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MANUEL GARCÍA SANTOS, PERIODISTA.

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

A Jesús Solórzano, In Memoriam.

A la izquierda, Manuel García Santos en un apunte de Antonio Báez. A la derecha, cabecera de una de sus más célebres publicaciones. Col. del autor.

   Luis Ruiz Quiroz (qepd) incluyó en sus imprescindibles “Efemérides Taurinas Mexicanas” (México, “Bibliófilos Taurinos de México, A.C.”, 2006) una que correspondería con el día de hoy:

1980.-Muere en México el escritor y periodista taurino español Manuel García Santos (p. 96).

Sin embargo, existe un error que conviene aclarar.

Hace cosa de unos días, tuve oportunidad de platicar con el Sr. Antonio García Suárez, hijo de don Manuel. Al concederme una pequeña entrevista, considero pertinente compartirla con los amables lectores.

Es curioso el hecho de que tanto José Gómez Ortega como Manuel García Santos nacieron el 8 de mayo de 1895. Sin embargo y con el tiempo Manuel sería un belmontista convencido.

Los sitios de nacimiento fueron –en el caso del célebre “Gallito”- en Gélvez, Sevilla. Para el futuro periodista, la cuna fue Arcos de la Frontera, provincia de Cádiz.

Siendo ya un joven vive durante varios años en Málaga donde estudia una carrera normalista para ser maestro. Más tarde lo haría en la Universidad, cursando Filosofía y Letras.

Manuel García Santos gana oposiciones y se va a vivir a Oviedo donde imparte clases durante un par de años. Mientras tanto escribe en “La Región” de Oviedo. Por aquellos días conoce a un asturiano que se llamó Bernardo Casielles, célebre torero en su momento y que incluso vino a México, alternando entre otros con Rodolfo Gaona. Casielles apoya en forma importante a Manuel, de ahí que conservaran su amistad por muchos años.

De Oviedo se va de nuevo a Málaga y ahí comienza a escribir de toros en “La Unión Mercantil” por cuatro o cinco años, definiéndose en la crítica taurina. Más tarde, se convierte en director de dicha publicación. Por aquella época, consolida su amistad con otro personaje clave en su vida: Álvaro Domecq.

Durante la guerra civil año 40 para ser exactos ya está en Madrid. Trabaja en un periódico deportivo llamado “Gol”, donde escribe y termina dirigiendo la publicación. Mientras tanto, por aquellos tiempos surge en él la idea de crear una revista que ya materializada se convirtió en “El Ruedo”. Sin embargo este semanario aparece sin llevar la esencia que García Santos había pensado. Incansable en sus quehaceres, escribió y también dirigió “Marca”, otra publicación en la que se dieron a conocer sus opiniones relacionadas con el ambiente taurino.

Aparte de estos menesteres, tuvo la dicha de ganar varios premios periodísticos ajenos al toro. En agosto de 1947 Se muere “Manolete” por lo que Manuel se va a Córdoba con objeto de preparar un libro dedicado a la memoria del torero recién desaparecido. En forma por demás asombrosa, para septiembre del 47´ ese trabajo ya está circulando. Es un libro austero, en rústica, con un papel muy malo, que incluso merece una reedición. Y es que no hubo más remedio que hacerlo pues por entonces había escasez de papel en España.

Su relación con los “Bienvenida”, los “Dominguín” o los Vázquez es absoluta, tanto que “Pepín” Martín Vázquez sugiere a Manuel que vaya a México a buscar nuevos horizontes, pero con objeto de extender la obra dedicada al propio Manuel Rodríguez. Ya en este país hace de todos menos escribir del libro de “Manolete”. Su llegada a México ocurre a finales de aquel mismo año (es decir, 1947). Es importante recordar que en España llegó a utilizar el seudónimo “Jarilla”.

Comenzó a colaborar fundamentalmente en un programa radiofónico del “gallego”, propiedad de un Sr. Tuero, refiriéndose evidentemente a Arsenio Tuero.

En 1938 surge la XERH. En la frecuencia de 1500 Khz. se ubicó esta emisora, concesionada a Arsenio Tuero (hermano del famoso “Barítono de Argel” Emilio Tuero), en cuyas transmisiones se alternaba la música tropical y la música española.

Otro espacio donde participó mi padre realizaba programas fue en la célebre estación XEW.

También colaboró  en el semanario “El Redondel. El periódico de los domingos” y en el “Excelsior”. Vino después la idea de publicar “El Ruedo de México”, cuyo primer número salió en octubre de 1948 hasta alcanzar las 141 ediciones, culminando así en marzo de 1954.

Al llegar a México tuvo de inmediato el apoyo tanto de la casa “Pedro Domecq” como de Carlos Prieto, funcionario en la empresa “Fundidora Monterrey”.

Ganó un premio periodístico convocado por “Excelsior” para lo cual utilizó el seudónimo “Ícaro”.

Conviene recordar que durante los años de 1954 y hasta 1966, no se tiene claro cuáles fueron sus actividades, pero es probable que en esos casi 12 años encontrara espacio en otras publicaciones que seguirán buscándose.

Mientras tanto, García Santos realizó un guión cinematográfico que nunca se logró, el cual pretendía ocuparse del tema taurino, y más aún sobre “Manolete”. Jaime Salvador, director español radicado en México, fue quien le hizo el encargo. Conservo además un trabajo –entre manuscrito y mecanuscrito-, el cual iba a ser un libro que pretendía ser una nueva biografía de Rodolfo Gaona siendo este un encargo más que le hizo la casa “Pedro Domecq”, la cual también editó un ejemplar de otra más de las publicaciones que dirigió García Santos. Me refiero a “TORO”, revista de gran formato que circuló entre 1965 y 1966.

Entre los años de 1966 y hasta 1975 aproximadamente escribe casi a diario su célebre columna “Desde mi barrera”, asunto que se confirma al revisar en la hemeroteca “Lerdo de Tejada” (sito en República del Salvador, en esta ciudad de México) cada uno de los ejemplares que circularon en ese periodo de tiempo. Quien suscribe puede afirmar que el trabajo es arduo, de largo aliento, y esto tomará un buen número de meses, debido a lo caudaloso de sus colaboraciones a las cuales se agrega otra columna más que se publicó en la década de los 70. Me refiero a “Aquel Madrid”.

Irregular, escribía bajo presión. Por ejemplo el libro de Belmonte se lo encargó “La Prensa” que hizo en cosa de días, y del que se publicaron varios miles de ejemplares que todavía en estos tiempos es posible conseguir.

Manuel García Santos conservó su nacionalidad, pero eligió a México como su segunda patria.

Muere el 20 de mayo de 1985. Sus restos permanecen en nuestro país. Así que con este dato se hace la enmienda indispensable que referí nada más comenzar la presente colaboración.

Se casa con Manuela Suárez García. Ella era de Asturias.

Fuimos cinco hermanos: Pedro, José Luis, Manuel, Covadonga y yo. Todos nacimos en España.

Desde 1947 la posguerra fue la peor época en España. Cuando mi padre llega a México ve este país como un auténtico oasis.

No hubo resistencia al cambio. Lo mejor era ir de menos a más. Así fue como el resto de la familia emprendió el camino de España a México.

Manuel García Santos era un romántico. Nunca le interesó el dinero. Era un bohemio. Le gustaba mucho Chávez Nogales y siempre lo vi como un taurino ciento por ciento.

Además de los toros, ¿escribió sobre otros temas?

En “Gol” y “Marca” publicó algunas cosas relacionadas con el futbol, pero nada notable.

Recuerdo que con Renato Leduc, un escritor y poeta que se forjó en la bohemia tuvo un serio conflicto. Resulta que José García Valseca, entonces director de “El Sol de México” invitó a colaborar a Manuel García Santos dicho diario, lo que no le gustó a Leduc, de ahí que quedara marcada tan notable diferencia entre ambos.

Otra de las virtudes de mi padre es que tenía mucha facilidad para hablar en público.

Al término de esa “interviú” (y que seguramente serán muchas más), comenté a don Antonio que en estos momentos y en España, se realiza una investigación con vistas a convertirse en tesis doctoral. Laura López Romero, quien es profesora del Departamento de Periodismo en la Universidad de Málaga, aborda en tal investigación el quehacer de la prensa española en el extranjero, con lo que hizo suyo a Manuel García Santos de ahí que esperamos contar en un tiempo razonado con una nueva aportación que deje en claro el perfil, la vida y obra de este notable periodista que se entregó a dichos quehaceres por más de 30 años en nuestro país. Del mismo modo, también le mencioné que por mi parte realizo otra investigación la cual pretende hacer acopio de todo su trabajo periodístico, como lo hice en su momento en el caso de “José Alameda”, incluyendo las interpretaciones respectivas, con lo que entre el trabajo académico y este otro de índole histórica y biográfica, tendremos posibilidades en su momento, de acercarnos tanto como nos sea posible con quien es hoy motivo de esta evocación.

Fin de la entrevista. 31 de marzo de 2017.

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SEVILLA DESCENDIÓ UNA TARDE DE 1914 EN GUADALAJARA. BREVÍSIMOS RASGOS DE UN TAL “TORCUATO”, TORERO QUE ALTERNÓ CON BELMONTE.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Manuel Romero Torcuato. Cortesía de Da. Rosa Álvarez y D. Antonio A. Romero, este último nieto del personaje.

   Nos recuerda D. Luis Ruiz Quiroz en sus imprescindibles Efemérides Taurinas Mexicanas, que un 18 de enero… pero de 1914, “Manuel Romero Torcuato tomó la alternativa en Guadalajara, Jalisco de manos de Juan Belmonte con toros de San Diego de los Padres”.[1]

   Tal asunto lleva a preguntar entonces, ¿quién era Manuel Romero Torcuato?

   Hace algunos años, siendo alumno del Dr. Juan Antonio Ortega y Medina, en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.A.M., un día por la tarde me pidió lo esperara al final de su clase, para platicar un “asunto”. En ese momento quería que me tragara la tierra. Lo primero que me vino a la mente fue: “me va a pedir que corrija algún desliz en los juicios históricos” que con mucha visión percibía en cada alumno suyo. Sin embargo tal “espanto” no sucedió. Antes al contrario, fue satisfactorio por lo que voy a contarles. Sucede que el Dr. Leopoldo Zea, gran amigo suyo le pidió elaborar a Ortega y Medina un ensayo sobre el liberalismo mexicano del siglo XIX; “y eso voy a encargárselo a usted”. Por fortuna aquel trabajo logró su objetivo. El “Ensayo y notas para una nueva apreciación sobre el liberalismo mexicano (siglo XIX)” vio la luz en letras de molde.[2]

   Hoy, que ha pasado ya tanto tiempo vuelvo a tener una petición en similares circunstancias, solicitada por dos estimados amigos míos: los maestros Alí Chumacero e Ignacio Solares, ejes de la poesía y la novela en nuestros tiempos, respectivamente. La voz del de Acaponeta, Nayarit hace que en Páramo de sueños, De imágenes desterradas y hasta De Palabras en reposo, esos poemas suyos estremezcan, retumben graves, fascinantes, como truenos de una tempestad que impone toda esa razón salvaje que viene de tan dentro, que la dulzura y la sensibilidad limpian todo ese sabor y olor a infierno de donde surgen, luego de la creación. Solares, hace ya tiempo fue galardonado con el premio “Xavier Villaurrutia”, “premio de escritores para escritores…”, por su obra El Sitio, la cual fue sometida a un riguroso jurado que, a su vez, quedó convencido también, luego de leer las espléndidas visiones de un autor que no pretende escribir un libro, sin más. Le da a este todo el carácter necesario para trascender y conmover al lector en su conjunto.

   Pero ambos son también excelentes aficionados a los toros. Y ambos pidieron saber algo sobre un misterioso personaje que tuvo el arrojo de alternar, en 1914 con Juan Belmonte en Guadalajara, Jal. la tarde del 11 de enero de 1914. Dicho personaje se anunciaba con el sólo nombre de Torcuato. ¿Quién es Torcuato? ¿Quién era Torcuato?

   Veamos.

   José María de Cossío en su monumental obra LOS TOROS nos dice:

 ROMERO (MANUEL), Torcuato. Matador de novillos sevillano. Llevaba ya algunos años toreando cuando se presentó en Sevilla el día 18 de agosto de 1908, con novillos de don Felipe Salas. Toreaba bien con la capa y se defendía con la muleta, pero era muy deficiente con el estoque, y ello fué causa de que no lograra sobresalir. Toreó bastante después, pero en general en plazas de poca importancia y sin aspiraciones ambiciosas.[3]

   En efecto, el tal Torcuato (y no doy al personaje ningún tratamiento peyorativo), era un torero cuyo perfil no garantizaba más que estas pocas líneas proporcionadas por el acucioso tratadista español. Pero Cossío no contaba con que Manuel Romero surcaría el mar océano para “hacer la América” y acumular una que otra actuación, como la que se registra en la temporada de novilladas de 1912, efectuada en el “Toreo” de la colonia Condesa, en el Distrito Federal.

   Aun así, es un torero cuyo rastro se pierde rápidamente, como si sus huellas quedaran grabadas efímeramente a la orilla del mar. No se volverá a saber de Torcuato hasta el año de 1914, ahora en su nuevo y provisorio refugio que fue el occidente mexicano: Guadalajara, para mayor precisión.

   Fue así como la empresa comandada por el señor Benjamín Padilla programó para el domingo 11 de enero de ese 1914 el siguiente cartel:

   “Presentación del maravilloso fenómeno de la tauromaquia, JUAN BELMONTE. Alternará con el valiente TORCUATO. 6 TOROS 6 de San Diego de los Padres”.

   Recordando las palabras con que Cossío da uno más de los perfiles del sevillano, nos llega la resonancia de que “toreó bastante después, pero en general en plazas de poca importancia y sin aspiraciones ambiciosas”. Por lo que veremos en seguida, “El Progreso” de Guadalajara no era una plaza de poca importancia. Y desde luego su valentía y otras virtudes, no le restaron “aspiraciones ambiciosas”. Claro, no alternó con cualquiera. Lo hizo con el trianero Juan Belmonte, que en aquellos días de batallas revolucionarias en los diferentes teatros surgidos en nuestro país; este “revolucionario”…, pero del toreo puso en estado de alerta a la afición tapatía quien lo acogió desde su llegada a la perla de occidente.

   Tras un percance del “pasmo de Triana” el 21 de diciembre de 1913 en “El Toreo”, su actuación en “El Progreso” se pospuso hasta el 11 de enero siguiente. En el periódico local “El tío Maleta” (La Gaceta de Guadalajara) del lunes 19 de enero de 1914, notas, a su vez recogidas por Ramón Macías Mora,[4] encontramos lo siguiente:

 Viene Belmonte.

Belmonte en Guadalajara. Estas eran las palabras que salían de la boca de los aficionados. Con un entusiasmo tan vivo, que más bien parecía que se había sacado el premio de las cien mil pesetas.

Tras alojarse en el Hotel Fénix,

fue agasajado por todos sus partidarios y amigos. Por la noche, dio Juanillo algunas vueltas por los portales, lanzando alguno que otro piropo a algunas señoritas fenomenalmente hermosas…

   Penetró después a la cantina del “Palacio de Cristal”, acompañado de los apreciables Señores don Eduardo Margeli (apoderado de Belmonte), Benjamín Padilla, Rafael Montoya, Francisco Orozco, licenciado Isaac Padilla, de sus banderilleros Calderón y Pilín, de su inseparable mozo de espadas “Cabeza”, y del matador de toros Manuel Romero Torcuato.

   Por considerar importante el sucedido aquel, reproduzco a continuación los detalles de los dos primeros toros.

 El primer toro

Fue brocho, hosco, bonito tipo. De tanda, Céntimo y Rafael Rodríguez, ambos piqueros, alcanzan palmas, y caen con exposición. Belmonte engrana cuatro verónicas divinas, estupendas, maravillosas. En los quintes enloquece al público, sobresaliendo un archiencantador recorte, digno de ese torerazo sobrenatural. Estrepitosas palmas. Fue mal adornado por Pilín y Calderón.

   Belmonte brindó a la presidencia.

   Subyugador fue el trasteo del trianero, los molinetes produjeron, general e inusitado regocijo. Faena ceñidísima, los pases de pecho fueron fenomenales. Su faena fue interrumpida por las palmas y los olés calurosos de los entusiastas y Belmonte, diciendo “a ver si así es” señala un pinchazo hondo, nueva ración de franela, en la que el diestro a muleta plegada se salva de una colada peligrosísima en la zona de tablas. Vuelve a meterse con voluntad y mete el acero hasta lo rojo, hasta la mano que se tiñe en sangre. Palmas frenéticas dianas, sombreros, y Belmonte da la vuelta al ruedo a los acordes de la música.

 Segundo toro.

   Hosco delantero de velas. Hace una bonita salida natural y acomete como bravo a uno de los piqueros.

   De tanda Rafael García y Morán cumple en cuatro varas, entrando con fe.

   Registróse una peligrosa caída de Morán. El soberano público aplaudió un buen puyazo de Rodríguez en el que el piquero peleó de verdad.

   Manuel Romero “Torcuato”, estuvo sencillamente soberbio, sencillamente colosal, al torear a la verónica al “Santiagueño”, una serie de verónicas de chipén, apretadas, que arrancaron estridentes palmas a los tendidos (sic). Hubo un remate soberano, rematando el temerario diestro con una rodilla en tierra. La ovación fue grande, general, espontánea. Belmonte abre el capote y ejecuta un remate y dos verónicas sublimes, idealistas, eminentes, con el cuerpo enhiesto, riendo ante la muerte.

   En el segundo tercio fue bien adornado, por Cresencio y Alegrías.

   Ambos rehileteros lograron palmas.

   Torcuato brinda.

   Inaugura su faena, con un superior pase ayudado alto, rodilla en tierra, que hace estallar al público en aplausos. El toro se huye en el resto de la faena y se hace imposible el sujetarle. Torcuato, torea con pases naturales, haciendo esfuerzos por recoger entra con agallas, dejándose caer con la mar de redaños, cobra un soberano volapié hasta las guarniciones del triunfo. El toro azota como una masa inerte, y “Torcuato” recibe una ovación digna de una muerte tan inmejorable y tan hermosa. El espada da vuelta al ruedo, devolviendo los sombreros y hay dianas a granel. ¡Bravísimo!, Torcuato así se llega a la gloria, al porvenir (…).

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Antiguo y desconocido registro fotográfico de la época. La plaza es el viejo “Progreso” de Guadalajara. Aparecen en la imagen Vicente Segura, quien remata y quite, ante la mirada de Rodolfo Gaona. (Ca. 1914). Colección del autor.

 Resumen

   Belmonte superior en el primero; admirable, inimitable en el tercero y desgraciado en su tercero.

   Torcuato, superior en su primero; bien en su segundo y regular en su tercero.

   Banderillando: Alegrías y Crescencio y Sandoval y Pilín en un par.

   Picando: José García, Rafael Rodríguez, Céntimo y Morán.

   Bregando: Enrique Fuentes dio algunos capotazos aceptables.

   Servicio, bueno. Entrada, buena. Toros cumplieron con excepción del quinto.

Hasta aquí la reseña.

   Lástima que Abraham Lupercio Muñoz, importante fotógrafo nacido en Tepatitlán, Jalisco hacia 1888 no hubiese estado presente en tal festejo; porque tendríamos la dicha de conocer alguna de sus placas, puesto que era un excelente aficionado a los toros. Abraham se incorpora a la famosa jornada de la “Decena Trágica” (importante episodio central de la Revolución Mexicana, ocurrido en el mes de febrero de 1913) como uno más de los reporteros gráficos que obtuvieron cantidades importantes de material que sirve hoy, para tener un mejor panorama de lo que fue aquel acontecimiento. Es posible que entre los fotógrafos se aplicaran “fusiles” o se adjudicaran fotos que no siendo de su propiedad, hacían suyas. Existe una pieza muy conocida que se atribuyen dos fotógrafos: Osuna y Lupercio (¿confusión o conflicto?). Fijó su residencia en la calle de la Santa Veracruz, en pleno centro de la ciudad, donde permaneció atento a cualquier inquietud surgida del caos revolucionario.

   Pues bien, aquella corrida “excepcional” marcó un agradable recuerdo entre los tapatíos y tanto Belmonte como Torcuato escribieron una página que dejó grata memoria.

   Manuel Romero al alternar con Belmonte, seguramente lo hizo consciente de que no era un sobresaliente más, ni tampoco un “patiño” del pasmo. La empresa debe haberlo contratado al ver en él las virtudes que se confirmaron con su actuación, al lado del “revolucionario del toreo”.

   La descripción de su faena al segundo de la tarde nos habla de un diestro en plenitud de facultades, al que se le auguraba la “gloria, el porvenir”, puesto que arrancó “estridentes palmas a los tendidos”. Lo lamentable es que todo el resto de su trayectoria se haya perdido en la noche de los tiempos, ignorando si decidió permanecer en México o regresar a su añorada Sevilla.

   Entre 1908 y 1914, la poca cantidad de actuaciones de Torcuato hablan más bien de lo irregular en su administración, mas no de sus arrestos como torero. Hemos visto que tanto en Sevilla, como en Jalisco su ciclo comienza y termina de la misma manera en que llegó y se fue, discretamente.

   Con la satisfacción de haber actuado en la Real Maestranza de Sevilla, de alternar con un sevillano mayor como Juan Belmonte y culminar ese cúmulo de deseos con sus presentaciones en ruedos mexicanos, Manuel Romero, a quien solo bastaba presentarse así en los ruedos, hizo de Torcuato su nombre de batalla. Por aquella época alcanzó fama otro torero español, Serafín Vigiola Torquito. Me parece esto último una curiosa relación, un simpático juego gramatical que pongo a su consideración, porque Torquito y Torcuato se aproximan en la pronunciación. Claro, uno está en diminutivo y Torcuato, era Torcuato…, ¡verdad de Dios! nos dijo Perogrullo.

   Maestros: hasta aquí con este ligero vistazo que nos da idea de quien fue en el toreo Manuel Romero.

   Este escrito tiene por objeto recrear varias cosas allí planteadas, pero sobre todo, recuperar una antigua conversación, la que sostuve con un amigo ya desaparecido, el poeta Alí Chumacero, quien en algún momento, solicitó mi apoyo como historiador, con objeto de dilucidar una antigua duda que tenía al serle contada la historia de “Un tal Torcuato” por otros viejos aficionados, que en efecto, tuvieron oportunidad de verlo torear en Guadalajara, Jalisco a principios del siglo pasado.

   Sobre Torcuato, o más bien, sobre Manuel Romero Torcuato y más aún, sobre las decisiones que lo llevaron a abandonar un propósito para el cual no estaba llamado, ello lo obliga a tomar el rumbo de México, país al que llegó allá por 1914. Entiendo, por las lecturas que realicé durante un buen tiempo, sobre todo en material hemerográfico, que además del registro de aquella actuación, hubo algunas más, una de las cuales pudo darse ocho días después, misma que hoy es motivo de evocación. Después, todo quedó en un misterio, en puntos suspensivos.

    Hace algún tiempo, la Sra. Dª. Rosa Álvarez y Dn. Antonio A. Romero (nieto de Manuel Romero Torcuato) se comunicaron conmigo tras la búsqueda del personaje, poniendo a mi alcance dos interesantes imágenes. Hubo también oportunidad de comunicarles que el tratamiento habido para con su abuelo, Manuel Romero Torcuato, evidentemente no tuvo, desde un principio un trato peyorativo, sino más bien, el que muchas veces la gente, en el imaginario colectivo recupera a partir de elementos que vienen o provienen de la memoria, que en muchas ocasiones descansa en la versión oral, misma que adquiere unos valores o connotaciones muy especiales y que, por tanto pasan de generación en generación sin perder la esencia del trato o manejo del lenguaje.

   Aclarado el punto, debo decirle que me da un gusto enorme saber que los propósitos de este blog han rendido cuentas, en cuyo balance se encuentra su mensaje, el cual ha permitido enlazar, me parece que en términos bastante entrañables, un eslabón entre el pasado y usted así como para la historia; sobre todo por el hecho de que se dispersan una serie de supuestos o especulaciones. Estos componentes son infaltables en todo caso que hace suya la historia, de ahí que por su incómoda presencia muchas veces conviene ignorarlos, aunque se termina conviviendo con ellos.

   Sobre Torcuato, o más bien, sobre Manuel Romero Torcuato y más aún, sobre las decisiones que lo llevaron a abandonar un propósito para el cual no estaba llamado, ello lo obliga a tomar el rumbo de México, país al que llegó allá por 1914. Entiendo, por las lecturas que realicé durante un buen tiempo, sobre todo a material hemerográfico, que además del registro de aquella actuación, hubo algunos más. Después, todo quedó en un misterio de puntos suspensivos.

   Luego, D. Antonio Romero me comento que, “buscando dentro de los pocos recuerdos que nos quedan de mi abuelo le adjunto una foto de su época gloriosa y la copia de un cartel de una corrida en la plaza de Sevilla antes de marchar a México en 1.909, en la cual cita toreó junto a uno de los miembros de la dinastía de toreros ‘Dominguin’. Comentarle como dato que mi abuelo conservó durante el resto de sus días un gran afecto por México y su gente.

  Pues bien, para no detallar más en este intercambio epistolar, me permito complementar la más aproximada visión del personaje con el cartel que también forma parte de esta interesante documentación:

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EL CARTEL ANUNCIADOR FECHADO EL 25 DE JULIO DE 1909


[1] Luis: Luis Ruiz Quiroz: Efemérides Taurinas Mexicanas. México, Bibliófilos Taurinos de México, A.C., 2006. 441 p., p. 24.

[2] José Francisco Coello Ugalde: “Ensayo y notas para una nueva apreciación sobre el liberalismo mexicano (siglo XIX)”. En: NUESTRA AMÉRICA. UNAM, Centro Coordinador y difusor de estudios latinoamericanos, Año VII, Nº 21. Agosto, 1992. 165 pp. (Pág. 21-45).

[3] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1998. 12 v. Vol. 3, pp. 825.

[4] Ramón García Mora: La corrida de ayer… mito, tradición, ritual, suerte y azar de la fiesta de los toros. Compilación, paleografía y textos de (…). Guadalajara, Jalisco, Editorial Ágata, S.A. de C.V., 1996. 326 pp. Ils., retrs., fots., facs. (pp. 236-271).

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JORGE ALBERTO MANRIQUE CASTAÑEDA. IN MEMORIAM.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hace unos días murió el reconocido maestro Jorge Alberto Manrique Castañeda (1936-2016). En su labor profesional destacó como historiador, investigador y académico, actividades que realizó fundamentalmente con la Universidad Nacional Autónoma de México. La gran mayoría de los medios de comunicación en estos días han trascendido su obra, su trayectoria, su influencia.

   Acudía frecuentemente a las corridas de toros, y de este fenómeno cultural, dejó un aporte: “Toreo. Tránsito y permanencia”. En: El arte efímero en el mundo hispánico. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1983. 389 p. ils. (Estudios de arte y estética, 17). (p. 191-200). Además, y esto lo apunto a nivel personal, tuve el privilegio de que dirigiera mi tesis de Maestría, la cual lleva el siguiente título: “Cuando el curso de la fiesta de toros en México, fue alterado en 1867 por una prohibición. Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX”. Tesis que, con objeto de obtener el grado de Maestro en Historia, presenta (…). México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia, 1996. 318 p. Ils., fots., facs.

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   Me parece que dedicarle estas líneas, es o será apenas un minúsculo reconocimiento al gran historiador que formó a otras tantas generaciones, sabedoras de que su labor como maestro tendría enorme significado, debido al amplio conocimiento que supo desplegar y compartir como nadie. Lamentablemente no tuve ese privilegio, pero el seguimiento que tuvo mi investigación me permitió conocer a un hombre sensible, capaz de emitir opiniones y sugerencias que dieron finalmente al trabajo los propósitos que buscaba en lo personal.

   Desde aquí hago patente mi homenaje a un universitario que, entre otras cosas tuvo por los toros particular preferencia, de ahí que sea importante comentarlo. Considero que encontró suficientes razones para afirmar su bagaje cultural. Al revisar su Curriculum vitae se pueden encontrar las múltiples aristas por donde discurrió, lo mismo como ponente que como autor. Los premios y reconocimientos son abundantes, en proporción al legado que nos deja, con la idea de darle continuidad, cosa que haremos quienes nos consideramos comprometidos con el quehacer como historiadores.

   Con mi respeto y admiración…

ca. 1970

ca. 1970. Jorge Alberto Manrique en su biblioteca, “un verdadero campo de batalla”.

Foto: Archivo Fotográfico IIE.

Disponible en internet noviembre 4, 2016 en:

http://www.esteticas.unam.mx/revista_imagenes/rastros/ras_curiel07.html

   Por último, agrego un reconocimiento, emitido por el Dr. Alfredo Ávila, actual Presidente de la Mesa Directiva del Comité Mexicano de Ciencias Históricas y editor de H-México (http://www.h-mexico.unam.mx/):

H-México y el Comité Mexicano de Ciencias Históricas lamentan el fallecimiento del gran historiador del arte mexicano Jorge Alberto Manrique, y expresan sus condolencias a sus seres queridos, así como a la comunidad del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Este 2 de noviembre murió el gran historiador Jorge Alberto Manrique, poco tiempo después de que su casa, la Universidad Nacional Autónoma de México, le organizara un merecido homenaje con motivo de sus ochenta años de vida. En efecto, el maestro Manrique nació en el entonces Distrito Federal, el 17 de julio de 1936. Licenciado en Historia por la Universidad Nacional, realizó estudios de posgrado en París y Roma. No parece extraño que su primer trabajo de investigación fuera sobre su natal Azcapotzalco, una tesis de licenciatura que, aunque titulada “Los dominicos y Azcapotzalco”, en realidad ponía atención al convento de esa orden. Poco después, pondría atención a la presencia de las culturas indígenas mesoamericanas en el barroco de Nueva España y, a partir de entonces, toda su producción, salvo alguna rara excepción, estaría dedicada a la historia del arte mexicano.

Fue profesor en varias instituciones de educación superior, empezando por la Universidad Veracruzana. En El Colegio de México y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional formó varias generaciones de historiadores. Desde 1968 se integró como investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional, que en el año 2000 lo reconoció con el emeritazgo.

Fundador y director de varias instituciones, se le recuerda por el buen trabajo que desempeñó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana, en el Museo Nacional de Arte, en el Museo de Arte Moderno y también en la dirección del propio Instituto de Investigaciones Estéticas. Entre 1980 y 1982 formó parte de la Mesa Directiva del Comité Mexicano de Ciencias Históricas. Ocupó el sillón siete de la Academia Mexicana de la Historia.

Incansable, lo mismo estudió la obra de Guillermo Khalo que el manierismo en Nueva España. Publicó varias obras en coautoría, en especial con Teresa del Conde. Reconoció en Edmundo O’Gorman a su maestro y formador. Su erudición contrastaba con el medio académico actual, cada vez más especializado.

Su impronta en los estudios de la historia del arte mexicano será duradera.

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RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA” EVOCADO DESDE LAS PÁGINAS DE EL REDONDEL.  

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Don Alberto A. Bitar, heredero por línea directa de don Abraham Bitar su padre, mantuvo –junto con don Alberto de Icaza-, hijo a su vez de D. Alfonso de Icaza- uno de los semanarios taurinos más emblemáticos. Me refiero a El Redondel. El periódico de los domingos, cuyo primer número salió publicado el 4 de noviembre de 1928, terminando de publicarse el 22 de marzo de 1987.

   Pues bien, D. Alberto A. Bitar, pasados ya muchos años, volvió a empuñar la pluma y desde hace algunos meses, nos viene deleitando cada quince días en el diario La Jornada con la que ha sido su “columna vertebral”: Puntos sobre las íes. En los últimos capítulos, ha hecho gozosa evocación de sus primeros encuentros, los que sostuvo con Rodolfo Rodríguez “El Pana”, justo en los momentos en que el entonces novillero tlaxcalteca se iba elevando en términos de popularidad luego de aquella interesante etapa que, como novillero mantuvo en la plaza de toros “México”. Eran los meses de agosto y septiembre de 1978. Pues bien, y como resultado de aquellas célebres jornadas, traigo hasta aquí el recuerdo –lamentablemente incompleto, aunque faltan algunos párrafos con los que terminó la interviú-, de esa obligada entrevista, justo en los momentos en que “El Pana” estaba causando sensación.

   Gracias a la importante colección de materiales periodísticos que reunió el señor Roberto Mendoza Torres, misma que actualmente digitalizo, documentos de enorme valor para conocer el desarrollo de la fiesta de toros en México en los últimos 50 años, es que hoy me permito compartir con ustedes uno de esos recuerdos, que provienen precisamente de las páginas de El Redondel, en su edición del domingo 17 de septiembre de 1978, página ocho y donde toda esa plana es, a la vuelta de los años, y con el peso de la reciente y dolorosa muerte de este genial torero un cúmulo de circunstancias que recuperan significados muy especiales. Tantos, que provocan la necesaria presentación de esas notas, en espera de que complementen el sentido trabajo que realiza en nuestros días, el amigo entrañable, el que un día, y seguramente por eso también mi agradecimiento como telón de fondo, me abrió las puertas de El Redondel, donde tuve a bien ser uno más de sus colaboradores.

   Sr. Bitar, “¡Va por usted!”

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La técnica fotomecánica da a la imagen un cierto aire de antigüedad muy peculiar.

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NOTA IMPORTANTE: Si no es posible la lectura, facilito el siguiente archivo PDF: entrevista-pana_el-redondel_17-09-1987_p-8

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LUIS G. INCLÁN NO SOLO ES “ASTUCIA”.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

PONCIANO DÍAZ SALINAS

Ponciano Díaz dio a la charrería un sello propio desde la tauromaquia. Fotografía colección del autor.

    Conforme avanza el programa con el que se recuerda la vida y obra de Luis G. Inclán, en el bicentenario de su nacimiento, los asistentes al mismo nos vamos dando cuenta de que Inclán está más allá de solo quedar etiquetado como el autor de la célebre novela “Astucia”, obra que por lo demás posee un valor inestimable.

   Inclán, como ya lo sabemos, fue empresario en las plazas de toros del Paseo Nuevo tanto en la ciudad de México, como en la de Puebla, donde ambos cosos llevaban el mismo nombre. Si bien su nombre nunca figuró en carteles, se sabe que actuaba en la parte correspondiente al jaripeo y coleadero, de ahí que obtuviera una fama sin igual. Inclán además fue un impresor caudaloso. En estos días, donde ya contamos con un conocimiento acerca de Astucia, El Capadero en la hacienda de Ayala, las Reglas con que un colegial debe colear y lazar, o su célebre Recuerdos del Chamberín, este inquieto personaje llegó a imprimir obras tales como: Apuntes biográficos de los trece religiosos dominicos que en estado de momias, se hallaron en el osario de su Convento de Santo Domingo (1861); El Jarabe. Obra de costumbres mejicanas, jocosa, simpática, burlesca, satírica y de carcajadas (…), escrita por Niceto de Zamacois y publicada por Inclán en 1861. En la relación de obras también se encuentra la Defensa hecha por la Cuchara del ciudadano Lic. Ignacio Ramírez, o el Jesucristo en presencia del siglo, Imprenta de Inclán, 1856…, y otras más donde es inevitable no dejar de recordar la particular edición que logró de la Tauromaquia de Francisco Montes en 1862.

   Se sabe que de aquella primera edición (la de 1836 en Madrid) referida al tratado técnico y estético que llevó el célebre nombre del torero nacido en Chiclana de la Frontera, Cádiz en 1805, uno de aquellos ejemplares llegó a integrarse a la biblioteca del conocido personaje José Justo Gómez de la Cortina, el Conde de la Cortina quien a su vez realizó una interesante reseña de dicha obra, la que apareció en El Mosaico Mexicano en 1842. Pues bien, 20 años después, Inclán la hizo suya y no solo la reeditó, sino que la ilustró de propia mano con 30 escenas que recuerdan otras tantas suertes allí referidas de origen, pero también de otras tantas que representaban el legado definitivo con que la tauromaquia mexicana está contribuyendo a enriquecer el bagaje de aquel despliegue de inventiva que fue en sí mismo el toreo en nuestro país hace dos siglos cabales. En ese sentido, así lo entendió nuestro autor y por tanto dicha edición puede ser considerada un claro antecedente que explica las suertes tauromáquicas desde una interpretación que entraña el tipo de toreo rural y urbano que permanentemente se está encontrando y renovando en el campo o en la plaza, de tal forma que aparecen descritas algunas suertes que realizaban charros consumados.

   De acuerdo a las crónicas y descripciones de la época, se sabe que uno de los primeros en realizar esas suertes (montar y colocar banderillas desde el caballo), fue Ignacio Gadea. Sin embargo Bernardo Gaviño, Lino Zamora, Pedro Nolasco Acosta también lucieron sus habilidades como las del famoso poblano Ignacio Gadea, con lo que se adelantaban al capítulo extraordinario en el que Ponciano Díaz fue la cúspide de todas aquellas aspiraciones.

   Precisamente Ponciano parece ser la consecuencia de aquellas lecturas que Luis G. Inclán despliega en “Astucia”, complementa en las “Reglas con que un colegial debe colear y lazar” y culmina con la propia versión de la “Tauromaquia” de Paquiro. Ese largo proceso se materializa bajo el “poncianismo”, que va de 1879 a 1890, aproximadamente, tiempo en el que el “torero con bigotes” construye y mantiene su propio “imperio”, del que se verá gracia y desgracia pues también fueron años de recomposición en el toreo nacional, etapa en la que contribuyeron en forma definitiva los diestros españoles que vinieron a concretar la que llamo “reconquista vestida de luces”, y cuya tarea fundamental fue imponer el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, esto a partir de 1887.

   Al morir el diestro de Atenco, el 15 de abril de 1899 desaparecen aquellas representaciones que todavía iba a protagonizar Arcadio Reyes El Zarco en los primeros años del siglo XX. Tal condición la revivirían momentáneamente algunos charros, donde destacaba uno de apellido Becerril primero, en 1910, justo cuando se celebraba el primer centenario del comienzo de la independencia nacional, y luego Paco Aparicio en la tercera década del XX. Charrería y tauromaquia tan identificadas, se distancian en una especie de “pacto amistoso” y cada una seguirá su camino, hasta el punto de que hoy en día toreo y charrería se representan por separado. Sin embargo, ya se habían producido los mejores capítulos de aquellas puestas en escena en las que nadie mejor que Inclán describen en forma inconmensurable y Ponciano las protagoniza hasta llevarlas a lo más alto de su interpretación.

   Hoy, en un apoyo solidario, tauromaquia y charrería vuelven a darse la mano y lo hacen justamente con objeto de enaltecer la memoria del autor de esa célebre novela que vuelve a ocupar un lugar de privilegio. Así como se ha recordado en este año a Miguel de Cervantes Saavedra y su Quijote, del mismo modo se pone en valor a Luis Gonzaga Inclán Goicoechea y Astucia.

   Aprovecho antes de concluir estas notas, que el próximo viernes 8 de julio a las 18 horas, y en el marco de dicha celebración en la que Inclán es motivo de homenaje, que en la misma, se ha incluido un ciclo de cine en el que se pretende contextualizar no solo al autor nacido en la Hacienda de Carrasco, sino todo un conjunto de situaciones que privan en su novela, y que fueron un común denominador en buena parte del siglo XIX mexicano. Por tal motivo, una película que viene a darle sentido a este propósito es la de Los bandidos de Río Frío, inspirada en la novela del mismo nombre escrita por un contemporáneo suyo: Manuel Payno. La producción de 1956, será presentada y comentada por el Doctor en Historia Álvaro Vázquez Mantecón. Esto sucederá en la casa de la cultura Frisaac, ubicada en las calles de Madero y Moneda, en el centro de Tlalpan. La entrada es gratuita.

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¡ORA PONCIANO! SIGUE CAUSANDO FUROR.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Colección Cinema N° 48. Edit. Marisal, 1940. 64 p.

   El 8 de enero de 1937 y no 1936 como se ha hecho creer, y en el famoso cine “Alameda” ocurrió la “premiere” de la película que hoy se reseña. En ella se recreaba vida y hazañas del célebre torero Ponciano Díaz Salinas (1856-1899) recuperado en la figura de Jesús Solórzano Dávalos. Tras la presentación del reparto, “Producciones Soria” advertía:

Sobre la vida real de un célebre torero la fantasía forjó la trama imaginaria que sirve de argumento a esta película.

   Para no lastimar el sentido artístico de los aficionados, se empleó la técnica del toreo actual como propia del último cuarto del siglo XIX; esperando que este anacronismo no desvirtúe el estilo de esa época a que esta producción corresponde.

   Pues bien, durante los casi 80 años que ya tiene dicho largometraje, varias generaciones han disfrutado escenas de esta comedia rural donde Jesús Solórzano El Rey del temple se encumbró con las imágenes de la que pudo ser otra gran tarde, que no corresponde con la ya muy famosa realizada con el toro Redactor de La Laguna, pues dicha gesta sucedió el 7 de febrero siguiente, lo cual pudo representar un conflicto técnico el solo montaje de aquellas inolvidables escenas, contando para ello a una todavía empresa cinematográfica en plena evolución y desarrollo.

   Tenemos aquí una primer incógnita, pues los registros de época, tanto las imágenes fijas como en movimiento nos permiten apreciar a un Jesús Solórzano vistiendo un traje poco más oscuro que el que llevaba la tarde del todavía invernal mes de febrero del 37´.

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Portadilla de la publicación que ha servido para consultar el argumento. Agradezco al Dr. Marco Antonio Ramírez haberme permitido consultar este ejemplar.

   Entre chanzas y cuchufletas de dos excelentes cómicos como Leopoldo Ortín y Carlos López se fue configurando el largometraje, mismo que recae en ese guión todavía en ese misterioso personaje que se anuncia como Pepe Ortiz. ¿Se trata del famoso Pepe Ortiz, el orfebre tapatío o es un homónimo?

   De igual forma, las canciones e interpretaciones de Lorenzo Barcelata valen un “potosí” por el tono de curiosidad con que colaboró interpretando “La Palomita, que la Atenqueña. De igual forma la jocosa Tu ya no soplas, sin faltar la célebre canción El toro Coquito que hasta el día de hoy es un referente entre los taurinos pues el solo escucharla nos remite directamente con ¡Ora Ponciano!, película en la que Jesús Solórzano se inmortalizó quizá no por obra y gracia de la famosa faena de Redactor, sino por una anterior, igual de maravillosa. Sin embargo, y para no desatar polémica alguna, dejemos por ahora y sin alterar la historia que nos es de todos conocida.

   Recuerdo además, las palabras contundentes que me confesó un día el sobrino nieto de Ponciano, Doroteo Velázquez Díaz, quien llegó a decirme de viva voz:

 El argumento de la película “¡Ora Ponciano!” no era verdadero. Ponciano Díaz nunca se casó con la hija del ganadero don Rafael Barbabosa. Ella era Herlinda Barbabosa Saldaña (…)

   Si Ponciano –como señala el argumento-, hubiese conservado la fidelidad del amor, aquel que se muestra en forma juguetona e infantil, la de sus primeros años de vida conviviendo con la hija del hacendado, tendríamos como consecuencia un vínculo con quien pudo haber sido hija de José Juan Cervantes Ayestarán, a la sazón propietario de Atenco cuando el futuro “diestro con bigotes” tendría 6 u 8 años de edad (esto entre 1862 y 1864). Es bueno apuntar que se desconoce si don José Juan tuvo hijos o no, pero también es bueno recordar que Cervantes Ayestarán vendió la hacienda a don Rafael Barbabosa Arzate hasta 1878, con lo que entonces no tenemos al final sino un enredo que solo la ficción lograda por el cine pudo resolver en esos términos.

   Por lo demás, hay un registro que rememora la alternativa que Ponciano fue a refrendar en Madrid el 17 de octubre de 1889. Y digo “refrendar”, pues fue el propio atenqueño quien en un cartel del año 1879 advertía a sus “paisanos”:

Habiendo terminado la temporada en la ciudad de Puebla, en donde fui elevado al difícil rango de primer espada, por la benevolencia de tan ilustrado público, me he propuesto antes de disolver mi cuadrilla dedicar una función, que tenga por objeto, pagar un justo tributo a mis paisanos ofreciéndoles mis humildes trabajos; si estos son acogidos con agrado quedará altamente agradecido S.S.

Ponciano Díaz.

   Y tal ocurrió el domingo 8 de junio de 1879, lidiando “soberbio ganado de la Hacienda de Atenco”. Esa tarde en Toluca, Ponciano encabezaba la siguiente cuadrilla:

Joaquín Rodríguez, Antonio Mercado, Juan L. Resillas y Cándido Morones, picadores. Ramón Pérez, Francisco Salazar, Emeterio Garnica y Rafael Albarrán, banderilleros. Guadalupe y José Díaz, lazadores, así como Félix Barrón y Tranquilino Fonseca quienes hicieron las veces de “locos”.

   Por lo demás, se aprovecharon al máximo las locaciones naturales que la hacienda de Atenco ofreció en días que hicieron lucir el paisaje de un valle de Toluca espléndido que parece remontarnos a aquellos días de un México que, en lo taurino se encuentra verdaderamente conmocionado, pues Ponciano estaba convertido en un ídolo popular sin parangón. Quizá se trate del primer torero que haya alcanzado tal celebridad, de ahí que la expresión “¡Ora Ponciano!” se convirtió en ese grito de batalla de miles de nacionales que admiraron con orgullo, al punto de que ese impacto se concentra en la siguiente anécdota.

   En los días de mayor auge del lidiador aborigen, el sabio doctor don Porfirio Parra decía a Luis G. Urbina, el poeta, entonces mozo, que se asomaba al balcón de la poesía con un opusculito de “Versos” que le prologaba Justo Sierra:

Convéncete, hay en México dos Porfirios extraordinarios: el Presidente y yo. Al presidente le hacen más caso que a mí. Es natural. Pero tengo mi desquite. Y es que también hay dos estupendos Díaz -Ponciano y don Porfirio-: nuestro pueblo aplaude, admira más a Ponciano que a don Porfirio.[1]

   Y aquí otra curiosa interpretación:

En aquellos felices tiempos, comenta Manuel Leal, con esa socarronería monástica que le conocemos, había tres cosas indiscutibles: La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apam…[2]

   Su figura fue colocada en todos los sitios, aun en bufetes, oficinas de negocios, consultorios de médicos; en fotografías, o en litografías en colores y a una sola tinta, publicados en periódicos mexicanos o españoles como LA MULETA, EL MONOSABIO, LA LIDA, EL TOREO CÓMICO que ilustró sus páginas -este último- con un retrato del torero mexicano del mismo tamaño que los que había publicado de Lagartijo, Frascuelo, El Gallo, Mazzantini y Guerrita.[3]

   En la calle se le tributaban verdaderas ovaciones, lo mismo en Plateros que en El Hospicio que en La Acordada; al pie de la estatua de Carlos IV que al pasar junto a la tabaquería llamada “La Lidia”, lugar de reunión de los toreros españoles, que recibían sendas rechiflas.

   Realmente, esos eran los grados de ilusión obsesiva adoptada por el pueblo, vertiente de una sociedad limitada a una superficialidad y a un todo que no les era negado, pero que asimilaron de muy distinta manera, justo como lo harían esas otras vertientes intelectuales y burguesas; o simplemente ilustradas de la época.

   Fruto de la idolatría, que, como ya vemos, es basta en ejemplos, como el modismo aplicado cuando se saludaban los amigos en la calle, alguno de ellos expresaba:

   ¡Ni que fuera usted Ponciano!…

   A la epidemia de gripe de 1888, se le llamó “el abrazo de Ponciano”.

   Don Quintín Gutiérrez socio de Ponciano Díaz y abarrotero importante, distribuyó una manzanilla importada de España con la viñeta Ponciano Díaz.

   En las posadas, fiesta tradicional que acompaña al festejo mayor de la navidad, al rezar la letanía contestaban irreverentemente en coro: “¡Ahora, Ponciano!” sustituyendo con la taurómaca exclamación al religioso: “Ora pro nobis”

  1. José María González Pavón y el Gral. Miguel Negrete obsequiaron al diestro mexicano los caballos “El Avión” y “El General” y es el mismo Ponciano quien se encarga de entrenarlos para presentarse con ellos en España.

   La misma poesía popular se dedica a exaltarlo, al grado mismo de ponerlo por encima de los toreros españoles.

Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a “Cuatro Dedos”,

al que quiero es a Ponciano

que es el padre de los toreros

¡Maten al toro! ¡Maten al toro!

   El “padre de los toreros”, cómo no lo iba a ser si en él se fijaban todos los ojos con admiración.

   Su vida artística o popular se vio matizada de las más diversas formas. Le cantó la lírica popular, lo retrataron con su admirable estilo artístico Manuel Manilla y José Guadalupe Posada en los cientos de grabados que salieron, sobre todo del taller de Antonio Vanegas Arroyo, circulando por aquel México con marcadas huellas de lo urbano y lo rural.

   La “sanción de la idolatría”, a más de entenderse como aplauso, como anuencia, como beneplácito; es también castigo, pena o condena. Y es que del sentir popular tan entregado en su primera época, que va de 1876 a 1889 se torna todo en paulatino declive a partir de 1890 y hasta su fin, nueve años después.

FICHA TÉCNICA

¡ORA PONCIANO!

Producción: Producciones Soria, México; 1936.

Dirección: Gabriel Soria

Guión: Pepe Ortiz y Elvira de la Mora.

Fotografía en Blanco y Negro: Alex Phillips.

Música: Lorenzo Barcelata.

Edición: Fernando A. Rivero.

Con: Jesús Solórzano (Ponciano), Consuelo Frank (Rosario), Leopoldo Ortín (Juanón), Carlos López “Chaflán” (Lolo), Carlos Villarías (don Luis).

   Pues bien, todo lo anterior viene al caso, porque este viernes, en la Casa de la Cultura “Frissac” (Madero y Moneda, en el centro de Tlalpan), se presentará a las 18 horas este material cinematográfico, con lo que espero haber despertado el interés de los aficionados que quieran acudir a dicha exhibición. Esto como resultado del homenaje que se viene tributando a Luis G. Inclán, con motivo del bicentenario de su nacimiento. Y en efecto, Ponciano Díaz es o parece ser una consecuencia de las hazañas de aquel toreo a pie y a caballo que se perciben tras la gozosa lectura de su célebre novela Astucia.

   La entrada es gratuita… la salida también.


[1] Armando de María y Campos: Ponciano el torero con bigotes. México, ediciones Xóchitl, 1943 (Vidas mexicanas, 7). fots., facs., p. 162-3.

[2] Manuel Horta: Ponciano Díaz silueta de un torero de ayer. México, Imp. Aldina. ils., p. 153.

[3] María y Campos: op. cit., p. 176-7.

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RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA”: ES EL MITO EN PERSONA.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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El Pana colocando un soberbio par de banderillas…

   Abrí de pronto una revista de los años cuarenta del siglo pasado y no sólo me encontré con los toreros allí reunidos, sino con la fresca y reciente puesta en escena interpretada por Rodolfo Rodríguez. Pareciera como si el diestro tlaxcalteca se hubiese escapado de aquellos tiempos idos, separados del peculiar color sepia para adquirir el color de nuestro tiempo, el que es posible admirar y lo atestiguamos el domingo 7 de enero pasado. Cada imagen, cada pase, cada suerte de las muchas que tiene guardadas en el arcón de los recuerdos El Pana, sin ningún empeño egoísta fue sacándolas una a una con lo que nos hizo retroceder en el tiempo pensando, de inmediato en toreros como Alberto Balderas El torero de México (etiqueta que hoy le cabría el honor de ostentar el fabuloso torero de Apizaco, Tlaxcala). Allí están también Lorenzo Garza, Silverio Pérez, Luis Procuna, Andrés Blando, Carlos Vera Cañitas, Antonio Velázquez, Joselillo, el Ranchero Jorge Aguilar, el Loco Amado Ramírez

   La lista es importante, pero el grado de admiración con el que ha recreado esas maravillas del toreo lo son aún más. Veamos: Quite del clavel, quite del sueño, la Rielera, la Tlaxcalteca, la Adelita, el pase de cola de gallo, el del relicario, el del tomate, el de la amargura, el desaire o el del más allá sin faltar su inigualable “par de calafia”.

   Y no es que se descubra el hilo negro, sólo que hacía falta quien lo rescatara, bordando con él las suertes con que la tauromaquia ha pervivido a lo largo de los últimos tres siglos, en que ha alcanzado grados de madurez. Contra el minimalismo, estos aires de renovación. Contra la apatía de los últimos tiempos, la apuesta de Rodolfo Rodríguez El Pana, quien en una sola tarde, (seguida ya de otra también espectacular en Moroleón, Guanajuato el 15 de enero siguiente y otra en San Juan del Río el 21 del mismo mes) ha provocado un auténtico parteaguas entre lo que significaba su discreta despedida en medio del mejor silencio posible y ésta reacción en potencia que redescubre el toreo en México a la luz de su mágico quehacer.

EL PANA_FOTOGRAFÍA DEL AUTOR

¿Es Lorenzo Garza toreando al natural? ¡No! Es Rodolfo Rodríguez “El Pana” toreando al natural.

Esta y la fotografía anterior fueron registradas por el autor de las presentes notas allá por agosto de 1980 en Santa Ana Chiautempan, cuando el de Apizaco alternó con Jesús Solórzano en la lidia de cuatro toros bien presentados… que no recuerdo bien si fueron de La Laguna o de Atlanga. Ambos toreros estuvieron soberbios.

   Los aficionados que tenemos el privilegio de acudir permanentemente a cuanto festejo mayor o menor que se organice en la capital del país, nos dimos cuenta, a partir del 7 de enero, que aquel “domingo siete” se convirtió en el vuelco esperado, en el brusco golpe de timón que se necesitaba para sacudir hasta las entrañas mismas, a una tauromaquia en descomposición. Estoy convencido que hasta las cuatro de la tarde de aquel primer domingo de enero, la fiesta no sólo había tocado fondo. Estaba en él, sumergida, padeciendo el ahogo hasta un punto casi inconcebible. Sin embargo, dos horas después el escenario era otro, tan diferente, en el que ocurrieron cosas radicales. De pronto, esa “catedral sumergida” emergía, salía a la superficie a respirar los aires de renovación provocados por la tempestad de un hombre sumergido también en los tentadores influjos del alcoholismo y que no esperaba nada de la fiesta, pero tampoco de la vida. Ese hombre, a sus 55 años, con muchas menos posibilidades físicas, y con una reducida cantidad de festejos por delante que hubiesen podido compensar su desmejorada economía; aunque con posibilidades de afianzar el porvenir del espectáculo en nuestro país, pusieron todo esto sometido al destino. Recordemos que Curro Romero o Rafael de Paula, incluyendo a Antonio Chenel Antoñete, superaron los sesenta de su edad y continuaban toreando, quizá en menor cantidad, pero su caso estaba soportado por la frecuencia pertinente de sus apariciones que se precedían, además del misterioso velo de lo desconocido, de la incontenible brujería del arrastre que sus nombres en los carteles suponía para gozo y admiración de los aficionados. Pero para Rodolfo Rodríguez, el rodaje no existe. Que es torero de manifestaciones artísticas más que técnicas no lo ponen en el dilema de enfrentarse a una condición física inmejorable, pero sí la suficiente mentalización para enfrentar lo que cada día, y cada tarde que se le presente como una oportunidad más en la vida, serán, en conjunto, un reto, el profundo desafío a contender consigo mismo y la adversidad.

   El sacudimiento de ese “domingo siete” nos ha puesto de nuevo en el camino de aquellas viejas jornadas en que se comentaba, se platicaba y se analizaba el toreo con el gusto y regusto que supone la emoción y todos los elementos consubstanciales que intervienen y participan en la tauromaquia, tan española, pero tan mexicana que, por consecuencia la hacen universal en el sentido de su permanente intercambio que hoy tiene en la figura de Rodolfo Rodríguez El Pana a un torero relevante que aún mantiene en su vocabulario las mismas palabras con que un día salió con empeño quijotesco a enfrentar lo mismo molinos de viento que mandones consagrados. Es posible que hoy guarde ya un poco de mesura con respecto a lo que fueron sus años mozos, que tanto aislamiento y marginación le causaron, pero guarda la misma postura, los mismos principios que lo alentaron en el arranque de su ya prolongada trayectoria como matador de toros. Será que así le funciona mejor puesto que al trascender de nuevo en el medio, con esos vientos nuevos y frescos, mantiene el mismo talante provocador. Hay más equilibrio en sus palabras pero en el fondo conservan idéntica razón que le identifican como el torero diferente, ese que no solo se ha conformado construyendo un pedestal. Es el mito en persona.

   Con un Rodolfo Rodríguez El Pana que de pronto nos proyecta en línea recta hacia todo cuanto ocurrió en un período específico como son los años 30, 40 o 50 del siglo pasado, etapa en la que se concentran numerosos e imborrables acontecimientos. Hoy, este personaje salido de las páginas color sepia, se ocupa de recuperar el tiempo perdido, no sólo el suyo. También el de la tauromaquia mexicana de nuestros días que adquiere aires de renovación.

Recuerdo de su actuación el 7 de enero de 2007.

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…y claro, ahí tienen ustedes a este servidor, siguiendo al “Pana” desde 1978, fecha a la que se remonta el presente registro. Fot. Col. del autor.

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