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JOSÉ TOMÁS: VOZ DE TORMENTA EN EL SILENCIO.

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   El que un torero retorne al único espacio posible donde puede ser capaz de entregarse y hacer todo acto de declaraciones de espíritu, supone una serie de opiniones encontradas entre los diversos sectores que integran el espectáculo. Si bien, por un lado existen los casos de aquellos matadores que lo hacen cuando han llegado a una edad que llamaríamos como de no permitida y aún así responden al grado de expectación que originó su regreso. Tal es el caso en estos momentos de José Ortega Cano, quien hoy día se encuentra más allá del bien que del mal y sólo lo hace por el mero gusto de continuar en la predilección selectiva de aficionados que le ven como un icono que ha traspasado su propia época para aposentarse en esta otra como extensión perfecta de sus capacidades. Por otro lado, para un personaje como José Tomás quien ha cuidado hasta el extremo las formas de su presencia convirtiéndolas en todo un misterio, anuncia a casi cuatro años de su retirada –en plena lucidez de condiciones- que vuelve a los toros sin planes de temporadas ambiciosas. Más bien equilibradas y congruentes con ese perfil que lo lleva a no ser ordinario, a no confesarse de manera permanente ante este micrófono o aquella pluma que ansiosos uno y otra esperan para plasmar sus opiniones que se convertirían en lugar común. El anuncio de su regreso ocurre cuando la mayoría de las empresas taurinas ya han integrado sus carteles y temporadas para este 2007, salvo el caso de aquellas contingencias que habrán de ser cubiertas bajo la sentencia de que “unos las firman y otros las torean”.

Algeciras, junio 2007

Algeciras, junio 2007

Disponible en internet enero 6, 2016 en:

http://www.picassomio.com/anya-bartels-suermondt/50969.html

   El cartel en que se reincorpora el de Galapagar se traslada hasta el mes de junio y en la emblemática y orgullosa Barcelona, esa ciudad que ha sido sacudida por el arrebato de algunos antitaurinos que quieren despojarla de su peculiar sabor taurino. Es por eso que luego de estudiada la situación con reposo y hasta con cierta deliberada intención, José Tomás y su administración deciden dar el sí acudiendo a la cita en uno de los momentos más difíciles para la fiesta, puesto que esa Barcelona cosmopolita habiendo sido declarada como “ciudad no taurina”, y con la consiguiente amenaza de que su plaza se convirtiera en blanco de la piqueta o en oferta inmobiliaria con una diferente razón a la de su creación, pues justo en ese momento del más intenso de los debates, surge la decisión de un diestro que durante cuatro años y sin haber toreado fue capaz de provocar una estela de comentarios que lo mismo recordaban las grandes gestas convertidas ya en páginas inmortales del toreo moderno que sus misteriosos silencios o sigilosos movimientos y largas estancias, sobre todo en el campo bravo mexicano, sitio por el que siente especial y entrañable afecto.

   José Tomás representa hoy día una de las fuerzas más atractivas al lado de los ya consagrados Enrique Ponce o Julián López que empiezan a ver cómo se desplazan de manera peligrosa Talavante o Cayetano. Así que su esperado retorno permitirá recuperar los aires de una batalla que permanecía pasmada. Faltaba la energía de ese frente que supo crear yo no se si bajo la personal consigna de ser un fiel seguidor del culto a “Manolete” o por fijarse la idea de crear el suyo propio que le va muy bien en todo este tiempo en que ha incursionado como la gran figura que es. Si durante su ausencia, otro de los grandes, José Antonio Morante, “Morante de la Puebla” ha hecho gala de buscar ser diferente a todos los de su gremio no sólo dentro del ruedo. También fuera de él, acusando en muchas ocasiones un afectado estilo de “lord” inglés o de señorito de la alta sociedad pero que le va de maravilla porque también es de esos personajes míticos (sucesor perfecto de “Curro” Romero y Rafael de Paula) que no se encuentran todos los días.

   Esperemos que el arribo de José Tomás sirva como aliciente, pero también como cuña perfecta para estimular las condiciones de guerra y conflicto que se viven de manera permanente en las plazas españolas. Del mismo modo, habrá de convertirse en una pieza del confuso esquema taurino mexicano, desarticulado en su mayoría, que vive de la improvisación surrealista más perfecta de que se tenga memoria. Si en su momento la despedida de Rodolfo Rodríguez “El Pana”, que en realidad se convirtió por azares del destino en gozoso retorno provocó la llegada de unos aires de refresco a la fiesta de toros en México, es entre los aficionados un abierto deseo de que este sea un síntoma capaz de permanecer el tiempo que le queda a tan polémico personaje. Para el caso de José Tomás que es muchos años más joven, diría que lo es por lo menos en la mitad de la existencia del tlaxcalteca, ojalá resulte todo un éxito en la medida de que viene soportado por una campaña mediática que ya se encargará de agitar el “cotarro” hasta el punto en que existan a cada momento motivos de provocación y arrebato en cuanto haga sus nuevos pronunciamientos de la tauromaquia “Tomista”.

   Personalmente le he visto tan poco que no tengo forma de hablar o escribir sobre su estilo o concepto de torear, pero cuanto se habla de él es la manera de entender esa natural conmoción que ha despertado a medio mundo tan luego se dio la ansiada como esperada noticia. Ya celebran en España esa decisión que sirve para intensificar una temporada que se antoja emocionante en todos sentidos. Creo que José Tomás es un personaje muy inteligente que no sabiéndose infiltrar en los medios sin dar motivo para noticias escandalosas, ahora lo hace a la luz de una clara conciencia de lo que significa retomar el mando para borrar todas las especulaciones posibles así como despertar la otra conciencia, la de aquellos que piensan que el toreo es un fenómeno que pronto debe desaparecer. Y es que está ahí, incrustado en la mismísima entraña de la cultura española al grado de que ha pervivido, incluso en tiempos como los actuales, donde se debate permanentemente la conveniencia de estimular aún más su justificada tradición o cuestionarla con el consiguiente deseo de exterminio.

   Este retorno significa muchas cosas más que la simple reaparición de José Tomás en Barcelona. Tiene muchas otras razones que con el paso del tiempo servirán para reivindicar la postura estética o técnica que ha alcanzado la tauromaquia en este siglo XXI con uno de sus mejores exponentes, quiérase o no. Ante la gama de otros nombres ya mencionados aquí, se suma uno de sus representantes más emblemáticos, pero también más pertinentes para justificar todas estas razones que servirán, como ya dije, para una larga discusión, siempre tan necesaria en momentos de polarización extrema.  (09.03.07)

   No me quedo con las ganas de reproducir lo que a unos pocos días de este anuncio publicó el periodista Antonio Caballero en El País.

 La lidia / Desde el otro lado del Atlántico.

 El regreso de la tragedia.

   Vuelve a los ruedos José Tomás, a casi cinco años de su intempestiva retirada; y los tomistas no sabemos muy bien si debemos sentir entusiasmo o temor. Quiero decir: sentimos a la vez las dos cosas. Entusiasmo porque lo recordamos, y temor porque de sobra sabemos que cuando un torero retirado vuelve –y todos vuelven- no siempre vuelve bien. Ha cambiado él, han cambiado los toros y los gustos del público. Puede haber “perdido el sitio”, que es un eufemismo taurino para decir que ha perdido el valor. Así que no sabemos que esperar.

josé tomás

Disponible en internet enero 6, 2015 en:

http://www.elimparcial.es/noticia/104323/cultura/Una-exposicion-fotografica-homenajea-a-Jose-Tomas-en-Madrid.html

   Nos pasa, pues, exactamente lo mismo que nos pasaba hace cinco años, cuando veíamos e la plaza torear a José Tomás: no sabíamos qué esperar pues era entonces un torero que traía en el esportón, junto a los trastos de torear, la casi olvidada virtud taurina de provocar la emoción del escalofrío. Y digo taurina porque no existe en otras artes, que vemos después, en frío, cuando el peligro del triunfo o del fracaso ya ha pasado y sólo queda su huella congelada en la obra. Sólo el toreo pertenece únicamente al presente, irrepetible (o a esos sucedáneos emocionales del presente que son la memoria y la esperanza). En el toreo estoico y extático de José Tomás sentíamos el escalofrío del peligro a cada paso: a cada pase de su muleta ingrávida, a cada lance de su capote silencioso. Y cada nuevo cite era un milagro.

   Porque se ponía siempre en el sitio en que los toros cogen al torero (y muchas veces lo cogieron a él, sin que pareciera importarle). Luis Miguel Dominguín, que dijo tantas cosas, decía que en una plaza de toros el sitio de la muerte es un pequeño círculo movedizo sobre la superficie de la arena, como el disco de luz que dibuja un reflector de luz que dibuja un reflector en las tablas de un teatro. Ahí se pone el actor protagonista de la tragedia. Ahí se ponía para torear José Tomás. Por eso su toreo, al margen de sus formas hieráticas y ceremoniosas, al margen de su técnica –asombrosa según los tomistas, inexistente y debida por completo al azar en opinión de los incrédulos-, era como se dijo del de Manolete, un toreo trágico. La sociedad actual pretende ignorar u ocultar la tragedia: por eso dije antes que hoy está casi olvidada la virtud trágica por excelencia, que es la de saber provocar a la vez la admiración y el miedo. La conocen, claro está, todos los toreros, porque sobre ella descansa la verdad de su arte (y es por eso, digámoslo de pasada, que últimamente ha ganado terreno la noción ñoñamente correcta de que el toreo es un arte bárbaro); pero no son muchos los que la practican, y menos todavía los que lo hacen a menudo. Decía Antonio Ordóñez que para ser figura del toreo hay que estar dispuesto a morir cuatro veces por temporada. José Tomás, cuando toreaba, salía todas las tardes con la disposición indiferente de abandono al destino de no salir vivo del trance.

   Habría podido decir siempre (y dijo alguna vez) lo mismo que dijo el jefe sioux Toro Sentado en la mañana de su propia muerte:

   -Hoy es un buen día para morir.[1]

   Ahora que esperamos la ansiada fecha del 31 de enero de 2016, retorno del torero aquí citado, quien comparecerá –mano a mano- con Joselito Adame con ejemplares de Fernando de la Mora y Los Encinos, asunto este último que esperamos no se convierta en sospecha, sino en un hecho contundente, en el que veamos simplemente toros, tendremos oportunidad de confirmar el mito o presenciar un derrumbe. Es demasiada la diseminación de este fenómeno que habrá que tomárselo con mucho cuidado. Considero que será la única entrada de lleno total en una plaza como la “México” que tiene mucho tiempo de no mostrar esa hermosa imagen, justo ahora que tanto se necesita para reforzar el efecto de un patrimonio en riesgo tal cual lo es la tauromaquia.

   Escritas y recogidas estas notas en 2007, a lo que se puede observar, no parecen haber perdido actualidad. En todo caso afirman el estado de conmoción que habrá de presentarse más adelante.


[1] El País (edición internacional, México). Sábado 10 de marzo de 2007, año XXXII, Nº 10, 865, p. 32.

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FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (VIII).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Un intermedio poético.

ANTOLOGÍA POESÍA TAURINA...

  En mi Antología de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca Arredondo y Rosana Fautsch Fernández. Fotografías de: Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas. México, 1986 – 2006. 776 p. Ils. (Es una edición privada del autor que consta de 20 ejemplares nominados y numerados), incluí este corrido, así como los siguientes versos. Ambos, aluden la hazaña que Silverio protagonizó el 31 de enero de 1943.

Ca. 1943 

 

CORRIDO A SILVERIO PÉREZ

 

Con música de salterio

y sin brincar del huacal,

hoy viene a hablar de Silverio

el oaxaqueño Abascal.

 

Trata en alegre corrido

y sin asomos de inquina,

un caso muy discutido,

o sea la cuestión taurina.

 

Y aquí viene la canción.

óiganla con devoción:

 

Si les gusta oír cantar

nomás pónganme cuidado,

que un corrido va a empezar

a Silverio dedicado.

 

P´al hermano de Carmelo

yo compuse la rimada,

vuela palomita luego,

a buscarle la tonada.

 

¡Qué gusto me da mirarte

entre toda tu cuadrilla,

cuando vas partiendo plaza

gran torero maravilla!

 

El que mira una faena

al torero texcocano,

más que se quede pelón

al ruedo tira el jarano!

 

Va Silverio el Faraón

por todos los redondeles,

cada vez un faenón

y conquistando laureles.

 

En Jalisco, en Monterrey,

donde quiera que has toreado,

a los toritos de ley

oreja y rabo has cortado.

 

Más no faltó quien dijera

rabiando de pura envidia,

que Silverio con la izquierda

no sirve para la lidia.

 

Tú no pongas atención

a quien no se la merece,

te aseguro con razón

que un Villamelón fue ese.

 

Porque pisas el terreno

donde cuajas muletazos,

Silverio, tú eres torero,

no necesitas zurdazos.

 

Por tu faena a Tanguito

un homenaje te harán,

un torero y un torito

tu monumento serán.

 

De Pastejé fue ese toro,

al que tú inmortalizaste.

esa tarde en “El Toreo”

tu fama la consagraste!

????????????????????????????

  Dicen que van a venir

los españoles toreros,

con el de Texcoco acá…

guerra tendrán los iberos.

 

Y que pase la pelada

no me parece tan peor;

¡que vengan los españoles

a alternar con lo mejor

 

se oye decir a la gente

con sus palabras cabales:

para torero… ¡Silverio!

¡Dos no tenemos iguales!

 

¡Ah, qué cierto y qué legal

lo que las voces dijeron!

Porque toreros como él

al mundo pocos vinieron.

 

Vuela, vuela, palomita,

vuélale como de rayo,

porque si hay otro Silverio,

verdá de Dios que me callo.

 

Ya se va el aficionado

el que compuso el corrido

y si en algo quedo mal,

que lo disculpen les pido…

 

Ya llegó la obscuridad:

ya nos vamos al descanso

que duerman con suavidad

y en apacible remanso.

 

ANÓNIMO.

1967

Toreros mexicanos.

 

Centurias ha, que pasaron

en que surcaron los mares

con Hernán Cortés, al mando

tras la aventura sus naves.

 

A Cuauhtémoc atormentaron

en ese afán de conquista

y esta tierra avasallaron

en la entrega “malinchista”.

 

Pero el águila gloriosa

despertó de su letargo

¡y sacudió muy airosa!

la esclavitud de su rango.

 

Pues se adueñaron de ruedos

califas y faraones

con su capote señero

¡tributo de emperadores!

 

Con más esplendor su reino

volvió a lucir el Teocali

dueño y señor del imperio

¡del gran clarín de la tarde!

 

Que al rugir en Guanajuato

el león con toda su gloria

escudó el gran califato

¡con ese par de Pamplona!

 

Y esta tierra de prodigio

al meco vió entre su fronda

un trigre airoso y altivo

que desmayó a los de sombra.

 

El tejedor del sarape

de Saltillo vió a su niño

lucir su toga y en pases

¡Maestro con “Nacarillo”!

 

Un orfebre sin rival

luce el cielo tapatío

creador de suertes genial

de inolvidable tronío.

  

????????????????????????????

También Michoacán su historia

escribió de imperialismo

¡poniendo ese rey la nota!

del temple y del torerismo.

 

Nos trajo al gran faraón

Texcoco por un capricho

y el Nilo se desbordó

¡cuando apareció “Tanguito”!

 

¿Quién ha podido olvidar?

de México al gran torero

que una sinfonía inmortal

escribió sobre los ruedos.

 

Mandó de grandes caudales

que en muletilla atesora

“El ave de Tempestades”

llevó a la cima su gloria.

 

Nos trajo también Mixcoac

un soldado de leyenda

que un mantó llegó a bordar

de esmeraldas en la arena.

 

Fue “Corazón de León”

aquél que con una “Oreja

de Oro” se consagró

y culminó sus faenas.

 

Sin olvidar que en el ruedo

glorioso de los aztecas

un “Don Luis” lució sereno

seda y oro en su “Brionesa”.

 

En la capital un lienzo

plasmó de grandes faenas

¡Ese torero el inmenso!

genial con sus “Sanjuaneras”.

 

Un volcán hizo erupción

de hidrocálida cantera

cuando toreó “un gran señor”

con dramatismo y solera.

 

Ruano Llopis se inspiró

con el arte de una estatua

dueño y señor del color

Andrés, modeló en la plaza.

 

Mexicano el gran Ciclón

figura nón de la fiesta

fue de los ruedos un sol

de imponderable grandeza.

 

Tlaquepaque en su violín

le canta al gran muletero

al diestro que a “Tabachín”

¡inmortalizó certero!

 

De inspiración sin igual

artistas de gran hondura

y “El León de Tepatitlán”

asombró con su bravura.

 

Y de éstas frutas maduras

llegó el sabor al oriente

pues conquistó ese gran buda

¡un matador jalisciense!

 

Excelsa la Nueva España

no admite en su raza esclavos

aunque Malinche la ingrata

entregue a los mexicanos.

 

Claudia Romano.[1]


[1] Claudia Romano: Alamares de sangre. Poesías. México, Imprenta Franciscana, 1967. 88 p., p. 38-41.

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FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (VII).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

Vuelvo a retomar el tema, ahora con la revista Sol y Sombra a la mano.

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   Esta publicación, quizá un tanto cuanto marginal, no sólo por su presentación y contenido, sino quizá por su diseño, donde predomina una fuerte carga de elementos publicitarios, no permite apreciar con la debida atención el grado de importancia que representaba en esos momentos la tauromaquia que se realizaba en México. Es quizá por esa razón que la crónica, la cual aparece sin firma, haya sido desde un principio, el error de que no podamos identificar al responsable de dicha apreciación. Como ha sido la constante en esta serie, me detengo a citar la parte que corresponde al desempeño de Silverio Pérez, el cual quedó consignado como sigue:

SILVERIO: ¡Qué diremos de Silverio, que no se haya dicho! ¿Qué como torea él nadie ha toreado? Bueno, pues en eso estamos todos de acuerdo. Pero en realidad creo que lo que debe decirse para ajustarse a la verdad, es que como torea Silverio NADIE SOÑÓ TOREAR. En efecto, rememoremos toreros de años atrás, y no encontraremos parangón alguno. Es un auténtico torero non. Se ha quedado solo en la cúspide, una cúspide muy suya, que nadie pretenderá escalar, porque para ello, era indispensable inventar otra diversión. En los toros no cabe mayor perfección que lo que Silverio ejecuta bien hecho con un toro. Decía que nadie soñó torear así. En efecto, a ser posible, haríamos desfilar a ustedes todos los toreros que han sido y son, no ya en sus actuaciones ante los astados, pues hemos quedado en que a nadie le hemos visto lo que a Silverio, PERO NI SIQUIERA CUANDO ELLOS ENTRENABAN SIN TORO, han ejecutado el toreo como lo hace Silverio. ¿Me he explicado satisfactoriamente porque sigo que nadie soñó torear como Silverio? Apenas, ese otro Juan profeta, Belmonte, afirmó que llegaría un torero que le haría a todos los toros la faena de escándalo. Pero estoy seguro que si Belmonte ve lo hecho por Silverio en cualquiera de sus dos enemigos de ayer, muere repentinamente de un ataque cardíaco. Nada, que estamos en un callejón sin salida, y que para poder describir a Silverio es preciso verlo, pues que los términos pierden su sentido al detallar sus faenas. ¿Alguien imaginará lo que es y fue un derechazo despatarrándose desde el cite, adelantando la muleta inverosímilmente cuadrada cerca del pico de la muleta, prender al toro, romper todas las reglas del toreo sobre terrenos, tiempos de la suerte, etc., etc., enredárselo a la cintura, hacer que los pitones le sacudan las carnes de los muslos, y no salir herido? Pues alguien no lo haya visto dirá que era un sueño. Pues de ensueño torea Silverio. Por eso hasta en los cines, esa diversión que es la negación de la fiesta del oro seda, sangre y sol, las multitudes aplauden frenéticamente cuando ante sus ojos pasan asombradas las escenas que nosotros hemos visto ayer repetidas hasta la dislocación. La locura de los tendidos no es para ser descrita. Las seis vueltas al ruedo y dos salidas a los medios de ayer, la oreja y rabo del quinto, son los galardones que un torero sueña obtener, pero, ¿estarán bien premiadas unas faenas así, unas faenas que ejecutan con un toro nunca visto?

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   Hasta aquí la crónica de… quien no firma y de quien no se puede asegurar nada acerca de quién pudo haber sido el responsable de la misma. Pero ¡qué importa!, si lo que me he propuesto es recoger la opinión de cuantas reseñas he ido encontrando, para acercarnos a la verdadera dimensión de la faena que Silverio Pérez realizó ante Tanguito. lo importante en esta, es que, independientemente de que no se encuentra un detallado proceso de la misma, están otra serie de apreciaciones que tienen que ver con lo novedoso de la ejecución en ciertos momentos, mismos que dieron pauta para que la opinión vertida aquí descansara en el planteamiento donde observamos a ese Silverio “…despatarrándose desde el cite, adelantando la muleta inverosímilmente cuadrada cerca del pico de la muleta, prender al toro, romper todas las reglas del toreo sobre terrenos, tiempos de la suerte, etc., etc., enredárselo a la cintura, hacer que los pitones le sacudan las carnes de los muslos y no salir herido?” He ahí el más notable de los aspectos que destaca nuestro desconocido autor quien no concibe que esas cosas estuvieran pasando estando de por medio el texcocano, hacedor por antonomasia de un sentido novedoso, actualizado, puesto al día sobre lo que para entonces significaba la tauromaquia, proceso técnico y estético que quedaba en entredicho tras este capítulo relevante.

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   Otro aspecto que llama la atención es esa parte en la que el cine se convierte en la extensión de aspectos que ya editados y listos para su exhibición, creaban estados de conmoción extendida, bajo el amparo de la obscuridad, como elemento suficiente para provocar entusiasmos que “per eco in lontano” seguían produciéndose en salas abarrotadas no solo por cinéfilos acostumbrados a una programación lo suficientemente rica en temas que, por aquel entonces se estimulaban desde Hollywood, o daban un paseo por aquellas otras producciones en las que el tema de la guerra nutría el imaginario popular, sin que quedaran fuera aquellas que el propio discurso nacional contribuía para acrecentar a la entonces considerada “época de oro del cine mexicano”. Pues bien, ahí, en esas salas, y seguramente durante los intermedios, los noticiarios lograron cautivar a quienes habiendo estado en la plaza o no, recuperaban en aquellas escenas las hazañas más recientes en el coso capitalino, centro neurálgico e impulsor de notables influencias que luego iban a divulgarse en los cines de provincias y poblados menores.

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CONTINUARÁ.

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SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (VI).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Lo que podemos apreciar en la “reseña” del homónimo de “Monosabio”, es que se trata de un texto elaborado con bastante desparpajo, haciendo uso de un lenguaje bastante coloquial, en el que su insistencia de si fue un sueño o no lo presenciado por él y otros tantos miles la tarde del 31 de enero de 1943 en “El Toreo” de la Condesa. Como el asunto que nos convoca es Silverio y la faena a “Tanguito”, traigo aquí la parte en que Carlos Quiroz deja testimonio de aquel momento:

(…) llego a pensar que Silverio va a dejarnos con un palmo de narices. Lo veo ir al encuentro del toro con un desgane, con una mandanga, que me dan ganas de gritarle: “!A dormir a tu casa, niño!”. Pero Silverio cobra las colosales dimensiones de un gigante. Plantado en la arena, se crece. Nadie puede creer que esté toreando; y sin embargo, torea. No se mueve, no cambia de postura; en su trágico despatarramiento hace que el toro le embista una y otra vez, embebido en el engaño, completamente empapado. Y aquello ya no es una ovación. Es el desbordamiento completo de toda una muchedumbre, es un ruido infernal que ensordece pero que anima a seguir gritando, sigue el entusiasmo frenético. Silverio ha hecho un quite monumental. No ha sido por chicuelinas. Las chicuelinas no pueden ser tan lentas, ni tan bellas. Y esos lances que hizo duraron una eternidad y pareció que el toro había detenido su marcha, que el diestro se inmovilizó ante el espectáculo nunca visto: el toreo ideal, divinizado.

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Disponible en internet diciembre 7, 2015 en: http://www.silverioperez.mx/v-taurina-carmelo.html

Portal denominado: “Silverio Pérez. Faraón de Texcoco”.

   Viene después la faena de muleta y ese trágico toreo hiere las más hondas fibras del sentimiento humano. Todos los sentimos, a todos nos sorprende. Con entusiasmo creciente vemos que a un pase sigue otro, que el torero no se mueve, que liga lentamente, conservándose siempre en esa postura original, despatarrado, con aire de reto al toro y al público. Ya Silverio no es el torero desganado. Sus movimientos son los del triunfador, también su confianza. Y ríe. Y al reír vemos que nos ha conquistado, que ha dominado al toro, que está dentro de sus mismos terrenos, y que el peligro no le arredra. Confía en el poder de su muleta ciegamente. Creo que está inspirado. Todo le sale con la naturalidad más absoluta; él solamente es el punto intermedio entre la fuerza del toro y su inspiración pierde las orejas…

   …con su primero, iba a opacarse con una faena mejor al quinto de la tarde, llamado “Tanguito”. Un toro tan noble, tan codicioso, que por seguir el capote del Chato Guzmán, y más tarde por embestir al de Silverio, se quedó dos veces clavado con los pitones en la arena y dio dos maromas completas. Estas dos volteretas lo hicieron asentarse. Al último tercio llegó aplomadón, pero muy suave.

   Y tenemos con que el toro tarda para embestir; pero cuando lo hace, embiste lentamente. Hay que aguantarlo mucho, hay que llevarlo perfectamente toreado, si no, no podrá toreársele. Si no, habrá una cornada.

   Esto lo sabe Silverio Pérez.

   Silverio toma la muleta con las dos manos.

   Silverio se encuentra en estos momentos cerquísima de “Tanguito”.

   La arrancada del animal tarda. Esto impacienta a la gente y pone en peligro al torero. Por fin se produce. Esos pases por alto son una maravilla de lentitud, son un prodigio de belleza.

   Silverio inicia su faena toreando por alto, porque de hacerlo por abajo “Tanguito” dará otra maroma y se fastidiará, seguramente.

   El toro empieza a crecerse, Silverio ya estaba crecido. Despatarrándose increíblemente, se acerca hasta colocarse en la propia cara del animal. Adelanta la muleta, la adelanta más, y el toro responde. ¡Qué lenta embestida, parece eterna, parece no tener fin! ¡Y qué aguante! Silverio sigue igual de despatarrado, ha tomado al toro adelantado, el toro parece quedársele en la suerte, se le queda, pero la muleta vuelve a embarcarlo, el viaje continúa. Y Silverio despide a “Tanguito” hasta muy atrás de él, por dentro. ¡Media hora exactamente duró ese pase maravilloso! Y hay otro pase igual. La gente no puede contenerse más y se desborda en una ovación apoteósica, terrible, de locura, de un entusiasmo indescriptible. No hay en los tendidos quien no grite. Nadie puede permanecer impasible ante tanta grandeza.

   Es una faena derechista. Es una emoción que no puede contenerse y que llena toda la plaza, que la hace trepidar. Y es la causa tan justa, es tan maravilloso lo que vemos, tan sorprendente, que la sorpresa, el entusiasmo, la maravilla, nos hacen permanecer estupefactos. No nos damos cuenta de nada. Solamente vemos una figura en el centro del ruedo, porque no es más que una figura la que forman el toro y el torero, que se mueve al compás del latir de nuestros corazones – nuestros corazones apenas si palpitan –, y es tanta la armonía que hay en toda ella, que llega un momento en que no sabemos diferenciar hasta qué punto llega el torero y en dónde se queda el toro. Todos gritamos. Todos aplaudimos con un frenesí loco. Todos aullamos. ¡Qué faena! ¡Qué sensación, de emoción! Es dramatismo. Es sabor torero. Huele a montilla. Y la faena sigue, se prolonga, y cada pase es un choque que sentimos, es una emoción que se renueva, que crece pase a pase. Es imposible que podamos abarcarla toda. Y, sin embargo, nuestra capacidad emocional crece. La emoción la hace crecer. Y cuando llega un momento en que parece que vamos a reventar, Silverio se arma, se perfila, y tírase a matar con toda la fe y hunde el estoque en lo más alto del morrillo. “Tanguito” se resiente, pero no dobla.

   Silverio acierta al primer golpe de descabello.

   La plaza viste sus galas nupciales, se cubre de un velo blanco. Miles y miles de pañuelos ondean en el aire, en demanda del mayor premio para el matador. Silverio ha ganado las dos orejas y el rabo. La ovación dura hasta que termina la corrida. Qué corrida! ¡Qué tarde nos han ofrecido Silverio y Armillita!

   Por todo lo anterior es que volvemos a convencernos de que los testimonios hasta aquí incluidos, coinciden en términos de la estatura que alcanzó esa faena en grado superlativo. Los asistentes en aquella ocasión pudieron presenciar la que puede considerarse como el primer gran planteamiento de la faena moderna “a la mexicana”, realizada además, por el integrante de una comunidad eminentemente “mexicana”, sin que esto traiga consigo ninguna intención peyorativa. Por el contrario, se trata de sublimar y exaltar las virtudes de un personaje que supo entender “su” momento, “su” tiempo. Y lo hizo partiendo del hecho de que sin saberlo bien a bien, se sumaba al contingente de hacedores que además, contribuyeron a la recuperación de un nacionalismo que tomaba cada vez más forma gracias al desempeño de músicos como Manuel M. Ponce, Candelario Huizar, Silvestre Revueltas, Carlos Chávez o José Pablo Moncayo. De pintores como esa gran “trilogía” de los muralistas: Rivera-Orozco-Siqueiros, por mencionar a los “notables”. Junto a ellos, Silverio Pérez vino a ser referente desde el nicho de la tauromaquia para matizar esa expresión de evidente influencia española, consiguiendo como resultado la afirmación de un mestizaje que apuntaló al de Texcoco. Es cierto que, en buena medida haya influido un factor sentimental que unía a Silverio con su hermano “Carmelo”, envuelto en el tamiz de aquella tragedia que este sufrió 13 años atrás. El hecho es que Silverio Pérez no solo superó aquel conflicto existencial, sino que a lo anterior tuvo que sumar otro trauma: el miedo.

   Por cierto, el pasado 13 de septiembre, mi buen amigo Javier González Fisher publicaba en su bien posicionado blog: La aldea de Tauro” (http://laaldeadetauro.blogspot.mx/) un maravilloso texto que recomiendo lo lean en su totalidad, pues se trata de una auténtica confesión, donde Silverio se sincera, por lo que el título de la colaboración aquí mencionada no podía ser mejor: “El miedo según Silverio”.

(Véase: http://laaldeadetauro.blogspot.mx/2015/09/en-el-centenario-de-silverio-perez-viii.html)

   Para terminar con la reseña publicada en La Afición, no me queda sino agregar lo siguiente:

   Si el toro empezaba a crecerse, Silverio ya estaba crecido es, a lo que parece un acierto que nos permite entender por qué caminos fue andando aquel prodigio, del que ya no solo debe pensarse en la cantidad de textos que se prodigaron luego de aquel “milagro”, sino las consecuencias técnicas o estéticas que esto deparó. Del mismo modo, en breve entraremos en el territorio de la polémica suscitada al respecto. Más adelante, y por ser necesario, buscaré algunas otras visiones, quizá más recientes a nosotros para entender la magnitud que, en tanto caja de resonancia sigue provocando ese hecho histórico que cambió en definitiva la visión del toreo en nuestro país.

CONTINUARÁ.

 

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SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (V).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Toca el turno en esta ocasión al escrito que nos legó Carlos Quiroz, homónimo de aquel otro pero que llevó el remoquete de “Monosabio”,[1] quien ya para entonces era uno de los más antiguos cronistas taurinos en México. Había comenzado dicha labor a finales del siglo XIX, y pocos años después lo hizo ya como colaborador en publicaciones como el Sol y Sombra, de España. Fue director de Ratas y Mamarrachos y luego un crítico ácido, visceral que cayó en las tentaciones del “chayote”, esa institución muy mexicana, creada entre los malos periodistas que son gratificados a cambio de notas excelsas, pero falsas como moneda de dos centavos. Bajo ese perfil de descrédito, algún día fue a sentarse en una barrera de primera fila en “El Toreo” de la Condesa. La “Contraporra”, sector de aficionados que se identifica en la plaza por su homogeneidad que protesta o reclama los abusos que se cometen en contra de la tauromaquia, lograron detectarlo desde el otro lado del tendido. Poco a poco fue llegando hasta el sitio donde se encontraba “Monosabio” una paca de alfalfa, por lo que ya a su alcance, demandaron comiera de ella, levantando voz en cuello que no se trataba de un “Monosabio”…, sino de un “Monoburro”. Quiroz tuvo que salir humillado de la plaza a toda prisa.

   Además, este personaje característico, tuvo a bien gestar una “interviú” notabilísima, porque también tuvo cosas buenas, y resultado de tal ejercicio consiguió formar el muy apetecible volumen de Mis 20 años de torero. El libro íntimo de Rodolfo Gaona, de cuyas primeras ediciones se tiraron 15,000, 8,000 y 10,000 ejemplares entre 1924 y 1925 respectivamente. Todavía en 1964 hubo una cuarta edición, con lo que sigue siendo un “best seller” de la literatura taurina de nuestro país.

   Retomando el tema, nos encontramos pues con que esta nota aparece firmada por Carlos Quiroz, “Redactor de la AFICIÓN”, periódico en el que “Monosabio” también se involucra como uno de sus fundadores en 1930. Ateniéndome al hecho de que se trate solo de un homónimo, paso a dar registro de este otro testimonio que, por cierto, fue proporcionado amablemente por el joven Manuel Castilla, taurino entusiasta radicado en Texcoco, yendo a la vera de su padre, del mismo nombre y apellido, con objeto de ir presentando las más recientes ediciones de la feria de Texcoco con la mayor dignidad que les es posible.

   En el entendido de que nos encontramos con otro Carlos Quiroz, vayamos pues a su apreciación, para comprender en qué medida lo asombró el conjunto de maravillas ocurridas ese 31 de enero de 1943.

Silverio Tanguito 1bis

 LA AFICIÓN

Deportes y Toros

México D.F.

Lunes 1º de Febrero 1943 – Año XIII, Núm. 3,646

 ENORME CORRIDA DIERON SILVERIO Y “ARMILLITA”

Fermín cortó la oreja de su segundo por una faena de ¡admírense!: naturales y derechazos de los más finos. Y la gente, loquita del todo.

Silverio: una faena a su primero, que causó el delirio. Y a su segundo… Bueno, a ese le hizo lo que no se creía. Canelita en rama fue su faena. Y las dos orejas y el rabo, y dio al ruedo más vueltas que la rueda de la fortuna.

Y al lado de esos dos colosos, y con dos toros de estupenda bravura y gran nervio, Antonio Velázquez, el alternativado, despareció del todo. ¡Pobrecito!

¡Con lo buen novillero que era!

Pastejé envió una corrida superior: seis toros bravísimos, los seis de primorosa lámina.

¡Y los seis ovacionados largamente por el público!

 Crónica de CARLOS QUIROZ.

Redactor de LA AFICION.

   ¡Oiga amigo! Hágame usted el favor de darme un pellizquito en esta asentadera para saber si no he estado soñando y si fue cierto lo que hoy he visto. ¡Cosa curiosa! ¿Eh? He ido a los toros, y aquí traigo el boleto. He entrado en la plaza y prueba de ello es un traigo los fondillos de los pantalones bien empolvados, señal de que he estado sentado. Vengo más ronco que un merolico por haber gritado tanto. Prueba de que me he divertido, de que he estado en una corrida de toros. Además, me duelen las manos de tanto aplaudir, y vengo sin sombrero por haberlo arrojado al ruedo en un momento de indescriptible entusiasmo. Sin embargo, aún no puedo creer que haya sido cierto lo que vi. Con que a ver, ¿va usted a darme ese pellizco? ¡Jozú ¡Como se hace la gente del rogar! A ver usted, señor:

   Un pellizco aquí en esta asentadera. ¿Tampoco? ¡Madre mía de mi alma! ¿Quién, pues, va a sacarme de dudas?

Porque miren ustedes que haber visto una corrida de toros fenomenal, ¡y no poder tener la seguridad absoluta de que realmente haya sido fenomenal! Es una desgracia, y esto a mí me pone de los mil diablos. Quisiera en este momento saber si de verdad he sido testigo de un encuentro que tendrá que perdurar per sécula seculorum en los anales del toreo. De una pelea que me levantó los pelos de punta, que hizo que mi pobrecito corazón cesara de latir y se abandonara deliciosamente a esa emoción angustiosa del torear de Silverio, y a ese infinito placer de una faena sorprendente del señor que años atrás nació en Saltillo. Porque la ví, sí, la ví con estos ojos que me estoy tocando ahorita, pero ¿Quién me dice a mí que no estuve soñando?

   Porque aquello fué tan maravilloso, tan extraordinario, que no puedo creerlo, que mis cinco sentidos se resisten tercamente a pensar en una realidad y se inclinan con tosudez a suponer que fue una visión, una ilusión irreal, un espejismo. ¡Pero qué caray! Que espejismo, ilusión del más allá, ¡poco importa! Lo principal es que me sentí tan fuera de mí, que gocé tanto con ese espectáculo indescriptible, imponente, maravilloso, que en resumidas cuentas me importa poco saber si sucedió o si sólo fue un momento ilusorio, un delicioso instante de pensar en una, en dos, en tres faenas ideales. Pero de pensar tanto, con tan profunda atención, que esos pensamientos, confusos en un principio, llegaron a tomar forma, a manifestarse claramente circunscritos en el ruedo de “El Toreo”. Si fue realidad, ¡Qué maravilla! ¡Qué hecho portentoso se ha realizado! Si fue una mentira, si fue una ilusión solamente, no le hace. ¡Qué maravilla!

   Nunca creí que “Armillita” y Silverio pudieran darnos una tarde así. Pensaba que entre los dos toreros no podía ni imaginarse siquiera una pelea más o menos interesante. Suponía a Fermín muy comodino y a Silverio muy tímido para disputarle las palmas y la gloria al de Saltillo ¡Pero qué manera de equivocarme, señores míos! Si no lo pensaba, ahora lo pienso, y muy en serio, porque el diestro de Texcoco y “Armillita” el más chico, nos han dado una tarde enorme, han tenido una actuación en la que paso a paso, minuto a minuto, segundo a segundo, se han disputado las palmas el uno al otro, pero no es una disputa cualquiera, no, nada de esto. En una pelea en la que ninguno de los dos quiso ceder un tanto así de terreno, en la que los dos derrocharon guapeza y un nervio y una casta enormes, admirables. Silverio, aquel muchachito que no peleaba, aquel fácilmente impresionable, convertido en coloso, superado en valor al más valiente y reduciendo a su mínima expresión al más artista. “Armillita”, el frío Fermín, peleando con lo suyo, superándose a sí mismo, gozando con su toreo, con la parte buena de su toreo, y con un entusiasmo nunca visto. Los dos arrolladores, los dos enormes.

   Al lado de ellos, muy insignificante, muy verde, muy tierno, Antonio Velázquez, el último crimen del actual momento taurino. El novillero de las faenillas fáciles y emotivas, el valiente novillero, que por el afán de especulación de la actual empresa entró ayer en la plana mayor de la torería y salió instantáneamente para colocarse en ese grupo de toreros quemados, que no son ni toreros, ni novilleros, ni nada.

   ¡Cuánta lástima me dio verlo perdido en el ruedo, continuamente a merced de sus dos fieros antagonistas, queriéndose mostrar valiente, y embarullándose de continuo; queriendo portarse como un artista, y no ofreciendo a nuestra vista más que unas gaoneras, unas tristes gaoneras que no convencieron! Perdido frente a dos toros de maravillosa bravura, ideales para que un torero los hubiese aguantado y toreado con un derroche de temple y de torerismo, pero fatales para un novillero nuevo, demasiado nuevo y verde, por su misma bravura, por su codicia y por su casta.

   Pero completamente perdido, al grado de no saber por dónde andaba, de haber olvidado el uso de la muleta, de encontrase ante el peligro sin el menor recurso, ofreciendo solamente su valor, un valor ciego, peligroso, que lo hacía exponerse inútilmente a la cornada. Que se la hubiera ganado, de no haber ido porque Fermín, asumiendo su papel de primer espada, de director de lidia, anduvo convertido en su Ángel de la Guarda.

   Y empezó la tutela desde el momento en que partieron plaza las cuadrillas, y no cesó hasta que estuvo bien muerto el último toro de la tarde.

   Fué contínua la atención de “Armillita”. Y sus consejos se manifestaron hasta en el momento de la alternativa. Velázquez no sabía cómo se cambiaban los trastos y Fermín tuvo que indicarle la única manera. Vino luego ese luchar infructuoso, esa inquietud en los tendidos, ese retroceder contínuo de Velázquez, ese embarullamiento, y vino el peligro haciéndose tan palpable, fué haciéndose la cornada tan segura, que en el último toro tuvo Fermín que asumir toda la responsabilidad: él dirigió la lidia, se hizo cargo del mando de la cuadrilla y a su habilidad y experiencia, únicamente, se debió que Velázquez matara sin más pena que el mayor fracaso a ese toro que cerró una jornada de triunfo absoluto para dos toreros y de completa desilusión para uno que jamás debió aceptar la alternativa estando tan verde.

   Al terminar la corrida nos quedó una impresión triste de Velázquez. Un poquito de lástima y un mucho de coraje. ¿Porqué, teniendo tan halagüeño porvenir como novillero, quiso prematuramente convertirse en torero? Esos dos toros maravillosos que le tocaron, de Pastejé, de primorosa estampa, finos, bravísimos y encastados, pudieron haber sido el marco del triunfo de otro torero. Y él pudo evitarse ese triste momento y el derrumbe de todas sus ilusiones. ¡Qué lástima que los haya desperdiciado Velázquez! Merecían dos grande faenas, como las que tuvieron los demás. Merecían que se le torease, que se les cortase una oreja siquiera. Y se fueron completos al destazadero. ¡Qué lástima!

   No tuvieron la suerte de los de Fermín Espinosa.

   Y se prestaban para que se les torease como Silverio toreó a los suyos.

   Pero no fué posible. “Andaluz”, el primero, y “Jareto”, el último, corrieron con la peor suerte. “Armillita” no quiso lucirse con ellos. Tampoco Silverio. Y Velázquez no pudo.

   En cambio, los demás, cuatro toros seguidos, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto, gozaron del entusiasmo de la multitud y causaron entre Silverio y “Armillita” una pelea que no tuvo cuartel, que no decreció en emotividad un solo momento y que transcurrió en medio de tanto delirio, de tanta locura, que es por eso que hoy me pregunto si no habrá sido un sueño.

   Porque Fermín empieza toreando a su manera, sin excederse. Yo lo veo con la indiferencia de siempre. Creo que trata de hacer creer que el toro, “Rondador”, carece de la bravura necesaria para hacerle faena. Lo trastea con habilidad, dándole tela por la cara, pero sin pasárselo una sola vez. Esto me disgusta, porque a mí “Armillita” no me convence, ni me convencerá jamás, toreando sólo con habilidad. Muere “Jareto”. La opinión del público se divide. Chillan unos aficionados. Otros aplauden. Yo comparto la opinión de los primeros.

Luego sale “Clarinero” y llego a pensar que Silverio va a dejarnos con un palmo de narices. Lo veo ir al encuentro del toro con un desgane, con una mandanga, que me dan ganas de gritarle: “!A dormir a tu casa, niño!”. Pero Silverio cobra las colosales dimensiones de un gigante. Plantado en la arena, se crece. Nadie puede creer que esté toreando; y sin embargo, torea. No se mueve, no cambia de postura; en su trágico despatarramiento hace que el toro le embista una y otra vez, embebido en el engaño, completamente empapado. Y aquello ya no es una ovación. Es el desbordamiento completo de toda una muchedumbre, es un ruido infernal que ensordece pero que anima a seguir gritando, sigue el entusiasmo frenético. Silverio ha hecho un quite monumental. No ha sido por chicuelinas. Las chicuelinas no pueden ser tan lentas, ni tan bellas. Y esos lances que hizo duraron una eternidad y pareció que el toro había detenido su marcha, que el diestro se inmovilizó ante el espectáculo nunca visto: el toreo ideal, divinizado.

   Viene después la faena de muleta y ese trágico toreo hiere las más hondas fibras del sentimiento humano. Todos los sentimos, a todos nos sorprende. Con entusiasmo creciente vemos que a un pase sigue otro, que el torero no se mueve, que liga lentamente, conservándose siempre en esa postura original, despatarrado, con aire de reto al toro y al público. Ya Silverio no es el torero desganado. Sus movimientos son los del triunfador, también su confianza. Y ríe. Y al reír vemos que nos ha conquistado, que ha dominado al toro, que está dentro de sus mismos terrenos, y que el peligro no le arredra. Confía en el poder de su muleta ciegamente. Creo que está inspirado. Todo le sale con la naturalidad más absoluta; él solamente es el punto intermedio entre la fuerza del toro y su inspiración pierde las orejas…

   …con su primero, iba a opacarse con una faena mejor al quinto de la tarde, llamado “Tanguito”. Un toro tan noble, tan codicioso, que por seguir el capote del Chato Guzmán, y más tarde por embestir al de Silverio, se quedó dos veces clavado con los pitones en la arena y dio dos maromas completas. Estas dos volteretas lo hicieron asentarse. Al último tercio llegó aplomadón, pero muy suave.

   Y tenemos con que el toro tarda para embestir; pero cuando lo hace, embiste lentamente. Hay que aguantarlo mucho, hay que llevarlo perfectamente toreado, si no, no podrá toreársele. Si no, habrá una cornada.

   Esto lo sabe Silverio Pérez.

   Silverio toma la muleta con las dos manos.

   Silverio se encuentra en estos momentos cerquísima de “Tanguito”.

   La arrancada del animal tarda. Esto impacienta a la gente y pone en peligro al torero. Por fin se produce. Esos pases por alto son una maravilla de lentitud, son un prodigio de belleza.

   Silverio inicia su faena toreando por alto, porque de hacerlo por abajo “Tanguito” dará otra maroma y se fastidiará, seguramente.

   El toro empieza a crecerse, Silverio ya estaba crecido. Despatarrándose increíblemente, se acerca hasta colocarse en la propia cara del animal. Adelanta la muleta, la adelanta más, y el toro responde. ¡Qué lenta embestida, parece eterna, parece no tener fin! ¡Y qué aguante! Silverio sigue igual de despatarrado, ha tomado al toro adelantado, el toro parece quedársele en la suerte, se le queda, pero la muleta vuelve a embarcarlo, el viaje continúa. Y Silverio despide a “Tanguito” hasta muy atrás de él, por dentro. ¡Media hora exactamente duró ese pase maravilloso! Y hay otro pase igual. La gente no puede contenerse más y se desborda en una ovación apoteósica, terrible, de locura, de un entusiasmo indescriptible. No hay en los tendidos quien no grite. Nadie puede permanecer impasible ante tanta grandeza.

   Es una faena derechista. Es una emoción que no puede contenerse y que llena toda la plaza, que la hace trepidar. Y es la causa tan justa, es tan maravilloso lo que vemos, tan sorprendente, que la sorpresa, el entusiasmo, la maravilla, nos hacen permanecer estupefactos. No nos damos cuenta de nada. Solamente vemos una figura en el centro del ruedo, porque no es más que una figura la que forman el toro y el torero, que se mueve al compás del latir de nuestros corazones – nuestros corazones apenas si palpitan –, y es tanta la armonía que hay en toda ella, que llega un momento en que no sabemos diferenciar hasta qué punto llega el torero y en dónde se queda el toro. Todos gritamos. Todos aplaudimos con un frenesí loco. Todos aullamos. ¡Qué faena! ¡Qué sensación, de emoción! Es dramatismo. Es sabor torero. Huele a montilla. Y la faena sigue, se prolonga, y cada pase es un choque que sentimos, es una emoción que se renueva, que crece pase a pase. Es imposible que podamos abarcarla toda. Y, sin embargo, nuestra capacidad emocional crece. La emoción la hace crecer. Y cuando llega un momento en que parece que vamos a reventar, Silverio se arma, se perfila, y tírase a matar con toda la fe y hunde el estoque en lo más alto del morrillo. “Tanguito” se resiente, pero no dobla.

   Silverio acierta al primer golpe de descabello.

   La plaza viste sus galas nupciales, se cubre de un velo blanco. Miles y miles de pañuelos ondean en el aire, en demanda del mayor premio para el matador. Silverio ha ganado las dos orejas y el rabo. La ovación dura hasta que termina la corrida. Qué corrida! ¡Qué tarde nos han ofrecido Silverio y Armillita!

   Pero, ¿fue una realidad? ¿O fue un sueño?

   Estoy por creer que la corrida ha sido estupenda de verdad.

   Porque se lucieron Abraham Juárez, “Limberg”, el “Güero” Guadalupe, Felipe Mota, Juan Aguirre, “Conejo”, entre los picadores. Entre los banderilleros, Alfredo Aguilar, que tuvo ayer la mejor actuación de su vida, tanto por lo que se refiere a las banderillas, como por la buena colocación que guardó en la brega de los toros que correspondieron a Velázquez. Se lucieron también Juan y Zenaido Espinosa. ¡Hasta “Valencia” puso pares en vez de nones!

   Fermín Espinosa “Armillita” se lució también. ¡Y se lució Silverio! El ganadero, don Eduardo de Iturbide, estuvo de perlas. El público se portó maravillosamente. El Juez de Plaza anduvo acertado.

   ¡Solamente Antonio Velázquez no se lució!

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Instituto Nacional de Antropología e Historia, Sistema Nacional de Fototecas. Silverio Pérez, en la tarde del 31 de enero de 1943. Catálogo: SINAFO-24957.

   Larga, larguísima reseña que amerita desmenuzarla, si les parece para la próxima colaboración.

CONTINUARÁ.


[1] La muerte de este personaje ocurrió el 11 de mayo de 1940.

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SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (IV).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Inevitable no incluir en este análisis la crónica sin par que nos legó Carlos Septién García, quien para los momentos en que coincide con la hazaña de Silverio y Tanguito, se encontraba publicando sus colaboraciones en el semanario La Nación, con el seudónimo “El Quinto”. De esas y otras incursiones que además se materializaron en periódicos como El Universal y El Gráfico, se tuvo el feliz resultado de Crónicas de Toros, libro del que hago mía la gran oportunidad de regresar a tan interesante lectura.

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   Con esta crónica -¡señora crónica!-, basta y sobra, y creo que en buena medida es la mejor de todas las reseñas que hasta ahora he localizado, un verdadero modelo a seguir.

   ¡Genial de toda genialidad!

   Lo que nos viene a contar a quien también conocemos como “El Tío Carlos” es el resultado de una visión contemplativa inmejorable.[1] Sin afán de limitar el contenido de ese texto impecable, bien vale la pena centrarnos en la obra de Silverio a “Tanguito”.

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Fotografía: Luis Reynoso. La Lidia. Revista gráfica taurina, N° 11, del 5 de febrero de 1943.

   Para empezar, el solo hecho de encontrar un comparativo con la figura de Domeniko Theotokopoulos remarca el sentido y significado de los personajes que “El Greco” supo plasmar con estilo propio y que hoy son un referente de la pintura universal. Y es que para atreverse a tamaño atrevimiento es porque con

el toreo de Silverio al quinto se cumplió real y verdaderamente [alcanzar] el terreno de la fantasía. Allí donde nada tienen que hacer las leyes físicas; donde todo es libertad radiante de creación y desarrollo. Allí donde, desaparecidas las limitaciones de la dimensión, se desenvuelven suntuosamente libres, esas cosas admirables que son los sueños, los cuentos de hadas y las obras del genio. Allí donde es posible –con tremenda sencillez- que un castillo se derrumbe ante el conjuro de un niño, que una fresca muchacha duerma trescientos años seguidos, que un poeta arrebate la esencia de las cosas, o que un torero toree con las entrañas.

   Y eso es lo que hizo y produjo Silverio Pérez con la faena a “Tanguito”. Hasta aquí, por cierto, “El Tío Carlos” no tuvo ningún empacho en hilvanar lo que una crónica a secas podría decirnos, justo cuando nos enteramos de cuántos pases, remates u otros recursos fueron necesarios para construir su labor. En manos de Carlos Septién eso no era necesario. Los adjetivos superlativos con que construyó su texto dan al quehacer texcocano la suficiente razón para entender, desde otras dimensiones, la estatura de la obra, pues llegó a entender, como lo dice más adelante:

   Y así toreó Silverio Pérez. Trastornando las actuales dimensiones del toreo. Acortando hasta el último límite las distancias entre toro y torero. Ensanchando hasta lo increíble en uno y otro sentido el espacio en que el toro podía ir prendido en la muleta. Alargando hasta lo inverosímil el tiempo de dilación de un lance o de un pase. Haciendo por tanto un toreo diferente en temple y en terreno, en tiempo y en espacio.

   Con esta idea fundamental, el autor de Crónicas de Toros nos revela un factor relevante, pues percibe que la faena silverista estaba alcanzando la verdadera cima de un cambio en el significado de lo que para entonces representaba el toreo, y ese cambio se convirtió en la vuelta de tuerca en una época que veía pasar, por primera vez una nueva expresión generacional e interpretativa, la de una faena mutante, que se renovaba en sí misma para convertirse en otra cosa; con la aplicación de un tiempo que ya no era el de un toreo primitivo, sino plena y naturalmente moderno.

   Por tanto, no es casual que al terminar de dar su balance sobre el desempeño de Silverio, “El Tío Carlos” terminara sentenciando:

   En la base del toreo de Silverio se halla la pureza de su escuela. En la cumbre, su inmensa capacidad estética, “alquitara de siglos” de raza. En el trayecto hay un estadio diferente que fue Peluquero.[2] El novillero Silverio fue el lento y apasionado aprendiz de lo clásico. Silverio el de Peluquero fue el mestizo dramático que hubo de vencerse a sí mismo para triunfar; Silverio el de Tanguito es el artista que, dominada la técnica, vencida la angustia, encuentra en el arrebato la expresión de un sentido único, entrañable, del toreo.

   Y, como en el caso de “El Greco”, hasta que el célebre artista pudo dominar la paleta de colores, imponer un estilo propio y tornarse genial, es que pudo ganar la gloria a fuerza de un empeño donde quedaba demostrado como impronta, aquel arte imperecedero. Por eso al descubrir un caso semejante en Silverio, es que quienes tendrían legítimo derecho a opinar, como es el caso de Septién García, y el resto, es decir toda esa legión de aficionados que a su vez forjaban una propia opinión al respecto también. El hecho es que se alcanzaban límites no concebidos en el toreo de una figura que se emparentaba con todo ese significado de lo nacional, justo en épocas que seguían buscando recuperar ese significado que, en buena medida se alteró por obra de la revolución armada. Si bien, los tiempos postrevolucionarios tuvieron entre sus preocupaciones las de recuperar las raíces, donde estaban elementos fundamentales como la música, o la literatura, por ejemplo, el hecho es que Silverio desde la tauromaquia, también se encargó de aportar todos estos componentes que permitieron identificar al toreo como una interpretación más nacional que mestiza, aunque complementarias al fin y al cabo.

   Por último, Septién García parece etiquetar lo que para nosotros sigue representando hasta hoy como la “escuela mexicana del toreo”. Así como en España se consideran fundamentales la “Escuela rondeña, o la “sevillana” (sin hacer menos algunas más que han encontrado similar calificativo), el hecho es que identifica lo mexicano en Silverio de la siguiente forma:

   Con este Silverio Pérez, producto de un pueblo al que se le han negado y obstruído todos los caminos de lo heroico excepto el del toreo, se inicia la época del toreo como fantasía. Y la escuela mexicana paga con creces su deuda al toreo universal entregándole el mensaje de este indio de Texcoco largo, huesudo, desangelado y genial.

   Pues bien, lo que al principio del siglo XX hubo de comenzar otro “indio”, y me refiero al mismísimo Rodolfo Gaona, Silverio –“indio de Texcoco-, y también de la misma raza, lo culmina en términos de perfección y hondura que calaron desde entonces y hasta hoy, donde solo nos llega, tan fresca como es, esa fragancia, la de un toreo, en el que sus distintos intérpretes han procurado mantener la esencia, el significado de todo ese largo proceso de madurez.

   Las batallas de Gaona y Silverio se tornaron conquista, y lo hicieron para elevar el toreo a órdenes universales.

CONTINUARÁ.


[1] SEPTIÉN GARCÍA, Carlos (seud. “El Tío Carlos – El Quinto”): CRÓNICAS DE TOROS. Dibujos de Carlos León. México, Editorial Jus, 1948. 398 p. Ils., p. 58-62.

[2] Se refiere a la faena que realizó el propio diestro el 22 de marzo de 1942, en el “Toreo” de la Condesa. Alternó aquella ocasión –mano a mano- con Carlos Arruza, lidiando toros de Piedras Negras (4), La Laguna (1) y Carlos Cuevas (1). Precisamente fue de esta última ganadería con el que triunfó en forma excepcional, cortando oreja y rabo.

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SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (III).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Uno de los primeros testimonios de que dispongo, es la crónica escrita por Pedro de Cervantes y de los Ríos, en La Lidia. Revista gráfica taurina, N° 11, del 5 de febrero de 1943. Aquí tienen ustedes el texto:

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   Ahora, realicemos la segunda lectura, la que va al fondo del asunto, para entender a detalle lo que el autor de Diez Lustros de Tauromaquia, así como de La oreja de oro, novela de este autor de origen español, llegó a escribir en torno al hecho de nuestro análisis. Don Pedro, a lo que parece, decidió establecerse en México desde finales de la segunda década del siglo XX y hasta su muerte, de cuya circunstancia no tengo por ahora ninguna noticia.

   Sin distraerme en el quehacer de “Armillita”, que triunfó con “Clarinero” y donde Antonio Velázquez quedó apabullado por las hazañas de sus alternantes, voy al meollo del asunto. Dice Cervantes y de los Ríos sobre Silverio:

   Los miles de aficionados que concurrimos al último festejo en el coso de la Condesa, no salimos defraudados; al contrario, jubilosos y emocionados, pues presenciamos una vez más las grandes proezas del maestro de Saltillo y constatamos el genio del texcocano, que cuando se inspira ante los bureles nos deleita con su arte supremo que se antoja una quimera, porque escapa a la realidad, como una cosa increíble, quedando en nuestra imaginación por días, semanas y meses el recuerdo de lo realizado por este torero sin igual.

   Esto fue la corrida del domingo pasado: Maestría, Genialidad y Valor. Inolvidable será esta función por lo rica en matices grandiosos que nos deslumbraron, sobre todo cuando el Papa Silverio se recreaba y nos recreaba con su arte tan hondo y tan suyo.

   ¡Vaya manera de torear con capote y muleta!

   ¡Señores, es que no se puede pedir más!

   La plaza entera trepidaba en un frenesí de entusiasmo y yo, que no podía aplaudir porque escribía mis notas, pude apreciar mejor ese arrebatamiento de las masas cuando, ebrias de gozo y entusiasmo, gritaban a voz en cuello ¡Torero! ¡Torero!

   Antes que analizar el suceso, conviene revisar la opinión del cronista, quien destaca la actitud multitudinaria que desquiciada, respondía ante aquel prodigio, el que Silverio “formó” en el quinto de la tarde, hasta el punto del arrebato. El de Texcoco era ya, en esos momentos, un torero que había conseguido llegar a las fibras más sensibles del gusto popular, si para ello ya contaba en su haber con varias faenas anteriores a esta, tan notables. Sin embargo, quedaron superadas por lo realizado el 31 de enero de 1943, hasta convertir aquello en la cumbre del que para entonces era todavía un corto camino, al que vendrían a sumarse tantas y tantas faenas más, inscritas bajo el sello de lo “mexicano”.

   Con su primero,

prendió el entusiasmo con unos lances al natural prodigiosos y siguió en ese mismo plan arrollador instrumentando un monumental quite por chicuelinas, lentas, majestuosas, inenarrables. Con la ballesta dobló al buró cerca de las tablas y, cambiando después de terreno, ejecutó derechazos por alto y por abajo, que no pueden merecer otro adjetivo sino el de cumbres. Después de esto, también le vemos el terno manchado de sangre. Continuó su trasteo con pases llenos de emotividad y torerismo, para terminar con dos pinchazos y un sartenazo que surtió sus efectos mortales.

   Es decir, que con “Bullanguero” habría sido suficiente para salir de la plaza en olor de santidad, a pesar del incordio de la espada. Sin embargo, por las notas aquí expuestas, se puede entender que lo hecho por Silverio fue un auténtico prodigio, el cual superó cuando salió el quinto de la tarde y que se llamó “Tanguito”. Veamos.

   En su segundo, de nombre Tanguito, no pudo acomodarse con el percal y nada le vimos a excepción de una sola verónica, la primera. Y viene lo grande: Silverio, con el refajo en la diestra mano, vuelve a caldear los tendidos, pero esta vez para ponerlos al rojo blanco con unos muletazos de asombro, pases de maravilla, a cámara lenta, interminables, soberbios. En la arena se ven toda clase de prendas de vestir, la plaza entera cruje en delirantes espasmos. En esos momentos Silverio se tiró a matar dejando el alfanje tendencioso, por lo que tuvo que descabellar acertando al primer empujón. Los tendidos se nublaron al bullir los pañuelos y en medio de aquel frenesí se le concede la oreja y el rabo del bicho, cuyo cadáver también merece el honor de la vuelta al anillo y otra vez vemos salir al ganadero en compañía de los tres matadores.

   Hasta aquí las notas de don Pedro de Cervantes. A 72 años vista, intentar un ejercicio donde se busca que trascienda la imparcialidad es harto complicado, pues es y será solo a través de estas notas, las que iremos encontrando de aquí en adelante, las que nos permitan comprender la dimensión del suceso que ya lo decía al principio del presente ensayo, se convirtió en un parteaguas. Conforme nos vamos dando cuenta de la realidad, aquello también fue un paradigma. Sin embargo, es obligación del historiador encontrar una nueva interpretación de aquel capítulo y entender los hechos del pasado a la luz del presente, con objeto de reencontrarnos con eso que “todo aficionado” suele convertir en referencia. Pero también en lugar común, con riesgo de que se contamine de ese velo con el que suelen magnificarse asuntos en los que por esa presencia indeseable, se pierde la esencia de una verdad sin más. Por eso es que lo de Silverio y “Tanguito” merecen atención aparte.

   El recuento de Cervantes queda reducido a una emotiva circunstancia de conjunto sobre la que fue labor del de Texcoco, sin ir más allá de anotar lo destacado, que no fue mucho con el capote, pero sí con la muleta, de lo cual apenas tenemos ese párrafo esencial y de conjunto sobre su faena muleteril. ¡Así habrá sido!, pues a pesar del remate inesperado del pinchazo y un descabello, la obra fue merecedora de lo que entonces estipulaba el reglamento en vigor: Oreja y rabo… ¡Casi nada!

   En esa historia de lo inmediato, de pronto uno queda limitado a dar sus primeras impresiones, pero conforme los hechos se diluyen en el siguiente episodio, que es la historia a distancia, uno dimensiona la realidad en su exacta condición, con lo que de ese primera impresión apenas fue posible que Cervantes hilvanara tan emocionados testimonios, sin alcanzar a comprender que se construía una caja de resonancia la cual y hasta hoy, sigue retumbando.

CONTINUARÁ.

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