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UN DÍA COMO HOY, SE PRESENTA LA GANADERÍA DE SAN DIEGO DE LOS PADRES EN 1887.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DECIMONÓNICAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Uno de los varios Azote, este marcado con el N° 12, era un toro berrendo en negro, coletero y botinero y que lo toreó inmejorablemente Rodolfo Gaona el 15 de febrero de 1925 en “El Toreo” de la Condesa, con corte de orejas y rabo. Col. del autor.

Como lo podemos ver en las Efemérides taurinas mexicanas de Luis Ruiz Quiroz (q.e.p.d.), el día 26 de septiembre de 1887 –hoy hace la friolera de 131 años-, se presentaron por primera vez en la ciudad de México, toros que procedían de la ya conocida hacienda de San Diego de los Padres. Esto ocurrió en la plaza de toros “Colón” y quienes se enfrentaron al encierro fueron los matadores Juan León “El Mestizo” y Antonio Mercadilla “El Zenzontle”.

Para tener un panorama más completo y cercano a lo que significó en el pasado la hacienda sandieguina, lo mejor será compartirles una entrevista imaginaria que sostuve con don Manuel Barbabosa Saldaña, esto en mayo 30 de 1912. ¿Me acompañan?

Dígame usted, el porqué del nombre de la ganadería de San Diego de los Padres.

“Esta Azienda fue del justísimo señor don Juan de Zumárraga, Arzobispo de México, y en este paraje tuvo su capilla su memoria y su beneración”, se lee en una losa, que mandó grabar sobre las ruinas de esa capilla, el señor don Bernabé Serrano, dueño de la hacienda en el año de 1736. Una cruz de piedra se irguió, junto a la losa, también por mandato del señor Serrano. Según noticias de esa inscripción, don Simón de la Cuadra, era el administrador de la “Azienda”, el 6 de octubre del año mencionado. Antes de que la propiedad fuera de don Bernabé Serrano, el Arzobispo don Juan de Zumárraga, anterior dueño, cedió la hacienda a los padres dieguinos, y a causa de esta donación, desde entonces esas tierras se llamaron de San Diego de los Padres. Muy cerca de donde estuvo la primitiva capilla, cincuenta varas al sur de ella, se construyó otra, empezándose su edificación el 7 de enero de 1873, por mandato de quien en aquellos tiempos era propietario de esas tierras, y fue fundador de la ganadería brava de San Diego de los Padres, el señor don Rafael Barbabosa. La nueva capilla terminó de construirse el mismo año, el día 5 de octubre, colocándose diez días después de la conclusión de la obra, o sea el día 15 de ese mes, una placa que da noticia de ello.

Rafael Barbabosa Arzate compró San Diego de los Padres el 13 de octubre de 1863 a Refugio San Román de Cortina, por la cantidad de $33,600.00.

-Don Manuel, ¿puede usted darnos un panorama general de la ganadería de San Diego de los Padres?

-Con mucho gusto. Para ello me serviré de unas notas que redacté allá por 1912 y que titulé:

DATOS DE LA GANADERÍA DE SAN DIEGO DE LOS PADRES, propiedad de los SEÑORES RAFAEL BARBABOSA SUCESORES, vecinos de Toluca, Edo. De Méx.

-El Señor Rafael Barbabosa, por su gran afición a las corridas de toros, y deseoso de tener en su Hacienda de San Diego de los Padres toros bravos, tuvo un empeño grandísimo por formar una ganadería y para lograr sus fines seleccionaba entre sus vacas que tenía, para esquilmarlas en el producto de leche, aquellas que aunque mansas, tuvieran más brío y las acompañó de toros que fuesen más briosos y bravucones; con este objeto compró en la Hacienda del Salitre unos toros que caló él mismo, para hacerse de aquellos que se manifestaran más bravos.

-Me remontaré al año de 1863.

-Del producto de esta simiente iba seleccionando lo que daba mejor prueba en la CALA, que verificara en el patio de la Hacienda, con pieles secas de res que los utilizaba como dominguillos. Fueron pasando algunos años, durante los cuales el señor Barbabosa -mi padre- veía con gran gusto sus toros en un potrero, llamado de los Talayotes y como no se lidiaban sus toros, su diversión consistía en calarlos en el llano y verlos enojados desafiando.

-¿Tiene usted idea cómo se dieron los primeros pasos con los que se consolidó la hacienda de San Diego de los Padres?

-Llegó la vez en que con motivo de una fiesta verificada en la Hacienda, se corrieron unos toros, ya en el redondel que se había hecho, así como las oficinas necesarias y en esa corrida se lidiaron cuatro toros por la cuadrilla que capitaneaba Epigmenio Moreno, a la cual asistió numeroso público de Toluca. Como de esta corrida quedara el público muy contento se llegaron al Sr. Barbabosa los señores Epigmenio Moreno y José Acevedo para comprarle cuatro toros que deseaban lidiar en la plaza de Toluca, a lo que accedió el Sr. Barbabosa con la condición de que no fueran anunciados de San Diego de los Padres.

-¿Cómo fueron anunciados entonces?

La empresa los anunció como “Los únicos competidores de los de Atenco”. El resultado de la corrida fue brillante, quedando el público muy satisfecho del juego de los toros por lo duros que fueron para con los caballos y en dicha corrida se le perdonó la vida a uno volviendo a la Hacienda para semental. Esto ocurrió en 1869, debut de la ganadería.

-Y después, ¿qué siguió?

-El Sr. Barbabosa entusiasmado por el éxito obtenido siguió fomentando su ganadería y al año siguiente fueron solicitados por la Empresa de Puebla, donde se jugaron en diversas corridas ya con el nombre de la Hacienda; obteniendo buen éxito en relación con la lidia de aquel entonces de la cuadrilla Hernández que fueron los que los lidiaron, hasta que posteriormente se jugaron en las plazas de Tlalnepantla y Huisachal.

-Por cierto, déjeme comentar, que la mencionada cuadrilla Hernández, estaba formada por Felipe Hernández, que banderillaba a caballo. También por José María Hernández “El Toluqueño”, quien se anunciaba como capitán y primera espada. La “segunda espada” era Encarnación Escamilla y sus banderilleros: Telésforo Parra, Luis Resillas, Dario Maldonado y Luis Ávila, que nada tenía que ver con el otro Luis Ávila, quien tuvo destacadas actuaciones en la primera mitad del siglo XIX. Los picadores fueron: Antonio Hernández, Cosme Esquivel, Guillermo Reyes, Pedro Alva e Ireneo García.

-Sabemos de la gran amistad que tuvo Bernardo Gaviño con su señor padre…

-En efecto. Bernardo Gaviño se hizo amigo del Sr. Barbabosa y le hablaba de las ganaderías españolas, de sus hierros, divisas y entre las ganaderías que le ponderaba como notables, era la del Exmo. Sr. Duque de Veragua y por simpatía a las narraciones que le hacía de ella quiso que sus toros fueran distinguidos por los colores rojo y blanco, mismos que usaba el Sr. Duque y a instancias de un buen amigo del Sr. Barbabosa, don Manuel Rodríguez, sevillano, se picaron unas vacas en el año de 1885, con lo que adquirió mayores conocimientos del modo como en España se calificaban los toros; hasta que desgraciadamente murió el fundador de la ganadería en marzo de 1887 pasando a sus hijos que la han seguido fomentando con todo empeño y escrupulosidad.

-En el afán de aclarar un aspecto que podría resultar insignificante, puntualiza don Manuel, que los colores de la divisa, dicen algunas historias, se debe a que en San Diego se veneraba al Sagrado Corazón de Jesús, imagen de bulto que lleva los colores rojo y blanco y que en Atenco, por estar en la capilla la imagen de la Purísima Concepción, vestida con ropajes donde predominan los colores azul y blanco, por ese solo motivo, los toros de una y otra, ostentan los colores de sus divisas por esa razón.

-Bien, continuo. Estos señores, ya con la simiente habida así como con el trato de los toreros que fueron viniendo a la república, entre los que se cuentan Juan Ruiz “Lagartija”, Manuel Hermosilla, “El Tortero”, Diego Prieto “Cuatro Dedos”, mismos que dieron un impulso a la ganadería, pues ellos hacían algunas tientas y aún hacían la distribución del ganado. Más adelante, por los años de 1893 a 1897 Juan Jiménez “El Ecijano” dirigió la retienta de las vacas y el año de 1896 les vendió a los Sres. Barbabosa un toro de la ganadería de Ibarra que al ser lidiado en la plaza de Bucareli el año anterior se le perdonó la vida pero como el toro era ya viejo murió al poco tiempo habiéndose logrado poco de él. Los Sres. Barbabosa han seguido día a día fomentando su ganadería y para elevarla a mayor altura y quitarle defectos que aún conservan sus toros, han adquirido otros tantos de las ganaderías españolas de los Sres. D. Felipe de Pablo Romero y del Exmo. Marqués del Saltillo con objeto de cruzar la ganadería que hoy poseen. Estos sementales los recibieron en Octubre del año de 1910.

-¿Podría darnos sus nombres y características principales, así como la distribución que se tuvo de los embarques que llegaron simultáneamente de España, tanto de Pablo Romero, para Atenco, como del Marqués del Saltillo, con la sola idea de que se ponga en claro cuál fue el pie de simiente para cada una de estas dos célebres haciendas?

-Sí, como no.

Pero primero déjeme incluir la opinión de mi familiar, el Sr. José Julio Barbabosa, quien en su libro de apuntes, llamado: Orijen de la raza brava de Santín, y algunas cosas notables q.e ocurran en ella J(…) J(…) B(…). Santín Nbre 2/1914, consideraba lo siguiente:

según he sabido, para la de Atenco y S. Diego el año de 1910 en octubre, llegaron a ésta 2 toros del Marqués del Saltillo y 2 de Felipe Pablo (Romero) y 1 vaca de este señor, por haberse muerto otras en el camino, y 6 vacas del Marqués, con cuyos elementos que según dicen les costaron veinte y dos mil y pico de pesos, han mejorado las dos ganaderías, yo no he asistido a ninguna de las corridas que han dado con esos toros cruzados, pero según dicen, en general han salido muy buenos y como es natural, algunos malos (notas que realizó hacia 1920).

Para Atenco venían tres vacas, habiendo muerto dos en alta mar. Llegaron a la hacienda el 10 de febrero de 1911. Arribaron la Nº 354 “Chaleca”, negra zaina, la Nº 1 “Nevada”, negra muleta entrepelada, Nº 2, Gitana, morcilla entrepelada; Nº 3 “Fierecilla”, retinta y la Nº 4, “Triguera”, morcilla entrepelada. Acompañadas de “Colmenero”, cárdeno listón bragao y de “Nevado”, negro zaino. En cuanto a San Diego de los Padres, llegaron a esta hacienda el 12 de octubre de 1910 las 6 vacas:

Nº 140 “Lamparilla”, cárdena

Nº 147 “Baratera”, negra

Nº 122 “Chinela”, negra mulata

Nº 128 “Corbatilla”, cárdena

Nº 65 “Guapetona”, cárdena y la

Nº 115 “Navarrita”, negra bragada

Así como por los toros: “Zamarrero”, negro entrepelado bragado, “Media Luna”, negro y “Bosquero”, también negro.

-Don Manuel: sabemos de la celebridad de un buen número de toros salidos de los potreros de San Diego de los Padres. ¿Recuerda el nombre de algunos de ellos, describiendo alguna anécdota sobre su juego en el ruedo?

Entre los toros que se han distinguido por sus hechos se anotan los siguientes:

CANARIO, negro listón jugado en Puebla al que el vaquero durante el camino de la hacienda a Puebla le cargaba sobre sus lomos zarape, manga, chaparreras y el morral donde llevaba su comida y lo cinchaba para sujetar estos arneses con los que entró hasta la misma plaza y en su lidia fue bravo.

CAPULÍN, negro, que se había familiarizado con el vaquero que lo cuidaba, que dormía cerca de su choza y lo acariciaba. En su lidia fue muy bravo y Bernardo Gaviño que lo lidiaba hizo salir al redondel al vaquero, el toro se le arrancó acometiéndolo y este lo llamó por su nombre y al oírle el toro cambió de dirección. Volvieron a citarle los picadores a los que hizo cisco y el público en masa pidió que se le perdonara la vida muriendo al poco tiempo en la hacienda a consecuencia de las heridas.

AZOTE. Dos toros de este nombre que eran muy semejantes merecieron por su bravura que fuesen indultados en las plazas de Tlalnepantla y Puebla.

Rodolfo Gaona y Azote, la tarde del 15 de febrero de 1925. Fotografía: Luis Reynoso.

   Y un servidor hace la pertinente aclaración, donde por cierto, El Califa de León Rodolfo Gaona, se despidió en el antiguo “Toreo” con AZUCARERO, berrendo en cárdeno, careto, coletero y recogido de cuerna, lidiado en séptimo lugar como toro de regalo en la memorable tarde del 12 de abril de 1925.

Con los años, esta ganadería sufrió merma en espacio, lo que obligó a su entonces propietario, don Antonio Barbabosa, a trasladar la mayoría del ganado a Atenco. Y esa merma también se tradujo en el intermitente abandono de la hacienda, con lo que ya fue imposible mantenerla, quedando como hasta ahora, en estado lamentable. La “Sociedad Rafael Barbabosa, Sucesores” fue disuelta en 1949, por lo que fue don Juan de Dios Barbabosa quien conservó la ganadería hasta su muerte, ocurrida el 15 de septiembre de 1957. Es sabido que en 1960, su hijo el Dr. Agustín R. Barbabosa Ballesteros vendió el ganado de San Diego de los Padres a D. Nicolás González Jáuregui, quien lo traslado a Ajuchitlancito, Querétaro conservando el hierro quemador y los colores de la divisa, desde esa fecha y hasta. Un año más tarde González Jáuregui agregó dos sementales de Jesús Cabrera.

-Durante el “imperio de Gaona”, este formidable torero, tuvo a bien torear al que puede considerarse el tercer AZOTE, con el que obtuvo un célebre triunfo, después de magnífica labor. Esto ocurrió la tarde del 15 de febrero de 1925.

y don Manuel recupera la conversación evocando a TIGRE y PIRATA, dDos toros muy bravos que se les perdonó la vida y sirvieron durante algún tiempo de sementales.

GENDARME y FLECHA, lidiados en Tlalnepantla, resultando superiores y uno de ellos causó tal entusiasmo al ministro de España que asistía a la corrida, que llamó al palco a Bernardo Gaviño regalándole una petaquilla y le dijo: “Con estos toros no se echan de menos los de España”.

-Y va de historia, don Manuel. GENDARME y FLECHA, se lidiaron el domingo 11 de junio de 1876, estando en la plaza, entre otros personajes don Carlos VII de Borbón.

Clementina Díaz y de Ovando, en su libro Carlos VII EL PRIMER BORBÓN EN MÉXICO, relata el acontecimiento.

   El domingo 11(de junio de 1876) don Carlos asistió en Tlalnepantla a una corrida de toros. Muy príncipe, pero llegó a su palco como cualquier plebeyo, entre pisotones y empujones. La gente de sol lo ovacionó a su manera gritándole indistintamente; ¡don Carlos! O ¡don Borbón! Los bichos resultaron bravos, un picador y un banderillero se lucieron, y “un chulillo hábil y valiente manejó la capa como el barón Gostkowski el claque”.

   Don Carlos estuvo muy cordial con los que le ofrecieron la fiesta, llamó a su palco al banderillero y al picador (y como veremos después, al propio Gaviño), y los premió con esplendidez. El picador bien lo merecía ya que realizó toda una proeza, según reseñó La Revista Universal el 13 de junio:

La hazaña del picador merece contarse: embistió el toro y resistió el de a caballo bravamente; ni él se cansaba de arremeter; ni el hombre de resistir; al fin, desmontándose hábilmente sin separar la pica de la testuz, el picador se deslizó del caballo, se precipitó entre las astas del toro, soltó la púa, se aferró con los brazos y las piernas de la cabeza del animal, y mantuvo todavía algunos minutos completamente dominado y sujeto contra el suelo por un asta. El de la hazaña fue objeto de grandes ovaciones: ¡si al menos el mérito de la lucha hubiera salvado al mísero animal!

   Pero faltaba que Enrique María de Borbón llamara a su palco a Bernardo Gaviño a quien regaló una petaquilla y le dijo: “Con estos toros no se echan de menos los de España”.

 PAVO REAL, negro zaino, bizco, lidiado en 1885 en la plaza de Tlalnepantla, siendo la presentación de la cuadrilla de “Mateíto”; fue un toro que sufrió 12 varas matando seis caballos, banderillado por Ramón López y fue el único toro que murió en el redondel por manos de “Mateíto”, pues de los corridos no pudo matar ninguno y todos fueron lazados y muertos a puntilla pues todavía no se acostumbraba volverlos al corral. En esta corrida fue donde el público de México conoció al Sr. D. Ramón López.

PORQUERO. Toro colorado, lidiado en la plaza “México” el 1 de marzo de 1903, y al que “El Imparcial” nombró CICLÓN por su gran poder; recibió 12 varas y en una de ellas al arremeter contra un caballo y estar corneándolo rompió los cerrojos de la puerta de la barrera y también abrió la puerta de salida al patio de caballos para donde se salió y fue a matar una jaca pinta del “Castañero” [picador de toros] y herir varios caballos de los coches de algunos capitalistas que introducían sus coches dentro de la plaza. Fueron 9 el número de caballos que mató y “Gorete” lo pasaportó al destazadero.

CALENDARIO, negro zaino, lidiado la tarde del 29 de noviembre de 1903 en cuarto lugar y en la plaza “México”. Fue un toro notable en toda su lidia pues soportó diez varas dando diez tumbos y mató seis caballos, llegando al último tercio bravo y sencillo. Algún revistero al reseñar la corrida se expresó en estos términos: “Fue un toro bravísimo y noble en grado superlativo en toda la lidia; un toro que por sí solo basta para acreditar una ganadería. ¿“Jaquetón”, “Catalán” y otros de imperecedera memoria serían como este, mejores? ¡Imposible! “Machaquito” lo mató de una estocada monumental y entre los toros bien matados en México este es uno de ellos.

Un ejemplar de San Diego en los corrales del “Toreo” de la Condesa, allá por los años 40 del siglo pasado.

   Antiguamente, cuando un toro era muy bravo el público pedía que se le perdonara la vida y en su honor se concedía. Abolida esta costumbre, después de muchos años transcurridos, a este toro fue el primero que se le tributaron los honores modernos pues al ser arrastrado fue paseado en el ruedo dándole dos vueltas en medio de música y los vítores de la concurrencia.

VIOLETO, negro zaino. Jugó en una corrida a beneficio de las víctimas de Guanajuato, organizada por “El Imparcial”, quien le puso a este toro por nombre JAPONÉS. Fue lidiado en la plaza “México” el 13 de agosto de 1905 por Félix Velasco; fue bravísimo soportando hasta nueve varas y en las dos primeras mandó al callejón a los picadores. Se lidiaron en esa tarde además de VIOLETO, tres toros de San Nicolás Peralta, uno de Parangueo y uno del Venadero.

PLATANITO, negro albardado, bragado, lidiado en la plaza “El Toreo” el 10 de enero de 1909, en una corrida a beneficio de las víctimas de Italia en toda su lidia fue superiorísimo, sufriendo bastante número de puyas. Lo mató “Bienvenida” muy bien y levantó su cartel en esta corrida pues el público la había tomado con él. También jugó en esta misma corrida un toro negro llamado ABORRECIDO que fue muy bravo y lo mató el mismo “Bienvenida”. Estos toros jugaron respectivamente en 2º y 5º lugares.

HERRERO, toro retinto, jugado en la plaza “El Toreo” el 3 de marzo de 1912 en el primer concurso de ganaderías verificado en México. Se lidió como reserva del segundo toro (de esta misma ganadería) y fue un toro bravísimo, recibiendo ocho varas, metiéndose debajo de los caballos y empujando con los cuartos traseros de verdad. Fue banderillado por Gaona en un par al cambio superior, otro de “Corchaíto” también al cambio y otro de Vicente Pastor al cuarteo, quien al clavar le arreó media estocada con el palo de la banderilla (¿?) que tuvieron que sacárselo desde la barrera. El toro se conservaba al último tercio muy bravo y muy noble, habiéndose toreado él solo con la muleta pues “Corchaíto” lo único que hizo fue ponerle delante la muleta habiendo tenido campo de hacer una faena digna de uno de los soles de la tauromaquia. Al ser arrastrado fue calurosamente ovacionado pidiendo el público que se le tributaran honores, paseándolo por el redondel y no le fue adjudicado el premio por haber estado fuera de concurso.

-No me resta sino agradecerle a usted el que me haya permitido proporcionarle estos invaluables datos acerca de San Diego de los Padres, recordando que esta conversación tuvo lugar en TOLUCA, MAYO 30 DE 1912. MANUEL M. BARBABOSA.

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LUIS REYNOSO, AS DE LA FOTOGRAFÍA TAURINA.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 

Composición y retratos, col. del autor.

   Hoy día, una buena cantidad de habitantes en este planeta, dispone de un teléfono celular. Con ese implemento de la modernidad se obtienen, entre otras cosas, cientos; quizá miles de fotos para luego ser diseminadas en redes sociales, por ejemplo. En ese sentido, la fotografía alcanza nuevos niveles, resultando importante sobre todo para cubrir una difusión que auxilia a los propios medios de información, en un gesto de auténtica solidaridad civil.

Hace un siglo, un joven de nombre Luis Reynoso (CDMX 20 de junio de 1895-22 de enero de 1983), ponía en marcha el interesante oficio de fotógrafo, cubriendo entre otros asuntos, el de los festejos taurinos.

Tiempos en los que realizar esa labor era un acto heroico, debido a que los formatos de aquellos equipos era distinto, muy grandes, pesadas y con mínimas posibilidades al no contar con lentillas de acercamiento o zoom. Además, en el maletín con el que se acompañaban, debían llevar una mínima cantidad de vidrios que, ya colocados servían para obtener las imágenes. Sin embargo, también necesitaban un “ojo” muy sensible para registrar el momento preciso y luego de pasar por el “cuarto oscuro” donde ocurría el proceso de revelado, las turnaban a la redacción para ser impresas.

A todo lo anterior, debe agregarse el hecho de que particularmente, los fotógrafos que acudían al “Toreo” de la colonia Condesa, se apostaban en pequeñas e incómodas canastas, ubicadas poco más abajo de la barrera de primera fila, traspasando aquel pequeño límite marcado por la pieza metálica en donde se colocaba la publicidad.

Conclusión: el de fotógrafo fue, en aquellas épocas un oficio grato pero incómodo, sólo compensado por la valiosa aportación de auténticas piezas en las que se apreciaban momentos muy precisos, diríase que perfectos de una suerte; o el drama y la tragedia en el momento de surgir el percance. Ora una cornada, ora un tumbo de órdago… o lo excelso de una “larga cordobesa”, como las que solía interpretar Rodolfo Gaona con frecuencia.

Y el trabajo de Luis Reynoso se recuerda de modo particular, debido al generoso legado que dejó en su trayectoria, pues cada fotografía suya, es resultado de un registro donde se concentran diversos elementos que justifican sensibilidad en el quehacer, búsqueda y afirmación estéticas y hasta el mero sentido común con el que obtuvo un lugar entre los mejores.

Dos creadores. Gaona el torero, Reynoso el fotógrafo.

   Ya lo decía la prensa en su momento:

Reynoso no es un fotógrafo profesional. Es un artista que concurre a la plaza para impresionar los grandes momentos de los buenos toreros. Aficionado entusiasta a la fiesta sin par, están en acecho, cámara en mano, para tomar las instantáneas que reflejen los primores de un arte cada día más apreciado por los que tenemos la dicha de ser taurófilos.

“Así han surgido las maravillosas fotografías de Reynoso.

“El par de “Pavo”.

“La “gaonera” de “Azote”.

“El pase de “Dentista”…

Reynoso es, indiscutiblemente, el “As” de los fotógrafos taurinos mexicanos. Hace el solo, lo que todo el resto de sus camaradas.

“Así se explica que sus “fotos” hayan sido reproducidas en todos los periódicos taurinos de México y de España, cosa a la que no nos hemos opuesto, no obstante nuestros derechos de propiedad, porque los triunfos de Reynoso, son triunfos de “EL ECO TAURINO” [publicación de la que traigo hasta aquí las presentes notas, publicadas en octubre de 1928], son triunfos nuestros…

“Este año Reynoso pondrá de nuevo la “muestra”. Los museos taurinos se enriquecerán con nuevos lances de maravilla hechos solo por afición, ya que Reynoso jamán anda ofreciendo sus fotografías ni a toreros ni a apoderados.

“No lo necesita por dos motivos: primero, porque no vive de eso, y, segundo, porque aún contra su voluntad, se ve asediado por los diestros que tienen la suerte de inspirarle sus creaciones.

“Es natural que, a quien tanto vale, se le busque…”

Luis Reynoso fue un integrante más de la célebre “Unión de Fotógrafos Taurinos de México”, creada desde 1928 por Samuel Tinoco, Eduardo Melhado y Enrique Díaz. En 1940 aquella sociedad celebró una exposición, en la que convocados los diferentes artistas de la lente, fue posible concentrar un trabajo colectivo con lo mejor de lo mejor. En ese sentido, Rafael Solana hijo o José Cándido, en la firma de sus crónicas apuntaba:

“No ha sido suficientemente estimada la labor del fotógrafo dentro de la fiesta taurina. El fotógrafo completa, contiene y afianza al poeta y al pintor, que respaldados por el artista de la cámara, puede pulir y abrillantar las escenas que se suceden en el ruedo, sin el peligro de que, devorado por la fugacidad de un instante, todo vuele hacia la fantasía y se convierta en mera creación imaginativa. El fotógrafo, en los grandes fastos de la tauromaquia, en las hazañas heroicas, en las tardes en que desborda la maravilla de arte que es el toreo, es el notario que da fe, con su respetabilidad, con su crédito público de hombre que sólo trata con realidades, de que aquello que incendió nuestros ojos en una llamarada increíble no fue solamente un ensueño, sino fue una verdad. Si el fotógrafo no rescatara pruebas palpables, evidentes, incontenibles, todos los extraordinarios momentos del arte se mezclarían en nuestra memoria hasta convertirse en una sola masa de irrealidad, de fantasía, de sueño”.

Hasta aquí con esa elogiosa nota que sigue con otros apuntes más, todos ellos convertidos en la justa calificación de tan notable tarea, que por fortuna, ha quedado registrada en infinidad de publicaciones donde la célebre firma “Reynoso” viene a confirmar todos estos dichos, que nos refieren a un auténtico artista de la lente.

El mérito de aquellos diletantes de la imagen, de auténticos profesionales en la fotografía, permite recuperar un pasado que nos parece todavía más representativo en la medida en que esos registros adquieren una dimensión especial, y que recreamos porque muchas de ellas alcanzaron el centro mismo de una suerte, de la “fugacidad de un instante” –Rafael Solana dixit-.

Loor a Luis Reynoso.

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RECORDAMOS HOY A ARMANDO DE MARÍA y CAMPOS A 121 AÑOS DE SU NACIMIENTO.

EFEMÉRIDES DECIMONÓNICAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El personaje. Col. del autor.

   En uno de sus muchos escritos, el autor planteaba hacia 1965: Mucho muere de lo que se escribe en los periódicos, pero mucho sobrevive, embalsamado. La historia del teatro no es nada más hablada. (Escenarios del 3 de diciembre de 1965. El Heraldo de México).

   Cuando uno se acerca a la obra de Armando de María y Campos (Ciudad de México, 23 de mayo de 1897-10 de diciembre de 1967), se descubre un legado caudaloso formado por libros, revistas, e infinidad de textos en los que predominan las biografías, las reseñas teatrales, las conferencias, su profunda relación con la radio, así como con las diversas redacciones de periódicos y revistas. Evidentemente uno de los asuntos que divulgó con mayor entusiasmo fue el tema de los toros.

Dígalo si no la siguiente relación en la que destaca el oficio como escritor taurino:

1917: Se desempeña como jefe de redacción de la revista literaria Mefistófeles donde publica sus primeras notas taurinas.

1919: La imprenta nacional le edita su volumen de crónicas Frivolerías. Asume la dirección de la revista Mefistófeles.

1920: publica La ciudad taurina. Se convierte en el nuevo director de El Heraldo Ilustrado así como en secretario de redacción del periódico México Nuevo.

1921: aparecen dos libros titulados Los lidiadores y Gaoneras.

1924: Bajo el seudónimo de El Alcalde de Zalamea publica Don valor Freg. De las faenas de Luis Freg en las plazas de España y México, Gaona el grande y Gaona se va.

1925: Funda la revista El Eco Taurino, mismo que se extendió hasta 1940. Con el seudónimo de El duque de Veragua publica el libro de entrevistas Lo que confiesan los toreros.

1933: Se inicia en la radio comentando los hechos artísticos más relevantes de la Ciudad de México.

1934: En la sede de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística imparte la conferencia Hispanoamericanismos de los periódicos taurinos, publicada el mismo año.

Fue en El Eco Taurino donde publicó aquella participación, misma que comparto por haber permanecido muchos años en su condición de inédita:

1935: Trabaja como redactor de espectáculos en El día.

1936: Dirige la estación XEFO del Partido Nacional Revolucionario.

1937: Colabora en Revista de Revistas, dirigida entonces por Roque Armando Sosa Ferreyro.

1938: aparece el libro Los toros en México en el siglo XIX. Se convierte en miembro fundador de la Asociación de Cronistas de Espectáculos Teatrales y Musicales.

1939: se publican Los payasos, poetas del pueblo (el circo en México), y Las costumbres teatrales de México en el siglo XIX, a través de los reglamentos teatrales.

1940: aparece su libro Breve historia del teatro en Chile y de su vida taurómaca.

1941: Trabaja como cronista en la revista Tiempo (hasta 1967, año de su fallecimiento).

1942: Colabora en La Lidia. Revista gráfica taurina hasta 1945.

1943: salen a la luz las biografías Ponciano, el torero con bigotes y Vida y muerte de Alberto Balderas.

1944: aparece La navegación aérea en México. Es nombrado gerente de la XEB.

1946: colabora en Novedades con una columna teatral e histórica donde abordó también el tema taurino (esto hasta el año 1965). Ese mismo año, los señores Agustín Millares Carlo y Francisco Gamoneda, a la sazón Director y Secretario de la Sociedad Mexicana de Bibliografía, informaron a Armando de María y Campos sobre su elección por unanimidad como socio fundador.

1948: Colabora como comentarista de la fiesta brava en la revista especializada El ruedo de México.

1949: publica Entre cómicos de ayer: apostillas con ilustraciones sobre el teatro en América.

1953: se imprime Imagen del mexicano en los toros.

1958: publica Vida dramática y muerte trágica de Luis Freg. Memoria y confesiones.

1960: publica Memorias de Vicente Segura: niño millonario, matador de toros, general de la Revolución.

 

Mostrando y compartiendo recuerdos.

   Entre 1964 y 1967, aparecieron 250 columnas denominadas “Escenarios” en El Heraldo de México, siendo estas las últimas colaboraciones que legó a la prensa. El mismo día de su fallecimiento, justo el 10 de diciembre, apareció en dicho diario “Teatro del Espíritu”.

Años más tarde, y de manera póstuma, fueron editándose otros títulos con los que se intentaba completar su obra. Quedan todavía algunos trabajos inéditos en poder de sus herederos, mismos que esperamos con entusiasmo.

Entre lo ya publicado, después de su muerte, se encuentran algunas otras obras, entre las cuales se tienen estos títulos que abordan el tema taurino:

Historia de los espectáculos en Puebla.

Las peleas de gallos en México.

Lírica y dramática de la Independencia.

   Armando de María y Campos también fue un coleccionista peculiar, pues llegó a reunir infinidad de documentos, impresos, fotografías y otras evidencias que, con los años pasaron a manos de otros particulares o instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli, el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical Carlos Chávez, y el ahora Centro de Estudios Históricos de México CARSO, mismos que se han convertido en custodios de tales piezas, invaluables muchas de ellas.

Armando de María y Campos en la madurez.

   El pasado mes de diciembre, se cumplieron 50 años de su desaparición física, ocurrida el 10 de diciembre de 1967. Sin embargo es la obra, la inabarcable obra, el motivo suficiente para rememorarlo y dedicarle otro reconocimiento más, como el presente, el cual tiene que ver con la concentración de obra de uno de los autores más prolíficos habidos en nuestro país, por lo menos de dos siglos para acá. Recordemos el caso de Carlos María de Bustamante, Guillermo Prieto, o el de Artemio de Valle-Arizpe. En medio de tan señeras figuras de las letras mexicanas, se encuentra Armando de María y Campos, cuya última contribución –como ya se apuntaba párrafos atrás-, fue la de 250 columnas conocidas como Escenarios (esto en El Heraldo de México 1964-1967), que fueron el cúmulo de reseñas, críticas y perfiles de aquel mundo teatral que tanto amó.

De hecho Escenarios ya era un trabajo conocido en Novedades, donde publicó –por decirlo así-, la primera serie entre 1944 y 1965, sin dejar de mencionar otros trabajos de crítica teatral que siempre estuvieron presentes en diversas publicaciones relacionadas con el medio. En esta segunda, estamos ante un trabajo cotidiano, el de un personaje cuya costumbre fue asistir a funciones teatrales o servirse de su entorno para emitir opiniones a lo largo y ancho de ese generoso aporte a la reflexión que un género dramático como el teatro mismo demanda.

Finalmente, Armando de María y Campos se alejó de los toros con una carga de decepciones a cuestas, sobre todo porque consideraba que “la fiesta ha venido a menos por los ganaderos. No se han fijado que los toros como los toreros y los hombres necesitan sangre; por eso hay que cuidar la liga que descuidan…” De igual forma, afirmaba “Me he retirado de la escritura porque soy enemigo del mecanismo actual fabricando crónicas con machote. En un festejo celebrado durante la feria de San Isidro, se le otorgó a regañadientes a José Huerta una oreja y al día siguiente todos los periódicos dijeron que había cortado dos; a “El Cordobés” al confirmar su alternativa lo tropezó el toro cayendo delante y el mismo le infirió un puntazo a la vez que con el testuz le pegó un golpazo en las partes nobles, provocando el rictus de dolor apreciado en las fotos, pero luego se habló de un cornadón que no pudo suceder porque a los quince días ya estuvo toreando con cojera artificial en una placita de Málaga, en donde yo mismo lo vi.

“El citado “Cordobés” emociona, pero no hace el toreo. Claro está que alguna vez lo hará, pero mientras mejor lo haga menos emocionará”.

En medio de sus pasiones y sus razones, se fue de los toros “El Duque de Veragua”, el “Alcalde de Zalamea”, ese autor con más de cien libros publicados que, en tanto polémico, sigue y seguirá siendo referencia entre quienes nos encontramos con frecuencia sus lecturas y enseñanzas.

Dedico estas notas a la Sra. Perla de María y Campos, hija de nuestro homenajeado.

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¡ASÍ LUCÍA EL CARRO ALEGÓRICO DE SANTÍN…!

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Para Eduardo Campos, con mi admiración por su labor de salvamento.

Carro alegórico compuesto por varias cabezas de toros, y un toro completo –disecados todos-, que se movilizó en algún desfile cívico a principios del siglo XX. Toluca, edo. de Méx. Col. del autor.

   Don José Julio ordenó preparar el carro alegórico. Dispuestos, los empleados de la casa y algunos más expresamente traídos de la hacienda, atendieron la instrucción y se dieron a la tarea de hacer lo mejor posible… para presumir las piezas que allí se reunieron.

   Colocaron como se aprecia, la efigie de un toro de cuerpo entero disecado que, a su vez, estaba montado encima de una base de madera en la cual aparecía esta leyenda: “El Garlopo. Raza de Santín. Jugado por El primer espada Bernardo Gabiño (sic) y su gran cuadrilla compuesta de 14 personas. En Puebla, el 28 de marzo de 1880”.

   También se alcanzan a ver –por lo menos-, dos cabezas más y que correspondieron, con toda seguridad, a los toros “Camelio” y “Aguacate”, estoqueados en la plaza “Colón” de la ciudad de México el 3 de marzo y 24 de noviembre de 1889 en la plaza “Colón”, por Carlos Borrego “Zocato” y José Centeno, respectivamente. Quizá estaban también la de “Polvorín”, que Palomar Caro pasaportó en la de Puebla el 10 de abril de 1898 y la de “Cuco”, toro que se lidió el 11 de septiembre de 1898, a manos de Juan Jiménez “El Ecijano” en la de “Bucareli”.

   Todos esos toros pertenecieron a la célebre hacienda de Santín, ubicada en el valle de Toluca y administrada por D. José Julio Barbabosa (21 de mayo de 1858-octubre 3 de 1930).

   Sin embargo, la figura destacada en esa ocasión fue, evidentemente la de “El Garlopo”, uno de los toros que formaron parte del encierro que se envió para la inauguración de la plaza del Paseo Viejo de San Francisco.

   La pieza, acaba de recuperarse, y aún luce tan digna como en aquellos días que elevó la celebridad de Santín, por lo que hoy adquiere un valor muy preciado, lo que seguramente representará la mejor forma de que se conozca algo más sobre el ganado que se lidió durante el siglo XIX.

   En caso tan extraordinario, sólo se sabe de otro más, ocurrido en 1838, con un toro que perteneció a la hacienda de el Astillero, siendo motivo de una curiosa ceremonia, de la cual nos da “santo y seña” la nota de EL COSMOPOLITA, D.F., del 31 de octubre de 1838, p. 4:

AVISO.-Para el jueves 1º del próximo Noviembre, ha dispuesto el empresario una excelente corrida de seis escogidos Toros de los que acaban de llegar de la hacienda de Atenco, con los cuales los gladiadores de a pie y de a caballo, ofrecen jugar las más difíciles suertes que se conocen en su peligrosa profesión. Luego que pase la lid del primer toro, se presentará en la plaza sobre un carro triunfal, tirado por seis figurados tigres el cadáver disecado, pero con toda su forma, y la corona del triunfo del famoso toro del Astillero, que en el memorable día 29 de Abril de este año, después de un reñido combate venció gloriosamente al formidable tigre rey, con general aplauso de un inmenso concurso que sintió la muerte de tan lindo animal, acaecida a los dos días de su vencimiento, como resultado de las profundas heridas que recibió de la fiera; y a petición de una gran parte de los que presenciaron aquella tremenda lucha, así como de muchas personas que no se hallaron presentes, se le dedica esta justa memoria, por ser muy digna de su acreditado valor.

   Este célebre toro, adornado con todos los signos de la victoria y acompañado de los atletas, será paseado por la plaza al son de una brillante música militar, hasta colocarlo sobre un pedestal que estará fijado en su centro; cuyo ceremonial no deberá extrañarse, mayormente cuando saben muchos individuos de esta capital, que iguales o mayores demostraciones se practican con tales motivos en otros países, y que sin una causa tan noble, existe por curiosidad en el museo de Madrid la calavera del terrible toro de Peñaranda de Bracamonte, que en el día 11 de mayo de 1801 quitó la vida al insigne PEPE-HILLO, autor de la Tauromaquia.

   Volviendo a la imagen, puede afirmarse que ese carro sirvió para unirse al desfile que, con toda seguridad conmemoraba el Centenario de la Independencia, esto en septiembre de 1910. Había llovido el día anterior, por lo que el personaje que aparece en primer término, llevando tamaño sombrero de ala ancha, y muy previsor por cierto, cargó con el paraguas por si la ocasión lo requería. Se observa, entre las palmas, gallardetes y demás adornos, una bandera nacional que remata el carromato, lo que habrían significado dos razones: el espíritu patrio, por un lado, y resignificar el hecho de que se trataba de ensalzar a los “toros nacionales”, como llegó a conocerse a los “santines” por aquellas épocas.

   El transporte, a petición del fotógrafo, se detuvo nada más saliendo de la casa de los “Mártires” o casa “Barbabosa”, donde vivieron varios de los integrantes de aquella famosa familia toluquense para obtener la placa correspondiente. Llama la atención el tamaño portón de la casa del fondo, pero también la rotunda tranquilidad de los allí presentes, ajenos al hecho de que en cosa de unas semanas más, estallaría una guerra interna, que todos conocemos como el proceso de la Revolución mexicana.

   Ese conjunto de personas que estuvieron ante la cámara, se sabían fotografiadas, por lo que asumieron la mejor pose posible, con lo que sin imaginarlo, se obtuvo el propósito de perpetuarlos, de ahí que tengamos el privilegio de disfrutar este preciado testimonio gráfico con su peculiar tonalidad en sepia.

   Y así, con “El Garlopo” que remata altivamente la composición, recordamos la célebre efeméride con que hoy se cumplen 138 años de aquella famosa jornada inaugural ocurrida en la plaza poblana.

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RAFAEL BARBABOSA ARZATE (19.06.1833-21.03.1887). A 131 AÑOS DE SU PARTIDA.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Retrato de D. Rafael Barbabosa Arzate. Tarjeta de visita. Ca. 1880. Col. del autor.

   Es bueno recordar, en esta ocasión, el 131 aniversario de la muerte de don Rafael Barbabosa Arzate, dueño, en su momento, de la hacienda de Atenco, entre otras propiedades. Los siguientes datos, provienen, una vez más, de mi trabajo, inédito, dedicado a la biografía de Ponciano Díaz,[1] la cual contiene notas del Arq. Jorge Barbabosa Torres, complementadas por el autor de estas líneas.

En el año de 1878 don Rafael Barbabosa y Arzate compró la finca de la familia de los Condes de Santiago de Calimaya, la Hacienda de Atenco y la ganadería brava del mismo nombre, que fue fundada en el siglo XVI, por el Licenciado don Juan Gutiérrez Altamirano, primo, consejero y albacea del Conquistador Hernán Cortés, en la época en que el Emperador Carlos V decidió nombrar una audiencia para gobernar la Nueva España, hacia el año de 1528.

Para este efecto don Rafael hipotecó a favor de don Mariano Ulzarbe su Hacienda de San Diego de los Padres, esta hipoteca se renovó hasta el año de 1917, en que fue totalmente liquidada. En ese tiempo la hacienda de la Purísima Concepción de Atenco, como es originalmente su nombre y sus haciendas anexas de San Agustín, Santiaguito, Estancia de la Vaquería, Tepemajalco y Zazacuala, ya pertenecían a la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores” que fue formada en el año de 1887, a la muerte de don Rafael por sus hijos don Aurelio, doña Herlinda, don Juan, don Antonio, don Rafael, doña Concepción y don Manuel, así como por su viuda doña María de la Luz Saldaña y Sánchez. En 1899, don Aurelio se separó de la Sociedad y por ese motivo se le adjudicó la Hacienda de San Agustín que como se dijo, era una de las anexas de Atenco.

La Hacienda de la Purísima Concepción de Atenco y sus anexas constituían una vasta y rica propiedad en virtud de la celosa, e incansable administración de sus propietarios, entre los que destacó por su personalidad, don de gentes y laboriosidad don Antonio Barbabosa y Saldaña, y por ello no obstante las vicisitudes y problemas en que cayó México con motivo de la Revolución de 1910, siempre mantuvo un destacado lugar entre las fincas agrícolas de la región, hasta que fue repartida a causa de la Reforma Agraria en la década de los años 30, terminando así con una fuente de producción que por muchos años fue modelo y que sirvió no sólo para que los que trabajaban en ella pudieran mantenerse, sino como un contribuyente eficaz y próspero para la economía de su estado. La extensión de la Hacienda superaba las tres mil hectáreas, y hoy día se ignora lo que abarcaba junto con sus haciendas anexas o si estas se incluían en esa superficie, pero cuando los señores Barbabosa eran sus propietarios y don Antonio iba a supervisar el ganado bravo, salía por las mañanas del casco de Atenco, teniendo que llevar consigo un refrigerio y regresaba por las tardes para tener así tiempo suficiente y hacer su trabajo convenientemente.

Como ganadería brava es considerada la más antigua de México y del mundo, pues se fundó en el siglo XVI y en España han desaparecido ya las que fueron sus contemporáneas y no hay ahí ninguna que conserve el mismo sitio como es el casco de Atenco. Se formó con unas cuantas vacas y toros de procedencia navarra, que al parecer hizo traer el mismo Conquistador Hernán Cortés y que fueron con los que su primo Altamirano inició la ganadería. Hacia fines del siglo XIX los señores Barbabosa cruzaron esta, con sementales de Zalduendo, y más adelante la aumentaron con otra punta de sementales, también españoles de la vacada de don Felipe de Pablo Romero. Aunque estas afirmaciones, por fortuna empiezan a ser superadas por el hecho preciso de que por aquellas primeras épocas de la etapa colonial, los ganados que se enviaban a la Nueva España estaban destinados, en su gran mayoría al abasto. Y por otro lado, al no tener el suficiente sustento documental sobre el traído y llevado pie de simiente que aquí se refiere, tiene mayor credibilidad el hecho de que, durante el último tercio del siglo XVIII, el condado de Santiago-Calimaya adquirió una punta de ganado navarro, con lo que así podría concebirse, en todo caso y con la credibilidad pertinente que fue, hasta entonces, cuando esa presencia e influencia tan específica se asentó en territorio atenqueño.

Atenco, quiere decir junto al río, en lengua náhuatl, pues precisamente el casco de la Hacienda se encuentra en las riberas donde nace el Lerma en el sur del Valle de Toluca.

Don Rafael Barbabosa nació el 19 de junio de 1833, en el Rancho de Arzate, propiedad de sus abuelos maternos, don José Arzate y doña Vicenta Vilchis, en el Valle de Toluca. Fueron sus padres el señor don José Julio Barbabosa y Cruz Manjarrez y la señora doña María Salomé Arzate y Vilchis.

El padre de don Rafael, don José Julio, había construido hacia 1827 una casa en la calle de la Federación Nº 2, hoy Avenida Independencia casi en la esquina de lo que fue la antigua Plaza de Armas, llamada en Toluca Jardín de los Mártires, así como otra en la calle de la Victoria Nº 11, también en Toluca, ambas las sufragó con la herencia que recibió, el citado don José Julio, de su padre el licenciado don José Antonio Barbabosa y Díaz de Tagle en 1824 y en ellas habitó sucesivamente don Rafael con su familia.

Don José Julio casó en Toluca en 1828 con doña María Salomé Arzate y Vilchis y de ella tuvo a don Jesús María Barbabosa y Arzate, quien era tres años mayor que don Rafael y que nació también en el mencionado Rancho de Arzate el 1º de abril de 1830. Doña María Salomé dejó viudo a su marido y huérfanos de madre a sus hijos a los siete días del nacimiento de don Rafael.

Sr. Dn. Jesús María Barbabosa y Arzate. Col. del autor.

   Don Rafael Barbabosa leyó la gramática a los 12 años, desde entonces continuó viviendo con la familia en la Hacienda de Santín y se dedicó a los trabajos de la casa. Se unió en matrimonio, a las 3 de la mañana del 26 de mayo de 1857 con doña María de la Luz Saldaña y Sánchez. Aquella hora tan poco común para casarse fue debido a la persecución religiosa y a la guerra que se desató por la imposición de las Leyes de Reforma.

Sra. Da María de la Luz Saldaña y Sánchez. Col. del autor.

   El multicitado don José Julio Barbabosa y Cruz Manjarrez, padre de don Jesús María y don Rafael, viudo de doña María Salomé Arzate, previa la dispensa respectiva, se casó en segundas nupcias con su cuñada doña María Teresa Arzate Vilchis de 22 años de edad, en Toluca, el 17 de noviembre de 1835. Don José Julio murió el 16 de marzo de 1837, de un pavoroso tifo. De su segunda esposa, doña María Teresa tuvo un hijo, llamado Agustín, quien murió de dos años de mal de garganta.

El matrimonio de doña María Teresa y don José Julio, fue un hecho verdaderamente trascendental en la vida de don Rafael y de su hermano el Lic. don Jesús María, pues esta señora por las virtudes que tuvo, su dedicación al trabajo y su hábito de ahorro, así como por su visión en los negocios en los que la ayudó eficazmente un caballero sumamente benéfico para esta familia, llamado don Ignacio Mañón, llegó con el tiempo a convertirse en una respetable y verdadera matriarca, no sólo de su casa, sino de buena parte de la familia Barbabosa existente en esos días.

Don Rafael y don Jesús María disolvieron la compañía de bienes que tenían el año de 1872 y que en esa época era muy próspera. Esto provocó disgusto en don Rafael que se vio relegado a segundo término principalmente por la circunstancia de que dejaba a su hermano la Hacienda de Santín y la ganadería brava del mismo nombre, en las que él consideraba haber puesto tanto de su trabajo y de sí mismo. El convenio de separación fue inspirado y dirigido por la autoridad que tenía su tía y madrastra doña Teresa Arzate, quien dio preeminencia y preferencia en todo a don Jesús María por ser el mayor de los hermanos cosa muy importante en esos tiempos.

Con toda seguridad, las descripciones que aquí vienen haciéndose, deben referirse a la casa que, a la derecha de esta fotografía panorámica, se tomó en Toluca, allá por 1905. Col. del autor.

   Don Rafael se quedó con la Hacienda y la Ganadería de San Diego de los Padres y la casa antigua y primera de las llamadas casas Barbabosa, la del Callejón del Carmen Nº 3, en la que había vivido desde antes en 1854, don Jesús, construyó en 1872, la Casa del Jardín de los Mártires, que fue la segunda casa Barbabosa y que superó en mucho, en señorío, situación, lujo y prestancia a la primera, ahí colocó los retratos de los fundadores y de la primera generación en México de el linaje de los Barbabosa que fueron el Contador Mayor don Pedro de Barbabosa, su esposa doña Ana de Quijano, el hijo de ambos don Felipe de Barbabosa y Quijano y su esposa doña Magdalena Díaz de Tagle que antes habían estado en la Hacienda de Santín y todo lo mejor de Pinturas religiosas, antigüedades y muebles que había conservado esta familia. Don Jesús también recibió otros bienes raíces en Toluca y en México, entre los que se encontraba espaciosa una casa en la calle de Guatemala Nº 52, casi esquina con el Zócalo, precisamente sobre las ruinas del Templo Mayor, por lo que hacía el año de 1962 tuvo que ser demolida por encargo de uno de los dueños, (el Arq. Jorge Barbabosa Torres), en virtud del mal estado en que se encontraba la residencia por los marcados desniveles que en el piso se habían formado al asentarse esta, al paso de los siglos sobre las primitivas construcciones prehispánicas, siendo posteriormente ahí donde se localizó la piedra indígena conocida como la Coyolxauqui.

Al morir don Rafael en 1887 se formó la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, hacía cabeza de ella el mayor de los hijos don Aurelio Barbabosa y Saldaña. En 1899, don Aurelio se separó de la sociedad en virtud de los problemas que tuvo con sus hermanos, principalmente con doña Herlinda, quien no aceptó que don Aurelio casara con la que fue su esposa, la señora Consuelo Arias. Posteriormente la sociedad de los hermanos Barbabosa aumentó a sus siete haciendas originales la de San Francisco de Paula de Chincua una rica hacienda maderera en el estado de Michoacán y otra más de labor en el estado de México que llevó el nombre de Santa Lugarda de Caspi.

De la correspondencia utilizada por la sociedad “Rafael Barbabosa Sucesores”. Col. del autor.

   En 1905 se separó de la Sociedad, doña Concepción Barbabosa y Saldaña el motivo fue que sus hermanos no quisieron aceptar como socio a su futuro cuñado don José Sánchez Valdez. Doña Concepción entabló pleito legal con su familia, tras del cual recibió la parte que le correspondía y casó en Toluca en 1906 con el citado señor Sánchez, que era hijo de un asturiano de apellidos Sánchez Tuero y de una mexicana del linaje de los Varas de Valdez, uno de los más antiguos de Toluca que fue fundado hacia 1647 en Ixtlahuaca por otro asturiano que provenía de Llanes, llamado don Francisco Varas de Valdez.

Paisaje del hoy día considerado santuario de la Sierra Chincua (Angangueo, Michoacán).

   En los años 30, también por problemas familiares se separó don Antonio Barbabosa y Saldaña, pues este al quedar viudo de su primera esposa doña María de Jesús Lechuga comenzó a realizar fuertes gastos con los que los demás socios no estaban de acuerdo. El asunto terminó cuando a don Antonio le entregaron todo lo que él consideraba justo, entre otras cosas parte del ganado bravo de San Diego de los Padres que este señor trasladó a un rancho de su sobrino el ingeniero Agustín Cruz Barbabosa, a la sazón dueño de la vacada de Santín, así como de la Hacienda de ese nombre. Desde entonces el citado don Antonio Barbabosa empezó a dirigir las tientas de vacas bravas y toretes para sementales y por lo tanto a intervenir en la selección de las reses de esa ganadería, la cual terminó absorbiendo los lotes de ganado bravo propiedad del mencionado don Antonio, entrando así la sangre de San Diego de los Padres en la original de la vacada de Santín.

El Ing. Agustín Cruz Barbabosa dando la vuelta al ruedo en compañía de Manuel Gutiérrez “El Espartero” (Ca. 1941-1942). Col. del autor.

   La ganadería de Atenco, le tocó a don Manuel Barbabosa y Saldaña que falleció en 1958, heredándola a sus hijos. De ellos el arquitecto Luis Barbabosa Olascoaga vendió su parte a un toluqueño, de origen español, llamado Juan Pérez de la Fuente quien se asoció con don Gabriel Barbabosa hermano de don Luis, al que andando el tiempo, el señor Pérez le compró su parte, quedándose así con toda la vacada, misma que pasó a los hermanos de Pérez, cuando éste murió en 1988.

El casco de Atenco fue comprado paulatinamente por el mismo Juan Pérez. Doña Emma Barbabosa Ballesteros, le vendió la parte contigua a la iglesia, doña Antonia, le vendió el centro del casco, donde se localiza el comedor, la sala principal, la cocina y otras habitaciones, doña Refugio, el despacho, la sacristía de la iglesia y las caballerizas, el doctor Barbabosa, hermano de las antes citadas, le vendió la parte de la entrada a la derecha con el patio y dos recámaras. Don Manuel Barbabosa López primo hermano de los anteriores, le vendió la huerta de enfrente, la era y la tienda de raya. La mitad de la parte de atrás del casco, con sus construcciones ya en ruinas, las compró un señor Carretero, marido de la hija de doña Antonia Barbabosa Ballesteros, a don Ignacio Barbabosa Olascoaga.

Don Manuel Barbabosa Saldaña en su madurez. Col. del autor.

   Las fracciones de tierras, que habían quedado a las diferentes ramas de los hijos y nietos de don Rafael Barbabosa y Arzate, después de la repartición agraria y que sumaban poco más de cien hectáreas componiéndose de algunas milpas y potreros para el ganado, Pérez también las terminó adquiriendo, logrando así que hoy día, aun se asiente ahí la ganadería, que como antes se dijo es la más antigua de México y del mundo, porque en España no existía ninguna de ese tiempo que conserve el mismo nombre, el mismo fierro y que además permanezca en el mismo lugar de su fundación original.

El grueso de la vacada de San Diego de los Padres le tocó a otro de los hermanos don Juan de Dios Barbabosa y Saldaña, quien delegó la responsabilidad de esa ganadería en uno de sus hijos el doctor don Agustín R. Barbabosa Ballesteros, a quien finalmente se la heredó junto con sus hijas doña Luz, doña Refugio, doña Antonia, doña María Guadalupe y doña Emma Barbabosa Ballesteros. Posteriormente el doctor Barbabosa, quedó como único dueño de la ganadería, pues este compró a sus hermanas las partes que a estas habían correspondido como herencia.

El citado doctor don Agustín Barbabosa Ballesteros, mantuvo por algunos años la ganadería de San Diego de los Padres con la que tuvo señalados éxitos, por los bravos encierros que enviaba a las plazas de México y de su provincia, pero fundamentalmente por la falta de espacio suficiente en las tierras de Atenco que era donde pastaban sus toros, finalmente acabó vendiéndola, en 1962, a don Nicolás González Jáuregui, quien la trasladó de las tierras del valle de Toluca donde habían pastado esos animales por más de cien años, a su hacienda de Ajuchitlancito, Municipio de Pedro Escobedo, en Querétaro. El doctor Barbabosa vendió sus terrenos de Atenco a Juan Pérez, quedándose entonces como propietario de la ganadería de Zamarrero que era una fracción de San Diego de los Padres, que adquirió de sus primos hermanos los Barbabosa López, y a la que le pusieron ese nombre por ser el de un semental español de la ganadería del Marqués del Saltillo que se trajo en los tiempos de la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores” junto con otros toros y vacas de esa ganadería para refrescar la sangre de las reses de San Diego de los Padres. La fracción de Zamarrero había sido trasladada por uno de sus propietarios, don Alfredo Barbabosa López, a un Rancho alquilado por don Luis Argüelles a don Enrique Pliego. El doctor Barbabosa una vez propietario de esta ganadería la asentó en un Rancho al que se denominó Zamarrero, situado en el Valle de Toluca, y la fue aumentando con lotes de terneras de la vacada de la Punta, propiedad del ganadero don José Madrazo. Más adelante, la heredó al menor de sus hijos, el licenciado y contador don Agustín Barbabosa Kubli, quien al poco tiempo le vendió a su hermano el también licenciado y contador don Juan de Dios, de los mismos apellidos, quien finalmente la vendió a otra persona hace poco más de 60 años.

Hacienda de San Diego de los Padres. (Vista general del casco, hacia 1967). En: ARTES DE MÉXICO. El toreo en México. N° 90/91, año XIV, 1967, 2a. época., p. 57.

   El casco de la hacienda y las fracciones de tierra que pudieron conservar los Barbabosa Ballesteros en la Hacienda de San Diego de los Padres, quedaron al final en manos del gobierno, el resto fue invadido desde 1933 por los agraristas.

Las otras haciendas como San Francisco de Paula de Chincua y Santa Lugarda de Caspi, fueron vendidas por los hermanos Barbabosa y posteriormente repartidas y entregadas a los agraristas y al gobierno.

En lo que toca a los bienes raíces como la casa Nº. 3 del Callejón del Carmen, conocida desde mediados del siglo XIX como la primera casa Barbabosa de Toluca, se vendió a fines de los años 40 en virtud de la quiebra de la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, la que llegó a ese estado primeramente por los problemas causados por la revolución y por las diferencias familiares entre los herederos y que como consecuencia principal tuvieron el que estos no se solidarizaran en un esfuerzo común para salvar a la Sociedad, sino que mientras unos pocos se preocupaban por ella, los más solo vieron por sus intereses personales inmediatos. Más adelante el gobierno demolió esta casa prácticamente en su totalidad, para hacer una avenida paralela y al norte de la actual de Independencia, esto sucedió en los años 50. Dos balcones de esta casa se conservaron hasta el año de 1967 en que el gobernador en turno del Estado de México decidió hacer una gran plaza de armas del antiguo Jardín de los Mártires, en esas fechas, estos fueron totalmente derruidos. Las demás casas en Toluca o en México se vendieron y las que quedaron se repartieron entre algunos de los descendientes de don Rafael Barbabosa y Arzate.

Así se desmembró lo que quedó de la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores” y con ello quedó señalado el fin de una época, terminando lo que en otros tiempos el sistema hereditario de mayorazgos y las condiciones sociales y políticas de la nación pudieron conservar, al menos en lo que toca a las Haciendas de Atenco y sus anexas, pero no obstante estos mil y un cambios, sobresaltos, reparticiones, ventas de grado y forzadas, pleitos, adjudicaciones y expropiaciones, nuevos propietarios y demás vicisitudes, aún hoy día al recorrer lo que queda de las señoriales habitaciones, patios y corredores de las que un día fueron las casas de los cascos de estas antiguas e históricas haciendas, que debían ser orgullo y patrimonio cultural de todos los mexicanos, vienen a nuestra memoria y evocan su presencia en nuestra imaginación las egregias e ilustres figuras de esos esforzados conquistadores, gobernantes y primeros pobladores que dieron forma y gloria a los inicios de nuestra patria y que de alguna manera aún viven a través de sus descendientes en estas tierras, pues la mayor parte de ellos, aquí formaron sus familias y nunca volvieron a España. Hernán Cortés, los Velasco, los Altamirano, y otros personajes más, parece que todavía en alguna forma deambulan por esos espacios, pero sobre todo y en tiempos más recientes su entorno nos hace recordar a los inmortales ases de la tauromaquia como lo fueron en su tiempo Ponciano Díaz, Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa “Armillita”, Carlos Arruza y otros más.

Finalmente, y en virtud de la efeméride que también aquí se recuerda, no queda más que agregar la inserción que, en su forma de esquela, apareció publicada en El Arte de la Lidia, año III, tercera época, Nº 22, p. 3, del 27 de marzo de 1887. Así, sumamos nuestra evocación para rememorar al que un día, se convirtió en un gran personaje de la fiesta de los toros en México.


[1] José Francisco Coello Ugalde:Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XXI. Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. Con tres apéndices documentales. Aportaciones Histórico-Taurinas Mexicanas Nº 13. Serie: Biografías Taurinas, Nº 2. 403 páginas. Ils., fots., grabs., cuadros. (Inédito).

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25 DE OCTUBRE DE 1913. MUERE SATURNINO FRUTOS “OJITOS”.

EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Saturnino Frutos, “Ojitos” (Copia del retrato dedicado a “Roque Solares Tacubac”).

En El Universal Taurino. Tomo III. México, D.F., martes 20 de abril de 1923, Nº 80.

Fotografía, Col. del autor.

   Uno de los personajes clave más importantes en el devenir, pero también en la afirmación y consolidación del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna en México, fue Saturnino Frutos “Ojitos” (1855-1913). Acompañó a Ponciano Díaz, luego de que el diestro de Atenco regresara de su viaje a España de 1889, con el grado de “matador de toros”, concedido apenas el 17 de octubre de ese año, en la plaza de toros de Madrid. Así que desde 1890, “Ojitos” ya se encuentra en activo en diferentes ruedos de nuestro país, lo mismo participando como jefe de cuadrillas, que como banderillero o peón de brega. Su paisano Ramón López, quien prácticamente se estableció en nuestro país desde 1887, le aconsejó algunos años más tarde que además de continuar en esta profesión, lo hiciera invirtiendo su tiempo a la enseñanza, para lo cual era necesario constituir una cuadrilla formal que se significara como ejemplar en un medio que requería este tipo de presencia, con objeto seguramente, de confrontar o equilibrar la presencia masiva de toreros españoles que se imponían sin ningún problema en el ambiente taurino, o por el hecho de que veía condiciones propicias para hacer un despliegue de experiencias entre futuros aspirantes a ocupar lugares de privilegio. En esos tiempos, con la marcada decadencia y luego, la desaparición de Ponciano Díaz, el resto de los espadas nacionales se diluía pues ya no garantizaban la defensa de lo que pudo haber significado en esos momentos, una sólida vertiente. Así que ni Gerardo Santa Cruz Polanco, ni Timoteo Rodríguez, ni ningún otro espada o “Capitán de gladiadores”, antigua denominación que caracterizó a los diestros en nuestro país, durante la segunda mitad del siglo XIX daban garantías de segura permanencia.

Saturnino se convenció de aquella posibilidad y en León de los Aldama, luego de intensas jornadas de búsqueda, encontró las condiciones y los elementos apropiados para poner en marcha aquella empresa.

En efecto, estamos ante la cuadrilla en la que su elemento sobresaliente fue Rodolfo Gaona.

El Dr. Carlos Cuesta Baquero, mejor conocido como Roque Solares Tacubac dijo de “Ojitos”:

Tuve amistad con Saturnino Frutos y lo traté en condiciones de extrema aflicción, cuando estaba agobiado por la carencia de dinero y por las dolencias crueles de tremenda enfermedad.

En aquellas circunstancias, cualquier especulador, despechado por no haber logrado sus fines, habría dejado escapar involuntariamente o coléricamente expresiones zaherientes para aquél a quien no pudo explotar. “Ojitos” sólo tenía, al referirse a su discípulo predilecto, palabras de cariño y alabanza. Siempre inquiría por los periódicos, donde relatábanse los éxitos de Rodolfo, y oía su lectura, sobreponiéndose a los atroces dolores que le causaba su enfermedad. Esa conducta no la tiene un especulador metalizado; solamente la observa un padre que tiene por guía el cariño.

Saturnino Frutos resultó para Gaona un tutor riguroso, muy riguroso, al grado de que en algún momento del encumbramiento del leonés, se rompieron las relaciones definitivamente. Por fortuna, Gaona abrevó todo aquel secreto que le reveló el madrileño no sólo en términos técnicos. También estéticos que le permitieron colocarse en lugar de privilegio.

En ese sentido, hay un libro clave que revela y desvela toda una serie de circunstancias, alegrías y tribulaciones que padecieron de manera conjunta estos dos personajes, mismos que se convirtieron en columnas vertebrales, en columnas fundamentales del toreo contemporáneo en el México de comienzos del siglo pasado. Me refiero a El maestro de Gaona, de Guillermo Ernesto Padilla.[1]

En sus páginas, y con el inconfundible estilo de Padilla, hay todo un relato de acontecimientos que dejan ver y entender cómo se desplegaron aquellas jornadas de intensa enseñanza, pero también los momentos en que estuvo presente la discusión y el desacuerdo. Todo aquel que posea dicho volumen coincidirá conmigo en el sentido de que no puede entenderse a Rodolfo Gaona si no se mira la sombra maniquea –clara o perversa- de Saturnino Frutos. No se puede entender a “Ojitos” como el responsable de una de las figuras del toreo UNIVERSAL que se consolidaron en una especie de eternidad, misma que les está conferida a ciertos personajes cuya trascendencia dejó estela, misma razón por la cual hoy, a 92 años vista de la despedida del leonés, ocurrida el 12 de abril de 1925 muchos aficionados –como usted o como yo-, sigamos incluyendo en nuestras conversaciones al “indio grande”, como si apenas lo hubiésemos visto triunfar ayer, o antier. Solo eso puede pasar con un personaje de la talla de Gaona, talla perfecta de “Ojitos”, ese “maestro de toreros” a quien hoy recordamos en el 104 aniversario de su muerte.

Finalmente debe reconocerse que aquel episodio, colmado de aprendizaje tuvo un resultado sin precedentes en la historia reciente del toreo en México. El papel que, como tutor ejerció el viejo banderillero tuvo consecuencias inusitadas. De ahí que convenga analizar esa referencia, en tiempos como los que corren en nuestros días, donde existe una notoria ausencia de enseñanza, y cuyo reflejo se constata en la escasez de virtudes por parte de novilleros o matadores de toros, a quienes falta una fuerte carga de conocimientos que no solo deben concretarse en el profundo despliegue de la técnica, sino a la imprescindible presencia estética, de la que Gaona fue un notable modelo en ambos sentidos.

No es casual, como ya se dijo, que la presencia espiritual de Rodolfo siga presente y se le considere, sin duda alguna un modelo a seguir.


[1] Guillermo Ernesto Padilla: El maestro de Gaona. Prólogo de Esperanza Arellano “Verónica”. México, Compañía Editorial Impresora y Distribuidora, S.A., 1987. 359 p. Ils., fots.

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SE CUMPLEN 128 AÑOS DE LA ALTERNATIVA DE PONCIANO DÍAZ EN MADRID.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Al Profesor Roberto Acosta Cerezo, In Memoriam.

   Ayer, 17 de octubre se cumplieron 128 años de la alternativa que recibió en Madrid, España el “torero con bigotes”, Ponciano Díaz. Por tal motivo, hoy es un buen momento para evocar dicha efeméride. Aquella tarde, se celebraba la 14ª corrida de abono en la que se lidiaron toros del Duque de Veragua y de D. José Orozco. Fue padrino Salvador Sánchez “Frascuelo”, y testigo, Rafael Guerra “Guerrita”.

Reproducción del cartel, origen de esta efeméride. Col. del autor.

   En realidad, cuando Ponciano arribó a la antigua plaza de la Carretera de Aragón, su presencia incomodó a más de uno, ya que siendo un denominador común el que buena parte de los toreros de a pie y de a caballo ostentaran enormes patillas, el diestro mexicano muy orondo se presentó con recio bigote negro, misma circunstancia con la que también hicieron acto de presencia sus compañeros Celso González y Agustín Oropeza. Esto causó asombro, pues ¡cómo entre tanto patilludo, un bigotón! Por más indirectas al respecto, y de que intentaron persuadir a Ponciano de que se rasurara aquellos bigotes, el hecho es que simplemente se negó y el día de su alternativa apareció en la madrileña plaza de toros no sólo con su continente mismo, sino con aquel talante que seguía causando rumores e incomodidades, tantas como si hubiese recitado estos versos:

Ha dado usted en preguntar…

 Ha dado usted en preguntar

y la pregunta es concreta:

¿Puede el bigote alternar

con la espada y la muleta?

¿Me lo dejo o me lo quito?

Oiga, en tan terrible duda

lo que piensa el infrascrito

de esta cuestión peliaguda:

Sin infundios ni camelos

va usted a torear, señor.

Pues, no repara usted en pelos

sobre el labio superior.

Que si quiere usted arrimarse

y es fresco, y para, y recibe,

para mi puede usted dejarse

hasta perilla inclusive.

   Días antes de este hecho notable, Ponciano debió hacerse este retrato en algún gabinete fotográfico sevillano, quedando testimonio del que fue su paso por territorio español.

Pan y Toros, Año 2 Nº 49, del 8 de marzo de 1897, p. 3.

   De gala los tres, no podía ser menos, sobre todo si era para mantener en todo lo alto el pabellón nacional, justo en unos momentos en que Ponciano era en México ídolo popular absoluto. En aquella temporada, la única que el diestro de Atenco realizó por España (aunque rumores periodísticos ya daban por hecho otra más hacia 1895), tuvo oportunidad de torear en ruedos hispanos y también en algunos lusitanos alrededor de 12 festejos, mismos que se desarrollaron de la siguiente manera:

1.-San Sebastián, España. 10 de julio de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

2.-Madrid, España. 28 de julio de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: “Marinero” y Enrique Santos “El Tortero”. 6 toros de Palha.

3.-Madrid, España. 4 de agosto de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: “El Tortero” y “Lobito”. 6 toros de Pablo Romero.

4.-Puerto de Santa María, España. 18 de agosto de 1889: Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: Enrique Santos “El Tortero” y Rafael Bejarano “Torerito”. 6 toros de Eduardo Ibarra.

5.-Oporto, Portugal. 1° de septiembre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

6.-Villafranca de Xira, Portugal. 3 de septiembre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

7.-Lisboa, Portugal. 8 de septiembre de 1889: Ponciano Díaz y cuadrilla.

8.-Sevilla, España. 13 de octubre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: Francisco Arjona “Currito” y Carlos Borrego “Zocato”.

9 y 10.-Barcelona, y San Sebastián, España: sólo están indicadas las actuaciones de Ponciano y su cuadrilla, mas no la fecha.

11.-Madrid, España. 17 de octubre de 1889: Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Guerra “Guerrita”. Toros del Duque de Veragua y Orozco. El de la alternativa se llamó “Lumbrero”.

12.-Sevilla, España. 27 de octubre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

Estos datos provienen de una relación que, de forma exhaustiva aparecen en mi libro (inédito): “Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XXI”. Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. México, 404 p. Ils., fots., retrs., facs., cuadros. (APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS 13, Biografías Taurinas, 2). En tal registro, quedaron anotadas 721 actuaciones (que van de 1866 hasta 1899) que, como se ha de comprender, además de abarcar ruedos en México, España y Portugal, también lo hizo al incursionar por Estados Unidos de Norteamérica y Cuba. Todo un caso, si además se considera entre otros factores, el tipo de medio de transporte que utilizaban para desplazarse por aquellas épocas, incluyendo los desagradables sobresaltos.

Y entre versos y corridos, Ponciano consumaba una más de sus caras aspiraciones:

ADIÓS A MADRID DEL VALIENTE ESPADA PONCIANO DÍAZ

 Después de triunfos gloriosos,

que alcanzó en Madrid, Ponciano

sus adioses cariñosos

así te dio al pueblo hispano:

Adiós, pueblo soberano,

nunca olvidaré en mi vida,

la cariñosa acogida

con que el pueblo madrileño.

me aplaudió en el desempeño

de suerte reconocida.

Adiós, plaza de Madrid

que me aplaudió con anhelo;

de “Lagartijo” y “Frascuelo”

me tengo que despedir.

-Ojalá pueda venir

otra vez a disfrutar,

lo que no podré olvidar,

que en esta plaza gocé.

Donde manolas miré

que no hay con qué comparar.

   Lo que ignoraba Ponciano es que al regresar a su México querido, el panorama habría de cambiar en forma adversa, pues sus seguidores, que eran legión, se dieron cuenta, a través de la prensa que “el torero con bigotes” había cometido una traición. ¿Cómo era posible que Ponciano aceptara la invitación de Luis Mazzantini para obtener, de este diestro en funciones de intermediario, la alternativa en España? Pero además: ¿cómo era posible que Ponciano vistiera el traje español, e hiciera suertes “a la española” si eso no era lo suyo? Ponciano era la viva imagen del nacionalismo. En el México de finales del XIX, las únicas imágenes valiosas para el pueblo, y que este hacía suyas y se aferraba a ellas eran: la virgen de Guadalupe, los curados de Apam… y Ponciano Díaz.

Poco le duraría el gusto a Ponciano Díaz, pues aunque seguía paseándose por Bucareli o la calle de Los Plateros arrancando suspiros y aplausos, vistiendo lo mismo el traje de charro con mucha galantería que el traje de paisano con el porte de un hombre de ciudad, el hecho es que el pueblo se iba a tomar muy en serio aquel asunto, mismo que aceleró la declarada inclinación que tuvo por las bebidas embriagantes nuestro Ponciano, además del pésimo papel que, como empresario comenzó a desempeñar más o menos desde 1892.

El hecho es que hoy, 17 de octubre de 2017, volvemos a encontrarnos con Ponciano Díaz para rememorar un aniversario más de su alternativa. Antes de Ponciano ya habían estado en territorio español Ramón de Rosas Hernández (a finales del XVIII). Y luego por 1869 llegó a dicha península Jesús Villegas “El Catrín”, pero el primero en ser reconocido en forma por demás contundente con la alternativa misma, fue Ponciano que, para recordar todo asunto conmemorativo diré que su nacimiento ocurrió el miércoles 19 de noviembre de 1856 (y se atribuyen hasta siete sitios, a saber: Chapultepec, Tepemachalco, Santa Cruz Atizapán, San Juan la Laguna, Zazacuala, la Vaquería, que eran dos de los anexos de la hacienda- y “la covacha”, pequeño cuarto que se encuentra a la entrada del casco de la hacienda de Atenco, donde eran atendidas las mujeres durante el parto). Muere en la ciudad de México el 15 de abril de 1899.

El Redondel. El periódico de los domingos. 26 de diciembre de 1971. Este recorte proviene de la colección de Roberto Mendoza Torres.

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ATRACTIVOS FESTEJOS TAURINOS DE CARNAVAL EN 1852.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Carteles organizados para celebrar el “Carnaval”, tanto el domingo 22, como el martes 24 de febrero de 1852, en la plaza de toros del Paseo Nuevo y en la Principal de San Pablo. Col. del autor.

   Por aquel entonces, los días previos al inicio de la cuaresma, provocaban un detonante que generaba la celebración de grandes ocasiones, antes de pasar por el periodo de austeridad cuyo trasfondo era cumplir –una vez más-, con el significado etimológico del término mismo: “abandonar la carne”, las tentaciones.

   En ese sentido, quienes organizaban los espectáculos taurinos, no tuvieron empacho, por lo menos en aquel 1852, de organizar, tanto en la plaza del Paseo Nuevo como en la de San Pablo, festejos que representaran la ocasión de acercarse, al menos en lo que a puesta en escena se refiere, a ese dispendio convocado por el que era un cumplimiento riguroso implantado desde la visión de la iglesia católica.

   Por lo tanto, en ambos casos, se hizo el anuncio de cuatro festejos cuya carga de fascinación se deja ver en la lectura misma de los carteles que salieron publicados en la prensa de la época, y que ilustran estas notas.

   En la plaza de toros del Paseo Nuevo, la publicidad daba a conocer que, para el domingo 22, se realizaría la primera función de Carnaval, en la que participaba la cuadrilla de Bernardo Gaviño lidiando toros de Atenco. Dos días después, en idénticas circunstancias, volvió a presentarse el diestro portorrealeño, enfrentando toros de la misma procedencia, sin que demeritaran para el caso, ni el torete embolado, ni los toros para el coleadero. En esos casos, quienes habrían de intervenir, como integrantes de la cuadrilla, usaban las imprescindibles máscaras, que era ese complemento cuyo efecto ocultaba la presencia de personajes harto conocidos, pero que en esos precisos momentos, cumplían con el propósito de concretar una puesta en escena rigurosa, en apego a la costumbre establecida. No faltaron tampoco los “enanos, hombres gordos, y otros en zancos” que, como se saben enfrentaban al “toro embolado”.

   En el caso de la plaza principal de San Pablo, y en las mismas fechas, el asunto cobró otra dimensión, pues no conformes con el solo festejo taurino, que por sí solo cubría los niveles de entretenimiento, el asentista o empresario anunciaba que “Cuando el segundo toro del combate hubiere pasado a mejor vida, se aparecerá en el circo una caravana de GIGANTES, ENANOS, PATOS GRANDES Y UNA PATERA para ejecutar con el toro embolado varios lances de la tauromaquia… Habrá además dos toros para el COLEADERO. Terminando la existencia del toro cuarto de la lid, saldrán a la plaza DOS GUAJOLOTES Y UN PAVO REAL DE GRAN TAMAÑO a jugar con otro valiente toro embolado”.

   Allí comparecieron dos figuras representativas del toreo aborigen. Me refiero tanto a Andrés Chávez como a Pablo Mendoza, quienes después de haber intervenido dejaban lugar a un vistoso “BAILE DE MÁSCARA [el que] ciertamente agradará, ya por la variedad de trajes y pasos danzantes, como por los armoniosos grupos que han de presentarse… [luego saldrán] LOS HOMBRES GORDOS DE ORIENTE montados en burros para picar y banderillar a un toro valiente que al efecto se embolará”. Y desde luego se acentuaba el hecho de que “…no dejarán los lidiadores y demás individuos que trabajan en el circo de presentar otros objetos que hagan reír mucho a la apreciable concurrencia. Todo ciudadano que guste entrar de máscara puede hacerlo, con cuyo motivo se aumentará la distracción”.

   Y también, el GRAN TEATRO DE SANTA-ANNA fue espacio para aquel desahogo festivo la tarde del 23 de febrero, según lo anuncia el cartel:

   Lunes 23 de febrero. Última función en la presente temporada.

   “Queriendo la empresa dar a los señores que concurran a este teatro por las tardes, una prueba del placer que tiene en complacerlos, así como también satisfacer los deseos de muchas personas que no pudieron obtener localidades el miércoles último, ha organizado para la tarde de hoy, una escogida función, que guardará el orden siguiente:

1° La orquesta, considerablemente aumentada, tocará la preciosa obertura de LA SIRENA.

2° El divertido sainete, titulado CALDEREROS Y VECINDAD.

3° La graciocísima comedia en un acto y en verso, original del distinguido literato español D. Manuel Bretón de los Herreros, su título: LA PONCHADA.

4° y último. Terminará el espectáculo con el gracioso juguete cómico en un acto, denominado: EL ALCALDE TOREADOR, O LA FIESTA DE TOROS. En el que, cuando su argumento lo pica, se presentará

¡¡¡UN FAMOSO TORO DE GUATIMAPÉ!!!

   No podemos menos que tributar las más expresivas gracias a nuestro amigo el Sr. D. Javier Heras, quien a la menor insinuación nuestra nos ha proporcionado un arrogante toro de Guatimapé y LA ACREDITADA CUADRILLA DE LA PLAZA DE SAN PABLO [seguramente Andrés Chávez y Pablo Mendoza]. Con el objeto de hacer más agradable y ameno el espectáculo, se permitirá a los señores aficionados que gusten entrar a lidiar el toro, que lo verifiquen presentándose en traje de máscara.

   NOTA.-Para que el público esté con toda seguridad y pueda gozar de la diversión de la pieza, se ha mandado construir una red bastante fuerte, con la cual se cerrará la embocadura del escenario.

   Sin embargo de los grandes gastos que se eroguen para esta función.-Las pagas serán las de costumbre.

   ¡Vaya celebración!

   Todo esto ocurría en el breve lapso de tres días, y las funciones eran muy bien recibidas por los habitantes de la entonces ciudad de México, que tendrían enormes dificultades para elegir el mejor cartel, o ir un día a la del Paseo Nuevo (cuyo empresario era en esa época Vicente Pozo) y el otro a la de San Pablo (que, como ya pudimos saber, Javier Heras llevaba las riendas de ese coso) o viceversa, pero sin faltar, si así fuese el caso, a la función que el empresario del Gran Teatro de Santa-Anna ofrecía como el complemento a todo ese banquete de suculentas funciones, y donde los toros se convertían en el principal atractivo durante una época en la que ambas plazas presentaban una tarde sí y otra también espectáculos con elevada razón de entretenimiento.

   Uno de aquellos asistentes, el señor José Manuel Lebrija, tuvo a bien comentar que “…la corrida de ayer [en el Paseo Nuevo] fue muy buena, pero como el público a la vez de ignorante imprudente, hicieron meter el 5º toro porque no le entraba a la pica, que para los de a pie hubiera sido asombroso; según lo que ví fueron (…) nomás como 14 caballos”.

   Del mismo modo, la prensa tampoco dejó el asunto en un segundo términos y en una pequeña columna publicada en El Monitor Republicano, D.F., del 23 de febrero de 1852, p. 2 apuntaban:

TOROS.-Los de la plaza del Paseo estuvieron muy buenos, así por la excelencia de los bichos y la destreza de la cuadrilla de Bernardo, como por lo numeroso y escogido de la concurrencia. La empresa destinó varios toros para los aficionados, entre los cuales había algunos sumamente diestros, mientras a otros les ponía en grande aprieto la fiereza de los toros, dando con ello un agradable rato a los concurrentes.

   Todo lo anterior demanda que sea la imaginación quien mejor nos ayude para entender el desbordamiento de la fiesta en una de sus máximas expresiones: el carnaval.

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JOSÉ MACHÍO, DIESTRO ESPAÑOL SE PRESENTÓ EN LA PLAZA DEL HUISACHAL UN 25 DE ENERO…, PERO DE 1885.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

PLAZA DE TOROS “EL HUISACHAL”, ESTADO DE MÉXICO. 25 de enero. Toros de San Diego de los Padres para la “Cuadrilla mexicana” dirigida por José Machío.

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El Diario del Hogar, 25 de enero de 1885, p. 7.

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    José Machío (Sevilla, 1842-1891), no fue precisamente un torero colmado de virtudes. Con una estatura más allá de los estándares, apenas consiguió posicionarse en ciertos lugares justo en una época en la que quienes dominaban en ruedos hispanos eran ni más ni menos que “Lagartijo” y “Frascuelo”, lo que seguramente obligó al sevillano a hacer un viaje a América, donde su llegada a México ocurrió alrededor de la fecha que hoy nos ocupa.

   Sin embargo, la participación que él tuvo, junto a otros toreros españoles, como Francisco Gómez “el Chiclanero” o Francisco Jiménez “Rebujina” fue haberse convertido en vanguardia de aquella otra generación que arribó a nuestro país en 1887. En todo ese proceso ocurrió el episodio que he denominado como la “reconquista vestida de luces”.

   Tal “reconquista” debe quedar entendida como ese factor que significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que dicha expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera –chauvinista si se quiere-, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

   El grupo de diestros españoles que tiene aquí protagonismo central, aparece desde 1882, aunque los personajes centrales sean José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos “Ojitos”, cuya llegada se va a dar entre 1882, 1885 y luego en 1887. Esa fue suma de esfuerzos que determinó una nueva ruta, afín a la que se intensificaba en España, por lo que era conveniente acelerar las acciones efectuadas en nuestro país, hasta lograr tener el mejor común denominador. Los toreros mexicanos –en tanto- no solo tuvieron que aceptar, sino adecuarse a esos mandatos para no verse desplazados, pero como resultaron tan inconsistentes, poco a poco se fueron perdiendo en el panorama. Pocos quedaron, es cierto, pero cada vez con menores oportunidades. Y Ponciano Díaz, que vino a convertirse en el último reducto de todas aquellas manifestaciones, aunque aceptó aquellos principios, no los cumplió del todo, e incluso se rebeló. Y es curioso todo el vuelco que sufrió el atenqueño, porque después de su viaje a España, a donde fue a doctorarse el 17 de octubre de 1889 tal circunstancia provocó un profundo conflicto, pues creyó que su regreso sería triunfal. Pero ello no fue así. Los aficionados maduraron rápidamente en aquel aprendizaje impulsado por la prensa, y se dieron cuenta por lo tanto que Ponciano ya no era una pieza determinante en aquel cambio radical que dio como consecuencia la instauración del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna.

   Por otro lado, en alguna entrega anterior, mencioné a la sociedad taurina “Espada Pedro Romero”, consecuencia de estos cambios en el proceder de la tauromaquia en el México de finales del siglo antepasado.

   Tal “centro taurino” quedó consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios de los más representativos elementos de aquella generación emanada de las tribunas periodísticas, y en las que no fungieron con ese oficio, puesto que se trataba –en todo caso- de aficionados que se formaron gracias a las lecturas de obras fundamentales como el Diccionario Taurómaco, de José Sánchez de Neira, o los Anales del toreo de Leopoldo Vázquez y Rodríguez. Me refiero a personajes de la talla de Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con la profesionalización del toreo de a pie, el cual desplazó cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.

   Finalmente, y como resultado en el que se descubre la actuación de Machío en la plaza de El Huisachal, ello trajo consigo la estela de una interesantísima crónica, misma que escribió GADEA, “reporter” de El Arte de la Lidia. Revista taurina y de espectáculos, en cuyo número del 1° de febrero de ese mismo año, se lee lo que sigue:

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REVISTA DE TOROS.

Corrida extraordinaria verificada en la plaza del Huisachal tarde del domingo 25 de enero de 1885.

   Nadie negará que las últimas corridas de la temporada de invierno dadas en la plaza del Huisachal por una conocida Empresa fueron malas; y que tanto el ganado que se lidió, como la cuadrilla que trabajó, recibió una rechifla general.[1]

   En la corrida de que nos vamos a ocupar podremos decir sin equivocarnos, que ha sido la mejor; pues el ganado de San Diego de los Padres jugó valientemente y la cuadrilla lidiadora en general, estuvo muy feliz; y esto se debe en gran parte a la buena dirección el matador de cartel José Machío.

   Vamos, pues, con toda imparcialidad, a dar una reseña de los acontecimientos taurinos que tuvieron lugar esa tarde.

   Desde los primeros días de la semana pasada, en todos los círculos de la Capital se hablaba de la llegada de un nuevo torero español y más tarde, por fin, se supo que se llamaba José Machío. Grandes cartelones en las esquinas hicieron saber que en este día haría su debut en la plaza del Huisachal, matando tres toros de San Diego de los Padres, acompañándolo en la lid una regular cuadrilla mexicana. El entusiasmo taurino se generalizó por todas partes, y sólo se esperaba llegara el domingo 25 para asistir presurosos a la vieja plaza del Huisachal.

   En efecto, el público de México dio a conocer una vez más su afición a las corridas de toros, pues no obstante que esa tarde había un coleadero y otras muchas diversiones, y que se aumentaba el precio de entrada, asistió una numerosa concurrencia que llenó por completo todas las localidades de la plaza, al grado de que los tranvías del ferrocarril no fueron suficientes para conducirla al rancho del Huisachal; y hubo necesidad de recurrir a diligencias, coches, carros y demás vehículos, aparte de los concurrentes que fueron a pie y a caballo.

   Cada quien en su puesto y llegada la hora anunciada, el Juez que presidía dio la señal para la lid.

   La cuadrilla a cuyo frente figuraba el primer espada José Machío, que vestía un espléndido traje verde y oro, hizo el saludo de costumbre. La componían los mejores toreros mexicanos cuyos nombres son ya conocidos y tres aplaudidos picadores de Atenco.

   Desde luego, todas las miradas se dirigían con avidez, tratando de descubrir actitudes especiales en Machío, de quien un periódico de la Capital se había expresado en los términos siguientes: “El capitán, d nacionalidad española, es un hombrazo de estatura más que regular, de muy buena presencia, casi guapo; tendrá unos 40 años (la flor de la edad de los toreros) viste espléndidamente, y es arrogante en sus movimientos y hasta altivo en su porte”.

   El espada Machío fue saludado por una salva de nutridos aplausos entre el toque del clarín que anunciaba la salida del primer toro de San Diego de los Padres.

   Josco era su color, de poca edad, pero valiente y de mucha ligereza.

   Recibió cinco varas de los piqueros, tres en buen sitio y dos en las costillas. Hirió dos jamelgos y el público quedó satisfecho.

   Tomás Vieyra lo banderilló regular; el primer par de palos a la media vuelta, y los segundos y terceros bien y con destreza. Recibió palmas el chico.

   Llegó la hora de la muerte. José Machío tomó los trastos y con valor y serenidad se fue a buscar al bicho. Lo encontró mal puesto y receloso. Los pases de muleta los dio con una destreza y limpieza sin igual. El toro no entraba a la muleta y el diestro tuvo necesidad de irse sobre él. Esto no agradó al público de sol. Dio un pinchazo en buen sitio y una estocada alta regular de bastante arte, que ocasionó la muerte. El público inteligente lo aplaudió, el resto le silbó y le tiró naranjazos. Estas últimas demostraciones desconcertaron mucho al valiente torero.

   Sale el segundo a la arena, josco, negro, ligero y bien puesto.

   Acomete a los picadores sin miedo al principio después blandea. Recibe seis varas. El torero mexicano Felipe Hernández, es aplaudido frenéticamente, al quitar el toro a un picador, pues agarrándolo de la cola con solo un tirón lo acuesta en tierra.

   José Machío se luce con el capote y recibe aplausos.

   El banderillero Candela queda bien. El segundo y tercer par de palos los coloca en buen lugar, llamando al bicho de frente. Recibe muchas palmas.

   Machío vuelve a la suerte de estoque. Este toro, como el anterior, no se presta y es mañoso. El diestro tiene que recurrir a su valor y conocimientos. Da dos pinchazos y una estocada caída. El cachetero lo remata.

   El público del sol se impacienta, le silba y le tira una lluvia de naranjas. Machío con una serenidad admirable, no hace caso de nada e impávido sigue cumpliendo con su deber. Los concurrentes del departamento de sombra lo obsequian con puros y otras demostraciones de simpatía.

   En este toro vimos con sentimiento que el Juez no cumplió con su deber, pues permitió que toreros no anunciados en el programa, bajaran al redondel vestidos de paisanos.

   El clarín dio la señal para el tercer toro. El chiquero se abrió y salió uno de color morado, de buena edad y estampa y con muchos pies.

   Entró sin miedo a la pica recibiendo unas siete varas, tres de ellas muy regulares. Ocasionó la muerte de una jaca y estuvo a punto de coger a un picador, el que fue salvado, pues Machío ocurrió violentamente con el capote quitándole el toro. Esto le valió al torero español una nutrida salva de aplausos.

   Felícitos Mejía banderilló a caballo en pelo con mucha limpieza y agilidad. Recibió palmas, y la diana susodicha tocada por la murga.

   En este toro, Machío dio prueba de ser un verdadero torero, pues queriendo dar a conocer que también sabe matar de meteisaca así lo verificó.

   Este bicho se prestó para la muerte, y por lo tanto, no hubo necesidad de mucha faena. El diestro sólo dio dos pases  de muleta y una estocada de meteisaca caída a la derecha, que hizo que el toro cayera muerto en la arena.

   Palmas, dianas, obsequios y entusiasmo general. Los naranjazos cesaron desde luego y el público del sol no chillaba ni barbarizaba.

   El cuarto de la tarde, salió a la arena, y fue tan malo y huido, que hubo necesidad de volverlo al chiquero.

   El suplente y último de la corrida que jugó fue prieto y cerrado de cuernos, de mucho brío y ligereza aunque de poca edad.

   Los piqueros se lucían, pues el bicho les entró sin miedo. Se despacha a la difuntería un jamelgo e hirió otros dos.

   Debía haberlo banderillado el Orizabeño, pero por haberse bajado el Cuquito al redondel vestido de paisano, incidente que desagradó bastante a la concurrencia, el Orizabeño no ejecutó sus suertes como debía. Sin embargo, prendió muy bien su primer par, cosa que no pudo hacer con tanta limpieza Cuquito.

   Como estaba anunciado, a Felícitos Mejía tocaba dar muerte al toro que por cierto se prestó bastante. Felícitos se vio apurado en la faena y si no hubiera sido por Machío, jamás lo hubiera matado. Dio un pinchazo en hueso y en mal sitio, quedando desarmado; y una estocada de meteisaca que le dio muy buen resultado; pues como antes decimos, Machío le colocó perfectamente el toro.

   Después siguió el embolado y terminó la función.

RESUMEN:

Ganado de San Diego, bravo y de juego.

Cuadrilla, feliz en todas sus suertes.

El matador José Machío, bien en las estocadas de los dos primeros toros y sobresaliente en el tercero.

Concurrencia, lleno completo.

Público del sol, imprudente.

Corrida en general, buena.

GADEA.

   Para terminar, considero que esa etapa, la que comprende los años de 1882 y hasta 1905, supuso el periodo de transición que colocó a la tauromaquia practicada en México en condiciones de elevar su nivel de importancia a la mayor escala, esa en la que ya Rodolfo Gaona, convertido en partícipe notable alcanzó lo que José Alameda calificó como la “universalización del toreo”.


[1] El redactor de la crónica se refiere al festejo que se celebró el 18 de enero anterior y donde el programa indica lo siguiente:

Cuatro toros de San Diego de los Padres, uno de reserva y un embolado.

Espadas.-Felícitos Mejía y Genovevo Pardo.

Banderilleros.-Orizabeño, Vieyra, Candela y otros.

Picadores.-Santín, Rea y demás que no conocemos.

Hora de comenzar.-Las cuatro de la tarde en punto.

Consulta realizada a El Arte de la Lidia. revista taurina y de espectáculos, año I, N° 9, del 25 de enero de 1885, p. 1.

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DOS FESTEJOS TAURINOS CELEBRADOS EL 4 DE ENERO… PERO DE 1852.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El 4 de enero de 1852, los habitantes de la ciudad de México se despertaron con estas dos agradables “invitaciones”:

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 4 de enero de 1852. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Siete o más toros, según la tarde lo permita de las más escogidas razas que tanto agradaron la tarde anterior (que fueron del Cazadero o posiblemente de alguna otra no puntualizada).

dos-carteles-para-un-mismo-dia

   De igual forma, sólo que en la plaza de toros de San Pablo, también se anunciaba el siguiente festejo, del cual destaca lo atractivo del mismo.

TOROS EN LA PLAZA DE SAN PABLO, para el domingo 4 de enero de 1852, a las cuatro en punto de la tarde.

   Esta empresa ha dispuesto para dicho día, una magnífica corrida cuyo programa es el siguiente:

   Se lidiarán SEIS O MÁS ARROGANTES Y BRAVÍSIMOS TOROS DE MUERTE de la famosa ganadería de Sajay, estancia de la Polka, hermanos de los que tanto han llamado la atención en las últimas corridas por su increíble fiereza, y de los cuales tiene el gusto la empresa de poder anunciar al público, que se seguirán lidiando en toda la presente temporada, pues tiene contratada toda la expresada afamada raza. Los nombres de los que se han de lidiar en la función de este día son los siguientes, por los cuales son conocidos en la ganadería.

1° Mata caballos

2° Caporal

3° Atrevido

4° Tumba gente

5° Limpia plaza

6° Otelo

   DOS DE COLEADERO Y UNO EMBOLADO para los aficionados a esta travesura.

   En uno de los intermedios tendrá lugar la célebre invención, desconocida entre nosotros, de lidiar uno de los toros de muerte por una comparsa compuesta de los animales siguientes, construidos para este día a la mayor perfección.

ESPADA. Un tremendo pavo real.

BANDERILLEROS. Dos guajolotes de gran tamaño.

   Con el objeto de satisfacer los deseos del público, manifestados a esta empresa por infinitas personas concurrentes a su plaza, ha dispuesto que termine esta escogida función con unos magníficos ¡¡FUEGOS ARTIFICIALES!! para los cuales están encargados los hábiles pirotécnicos mexicanos, del barrio de la misma plaza, quienes han manifestado siempre el mayor interés por el lucimiento de todas las funciones de esta especie que anuncia la empresa, y antes que den principio a sus operaciones Se iluminará vistosamente la plaza.

   Como puede observarse, el empeño que cada empresario o “asentista” puso para convocar a los interesados, fue plantear la fascinación del espectáculo taurino sin más razón que, con mucha seguridad  puso en predicamento a quienes decidieron ir al Paseo Nuevo o a San Pablo, pues en ambos casos el festejo gozó de innumerables atractivos donde la lúdica presencia de las mojigangas quedó de manifiesto.

   Del mismo modo, los nombres con que fueron bautizados aquellos ejemplares de Sajay tiene su peculiaridad en términos de que nos encontramos ante las primeras evidencias en ese sentido, razones que dieron pie a que para otras ocasiones, muchos más toros fueran identificados con aquellos sobrenombres, los cuales fueron adquiriendo un sello distintivo que incluso generó una caracterización peculiar con aproximaciones a la creación de auténticas leyendas. Tal fue el caso de aquel Rey de los toros, otro ejemplar de Sajay, mismo que se indultó al mediar el siglo XIX, sin olvidar al célebre Chicharrón, el de aquellas épocas en que José Joaquín Fernández de Lizardi se sirvió para ocuparse en más de una de sus “Alacenas de Frioleras”

   Y desde luego, el valor descriptivo de la mojiganga en la plaza de San Pablo obliga a pensar, desde nuestra perspectiva lo alucinante de aquel espectáculo, rematado, como se puede apreciar con los fuegos artificiales, elaborados por los mismos pobladores del barrio donde estuvo asentado el coso, lo que indica que aquellas prácticas pirotécnicas, gozaron de un lugar muy especial, debido a lo indescriptible y efímero de figuras, formas, colores, y demás circunstancias que se concentraban en el uso de la pólvora como elemento fugaz con el que culminaron muchos festejos por aquel entonces.

   Desde luego que apreciar el quehacer de Bernardo Gaviño en uno de sus momentos de más esplendor no podía desaprovecharse, por lo que los capitalinos se vieron en difícil trance para elegir, y si a aquella participación se agrega la de otra mojiganga –“Los hombres gordos de Europa”- o la rifa de una bonita silla de montar, cuyo lucimiento mayor fue exhibirla perfectamente colocada en los lomos de un caballo, pues el asunto cobraba dimensiones harto complicadas.

   Por su parte El Monitor Republicano, D.F., del 4 de enero de 1852, p. 2 publicaba el siguiente aviso:

012

SECRETARÍA DEL ESCMO. AYUNTAMIENTO CONSTITUCIONAL DE MÉXICO. Acta de la sesión celebrada el día 31 (de diciembre de 1851).

En su parte que aborda el asunto que interesa para esta nota, dice:

(…) se dio cuenta con los siguientes oficios del gobierno del Distrito.

   Uno en que acompaña 20 ejemplares del bando publicado el día 30 del actual, en que se previenen las desgracias que puedan ocurrir en las diversiones de toros.-Que se acuse recibo y se repartan sin perjuicio de los del archivo y colecciones.

   En el contenido de dicho bando se indica que

MIGUEL MARÍA DE AZCÁRATE, Coronel retirado y gobernador del Distrito federal, a sus habitantes, sabed:

   Que entretanto se publica el reglamento que he creído conveniente formar para la diversión de Toros, con el deseo de evitar los peligros a que se exponen los toreros, cuando se arrojan a la plaza frutas o cáscaras de éstas y cualquiera otro objeto, que pueda ocasionarles resbalones o caídas, he dispuesto lo siguiente.

Art. Único. Se prohíbe en las diversiones de Toros tirar a la plaza frutas, cáscaras, o cualquiera otro objeto que pueda causar algún mal a los toreros, bajo la pena de 5 a 30 pesos de multa, o de tres días a tres meses de grillete, sin perjuicio de la que imponga la autoridad competente por el daño que se ocasione.

   Y para que llegue a noticia de todos mando se publique por bando en esta capital, y en las demás lugares de la comprensión del Distrito fijándose en los parajes de costumbre.

   México, Diciembre 28 de 1851.

Miguel M. de Azárate

Mariano Guerra, Secretario.

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Imágenes en la colección del autor.

   Considero que todavía estamos a tiempo de elegir la opción que mejor nos agrade. Así que desde este portal de noticias se pone a la consideración de los interesados un par de carteles, mismos que corresponden a una fecha como la de hoy, sólo que para dos ocasiones que se celebraron hace 165 años.

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