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HOY, 22 DE ENERO DE 2017, SE CUMPLEN 129 AÑOS DEL NACIMIENTO DE RODOLFO GAONA JIMÉNEZ.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Y con motivo de semejante “Efeméride”, traigo hasta aquí, los primeros apuntes de un trabajo que he venido elaborando de un tiempo a esta parte. Se trata de GAONA EN VERSO. Esta obra es el anexo N° 13 de mi “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”, misma que ya rebasa las dos mil páginas, con poco más de mil piezas reunidas en 30 años de constante labor que ha consistido en la búsqueda de estos elementos literarios, lo mismo obra de poetas mayores que de menores, poetastros, anónimos, corridos, y diletantes de tan excelsa producción.

   En ese sentido, el homenaje y recuerdo del que hoy es motivo el “Indio Grande”, no puede quedar en el olvido. Para ello, y a continuación dejo algunos esbozos del mencionado trabajo, cuya manufactura está por terminarse.

GAONA EN VERSO.

INTRODUCCIÓN.

   El tributo que la poesía ha desplegado a este célebre torero mexicano (22.01.1888-20.05.1975) es un novedoso asunto donde se descubre el elogio con que diversos escritores afirmaron sus plumas para producir versos mayores y menores en su honor. Algunos surgieron bajo la sombra del anonimato y otros más son obra de autores sin la suficiente capacidad literaria, inspirados por la fuerza del personaje, al que su númen no alcanzó a darle la merecida estatura que el poema exige.

   Gracias al Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI, obra en la que sigo trabajando y recuperando diversos materiales de estos siglos, ha sido posible recoger casi la totalidad de los poemas allí reunidos, donde Gaona es o fue pretexto, ordenados cronológicamente, entre los años de 1908 y 2005. Existen otros, en los que se cita al leonés en forma aislada, por lo que decidí ni incluirlos. Sin embargo, con el conjunto seleccionado, me parece suficiente material para justificar la influencia del Indio grande, tal cual la tuvo por ejemplo Ponciano Díaz, Juan Silveti Mañón o Manolo Martínez, que son en consecuencia, los cuatro matadores de toros más ciados desde tan peculiar territorio de la literatura.

   Dentro de lo excepcional, se encuentra la Oda funambulesca de Rafael López quien convierte a Gaona en el motivo central del mismo. En la misma dirección, se encuentra un acróstico de Pedro V. Domínguez, y desde luego la Estampa de Gaona con Joselito, soneto excepcional que escribió José Alameda, logrando un fiel retrato de la elegancia del Petronio de los ruedos.

   Además, este trabajo contará con la novedosa propuesta de que cada verso va acompañado de una imagen, sea esta fotográfica o iconográfica, intento de enriquecer o fortalecer la presencia de este icono de la tauromaquia mexicana, hasta el punto de convertirlo en un homenaje más a la presencia que, como influjo sigue produciendo Rodolfo Gaona Jiménez, del que consta en esta obra, su impronta más elocuente.

José Francisco Coello Ugalde

Ciudad de México, enero de 2016.

   Aquí una de las primeras evidencias que citan a Rodolfo Gaona, y que corresponde al año de 1911.

Corrido de Rodolfo Gaona y otros toreros.

Un torero mexicano

¡oh, qué orgullo, patria mía!

no el público aplaude en vano

si es Gaona, ¡quién diría!

que este chico, con Segura,

Lombardini y López diera

la prueba más limpia y pura

¡viva la sangre torera!

 

¡Viva Rodolfo Gaona!

¡Viva Carlos Lombardini!

¡Pedro López, también viva!

La afición siempre corona

con aplausos su faena

¡viva siempre y donde quiera

la espada que sale buena!

¡viva la sangre torera!

Antonio Fuentes también

es un buen diestro español

que emociona a ambos a vez

tendidos de sombra y sol.

“Cocherito de Bilbao”,

“Lagartijillo” y Luis Freg

nunca se la echan de “lao”

porque lo saben hacer.

 

Y repita el orbe entero

en entusiasmo encendido,

y cantando este corrido

¡que viva el que es buen torero!

Españoles, mexicanos,

que vivan, y ante la fiera

les griten todos ufanos:

¡viva la sangre torera![1]

…impreso que salió del taller de don Antonio Vanegas Arroyo, ilustrado por José Guadalupe Posada tal cual se presenta en la siguiente imagen:

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Col. del autor.


[1] Eduardo E. Heftye Etienne: Corridos taurinos mexicanos. Recopilación y textos de (…). México (…) Este corrido fue tomado directamente de su publicación original (anverso de “El cancionero popular” número 24), que fue realizada en la imprenta de don Antonio Vanegas Arroyo en el año de 1911. Pertenece a la colección de Mercurio López Casillas.

La publicación original del citado corrido original también la encontré reproducida en las siguientes obras:

“Posada´s Mexico”, editado por Ron Tyler, Library of Congress y Amon Carter Museum of Western Art, Washington, Estados Unidos de América, 1979, página 198.

“Hacia otra historia del arte en México. La amplitud del modernismo y la modernidad (1861-1920)”, tomo II, serie Arte e Imagen, coordinado por Stacie G. Widdifield y Esther Acevedo, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Dirección General de Publicaciones, primera edición, México, D.F., 2004, página 432.

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HOY, HACE 80 AÑOS MUERE EL PERIODISTA TAURINO FERNANDO QUIJANO RAMOS, CUYO SEUDÓNIMO FUE “EL PADRE PADILLA”.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Grabado que se publicó en El Puntillero, N° 20, del 21 de octubre de 1894, p.2. Por el trazo de este y otros en números anteriores de la misma publicación, se puede apreciar la impronta de José Guadalupe Posada, probablemente colaborador anónimo, pues sus trabajos no están firmados.

    Hubo, en los tiempos virreinales un religioso agustino, de nombre José A. Padilla el cual adquirió notoriedad, seguramente por sus sermones o por esa vida entregada a dar consuelo entre los más pobres. Inquieto en sus deberes, andaba de aquí para allá corriendo muchos peligros. Tanto se sabía de él en este o aquel poblado que hasta el pueblo deslizó un dicho satírico “Vete a donde estuvo el Padre Padilla”, seguramente para encontrar alivio espiritual o sentirse a buen recaudo bajo su sombra.

   Pues bien, con los años y en la entonces provinciana capital de San Luis Potosí, vino al mundo (allá por 1871) Fernando Quijano Ramos, hermano menor de otro importante periodista taurino de la época. Me refiero a D. José María Quijano Ramos, quien firmaba sus escritos como Joseíto. Don Fernando ya un profesional distinguido, se tituló en la Escuela Nacional de Comercio en su natal San Luis como Contador Público.

   Una primera reseña que nos acerca a tan eminente potosino apareció en El Puntillero. Semanario de toros, teatros y variedades, esto a finales de 1894. En ella apunta con toda seguridad Rafael Medina que El Padre Padilla tuvo sus primeras incursiones periodísticas en “El Boletín Taurino”, donde firmó sus colaboraciones como Armilla– dicho “boletín” lo impulsó la entonces famosa agrupación “Centro Taurino Espada Pedro Romero”

   El Dr. Vicente Morales alias P.P.T., eminente médico y quien atendió a muchos toreros heridos desde finales del siglo XIX y hasta avanzado el XX, escribió en La Lidia. Revista gráfica taurina una serie de semblanzas, dedicadas a evocar la persona y el quehacer de diversos “Periodistas Taurinos Mexicanos”. En dicha relación, que apareció entre los meses de diciembre de 1942 y mayo de 1944, José y Fernando Quijano ocuparon el octavo capítulo de tan importantes notas que nos recuerdan a la “vieja guardia” del periodismo taurino en nuestro país, y del que de vez en cuando debe recordarse en forma especial (donde por cierto el propio P.P.T. así como el Dr. Carlos Cuesta Baquero fueron los grandes ausentes entre aquellos valiosos datos, por lo que están pendientes reposadas y caudalosas páginas que recuperen su notable quehacer).

   Pues bien, en esos apuntes de los que retomo su hilo conductor, nos dice que Fernando era, en su trato “aspecto de un religioso”. De ahí que probablemente encontraran cercanía con la pequeña anécdota que abre las presentes líneas. Nuestro personaje fue socio del “Centro Taurino Pedro Romero”, uno de los cenáculos más notables que se concibieron al finalizar el siglo XIX, el cual estaba integrado por aficionados de prosapia así como de muchas lecturas en su haber. Muy pronto dedicaré algunos pasajes relacionados con esa apreciada sociedad que formó aficionados cabales.

   Poco se sabe sobre el hecho de que El Padre Padilla impulsó al antiguo espada potosino Pedro Nolasco Acosta para dar marcha a la construcción de la plaza de toros “El Paseo”, misma que fue propiedad en alguna época del entonces ganadero Manuel Labastida. Quijano era además un entusiasta aficionado práctico y compareció en infinidad de ocasiones, sobre todo en aquellos festejos que se desarrollaban con fines benéficos.

   En su aspecto eminentemente periodístico, El Padre Padilla colaboró en varias publicaciones como “El Zurriago Taurino”, “El Correo de San Luis” o los muy apreciados números especiales de “Toros y Toreros” que salieron a la luz en los primeros años del siglo pasado. Fundó en su matria el periódico “La Lidia”. Gracias a dicho impreso se tiene noticia de la tauromaquia regional.

   De algunos textos que se han consultado para tener puntual idea sobre las opiniones emitidas por nuestro personaje, debo decir que se nota en ellas el buen uso del lenguaje, pero sobre todo el amplio conocimiento que adquirió en torno a la materia tauromáquica. Uno de ellos, publicado en 1906 en número extraordinario de “Toros y Toreros” y que tituló “Cada cabeza es un mundo” nos dice:

   “Ha dicho no sé quién, pero, bien podemos colgar este milagro al famoso “vox populi” y quizá estemos más cerca de la verdad, si no es que en ella misma.

   En materia de toros, es más aplicable este dicho vulgar porque no solo cada cabeza es un mundo, si no cada una, encierra muchos mundos. Y esto es cierto.

   La apreciación de las distintas suertes del toreo sobre el terreno de la práctica, en la plaza de toros, es en cada individuo completamente distinta; las reglas taurómacas son aplicadas en mil y una ocasiones, de diversa manera por aquellos que se tienen por doctos y entendidos y el trabajo de los toreros sujeto a las alzas y bajas de las simpatías de los críticos de temporada.

   El criterio sano y la opinión sensata de la afición es en la actualidad [recuérdese que son notas de 1906] la que desgraciadamente forma la minoría; la apasionada, la que lleva otras miras la extraviada, es inmensa. Y entre esta hay tal diversidad de pareceres y tal pluralidad de aberraciones que solo así se explica, cómo hay exigencias que llegan a lo imposible y cómo hay rigoristas que parecen necios.

   Precisamente, no hace mucho tiempo que la prensa profesional de México, levantó una polvareda con amenazas de tempestad, por nimiedades y sutilezas en la ejecución de cierta suerte que practica un diestro sevillano con más o menos perfección, según unos y muy feamente, según otros, pero juzgado entre estos últimos, con notoria carencia de imparcialidad. Todos, o casi todos, desconocen lo esencial de la suerte, niegan al ejecutante todo mérito, pasando desapercibido lo fundamental de ella y puntualizando lo secundario se ensañan en lo que más fácilmente se presta para la crítica netamente vulgar. (…)”

   Hasta aquí la cita, que continúa en largo discurso de otros tantos párrafos.

   Sin embargo, lo que es de destacar es su probada posición imparcial de suyo, en eso de las labores periodísticas que se corresponden con la filosofía de un personaje dispuesto a “…quitar los humos a muchas testas y orientar la opinión en el camino del verdadero arte; que esta difícil y peliaguda tarea corresponde de derecho a la afición sana, imparcial, desinteresada, que ni busca el lucro ni tiene miras bajas y mezquinas”.

   Avecindado en la ciudad de México, donde ejerció su profesión en el “Banco Lacaud”, fue a radicarse a la entonces “vecina ciudad de Tacubaya”, tal cual la calificara Vicente Morales en su puntual reseña. En tal espacio citadino falleció el 11 de enero de 1937 y como lo lamenta P.P.T.El Padre Padilla”- fue ignorado entre los taurómacos, y por eso no se cantaron dignamente sus méritos.

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La Lidia. Revista gráfica taurina. Año I, N° 43. México, 17 de septiembre de 1943.

   Entre sus últimas colaboraciones se encuentran aquellas que, a invitación expresa de Carlos Quiroz de apodo Monosabio, escribiera al respecto de los festejos celebrados en la entonces plaza de toros La Lidia, o Chapultepec en 1923.

   Hoy, a 80 años de distancia ha tocado evocar a una figura que ya casi nadie conoce y que merece revalorarla por haber formado parte de aquella generación de aficionados que adquirieron por primera vez un conocimiento que los llevó a entender de mejor manera la tauromaquia. Antes de esa etapa hubo en muchas plazas de toros entusiastas asistentes que disfrutaban del espectáculo; dominados en buena medida por la pasión. Con personajes como El Padre Padilla” y todos los de su época, se puso en marcha un proceso de aprendizaje emparejado con la razón, mismo que no quedó en buenas intenciones. El despliegue que de esto hicieron en la prensa de aquellos tiempos. Y más aún en las publicaciones taurinas, logró permear en buena parte de quienes, como ya lo advertía, se convirtieron en auténticos aficionados a los toros.

   Loor al periodismo taurino mexicano.

   Loor a Fernando Quijano Ramos, evangelista taurómaco de entresiglos.

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HOMENAJE A CARLOS SEPTIÉN GARCÍA “EL TÍO CARLOS”.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Carlos Septién García, periodista. (1915-1953).

    El nombre de Carlos Septién García (Querétaro, 15 de enero de 1915-Monterrey 19 de octubre de 1953) se vincula al de un personaje entregado al oficio del periodismo, mismo que desempeñó desde temprana edad, siguiendo quizá el ejemplo de Joaquín García Icazbalceta al escribir a mano ejemplares como El Tiliche, El Chinito o El Escolapio.

   Del mismo modo se le relaciona con el hecho de que ya formado en el oficio, fundó un 15 de octubre de 1941 la revista La Nación. Una semana de México. Septién hizo suyo el nombre de tal publicación impulsada por el Partido Católico Nacional justo en los tiempos en que lo dirigía Eduardo J. Correa (esto entre 1912 y 1914). De ahí el nexo político de influencia panista con los viejos círculos católicos, mismos que se mantuvieron vigentes tras el terrible accidente aéreo en el que perdió la vida, pues existiendo ya la Escuela de periodismo de la Acción Católica Mexicana esta fue re-nombrada “Escuela de Periodismo Carlos Septién García”.

   “El Tío Carlos”, uno de los seudónimos de Septién García tenía claro que el oficio del periodismo era un “parlamento diario de los pueblos”. Y tan contundente fue su afirmación que luego se materializó en un libro cuyo título fue: El quehacer del periodista: obra antológica. Carlos Septién (compilación, selección, introducción y notas de Adrián García Cortés en 1979). También fue autor de Testimonio de España, publicado en Madrid hacia 1955, El rumor del estilo (Querétaro, 1989), y desde luego sus dos obras dedicadas a los toros: Crónicas de toros (tanto la edición de 1948 como otra que puede considerarse extensión de la anterior y que, con una variante en su título –Crónicas taurinas- se dio a conocer en 1991). También se tiene ubicada otra publicación cuyo título es “Manolete. Pureza, silencio y ascensión. Texto de Carlos Septién García de 1997.

   El Quinto, otro de sus alias, impone un estilo que no se parece al de ninguno otro y, para que hoy sirva de modelo o referente, no ha habido quien le alcance, ni siquiera por casualidad. Y vaya que nuestro país ha contado con figuras notables como Carlos María Bustamante, José Joaquín Fernández de Lizardi, Manuel Payno, Guillermo Prieto, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera y otros que dejaron impronta como tal lo hizo Septién mismo.

   Sus crónicas son referente del buen hacer en oficio que hoy día se considera altamente peligroso. Dichos textos eran como lo son y siguen siendo las grandes obras: bien construida, bien cimentada y además con una carga de elementos literarios que terminaron por señalarse como resultado de una descripción de hechos enriquecida hasta el punto del gozo en donde no encuentro otra razón que remitir  los amables lectores a uno de mis trabajos, denominado “Silverio Pérez y Tanguito, sin eufemismos” (véase: https://ahtm.wordpress.com/2015/12/02/silverio-perez-y-tanguito-sin-eufemismos-iv/).

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Carlos Septién García entre los peregrinos que, año tras año realizan su recorrido de Querétaro a la Basílica de Guadalupe. Disponible en internet octubre 17, 2016 en:

http://archivotomasmontero.org/site/2011/06/28/tomas-montero-maestro-de-periodistas/

   Y es que con la obra de Carlos Septién tenemos suficiente para una revisión del toreo entre dos décadas que concentraron la denominada “época de oro y de plata del toreo mexicano”. El amplio despliegue de conocimientos, no solo en lo taurino. En la literatura, incluso en la cultura universal si cabe tan amplia como denodada afirmación concebida en su oficio, hicieron de cada escrito un auténtico trabajo de altos vuelos en donde bien vale la pena un nuevo esfuerzo por concentrar todo el quehacer que, en lo taurino realizó desde 1941 y hasta 1953. Considero que en los dos volúmenes ya citados –Crónicas de Toros y Crónicas Taurinas– se realizó una selección de textos. Sin embargo, y como ha sucedido en trabajos que han podido reunir obras completas, por ejemplo la de Guillermo Prieto, estamos frente a la posibilidad de ubicar un caudaloso despliegue de otros tantos materiales que vendrían a ser aquí y ahora, el gran reconocimiento a una de las personalidades del periodismo durante el siglo XX.

   Evidentemente la escuela que lleva su nombre es y sigue siendo uno de los propósitos por formar generaciones de periodistas que, bajo la sombra espiritual de Septién García, logren dar continuidad a tan noble ejercicio. Mucho se agradecerá también el hecho de que entre los nuevos profesionales que forma tal institución aparezca algún heredero que de lustre a la crónica taurina hoy día tan mermada, pues necesitamos en verdad elementos que dejen esa estela de conocimientos tal cual se deja una “pica en Flandes”.

   Por aquellas fechas, tras ocurrir el terrible accidente aéreo en el que perdió la vida nuestro personaje, otro importante periodista, Manuel García Santos, ya adelantaba el hecho de que Carlos Septién era heredero en línea directa de periodistas taurinos tan notables como José de la Loma “Don Modesto” o Alejandro Pérez Lugín “Don Pío”. En su notable apunte, el que fue director de El Ruedo de México escribía:

   Un corazón. Eso era Carlos Septién. Un corazón que latía al impulso de nobles ideales y sólo se movía en una directriz: La que marcaba su conciencia de caballero y de cristiano. Y ese corazón ha dejado de latir y ya su sístole y su diástole no moverán la mejor pluma que tuvo México en el área de la crónica taurina.

   Eso es lo que nos llena de dolor y de luto en estas fechas. El que ese corazón se haya paralizado. Un corazón que conocimos por sus escritos –ya dice el Eclesiastés que al árbol se le conoce por sus frutos-, y contra el que una mañana estrechamos el nuestro. Aquella mañana en que mi hijo Pedro hizo la observación de que el Lic. Carlos Septién, ¡una columna del periodismo mexicano! tenía los zapatos rotos…

   Nunca mejor concebido tal reconocimiento de periodista a periodista.

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¡VENGA EL PETO!

ADENDA A LA EFEMÉRIDE DEL 12 DE OCTUBRE DE 1930. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Justo “a toro pasado” es como pude hallar un texto relacionado con las primeras reacciones que provocó, allá por 1927 la implantación del peto en España. Tal circunstancia se dio a conocer, entre otras publicaciones en “Toros y Deportes” (El Universal Taurino) T. XIII N° 190 del 16 de mayo de 1927, p. 19, por lo que me parece oportuno incluir los versos que escribió aludiendo el caso, uno de los colaboradores de tan recordada publicación y que se firmaba como “Clo-Chano”, no sé si aludiendo a Gregorio Corrochano que ya publicaba con regularidad en las mejores ediciones taurinas españolas y que eran conocidas por los viejos aficionados mexicanos de hace casi un siglo. No puedo dejar de incluir las dos oportunas caricaturas que “Manolín” otro más de los del equipo en aquel semanario quien con sabrosa ironía dijo lo suyo.

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Aquí las dos caricaturas:

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Los apuntes complementarios corresponden al quehacer de Carlos Ruano Llópis y no tienen absolutamente nada que ver con la línea de humor aquí planteada.

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12 DE OCTUBRE DE 1930: SE USA POR PRIMERA VEZ EL PETO EN MÉXICO.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   A partir de aquella fecha, quedaban atrás los tiempos en que la suerte de varas se practicaba en forma primitiva, donde sólo una silla de montar y la habilidad del varilarguero permitían la práctica de una suerte que requería de habilidad, y en ese sentido los vaqueros y picadores, porque lo eran en aquellos años finales del XIX y comienzos del XX, realizaban aquel procedimiento en el que los toros recibían cierto castigo que terminaba más por resabiar al ganado. Pocos fueron los picadores que destacaron, a pesar de que el tercio correspondiente era en absoluto protagónico. Allí están Magdaleno Vera, Agustín Oropeza, Celso González, José María Mota “El hombre que ríe”, Arcadio Reyes “El Zarco”, Salomé Reyes, Gumaro Recillas y otros.

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Vieja fotografía de principios de siglo XX donde aparece embistiendo con notable bravura una vaca en una tienta celebrada en la hacienda de Santín. Col. privada.

   Las crónicas que recogen festejos taurinos en el último cuarto del siglo XIX tenían un común denominador. La corrida fue buena en la medida en que los toros mataron 20 caballos. Si solo salieron heridos, entonces el festejo había resultado francamente “malito”. Y en algo remediaron los picadores el oficio cuando colocaron en el pecho de los caballos una cubierta más, a modo de peto primitivo que despectiva y peyorativamente el pueblo denominó “baberos”. Ciertos caballos, no todos, llevaban la “anquera” que el lenguaje coloquial apuntaba su uso para “quitarle las moscas” a los jamelgos (es decir lo nerviosos). Así que con aquellos dos aderezos el tercio de varas fue práctica común hasta que llegaron los picadores españoles que, como Manuel Martínez “Agujetas” impusieron el estilo hispano y con ello incluso se inició cierta competencia, pues no faltó personaje como Francisco Olvera “Berrinches” o los hermanos Adolfo y Juan Aguirre “Conejo grande” y “Conejo chico”, incluso aquel célebre piquero “El Güero” Guadalupe que hicieron suya la práctica y fueron muy habilidosos, certeros hasta el punto de convertirse en héroes de muchas jornadas.

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Hermosa cromolitografía que ilustra el semanario La Banderilla, que circuló en la ciudad de México en 1888. Como puede observarse, el caballo lleva anquera y “babero”. Col. Dr. Marco Antonio Ramírez.

   Sin embargo, un proceso de depuración en la corrida moderna estaba siendo analizado desde años atrás en España, por lo que Miguel Primo de Rivera autorizó en 1928 el uso de tales aditamento con un objeto civilizador, evitando así la muerte de infinidad de caballos en los cientos de festejos que se celebraron hasta entonces en la península ibérica. Considerando que aquella medida había conseguido su propósito, tal se extendió hasta nuestro país, por lo que en el festejo del 12 de octubre de 1930 se vio protegida por primera vez la cuadra de caballos por un peto, más bien pequeño, que intentaba poner a salvo a los jamelgos de heridas por cuerno de toro en forma por demás notable.

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Así salieron los caballos el 12 de octubre de 1930. Saturnino Bolio “Barana” es el picador de turno en espera de que pusieran en suerte a “Zarapero” de Atenco.

   Esa tarde, además de la efeméride aquí relatada, se convirtió en la primera de la temporada 1930-1931 en el “Toreo” de la Condesa. Toreaban Luis Freg, Pepe Ortiz que compartían cartel con el español Gil Tovar, lidiándose un encierro de Atenco. Parece ser que las cosas no pintaron bien y todo se redujo a una gran estocada de Freg y otros tantos lances de Ortiz. Pero lo significativo aquí fue el hecho de que Saturnino Bolio “Barana” fue el primero en picar montando el caballo que portaba el respectivo peto. El toro se llamó “Zarapero” y tras cumplirse con el requisito, Luis Freg se dirigió hasta la barrera de sombra donde estaba el presidente de la República, Ing. Pascual Ortiz Rubio a quien le brindó el primero de la tarde.[1]

   Pasados los años, el peto creció en tamaño, e incluso se establecieron pesos en los diversos reglamentos y el último de ellos establece en su Art. 44:

Los caballos que se utilicen en la suerte de varas deberán ir protegidos con un peto y accesorios con un peso de veinticinco kilogramos como máximo, a base de materiales ligeros pero resistentes, como yute, algodón, lana, hule espuma u otro similar aprobado previamente por la Delegación, para evitar que el toro sufra más castigo del estrictamente necesario. En ningún caso se permitirá colocar protecciones al cuerpo del caballo en adición al peto y sus accesorios. El estribo derecho de la montura deberá estar forrado con material ahulado.[2]

   Para terminar, recuerdo un pasaje de la zarzuela “La verbena de la paloma” donde en una de sus partes se canta “…los tiempos cambian una barbaridad”. Y efectivamente han cambiado para bien de una fiesta que hoy día merece ser renovada como imperativo para que subsista. Cambia la forma, no el fondo.


[1] Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., Vol. II, p. 35-6.

[2] Reglamento publicado en la Gaceta Oficial del Distrito Federal el día 20 de mayo de 1997 y en el Diario Oficial de la Federación el día 21 de mayo del mismo año). Esta es la última versión que aparece en la Gaceta Oficial del Distrito Federal con fecha del 25 de octubre de 2004.

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JOSÉ RODRÍGUEZ “JOSELILLO” CARA A CARA CON “OVACIONES”. 28 DE SEPTIEMBRE DE 1947.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Joselillo en una tienta celebrada justamente en la ganadería de Santín, de donde un día salió Ovaciones, el novillo que le infirió la cornada aquel 28 de septiembre, y cuyo desenlace, 16 días después, conmocionó a la sociedad mexicana durante el mes de octubre de 1947. Fotografía: Carlos González. Col. del autor.

   El Dr. Raúl Aragón López y un servidor venimos preparando de un tiempo a esta parte el libro “Historia de la cirugía taurina en México”. En dicho volumen, queremos plantear cuál ha sido la evolución de dicha especialidad en el tratamiento y recuperación a heridos por cuerno de toro, así como ocuparnos de casos muy concretos, por documentados, sobre todo de aquellos donde puede realizarse una valoración comparativa entre la medicina y la historia. Creo que ese trabajo promete ser una obra de referencia.

   Considerando que hoy, por razones muy particulares se rememoran los 69 años transcurridos en que el sobresaliente novillero recibió una cornada en la ingle derecha, con sección total de la arteria femoral, misma que 16 días más tarde fue causa de la muerte, la efeméride permite evocar a la “…actitud [misma] de Joselillo frente al toro; ese heroico querer que fue la sustancia misma de su personalidad de hombre y de torero; esa inmóvil guardia caballeresca, altiva y resignada, que él levantó siempre, en cada muletazo frene al cementerio del testuz. Esa herencia tremenda y gloriosa de Manuel Rodríguez que Joselillo quiso tomar sobre sus hombros jóvenes con el humilde orgullo y la voluntaria renunciación de quien sabía que con ello tomaba la cruz”, a decir de Carlos Septién García.[1]

   Hasta el momento, la mayoría de las apreciaciones hechas para esta obra (Historia de la cirugía taurina en México), son fruto de una contemplación imaginada, cuyo sustento es la lectura de múltiples obras, periódicos, escritos y testimonios de diversa índole. Para conformar el perfil de cada uno de los protagonistas ha sido necesaria una imparcialidad a la que se le ha marcado la sana distancia con las pasiones encontradas. Y es que un novillero como Laurentino José López Rodríguez, mejor conocido como Joselillo, fue capaz -en su corta aparición en escena-, de provocar batallas campales debido al personal discurso que propuso, basado en una tauromaquia profundamente dramática, escalofriante, donde al parecer se desquiciaban todas las normas de la tauromaquia que quedaban sujetas al riesgo y a la emoción del vértigo.

   Laurentino José López Rodríguez, había nacido en el pueblo de Nocedo de Curueño, provincia de León, España el 12 de julio de 1925. Apenas un adolescente en cierne, llega a nuestro país en el verano de 1932, quien junto con su hermano José Luis atenderían diversos negocios en una tienda de abarrotes. A finales de 1944 Laurentino viste por primera vez el traje de luces en Tepeji del Río, estado de Hidalgo, aunque fuera solo para permanecer la mayoría del tiempo detrás del burladero.

   José, seguramente quiso someter la técnica y la estética con un estilo que iba camino de la madurez, aunque para eso fuera necesario más tiempo, y no pudo ser. Tuvo que ponerse al tú por tú con una buena cantidad de novillos, a los cuales aprovechó hasta donde pudo, empleando métodos poco escolásticos pero convincentes y tanto, que la popularidad de su quehacer y su figura pronto se ganaron lugar destacado en el ambiente taurino mexicano, por el cual pasó en fugaz trayectoria entre los años de 1944 y 1947. Lamentablemente, en la mayoría de sus apariciones, sufría más de un susto o percance, de ahí que Rodolfo Gaona dijera de él: “No le he visto aunque por lo que me han dicho, parecer ser un chico muy valiente, que sin embargo está casi siempre a merced de los toros…”[2].

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Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 522. La fotografía fue realizada por uno de los integrantes de la entrañable zaga “Mayo”.

   Joselillo estaba absolutamente convencido de lo que quería: convertirse en una gran figura del toreo, aunque para ello le fuera la vida. Y así fue. Cada lance, cada pase elevaban la tensión ya por lo arriesgado, ya por el drama consumado en permanentes percances. Y en medio de esos vaivenes, la alternativa estaba planeándose para que Luis Procuna fuera su padrino, ocurriendo tal acontecimiento en la próxima feria del Señor de los Milagros, precisamente para el 19 de octubre de 1947 en la plaza de “Acho”, en Lima, Perú. Calificado de “fenómeno” en más de una crónica, fue capaz, con su sola presencia de convocar a la afición de diversas latitudes, provocando llenos y pasiones en medio de una trayectoria cubierta de irregularidades, aunque destacando en aquellas donde el triunfo era legítimo. Pero por otro lado, Don Martín, escribía en el Excelsior del 22 de septiembre de 1947:

“Para el sensacional Joselillo hay una exigencia cruel y un ambiente de hostilidad que no se justifica. A su toro lo saludó con verónicas limpias, citando desde largo, y en su faena de muleta hubo destellos de arte, de valentía, de aguante como en esos derechazos profundos y en esas manoletinas en que envolvió todo su cuerpo en caricias de la muerte. Mató de media estocada en todo lo alto y mientras la mayoría aplaudía con fervor, los eternos reventadores chillaban de lo lindo. ¡Cuántos quisieran ver al ídolo ensartado entre los cuernos como un pelele trágico! Pero Joselillo ya está aprendiendo el oficio y no quiere ser carne de enfermería”[3].

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Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 523. La fotografía fue realizada por Carlos González, justo cuando más que el diagnóstico, la sonrisa del torero, insinuaba que el riesgo quedaba atrás.

   El percance del 28 de septiembre de 1947 en la plaza “México”, cuando Ovaciones de Santín le infirió una cornada fue en principio muy grave. El buen desempeño del cuerpo médico lo ponían lejos de todo peligro, aunque no los dejara tranquilo la presencia de una infección mayor. Los días de recuperación pasaron sin mayores complicaciones. Lamentablemente una complicación cardiaca segó amargamente la ilusión del toreo y de la afición en un momento que esta seguía padeciendo las tremendas sacudidas que estaban ocasionando las recientes muertes de Manolete y de Carnicerito de México, presencias las dos que no era posible aceptar como ausencias de una manera tan violenta, tan rápida, sin permitir tomarse apenas un respiro, y ahora un nuevo golpe llegaba con la noticia amarga de que Joselillo también se marchaba el 14 de octubre, cerrándose de momento aquel martirologio.

   En rigor, sufrió una tromboembolia pulmonar, lo que hoy se controla con medias antitrombóticas que hacen una compresión de los vasos sanguíneos para que la sangre circule correctamente. Además, se aplican medicamentos llamados anticoagulantes.

   En su figura más bien delgada se agitaba no un guerrero. Más bien todo un ejército, dispuesto a mantenerse en la línea de fuego. Que una acción más rápida del enemigo obligara esa terrible derrota, pudiera parecer un acto normal en medio de lo que para muchos es simplemente la guerra.

   ¿Dónde empieza y dónde termina la tragedia de este novillero envuelto en el velo del más absoluto de los misterios?

¡Precisamente aquí, en el testimonio de unas imágenes, las pocas que sobre él existen (como por ejemplo las que se incluyen en el largometraje “Torero”) y que nos dan apenas vaga idea de la puesta en escena de aquello que se debatía entre saborear sus alardes y sufrir sus temeridades, las que lo llevaron hasta el sacrificio último para convertirlo en la figura rota de una mitología taurina que sigue evocándolo…

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Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 523. Fotografía, Carlos González. José Luis López Rodríguez, hermano de “Joselillo” llora al pie del lecho mortuorio después de haber sufrido una tromboembolia pulmonar.

  Joselillo, a los 69 años de aquel percance y su desafortunada desaparición sigue siendo un icono entrañable, a pesar de lo fugaz y efímero de su presencia, y de que se convirtió -lamentablemente- en una esperanza frustrada.


[1] Carlos Septién García (seud. “El Tío Carlos – El Quinto”): CRÓNICAS DE TOROS. Dibujos de Carlos León. México, Editorial Jus, 1948. 398 p. Ils., p. 323.

[2] José Ramón Garmabella: Joselillo. Vida y tragedia de una leyenda. México, Panorama, 1993. 168 pp. Ils., fots., p. 137.

[3] Op. cit., p. 136.

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MUERE UN 24 DE AGOSTO DE 1955 D. ANTONIO BARBABOSA SALDAÑA.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Antonio Barbabosa en Atenco, 1921.

    Antonio Barbabosa Saldaña (ca. 1866-1955) tuvo a bien convertirse en todo un personaje, integrante de aquella emblemática familia, los Barbabosa Saldaña, quienes heredaron a la muerte de Rafael Barbabosa Arzate (en 1887) un sinfín de propiedades. Para ello se creó la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, entre cuyos acuerdos se determinó repartir años más tarde dos haciendas ganaderas: Atenco y San Diego de los Padres, mismas que estaban enlazadas con otra, de menor tamaño denominada Molino de los Caballeros, la cual se encontraba ubicada en el actual Municipio de Epitacio Huerta (en el Estado de Michoacán de Ocampo). También administraron la entonces famosa hacienda maderera de Chincua, la que sigue siendo refugio de la mariposa “Monarca”.

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Los señores Rafael, Juan, Antonio y Manuel Barbabosa, dueños de Atenco y San Diego de los Padres.

   Todos y cada uno de los integrantes de esta familia, construyeron a lo largo de su vida un conjunto de circunstancias que hoy día y en buena medida, quedaron concentradas en mi tesis doctoral: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia” (UNAM, FFyL, candidatura, 2006).

   Por ejemplo, hacia mayo de 1903, Atenco quedó adjudicada a Herlinda, Juan, Antonio, Rafael y Manuel Barbabosa en fracciones que superaban cada una las 500 hectáreas. Sin embargo, Antonio, personaje que hoy recordamos, gozó de buena estima dados sus conocimientos con el ganado así como su peculiar forma de ser. De él hay una anécdota que les cuento como me la contaron.

   Don Antonio Barbabosa Saldaña, interesante personaje del campo taurino mexicano, entre finales del siglo XIX y los primeros 50 años del XX, tenía en su incontable anecdotario, diversas ocurrencias. Me contaban que en cierta ocasión, salió de una de las habitaciones de la hacienda de Atenco dando órdenes precisas a su caballerango…

DON ANTONIO BARBABOSA...

   ¡Prepárenme el caballo, que voy a salir!

   Su mujer –a la sazón, doña Laura Aguirre García de Quevedo de Barbabosa, esposa en segundas nupcias-, alarmadísima, cuestionaba a su marido quien, a esa edad, era un hombre mayor y con problemas en la vista. De ahí que utilizara unos binoculares incluso para ir a misa, porque así podía apreciar a la distancia a la que se encontrara al padre que estuviese oficiando en esos momentos, lo que no le hacía perder detalle de la homilía.

   Pues bien, ya preparado el hermoso jamelgo, con la silla bien firme, se impulsa en el estribo, Antonio da un salto que le cuesta un poco de trabajo, pero de pronto, y en menos que me lo cuentan, ya estaba sentado, con las riendas bien firmes en las manos, calándose el sombrero de ala ancha, acicalándose el bigote a la káiser y oteando el panorama a su alrededor, con un aire de suficiencia que no le cabía en el cuerpo.

   ¿Pero Antonio qué vas a hacer?, le decía doña Laura toda ella hecha un manojo de nervios.

   ¿Qué vas a hacer, si ya no ves?

   La respuesta más que rotunda, se dejó escuchar en el patio de Atenco de la siguiente manera:

   Mujer, no te preocupes… ¡No voy a ver. Voy a que me vean!

   Y el hombre, muy galán, y algo torero salió airoso, tras el chirriar de los goznes de las dos hojas del portón de Atenco a emprender su cometido, vaya usted a saber dónde.

DOROTEO VELÁZQUEZ DÍAZ1

La presente fotografía, fue un obsequio de Don Doroteo Velázquez Díaz (qepd), sobrino nieto de Ponciano Díaz Salinas. De izquierda a derecha aparecen los siguientes personajes: Carlos Barbabosa (hijo de Agustín Cruz Barbabosa), Antonio Barbabosa, doña Laura Aguirre García de Quevedo de Barbabosa, segunda esposa de Antonio Barbabosa (la primera fue María de Jesús Lechuga), don Agustín Cruz Barbabosa, ganadero de Santín y Doroteo Velázquez Díaz. (Santín, edo. de Méx., ca. 1940).

   Además, superadas una serie de circunstancias, pero sobre todo por diferencias habidas entre José Julio Barbabosa y el propio Antonio, el Ing. Agustín Cruz Barbabosa invitaba permanentemente a Antonio a las tientas. De ese modo, dichas actividades debieron tener un peso de certeza importante.

   Como podrán observar, en efecto, Antonio Barbabosa portaba en esos momentos los binoculares. Hasta donde he podido apreciar en las imágenes que conozco sobre él, no lleva lentes en ninguna, con lo que seguramente el apoyo de los catalejos se convirtió en algo cotidiano.

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