Archivo de la categoría: FIGURAS, FIGURITAS Y FIGURONES

HOY RECORDAMOS A MANOLO MARTÍNEZ, 21 AÑOS DESPUÉS DE SU PARTIDA.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

MANOLO MARTÍNEZ. COLECCIÓN: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Manolo Martínez pertenece a la inmortalidad desde el 16 de agosto de 1996, al abandonar este mundo luego de haber logrado uno de los imperios taurinos más importantes del siglo pasado.

Su sola presencia alteraba la situación en la plaza, y como por arte de magia, todos aquellos a favor o en contra del torero revelaban su inclinación.

Parco al hablar, dueño de un carácter enigmático, adusto, con capote y muleta solía hacer sus declaraciones más generosas, conmoviendo a las multitudes y provocando un ambiente de pasiones desarrolladas antes, durante y después de la corrida.

En sus inicios como torero, el regiomontano Manolo Martínez, comparte una época donde la presencia de Joselito Huerta o Manuel Capetillo determinan ya el derrotero de aquellos momentos. Dejan ya sus últimos aromas Lorenzo Garza y Alfonso Ramírez Calesero. Carlos Arruza recién ha muerto y su estela de gran figura pesa en el ambiente.

En poco tiempo Manolo asciende a lugares de privilegio y tras la alternativa que le concede Lorenzo Garza en Monterrey  inicia el enfrentamiento con Huerta y con Capetillo en plan grande, hasta que Manolo termina por desplazarlos. También acumula una etapa en la que se confronta con Raúl Contreras Finito. Su inesperada muerte terminó con aquel episodio más pronto que ya.

Su encumbramiento se da muy pronto hasta verse solo, muy solo allá arriba, sosteniendo su imperio a partir de la acumulación de corridas y de triunfos. Pronto llegan también a la escena Eloy Cavazos, Curro Rivera, Mariano Ramos y Antonio Lomelín quienes cubrirán una etapa polémica en el quehacer taurino contemporáneo.

Hombre solitario, artista capaz de dar rienda suelta a sus emociones internas. Manolo Martínez quien con su peculiar forma de ser en el ruedo creaba un ambiente propicio para las “pasiones y desgracias”, que dijera el gran poeta Miguel Hernández.

En la plaza, el público, impaciente, comenzaba a molestarlo y a reclamarle. De repente, al sólo movimiento de su capote con el cual bordaba una chicuelina, aquel ambiente de irritación cambiaba a uno de reposo, luego de oírse en toda la plaza un ¡olé! que hacía retumbar los tendidos.

Para muchos, el costo de su boleto estaba totalmente pagado. Con su carácter, era capaz de dominar las masas, de guiarlas por donde el regiomontano quería, hasta terminar convenciéndolos de su grandeza. No se puede ser “mandón” sin ser figura.

   No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente. (Guillermo H. Cantú).

El diestro neoleonés acumuló muchas tardes de triunfo, así como fracasos de lo más escandalosos. Con un carácter así, se llega muy lejos. Nada más era verle salir del patio de cuadrillas para encabezar el paseo de cuadrillas, los aficionados e “istas” irredentos se transformaban y ansiosos esperaban el momento de inspiración, incluso el de indecisión para celebrar o reprobar su papel en la escena del ruedo.

Manolo ser humano, de “carne, hueso y espíritu” le tocó protagonizar un papel hegemónico dentro de la tauromaquia mexicana en los últimos 30 años del siglo pasado.

Manolo Martínez procedía de una familia acomodada. Nació el 10 de enero de 1947 en Nuevo León. Sobrino-nieto del presidente constitucionalista Venustiano Carranza, mismo que, de 1916 a 1920 prohibió las corridas de toros en la ciudad de México, por considerar que

…entre los hábitos que son una de las causas principales para producir el estancamiento en los países donde ha arraigado profundamente, figura en primer término el de la diversión de los toros, en los que a la vez que se pone en gravísimo peligro, sin la menor necesidad la vida del hombre, se causan torturas, igualmente sin objeto a seres vivientes que la moral incluye dentro de su esfera y a los que hay que extender la protección de la ley.

Su padre, el Ingeniero Manuel Martínez Carranza participó en el movimiento revolucionario, para lo cual se unió a las filas del Ejército Constitucionalista, llevando el grado de Mayor.

A su madre, doña Virginia Ancira de Martínez le hizo pasar tragos amargos, porque Manuel, desde un principio dio muestras de rebeldía, integrándose a la práctica de la charrería que combinaba con sus primeros acercamientos al toreo, gracias a que su hermano Gerardo contaba con una ganadería, no precisamente de toros bravos.

Todo esto motivó el rechazo familiar. El colmo es cuando anuncia que deja los estudios de veterinaria en la Facultad de Ingeniería del Tecnológico de Monterrey para cumplir con su más caro deseo: hacerse torero.

“Déjenle que pruebe sus alas y sus ilusiones…” dijo doña Virginia a la familia. Y antes de partir a los sueños impredecibles, le advirtió a Manuel: “Ve, anda, si quieres ser torero, demuestra tu valor. Si no eres el mejor, regresa al colegio. Recuerda que en esta casa no hay cabida para los mediocres…” Tales palabras sonaron a sentencia en los oídos del joven, que ya no tenía más voluntad que la de convertirse en una gran figura del toreo.

A pesar de que no había problemas económicos en la familia Martínez Ancira, Manuel se marchó empezando sus correrías sin más ayuda que su deseo por verse convertido en “matador de toros”. Puede decirse que a partir del domingo 1° de noviembre de 1964, tarde en la que triunfó en la plaza de toros AURORA, nacía, la gran figura del toreo mexicano.

No sólo enfrentó el peligro ante los toros, sino también en otras circunstancias como tomar una motocicleta y buscar los caminos más difíciles y sinuosos, como también pilotear una avioneta y describir piruetas en el aire ante el asombro de muchos.

Corto de palabra, reducía sus diálogos a unos cuantos monólogos o a unas cuantas respuestas. Era como artista, una fuerza poderosa e indescriptible, surgiendo con ello los hilos de comunicación que se entrelazaban en un diálogo estentóreo, misterioso que conmocionaban los cimientos de cualquier plaza donde se presentara.

Consagrado sufrió serias cornadas, siendo la de BORRACHON, de san Mateo la que lo puso al borde de la muerte, dada la gravedad de la misma. Fue un percance que alteró todo el ritmo ascendente con el que se movía de un lado a otro el gran diestro mexicano.

De hecho, la muerte casi lo recibió en sus brazos, de no ser por la tesonera labor del cuerpo médico que lo atendió. Tal herida causó un asentamiento de firmeza en el hombre y en el torero. Se hizo más circunspecto y calculador. De ahí probablemente su altivez, pero, al fin y al cabo una altivez torera.

Como figura fue capaz de crear también una serie de confrontaciones entre sus seguidores, que eran legión y los que no lo eran, también un grupo muy numeroso. Su quehacer evidentemente estaba basado en sensaciones y emociones, estados de ánimo que decidían el destino de una tarde. Así como podía sonreír en los primeros lances, afirmando que la tarde garantizaba un triunfo seguro, también un gesto de sequedad en su rostro podía insinuar una tarde tormentosa; tardes que, con un simple detalle se tornaban apacibles; luego de la inquietud que se hacía sentir en los tendidos.

Ese tipo de fuerzas conmovedoras fue el género de facultades con que Manolo Martínez podía ejercer su influencia, convirtiéndose en eje fundamental donde giraban a placer y a capricho suyos las decisiones de una tarde de triunfo o de fracaso.

Era un perfecto actor en escena, aunque no se le adivinara. De actitudes altivas e insolentes podía girar a las de un verdadero artista a pesar de no estar previstas en el guión de la tarde torera.

Pesaba mucho en sus alternantes y estos tenían que sobreponerse a su imagen; apenas unos movimientos de manos y pies, conjugados con el sentimiento, y Manolo transformaba todo el ambiente de la plaza.

Quienes estamos cerca de la fiesta, debemos despojarnos de la camisa de las pasiones y de los alegatos sin sentido, para ir entendiendo la misión de uno de los más grandes toreros mexicanos del siglo XX.

Su proyección hacia otros países también deja una honda huella que se reconoce perfectamente, a pesar de las posibles omisiones, por lo que su obra quedó inscrita en el universo taurino.

La tauromaquia de Manolo Martínez es una obra soberbiamente condensada de otras tantas tauromaquias que pretendieron perfeccionar este ejercicio. Sus virtudes se basan en apenas unos cuantos aspectos que son: el lance a la verónica, los mandiles a pies juntos y las chicuelinas del carácter más perfecto y arrollador, imitadas por otros tantos diestros que han sabido darle un sentido especial y personal, pero partiendo de la ejecución impuesta por Martínez.

En el planteamiento de su faena con la muleta, todo estaba cimentado en algunos pases de tanteo para luego darse y entregarse a los naturales y derechazos que remataba con martinetes, pases de pecho o los del “desdén”, todos ellos, únicos en su género.

La plaza era un volcán de pasiones, cuyas explosiones se desbordaban en los tendidos, hasta que el estruendo irrepetible de cien o más pases dejaba a los aficionados sin ya más fuerzas para agitar las manos después de tanto gritar.

Capote y muleta en mano eran los elementos con que Manolo Martínez se declaraba ante la afición. Lo corto de sus palabras quedaba borrado con lo amplio y extenso de su ejecución torera.

Manolo Martínez cimentó durante todo su recorrido profesional la imagen que nos dejó. Ahora perdura sólo el recuerdo del gran torero olvidando rencillas y rencores inclusive entre sus más declarados enemigos.

Sus triunfos, pero también sus fracasos como torero dejaron huella. Es decir, hablamos de los extremos, del bien o del mal, del amor o del odio, de la vida o la muerte. Manolo supo forjar momentos de grata memoria, pero también de aciaga condición.

Como todo gran torero, España fue otra meta a seguir. En 1969 logra sumar 49 actuaciones a cambio de tres cornadas que le impidieron llegar probablemente a las 80 corridas. El espíritu de conquista se dio con Manolo, puesto que logró convencer a la exigente afición hispana

La pasión de los toros…, según Manolo Martínez lo lleva a entregarse a una de las ambiciones de todo gran torero: dedicarse a la crianza de toros bravos. Es por eso que movido por sus deseos en 1976 y en el rancho de Guadalupe, municipio de Llera, Tamaulipas, funda su propia ganadería, destinando para ello simiente de Garfias, san Martín, Torrecilla, Valparaíso, lo que marca la influencia total de SAN MATEO, alma esencial de la ganadería mexicana durante casi todo el siglo pasado.

Se involucró tanto en esta actividad que al mismo tiempo que logró un ganado con estilo propio, apoyó también a los principiantes, en quienes puso todo su empeño, al grado de que Enrique Espinosa “El Cuate” gozó de las recomendaciones del “maestro”, quien en todo momento confió en este muchacho pero que no cuajó como era de esperarse.

Y Manolo no era el hombre dedicado en cuerpo y alma a su profesión. También era hombre de sentimientos. El 9 de mayo de 1969 se casó con Bertha Asunción Ibargüengoitia Cortázar, emparentada con ganaderos de reses bravas fundamentales en el quehacer taurino mexicano.

Con el tiempo los hijos fueron llegando: Bertha, Manuel Fernando y Mónica. La familia Martínez-Ibargüengoitia gozaba de los pocos días que Manolo no tenía comprometidos para torear. En esa intimidad, el señor Manuel Martínez Ancira hallaba refugio, amor y cariño.

Qué difícil condición la de ser torero cuando se llega tan alto. Ahora comprendemos en su exacta dimensión el papel desempeñado por uno de los grandes en el toreo mexicano: MANOLO MARTINEZ.

Manolo el hombre, la figura que, enfundada en el hábito de los toreros -el majestuoso traje de luces-, nos legó multitud de recuerdos que hoy siguen causando emoción y polémica.

He aquí un pequeño rasgo de la majestad torera, del sentido humano alcanzados –en frase muy atrevida y discutible también- por el mejor torero mexicano de los últimos tiempos: MANOLO MARTINEZ.

16 DE AGOSTO DE 2017.

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JOSÉ LUIS CUEVAS. IN MEMORIAM.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Ha muerto, y no escapó esta íntima circunstancia al enredo de la polémica, el pintor José Luis Cuevas. Como vemos, hasta en su desenlace mismo se rodeó de esos ruidos tan inquietos como él mismo. El hecho es que ante la ausencia de un personaje de tal magnitud debemos dejar que la historia inmediata y apasionada se desborde. Esperaremos razonablemente a que la historia hecha y reflexionada a la distancia, permita conocer y reconocer su obra, al margen de todos los efectos levantiscos, contestatarios e iconoclastas que abanderó en cuanta oportunidad tuvo de hacerlo.

Lamento el hecho y desde aquí, me sumo a la larga lista de quienes se unan al duelo. No faltara esa otra cantidad de personas que descarguen su lenguaje, su ira o hasta sus más oscuros sentimientos para decir algo de él, o en contra de él.

   Ya lo decía María Félix: “Si hablan bien o mal de mí, pero que hablen”.

Allá por los comienzos de 1966, se desataba una polémica que hizo explosiva Fernando Benítez, al autocalificarse como el “jefe de la mafia”, lo cual incomodó a más de uno de los muchos intelectuales que por entonces realizaban un ejercicio de reflexión, comprometidos con sus tareas. Parecería por tanto que un joven José Luis Cuevas se uniría a la causa. Desconozco si así ocurrió. El hecho es que para mayo de ese mismo año, presentó en dos salas de Galería de Arte de Coleccionistas una selección de su obra, en la que no faltaron motivos para que buena parte de la crítica se le fuera materialmente a la “yugular”, con objeto de pulverizarlo.

Afortunadamente dispongo de una muestra para conocer en forma detallada parte de aquel asunto y que comparto a continuación.

El Sol de México, edición del domingo 15 de mayo de 1966.

Veamos en detalle la obra:

“Bertha y yo toreando a GOYA-TORO” (Obra de 1961).

   En aquella época, su pareja, la señora Bertha Riestra fue convertida en torera, y ostentando un vestido negro, se le ve pasar de muleta a un bravo toro que es montado –con silla y todo-, por José Luis Cuevas que se balancea en los lomos del ejemplar. José Luis, como todo torero que se precie, lleva el traje de luces y luce sonriente mientras enaltece desde ese trabajo a la tauromaquia, expresión que hizo suya en cuanta oportunidad pudo, como aquella, que supongo haya sido la última, cuando acudió como invitado al palco de transmisiones para hacer las narraciones pertinentes la tarde del 7 de noviembre de 1993.

En esa ocasión, además de enriquecer la reseña, que seguramente lo debe haber hecho con la vivacidad de quien teniendo un micrófono en las manos y volcarse así en infinidad de asuntos, se hizo acreedor, no podía ser la excepción a las flechas venenosas de los gritos del tendido.

José Luis Cuevas. SINAFO_31302

Veamos qué paso con la notoria presencia del “Narciso mexicano” en la plaza.

El asunto de que un pintor acuda a los toros no es ningún acontecimiento notable, puesto que los vemos como aficionados comunes que somos todos en el tendido, receptor este de la democracia sin más. Pero el hecho de que José Luis Cuevas fuera invitado para acompañar los comentarios por televisión ese domingo 7 de noviembre mueve a diversidad de anotaciones.

Goya, Picasso, Ruano Llópis. Casimiro Castro, Rugendas, Orozco, Rivera y ahora, Cuevas. Discutido como artista y personaje juntos.

“¡José Luis Cuevas ese toro pinta como usted: de la *&Ç!”, fue el grito expresivo se le envió desde las alturas, como puyazo artero luego de comparar su arte con un toro de pésima lidia que le correspondió al rejoneador. Grito vox populi. Sin embargo, el artista, eje de la ruptura con el muralismo y punta de lanza en el arte pictórico de hoy no escapa a la crítica ni a las envidias. Su protagonismo intelectual en medio de posmodernismos y “performances”, pero sobre todo, en medio de marcada pobreza intelectual, escala alturas que muy pocos ascienden y logran mantener. Ni hablar. Es como de pronto recordar el capítulo de los “mandones” en el toreo, para depositarlo en figura tan connotada del medio intelectual.

Manolo Martínez, el futuro “mandón”, frente a la obra de un artista universal. Francisco de Goya y Lucientes. Esto sucedía en mayo de 1968, cuando realizó su primer viaje a España. El Heraldo de México, edición del viernes 31 de mayo de 1966.

Por cierto, para eso de los “mandones” nada mejor que andar a la caza del excelente libro de nuestro buen amigo Guillermo H. Cantú y que recomiendo ampliamente. Se trata de: Manolo Martínez, un demonio de pasión. México, Diana, 1990. 437 pp. ils.

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MANUEL GARCÍA SANTOS, PERIODISTA.

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

A Jesús Solórzano, In Memoriam.

A la izquierda, Manuel García Santos en un apunte de Antonio Báez. A la derecha, cabecera de una de sus más célebres publicaciones. Col. del autor.

   Luis Ruiz Quiroz (qepd) incluyó en sus imprescindibles “Efemérides Taurinas Mexicanas” (México, “Bibliófilos Taurinos de México, A.C.”, 2006) una que correspondería con el día de hoy:

1980.-Muere en México el escritor y periodista taurino español Manuel García Santos (p. 96).

Sin embargo, existe un error que conviene aclarar.

Hace cosa de unos días, tuve oportunidad de platicar con el Sr. Antonio García Suárez, hijo de don Manuel. Al concederme una pequeña entrevista, considero pertinente compartirla con los amables lectores.

Es curioso el hecho de que tanto José Gómez Ortega como Manuel García Santos nacieron el 8 de mayo de 1895. Sin embargo y con el tiempo Manuel sería un belmontista convencido.

Los sitios de nacimiento fueron –en el caso del célebre “Gallito”- en Gélvez, Sevilla. Para el futuro periodista, la cuna fue Arcos de la Frontera, provincia de Cádiz.

Siendo ya un joven vive durante varios años en Málaga donde estudia una carrera normalista para ser maestro. Más tarde lo haría en la Universidad, cursando Filosofía y Letras.

Manuel García Santos gana oposiciones y se va a vivir a Oviedo donde imparte clases durante un par de años. Mientras tanto escribe en “La Región” de Oviedo. Por aquellos días conoce a un asturiano que se llamó Bernardo Casielles, célebre torero en su momento y que incluso vino a México, alternando entre otros con Rodolfo Gaona. Casielles apoya en forma importante a Manuel, de ahí que conservaran su amistad por muchos años.

De Oviedo se va de nuevo a Málaga y ahí comienza a escribir de toros en “La Unión Mercantil” por cuatro o cinco años, definiéndose en la crítica taurina. Más tarde, se convierte en director de dicha publicación. Por aquella época, consolida su amistad con otro personaje clave en su vida: Álvaro Domecq.

Durante la guerra civil año 40 para ser exactos ya está en Madrid. Trabaja en un periódico deportivo llamado “Gol”, donde escribe y termina dirigiendo la publicación. Mientras tanto, por aquellos tiempos surge en él la idea de crear una revista que ya materializada se convirtió en “El Ruedo”. Sin embargo este semanario aparece sin llevar la esencia que García Santos había pensado. Incansable en sus quehaceres, escribió y también dirigió “Marca”, otra publicación en la que se dieron a conocer sus opiniones relacionadas con el ambiente taurino.

Aparte de estos menesteres, tuvo la dicha de ganar varios premios periodísticos ajenos al toro. En agosto de 1947 Se muere “Manolete” por lo que Manuel se va a Córdoba con objeto de preparar un libro dedicado a la memoria del torero recién desaparecido. En forma por demás asombrosa, para septiembre del 47´ ese trabajo ya está circulando. Es un libro austero, en rústica, con un papel muy malo, que incluso merece una reedición. Y es que no hubo más remedio que hacerlo pues por entonces había escasez de papel en España.

Su relación con los “Bienvenida”, los “Dominguín” o los Vázquez es absoluta, tanto que “Pepín” Martín Vázquez sugiere a Manuel que vaya a México a buscar nuevos horizontes, pero con objeto de extender la obra dedicada al propio Manuel Rodríguez. Ya en este país hace de todos menos escribir del libro de “Manolete”. Su llegada a México ocurre a finales de aquel mismo año (es decir, 1947). Es importante recordar que en España llegó a utilizar el seudónimo “Jarilla”.

Comenzó a colaborar fundamentalmente en un programa radiofónico del “gallego”, propiedad de un Sr. Tuero, refiriéndose evidentemente a Arsenio Tuero.

En 1938 surge la XERH. En la frecuencia de 1500 Khz. se ubicó esta emisora, concesionada a Arsenio Tuero (hermano del famoso “Barítono de Argel” Emilio Tuero), en cuyas transmisiones se alternaba la música tropical y la música española.

Otro espacio donde participó mi padre realizaba programas fue en la célebre estación XEW.

También colaboró  en el semanario “El Redondel. El periódico de los domingos” y en el “Excelsior”. Vino después la idea de publicar “El Ruedo de México”, cuyo primer número salió en octubre de 1948 hasta alcanzar las 141 ediciones, culminando así en marzo de 1954.

Al llegar a México tuvo de inmediato el apoyo tanto de la casa “Pedro Domecq” como de Carlos Prieto, funcionario en la empresa “Fundidora Monterrey”.

Ganó un premio periodístico convocado por “Excelsior” para lo cual utilizó el seudónimo “Ícaro”.

Conviene recordar que durante los años de 1954 y hasta 1966, no se tiene claro cuáles fueron sus actividades, pero es probable que en esos casi 12 años encontrara espacio en otras publicaciones que seguirán buscándose.

Mientras tanto, García Santos realizó un guión cinematográfico que nunca se logró, el cual pretendía ocuparse del tema taurino, y más aún sobre “Manolete”. Jaime Salvador, director español radicado en México, fue quien le hizo el encargo. Conservo además un trabajo –entre manuscrito y mecanuscrito-, el cual iba a ser un libro que pretendía ser una nueva biografía de Rodolfo Gaona siendo este un encargo más que le hizo la casa “Pedro Domecq”, la cual también editó un ejemplar de otra más de las publicaciones que dirigió García Santos. Me refiero a “TORO”, revista de gran formato que circuló entre 1965 y 1966.

Entre los años de 1966 y hasta 1975 aproximadamente escribe casi a diario su célebre columna “Desde mi barrera”, asunto que se confirma al revisar en la hemeroteca “Lerdo de Tejada” (sito en República del Salvador, en esta ciudad de México) cada uno de los ejemplares que circularon en ese periodo de tiempo. Quien suscribe puede afirmar que el trabajo es arduo, de largo aliento, y esto tomará un buen número de meses, debido a lo caudaloso de sus colaboraciones a las cuales se agrega otra columna más que se publicó en la década de los 70. Me refiero a “Aquel Madrid”.

Irregular, escribía bajo presión. Por ejemplo el libro de Belmonte se lo encargó “La Prensa” que hizo en cosa de días, y del que se publicaron varios miles de ejemplares que todavía en estos tiempos es posible conseguir.

Manuel García Santos conservó su nacionalidad, pero eligió a México como su segunda patria.

Muere el 20 de mayo de 1985. Sus restos permanecen en nuestro país. Así que con este dato se hace la enmienda indispensable que referí nada más comenzar la presente colaboración.

Se casa con Manuela Suárez García. Ella era de Asturias.

Fuimos cinco hermanos: Pedro, José Luis, Manuel, Covadonga y yo. Todos nacimos en España.

Desde 1947 la posguerra fue la peor época en España. Cuando mi padre llega a México ve este país como un auténtico oasis.

No hubo resistencia al cambio. Lo mejor era ir de menos a más. Así fue como el resto de la familia emprendió el camino de España a México.

Manuel García Santos era un romántico. Nunca le interesó el dinero. Era un bohemio. Le gustaba mucho Chávez Nogales y siempre lo vi como un taurino ciento por ciento.

Además de los toros, ¿escribió sobre otros temas?

En “Gol” y “Marca” publicó algunas cosas relacionadas con el futbol, pero nada notable.

Recuerdo que con Renato Leduc, un escritor y poeta que se forjó en la bohemia tuvo un serio conflicto. Resulta que José García Valseca, entonces director de “El Sol de México” invitó a colaborar a Manuel García Santos dicho diario, lo que no le gustó a Leduc, de ahí que quedara marcada tan notable diferencia entre ambos.

Otra de las virtudes de mi padre es que tenía mucha facilidad para hablar en público.

Al término de esa “interviú” (y que seguramente serán muchas más), comenté a don Antonio que en estos momentos y en España, se realiza una investigación con vistas a convertirse en tesis doctoral. Laura López Romero, quien es profesora del Departamento de Periodismo en la Universidad de Málaga, aborda en tal investigación el quehacer de la prensa española en el extranjero, con lo que hizo suyo a Manuel García Santos de ahí que esperamos contar en un tiempo razonado con una nueva aportación que deje en claro el perfil, la vida y obra de este notable periodista que se entregó a dichos quehaceres por más de 30 años en nuestro país. Del mismo modo, también le mencioné que por mi parte realizo otra investigación la cual pretende hacer acopio de todo su trabajo periodístico, como lo hice en su momento en el caso de “José Alameda”, incluyendo las interpretaciones respectivas, con lo que entre el trabajo académico y este otro de índole histórica y biográfica, tendremos posibilidades en su momento, de acercarnos tanto como nos sea posible con quien es hoy motivo de esta evocación.

Fin de la entrevista. 31 de marzo de 2017.

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SEVILLA DESCENDIÓ UNA TARDE DE 1914 EN GUADALAJARA. BREVÍSIMOS RASGOS DE UN TAL “TORCUATO”, TORERO QUE ALTERNÓ CON BELMONTE.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Manuel Romero Torcuato. Cortesía de Da. Rosa Álvarez y D. Antonio A. Romero, este último nieto del personaje.

   Nos recuerda D. Luis Ruiz Quiroz en sus imprescindibles Efemérides Taurinas Mexicanas, que un 18 de enero… pero de 1914, “Manuel Romero Torcuato tomó la alternativa en Guadalajara, Jalisco de manos de Juan Belmonte con toros de San Diego de los Padres”.[1]

   Tal asunto lleva a preguntar entonces, ¿quién era Manuel Romero Torcuato?

   Hace algunos años, siendo alumno del Dr. Juan Antonio Ortega y Medina, en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.A.M., un día por la tarde me pidió lo esperara al final de su clase, para platicar un “asunto”. En ese momento quería que me tragara la tierra. Lo primero que me vino a la mente fue: “me va a pedir que corrija algún desliz en los juicios históricos” que con mucha visión percibía en cada alumno suyo. Sin embargo tal “espanto” no sucedió. Antes al contrario, fue satisfactorio por lo que voy a contarles. Sucede que el Dr. Leopoldo Zea, gran amigo suyo le pidió elaborar a Ortega y Medina un ensayo sobre el liberalismo mexicano del siglo XIX; “y eso voy a encargárselo a usted”. Por fortuna aquel trabajo logró su objetivo. El “Ensayo y notas para una nueva apreciación sobre el liberalismo mexicano (siglo XIX)” vio la luz en letras de molde.[2]

   Hoy, que ha pasado ya tanto tiempo vuelvo a tener una petición en similares circunstancias, solicitada por dos estimados amigos míos: los maestros Alí Chumacero e Ignacio Solares, ejes de la poesía y la novela en nuestros tiempos, respectivamente. La voz del de Acaponeta, Nayarit hace que en Páramo de sueños, De imágenes desterradas y hasta De Palabras en reposo, esos poemas suyos estremezcan, retumben graves, fascinantes, como truenos de una tempestad que impone toda esa razón salvaje que viene de tan dentro, que la dulzura y la sensibilidad limpian todo ese sabor y olor a infierno de donde surgen, luego de la creación. Solares, hace ya tiempo fue galardonado con el premio “Xavier Villaurrutia”, “premio de escritores para escritores…”, por su obra El Sitio, la cual fue sometida a un riguroso jurado que, a su vez, quedó convencido también, luego de leer las espléndidas visiones de un autor que no pretende escribir un libro, sin más. Le da a este todo el carácter necesario para trascender y conmover al lector en su conjunto.

   Pero ambos son también excelentes aficionados a los toros. Y ambos pidieron saber algo sobre un misterioso personaje que tuvo el arrojo de alternar, en 1914 con Juan Belmonte en Guadalajara, Jal. la tarde del 11 de enero de 1914. Dicho personaje se anunciaba con el sólo nombre de Torcuato. ¿Quién es Torcuato? ¿Quién era Torcuato?

   Veamos.

   José María de Cossío en su monumental obra LOS TOROS nos dice:

 ROMERO (MANUEL), Torcuato. Matador de novillos sevillano. Llevaba ya algunos años toreando cuando se presentó en Sevilla el día 18 de agosto de 1908, con novillos de don Felipe Salas. Toreaba bien con la capa y se defendía con la muleta, pero era muy deficiente con el estoque, y ello fué causa de que no lograra sobresalir. Toreó bastante después, pero en general en plazas de poca importancia y sin aspiraciones ambiciosas.[3]

   En efecto, el tal Torcuato (y no doy al personaje ningún tratamiento peyorativo), era un torero cuyo perfil no garantizaba más que estas pocas líneas proporcionadas por el acucioso tratadista español. Pero Cossío no contaba con que Manuel Romero surcaría el mar océano para “hacer la América” y acumular una que otra actuación, como la que se registra en la temporada de novilladas de 1912, efectuada en el “Toreo” de la colonia Condesa, en el Distrito Federal.

   Aun así, es un torero cuyo rastro se pierde rápidamente, como si sus huellas quedaran grabadas efímeramente a la orilla del mar. No se volverá a saber de Torcuato hasta el año de 1914, ahora en su nuevo y provisorio refugio que fue el occidente mexicano: Guadalajara, para mayor precisión.

   Fue así como la empresa comandada por el señor Benjamín Padilla programó para el domingo 11 de enero de ese 1914 el siguiente cartel:

   “Presentación del maravilloso fenómeno de la tauromaquia, JUAN BELMONTE. Alternará con el valiente TORCUATO. 6 TOROS 6 de San Diego de los Padres”.

   Recordando las palabras con que Cossío da uno más de los perfiles del sevillano, nos llega la resonancia de que “toreó bastante después, pero en general en plazas de poca importancia y sin aspiraciones ambiciosas”. Por lo que veremos en seguida, “El Progreso” de Guadalajara no era una plaza de poca importancia. Y desde luego su valentía y otras virtudes, no le restaron “aspiraciones ambiciosas”. Claro, no alternó con cualquiera. Lo hizo con el trianero Juan Belmonte, que en aquellos días de batallas revolucionarias en los diferentes teatros surgidos en nuestro país; este “revolucionario”…, pero del toreo puso en estado de alerta a la afición tapatía quien lo acogió desde su llegada a la perla de occidente.

   Tras un percance del “pasmo de Triana” el 21 de diciembre de 1913 en “El Toreo”, su actuación en “El Progreso” se pospuso hasta el 11 de enero siguiente. En el periódico local “El tío Maleta” (La Gaceta de Guadalajara) del lunes 19 de enero de 1914, notas, a su vez recogidas por Ramón Macías Mora,[4] encontramos lo siguiente:

 Viene Belmonte.

Belmonte en Guadalajara. Estas eran las palabras que salían de la boca de los aficionados. Con un entusiasmo tan vivo, que más bien parecía que se había sacado el premio de las cien mil pesetas.

Tras alojarse en el Hotel Fénix,

fue agasajado por todos sus partidarios y amigos. Por la noche, dio Juanillo algunas vueltas por los portales, lanzando alguno que otro piropo a algunas señoritas fenomenalmente hermosas…

   Penetró después a la cantina del “Palacio de Cristal”, acompañado de los apreciables Señores don Eduardo Margeli (apoderado de Belmonte), Benjamín Padilla, Rafael Montoya, Francisco Orozco, licenciado Isaac Padilla, de sus banderilleros Calderón y Pilín, de su inseparable mozo de espadas “Cabeza”, y del matador de toros Manuel Romero Torcuato.

   Por considerar importante el sucedido aquel, reproduzco a continuación los detalles de los dos primeros toros.

 El primer toro

Fue brocho, hosco, bonito tipo. De tanda, Céntimo y Rafael Rodríguez, ambos piqueros, alcanzan palmas, y caen con exposición. Belmonte engrana cuatro verónicas divinas, estupendas, maravillosas. En los quintes enloquece al público, sobresaliendo un archiencantador recorte, digno de ese torerazo sobrenatural. Estrepitosas palmas. Fue mal adornado por Pilín y Calderón.

   Belmonte brindó a la presidencia.

   Subyugador fue el trasteo del trianero, los molinetes produjeron, general e inusitado regocijo. Faena ceñidísima, los pases de pecho fueron fenomenales. Su faena fue interrumpida por las palmas y los olés calurosos de los entusiastas y Belmonte, diciendo “a ver si así es” señala un pinchazo hondo, nueva ración de franela, en la que el diestro a muleta plegada se salva de una colada peligrosísima en la zona de tablas. Vuelve a meterse con voluntad y mete el acero hasta lo rojo, hasta la mano que se tiñe en sangre. Palmas frenéticas dianas, sombreros, y Belmonte da la vuelta al ruedo a los acordes de la música.

 Segundo toro.

   Hosco delantero de velas. Hace una bonita salida natural y acomete como bravo a uno de los piqueros.

   De tanda Rafael García y Morán cumple en cuatro varas, entrando con fe.

   Registróse una peligrosa caída de Morán. El soberano público aplaudió un buen puyazo de Rodríguez en el que el piquero peleó de verdad.

   Manuel Romero “Torcuato”, estuvo sencillamente soberbio, sencillamente colosal, al torear a la verónica al “Santiagueño”, una serie de verónicas de chipén, apretadas, que arrancaron estridentes palmas a los tendidos (sic). Hubo un remate soberano, rematando el temerario diestro con una rodilla en tierra. La ovación fue grande, general, espontánea. Belmonte abre el capote y ejecuta un remate y dos verónicas sublimes, idealistas, eminentes, con el cuerpo enhiesto, riendo ante la muerte.

   En el segundo tercio fue bien adornado, por Cresencio y Alegrías.

   Ambos rehileteros lograron palmas.

   Torcuato brinda.

   Inaugura su faena, con un superior pase ayudado alto, rodilla en tierra, que hace estallar al público en aplausos. El toro se huye en el resto de la faena y se hace imposible el sujetarle. Torcuato, torea con pases naturales, haciendo esfuerzos por recoger entra con agallas, dejándose caer con la mar de redaños, cobra un soberano volapié hasta las guarniciones del triunfo. El toro azota como una masa inerte, y “Torcuato” recibe una ovación digna de una muerte tan inmejorable y tan hermosa. El espada da vuelta al ruedo, devolviendo los sombreros y hay dianas a granel. ¡Bravísimo!, Torcuato así se llega a la gloria, al porvenir (…).

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Antiguo y desconocido registro fotográfico de la época. La plaza es el viejo “Progreso” de Guadalajara. Aparecen en la imagen Vicente Segura, quien remata y quite, ante la mirada de Rodolfo Gaona. (Ca. 1914). Colección del autor.

 Resumen

   Belmonte superior en el primero; admirable, inimitable en el tercero y desgraciado en su tercero.

   Torcuato, superior en su primero; bien en su segundo y regular en su tercero.

   Banderillando: Alegrías y Crescencio y Sandoval y Pilín en un par.

   Picando: José García, Rafael Rodríguez, Céntimo y Morán.

   Bregando: Enrique Fuentes dio algunos capotazos aceptables.

   Servicio, bueno. Entrada, buena. Toros cumplieron con excepción del quinto.

Hasta aquí la reseña.

   Lástima que Abraham Lupercio Muñoz, importante fotógrafo nacido en Tepatitlán, Jalisco hacia 1888 no hubiese estado presente en tal festejo; porque tendríamos la dicha de conocer alguna de sus placas, puesto que era un excelente aficionado a los toros. Abraham se incorpora a la famosa jornada de la “Decena Trágica” (importante episodio central de la Revolución Mexicana, ocurrido en el mes de febrero de 1913) como uno más de los reporteros gráficos que obtuvieron cantidades importantes de material que sirve hoy, para tener un mejor panorama de lo que fue aquel acontecimiento. Es posible que entre los fotógrafos se aplicaran “fusiles” o se adjudicaran fotos que no siendo de su propiedad, hacían suyas. Existe una pieza muy conocida que se atribuyen dos fotógrafos: Osuna y Lupercio (¿confusión o conflicto?). Fijó su residencia en la calle de la Santa Veracruz, en pleno centro de la ciudad, donde permaneció atento a cualquier inquietud surgida del caos revolucionario.

   Pues bien, aquella corrida “excepcional” marcó un agradable recuerdo entre los tapatíos y tanto Belmonte como Torcuato escribieron una página que dejó grata memoria.

   Manuel Romero al alternar con Belmonte, seguramente lo hizo consciente de que no era un sobresaliente más, ni tampoco un “patiño” del pasmo. La empresa debe haberlo contratado al ver en él las virtudes que se confirmaron con su actuación, al lado del “revolucionario del toreo”.

   La descripción de su faena al segundo de la tarde nos habla de un diestro en plenitud de facultades, al que se le auguraba la “gloria, el porvenir”, puesto que arrancó “estridentes palmas a los tendidos”. Lo lamentable es que todo el resto de su trayectoria se haya perdido en la noche de los tiempos, ignorando si decidió permanecer en México o regresar a su añorada Sevilla.

   Entre 1908 y 1914, la poca cantidad de actuaciones de Torcuato hablan más bien de lo irregular en su administración, mas no de sus arrestos como torero. Hemos visto que tanto en Sevilla, como en Jalisco su ciclo comienza y termina de la misma manera en que llegó y se fue, discretamente.

   Con la satisfacción de haber actuado en la Real Maestranza de Sevilla, de alternar con un sevillano mayor como Juan Belmonte y culminar ese cúmulo de deseos con sus presentaciones en ruedos mexicanos, Manuel Romero, a quien solo bastaba presentarse así en los ruedos, hizo de Torcuato su nombre de batalla. Por aquella época alcanzó fama otro torero español, Serafín Vigiola Torquito. Me parece esto último una curiosa relación, un simpático juego gramatical que pongo a su consideración, porque Torquito y Torcuato se aproximan en la pronunciación. Claro, uno está en diminutivo y Torcuato, era Torcuato…, ¡verdad de Dios! nos dijo Perogrullo.

   Maestros: hasta aquí con este ligero vistazo que nos da idea de quien fue en el toreo Manuel Romero.

   Este escrito tiene por objeto recrear varias cosas allí planteadas, pero sobre todo, recuperar una antigua conversación, la que sostuve con un amigo ya desaparecido, el poeta Alí Chumacero, quien en algún momento, solicitó mi apoyo como historiador, con objeto de dilucidar una antigua duda que tenía al serle contada la historia de “Un tal Torcuato” por otros viejos aficionados, que en efecto, tuvieron oportunidad de verlo torear en Guadalajara, Jalisco a principios del siglo pasado.

   Sobre Torcuato, o más bien, sobre Manuel Romero Torcuato y más aún, sobre las decisiones que lo llevaron a abandonar un propósito para el cual no estaba llamado, ello lo obliga a tomar el rumbo de México, país al que llegó allá por 1914. Entiendo, por las lecturas que realicé durante un buen tiempo, sobre todo en material hemerográfico, que además del registro de aquella actuación, hubo algunas más, una de las cuales pudo darse ocho días después, misma que hoy es motivo de evocación. Después, todo quedó en un misterio, en puntos suspensivos.

    Hace algún tiempo, la Sra. Dª. Rosa Álvarez y Dn. Antonio A. Romero (nieto de Manuel Romero Torcuato) se comunicaron conmigo tras la búsqueda del personaje, poniendo a mi alcance dos interesantes imágenes. Hubo también oportunidad de comunicarles que el tratamiento habido para con su abuelo, Manuel Romero Torcuato, evidentemente no tuvo, desde un principio un trato peyorativo, sino más bien, el que muchas veces la gente, en el imaginario colectivo recupera a partir de elementos que vienen o provienen de la memoria, que en muchas ocasiones descansa en la versión oral, misma que adquiere unos valores o connotaciones muy especiales y que, por tanto pasan de generación en generación sin perder la esencia del trato o manejo del lenguaje.

   Aclarado el punto, debo decirle que me da un gusto enorme saber que los propósitos de este blog han rendido cuentas, en cuyo balance se encuentra su mensaje, el cual ha permitido enlazar, me parece que en términos bastante entrañables, un eslabón entre el pasado y usted así como para la historia; sobre todo por el hecho de que se dispersan una serie de supuestos o especulaciones. Estos componentes son infaltables en todo caso que hace suya la historia, de ahí que por su incómoda presencia muchas veces conviene ignorarlos, aunque se termina conviviendo con ellos.

   Sobre Torcuato, o más bien, sobre Manuel Romero Torcuato y más aún, sobre las decisiones que lo llevaron a abandonar un propósito para el cual no estaba llamado, ello lo obliga a tomar el rumbo de México, país al que llegó allá por 1914. Entiendo, por las lecturas que realicé durante un buen tiempo, sobre todo a material hemerográfico, que además del registro de aquella actuación, hubo algunos más. Después, todo quedó en un misterio de puntos suspensivos.

   Luego, D. Antonio Romero me comento que, “buscando dentro de los pocos recuerdos que nos quedan de mi abuelo le adjunto una foto de su época gloriosa y la copia de un cartel de una corrida en la plaza de Sevilla antes de marchar a México en 1.909, en la cual cita toreó junto a uno de los miembros de la dinastía de toreros ‘Dominguin’. Comentarle como dato que mi abuelo conservó durante el resto de sus días un gran afecto por México y su gente.

  Pues bien, para no detallar más en este intercambio epistolar, me permito complementar la más aproximada visión del personaje con el cartel que también forma parte de esta interesante documentación:

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EL CARTEL ANUNCIADOR FECHADO EL 25 DE JULIO DE 1909


[1] Luis: Luis Ruiz Quiroz: Efemérides Taurinas Mexicanas. México, Bibliófilos Taurinos de México, A.C., 2006. 441 p., p. 24.

[2] José Francisco Coello Ugalde: “Ensayo y notas para una nueva apreciación sobre el liberalismo mexicano (siglo XIX)”. En: NUESTRA AMÉRICA. UNAM, Centro Coordinador y difusor de estudios latinoamericanos, Año VII, Nº 21. Agosto, 1992. 165 pp. (Pág. 21-45).

[3] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1998. 12 v. Vol. 3, pp. 825.

[4] Ramón García Mora: La corrida de ayer… mito, tradición, ritual, suerte y azar de la fiesta de los toros. Compilación, paleografía y textos de (…). Guadalajara, Jalisco, Editorial Ágata, S.A. de C.V., 1996. 326 pp. Ils., retrs., fots., facs. (pp. 236-271).

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JORGE ALBERTO MANRIQUE CASTAÑEDA. IN MEMORIAM.

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POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hace unos días murió el reconocido maestro Jorge Alberto Manrique Castañeda (1936-2016). En su labor profesional destacó como historiador, investigador y académico, actividades que realizó fundamentalmente con la Universidad Nacional Autónoma de México. La gran mayoría de los medios de comunicación en estos días han trascendido su obra, su trayectoria, su influencia.

   Acudía frecuentemente a las corridas de toros, y de este fenómeno cultural, dejó un aporte: “Toreo. Tránsito y permanencia”. En: El arte efímero en el mundo hispánico. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1983. 389 p. ils. (Estudios de arte y estética, 17). (p. 191-200). Además, y esto lo apunto a nivel personal, tuve el privilegio de que dirigiera mi tesis de Maestría, la cual lleva el siguiente título: “Cuando el curso de la fiesta de toros en México, fue alterado en 1867 por una prohibición. Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX”. Tesis que, con objeto de obtener el grado de Maestro en Historia, presenta (…). México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia, 1996. 318 p. Ils., fots., facs.

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   Me parece que dedicarle estas líneas, es o será apenas un minúsculo reconocimiento al gran historiador que formó a otras tantas generaciones, sabedoras de que su labor como maestro tendría enorme significado, debido al amplio conocimiento que supo desplegar y compartir como nadie. Lamentablemente no tuve ese privilegio, pero el seguimiento que tuvo mi investigación me permitió conocer a un hombre sensible, capaz de emitir opiniones y sugerencias que dieron finalmente al trabajo los propósitos que buscaba en lo personal.

   Desde aquí hago patente mi homenaje a un universitario que, entre otras cosas tuvo por los toros particular preferencia, de ahí que sea importante comentarlo. Considero que encontró suficientes razones para afirmar su bagaje cultural. Al revisar su Curriculum vitae se pueden encontrar las múltiples aristas por donde discurrió, lo mismo como ponente que como autor. Los premios y reconocimientos son abundantes, en proporción al legado que nos deja, con la idea de darle continuidad, cosa que haremos quienes nos consideramos comprometidos con el quehacer como historiadores.

   Con mi respeto y admiración…

ca. 1970

ca. 1970. Jorge Alberto Manrique en su biblioteca, “un verdadero campo de batalla”.

Foto: Archivo Fotográfico IIE.

Disponible en internet noviembre 4, 2016 en:

http://www.esteticas.unam.mx/revista_imagenes/rastros/ras_curiel07.html

   Por último, agrego un reconocimiento, emitido por el Dr. Alfredo Ávila, actual Presidente de la Mesa Directiva del Comité Mexicano de Ciencias Históricas y editor de H-México (http://www.h-mexico.unam.mx/):

H-México y el Comité Mexicano de Ciencias Históricas lamentan el fallecimiento del gran historiador del arte mexicano Jorge Alberto Manrique, y expresan sus condolencias a sus seres queridos, así como a la comunidad del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Este 2 de noviembre murió el gran historiador Jorge Alberto Manrique, poco tiempo después de que su casa, la Universidad Nacional Autónoma de México, le organizara un merecido homenaje con motivo de sus ochenta años de vida. En efecto, el maestro Manrique nació en el entonces Distrito Federal, el 17 de julio de 1936. Licenciado en Historia por la Universidad Nacional, realizó estudios de posgrado en París y Roma. No parece extraño que su primer trabajo de investigación fuera sobre su natal Azcapotzalco, una tesis de licenciatura que, aunque titulada “Los dominicos y Azcapotzalco”, en realidad ponía atención al convento de esa orden. Poco después, pondría atención a la presencia de las culturas indígenas mesoamericanas en el barroco de Nueva España y, a partir de entonces, toda su producción, salvo alguna rara excepción, estaría dedicada a la historia del arte mexicano.

Fue profesor en varias instituciones de educación superior, empezando por la Universidad Veracruzana. En El Colegio de México y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional formó varias generaciones de historiadores. Desde 1968 se integró como investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional, que en el año 2000 lo reconoció con el emeritazgo.

Fundador y director de varias instituciones, se le recuerda por el buen trabajo que desempeñó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana, en el Museo Nacional de Arte, en el Museo de Arte Moderno y también en la dirección del propio Instituto de Investigaciones Estéticas. Entre 1980 y 1982 formó parte de la Mesa Directiva del Comité Mexicano de Ciencias Históricas. Ocupó el sillón siete de la Academia Mexicana de la Historia.

Incansable, lo mismo estudió la obra de Guillermo Khalo que el manierismo en Nueva España. Publicó varias obras en coautoría, en especial con Teresa del Conde. Reconoció en Edmundo O’Gorman a su maestro y formador. Su erudición contrastaba con el medio académico actual, cada vez más especializado.

Su impronta en los estudios de la historia del arte mexicano será duradera.

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RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA” EVOCADO DESDE LAS PÁGINAS DE EL REDONDEL.  

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POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Don Alberto A. Bitar, heredero por línea directa de don Abraham Bitar su padre, mantuvo –junto con don Alberto de Icaza-, hijo a su vez de D. Alfonso de Icaza- uno de los semanarios taurinos más emblemáticos. Me refiero a El Redondel. El periódico de los domingos, cuyo primer número salió publicado el 4 de noviembre de 1928, terminando de publicarse el 22 de marzo de 1987.

   Pues bien, D. Alberto A. Bitar, pasados ya muchos años, volvió a empuñar la pluma y desde hace algunos meses, nos viene deleitando cada quince días en el diario La Jornada con la que ha sido su “columna vertebral”: Puntos sobre las íes. En los últimos capítulos, ha hecho gozosa evocación de sus primeros encuentros, los que sostuvo con Rodolfo Rodríguez “El Pana”, justo en los momentos en que el entonces novillero tlaxcalteca se iba elevando en términos de popularidad luego de aquella interesante etapa que, como novillero mantuvo en la plaza de toros “México”. Eran los meses de agosto y septiembre de 1978. Pues bien, y como resultado de aquellas célebres jornadas, traigo hasta aquí el recuerdo –lamentablemente incompleto, aunque faltan algunos párrafos con los que terminó la interviú-, de esa obligada entrevista, justo en los momentos en que “El Pana” estaba causando sensación.

   Gracias a la importante colección de materiales periodísticos que reunió el señor Roberto Mendoza Torres, misma que actualmente digitalizo, documentos de enorme valor para conocer el desarrollo de la fiesta de toros en México en los últimos 50 años, es que hoy me permito compartir con ustedes uno de esos recuerdos, que provienen precisamente de las páginas de El Redondel, en su edición del domingo 17 de septiembre de 1978, página ocho y donde toda esa plana es, a la vuelta de los años, y con el peso de la reciente y dolorosa muerte de este genial torero un cúmulo de circunstancias que recuperan significados muy especiales. Tantos, que provocan la necesaria presentación de esas notas, en espera de que complementen el sentido trabajo que realiza en nuestros días, el amigo entrañable, el que un día, y seguramente por eso también mi agradecimiento como telón de fondo, me abrió las puertas de El Redondel, donde tuve a bien ser uno más de sus colaboradores.

   Sr. Bitar, “¡Va por usted!”

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La técnica fotomecánica da a la imagen un cierto aire de antigüedad muy peculiar.

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NOTA IMPORTANTE: Si no es posible la lectura, facilito el siguiente archivo PDF: entrevista-pana_el-redondel_17-09-1987_p-8

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LUIS G. INCLÁN NO SOLO ES “ASTUCIA”.

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 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

PONCIANO DÍAZ SALINAS

Ponciano Díaz dio a la charrería un sello propio desde la tauromaquia. Fotografía colección del autor.

    Conforme avanza el programa con el que se recuerda la vida y obra de Luis G. Inclán, en el bicentenario de su nacimiento, los asistentes al mismo nos vamos dando cuenta de que Inclán está más allá de solo quedar etiquetado como el autor de la célebre novela “Astucia”, obra que por lo demás posee un valor inestimable.

   Inclán, como ya lo sabemos, fue empresario en las plazas de toros del Paseo Nuevo tanto en la ciudad de México, como en la de Puebla, donde ambos cosos llevaban el mismo nombre. Si bien su nombre nunca figuró en carteles, se sabe que actuaba en la parte correspondiente al jaripeo y coleadero, de ahí que obtuviera una fama sin igual. Inclán además fue un impresor caudaloso. En estos días, donde ya contamos con un conocimiento acerca de Astucia, El Capadero en la hacienda de Ayala, las Reglas con que un colegial debe colear y lazar, o su célebre Recuerdos del Chamberín, este inquieto personaje llegó a imprimir obras tales como: Apuntes biográficos de los trece religiosos dominicos que en estado de momias, se hallaron en el osario de su Convento de Santo Domingo (1861); El Jarabe. Obra de costumbres mejicanas, jocosa, simpática, burlesca, satírica y de carcajadas (…), escrita por Niceto de Zamacois y publicada por Inclán en 1861. En la relación de obras también se encuentra la Defensa hecha por la Cuchara del ciudadano Lic. Ignacio Ramírez, o el Jesucristo en presencia del siglo, Imprenta de Inclán, 1856…, y otras más donde es inevitable no dejar de recordar la particular edición que logró de la Tauromaquia de Francisco Montes en 1862.

   Se sabe que de aquella primera edición (la de 1836 en Madrid) referida al tratado técnico y estético que llevó el célebre nombre del torero nacido en Chiclana de la Frontera, Cádiz en 1805, uno de aquellos ejemplares llegó a integrarse a la biblioteca del conocido personaje José Justo Gómez de la Cortina, el Conde de la Cortina quien a su vez realizó una interesante reseña de dicha obra, la que apareció en El Mosaico Mexicano en 1842. Pues bien, 20 años después, Inclán la hizo suya y no solo la reeditó, sino que la ilustró de propia mano con 30 escenas que recuerdan otras tantas suertes allí referidas de origen, pero también de otras tantas que representaban el legado definitivo con que la tauromaquia mexicana está contribuyendo a enriquecer el bagaje de aquel despliegue de inventiva que fue en sí mismo el toreo en nuestro país hace dos siglos cabales. En ese sentido, así lo entendió nuestro autor y por tanto dicha edición puede ser considerada un claro antecedente que explica las suertes tauromáquicas desde una interpretación que entraña el tipo de toreo rural y urbano que permanentemente se está encontrando y renovando en el campo o en la plaza, de tal forma que aparecen descritas algunas suertes que realizaban charros consumados.

   De acuerdo a las crónicas y descripciones de la época, se sabe que uno de los primeros en realizar esas suertes (montar y colocar banderillas desde el caballo), fue Ignacio Gadea. Sin embargo Bernardo Gaviño, Lino Zamora, Pedro Nolasco Acosta también lucieron sus habilidades como las del famoso poblano Ignacio Gadea, con lo que se adelantaban al capítulo extraordinario en el que Ponciano Díaz fue la cúspide de todas aquellas aspiraciones.

   Precisamente Ponciano parece ser la consecuencia de aquellas lecturas que Luis G. Inclán despliega en “Astucia”, complementa en las “Reglas con que un colegial debe colear y lazar” y culmina con la propia versión de la “Tauromaquia” de Paquiro. Ese largo proceso se materializa bajo el “poncianismo”, que va de 1879 a 1890, aproximadamente, tiempo en el que el “torero con bigotes” construye y mantiene su propio “imperio”, del que se verá gracia y desgracia pues también fueron años de recomposición en el toreo nacional, etapa en la que contribuyeron en forma definitiva los diestros españoles que vinieron a concretar la que llamo “reconquista vestida de luces”, y cuya tarea fundamental fue imponer el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, esto a partir de 1887.

   Al morir el diestro de Atenco, el 15 de abril de 1899 desaparecen aquellas representaciones que todavía iba a protagonizar Arcadio Reyes El Zarco en los primeros años del siglo XX. Tal condición la revivirían momentáneamente algunos charros, donde destacaba uno de apellido Becerril primero, en 1910, justo cuando se celebraba el primer centenario del comienzo de la independencia nacional, y luego Paco Aparicio en la tercera década del XX. Charrería y tauromaquia tan identificadas, se distancian en una especie de “pacto amistoso” y cada una seguirá su camino, hasta el punto de que hoy en día toreo y charrería se representan por separado. Sin embargo, ya se habían producido los mejores capítulos de aquellas puestas en escena en las que nadie mejor que Inclán describen en forma inconmensurable y Ponciano las protagoniza hasta llevarlas a lo más alto de su interpretación.

   Hoy, en un apoyo solidario, tauromaquia y charrería vuelven a darse la mano y lo hacen justamente con objeto de enaltecer la memoria del autor de esa célebre novela que vuelve a ocupar un lugar de privilegio. Así como se ha recordado en este año a Miguel de Cervantes Saavedra y su Quijote, del mismo modo se pone en valor a Luis Gonzaga Inclán Goicoechea y Astucia.

   Aprovecho antes de concluir estas notas, que el próximo viernes 8 de julio a las 18 horas, y en el marco de dicha celebración en la que Inclán es motivo de homenaje, que en la misma, se ha incluido un ciclo de cine en el que se pretende contextualizar no solo al autor nacido en la Hacienda de Carrasco, sino todo un conjunto de situaciones que privan en su novela, y que fueron un común denominador en buena parte del siglo XIX mexicano. Por tal motivo, una película que viene a darle sentido a este propósito es la de Los bandidos de Río Frío, inspirada en la novela del mismo nombre escrita por un contemporáneo suyo: Manuel Payno. La producción de 1956, será presentada y comentada por el Doctor en Historia Álvaro Vázquez Mantecón. Esto sucederá en la casa de la cultura Frisaac, ubicada en las calles de Madero y Moneda, en el centro de Tlalpan. La entrada es gratuita.

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