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JOSÉ CHAFIK, O EL RECONOCIMIENTO A TODA UNA VIDA DEDICADA A LA CRIANZA DEL TORO BRAVO EN MÉXICO.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   Hoy, 21 de mayo, se presentó en su segunda edición el libro…

JOSÉ CHAFIK HAMDAN...

Disponible en internet, mayo 21, 2015 en: http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=22634

 …Esto ocurrió en el aula “José Cossío”, ubicada al interior de la plaza de toros de “Las Ventas”. Su autor, Ricardo Torres Rivera tuvo oportunidad de dar una semblanza sobre este excéntrico personaje de la tauromaquia en los últimos 50 años (recordemos que José Chafik, falleció el 12 de abril de 2014).

   Por tal motivo, me parece más que oportuno traer hasta aquí la breve semblanza que hace 15 años elaboré al respecto de un asunto que se desmenuza a continuación.

   Como recordamos, José Chafik recibió el 16 de junio del año 2000, en el marco de la clausura de la LXIII Asamblea General Ordinaria de la Confederación Nacional Ganadera, y justo en el teatro “Esperanza Iris” de Villahermosa, Tabasco la Medalla Presidencial al Mérito Ganadero, de manos del C. Presidente de la República, Dr. Ernesto Zedillo Ponce de León. No es un premio más. Se trata del reconocimiento a larga e intensa labor de uno de los criadores de toros bravos que ha participado en diversas épocas, siempre de manera activa, con más de tres décadas de esfuerzo, trabajo y dedicación. Chafik Hamdan, en compañía de Marcelino Miaja superaron una etapa de cierta inestable incomodidad, que dicho sea de paso favoreció la comodidad en otros tiempos, pero que hoy se ve rebasada por un propósito que enaltece el papel del ganadero de bravo. Hace algunos años adquirió una “punta” de ganado español que trajo a nuestro país, en medio de toda una movilización, acentuada porque en el trayecto nació una cría. Aquel ganado pasta ahora en tierras queretanas. Tiempo más tarde, se lidió en el “Toreo” de Cuatro Caminos un encierro de SAN MARTÍN con fuerte influencia de la casta impuesta por Victorino Martín que además, dio excelente juego, compaginado con un esplendoroso trapío. No conformes, Chafik y Miaja se lanzaron a la empresa de formar en España una ganadería con encaste Saltillo-Santa Coloma que ha dado también muy buen resultado, tanto que SAN MARTÍN, el SAN MARTÍN español, porque hay un SAN MARTÍN mexicano, fue considerada una de las mejores ganaderías que acudieron a la cita en la reciente feria de San Isidro.

   En alguna ocasión, reunido con algunos amigos, José Chafik daba cátedra de sobrados conocimientos sobre la cría del toro bravo y buena parte de los secretos que lo han llevado a conseguir ese vuelco en su vida como GANADERO. Su devoción taurina parecía decirme: ¡este es Antonio Llaguno redivivo! Al principio y al final del siglo, dos voluntades se vuelven a juntar en búsqueda de un mismo propósito. Y como vemos, dos santos a la postre taurinísimos, San Mateo y San Martín proyectan su pasión en el territorio de la casta y la sangre brava. En ambos casos hay un soporte común: Saltillo, hoy enriquecido con Santa Coloma.

CHamdan

Disponible en internet, mayo 21, 2015 en: http://www.oscarmejiaenlosmedios.com/2014/04/fallecio-jose-chafic.html

    Quedó atrás el toro “achaficado”. Hoy, Chafik y Miaja dan nombre y peso a un nuevo capítulo en el curso de la ganadería mexicana, lista a emprender el comienzo de un tercer milenio y de un nuevo siglo, tras el respaldo preparatorio de los últimos años de este segundo milenio y siglo XX que están llegando a su fin.

   Cabe recordar, que en diferentes épocas, otros señores ganaderos, han sido acreedores a premios de similar importancia. Entre ellos se encuentran Antonio Llaguno González, quien obtuvo 15 trofeos entre otros los del concurso de ganadería durante las fiestas del Centenario de la Independencia en 1910 en su estado natal, Zacatecas. Fueron premiados un macho alazán, una mula parda, una burra oscura, un toro suizo “El Togo”, cuatro vacas suizas y cinco vacas criollas.

   La historia vuelve a repetirse en junio de 1923 cuando es reconocido Antonio Llaguno como entusiasta aficionado de la mejora y multiplicación del ganado fino holandés y suizo. Una gran exposición en el Tívoli del Eliseo fue preámbulo de la doble premiación obtenida por el criador zacatecano, que a la sazón se repartió así:

-Copa del señor general (Alvaro) Obregón, Presidente de la República al toro FRITS (Gran premio de honor); y

-Primer premio para vacas. Copa del Secretario de Agricultura y Fomento (Sr. Ramón P. Denegri) a la vaca campeona holandesa ATJS.

   Y en la acumulación de premios, obtiene el diploma que le otorga el presidente de la república, Gral. Manuel Ávila Camacho, por Decreto Oficial al mejor toro nacido en la República el 2 de enero de 1940.

   Recientemente, y bajo el mismo criterio de la Medalla Presidencial al Mérito Ganadero, también fue reconocida la labor de José Julián Llaguno (1993) y Javier Garfias (1994) de manos del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. Luis Javier Barroso (1995), Raúl González (1996), Alberto Bailleres (1997) y Fernando de la Mora (1998), todos ellos, condecorados por el actual presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Dr. Ernesto Zedillo Ponce de León.

   Saludamos con beneplácito el quehacer de estos hombres, que han puesto de por medio todo su esfuerzo, pero también desvelos y sacrificios por lograr objetivos concretos, mismos que concluyen justo cuando se abre la puerta de “toriles” en espera de que el gran misterio quede revelado. De seguro todos ellos comparten la reflexión que manifestó José Chafik en tanto se enteró de la distinción a que se hizo acreedor: “Este reconocimiento es gracias a Dios y al trabajo que emprendimos Marcelino y yo; llega el mejor momento puesto hemos tenido muchas satisfacciones a últimas fechas”.

   El quehacer del ganadero de toros bravos puede ser amargo y arriesgado, pero también acaricia la gloria, que no todo es sufrimiento. Las palmas en el arrastre o la vuelta al ruedo de los despojos de un bravo burel dan aliciente y consiguen borrar las tensiones, que por eso Antonio Llaguno González tuvo acierto en decir que, “los toros no tienen palabra de honor”. Esa sentencia, que puede sonar a lugar común tiene su razón de ser. Es hasta la aparición del toro en el ruedo cuando se da respuesta a varios años de intensa labor misma que debe mantenerse para conseguir resultados como los premios al mérito ganadero.

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JOAQUÍN DE LA CANTOLLA y RICO LE DEDICA SENDOS ELOGIOS A PONCIANO DÍAZ. (2 de 2).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

II

 JOAQUÍN DE LA CANTOLLA y RICO LE DEDICA SENDOS ELOGIOS A PONCIANO DÍAZ.

   Pocos días antes de esta peculiar actitud de otro personaje que hizo fama, la cual permanece hasta hoy, en las páginas 2 y 3 de El Nacional, en su edición del 3 de julio de 1887, se publicaba la muy interesante entrevista que concertó con Ponciano Díaz.

 Un testimonio periodístico de la época.

EL NACIONAL_03.07.1887_p. 2 Hemeroteca Nacional Digital de México (U.N.A.M.)

El Nacional, 3 de julio de 1887, p. 2.

 EL REY DE LOS REDONDELES MEXICANOS. PONCIANO. ENTREVISTADO POR EL NACIONAL. LA VIDA Y EL HOGAR DEL CÉLEBRE TORERO. SUS OPINIONES. ASUNTOS DE LA PROFESIÓN. (Está acompañado por un grabado, probablemente elaborado por José Guadalupe Posada, en el que se observa a Ponciano Díaz de Frente, en el acto del brindis, con la montera en la mano diestra, y muleta y espada en la siniestra. Su rostro es alto. En dicha imagen se destaca su figura más bien corta).

    Un repórter de El Nacional llamaba ayer a la puerta de una modesta habitación que lleva el número 2 en la casa número 6 de la calle de Nuevo México, con objeto de tener una entrevista con esa personalidad simpática que es hoy el ídolo del pueblo en los redondeles de toda la república: PONCIANO DÍAZ.

   Un joven moreno, de tez limpia, bajo de cuerpo, cabello negro rizado, bigote castaño, mirada apacible, facciones regulares y llevando un traje cheviot, de cuadritos cafés y blancos, con un correcto jacket abotonado hacia arriba y dejando ver sobre el chaleco una modesta leontina de oro, salió a abrir. Se hubiera dicho que era un artista del pincel o del teclado, un amateur de la pintura o de la música, tal era su aspecto de dulce y reposado, tal era su traje de sencillo y elegante. Y sin embargo, aquel joven era PONCIANO.

   Grande fue la sorpresa del repórter ante aquella personalidad que no hería por cierto la imaginación con la figura de cromo del chulo o del matador.

   Aguardábase el visitante ser recibido por un majo de rapado rostro, cabellera de coleta enroscada sobre el cráneo, pantalón ceñido a la cintura por ancha banda roja que se destacase sobre un abierto chaleco que deja ver una escandalosa pechera de camisa llena de olancitos y de alforjas; y por último, una chaquetilla corta de paño negro orlada de cordones y alamares y dentro de ella una gran navaja de Albacete, de esas que dicen sirvo a mi dueño.

   Nada de eso.

   Nuestro PONCIANO es torero, pero no majo; es valiente, pero no fanfarrón; es correcto, perno presumido.

   Para cualquiera que encuentre en la calle a ese joven de baja estatura vestido como todo el mundo y sin ir contoneándose con ese aire especial del chulo que va diciendo aquí voy yo, será cosa imposible el poder decir: ese es un torero.

   Su hogar es tan modesto como su persona. En los momentos en que nuestro reporter penetró a la pieza que da inmediatamente a la puerta de entrada, había en ella cuatro o cinco personas visiblemente ocupadas en preparar la corrida de toros de esta tarde, sellando boletos, firmando, empaquetando, recontando, etc., etc.

   PONCIANO con un ademán cortés indicó al reporter que se sentara, y éste, sin perder tiempo y al estilo americano, le indicó que deseaba vivamente entrevistarlo.

-Estoy a sus órdenes, respondió PONCIANO.

-Desearía que me diese vd. algunos datos acerca de su vida.

-Con mucho gusto, dijo él, y se paró para tomar un librito de apuntes personales y recortes de periódicos.

   Mientras PONCIANO registraba en el bufete, la mirada indiscreta del repórter fue inventariando todo cuanto lo rodeaba en aquella habitación para decir a ese eterno curioso-impertinente que se llama el público, en dónde y cómo vive el rey de los redondeles mexicanos.

   La pieza en que PONCIANO recibe es una habitación como de 7×7 varas, de alto techo, empapelada con un tapiz claro, con una ventana de reja que da a la calle mirando al Sur, una puerta vidriera que da acceso a la pieza misma, otra puerta frente a la de entrada que comunica con las recámaras y piezas interiores, y por último, otra más que hace frente a la ventana. Al entrar, inmediatamente a la derecha se ve un escritorio cargado de papeles y coronado por unas tres decenas libros, entre los cuales descuellan los más célebres tratados de tauromaquia. Fijo en la chambrana de la puerta se ve muy buen termómetro de puro cristal, y en el muro, haciendo frente al que escribe, está un reloj suizo, de madera, coronado por un gallo negro. En la pared que hace ángulo con ésta se ve otro buen reloj de pared, de gran tamaño, encerrado en su caja de madera y cristal. Al lado opuesto, sobre el mismo muro, hay un recuerdo de la Exposición de Nueva Orleans, que PONCIANO visitó, y es un grabado que representa los edificios de la gran feria. Respaldado a la pared oriental hay un mueble que es casi desconocido en México a pesar de su utilidad notoria: es un folding-bed americano, o sea un lecho de doblar, que cerrado presenta el aspecto de un ropero. Los que no hayan estado en los Estados Unidos no conocerán jamás lo que es aquel ropero de apariencia.

   Haciendo pendant al folding-bed hay un ropero efectivo con grande luna francesa. En el costado restante se ven: una Magdalena al óleo, sobre el marco de la puerta, una Carta Orohidrográfica de la República Mexicana (1879-García Cubas), y un precioso crayón que representa la Plaza de Toros de Marfil en Guanajuato, en la cual se ve a PONCIANO de frente, capa en mano, asistiendo a un peligroso incidente de un picador. Este estudio al lápiz es una joyita artística y primorosa que está firmada Bibriesca. El mobiliario de la pieza, además de lo mencionado, consiste en un sofá y dos sillones forrados de verde; cuatro o seis sillas amarillas de bejuco, un veladorcito de mármol blanco con pies de metal, de forma ovalada; una mesita redonda de lámina de fierro, con su tripié de doblar, y una columna en un ángulo de la pieza, sobre la cual descansa un jarrón sustentando cuatro o seis banderillas viejas y maltratadas que probablemente tendrán recuerdos gratos para PONCIANO. la alfombra de tripe, fondo blanco, con flores encarnadas ya descolorida por el uso y por el tiempo. No hay cortinas ni objetos de ostentación de ninguna clase. Todo allí revela una modesta aisance y nada más.

   Cuando PONCIANO volvió con sus apuntes, el indiscreto reporter había concluido su atrevido y minucioso inventario.

   Compendiemos aquí, en unas cuantas líneas, lo que dicen esos apuntes, completados por las noticias que nos suministra el Sr. Juan C. Ramírez, grande y sincero amigo de PONCIANO:

    PONCIANO DÍAZ GONZÁLEZ, nació en la hacienda de Atenco el 19 de noviembre de 1858 (sic), siendo sus padres D. Guadalupe Díaz González y Doña María de Jesús Salinas. La señora su madre es la única que le vive, y PONCIANO tiene hoy ella una reverencia, un amor, una idolatría que rayan en fanatismo. Por ella vive, por ella trabaja, por ella quiere nombre y fortuna, por ella no ha pensado jamás en contraer matrimonio pensando que al casarse tendría que separarse de ella. PONCIANO, en una palabra, es un hijo modelo, y esa circunstancia le ha traído quizás las bendiciones de la Providencia y el respeto y el cariño de cuantos lo conocen.

   PONCIANO no recuerda cuándo se vio por vez primera enfrente de un toro. Como una memoria vaga refiere que apenas comenzaba a andar cuando su padre, que era un charro completo, lo llevaba a las corridas semanarias que se hacían en la Hacienda de Atenco, en que estaba empleado, y se servía de él, tomándolo por las arcas, para sacarle vueltas al toro como pudo servirse del trapo de brega. Este prematuro aprendizaje, quizás demasiado prematuro y un tanto rudo, familiarizó a PONCIANO de tal manera con los toros, que sus primeras carreras las dio ya en el redondel, mezclándose a los muchachos de la hacienda que continuaban sus diversiones semanales. Apenas en la pubertad fue ya un torero hecho y derecho, y bajo la dirección y en compañía de los Hernández vistió en el mismo Atenco por primera vez la roja chaquetilla y el calzón corto del torero.

   En 1878 apareció, al fin, en una plaza pública, en Tlalnepantla, en la cuadrilla de los Hernández, siendo aplaudido por su valor y su destreza que parecían extraños en aquel joven que era casi un niño.

   De Tlalnepantla pasó a Puebla, contratado por el inolvidable Bernardo Gaviño que fue siempre para él un amigo cariñoso y un maestro asiduo, y después de seis meses de trabajar en su compañía, teniendo la espada de alternativa con el viejo campeón español, se vio obligado a aceptar la dirección de la cuadrilla que trabajaba en Puebla, inaugurando su carrera de Capitán en dicha ciudad el 13 de Abril de 1879, que fue domingo de Pascua, habiendo sido sus padrinos los Sres. Quintero y Aspíroz, y alcanzando en aquella fecha, célebre para él, un triunfo que le será difícil olvidad mientras viva.

   No es nuestro ánimo hacer la biografía de PONCIANO en este artículo: por lo mismo nos limitaremos a recordar que entre los golpes que ha recibido no cuenta más que una herida, bastante profunda y bastante grave, que recibió en Mayo de 1883 en la plaza de Durango, mientras ejecutaba su suerte favorita de banderillar a caballo, en la que no tiene rival en la República. Sin embargo de la gravedad de esa herida, a los quince días ya estuvo en aptitud de presentarse de nuevo al público.

   ¿Cómo se ha formado la inmensa popularidad que hoy le rodea como una aureola?

   ¿Qué progresión ha seguido su gloria para llegar hasta el delirio que hoy siente el público taurófilo por PONCIANO?

   No estamos bastante imbuidos en ella para detallarlo, y además nos faltan tiempo y espacio.

   Pero bástenos asentar el hecho: PONCIANO es el semi dios de las masas, es el prototipo de todo lo grande para el pueblo.

   Si un día faltara el Arzobispo de México y se llamase al público que va a los toros para elegir Arzobispo, el Arzobispo sería PONCIANO.

   Si en las elecciones presidenciales se dejase el voto en manos de los que deliran con los redondeles, PONCIANO sería presidente.

   Si un día se tratase de derribar el sistema republicano y erigir la monarquía en México, ya veríamos a miles de admiradores del joven diestro proponer al pueblo el nombre de PONCIANO I para el trono.

   ¿Lo dudan vdes?…

   Pues se conoce que no han visto a una muchedumbre delirante quitar las mulas que tiraban del coche que conducía a nuestro héroe el día que iba a ver la primera corrida de Mazzantini en Puebla, y pegarse por centenares a aquella carroza para arrastrarla triunfalmente por las calles hasta ponerle en un cuarto del Hotel de Diligencias, mientras lo aclamaban con un entusiasmo febril.

   Se conoce que no han visto las ovaciones que se le hacen donde quiera que alguno que lo conoce dicen a los transeúntes: ¡Allí va Ponciano!

   Si un hombre puede llegar al colmo de la popularidad, PONCIANO es ese hombre.

   Interrogado por el reporter de El Nacional acerca de ciertos puntos, dio contestaciones que condensamos aquí por falta de espacio.

   PONCIANO cree que los toreros españoles que hemos visto en México no son la última expresión del arte de Pepe Hillo. El dice que ha leído en las tauromaquias preceptos y reglas a que no se ajustan siempre los lidiadores que él ha visto, que por cierto son muchos. Agrega que su juicio es inseguro en este punto porque generalmente le ha tocado presenciar corridas con toros malos en que los toreros españoles no han podido lucir.

   Respecto de ganado, opina que en México hay toros tan grandes, tan buenos y tan boyantes como en España misma; pero cree que la avaricia y el interés mal comprendido de los ganadero, hacen que presenten como buenos 80 toros de cada cien, cuando en realidad no hay sino veinte. En España, dice, los criadores de toros no sacan a la lidia sino veinte de cada cien, y por nada en el mundo entregarían un toro en malas condiciones para la lidia. Esto cimenta el crédito de los de la Península al par que mata el de los nuestros. Cuando los hacendados vean el perjuicio que se causan con pretender salir a precios altos de sus toros malos, los ganados mexicanos cobrarán la fama a que son acreedores.

   PONCIANO tiene vivos deseos de ir a España, pero cree que los absurdos rumores circulados cuando el desagradable incidente de Mazzantini, lo pondrían en una posición muy difícil en la península, lo que siente sobremanera.

   Algunas otras apreciaciones menos importantes oímos de labios del primer diestro mexicano, pero por ahora y sin hacer el panegírico de la profesión que ha abrazado, por estar ella contra nuestros principios, cumplimos con el deber de fotografiar en El Nacional a toda persona que se distingue, y nos avanzaremos hasta cerrar este artículo saludando en PONCIANO al buen hijo, al hombre trabajador, y al diestro a quien la popularidad aclama y el cariño general eleva un pedestal de gloria… tauromáquica.

    Como habrán podido apreciar, la sola “Figura” de Ponciano Díaz por aquellas épocas, es suficiente motivo para haber elegido al personaje que, en esta ocasión merecía un reconocimiento, el que proviene de recordar y recuperar de entre la memoria histórica, todos aquellos valores que merecen su rescate.

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JOAQUÍN DE LA CANTOLLA y RICO LE DEDICA SENDOS ELOGIOS A PONCIANO DÍAZ. (1 de 2).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

I

 JOAQUÍN DE LA CANTOLLA y RICO LE DEDICA SENDOS ELOGIOS A PONCIANO DÍAZ.

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Joaquín de la Cantolla y Rico, era de Ponciano muy su amigo y admirador. Grabado de José Guadalupe Posada.

Fuente: Fernando Benítez. LA CIUDAD DE MÉXICO, T. 6, p. 96.

    El Diario del Hogar, 15 de julio de 1887, p. 3:

 EN FAVOR DE PONCIANO DÍAZ.

 Casa de vdes., Julio 14 de 1887.-Sres. Redactores del “Diario del Hogar”.

   Muy señores míos:

   Suplico a vdes. tengan la bondad de insertar en las columnas de su ilustrado Diario el siguiente remitido:

   “En el periódico “El Monitor del Pueblo”, con fecha de ayer, aparece suscrita por un imparcial (¿?) una carta en la que vierte apreciaciones injustas en contra del diestro mexicano Ponciano Díaz. Paso a contestar dicha carta y apelo al buen criterio de las personas inteligentes en la materia, quienes sabrán hacer la debida justicia al verdadero mérito.

   Me haría favor el remitente de decirme, en qué cree que consista el arte del toreo? Las notabilidades ibéricas que han pretendido hacerse admirar en México y que precedidos de gran fama hemos visto en nuestros redondeles, han estado muy lejos de corresponder a ella, lo cual indica que es debida, no tanto a sus conocimientos en el arte, cuanto a un apasionado provincianismo. Mazzantini, esa gran figura de la tauromaquia, nos lo ha demostrado.

   Los toreros españoles que en la temporada que termina hemos visto trabajar, necesitan varias estocadas para dar fin a un toro. Ponciano no necesita generalmente más de una sola estocada para cada toro, como se ha visto en las últimas corridas.

   Carece el diestro mexicano tal vez de esa mímica con la que los toreros españoles conquistan a uno que otro pollo cursi de la sombra, de esos movimientos de brazos, cabeza, caderas y tiernas miradas, muy a propósito para conquistar manolas; mas en cambio demuestra con el arte, el valor y la serenidad, el dominio que ejerce sobre la fiera. Califica a Ponciano el autor de la citada carta, de tonto y orgulloso; precisamente el diestro mexicano es modesto de sobra y esta opinión no puede interpretarse más que como el desahogo de una ruin pasión o envidia. Las numerosas simpatías con que cuenta, el entusiasmo que inspira con su sola presencia, es debido a su modestia, a su falta absoluta de pretensiones y a su deseo de complacer a un público inteligente formado en su mayor parte de la clase media de la sociedad, y de artesanos a quienes audazmente llama plebe el suscritor de la mencionada carta. Ponciano recibe las merecidas ovaciones de todo el público que concurre a los redondeles donde trabaja.

   Reconocido el mérito de Ponciano Díaz como jinete y a las banderillas a caballo, diré el articulista que el charro a que se refiere podría haberlo cuando más igual; superarlo, nunca.

   En cuanto al estilo de matar a la cuatrodedos, el público sensato hará comparación; por ejemplo entre la faena empleada por este señor para despachar al famosísimo toro que importó de las renombradas ganaderías de España, y la que el diestro mexicano dedicó a Diego Prieto en la corrida que presenció y en la que sorprendido le hizo obsequio de una espada. El primero después de tres pésimos pinchazos, haciéndole pedazos el hocico al animal para obligarlo a rendirse, hizo catorce intentos infructuosos de descabello, teniendo que rematarlo en puntillero. El segundo, después de unos pases de indiscutible mérito, dio al bicho una estocada por todo lo alto, con la que bastó sin necesidad de ayuda. ¿Será de imitarse aquel estilo?

   Para concluir, le recomiendo al autor de la tantas veces citada carta lea la reseña de la corrida del día 5 del pasado, que publica “La Lidia de Madrid” en la que tomaron parte los famosos matadores Currito, El Gallo y Ángel Pastor. Este periódico nos cuenta que para seis buenos toros hubo: 9 pinchazos, dos estocadas idas y caídas, 3 atravesadas, 4 medias estocadas, 3 intentos de descabello, un descabello, una estocada baja y una buena. ¿Qué opina de esto el caballero imparcial?

   Suplico a vdes., señores Redctores, dispensen lo difuso de la presente, y aprovecho esta ocasión para ofrecerme a sus órdenes como afmo. S.S.Q.B.SS.MM.-Joaquín de la Cantolla y Rico.

    Lamentablemente la cita que refiere Cantolla y Rico, a partir de lo publicado en El Monitor del Pueblo en su edición del 13 de julio de 1887 no pudo ser posible localizarla en la magnífica herramienta de la “Hemeroteca Nacional Digital de México” (http://www.hndm.unam.mx/). Sin embargo, aparece otra, publicada el día 15 que parece seguir recogiendo ecos de estas posturas de “poncianistas” acérrimos.

CABECERA DE EL MONITOR DEL PUEBLO_15.07.1887

EL MONITOR DEL PUEBLO_15.07.1887_p. 2 EL MONITOR DEL PUEBLO_15.07.1887_p. 3

http://www.hndm.unam.mx/

    De todo lo anterior se deduce la apasionada actitud mantenida por aficionados “pronacionalistas” que, como don Joaquín de la Cantolla y Rico demostraron durante aquellas épocas en que Ponciano Díaz destacaba notablemente y que, con su sola tauromaquia era capaz de enfrentar a todo aquel contingente de toreros españoles que lograron posicionarse del territorio pretendido, hasta el punto de controlarlo y dominarlo en poco tiempo. Debo agregar que incluso, el propio Ponciano terminó haciendo suyas algunas de las manifestaciones impuestas por ese “ejército” de notables espadas hispanos, actitud que no gustó en muchos de sus seguidores, llegando hasta el punto del desaliento tan luego como Ponciano regresaba de su viaje a España, donde fue a confirmar su alternativa, en la mismísima plaza de la Carretera de Aragón, el 17 de octubre de 1889. Con lo anterior, queda claro que, para el de Atenco ese capítulo comenzó a ser el principio del fin, pues significó el derrumbe de su popularidad hasta extremos en que ya marginado, no tuvo más remedio que seguir demostrando su tauromaquia, cargada de deficiencias y anacronismos en las plazas de provincia, hasta que, llegado el año de 1899, en que muere, ya no era ni sombra de aquella majestuosa estela de popularidad, la que precisamente durante 1887 estaba en el cenit de su vida. Una entrevista que fue publicada en El Nacional días atrás, [1] nos deja ver en toda su dimensión al ser humano que fue Ponciano Díaz Salinas y junto a él, todo el significado de su enorme popularidad.

   Deseando dar más informes al respecto, espero compartir con ustedes, en la próxima entrega el contenido de aquella interviú. 

CONTINUARÁ.


[1] EL NACIONAL, D.F., del 3 de julio de 1887, p. 2-3.

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PERFIL DE ANTONIO LLAGUNO GONZALEZ.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 PERFIL DE ANTONIO LLAGUNO GONZALEZ.[1]

   Al andar ENTRE HUIZACHES con la presencia de la ganadería de SAN MATEO que José Antonio Trueba inició con mucho acierto, considero que debemos ocuparnos del principal protagonista de esta historia maravillosa. Me refiero a ANTONIO LLAGUNO GONZALEZ, con quien nos encontraremos en las siguientes colaboraciones que amablemente me permiten realizar quienes forman MATADOR. A todos ellos, muchas gracias.

   Nació en Valparaíso el 29 de agosto de 1878. Sus padres son José Antonio Llaguno y Haza y Dolores González y Anza quienes casaron el 11 de junio de 1873 en Valparaíso. Tuvieron once hijos, de los cuales sólo cinco vivieron.

   Su infancia y primera juventud se desarrollan en medio de un ambiente en el que la marca del progreso se consolida bajo un régimen porfirista que coquetea con modelos que nos llegan del extranjero.

   Con el correr de los años, toda aquella forma de vivir que el joven Antonio encontró a su paso la asimiló y puso en práctica tan luego tuvo edad para iniciar su educación. Comenzó acudiendo al Instituto de San Luis Potosí y luego al “West End” de San Antonio, Texas. Más tarde hizo estudios como veterinario y amplió conocimientos de genética y nutrición animal en Suiza aplicando toda aquella experiencia en el ganado vacuno en sus diversas modalidades.

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Antonio Llaguno González. SINAFO_19988

   A fines del siglo XIX apoya a su padre en las tareas cotidianas de las haciendas de el Sauz, Pozohondo, Cuevas y San Mateo, ocupándose junto con su hermano Julián (quien nació en 1882), de actividades muy concretas como fueron las de seleccionar ganado de raza para destinarlos a concursos importantes. También descubre los misterios de una de las actividades que más tarde lo colocarán en la cima del éxito, al calificársele sin ningún empacho como el mejor ganadero de bravo que ha habido en México. Hombre de recia personalidad, tipificada bajo la huella de los hacendados porfiristas, influye en mucho para la futura definición de su perfil. Antonio era un hombre muy orgulloso, de pocas palabras, pero con una personalidad bien trazada pues siempre puso el triunfo como propósito fundamental, sin que asomaran las banderas del fracaso en su camino. Enfrentó el duro golpe de la revolución, y el hecho de perder casi en su totalidad las tierras de san Mateo -al concluir el movimiento armado- no le impidieron reubicarse en Pozohondo, donde reinició el milagro bajo el nombre de uno de los cuatro evangelistas.

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Anuario taurino. 1945-1946. Edición preparada y publicada por Carlos Fernández Valdemoro (José Alameda).

    Antonio fue una especie de ranchero rejego, de esos altivos, de trato duro para quien se acercaba a él por vez primera. Cosa que se propuso, cosa que lograba. Nada dejaba a la suerte.

   No queda la menor duda de que Antonio fue un genio de la intuición genética. Sus primeras lecciones in situ -allá en san Mateo– le dan clara idea del porvenir que se trazó. Pronto se va al extranjero y acumula experiencias en el campo de la genética y la zootecnia para ponerlas en práctica felizmente tanto con ganado de engorda y lechero, de los cuales obtuvo numerosos premios; entregándose con todo empeño en lo que resultó ser su verdadera pasión: los toros.

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Anuario taurino. 1945-1946. Edición preparada y publicada por Carlos Fernández Valdemoro (José Alameda).

    Para 1906 lo que criaba Antonio Llaguno González eran toros criollos, frutos seguramente de aquellas reses facilitadas por su propio padre y por vecinos del Barranco y Santa Cruz, seleccionándose finalmente 30 vacas a las cuales cruzaron con un toro criollo, del Barranco. Todo esto a fines del siglo XIX. Volvemos a reiterar: tal esfuerzo demostró que el señor Llaguno era tan buen ganadero de criollo como lo fue más tarde con el ganado de bravo.

   En ese mismo año de 1906 se encuentran dos destinos: el de Antonio Llaguno González y de Ricardo Torres Bombita.

   Surgirá a partir de ese momento entre Ricardo Torres y Antonio Llaguno González una gran amistad, puesto que Bombita se convirtió además de asesor, en confidente y guía moral de las cuestiones ganaderas emprendidas por Antonio Llaguno González. Entre ambos fue posible que se consiguiera el perfil de un toro apto para faenas hoy recordadas por famosas e históricas a manos de casi toda la torería mexicana y de muchos otros españoles en este siglo XX.

   La presencia de la sangre de Saltillo se da a partir de 1887, y adquiere una resonancia que se suma al hecho mismo de la reanudación de corridas de toros en el Distrito Federal. Es decir todos los elementos para una nueva época confluyen en un punto para lograr cambios radicales en el quehacer taurino de México. La sangre de Saltillo vino a demostrar poco a poco que sus condiciones en la lidia eran las propicias para el toreo que practicaban diestros españoles, acostumbrados al juego de toros de diversas ganaderías y en el cual era necesario sobreponerse al exceso de bravura, casta, fuerza que seguramente no les permitía un lucimiento más que aguerrido. Esta sangre en nuestro país pasó por un proceso de depuración que fue lográndose poco a poco, proceso que en cada nueva generación de toreros se iba moldeando para tener como resultado frutos en lo artístico por encima de lo estrictamente técnico, imprescindible en toda faena moderna; factor que desde luego no se perdió. Mejoró la expresión de arte y en este sentido, la ganadería de san Mateo ya consolidada como tal permitió ese concepto que fue dando como resultado el lento pero seguro alejamiento de las formas primitivas del toreo a pie -que por ningún motivo soslayamos, pues pertenecieron a su época- tanto como el feliz arribo del arte de torear en su expresión contemporánea.

   Puede decirse que la sangre de Saltillo siendo un ejemplo del coeficiente de nobleza, en México dicho factor fue rebasado “aun antes que se lograra en muchas vacadas españolas” (dice Filiberto Mira). En ello pudo haber influido: clima, pastos y forma de crianza así como el criterio de los ganaderos, un criterio que más bien se podría interpretar como el sello de su propia sensibilidad.

   Pero la revolución que había iniciado en noviembre de 1910 seguía devastando al país. Todas las existencias pertenecientes a la hacienda de san Mateo se perdieron durante el movimiento armado, desde julio de 1913 a diciembre de 1919. San Mateo estuvo intervenida entre 1914 y 1915 por las fuerzas revolucionarias y en ese tiempo el Gobierno Provisional de Zacatecas echó mano de todo cuanto se le puso por delante, así como de los pocos animales que quedaron al desocupar dicha hacienda a fines del año 15. La mayor parte de cabezas de ganado se las llevaron las fuerzas revolucionarias en los años de 1916 a 1919, al grado que en este año no quedó un solo animal en toda la hacienda de san Mateo, por lo que desde agosto de 1913 tanto Antonio como Julián se dedicaron exclusivamente a defender lo poco que quedó en pie.

   Desde luego que esta no fue la puntilla al destino asegurado que, como ganadería de toros bravos mantuvo san Mateo gracias a la firmeza y vehemencia demostradas por Antonio Llaguno en esos años cruciales de un México que se conmovió en todas direcciones por donde apuntaba el movimiento armado.

  En los toros de san Mateo pre y post-revolucionarios queda grabada la marca de fuego que Antonio Llaguno supo imponer a pesar de los obstáculos que enfrentó, llámese invasión de sus tierras por el ejército constitucionalista o acomodo forzoso de ganado bravo escogido previa y rigurosamente, tanto en el rancho de Sotelo como en su casa de la colonia Roma. Pérdida de algunas vacas y toros en el mismo rancho de Sotelo que se robaron y comieron los zapatistas o hasta lo ocurrido en aquel incidente en la plaza de Valparaíso, Zacatecas cuando un grupo de improvisados quiso torear a CONEJO, bravísimo sanmateíno, cuya fiereza incomprendida acabó por provocar que los “diestros” terminaran liquidándolo no de una estocada; pero sí a balazos.

   Y si Antonio Llaguno en vida no permitió más que algunos toros para que se constituyeran unas cuantas ganaderías, su hijo José Antonio Llaguno García abrió las compuertas por donde fue arrojada al campo bravo mexicano la sangre sanmateína la cual logró darle vida a más de un 85% de nuevas ganaderías, conservando todas ellas un sello distintivo que aun no se pierde. Al contrario, se consolida cada vez más bajo la custodia de sinfín de criadores que por supuesto imprimen a sus desvelos un propio criterio sin que esto ocasione la pérdida de la esencia misma de la sangre saltillo-san Mateo que corre por las venas de toros bravos mexicanos. Por fortuna la propia ganadería no ha desaparecido, recayó en otras manos, las del señor Ignacio García Aceves y más tarde en las del Arq. Ignacio García Villaseñor quien pone también todo su empeño para que continúen sumándose a su historial nuevos y memorables triunfos.

   La actitud de Antonio Llaguno no puede considerarse egoísta. En su época existe una competitividad que se da con las otras tres columnas vertebrales del toro bravo en nuestro país: Atenco-san Diego de los Padres, Santín (familia Barbabosa). Piedras Negras-Coaxamaluca, La Laguna (familia González) y La Punta-Matancillas (Francisco y José Madrazo).

   Hasta aquí, dos son los grandes acontecimientos de esta historia:

Primero. La personalidad y carácter de Antonio Llaguno, gente de pocas palabras y sí de hechos contundentes para lograr lo que se propuso: una verdadera hazaña de la ganadería brava mexicana. Era un hombre muy orgulloso, de personalidad definida y siempre buscando ser un triunfador en todo aquello donde pusiera su atención.

Segundo. Los aspectos particulares en que radica la influencia de Ricardo Torres en el marqués del Saltillo y luego la presencia de Antonio Llaguno para que buena parte de la actual ganadería se sustente en valores genéticos y de fenotipo que hacen del toro mexicano fácil de distinguir por su estampa, juego y bravura.

   La aprehensión más sólida que ocurre con la sangre de Saltillo va a darse a partir de la fusión amistosa de Ricardo Torres y Antonio Llaguno; el uno torero, el otro, ganadero en búsqueda del ganado ideal para el ejercicio y arte de torear.

   Los toreros españoles se compenetraron tanto en la ganadería que, basándose en elecciones y de correcciones afinaron el estilo de muchas de ellas y hasta la liquidación de otras tantas, en aras de lograr un acomodo técnico y estético, concibiendo el término acomodo en lo que significa desde su raíz misma.

   Nos parece que sobre don Antonio se puede seguir escribiendo una historia a la misma altura de la historia que se merecen el padre y la madre intelectuales de la casi totalidad de las ganaderías de bravo en México. Se trata, evidentemente de SAN MATEO, la ganadería a la que dedicaremos nuestra atención en las siguientes entregas. 


[1] Originalmente este material, fue publicado en la revista Matador, año 2, N° 7, de abril de 1997.

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BREVES RASGOS DE UN TAL “TORCUATO”, QUE ALTERNÓ CON BELMONTE.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 SEVILLA DESCENDIÓ UNA TARDE DE 1914 EN GUADALAJARA. BREVÍSIMOS RASGOS DE UN TAL “TORCUATO”, TORERO QUE ALTERNÓ CON BELMONTE.

    Hace algunos años, siendo alumno del Dr. Juan Antonio Ortega y Medina, en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.A.M., un día por la tarde me pidió lo esperara al final de su clase, para platicar un “asunto”. En ese momento quería que me tragara la tierra. Lo primero que me vino a la mente fue: “me va a pedir que corrija algún desliz en los juicios históricos” que con mucha visión percibía en cada alumno suyo. Sin embargo tal “espanto” no sucedió. Antes al contrario, fue satisfactorio por lo que voy a contarles. Sucede que el Dr. Leopoldo Zea, gran amigo suyo le pidió elaborar a Ortega y Medina un ensayo sobre el liberalismo mexicano del siglo XIX; “y eso voy a encargárselo a usted”. Por fortuna aquel trabajo logró su objetivo. El “Ensayo y notas para una nueva apreciación sobre el liberalismo mexicano (siglo XIX)” vio la luz en letras de molde.[1]1

   Hoy, que ha pasado ya tanto tiempo vuelvo a tener una petición en similares circunstancias, solicitada por dos estimados amigos míos: los maestros Alí Chumacero e Ignacio Solares, ejes de la poesía y la novela en nuestros tiempos, respectivamente. La voz del de Acaponeta, Nayarit hace que en Páramo de sueños, De imágenes desterradas y hasta De Palabras en reposo, esos poemas suyos estremezcan, retumben graves, fascinantes, como truenos de una tempestad que impone toda esa razón salvaje que viene de tan dentro, que la dulzura y la sensibilidad limpian todo ese sabor y olor a infierno de donde surgen, luego de la creación. Solares, recientemente galardonado con el premio “Xavier Villaurrutia”, “premio de escritores para escritores…”, por su obra El Sitio, la cual fue sometida a un riguroso jurado que, a su vez, quedó convencido también, luego de leer las espléndidas visiones de un autor que no pretende escribir un libro, sin más. Le da a este todo el carácter necesario para trascender y conmover al lector en su conjunto.

   Pero ambos son también excelentes aficionados a los toros. Y ambos pidieron saber algo sobre un misterioso personaje que tuvo el arrojo de alternar, en 1914 con Juan Belmonte en Guadalajara, Jal. la tarde del 11 de enero de 1914. Dicho personaje se anunciaba con el sólo nombre de Torcuato. ¿Quién es Torcuato? ¿Quién era Torcuato?

   Veamos.

   José María de Cossío en su monumental obra LOS TOROS nos dice:

ROMERO (MANUEL), Torcuato. Matador de novillos sevillano. Llevaba ya algunos años toreando cuando se presentó en Sevilla el día 18 de agosto de 1908, con novillos de don Felipe Salas. Toreaba bien con la capa y se defendía con la muleta, pero era muy deficiente con el estoque, y ello fué causa de que no lograra sobresalir. Toreó bastante después, pero en general en plazas de poca importancia y sin aspiraciones ambiciosas.[2]

    En efecto, el tal Torcuato, era un torero cuyo perfil no garantizaba más que estas pocas líneas proporcionadas por el acucioso tratadista español. Pero Cossío no contaba con que Manuel Romero surcaría el mar océano para “hacer la América” y acumular una que otra actuación, como la que se registra en la temporada de novilladas de 1912, efectuada en el “Toreo” de la colonia Condesa, en el Distrito Federal.

   Aún así, es un torero cuyo rastro se pierde rápidamente, como si sus huellas quedaran grabadas efímeramente a la orilla del mar. No se volverá a saber de Torcuato hasta el año de 1914, ahora en su nuevo y provisorio refugio que fue el occidente mexicano: Guadalajara, para mayor precisión.

   Fue así como la empresa comandada por el señor Benjamín Padilla programó para el domingo 11 de enero de ese 1914 el siguiente cartel:

   “Presentación del maravilloso fenómeno de la tauromaquia, JUAN BELMONTE. Alternará con el valiente TORCUATO. 6 TOROS 6 de San Diego de los Padres”.

   Recordando las palabras con que Cossío da uno más de los perfiles del sevillano, nos llega la resonancia de que “toreó bastante después, pero en general en plazas de poca importancia y sin aspiraciones ambiciosas”. Por lo que veremos en seguida, “El Progreso” de Guadalajara no era una plaza de poca importancia. Y desde luego su valentía y otras virtudes, no le restaron “aspiraciones ambiciosas”. Claro, no alternó con cualquiera. Lo hizo con el trianero Juan Belmonte, que en aquellos días de batallas revolucionarias en los diferentes teatros surgidos en nuestro país; este “revolucionario”…, pero del toreo puso en estado de alerta a la afición tapatía quien lo acogió desde su llegada a la perla de occidente.

   Tras un percance del “pasmo de Triana” el 21 de diciembre de 1913 en “El Toreo”, su actuación en “El Progreso” se pospuso hasta el 11 de enero siguiente. En el periódico local “El tío Maleta” (La Gaceta de Guadalajara) del lunes 19 de enero de 1914, notas, a su vez recogidas por Ramón Macías Mora,[3] encontramos lo siguiente:

 Viene Belmonte.

 Belmonte en Guadalajara. Estas eran las palabras que salían de la boca de los aficionados. Con un entusiasmo tan vivo, que más bien parecía que se había sacado el premio de las cien mil pesetas.

Tras alojarse en el Hotel Fénix.

 fue agasajado por todos sus partidarios y amigos. Por la noche, dio Juanillo algunas vueltas por los portales, lanzando alguno que otro piropo a algunas señoritas fenomenalmente hermosas…

   Penetró después a la cantina del “Palacio de Cristal”, acompañado de los apreciables Señores don Eduardo Margeli (apoderado de Belmonte), Benjamín Padilla, Rafael Montoya, Francisco Orozco, licenciado Isaac Padilla, de sus banderilleros Calderón y Pilín, de su inseparable mozo de espadas “Cabeza”, y del matador de toros Manuel Romero “Torcuato”.

    Por considerar importante el sucedido aquel, reproduzco a continuación los detalles de la corrida.

 El primer toro

Fue brocho, hosco, bonito tipo. De tanda, Céntimo y Rafael Rodríguez, ambos piqueros, alcanzan palmas, y caen con exposición. Belmonte engrana cuatro verónicas divinas, estupendas, maravillosas. En los quintes enloquece al público, sobresaliendo un archiencantador recorte, digno de ese torerazo sobrenatural. Estrepitosas palmas. Fue mal adornado por Pilín y Calderón.

   Belmonte brindó a la presidencia.

   Subyugador fue el trasteo del trianero, los molinetes produjeron, general e inusitado regocijo. Faena ceñidísima, los pases de pecho fueron fenomenales. Su faena fue interrumpida por las palmas y los olés calurosos de los entusiastas y Belmonte, diciendo “a ver si así es” señala un pinchazo hondo, nueva ración de franela, en la que el diestro a muleta plegada se salva de una colada peligrosísima en la zona de tablas. Vuelve a meterse con voluntad y mete el acero hasta lo rojo, hasta la mano que se tiñe en sangre. Palmas frenéticas dianas, sombreros, y Belmonte da la vuelta al ruedo a los acordes de la música.

 Segundo toro.

   Hosco delantero de velas. Hace una bonita salida natural y acomete como bravo a uno de los piqueros.

   De tanda Rafael García y Morán cumple en cuatro varas, entrando con fe.

   Registróse una peligrosa caída de Morán. El soberano público aplaudió un buen puyazo de Rodríguez en el que el piquero peleó de verdad.

   Manuel Romero “Torcuato”, estuvo sencillamente soberbio, sencillamente colosal, al torear a la verónica al “Santiagueño”, una serie de verónicas de chipén, apretadas, que arrancaron estridentes palmas a los tendidos (sic). Hubo un remate soberano, rematando el temerario diestro con una rodilla en tierra. La ovación fue grande, general, espontánea. Belmonte abre el capote y ejecuta un remate y dos verónicas sublimes, idealistas, eminentes, con el cuerpo enhiesto, riendo ante la muerte.

   En el segundo tercio fue bien adornado, por Cresencio y “Alegrías”.

   Ambos rehileteros lograron palmas.

   Torcuato brinda.

   Inaugura su faena, con un superior pase ayudado alto, rodilla en tierra, que hace estallar al público en aplausos. El toro se huye en el resto de la faena y se hace imposible el sujetarle. “Torcuato”, torea con pases naturales, haciendo esfuerzos por recoger entra con agallas, dejándose caer con la mar de redaños, cobra un soberano volapié hasta las guarniciones del triunfo. El toro azota como una masa inerte, y “Torcuato” recibe una ovación digna de una muerte tan inmejorable y tan hermosa. El espada da vuelta al ruedo, devolviendo los sombreros y hay dianas a granel. ¡Bravísimo!, “Torcuato” así se llega a la gloria, al porvenir.

 Tercer toro

   Fue un hermoso animal, que su entrada al ruedo mereció los honores de la música. Fue el toro más bravo que envió el ganadero de “San Diego”.

   De pelo castaño y exageradamente bizco del pitón izquierdo.

 Belmonte el maravilloso

   Señores descubrámonos ante Belmonte. Hay que descubrirse ante lo bello, ante el hombre más célebre de la tauromaquia. Las manos se enrojecieron a fuerza de aplaudir, faltaba aliento para gritar. El público encontrábase en un estado lloroso, lamentablemente, en fuerza de una impresión. Cuatro catedráticas verónicas, navarras, lances a la tijera, asombraron al público, lo enloquecieron. El hombre paró lo increíble, movió los brazos con una rara flexibilidad.

   ¡Asombroso en todo!

   El toro, con auténtica dosis de “pura sangre” aguantó cuatro varas de “Céntimo”, Rafael y Morán, cayendo el primero al descubierto.

   Entre Pilín y Calderón, adornan el morrillo de tan bravo animalito, sobresaliendo un par de Pilín, saliendo empitonado sin consecuencias.

 Un silencio profundo

   Reinaba en el circo, como si de pronto se hubieran petrificado las muchedumbres que llenaban ambos tendidos, cuando Belmonte se hizo de los arreos. Su figura de Belmonte se agiganta, llega a la gloria donde le llaman sus compañeros idos, para festejarlo parece que “Lagartijo” y “Frascuelo” se agitan desesperadamente en las tumbas. ¡Quieren ver torear a Belmonte, concédeles el permiso Dios de los cielos, quieren ver y adorar a otro Dios, al Dios de lo excepcional, al Dios de la tauromaquia… y sonó la ovación más grande que ha oído en Guadalajara cualquier descendiente de Cuauhtémoc; molinetes, remates con una rodilla en tierra; el diestro acariciaba la cara del toro.

   Los lacrimosos ojos del público no parpadeaban apoderándose de nosotros un sudor muy intenso, muy frío. Los pañuelos se agitaban, el público daba aullidos, y lanzaron al redondel prendas de vestir, y un espectador emocionado, se arrojó al ruedo, abraza al diestro y se hinca asombrado a los pies del héroe… y el toro sugestionado también azota muerto de un gran volapié, despidiendo al morir, por los inyectados ojos un relámpago como un brillantes herido por un rayo de sol…

   La ovación es imponente, las dianas se visan a petición del soberano. ¡Tú eres único, Belmonte. E-r-e-s  ú-n-i-c-o!!! 

GUADALAJARA 1914_SANTÍN

Antiguo y desconocido registro fotográfico de la época. La plaza es el viejo “Progreso” de Guadalajara. Aparecen en la imagen Vicente Segura, quien remata y quite, ante la mirada de Rodolfo Gaona. (Ca. 1914). Colección del autor.

 Cuarto toro

   Hosco, bizco del derecho. Cumple en varas. Sobresale José García, quien agarra la vara de la tarde.

   Sandoval y “Alegrías”, aplaudidos.

   El burel llega en malas condiciones a la muerte. “Torcuato” trata de fijar al toro. Entra y señala un pinchazo terminando con dos medias.

   Muchas palmas.

 Quinto

   Es un manso perdido. De “Céntimo” recibe apenas los puyazos reglamentarios, Calderón y Enrique Fuentes adornan el morrillo.

   Belmonte no logra entusiasmar ni con el capote ni con la muleta, por las malas condiciones del buey. Desgraciadísimo con el acero, acabando con él de un descabello previo varios intentos.

 Sexto

   Nada de notable en el primer tercio.

   “Torcuato”. Faena, aceptable. Para media baja.

 Resumen

   Belmonte superior en el primero; admirable, inimitable en el tercero y desgraciado en su tercero.

   “Torcuato”, superior en su primero; bien en su segundo y regular en su tercero.

   Banderillando: “Alegrías” y Crescencio y Sandoval y Pilín en un par.

   Picando: José García, Rafael Rodríguez, Céntimo y Morán.

   Bregando: Enrique Fuentes dio algunos capotazos aceptables.

   Servicio, bueno. Entrada, buena. Toros cumplieron con excepción del quinto.

Hasta aquí la reseña.

    Lástima que Abraham Lupercio Muñoz, importante fotógrafo nacido en Tepatitlán, Jalisco hacia 1888 no hubiese estado presente en tal festejo; porque tendríamos la dicha de conocer alguna de sus placas, puesto que era un excelente aficionado a los toros. Abraham se incorpora a la famosa jornada de la “Decena Trágica” (importante episodio central de la Revolución Mexicana, ocurrido en el mes de febrero de 1913) como uno más de los reporteros gráficos que obtuvieron cantidades importantes de material que sirve hoy, para tener un mejor panorama de lo que fue aquel gran acontecimiento. Es posible que entre los fotógrafos se aplicaran “fusiles” o se adjudicaran fotos que no siendo de su propiedad, hacían suyas. Existe una pieza muy conocida que se atribuyen dos fotógrafos: Osuna y Lupercio (¿confusión o conflicto?). Fijó su residencia en la calle de la Santa Veracruz, en pleno centro de la ciudad, donde permaneció atento a cualquier inquietud surgida del caos revolucionario.

   Pues bien, aquella corrida “excepcional” marcó un agradable recuerdo entre los tapatíos y tanto Belmonte como Torcuato escribieron una página que dejó grata memoria.

   Manuel Romero al alternar con Belmonte, seguramente lo hizo consciente de que no era un sobresaliente más, ni tampoco un “patiño” del pasmo. La empresa debe haberlo contratado al ver en él las virtudes que se confirmaron con su actuación, al lado del “revolucionario del toreo”.

   La descripción de su faena al segundo de la tarde nos habla de un diestro en plenitud de facultades, al que se le auguraba la “gloria, el porvenir”, puesto que arrancó “estridentes palmas a los tendidos”. Lo lamentable es que todo el resto de su trayectoria se haya perdido en la noche de los tiempos, ignorando si decidió permanecer en México o regresar a su añorada Sevilla.

   Entre 1908 y 1914, la poca cantidad de actuaciones de Torcuato habla más bien de lo irregular en su administración, mas no de sus arrestos como torero. Hemos visto que tanto en Sevilla, como en Jalisco su ciclo comienza y termina de la misma manera en que llegó y se fue, discretamente.

   Con la satisfacción de haber actuado en la Real Maestranza de Sevilla, de alternar con un sevillano mayor como Juan Belmonte y culminar ese cúmulo de deseos con sus presentaciones en ruedos mexicanos, Manuel Romero, a quien solo bastaba presentarse así en los ruedos, hizo de Torcuato su nombre de batalla. Por aquella época alcanzó fama otro torero español, Serafín Vigiola Torquito. Me parece esto último una curiosa relación, un simpático juego gramatical que pongo a su consideración, porque Torquito y Torcuato se aproximan en la pronunciación. Claro, uno está en diminutivo y Torcuato, era Torcuato…, ¡verdad de Dios! nos dijo Perogrullo.

   Maestros: hasta aquí con este ligero vistazo que nos da idea de quien fue en el toreo Manuel Romero.


[1] COELLO UGALDE, José Francisco: “Ensayo y notas para una nueva apreciación sobre el liberalismo mexicano (siglo XIX)”. En: NUESTRA AMÉRICA. UNAM, Centro Coordinador y difusor de estudios latinoamericanos, Año VII, Nº 21. Agosto, 1992. 165 pp. (Pág. 21-45).

[2] COSSÍO, José María de: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1998. 12 v. Vol. 3, pp. 825.

[3] GARCÍA MORA, Ramón: La corrida de ayer… mito, tradición, ritual, suerte y azar de la fiesta de los toros. Compilación, paleografía y textos de (…). Guadalajara, Jalisco, Editorial Ágata, S.A. de C.V., 1996. 326 pp. Ils., retrs., fots., facs. (pp. 236-271).

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JUAN CORONA PICADOR DE TOROS, LA QUINTA CORONA Y UN HISTORIADOR EN CIERNE.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

JUAN CORONA

Un retrato similar a este se reprodujo en la obra de Domingo Ibarra: Historia del toreo en México que contiene: El primitivo origen de las lides de toros, reminiscencias desde que en México se levantó el primer redondel, fiasco que hizo el torero español Luis Mazzantini, recuerdos de Bernardo Gaviño y reseña de las corridas habidas en las nuevas plazas de San Rafael, del Paseo y de Colón, en el mes de abril de 1887. México, 1888. Imprenta de J. Reyes Velasco. 128 p. Retrs.

    Juan Corona[1], el de la famosa “vara de otate” fue un personaje sui géneris del siglo XIX. Picador de toros, dueño de la famosa QUINTA CORONA a donde iban los habitantes de la ciudad de México a gozar de una deliciosa merienda, y a divertirse con las atracciones que allí mismo montó para esparcimiento de niños y grandes.

   Metido a asuntos empresariales, tuvo a su cargo durante algún tiempo la Plaza de Gallos en San Felipe Neri, allá por 1858, en donde llegó a exponer -bajo juramento- sus intereses para asegurar varias funciones, donde enfrentó “tres careados de diez pesos y las peleas que se convengan”, cobrando la entrada general a un real.

   Por otro lado, Corona se convierte -durante varias temporadas-, en el varilarguero de confianza del torero español Bernardo Gaviño, para quien tuvo muestras de apoyo y cariño. Aunque la tarde del 23 de mayo de 1853, sufrió una terrible cogida, por un toro de Queréndaro, cuya asta entró por la pierna derecha, y atravesando el asta, salió hasta la planta de la llave, por el hígado (según el parte facultativo).

   Como consecuencia de tan espantosa herida, Corona duró enfermo casi un año, siendo durante este tiempo asistido con extremo por el Dr. Mallet.

   Repuesto Corona un tanto y habiendo gastado durante su enfermedad casi todos sus ahorros, tuvo necesidad de trabajar, logrando reunir una suma que, aunque insignificante, fue bastante para que Juan pudiera establecer una zapatería y comprar algunas vacas.

   Corona abandonó por completo el toreo y trabajando sin descanso, después de grandes privaciones, con el honrado fruto de sus bastantes desvelos, compró la casa que habitó en el barrio de Jamaica y donde tanto los viajeros notables, como la mayor parte de los mexicanos, pudieron admirar en ella el curioso museo del que hace detallada reseña más adelante, José Juan Tablada.

   La época brillante que cubre el ahora mencionado comprende casi hasta el primer lustro de la segunda mitad del siglo XIX. Era una costumbre ejecutar la suerte montado en caballos que sufrían tremendas cornadas, auténticos costalazos de los que también muchos picadores padecían las consecuencias de los percances que era cosa común en aquella fiesta donde la suerte de varas todavía no contaba con el apoyo de los “petos”, los cuales se vieron y usaron en México, en forma primitiva durante el auge de Ponciano Díaz y, muchos años más tarde las leyes, pero también el sentido común de humanidad, impusieron que la cabalgadura estuviese protegida por un “peto”. Esto, a partir del año 1928 en España; dos años más tarde en nuestro país.

   Justo el 21 de diciembre de 1851 está haciendo su presentación en la plaza de toros el Paseo Nuevo la cuadrilla de toreros y toreadores “que acaba de llegar de España”, comandada por Antonio Duarte “Cúchares” y Francisco Torregrosa quienes resultaron todo un fiasco. En el programa se anuncia que “La montura de los picadores es igual a las que usan en España”. Seguramente esto significó un punto de atención muy especial entre los seguidores del “nacionalismo taurino”. Juan Corona, como ya sabemos, miembro de la cuadrilla de Bernardo Gaviño practicaba la suerte como era costumbre en aquellos tiempos, la cual era del gusto general. Fue por eso que “a partir de la sexta corrida efectuada en la Plaza del Paseo Nuevo, volvió a ser la cuadrilla de Bernardo Gaviño la que se encargó de la lidia de los toros, eliminados sagazmente los toreros españoles”[2]. La lira popular dedicó al varilarguero estos versos que acompañados de una guitarra, y bajo el compás del corrido trascendieron por todo el México taurino de entonces:

 El valiente Juan Corona

el de la vara de otate,

aunque la fiera lo mate

ha de picarlo sin mona.

 

De San Pablo en este día

la plaza se encuentra en ascuas,

porque se acercan las Pascuas

y el pueblo goce a porfía.

 

La Chole, por vida mía

no esquiva pisar la arena

de sangre toruna llena;

pues por complacer a todos,

ha de jugar de mil modos

con esas fieras, sin pena.

 

Porque su fama lo abona    (la de Juan Corona)

en el suelo mexicano,

dó se muestra muy ufano

de triunfar siempre de veras.

Y dominar a las fieras

con su brazo soberano.

 

Ha de haber monte Parnaso,

de muchas cosas provisto,

las que jamás habrás visto

aunque las tienes de paso.

 

Cien pantalones de raso

y otras muchas zarandajas,

entre cortantes navajas,

ha de tener en su mano,

para que saque ventajas.

 

El que busque distracción,

en San Pablo la hallará,

y no se arrepentirá

de ocurrir a esta función.

 

Allí no habrá tumultón

ni desorden, ni mal rato

el público hallará grato

cuanto en su obsequio ofrecemos,

pues todo precaveremos

porque haya gusto y no flato.

No es busca de novedades

corras pueblo a otras regiones,

porque las más ocasiones

encontrarás bojedades.

(. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .)

Qué diversión más barata

puede buscar un galán,

para que con poco afán

quiera obsequiar a su chata.

 

La paga no es patarata,

esta vez se ha disminuido,

porque la empresa ha querido

dar muestras de su adhesión,

probando así a la sazón

que os vive reconocido.

 México, diciembre de 1851[3].

SERÁ JUAN CORONA...

¿Será Juan Corona? Parte de la ilustración con que fue adornado un cartel taurino a mediados del siglo XIX para los festejos que con notable frecuencia se celebraban, tanto en la Real Plaza de toros de San Pablo como en la nueva plaza del Paseo Nuevo. Col. del autor.

    A decir de Carlos Cuesta Baquero (Roque Solares Tacubac), el último picador de “vara corta” que actuó en las plazas de toros de la ciudad de México y también en las de los estados, fue un español, sevillano, nombrado Juan Vargas alias “Varguitas”. Anteriormente hubo muchos y entre ellos el famoso mexicano JUAN CORONA, que hacía sus proezas usando una garrocha corta, de madera de otate. Por el detalle de la madera, le dieron el mote de “el picador de la garrocha de otate”. Tal picador fue hijo adoptivo de los abuelos del novillero Enrique Laison que actuó con cierta frecuencia en la tercera década del siglo pasado.

   Además, el señor Corona supo aprovechar el medio y hacer fortuna. Como ya dije, tuvo funcionando la QUINTA CORONA, lugar que seguramente también sirvió de resguardo a una de las colecciones de objetos y fetiches taurinos, que todo buen y loco aficionado llega a tener y a poseer. En el mismo terreno levantó una plaza de toros que llamó “Bernardo Gaviño”, en memoria del matador de toros a quien sirvió durante tardes memorables. La plaza fue refugio de ilusiones que sirvió aproximadamente cuatro años[4]. En algunas reseñas publicadas por aquí y por allá sabemos que contaba dicha colección con varias cabezas de toros que estoqueó Bernardo Gaviño. Algo de lo que se sabe muy poco es de las memorias que fue escribiendo y reuniendo en algunos cuadernos de los que se conservan visiones aisladas del toreo de su época, mismos que veremos más adelante. Sobre el “museo” de su propiedad, José Juan Tablada nos obsequia con un cuadro de recuerdos maravilloso e indispensable para conocer aquel recinto lleno de sorpresas y misterios. Veamos.

    Los “Indios Verdes” nos han llevado a orillas del Canal de la Viga y una vez allí mis propios recuerdos me hacen buscar en vano, entre las casas de la margen, una enjalbegada y modesta con jardincillo de arriates al frente, cuyo portón traspasado, brindaba hospitalaria, en su interior pintoresco, vasto entretenimiento a la ingenua curiosidad popular.

   Era la tal casa de encalados muros y bermejo piso de limpios ladrillos, la “Quinta Corona”, cuyo propietario, un viejito gordo, rosado y de cabeza blanca había formado con los recuerdos materiales de sus años mozos, un “Museo”, al principio de tauromaquia y con el transcurso del tiempo de curiosidades en general, con tan amplio criterio que por igual acogía a la obra de arte que al trofeo ensangrentado o al becerro de dos cabezas.

   No en vano la institución fué esencial y primitivamente emporio del arte de Cúchares, que su dueño tenía a orgullo el haber consumado todo un ciclo de hazañas con su fuerte brazo, cuando lanza en ristre como Esplandian o Amadis, fué picador de toros bravos en las edades casi homéricas de la tauromaquia nacional, bajo la capitanía del ilustre Bernardo Gaviño, al brillo de cuya leyenda sólo hace falta un rapsoda, émulo del docto Nicolás Rangel, que sobre el campo escarlata de esa vida esforzada haga resaltar las proezas con pluma de oro mojada en tintas de iris.

   En el corazón de esa epopeya cornuda y astifina, se colocaba el señor Corona, dueño del Museo de su nombre, sin vanidoso alarde ni presuntuosas jactancias, no quizás por mera modestia, sino porque todo énfasis le parecía vano y redundante.

   Enunciar el hecho era a su juicio bastante, como se le antojaba a un granadero de la Guardia Vieja napoleónica, al decir simplemente que había servido bajo el “Petit Caporal”.

   -Fui picador de la cuadrilla de Bernardo, decía el señor Corona ya manso y con aspecto monástico, casi venerable y al decirlo chispeaba en su silencio y en sus ojillos una elocuente línea de puntos suspensivos, que interpretados debidamente significaba esto:

   -Fui picador de toros bravos cuando la mínima púa de las garrochas exasperaba a la fiera en vez de lastimarla y quebrantarla; cuando se picaba lo mismo en los medios o en los tercios de la plaza que junto a las tablas; cuando los picadores no estábamos protegidos por armaduras férreas, ni teníamos en torno un estado mayor de peones y monosabios… Fui picador de toros bravos cuando éstos no se distinguían sutilmente en nobles y resabiosos y cuando a pesar de todo el caballo lucía, más por donaire que por defensa, una crinolina de cuero y era costumbre sacarlo ileso de las arremetidas del toro!

   Todo eso decía con su artificioso silencio el señor Corona y en seguida, acompañando al visitante, le hacía los honores de sus pintorescas colecciones.

   Ya he dicho que éstas eran heterogéneas y quizás por ello más curiosas.

   Cabezas disecadas de toros célebres; la espada con que Bernardo estoqueó su último toro; una garrocha con que el “Negrito Conde” y el mismo señor Corona habían picado centenares de reses, en todo el territorio, desde Alburquerque y Arizona hasta Quetzaltenango; Cartelones de corridas de toros y de peleas de gallos, pintados al temple o al óleo por pintores nuestros o por el “Aduanero Rousseau” o Larionov o la Gontcharova; una “sirena de los mares” injerto de mono y de pescado; buques con velamen y arboladura construidos dentro de botellas; la camisa ensangrentada de Lino Zamora y un bucle del cabello de: “Rosa, rosita, flor de alegría.-Ya murió Lino Zamora-Ya murió Lino Zamora-Pues así le convendría!”

   Y junto con todo aquello, miniaturas en marfil, viejas pinturas exornadas como iconos rusos en lámina de cobre; un pectoral de monja pintado por Cabrera, junto a una cuadrilla de toreros figurada por pulgas vestidas; un “gallito” del Real de Zacatecas junto a un San Francisco tallado en madera por algún discípulo de Alonso Cano…

   Museo memorable en donde lo monstruoso se equiparaba con lo bello en grado excelso, donde la extravagancia se hermana con un real descernimiento de lo bello artístico, Museo-Cafarnaum donde ví la obra maestra de la cerrajería colonial, una filigrana de hierro y plata junto a un frasco de alcohol conteniendo una solitaria de cuarenta varas y el sombrero galoneado de un heroico insurgente suriano, junto a una reata que tenía injertados como cuernos, dos espolones de gallo. ¿Qué fin correría aquel museo sui géneris cuya visita en mis mocedades era un rito obligado de los paseos a Santanita, tan clásico como libar el pulque de apio y saborear las enchiladas de pato en los frescos jacales, enmedio del florido pensil de las chinampas?[5].

    En cuanto a las “memorias” que fueron citadas algunos párrafos atrás, y gracias al mismo Juan Corona tenemos una idea más precisa del acontecer taurino ocurrido en la segunda mitad del siglo pasado (que, dentro de muy poco será antepasado).

    Algunos datos de la ganadería de Atenco, sacados por F. Llaguno de la Biblioteca que conservaba el Sr. D. Juan Corona propietario que fué de la Plaza de Toros “Bernardo Gaviño” situada á un lado de la Calzada de la Viga, en la Ciudad de México.

   De algunos manuscritos por el mismo Corona notable picador en aquella época y otros de algunos periódicos que se publicaban entonces.

    El año 1853 en la Gran Plaza de San Pablo cuando gobernaba Su Alteza Serenísima, se corrieron en muchas corridas ganado de Atenco cimentando más la fama de que ya gozaban entre los aficionados; pero el más notable de los hechos en ese año en una de tantas corridas, fué la lucha de uno de esos toros con un tigre de gran tamaño y habiendo vencido el toro al tigre, el público entusiasmado con la bravura del toro pidió el indulto y que se sujetara y una vez amarrado fué paseado por las calles de la capital en triunfo acompañándolo la misma música que tocó en la corrida.

   Muchos hechos notables se registran en esa misma plaza de los toros de Atenco, entre ellos el de haberse suspendido en una de las corridas del mes de Abril del año 55 la suerte de vara por la razón de que el 1º y 2º toro inutilizaron á los cinco picadores después de haber matado 14 caballos. Trabajaba en esa corrida como espada Gaviño (este hecho me lo relató el mismo Corona, porque fué uno de los que ingresaron a la enfermería).

   En la Plaza del Paseo Nuevo el año de 56 se jugaron toros de Atenco en competencia con los de la afamada Hacienda del Cazadero en varias corridas y casi en todas fueron vencedores los de Atenco sobre todo en la suerte de varas.

   Esta competencia dió lugar á que se corrieran en el 58 en plaza partida las mismas ganaderías y en la segunda corrida el 2º toro de Atenco, castaño obscuro después de haber matado los cuatro caballos de los picadores que salieron rotó  (sic) la barrera de la división se pasó adonde estaba jugando el toro del Cazadero y después de haber matado otro caballo de los picadores nada menos que el que montaba D. Juan Corona arremetió contra el toro del Cazadero dándole fuertes cornadas y poniéndolo en fuga. En estas corridas trabajaban como espadas Gaviño que era el que lidiaba los de Atenco y de Mariano González (á) La Monja, los del Cazadero.

   En la época del Ymperio también dejaron muchos recuerdos á los aficionados por sus hazañas esas dos ganaderías pero siempre sobresaliendo Atenco.

   Datos recogidos en Tenango.

   En los años del 60 al 72 en las corridas de feria de Tenango también son innumerables las hazañas de los toros, de esa vacada aún todavía existen algunos empresarios como son D. Leandro Perdones (sic) vecino de México el Sr. D. Cosme Sánchez actual Presidente Municipal de Tenango D. Guadalupe Gómez vecino en la actualidad de México, y otro muchos que aun viven.

   En enero del año 62 costó nada menos al empresario L.P. los tres días de feria la friolera de cuarenta y cinco caballos. Trabajó como espada D. Mariano González (á) La Monja.

   El año 64 tocó trabajar á B. Gaviño los tres días de Feria y el último día o sea la última corrida quedó sin picadores por motivo de haber ingresado á la enfermería los cuatro que traía entre ellos el famoso Cenobio Morado. 32 jamelgos.

   El 66 y 67 fueron tan notables las corridas de esos años que algunos de los que fueron testigos oculares las recuerdan con entusiasmo. En esa trabajaron Gaviño y Pablo Mendoza. El 2º toro de la última corrida cogió gravemente al picador Morado.

   Del 68 al 73 en la misma plaza fueron indultados algunos toros á petición del público por admirar la ley y bravura hubo toro que recibió 22 picas y dejó en la arena 12 caballos de arrastre. Pero el que más llamó la atención en la 2ª corrida del año 72 fue el 3er toro castaño encendido, bragao, coliblanco y cornigacho ese toro dejó muertos en el redondel 16 caballos, cuatro tantas de picadores de a cuatro salieron al redondel y cuatro veces quedaron a pie los cuatro picadores. Era espada d. José Ma. Hernández.

   Estos apuntes lo he recogido de muchas personas que presenciaron esas corridas y que aún viven en Tenango.

   Las corridas que he visto tanto en Tenango como en algunos otros redondeles del país también recuerdo algunos hechos notables de esos toros.

   No se me olvidará lo de la Plaza de Tlalnepantla el 31 de octubre de 1886 el 4º toro al clavar la divisa el torilero Miguel Ramos fué enganchado del pecho por el toro saliendo y llevándolo en el pitón derecho hasta el otro extremo del redondel. Trabajaba como espada en esa corrida Ponciano Díaz.

   En México, enero 4 de 1888, 4ª corrida de abono en la Plaza de Colón el 4º toro al ponerle un par Tomás Mazzantini hizo por el él bicho cogiéndolo en la barrera y aventándolo al tendido de sol.

   En la Plaza del Paseo (México), fué cogido el 4 de diciembre de 1887 el espada Francisco Díaz (Paco de Oro), por el 1er toro, habiéndole quitado en pedazos la chaquetilla: ostentaba un traje azul y oro, y alternaba con Hermosilla.

   El mismo Hermosilla fué cogido y volteado y enganchado de la pierna derecha en otra corrida en la misma plaza por el cuarto toro.

   Esta ganadería á sido conocida en todo el país, y sus cornúpetos han visitado desde hace muchos años, casi todos los redondeles mexicanos. Es sin duda la que ha dado más toros de lidia desde su fundación no solo para los cosos (…)

    Independientemente de todo lo que dedicó a recordar el viejo picador, estamos viendo en él a un hombre preocupado por una época que vivió intensamente, al grado de convertirse en un historiador en cierne, recogiendo los testimonios orales que estuvieron a su alcance y que hoy nos sirven para conocer otros detalles del apogeo impuesto por el gaditano, quien se convierte en una figura indiscutible, imponiendo su hegemonía a partir de aquel compartir las hazañas con los toros del conde de Santiago de Calimaya, que de seguro, eran toros propicios para el espectáculo en el que Gaviño fué protagonista principal.

   Volvemos con el imprescindible ROQUE SOLARES TACUBAC quien escribe sobre los picadores en tiempos de Juan Corona lo siguiente:

    Intencionalmente no por olvido, he dejado para los últimos párrafos ocuparme de los antiguos picadores de toros aborígenes. En ellos radicaba buena porción de “nuestro nacionalismo taurino” porque los considerábamos insuperables. Confundíamos sus cualidades de “charros caballistas” solamente igualadas por los gauchos argentinos y por los “cowboys” americanos del Sur de los Estados Unidos de Norteamérica, con las cualidades que ha de tener un picador de toros.

   Por tal confusión los antiguos picadores de toros eran en muchas ocasiones improvisados lidiadores, porque estaban personificados en los vaqueros que habían conducido a los toros desde el campo -desde la dehesa, según ahora dicen- hasta la plaza de toros. Esos vaqueros eran los actuantes de picadores durante la corrida. Y demostraban lo único que podían ostentar: saber de caballistas y valentía de hombres avezados al peligro. Pero, no podían ostentar saber de picadores de toros.

   Ciertamente que no siempre eran los picadores los mencionados vaqueros, sino que existían quienes al oficio de picar toros se dedicara, ciertamente que había exclusivos picadores de toros, pero en cuanto a saber taurino no estaban a gran altura encima de los mencionados ocasionales picadores. También tenían la indispensable cualidad de ser “caballistas” consumados y la no menos indispensable de ser valientes. A la vez eran hombres de corpulencia, de musculatura recia, a veces hercúlea, que mejor les servía para dominar al jamelgo, a la cabalgadura que para “castigar” a los toros, pues el modo que tenían de practicar la “suerte de varas” no era el adecuado para hacer tal castigo, aunque el picador fuese hercúleo.

   Su valentía quizá superada por su ignorancia, hizo que menospreciaran el adecuado traje para practicar los lances de “picar a los toros”. Traje que disminuye el peligro de las fracturas de los huesos en las caídas y que aleja al de las cornadas hiriendo en las piernas, especialmente en la derecha.

   La valentía superada por la ignorancia hacía presentarse vistiendo el traje de “charro”. Vistoso, bonito, adecuado para los jaripeos y la equitación en paseo de cabalgata, pero no apropiado para la tarea de picador de toros. Salían al redondel con su chaqueta de cuero, bordada con alamares de pita. Chaleco igualmente y de iguales adornos. Pantalón de casimir, de hechura ajustando al muslo y pierna, especialmente en la pantorrilla y tobillo. Cayendo hasta el empeine del pie, sobre el zapato de vaqueta delgada de color amarillo. La suela del zapato igualmente delgada, cual es la usual para pisar. En el calcañal de ambas piernas, la espuela vaquera, forjada en Amozoc o falsificada en León. En la camisa, roja corbata anudada en ancho lazo, con las puntas cayendo sobre el pecho. En la cabeza, el sombrero “charro”, de ancha ala, pero no consistente en exceso, no endurecida fuertemente, sino de modo débil por lo mismo teniendo blandura, doblándose. La copa de forma en consonancia con la moda “charra”, baja en una época, alta en otra y de forma cónica. Sujeta a la cintura y colgante un látigo, que llamaban “cuarta” y servíales para arriar al jamelgo, porque en aquellas épocas no estaban en uso lo que actualmente nombran “monosabios”.

   Lo único extraño que ofrecían al traje de “charro” era una bota de la forma llamada “Federica”, colocada sobre la pierna derecha. Esa bota -endeble defensa para las cornadas- subía por la parte anterior hasta arriba de la rodilla y en la posterior no llegaba a la corva. Así no impedía la flexión de la pierna y en las caídas era posible levantarse rápidamente, sin solicitar el auxilio para incorporarse, lo que entonces era completamente necesario puesto qué no había monosabios que dieran tal auxilio. La bota era de vaqueta y por adentro la reforzaban con papel grueso hecho dobleces. Tal era el atavío del jinete.

   La cabalgadura enjaezada con la silla de montar mexicana, aquella que tuvo por primer patrón la silla española usada en España en la provincia de Salamanca. Silla española modificada por uno de los virreyes -don Luis de Velasco, el primero de los que tuvieron estos nombres y apellido- gran caballista.

   No era admitida la silla de montar netamente española, usada en Andalucía en las faenas ganaderas de “tienta”, igualmente a “campo abierto” o en local cerrado, el “acoso” y el “derribamiento”. Se la ridiculizó diciendo era igual a la usada por los matarifes cuando montados en mulas llevaban las carnes de las reses sacrificadas en la casa matadero, a los expendios en las carnicerías. “El arnés nacional” era la silla mexicana de montar, según en una vez lo dijeron los periodistas.

   El caballo era regido por el freno con bocado mexicano, modificación del bocado que tiene el freno español. Las cabezadas y bridas igualmente “a la mexicana” formadas con angostas tiras de cuero unidas por hebillaje y las bridas también cuero redondel o de cordel, estando unidas en el extremo que corresponde a la mano del jinete. No quedaban desunidas, según las acostumbran manejar los picadores españoles.

   Lo único extraordinario que había en el arnés del caballo destinado al antiguo mexicano picador de toros, era una cubierta de vaqueta que cubría los encuentros del caballo, llegando abajo hasta cerca de la pezuña. Se entendía hacia los lados, tapando también los dos codillos de la caballería. Esa cubierta estaba sujeta con correas o cordones a lo que en la silla mexicana de montar, nombran “cabeza”. El caballo también llevaba lo que los “charros” nombran “anquera”. Es otra cubierta de cuero, que cubre las ancas y el nacimiento y parte de la cola, que resulta aprisionada sin tener movimiento. Así era evitado que el caballo molestara al jinete, dándole con la extremidad de la cola, cuando la movía. Forrado el caballo con las cubiertas, ofrecía un aspecto raro y curioso.

   A la cubierta anterior la llamaban en aquella época “coraza”. Años después fue muy criticada por los revisteros taurinos, hasta que lograron desaparecerla. Pero, actualmente ha resucitado, viniendo la resurrección y el nuevo nombre de allá de España. Le nombran PETO. Ha sido actualmente admitido, sin recordar que había sido desechado, cuando tauromáquicamente nos “agachupinamos”, cuando encontrábamos censurable todo lo característico de “nuestro nacionalismo taurino”. Actualmente nadie recuerda que el actual “peto” es solamente una modificación de aquel irónicamente nombrado BABERO, que originó una turbulencia.

   En antigua época hubo un picador mexicano que prefería para la construcción de sus “garrochas” la madera nombrada OTATE. De escaso peso -sumamente ligera- aunque resistente y teniendo extraño aspecto a causa de los nudos que tiene lo que hace la forma de cañutos. Ese picador se llamaba JUAN CORONA. Actuaba en la cuadrilla de Gaviño por el que tenía verdaderamente adoración. Corona dió motivo en sus lances taurinos a que la MUSA POPULAR cantara sus proezas, siendo uno de esas poesías (?) tiene la forma popular que nombran “corrido”. La letra es de métrica apropiada para hacer el relato cantado con acompañamiento de una musiquilla monótona. En ese “corrido” hay alusión a la famosa “garrocha” de otate, con la que el viejo picador había realizado muchas de sus proezas.

   Conocí a Corona ya anciano, retirado de los redondeles pero todavía en férvida afición por la Tauromaquia y todavía venerando a la memoria de Gaviño. Tuvo conmigo amenas conversaciones relativas a sucesos tauromáquicos de cuando era joven. En alguna de tales conversaciones llevóme ante un trofeo tauromáquico hecho con la cabeza de un toro de pinta negra -toro nombrado EL CASQUETE– dos garrochas, una de ellas la famosa de otate, recuerdo de época de mocedad y nombradía. La otra “garrocha” también era conmemorativa de algo digno de remembranza.

   Vivía el anciano ex-picador de toros en una “quinta” o sea granja, de su propiedad, teniendo el nombre de “Quinta Corona”. Ubicada en el lado oriente del “Canal de la Viga”, a pocos metros del “Puente de Jamaica”, en el pueblecillo de tal nombre. Corona era estimado por todos los moradores del mencionado pueblecillo porque el ex-picador era un benefactor, sosteniendo una escuela para dar instrucción de primera enseñanza a niños y niñas, igualmente que daba limosnas y trabajo en la granja a quienes lo solicitaban.

   En el piso alto del destartalado caserón que servía de domicilio, al que se llegaba por derruida escalera en el descanso de la que había un cuadro retrato de “tamaño natural”, representando a Gaviño en pintura al óleo, tenía el ex-picador un bonito museo de antigüedades tauromáquicas y de otra índole. Había algunas antigüedades verdaderamente valiosas y curiosas.

    Estas otras apreciaciones de un gran periodista como Carlos Cuesta Baquero, pendiente del devenir taurino a fines del siglo XIX y comienzos del XX son también de inapreciable interés, porque nadie mejor que ROQUE SOLARES TACUBAC quien se convierte en una autoridad en la materia y cuyos escritos, muchos de ellos inéditos (actualmente localizados y catalogados por un servidor) deberán revalorarse profundamente, en razón de que su contenido es de suyo muy importante. Cuesta Baquero llena una época que muchos autores valoraron, aunque desafortunadamente publicaciones como EL MONO SABIO, LA VERDAD DEL TOREO, EL CORREO DE LOS TOROS, LA MULETA, EL ZURRIAGO TAURINO entre otras más, hoy en día casi no existen sino en su mínima expresión, por lo que es difícil conocer aquel ambiente del que nos ofrece con toda su carga de valores este autor potosino que referimos con respeto y admiración. No olvidó un capítulo como el de la época maravillosa de Gaviño, estando Juan Corona como protagonista de la misma en medio de los quehaceres del antiguo “picador de toros”, vaqueros y caballistas que conocían el oficio como el mejor en su momento.

   Pero antes de terminar con toda esta visión acerca del personaje que nos convoca, permítanme invitarles, con programa en mano, a una más de sus celebraciones, efectuada el domingo 3 de marzo de 1895. En dicho documento, independientemente de todo un panorama que se inscribe como la “amena invitación” a los “juegos, música y sabrosas meriendas”, aparece en la sección dedicada a las NOTAS la siguiente y curiosa acotación:

 (…) No se admiten mujeres públicas, y con este objeto la autoridad pondrá un agente de la Inspección de Sanidad que vigile la entrada”.

    Es pues, el caso de Juan Corona la reunión de un hombre visionario, que no se conformó con acumular un papel protagónico en los ruedos. También lo hizo fuera de ellos cuando acometió la empresa de organizar diversas funciones de peleas de gallos, costumbre también bastante arraigada en la vida cotidiana de aquel México de mediados del siglo XIX. Y desde luego también tuvo un marcado interés por la memoria que iba grabándose en el curso del espectáculo taurino, al grado no solo de reunir fetiches que luego mostró a sus amigos en la QUINTA CORONA, sino que se preocupó por ir reuniendo auténticas curiosidades taurinas que puso por escrito y hoy es posible conocerlas en los manuscritos que luego recogió “F. Llaguno”, uno de esos aficionados que encontraron en las inquietudes de Corona, a un personaje dispuesto a legarnos la memoria viva de una época de suyo, maravillosa y fascinante. Para terminar, es preciso indicar que dicha información pude encontrarla gracias a los buenos oficios del Arq. Luis Barbabosa Olascoaga, quien me proporcionó copias de este valioso testimonio que ahora pongo a tu alcance, amable lector.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots. T. II., p. 660.

   JUAN CORONA. El picador de toros mexicano más famoso a mediados del siglo XIX. Murió hacia 1890, cuando ya llevaba algunos años que no picaba.

   Además:

Armando de Maria y Campos: Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, Acción moderna mercantil, S.A., 1938. 112 pp. ils., p. 49. Dice que falleció en 1888 a los 66 años.

[2] Lanfranchi: Op. Cit., T. I., p. 141.

[3] Maria y Campos, op. cit., pp. 55-56.

[4] Manuel Gutiérrez Nájera: ESPECTACULOS. Teatro, conciertos, ópera, opereta y zarzuela. Tandas y títeres. Circo y acrobacia. Deportes y toros. Gente de teatro. El público. La prensa. Organización y locales. Selección, introducción y notas de Elvira López Aparicio. Edición e índices analíticos Elena Díaz Alejo y Elvira López Aparicio. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, 1985. 287 pp. Ils., retrs., pp. 165.

   El 17 de diciembre de 1886, el Congreso de la Unión abrogó la prohibición de las corridas de toros en México; en consecuencia, y dado el aumento de la afición, en 1887 se construyeron nuevas plazas, entre ellas la “Bernardo Gaviño”. El 19 de mayo de 1887 se organizó una novillada para inaugurar dicha plaza en el barrio de Jamaica, con una cuadrilla de niños toreros, de la que era capitán Jesús Adame; picador, José Alfaro, y banderillero, “El Gallo”, de escasos diez años, así como Manuel Mejías Luján “Bienvenida”, banderillero español.

[5] José Juan Tablada: La feria de la vida (Memorias). México, Ediciones Botas, 1937. 456 pp., cap, XIX, pp. 165-8.

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PONCIANO DÍAZ SALINAS: “MITAD CHARRO Y MITAD TORERO”.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 PONCIANO DÍAZ SALINAS: “MITAD CHARRO Y MITAD TORERO” (CONFERENCIA)[1]

HOMENAJE A LOS 115 AÑOS DE SU MUERTE. (1899-2014).

    Hoy, en representación de mi país que es México, vengo a platicarles de un torero que vino a torear a estas mismas tierras, allá por 1889 e incluso, recibió la alternativa de matador de toros en la desaparecida plaza de la Carretera de Aragón, el 17 de octubre de aquel año, nada menos que de Salvador Sánchez “Frascuelo” y como testigo, Rafael Guerra “Guerrita”, quienes lidiaron toros de Veragua y Orozco.

   Me refiero a Ponciano Díaz Salinas, nacido en la hacienda de Atenco, la más antigua de todas las ganaderías de mi país, y que incluso, hoy día persiste, reducida a su mínima extensión (solo cuenta con 93 hectáreas), pero que durante 472 años cabales, ha mantenido su papel protagónico, luego de que el conquistador Hernán Cortés concediera en encomienda a su primo, el Lic. Juan Gutiérrez Altamirano amplias extensiones del Valle de Toluca para desarrollar en dicho sitio las primeras aventuras en la cría de ganado vacuno, junto a la actividad agrícola, que se mantuvo y se mantiene hasta nuestros días.

Ponciano Díaz Salinas: a cien años de su muerte y una estela de recuerdos.

 Ponciano Díaz fue el único torero mexicano que, en los últimos años del diecinueve, consiguió contraponer la popularidad de los españoles. Muy pronto se convirtió en ídolo.

 Daniel Cosío Villegas, Historia Moderna de México. El Porfiriato.

    Este 15 de abril de 1999 (como hoy, 15 de abril de 2014) recordamos en justo homenaje, el centenario de la muerte del torero mexicano Ponciano Díaz Salinas, “el torero con bigotes”, el diestro de Atenco, presentándoles un perfil de su personalidad.

   Ponciano Díaz Salinas nació el 19 de noviembre de 1856 en la famosa hacienda de Atenco. Hijo de Guadalupe Albino Díaz González “El Caudillo” y de María de Jesús Salinas. Pronto se dedicó a las tareas campiranas propias de su edad. Se sabe que el 1º de enero de 1877 viste por primera vez el terno de luces en Santiago Tianguistenco. Sus maestros en el arte propiamente dicho son su padre, el diestro español Bernardo Gaviño, Tomás Hernández “El Brujo” y José María Hernández “El Toluqueño”.

   Es importante destacar sus habilidades como charro, fue diestro con la reata y como jinete, a tal punto que se hizo “caballerango”, el hombre de todas las confianzas del señor Rafael Barbabosa Arzate, propietario de Atenco y más tarde de sus hijos. Esto es, gozaba de un conocimiento notable sobre toros y caballos, así como de las labores del campo. Muchas de sus habilidades las puso en práctica en cuanta plaza se presentó, para beneplácito y admiración de todos.

   Imprescindible en los carteles, se le contrató para estrenar la plaza de “El Huisachal” el 1º de mayo de 1881. Toreó por todos los rincones del país y también en el extranjero pues en diciembre de 1884 actuó en Nueva Orleans y entre julio y octubre de 1889 lo encontramos en Madrid, Puerto de Santa María y Sevilla. Precisamente en Madrid, el 17 de octubre recibió la alternativa de matador de toros siendo su padrino Salvador Sánchez “Frascuelo” y el testigo Rafael Guerra “Guerrita” con toros del Duque de Veragua y de Orozco. En Portugal se presentó en Porto y Villafranca de Xira. En diciembre del mismo año toreó en la plaza “Carlos III” de la Habana, Cuba.

   Ponciano Díaz al viajar a España trasladó las formas del toreo que fueron comunes en México y resultaron novedades por allá. Mientras tanto, el público de la Ciudad de México fue aleccionado por la prensa, proporcionándole ésta, los principios básicos de la tauromaquia a través de publicaciones como “La Muleta” o “La verdad del toreo”; la primera de ellas fue antiponcianista declarada, pero influyó en el nuevo criterio de la afición que se estaba formando.

   Entre México y otros países, el torero de Atenco, sumó durante su etapa de vigencia y permanencia 713 actuaciones, registradas y comprobadas luego de exhaustivas revisiones hemerográficas y otras fuentes de consulta; aunque esa cifra es muy probable que aumente como resultado de que muchos periódicos de la época  desaparecieron o simplemente no dejaron testimonio de su paso por lugares diversos de la provincia mexicana.

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Tarjeta de visita, retrato que se le hizo a Ponciano Díaz poco tiempo después del serio percance que tuvo en Durango el 22 de abril de 1883. Es propiedad de los descendientes de D. Doroteo Velázquez Díaz, sobrino nieto de Ponciano Díaz.

    Ponciano Díaz estrenó su plaza “Bucareli” el 15 de enero de 1888. Nunca alternó con Luis Mazzantini más que en un jaripeo privado 5 días después de la inauguración. En la tarde del estreno de la plaza de toros “Bucareli”, Joaquín de la Cantolla y Rico, furibundo poncianista, descendió al ruedo en su globo aerostático “el Vulcano” para abrazar al torero. También, la compañía de ópera italiana que entonces visitaba la ciudad, se sumó al festejo para cantar un himno triunfal mientras se realizaba el desfile de cuadrillas. Y las hojas de “papel volando”, las coronas de laurel, las bandas tricolores, las palmas entusiastas de miles de poncianistas se hicieron presentes durante aquella célebre jornada.

   El “torero bigotón” fue el diestro más representativo de lo nacional, mezclando sellos de identidad con los aceptados desde los tiempos del español Bernardo Gaviño, además de la influencia de otros peninsulares que llegaron a nuestras tierras desde 1885. Vestía de luces y mataba al volapié o hasta recibiendo, pero siempre quiso mantener su formación de torero mexicano a pesar de la campaña periodística prohispanista, que le ocasionó, una pérdida de popularidad que ya no volvería a recuperar jamás.

   La vigencia de Ponciano Díaz como el “torero mandón”, sin olvidarnos de los hermanos Ávila, de Jesús Villegas, de Pedro Nolasco Acosta o de Lino Zamora se va a dar potencialmente durante la octava década del siglo XIX.

   Dueño de especial carisma se convierte en un símbolo popular, al grado de que fue considerado “ídolo”, imagen elevada entre versos, canciones, zarzuelas y el típico grito de batalla lanzado por sus seguidores que fueron legión. Me refiero al de “¡Ora Ponciano!”. Más de 45 diferentes versos se han encontrado, todos los cuales giran para celebrar o idolatrar a este personaje popular de fines del siglo XIX. Un ejemplo de estos versos es el siguiente:

Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a “Cuatro dedos”

al que quiero es a Ponciano

que es el rey de los toreros.

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 El presente retrato le fue hecho a Ponciano Díaz cuando comenzaba a convertirse en un gran ídolo del pueblo mexicano. (Ca. 1886). Revista Sol y Sombra. Semanario taurino Nacional, del 19 de abril de 1943.

    Ese grito, considerado un llamado a la exaltación se queda plasmado en infinidad de obras, como la que escribió el gran poeta Juan de Dios Peza, juguete teatral que llevó música del maestro Luis Arcaraz y que fue un resonante éxito, a tal grado que luego de varias representaciones, tuvo que salir a escena el propio matador agradeciendo las muestras de afecto desbordadas por un público que lo transformaba cada vez más en el héroe del momento.

   Un hecho similar ocurrió con la representación de la zarzuela “Ponciano y Mazzantini” con letra del también autor mexicano Juan A. Mateos y música de José Austri, aunque en esta ocasión se llegó a las manos para elegir al mejor torero. A grado tal que se intentó contratar el Gran Teatro Nacional, con objeto de que en dicho escenario se verificasen varias corridas de toros nocturnas donde alternarían Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Así se sabría quien era el mejor.

   Manuel Manilla y José Guadalupe Posada, grandes artistas populares, después de burilar sus gestas y sus gestos, se encargaron de apresurar en las imprentas la salida de “hojas volantes” donde Ponciano Díaz volvía a ser noticia.

   Tanta era la popularidad del “diestro de Atenco” que incluso tuvo un club denominado “Sociedad Espada Ponciano Díaz” que presidió el general Miguel Negrete, héroe de la batalla del 5 de mayo en Puebla. Más de una vez, el citado militar recibió sendas llamadas de atención por salir enarbolando el pendón de la sociedad, enfundado en su mismísimo traje de batalla.

   La devoción por el torero de Atenco creció tanto, que en mayo de 1888 fue propuesto para ocupar el cargo como diputado al Congreso de la Unión:

    A los hijos de Toluca, Tianguistenco y de Galeana les suplicamos se fijen y den su voto para diputado al Congreso de la Unión a Ponciano Díaz pues no por ser torero pierde el derecho de ciudadano. Pruebas ha dado de moralidad y circunspección, para ser acreedor al voto de sus conciudadanos para ejercer dicho cargo. Vidal Tovar, Francisco Tovar, Adolfo Tovar, Luciano Almazán, Encarnación Valencia, Juan Arreguín, Luis G. Díaz, Cástulo Ramírez, Juan Corona, Cenobio García.

    Por fortuna para la “Asamblea Nacional y para el buen concepto de la Nación”, la petición no prosperó, pero quedó asentada como un precedente que hoy nos resulta curioso y anecdótico. La idolatría de la que fue objeto este torero quedó plasmada en una frase utilizada cuando alguien presumía de más y  que habla por sí misma:

   “¡Ni que fuera usted Ponciano!…”

   También las enfermedades utilizaron la fama del torero, en 1888 hubo una epidemia de gripe a la que se le llamó “el abrazo de Ponciano”.

   Don Quintín Gutiérrez socio de Ponciano Díaz y abarrotero importante, distribuyó una manzanilla importada de España con la “viñeta Ponciano Díaz”.

   En las posadas, fiesta tradicional que acompaña al festejo mayor de la navidad, al rezar la letanía contestaban irreverentemente en coro: “¡Ahora, Ponciano!” para sustituir el “Ora pro nobis”.

   Don José María González Pavón y el general Miguel Negrete obsequiaron al diestro mexicano los caballos “El Avión” y “El General” y fue el mismo Ponciano Díaz quien se encargó de entrenarlos. Con esos dos jamelgos lució lo mejor de su repertorio en ruedos españoles.

   El cine también tuvo como protagonista al “valiente torero”. Los señores Churrich y Moulinie, representantes de los Lumière en México filmaron una primitiva película en Puebla, allá por agosto de 1897 que titularon: “Corrida entera de la actuación de Ponciano Díaz”. En fin, sólo faltaba que Ponciano vistiera la casaca de don Porfirio y que este luciera un buen sombrero jarano para que las cosas llegaran a terrenos de lo inverosímil.

   Debemos recordar tres detalles que pintan por sí mismos el perfil del espada atenqueño. Uno de ellos refleja la popularidad del diestro al comparársele con la aceptación hacia los curados de Apam; el otro, aunque suene irreverente, se relaciona con la competencia en términos de fama entre el culto a la virgen y su propio prestigio. El tercer asunto tiene que ver con una sabrosa anécdota que contaba el filósofo Porfirio Parra en estos términos:

   En efecto, habemos dos Porfirios: don Porfirio y yo. El pueblo respeta y admira más a don Porfirio que a mí. Qué le vamos a hacer.

   Aunque tengo mi desquite.

   También hay dos Díaz: Ponciano y don Porfirio, el pueblo le hace más caso a Ponciano que a don Porfirio.

MÉXICO TAURINO, AÑO 2, Nº 25, 14 dic. 1905

Ponciano Díaz montando, probablemente a su famoso caballo “El Avión”. Revista México Taurino, Año 2, N° 25 del 14 de diciembre de 1905.

 Así entendemos una vez más la notoriedad del “torero con bigotes”.

   Ponciano Díaz cuya cuna fue Atenco, ganadería de historial hasta entonces tres veces centenario, se formó como el perfecto jinete y el mejor lazador para las constantes tareas que exigían las jornadas cotidianas del lugar. A su vez, su padre, tíos y hermanos también estuvieron ligados con aquellos quehaceres y pronto fueron hábiles no solo en lazar y pialar, también -sólo algunos de ellos- en torear. Por supuesto que Ponciano asimiló todo aquel esquema ganando terreno, haciéndose de arraigo entre el pueblo por lo que este lo elevó a estaturas insospechadas.

   Aquellas formas de lidiar, hoy en día quizás causen curiosidad o repudio. Pero en su época así era como se toreaba: “a la mexicana”, sello original de lo que el campo proyectaba hacia las plazas sin olvidar las bases de la tauromaquia española, que no quedaron desplazadas gracias a la participación del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda.

   En 1885 “El Diario del Hogar” daba la siguiente noticia: “Podemos asegurar que ninguno de los toreros extranjeros que últimamente han toreado en esta capital está a la altura de Ponciano Díaz”. Probablemente fue el primer diestro que rompió con la tradición, según la cual, los toreros de provincia tenían el monopolio de su plaza; Ponciano Díaz logró apoderarse de su público pues era un torero de aceptación nacional.

   Por otra parte, el diestro Gerardo Santa Cruz Polanco, ante la incertidumbre que mostró Ponciano Díaz en cuanto a su estilo de torear (siguiendo los cánones españoles o a la usanza mexicana) protestó de una manera singular. Encabezó una cuadrilla formada netamente al estilo mexicano, la llamó “Cuadrilla Ponciano Díaz”. Le reprochó su actitud quizás en estos términos: “Ponciano, así como eres así debiste haber seguido”. En medio de esa tormenta se desató el último capítulo de la vida torera de Ponciano Díaz.

   En 1887 su tauromaquia se enfrentó a la “reconquista” de los diestros españoles, quienes abanderados por José Machío, Ramón López y Mazzantini mismo, impusieron el toreo de a pie, según la tradición española y en su versión más moderna. Esto ocurría exactamente en los momentos en que las corridas de toros en el Distrito Federal fueron reanudadas, luego de haber estado prohibidas cerca de 20 años. A todo ello se unieron poco a poco grupos de aficionados, como el “Centro taurino Espada Pedro Romero” encabezados por Eduardo Noriega “Trespicos” y Carlos Cuesta Baquero “Roque Solares Tacubac”, quienes emprendieron intensa campaña periodística, fomentando los principios de ese toreo. Poco a poco el público fue aceptando la doctrina, rechazando el quehacer de los diestros nacionales.

   Para Ponciano Díaz, este acontecimiento marcó una sentencia definitiva, y aunque abraza por conveniencia aquel concepto, prefiere no traicionar sus principios nacionalistas, llevándolos hasta sus últimas consecuencias. Es decir, una pérdida de popularidad y de interés de parte de sus seguidores. Dos fueron sus refugios: la provincia y la bebida.

   Ponciano Díaz en su papel de empresario no tuvo mucha suerte. Compró ganado de procedencia sospechosa, el cual terminaba lidiándose en su plaza de “Bucareli”. Dichos toros, o remedo de estos, eran mansos, ilidiables y pequeños, lo que puso en evidencia la escasa reputación con que contaba Ponciano Díaz luego de varios años de ser considerado el torero más querido de la afición mexicana. Lástima que su fama se convirtiera en infortunio, y lo que pudo ser una trayectoria llena de pasajes anecdóticos de principio a fin, sólo se conservó fresca durante algunos años.

ORLAS

   La vida rural y urbana se encontraron fuertemente ligadas al propio acontecer de Ponciano Díaz Salinas. Es importante destacar que en lo rural personajes de la ganadería tales como los caudillos, vaqueros y caballerangos, dueños de una destreza a toda prueba, desarrollaron actividades que dieron brillo e intensidad al conjunto de labores propias del campo.

   En la ciudad, independientemente de los acontecimientos políticos o económicos del momento, el pueblo quiere divertirse, y qué mejor manera de hacerlo que acudiendo a las corridas de toros, donde va a encontrarse con un mosaico de situaciones que llegan directamente del campo y se depositan en las plazas, escenarios donde el arte y la técnica se dan la mano, igual que lo campirano y lo taurino.

   Las historias que se relacionan con las corridas en donde actuaba Ponciano Díaz, nos cuentan que demostraba buena voluntad para agradar.  La innovación en el modo de herir (pasar del mete y saca al volapié), hizo que renaciera la idolatría  por el torero, fue puesto  no sólo al nivel de los “gachupines” sino por encima de ellos. Eso dijeron sus partidarios, sin considerar que su modo de torear en lo relativo al manejo del capote y la muleta era el mismo porque no podía modificarlo.

   Cuando Ponciano Díaz dio alguna corrida a su beneficio en la plaza de toros COLÓN, su público fiel lo ovacionó durante quince minutos, en los cuales los concurrentes, especialmente los de localidades de “sol”, estuvieron vitoreando al “torero adorado sobre todos los toreros habidos y por haber”. Así se expresó el periódico “El arte de la lidia”  agregando que Ponciano “era amado sobre todos los existentes y sobre los venideros”, no estando entonces prevista la aparición de Rodolfo Gaona. Fue ésta una auténtica muestra de patriotería que perdió totalmente los estribos.

   Los tendidos de las plazas, además de estar colmados de entusiastas aficionados, sirvieron para que las modas imperantes aprovecharan las pasarelas de los cosos de SAN RAFAEL, PASEO, COLÓN, COLISEO o BUCARELI para mostrar el repertorio de rasos y sedas, sobre todo, en vestidos de gran elegancia lucidos por algunas de las mujeres de la sociedad, que comienzan a acudir a las corridas; también los sombreros de bombín o los populares “de piloncillo” estuvieron presentes.

  A partir de 1885, la reconquista taurina desplazó poco a poco un nacionalismo taurino cuyo último reducto fue Ponciano Díaz, pues habiendo tantos toreros de estilo común al que el atenqueño abrazó, se rindieron ante ese nuevo amanecer o terminaron -como terminó Ponciano- en el refugio provinciano, en donde el citado “nacionalismo” dio sus últimas boqueadas.

   Con el siglo que terminaba, también se fue Ponciano Díaz (15 de abril de 1899). El torero nacional que gozó de popularidad sin igual, enfrentó la llegada y asentamiento del nuevo amanecer taurómaco, conducido por los toreros españoles Luis Mazzantini y  Ramón López.

 Ha concluido ya su historia…

Ya no existe aquel Ponciano;

el arte también concluye

y lloran los mexicanos.

    Todo tipo de poetas, mayores y menores le han escrito al amor y a la muerte; a la razón de ser feliz y a la soledad. Parecen temas de nunca acabar porque son de ordenes universales,  siempre presentes en todas las épocas.

   Hubo en el último tercio del siglo XIX un auténtico personaje popular al que poetas de esas dos vertientes lo cantaron y lo repudiaron; lo elevaron a niveles nunca concebidos y lo hundieron casi hasta el fango. Ponciano Díaz Salinas es su nombre. El romanticismo y el modernismo con sus distintas corrientes amen de otro género, el lírico-musical “que el pueblo de México ha venido cultivando con amor desde hace más de un siglo: El corrido” (Vicente T. Mendoza: El corrido mexicano) fueron elementos de exaltación presentes en aquellos momentos.

   Con excepción de Francisco Sosa en su Epístola a un amigo ausente (1888), el mayor número de las composiciones dedicadas al torero son de auténtica raigambre popular, producto de lo que les mandara su inspiración, una inspiración sincera e ingenua; o combativa y de advertencia.

   De hecho, en los tiempos del esplendor porfirista y los primeros del desorden revolucionario el modernismo comienza, evoluciona y muere entre los últimos veinticinco años del siglo pasado y el primer cuarto del XX. Quedan, como es lógico resquicios de un romanticismo decadente que gusta todavía en nuestro tiempo, como lo hacen esas grandes expresiones surgidas en otras épocas.

   Una cantidad respetable de composiciones emanadas de dichos estilos, se han localizado repartidas en diversas publicaciones que van desde las hojas volantes hasta lo registrado en libros afines o no al tema en estudio. Es por esto que vale la pena reunir ahora todo ese contexto o citar las más curiosas sin olvidar las fuentes bibliográficas que registren cada uno de esos testimonios.

   Según nuestras revisiones, el número de poemas o corridos escritos por y para Ponciano Díaz supera los 40. Además, y fuera ya de la temática se localizan también otros pocos ejemplos sobre libretos de zarzuelas que si bien, llevan implícitos el orden de composición asumida en el verso o en el poema como tal, no entran a formar parte de esta semblanza.

   A continuación, y para terminar, presento a ustedes un claro ejemplo de aquella poesía popular consagrada al “Gran torero Ponciano”:

 Alcanzó muy alta fama,

fue de mucha valentía;

en muchas plazas toreó

con valor y gallardía.

 

Su fama no desmintió,

pues en las plazas de España

manifestó que era bueno,

y de paso buena espada.

 

Desde su muy tierna edad

se dedicó a ser torero,

pues nacido y creado fue

allá en la hacienda de Atenco.

 

Su padre bien lo enseñó:

fue charro a prueba cabal,

y en lazo y en la cola

no tuvo ningún rival.

 

Banderilleaba a caballo

a cualquier bicho rejego,

y esto lo subía de fama

y aquilataba su precio.

 

Como torero moderno

alcanzó bastantes glorias,

y en las plazas que lidio

dejó muy gratas memorias.

 

Por la muerte de Gaviño,

que fue excelente torero,

su puesto ocupó Ponciano

con bravura y con denuedo.

 

Muy hábil diestro salió:

nunca desmintió su fama,

y en el arte de la lidia

hizo muy grandes hazañas.

 

Si antes de morir Gaviño

hubiera visto a Ponciano,

hubiera sido el primero

en tratarlo como hermano.

 

Se acabaron los toreros

de aquella época pasada,

en que había diestros muy buenos

y de veras se lidiaba.

 

Ponciano fue de esa plaza,

siempre lidio con limpieza,

no tenía miedo a los toros

al empuñar la muleta.

 

No hubo plaza en que no fuera

de todo el mundo apreciado,

luego que se presentaba

gritaban: “¡Ahora, Ponciano!”

 

Siempre con trajes lucidos

salía, pues, al redondel,

y los vivas a Ponciano

era lo que había que ver.

 

Aun el mismo Mazzantini

su valor con él midió,

y tuvo el gusto Ponciano

de ser un buen toreador.

 

En Jalisco, en Monterrey,

en Coahuila, en Zacatecas,

en Puebla y en muchas partes

sus glorias están aún frescas.

 

En Puebla tuvo la gloria

de que el público entusiasta

quitó las mulas al coche

para llevarlo a la plaza.

 

Bandas y coronas tuvo,

como se dice, de a bola,

porque siempre fue simpático

y elogiado a toda hora.

 

fue un hijo muy obediente,

a su madre quiso mucho,

y quizá la muerte de ella

lo hizo bajar al sepulcro.

 

Esa parca fiera y cruel

del mundo se la ha llevado,

pero nos deja recuerdos

a todos los mexicanos.

 

Ha concluido ya su Historia:

y no existe aquel Ponciano,

el arte también concluye

y lloran los mexicanos.

 

Mas en esa losa fría

que deposita sus restos,

nuestros recuerdos reciba

rezándole un Padre Nuestro.

 

Los toreros españoles

también deben de sentirlo,

pues lo trató con aprecio

y se mostró buen amigo.

 

Adiós, querido Ponciano,

nos dejas gratos recuerdos,

y desde el punto en que estés

te enviaremos nuestro afecto.

 

En fin, se acabó Ponciano,

ya no volverá a torear:

ha pasado ya a la historia:

duerme para siempre en paz.

    Hasta aquí la semblanza del torero mexicano Ponciano Díaz Salinas que, como vemos, tuvo la oportunidad de trascender su quehacer no solo a nivel nacional. También lo hizo en el extranjero y aquí, en España no fue la excepción. Espero que al ocuparme de él en lo que para nosotros los mexicanos consideramos a España como la “cuna del toreo”, haya quedado recuperada su figura, como la que en su momento alcanzó otro “mexicano universal”: Rodolfo Gaona, diestro que tuvo la fortuna no solo de alternar -entre otros- con “Joselito” y Belmonte, sino de haber formado con ellos la recordada “época de oro del toreo”.

   Es mi deber como mexicano, pero también como historiador decir que la actuación de los diestros connacionales en España ha sumado importantes capítulos, de lo cual espero, en otra ocasión, poderles contar lo que significaron para la tauromaquia.

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Imagen incluida en el libro de Mario Colín: El corrido popular en el Estado de México. Dibujos de Jesús Escobedo. México, Imprenta Casas, S.A., 1972. 556 p. Grabs., ils. (Biblioteca Enciclopédica del Estado de México, XXV).

 MUCHAS GRACIAS.


[1] Conferencia dictada en la II Feria Internacional del Toro (Sevilla, España) el 13 de abril de 1999. A 15 años de diferencia, no ha perdido sustancia, por lo que vale la pena su puesta al día, motivo suficiente para homenajear al personaje que hoy se aborda.

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