Archivo de la categoría: EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XX

EN 1997 SE EXPIDE UN NUEVO REGLAMENTO TAURINO.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821), p. 147. Archivo General de la Nación, Ayuntamientos, Vol. 16; Bandos y Ordenanzas, 7, Nº 88. México, noviembre, 1769.

   Hace cerca de 250 años, entraban en vigor nuevas disposiciones con las que se pretendía regular el espectáculo taurino novohispano. Seguramente, la autoridad reaccionó ante el hecho de cubrir una serie de necesidades que fueran delineando de mejor manera no solo el festejo en su parte técnica, sino administrativa también, pues se habían creado alrededor de la organización, diversos intereses, entre los cuales se encontraba el nada despreciable factor crematístico.

   Había que cobrar las entradas, pagar honorarios, ganados, utensilios, materiales. Realizar gastos de imprenta y otros servicios, cuya información además, quedaba perfectamente desglosada en “cuentas de gastos”. Así que echada a andar la maquinaria del o los festejos, fuese por razones religiosas (en apego a las “fiestas de tabla”), o debido a motivos “solemnes” o “repentinos”; incluso académicos, el hecho es que operaba todo un proceso encaminado a materializar el desarrollo de los festejos mismos.

   Respecto al AVISO AL PÚBLICO fechado el 18 de noviembre de 1769, este contenía la siguiente información:

“Para los días lunes y jueves de las siguientes cuatro semanas están dispuestas las OCHO CORRIDAS DE TOROS que por ahora se ha dignado conceder el Exmo. Sr. Virrey con designio de invertir sus productos en varios fines de beneficio público. Los toros que en ellas se lidiarán son de las famosas toradas de HIERRO y Yeregé, siendo los de la primera de seis a nueve años de edad.

   “Torearán a caballo Cristóbal Díaz, andaluz; el Cuate; el Capuchino; José Porras; Santiago Gándara; y Reyna, a todos los cuales da la plaza caballos; y de a pie serán dos cuadrillas de los más selectos, capitaneada la una por Tomás Venegas y la otra por Pedro Montero, ambos sevillanos.

   “Para gobierno de los que vayan en coche a la plaza, y a fin que lo prevengan a sus cocheros se advierte: que el Puente de Palacio y calle de la Merced son los únicos parajes por donde las respectivas centinelas permitirán entrar a la plaza los coches, como sus salidas por las bocas calles de la Acequia, Porta-Coeli y S. Bernardo, con el objeto de evitar todo embarazo y confusión.

   “Hácese asimismo saber que no se permitirá entrar coche alguno de día ni de noche dentro de la plaza, ni menos gente de a caballo, y que por lo mismo nadie deberá intentarlo.

   “Ninguna persona, de cualquiera calidad o condición que sea, a más de los toreros nombrados, entrará en la plaza a pie ni a caballo mientras se lidien los toros, ni saltará a ella de las barreras o lumbreras con ningún pretexto, pena de un año de destierro a los nobles, de cien azotes a los de color quebrado y de dos semanas de cárcel a los españoles; y ninguno, bajo las mismas penas, será osado a picar a los toros desde dichos parajes con espada, garrocha, picas o jaretas, ni entrar a la plaza a vender dulces, pasteles, bebidas ni alguna otra cosa. Y no obstante que todo lo dicho se hará saber por bando que será publicado en la misma plaza cada día de corrida antes de empezarla, se advierte también en este cartel para que nadie pueda alegar ignorancia”. Facsímil reproducido por Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. fots., p. 147.

   De ese modo, las corridas de toros, y ya durante el siglo XIX estuvieron bajo la mirada de la autoridad, la cual notoriamente permisiva (los recursos legales a su disposición eran mínimos), permitió el curso de las mismas.

   Es cierto. Predominó el relajamiento, y sobre todo una independencia que consiguió darle al espectáculo síntomas de libertad, por un lado. De creación y recreación por otro, hasta alcanzar estaturas de lo increíble y fascinante.

   Disposiciones como las de 1815, 1822 o 1851 no fueron más que tibios propósitos que intentaron acercar a la tauromaquia por el sendero del orden.

   Fue hasta el año de 1886 cuando se redactó el primer “Reglamento para las Corridas de Toros” del que se tiene conocimiento, mismo que contemplaba las “Obligaciones de LOS PRESIDENTES y las de todos los que toman parte en el espectáculo”. Esto en Toluca, estado de México. Quien se encargó de redactarlo fue Julio M. Bonilla Rivera, entonces reconocido director del semanario El Arte de la Lidia.

   Para 1895 entra en vigor el que puede considerarse como primer reglamento taurino en la ciudad de México, elaborado ya para la tauromaquia que se practicaba por entonces, misma que había superado las condiciones inestables de aquel espacio secular. Los intentos por aplicar uno desde 1888 no prosperaron, de ahí que la fiesta entrara en una etapa caótica, enfrentando diversas prohibiciones debido entre otras causas, al pésimo juego de ciertos encierros o la mala actuación de otros tantos espadas, lo cual originó comportamientos radicales por parte del público que llegó a destruir o quemar parcialmente más de una plaza de toros.

   Luego, se aplicaron otros tantos, como el de 1923, 1940, 1946 y el de 1953. Vino también el de julio de 1983. Todos ellos iban adaptándose a los tiempos que corrían, pero sobre todo a los requerimientos y necesidades obligadas por el uso indebido o la interpretación que, por conveniencia fueron realizando actores, protagonistas, e incluso autoridades que no tuvieron otro remedio que adaptarse a los intereses de quienes encontraron forma de violentar la ley.

   Como toda disposición legal, los reglamentos también se sujetaron a cambios y modificaciones. Pero también era necesario renovarlos, ponerlos al día. Con ese motivo, recordamos que hoy, hace 21 años, precisamente el 16 de mayo de 1997, el entonces Presidente de México, Ernesto Zedillo Ponce de León expidió el Reglamento Taurino para el Distrito Federal que, por sus características ha sido modelo en otros tantos sitios del país, para resolver, a nivel estatal o municipal todo aquello que aplica directamente sobre los espectáculos públicos. En particular, los festejos taurinos.

   Tal instrumento sigue vigente con las últimas adecuaciones de febrero de 2004. Lamentablemente existe un conjunto de artículos que no se aplican en la realidad, sobre todo porque el Juez de Plaza, máxima autoridad en la plaza, no cuenta con el debido respaldo, tanto a nivel delegación política como de la Jefatura de Gobierno.

   En muchas ocasiones hemos sabido que este controvertido personaje no puede poner en valor, ni tampoco imponer la “autoridad de la autoridad”, por lo que de ser la máxima autoridad, pasa a ser, mera pieza decorativa. Por lo tanto, conviene devolverle al Juez de Plaza y todos sus apoyos (juez de callejón, médicos de plaza y sobre todo a veterinarios) la capacidad de decidir, resolver y pronunciarse siempre en la correcta aplicación del reglamento.

Así, quienes tienen privilegios, y consideran que la autorregulación es lo mejor, lo ignoran hasta el punto de cometer infracciones que por sí solas, habrían sido motivo de fuertes y ejemplares sanciones.

   En nuestros días, el Reglamento Taurino requiere ajustes, pulimentarse, pero sobre todo adaptarse a ciertas circunstancias que vendría muy bien discutir, relacionadas sobre todo con la presencia del ganado. La permanente sospecha de que no son presentados con la edad apropiada, y más aún cuando no hay forma de comprobarlo gracias al examen “post mortem”, sigue causando marcadas dudas.

      También se encuentra pendiente una profunda revisión al capitulado de la lidia.

   La incorrecta forma en que se realiza la suerte de varas, el desorden o “herradero” que suele haber con frecuencia durante el segundo tercio (el de banderillas) y luego el uso de trebejos como la espada o el descabello (pinchazos, desaciertos y tiempo transcurrido), hacen que se reflexione seria y profundamente sobre los mejores procedimientos que deben imponerse en esta sola observación.

   Las anteriores, son apenas una pequeña razón del porqué se necesita una puesta al día, de conformidad a los tiempos que corren buscando eliminar factores que siguen despertando sospecha y suspicacia entre los contrarios, así como el malestar natural entre los propios aficionados que merecemos desde luego, la mejor representación posible de un festejo taurino.

   He ahí un enorme compromiso, con objeto de encontrar la mejor imagen posible del espectáculo taurino en nuestros días.

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XAVIER CAMPOS LICASTRO, TODO UN PERSONAJE.

EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Fotografía: col. del autor, con un retrato del fotógrafo Negrete.

   Este día toca recordar al Dr. Xavier Campos Licastro (ciudad de México, 25 de abril de 1920-30 de mayo de 2005), al cumplirse 98 años de su nacimiento.

   Digno ejemplo de un profesional que comenzó sus labores en 1943, desde su paso por los hospitales más modestos, como la “Cruz Verde” o el “Rubén Leñero”, hasta otros tantos de encumbrado renombre.

   Profesor en varias instituciones universitarias, también fue integrante de diversas Sociedades, tuvo a bien darle forma a un caro anhelo: crear la Sociedad Internacional de Cirugía Taurina durante 1974 en la que, con los años, se convirtió en Presidente Honorario Vitalicio. Su labor acumula varias páginas y a ellas los reconocimientos, nacionales e internacionales. Como fruto de las casualidades, sucede su acercamiento al mundo de los toros, del que ya no se separará. Dedica a este gremio gran parte de sus esfuerzos a la atención y cura de heridos en sus distintas escalas. Allí están, en la memoria los esfuerzos que entregó para salvar vidas como las de Antonio Lomelín o “Manolo” Martínez.

   En 1976, y con motivo de un viaje a España para participar en uno más de los Congresos de Cirujanos Taurinos, hubo un momento en que el Dr. Guillermo Jiménez Olaya, Jefe de los Cirujanos Colombianos, se paró y dijo: “Deseo pedir a todos que declaremos al Dr. Xavier Campos Licastro como el mejor Cirujano Taurino del mundo.

   “Quedé anonadado –recuerda Campos Licastro-, creí que Guillermo había dicho demasiado, no quería ni levantar la vista, no sabía cómo tomarían eso aquellos nuestros anfitriones; sin embargo, levanté la vista y fue mi más grata satisfacción el ver a todos los cirujanos, principalmente a los españoles, de pie y aplaudiendo. Creo que ese ha sido mi momento de mayor felicidad en la cirugía taurina. Había triunfado en Madrid, nada menos”.

   Fue autor de tres célebres libros: Traumatología Taurina (1974), Mi uniforme blanco (1984) y Sólo… cincuenta años de operar toreros (1997), donde despliega su conocimiento, y pone en valor los casos más notorios que pasaron por sus manos, incluyendo anécdotas, recuerdos; e incluso buenos y malos momentos que todo profesional experimenta a lo largo de su vida.

   Puso en práctica nuevas técnicas que cambiaban el sentido de las intervenciones quirúrgicas las cuales, en sus comienzos causaron polémica y hasta desacuerdo entre aquellos toreros que por años se sometieron a heridas de “guerra”.

   En otros tiempos, y con eminencias como Javier Ibarra o José Rojo de la Vega, se practicaba una técnica quirúrgica basada en el retiro de tejidos necróticos, reparaciones de músculos, aponeurosis, vasos sanguíneos, arteriales y venosos, drenajes rígidos a través de la herida por cuerno de toro y diferir el cierre de las mismas por temor a la gangrena gaseosa. Campos Licastro por su parte la renovó aplicando métodos que consistieron en la incisión o excisión (técnica de Frederich), es decir, recortando los bordes traumáticos de la herida por cuerno de toro para hacerla herida quirúrgica), y cerrando la “cornada” de primera intención con puntos de sutura, dejando drenajes suaves por el contra abertura con penrose.

   Ese quehacer, de tanto practicarlo, logró crear confianza y ponerse en las manos del eminente cirujano significaba certeza y garantía.

   Evidentemente fue un personaje que, al ocupar un sitio que quedaba en la atención de todas las miradas, creó un halo de protagonismo que originó opiniones en pro y en contra.

   Pero lo hecho, hecho está y hoy, a 13 años de su muerte, es de agradecer la construcción de diversas instituciones que, desde luego necesitan consolidarse, sobre todo ante hechos tan lamentables como los ocurridos el domingo pasado en Pachuca, Hidalgo.

   Y es que la opinión de varios amigos que asistieron al festejo me llega con toda la fuerza de su indignación.

   Mira, me dijeron, la enfermería se encontraba en auténtico estado de desolación, sin los implementos básicos e indispensables para atender un caso de emergencia, sobre todo con un cartel de ocho toros, en dos de los cuales intervinieron forcados”.

   Entonces, todavía con más dudas me dijeron “Si los toros para el rejoneador estaban arreglados, ¿con el resto pasaría lo mismo? El hecho es que en el burladero de los “Médicos Taurinos”, sólo estuvieron presentes varios paramédicos, y sólo había una persona con bata blanca, aunque ignoramos si había o no alguna ambulancia disponible”.

   “Podrán darnos una razón honesta tanto el juez de plaza, como las autoridades estatales; e incluso la empresa debido a la notoria ausencia de los médicos de plaza -terminaron de comentarme-, pues consideramos que en eso hubo un extraño proceder que solo afecta a los toreros, pero que reduce la calidad, minimizando los esfuerzos que día con día se hacen para recuperar la imagen en el espectáculo de los toros”.

   Retomando el motivo de esta efeméride, diré que estamos ante el Dr. Xavier Campos Licastro, médico eminente que dejó una estela de recuerdos y una escuela que debe seguir siendo ejemplo de cómo, ese humanismo es capaz de salvar vidas. Vayan para él y a todos los que eligieron tan hermosa vocación, los máximos reconocimientos.

   Hoy día, personajes como el Dr. Jorge Uribe Camacho quien continua al frente del Capítulo Mexicano de la Sociedad Internacional de Cirugía Taurina, con un trabajo constante, sobre todo atendiendo los servicios médicos de la Asociación de Matadores de Toros, Novillos, Rejoneadores y Similares. Lo anterior, permite seguir velando por la salud de sus agremiados, así como de la revaloración que supone el digno papel profesional de los médicos taurinos en todas las plazas de toros de este país. Tan es importante el juramento de Hipócrates, básicamente por el fundamento ético con profundas obligaciones morales que contiene, como por su ejercicio abierto a todos los pacientes que llegan a sus manos, en especial, los toreros.

   Vaya nuestro testimonio de reconocimiento al Dr. Xavier Campos Licastro.

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HOY, 14 DE MARZO RECORDAMOS A D. MANUEL HORTA, A 35 AÑOS DE SU DESAPARICIÓN.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

Obra y autor.

   Manuel Horta (1897-1983) escritor de fina pluma, pronto siguió la ruta de algunos autores neocolonialistas como Artemio de Valle-Arizpe, Julio Jiménez Rueda o Manuel Romero de Terreros que, al amparo de maestros como Vicente Riva Palacio (Monja casada, virgen y mártir o Martín Garatuza), Luis González Obregón (Croniquillas de la Nueva España, Las Calles de México y otras), que en conjunto dejaron los últimos alientos literarios de una época aparentemente superada, pero que aún poseía valores tan abundantes, lo cual hacía imposible abandonar tan interesante como polémico periodo histórico.

Creador de obras como Vitrales de Capilla (1917), Estampas de antaño (1919), El tango de Gaby (1919), El caso vulgar de Pablo Duque (1923), Vida ejemplar de D. José de la Borda (1928), Estampas de antaño (1942), Ponciano Díaz. Silueta de un torero de ayer (1943), Siluetas en la neblina (1977) y Patio de cuadrillas. Antología de la prosa taurina de Manuel Horta (1988), el recordado autor urde en personajes que entre la leyenda o la anécdota construyeron diversos pasajes coloniales y que su prosa supo darles el giro literario apropiado, con lo que esas historias alcanzaron niveles de auténticas cancioncillas, como concebidas para un cancionero, a la manera de los villancicos de sor Juana Inés de la Cruz.

Y Horta no solo tuvo ese delicado empeño, sino que también fue un reconocido periodista. De nuestro personaje, de quien por cierto está pendiente una mejor biografía, así como recoger todas aquellas publicaciones donde colaboró no solo bajo la idea de concebir textos con el abanico abierto de los temas virreinales, hay mucho que escribir. También fue cronista en la cosa taurina, por lo que se conocen evidencias suyas publicadas en Revista de Revistas, de la que fue director en los años cuarenta del siglo pasado o La Lidia. A lo anterior, debe agregarse la conocida biografía que escribió en torno a Ponciano Díaz, a quien no alcanzó a ver, pues Ponciano muere en 1899. Sin embargo, fue tan notoria la estela de recuerdos que dejó el de Atenco en el imaginario colectivo, que aquello se convirtió en suficiente materia para realizar el libro mencionado.

En Ponciano Díaz. Silueta de un torero de ayer, al igual que lo hizo Armando de María y Campos en Ponciano, el torero con bigotes, la publicación de ambas, fruto de la casualidad, se dio en 1943. Los intentos de concebir el perfil del ídolo popular, llevaron a dichos autores, y a Horta en particular, a escribir una aproximación sobre Díaz Salinas, de quien destaca más lo anecdótico que lo concreto en sus acciones en las que como es circunstancial al hombre, asoman aciertos y errores. Pero lo más importante, es que gracias a los notables triunfos que cosechó el torero, ello sirvió en buena medida para que Horta recreara diversos pasajes, como es el caso de la célebre inauguración de la plaza “Bucareli”, hecho que ocurrió el 15 de enero de 1888.

El que fuera también cronista taurino en Excelsior, poco a poco fue dejando un legado que si lo apreciamos con intención de conocer su estilo tan cerca como sea posible, entenderemos que quien lo hizo fue un escritor de altos vuelos, quien se cultivó a la sombra de la “crema y nata” de grandes autores mexicanos y universales.

Ponciano Díaz (…), el libro del que vengo mencionando algunos de sus más notables detalles, mereció ser reeditado en 1980 por el gobierno del estado de México, bajo la égida de Mario Colín, entonces Director del Patrimonio Cultural y Artístico. Reconoce Colín las virtudes de Horta al punto de que se pueden encontrar algunos datos biográficos más de don Manuel, quien fue hijo de D. Aurelio Horta, quien también fue periodista, y de que antes de saltar a la fama como el gran autor que fue, tuvo oportunidad de colaborar en revistas como Arte y Letras, Ilustración Nacional, Tricolor, Album Salón, Roo y Gualda, así como de los periódicos El Heraldo de México y Excelsior. También lo hizo en Jueves de Excelsior, de la que todavía seguía siendo su director en 1980.

Hay otro libro que es una maravilla y que se recomienda ampliamente. Me refiero a Siluetas en la neblina, aparecido en 1977 y que, para los estudiantes en ciencias de la comunicación de cualquier escuela destinada a preparar a futuros periodistas, debe ser obra de consulta fundamental, pues uno a uno los textos que allí aparecen, se convierten en auténticas lecciones sobre el oficio que llevan a cabo estos profesionales. Ha sido un libro cuya lectura y relectura hago desde hace muchos años como si fuera la primera vez; y siempre me deslumbra. Las caricaturas y apuntes de Freyre son geniales.

Es una pena que personajes como el que hoy se recuerda, vayan siendo olvidados por las nuevas generaciones y es un buen momento para recuperarlos en justo homenaje de su paso por este mundo.

En torno a los toros, poco a poco esa labor con la que se salva del ostracismo a plumas reconocidísimas, permite compartirles el hecho de que ya se tienen datos muy importantes sobre Carlos Cuesta Baquero, Flavio Zavala Millet, Luis Spota, Renato Leduc, Josefina Vicens, Esperanza Arellano, Roque Armando Sosa Ferreyro, sin faltar dos, que siendo españoles, es posible redescubrir una luminosa trayectoria en dicho oficio. Me refiero a José Alameda y Manuel García Santos.

Y cierro esta ocasión, con las notas introductorias que Manuel Horta escribió en su ya célebre Ponciano Díaz. Silueta de un torero de ayer, evocando de alguna forma cómo se concibió dicho libro.

“… desde tempranísima edad, escuche ese nombre. ¡Ponciano Díaz!… ¡Ponciano Díaz!… Yo hubiera deseado entonces tocarlo como a un juguete, arrancarle un bordado de la chaquetilla o que me permitiera divertirme con su sombrero de charro en el que las mejores bordadoras del siglo diecinueve dejaban arabescos y flores de oro a costa de un heroico trabajo cerca de las velas parpadeantes”.

Y luego, al andar de esta descripción primera, Horta comparte con nosotros el siguiente detalle:

“…nada como aquel retrato de Ponciano litografiado, y en posición de entrar a matar. Yo lo soñaba con la montera historiada, la corbatilla flotante, los alamares de amarillo cegador, la faja de seda y las medias de saltimbanqui. No hubiera yo podido concebir más sugestivo y atrayente. Era una estatua, un compendio de majestad y valor, de señorío y de elegancia”.

Nunca mejor oportunidad para recordar a Manuel Horta.

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SILVERIO, “TANGUITO” Y LA FAENA MODERNA.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 

Silverio Pérez en un momento de intensidad durante su faena a “Tanguito” de Pastejé. Plaza de toros “El Toreo”, 31 de enero de 1943. Año I, N° 11, 5 de febrero de 1943. Fotografía: Luis Reynoso.

   Los taurinos solemos hacer “sobremesa” luego del último festejo y, en torno a una buena taza de café, nos explayamos hasta alcanzar la polémica o la evocación. En esta última, suelen convertirse en tema esos viejos toreros que jamás vimos en la plaza –me refiero a Rodolfo Gaona o Silverio Pérez-, por ejemplo.

   De este último, nos remitimos a las referencias que suelen convertirse hasta en lugares comunes, lo que no siempre viene a resultar el mejor de los balances, pues no se obtienen demasiadas apreciaciones, siempre necesarias para ampliar nuestra profundidad de campo.

   Precisamente hoy, hace 75 años, Silverio Pérez logró materializar uno de los capítulos más notables en la historia reciente del toreo, triunfando rotundamente frente a “Tanguito” de Pastejé, lo cual representó la construcción de un paradigma, de un antes y un después. O, para decirlo de una sola vez, como el asentamiento del traído y llevado toreo con estilo mexicano. La jornada del 31 de enero de 1943 significó también para ventilar una interesante polémica, la que sostuvieron el joven Flavio Zavala Millet y el entonces decano de la prensa taurina en el país, Carlos Cuesta Baquero.

   Publicada en el semanario La Lidia, dicha tribuna fue espacio para que Paco Puyazo y Roque Solares Tacubac y cada quien con su alias, saliera en defensa de dos posturas o visiones provocadas por la faena del texcocano. El primero representaba por entonces, la visión del nuevo aficionado, en tanto que el segundo se mostraba como defensor del pasado, evocando cuanto de lo clásico poseía, a sus ojos, la tauromaquia.

   Cada uno presentó argumentos. Paco Puyazo defendió la moderna expresión que se concretaba en el trasteo silverista, matizado además de un sello propio y esencia que olía a puro mexicano. Roque Solares Tacubac elogió también aquella gesta, aunque le restaba méritos pues era un atrevimiento haber hecho cimbrar los templos clásicos del toreo que vio siempre en columnas como Lagartijo y Frascuelo.

   Pero tal toreo, después de esos dos grandes, evolucionaba.

   Ambos personajes defendían y argumentaban sus posturas, en tanto que los lectores aprendieron semana a semana una apasionante disección teórica que alcanzó niveles pocas veces visto, sobre todo porque se trataba, como ya se dijo, de una auténtica polémica.

   Total, y dada la extensión que alcanzaba aquella confrontación, puedo concluir que se trató del primer gran análisis hecho al toreo nacional personificado en la figura de Silverio Pérez que marcaba el fin de una época y el comienzo de otra, donde la tauromaquia mostraba los nuevos cambios dirigidos hacia el decoro de faenas forjadas con ese estilo propio donde el toreo ralentizado, de larga duración en lances y pases; así como de la exposición que por añadidura daban los diestros. Ello finalmente logró que las siguientes generaciones de toreros afinaran y definieran tal interpretación, hasta alcanzar los grados de pureza que hoy día son muestra evidente de esa evolución.

   No quiero terminar, después de esta revisión, sin antes referirme a la célebre reseña que escribió Carlos Septién García el Tío Carlos, publicada en Crónicas de toros, libro que publicó JUS en 1948.

   Con esta crónica -¡señora crónica!-, basta y sobra, y creo que en buena medida puedo afirmar que se trata de la mejor de todas las reseñas que hasta ahora he localizado. Un verdadero modelo a seguir.

   ¡Genial de toda genialidad!

   Lo que nos viene a contar a quien también conocemos como “El Tío Carlos” es el resultado de una visión contemplativa inmejorable. Sin afán de limitar el contenido de ese texto impecable, bien vale la pena centrarnos en la obra de Silverio a “Tanguito”.

   Para empezar, el solo hecho de encontrar un comparativo con la figura de Domeniko Theotokopoulos remarca el sentido y significado de los personajes que “El Greco” supo plasmar con estilo propio y que hoy son un referente de la pintura universal. Y es que para atreverse a tamaño atrevimiento es porque con

el toreo de Silverio al quinto se cumplió real y verdaderamente [alcanzar] el terreno de la fantasía. Allí donde nada tienen que hacer las leyes físicas; donde todo es libertad radiante de creación y desarrollo. Allí donde, desaparecidas las limitaciones de la dimensión, se desenvuelven suntuosamente libres, esas cosas admirables que son los sueños, los cuentos de hadas y las obras del genio. Allí donde es posible –con tremenda sencillez- que un castillo se derrumbe ante el conjuro de un niño, que una fresca muchacha duerma trescientos años seguidos, que un poeta arrebate la esencia de las cosas, o que un torero toree con las entrañas.

   Y eso es lo que hizo y produjo Silverio Pérez con la faena a “Tanguito”. Hasta aquí, por cierto, “El Tío Carlos” no tuvo ningún empacho en hilvanar lo que una crónica a secas podría decirnos, justo cuando nos enteramos de cuántos pases, remates u otros recursos fueron necesarios para construir su labor. A los ojos de Carlos Septién eso no era necesario. Los adjetivos superlativos con que construyó su texto dan al quehacer texcocano la suficiente razón para entender, desde otras dimensiones, la estatura de la obra, pues llegó a entender, como lo dice más adelante:

   Y así toreó Silverio Pérez. Trastornando las actuales dimensiones del toreo. Acortando hasta el último límite las distancias entre toro y torero. Ensanchando hasta lo increíble en uno y otro sentido el espacio en que el toro podía ir prendido en la muleta. Alargando hasta lo inverosímil el tiempo de dilación de un lance o de un pase. Haciendo por tanto un toreo diferente en temple y en terreno, en tiempo y en espacio.

   Con esta idea fundamental, el autor de Crónicas de Toros nos revela un factor relevante, pues percibe que la faena silverista estaba alcanzando la verdadera cima de un cambio en el significado de lo que para entonces representaba el toreo, y ese cambio se convirtió en la vuelta de tuerca en una época que veía pasar, por primera vez una nueva expresión generacional e interpretativa, la de una faena mutante, que se renovaba en sí misma para convertirse en otra cosa; con la aplicación de un tiempo que ya no era el de un toreo primitivo, sino plena y naturalmente moderno.

   Por tanto, no es casual que al terminar de dar su balance sobre el desempeño de Silverio, “El Tío Carlos” terminara sentenciando:

   En la base del toreo de Silverio se halla la pureza de su escuela. En la cumbre, su inmensa capacidad estética, “alquitara de siglos” de raza. En el trayecto hay un estadio diferente que fue Peluquero [faena que realizó el 22 de marzo de 1942 en el mismo escenario]. El novillero Silverio fue el lento y apasionado aprendiz de lo clásico. Silverio el de Peluquero fue el mestizo dramático que hubo de vencerse a sí mismo para triunfar; Silverio el de Tanguito es el artista que, dominada la técnica, vencida la angustia, encuentra en el arrebato la expresión de un sentido único, entrañable, del toreo.

   Y, como en el caso de “El Greco”, hasta que el célebre artista pudo dominar la paleta de colores, imponer un estilo propio y tornarse genial, es que pudo ganar la gloria a fuerza de un empeño donde quedaba demostrado como impronta, aquel arte imperecedero. Por eso al descubrir un caso semejante en Silverio, es que quienes tendrían legítimo derecho a opinar, como es el caso de Septién García, y el resto, es decir toda esa legión de aficionados que a su vez forjaban una propia opinión al respecto también. El hecho es que se alcanzaban límites no concebidos en el toreo de una figura que se emparentaba con todo ese significado de lo nacional, justo en épocas que seguían buscando recuperar ese significado que, en buena medida se alteró por obra de la revolución armada. Si bien, los tiempos postrevolucionarios tuvieron entre sus preocupaciones las de recuperar las raíces, donde estaban elementos fundamentales como la música, o la literatura, por ejemplo, el hecho es que Silverio desde la tauromaquia, también se encargó de aportar todos estos componentes que permitieron identificar al toreo como una interpretación más nacional que mestiza, aunque complementarias al fin y al cabo.

   Por último, Septién García parece etiquetar lo que para nosotros sigue representando hasta hoy como la “escuela mexicana del toreo”. Así como en España se consideran fundamentales la “Escuela rondeña, o la “sevillana” (sin hacer menos algunas más que han encontrado similar calificativo), el hecho es que identifica lo mexicano en Silverio de la siguiente forma:

   Con este Silverio Pérez, producto de un pueblo al que se le han negado y obstruido todos los caminos de lo heroico excepto el del toreo, se inicia la época del toreo como fantasía. Y la escuela mexicana paga con creces su deuda al toreo universal entregándole el mensaje de este indio de Texcoco largo, huesudo, desangelado y genial.

   Pues bien, lo que al principio del siglo XX hubo de comenzar otro “indio”, y me refiero al mismísimo Rodolfo Gaona, Silverio –“indio de Texcoco-, y también de la misma raza, lo culmina en términos de perfección y hondura que calaron desde entonces y hasta hoy, donde solo nos llega, tan fresca como es, esa fragancia, la de un toreo, en el que sus distintos intérpretes han procurado mantener la esencia, el significado de todo ese largo proceso de madurez.

   Las batallas de Gaona y Silverio se tornaron conquista, y lo hicieron para elevar el toreo a órdenes universales.

 

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HOY RECORDAMOS A JOSEFINA VICENS, AL CUMPLIRSE 29 AÑOS DE SU DESAPARICIÓN.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 JOSEFINA VICENS: DETRÁS DE LA EXCELENTE NOVELISTA, UNA GRAN AFICIONADA A LOS TOROS.

Aquí tienen ustedes a Josefina Vicens junto a una de sus creaciones literarias: Torerías. Col. del autor.

   La vida de Josefina Vicens se aglutina en escasas, pero no por ello, notables producciones literarias. El libro vacío (1958) es su obra mayor. Los años falsos (1982) completa el trabajo novelístico. “Petrita” un cuento y los guiones cinematográficos “Los perros de Dios”, así como “Renuncia por motivo de salud” la colocan en un sitio exclusivo entre los grandes creadores del siglo XX en México.

Su caso es muy parecido al de Juan Rulfo, quien con dos obras mayores: Pedro Páramo y El llano en llamas tuvo a bien convertirse en referente de la literatura nacional a partir de 1953 y 1955, años en que se publicaron esos dos libros por primera vez, respectivamente

En apretada biografía podemos anotar que Josefina Vicens nació en Villahermosa, Tabasco el 23 de noviembre de 1911. Mujer inquieta como pocas logra abrazar las causas sociales siendo decidida su participación a favor de los derechos humanos; en el Departamento Agrario, en la Confederación Nacional Campesina y luego como cineasta, por lo que ocupó la presidencia de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas. También fue miembro vitalicio del Sindicato de la Producción Cinematográfica. Muere el 22 de noviembre de 1988.

Solo por explorar un pequeño pasaje de El libro vacío -antes de pasar a describir una actividad poco conocida en ella- vale la pena dejarnos llevar por el vértigo de su emoción al escribir; emoción que proyecta en José García, el protagonista de la obra:

Mi mano no termina en los dedos: la vida, la circulación, la sangre se prolongan hasta el punto de mi pluma. En la frente siento un golpe caliente y acompasado. Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una alegría urgente. Me pertenezco todo, me uso todo; no hay un átomo de mí que no esté conmigo, sabiendo, sintiendo la inminencia de la primera palabra. En el trazo de esa primera palabra pongo una especie de sensualidad: dibujo la mayúscula, la remarco en sus bordes, la adorno. Esa sensualidad caligráfica, después me doy cuenta, no es más que la forma de retrasar el momento de decir algo, porque no sé qué es ese algo; pero el placer de ese instante total, lleno de júbilo, de posibilidades y de fe en mí mismo, no logra enturbiarlo ni la desesperanza que me invade después.

   Y bien, ¿de qué actividad poco conocida estoy hablando?

Resulta que Josefina Vicens, allá por los años cuarenta firmaba colaboraciones en Sol y Sombra y Torerías como PEPE FAROLES. ¿Cronista taurina? Ni más ni menos. Y no sólo eso. Ocupó la dirección general de Torerías, revista que se codeaba con La Lidia o El Redondel, por ejemplo.

Josefina mantuvo en su revista una línea crítica, con un formato que iba en semejanza con La Lidia, publicación de la que era director Roque Armando Sosa Ferreiro, teniendo entre su grupo de colaboradores al recordado Dr. Carlos Cuesta Baquero.

La Vicens supo aprovechar –hasta donde alcanzó la existencia de Torerías-, para desplegar sus conocimientos en materia taurina, pero sobre todo para convertir esa trinchera en una publicación que reflejara un punto de vista distinto, el que por género per se, estaba tremendamente limitado. De ahí el uso masculino del seudónimo.

Torerías sustentaba su contenido en noticias taurinas, complementadas por las de espectáculos y variedades, sin faltar un amplio despliegue de secciones fotográficas y hasta de caricaturas. Sin embargo, Josefina Vicens no mostró ambición en cubrir secciones importantes. Reducía su actividad a notas cortas donde establecía su opinión sobre los hechos del momento y sus protagonistas. Además, de vez en vez publicada alguna interviú acompañada del reportaje gráfico donde el fotógrafo buscaba no excluirla, haciéndola aparecer junto a sus entrevistados.

Uno de esos episodios, fue aquel donde con difíciles posibilidades pudo entrevistar al que era el empresario de la capital. Me refiero a Antonio “Tono” Algara, a quien un incómodo cuestionario lo ponía en difícil posición, lo que sirvió para que este personaje recibiera con muchos inconvenientes a “Pepe Faroles” y más aún le respondiera de no muy buena manera. Este quehacer recuerda el que luego ha sido todo un oficio en manos de Elena Poniatowska, quien parece haber recogido la enseñanza de la Vicens que como vemos, dejó escuela y un estilo ácido, visceral y hasta juguetón con propósitos de desnudar literalmente al personaje del que pretendía obtener un perfil para tornarlo colaboración en las publicaciones donde nuestra protagonista pudo formar parte.

Además de la rotunda presencia de Josefina Vicens, no puedo dejar de mencionar nombres de otras mujeres que legaron y siguen legando testimonios por escrito hacia la tauromaquia. Allí están los de María de Estrada Medinilla y la propia sor Juana Inés de la Cruz en el siglo XVII; o la opinión de Frances Eskirne Inglis, Madame Calderón de la Barca casi al mediar el XIX. Y en estos tiempos más recientes, los de Elia Domenzain, Lucía Rivadeneyra, Natalia Radetich Filinich o Mary Carmen Chávez Rivadeneyra, por mencionar los más representativos, sin que falte el de la Doctora en Historia María del Carmen Vázquez Mantecón, quien en los últimos años ha hecho una gran aportación bibliográfica y de investigación en torno al tema de la fiesta taurina en nuestro país.

Aficionada a los toros, Josefina Vicens supo luchar en momentos de difícil apertura a favor de la mujer y tan lo logró, que se hizo cargo de la publicación ya mencionada. En aquel entonces sobresalían junto a ella Esperanza Arellano “Verónica” y Carmen Torreblanca Sánchez Cervantes. PEPE FAROLES es el seudónimo que ocultaba a Josefina Vicens, futura creadora que logró alcanzar alturas insospechadas. ¿Por qué emplear ese sobrenombre como lo hizo en su momento la monja jerónima Juana Inés de la Cruz, al tener que asumir y constreñirse a los dictados que estableció una sociedad masculina con objeto de ingresar a la Universidad?

Josefina Vicens mantuvo la idea de que los toros es una actividad metafísica en la que el hombre se atavía con todo lujo y se prepara a encarar su cita con la muerte. Muerte es aniquilamiento, muerte es la danza de una belleza efímera llena de precisión, donde además, se juega con ella para salvar la vida. Por eso, la síntesis de la tauromaquia que ella pudo ver está en la vida que se matiza de riesgos y de una temeridad que quizás iba en armonía con su forma de ser.

María del Carmen Vázquez Mantecón: Cohetes de regocijo: Una interpretación de la fiesta mexicana. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2017.264 p. Ils. (Historia general, 35).

No acabo todavía de imaginar que los toros, con todo el significado masculino que ostenta y alterado por valores machistas y hasta misóginos dejara lugar para una mujer inteligente, que supo enfrentar el riesgo, y además demostrar que no cedía un ápice en sus esfuerzos por demostrar su afición hasta los extremos ya vistos en esta pequeña retrospectiva inédita de su vida.

He aquí, amables lectores, una nueva y desconocida faceta de la Vicens, mujer ejemplar.

 

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 EL 11 DE OCTUBRE DE 1903 APARECE EL SEMANARIO TAURINO “RATAS y MAMARRACHOS”.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Biblioteca “Miguel Lerdo de Tejada”. Fondo Reservado.

Hace justos 114 años, circulaba por primera vez una curiosa publicación taurina denominada así: “Ratas y Mamarrachos”, cuyo primero y único director fue, durante ocho años más, el polémico periodista Carlos Quiroz “Monosabio” (ca. 1880 – 11 de mayo de 1940).

En aquel entonces, la fiesta taurina mexicana, gozaba de una buena cantidad de periódicos y semanarios dedicados a juzgar dicho espectáculo, con lo que la aparición de una más, representaba no un exceso propiamente dicho, sino la posibilidad de contar con nuevos elementos para enriquecer la contemplación hacia la diversión misma.

El primer número que da motivo a las presentes notas, refiere la aparición de un jocoso semanario de ocho páginas. Con respecto al nombre del título, su primer editor y propietario Ángel Vega señalaba que los toros que se lidiaban en nuestro país eran “ratas” y los diestros “mamarrachos”. Circulaba los domingos cuando había corrida, una hora después de terminada y cuando no había, los sábados en la mañana. Se publicaban anuncios de la temporada de la plaza de toros “México” y de la plaza de toros “Chapultepec”. Contenía secciones como: La corrida de hoy, la corrida de Covadonga de España. En sus colaboraciones se narraban historias de famosos toreros y de las actividades propias del ramo. Contenía una guía taurina de matadores y banderilleros de la época.

Entre sus propósitos expresaba que “Es costumbre en toda publicación que ve por vez primera la luz pública, que en el primer número expongan sus redactores el programa a que han de ajustar sus actos, la norma que ha de regir su conducta y que manifiesten cuáles son sus aspiraciones, cuáles sus ideales.

“Siguiendo esta costumbre, el grupo de aficionados al viril espectáculo español que se han reunido a fin de sostener este periódico, sin más móvil, sin más intereses que contribuir con su grano de arena al engrandecimiento y prosperidad de fiesta tan hermosa y tan arraigada en nuestras costumbres; hacen hoy ante sus lectores, aunque sea en pocas líneas, ya que el tamaño que por ahora tiene este periódico no permite extenderse lo que desearan la protesta de rigor y al mismo tiempo ponen de manifiesto lo que ellos pueden dar de sí, y lo que esperan del público aficionado”.

…Y terminaba escribiendo:

“Los redactores de éste periódico harán lo imposible por sostenerse lo más que pueden, pero necesitan de la valiosa ayuda de la afición y eso es lo único que humildemente solicitan”.

En el volumen que se revisó, encontré un interesante texto, que no tiene desperdicio y que deja comprender el estado de cosas que se vivía precisamente en 1905, con lo que para entenderlo de mejor manera, conviene traer hasta aquí las reflexiones del propio Monosabio.

“RATAS Y MAMARRACHOS”, año IV, Nº 84 del 26 de noviembre de 1905, p. 2.

LOS PROGRESOS DEL TOREO (EL MODERNISMO EN ACCIÓN)

Haré eco a los aficionados viejos, a los que a cada momento nos repiten que todo tiempo pasado fue mejor; a los que suspiran por los tiempos de María Castaña.

Siempre que he leído algo del tiempo viejo, en que ciertos escritores nos refieren las mil y una maravillas que hacían los toreros de su tiempo, aquellos seres conjunto y dechado de perfecciones; no he podido menos de echarme a reír.

Según esos estimables ancianos, solo los toreros de su tiempo sabían lo que entre manos traían, sólo en su tiempo se sabía lidiar y ver toros… Hoy ni se lidian toros, ni hay toreros, y menos aún, son aficionados los que a las plazas asisten; son… ¡qué se yo, el nombre que les dan!

Siempre que algún escrito de esos, de tiempos que fueron, ha caído en mis manos, lo he devorado de cabo a rabo con toda atención y lo diré nuevamente: no he podido menos que sonreír cuando he acabado de leer las fantasías de tan estimables caballeros.

Reflexionando un poco, he caído en la cuenta que sus autores no inventan ni fantasean a sabiendas, no; lo dicen con toda ingenuidad y están convencidos de lo que escriben.

Únicamente, que lo ven todo bajo el prisma color de rosa de sus recuerdos: al llenar las cuartillas, acude a su mente aquella lejana época en que eran unos mocetones, cuando la sangre caldeaba sus venas y la vida les ofrecía halagüeñas esperanzas. Por eso están íntimamente convencidos, que lo de su época era mejor, porque entonces no sumaban tanto calendario, ni habían sufrido tanta decepción.

Nos dicen con toda seriedad, que todo ha decaído; que hoy no valen nada los toros, toreros, ni aficionados y hay que convenir que quienes han decaído y han venido a menos so ellos, que bajan a grandes zancadas la cuesta de la vida.

No soy de los que creen, que el toreo ha decaído, todo lo contrario. El toreo siguiendo la evolución de todas las cosas, ha progresado de manera notoria, su evolución es palpable y aunque se cree lo contrario, hoy se torea más y mejor que antaño y el arte de Cúchares se le han abierto nuevos horizontes.

El espectáculo ha sufrido una transformación en su modo de ser, se le han marcado nuevos derroteros, pero no ha decaído de ninguna manera.

¿Qué los toros de entonces eran unas Catedrales, unas verdaderas fieras indómitas por su bravura y con mayor poder que un ciclón? ¡Bah!

¿Qué los toreros de antaño eran fenómenos, propiamente dichos, prototipos del valor y la gentileza, maestros consumados en su arte y que una tarde con otra llevaban a cabo hazañas difíciles de realizar y… de creer? ¡Bah!

¿Qué hoy no son toros los que hoy se lidian, sino insectos asquerosos que si aquellos diestros se los hubieran echado, se los habrían comido de un bocado, sin paladearlos siquiera, y que hoy no tenemos toreros dignos de tal nombre, sino una colección de títeres presuntuosos, que ni para descalzar a aquellos servirían? ¡Puede!

Pero ¿quién nos asegura, que aquellos fueron realmente como nos los pintan?

 El mentir de las estrellas

Es un seguro mentir,

Porque nadie ha de ir

A preguntárselo a ellas.

 De acuerdo: aquellos aficionados, cuando nos cuentan lo que en sus mocedades vieron, no hacen más que vernos la oreja.

Pero… ¿no habrá nada de cierto en sus afirmaciones?

Sí que lo hay, y mucho.

En primer lugar, aquellos toreros, más que por interés, y menos que por nada, lo eran por afición, por la popularidad, por la gloria; por eso eran ídolos del pueblo. Por eso el pueblo los veía como cosa suya.

No eran como los de ogaño, que tan solo frecuentan el trato de los magnates, sino que como hijos del pueblo, vivían entre este, se rozaban con él, por eso el pueblo sentía sus aflicciones como cosa propia y se regocijaba con sus alegrías; porque eran suyas.

El torero de antaño era un ser desprendido, no la hormiga que atesora provisiones para el invierno; siempre pronto en tender la mano al desvalido; siempre pronto a aliviar el infortunio.

El torero antiguo, poco provisor, al pisar el ruedo no se acordaba de lo que iba a ganar, si poco o mucho, ni si por complacer a los aficionados, por arrancarles un entusiasta aplauso, podía exponerse a un percance. ¡Enteramente lo mismo que hoy acontece!

El torero de antaño no veía el toreo como un medio de obtener riqueza, lo veía más bien como un sacerdocio. Se tenía un profundo respeto y no osaba profanarlo.

En este sí hay que convenir, que se ha decaído; hoy maldito el respeto que le tienen los toreadores del día. Por eso vemos que con la mano en la cintura lo profanan y se prestan a servir de comparsas, sin tomar en cuenta su reputación ni el puesto que ocupan.

Así vimos en la corrida pasada a un torero, el de mayor y más legítima reputación, el considerado en España como el Pontífice de la torería actual (Antonio Fuentes, que había toreado con Antonio Montes en la plaza “México” de la Piedad, lidiando toros de San Nicolás Peralta semanas atrás) que no tuvo reparo en servir de comparsa a una compañía cigarrera y hasta un brindis en verso se aprendió, para ver de que el acto resultara más lucido.

Seguro estoy: si el señor Manuel Domínguez, o a Frascuelo, o a cualquiera de los toreros de entonces, va alguien a hacerles proposición semejante, no iría a Roma por la respuesta; saldría corrido y no le quedarían deseos de volver a las andadas.

Hoy, el anunciante logró sus propósitos; consiguió que el torero número uno de la actual generación, abdicara de su rango, y se convirtiera en un mercachifle, en uno de esos pobres hombres que reducidos a la última miseria se prestan a que algunos comerciantes los disfracen de mamarrachos, para ver de que se fijen de ellos y tener probabilidades de vender su mercancía.

Todavía, esos hombres desprovistos de dignidad, y que con tal de poder llevarse un trozo de pan a la boca, no vacilan en descender de su categoría de hombres e igualarse con los micos, tienen disculpa; lo hacen por necesidad, por calmar el hambre de su desfallecido estómago. Pero ese diestro no tiene disculpa; no es creíble que el cebo de una cigarrera de plata y un billete de banco lo hayan hecho igualarse con aquellos. Si fuera un pobre novillero, sería disculpable, podría creerse que el interés lo había impulsado.

El diestro anunciador, no tiene atenuantes, como no sea el poco respeto que a sí mismo se tiene, y el ninguno que le merece este público que lo acogió con los brazos abiertos desde el primer día, que lo hizo su ídolo mucho antes de que por la falta de toreros, en España lo proclamaran el número uno de la gente de coleta y lo sentaran en el sitial que un día ocuparon Lagartijo, Frascuelo y Guerrita.

Tal proceder, lo repetiré nuevamente: indica a las claras, amén de poca dignidad, que el toreo ha evolucionado, que el modernismo, le ha hecho cambiar su modo de ser y dándole otros aspectos, que el mercantilismo también lo ha invadido, y que el toreo que nos hablan nuestros abuelos nada nos resta.

Para terminar, diré con Ricardo de la Vega: Hoy las ciencias adelantan, que es una barbaridad!

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RODOLFO GAONA Y EL “PASE DEL CENTENARIO”.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El Universal Taurino, febrero 1922. Col. del autor.

La tarde del 20 de septiembre de 1921 transcurrió en medio de intensas emociones. Tal día, que cayó en martes, sirvió como telón de fondo para celebrar, por adelantado, las fiestas del “Centenario de la consumación de la Independencia”. De hecho, ya se había dado otro festejo el 11 de septiembre anterior con el mismo propósito, aunque con sus variantes en la confección de cada cartel.

Toreaba Rodolfo Gaona. Sí. RODOLFO GAONA, junto a Gregorio Taravilla Platerito y Carlos Lombardini, quienes se las entendieron con un encierro de San Diego de los Padres.

Como era costumbre, por lo menos de parte del General Álvaro Obregón, este acudió a la plaza de “El Toreo”, lo cual dio un toque solemne. Las barreras y otras partes del tendido se encontraban rematadas con los símbolos patrios, gallardetes y demás adornos que afirmaban el significado de ese estado-nación que hasta entonces era México, mismo que apenas había pasado por la reciente y dura prueba de una revolución social de grandes magnitudes… y también de grandes pérdidas. Evidentemente no podemos omitir las enormes experiencias que ese doloroso proceso dejó a su paso.

   Platerito y Lombardini cumplieron, sin más. Lo notable ocurrió con el “Indio Grande”.

Si en el primero de su lote apenas estuvo discreto, con el segundo llamado “El Moreno”, realizó la faena de la tarde. Y aún estaban por sumarse otras hazañas como las de “Sangre Azul” (14 de enero de 1923), “Revenido” y “Quitasol” (17 de febrero y 23 de marzo de 1924); “Azote”  y “Azucarero” (15 de febrero y 12 de abril de 1925 respectivamente).

Heriberto Lanfranchi la califica como de ¡Superior faena!, misma que bordó desde sus comienzos con un pase sentado en el estribo “para agregar naturales, molinetes, etc., así como una gaonera con la muleta (pase que luego habría de ser bautizado como del Centenario), y mató de 2 pinchazos y media en buen sitio”, recibiendo el premio de dos orejas. (La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. I., p. 305).

Gracias a que han llegado hasta nosotros los registros cinematográficos que se filmaron por entonces, debido a la labor de Salvador Toscano, es posible apreciar en apenas unos cuantos segundos, el prodigio de aquella faena, en la que se observa a Rodolfo en estado de gracia, realizando lo inimaginable y todo en un pequeño espacio que decidió para lo que parece una danza, un embrujo. Ahí, precisamente ahí surgió una más de sus creaciones: la gaonera, sólo que practicada con la muleta. El procedimiento es el mismo, salvo que la muleta debe tomarse de extremo a extremo del estaquillador, tal y como se puede apreciar en la imagen que acompaña las presentes notas.

Aquello fue un prodigio.

Eran los tiempos en que Gaona había alcanzado la cumbre de todas sus aspiraciones, y cuanto realizara o creara se convertía en elemento de relevancia que celebraba una afición absolutamente entregada y convencida gracias a aquel prodigio de torero.

La prensa probablemente era más cauta, pero también se entregaba en elogiosos comentarios que hacían crecer la fama de uno de los toreros que lograron una estatura que, por justa razón pervive hasta hoy. Rodolfo, tras su despedida el 12 de abril de 1925 se convirtió en referente, en modelo para toreros. O mejor aún: en torero para toreros.

Uno de los más activos integrantes de ese sector, el eminente escritor Armando de María y Campos anotó, precisamente en su libro Gaoneras el siguiente elogio:

   Rodolfo Gaona es el torero para los poetas, para los pintores, para los escultores, para todos los artistas, en una palabra. Cuando un artista, ya pintor, ya poeta, ve a Gaona frente al toro, siente vivos deseos de crear, de eternizar las actitudes gallardas y gentiles del gran torero. Juan B. Delgado, el pulido y sensible poeta mexicano, una vez estuvo en Sevilla cumpliendo comisiones diplomáticas de su carrera, y tuvo oportunidad de ver en la plaza sevillana al torero leonés. Esa tarde Gaona, triunfó entre los sevillanos, y dio tan grande tarde, que Juan B. Delgado salió trémulo de emociones a escribir un bello poema que cautivara los lances de Gaona y escribió Una tarde de toros en Sevilla, cálido elogio del arte de Rodolfo, que merece ser unánimemente conocido. Juan B. Delgado, taurógrafo de pura sangre, pone en la primera página de ese poema las siguientes líneas: “A Rafael Guerra Guerrita, a quien fui a saludar durante mi estada en la tierra de los Califas, y cuyos labios autorizados en achaques de toros parláronme larga y sabrosamente a favor de Gaona”, que no tienen comentario. El bello poema en elogio de Gaona, es, también, una viva impresión de las tardes de toros en Sevilla…

…y en otros ruedos donde quedó su impronta, la de un torero que, a casi un siglo de distancia, hoy se recuerda nuevamente, tras haber conocido este pasaje, el que evoca no solo la conmemoración cívica para un país como el nuestro, sino el momento en que su inspiración, contribuyó a enriquecer el catálogo de expresiones por y para la tauromaquia, y donde como se podrá concluir, los diestros mexicanos han sido parte fundamental en este despliegue creativo.

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