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PONCIANO DÍAZ SALINAS: “MITAD CHARRO Y MITAD TORERO”.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 PONCIANO DÍAZ SALINAS: “MITAD CHARRO Y MITAD TORERO” (CONFERENCIA)[1]

HOMENAJE A LOS 115 AÑOS DE SU MUERTE. (1899-2014).

    Hoy, en representación de mi país que es México, vengo a platicarles de un torero que vino a torear a estas mismas tierras, allá por 1889 e incluso, recibió la alternativa de matador de toros en la desaparecida plaza de la Carretera de Aragón, el 17 de octubre de aquel año, nada menos que de Salvador Sánchez “Frascuelo” y como testigo, Rafael Guerra “Guerrita”, quienes lidiaron toros de Veragua y Orozco.

   Me refiero a Ponciano Díaz Salinas, nacido en la hacienda de Atenco, la más antigua de todas las ganaderías de mi país, y que incluso, hoy día persiste, reducida a su mínima extensión (solo cuenta con 93 hectáreas), pero que durante 472 años cabales, ha mantenido su papel protagónico, luego de que el conquistador Hernán Cortés concediera en encomienda a su primo, el Lic. Juan Gutiérrez Altamirano amplias extensiones del Valle de Toluca para desarrollar en dicho sitio las primeras aventuras en la cría de ganado vacuno, junto a la actividad agrícola, que se mantuvo y se mantiene hasta nuestros días.

Ponciano Díaz Salinas: a cien años de su muerte y una estela de recuerdos.

 Ponciano Díaz fue el único torero mexicano que, en los últimos años del diecinueve, consiguió contraponer la popularidad de los españoles. Muy pronto se convirtió en ídolo.

 Daniel Cosío Villegas, Historia Moderna de México. El Porfiriato.

    Este 15 de abril de 1999 (como hoy, 15 de abril de 2014) recordamos en justo homenaje, el centenario de la muerte del torero mexicano Ponciano Díaz Salinas, “el torero con bigotes”, el diestro de Atenco, presentándoles un perfil de su personalidad.

   Ponciano Díaz Salinas nació el 19 de noviembre de 1856 en la famosa hacienda de Atenco. Hijo de Guadalupe Albino Díaz González “El Caudillo” y de María de Jesús Salinas. Pronto se dedicó a las tareas campiranas propias de su edad. Se sabe que el 1º de enero de 1877 viste por primera vez el terno de luces en Santiago Tianguistenco. Sus maestros en el arte propiamente dicho son su padre, el diestro español Bernardo Gaviño, Tomás Hernández “El Brujo” y José María Hernández “El Toluqueño”.

   Es importante destacar sus habilidades como charro, fue diestro con la reata y como jinete, a tal punto que se hizo “caballerango”, el hombre de todas las confianzas del señor Rafael Barbabosa Arzate, propietario de Atenco y más tarde de sus hijos. Esto es, gozaba de un conocimiento notable sobre toros y caballos, así como de las labores del campo. Muchas de sus habilidades las puso en práctica en cuanta plaza se presentó, para beneplácito y admiración de todos.

   Imprescindible en los carteles, se le contrató para estrenar la plaza de “El Huisachal” el 1º de mayo de 1881. Toreó por todos los rincones del país y también en el extranjero pues en diciembre de 1884 actuó en Nueva Orleans y entre julio y octubre de 1889 lo encontramos en Madrid, Puerto de Santa María y Sevilla. Precisamente en Madrid, el 17 de octubre recibió la alternativa de matador de toros siendo su padrino Salvador Sánchez “Frascuelo” y el testigo Rafael Guerra “Guerrita” con toros del Duque de Veragua y de Orozco. En Portugal se presentó en Porto y Villafranca de Xira. En diciembre del mismo año toreó en la plaza “Carlos III” de la Habana, Cuba.

   Ponciano Díaz al viajar a España trasladó las formas del toreo que fueron comunes en México y resultaron novedades por allá. Mientras tanto, el público de la Ciudad de México fue aleccionado por la prensa, proporcionándole ésta, los principios básicos de la tauromaquia a través de publicaciones como “La Muleta” o “La verdad del toreo”; la primera de ellas fue antiponcianista declarada, pero influyó en el nuevo criterio de la afición que se estaba formando.

   Entre México y otros países, el torero de Atenco, sumó durante su etapa de vigencia y permanencia 713 actuaciones, registradas y comprobadas luego de exhaustivas revisiones hemerográficas y otras fuentes de consulta; aunque esa cifra es muy probable que aumente como resultado de que muchos periódicos de la época  desaparecieron o simplemente no dejaron testimonio de su paso por lugares diversos de la provincia mexicana.

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Tarjeta de visita, retrato que se le hizo a Ponciano Díaz poco tiempo después del serio percance que tuvo en Durango el 22 de abril de 1883. Es propiedad de los descendientes de D. Doroteo Velázquez Díaz, sobrino nieto de Ponciano Díaz.

    Ponciano Díaz estrenó su plaza “Bucareli” el 15 de enero de 1888. Nunca alternó con Luis Mazzantini más que en un jaripeo privado 5 días después de la inauguración. En la tarde del estreno de la plaza de toros “Bucareli”, Joaquín de la Cantolla y Rico, furibundo poncianista, descendió al ruedo en su globo aerostático “el Vulcano” para abrazar al torero. También, la compañía de ópera italiana que entonces visitaba la ciudad, se sumó al festejo para cantar un himno triunfal mientras se realizaba el desfile de cuadrillas. Y las hojas de “papel volando”, las coronas de laurel, las bandas tricolores, las palmas entusiastas de miles de poncianistas se hicieron presentes durante aquella célebre jornada.

   El “torero bigotón” fue el diestro más representativo de lo nacional, mezclando sellos de identidad con los aceptados desde los tiempos del español Bernardo Gaviño, además de la influencia de otros peninsulares que llegaron a nuestras tierras desde 1885. Vestía de luces y mataba al volapié o hasta recibiendo, pero siempre quiso mantener su formación de torero mexicano a pesar de la campaña periodística prohispanista, que le ocasionó, una pérdida de popularidad que ya no volvería a recuperar jamás.

   La vigencia de Ponciano Díaz como el “torero mandón”, sin olvidarnos de los hermanos Ávila, de Jesús Villegas, de Pedro Nolasco Acosta o de Lino Zamora se va a dar potencialmente durante la octava década del siglo XIX.

   Dueño de especial carisma se convierte en un símbolo popular, al grado de que fue considerado “ídolo”, imagen elevada entre versos, canciones, zarzuelas y el típico grito de batalla lanzado por sus seguidores que fueron legión. Me refiero al de “¡Ora Ponciano!”. Más de 45 diferentes versos se han encontrado, todos los cuales giran para celebrar o idolatrar a este personaje popular de fines del siglo XIX. Un ejemplo de estos versos es el siguiente:

Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a “Cuatro dedos”

al que quiero es a Ponciano

que es el rey de los toreros.

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 El presente retrato le fue hecho a Ponciano Díaz cuando comenzaba a convertirse en un gran ídolo del pueblo mexicano. (Ca. 1886). Revista Sol y Sombra. Semanario taurino Nacional, del 19 de abril de 1943.

    Ese grito, considerado un llamado a la exaltación se queda plasmado en infinidad de obras, como la que escribió el gran poeta Juan de Dios Peza, juguete teatral que llevó música del maestro Luis Arcaraz y que fue un resonante éxito, a tal grado que luego de varias representaciones, tuvo que salir a escena el propio matador agradeciendo las muestras de afecto desbordadas por un público que lo transformaba cada vez más en el héroe del momento.

   Un hecho similar ocurrió con la representación de la zarzuela “Ponciano y Mazzantini” con letra del también autor mexicano Juan A. Mateos y música de José Austri, aunque en esta ocasión se llegó a las manos para elegir al mejor torero. A grado tal que se intentó contratar el Gran Teatro Nacional, con objeto de que en dicho escenario se verificasen varias corridas de toros nocturnas donde alternarían Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Así se sabría quien era el mejor.

   Manuel Manilla y José Guadalupe Posada, grandes artistas populares, después de burilar sus gestas y sus gestos, se encargaron de apresurar en las imprentas la salida de “hojas volantes” donde Ponciano Díaz volvía a ser noticia.

   Tanta era la popularidad del “diestro de Atenco” que incluso tuvo un club denominado “Sociedad Espada Ponciano Díaz” que presidió el general Miguel Negrete, héroe de la batalla del 5 de mayo en Puebla. Más de una vez, el citado militar recibió sendas llamadas de atención por salir enarbolando el pendón de la sociedad, enfundado en su mismísimo traje de batalla.

   La devoción por el torero de Atenco creció tanto, que en mayo de 1888 fue propuesto para ocupar el cargo como diputado al Congreso de la Unión:

    A los hijos de Toluca, Tianguistenco y de Galeana les suplicamos se fijen y den su voto para diputado al Congreso de la Unión a Ponciano Díaz pues no por ser torero pierde el derecho de ciudadano. Pruebas ha dado de moralidad y circunspección, para ser acreedor al voto de sus conciudadanos para ejercer dicho cargo. Vidal Tovar, Francisco Tovar, Adolfo Tovar, Luciano Almazán, Encarnación Valencia, Juan Arreguín, Luis G. Díaz, Cástulo Ramírez, Juan Corona, Cenobio García.

    Por fortuna para la “Asamblea Nacional y para el buen concepto de la Nación”, la petición no prosperó, pero quedó asentada como un precedente que hoy nos resulta curioso y anecdótico. La idolatría de la que fue objeto este torero quedó plasmada en una frase utilizada cuando alguien presumía de más y  que habla por sí misma:

   “¡Ni que fuera usted Ponciano!…”

   También las enfermedades utilizaron la fama del torero, en 1888 hubo una epidemia de gripe a la que se le llamó “el abrazo de Ponciano”.

   Don Quintín Gutiérrez socio de Ponciano Díaz y abarrotero importante, distribuyó una manzanilla importada de España con la “viñeta Ponciano Díaz”.

   En las posadas, fiesta tradicional que acompaña al festejo mayor de la navidad, al rezar la letanía contestaban irreverentemente en coro: “¡Ahora, Ponciano!” para sustituir el “Ora pro nobis”.

   Don José María González Pavón y el general Miguel Negrete obsequiaron al diestro mexicano los caballos “El Avión” y “El General” y fue el mismo Ponciano Díaz quien se encargó de entrenarlos. Con esos dos jamelgos lució lo mejor de su repertorio en ruedos españoles.

   El cine también tuvo como protagonista al “valiente torero”. Los señores Churrich y Moulinie, representantes de los Lumière en México filmaron una primitiva película en Puebla, allá por agosto de 1897 que titularon: “Corrida entera de la actuación de Ponciano Díaz”. En fin, sólo faltaba que Ponciano vistiera la casaca de don Porfirio y que este luciera un buen sombrero jarano para que las cosas llegaran a terrenos de lo inverosímil.

   Debemos recordar tres detalles que pintan por sí mismos el perfil del espada atenqueño. Uno de ellos refleja la popularidad del diestro al comparársele con la aceptación hacia los curados de Apam; el otro, aunque suene irreverente, se relaciona con la competencia en términos de fama entre el culto a la virgen y su propio prestigio. El tercer asunto tiene que ver con una sabrosa anécdota que contaba el filósofo Porfirio Parra en estos términos:

   En efecto, habemos dos Porfirios: don Porfirio y yo. El pueblo respeta y admira más a don Porfirio que a mí. Qué le vamos a hacer.

   Aunque tengo mi desquite.

   También hay dos Díaz: Ponciano y don Porfirio, el pueblo le hace más caso a Ponciano que a don Porfirio.

MÉXICO TAURINO, AÑO 2, Nº 25, 14 dic. 1905

Ponciano Díaz montando, probablemente a su famoso caballo “El Avión”. Revista México Taurino, Año 2, N° 25 del 14 de diciembre de 1905.

 Así entendemos una vez más la notoriedad del “torero con bigotes”.

   Ponciano Díaz cuya cuna fue Atenco, ganadería de historial hasta entonces tres veces centenario, se formó como el perfecto jinete y el mejor lazador para las constantes tareas que exigían las jornadas cotidianas del lugar. A su vez, su padre, tíos y hermanos también estuvieron ligados con aquellos quehaceres y pronto fueron hábiles no solo en lazar y pialar, también -sólo algunos de ellos- en torear. Por supuesto que Ponciano asimiló todo aquel esquema ganando terreno, haciéndose de arraigo entre el pueblo por lo que este lo elevó a estaturas insospechadas.

   Aquellas formas de lidiar, hoy en día quizás causen curiosidad o repudio. Pero en su época así era como se toreaba: “a la mexicana”, sello original de lo que el campo proyectaba hacia las plazas sin olvidar las bases de la tauromaquia española, que no quedaron desplazadas gracias a la participación del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda.

   En 1885 “El Diario del Hogar” daba la siguiente noticia: “Podemos asegurar que ninguno de los toreros extranjeros que últimamente han toreado en esta capital está a la altura de Ponciano Díaz”. Probablemente fue el primer diestro que rompió con la tradición, según la cual, los toreros de provincia tenían el monopolio de su plaza; Ponciano Díaz logró apoderarse de su público pues era un torero de aceptación nacional.

   Por otra parte, el diestro Gerardo Santa Cruz Polanco, ante la incertidumbre que mostró Ponciano Díaz en cuanto a su estilo de torear (siguiendo los cánones españoles o a la usanza mexicana) protestó de una manera singular. Encabezó una cuadrilla formada netamente al estilo mexicano, la llamó “Cuadrilla Ponciano Díaz”. Le reprochó su actitud quizás en estos términos: “Ponciano, así como eres así debiste haber seguido”. En medio de esa tormenta se desató el último capítulo de la vida torera de Ponciano Díaz.

   En 1887 su tauromaquia se enfrentó a la “reconquista” de los diestros españoles, quienes abanderados por José Machío, Ramón López y Mazzantini mismo, impusieron el toreo de a pie, según la tradición española y en su versión más moderna. Esto ocurría exactamente en los momentos en que las corridas de toros en el Distrito Federal fueron reanudadas, luego de haber estado prohibidas cerca de 20 años. A todo ello se unieron poco a poco grupos de aficionados, como el “Centro taurino Espada Pedro Romero” encabezados por Eduardo Noriega “Trespicos” y Carlos Cuesta Baquero “Roque Solares Tacubac”, quienes emprendieron intensa campaña periodística, fomentando los principios de ese toreo. Poco a poco el público fue aceptando la doctrina, rechazando el quehacer de los diestros nacionales.

   Para Ponciano Díaz, este acontecimiento marcó una sentencia definitiva, y aunque abraza por conveniencia aquel concepto, prefiere no traicionar sus principios nacionalistas, llevándolos hasta sus últimas consecuencias. Es decir, una pérdida de popularidad y de interés de parte de sus seguidores. Dos fueron sus refugios: la provincia y la bebida.

   Ponciano Díaz en su papel de empresario no tuvo mucha suerte. Compró ganado de procedencia sospechosa, el cual terminaba lidiándose en su plaza de “Bucareli”. Dichos toros, o remedo de estos, eran mansos, ilidiables y pequeños, lo que puso en evidencia la escasa reputación con que contaba Ponciano Díaz luego de varios años de ser considerado el torero más querido de la afición mexicana. Lástima que su fama se convirtiera en infortunio, y lo que pudo ser una trayectoria llena de pasajes anecdóticos de principio a fin, sólo se conservó fresca durante algunos años.

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   La vida rural y urbana se encontraron fuertemente ligadas al propio acontecer de Ponciano Díaz Salinas. Es importante destacar que en lo rural personajes de la ganadería tales como los caudillos, vaqueros y caballerangos, dueños de una destreza a toda prueba, desarrollaron actividades que dieron brillo e intensidad al conjunto de labores propias del campo.

   En la ciudad, independientemente de los acontecimientos políticos o económicos del momento, el pueblo quiere divertirse, y qué mejor manera de hacerlo que acudiendo a las corridas de toros, donde va a encontrarse con un mosaico de situaciones que llegan directamente del campo y se depositan en las plazas, escenarios donde el arte y la técnica se dan la mano, igual que lo campirano y lo taurino.

   Las historias que se relacionan con las corridas en donde actuaba Ponciano Díaz, nos cuentan que demostraba buena voluntad para agradar.  La innovación en el modo de herir (pasar del mete y saca al volapié), hizo que renaciera la idolatría  por el torero, fue puesto  no sólo al nivel de los “gachupines” sino por encima de ellos. Eso dijeron sus partidarios, sin considerar que su modo de torear en lo relativo al manejo del capote y la muleta era el mismo porque no podía modificarlo.

   Cuando Ponciano Díaz dio alguna corrida a su beneficio en la plaza de toros COLÓN, su público fiel lo ovacionó durante quince minutos, en los cuales los concurrentes, especialmente los de localidades de “sol”, estuvieron vitoreando al “torero adorado sobre todos los toreros habidos y por haber”. Así se expresó el periódico “El arte de la lidia”  agregando que Ponciano “era amado sobre todos los existentes y sobre los venideros”, no estando entonces prevista la aparición de Rodolfo Gaona. Fue ésta una auténtica muestra de patriotería que perdió totalmente los estribos.

   Los tendidos de las plazas, además de estar colmados de entusiastas aficionados, sirvieron para que las modas imperantes aprovecharan las pasarelas de los cosos de SAN RAFAEL, PASEO, COLÓN, COLISEO o BUCARELI para mostrar el repertorio de rasos y sedas, sobre todo, en vestidos de gran elegancia lucidos por algunas de las mujeres de la sociedad, que comienzan a acudir a las corridas; también los sombreros de bombín o los populares “de piloncillo” estuvieron presentes.

  A partir de 1885, la reconquista taurina desplazó poco a poco un nacionalismo taurino cuyo último reducto fue Ponciano Díaz, pues habiendo tantos toreros de estilo común al que el atenqueño abrazó, se rindieron ante ese nuevo amanecer o terminaron -como terminó Ponciano- en el refugio provinciano, en donde el citado “nacionalismo” dio sus últimas boqueadas.

   Con el siglo que terminaba, también se fue Ponciano Díaz (15 de abril de 1899). El torero nacional que gozó de popularidad sin igual, enfrentó la llegada y asentamiento del nuevo amanecer taurómaco, conducido por los toreros españoles Luis Mazzantini y  Ramón López.

 Ha concluido ya su historia…

Ya no existe aquel Ponciano;

el arte también concluye

y lloran los mexicanos.

    Todo tipo de poetas, mayores y menores le han escrito al amor y a la muerte; a la razón de ser feliz y a la soledad. Parecen temas de nunca acabar porque son de ordenes universales,  siempre presentes en todas las épocas.

   Hubo en el último tercio del siglo XIX un auténtico personaje popular al que poetas de esas dos vertientes lo cantaron y lo repudiaron; lo elevaron a niveles nunca concebidos y lo hundieron casi hasta el fango. Ponciano Díaz Salinas es su nombre. El romanticismo y el modernismo con sus distintas corrientes amen de otro género, el lírico-musical “que el pueblo de México ha venido cultivando con amor desde hace más de un siglo: El corrido” (Vicente T. Mendoza: El corrido mexicano) fueron elementos de exaltación presentes en aquellos momentos.

   Con excepción de Francisco Sosa en su Epístola a un amigo ausente (1888), el mayor número de las composiciones dedicadas al torero son de auténtica raigambre popular, producto de lo que les mandara su inspiración, una inspiración sincera e ingenua; o combativa y de advertencia.

   De hecho, en los tiempos del esplendor porfirista y los primeros del desorden revolucionario el modernismo comienza, evoluciona y muere entre los últimos veinticinco años del siglo pasado y el primer cuarto del XX. Quedan, como es lógico resquicios de un romanticismo decadente que gusta todavía en nuestro tiempo, como lo hacen esas grandes expresiones surgidas en otras épocas.

   Una cantidad respetable de composiciones emanadas de dichos estilos, se han localizado repartidas en diversas publicaciones que van desde las hojas volantes hasta lo registrado en libros afines o no al tema en estudio. Es por esto que vale la pena reunir ahora todo ese contexto o citar las más curiosas sin olvidar las fuentes bibliográficas que registren cada uno de esos testimonios.

   Según nuestras revisiones, el número de poemas o corridos escritos por y para Ponciano Díaz supera los 40. Además, y fuera ya de la temática se localizan también otros pocos ejemplos sobre libretos de zarzuelas que si bien, llevan implícitos el orden de composición asumida en el verso o en el poema como tal, no entran a formar parte de esta semblanza.

   A continuación, y para terminar, presento a ustedes un claro ejemplo de aquella poesía popular consagrada al “Gran torero Ponciano”:

 Alcanzó muy alta fama,

fue de mucha valentía;

en muchas plazas toreó

con valor y gallardía.

 

Su fama no desmintió,

pues en las plazas de España

manifestó que era bueno,

y de paso buena espada.

 

Desde su muy tierna edad

se dedicó a ser torero,

pues nacido y creado fue

allá en la hacienda de Atenco.

 

Su padre bien lo enseñó:

fue charro a prueba cabal,

y en lazo y en la cola

no tuvo ningún rival.

 

Banderilleaba a caballo

a cualquier bicho rejego,

y esto lo subía de fama

y aquilataba su precio.

 

Como torero moderno

alcanzó bastantes glorias,

y en las plazas que lidio

dejó muy gratas memorias.

 

Por la muerte de Gaviño,

que fue excelente torero,

su puesto ocupó Ponciano

con bravura y con denuedo.

 

Muy hábil diestro salió:

nunca desmintió su fama,

y en el arte de la lidia

hizo muy grandes hazañas.

 

Si antes de morir Gaviño

hubiera visto a Ponciano,

hubiera sido el primero

en tratarlo como hermano.

 

Se acabaron los toreros

de aquella época pasada,

en que había diestros muy buenos

y de veras se lidiaba.

 

Ponciano fue de esa plaza,

siempre lidio con limpieza,

no tenía miedo a los toros

al empuñar la muleta.

 

No hubo plaza en que no fuera

de todo el mundo apreciado,

luego que se presentaba

gritaban: “¡Ahora, Ponciano!”

 

Siempre con trajes lucidos

salía, pues, al redondel,

y los vivas a Ponciano

era lo que había que ver.

 

Aun el mismo Mazzantini

su valor con él midió,

y tuvo el gusto Ponciano

de ser un buen toreador.

 

En Jalisco, en Monterrey,

en Coahuila, en Zacatecas,

en Puebla y en muchas partes

sus glorias están aún frescas.

 

En Puebla tuvo la gloria

de que el público entusiasta

quitó las mulas al coche

para llevarlo a la plaza.

 

Bandas y coronas tuvo,

como se dice, de a bola,

porque siempre fue simpático

y elogiado a toda hora.

 

fue un hijo muy obediente,

a su madre quiso mucho,

y quizá la muerte de ella

lo hizo bajar al sepulcro.

 

Esa parca fiera y cruel

del mundo se la ha llevado,

pero nos deja recuerdos

a todos los mexicanos.

 

Ha concluido ya su Historia:

y no existe aquel Ponciano,

el arte también concluye

y lloran los mexicanos.

 

Mas en esa losa fría

que deposita sus restos,

nuestros recuerdos reciba

rezándole un Padre Nuestro.

 

Los toreros españoles

también deben de sentirlo,

pues lo trató con aprecio

y se mostró buen amigo.

 

Adiós, querido Ponciano,

nos dejas gratos recuerdos,

y desde el punto en que estés

te enviaremos nuestro afecto.

 

En fin, se acabó Ponciano,

ya no volverá a torear:

ha pasado ya a la historia:

duerme para siempre en paz.

    Hasta aquí la semblanza del torero mexicano Ponciano Díaz Salinas que, como vemos, tuvo la oportunidad de trascender su quehacer no solo a nivel nacional. También lo hizo en el extranjero y aquí, en España no fue la excepción. Espero que al ocuparme de él en lo que para nosotros los mexicanos consideramos a España como la “cuna del toreo”, haya quedado recuperada su figura, como la que en su momento alcanzó otro “mexicano universal”: Rodolfo Gaona, diestro que tuvo la fortuna no solo de alternar -entre otros- con “Joselito” y Belmonte, sino de haber formado con ellos la recordada “época de oro del toreo”.

   Es mi deber como mexicano, pero también como historiador decir que la actuación de los diestros connacionales en España ha sumado importantes capítulos, de lo cual espero, en otra ocasión, poderles contar lo que significaron para la tauromaquia.

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Imagen incluida en el libro de Mario Colín: El corrido popular en el Estado de México. Dibujos de Jesús Escobedo. México, Imprenta Casas, S.A., 1972. 556 p. Grabs., ils. (Biblioteca Enciclopédica del Estado de México, XXV).

 MUCHAS GRACIAS.


[1] Conferencia dictada en la II Feria Internacional del Toro (Sevilla, España) el 13 de abril de 1999. A 15 años de diferencia, no ha perdido sustancia, por lo que vale la pena su puesta al día, motivo suficiente para homenajear al personaje que hoy se aborda.

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SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (10ª y última ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hoy 12 de abril de 2014 y a 89 años vista, Rodolfo Gaona Jiménez se despedía de los ruedos, dejando tras su paso una estela imborrable de circunstancias, las que lo definieron y lo llevaron a convertirse en una gran figura del toreo. Tal ha sido hasta nuestros días que este gran personaje sigue siendo tema de conversación entre los taurinos, al punto de que siempre me pregunto o les pregunto: ¿Qué significa Gaona en estos momentos, en que ni nos consta haberlo visto, y sin embargo conversamos, discutimos en torno a sus hazañas, a su figura?

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Col. del autor.

    Al paso de los años, quien habría de ser considerado por José Alameda como el primer gran mexicano que universalizó el toreo, sigue siendo un referente, un hito que, como marca de fuego, su nombre aparece grabado en forma indeleble junto a los de Juan Belmonte García y José Gómez Ortega. Con ellos tres basta y sobra para entender que a su arribo, se convirtieron en depositarios y herederos de una línea perfectamente definida desde los gloriosos capítulos protagonizados por “Lagartijo” y “Frascuelo”, reorientados por Rafael “El Guerra” y encaminados, para su nueva puesta al día, con otros elementos de modernidad, gracias a la presencia de Gaona, Belmonte y “Joselito”. Y es que entre “Lagartijo”, “Frascuelo” y “El Guerra”, existió una generación de auténticos guerreros, comandados por Antonio Fuentes, además un diestro rematado por la gracia del arte, Luis Mazzantini, los “Bomba”, “Machaquito”, Antonio Montes, Antonio Reverte, “Chicuelo” padre y “Bienvenida” padre, así como por el genial e inaprehensible Rafael Gómez “El Gallo”, entre otros, que encabezaron, entre 1890 y 1908, año del surgimiento de Gaona, todo un proceso en el que el toreo basaba sus expresiones en duras batallas, tal y como se puede comprobar en el quehacer de diversas publicaciones taurinas de la época y que han llegado hasta nosotros, sea por gracia del papel; sea por gracia (incluso) de lo digital. Del mismo modo, aunque con menores posibilidades de estimación o valoración, se encuentran las primeras escenas taurinas que se filmaron por aquel entonces, entre 1895 y 1908, las cuales apenas por su vertiginoso movimiento y lo efímero del encuadre, son una fuente de la que no podemos desdeñar su contenido, pero que sirve para entender lo duro de aquellos enfrentamientos, en donde priva un toreo cargado de riguroso poder y muy pocos ingredientes estéticos. El toro de aquella época en España, por lo que puede apreciarse en las imágenes fijas, y por las crónicas que deben leerse para entender el estado de la cuestión, nos permiten entender que, como en toda época, existen y han existido ganaderías ya definidas y otras encaminadas a alcanzar ese grado de aceptación. Que hay toros buenos y malos, chicos y grandes, y todos los que se lidian, se involucran a un estilo de lidia en el que la suerte de varas juega un papel relevante, de primer nivel, con lo que los toreros y sus cuadrillas giran en torno a aquella dimensión, pues caballo y picador permanecen durante buena parte de la lidia, incluso antes de que salga el toro. Aquel duelo, entre toro y caballo se repetía intermitentemente, lo que ocasionaba sensibles bajas en la caballería, y un inestable desempeño de los varilargueros, con lo que al desarrollarse el tercio final, esos toros llegaban prácticamente enteros a la muleta, con lo que los matadores tendrían apenas suficiente tiempo para igualarlos, castigarlos y quitárselos de encima de la manera más honrosa que fuese posible, lo cual significa entender todo esto como un periodo heroico, valioso, y cuyos aportes sirvieron para que la inmediata generación –la de Gaona, “Joselito” y Belmonte-, así como todos aquellos que también la integraron, pudieron escalar un segmento muy importante en la evolución del toreo, con lo cual dicha representación logró dar un giro y entonces nuestros tres protagonistas se adaptaron al nuevo estado de cosas. El arte y la técnica al servicio del toreo moderno, al cual se agregaron las virtudes y genialidades de “Joselito”, aquel esteticismo impregnado por Gaona y por el abandono de Belmonte que demandaba renunciar al cuerpo, hasta el punto de que sentenciaba aquella frase casi freudiana: “Se torea como se es”.

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SINAFO. N° de catálogo: 68250. Rodolfo Gaona saluda al presidente Francisco I. Madero. Ca. 1911.

   En el caso particular de Gaona, con toda aquella enseñanza aprehendida, luego de las duras jornadas de entrenamiento y enfrentamiento sostenido con su maestro, Saturnino Frutos “Ojitos”, a pesar de tan difícil episodio, es que Rodolfo pudo encaramarse en el sitio de privilegio que detentó hasta el punto de convertirse en figura del toreo. Nada de lo que hizo fue casual. Lo suyo fue una acumulación de conocimientos que supo materializar y llevarlos hasta auténticas puestas en escena que conmovieron a una afición que alcanzaba ese elevado punto de madurez, condición con la cual los sectores más tradicionales o conservadores reconocen su alta valía. Considero que muchos aficionados de aquella época encontraron la oportunidad de afinar su visión de las cosas, al existir toda una gama de posibilidades en diversas publicaciones periódicas, de las que surgieron plumas muy interesantes, mismas que elaboraron sinfín de textos que sirvieron para describir con mayor claridad el significado de aquel toreo, que entraba en proceso de transición, y que gracias a las tres figuras aquí mencionadas, es posible entender su arribo a la siguiente etapa evolutiva de la tauromaquia en pleno siglo XX.

RODOLFO GAONA_CUMBRE DEL TOREO

Archivo del periódico ESTO. año de 1975. Óleo de “Pancho” Flores.

    Rodolfo Gaona es, sin duda cabe el primer gran torero mexicano formado con elementos universales del toreo, que consisten fundamentalmente en los vasos comunicantes entre oriente y occidente, lo que sigue demostrando la poderosa fuerza en que se entabla un diálogo cultural al menos entre dos naciones que no son ajenas, se reconocen, se identifican. También se encuentran reconciliadas luego de aquel pasado que tuvo desde la conquista, el virreinato y la independencia de nuestro país, difíciles capítulos de asimilación. En todo ello, el mestizaje fue una interesante consecuencia del que también fue ese forzoso maridaje entre el padre español y la madre indígena.

   Gaona es universal porque su toreo abarca expresiones acumuladas por el andar de los siglos, experiencia que se concentra en un proceso muy complejo de dinámicas que van de sumar valores con un peso específico que responde a estados creativos al servicio del arte, o de todo aquel que se configura en la técnica. Precisamente cuando lo que estas dos condiciones: la técnica y la estética –me disculpo por la reiteración-; deben conjuntamente resolver para generar valores afines a la condición efímera que se encuentra supeditada no podía ser de otra manera, al arte y la técnica.

   El toreo de Gaona tal y como lo concibió en su momento es imposible que se corresponda con el nuestro. Sin embargo, son los cimientos del mismo los que siguen constituyendo lo que hoy apreciamos. Ha cambiado la configuración del espectáculo, se ha humanizado más. El toro ya no es el mismo, ni tampoco la suerte de varas. Mucho menos los propósitos de una lidia primitiva, con vistas a depurarse y lo que significa esta otra forma de representación, fundamentalmente por el hecho de que cambiaron los procedimientos y hasta los propósitos, que han redundado en un avance y depuración de formas y estilos. Pero en todo ello, la figura y la presencia de Gaona no se han diluido en el horizonte de la tauromaquia mexicana la que con él, trascendió hasta alcanzar a confirmar una vez más, que el toreo con él, es universal.

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SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (9ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En la peculiar rareza del inicio de un siglo que no tiene ninguna necesidad de partir de su principio elemental (ahí está el caso de que para el XXI, su crudo comienzo tuvo lugar el 11 de septiembre de 2001), esto va a ocurrir en el toreo mexicano. Poco más de 10 años bastaron para que la expresión nacionalista encabezada fundamentalmente por Ponciano Díaz fuera liquidada por la “reconquista vestida de luces”, que se estableció en México desde 1882. Ya sabemos que aquel grupo de diestros españoles encabezado por José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos Ojitos, junto con la labor doctrinaria de la prensa cimbraron la estructura de la tauromaquia mexicana, resultante de una sustancia híbrida –a pie y a caballo-, enriquecida con los “aderezos imprescindibles” denominados mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otros. El débil andamiaje que todavía quedaba en pie en el postrero lustro del XIX fue defendido por el último reducto de aquella manifestación. Me refiero de nuevo a Ponciano Díaz quien con su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1899 se lleva a la tumba la única parcela del toreo nacional que quedaba en pie, pero que ya no significaba absolutamente nada. Era ya sólo un mero recuerdo.

   1901 amaneció para México dominado por la presencia torera española, en contraste con una floja puesta en escena de diestros nacionales, encabezados por Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, lo que representaba un desequilibrio absoluto, una desventaja en el posible despliegue de grandeza, mismo que se dejará notar a partir de 1905, con la aparición de Rodolfo Gaona.

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

   Rodolfo Gaona Jiménez, había nacido el 22 de enero de 1888 en León de los Aldamas, estado de Guanajuato. Con rasgos indígenas marcados, y sumido en limitaciones económicas, el muchacho, solo no tenía demasiado futuro. Se dice que Saturnino Frutos emprendió el difícil camino de buscar promesas taurinas en el bajío mexicano, sitio en el que estaba gestándose uno de los núcleos más activos, sin olvidar el occidente, el norte y el centro del país.

   El encuentro de Frutos y Gaona se dio en 1902, imponiéndose desde ese momento una rígida preparación, bajo tratos despóticos soportados entre no pocas disputas o diferencias por Rodolfo, único sobreviviente de una primera cuadrilla que luego se desmembró al no soportar el ambiente hostil impuesto por el viejo banderillero, convencido de la mina que había encontrado en aquel joven que lentamente asimiló el estudio. Pero sobre todo el carácter.

   El “indio grande”, el “petronio de los ruedos”, el “califa de León” y otras etiquetas determinaron y consolidaron la presencia de ese gran torero quien, como todo personaje público que se precie, también se involucró en algunos oscuros capítulos, que no vienen al caso.

   Rodolfo Gaona, el primer gran torero universal, a decir de José Alameda, rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Ello significó el primer gran salto a escalas ni siquiera vistas o comprobadas en Ponciano Díaz (9 actuaciones de Ponciano entre España y Portugal en su primera y única temporada por el viejo continente), no se parecen a las 81 corridas de Rodolfo solo en Madrid, repartidas en 11 temporadas, aunque son 539 los festejos que acumuló en todo su periplo por España. Sin embargo, los hispanos se entregaron a aquel “milagro” americano.

   Gaona ya no sólo es centro. Es eje y trayectoria del toreo aprendido y aprehendido por quien no quiere ser alguien más en el escenario. Independientemente de sus defectos y virtudes, Rodolfo –y en eso lo ha acentuado y conceptuado con bastante exactitud Horacio Reiba Ibarra-, sobre todo cuando afirma que Rodolfo Gaona es un torero adscrito al último paradigma decimonónico. Y es que el leonés comulga con el pasado, lo hace bandera y estilo, y se enfrenta a una modernidad que llegó al toreo nada más aparecieron en el ruedo de las batallas José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX.

   Tal condición se convirtió en un reto enorme para el torero mexicano-universal, sobre todo en un momento de suyo singular: la tarde del 23 de marzo de 1924, cuando obtuvo un resonante triunfo con QUITASOL y COCINERO, pupilos de don Antonio Llaguno, propietario de la ganadería de San Mateo. Esa tarde el leonés tuvo un enfrentamiento consigo mismo ya que, logrando concebir la faena moderna sin más, parece detenerse de golpe ante un panorama con el que probablemente no iba a aclimatarse del todo.

   Los toros de San Mateo no significaron para Gaona más que una nueva experiencia, pero sí un parteaguas resuelto esa misma tarde: Me quedo con mi tiempo y mi circunstancia, en ese concepto nací y me desarrollé, parece decirnos. Además estaba en la cúspide de su carrera, a un año del retiro, alcanzando niveles de madurez donde es difícil romper con toda una estructura diseñada y levantada al cabo de los años.

   Es importante apuntar que la de San Mateo era para ese entonces una ganadería moderna que se alejó de los viejos moldes con los que el toro estaba saliendo a las plazas: demasiado grandes o fuera de tipo, destartalados y con una casta imprecisa. El ganado que crió a lo largo de 50 años Antonio Llaguno González recibió en buena medida serias críticas más bien por su tamaño –“toritos de plomo”- llegaron a llamarles en términos bastante despectivos. Pero en la lidia mostraron un notable juego, eran ligeros, bravos, encastados; incluso una buena cantidad de ellos fueron calificados como de “bandera”.

   Volviendo con Gaona, su quehacer se convirtió en modelo a seguir. Todos querían ser como él. Las grandes faenas que acumuló en México y el extranjero son clara evidencia del poderío gaonista que ganó seguidores, pero también enemigos.

   De regreso a la hazaña con el toro QUITASOL de San Mateo ocurrida el 23 de marzo de 1924, con ella concibe el prototipo de faena moderna. Si JOSÉ ALAMEDA da a Manuel Jiménez “Chicuelo” el atributo de haber logrado con CORCHAÍTO de Graciliano Pérez Tabernero ese nivel,[1] nosotros se lo damos al leonés con aquella obra de arte que un polémico periodista de su época, Carlos Quiroz “Monosabio” recoge en espléndida reseña que presentamos en su parte esencial. Aquella tarde sucede un hecho memorable: Rodolfo Gaona, en una de las varias vueltas al ruedo que emprendió para agradecer las ovaciones, se acompañó de don Antonio Llaguno. Fue la única ocasión en que Gaona lo hizo con un ganadero, mismo que está proporcionándole a la fiesta un toro nuevo y distinto. El toro moderno para la faena moderna que a partir de esos momentos será una auténtica realidad.

   Además, “Monosabio” logró conseguir un perfil biográfico junto con la obra humana y artística del “petronio de los ruedos” en MIS VEINTE AÑOS DE TORERO,[2] libro llevado a la prensa en dos ediciones con miles de ejemplares vendidos, y que hoy está convertido en verdadera reliquia de bibliotecas.

 PAGINAS TAURINAS DE MONOSABIO

 ¿CUAL DE LAS DOS?

    Han pasado ocho días y aún se comentan las faenas que Gaona realizó con los toros “Quitasol” y “Cocinero”, de la ganadería de San Mateo. Todavía no nos hemos puesto de acuerdo acerca de cuál de ellas tuvo mayor mérito.

   Unos juzgan que la de “Quitasol” fue una maravilla de acabado. Perfecta obra de orfebrería. Dechado innegable de perfeccionamiento en el manejo de la muleta. Y es que consideran que las condiciones en que “Quitasol” llegó a poder del matador: sosote, obedeciendo despacio y aún tuvo momento en que quiso trotar al hilo de las tablas.

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   Y otros, resueltamente, votan por la faena de “Cocinero”, el cuarto, que acometió con más nervio y tuvo más poder y traía la cabeza suelta. Y fue que si en la primera contemplaron suprema sapiencia en la aplicación de la flámula, en ésta hubieron de certificar no sólo esa maestría insuperable, sino algo que es más raro: la inteligencia, el dominio que con la muleta puede alcanzarse.

   Sí: porque todos vimos que al cuarto muletazo “Cocinero” que empezó achuchando y revolviéndose codicioso, estaba con la lengua fuera, muy quieto y permitió que el leonés le volviese la espalda, cual si ya lo considerase enemigo insignificante.

   Es verdad que en la faena del primer bicho se realizó el milagro de ligar seis pases naturales sin perder terreno en ninguno, haciendo que el bruto girase en torno al diestro. Seis pases naturales que en realidad constituyeron uno sólo: en redondo y que fueron rematados con el clásico pase de pecho, complemento obligado del pase natural. Seis pases en los que el diestro sujetó al toro para que no saliera de la muleta.

   Pero -agregamos no pocos- con todo y haber sido una maravilla la faena de “Quitasol”, siempre, la de “Cocinero”, queda algunos codos más alta.

   En “Cocinero” hubo más enemigo; más nervio, mayores dificultades que vencer.

   Por eso, su mérito es más grande, incuestionablemente.

   Sin embargo, no han faltado los Zoilos de ordenanza, pretendiendo aguar la fiesta.

   Sueñan con tapar el sol con un dedo.

   Basta lijera -sic- glosa de sus afirmaciones, para darse cabal cuenta de lo qué entienden de estas materias. Uno dice:

   “En banderillas se resiste a entrar -habla de “Quitasol”-. Escarba y huele, y nada. Un banderillero arroja su montera a la jeta del burel, mas este se contenta con juguetear y no arranca…”

   “El bicho ha llegado a la muerte como una seda. Ideal. El bicho sigue el engaño como babosa. Y no pierde de vista la muleta. En cualquier momento lo único que llama su atención es el trapo rojo…”

   Y allí, al lado de tan luminosas frases, una pequeña instantánea del Indio muleteando a “Quitasol”. En ella se mira cómo “Quitasol” se marcha al hilo de las tablas, y el Indio que le mete la pierna en los ijares y le flamea la muleta para recogerlo…

   Luego, no en todos sus movimientos lo único que llamaba la atención de “Quitasol” era la muleta.

ANTONIO LLAGUNO

Propietario y responsable de la ganadería de San Mateo.

    Y cuando un toro se queda y echa la jeta por los suelos -como dice que hizo “Quitasol”- ya no es tan de seda. Alguna aspereza debió tener. Y torearlo primorosamente como lo toreó Gaona, es indudable que representa no poco esfuerzo, máxime si hay momento en que el enemigo intente marcharse con viento fresco.

   Del cuarto, dice:

   “Un toro que comienza saltando al callejón, que sigue dando brincos. Que se queda en varas…

   ¿Acaso toro en tales condiciones es un pedazo de azúcar?

 CONVENGA O NO

    Hay quienes reprochan al Califa el poco clasicismo que empleara al torear a “Quitasol”.

   Hubieran preferido de buena gana que, después de los seis pases naturales y el de pecho, hubiese entrado a matar: habría sido faena completa y clásica, porque así debió haberlo hecho el propio “Chiclanero”. ¿Para qué torear con la diestra, cambiándose de mano el engaño, etc?

   Y, si Gaona hace tal, entonces las exigencias serían de otro género.

   Esa faena impecable la entenderíamos media docena de los que estábamos en la plaza, no los doce mil que había en los tendidos. Y, como el sol sale para todos, hay que contentar a la mayoría.

   De lo contrario, aparte de que la brega habría tenido menor emoción y escaso lucimiento, le pondrían toda suerte de reparos: éste, diría que no supo sacar el partido a que obligaba la nobleza del cornúpeto; aquél, quizás dudaría de la afición del torero, de su deseo de complacer a la clientela; porque, si con un borrego no se hacía aplaudir a rabiar, quien sabe para cuando reservaría su tan decantada maestría.

   El caso era poner laguna tilde, conviniese o no.

   Y no todos están por los clasicismos, que es éste un capítulo en el que se “vacila” más de lo necesario.

   Cuando, después de meternos en el cráneo algún pesado librote taurómaco entramos a la realidad de las cosas, salimos pidiendo a gritos el toreo clásico: mucha mano izquierda; torear exclusivamente con los pases fundamentales: el natural y el de pecho. La estocada recibiendo…

   Con arrebatadora suficiencia doctrinamos de esta guisa, queriendo reducir a la nada algún diestro que tarde a tarde se lleva de calle a los públicos: -Mientras no reciba un toro, no puede considerársele un gran estoqueador!…

   Y resulta que ejecuta exclusivamente los pases naturales y los de pecho, y viene la consumación de la suerte máxima, y aplaudimos, pero no hemos quedado satisfechos. Y ya estamos poniéndole reparos y nos hundimos en prolijas disquisiciones acerca de si debió o no debió haber recogido el pie izquierdo, o el derecho, o levantado más la mano. Y unos dicen que recibió a ley, y otros lo niegan y el torero con cuatro palmadas no queda contento, y jura no volver a meterse en semejantes belenes.

   Todo se debe a que, la verdad, la suerte que creímos portentosa ya de viso nos parece tener poca miga. Esperábamos que despertaría mayor alboroto, que nos causaría más impresión. Y no.

   Lo acabamos de certificar recientemente: Nacional recibió cuatro, cinco veces. Y ya nadie se acuerda de eso. Y no porque Nacional hubiese consumado la suerte suprema con mayor o menor perfección, -que en alguna llenó todos los trámites- hemos de confesar que sea consumado estoqueador, un Maestro. No. Comprendimos que su talla aventajada le permite intentar la suerte de recibir; pero que todavía está verde para codearse con los Mazzantini.

   En cambio, después de ver torear a Gaona un toro, chico o grande, como los ha toreado en esta temporada, tenemos que concluir perfectamente convencidos: es un maestro.

   Y han sido porque en esa faena ha despertado emoción. Ha dado el sello de su personalidad inconfundible, como en la de “Quitasol” que no la redujo al clásico capítulo inicial, del toreo sobre la zurda, el que le enseñara “Ojitos”, sino que, al prolongarla, buscó no caer en monotonía. De aquí que sus hazañas fueran todas distintas. Y la faena de “Quitasol” en nada se pareció a la de “Cocinero”.

   Si los dos toros eran igualmente nobles y faltos de respeto, como se dice por allí, cualquier otro lidiador los hubiese toreado con el mismo procedimiento, hasta hacer creer que era uno mismo.

   Y esto lo vemos a diario: antes de que extienda la muleta el matador, ya sabemos que va a hacer y hasta podemos irle marcando el repertorio.

   Porque es uno mismo, reducido, monótono, falto de interés.

   Gaona, en estas dos faenas tan diferentes, probó no sólo que es quien más domina con la muleta, quien en ella posee positiva arma ofensiva y defensiva, sino que es el más “largo”. El único, en los tiempos que corren, capaz de entretener y entusiasmar a los aficionados y sumirlos en un mar de perplejidades, porque, como hoy ocurre, no sabe por cual decidirse: si por la faena arrobadora en que brillan los seis pases naturales ligados a la perfección, como brillan sobre el terciopelo los brillantes y las perlas, o por la faena de dominio absoluto, de ligereza asombrosa y de adorno variado e inagotable.

   Y hoy no se habla de estocadas, sino del toreo de muleta.

   El torero ha vencido al matador, lo cual no es una novedad porque así ha ocurrido siempre.

   No voy a negar que los grandes estoconazos levanten en vilo a los públicos y arrancan ovaciones estruendosas. Pero es cierto que jamás el matador ha podido aplastar al torero: “Lagartijo” no fue opacado por “Frascuelo”; ni “Guerrita” por don Luis; ni Fuentes por “Algabeño”. “Machaquito”, con lo valiente y seguro estoqueador que fue, vio con pena que el cetro no estuvo en sus manos, sino en las de “Bombita”, que era el torero.

 CUALQUIER TIEMPO PASADO…

    Y al pretender menguar el mérito de lo que viéramos hacer con “Quitasol” y “Cocinero”, se hace hincapié en que fueron toros chicos. Terciados, no chotos, como dicen.

   En efecto: la corrida de San Mateo fue una corrida terciada, adelantada. Pero los más terciados fueron los dos últimos, que no correspondieron a Gaona.

   Y sin que yo pretenda hacer el elogio de los toros chicos, sí debo recordar que no sólo los toros grandullones saben dar cornadas, ni son los que mayores dificultades ofrecen a los lidiadores. A menudo los chicos y escurridos de carnes tienen más ligereza y nervio que los regorditos y corpulentos. Tenemos un caso reciente: Los toros de San Mateo lidiados en la corrida a beneficio de la Casa de Salud del Periodista. El más corpulento y en mejor estado de carnes, fue el “Silveti”, toro bravísimo y de nobleza ideal, que se dejó hacer cuanto quiso el “Hombre de la regadera”. Y el de menos libras, pero con mucho poder y nervio, fue el más pequeño: el “Facultades”, aquel que ya con todo el estoque hundido en lo alto y listo para que de él diera cuenta el puntillero, se levantó y persiguió a Paco Peralta de tercio a tercio, y por poco le echa mano.

   “Relojero”, de Piedras Negras, el bicho que cogió a Nacional, no fue un toro grande. Nacional toreó a muchos otros de mayor respeto, y el que le atravesó un muslo fue el de menor tipo… Y, se explica: todos traen cuernos y sangre; y las cornadas no las dan con los años, sino con lo que llevan en la cabeza.

   Siempre, es costumbre inveterada que quienes han conocido otros tiempos se entreguen a lanzar suspiritos de monja, añorando aquellas épocas en que veían lidiar reses con los cinco años cumplidos, con muchos kilos sobre el lomo y con pitones kilométricos.

   Y lo creen como lo dicen. Están convencidos de que conocieron algo mejor de lo que nos sirven hogaño.

   Hace veinte años yo escuché los mismos suspiros. Entonces se envidiaba a nuestros abuelos, que no vieron lidiar chotos.

   En aquellos tiempos, yo ví a Mazzantini lidiar seis becerros del Cazadero, muy bravos, por cierto; y con ellos Don Luis y Villita dieron la más lucida tarde de aquella temporada.

   En la extinta plaza “México”, Minuto y Fuentes, torearon seis ratitas de Saltillo, noblotas y bravas. Fue corrida brillantísima y fue entonces cuando Antonio ensayó la suerte de recibir, con el cuarto.

   A Mazzantini, a Lagartijillo y a Fuentes, yo los ví lidiar la primera corrida de Piedras Negras, con cruza española. Fueron seis bichos pequeños y de asombrosa bravura.

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Carlos Quiroz Monosabio, autor de la nota que fue recogida de El Universal. El gran diario de México. De la colección del autor.

    ¿Bueyes? En aquéllas épocas pretéritas se lidiaban a pasto. Pocas veces escapaban los toros del Cazadero sin ser quemados. Atenco estaba por los suelos. Dígalo aquella bronca de la segunda corrida de Reverte. Cuando Reverte volvió a torear en la plaza “México”, domingo a domingo, se las veía con mansos, sacudidos de carnes y mal encornados de San Diego y de Santín.

   En cambio, a últimas fechas y a partir de las corridas que se dieron en Tlalnepantla, han menudeado los toros bravos en todas las ganaderías. Hemos visto bravura ejemplar en algunos bichos de Atenco y San Diego de los Padres, de Piedras Negras, La Laguna, Zotoluca, Coaxamaluca, y San Mateo.

   Y, si ayer Tepeyahualco presentaba corridas de soberbio trapío, hoy La Laguna nada tiene que envidiarle.

   En el beneficio de Gaona, Atenco mandó una corrida grande, brava, gorda y de largos pitones. De San Diego este año hemos visto una corrida muy dura, y de San Mateo una con un nervio que no conocieron nuestros padres.

   Sin embargo, los abuelos repiten su vieja cantinela.

   ¡Ah, aquellos tiempos!”’

   Suspiran por los días en que también se lidiaban mansos, y chotos, como ahora y como siempre.

   Jorge Manrique lo dijo:

Cómo a nuestro parecer

Cualquier tiempo pasado

Fue mejor.

    Pero estar repitiendo tonterías, resulta una necedad.

 MONOSABIO. [3]

GAONA CON QUITASOL Rodolfo Gaona toreando al natural al bravo Quitasol. Obsérvese la moderna ejecución de dicho pase, lo que refiere el alto grado de madurez que para 1924, había alcanzado el leonés. En: Heriberto Lanfranchi, La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., po. 323.


[1] La faena a Corchaíto, que fue una maravilla en sí misma, tuvo sobre todo el don de la oportunidad. El “milagro” ocurrió en Madrid (el 24 de mayo de 1928) precisamente cuando el público intuía, sentía, “necesitaba” que a los toros ya más afinados se les hiciera otro toreo: el toreo ligado, enlazado, que permita la unidad de la obra y la prolongación de la faena, sacándola del reducido molde belmontino en que venía manteniéndose. Pues si el toro verdaderamente propicio no salía todas las tardes, digamos, con la liberalidad de ahora, salía ya con la relativa frecuencia necesaria para que la evolución del arte pudiera producirse.

[2] Carlos Quiroz (Monosabio): Mis veinte años de torero. El libro íntimo de Rodolfo Gaona. México, Talleres Linotipográficos de “El Universal”, 1924. 279 p. Ils. Fots.

[3] El Universal. El gran diario de México. Director: José Gómez Ugarte. Domingo 30 de marzo de 1924. Año IX, Tomo XXX, Nº 2716, Cuarta sección, pág. 4.

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SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (8ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Prometí traer hasta aquí la poesía dedicada a Rodolfo Gaona concebida inmediatamente después de su despedida y hasta nuestros días. Este es el resultado, obtenido, evidentemente y una vez más, de mi trabajo: Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI, que hoy día alcanza en alrededor de dos mil cuartillas, un número similar de muestras poéticas que en su representación original, constituyen la reunión de diversos materiales los que, pueden alcanzar alturas insospechadas en cuanto a su creación literaria. Pero también los hay que son de manufactura muy sencilla, popular, e incluso auténticos casos de ofensa poética, si cabe la descripción. Indudablemente ese trabajo, aunque reúne todo este tipo de ejemplos, tiene la enorme flexibilidad de convertirse también en un selecto depósito de los mejores poemas, y de ello también cuento para el caso con la respectiva Antología de la antología. Ojalá que pronto pueda dar alguna noticia más concreta sobre su posible publicación, para lo cual vienen realizándose las gestiones del caso. Por obvias razones, me permito seleccionar dos de ellos, de los casi 20 que existen, y que habrán de ser incluidos en otra obra en preparación, eligiendo para el caso los que se escriben en las fechas extremas, es decir: 1927 y 2005 respectivamente.

 1927

    En diciembre de aquel año, comenzó una intensa campaña, que impulsó la revista El Eco Taurino para levantar una estatua a Rodolfo Gaona. El escultor Juan Leonardo Cordero presentó toda una justificación para llevar a cabo la obra (que finalmente fue develada, siendo la cabeza la parte corporal que quedó convertida en pieza escultórica). No faltó la parte crítica, bastante crítica, como lo veremos en los siguientes versos.

 MARTÍN GALAS.

 

Se proyecta levantar

a Gaona un monumento,

y yo tengo que opinar

si, para el “levantamiento”

de la estatua, proyectado,

puede haber, o no, razones

para estar justificado

snte las generaciones

que discutan este honor,

pues la estatua, según creo,

se alzará en el interior

de la plaza de “El Toreo”.

El asunto es delicado,

porque esta duda me asalta:

No sé si se ha levantado

una estatua a la Peralta.[1]

si ha borrado las fronteras

del Arte, ¿por qué motivo

no tiene Chucho Contreras[2]

un monumento emotivo?

Por fin, ya que a mano viene:

aquel músico bizarro,

Abundio Martínez,[3] ¿tiene

siquiera, un busto… de barro?

Así, por ese tenor,

de Artistas grandes, un ciento,

no han merecido el honor

de ver, en un monumento

perpetuada su memoria,

cuando ya no han existido.

¡Si acaso, tienen la gloria

de vivir en el olvido…!

Rodolfo, el enorme Artista,

el portentoso torero,

siempre fue tras la conquista

de la gloria… y del dinero.

Y al poner fin a su historia,

brillante como ninguna,

hoy vive lleno de gloria,

y dueño de una fortuna.

¿Que tuvo tardes enormes,

como tuvo tardes malas?

En eso estamos conformes.

por lo tanto, “Martín Galas”,

que se siente satisfecho

de opinar a su sabor,

declara: Que no hay derecho

para rendir este honor

a un torero, que está vivo,

cuando artistas consagrados,

quedan, sin ningún motivo,

completamente olvidados.

 

MARTÍN GALAS.[4]

CCI20032014_0006

El Sol de León. Número especial dedicado a Gaona. Enero de 1963. Óleo de Pancho Flores.

 Ca. 2005

 RODOLFO GAONA

 

De singular elegancia

y de presencia exquisita

derrochaba su prestancia

y su audacia era inaudita.

Siempre fue de corte clásico

el toreo del mexicano

y hasta pareciera mágico

sino se supiera humano.

Revolucionó el toreo

su arte llegaba al alma

realizaba su trasteo

con ímpetu, gracia y calma.

Allá en el suelo español

la gente lo ovacionaba

juntos la sombra y el sol

de la plaza festejaban

Orgullo de Guanajuato

y de México el portento

las nuevas las traía el viento:

¡Gaona había para rato!

Quetzalcóatl Vizuet García.[5]

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Así se iba tras la espada el inolvidable Rodolfo Gaona. La fotografía fue tomada en una de sus varias temporadas españolas. Col. del autor.

CONTINUARÁ.

[1] Ángela Peralta, famosa soprano que tuvo momentos verdaderamente brillantes durante el último tercio del siglo XIX mexicano.

[2] Jesús Contreras, famoso escultor aguascalentense. Malgré tout fue, entre muchas, una de las obras más consagradas, debido, entre otras cosas, a que la pudo lograr faltándole un brazo.

[3] Abundio Martínez, compositor nacido en Huichapan, Hidalgo. Creador, entre otras obras, del famoso pasodoble “El Hidalguense”.

[4]El Eco Taurino. Revista de información, opinión y comentarios. Año III, Nº 81, México, D.F., Diciembre 20 de 1927. Martín Galas, era a la sazón en esos momentos cronista de El Universal Gráfico.

[5] http://www.yoescribo.com/publica/comunidad/autor.aspx?cod=23890. Egresado de la primera generación en la Escuela de Escritores de SOGEM (Ciudad de México, 1989). Participó en varias FILIJ en los noventa como narrador oral y con su obra musical infantil Las Ranurisas. Representa a ITI UNESCO en Manila (1996). Traducción del francés (André Malraux 2000) publicada por el Instituto Politécnico Nacional. Miembro del Taller Literario del escritor Guillermo Samperio.

Ganador del Concurso de composición musical (Gobierno francés, 1985) Maestro de inglés en la UNAM durante treinta años. Recopilador e intérprete de música tradicional mexicana, y creador de canto nuevo con su grupo Gallo Plateado en México.

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SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (7ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Según el cartel de la despedida de Rodolfo Gaona, la tarde del 12 de abril de 1925, el total de corridas toreadas por el leonés, desde su alternativa en Tetuán (Madrid), el 31 de mayo de 1908 y la célebre tarde abrileña, suman 806 festejos, con un total de 1807 toros estoqueados. La sustancia de cada temporada se revela en la estadística que fue incluida en la misma “tira”:

DETALLES DEL CARTEL_12.04.1925

Como puede observarse, no fueron temporadas caudalosas las suyas, sino medidas, equilibradas con lo cual mantuvo la constante, como no fue el caso de “Joselito” que en alguna temporada suya, la de 1918, donde tenía contratadas más de 100 corridas, sólo compareció en 80 de ellas. Sin embargo, eran los tiempos en que la declaración de guerra sostenida y enfrentada por José Gómez Ortega, Juan Belmonte y Rodolfo Gaona por aquellos años, antes de la muerte de “Joselito” se convirtió en un acontecimiento inigualable.

   En el mismo cartel, aparecen los nombres de 20 toros célebres con los que obtuvo faenas de consagración. Dichos toros se llamaron: Bordador, Sangre Azul, Curtidor, Herrero, Carbonero, Pincha sapos, Chalupero, Pirinolo, Revenido I, Revenido II, Quitasol, Cocinero, Beato, Faisán, Brillantino, Turronero, Pavo, Jorobado, Azote y Hortelano. Destaca el documento que “En Sevilla, el 21 de abril de 1912 toreó un toro de Gregorio Campos y esa faena quedó esperando quien la borre”. Y algo más: En México, la faena de “Revenido 1°”, de Piedras Negras, el 17 de febrero de 1924 mereció perpetuarse en bronce.

   ¿En qué consistió el papel protagónico del leonés para que en su época, y la nuestra también, fuera y siga siendo referente, paradigma del toreo?

   Rodolfo, en primera instancia fue forjado con toda la esencia de la generación anterior, la de “Lagartijo” y “Frascuelo”, gracias al importante puente que permitió el enlace entre aquel pasado emblemático y un presente de cuyos crisoles salía esa figura que aprendió y aprehendió todos los elementos que se conjugaban a partir de la herencia de Rafael Molina y Salvador Sánchez. Ese importante vínculo fue Saturnino Frutos “Ojitos”. El viejo banderillero de “Frascuelo” se unió a la cuadrilla de Ponciano Díaz, cuando el “torero con bigotes” obtuvo la alternativa en Madrid, el 17 de octubre de 1889. Así que para 1890 ya estaba en México, lo que seguramente sirvió para darse cuenta del caldo de cultivo en que se encontraba la tauromaquia, cuya transición estaba produciendo cambios radicales, de aquella expresión aborigen, para pasar y alcanzar aquella otra que se materializaba en el toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna.

   Al comenzar el siglo XX, “Ojitos” en una urgente itinerancia, buscaba y buscaba no solo el sitio, sino los potenciales alumnos para enseñanzas que, como las suyas ya se desbordaban, por lo que ese caudal vino a derramarse en León de los Aldamas. De esa experiencia, el primer gran paso fue la integración de la “Cuadrilla Juvenil Mexicana” de la que Gaona fue su primer espada. Pero las enseñanzas de Saturnino se convirtieron con el tiempo en rigor, en saña dictatorial, comportamiento ante el cual no hubo más remedio que el de una forzada separación entre el maestro y el discípulo. Sin embargo, “lo que bien se aprende, nunca se olvida…”, de ahí que Rodolfo Gaona, convertido en toda una figura del toreo, se encargara de proyectar todas aquellas experiencias al punto de que su toreo alcanzó las cimas de una expresión no sólo técnica. También estética, ingrediente indispensable en otro momento de transición, donde el toreo bélico de aquellos primeros años del XX, comenzó a aderezarse de elementos estéticos que fueron equilibrando las faenas en todas sus partes, de ahí que lo que más resalta en Gaona es precisamente su rotundidad en cuanto a la sublimación del toreo en términos de lo artístico, sin ignorar que existía una parte estructural indispensable en toda faena, y eso quedaba resuelto, lo sabía muy bien, gracias al poder y al mando. Su toque o aportación en términos de la impronta gaonista, fue la mejor de las ganancias para encauzar el toreo por senderos más apropiados. La suya no fue obra exclusiva. Tuvo que ser necesaria la comparecencia de otros tantos diestros con los que concretó las aspiraciones con que el toreo entraba en su etapa más moderna, más eficaz, con lo que se distanciaban lentamente de aquellos viejos procedimientos que practicaron verdaderos guerreros del toreo.

   Esa en buena medida, es la grandeza de Rodolfo Gaona, la cual llevó al extremo de lo paradigmático. Viejas fotografías apenas nos dan una idea de la dimensión de su toreo. El cine, en ese sentido nos ayuda muy poco, o casi nada, aunque también permite formarnos cierto panorama. Son las crónicas de algunas de las más importantes plumas de aquel entonces el complemento con el que podemos admirar el caso de un auténtico fenómeno del toreo. Recuerdo una declaración de David Liceaga, gran torero que formó parte de la “edad de oro del toreo mexicano” el cual decía: “Todos los toreros queríamos ser como Rodolfo Gaona, lo convertimos en modelo a seguir”. Ese patrón de comportamiento se convirtió en referente de entonces y hasta nuestros días, con la salvedad de que junto a Gaona aparecen también Fermín Espinosa y “Manolo” Martínez, cada uno en su espacio y en su tiempo.

   Me parece importante documentar la presente entrega con una serie de testimonios que dan cuenta de alguna de las tardes asombrosas en las que Rodolfo Gaona alcanzó la cumbre del toreo, y con ello, a partir concretamente de la crónica escrita por Rafael Solana “Verduguillo” entendamos de qué escala estamos hablando. Tal referencia proviene de El Universal Taurino, en su T. II, N° 64, fechado el lunes 1° de enero de 1923. ¡Que la disfruten!

GAONA TOREANDO A LA VERÓNICA.

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 CONTINUARÁ.

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SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (6ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Tres hechos sobresalientes permiten poner a Rodolfo Gaona en el centro de todas las miradas. El primero de ellos, fue el de su ascendente camino que lo llevó a convertirse en matador de toros en España, hecho que ocurrió primero, en la modesta plaza de toros de Tetuán de las Victorias, el 31 de mayo de 1908, siéndole confirmada tal ceremonia en la plaza principal de la ciudad del “oso y el madroño” el 5 de julio siguiente, tarde en que se lidiaron seis toros de don Juan González Nandín. El padrino fue Juan Sal “Saleri” y el testigo Tomás Alarcón “Mazzantinito”. Lauro E. Treviño, gaonista cabal, recoge algunos apuntes de aquel acontecimiento como sigue:

 Este fue el programa completo, tal como lo hemos leído en un periódico español. El boletaje se agotó en su totalidad, demostrándose, con esto, la fuerza de taquilla que desde sus principios tuvo el gran artífice de León. Los más destacados críticos taurinos se volcaron en sus reseñas elogiando a Rodolfo. “Don Sincero”, que escribía en el Diario Universal, decía: “Gaona, Ecce Homo, y ¡qué homo! El torero mexicano escuchó en la tarde del domingo formidables ovaciones, las más entusiastas de la temporada… Yo creo que Gaona es el único torero que puede llegar al más alto puesto de la torería actual”. Y seguía la crítica desbordándose: “Mangue” en El País: “Rodolfo Gaona apareció en la plaza produciendo excelente impresión”. Veamos ahora lo que “Dulzuras” dijo refiriéndose a la tarde triunfal de tan famosa confirmación de alternativa: “Si algún defecto tiene este muchacho, es que para tener veinte años sabe demasiado. El público lo sacó a hombros de la plaza”.[1] 

RESPETABLE PÚBLICO_12.07.1908_portada

Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España. Respetable Público. Madrid, 12 de julio de 1908, Año I, N° 18. Rodolfo mereció portadas principales en importantes publicaciones españolas.

   El segundo hecho fue la tremenda cornada que recibió en Puebla. Habiéndome ocupado en su momento del referido caso (véase: https://ahtm.wordpress.com/2011/03/31/sobre-la-cornada-que-en-1908-sufrio-rodolfo-gaona-en-puebla/) y, dada la importancia de su contenido, la recogeré de nuevo, dándole algún toque de actualidad.

 Sobre la cornada que, en 1908 sufrió Rodolfo Gaona en Puebla.

    Espero resolver el siguiente galimatías. Hace 106 años, Rodolfo Gaona sufrió una de las cornadas más graves en su carrera. Fue una herida de cinco centímetros de extensión por veinte de profundidad, en la fosa izquio-rectal derecha, interesando el recto y peritoneo. Tal hecho sucede el 13 de diciembre de 1908. Imagínense ustedes que, ante un hecho de aquella dimensión, el servicio médico de la plaza de toros de Puebla simplemente quedó rebasado, por lo que hubo necesidad de trasladarlo urgentemente desde Puebla a la ciudad de México, decisión que puso en serio peligro la vida del diestro leonés. Algunas versiones que he escuchado al respecto, mencionan que al llegar a la ciudad, esto por Xochimilco (sic), el Dr. Carlos Cuesta Baquero esperaba a Gaona para de inmediato atenderlo. Pero Roque Solares Tacubac, que tal era el anagrama de Cuesta, se quedó “con un palmo de narices”, pues el herido quedó bajo la responsabilidad del Dr. Aureliano Urrutia, en un sanatorio cercano a San Felipe Neri. Este detalle molestó profundamente a Carlos Cuesta, quien era, hasta ese momento un gaonista declarado, y cuyos elogiosos escritos se publicaron en diversos semanarios y revistas de la época. Años más tarde, Roque Solares Tacubac no pudo ocultar su enojo y se convirtió en “antigaonista” furibundo.

   Desde mi muy personal punto de vista, cuando el Dr. Cuesta atendió la cornada que causó la muerte de Antonio Montes, el 13 de enero de 1907, este simple detalle pudo haber sido ingrediente para que Gaona o quienes le rodeaban en el viaje de Puebla a México decidieran la intervención del Dr. Urrutia y no la del Dr. Cuesta. Pero insisto, esto no es más que una especulación.

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El Dr. Carlos Cuesta Baquero, tercero de izquierda a derecha, ante

el cadáver del torero español Antonio Montes. Col. del autor.

    Por su parte, la revista española Sol y Sombra Nº 664, del 14 de enero de 1909, daba cuenta del acontecimiento que aquí se refiere en los siguientes términos:

SOL y SOMBRA_664_14.01.1909

    El acontecimiento ensombreció a la afición de aquel entonces, pues de inmediato, comenzaron a circular unos versos anónimos en cientos de hojas de papel volando, que, con un grabado de José Guadalupe Posada al frente, y otro de Manuel Manilla al reverso salieron de la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo, convirtiéndose en caja de resonancia de aquella “tragedia”.

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http://www.museoblaisten.com/v2008/indexEsp.asp?myURL=paintingSpanishFondo&numID=5705

Fondo “Díaz de León”.

   De Urrutia debo decir que cargó con dos “sanbenitos” toda su vida: Ser compadre del Gral. Victoriano Huerta, el mismo que encabezó el frío y calculador episodio de la “Decena Trágica” en febrero de 1913, y luego haber participado de manera “sesgada” en el asesinato del senador Belisario Domínguez, mismo que ocurrió el 7 de octubre de ese mismo año. Urrutia, enfrentado profesionalmente al también médico cirujano Belisario Domínguez, le cortó la lengua al cadáver del senador enviándosela más tarde a Victoriano Huerta. Luego de intensas investigaciones realizadas por un grupo de senadores, parientes y amigos de la víctima, se descubrió la verdad de los hechos, lo que aceleró la caída de Huerta y el inicio de una terrible carga moral que llevó desde ese momento y hasta su muerte el Dr. Aureliano Urrutia que, por otro lado, fue un eminente cirujano y hasta ocupó el cargo de Director de la Escuela Nacional de Medicina en el periodo 1913-1914.

   Varias cosas más en torno al Dr. Urrutia. Efectivamente nació en Xochimilco en 1872, lugar que se refiere como el del encuentro entre el cirujano y Rodolfo Gaona, pero esto era imposible pues dadas las condiciones de salud del diestro, como las de cualquier herido, en todo caso eran las de llegar al sanatorio de manera inmediata. Dicho sanatorio debió haber sido el que en la época llevó el nombre de Sanatorium, inaugurado por el Gral. Porfirio Díaz en 1910 y que se encontraba en Coyoacán. Finalmente, y aunque parece un sarcasmo, pero también una paradoja, es el hecho de que su tesis profesional, misma que presentó y defendió en 1895 llevara el curioso nombre de La conservación de los cadáveres y de las piezas anatómicas.

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El Dr. Aureliano Urrutia junto al Gral. Victoriano Huerta.

    Por fortuna, Rodolfo Gaona se restablece del serio percance e incluso, reaparece el 17 de enero de 1909 (un mes y días luego de la cornada en Puebla), alternando con Rafael Gómez “El Gallo” y Antonio Boto “Regaterín”, quienes se las entendieron con toros de Piedras Negras.

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Fotografías incluidas en el reportaje publicado por Sol y Sombra.

    Un velo de misterio se tendió sobre aquel episodio del que Gaona, por fortuna, salió avante, a pesar de que los progresos médicos de la época no eran, ni con mucho los de hoy día. Aquellas curaciones de “caballo” que encaraban los toreros, tuvieron tintes de “hazaña”, y en eso el pueblo sabía muy bien a quien considerar como “sus héroes”. En ese tipo de circunstancias se tejieron muchas historias, lo que les daba a los matadores un aura diferente, tanto que no tiene ningún parecido con lo que hoy el “marketing” o agencias de publicidad hagan por los que se visten de luces.

   “Los tiempos cambian que es una barbaridad…”

    En cuanto al tercer hecho, este vino a ocurrir en momentos en que Gaona, encumbradísimo, se enfrentó a oscuro caso, relacionado con la violación masiva y posterior suicidio de la “bella muchacha de ascendencia alemana”, María Luisa Noecker. Todavía, y hasta la fecha no se tiene claro el asunto sobre si participó en tan desagradable asunto el leonés, pero el hecho es que frente a tan elevadas sospechas, permaneció 22 días en los separos de la Cárcel de Belén, hasta que, por gestiones que provenían de la propia presidencia de la república, Rodolfo quedó libre. Tardó tiempo en limpiar dicha afrenta, por lo que su nombre estuvo en boca de todo mundo. Sólo sus hazañas en el ruedo fueron capaces de regresarle el prestigio que había perdido.

   Así, en esta nueva semblanza, hemos podido apreciar tres condiciones en apenas el curso de dos años, mismas que pusieron a prueba la fortaleza de aquel gran torero, el que todavía estaba por escribir las páginas más célebres de su carrera como matador de toros y personaje público en el curso de las dos primeras décadas del siglo XX.

EL ASUNTO GAONA-NOECKER

Guillermo E. Padilla: PADILLA, Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., T. I., p. 46.

 LA LIBERTAD CAUCIONAL..._1_FONDO DÍAZ DE LEÓN LA LIBERTAD CAUCIONAL..._2_FONDO DÍAZ DE LEÓN LA PRISIÓN DE RODOLFO GAONA..._1_FONDO DÍAZ DE LEÓN LA PRISIÓN DE RODOLFO GAONA..._2_FONDO DÍAZ DE LEÓN

CONTINUARÁ.

[1] Lauro E. Treviño: Rodolfo Gaona. Gloria Nacional. México, SEI, S.A., 1975. 186 p. Ils., fots., p. 20.

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SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (5ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Y llegó el día de la alternativa. Esto sucedió el 31 de mayo de 1908, en la plaza de Tetuán de las Victorias, concedida por Matías Lara “Jerezano” con toros de Peñalver. En La Fiesta Nacional del 11 de junio de 1908, tocóle escribirla a D. Hermógenes, quien entre otros pasajes llegó al extremo de decir: “(Gaona) Con artenativa en Tertuán de las Victorias.

   Como quien dice en Malalandrín de Abajo… ¡De muy abajo!…

    Ni remedio, ante tal descalificación.

   Pero enterémonos de viva voz de aquella efeméride:

LA FIESTA NACIONAL_11.06.1908_p. 8entera

La Fiesta Nacional, 11 de junio de 1908, p. 8.

LA FIESTA NACIONAL_11.06.1908_p. 8abajo

    La instantánea de Yrigoyen, como el resto de las que aparecen a lo largo de todos los números de tan emblemática publicación, muestran en su condición primitiva de edición (lo que no significa una calificación peyorativa), un interesante aspecto técnico, el cual resulta ser parte de una visión que ilustra el toreo bélico de antes de la consolidación de esa otra etapa de la tauromaquia que se alcanzará en breve con José Gómez Ortega, Juan Belmonte y Rodolfo Gaona mismo. Son fotografías impresionantes, que dan un panorama muy completo de aquella representación heroica. La que ilustra este apunte es una más de ella, en donde Rodolfo, cortado a la antigua se encuentra enfilado para consumar la “suerte suprema” de la que, como se aprecia en la reseña no salió lo mejor librado que hubiese querido el leonés.

   A los pocos días de dicha ceremonia, Rodolfo ya estaba alternando con auténticas figuras del toreo que brillaban con luz propia en el firmamento taurino español. Me refiero, por ejemplo a la tarde del 15 de julio en que toreó al lado de Ricardo Torres “Bombita” y Rafael González “Machaquito”. Esto sucedió en Carabanchel bajo, y los espadas se las entendieron con ejemplares del marqués de los Castellones que, aunque salió manso en general, sirvió para confirmar de qué pasta estaba hecho el torero de León de los Aldamas quien, junto con Vicente Segura, eran los dos mexicanos que empuñaban el estandarte nacional.

   De aquella ocasión, la prensa deja el siguiente testimonio:

   Ante todo, tengamos en cuenta que Gaona luchaba por primera vez y en fiesta que podemos llamar solemne, con los dos colosos del día; pues si es verdad que Machaquito está flojo este año, aun conserva ceniza del antiguo fuego y cuando el caso de avivarlas llega, las aviva y nos emociona y nos entusiasma hasta el frenesí o poco menos; Bombita en esta temporada está que hecha humo de valiente y concienzudo toreando, aunque el público se empeña en no dar al trabajo de Ricardo todo lo que merece.

   Luchar en esas condiciones, ante una concurrencia escogida entre lo más granado e inteligente de la afición, es llevar casi segura la derrota, de no poseer méritos bastantes para poder ocupar dignamente un puesto en la terna.

   Y Gaona demostró en esa corrida lo que vengo diciendo (-quien firma la nota es nuevamente D. Hermógenes) desde que pude apreciar su trabajo la vez primera: que es un torero y que no tardará en llegar a donde otros, quizás con menos motivos, se han colocado.

   En efecto, Don Hermógenes no se equivocó, y hasta tuvo el presentimiento de avizorar el vigoroso ascenso que tendría con los años quien constituyó un auténtico “imperio”.

LA FIESTA NACIONAL_30.07.1908_p. 10

La Fiesta Nacional, Barcelona. Del 30 de julio de 1908, p. 10.

   En efecto fue este el primero de la tarde, cedido por Bombita por ser la primera vez que alternaba con él.

CONTINUARÁ.

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SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (4ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Tras la exitosa temporada que, como novillero puso a Rodolfo Gaona en situación de privilegio, buena parte de la afición en nuestro país, pudo conocer sus primeras hazañas. Sin embargo era necesario proyectarlo hacia otras fronteras. De eso se encargaría su maestro, Saturnino Frutos. “Ojitos” tenía en España una muy bien fincada amistad con diversos empresarios y periodistas, lo cual supuso la buena posibilidad de que aún y cuando la temporada taurina se encontraba muy avanzada, pero sobre todo programada, todavía su alumno tuviese oportunidad de entrar a alguno de esos carteles que, o se van haciendo sobre la marcha o sufren la alteración por diversas causas, una de las cuales es infalible, por el solo hecho de que, como dice la sentencia: “Unos las firman, y otros las torean”.

   Pues bien, “Ojitos”, ni tardo ni perezoso organizó un festejo de presentación en sociedad, para que Rodolfo presentase sus mejores armas, y así fue. Esto ocurrió en la plaza de toros de Puerta de Hierro, en Madrid, el 1° de abril de 1908. En la magnífica publicación La Fiesta Nacional, de la que por cierto nos apoya en grado inestimable la Hemeroteca Nacional de España, con la presentación de diversas publicaciones ya digitalizadas, se puede apreciar en el número del 16 de abril siguiente, cómo opinaban los “chicos de la prensa”, y qué futuro le deparaban a la enorme figura del toreo en cierne que estaban admirando en algo que por entonces se llamaba “corrida de prueba”:

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La Fiesta Nacional, Barcelona, del 28 de mayo de 1908, portada.

CONTINUARÁ

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 SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (3ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En la peculiar rareza del inicio de un siglo que no tiene ninguna necesidad de partir de su principio elemental (ahí está el caso de que para el XXI, su crudo comienzo tuvo lugar el 11 de septiembre de 2001), esto va a ocurrir en el toreo mexicano. Poco más de 10 años bastaron para que la expresión nacionalista encabezada fundamentalmente por Ponciano Díaz fuera liquidada por la “reconquista vestida de luces”, que se estableció en México desde 1882. Ya sabemos que aquel grupo de diestros españoles encabezado por José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos Ojitos, junto con la labor doctrinaria de la prensa cimbraron la estructura de la tauromaquia mexicana, resultante de una sustancia híbrida –a pie y a caballo-, enriquecida con los “aderezos imprescindibles” denominados mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otros. El débil andamiaje que todavía quedaba en pie en el postrero lustro del XIX fue defendido por el último reducto de aquella manifestación. Me refiero de nuevo a Ponciano Díaz quien con su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1899 se lleva a la tumba la única parcela del toreo nacional que quedaba en pie, pero que ya no significaba absolutamente nada. Era ya sólo un mero recuerdo.

   1901 amaneció para México dominado por la presencia torera española, en contraste con una floja puesta en escena de diestros nacionales, encabezados por Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, lo que representaba un desequilibrio absoluto, una desventaja en el posible despliegue de grandeza, mismo que se dejará notar a partir de 1905, con la aparición de Rodolfo Gaona.

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

   Rodolfo Gaona Jiménez, había nacido el 22 de enero de 1888 en León de los Aldamas, estado de Guanajuato. Con rasgos indígenas marcados, y sumido en limitaciones económicas, el muchacho, solo no tenía demasiado futuro. Se dice que Saturnino Frutos emprendió el difícil camino de buscar promesas taurinas en el bajío mexicano, sitio en el que estaba gestándose uno de los núcleos más activos, sin olvidar el occidente, el norte y el centro del país.

   El encuentro de Frutos y Gaona se dio en 1902, imponiéndose desde ese momento una rígida preparación, bajo tratos despóticos soportados entre no pocas disputas o diferencias por Rodolfo, único sobreviviente de una primera cuadrilla que luego se desmembró al no soportar el ambiente hostil impuesto por el viejo banderillero, convencido de la mina que había encontrado en aquel joven que lentamente asimiló el estudio. Pero sobre todo el carácter.

   El “indio grande”, el “petronio de los ruedos”, el “califa de León” y otras etiquetas determinaron y consolidaron la presencia de ese gran torero quien, como todo personaje público que se precie, también se involucró en algunos oscuros capítulos, que no vienen al caso.

   Rodolfo Gaona, el primer gran torero universal, a decir de José Alameda, rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Ello significó el primer gran salto a escalas ni siquiera vistas o comprobadas en Ponciano Díaz (9 actuaciones de Ponciano entre España y Portugal en su primera y única temporada por el viejo continente), no se parecen a las 81 corridas de Rodolfo solo en Madrid, repartidas en 11 temporadas, aunque son 539 los festejos que acumuló en todo su periplo por España. Sin embargo, los hispanos se entregaron a aquel “milagro” americano.

   Gaona ya no sólo es centro. Es eje y trayectoria del toreo aprendido y aprehendido por quien no quiere ser alguien más en el escenario. Independientemente de sus defectos y virtudes, Rodolfo –y en eso lo ha acentuado y conceptuado con bastante exactitud Horacio Reiba Ibarra-, sobre todo cuando afirma que Rodolfo Gaona es un torero adscrito al último paradigma decimonónico. Y es que el leonés comulga con el pasado, lo hace bandera y estilo, y se enfrenta a una modernidad que llegó al toreo nada más aparecieron en el ruedo de las batallas José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX.

   Tal condición se convirtió en un reto enorme para el torero mexicano-universal, sobre todo en un momento de suyo singular: la tarde del 23 de marzo de 1924, cuando obtuvo un resonante triunfo con QUITASOL y COCINERO, pupilos de don Antonio Llaguno, propietario de la ganadería de San Mateo. Esa tarde el leonés tuvo un enfrentamiento consigo mismo ya que, logrando concebir la faena moderna sin más, parece detenerse de golpe ante un panorama con el que probablemente no iba a aclimatarse del todo.

   Los toros de San Mateo no significaron para Gaona más que una nueva experiencia, pero sí un parteaguas resuelto esa misma tarde: Me quedo con mi tiempo y mi circunstancia, en ese concepto nací y me desarrollé, parece decirnos. Además estaba en la cúspide de su carrera, a un año del retiro, alcanzando niveles de madurez donde es difícil romper con toda una estructura diseñada y levantada al cabo de los años.

   Es importante apuntar que la de San Mateo era para ese entonces una ganadería moderna que se alejó de los viejos moldes con los que el toro estaba saliendo a las plazas: demasiado grandes o fuera de tipo, destartalados y con una casta imprecisa. El ganado que crió a lo largo de 50 años Antonio Llaguno González recibió en buena medida serias críticas más bien por su tamaño –“toritos de plomo”- llegaron a llamarles en términos bastante despectivos. Pero en la lidia mostraron un notable juego, eran ligeros, bravos, encastados; incluso una buena cantidad de ellos fueron calificados como de “bandera”.

   Pues bien y a continuación, comparto con ustedes dos piezas de un amplio despliegue de poemas, corridos y otras expresiones materializadas en el verso y que le dedicaron a Rodolfo Gaona durante los años en que estuvo activo, y desde luego cuando su figura ya había trascendido. En mi trabajo: Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI,[1] sólo en ese periodo –de 1908 a 1925-, encuentro 61 muestras, lo que significa un interesante acopio y respuesta de los hacedores en este género literario. Por su importancia, tengo para el total conocimiento de su contenido, todos esos poemas.[2]

1908

   En la curiosa publicación de Ratas y Mamarrachos, aparecieron en su número correspondiente a octubre de 1908 unos interesantes versos que no me resisto a reproducir tal cual salió a la luz: 

Alma Española. A Rodolfo Gaona en su beneficio.

RATAS y MAMARRACHOS

Facsímil de Ratas y Mamarrachos. Col. Luis Ruiz Quiroz (q.e.p.d.).

 1925

 ODA FUNAMBULESCA

 

Musa errante y libre,

musa de mis cinco sentidos princesa y esclava,

armoniosamente risueños, tus coros

entona y levanta; que tu acento vibre

en los rojos triunfos de la fiesta brava,

la fiesta de toros.

 

I

 

Resuene el clarín,

redoble el tambor,

y entre un gran clamor,

inmenso, sin fin,

avanza en cortejo, con rítmico paso triunfal, la cuadrilla.

Tras las alguaciles marchan los infantes por el redondel.

el oro fulgura, resplandece y brilla,

en los alamares de la chaquetilla,

sobre los bordados de la taleguilla,

en el traje todo de sedas lucientes que viste el tropel.

Y cual dardo de oro que los aires cruza,

aun suene el agudo clangor (¿?) del clarín.

La tarde, como una andaluza,

lleva en los cabellos rosas de carmín.

 

II

 

Cubre el sol de púrpuras quemantes

la arena, las gradas, las claras lumbreras;

enciende en las roncas gargantas resecas las risas,

los gritos, las bromas,

de las muchedumbres compactas y fieras,

el loco entusiasmo latino de las viejas Romas.

Revienta en las almas deseos, cual rosas de pétalos rojos

que riega la linfa sensual y feroz de la raza.

Mil fiebres están en los ojos

buscando la traza

de antiguos empeños, de hazañas, de gesta…

y un trueno retumba en la plaza,

señal de la olímpica fiesta.

 

III

 

Rebota en la arena, ligero,

un fiero astifino,

listón, capuchino,

y a más botinero,

luciente por fino.

Muestra altivamente su testuz esbelto.

mientras su arrogancia suspende a la tropa

de los lidiadores,

magnífico el toro ruge y se contrae,

y allá una morena con hondos ardores

sueña en Pasifae,

y una rubia sigue por mares fenicios el rapto de Europa…

 

IV

 

Recogen las crónicas,

glorias maravillas,

navarras, recortes, verónicas

y los peregrinos cambios de rodillas

del flamante Califa leonés;

al hijo

de este propio suelo,

que a las elegancias del gran “Lagartijo”

aduna los modos sobrios de “Frascuelo”

el de quietos pies.

(Esto no pensaron de Aquiles los sabios Homeros

cuando en las ilíadas elogian al héroe de los pies ligeros…)

 

V

 

Contra el caballero del bravo torneo

arremete el toro trágico y puntal,

y se yergue luego llevando el trofeo

de un Cartago mísero en la cornamenta mortal y sangrienta,

sangrienta y mortal.

El niño despliega la capa,

afronta a la fiera, la engaña, la corre, la empapa

en vuelos que fingen vistoso abanico:

Y con regio porte

la gracia del chico

remata la suerte marcando un recorte,

castigo y quebranto de toros.

Y el cálido aplauso derrite

sus oros sonoros

que incesan la gloria del quite.

(Los ojos de “Ojitos” son de alcances largos

y maravillosos cual los ojos de Argos.)

 

VI

 

La tarde risueña, dorada, lujosa cual reina andaluza

que baja de un bello albaicín,

insensatos goces y sueños carnales despierta y aguza

con la risa loca que entreabre sus labios llenos de carmín,

y mira el torneo.

Con las banderillas, cual tallos de rosas,

avanza el artista bordando figuras airosas.

Resaltan los golpes de luz de su traje,

diseña, gentil, un paseo,

y cambiando el viaje,

en la misma cara del toro consuma el cuarteo.

Vinos dionisíacos

alegran las almas

y ruedan con palmas, tabacos,

tabacos y palmas.

Los címbalos cantan la gloria del Diestro

que un Olimpo surge por él redivivo.

(Emerson completa su libro maestro

registrando el último Representativo.).

 

VII

 

Viene el más supremo de los ejercicios

donde el arte justo del leonés se ensancha;

el arte supremo de los “Desperdicios”,

de los “Chiclaneros”, de los “Cara-Ancha”,

y de aquél gran Montes

que sobre ideales Giraldas triunfante se empina,

y, sol de la fiesta taurina,

descubre horizontes

que aún hoy ilumina.

El sin par Califa lleva en la substancia de su sangre criolla

finuras de esteta

que hubieran tentado la fuerte paleta

de Goya.

El sin par Califa

va por la alcatifa

que un himno sonoro

extiende a sus plantas de príncipe moro

vestido de oro.

Suspiran, suspiran las bellas,

y suerte que brinda,

merece fijar las estrellas

que tuvo en sus ojos la llama de Cava Florida.

La loca fortuna le sirve de esclava sumisa,

la gloria le da su embriaguez,

y la fama exclama con una sonrisa:

“Fuera un majo digno de alegrar los ocios de la reina Luisa

en las cortesanas, en las áureas fiestas reales de Aranjuez”.

 

VIII

 

Después de la fiesta,

cansada como una odalisca,

la tarde, en sus palcos aún resta

con enervamiento de esclava morisca.

Mas luego recoge sus briales

de reina andaluza: sus labios sensuales,

sus mejillas pálidas de seda rosada

perdieron su antiguo arrebol,

quién sabe a qué Alambras divinas se va enamorada

de un príncipe bello, y audaz, y valiente, tras la lumbrada

del sol.

 

Rafael López

CONTINUARÁ.

[1] Primero en José Francisco Coello Ugalde: Antología de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca Arredondo y Rosana Fautsch Fernández. Fotografías de: Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas. México, 1986 – 2006. 776 p. Ils. (Es una edición privada del autor que consta de 20 ejemplares nominados y numerados).

Segundo en: (…): Tratado de la poesía mexicana en los toros. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca. México, 1986-2014. 2055 p.

[2] Tengo el gusto de informarles que en un próximo trabajo, denominado: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS N° 136. CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO, Y OTRAS NOTAS DE NUESTROS DÍAS N° 60, reproduciré en su totalidad tales ejemplos.

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SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (2ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Un detalle interesante sobre nuestro personaje, y del que no ha quedado claro hasta ahora, es esa cantidad de festejos en los que participó durante su vida como torero profesional. Ya vimos en la entrega anterior que la “Cuadrilla juvenil mexicana” participó en 75 festejos (novilladas), más los que sucederían en su presentación en la ciudad de México. Y es que:

 La cuadrilla juvenil mexicana, que lleva toreando apenas año y medio (tal y como lo puede uno encontrar en La Fiesta Nacional, Barcelona, 28 de marzo de 1907, año IV, N° 147, p. 13) en los principales redondeles de la República, ha alcanzado un éxito asombroso en cuantas partes se ha presentado. En breve se presentará en la Plaza México donde hay grandes deseos de verlos por el ruido que vienen armando en los Estados, y lo que la prensa viene hablando de ella. Orgulloso debe estar el veterano Ojitos de haber formado en México una cuadrilla tan completa, como la que hoy trae bajo su dirección, y la que está llamada a ser una lumbrera en el arte de los Romero y Pepe Hillo. 

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    En un cartel que se repartía por aquí y por allá deja ver con detalle el curso de las actuaciones como novilleros, mismas que comenzaron en León y culminaron en Puebla. Su presentación en la ciudad de México sucedió durante la tarde del 1° de septiembre de 1907, en la plaza “México” con tres novillos de Atenco y tres de San Diego de los Padres. Este fue el cartel de aquella ocasión:

CARTEL_P. de T. MÉXICO_01.09.1907

Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 260.

    El País, en su edición del 2 de septiembre, daba a conocer, gracias a la nota del “Reporter” que firma como Palomo Chico su testimonio personal al respecto de aquella presentación:

EL PAÍS_02.09.1907_p. 2

 

Hemeroteca Nacional Digital de México.

 CONTINUARÁ.

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