imposible evitarlo-, era gaonista.

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