Archivo de la categoría: FIGURAS, FIGURITAS Y FIGURONES

RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA” EVOCADO DESDE LAS PÁGINAS DE EL REDONDEL.  

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Don Alberto A. Bitar, heredero por línea directa de don Abraham Bitar su padre, mantuvo –junto con don Alberto de Icaza-, hijo a su vez de D. Alfonso de Icaza- uno de los semanarios taurinos más emblemáticos. Me refiero a El Redondel. El periódico de los domingos, cuyo primer número salió publicado el 4 de noviembre de 1928, terminando de publicarse el 22 de marzo de 1987.

   Pues bien, D. Alberto A. Bitar, pasados ya muchos años, volvió a empuñar la pluma y desde hace algunos meses, nos viene deleitando cada quince días en el diario La Jornada con la que ha sido su “columna vertebral”: Puntos sobre las íes. En los últimos capítulos, ha hecho gozosa evocación de sus primeros encuentros, los que sostuvo con Rodolfo Rodríguez “El Pana”, justo en los momentos en que el entonces novillero tlaxcalteca se iba elevando en términos de popularidad luego de aquella interesante etapa que, como novillero mantuvo en la plaza de toros “México”. Eran los meses de agosto y septiembre de 1978. Pues bien, y como resultado de aquellas célebres jornadas, traigo hasta aquí el recuerdo –lamentablemente incompleto, aunque faltan algunos párrafos con los que terminó la interviú-, de esa obligada entrevista, justo en los momentos en que “El Pana” estaba causando sensación.

   Gracias a la importante colección de materiales periodísticos que reunió el señor Roberto Mendoza Torres, misma que actualmente digitalizo, documentos de enorme valor para conocer el desarrollo de la fiesta de toros en México en los últimos 50 años, es que hoy me permito compartir con ustedes uno de esos recuerdos, que provienen precisamente de las páginas de El Redondel, en su edición del domingo 17 de septiembre de 1978, página ocho y donde toda esa plana es, a la vuelta de los años, y con el peso de la reciente y dolorosa muerte de este genial torero un cúmulo de circunstancias que recuperan significados muy especiales. Tantos, que provocan la necesaria presentación de esas notas, en espera de que complementen el sentido trabajo que realiza en nuestros días, el amigo entrañable, el que un día, y seguramente por eso también mi agradecimiento como telón de fondo, me abrió las puertas de El Redondel, donde tuve a bien ser uno más de sus colaboradores.

   Sr. Bitar, “¡Va por usted!”

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La técnica fotomecánica da a la imagen un cierto aire de antigüedad muy peculiar.

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NOTA IMPORTANTE: Si no es posible la lectura, facilito el siguiente archivo PDF: entrevista-pana_el-redondel_17-09-1987_p-8

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LUIS G. INCLÁN NO SOLO ES “ASTUCIA”.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

PONCIANO DÍAZ SALINAS

Ponciano Díaz dio a la charrería un sello propio desde la tauromaquia. Fotografía colección del autor.

    Conforme avanza el programa con el que se recuerda la vida y obra de Luis G. Inclán, en el bicentenario de su nacimiento, los asistentes al mismo nos vamos dando cuenta de que Inclán está más allá de solo quedar etiquetado como el autor de la célebre novela “Astucia”, obra que por lo demás posee un valor inestimable.

   Inclán, como ya lo sabemos, fue empresario en las plazas de toros del Paseo Nuevo tanto en la ciudad de México, como en la de Puebla, donde ambos cosos llevaban el mismo nombre. Si bien su nombre nunca figuró en carteles, se sabe que actuaba en la parte correspondiente al jaripeo y coleadero, de ahí que obtuviera una fama sin igual. Inclán además fue un impresor caudaloso. En estos días, donde ya contamos con un conocimiento acerca de Astucia, El Capadero en la hacienda de Ayala, las Reglas con que un colegial debe colear y lazar, o su célebre Recuerdos del Chamberín, este inquieto personaje llegó a imprimir obras tales como: Apuntes biográficos de los trece religiosos dominicos que en estado de momias, se hallaron en el osario de su Convento de Santo Domingo (1861); El Jarabe. Obra de costumbres mejicanas, jocosa, simpática, burlesca, satírica y de carcajadas (…), escrita por Niceto de Zamacois y publicada por Inclán en 1861. En la relación de obras también se encuentra la Defensa hecha por la Cuchara del ciudadano Lic. Ignacio Ramírez, o el Jesucristo en presencia del siglo, Imprenta de Inclán, 1856…, y otras más donde es inevitable no dejar de recordar la particular edición que logró de la Tauromaquia de Francisco Montes en 1862.

   Se sabe que de aquella primera edición (la de 1836 en Madrid) referida al tratado técnico y estético que llevó el célebre nombre del torero nacido en Chiclana de la Frontera, Cádiz en 1805, uno de aquellos ejemplares llegó a integrarse a la biblioteca del conocido personaje José Justo Gómez de la Cortina, el Conde de la Cortina quien a su vez realizó una interesante reseña de dicha obra, la que apareció en El Mosaico Mexicano en 1842. Pues bien, 20 años después, Inclán la hizo suya y no solo la reeditó, sino que la ilustró de propia mano con 30 escenas que recuerdan otras tantas suertes allí referidas de origen, pero también de otras tantas que representaban el legado definitivo con que la tauromaquia mexicana está contribuyendo a enriquecer el bagaje de aquel despliegue de inventiva que fue en sí mismo el toreo en nuestro país hace dos siglos cabales. En ese sentido, así lo entendió nuestro autor y por tanto dicha edición puede ser considerada un claro antecedente que explica las suertes tauromáquicas desde una interpretación que entraña el tipo de toreo rural y urbano que permanentemente se está encontrando y renovando en el campo o en la plaza, de tal forma que aparecen descritas algunas suertes que realizaban charros consumados.

   De acuerdo a las crónicas y descripciones de la época, se sabe que uno de los primeros en realizar esas suertes (montar y colocar banderillas desde el caballo), fue Ignacio Gadea. Sin embargo Bernardo Gaviño, Lino Zamora, Pedro Nolasco Acosta también lucieron sus habilidades como las del famoso poblano Ignacio Gadea, con lo que se adelantaban al capítulo extraordinario en el que Ponciano Díaz fue la cúspide de todas aquellas aspiraciones.

   Precisamente Ponciano parece ser la consecuencia de aquellas lecturas que Luis G. Inclán despliega en “Astucia”, complementa en las “Reglas con que un colegial debe colear y lazar” y culmina con la propia versión de la “Tauromaquia” de Paquiro. Ese largo proceso se materializa bajo el “poncianismo”, que va de 1879 a 1890, aproximadamente, tiempo en el que el “torero con bigotes” construye y mantiene su propio “imperio”, del que se verá gracia y desgracia pues también fueron años de recomposición en el toreo nacional, etapa en la que contribuyeron en forma definitiva los diestros españoles que vinieron a concretar la que llamo “reconquista vestida de luces”, y cuya tarea fundamental fue imponer el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, esto a partir de 1887.

   Al morir el diestro de Atenco, el 15 de abril de 1899 desaparecen aquellas representaciones que todavía iba a protagonizar Arcadio Reyes El Zarco en los primeros años del siglo XX. Tal condición la revivirían momentáneamente algunos charros, donde destacaba uno de apellido Becerril primero, en 1910, justo cuando se celebraba el primer centenario del comienzo de la independencia nacional, y luego Paco Aparicio en la tercera década del XX. Charrería y tauromaquia tan identificadas, se distancian en una especie de “pacto amistoso” y cada una seguirá su camino, hasta el punto de que hoy en día toreo y charrería se representan por separado. Sin embargo, ya se habían producido los mejores capítulos de aquellas puestas en escena en las que nadie mejor que Inclán describen en forma inconmensurable y Ponciano las protagoniza hasta llevarlas a lo más alto de su interpretación.

   Hoy, en un apoyo solidario, tauromaquia y charrería vuelven a darse la mano y lo hacen justamente con objeto de enaltecer la memoria del autor de esa célebre novela que vuelve a ocupar un lugar de privilegio. Así como se ha recordado en este año a Miguel de Cervantes Saavedra y su Quijote, del mismo modo se pone en valor a Luis Gonzaga Inclán Goicoechea y Astucia.

   Aprovecho antes de concluir estas notas, que el próximo viernes 8 de julio a las 18 horas, y en el marco de dicha celebración en la que Inclán es motivo de homenaje, que en la misma, se ha incluido un ciclo de cine en el que se pretende contextualizar no solo al autor nacido en la Hacienda de Carrasco, sino todo un conjunto de situaciones que privan en su novela, y que fueron un común denominador en buena parte del siglo XIX mexicano. Por tal motivo, una película que viene a darle sentido a este propósito es la de Los bandidos de Río Frío, inspirada en la novela del mismo nombre escrita por un contemporáneo suyo: Manuel Payno. La producción de 1956, será presentada y comentada por el Doctor en Historia Álvaro Vázquez Mantecón. Esto sucederá en la casa de la cultura Frisaac, ubicada en las calles de Madero y Moneda, en el centro de Tlalpan. La entrada es gratuita.

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¡ORA PONCIANO! SIGUE CAUSANDO FUROR.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Colección Cinema N° 48. Edit. Marisal, 1940. 64 p.

   El 8 de enero de 1937 y no 1936 como se ha hecho creer, y en el famoso cine “Alameda” ocurrió la “premiere” de la película que hoy se reseña. En ella se recreaba vida y hazañas del célebre torero Ponciano Díaz Salinas (1856-1899) recuperado en la figura de Jesús Solórzano Dávalos. Tras la presentación del reparto, “Producciones Soria” advertía:

Sobre la vida real de un célebre torero la fantasía forjó la trama imaginaria que sirve de argumento a esta película.

   Para no lastimar el sentido artístico de los aficionados, se empleó la técnica del toreo actual como propia del último cuarto del siglo XIX; esperando que este anacronismo no desvirtúe el estilo de esa época a que esta producción corresponde.

   Pues bien, durante los casi 80 años que ya tiene dicho largometraje, varias generaciones han disfrutado escenas de esta comedia rural donde Jesús Solórzano El Rey del temple se encumbró con las imágenes de la que pudo ser otra gran tarde, que no corresponde con la ya muy famosa realizada con el toro Redactor de La Laguna, pues dicha gesta sucedió el 7 de febrero siguiente, lo cual pudo representar un conflicto técnico el solo montaje de aquellas inolvidables escenas, contando para ello a una todavía empresa cinematográfica en plena evolución y desarrollo.

   Tenemos aquí una primer incógnita, pues los registros de época, tanto las imágenes fijas como en movimiento nos permiten apreciar a un Jesús Solórzano vistiendo un traje poco más oscuro que el que llevaba la tarde del todavía invernal mes de febrero del 37´.

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Portadilla de la publicación que ha servido para consultar el argumento. Agradezco al Dr. Marco Antonio Ramírez haberme permitido consultar este ejemplar.

   Entre chanzas y cuchufletas de dos excelentes cómicos como Leopoldo Ortín y Carlos López se fue configurando el largometraje, mismo que recae en ese guión todavía en ese misterioso personaje que se anuncia como Pepe Ortiz. ¿Se trata del famoso Pepe Ortiz, el orfebre tapatío o es un homónimo?

   De igual forma, las canciones e interpretaciones de Lorenzo Barcelata valen un “potosí” por el tono de curiosidad con que colaboró interpretando “La Palomita, que la Atenqueña. De igual forma la jocosa Tu ya no soplas, sin faltar la célebre canción El toro Coquito que hasta el día de hoy es un referente entre los taurinos pues el solo escucharla nos remite directamente con ¡Ora Ponciano!, película en la que Jesús Solórzano se inmortalizó quizá no por obra y gracia de la famosa faena de Redactor, sino por una anterior, igual de maravillosa. Sin embargo, y para no desatar polémica alguna, dejemos por ahora y sin alterar la historia que nos es de todos conocida.

   Recuerdo además, las palabras contundentes que me confesó un día el sobrino nieto de Ponciano, Doroteo Velázquez Díaz, quien llegó a decirme de viva voz:

 El argumento de la película “¡Ora Ponciano!” no era verdadero. Ponciano Díaz nunca se casó con la hija del ganadero don Rafael Barbabosa. Ella era Herlinda Barbabosa Saldaña (…)

   Si Ponciano –como señala el argumento-, hubiese conservado la fidelidad del amor, aquel que se muestra en forma juguetona e infantil, la de sus primeros años de vida conviviendo con la hija del hacendado, tendríamos como consecuencia un vínculo con quien pudo haber sido hija de José Juan Cervantes Ayestarán, a la sazón propietario de Atenco cuando el futuro “diestro con bigotes” tendría 6 u 8 años de edad (esto entre 1862 y 1864). Es bueno apuntar que se desconoce si don José Juan tuvo hijos o no, pero también es bueno recordar que Cervantes Ayestarán vendió la hacienda a don Rafael Barbabosa Arzate hasta 1878, con lo que entonces no tenemos al final sino un enredo que solo la ficción lograda por el cine pudo resolver en esos términos.

   Por lo demás, hay un registro que rememora la alternativa que Ponciano fue a refrendar en Madrid el 17 de octubre de 1889. Y digo “refrendar”, pues fue el propio atenqueño quien en un cartel del año 1879 advertía a sus “paisanos”:

Habiendo terminado la temporada en la ciudad de Puebla, en donde fui elevado al difícil rango de primer espada, por la benevolencia de tan ilustrado público, me he propuesto antes de disolver mi cuadrilla dedicar una función, que tenga por objeto, pagar un justo tributo a mis paisanos ofreciéndoles mis humildes trabajos; si estos son acogidos con agrado quedará altamente agradecido S.S.

Ponciano Díaz.

   Y tal ocurrió el domingo 8 de junio de 1879, lidiando “soberbio ganado de la Hacienda de Atenco”. Esa tarde en Toluca, Ponciano encabezaba la siguiente cuadrilla:

Joaquín Rodríguez, Antonio Mercado, Juan L. Resillas y Cándido Morones, picadores. Ramón Pérez, Francisco Salazar, Emeterio Garnica y Rafael Albarrán, banderilleros. Guadalupe y José Díaz, lazadores, así como Félix Barrón y Tranquilino Fonseca quienes hicieron las veces de “locos”.

   Por lo demás, se aprovecharon al máximo las locaciones naturales que la hacienda de Atenco ofreció en días que hicieron lucir el paisaje de un valle de Toluca espléndido que parece remontarnos a aquellos días de un México que, en lo taurino se encuentra verdaderamente conmocionado, pues Ponciano estaba convertido en un ídolo popular sin parangón. Quizá se trate del primer torero que haya alcanzado tal celebridad, de ahí que la expresión “¡Ora Ponciano!” se convirtió en ese grito de batalla de miles de nacionales que admiraron con orgullo, al punto de que ese impacto se concentra en la siguiente anécdota.

   En los días de mayor auge del lidiador aborigen, el sabio doctor don Porfirio Parra decía a Luis G. Urbina, el poeta, entonces mozo, que se asomaba al balcón de la poesía con un opusculito de “Versos” que le prologaba Justo Sierra:

Convéncete, hay en México dos Porfirios extraordinarios: el Presidente y yo. Al presidente le hacen más caso que a mí. Es natural. Pero tengo mi desquite. Y es que también hay dos estupendos Díaz -Ponciano y don Porfirio-: nuestro pueblo aplaude, admira más a Ponciano que a don Porfirio.[1]

   Y aquí otra curiosa interpretación:

En aquellos felices tiempos, comenta Manuel Leal, con esa socarronería monástica que le conocemos, había tres cosas indiscutibles: La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apam…[2]

   Su figura fue colocada en todos los sitios, aun en bufetes, oficinas de negocios, consultorios de médicos; en fotografías, o en litografías en colores y a una sola tinta, publicados en periódicos mexicanos o españoles como LA MULETA, EL MONOSABIO, LA LIDA, EL TOREO CÓMICO que ilustró sus páginas -este último- con un retrato del torero mexicano del mismo tamaño que los que había publicado de Lagartijo, Frascuelo, El Gallo, Mazzantini y Guerrita.[3]

   En la calle se le tributaban verdaderas ovaciones, lo mismo en Plateros que en El Hospicio que en La Acordada; al pie de la estatua de Carlos IV que al pasar junto a la tabaquería llamada “La Lidia”, lugar de reunión de los toreros españoles, que recibían sendas rechiflas.

   Realmente, esos eran los grados de ilusión obsesiva adoptada por el pueblo, vertiente de una sociedad limitada a una superficialidad y a un todo que no les era negado, pero que asimilaron de muy distinta manera, justo como lo harían esas otras vertientes intelectuales y burguesas; o simplemente ilustradas de la época.

   Fruto de la idolatría, que, como ya vemos, es basta en ejemplos, como el modismo aplicado cuando se saludaban los amigos en la calle, alguno de ellos expresaba:

   ¡Ni que fuera usted Ponciano!…

   A la epidemia de gripe de 1888, se le llamó “el abrazo de Ponciano”.

   Don Quintín Gutiérrez socio de Ponciano Díaz y abarrotero importante, distribuyó una manzanilla importada de España con la viñeta Ponciano Díaz.

   En las posadas, fiesta tradicional que acompaña al festejo mayor de la navidad, al rezar la letanía contestaban irreverentemente en coro: “¡Ahora, Ponciano!” sustituyendo con la taurómaca exclamación al religioso: “Ora pro nobis”

  1. José María González Pavón y el Gral. Miguel Negrete obsequiaron al diestro mexicano los caballos “El Avión” y “El General” y es el mismo Ponciano quien se encarga de entrenarlos para presentarse con ellos en España.

   La misma poesía popular se dedica a exaltarlo, al grado mismo de ponerlo por encima de los toreros españoles.

Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a “Cuatro Dedos”,

al que quiero es a Ponciano

que es el padre de los toreros

¡Maten al toro! ¡Maten al toro!

   El “padre de los toreros”, cómo no lo iba a ser si en él se fijaban todos los ojos con admiración.

   Su vida artística o popular se vio matizada de las más diversas formas. Le cantó la lírica popular, lo retrataron con su admirable estilo artístico Manuel Manilla y José Guadalupe Posada en los cientos de grabados que salieron, sobre todo del taller de Antonio Vanegas Arroyo, circulando por aquel México con marcadas huellas de lo urbano y lo rural.

   La “sanción de la idolatría”, a más de entenderse como aplauso, como anuencia, como beneplácito; es también castigo, pena o condena. Y es que del sentir popular tan entregado en su primera época, que va de 1876 a 1889 se torna todo en paulatino declive a partir de 1890 y hasta su fin, nueve años después.

FICHA TÉCNICA

¡ORA PONCIANO!

Producción: Producciones Soria, México; 1936.

Dirección: Gabriel Soria

Guión: Pepe Ortiz y Elvira de la Mora.

Fotografía en Blanco y Negro: Alex Phillips.

Música: Lorenzo Barcelata.

Edición: Fernando A. Rivero.

Con: Jesús Solórzano (Ponciano), Consuelo Frank (Rosario), Leopoldo Ortín (Juanón), Carlos López “Chaflán” (Lolo), Carlos Villarías (don Luis).

   Pues bien, todo lo anterior viene al caso, porque este viernes, en la Casa de la Cultura “Frissac” (Madero y Moneda, en el centro de Tlalpan), se presentará a las 18 horas este material cinematográfico, con lo que espero haber despertado el interés de los aficionados que quieran acudir a dicha exhibición. Esto como resultado del homenaje que se viene tributando a Luis G. Inclán, con motivo del bicentenario de su nacimiento. Y en efecto, Ponciano Díaz es o parece ser una consecuencia de las hazañas de aquel toreo a pie y a caballo que se perciben tras la gozosa lectura de su célebre novela Astucia.

   La entrada es gratuita… la salida también.


[1] Armando de María y Campos: Ponciano el torero con bigotes. México, ediciones Xóchitl, 1943 (Vidas mexicanas, 7). fots., facs., p. 162-3.

[2] Manuel Horta: Ponciano Díaz silueta de un torero de ayer. México, Imp. Aldina. ils., p. 153.

[3] María y Campos: op. cit., p. 176-7.

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RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA”: ES EL MITO EN PERSONA.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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El Pana colocando un soberbio par de banderillas…

   Abrí de pronto una revista de los años cuarenta del siglo pasado y no sólo me encontré con los toreros allí reunidos, sino con la fresca y reciente puesta en escena interpretada por Rodolfo Rodríguez. Pareciera como si el diestro tlaxcalteca se hubiese escapado de aquellos tiempos idos, separados del peculiar color sepia para adquirir el color de nuestro tiempo, el que es posible admirar y lo atestiguamos el domingo 7 de enero pasado. Cada imagen, cada pase, cada suerte de las muchas que tiene guardadas en el arcón de los recuerdos El Pana, sin ningún empeño egoísta fue sacándolas una a una con lo que nos hizo retroceder en el tiempo pensando, de inmediato en toreros como Alberto Balderas El torero de México (etiqueta que hoy le cabría el honor de ostentar el fabuloso torero de Apizaco, Tlaxcala). Allí están también Lorenzo Garza, Silverio Pérez, Luis Procuna, Andrés Blando, Carlos Vera Cañitas, Antonio Velázquez, Joselillo, el Ranchero Jorge Aguilar, el Loco Amado Ramírez

   La lista es importante, pero el grado de admiración con el que ha recreado esas maravillas del toreo lo son aún más. Veamos: Quite del clavel, quite del sueño, la Rielera, la Tlaxcalteca, la Adelita, el pase de cola de gallo, el del relicario, el del tomate, el de la amargura, el desaire o el del más allá sin faltar su inigualable “par de calafia”.

   Y no es que se descubra el hilo negro, sólo que hacía falta quien lo rescatara, bordando con él las suertes con que la tauromaquia ha pervivido a lo largo de los últimos tres siglos, en que ha alcanzado grados de madurez. Contra el minimalismo, estos aires de renovación. Contra la apatía de los últimos tiempos, la apuesta de Rodolfo Rodríguez El Pana, quien en una sola tarde, (seguida ya de otra también espectacular en Moroleón, Guanajuato el 15 de enero siguiente y otra en San Juan del Río el 21 del mismo mes) ha provocado un auténtico parteaguas entre lo que significaba su discreta despedida en medio del mejor silencio posible y ésta reacción en potencia que redescubre el toreo en México a la luz de su mágico quehacer.

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¿Es Lorenzo Garza toreando al natural? ¡No! Es Rodolfo Rodríguez “El Pana” toreando al natural.

Esta y la fotografía anterior fueron registradas por el autor de las presentes notas allá por agosto de 1980 en Santa Ana Chiautempan, cuando el de Apizaco alternó con Jesús Solórzano en la lidia de cuatro toros bien presentados… que no recuerdo bien si fueron de La Laguna o de Atlanga. Ambos toreros estuvieron soberbios.

   Los aficionados que tenemos el privilegio de acudir permanentemente a cuanto festejo mayor o menor que se organice en la capital del país, nos dimos cuenta, a partir del 7 de enero, que aquel “domingo siete” se convirtió en el vuelco esperado, en el brusco golpe de timón que se necesitaba para sacudir hasta las entrañas mismas, a una tauromaquia en descomposición. Estoy convencido que hasta las cuatro de la tarde de aquel primer domingo de enero, la fiesta no sólo había tocado fondo. Estaba en él, sumergida, padeciendo el ahogo hasta un punto casi inconcebible. Sin embargo, dos horas después el escenario era otro, tan diferente, en el que ocurrieron cosas radicales. De pronto, esa “catedral sumergida” emergía, salía a la superficie a respirar los aires de renovación provocados por la tempestad de un hombre sumergido también en los tentadores influjos del alcoholismo y que no esperaba nada de la fiesta, pero tampoco de la vida. Ese hombre, a sus 55 años, con muchas menos posibilidades físicas, y con una reducida cantidad de festejos por delante que hubiesen podido compensar su desmejorada economía; aunque con posibilidades de afianzar el porvenir del espectáculo en nuestro país, pusieron todo esto sometido al destino. Recordemos que Curro Romero o Rafael de Paula, incluyendo a Antonio Chenel Antoñete, superaron los sesenta de su edad y continuaban toreando, quizá en menor cantidad, pero su caso estaba soportado por la frecuencia pertinente de sus apariciones que se precedían, además del misterioso velo de lo desconocido, de la incontenible brujería del arrastre que sus nombres en los carteles suponía para gozo y admiración de los aficionados. Pero para Rodolfo Rodríguez, el rodaje no existe. Que es torero de manifestaciones artísticas más que técnicas no lo ponen en el dilema de enfrentarse a una condición física inmejorable, pero sí la suficiente mentalización para enfrentar lo que cada día, y cada tarde que se le presente como una oportunidad más en la vida, serán, en conjunto, un reto, el profundo desafío a contender consigo mismo y la adversidad.

   El sacudimiento de ese “domingo siete” nos ha puesto de nuevo en el camino de aquellas viejas jornadas en que se comentaba, se platicaba y se analizaba el toreo con el gusto y regusto que supone la emoción y todos los elementos consubstanciales que intervienen y participan en la tauromaquia, tan española, pero tan mexicana que, por consecuencia la hacen universal en el sentido de su permanente intercambio que hoy tiene en la figura de Rodolfo Rodríguez El Pana a un torero relevante que aún mantiene en su vocabulario las mismas palabras con que un día salió con empeño quijotesco a enfrentar lo mismo molinos de viento que mandones consagrados. Es posible que hoy guarde ya un poco de mesura con respecto a lo que fueron sus años mozos, que tanto aislamiento y marginación le causaron, pero guarda la misma postura, los mismos principios que lo alentaron en el arranque de su ya prolongada trayectoria como matador de toros. Será que así le funciona mejor puesto que al trascender de nuevo en el medio, con esos vientos nuevos y frescos, mantiene el mismo talante provocador. Hay más equilibrio en sus palabras pero en el fondo conservan idéntica razón que le identifican como el torero diferente, ese que no solo se ha conformado construyendo un pedestal. Es el mito en persona.

   Con un Rodolfo Rodríguez El Pana que de pronto nos proyecta en línea recta hacia todo cuanto ocurrió en un período específico como son los años 30, 40 o 50 del siglo pasado, etapa en la que se concentran numerosos e imborrables acontecimientos. Hoy, este personaje salido de las páginas color sepia, se ocupa de recuperar el tiempo perdido, no sólo el suyo. También el de la tauromaquia mexicana de nuestros días que adquiere aires de renovación.

Recuerdo de su actuación el 7 de enero de 2007.

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…y claro, ahí tienen ustedes a este servidor, siguiendo al “Pana” desde 1978, fecha a la que se remonta el presente registro. Fot. Col. del autor.

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FERNANDO DEL PASO Y EL PREMIO “CERVANTES”. 22 DE ABRIL DE 2016.

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

SELECCIÓN DE: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hoy estamos felices. Son tan difíciles los momentos de felicidad, pero cuando llegan los disfrutamos a su máxima capacidad. Hoy, ha recibido el Premio “Cervantes” una de nuestras figuras cumbres de la literatura contemporánea. Se trata de Fernando del Paso (1935) quien no solo ha logrado un sólido registro como escritor, sino que a sus 81 años, aún tiene el valor de dar cara en un discurso conmovedor, el que entre otras cosas, ha dado cuenta de lo desgarrador de este país. “No denunciarlo, eso sí que me daría aún más vergüenza”. Por esta y muchas otras razones, bien vale la pena destinarle lugar de honor al autor de innumerables obras, sino a la emblemática figura que, como los grandes toreros, abrió la “puerta grande” de la Universidad de Alcalá de Henares, saliendo a hombros desde el paraninfo mismo. Estoy seguro que todos aquellos entusiastas que le llevaban en olor de santidad, hicieron un alto al pie de la mismísima columna donde un Miguel de Cervantes yace de pie con la pluma en la diestra, hicieron respetuosa alabanza al hacedor de don Quijote y se llevaron en andas por toda Alcalá a un digno heredero que hoy rememoramos a los 400 años de su muerte. Hoy, un reconocido premio a las letras y que lleva su nombre, se ha otorgado a Fernando del Paso, quien, entre otras palabras conmovedoras dijo: “…la magnificencia e importancia del Premio de Literatura Española Cervantes, me obliga moralmente a hacerlo y así lo haré: me pondré la camisa, así sea metafóricamente, una y otra vez, hasta que se acabe (no la camisa sino mi vida)”.

   Hoy, esta columna se enorgullece de incluir el discurso completo que Fernando del Paso dirigió no solo a los invitados y asistentes en tan importante ceremonia, sino el que también incluye a todos los amantes de la literatura.

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A la sombra de Cervantes.

Disponible en internet abril 22, 2016 en: http://saltaconmigo.com/blog/2014/11/paseo-por-alcala-de-henares/

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor Rector de la Universidad de Alcalá, Señora Presidenta de la Comunidad de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, querida esposa–oíslo-e hijos, queridos parientes y amigos que me acompañan, queridos todos, Señoras y Señores:

   La del alba sería, cuando timbró el teléfono de mi casa y yo pensé que si no era una tragedia la que me iban a anunciar, sería la malobra de un rufián que deseaba perturbar mis buenas relaciones con Morfeo, o quizás el mago Frestón. Pero no fue así, por ventura: era mi hija Paulina quien desde Los Cabos, Baja California, me anunciaba haberse enterado que me habían otorgado este premio, lo cual colmome de dicha pese a que desde ese instante las múltiples llamadas telefónicas que recibí por parte de amigos, parientes y periodistas, incluyendo los de España, para ratificar la gran nueva, no me dejaron volver a pegar el ojo. Yo, ni tardo ni perezoso acometí de inmediato la empresa de despertar a cuanto amigo y pariente tengo para informarles lo que me habían comunicado.

   En marzo del año pasado, cuando tuve el honor de recibir en la ciudad mexicana de Mérida el Premio José Emilio Pacheco a la Excelencia Literaria, hice un discurso que causó cierto revuelo. Sé muy bien que esas palabras despertaron una gran expectativa en lo que se refiere a las palabras que hoy pronuncio en España. Las cosas no han cambiado en México sino para empeorar, continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, lo abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo. Criticar a mi país en un país extranjero me da vergüenza. Pues bien, me trago esa vergüenza y aprovecho este foro internacional para denunciar a los cuatro vientos la aprobación en el Estado de México de la bautizada como Ley Atenco, una ley opresora que habilita a la policía a apresar e incluso a disparar en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas. Subrayo: es a criterio de la autoridad, no necesariamente presente, que se permite tal medida extrema. Esto pareciera tan solo el principio de un estado totalitario que no podemos permitir. No denunciarlo, eso sí que me daría aún más vergüenza.

   Quizá debí haber comenzado este discurso de otra forma y decirles que yo nací en el ámbito de la lengua castellana el 1º de abril de 1935 en la ciudad de México. “Felicidades señora, es un niño”, dicen que dijo el médico que estaba exhausto de maniobrar una y otra vez con los fórceps, antes de ponerme no de patitas sino de orejitas en el mundo y quién al ver por primera vez mis entonces diminutos órganos reproductores, coligió con gran perspicacia que yo era un varón, rollizo no, pero tampoco escuálido: yo no quería nacer y a veces todavía pienso que no quiero nacer.

   Me cuentan que lloré un poco y ¡Oh, maravilla! lloré en castellano: y es que desde hace 81 años y 22 días, cuando lloro, lloro en castellano; cuando me río, incluso a carcajadas, me río en castellano y cuando bostezo, toso y estornudo, bostezo, toso y estornudo en castellano. Eso no es todo: también hablo, leo y escribo en castellano.

   Pancho y Ramona, el Príncipe Valiente, Lorenzo y Pepita, Tarzán y Mandrake, fueron mis primeros personajes favoritos, y yo no podía esperar a que mi padre despertara para que me leyera las historietas dominicales a colores, de modo que me di priesa en aprender a leer en lapre-primariaen la que me inscribieron mis padres, dirigida por dos señoritas que no eran monjas pero sí muy católicas y tan malandrines que me daban con grandes bríos y denuedo reglazos en la mano izquierda–yosoy zurdo- cuando intentaba escribir con ella, sin obtener su objetivo: no soy ambidextro, soy ambisiniestro. Más tarde mi mano izquierda se dedicó a dibujar y fue así como se vengó de la derecha. Pero aprendí a leer con los dos ojos, y con los dos ojos y entre los rugidos de los leones me las vi con don Quijote de La Mancha. En efecto, un hermano de mi padre que tenía una gran biblioteca virgen–nadiela leía: compraba los libros pormetro-,me invitó a pasar quince días en su casa, muy cercana al zoológico, desde donde se escuchaban a distintas horas del día los estentóreos rugidos de los leones y yo me dije: ¿leoncitos a mí? y me zambullí en la literatura de los clásicos castellanos: desde entonces estoy familiarizado con todos ellos: Tirso de Molina, Lope de Vega, Garcilaso, Góngora, el Arcipreste de Hita, Quevedo, Baltasar Gracián y varios otros. Fue allí también, en la casa de mi tío donde me enfrenté con Don Quijote en desigual y descomunal batalla: él, las más de las veces jinete en Rocinante o a horcajadas en Clavileño y yo, en miserable situación pedestre. No obstante mi Señor y Sancho Panza estaban ilustrados por Gustave Doré y eso me sirvió de báculo. Salí de su lectura muy enriquecido y muy contento de haber aprendido que la literatura y el humor podían hacer buenas migas. De esto colegí que también los discursos y el humor podían llevarse.

LA JORNADA DEENMEDIO_23.04.2016

La Jornada de enmedio. Sábado 23 de abril de 2016.

   De ahí continué leyendo, apasionado, a numerosos y muy buenos escritores españoles. Antonio Montaña Nariño, un escritor colombiano ya fallecido, entró a la agencia de publicidad donde yo trabajaba y me presentó a su amigo, elhispano-mexicanoJosé de la Colina. Pronto ellos se transformaron en mis primeros mentores literarios y me dieron a conocer a Benito Pérez Galdós, Ramón Menéndez Pidal, Ramón Gómez de la Serna, Ramón María del Valle Inclán, Antonio y Manuel Machado, Rafael Alberti y otros autores que me hicieron enamorarme profundamente de la lengua. En aquél entonces yo me regocijaba mucho leyendo a estilistas como Gabriel Miró. Antonio y José me dieron también a conocer a Joyce, Faulkner, Dos Passos, Erskine Caldwell, Julien Green, Marcel Schwob y otros muchos grandes autores de las literaturas anglosajona y francesa.

   También desde luego a excelentes escritores españoles como Rafael Sánchez Ferlosio, Juan José Armas Marcelo, Juan Marsé, los hermanos Goytisolo, Fernando Savater, Camilo José Cela, Javier Marías, Arturo Pérez- Reverte y a quién detonó toda mi vocación literaria: el poeta Miguel Hernández, autor de El rayo que no cesa.

   Recuerdo que hace algunos años en una universidad francesa, cuando comencé a dar una lista de los escritores que según yo me habían influido, una persona del público señaló que yo no había mencionado a ningún escritor español y me dijo que cómo era posible. Yo le contesté: los españoles no me han influido, a los españoles los traigo en la sangre, y agregué a la enumeración aquellos latinoamericanos que son parte de mis lecturas más importantes y por lo tanto de mi vida como Borges, Onetti, Carpentier, Lezama Lima, Cortázar, Asturias, Vargas Llosa, García Márquez, Neruda, Huidobro, Gallegos, Guimarães Rosa y César Vallejo y entre los mexicanos Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, sin olvidar a Fernández de Lizardi y a nuestra amada monja Sor Juana Inés de la Cruz.

   Los maravillosos sonetos de Miguel Hernández me motivaron a escribir Sonetos de lo diario, publicados por Juan José Arreola en “Cuadernos del Unicornio” en 1958. Pero en realidad mi primera incursión en el mundo castellano tuvo lugar cuando era yo muy peque: “Nano Papo quiee cuca pan quiquía”, que mi madre interpretaba fielmente: “Nano Papo” era: “Fernando del Paso”, “quiee cuca pan quiquía” quería decir “quiere azúcar pan y mantequilla”. Algunas tías malhumoradas, pronosticaron que yo no iba a dar pie con bola con el lenguaje. Se equivocaron de palmo a palmo. Poco después, al parecer insatisfecho con el eufemismo familiar que se le asignaba a los glúteos, los llamé “las guinguingas” y pronto este neologismo fue adoptado por toda la familia. La publicación de los Sonetos me sirvió para conocer a Arreola y a Juan Rulfo, quien sabía todo lo que había que saber sobre novela mexicana, española, rusa, inglesa, italiana, alemana, y, en fin, sobre novela mundial. Comencé entonces a escribir José Trigo, un libro reflejo de mi obsesión por el lenguaje, mi fascinación por la mitología náhuatl y que obedecía a tantos otros propósitos, que lo transformaron casi en un despropósito. Pero ahí está, tan campante, a sus 50 años de edad: fue publicado en 1966. Seguí después con Palinuro de México, una especie de autobiografía inventada, una recreación literaria de mi vida como niño y adolescente, conjugada en varios tiempos verbales: lo que fui, lo que yo creí que era, lo que no fui, lo que hubiera sido, lo que sería, etc. Y después vino Noticias del Imperio, la novela sobre los emperadores Maximiliano y Carlota en la que me propuse darle a la documentación el papel de la tortuga y a la imaginación el de Aquiles. Desde muy peque el melodrama de estos dos personajes, el saber que habíamos tenido en México un emperador austriaco de largas barbas rubias al que fusilamos en la ciudad de Querétaro y una emperatriz belga que vivió, loca, hasta 1927, cuando Lindbergh cruzó el Atlántico en avión, me había fascinado. Por supuesto, en cuanto ganó Aquiles la novela quedó terminada. He escrito también libros de poesía, libros para niños y dos obras de teatro. Una de ellas que he soñado que algún día se represente o se lleve a escena en este país: La muerte se va a Granada, sobre el asesinato de Federico García Lorca.

   Toda mi vida ha continuado la riña entre mi mano izquierda y mi mano derecha. Ninguna de las dos ha triunfado y esto ha significado para mí un conflicto muy profundo. Sin embargo mi mano derecha se ha impuesto, no sé si soy escritor, pero sé que no soy pintor, nunca he dejado de escribir para dibujar y siempre he dejado de dibujar para escribir.

   Sin embargo la lucha más prolongada que he sostenido en la vida ha sido contra mi propia salud. Desde que era muy peque y me operaron de algo que se llama “adenoides” hasta el momento actual, en que supero las secuelas, largas y dolorosas, de dos series de infartos al cerebro de carácter isquémico, he estado cuando menos quince veces en el quirófano: por una apendicitis, por dos hernias, dos tumores benignos, un desgarre en el corazón, un stent en la arteria femoral superficial de la pierna derecha, otro en la arteria coronaria izquierda, dos oclusiones intestinales y entre otras cosas dos operaciones de las que llaman “a corazón abierto”. Además de recurrentes ataques de gota y una fractura del tobillo derecho. Tan mal he estado en los últimos tiempos que cuando alguien me vio me dijo: “pero hombre, ¿así va usted a ir a España?” y yo le contesté: “yo a España voy así sea en camilla de propulsión a chorro o en avión de ruedas”.

   ¿Dije antes que “todavía pienso que no quiero nacer”? ¡Pamplinas! Fue una bravuconada. La vida ha sido bastante cuata conmigo. Quise escribir y escribí. Nunca escribí para ganar premios, pero ya ven ustedes, aquí estoy. Quise casarme con Socorro y me casé con ella. Quisimos tener hijos y tuvimos hijos. Quisimos tener nietos y tuvimos nietos. Y desde hace unos dos años tenemos una bisnieta: Cora Kate McDougal del Paso. Espero que algún día sus padres le recuerden que su bisabuelo le deseó que ella agradezca haber venido al mundo a compartir la vida con todos nosotros, aunque no sé en que lengua lo hará, puesto que nació en la tierra de James Joyce, Irlanda, y parece destinada a vivir en ese país. También desde aquí le mando mil besos a nuestra otra casi bisnieta, Ximena, a quien le digo casi bisnieta porque es la nieta de un casi nuestro hijo, Arturo. Hay más, les voy a contar una historia. Seré breve, es la misma historia que conté en la Caja de las Letras: Hace mucho tiempo el joven poeta mexicano tabasqueño, José Carlos Becerra, obtuvo una beca Guggenheim y con ella se fue a Londres con el propósito de comprar un automóvil con el cual recorrer toda Europa. Una madrugada, camino a Bríndisi, en Italia, no se sabe qué sucedió: tal vez se quedó dormido al volante, el caso es que se desbarrancó y se mató. Yo llegué también con mi beca Guggenheim a Londres pocos meses después y me alojé en la casa del mismo amigo mutuo, Alberto Díaz Lastra, en donde él se había alojado. Allí, José Carlos olvidó una camisa que yo heredé. Desde entonces, cada vez que yo sentía pereza de escribir, desánimo o escepticismo, me ponía la camisa y comenzaba a trabajar. Consideré que yo tenía un deber hacia aquellos artistas, hombres y mujeres, cuya muerte prematura les impidió decir lo que tenían que decir. Por eso esa camisa tiene tanta importancia en mi vida. Depositarla en la Caja de las Letras no significa que no vuelva yo a escribir: la magnificencia e importancia del Premio de Literatura Española Cervantes, me obliga moralmente a hacerlo y así lo haré: me pondré la camisa, así sea metafóricamente, una y otra vez, hasta que se acabe (no la camisa sino mi vida).

   Pero no vine aquí para contar mi vida y mis obras, ni para comentar mis penas. Tampoco a hablar de las guinguingas de nadie, ni siquiera de las de Don Quijote, aturdidas y compungidas como debieron estar, tras tantas tan tremendas tundas que le propinaron durante su azarosa profesión caballeril. Vine y estoy aquí hoy, 23 de abril de 2016, en el que se conmemora el aniversario número 400 de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, discurso en ristre y con los colores de España en el pecho, muy cerca del corazón, para agradecer: a sus majestades los Reyes de España Felipe VI y doña Letizia, por su muy generosa hospitalidad; por su hospitalidad también a la ciudad de Alcalá de Henares, a su Alcalde, y al Rector de esta Universidad; al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte así como al Instituto Cervantes; al jurado del Premio Cervantes por su decisión, riesgosa diría yo, en la medida en que juzgó como tal a mi literatura. Agradezco también a mis amigos y familiares presentes, a oíslo Socorro y a mis hijos: Fernando que descanse en paz, a Alejandro, Adriana y Paulina el gran apoyo que me han dado toda la vida. Socorro: perdóname si alguna vez te hice daño: te pido perdón en público. Asimismo y profundamente a la Providencia, a la casualidad o a la causalidad el haberme hecho súbdito de la lengua castellana, a mi país México y a mis padres por haberme dado este lenguaje y sobre todo, gracias a ti, España, mil gracias.

   Por cierto, también sueño en español.

Vale.

Fernando del Paso

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JOSÉ TOMÁS: VOZ DE TORMENTA EN EL SILENCIO.

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   El que un torero retorne al único espacio posible donde puede ser capaz de entregarse y hacer todo acto de declaraciones de espíritu, supone una serie de opiniones encontradas entre los diversos sectores que integran el espectáculo. Si bien, por un lado existen los casos de aquellos matadores que lo hacen cuando han llegado a una edad que llamaríamos como de no permitida y aún así responden al grado de expectación que originó su regreso. Tal es el caso en estos momentos de José Ortega Cano, quien hoy día se encuentra más allá del bien que del mal y sólo lo hace por el mero gusto de continuar en la predilección selectiva de aficionados que le ven como un icono que ha traspasado su propia época para aposentarse en esta otra como extensión perfecta de sus capacidades. Por otro lado, para un personaje como José Tomás quien ha cuidado hasta el extremo las formas de su presencia convirtiéndolas en todo un misterio, anuncia a casi cuatro años de su retirada –en plena lucidez de condiciones- que vuelve a los toros sin planes de temporadas ambiciosas. Más bien equilibradas y congruentes con ese perfil que lo lleva a no ser ordinario, a no confesarse de manera permanente ante este micrófono o aquella pluma que ansiosos uno y otra esperan para plasmar sus opiniones que se convertirían en lugar común. El anuncio de su regreso ocurre cuando la mayoría de las empresas taurinas ya han integrado sus carteles y temporadas para este 2007, salvo el caso de aquellas contingencias que habrán de ser cubiertas bajo la sentencia de que “unos las firman y otros las torean”.

Algeciras, junio 2007

Algeciras, junio 2007

Disponible en internet enero 6, 2016 en:

http://www.picassomio.com/anya-bartels-suermondt/50969.html

   El cartel en que se reincorpora el de Galapagar se traslada hasta el mes de junio y en la emblemática y orgullosa Barcelona, esa ciudad que ha sido sacudida por el arrebato de algunos antitaurinos que quieren despojarla de su peculiar sabor taurino. Es por eso que luego de estudiada la situación con reposo y hasta con cierta deliberada intención, José Tomás y su administración deciden dar el sí acudiendo a la cita en uno de los momentos más difíciles para la fiesta, puesto que esa Barcelona cosmopolita habiendo sido declarada como “ciudad no taurina”, y con la consiguiente amenaza de que su plaza se convirtiera en blanco de la piqueta o en oferta inmobiliaria con una diferente razón a la de su creación, pues justo en ese momento del más intenso de los debates, surge la decisión de un diestro que durante cuatro años y sin haber toreado fue capaz de provocar una estela de comentarios que lo mismo recordaban las grandes gestas convertidas ya en páginas inmortales del toreo moderno que sus misteriosos silencios o sigilosos movimientos y largas estancias, sobre todo en el campo bravo mexicano, sitio por el que siente especial y entrañable afecto.

   José Tomás representa hoy día una de las fuerzas más atractivas al lado de los ya consagrados Enrique Ponce o Julián López que empiezan a ver cómo se desplazan de manera peligrosa Talavante o Cayetano. Así que su esperado retorno permitirá recuperar los aires de una batalla que permanecía pasmada. Faltaba la energía de ese frente que supo crear yo no se si bajo la personal consigna de ser un fiel seguidor del culto a “Manolete” o por fijarse la idea de crear el suyo propio que le va muy bien en todo este tiempo en que ha incursionado como la gran figura que es. Si durante su ausencia, otro de los grandes, José Antonio Morante, “Morante de la Puebla” ha hecho gala de buscar ser diferente a todos los de su gremio no sólo dentro del ruedo. También fuera de él, acusando en muchas ocasiones un afectado estilo de “lord” inglés o de señorito de la alta sociedad pero que le va de maravilla porque también es de esos personajes míticos (sucesor perfecto de “Curro” Romero y Rafael de Paula) que no se encuentran todos los días.

   Esperemos que el arribo de José Tomás sirva como aliciente, pero también como cuña perfecta para estimular las condiciones de guerra y conflicto que se viven de manera permanente en las plazas españolas. Del mismo modo, habrá de convertirse en una pieza del confuso esquema taurino mexicano, desarticulado en su mayoría, que vive de la improvisación surrealista más perfecta de que se tenga memoria. Si en su momento la despedida de Rodolfo Rodríguez “El Pana”, que en realidad se convirtió por azares del destino en gozoso retorno provocó la llegada de unos aires de refresco a la fiesta de toros en México, es entre los aficionados un abierto deseo de que este sea un síntoma capaz de permanecer el tiempo que le queda a tan polémico personaje. Para el caso de José Tomás que es muchos años más joven, diría que lo es por lo menos en la mitad de la existencia del tlaxcalteca, ojalá resulte todo un éxito en la medida de que viene soportado por una campaña mediática que ya se encargará de agitar el “cotarro” hasta el punto en que existan a cada momento motivos de provocación y arrebato en cuanto haga sus nuevos pronunciamientos de la tauromaquia “Tomista”.

   Personalmente le he visto tan poco que no tengo forma de hablar o escribir sobre su estilo o concepto de torear, pero cuanto se habla de él es la manera de entender esa natural conmoción que ha despertado a medio mundo tan luego se dio la ansiada como esperada noticia. Ya celebran en España esa decisión que sirve para intensificar una temporada que se antoja emocionante en todos sentidos. Creo que José Tomás es un personaje muy inteligente que no sabiéndose infiltrar en los medios sin dar motivo para noticias escandalosas, ahora lo hace a la luz de una clara conciencia de lo que significa retomar el mando para borrar todas las especulaciones posibles así como despertar la otra conciencia, la de aquellos que piensan que el toreo es un fenómeno que pronto debe desaparecer. Y es que está ahí, incrustado en la mismísima entraña de la cultura española al grado de que ha pervivido, incluso en tiempos como los actuales, donde se debate permanentemente la conveniencia de estimular aún más su justificada tradición o cuestionarla con el consiguiente deseo de exterminio.

   Este retorno significa muchas cosas más que la simple reaparición de José Tomás en Barcelona. Tiene muchas otras razones que con el paso del tiempo servirán para reivindicar la postura estética o técnica que ha alcanzado la tauromaquia en este siglo XXI con uno de sus mejores exponentes, quiérase o no. Ante la gama de otros nombres ya mencionados aquí, se suma uno de sus representantes más emblemáticos, pero también más pertinentes para justificar todas estas razones que servirán, como ya dije, para una larga discusión, siempre tan necesaria en momentos de polarización extrema.  (09.03.07)

   No me quedo con las ganas de reproducir lo que a unos pocos días de este anuncio publicó el periodista Antonio Caballero en El País.

 La lidia / Desde el otro lado del Atlántico.

 El regreso de la tragedia.

   Vuelve a los ruedos José Tomás, a casi cinco años de su intempestiva retirada; y los tomistas no sabemos muy bien si debemos sentir entusiasmo o temor. Quiero decir: sentimos a la vez las dos cosas. Entusiasmo porque lo recordamos, y temor porque de sobra sabemos que cuando un torero retirado vuelve –y todos vuelven- no siempre vuelve bien. Ha cambiado él, han cambiado los toros y los gustos del público. Puede haber “perdido el sitio”, que es un eufemismo taurino para decir que ha perdido el valor. Así que no sabemos que esperar.

josé tomás

Disponible en internet enero 6, 2015 en:

http://www.elimparcial.es/noticia/104323/cultura/Una-exposicion-fotografica-homenajea-a-Jose-Tomas-en-Madrid.html

   Nos pasa, pues, exactamente lo mismo que nos pasaba hace cinco años, cuando veíamos e la plaza torear a José Tomás: no sabíamos qué esperar pues era entonces un torero que traía en el esportón, junto a los trastos de torear, la casi olvidada virtud taurina de provocar la emoción del escalofrío. Y digo taurina porque no existe en otras artes, que vemos después, en frío, cuando el peligro del triunfo o del fracaso ya ha pasado y sólo queda su huella congelada en la obra. Sólo el toreo pertenece únicamente al presente, irrepetible (o a esos sucedáneos emocionales del presente que son la memoria y la esperanza). En el toreo estoico y extático de José Tomás sentíamos el escalofrío del peligro a cada paso: a cada pase de su muleta ingrávida, a cada lance de su capote silencioso. Y cada nuevo cite era un milagro.

   Porque se ponía siempre en el sitio en que los toros cogen al torero (y muchas veces lo cogieron a él, sin que pareciera importarle). Luis Miguel Dominguín, que dijo tantas cosas, decía que en una plaza de toros el sitio de la muerte es un pequeño círculo movedizo sobre la superficie de la arena, como el disco de luz que dibuja un reflector de luz que dibuja un reflector en las tablas de un teatro. Ahí se pone el actor protagonista de la tragedia. Ahí se ponía para torear José Tomás. Por eso su toreo, al margen de sus formas hieráticas y ceremoniosas, al margen de su técnica –asombrosa según los tomistas, inexistente y debida por completo al azar en opinión de los incrédulos-, era como se dijo del de Manolete, un toreo trágico. La sociedad actual pretende ignorar u ocultar la tragedia: por eso dije antes que hoy está casi olvidada la virtud trágica por excelencia, que es la de saber provocar a la vez la admiración y el miedo. La conocen, claro está, todos los toreros, porque sobre ella descansa la verdad de su arte (y es por eso, digámoslo de pasada, que últimamente ha ganado terreno la noción ñoñamente correcta de que el toreo es un arte bárbaro); pero no son muchos los que la practican, y menos todavía los que lo hacen a menudo. Decía Antonio Ordóñez que para ser figura del toreo hay que estar dispuesto a morir cuatro veces por temporada. José Tomás, cuando toreaba, salía todas las tardes con la disposición indiferente de abandono al destino de no salir vivo del trance.

   Habría podido decir siempre (y dijo alguna vez) lo mismo que dijo el jefe sioux Toro Sentado en la mañana de su propia muerte:

   -Hoy es un buen día para morir.[1]

   Ahora que esperamos la ansiada fecha del 31 de enero de 2016, retorno del torero aquí citado, quien comparecerá –mano a mano- con Joselito Adame con ejemplares de Fernando de la Mora y Los Encinos, asunto este último que esperamos no se convierta en sospecha, sino en un hecho contundente, en el que veamos simplemente toros, tendremos oportunidad de confirmar el mito o presenciar un derrumbe. Es demasiada la diseminación de este fenómeno que habrá que tomárselo con mucho cuidado. Considero que será la única entrada de lleno total en una plaza como la “México” que tiene mucho tiempo de no mostrar esa hermosa imagen, justo ahora que tanto se necesita para reforzar el efecto de un patrimonio en riesgo tal cual lo es la tauromaquia.

   Escritas y recogidas estas notas en 2007, a lo que se puede observar, no parecen haber perdido actualidad. En todo caso afirman el estado de conmoción que habrá de presentarse más adelante.


[1] El País (edición internacional, México). Sábado 10 de marzo de 2007, año XXXII, Nº 10, 865, p. 32.

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FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (VIII).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Un intermedio poético.

ANTOLOGÍA POESÍA TAURINA...

  En mi Antología de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca Arredondo y Rosana Fautsch Fernández. Fotografías de: Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas. México, 1986 – 2006. 776 p. Ils. (Es una edición privada del autor que consta de 20 ejemplares nominados y numerados), incluí este corrido, así como los siguientes versos. Ambos, aluden la hazaña que Silverio protagonizó el 31 de enero de 1943.

Ca. 1943 

 

CORRIDO A SILVERIO PÉREZ

 

Con música de salterio

y sin brincar del huacal,

hoy viene a hablar de Silverio

el oaxaqueño Abascal.

 

Trata en alegre corrido

y sin asomos de inquina,

un caso muy discutido,

o sea la cuestión taurina.

 

Y aquí viene la canción.

óiganla con devoción:

 

Si les gusta oír cantar

nomás pónganme cuidado,

que un corrido va a empezar

a Silverio dedicado.

 

P´al hermano de Carmelo

yo compuse la rimada,

vuela palomita luego,

a buscarle la tonada.

 

¡Qué gusto me da mirarte

entre toda tu cuadrilla,

cuando vas partiendo plaza

gran torero maravilla!

 

El que mira una faena

al torero texcocano,

más que se quede pelón

al ruedo tira el jarano!

 

Va Silverio el Faraón

por todos los redondeles,

cada vez un faenón

y conquistando laureles.

 

En Jalisco, en Monterrey,

donde quiera que has toreado,

a los toritos de ley

oreja y rabo has cortado.

 

Más no faltó quien dijera

rabiando de pura envidia,

que Silverio con la izquierda

no sirve para la lidia.

 

Tú no pongas atención

a quien no se la merece,

te aseguro con razón

que un Villamelón fue ese.

 

Porque pisas el terreno

donde cuajas muletazos,

Silverio, tú eres torero,

no necesitas zurdazos.

 

Por tu faena a Tanguito

un homenaje te harán,

un torero y un torito

tu monumento serán.

 

De Pastejé fue ese toro,

al que tú inmortalizaste.

esa tarde en “El Toreo”

tu fama la consagraste!

????????????????????????????

  Dicen que van a venir

los españoles toreros,

con el de Texcoco acá…

guerra tendrán los iberos.

 

Y que pase la pelada

no me parece tan peor;

¡que vengan los españoles

a alternar con lo mejor

 

se oye decir a la gente

con sus palabras cabales:

para torero… ¡Silverio!

¡Dos no tenemos iguales!

 

¡Ah, qué cierto y qué legal

lo que las voces dijeron!

Porque toreros como él

al mundo pocos vinieron.

 

Vuela, vuela, palomita,

vuélale como de rayo,

porque si hay otro Silverio,

verdá de Dios que me callo.

 

Ya se va el aficionado

el que compuso el corrido

y si en algo quedo mal,

que lo disculpen les pido…

 

Ya llegó la obscuridad:

ya nos vamos al descanso

que duerman con suavidad

y en apacible remanso.

 

ANÓNIMO.

1967

Toreros mexicanos.

 

Centurias ha, que pasaron

en que surcaron los mares

con Hernán Cortés, al mando

tras la aventura sus naves.

 

A Cuauhtémoc atormentaron

en ese afán de conquista

y esta tierra avasallaron

en la entrega “malinchista”.

 

Pero el águila gloriosa

despertó de su letargo

¡y sacudió muy airosa!

la esclavitud de su rango.

 

Pues se adueñaron de ruedos

califas y faraones

con su capote señero

¡tributo de emperadores!

 

Con más esplendor su reino

volvió a lucir el Teocali

dueño y señor del imperio

¡del gran clarín de la tarde!

 

Que al rugir en Guanajuato

el león con toda su gloria

escudó el gran califato

¡con ese par de Pamplona!

 

Y esta tierra de prodigio

al meco vió entre su fronda

un trigre airoso y altivo

que desmayó a los de sombra.

 

El tejedor del sarape

de Saltillo vió a su niño

lucir su toga y en pases

¡Maestro con “Nacarillo”!

 

Un orfebre sin rival

luce el cielo tapatío

creador de suertes genial

de inolvidable tronío.

  

????????????????????????????

También Michoacán su historia

escribió de imperialismo

¡poniendo ese rey la nota!

del temple y del torerismo.

 

Nos trajo al gran faraón

Texcoco por un capricho

y el Nilo se desbordó

¡cuando apareció “Tanguito”!

 

¿Quién ha podido olvidar?

de México al gran torero

que una sinfonía inmortal

escribió sobre los ruedos.

 

Mandó de grandes caudales

que en muletilla atesora

“El ave de Tempestades”

llevó a la cima su gloria.

 

Nos trajo también Mixcoac

un soldado de leyenda

que un mantó llegó a bordar

de esmeraldas en la arena.

 

Fue “Corazón de León”

aquél que con una “Oreja

de Oro” se consagró

y culminó sus faenas.

 

Sin olvidar que en el ruedo

glorioso de los aztecas

un “Don Luis” lució sereno

seda y oro en su “Brionesa”.

 

En la capital un lienzo

plasmó de grandes faenas

¡Ese torero el inmenso!

genial con sus “Sanjuaneras”.

 

Un volcán hizo erupción

de hidrocálida cantera

cuando toreó “un gran señor”

con dramatismo y solera.

 

Ruano Llopis se inspiró

con el arte de una estatua

dueño y señor del color

Andrés, modeló en la plaza.

 

Mexicano el gran Ciclón

figura nón de la fiesta

fue de los ruedos un sol

de imponderable grandeza.

 

Tlaquepaque en su violín

le canta al gran muletero

al diestro que a “Tabachín”

¡inmortalizó certero!

 

De inspiración sin igual

artistas de gran hondura

y “El León de Tepatitlán”

asombró con su bravura.

 

Y de éstas frutas maduras

llegó el sabor al oriente

pues conquistó ese gran buda

¡un matador jalisciense!

 

Excelsa la Nueva España

no admite en su raza esclavos

aunque Malinche la ingrata

entregue a los mexicanos.

 

Claudia Romano.[1]


[1] Claudia Romano: Alamares de sangre. Poesías. México, Imprenta Franciscana, 1967. 88 p., p. 38-41.

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