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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XXXII.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Una vez más, la labor persistente de Julio Bonilla se refleja en la siguiente entrega, la que publicó en El Arte de la Lidia, año III, tercera época, Nº 22 del domingo 27 de marzo de 1887.

Para los aficionados.

(Continúa).

Suerte de matar.-Matar recibiendo.-Para ejecutar esta suerte se coloca el matador en la rectitud del toro y en la distancia conveniente, con el brazo de la espada hacia el terreno de afuera, el cuerpo perfilado con el cuerno derecho. La mano derecha delante del pecho, poniendo la espada en dirección al punto en que ha de clavarse. El brazo de la muleta como para un pase de pecho; en esta disposición, cita al toro, le deja llegar a jurisdicción por su terreno y sin mover los pies marca la estocada dentro, y a favor de un quiebro sale del embroque, y aprovechando el momento de humillar da la estocada.

A volapié.-Esta es la suerte en que más se distingue el popular diestro Luis Mazzantini (quien por esos meses visitaba nuestro país por primera vez. N. del A.).

Fotografía obtenida por Charles B. Waite, hacia finales del siglo XIX en la ciudad de México. plaza de toros “Bucareli”. Luis Mazzantini entrando a matar, ejecutando la suerte a “volapié”. Col. del autor.

    El modo de ejecutarla es esperar que esté el toro aplomado y bien cuadrados los pies. Se sitúa el diestro corto y derecho y después de igualado el toro, arranca con la pierna derecha bajando bien la muleta y empapándosela en la cara al bicho, da la estocada, saliendo por pies por la cola.

Al encuentro.-Se ejecuta saliendo el diestro al encuentro de la fiera, al ver que ésta gana terreno y mejorándolo pone la espada, le vacía con el engaño marchando por la derecha del animal.

Matar aguantando.-Esta suerte se ejecuta lo mismo que la de recibir, con la diferencia que el diestro no cita al toro y puede salirse del sitio en que se ha colocado.

A la carrera.-Consiste esta suerte en salir armado el diestro al encuentro del bicho cuando éste viene corriendo de lejos, y darle la estocada. Esta rara vez queda bien por la violencia que lleva el toro en su viaje. Es una estocada de recurso.

A paso de banderillas.-Es también una suerte de recurso; consiste en liar el trapo y arrancar desde lejos para dar donde puede y meter, si es posible, la espada hasta el puño. El diestro en esta suerte sale siempre descompuesto.

De los espadas.-Durante el primer tercio de la corrida solamente estarán al lado de los picadores, para los quites, los espadas y sobresalientes.

   A los quince minutos de colocado el matador ante el toro, aquel se retirará al toque del clarín que anunciará la conducción de la res al corral.

   Ningún diestro anunciado en los carteles puede dejar de tomar parte en la corrida sin el previo permiso de la Autoridad.

   Los espadas no podrán banderillear a un toro que no les corresponda, y solo podrán efectuarlo después de haber obtenido el consentimiento de su compañero.

Requisitos que deben tener los toros de lidia.-Para que las corridas de toros diviertan y los toreros puedan lidiar con seguridad, es necesario buscar toros a propósito, siendo evidente que un toro demasiado chico, viejo, flaco, tuerto, enfermo, etc., no tendrá de su parte las condiciones precisas para verificar las suertes. El toro que se haya de lidiar debe tener valor y fuerza; un toro cobarde no divierte, evita los lances, desluce el torero y le da una cogida con más facilidad que un toro valiente; y es claro que al que le falte la fuerza le faltarán también el vigor y coraje indispensables para la lidia.

   Los requisitos que deben buscarse en un toro para lidiarlo, son: la casta, la edad, las libras, el pelo, el que esté sano, y en particular que nunca lo hayan toreado.

   La casta debe ser buena, no porque todos los toros de casta salgan buenos, sino porque hay más probabilidad en que sea bravo el toro cuyos padres lo fueron, que no aquel que no sabemos de quién sea hijo, y que acaso sus padres estaban criados a mano.

   Hay otra razón más poderosa para preferir aquellos a éstos, y es, que los toros de casta están mucho mejor cuidados que los cuneros que están en sus cercados sin ser vacas, y por consiguiente tienen más vigor; y finalmente que sufren una tienta, en la cual el que no es muy bravo se aparta para buey o para el matadero. Los cuneros, aun cuando algunos hayan sido tentados, nunca es con la escrupulosidad que los otros y por no seguirlos cuidando como es debido, es muy frecuente verlos desmerecer del concepto en que los tenía su mismo conocedor.

   La edad es otro de los requisitos que deben buscarse en los toros; la de cinco a siete años es la mejor, pues gozan en ella de fuerza, viveza, coraje y sencillez que les son propias y los hacen tan a propósito para la lidia. Sin embargo, son muchos los toros que a los cuatro años están perfectamente formados y pueden presentarse y cumplir en cualquier plaza.

Con este capítulo cierra la primera serie de este glosario y diccionario taurinos.

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XXXI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Intentando conocer un poco más sobre la vida de Julio Bonilla, tuve oportunidad hace algún tiempo, de acudir al Archivo Histórico Militar, dependiente de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA, por sus siglas). Allí, con la excelente atención de un viejo amigo, el General en retiro Agustín Rivas Ramírez, así como del encargado del área, el Teniente Coronel de Infantería, Miguel Ángel Ibarra Bucio quien me permitió acceder al expediente que reúne la información sobre la evolución del Julio Bonilla militar, encontrando los diversos rangos asumidos desde 1870 y hasta 1909. Salvo un permiso que solicita en julio de 1889 –para ausentarme tres meses de mis funciones-, no hay otros datos que resuelvan dudas sobre su participación en lo taurino (con el sustento de la fuente consultada que no fue, contra los pronósticos el elemento clave para este asunto “extramilitar”). Dicho permiso sirvió para separarse temporalmente de su cargo y así, fungir como el representante de Ponciano Díaz durante el tiempo que a ambos personajes les tomó en preparar todo lo concerniente a su viaje por España, entre los meses de agosto, septiembre y octubre de aquel 1889. Por lo interesante de la información, deseo compartir esos datos, para contar con otras tantas luces al respecto no sólo del desarrollo que, en tanto “periodista”, desempeñó Julio Bonilla “Recortes” sino del personaje que se sumó a las filas castrenses. Veamos.

   El expediente está signado como sigue: “Departamento de Dirección General de Archivo Militar. Expediente Núm. / Caja núm 69 D/III.6/1204. Año de 1935. / Bonilla, Julio, Mayor de Infantería. Contiene 273 fojas y abarca de 1870 a 1909.

   Entre las fojas útiles y que, a mi parecer contienen información clave, se encuentran las que siguen:

f. 14: Julio Bonilla. Cabo de la 2ª Compañía de Fusileros del Batallón Nº 18 de la 2ª División del Ejército, del que es Jefe el General Coronel C. Lorenzo Cabañas.

f. 30: Julio Bonilla, subteniente de infantería en la milicia de auxiliares del Ejército, al de igual clase, perteneciente al 1er. Batallón de Oaxaca.

f. 106: Julio Bonilla, soldado de la 4ª Compañía de Cazadores de dicho Batallón, desde el 1º de julio de 1870 que pasó a prestar sus servicios procedente del 19 de la misma arma.

f. 183: Julio Bonilla fue nombrado Jefe de mesa del Departamento de Ingenieros de esta Secretaría, con fecha del 25 de junio de 1896.

   Más adelante, y con motivo de su muerte, ocurrida el 8 de marzo de 1909, se encuentran datos que revelan otra parte de su vida. Por ejemplo, que Julio Bonilla estuvo casado con Adela Melgar y dejó cinco hijos –considerados como ilegítimos-. Que al momento de su muerte ostentaba el grado de “Mayor”. De entre los cinco vástagos, sólo se encuentra el nombre de uno de ellos: Francisco de Paula Bonilla y Melgar, nacido el 15 de agosto de 1906. Que en el momento en que deja de existir, se presentó “a los reclamos por la muerte de Julio Bonilla, la Sra. Matilde Puerto y Bonilla, manifestando ser la próxima pariente del finado Mayor (esto aparece en la f. 265 del mencionado expediente, fechada el 12 de marzo de 1909). Matilde, era hermana de Julio.

   Un dato más: Julio Bonilla falleció en el Hospital Militar de Instrucción, siendo Oficial 1/0 de la planta del Departamento de Ingenieros de esta Sría., y su ingreso al hospital fue por “arrancamiento del pie izquierdo”.

   Con estos informes, se va teniendo una mejor idea de las otras actividades desempeñadas por un personaje que, en el sentido estrictamente de sus quehaceres como escritor y periodista, dejó un importantísimo legado de información, mismo que por fortuna se materializa, entre otras publicaciones, en El Arte de la Lidia.

   En esta nueva entrega, reproduciré uno más de sus apuntes, el que dedica en el Nº 21 (Año III, Tercera Época, y publicado el domingo 20 de marzo de 1887). Tal apunte es continuación de sus apuntes “Para los aficionados”.

 (Continúa

Banderillas recibiendo (vulgo topa-carnero).-Es una de las suerte más difíciles de ejecutar, pero también es la más bonita.

   Situado el diestro a larga distancia del toro y de cara a él, le cita y le obliga a que le parta esperándolo a pie firme. Estando en esta disposición llegará el toro a jurisdicción y humilla; en este momento le colocará las banderillas a favor de un quiebro con el que saldrá del embroque.

Banderillas al recorte.-Se va el diestro al toro para hacerle un recorte y clavarle los rehiletes en el momento de dar el quiebro, pegándose al costado del toro para salir con pies con dirección opuesta.

Banderillas al relance.-Se colocan cuando viene el toro rebrincando de la salida de otro par, o siguiendo a un capote y otras veces tímido, pero siempre levantado; y a provechando esta carrera el diestro, le sale al encuentro colocándole los palos.

Banderillas al quiebro.-Situado el diestro de frente en la rectitud del toro, esperará que éste arranque; en cuyo momento el diestro inclinará brazos y cuerpo hacia un lado marcando bien el bulto. Así que el toro llegue y humille evitará el derrote enderezando el cuerpo y clavando las banderillas.

Banderillas dando el quiebro sentado en una silla.-Provisto el diestro de una silla y de un par de rehiletes, se dirige al toro, no sin mandar antes alejar a sus compañeros para que no se distraiga el bicho. Siéntase en la silla en la rectitud de su enemigo. Si el toro parte a la vez del desafío, lo espera hasta el momento de humillar para recoger, y dando un quiebro marca el engaño prendiéndole en el momento las banderillas, mientras la fiera se lleva la silla en el viaje.

   Sobre esta suerte dice José Santa Coloma:

   “No siempre acuden los toros al primer desafío que se les hace, sentado en la silla a no ser muy boyantes y bravos, pues que como han sufrido el castigo de la vara suelen recelarse y se hace preciso llegar hasta su jurisdicción y aun con todo írselo tomando con sumo cuidado porque no hay momento seguro a la arrancada.

   “En esta actitud es cuando el toro se transforma alegre y encampana. Su cabeza se ve mover de alegría y sus ojos fijos de asombro no se mueven del bulto hasta el momento de acometer. Hay toros que viéndose tan cerca del objeto, alargan el hocico para ventear, temerosos al parecer, de un desengaño; pero cerciorado después que es su enemigo, le arranca codicioso por coger y queda burlado a favor del quiebro del torero con mucho más lucimiento, cuanto más ceñida fue la suerte”.[1]

De los banderilleros.-Todos los lidiadores de a pie correrán los toros por derecho.

   Únicamente clavarán banderillas los diestros de las cuadrillas designados para esta suerte.

   Todo banderillero que no haya clavado las banderillas en tres minutos, contados desde el toque del clarín o desde que su compañero puso el par anterior perderá el turno sustituyéndole otro.

   Los banderilleros observarán con el mayor rigor sus respectivos turnos y harán que los capotes les preparan la suerte y esperen su salida de ella para distraer al toro.

  En el momento de hacer la señal para la muerte del toro, dejarán en el suelo con modestia las banderillas que tuvieren en las manos, sin tirarlas.

De las estocadas.-Se llama estocada honda cuando penetra totalmente.

   Media si penetra la mitad.

   Corta si entra una tercera parte.

   Delantera, la que entra más cerca de la cabeza que de la cruz en la línea de la médula espinal.

   Trasera, si el estoque penetra más atrás del sitio natural.

   Baja o gollete, la que entra por el cuello: esta estocada le produce la muerte instantánea al toro, pero es de escaso mérito.

   Contraria, la dada en el lado izquierdo del toro.

   Atravesada, si el estoque sale por el lado opuesto.

   Tendida, si queda el estoque casi horizontal.

   Caída, la que se da al lado de la médula inclinándose con el peso abajo del morrillo.

   Ida la que entra alta en dirección de cortar la herradura.

   Envainar, se dice cuando el matador mete el estoque entre cuero y carne.

Pases de muleta.-La suerte de muleta como es la última que se practica, se hace más difícil, pues cuando el diestro va a ejecutarla se encuentra el toro generalmente aplomado y en querencia y siempre con alguna intención.

   La muleta consiste en un capote color de grana, más corto que los de correr toros: se coloca en un palo de medio metro de longitud y un dedo de grueso, el cual tiene una punta de hierro en un extremo donde se sujeta el copete, cogiendo las puntas de este, el diestro en unión del palo (hoy también conocido como “estaquillador”).

Pase natural.-Es el que se ejecuta con la muleta en la mano izquierda hacia el terreno de afuera.

   Así colocado el diestro cita guardando la distancia conveniente; lo dejará llegar a jurisdicción, esperará que tome el engaño y cargará la suerte rematando por alto o bajo.

Pase redondo.-Se dice cuando el diestro da varios pases regulares continuados con una mano, formando un círculo.

Pase con la derecha.-Es el que da con la muleta en la mano derecha, de la misma manera que en los naturales y redondos.

Pase por alto.-Es aquel en que el matador marca la salida del bicho por encima de la cabeza de éste, tendiendo la muleta sobre las astas.

Pase cambiado.-Este pase lo da el matador colocándose atravesado con el toro, de modo que éste tenga la salida por la derecha. Extendiendo la muleta, la coge por la parte inferior exterior juntamente con el estoque tapándole la frente. Arranca el toro y al humillarse levanta el diestro el engaño por encima de la cabeza y pasa el toro por debajo quedando el matador en el terreno de la fiera.

Pase de pecho.-Este pase consiste en que una vez perfilado el diestro, se le echa el toro encima, entonces aquel adelanta el brazo de la muleta al terreno de afuera, pero en la rectitud del toro; y cuando llega, éste sin mover los pies remata la suerte a favor de un quiebro.

 (Continuará).


[1] Seguramente Julio Bonilla, acudió al trabajo que José Santa Coloma publicó en 1870, bajo el título: Tauromaquia. Compendio de la historia del toreo, desde su origen hasta nuestros días. Reseña histórica, detalles de todas las suertes, reglamentos, plazas existentes en todo el reino, y ganaderías, con expresión de sus dueños y divisas. Reforma del espectáculo por el aficionado (…), dedicada al ciudadano peruano Manuel Miranda, empresario de la plaza de toros de Lima. Madrid, Imprenta de M. Minuesa, calle de Juanelo, núm. 19, 1870. 108 p.

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. ENTREGA Nº 30.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Afortunadamente todavía es posible encontrar en otros tantos ejemplares de El Arte de la Lidia, publicación de la que fue responsable el notable personaje don Julio Bonilla entre 1885 y 1909. En uno de los números que salieron publicados el año de 1887, se encuentran otra serie de vocablos y términos que permitieron a aquellos nuevos aficionados, tener una mejor visión de las cosas. El número al que hago referencia fue publicado el domingo 13 de marzo de 1887 y del cual se recogen las siguientes notas:

 PARA LOS AFICIONADOS.

 De los toros.-Los toros para la lidia deben tener más de cuatro años y menos de ocho.

   Las circunstancias que determinan las buenas condiciones del toro son: la edad, la casta, las libras, el pelo, buen trapío y novedad.

   Se llama toro de casta, al que es hijo de padres bravos y está bien cuidado.

   Toro de libras, es el de cuerpo y peso proporcionados: de buen pelo cuando éste es fino, limpio, luciente y bien sentado.

   Se llama de buen trapío, al toro que tiene las piernas nerviosas; las articulaciones bien proporcionadas y movibles; las pezuñas cortas y redondas, los cuernos fuertes, agudos y negros; los ojos vivos y las orejas vellosas y movibles.

   Novedad, significa cuando el toro no ha sido nunca corrido. La novedad es uno de los requisitos indispensables que debe reunir un toro de lidia.

   Como los toros no son exactamente iguales, hay que clasificarlos, asignándole a cada uno su carácter distintivo cuyo conocimiento es utilísimo para la ejecución de las suertes: por cuya razón el célebre diestro Montes en su tratado de Tauromaquia los divide en boyantes, revoltosos, que se ciñen, que ganan terreno, de sentido y abantos.

   En la suerte de varas se dice que el toro recarga y se califican de abanto, duro, blanco y pegajoso.

   Además, el toro en plaza tiene tres estados, los cuales importa mucho reconocer por si el diestro al ejecutar las suertes, las hace según prescriben las leyes del toreo.

   Estos estados son: el de levantado, parado y aplomado.

   Se llama querencia de un toro, aquel sitio de la plaza que le gusta estar con preferencia a otros.

   Querencias naturales son la puerta del corral y la del toril, y accidentales o casuales, cualquier otro sitio que prefiere el toro, ya sea un lugar donde haya un caballo muerto o el acto de acercarse a los tableros con frecuencia.

   El diestro debe conocer bien las querencias que, suelen tomar los toros, pues éstos en este estado no parte con la regularidad que les es propia. Dice Francisco Montes: “Se procura apartar a los toros de las querencias, cuidando además en lo posible, dejarles libre la huida a estos sitios, pues es muy frecuente arrancar, por ejemplo al matador, y en el momento de cargarle la suerte, sin rematarlo y aun sin llegar al centro, vaciarse e irse con el viaje a la querencia.”

   Comentando estas palabras de Montes, dice José Santa Coloma en su magnífico tratado de Tauromaquia: “Aunque esto no sucede siempre estando el toro lejos de ella, se observa alguna vez y por consiguiente, es preciso combinar que el terreno de afuera sea el que deba tomar en caso de ir en su busca, pues de lo contrario se meterá en el del diestro y le dará una cogida”.

   “Dejando libre al toro su querencia, además de ser segurísima la suerte, es muy lucida. No así las que se efectúen sin este requisito, que serán expuestas y desairadas.

   Modo de correr los toros.-Para correr con perfección, y sobre todo con seguridad los toros, es indispensable observar escrupulosamente todas las reglas.

   No es tan fácil como algunos aficionados suponen. Hay que advertir si está o no en querencia. Si está levantado, parado o aplomado.

   Los que corran toros deberán tener la mirada siempre fija en el animal para salirse de la cabeza en los embroques sobre largo flamear el capote y cambiarlo de mano con oportunidad, para darles los remates y sobre todo, no correr cuando el toro no los siga. En una palabra, es preciso ver llegar los toros.

   Suertes de vara.-La suerte de vara, que es sin duda de sorprendente efecto, es además de un mérito indisputable.

   El picador debe procurar que el toro no llegue al caballo, y esto requiere, como claramente se revela, no solo una gran habilidad e inteligencia, sino fuerza competente para resistir la pujanza de la res.

   Suerte de picar sin perder tierra.-El picador esperará al toro, lo citará si fuere preciso, lo dejará llegar a la vara sin mover el caballo y así que humille le colocará la puya en el morrillo cargándose sobre el palo y despedirle por el encontronazo por la cabeza del caballo. El toro tomará su terreno y el jinete hará girar el caballo por la izquierda.

   Picar en su rectitud.-Estando el toro mirando a las tablas o bien un poco oblicuo desviado de la barrera lo necesario para revolver el caballo, el picador se le pondrá delante conservando la distancia conveniente, lo citará y dejará que llegue a la vara, y cargándose sobre ella le mostrará su salida, teniendo sumo cuidado de sacar al caballo por la izquierda.

   Picar a toro atravesado.-Cuando la rectitud del toro mira al costado derecho del caballo, el picador se atraviesa presentándole el mismo costado, esta suerte es muy peligrosa; para que no lo sea, es preciso que el toro tenga querencia y se halle aplomado, entonces el picador arrimará bien las espuelas en el acto del encontronazo, sacando el caballo por la cabeza de la fiera.

   Picar a caballo levantado.-El mérito de esta suerte consiste en terciar el caballo un poco a la izquierda, esperar que el toro llegue a vara, y en el mismo instante hacer que el caballo levante las patas al dar el toro el hachazo. Este modo de picar se ejecuta hoy muy pocas veces, siendo indispensable para esta suerte dos circunstancias, sin las cuales será deslucida y muy expuesta. La primera, mucha destreza en el picador, y la segunda, un caballo de buena boca y muy avisado.

   El célebre Corchado y Pablo de la Cruz, se distinguieron notablemente en esta dificilísima suerte.

   De los picadores.-Los picadores se pondrán delante del toro a la distancia que le indiquen las piernas de la res obligando al toro por derecho. Picarán por orden riguroso y en el sitio que el arte exige, esto es, en el morrillo.

   Están obligados a salir hasta los tercios del redondel en busca del toro, cuando las condiciones de éste así lo exijan a juicio del espada.

   No podrán adelantarse al caballo del picador ningún peón cuando aquel vaya a ejecutar la suerte. El peón podrá avanzar hasta el estribo izquierdo.

   El picador que desgarre la piel del cornúpeto, le punce en la cabeza y no guarde el turno prevenido, será castigado convenientemente.

   Lo será también, si abandona el caballo antes de que éste sea herido.

   Cuando saliese un toro de mucho brío y los picadores comiencen a dar vueltas por el circo siguiendo la dirección del toro para no encontrase con él, serán castigados con el mayor rigor.

   Suerte de capa.-Se llama suerte de capa todo lo que se hace para engañar al toro con el auxilio del capote.

   Las propiamente tales son verónica, navarra o chatre.

   Suerte a la verónica.-Situado el lidiador de frente y en línea recta con el toro a una distancia proporcionada, le citará, dejándole aproximar por su terreno hasta que llegue a jurisdicción, le cargará la suerte, y al hallarse el bicho fuera y esté en su terreno tirará los brazos para sacar el capote, quedando al practicarla en aptitud de poderla repetir.

   Verónica por detrás o aragonesa.-Se realiza esta suerte del mismo modo que la anterior, con la diferencia de que el torero se coloca de espaldas al toro con la capa puesta por detrás rematándola con una vuelta.

   Suerte a la Navarra.-Se efectuará situándose el diestro lo mismo que para la verónica, siendo indispensable que tenga el toro todas sus piernas enteras y poniéndose corto, lo citará, y cuando envista y vaya fuera humillando, le arrancará con rapidez la capa por bajo del hocico, dando al mismo tiempo una media vuelta, viniéndose a quedar otra vez frente al toro y en la misma actitud para repetirla si fuere necesario.

   Hay algunas suertes más de capa pero en realidad no son otra cosa que accesorios, tales como: de tijerilla, suerte al costado, de frente, por detrás, galleos, cambios y capear entre dos.

   De la suerte de banderillas.-Se llama banderilla o rehilete un palo de un dedo de grueso y 70 centímetros de largo, adornado generalmente con caprichosos recortes de papel y con un hierro en figura de arpón en un extremo.

   Existen varias maneras de colocar banderillas: al cuarteo, a media vuelta, al sesgo, recibiendo, (vulgo a topa-carnero), al recorte, al relance y dando el quiebro.

   Banderillas al cuarteo.-Esta suerte es la que se practica con más frecuencia, quedando muy lucida si la res es boyante y sencilla. Puesto el diestro de cara para el bicho, arrancará aquel de fuera a adentro hasta llegar al terreno del toro; cuarteará en la cabeza, le meterá los brazos para clavarle los rehiletes en el momento de la humillación, y ejecutando tomará su terreno procurando salir por pies si fuere preciso.

   Banderillas a media vuelta.-Esta suerte se ejecuta especialmente con toros de sentido que rematan en el bulto o que tienen querencia. El diestro procurará irse al toro por detrás y citarle para que se vuelva, al hacerlo se cuadra con él y le meterá los brazos.

   Banderillas al sesgo.-Esta suerte se ejecuta con los toros casi aplomados en querencia o entablerados.

   Para practicarla es preciso que el toro esté parado, yéndose el diestro a él con todos los pies por detrás y al lado del toro, y sin que éste se fije en él, y al llegar a la cabeza le colocará los rehiletes saliendo por los pies. 

(Continuará).

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XXIX.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Por fortuna, sigue nutriendo de información todo aquel hacer y quehacer de don Julio Bonilla, caso excepcional del periodismo taurino cuya génesis, desde 1884 y ahora ya, en 1887, seguía causando un efecto que permeaba con información y orientación entre los sectores de esa nueva generación de aficionados, mismos que contaban con elementos, los cuales ya no sólo eran encontrados en El Arte de la Lidia. En la entrega anterior, daba cuenta de todo aquel primer componente de publicaciones que circularon en el importante momento de 1887:

   El arte de Ponciano (México, D.F.), El Correo de los Toros (México, D.F.), El Mono Sabio (México, D.F.), El Toro (México, D.F.), El Toro de Once (México, D.F.), El Volapié (Puebla, Pue.), El Volapié (México, D.F.), La Banderilla (México, D.F.), La Banderilla (Orizaba, Ver.), La Divisa (México, D.F.), La Divisa (Puebla, Pue.), La Lidia (San Luis Potosí, S.L.P.), La Lidia (México, D.F.), La Muleta (México, D.F.), La Verdad del Toreo (México, D.F.), La voz del toreo (México, D.F.), Toros en Puebla (Puebla, Pue.), La sombra de Gaviño (México, D.F.) y La sombra de Pepe-Hillo (México, D.F.)

   Aprovechando la oportunidad de haber localizado varios de los ejemplares de El Arte… presento a continuación un “Vocabulario taurino” que publicó en el número cuya cabecera acompaña esta entrega. Al frente de aquella publicación seguía ese personaje cuya influencia en el medio era bastante notoria (y esto ocurrió entre 1885 y 1909). Amigo de otros grandes periodistas y escritores como el mismísimo Enrique Chávarri o de Juan de Dios Peza, lo cual indica que se “codeaba” con la “crema y nata” de la intelectualidad, pues además el ejercicio periodístico en que concentró la actividad de su “Agencia” no se limitaba al sólo esquema taurino. Contaba, como puede verse en la cabecera y directorio de su publicación, con el hecho de cubrir teatros, circo, carreras de caballos y otras diversiones. Don Julio, no conforme con ver publicado su semanario, enviaba colaboraciones a otros tantos periódicos nacionales y extranjeros. Ese año de 1887, se encuentran algunas de sus inserciones en El Toreo de Madrid.

VOCABULARIO TAURINO.

 Abanto.-El toro que huye de todas las suertes.

Abrir.-Desviar el toro de las tablas.

Albahío.-Toro de color canario claro.

Albardado.-El que tiene el pelo del lomo de diferente color que el resto del cuerpo.

Aldinegro.-El retinto o cárdeno con la piel negra de medio cuerpo hacia abajo.

Aparejado.-El que tiene a lo largo del lomo una lista blanca de cinco o seis pulgadas de ancho.

Aplomado.-El que no hace más que por los objetos que tienen cerca.

Barroso.-El de un color amarillo sucio.

Berrendo.-El que tiene manchas de menos de una cuarta sobre un fondo negro, colorado o cárdeno.

Boyante.-Bravo y sencillo.

Bragado.-De vientre blanco.

Brega.-La lidia.

Brocho.-Toro de cuernos caídos y apretados.

Bulto.-El cuerpo del diestro.

Burriciego.-Toro de vista deficiente.

Cachete o puntilla.-Instrumento con el que se rematan las reses que se acuestan después de estoqueadas.

Capirote.-Toro que siendo de distintos colores tiene la cabeza de uno solo.

Cerrar.-Aproximar la res a los tableros.

Cornalón.-Toro de astas muy grandes.

Desarmar.-Es cuando el toro quita al diestro el objeto que le sirve de defensa.

Descabello.-El acto de rematar a las reses que heridas de muerte permanecen en pie.

Descubrirse.-Bajar el toro la cabeza.

Derrote.-Movimiento que hace el toro con la cabeza.

Embraguetarse.-Ceñirse mucho el diestro a la fiera.

Encampanarse.-Se dice del toro que de súbito se fija en un objeto levantando la cabeza.

Encontronazo.-La acción de brincar el toro para coger al picador.

Embroque.-Situación del diestro en el acto de meterse el toro en jurisdicción de aquel al dar la cornada.

Escupirse.-Se dice cuando el toro no toma el engaño.

Galleo.-Suerte que consiste en ponerse el capote en los riñones o en los hombros, girar de derecha a izquierda llevando cerca de sí al toro.

Garrocha.-Vara que usan los picadores para castigar a los toros.

Hachazo.-Golpe que da el toro con las astas sobre cualquier objeto.

Humillación.-El acto de bajar el toro la cabeza para dar el golpe.

Jurisdicción.-Sitio que marca el torero para consumar la suerte, jurisdicción del toro, espacio que alcanza con la cabezada.

Jocinero.-Toro de hocico negro.

Lucero.-El que tiene una mancha blanca en el testuz.

Marrajo.-El de sentido.

Marrar.-Se dice cuando el diestro no ejecuta la suerte que intentaba.

Mohíno.-Toro negro.

Morrillo.-Parte superior del cuello del toro.

Mulato.-Toro negro que tira a color pardo.

Olivo.-Nombre de la barrera (coger el olivo) se dice cuando el diestro le huye al toro.

Parado.-Segundo estado de la res en la Plaza, en dicho caso no corre tanto como a la salida del toril.

Parear.-Colocar las banderillas al toro.

Peón.-Torero de a pie.

Playero.-Toro de encornadura mal acondicionada.

Pitón.-Extremo superior del cuerno.

Quiebro.-Movimiento que hace el diestro para librarse del hachazo.

Quite.-Acto de llamar la atención del toro con la capa en el momento en que se halla algún picador o peón alcanzado por el animal.

Receloso.-Toro que hace más por defenderse que por acometer.

Revoltoso.-Toro que se revuelve mucho para buscar los objetos.

Salir por pies.-Se dice cuando el diestro huye con precipitación a la salida de una suerte.

Tablero.-Barrera que cierra el redondel.

Taparse.-Levantar el toro la cabeza.

Vaciar.-Dar salida al toro con la muleta.

Zaino.-Toro de pelo negro, feo y sin brillo.

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XXVIII.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Lamentablemente, aquel esfuerzo de Julio Bonilla (que este blog ha hecho espejo desde sus primeras apariciones) y que empezaba a tomar forma en el “Diccionario Taurino Mexicano” ya no pudo continuar, como habría sido su intención, y nuestro deseo pues con ello entenderíamos perfectamente el estado de cosas y la manera de pensar que entonces se tendría en un momento de restauración intelectual para muchos nuevos taurinos que, por obra y gracia de este y otros señores que hicieron labor desde las trincheras periodísticas, lograron generar un proceso de enseñanza, pero sobre todo reorientar el pensamiento y la forma de proceder de quienes hasta esos momentos, los de 1886 en adelante, tendría en su bagaje esa afición en potencia. Es cierto que entre los últimos 12 años del siglo XIX la furia de vox populi se desató en diversas tardes, lo que ocasionó la destrucción parcial de varias plazas, así como la imposición de medidas prohibitivas, lo cual debe haber ocasionado un “volver a empezar” en todo aquel quehacer de los de la prensa para continuar con su empeño de convertirse en “guías espirituales”. Esos tiempos todavía no permitían que hubiese un tipo de ganado acorde a los cambios que sufría la fiesta de los toros en México, ni que los empresarios o, los toreros metidos a empresarios, tuviesen las más afortunadas intenciones de organizar espectáculos que luego terminaban como el Rosario de Amozoc. Así que estamos frente a una fiesta sujeta a procesos de integración y evolución muy complejos. Por un lado surge el pro-nacionalismo de los “poncianistas” a ultranza, y por otro el pro-hispanismo de quienes estaban convencidos, con Diego Prieto, Ramón López, Luis Mazzantini y otros en que el destino de la fiesta de toros en nuestro país iba a cambiar para bien. Pero en el fondo, lo que hacía falta era didáctica, enseñanza, orientación, recomendaciones y literatura, mucha literatura que, en buena medida se tradujo en las actividades de quienes, como Julio Bonilla estaban al frente de un medio masivo de comunicación.

   Así El Arte de la Lidia, junto a todos aquellos señores que publicaron, entre 1887 y 1900, en la medida de lo posible lograron, en pro, o en contra de cada uno de los frentes de lucha, que la afición fuera una afición de avanzada. A propósito, aquí tienen ustedes todos los títulos de publicaciones periódicas, efímeras, intermitentes o permanentes que salieron a la luz entre 1887 y 1899:

   Pero don Julio Bonilla, no conforme con aquel “fracaso”, retomaba el asunto en cuanta oportunidad se presentaba. Tal es el caso de la inserción temática que denominada “La dirección del redondel” en el siguiente número:

   Veamos.

    Para que la lidia de reses bravas sea en los circos taurinos lo que debe ser, es necesario en primer término que la dirección del redondel, encomendada al espada más antiguo de los que tomen parte en el espectáculo, resulte una verdad, para lo cual debe cuidar aquel con preferencia de no perder un momento su carácter y hacerse obedecer.

   Dejar que tan pronto como se presenten en el redondel las reses, los peones las recorten y corran en todas direcciones para quitarles facultades; tolerar que los picadores hagan de la suerte que les está encomendada lo que se les antoje, sin entrar en regla ni picar como está prevenido; permitir que los banderilleros se pasen una eternidad para meter una vez los brazos,  que la nube de monos y dependientes de la plaza, tenga siempre invadido el redondel, no es otra cosa que querer que las reses pierdan sus buenas condiciones de lidia y que ésta aburra y fastidie a los aficionados que asisten a las corridas de toros.

   En la suerte de varas, constantemente estamos viendo colocarse al lado izquierdo de los picadores, rebasando la línea que marcan las reglas del arte, no sólo a los espadas, sino a todos los banderilleros y monosabios que salen al paseo, en pelotón la mayor parte de las veces, y llamando siempre la atención de las reses.

   ¿No sabe el primer espada que aquella colocación de gente contribuye a que los toros entren inciertos a la suerte de varas?

   ¿No sabe que entrando así los toros no hay posibilidad de que los picadores señalen las varas en su sitio, y que, por lo tanto, el toro ha de recelarse y perder las buenas condiciones que pudiera tener?

   Pues si esto saben, ¿por qué permiten que cuando un picador cite para entrar en suerte, haya tanta gente estorbando a su alrededor?

   Para los quites bastan y sobran los espadas, que deben colocarse, uno al lado izquierdo del picador, a distancia conveniente y sin que el toro lo vea; otro detrás de este, por si su intervención fuese precisa, y otro a la cola del caballo, para cuando la caída del picador hiciera necesario meter el capote.

   Colocados así, que es como está prevenido, verían los espada cómo los toros serían mejor castigados.

   En este primer tercio no debe consentirse que al salir de la suerte, se corran los toros de uno a otro lado de la plaza, sino cuando sea necesario cambiar los terrenos, así como tampoco se deben tirar más capotazos que los precisos para volver a colocar las reses e suerte o cuando demasiado cerradas haya precisión de abrirlas.

   ¿Pues qué diremos de los mil y un capotazos que hoy se tiran en el segundo tercio, para que los señores banderilleros pongan un par? Aquello es un completo mareo y aburrimiento; aquello no es más que empeorar las condiciones de las reses y hacerlas que pierdan su nobleza enseñándolas lo que nunca deben aprender.

   Si levantaran la cabeza aquellos banderilleros que encontraban toro en todas partes y en todas las suerte, ¿qué dirían? Y ¿qué dirían también aquellos grandes maestros de la tauromaquia, al ver presenciando impávidos todo esto a los primeros espadas?

   Dirían, y con razón, que la lidia de hoy no es otra cosa que un desorden y un conjunto de chapucerías indignas de la grandeza del espectáculo, en donde se derrocha el valor y se escatima el arte.

   Viniendo el último tercio, sucede lo mismo que en los demás. Raras veces los matadores se encuentran solos con los toros; un enjambre de peones les rodea y a cada muletazo del matador se suceden infinidad de capotazos de los peones.

   Y esto sucede, o porque los espadas no tienen conciencia de lo que practican, o porque no tienen la suficiente energía para mandar al estribo a los peones.

   De este modo quieren los diestros que resulte lucimiento en las suertes. ¡Imposible!

   ¿Quieren así componer la cabeza de los toros?

   De esta manera no se consigue otra cosa que hacer imposible la lidia de reses bravas.

   Que la dirección del redondel sea lo que debe ser, y al ofrecer la lidia ordenada, las suertes se ejecutarán con lucimiento, y los espadas especialmente tocarán sus resultados al llegar a la suprema suerte.

   Un toro picado en regla, y banderilleado como la tauromaquia previene, seguramente será bien muerto, porque no habrá perdido ninguna de sus buenas condiciones.

   Fíjense en esto los espadas, y si procuran que la dirección sea una verdad, con ello ganará mucho la afición, pues verá lo que debe ser la lidia de reses bravas.

    Como se podrá observar, la preocupación de Julio Bonilla se fincaba en el hecho de que en aquellos momentos, estaban frente a una evolución definitiva en el toreo. Por tal motivo era necesario disponer de los elementos teóricos y todos aquellos que la experiencia había producido hasta entonces, para definir, como lo definió poco más de medio siglo después, y en otros términos, los estéticos, el gran muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, cuando afirmaba de manera arrogante: ¡No hay más ruta que la nuestra! Esa era en esencia la consigna entre los aficionados que se encontraban ante un nuevo panorama técnico y estético a la vez. La novedad del asunto representaba un cambio en la hoja de ruta de la que, hasta entonces era la representación de la tauromaquia mexicana, aislada de su tutor hispano, tauromaquia que transitó libremente, asesorada años atrás sobre todo por el desempeño y la responsabilidad moral de Bernardo Gaviño, que tampoco llegó a México con ninguna tauromaquia bajo el brazo, pero no fue ajeno a ella en el sentido espiritual de la palabra. Como español, se sabía partícipe de aquel destino, de ahí que su protagonismo se materializó en la presencia del “maestro”, del “patriarca”, pero también del “obstruccionista” y, finalmente del amo y señor de un imperio. A su muerte, en febrero de 1886, el destino de la fiesta quedaba en manos de otros españoles que comenzaron a llegar desde 1882 y quienes pusieron en marcha la que sigo considerando como la “reconquista vestida de luces”.

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XXVII.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Julio Bonilla, en su afán de concebir una obra inacabada, inconclusa como fue su “Diccionario Taurino Mexicano”, aún a pesar de que pasaron varios años para que ese asunto madurara en la importante cantidad de ejemplares publicados, aunque fuese de manera irregular, pues tal inestabilidad era resultado o espejo de aquellas intermitentes prohibiciones que afectaban las corridas de toros, sobre todo en la capital del país. Y es que el desorden, el caos seguían siendo un denominador común. Por eso, considero que el “Diccionario” de Bonilla no pudo concluirse, además de que, por la naturaleza de su extensión, era sumamente ambicioso, como ambiciosa era la idea de generar los elementos culturales suficientes para orientar y reorientar a una nueva generación de aficionados, quienes gracias a la aparición de El Arte de la Lidia, publicación dirigida por Bonilla, y otras más que comenzaron a circular de manera muy amplia en 1887, el hecho es que aquellos nuevos aficionados, tendrían suficientes datos para convertir su arcaica formación en una más apropiada, con la que entender el devenir de la fiesta de toros, espectáculo que se reanudaba luego de casi 20 años de prohibición en la capital del país.

   Pues bien, en ese afán por recoger y traer hasta aquí esa labor, hoy me ocupo, como se ocupó Julio Bonilla, de retomar el asunto descriptivo del sólo término Arte, para el que, en el número 17, año II, del domingo 2 de mayo de 1886, publicaba con la siguiente y profusa anotación, aludiendo una comparación, o más que esta, la superioridad que las corridas tendrían sobre aquellos.

 DICCIONARIO TAURINO MEXICANO.

 (Continua).

    Las funciones de toros llevan ventaja al baile.

   Efectivamente, veamos si en el baile se encuentra la moralidad que dicen algunos falta a las corridas de toros; y prescindiendo de lo que tiene aquél de ridículo, juzguemos desapasionadamente acerca de los bienes y ventajas que reporta a la sociedad, y comparemos.[1]

Disponible agosto 7, 2012 en: http://www.dsloan.com/Auctions/A23/imagezoom2.php?file=ibarra-coleccion-1860-01

    Sin remontarnos a los tiempos primitivos en que de seguro se bailaría; sin querer de intento hablar de las lúbricas danzas de la diosa del mundo, Roma: contrayéndonos a los tiempos modernos, preguntamos: ¿Es muy moral apretar el pecho del galán al escotado seno de la dama que con él valsa? Vaya, señores moralistas, que tanto malo encontráis en las fiestas de toros, no nos hagáis hablar, que entrando en el terreno de las comparaciones, sois vencidos. Os diremos que no sólo es inmoral, sino repugnante en alto grado, ver en un salón cien parejas o más, apretadas, estrujadas unas con otras, bailando lo que se llama bastante significativamente, Polka, Danza habanera, etc. Que la desnudez completa de las actuales bailarinas es vergonzosa, y sus movimientos sin gracia, obscenos y asquerosos. Que lo son mucho más y en grado más escandaloso, si es posible, los cancanes importados de la culta Francia y todos los bailes de allá venidos, en que no se ve más que andar de puntillas a una mujer desnuda, sacudir las piernas (casi siempre alambres) por todo lo alto, formando con ellas un ángulo tan abierto, tanto, que parecen línea recta. ¿Y qué se dice de los bailes de máscara? Nos ceñiremos a relatar las frases de Larra: “Allí hay madres que andan buscando a sus hijas y muchso maridos a sus mujeres, sin encontrarlas”. ¿Y la moralidad? Ni rastro ha dejado a su paso, si es que por allí ha pasado alguna vez. Y si en nuestras afirmaciones, por distintas causas y en diversas ocasiones debe exceptuarse algo, tampoco en lo absoluto, cuantos ven las corridas de toros, debe decirse que son bárbaros e inmorales tanto más cuanto que queda plenamente demostrado que si las corridas de toros son inmorales lo son mucho más los bailes.

   Estos, además de los vicios que despiertan, de lo que a la moral ofenden, de lo que a la dignidad repugnan, de lo que a la sociedad pervierten, afeminan a los hombres, los hacen pusilánimes, endebles y cobardes. ¿Qué sentimiento noble, que idea de lo grande, de lo heroico, puede caber en el pecho de un joven que por ocupación frecuenta los bailes, por inclinación no conoce ni trata más que danzantas, y por costumbre no usa más armas que el bastón de junco ó el abanico de seda? No es envidiable su suerte, ni la de la nación que por su desgracia tuviese individuos de tal calaña. Por eso no queremos de ningún modo que nuestro pueblo se parezca en nada al que se forme de entes que, lejos de hacer alarde de valor, fuerza e inteligencia como cumple al hombre, no piense más que en la vida disipada del sibarita y en los goces del dinero. ¡Pobre nación donde tal suceda! Cuatro soldados y un cabo penetrarían impunemente en un pueblo, aunque tuviera cincuenta mil habitantes, y le impondrían su voluntad, porque nadie los resistiría. Afeminados los unos, cobardes por lo tanto y temerosos los otros de perder la vida, y con ella los goces a que tanto apego tienen, los que para nada estiman lo necesario que es a la educación de un pueblo, hacerle fuerte, inculcarle máximas para que sea valiente, para que desprecie la vida en ocasiones, sería imposible la defensa.

Disponible agosto 7, 2012 en: http://www.dsloan.com/Auctions/A23/imagezoom2.php?file=ibarra-coleccion-1860-04

    En corroboración de lo expuesto y como prueba supernumeraria de nuestra aseveración, concluimos este artículo con las palabras de un célebre escritor: “Es difícil, dice, que los jóvenes puedan perseverar en el camino de la virtud cuando se les provoca de continuo con la torpe exhibición de mujeres medio desnudas ante los resplandores de las baterías. Es preciso, añade, que se prohíban los bailes en los teatros, pues que con ellos nada gana la moral ni la decencia, y sólo sirve para pervertir a la juventud y fomentarle vicios.

   ¿Puede decirse otro tanto de las funciones de toros? Lo hemos dicho ya, contéstesenos desapasionadamente y la respuesta no es dudosa. 

J.M.B. 

(Continuará).


[1] No olvidar que por aquella época, seguía siendo un referente la “Colección de Bailes de Sala… dedicada a la juventud mexicana” por Domingo Ibarra, edición de 1860. Domingo Ibarra como Julio Bonilla, fue otro de esos taurinos irredentos convencidos de que su conocimiento tenía que trascender, como trascendió también, en el mismo caso de Ibarra con su Historia del toreo en México que contiene: El primitivo origen de las lides de toros, reminiscencias desde que en México se levantó el primer redondel, fiasco que hizo el torero español Luis Mazzantini, recuerdos de Bernardo Gaviño y reseña de las corridas habidas en las nuevas plazas de San Rafael, del Paseo y de Colón, en el mes de abril de 1887. México, 1888. Imprenta de J. Reyes Velasco. 128 p. Retrs.

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XXVI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Conforme avanza el tiempo, puede apreciarse que la labor emprendida por Julio Bonilla no fue una casualidad, mismo empeño que permite entender la trascendencia de este “diletante” de la pluma taurina, mismo que al cabo de los años, fue convirtiéndose en referente junto con Eduardo Noriega “Trespicos”, Pedro Pablo Rangel, Carlos M. López, Pedro González Morúa y otros de aquella época de fines del siglo XIX y comienzos del XX, tiempo suficiente que sirvió para preparar a varias legiones de buenos aficionados a los toros, mismos que comprendieron a la tauromaquia desde diversas perspectivas, superando así el estado primitivo en que se encontraban, por lo menos hasta el año de 1884, justo cuando surgió El Arte de la Lidia, primer publicación con ese propósito.

   En el Diccionario Taurino Mexicano, Bonilla siguió desarrollando desde una perspectiva eminentemente nacionalista, pero sin hacer menos toda la influencia española, el significado de una serie de términos que se apegaban a la más correcta de las definiciones que por aquellos años pretendían permear e ilustrar a dicha generación de aficionados en cierne. Lamentablemente el intento de dicho Diccionario no prosperó, primero porque era muy ambicioso. Segundo, por el hecho de que aunque sólo conozco la edición en papel de esta “Revista taurina y de Espectáculos” hasta su edición del 16 de octubre de 1887, tengo conocimiento de que al menos existen otros tres o cuatro volúmenes, mismos que han de comprender los años 1888 y hasta por lo menos 1891, año en que se registró una nueva prohibición a las corridas de toros, motivo suficiente como para desistir de una empresa editorial que no habría de redituarle a Bonilla Rivera más que dolores de cabeza y las pérdidas económicas consiguientes. Por lo tanto, hubo un repunte entre 1900 y 1901. Luego, para continuar con la labor de la “Agencia Taurina” de la que era responsable “Recortes”, este tuvo que distribuir sus informaciones a periódicos tales como: El Chisme, El Diario del Hogar, El Enano, El Imparcial, El Monitor Republicano, El Mundo, El Nacional, El Popular, El Toreo, La Iberia, México Taurino, El Demócrata, entre otros. Publicaciones cuyos lugares de edición fueron México y España.

Colección del autor.

   Pues bien, al seguirle los pasos a don Julio, y para lo cual realizo actualmente un trabajo de investigación,[1] no puedo omitir tan interesantes apreciaciones que hoy forman parte de este cuerpo temático: el del glosario y diccionario taurinos.

   Por lo tanto, en el Nº 15, año II, del domingo 11 de abril de 1886, y siguiendo con el tema de la definición del arte del que ya se daba cuenta en la colaboración pasada,[2] aquí continua la exposición.

   Las funciones de toros llevan ventaja a la música.

   Para justificar esta aseveración, creemos bastante aducir lo que respecto de este particular dice el Sr. Sánchez de Neira:

   ¡La música! dice: ¿Puede negarse la importancia que siempre ha tenido, y el puesto que hoy en el mundo ocupa el arte divino? Sería locura dudar de lo que es evidente; pero aunque parezca atrevida la pregunta, ¿la música por sí sola es o puede constituir un espectáculo que por espacio de dos, tres o cuatro horas, entretenga, divierta o entusiasme a cuatro mil o más personas sin cansarlas?

   Contéstese desapasionadamente, y la respuesta no es dudosa.

   No es posible tener quieta una gran muchedumbre tanto tiempo sin interrupción, sin hablar y mirándose unos a otros, por muy educado que tengan el oído a las fusas, corcheas y compases. Queremos conceder que algún notable aficionado, un profesor entusiasta, en ocasiones dadas, sienta excitada hasta tal punto su sensibilidad con los preciosos acordes que escuche, que se enajene de deleite, siquiera sea por poco tiempo; pero ¿sucederá otro tanto a la mayoría inmensa de los concurrentes?

   Con perdón de los filarmónicos, tenemos precisión de decir que no llegará a un diez por ciento el número de los que, pasada la primera media hora, presten atención a las notas musicales con preferencia a los ojos o a las galas de una mujer.

   La música es innegable que deleita como pocas cosas en el mundo; hasta dicen que produce éxtasis en muchas personas cuya sensibilidad es o debe ser muy exquisita. En cambio, otras seguramente se verán molestadas por el ruido de un piano, que tal vez les estorbe oír palabras de amor o promesas de empleos, y renegarán de ella. Cada uno tiene sus gustos, y no todas las ocasiones son oportunas para oír música. Es un arte que da gran realce a cualquier espectáculo no sólo tome parte el oído, sino también la vista, bien sea religioso, bien profano.

   De manera que la música cuando hace mejor papel es acompañada a otra cosa, a otro acto, a otra función, como a la ópera, al baile o a las corridas de toros. En éstas últimas, sin embargo, es donde juega más insignificante papel; está reducida a aumentar el ruido y la algazara, sin que nadie se cuide de las acordes notas que producen los bellísimos sonidos que dicen causan arrobamiento.

   Pero en la ópera, que es donde se ve lo sublime del arte, hay que alegrarse, entristecerse o sentir, como el autor del Spartito quiere que el auditorio sienta.

   Esto debe ser verdad, porque lo dicen muchos y no hay por qué negarlo. Pero afirman los antifilarmónicos, que no es verdad que la música conmueva las fibras del corazón humano, como aseguran sus apasionados, y para probarlo dicen: que se han visto muchas personas amantísimas del arte musical, inteligentes, profesores distinguidos, asistir a la audición de los mejores trozos de música de cuantos autores se conocen. Todos, absolutamente todos, prestando una atención extraordinaria, aguzando el oído, abstrayéndose de cuanto a su lado habría, abriendo los ojos desmesuradamente, encarnándose, digámoslo así, en la composición musical, cuyas melodías tristísimas, según ellos, debían conmoverlos. Notas dulcemente sensibles y tristemente penetrantes. Pero nada, ninguno lloraba. Más aún, lejos de verlos tristes, bajo la impresión de aquella sonata, o lo que fuere; al acabarse se les ha observado entusiasmados, eso sí, pero contentísimos y alegres. Luego la música hace en ellos el efecto contrario al que el autor se propuso.

   Podría decirse, que los secretos de la música no son para comprenderlos gente profana al arte. Perfectamente; y como la inmensa mayoría de los habitantes de todos los pueblos, no están educados para apreciar todas las bellezas de la música, y como en su audición no se goza más que relativamente y por poco rato, han de confesar los apasionados al arte musical que ésta no es bastante para entretener a un pueblo entero, y que como función pública, es necesario limitarla a corto número de espectadores, de esos que la entienden, al menos hasta que la educación musical cunda y se propague a todas las clases sociales. Estas se recrean más con las corridas de toros, no hay que dudarlo. Es más perceptible para ellas el encanto que les produce lo real y positivo, que lo figurado e ideal. Sienten y gozan con lo que a la vista tienen, y no se alimentan con ilusiones. Y tanto demuestran su sentimiento, que si en la corrida de toros hay una desgracia, el terror en unos, la pena en muchos y el disgusto en todos, se refleja inmediatamente. Porque en esto hay verdad; y en la música, si no se idealiza el oyente, si no se transporta a los espacios imaginarios, no experimentará nunca terror ni pena. En la música habrá mérito, pero hay ficción; y la comprensión humana instintivamente separa en el acto la verdad de la mentira.

   Así, aquellos para quienes la música es un entretenimiento al que fácilmente renuncian, afirman que no es verdad que el corazón sienta lo que dicen que quiere decir la composición musical, sino que es una cosa agradable en algunas ocasiones, sobre todo, no cuando se oye, sino cuando se escucha; que ni hace reír ni llorar, y de que se prescinde por mirar un traje las mujeres, o por hablar de éstas los hombres.

   En los toros, ¿se habla de otra cosa que de la lidia? Nada es más cierto. Ni los hombres, ni las mujeres, ni los niños piensan en otra cosa que en los múltiples accidentes de aquélla. Allí se olvidan todas las penas. La no interrupción del espectáculo contribuye mucha a esto, porque no permite que la imaginación se aparte un momento de lo que tiene a la vista y tan poderosamente la preocupa. Concedernos que deleita, agrada, gusta la buena música, que puede escucharse un rato sin que moleste; pero al mismo tiempo no podrá negársenos que la fiesta de toros tiene más de magnífica, ostentosa e interesante, que el mejor concierto de las mejores obras. Prueba de esto es que si éste se ejecutase en un lugar en que los oyentes no puedan lucir sus galas, ni entretenerse en conversación alguna amorosa o política, sería muy escaso el número de los concurrentes, lo cual ha demostrado la experiencia con amarga decepción para el arte de Orfeo. ¿Sucede esto con las corridas de toros? Hasta aquí el autor citado; y aun cuando creemos que lo expuesto es más que suficiente para la justificación de nuestro aserto, permítasenos agregar lo que le consta a todos los habitantes de la República, es decir, que en todos los Estados se dan corridas de toros, que en la capital se ha dado el caso de que en un solo día, 21 de marzo de 1886, se dieron corridas en el Huisachal, Tlalnepantla y Texcoco[3] y que lejos de disminuir la concurrencia, el entusiasmo, etc., etc., de día en día se multiplica de una manera prodigiosa. ¿Sucede lo mismo con la música? Para no fatigar más a nuestros lectores, los enviamos con la música a otra parte.

 Continuará.                                                                                                     J.M.B.


[1] José Francisco Coello Ugalde: Aportaciones Histórico-Taurinas Mexicanas Nº 101: “Julio Bonilla Rivera y El Arte de la Lidia. (Un guardado secreto de la prensa taurina en México. 1884-1909). Pertenece a la serie: Curiosidades Taurinas de antaño, exhumadas hogaño y otras notas de nuestros días Nº 47.

[3] Se refiere a los siguientes festejos: Plaza del Huisachal: Gran corrida para esta tarde. Ganado de Santín. Primer espada: Ponciano Díaz y Felícitos Mejías “El Veracruzano”.

Plaza de Texcoco: Gran corrida para esta tarde. Magnífica cuadrilla. Primer espada, Juan León El Mestizo. Nueva ganadería del Volcán.

Nueva plaza de Tlalnepantla: Quinta corrida. Ganado del Cazadero. José Machío y “Frasquito”.

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