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 EL 11 DE OCTUBRE DE 1903 APARECE EL SEMANARIO TAURINO “RATAS y MAMARRACHOS”.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Biblioteca “Miguel Lerdo de Tejada”. Fondo Reservado.

Hace justos 114 años, circulaba por primera vez una curiosa publicación taurina denominada así: “Ratas y Mamarrachos”, cuyo primero y único director fue, durante ocho años más, el polémico periodista Carlos Quiroz “Monosabio” (ca. 1880 – 11 de mayo de 1940).

En aquel entonces, la fiesta taurina mexicana, gozaba de una buena cantidad de periódicos y semanarios dedicados a juzgar dicho espectáculo, con lo que la aparición de una más, representaba no un exceso propiamente dicho, sino la posibilidad de contar con nuevos elementos para enriquecer la contemplación hacia la diversión misma.

El primer número que da motivo a las presentes notas, refiere la aparición de un jocoso semanario de ocho páginas. Con respecto al nombre del título, su primer editor y propietario Ángel Vega señalaba que los toros que se lidiaban en nuestro país eran “ratas” y los diestros “mamarrachos”. Circulaba los domingos cuando había corrida, una hora después de terminada y cuando no había, los sábados en la mañana. Se publicaban anuncios de la temporada de la plaza de toros “México” y de la plaza de toros “Chapultepec”. Contenía secciones como: La corrida de hoy, la corrida de Covadonga de España. En sus colaboraciones se narraban historias de famosos toreros y de las actividades propias del ramo. Contenía una guía taurina de matadores y banderilleros de la época.

Entre sus propósitos expresaba que “Es costumbre en toda publicación que ve por vez primera la luz pública, que en el primer número expongan sus redactores el programa a que han de ajustar sus actos, la norma que ha de regir su conducta y que manifiesten cuáles son sus aspiraciones, cuáles sus ideales.

“Siguiendo esta costumbre, el grupo de aficionados al viril espectáculo español que se han reunido a fin de sostener este periódico, sin más móvil, sin más intereses que contribuir con su grano de arena al engrandecimiento y prosperidad de fiesta tan hermosa y tan arraigada en nuestras costumbres; hacen hoy ante sus lectores, aunque sea en pocas líneas, ya que el tamaño que por ahora tiene este periódico no permite extenderse lo que desearan la protesta de rigor y al mismo tiempo ponen de manifiesto lo que ellos pueden dar de sí, y lo que esperan del público aficionado”.

…Y terminaba escribiendo:

“Los redactores de éste periódico harán lo imposible por sostenerse lo más que pueden, pero necesitan de la valiosa ayuda de la afición y eso es lo único que humildemente solicitan”.

En el volumen que se revisó, encontré un interesante texto, que no tiene desperdicio y que deja comprender el estado de cosas que se vivía precisamente en 1905, con lo que para entenderlo de mejor manera, conviene traer hasta aquí las reflexiones del propio Monosabio.

“RATAS Y MAMARRACHOS”, año IV, Nº 84 del 26 de noviembre de 1905, p. 2.

LOS PROGRESOS DEL TOREO (EL MODERNISMO EN ACCIÓN)

Haré eco a los aficionados viejos, a los que a cada momento nos repiten que todo tiempo pasado fue mejor; a los que suspiran por los tiempos de María Castaña.

Siempre que he leído algo del tiempo viejo, en que ciertos escritores nos refieren las mil y una maravillas que hacían los toreros de su tiempo, aquellos seres conjunto y dechado de perfecciones; no he podido menos de echarme a reír.

Según esos estimables ancianos, solo los toreros de su tiempo sabían lo que entre manos traían, sólo en su tiempo se sabía lidiar y ver toros… Hoy ni se lidian toros, ni hay toreros, y menos aún, son aficionados los que a las plazas asisten; son… ¡qué se yo, el nombre que les dan!

Siempre que algún escrito de esos, de tiempos que fueron, ha caído en mis manos, lo he devorado de cabo a rabo con toda atención y lo diré nuevamente: no he podido menos que sonreír cuando he acabado de leer las fantasías de tan estimables caballeros.

Reflexionando un poco, he caído en la cuenta que sus autores no inventan ni fantasean a sabiendas, no; lo dicen con toda ingenuidad y están convencidos de lo que escriben.

Únicamente, que lo ven todo bajo el prisma color de rosa de sus recuerdos: al llenar las cuartillas, acude a su mente aquella lejana época en que eran unos mocetones, cuando la sangre caldeaba sus venas y la vida les ofrecía halagüeñas esperanzas. Por eso están íntimamente convencidos, que lo de su época era mejor, porque entonces no sumaban tanto calendario, ni habían sufrido tanta decepción.

Nos dicen con toda seriedad, que todo ha decaído; que hoy no valen nada los toros, toreros, ni aficionados y hay que convenir que quienes han decaído y han venido a menos so ellos, que bajan a grandes zancadas la cuesta de la vida.

No soy de los que creen, que el toreo ha decaído, todo lo contrario. El toreo siguiendo la evolución de todas las cosas, ha progresado de manera notoria, su evolución es palpable y aunque se cree lo contrario, hoy se torea más y mejor que antaño y el arte de Cúchares se le han abierto nuevos horizontes.

El espectáculo ha sufrido una transformación en su modo de ser, se le han marcado nuevos derroteros, pero no ha decaído de ninguna manera.

¿Qué los toros de entonces eran unas Catedrales, unas verdaderas fieras indómitas por su bravura y con mayor poder que un ciclón? ¡Bah!

¿Qué los toreros de antaño eran fenómenos, propiamente dichos, prototipos del valor y la gentileza, maestros consumados en su arte y que una tarde con otra llevaban a cabo hazañas difíciles de realizar y… de creer? ¡Bah!

¿Qué hoy no son toros los que hoy se lidian, sino insectos asquerosos que si aquellos diestros se los hubieran echado, se los habrían comido de un bocado, sin paladearlos siquiera, y que hoy no tenemos toreros dignos de tal nombre, sino una colección de títeres presuntuosos, que ni para descalzar a aquellos servirían? ¡Puede!

Pero ¿quién nos asegura, que aquellos fueron realmente como nos los pintan?

 El mentir de las estrellas

Es un seguro mentir,

Porque nadie ha de ir

A preguntárselo a ellas.

 De acuerdo: aquellos aficionados, cuando nos cuentan lo que en sus mocedades vieron, no hacen más que vernos la oreja.

Pero… ¿no habrá nada de cierto en sus afirmaciones?

Sí que lo hay, y mucho.

En primer lugar, aquellos toreros, más que por interés, y menos que por nada, lo eran por afición, por la popularidad, por la gloria; por eso eran ídolos del pueblo. Por eso el pueblo los veía como cosa suya.

No eran como los de ogaño, que tan solo frecuentan el trato de los magnates, sino que como hijos del pueblo, vivían entre este, se rozaban con él, por eso el pueblo sentía sus aflicciones como cosa propia y se regocijaba con sus alegrías; porque eran suyas.

El torero de antaño era un ser desprendido, no la hormiga que atesora provisiones para el invierno; siempre pronto en tender la mano al desvalido; siempre pronto a aliviar el infortunio.

El torero antiguo, poco provisor, al pisar el ruedo no se acordaba de lo que iba a ganar, si poco o mucho, ni si por complacer a los aficionados, por arrancarles un entusiasta aplauso, podía exponerse a un percance. ¡Enteramente lo mismo que hoy acontece!

El torero de antaño no veía el toreo como un medio de obtener riqueza, lo veía más bien como un sacerdocio. Se tenía un profundo respeto y no osaba profanarlo.

En este sí hay que convenir, que se ha decaído; hoy maldito el respeto que le tienen los toreadores del día. Por eso vemos que con la mano en la cintura lo profanan y se prestan a servir de comparsas, sin tomar en cuenta su reputación ni el puesto que ocupan.

Así vimos en la corrida pasada a un torero, el de mayor y más legítima reputación, el considerado en España como el Pontífice de la torería actual (Antonio Fuentes, que había toreado con Antonio Montes en la plaza “México” de la Piedad, lidiando toros de San Nicolás Peralta semanas atrás) que no tuvo reparo en servir de comparsa a una compañía cigarrera y hasta un brindis en verso se aprendió, para ver de que el acto resultara más lucido.

Seguro estoy: si el señor Manuel Domínguez, o a Frascuelo, o a cualquiera de los toreros de entonces, va alguien a hacerles proposición semejante, no iría a Roma por la respuesta; saldría corrido y no le quedarían deseos de volver a las andadas.

Hoy, el anunciante logró sus propósitos; consiguió que el torero número uno de la actual generación, abdicara de su rango, y se convirtiera en un mercachifle, en uno de esos pobres hombres que reducidos a la última miseria se prestan a que algunos comerciantes los disfracen de mamarrachos, para ver de que se fijen de ellos y tener probabilidades de vender su mercancía.

Todavía, esos hombres desprovistos de dignidad, y que con tal de poder llevarse un trozo de pan a la boca, no vacilan en descender de su categoría de hombres e igualarse con los micos, tienen disculpa; lo hacen por necesidad, por calmar el hambre de su desfallecido estómago. Pero ese diestro no tiene disculpa; no es creíble que el cebo de una cigarrera de plata y un billete de banco lo hayan hecho igualarse con aquellos. Si fuera un pobre novillero, sería disculpable, podría creerse que el interés lo había impulsado.

El diestro anunciador, no tiene atenuantes, como no sea el poco respeto que a sí mismo se tiene, y el ninguno que le merece este público que lo acogió con los brazos abiertos desde el primer día, que lo hizo su ídolo mucho antes de que por la falta de toreros, en España lo proclamaran el número uno de la gente de coleta y lo sentaran en el sitial que un día ocuparon Lagartijo, Frascuelo y Guerrita.

Tal proceder, lo repetiré nuevamente: indica a las claras, amén de poca dignidad, que el toreo ha evolucionado, que el modernismo, le ha hecho cambiar su modo de ser y dándole otros aspectos, que el mercantilismo también lo ha invadido, y que el toreo que nos hablan nuestros abuelos nada nos resta.

Para terminar, diré con Ricardo de la Vega: Hoy las ciencias adelantan, que es una barbaridad!

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RODOLFO GAONA Y EL “PASE DEL CENTENARIO”.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El Universal Taurino, febrero 1922. Col. del autor.

La tarde del 20 de septiembre de 1921 transcurrió en medio de intensas emociones. Tal día, que cayó en martes, sirvió como telón de fondo para celebrar, por adelantado, las fiestas del “Centenario de la consumación de la Independencia”. De hecho, ya se había dado otro festejo el 11 de septiembre anterior con el mismo propósito, aunque con sus variantes en la confección de cada cartel.

Toreaba Rodolfo Gaona. Sí. RODOLFO GAONA, junto a Gregorio Taravilla Platerito y Carlos Lombardini, quienes se las entendieron con un encierro de San Diego de los Padres.

Como era costumbre, por lo menos de parte del General Álvaro Obregón, este acudió a la plaza de “El Toreo”, lo cual dio un toque solemne. Las barreras y otras partes del tendido se encontraban rematadas con los símbolos patrios, gallardetes y demás adornos que afirmaban el significado de ese estado-nación que hasta entonces era México, mismo que apenas había pasado por la reciente y dura prueba de una revolución social de grandes magnitudes… y también de grandes pérdidas. Evidentemente no podemos omitir las enormes experiencias que ese doloroso proceso dejó a su paso.

   Platerito y Lombardini cumplieron, sin más. Lo notable ocurrió con el “Indio Grande”.

Si en el primero de su lote apenas estuvo discreto, con el segundo llamado “El Moreno”, realizó la faena de la tarde. Y aún estaban por sumarse otras hazañas como las de “Sangre Azul” (14 de enero de 1923), “Revenido” y “Quitasol” (17 de febrero y 23 de marzo de 1924); “Azote”  y “Azucarero” (15 de febrero y 12 de abril de 1925 respectivamente).

Heriberto Lanfranchi la califica como de ¡Superior faena!, misma que bordó desde sus comienzos con un pase sentado en el estribo “para agregar naturales, molinetes, etc., así como una gaonera con la muleta (pase que luego habría de ser bautizado como del Centenario), y mató de 2 pinchazos y media en buen sitio”, recibiendo el premio de dos orejas. (La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. I., p. 305).

Gracias a que han llegado hasta nosotros los registros cinematográficos que se filmaron por entonces, debido a la labor de Salvador Toscano, es posible apreciar en apenas unos cuantos segundos, el prodigio de aquella faena, en la que se observa a Rodolfo en estado de gracia, realizando lo inimaginable y todo en un pequeño espacio que decidió para lo que parece una danza, un embrujo. Ahí, precisamente ahí surgió una más de sus creaciones: la gaonera, sólo que practicada con la muleta. El procedimiento es el mismo, salvo que la muleta debe tomarse de extremo a extremo del estaquillador, tal y como se puede apreciar en la imagen que acompaña las presentes notas.

Aquello fue un prodigio.

Eran los tiempos en que Gaona había alcanzado la cumbre de todas sus aspiraciones, y cuanto realizara o creara se convertía en elemento de relevancia que celebraba una afición absolutamente entregada y convencida gracias a aquel prodigio de torero.

La prensa probablemente era más cauta, pero también se entregaba en elogiosos comentarios que hacían crecer la fama de uno de los toreros que lograron una estatura que, por justa razón pervive hasta hoy. Rodolfo, tras su despedida el 12 de abril de 1925 se convirtió en referente, en modelo para toreros. O mejor aún: en torero para toreros.

Uno de los más activos integrantes de ese sector, el eminente escritor Armando de María y Campos anotó, precisamente en su libro Gaoneras el siguiente elogio:

   Rodolfo Gaona es el torero para los poetas, para los pintores, para los escultores, para todos los artistas, en una palabra. Cuando un artista, ya pintor, ya poeta, ve a Gaona frente al toro, siente vivos deseos de crear, de eternizar las actitudes gallardas y gentiles del gran torero. Juan B. Delgado, el pulido y sensible poeta mexicano, una vez estuvo en Sevilla cumpliendo comisiones diplomáticas de su carrera, y tuvo oportunidad de ver en la plaza sevillana al torero leonés. Esa tarde Gaona, triunfó entre los sevillanos, y dio tan grande tarde, que Juan B. Delgado salió trémulo de emociones a escribir un bello poema que cautivara los lances de Gaona y escribió Una tarde de toros en Sevilla, cálido elogio del arte de Rodolfo, que merece ser unánimemente conocido. Juan B. Delgado, taurógrafo de pura sangre, pone en la primera página de ese poema las siguientes líneas: “A Rafael Guerra Guerrita, a quien fui a saludar durante mi estada en la tierra de los Califas, y cuyos labios autorizados en achaques de toros parláronme larga y sabrosamente a favor de Gaona”, que no tienen comentario. El bello poema en elogio de Gaona, es, también, una viva impresión de las tardes de toros en Sevilla…

…y en otros ruedos donde quedó su impronta, la de un torero que, a casi un siglo de distancia, hoy se recuerda nuevamente, tras haber conocido este pasaje, el que evoca no solo la conmemoración cívica para un país como el nuestro, sino el momento en que su inspiración, contribuyó a enriquecer el catálogo de expresiones por y para la tauromaquia, y donde como se podrá concluir, los diestros mexicanos han sido parte fundamental en este despliegue creativo.

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ROQUE ARMANDO SOSA FERREYRO: UN RECUERDO A 28 AÑOS DE SU AUSENCIA.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Roque Armando Sosa Ferreyro en 1987, fue reconocido

como uno de los decanos del periodismo taurino.

    Si tuviésemos que hablar de todo un “señor del periodismo”, fijemos nuestra atención en el caso ejemplar de Roque Armando Sosa Ferreyro (Mérida, Yucatán, 30 de julio de 1902-Ciudad de México, 6 de septiembre de 1989).

   “Don Tancredo”, que así era como firmaba sus colaboraciones taurinas, siguió los principios que Francisco Zarco estableció desde mediados del siglo XIX y que luego, personajes como los Flores Magón materializaron en “Regeneración” hace poco más cien años. Su honorabilidad en un medio de comunicación tan cuestionado como la prensa escrita, dejó huella y su impronta es modelo a seguir. Sin embargo, parece que su nombre y esa enorme estela de producción hoy día parecen estar olvidados, sobre todo en un medio que, como el de los toros, también requiere de iconos que representen ese lado honesto, mismo que significa empuñar la pluma y convertirla en bandera de auténticas convicciones, con objeto de que sus textos –al cabo de los años-, se tornen auténtica referencia.

   No me queda la menor duda de que con él, y otro pequeño número de PERIODISTAS –así, con mayúsculas-, estamos frente a un personaje que desde sus años mozos abrazó con fervor ese que es hoy uno de los oficios más peligrosos en este país., Primero en su natal Yucatán define su ruta como escritor y luego, ya en la ciudad de México, colabora en diversas publicaciones, entre otras “Revista de Revistas” donde no solo fue uno más de los de planta, sino también su director entre 1931 y 1938. Años más tarde, funda dos publicaciones emblemáticas: “La Lidia” y “La Fiesta” (esto entre 1942 y 1950). Su oficio continuó como editorialista en “Excelsior”, “El Sol de México”, “Últimas Noticias” y “Jueves de Excelsior”.

   En lo taurino, legó una serie de auténticas joyas. Me refiero a esos dos números monográficos de “Revista de Revistas” (febrero y diciembre de 1937 respectivamente), donde reunió a las plumas más representativas de aquel entonces, logrando un equilibrio perfecto en información, y desde luego en apoyo iconográfico de primerísima calidad. Por otro lado, es posible recordarlo al frente de “La Lidia”, donde sorteó un conflicto que devino ruptura con algunos de sus colaboradores, y con ello el inmediato surgimiento de “La Fiesta”.

   Ambas publicaciones siguieron, en buena medida ciertos aspectos de formación tal cual se aplicaron en “Revista de Revistas”, de ahí que los interesados tenían resuelto el ejercicio práctico de su lectura. No faltaron también esos números extraordinarios, dedicados a la fotografía, o los que rememoraban a Rodolfo Gaona, Manuel Rodríguez “Manolete” o ese otro que dejaba evidencia justo con la inauguración de la plaza de toros “México”.

   Cuando parecía que su compromiso habría terminado, se le vuelve a leer en las páginas del “Excelsior”, en cuyas columnas lo mismo abordaba los temas taurinos del momento que pasajes de la vida nacional, o de carácter eminentemente histórico o literario. Considero, sin temor a equivocarme que don Roque Armando era un hombre de visión universal, cuya cultura alcanzaba para cubrir cualquier tema al que se enfrentara.

   Por estos días he leído sus contribuciones en “El Sol de México”, y una de ellas tiene que ver con una larga entrevista que le concedió el “indio grande” allá por enero de 1968. “Recuerdos y confidencias de Gaona” es el título de la interviú, donde habla de sus primeros pasos, la sólida ascensión o el capítulo de su despedida, sin evitar el comentario sobre los toreros de aquel momento: Manuel Benítez “El Cordobés” y “Manolo” Martínez, por quienes profesó absoluto convencimiento en sus quehaceres.

   Para 1987, cuando ya le habíamos recibido en varias reuniones que celebraba por entonces “Bibliófilos Taurinos de México”, se tuvo a bien llevar a cabo una serie de actividades de cultura que recordaban cien años de reanudación a las corridas de toros en el Distrito Federal. Entre otros actos, se reconoció la labor de varios decanos del periodismo taurino en México, a saber: Carlos Cuesta Baquero, Rafael Solana, “José Alameda” y, desde luego a quien hoy recordamos: Roque Armando Sosa Ferreyro.

   Quiero terminar esta semblanza, compartiendo con ustedes el hecho de que, con el prólogo que dedicó a un trabajo de mi autoría que aún hoy se mantiene inédito, escribió las que pueden ser sus últimas líneas, pues estas se encuentran fechadas en junio de 1989. El libro a que hago referencia lleva el título: “Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XX” (actualizado ya, por razones obvias a la luz del XXI).

   Entre otras notas, se refiere al torero de Atenco como sigue:

   En su tiempo fue Ponciano Díaz no sólo el mejor, el más famoso y representativo torero mexicano sino también el paladín del nacionalismo y las tradiciones nacionales, ídolo de multitudes y ejemplo de maestría insuperable en la ejecución de las suertes de la charrería. Dentro y fuera de los redondeles, su nombre estaba aureolado por la gloria…

   Aquí y en España fue Ponciano Díaz un triunfador. Por su valentía y su arte refrendó en Madrid, al lado de Frascuelo y de Guerrita, la fama conquistada por sus hazañas en los redondeles mexicanos. Equidistante en la perspectiva del tiempo, debe vérsele en sus debidas proporciones: entre la idolatría populachera y patriotera que tuvo, con sus reales méritos en el toreo a pie y el dominio de las suertes ecuestres, y el olvido y la indiferencia que posteriormente cubrieron su nombre. Por esto la labor del ingeniero Coello Ugalde es acreedora a la más amplia atención y el reconocimiento de los verdaderos aficionados a la lidia de reses bravas…

   Reiteramos nuestras alabanzas a Coello Ugalde por el empeño y la tenacidad que puso para vencer dificultades y atesorar los datos relevantes que configuran la imagen de Ponciano en la luz y en la sombra. Los aficionados taurinos hemos de apreciar y reconocer la devoción a la verdad histórica que animó al autor de estas páginas y quien, seguramente, habrá de darnos en el futuro otros logros de su apasionado entusiasmo por la fiesta de los toros…

   Loor a figura tan consumada en el ejercicio del periodismo en nuestro país durante el siglo XX.

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HOY, 22 DE ENERO DE 2017, SE CUMPLEN 129 AÑOS DEL NACIMIENTO DE RODOLFO GAONA JIMÉNEZ.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Y con motivo de semejante “Efeméride”, traigo hasta aquí, los primeros apuntes de un trabajo que he venido elaborando de un tiempo a esta parte. Se trata de GAONA EN VERSO. Esta obra es el anexo N° 13 de mi “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”, misma que ya rebasa las dos mil páginas, con poco más de mil piezas reunidas en 30 años de constante labor que ha consistido en la búsqueda de estos elementos literarios, lo mismo obra de poetas mayores que de menores, poetastros, anónimos, corridos, y diletantes de tan excelsa producción.

   En ese sentido, el homenaje y recuerdo del que hoy es motivo el “Indio Grande”, no puede quedar en el olvido. Para ello, y a continuación dejo algunos esbozos del mencionado trabajo, cuya manufactura está por terminarse.

GAONA EN VERSO.

INTRODUCCIÓN.

   El tributo que la poesía ha desplegado a este célebre torero mexicano (22.01.1888-20.05.1975) es un novedoso asunto donde se descubre el elogio con que diversos escritores afirmaron sus plumas para producir versos mayores y menores en su honor. Algunos surgieron bajo la sombra del anonimato y otros más son obra de autores sin la suficiente capacidad literaria, inspirados por la fuerza del personaje, al que su númen no alcanzó a darle la merecida estatura que el poema exige.

   Gracias al Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI, obra en la que sigo trabajando y recuperando diversos materiales de estos siglos, ha sido posible recoger casi la totalidad de los poemas allí reunidos, donde Gaona es o fue pretexto, ordenados cronológicamente, entre los años de 1908 y 2005. Existen otros, en los que se cita al leonés en forma aislada, por lo que decidí ni incluirlos. Sin embargo, con el conjunto seleccionado, me parece suficiente material para justificar la influencia del Indio grande, tal cual la tuvo por ejemplo Ponciano Díaz, Juan Silveti Mañón o Manolo Martínez, que son en consecuencia, los cuatro matadores de toros más ciados desde tan peculiar territorio de la literatura.

   Dentro de lo excepcional, se encuentra la Oda funambulesca de Rafael López quien convierte a Gaona en el motivo central del mismo. En la misma dirección, se encuentra un acróstico de Pedro V. Domínguez, y desde luego la Estampa de Gaona con Joselito, soneto excepcional que escribió José Alameda, logrando un fiel retrato de la elegancia del Petronio de los ruedos.

   Además, este trabajo contará con la novedosa propuesta de que cada verso va acompañado de una imagen, sea esta fotográfica o iconográfica, intento de enriquecer o fortalecer la presencia de este icono de la tauromaquia mexicana, hasta el punto de convertirlo en un homenaje más a la presencia que, como influjo sigue produciendo Rodolfo Gaona Jiménez, del que consta en esta obra, su impronta más elocuente.

José Francisco Coello Ugalde

Ciudad de México, enero de 2016.

   Aquí una de las primeras evidencias que citan a Rodolfo Gaona, y que corresponde al año de 1911.

Corrido de Rodolfo Gaona y otros toreros.

Un torero mexicano

¡oh, qué orgullo, patria mía!

no el público aplaude en vano

si es Gaona, ¡quién diría!

que este chico, con Segura,

Lombardini y López diera

la prueba más limpia y pura

¡viva la sangre torera!

 

¡Viva Rodolfo Gaona!

¡Viva Carlos Lombardini!

¡Pedro López, también viva!

La afición siempre corona

con aplausos su faena

¡viva siempre y donde quiera

la espada que sale buena!

¡viva la sangre torera!

Antonio Fuentes también

es un buen diestro español

que emociona a ambos a vez

tendidos de sombra y sol.

“Cocherito de Bilbao”,

“Lagartijillo” y Luis Freg

nunca se la echan de “lao”

porque lo saben hacer.

 

Y repita el orbe entero

en entusiasmo encendido,

y cantando este corrido

¡que viva el que es buen torero!

Españoles, mexicanos,

que vivan, y ante la fiera

les griten todos ufanos:

¡viva la sangre torera![1]

…impreso que salió del taller de don Antonio Vanegas Arroyo, ilustrado por José Guadalupe Posada tal cual se presenta en la siguiente imagen:

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Col. del autor.


[1] Eduardo E. Heftye Etienne: Corridos taurinos mexicanos. Recopilación y textos de (…). México (…) Este corrido fue tomado directamente de su publicación original (anverso de “El cancionero popular” número 24), que fue realizada en la imprenta de don Antonio Vanegas Arroyo en el año de 1911. Pertenece a la colección de Mercurio López Casillas.

La publicación original del citado corrido original también la encontré reproducida en las siguientes obras:

“Posada´s Mexico”, editado por Ron Tyler, Library of Congress y Amon Carter Museum of Western Art, Washington, Estados Unidos de América, 1979, página 198.

“Hacia otra historia del arte en México. La amplitud del modernismo y la modernidad (1861-1920)”, tomo II, serie Arte e Imagen, coordinado por Stacie G. Widdifield y Esther Acevedo, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Dirección General de Publicaciones, primera edición, México, D.F., 2004, página 432.

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HOY, HACE 80 AÑOS MUERE EL PERIODISTA TAURINO FERNANDO QUIJANO RAMOS, CUYO SEUDÓNIMO FUE “EL PADRE PADILLA”.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Grabado que se publicó en El Puntillero, N° 20, del 21 de octubre de 1894, p.2. Por el trazo de este y otros en números anteriores de la misma publicación, se puede apreciar la impronta de José Guadalupe Posada, probablemente colaborador anónimo, pues sus trabajos no están firmados.

    Hubo, en los tiempos virreinales un religioso agustino, de nombre José A. Padilla el cual adquirió notoriedad, seguramente por sus sermones o por esa vida entregada a dar consuelo entre los más pobres. Inquieto en sus deberes, andaba de aquí para allá corriendo muchos peligros. Tanto se sabía de él en este o aquel poblado que hasta el pueblo deslizó un dicho satírico “Vete a donde estuvo el Padre Padilla”, seguramente para encontrar alivio espiritual o sentirse a buen recaudo bajo su sombra.

   Pues bien, con los años y en la entonces provinciana capital de San Luis Potosí, vino al mundo (allá por 1871) Fernando Quijano Ramos, hermano menor de otro importante periodista taurino de la época. Me refiero a D. José María Quijano Ramos, quien firmaba sus escritos como Joseíto. Don Fernando ya un profesional distinguido, se tituló en la Escuela Nacional de Comercio en su natal San Luis como Contador Público.

   Una primera reseña que nos acerca a tan eminente potosino apareció en El Puntillero. Semanario de toros, teatros y variedades, esto a finales de 1894. En ella apunta con toda seguridad Rafael Medina que El Padre Padilla tuvo sus primeras incursiones periodísticas en “El Boletín Taurino”, donde firmó sus colaboraciones como Armilla– dicho “boletín” lo impulsó la entonces famosa agrupación “Centro Taurino Espada Pedro Romero”

   El Dr. Vicente Morales alias P.P.T., eminente médico y quien atendió a muchos toreros heridos desde finales del siglo XIX y hasta avanzado el XX, escribió en La Lidia. Revista gráfica taurina una serie de semblanzas, dedicadas a evocar la persona y el quehacer de diversos “Periodistas Taurinos Mexicanos”. En dicha relación, que apareció entre los meses de diciembre de 1942 y mayo de 1944, José y Fernando Quijano ocuparon el octavo capítulo de tan importantes notas que nos recuerdan a la “vieja guardia” del periodismo taurino en nuestro país, y del que de vez en cuando debe recordarse en forma especial (donde por cierto el propio P.P.T. así como el Dr. Carlos Cuesta Baquero fueron los grandes ausentes entre aquellos valiosos datos, por lo que están pendientes reposadas y caudalosas páginas que recuperen su notable quehacer).

   Pues bien, en esos apuntes de los que retomo su hilo conductor, nos dice que Fernando era, en su trato “aspecto de un religioso”. De ahí que probablemente encontraran cercanía con la pequeña anécdota que abre las presentes líneas. Nuestro personaje fue socio del “Centro Taurino Pedro Romero”, uno de los cenáculos más notables que se concibieron al finalizar el siglo XIX, el cual estaba integrado por aficionados de prosapia así como de muchas lecturas en su haber. Muy pronto dedicaré algunos pasajes relacionados con esa apreciada sociedad que formó aficionados cabales.

   Poco se sabe sobre el hecho de que El Padre Padilla impulsó al antiguo espada potosino Pedro Nolasco Acosta para dar marcha a la construcción de la plaza de toros “El Paseo”, misma que fue propiedad en alguna época del entonces ganadero Manuel Labastida. Quijano era además un entusiasta aficionado práctico y compareció en infinidad de ocasiones, sobre todo en aquellos festejos que se desarrollaban con fines benéficos.

   En su aspecto eminentemente periodístico, El Padre Padilla colaboró en varias publicaciones como “El Zurriago Taurino”, “El Correo de San Luis” o los muy apreciados números especiales de “Toros y Toreros” que salieron a la luz en los primeros años del siglo pasado. Fundó en su matria el periódico “La Lidia”. Gracias a dicho impreso se tiene noticia de la tauromaquia regional.

   De algunos textos que se han consultado para tener puntual idea sobre las opiniones emitidas por nuestro personaje, debo decir que se nota en ellas el buen uso del lenguaje, pero sobre todo el amplio conocimiento que adquirió en torno a la materia tauromáquica. Uno de ellos, publicado en 1906 en número extraordinario de “Toros y Toreros” y que tituló “Cada cabeza es un mundo” nos dice:

   “Ha dicho no sé quién, pero, bien podemos colgar este milagro al famoso “vox populi” y quizá estemos más cerca de la verdad, si no es que en ella misma.

   En materia de toros, es más aplicable este dicho vulgar porque no solo cada cabeza es un mundo, si no cada una, encierra muchos mundos. Y esto es cierto.

   La apreciación de las distintas suertes del toreo sobre el terreno de la práctica, en la plaza de toros, es en cada individuo completamente distinta; las reglas taurómacas son aplicadas en mil y una ocasiones, de diversa manera por aquellos que se tienen por doctos y entendidos y el trabajo de los toreros sujeto a las alzas y bajas de las simpatías de los críticos de temporada.

   El criterio sano y la opinión sensata de la afición es en la actualidad [recuérdese que son notas de 1906] la que desgraciadamente forma la minoría; la apasionada, la que lleva otras miras la extraviada, es inmensa. Y entre esta hay tal diversidad de pareceres y tal pluralidad de aberraciones que solo así se explica, cómo hay exigencias que llegan a lo imposible y cómo hay rigoristas que parecen necios.

   Precisamente, no hace mucho tiempo que la prensa profesional de México, levantó una polvareda con amenazas de tempestad, por nimiedades y sutilezas en la ejecución de cierta suerte que practica un diestro sevillano con más o menos perfección, según unos y muy feamente, según otros, pero juzgado entre estos últimos, con notoria carencia de imparcialidad. Todos, o casi todos, desconocen lo esencial de la suerte, niegan al ejecutante todo mérito, pasando desapercibido lo fundamental de ella y puntualizando lo secundario se ensañan en lo que más fácilmente se presta para la crítica netamente vulgar. (…)”

   Hasta aquí la cita, que continúa en largo discurso de otros tantos párrafos.

   Sin embargo, lo que es de destacar es su probada posición imparcial de suyo, en eso de las labores periodísticas que se corresponden con la filosofía de un personaje dispuesto a “…quitar los humos a muchas testas y orientar la opinión en el camino del verdadero arte; que esta difícil y peliaguda tarea corresponde de derecho a la afición sana, imparcial, desinteresada, que ni busca el lucro ni tiene miras bajas y mezquinas”.

   Avecindado en la ciudad de México, donde ejerció su profesión en el “Banco Lacaud”, fue a radicarse a la entonces “vecina ciudad de Tacubaya”, tal cual la calificara Vicente Morales en su puntual reseña. En tal espacio citadino falleció el 11 de enero de 1937 y como lo lamenta P.P.T.El Padre Padilla”- fue ignorado entre los taurómacos, y por eso no se cantaron dignamente sus méritos.

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La Lidia. Revista gráfica taurina. Año I, N° 43. México, 17 de septiembre de 1943.

   Entre sus últimas colaboraciones se encuentran aquellas que, a invitación expresa de Carlos Quiroz de apodo Monosabio, escribiera al respecto de los festejos celebrados en la entonces plaza de toros La Lidia, o Chapultepec en 1923.

   Hoy, a 80 años de distancia ha tocado evocar a una figura que ya casi nadie conoce y que merece revalorarla por haber formado parte de aquella generación de aficionados que adquirieron por primera vez un conocimiento que los llevó a entender de mejor manera la tauromaquia. Antes de esa etapa hubo en muchas plazas de toros entusiastas asistentes que disfrutaban del espectáculo; dominados en buena medida por la pasión. Con personajes como El Padre Padilla” y todos los de su época, se puso en marcha un proceso de aprendizaje emparejado con la razón, mismo que no quedó en buenas intenciones. El despliegue que de esto hicieron en la prensa de aquellos tiempos. Y más aún en las publicaciones taurinas, logró permear en buena parte de quienes, como ya lo advertía, se convirtieron en auténticos aficionados a los toros.

   Loor al periodismo taurino mexicano.

   Loor a Fernando Quijano Ramos, evangelista taurómaco de entresiglos.

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HOMENAJE A CARLOS SEPTIÉN GARCÍA “EL TÍO CARLOS”.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Carlos Septién García, periodista. (1915-1953).

    El nombre de Carlos Septién García (Querétaro, 15 de enero de 1915-Monterrey 19 de octubre de 1953) se vincula al de un personaje entregado al oficio del periodismo, mismo que desempeñó desde temprana edad, siguiendo quizá el ejemplo de Joaquín García Icazbalceta al escribir a mano ejemplares como El Tiliche, El Chinito o El Escolapio.

   Del mismo modo se le relaciona con el hecho de que ya formado en el oficio, fundó un 15 de octubre de 1941 la revista La Nación. Una semana de México. Septién hizo suyo el nombre de tal publicación impulsada por el Partido Católico Nacional justo en los tiempos en que lo dirigía Eduardo J. Correa (esto entre 1912 y 1914). De ahí el nexo político de influencia panista con los viejos círculos católicos, mismos que se mantuvieron vigentes tras el terrible accidente aéreo en el que perdió la vida, pues existiendo ya la Escuela de periodismo de la Acción Católica Mexicana esta fue re-nombrada “Escuela de Periodismo Carlos Septién García”.

   “El Tío Carlos”, uno de los seudónimos de Septién García tenía claro que el oficio del periodismo era un “parlamento diario de los pueblos”. Y tan contundente fue su afirmación que luego se materializó en un libro cuyo título fue: El quehacer del periodista: obra antológica. Carlos Septién (compilación, selección, introducción y notas de Adrián García Cortés en 1979). También fue autor de Testimonio de España, publicado en Madrid hacia 1955, El rumor del estilo (Querétaro, 1989), y desde luego sus dos obras dedicadas a los toros: Crónicas de toros (tanto la edición de 1948 como otra que puede considerarse extensión de la anterior y que, con una variante en su título –Crónicas taurinas- se dio a conocer en 1991). También se tiene ubicada otra publicación cuyo título es “Manolete. Pureza, silencio y ascensión. Texto de Carlos Septién García de 1997.

   El Quinto, otro de sus alias, impone un estilo que no se parece al de ninguno otro y, para que hoy sirva de modelo o referente, no ha habido quien le alcance, ni siquiera por casualidad. Y vaya que nuestro país ha contado con figuras notables como Carlos María Bustamante, José Joaquín Fernández de Lizardi, Manuel Payno, Guillermo Prieto, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera y otros que dejaron impronta como tal lo hizo Septién mismo.

   Sus crónicas son referente del buen hacer en oficio que hoy día se considera altamente peligroso. Dichos textos eran como lo son y siguen siendo las grandes obras: bien construida, bien cimentada y además con una carga de elementos literarios que terminaron por señalarse como resultado de una descripción de hechos enriquecida hasta el punto del gozo en donde no encuentro otra razón que remitir  los amables lectores a uno de mis trabajos, denominado “Silverio Pérez y Tanguito, sin eufemismos” (véase: https://ahtm.wordpress.com/2015/12/02/silverio-perez-y-tanguito-sin-eufemismos-iv/).

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Carlos Septién García entre los peregrinos que, año tras año realizan su recorrido de Querétaro a la Basílica de Guadalupe. Disponible en internet octubre 17, 2016 en:

http://archivotomasmontero.org/site/2011/06/28/tomas-montero-maestro-de-periodistas/

   Y es que con la obra de Carlos Septién tenemos suficiente para una revisión del toreo entre dos décadas que concentraron la denominada “época de oro y de plata del toreo mexicano”. El amplio despliegue de conocimientos, no solo en lo taurino. En la literatura, incluso en la cultura universal si cabe tan amplia como denodada afirmación concebida en su oficio, hicieron de cada escrito un auténtico trabajo de altos vuelos en donde bien vale la pena un nuevo esfuerzo por concentrar todo el quehacer que, en lo taurino realizó desde 1941 y hasta 1953. Considero que en los dos volúmenes ya citados –Crónicas de Toros y Crónicas Taurinas– se realizó una selección de textos. Sin embargo, y como ha sucedido en trabajos que han podido reunir obras completas, por ejemplo la de Guillermo Prieto, estamos frente a la posibilidad de ubicar un caudaloso despliegue de otros tantos materiales que vendrían a ser aquí y ahora, el gran reconocimiento a una de las personalidades del periodismo durante el siglo XX.

   Evidentemente la escuela que lleva su nombre es y sigue siendo uno de los propósitos por formar generaciones de periodistas que, bajo la sombra espiritual de Septién García, logren dar continuidad a tan noble ejercicio. Mucho se agradecerá también el hecho de que entre los nuevos profesionales que forma tal institución aparezca algún heredero que de lustre a la crónica taurina hoy día tan mermada, pues necesitamos en verdad elementos que dejen esa estela de conocimientos tal cual se deja una “pica en Flandes”.

   Por aquellas fechas, tras ocurrir el terrible accidente aéreo en el que perdió la vida nuestro personaje, otro importante periodista, Manuel García Santos, ya adelantaba el hecho de que Carlos Septién era heredero en línea directa de periodistas taurinos tan notables como José de la Loma “Don Modesto” o Alejandro Pérez Lugín “Don Pío”. En su notable apunte, el que fue director de El Ruedo de México escribía:

   Un corazón. Eso era Carlos Septién. Un corazón que latía al impulso de nobles ideales y sólo se movía en una directriz: La que marcaba su conciencia de caballero y de cristiano. Y ese corazón ha dejado de latir y ya su sístole y su diástole no moverán la mejor pluma que tuvo México en el área de la crónica taurina.

   Eso es lo que nos llena de dolor y de luto en estas fechas. El que ese corazón se haya paralizado. Un corazón que conocimos por sus escritos –ya dice el Eclesiastés que al árbol se le conoce por sus frutos-, y contra el que una mañana estrechamos el nuestro. Aquella mañana en que mi hijo Pedro hizo la observación de que el Lic. Carlos Septién, ¡una columna del periodismo mexicano! tenía los zapatos rotos…

   Nunca mejor concebido tal reconocimiento de periodista a periodista.

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¡VENGA EL PETO!

ADENDA A LA EFEMÉRIDE DEL 12 DE OCTUBRE DE 1930. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Justo “a toro pasado” es como pude hallar un texto relacionado con las primeras reacciones que provocó, allá por 1927 la implantación del peto en España. Tal circunstancia se dio a conocer, entre otras publicaciones en “Toros y Deportes” (El Universal Taurino) T. XIII N° 190 del 16 de mayo de 1927, p. 19, por lo que me parece oportuno incluir los versos que escribió aludiendo el caso, uno de los colaboradores de tan recordada publicación y que se firmaba como “Clo-Chano”, no sé si aludiendo a Gregorio Corrochano que ya publicaba con regularidad en las mejores ediciones taurinas españolas y que eran conocidas por los viejos aficionados mexicanos de hace casi un siglo. No puedo dejar de incluir las dos oportunas caricaturas que “Manolín” otro más de los del equipo en aquel semanario quien con sabrosa ironía dijo lo suyo.

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Aquí las dos caricaturas:

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Los apuntes complementarios corresponden al quehacer de Carlos Ruano Llópis y no tienen absolutamente nada que ver con la línea de humor aquí planteada.

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