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LUIS REYNOSO, AS DE LA FOTOGRAFÍA TAURINA.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 

Composición y retratos, col. del autor.

   Hoy día, una buena cantidad de habitantes en este planeta, dispone de un teléfono celular. Con ese implemento de la modernidad se obtienen, entre otras cosas, cientos; quizá miles de fotos para luego ser diseminadas en redes sociales, por ejemplo. En ese sentido, la fotografía alcanza nuevos niveles, resultando importante sobre todo para cubrir una difusión que auxilia a los propios medios de información, en un gesto de auténtica solidaridad civil.

Hace un siglo, un joven de nombre Luis Reynoso (CDMX 20 de junio de 1895-22 de enero de 1983), ponía en marcha el interesante oficio de fotógrafo, cubriendo entre otros asuntos, el de los festejos taurinos.

Tiempos en los que realizar esa labor era un acto heroico, debido a que los formatos de aquellos equipos era distinto, muy grandes, pesadas y con mínimas posibilidades al no contar con lentillas de acercamiento o zoom. Además, en el maletín con el que se acompañaban, debían llevar una mínima cantidad de vidrios que, ya colocados servían para obtener las imágenes. Sin embargo, también necesitaban un “ojo” muy sensible para registrar el momento preciso y luego de pasar por el “cuarto oscuro” donde ocurría el proceso de revelado, las turnaban a la redacción para ser impresas.

A todo lo anterior, debe agregarse el hecho de que particularmente, los fotógrafos que acudían al “Toreo” de la colonia Condesa, se apostaban en pequeñas e incómodas canastas, ubicadas poco más abajo de la barrera de primera fila, traspasando aquel pequeño límite marcado por la pieza metálica en donde se colocaba la publicidad.

Conclusión: el de fotógrafo fue, en aquellas épocas un oficio grato pero incómodo, sólo compensado por la valiosa aportación de auténticas piezas en las que se apreciaban momentos muy precisos, diríase que perfectos de una suerte; o el drama y la tragedia en el momento de surgir el percance. Ora una cornada, ora un tumbo de órdago… o lo excelso de una “larga cordobesa”, como las que solía interpretar Rodolfo Gaona con frecuencia.

Y el trabajo de Luis Reynoso se recuerda de modo particular, debido al generoso legado que dejó en su trayectoria, pues cada fotografía suya, es resultado de un registro donde se concentran diversos elementos que justifican sensibilidad en el quehacer, búsqueda y afirmación estéticas y hasta el mero sentido común con el que obtuvo un lugar entre los mejores.

Dos creadores. Gaona el torero, Reynoso el fotógrafo.

   Ya lo decía la prensa en su momento:

Reynoso no es un fotógrafo profesional. Es un artista que concurre a la plaza para impresionar los grandes momentos de los buenos toreros. Aficionado entusiasta a la fiesta sin par, están en acecho, cámara en mano, para tomar las instantáneas que reflejen los primores de un arte cada día más apreciado por los que tenemos la dicha de ser taurófilos.

“Así han surgido las maravillosas fotografías de Reynoso.

“El par de “Pavo”.

“La “gaonera” de “Azote”.

“El pase de “Dentista”…

Reynoso es, indiscutiblemente, el “As” de los fotógrafos taurinos mexicanos. Hace el solo, lo que todo el resto de sus camaradas.

“Así se explica que sus “fotos” hayan sido reproducidas en todos los periódicos taurinos de México y de España, cosa a la que no nos hemos opuesto, no obstante nuestros derechos de propiedad, porque los triunfos de Reynoso, son triunfos de “EL ECO TAURINO” [publicación de la que traigo hasta aquí las presentes notas, publicadas en octubre de 1928], son triunfos nuestros…

“Este año Reynoso pondrá de nuevo la “muestra”. Los museos taurinos se enriquecerán con nuevos lances de maravilla hechos solo por afición, ya que Reynoso jamán anda ofreciendo sus fotografías ni a toreros ni a apoderados.

“No lo necesita por dos motivos: primero, porque no vive de eso, y, segundo, porque aún contra su voluntad, se ve asediado por los diestros que tienen la suerte de inspirarle sus creaciones.

“Es natural que, a quien tanto vale, se le busque…”

Luis Reynoso fue un integrante más de la célebre “Unión de Fotógrafos Taurinos de México”, creada desde 1928 por Samuel Tinoco, Eduardo Melhado y Enrique Díaz. En 1940 aquella sociedad celebró una exposición, en la que convocados los diferentes artistas de la lente, fue posible concentrar un trabajo colectivo con lo mejor de lo mejor. En ese sentido, Rafael Solana hijo o José Cándido, en la firma de sus crónicas apuntaba:

“No ha sido suficientemente estimada la labor del fotógrafo dentro de la fiesta taurina. El fotógrafo completa, contiene y afianza al poeta y al pintor, que respaldados por el artista de la cámara, puede pulir y abrillantar las escenas que se suceden en el ruedo, sin el peligro de que, devorado por la fugacidad de un instante, todo vuele hacia la fantasía y se convierta en mera creación imaginativa. El fotógrafo, en los grandes fastos de la tauromaquia, en las hazañas heroicas, en las tardes en que desborda la maravilla de arte que es el toreo, es el notario que da fe, con su respetabilidad, con su crédito público de hombre que sólo trata con realidades, de que aquello que incendió nuestros ojos en una llamarada increíble no fue solamente un ensueño, sino fue una verdad. Si el fotógrafo no rescatara pruebas palpables, evidentes, incontenibles, todos los extraordinarios momentos del arte se mezclarían en nuestra memoria hasta convertirse en una sola masa de irrealidad, de fantasía, de sueño”.

Hasta aquí con esa elogiosa nota que sigue con otros apuntes más, todos ellos convertidos en la justa calificación de tan notable tarea, que por fortuna, ha quedado registrada en infinidad de publicaciones donde la célebre firma “Reynoso” viene a confirmar todos estos dichos, que nos refieren a un auténtico artista de la lente.

El mérito de aquellos diletantes de la imagen, de auténticos profesionales en la fotografía, permite recuperar un pasado que nos parece todavía más representativo en la medida en que esos registros adquieren una dimensión especial, y que recreamos porque muchas de ellas alcanzaron el centro mismo de una suerte, de la “fugacidad de un instante” –Rafael Solana dixit-.

Loor a Luis Reynoso.

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RECORDAMOS HOY A ARMANDO DE MARÍA y CAMPOS A 121 AÑOS DE SU NACIMIENTO.

EFEMÉRIDES DECIMONÓNICAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El personaje. Col. del autor.

   En uno de sus muchos escritos, el autor planteaba hacia 1965: Mucho muere de lo que se escribe en los periódicos, pero mucho sobrevive, embalsamado. La historia del teatro no es nada más hablada. (Escenarios del 3 de diciembre de 1965. El Heraldo de México).

   Cuando uno se acerca a la obra de Armando de María y Campos (Ciudad de México, 23 de mayo de 1897-10 de diciembre de 1967), se descubre un legado caudaloso formado por libros, revistas, e infinidad de textos en los que predominan las biografías, las reseñas teatrales, las conferencias, su profunda relación con la radio, así como con las diversas redacciones de periódicos y revistas. Evidentemente uno de los asuntos que divulgó con mayor entusiasmo fue el tema de los toros.

Dígalo si no la siguiente relación en la que destaca el oficio como escritor taurino:

1917: Se desempeña como jefe de redacción de la revista literaria Mefistófeles donde publica sus primeras notas taurinas.

1919: La imprenta nacional le edita su volumen de crónicas Frivolerías. Asume la dirección de la revista Mefistófeles.

1920: publica La ciudad taurina. Se convierte en el nuevo director de El Heraldo Ilustrado así como en secretario de redacción del periódico México Nuevo.

1921: aparecen dos libros titulados Los lidiadores y Gaoneras.

1924: Bajo el seudónimo de El Alcalde de Zalamea publica Don valor Freg. De las faenas de Luis Freg en las plazas de España y México, Gaona el grande y Gaona se va.

1925: Funda la revista El Eco Taurino, mismo que se extendió hasta 1940. Con el seudónimo de El duque de Veragua publica el libro de entrevistas Lo que confiesan los toreros.

1933: Se inicia en la radio comentando los hechos artísticos más relevantes de la Ciudad de México.

1934: En la sede de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística imparte la conferencia Hispanoamericanismos de los periódicos taurinos, publicada el mismo año.

Fue en El Eco Taurino donde publicó aquella participación, misma que comparto por haber permanecido muchos años en su condición de inédita:

1935: Trabaja como redactor de espectáculos en El día.

1936: Dirige la estación XEFO del Partido Nacional Revolucionario.

1937: Colabora en Revista de Revistas, dirigida entonces por Roque Armando Sosa Ferreyro.

1938: aparece el libro Los toros en México en el siglo XIX. Se convierte en miembro fundador de la Asociación de Cronistas de Espectáculos Teatrales y Musicales.

1939: se publican Los payasos, poetas del pueblo (el circo en México), y Las costumbres teatrales de México en el siglo XIX, a través de los reglamentos teatrales.

1940: aparece su libro Breve historia del teatro en Chile y de su vida taurómaca.

1941: Trabaja como cronista en la revista Tiempo (hasta 1967, año de su fallecimiento).

1942: Colabora en La Lidia. Revista gráfica taurina hasta 1945.

1943: salen a la luz las biografías Ponciano, el torero con bigotes y Vida y muerte de Alberto Balderas.

1944: aparece La navegación aérea en México. Es nombrado gerente de la XEB.

1946: colabora en Novedades con una columna teatral e histórica donde abordó también el tema taurino (esto hasta el año 1965). Ese mismo año, los señores Agustín Millares Carlo y Francisco Gamoneda, a la sazón Director y Secretario de la Sociedad Mexicana de Bibliografía, informaron a Armando de María y Campos sobre su elección por unanimidad como socio fundador.

1948: Colabora como comentarista de la fiesta brava en la revista especializada El ruedo de México.

1949: publica Entre cómicos de ayer: apostillas con ilustraciones sobre el teatro en América.

1953: se imprime Imagen del mexicano en los toros.

1958: publica Vida dramática y muerte trágica de Luis Freg. Memoria y confesiones.

1960: publica Memorias de Vicente Segura: niño millonario, matador de toros, general de la Revolución.

 

Mostrando y compartiendo recuerdos.

   Entre 1964 y 1967, aparecieron 250 columnas denominadas “Escenarios” en El Heraldo de México, siendo estas las últimas colaboraciones que legó a la prensa. El mismo día de su fallecimiento, justo el 10 de diciembre, apareció en dicho diario “Teatro del Espíritu”.

Años más tarde, y de manera póstuma, fueron editándose otros títulos con los que se intentaba completar su obra. Quedan todavía algunos trabajos inéditos en poder de sus herederos, mismos que esperamos con entusiasmo.

Entre lo ya publicado, después de su muerte, se encuentran algunas otras obras, entre las cuales se tienen estos títulos que abordan el tema taurino:

Historia de los espectáculos en Puebla.

Las peleas de gallos en México.

Lírica y dramática de la Independencia.

   Armando de María y Campos también fue un coleccionista peculiar, pues llegó a reunir infinidad de documentos, impresos, fotografías y otras evidencias que, con los años pasaron a manos de otros particulares o instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli, el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical Carlos Chávez, y el ahora Centro de Estudios Históricos de México CARSO, mismos que se han convertido en custodios de tales piezas, invaluables muchas de ellas.

Armando de María y Campos en la madurez.

   El pasado mes de diciembre, se cumplieron 50 años de su desaparición física, ocurrida el 10 de diciembre de 1967. Sin embargo es la obra, la inabarcable obra, el motivo suficiente para rememorarlo y dedicarle otro reconocimiento más, como el presente, el cual tiene que ver con la concentración de obra de uno de los autores más prolíficos habidos en nuestro país, por lo menos de dos siglos para acá. Recordemos el caso de Carlos María de Bustamante, Guillermo Prieto, o el de Artemio de Valle-Arizpe. En medio de tan señeras figuras de las letras mexicanas, se encuentra Armando de María y Campos, cuya última contribución –como ya se apuntaba párrafos atrás-, fue la de 250 columnas conocidas como Escenarios (esto en El Heraldo de México 1964-1967), que fueron el cúmulo de reseñas, críticas y perfiles de aquel mundo teatral que tanto amó.

De hecho Escenarios ya era un trabajo conocido en Novedades, donde publicó –por decirlo así-, la primera serie entre 1944 y 1965, sin dejar de mencionar otros trabajos de crítica teatral que siempre estuvieron presentes en diversas publicaciones relacionadas con el medio. En esta segunda, estamos ante un trabajo cotidiano, el de un personaje cuya costumbre fue asistir a funciones teatrales o servirse de su entorno para emitir opiniones a lo largo y ancho de ese generoso aporte a la reflexión que un género dramático como el teatro mismo demanda.

Finalmente, Armando de María y Campos se alejó de los toros con una carga de decepciones a cuestas, sobre todo porque consideraba que “la fiesta ha venido a menos por los ganaderos. No se han fijado que los toros como los toreros y los hombres necesitan sangre; por eso hay que cuidar la liga que descuidan…” De igual forma, afirmaba “Me he retirado de la escritura porque soy enemigo del mecanismo actual fabricando crónicas con machote. En un festejo celebrado durante la feria de San Isidro, se le otorgó a regañadientes a José Huerta una oreja y al día siguiente todos los periódicos dijeron que había cortado dos; a “El Cordobés” al confirmar su alternativa lo tropezó el toro cayendo delante y el mismo le infirió un puntazo a la vez que con el testuz le pegó un golpazo en las partes nobles, provocando el rictus de dolor apreciado en las fotos, pero luego se habló de un cornadón que no pudo suceder porque a los quince días ya estuvo toreando con cojera artificial en una placita de Málaga, en donde yo mismo lo vi.

“El citado “Cordobés” emociona, pero no hace el toreo. Claro está que alguna vez lo hará, pero mientras mejor lo haga menos emocionará”.

En medio de sus pasiones y sus razones, se fue de los toros “El Duque de Veragua”, el “Alcalde de Zalamea”, ese autor con más de cien libros publicados que, en tanto polémico, sigue y seguirá siendo referencia entre quienes nos encontramos con frecuencia sus lecturas y enseñanzas.

Dedico estas notas a la Sra. Perla de María y Campos, hija de nuestro homenajeado.

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¡ASÍ LUCÍA EL CARRO ALEGÓRICO DE SANTÍN…!

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Para Eduardo Campos, con mi admiración por su labor de salvamento.

Carro alegórico compuesto por varias cabezas de toros, y un toro completo –disecados todos-, que se movilizó en algún desfile cívico a principios del siglo XX. Toluca, edo. de Méx. Col. del autor.

   Don José Julio ordenó preparar el carro alegórico. Dispuestos, los empleados de la casa y algunos más expresamente traídos de la hacienda, atendieron la instrucción y se dieron a la tarea de hacer lo mejor posible… para presumir las piezas que allí se reunieron.

   Colocaron como se aprecia, la efigie de un toro de cuerpo entero disecado que, a su vez, estaba montado encima de una base de madera en la cual aparecía esta leyenda: “El Garlopo. Raza de Santín. Jugado por El primer espada Bernardo Gabiño (sic) y su gran cuadrilla compuesta de 14 personas. En Puebla, el 28 de marzo de 1880”.

   También se alcanzan a ver –por lo menos-, dos cabezas más y que correspondieron, con toda seguridad, a los toros “Camelio” y “Aguacate”, estoqueados en la plaza “Colón” de la ciudad de México el 3 de marzo y 24 de noviembre de 1889 en la plaza “Colón”, por Carlos Borrego “Zocato” y José Centeno, respectivamente. Quizá estaban también la de “Polvorín”, que Palomar Caro pasaportó en la de Puebla el 10 de abril de 1898 y la de “Cuco”, toro que se lidió el 11 de septiembre de 1898, a manos de Juan Jiménez “El Ecijano” en la de “Bucareli”.

   Todos esos toros pertenecieron a la célebre hacienda de Santín, ubicada en el valle de Toluca y administrada por D. José Julio Barbabosa (21 de mayo de 1858-octubre 3 de 1930).

   Sin embargo, la figura destacada en esa ocasión fue, evidentemente la de “El Garlopo”, uno de los toros que formaron parte del encierro que se envió para la inauguración de la plaza del Paseo Viejo de San Francisco.

   La pieza, acaba de recuperarse, y aún luce tan digna como en aquellos días que elevó la celebridad de Santín, por lo que hoy adquiere un valor muy preciado, lo que seguramente representará la mejor forma de que se conozca algo más sobre el ganado que se lidió durante el siglo XIX.

   En caso tan extraordinario, sólo se sabe de otro más, ocurrido en 1838, con un toro que perteneció a la hacienda de el Astillero, siendo motivo de una curiosa ceremonia, de la cual nos da “santo y seña” la nota de EL COSMOPOLITA, D.F., del 31 de octubre de 1838, p. 4:

AVISO.-Para el jueves 1º del próximo Noviembre, ha dispuesto el empresario una excelente corrida de seis escogidos Toros de los que acaban de llegar de la hacienda de Atenco, con los cuales los gladiadores de a pie y de a caballo, ofrecen jugar las más difíciles suertes que se conocen en su peligrosa profesión. Luego que pase la lid del primer toro, se presentará en la plaza sobre un carro triunfal, tirado por seis figurados tigres el cadáver disecado, pero con toda su forma, y la corona del triunfo del famoso toro del Astillero, que en el memorable día 29 de Abril de este año, después de un reñido combate venció gloriosamente al formidable tigre rey, con general aplauso de un inmenso concurso que sintió la muerte de tan lindo animal, acaecida a los dos días de su vencimiento, como resultado de las profundas heridas que recibió de la fiera; y a petición de una gran parte de los que presenciaron aquella tremenda lucha, así como de muchas personas que no se hallaron presentes, se le dedica esta justa memoria, por ser muy digna de su acreditado valor.

   Este célebre toro, adornado con todos los signos de la victoria y acompañado de los atletas, será paseado por la plaza al son de una brillante música militar, hasta colocarlo sobre un pedestal que estará fijado en su centro; cuyo ceremonial no deberá extrañarse, mayormente cuando saben muchos individuos de esta capital, que iguales o mayores demostraciones se practican con tales motivos en otros países, y que sin una causa tan noble, existe por curiosidad en el museo de Madrid la calavera del terrible toro de Peñaranda de Bracamonte, que en el día 11 de mayo de 1801 quitó la vida al insigne PEPE-HILLO, autor de la Tauromaquia.

   Volviendo a la imagen, puede afirmarse que ese carro sirvió para unirse al desfile que, con toda seguridad conmemoraba el Centenario de la Independencia, esto en septiembre de 1910. Había llovido el día anterior, por lo que el personaje que aparece en primer término, llevando tamaño sombrero de ala ancha, y muy previsor por cierto, cargó con el paraguas por si la ocasión lo requería. Se observa, entre las palmas, gallardetes y demás adornos, una bandera nacional que remata el carromato, lo que habrían significado dos razones: el espíritu patrio, por un lado, y resignificar el hecho de que se trataba de ensalzar a los “toros nacionales”, como llegó a conocerse a los “santines” por aquellas épocas.

   El transporte, a petición del fotógrafo, se detuvo nada más saliendo de la casa de los “Mártires” o casa “Barbabosa”, donde vivieron varios de los integrantes de aquella famosa familia toluquense para obtener la placa correspondiente. Llama la atención el tamaño portón de la casa del fondo, pero también la rotunda tranquilidad de los allí presentes, ajenos al hecho de que en cosa de unas semanas más, estallaría una guerra interna, que todos conocemos como el proceso de la Revolución mexicana.

   Ese conjunto de personas que estuvieron ante la cámara, se sabían fotografiadas, por lo que asumieron la mejor pose posible, con lo que sin imaginarlo, se obtuvo el propósito de perpetuarlos, de ahí que tengamos el privilegio de disfrutar este preciado testimonio gráfico con su peculiar tonalidad en sepia.

   Y así, con “El Garlopo” que remata altivamente la composición, recordamos la célebre efeméride con que hoy se cumplen 138 años de aquella famosa jornada inaugural ocurrida en la plaza poblana.

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RAFAEL BARBABOSA ARZATE (19.06.1833-21.03.1887). A 131 AÑOS DE SU PARTIDA.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Retrato de D. Rafael Barbabosa Arzate. Tarjeta de visita. Ca. 1880. Col. del autor.

   Es bueno recordar, en esta ocasión, el 131 aniversario de la muerte de don Rafael Barbabosa Arzate, dueño, en su momento, de la hacienda de Atenco, entre otras propiedades. Los siguientes datos, provienen, una vez más, de mi trabajo, inédito, dedicado a la biografía de Ponciano Díaz,[1] la cual contiene notas del Arq. Jorge Barbabosa Torres, complementadas por el autor de estas líneas.

En el año de 1878 don Rafael Barbabosa y Arzate compró la finca de la familia de los Condes de Santiago de Calimaya, la Hacienda de Atenco y la ganadería brava del mismo nombre, que fue fundada en el siglo XVI, por el Licenciado don Juan Gutiérrez Altamirano, primo, consejero y albacea del Conquistador Hernán Cortés, en la época en que el Emperador Carlos V decidió nombrar una audiencia para gobernar la Nueva España, hacia el año de 1528.

Para este efecto don Rafael hipotecó a favor de don Mariano Ulzarbe su Hacienda de San Diego de los Padres, esta hipoteca se renovó hasta el año de 1917, en que fue totalmente liquidada. En ese tiempo la hacienda de la Purísima Concepción de Atenco, como es originalmente su nombre y sus haciendas anexas de San Agustín, Santiaguito, Estancia de la Vaquería, Tepemajalco y Zazacuala, ya pertenecían a la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores” que fue formada en el año de 1887, a la muerte de don Rafael por sus hijos don Aurelio, doña Herlinda, don Juan, don Antonio, don Rafael, doña Concepción y don Manuel, así como por su viuda doña María de la Luz Saldaña y Sánchez. En 1899, don Aurelio se separó de la Sociedad y por ese motivo se le adjudicó la Hacienda de San Agustín que como se dijo, era una de las anexas de Atenco.

La Hacienda de la Purísima Concepción de Atenco y sus anexas constituían una vasta y rica propiedad en virtud de la celosa, e incansable administración de sus propietarios, entre los que destacó por su personalidad, don de gentes y laboriosidad don Antonio Barbabosa y Saldaña, y por ello no obstante las vicisitudes y problemas en que cayó México con motivo de la Revolución de 1910, siempre mantuvo un destacado lugar entre las fincas agrícolas de la región, hasta que fue repartida a causa de la Reforma Agraria en la década de los años 30, terminando así con una fuente de producción que por muchos años fue modelo y que sirvió no sólo para que los que trabajaban en ella pudieran mantenerse, sino como un contribuyente eficaz y próspero para la economía de su estado. La extensión de la Hacienda superaba las tres mil hectáreas, y hoy día se ignora lo que abarcaba junto con sus haciendas anexas o si estas se incluían en esa superficie, pero cuando los señores Barbabosa eran sus propietarios y don Antonio iba a supervisar el ganado bravo, salía por las mañanas del casco de Atenco, teniendo que llevar consigo un refrigerio y regresaba por las tardes para tener así tiempo suficiente y hacer su trabajo convenientemente.

Como ganadería brava es considerada la más antigua de México y del mundo, pues se fundó en el siglo XVI y en España han desaparecido ya las que fueron sus contemporáneas y no hay ahí ninguna que conserve el mismo sitio como es el casco de Atenco. Se formó con unas cuantas vacas y toros de procedencia navarra, que al parecer hizo traer el mismo Conquistador Hernán Cortés y que fueron con los que su primo Altamirano inició la ganadería. Hacia fines del siglo XIX los señores Barbabosa cruzaron esta, con sementales de Zalduendo, y más adelante la aumentaron con otra punta de sementales, también españoles de la vacada de don Felipe de Pablo Romero. Aunque estas afirmaciones, por fortuna empiezan a ser superadas por el hecho preciso de que por aquellas primeras épocas de la etapa colonial, los ganados que se enviaban a la Nueva España estaban destinados, en su gran mayoría al abasto. Y por otro lado, al no tener el suficiente sustento documental sobre el traído y llevado pie de simiente que aquí se refiere, tiene mayor credibilidad el hecho de que, durante el último tercio del siglo XVIII, el condado de Santiago-Calimaya adquirió una punta de ganado navarro, con lo que así podría concebirse, en todo caso y con la credibilidad pertinente que fue, hasta entonces, cuando esa presencia e influencia tan específica se asentó en territorio atenqueño.

Atenco, quiere decir junto al río, en lengua náhuatl, pues precisamente el casco de la Hacienda se encuentra en las riberas donde nace el Lerma en el sur del Valle de Toluca.

Don Rafael Barbabosa nació el 19 de junio de 1833, en el Rancho de Arzate, propiedad de sus abuelos maternos, don José Arzate y doña Vicenta Vilchis, en el Valle de Toluca. Fueron sus padres el señor don José Julio Barbabosa y Cruz Manjarrez y la señora doña María Salomé Arzate y Vilchis.

El padre de don Rafael, don José Julio, había construido hacia 1827 una casa en la calle de la Federación Nº 2, hoy Avenida Independencia casi en la esquina de lo que fue la antigua Plaza de Armas, llamada en Toluca Jardín de los Mártires, así como otra en la calle de la Victoria Nº 11, también en Toluca, ambas las sufragó con la herencia que recibió, el citado don José Julio, de su padre el licenciado don José Antonio Barbabosa y Díaz de Tagle en 1824 y en ellas habitó sucesivamente don Rafael con su familia.

Don José Julio casó en Toluca en 1828 con doña María Salomé Arzate y Vilchis y de ella tuvo a don Jesús María Barbabosa y Arzate, quien era tres años mayor que don Rafael y que nació también en el mencionado Rancho de Arzate el 1º de abril de 1830. Doña María Salomé dejó viudo a su marido y huérfanos de madre a sus hijos a los siete días del nacimiento de don Rafael.

Sr. Dn. Jesús María Barbabosa y Arzate. Col. del autor.

   Don Rafael Barbabosa leyó la gramática a los 12 años, desde entonces continuó viviendo con la familia en la Hacienda de Santín y se dedicó a los trabajos de la casa. Se unió en matrimonio, a las 3 de la mañana del 26 de mayo de 1857 con doña María de la Luz Saldaña y Sánchez. Aquella hora tan poco común para casarse fue debido a la persecución religiosa y a la guerra que se desató por la imposición de las Leyes de Reforma.

Sra. Da María de la Luz Saldaña y Sánchez. Col. del autor.

   El multicitado don José Julio Barbabosa y Cruz Manjarrez, padre de don Jesús María y don Rafael, viudo de doña María Salomé Arzate, previa la dispensa respectiva, se casó en segundas nupcias con su cuñada doña María Teresa Arzate Vilchis de 22 años de edad, en Toluca, el 17 de noviembre de 1835. Don José Julio murió el 16 de marzo de 1837, de un pavoroso tifo. De su segunda esposa, doña María Teresa tuvo un hijo, llamado Agustín, quien murió de dos años de mal de garganta.

El matrimonio de doña María Teresa y don José Julio, fue un hecho verdaderamente trascendental en la vida de don Rafael y de su hermano el Lic. don Jesús María, pues esta señora por las virtudes que tuvo, su dedicación al trabajo y su hábito de ahorro, así como por su visión en los negocios en los que la ayudó eficazmente un caballero sumamente benéfico para esta familia, llamado don Ignacio Mañón, llegó con el tiempo a convertirse en una respetable y verdadera matriarca, no sólo de su casa, sino de buena parte de la familia Barbabosa existente en esos días.

Don Rafael y don Jesús María disolvieron la compañía de bienes que tenían el año de 1872 y que en esa época era muy próspera. Esto provocó disgusto en don Rafael que se vio relegado a segundo término principalmente por la circunstancia de que dejaba a su hermano la Hacienda de Santín y la ganadería brava del mismo nombre, en las que él consideraba haber puesto tanto de su trabajo y de sí mismo. El convenio de separación fue inspirado y dirigido por la autoridad que tenía su tía y madrastra doña Teresa Arzate, quien dio preeminencia y preferencia en todo a don Jesús María por ser el mayor de los hermanos cosa muy importante en esos tiempos.

Con toda seguridad, las descripciones que aquí vienen haciéndose, deben referirse a la casa que, a la derecha de esta fotografía panorámica, se tomó en Toluca, allá por 1905. Col. del autor.

   Don Rafael se quedó con la Hacienda y la Ganadería de San Diego de los Padres y la casa antigua y primera de las llamadas casas Barbabosa, la del Callejón del Carmen Nº 3, en la que había vivido desde antes en 1854, don Jesús, construyó en 1872, la Casa del Jardín de los Mártires, que fue la segunda casa Barbabosa y que superó en mucho, en señorío, situación, lujo y prestancia a la primera, ahí colocó los retratos de los fundadores y de la primera generación en México de el linaje de los Barbabosa que fueron el Contador Mayor don Pedro de Barbabosa, su esposa doña Ana de Quijano, el hijo de ambos don Felipe de Barbabosa y Quijano y su esposa doña Magdalena Díaz de Tagle que antes habían estado en la Hacienda de Santín y todo lo mejor de Pinturas religiosas, antigüedades y muebles que había conservado esta familia. Don Jesús también recibió otros bienes raíces en Toluca y en México, entre los que se encontraba espaciosa una casa en la calle de Guatemala Nº 52, casi esquina con el Zócalo, precisamente sobre las ruinas del Templo Mayor, por lo que hacía el año de 1962 tuvo que ser demolida por encargo de uno de los dueños, (el Arq. Jorge Barbabosa Torres), en virtud del mal estado en que se encontraba la residencia por los marcados desniveles que en el piso se habían formado al asentarse esta, al paso de los siglos sobre las primitivas construcciones prehispánicas, siendo posteriormente ahí donde se localizó la piedra indígena conocida como la Coyolxauqui.

Al morir don Rafael en 1887 se formó la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, hacía cabeza de ella el mayor de los hijos don Aurelio Barbabosa y Saldaña. En 1899, don Aurelio se separó de la sociedad en virtud de los problemas que tuvo con sus hermanos, principalmente con doña Herlinda, quien no aceptó que don Aurelio casara con la que fue su esposa, la señora Consuelo Arias. Posteriormente la sociedad de los hermanos Barbabosa aumentó a sus siete haciendas originales la de San Francisco de Paula de Chincua una rica hacienda maderera en el estado de Michoacán y otra más de labor en el estado de México que llevó el nombre de Santa Lugarda de Caspi.

De la correspondencia utilizada por la sociedad “Rafael Barbabosa Sucesores”. Col. del autor.

   En 1905 se separó de la Sociedad, doña Concepción Barbabosa y Saldaña el motivo fue que sus hermanos no quisieron aceptar como socio a su futuro cuñado don José Sánchez Valdez. Doña Concepción entabló pleito legal con su familia, tras del cual recibió la parte que le correspondía y casó en Toluca en 1906 con el citado señor Sánchez, que era hijo de un asturiano de apellidos Sánchez Tuero y de una mexicana del linaje de los Varas de Valdez, uno de los más antiguos de Toluca que fue fundado hacia 1647 en Ixtlahuaca por otro asturiano que provenía de Llanes, llamado don Francisco Varas de Valdez.

Paisaje del hoy día considerado santuario de la Sierra Chincua (Angangueo, Michoacán).

   En los años 30, también por problemas familiares se separó don Antonio Barbabosa y Saldaña, pues este al quedar viudo de su primera esposa doña María de Jesús Lechuga comenzó a realizar fuertes gastos con los que los demás socios no estaban de acuerdo. El asunto terminó cuando a don Antonio le entregaron todo lo que él consideraba justo, entre otras cosas parte del ganado bravo de San Diego de los Padres que este señor trasladó a un rancho de su sobrino el ingeniero Agustín Cruz Barbabosa, a la sazón dueño de la vacada de Santín, así como de la Hacienda de ese nombre. Desde entonces el citado don Antonio Barbabosa empezó a dirigir las tientas de vacas bravas y toretes para sementales y por lo tanto a intervenir en la selección de las reses de esa ganadería, la cual terminó absorbiendo los lotes de ganado bravo propiedad del mencionado don Antonio, entrando así la sangre de San Diego de los Padres en la original de la vacada de Santín.

El Ing. Agustín Cruz Barbabosa dando la vuelta al ruedo en compañía de Manuel Gutiérrez “El Espartero” (Ca. 1941-1942). Col. del autor.

   La ganadería de Atenco, le tocó a don Manuel Barbabosa y Saldaña que falleció en 1958, heredándola a sus hijos. De ellos el arquitecto Luis Barbabosa Olascoaga vendió su parte a un toluqueño, de origen español, llamado Juan Pérez de la Fuente quien se asoció con don Gabriel Barbabosa hermano de don Luis, al que andando el tiempo, el señor Pérez le compró su parte, quedándose así con toda la vacada, misma que pasó a los hermanos de Pérez, cuando éste murió en 1988.

El casco de Atenco fue comprado paulatinamente por el mismo Juan Pérez. Doña Emma Barbabosa Ballesteros, le vendió la parte contigua a la iglesia, doña Antonia, le vendió el centro del casco, donde se localiza el comedor, la sala principal, la cocina y otras habitaciones, doña Refugio, el despacho, la sacristía de la iglesia y las caballerizas, el doctor Barbabosa, hermano de las antes citadas, le vendió la parte de la entrada a la derecha con el patio y dos recámaras. Don Manuel Barbabosa López primo hermano de los anteriores, le vendió la huerta de enfrente, la era y la tienda de raya. La mitad de la parte de atrás del casco, con sus construcciones ya en ruinas, las compró un señor Carretero, marido de la hija de doña Antonia Barbabosa Ballesteros, a don Ignacio Barbabosa Olascoaga.

Don Manuel Barbabosa Saldaña en su madurez. Col. del autor.

   Las fracciones de tierras, que habían quedado a las diferentes ramas de los hijos y nietos de don Rafael Barbabosa y Arzate, después de la repartición agraria y que sumaban poco más de cien hectáreas componiéndose de algunas milpas y potreros para el ganado, Pérez también las terminó adquiriendo, logrando así que hoy día, aun se asiente ahí la ganadería, que como antes se dijo es la más antigua de México y del mundo, porque en España no existía ninguna de ese tiempo que conserve el mismo nombre, el mismo fierro y que además permanezca en el mismo lugar de su fundación original.

El grueso de la vacada de San Diego de los Padres le tocó a otro de los hermanos don Juan de Dios Barbabosa y Saldaña, quien delegó la responsabilidad de esa ganadería en uno de sus hijos el doctor don Agustín R. Barbabosa Ballesteros, a quien finalmente se la heredó junto con sus hijas doña Luz, doña Refugio, doña Antonia, doña María Guadalupe y doña Emma Barbabosa Ballesteros. Posteriormente el doctor Barbabosa, quedó como único dueño de la ganadería, pues este compró a sus hermanas las partes que a estas habían correspondido como herencia.

El citado doctor don Agustín Barbabosa Ballesteros, mantuvo por algunos años la ganadería de San Diego de los Padres con la que tuvo señalados éxitos, por los bravos encierros que enviaba a las plazas de México y de su provincia, pero fundamentalmente por la falta de espacio suficiente en las tierras de Atenco que era donde pastaban sus toros, finalmente acabó vendiéndola, en 1962, a don Nicolás González Jáuregui, quien la trasladó de las tierras del valle de Toluca donde habían pastado esos animales por más de cien años, a su hacienda de Ajuchitlancito, Municipio de Pedro Escobedo, en Querétaro. El doctor Barbabosa vendió sus terrenos de Atenco a Juan Pérez, quedándose entonces como propietario de la ganadería de Zamarrero que era una fracción de San Diego de los Padres, que adquirió de sus primos hermanos los Barbabosa López, y a la que le pusieron ese nombre por ser el de un semental español de la ganadería del Marqués del Saltillo que se trajo en los tiempos de la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores” junto con otros toros y vacas de esa ganadería para refrescar la sangre de las reses de San Diego de los Padres. La fracción de Zamarrero había sido trasladada por uno de sus propietarios, don Alfredo Barbabosa López, a un Rancho alquilado por don Luis Argüelles a don Enrique Pliego. El doctor Barbabosa una vez propietario de esta ganadería la asentó en un Rancho al que se denominó Zamarrero, situado en el Valle de Toluca, y la fue aumentando con lotes de terneras de la vacada de la Punta, propiedad del ganadero don José Madrazo. Más adelante, la heredó al menor de sus hijos, el licenciado y contador don Agustín Barbabosa Kubli, quien al poco tiempo le vendió a su hermano el también licenciado y contador don Juan de Dios, de los mismos apellidos, quien finalmente la vendió a otra persona hace poco más de 60 años.

Hacienda de San Diego de los Padres. (Vista general del casco, hacia 1967). En: ARTES DE MÉXICO. El toreo en México. N° 90/91, año XIV, 1967, 2a. época., p. 57.

   El casco de la hacienda y las fracciones de tierra que pudieron conservar los Barbabosa Ballesteros en la Hacienda de San Diego de los Padres, quedaron al final en manos del gobierno, el resto fue invadido desde 1933 por los agraristas.

Las otras haciendas como San Francisco de Paula de Chincua y Santa Lugarda de Caspi, fueron vendidas por los hermanos Barbabosa y posteriormente repartidas y entregadas a los agraristas y al gobierno.

En lo que toca a los bienes raíces como la casa Nº. 3 del Callejón del Carmen, conocida desde mediados del siglo XIX como la primera casa Barbabosa de Toluca, se vendió a fines de los años 40 en virtud de la quiebra de la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, la que llegó a ese estado primeramente por los problemas causados por la revolución y por las diferencias familiares entre los herederos y que como consecuencia principal tuvieron el que estos no se solidarizaran en un esfuerzo común para salvar a la Sociedad, sino que mientras unos pocos se preocupaban por ella, los más solo vieron por sus intereses personales inmediatos. Más adelante el gobierno demolió esta casa prácticamente en su totalidad, para hacer una avenida paralela y al norte de la actual de Independencia, esto sucedió en los años 50. Dos balcones de esta casa se conservaron hasta el año de 1967 en que el gobernador en turno del Estado de México decidió hacer una gran plaza de armas del antiguo Jardín de los Mártires, en esas fechas, estos fueron totalmente derruidos. Las demás casas en Toluca o en México se vendieron y las que quedaron se repartieron entre algunos de los descendientes de don Rafael Barbabosa y Arzate.

Así se desmembró lo que quedó de la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores” y con ello quedó señalado el fin de una época, terminando lo que en otros tiempos el sistema hereditario de mayorazgos y las condiciones sociales y políticas de la nación pudieron conservar, al menos en lo que toca a las Haciendas de Atenco y sus anexas, pero no obstante estos mil y un cambios, sobresaltos, reparticiones, ventas de grado y forzadas, pleitos, adjudicaciones y expropiaciones, nuevos propietarios y demás vicisitudes, aún hoy día al recorrer lo que queda de las señoriales habitaciones, patios y corredores de las que un día fueron las casas de los cascos de estas antiguas e históricas haciendas, que debían ser orgullo y patrimonio cultural de todos los mexicanos, vienen a nuestra memoria y evocan su presencia en nuestra imaginación las egregias e ilustres figuras de esos esforzados conquistadores, gobernantes y primeros pobladores que dieron forma y gloria a los inicios de nuestra patria y que de alguna manera aún viven a través de sus descendientes en estas tierras, pues la mayor parte de ellos, aquí formaron sus familias y nunca volvieron a España. Hernán Cortés, los Velasco, los Altamirano, y otros personajes más, parece que todavía en alguna forma deambulan por esos espacios, pero sobre todo y en tiempos más recientes su entorno nos hace recordar a los inmortales ases de la tauromaquia como lo fueron en su tiempo Ponciano Díaz, Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa “Armillita”, Carlos Arruza y otros más.

Finalmente, y en virtud de la efeméride que también aquí se recuerda, no queda más que agregar la inserción que, en su forma de esquela, apareció publicada en El Arte de la Lidia, año III, tercera época, Nº 22, p. 3, del 27 de marzo de 1887. Así, sumamos nuestra evocación para rememorar al que un día, se convirtió en un gran personaje de la fiesta de los toros en México.


[1] José Francisco Coello Ugalde:Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XXI. Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. Con tres apéndices documentales. Aportaciones Histórico-Taurinas Mexicanas Nº 13. Serie: Biografías Taurinas, Nº 2. 403 páginas. Ils., fots., grabs., cuadros. (Inédito).

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25 DE OCTUBRE DE 1913. MUERE SATURNINO FRUTOS “OJITOS”.

EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Saturnino Frutos, “Ojitos” (Copia del retrato dedicado a “Roque Solares Tacubac”).

En El Universal Taurino. Tomo III. México, D.F., martes 20 de abril de 1923, Nº 80.

Fotografía, Col. del autor.

   Uno de los personajes clave más importantes en el devenir, pero también en la afirmación y consolidación del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna en México, fue Saturnino Frutos “Ojitos” (1855-1913). Acompañó a Ponciano Díaz, luego de que el diestro de Atenco regresara de su viaje a España de 1889, con el grado de “matador de toros”, concedido apenas el 17 de octubre de ese año, en la plaza de toros de Madrid. Así que desde 1890, “Ojitos” ya se encuentra en activo en diferentes ruedos de nuestro país, lo mismo participando como jefe de cuadrillas, que como banderillero o peón de brega. Su paisano Ramón López, quien prácticamente se estableció en nuestro país desde 1887, le aconsejó algunos años más tarde que además de continuar en esta profesión, lo hiciera invirtiendo su tiempo a la enseñanza, para lo cual era necesario constituir una cuadrilla formal que se significara como ejemplar en un medio que requería este tipo de presencia, con objeto seguramente, de confrontar o equilibrar la presencia masiva de toreros españoles que se imponían sin ningún problema en el ambiente taurino, o por el hecho de que veía condiciones propicias para hacer un despliegue de experiencias entre futuros aspirantes a ocupar lugares de privilegio. En esos tiempos, con la marcada decadencia y luego, la desaparición de Ponciano Díaz, el resto de los espadas nacionales se diluía pues ya no garantizaban la defensa de lo que pudo haber significado en esos momentos, una sólida vertiente. Así que ni Gerardo Santa Cruz Polanco, ni Timoteo Rodríguez, ni ningún otro espada o “Capitán de gladiadores”, antigua denominación que caracterizó a los diestros en nuestro país, durante la segunda mitad del siglo XIX daban garantías de segura permanencia.

Saturnino se convenció de aquella posibilidad y en León de los Aldama, luego de intensas jornadas de búsqueda, encontró las condiciones y los elementos apropiados para poner en marcha aquella empresa.

En efecto, estamos ante la cuadrilla en la que su elemento sobresaliente fue Rodolfo Gaona.

El Dr. Carlos Cuesta Baquero, mejor conocido como Roque Solares Tacubac dijo de “Ojitos”:

Tuve amistad con Saturnino Frutos y lo traté en condiciones de extrema aflicción, cuando estaba agobiado por la carencia de dinero y por las dolencias crueles de tremenda enfermedad.

En aquellas circunstancias, cualquier especulador, despechado por no haber logrado sus fines, habría dejado escapar involuntariamente o coléricamente expresiones zaherientes para aquél a quien no pudo explotar. “Ojitos” sólo tenía, al referirse a su discípulo predilecto, palabras de cariño y alabanza. Siempre inquiría por los periódicos, donde relatábanse los éxitos de Rodolfo, y oía su lectura, sobreponiéndose a los atroces dolores que le causaba su enfermedad. Esa conducta no la tiene un especulador metalizado; solamente la observa un padre que tiene por guía el cariño.

Saturnino Frutos resultó para Gaona un tutor riguroso, muy riguroso, al grado de que en algún momento del encumbramiento del leonés, se rompieron las relaciones definitivamente. Por fortuna, Gaona abrevó todo aquel secreto que le reveló el madrileño no sólo en términos técnicos. También estéticos que le permitieron colocarse en lugar de privilegio.

En ese sentido, hay un libro clave que revela y desvela toda una serie de circunstancias, alegrías y tribulaciones que padecieron de manera conjunta estos dos personajes, mismos que se convirtieron en columnas vertebrales, en columnas fundamentales del toreo contemporáneo en el México de comienzos del siglo pasado. Me refiero a El maestro de Gaona, de Guillermo Ernesto Padilla.[1]

En sus páginas, y con el inconfundible estilo de Padilla, hay todo un relato de acontecimientos que dejan ver y entender cómo se desplegaron aquellas jornadas de intensa enseñanza, pero también los momentos en que estuvo presente la discusión y el desacuerdo. Todo aquel que posea dicho volumen coincidirá conmigo en el sentido de que no puede entenderse a Rodolfo Gaona si no se mira la sombra maniquea –clara o perversa- de Saturnino Frutos. No se puede entender a “Ojitos” como el responsable de una de las figuras del toreo UNIVERSAL que se consolidaron en una especie de eternidad, misma que les está conferida a ciertos personajes cuya trascendencia dejó estela, misma razón por la cual hoy, a 92 años vista de la despedida del leonés, ocurrida el 12 de abril de 1925 muchos aficionados –como usted o como yo-, sigamos incluyendo en nuestras conversaciones al “indio grande”, como si apenas lo hubiésemos visto triunfar ayer, o antier. Solo eso puede pasar con un personaje de la talla de Gaona, talla perfecta de “Ojitos”, ese “maestro de toreros” a quien hoy recordamos en el 104 aniversario de su muerte.

Finalmente debe reconocerse que aquel episodio, colmado de aprendizaje tuvo un resultado sin precedentes en la historia reciente del toreo en México. El papel que, como tutor ejerció el viejo banderillero tuvo consecuencias inusitadas. De ahí que convenga analizar esa referencia, en tiempos como los que corren en nuestros días, donde existe una notoria ausencia de enseñanza, y cuyo reflejo se constata en la escasez de virtudes por parte de novilleros o matadores de toros, a quienes falta una fuerte carga de conocimientos que no solo deben concretarse en el profundo despliegue de la técnica, sino a la imprescindible presencia estética, de la que Gaona fue un notable modelo en ambos sentidos.

No es casual, como ya se dijo, que la presencia espiritual de Rodolfo siga presente y se le considere, sin duda alguna un modelo a seguir.


[1] Guillermo Ernesto Padilla: El maestro de Gaona. Prólogo de Esperanza Arellano “Verónica”. México, Compañía Editorial Impresora y Distribuidora, S.A., 1987. 359 p. Ils., fots.

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SE CUMPLEN 128 AÑOS DE LA ALTERNATIVA DE PONCIANO DÍAZ EN MADRID.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Al Profesor Roberto Acosta Cerezo, In Memoriam.

   Ayer, 17 de octubre se cumplieron 128 años de la alternativa que recibió en Madrid, España el “torero con bigotes”, Ponciano Díaz. Por tal motivo, hoy es un buen momento para evocar dicha efeméride. Aquella tarde, se celebraba la 14ª corrida de abono en la que se lidiaron toros del Duque de Veragua y de D. José Orozco. Fue padrino Salvador Sánchez “Frascuelo”, y testigo, Rafael Guerra “Guerrita”.

Reproducción del cartel, origen de esta efeméride. Col. del autor.

   En realidad, cuando Ponciano arribó a la antigua plaza de la Carretera de Aragón, su presencia incomodó a más de uno, ya que siendo un denominador común el que buena parte de los toreros de a pie y de a caballo ostentaran enormes patillas, el diestro mexicano muy orondo se presentó con recio bigote negro, misma circunstancia con la que también hicieron acto de presencia sus compañeros Celso González y Agustín Oropeza. Esto causó asombro, pues ¡cómo entre tanto patilludo, un bigotón! Por más indirectas al respecto, y de que intentaron persuadir a Ponciano de que se rasurara aquellos bigotes, el hecho es que simplemente se negó y el día de su alternativa apareció en la madrileña plaza de toros no sólo con su continente mismo, sino con aquel talante que seguía causando rumores e incomodidades, tantas como si hubiese recitado estos versos:

Ha dado usted en preguntar…

 Ha dado usted en preguntar

y la pregunta es concreta:

¿Puede el bigote alternar

con la espada y la muleta?

¿Me lo dejo o me lo quito?

Oiga, en tan terrible duda

lo que piensa el infrascrito

de esta cuestión peliaguda:

Sin infundios ni camelos

va usted a torear, señor.

Pues, no repara usted en pelos

sobre el labio superior.

Que si quiere usted arrimarse

y es fresco, y para, y recibe,

para mi puede usted dejarse

hasta perilla inclusive.

   Días antes de este hecho notable, Ponciano debió hacerse este retrato en algún gabinete fotográfico sevillano, quedando testimonio del que fue su paso por territorio español.

Pan y Toros, Año 2 Nº 49, del 8 de marzo de 1897, p. 3.

   De gala los tres, no podía ser menos, sobre todo si era para mantener en todo lo alto el pabellón nacional, justo en unos momentos en que Ponciano era en México ídolo popular absoluto. En aquella temporada, la única que el diestro de Atenco realizó por España (aunque rumores periodísticos ya daban por hecho otra más hacia 1895), tuvo oportunidad de torear en ruedos hispanos y también en algunos lusitanos alrededor de 12 festejos, mismos que se desarrollaron de la siguiente manera:

1.-San Sebastián, España. 10 de julio de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

2.-Madrid, España. 28 de julio de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: “Marinero” y Enrique Santos “El Tortero”. 6 toros de Palha.

3.-Madrid, España. 4 de agosto de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: “El Tortero” y “Lobito”. 6 toros de Pablo Romero.

4.-Puerto de Santa María, España. 18 de agosto de 1889: Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: Enrique Santos “El Tortero” y Rafael Bejarano “Torerito”. 6 toros de Eduardo Ibarra.

5.-Oporto, Portugal. 1° de septiembre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

6.-Villafranca de Xira, Portugal. 3 de septiembre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

7.-Lisboa, Portugal. 8 de septiembre de 1889: Ponciano Díaz y cuadrilla.

8.-Sevilla, España. 13 de octubre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla. Alternantes: Francisco Arjona “Currito” y Carlos Borrego “Zocato”.

9 y 10.-Barcelona, y San Sebastián, España: sólo están indicadas las actuaciones de Ponciano y su cuadrilla, mas no la fecha.

11.-Madrid, España. 17 de octubre de 1889: Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Guerra “Guerrita”. Toros del Duque de Veragua y Orozco. El de la alternativa se llamó “Lumbrero”.

12.-Sevilla, España. 27 de octubre de 1889. Ponciano Díaz y cuadrilla.

Estos datos provienen de una relación que, de forma exhaustiva aparecen en mi libro (inédito): “Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XXI”. Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. México, 404 p. Ils., fots., retrs., facs., cuadros. (APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS 13, Biografías Taurinas, 2). En tal registro, quedaron anotadas 721 actuaciones (que van de 1866 hasta 1899) que, como se ha de comprender, además de abarcar ruedos en México, España y Portugal, también lo hizo al incursionar por Estados Unidos de Norteamérica y Cuba. Todo un caso, si además se considera entre otros factores, el tipo de medio de transporte que utilizaban para desplazarse por aquellas épocas, incluyendo los desagradables sobresaltos.

Y entre versos y corridos, Ponciano consumaba una más de sus caras aspiraciones:

ADIÓS A MADRID DEL VALIENTE ESPADA PONCIANO DÍAZ

 Después de triunfos gloriosos,

que alcanzó en Madrid, Ponciano

sus adioses cariñosos

así te dio al pueblo hispano:

Adiós, pueblo soberano,

nunca olvidaré en mi vida,

la cariñosa acogida

con que el pueblo madrileño.

me aplaudió en el desempeño

de suerte reconocida.

Adiós, plaza de Madrid

que me aplaudió con anhelo;

de “Lagartijo” y “Frascuelo”

me tengo que despedir.

-Ojalá pueda venir

otra vez a disfrutar,

lo que no podré olvidar,

que en esta plaza gocé.

Donde manolas miré

que no hay con qué comparar.

   Lo que ignoraba Ponciano es que al regresar a su México querido, el panorama habría de cambiar en forma adversa, pues sus seguidores, que eran legión, se dieron cuenta, a través de la prensa que “el torero con bigotes” había cometido una traición. ¿Cómo era posible que Ponciano aceptara la invitación de Luis Mazzantini para obtener, de este diestro en funciones de intermediario, la alternativa en España? Pero además: ¿cómo era posible que Ponciano vistiera el traje español, e hiciera suertes “a la española” si eso no era lo suyo? Ponciano era la viva imagen del nacionalismo. En el México de finales del XIX, las únicas imágenes valiosas para el pueblo, y que este hacía suyas y se aferraba a ellas eran: la virgen de Guadalupe, los curados de Apam… y Ponciano Díaz.

Poco le duraría el gusto a Ponciano Díaz, pues aunque seguía paseándose por Bucareli o la calle de Los Plateros arrancando suspiros y aplausos, vistiendo lo mismo el traje de charro con mucha galantería que el traje de paisano con el porte de un hombre de ciudad, el hecho es que el pueblo se iba a tomar muy en serio aquel asunto, mismo que aceleró la declarada inclinación que tuvo por las bebidas embriagantes nuestro Ponciano, además del pésimo papel que, como empresario comenzó a desempeñar más o menos desde 1892.

El hecho es que hoy, 17 de octubre de 2017, volvemos a encontrarnos con Ponciano Díaz para rememorar un aniversario más de su alternativa. Antes de Ponciano ya habían estado en territorio español Ramón de Rosas Hernández (a finales del XVIII). Y luego por 1869 llegó a dicha península Jesús Villegas “El Catrín”, pero el primero en ser reconocido en forma por demás contundente con la alternativa misma, fue Ponciano que, para recordar todo asunto conmemorativo diré que su nacimiento ocurrió el miércoles 19 de noviembre de 1856 (y se atribuyen hasta siete sitios, a saber: Chapultepec, Tepemachalco, Santa Cruz Atizapán, San Juan la Laguna, Zazacuala, la Vaquería, que eran dos de los anexos de la hacienda- y “la covacha”, pequeño cuarto que se encuentra a la entrada del casco de la hacienda de Atenco, donde eran atendidas las mujeres durante el parto). Muere en la ciudad de México el 15 de abril de 1899.

El Redondel. El periódico de los domingos. 26 de diciembre de 1971. Este recorte proviene de la colección de Roberto Mendoza Torres.

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ATRACTIVOS FESTEJOS TAURINOS DE CARNAVAL EN 1852.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Carteles organizados para celebrar el “Carnaval”, tanto el domingo 22, como el martes 24 de febrero de 1852, en la plaza de toros del Paseo Nuevo y en la Principal de San Pablo. Col. del autor.

   Por aquel entonces, los días previos al inicio de la cuaresma, provocaban un detonante que generaba la celebración de grandes ocasiones, antes de pasar por el periodo de austeridad cuyo trasfondo era cumplir –una vez más-, con el significado etimológico del término mismo: “abandonar la carne”, las tentaciones.

   En ese sentido, quienes organizaban los espectáculos taurinos, no tuvieron empacho, por lo menos en aquel 1852, de organizar, tanto en la plaza del Paseo Nuevo como en la de San Pablo, festejos que representaran la ocasión de acercarse, al menos en lo que a puesta en escena se refiere, a ese dispendio convocado por el que era un cumplimiento riguroso implantado desde la visión de la iglesia católica.

   Por lo tanto, en ambos casos, se hizo el anuncio de cuatro festejos cuya carga de fascinación se deja ver en la lectura misma de los carteles que salieron publicados en la prensa de la época, y que ilustran estas notas.

   En la plaza de toros del Paseo Nuevo, la publicidad daba a conocer que, para el domingo 22, se realizaría la primera función de Carnaval, en la que participaba la cuadrilla de Bernardo Gaviño lidiando toros de Atenco. Dos días después, en idénticas circunstancias, volvió a presentarse el diestro portorrealeño, enfrentando toros de la misma procedencia, sin que demeritaran para el caso, ni el torete embolado, ni los toros para el coleadero. En esos casos, quienes habrían de intervenir, como integrantes de la cuadrilla, usaban las imprescindibles máscaras, que era ese complemento cuyo efecto ocultaba la presencia de personajes harto conocidos, pero que en esos precisos momentos, cumplían con el propósito de concretar una puesta en escena rigurosa, en apego a la costumbre establecida. No faltaron tampoco los “enanos, hombres gordos, y otros en zancos” que, como se saben enfrentaban al “toro embolado”.

   En el caso de la plaza principal de San Pablo, y en las mismas fechas, el asunto cobró otra dimensión, pues no conformes con el solo festejo taurino, que por sí solo cubría los niveles de entretenimiento, el asentista o empresario anunciaba que “Cuando el segundo toro del combate hubiere pasado a mejor vida, se aparecerá en el circo una caravana de GIGANTES, ENANOS, PATOS GRANDES Y UNA PATERA para ejecutar con el toro embolado varios lances de la tauromaquia… Habrá además dos toros para el COLEADERO. Terminando la existencia del toro cuarto de la lid, saldrán a la plaza DOS GUAJOLOTES Y UN PAVO REAL DE GRAN TAMAÑO a jugar con otro valiente toro embolado”.

   Allí comparecieron dos figuras representativas del toreo aborigen. Me refiero tanto a Andrés Chávez como a Pablo Mendoza, quienes después de haber intervenido dejaban lugar a un vistoso “BAILE DE MÁSCARA [el que] ciertamente agradará, ya por la variedad de trajes y pasos danzantes, como por los armoniosos grupos que han de presentarse… [luego saldrán] LOS HOMBRES GORDOS DE ORIENTE montados en burros para picar y banderillar a un toro valiente que al efecto se embolará”. Y desde luego se acentuaba el hecho de que “…no dejarán los lidiadores y demás individuos que trabajan en el circo de presentar otros objetos que hagan reír mucho a la apreciable concurrencia. Todo ciudadano que guste entrar de máscara puede hacerlo, con cuyo motivo se aumentará la distracción”.

   Y también, el GRAN TEATRO DE SANTA-ANNA fue espacio para aquel desahogo festivo la tarde del 23 de febrero, según lo anuncia el cartel:

   Lunes 23 de febrero. Última función en la presente temporada.

   “Queriendo la empresa dar a los señores que concurran a este teatro por las tardes, una prueba del placer que tiene en complacerlos, así como también satisfacer los deseos de muchas personas que no pudieron obtener localidades el miércoles último, ha organizado para la tarde de hoy, una escogida función, que guardará el orden siguiente:

1° La orquesta, considerablemente aumentada, tocará la preciosa obertura de LA SIRENA.

2° El divertido sainete, titulado CALDEREROS Y VECINDAD.

3° La graciocísima comedia en un acto y en verso, original del distinguido literato español D. Manuel Bretón de los Herreros, su título: LA PONCHADA.

4° y último. Terminará el espectáculo con el gracioso juguete cómico en un acto, denominado: EL ALCALDE TOREADOR, O LA FIESTA DE TOROS. En el que, cuando su argumento lo pica, se presentará

¡¡¡UN FAMOSO TORO DE GUATIMAPÉ!!!

   No podemos menos que tributar las más expresivas gracias a nuestro amigo el Sr. D. Javier Heras, quien a la menor insinuación nuestra nos ha proporcionado un arrogante toro de Guatimapé y LA ACREDITADA CUADRILLA DE LA PLAZA DE SAN PABLO [seguramente Andrés Chávez y Pablo Mendoza]. Con el objeto de hacer más agradable y ameno el espectáculo, se permitirá a los señores aficionados que gusten entrar a lidiar el toro, que lo verifiquen presentándose en traje de máscara.

   NOTA.-Para que el público esté con toda seguridad y pueda gozar de la diversión de la pieza, se ha mandado construir una red bastante fuerte, con la cual se cerrará la embocadura del escenario.

   Sin embargo de los grandes gastos que se eroguen para esta función.-Las pagas serán las de costumbre.

   ¡Vaya celebración!

   Todo esto ocurría en el breve lapso de tres días, y las funciones eran muy bien recibidas por los habitantes de la entonces ciudad de México, que tendrían enormes dificultades para elegir el mejor cartel, o ir un día a la del Paseo Nuevo (cuyo empresario era en esa época Vicente Pozo) y el otro a la de San Pablo (que, como ya pudimos saber, Javier Heras llevaba las riendas de ese coso) o viceversa, pero sin faltar, si así fuese el caso, a la función que el empresario del Gran Teatro de Santa-Anna ofrecía como el complemento a todo ese banquete de suculentas funciones, y donde los toros se convertían en el principal atractivo durante una época en la que ambas plazas presentaban una tarde sí y otra también espectáculos con elevada razón de entretenimiento.

   Uno de aquellos asistentes, el señor José Manuel Lebrija, tuvo a bien comentar que “…la corrida de ayer [en el Paseo Nuevo] fue muy buena, pero como el público a la vez de ignorante imprudente, hicieron meter el 5º toro porque no le entraba a la pica, que para los de a pie hubiera sido asombroso; según lo que ví fueron (…) nomás como 14 caballos”.

   Del mismo modo, la prensa tampoco dejó el asunto en un segundo términos y en una pequeña columna publicada en El Monitor Republicano, D.F., del 23 de febrero de 1852, p. 2 apuntaban:

TOROS.-Los de la plaza del Paseo estuvieron muy buenos, así por la excelencia de los bichos y la destreza de la cuadrilla de Bernardo, como por lo numeroso y escogido de la concurrencia. La empresa destinó varios toros para los aficionados, entre los cuales había algunos sumamente diestros, mientras a otros les ponía en grande aprieto la fiereza de los toros, dando con ello un agradable rato a los concurrentes.

   Todo lo anterior demanda que sea la imaginación quien mejor nos ayude para entender el desbordamiento de la fiesta en una de sus máximas expresiones: el carnaval.

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