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“BONARILLO” EN EL PRIMER TORO.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 

   Es la tarde del 4 de noviembre de 1906. La plaza de toros “México” de la Piedad luce llena hasta la bandera, como puede predecirse en el enfoque que J. R. Foquero, el fotógrafo, logró en el preciso instante en que Francisco Bonal “Bonarillo” iniciaba un cite con la muleta que lleva en la diestra.

   Aquella ocasión, el diestro español y nacido en el barrio de Triana en Sevilla, alternó con otro paisano suyo: Antonio Montes, y ambos se las entendieron con un encierro de Santín.

   Y no era cualquier tarde, porque en esa ocasión se presentaba Montes, a quienes los aficionados esperaban repitiera el mismo tono triunfal que ya había tenido temporadas atrás.

   De acuerdo a lo que apuntó el cronista de El País un día después podemos saber que

Santín mandó unos toros bien presentados, pero con pitones microscópicos, “hormigones”, según el tecnicismo. Algunas cornamentas parecían recortadas y limadas. ¿Será posible?

   Todos los toros fueron tardos en picas, doliéndose al castigo, buscando la defensa, quedados en banderillas y en la muerte, con excepción de los corridos en primero, tercero y sexto lugares, reservones, entablerados y buscando pupa. Santín no se ha lucido en esta ocasión.

   Aún así, y con la mala labor de varios picadores, “sólo se registró un penquicidio, y los toros tomaron por total veinte varas, algunas no del todo buenas, sino refilonazos o marronazos”.

   No fue la tarde de Montes que, en apática presentación no hizo sino subir el tono de las protestas y la desilusión de sus “istas”

   Respecto a “Bonarillo”, las cosas tampoco resultaron favorables del todo.

   Con el capote no hizo nada digno de mención. Usa un telón de teatro, primer agravante, luego da la salida antes de que el toro esté en jurisdicción; quiso gallear a un toro quedado (¡!) no convenció. Se sabe, no obstante, que Bonarillo es un buen torero, que ha cosechado siempre aplausos, pero seguramente los del Perú, que siempre vienen a cuenta, le han trastornado y nos ha confundido con los villamelones de la América del Sur, que se desmayan en la suerte de picas.

   Puso en el quinto toro un buen par aprovechando, que le fue aplaudido.

   Con el estoque y muleta hizo lo siguiente: en el primero, con la izquierda, 1 alto, 1 de pecho, 2 redondos por bajo muy buenos, estando el torero cerca y consintiendo mucho. Con pequeño cuarteo media estocada en su sitio. Pases de pitón a pitón, muy aplaudidos, y termina con una honda en su sitio. Intenta descabellar y el toro dobla. Palmas, sin llegar al entusiasmo.

   En el tercero, que brinda a sol, uno con la izquierda, dos altos, uno de pitón a pitón. Iguala y entrando con el brazo muy alzado, media en su sitio. Más pases y una buena estocada. Que partió la herradura. Palmas, ovación y dianas. Hasta aquí no iba mal.

   En el quinto toro varió la decoración. Aun cuando toreó cerca y confiado, hizo una pésima faena, de altos y ayudados. Echándose fuera de una manera descarada, atiza un pinchazo; más pases, otro pinchazo en la misma; más pases y hasta tres pinchazos más, en tablas, es cierto, sin fijar, entrando con todas las agravantes posibles, una pasada sin herir por causa del toro, media pescuecera sin soltar. El matador se desanima, y por casualidad atiza un descabello a la primera. Pita morrocotuda. Bien es cierto que el toro se encontraba un poco difícil por un pésimo par de banderillas en el pescuezo, que clavó Bisoqui.

   Como podrá entenderse, “Palomo Chico”, el cronista en turno, tuvo a bien darnos “santo y seña” de aquella comparecencia, de diestros hispanos y que, por lo visto, ni uno ni otro cumplieron como esperaban los asistentes al coso en rumbos de la Piedad.

   En la nota que se dispuso como pie de foto, sabemos también que se trataba del segundo de la tarde. Con todo y eso, la imagen, fue separada y luego colocada en un marco que lució, ya lista en los pasillos de la casa “Barbabosa”, en Toluca. Don José Julio Barbabosa había mandado hacer ese sencillo trabajo al negocio de marcos y cuadros más cercano, con objeto de procurar un testimonio más sobre los muchos habidos –como recuerdo-, en aquella residencia, que era uno de los sitios donde el legado de Santín, como ganadería, fue quedando poco a poco traducido en un sólido recuerdo.

   Los ejemplares que mandó siempre bajo su orgullosa y siempre predecible idea de que, por ser los “toros nacionales” iban a causar sensación, esa tarde simple y sencillamente no pasaron a la historia.

Sin embargo, en todo estaba pendiente don José Julio, y aunque la nota fuese adversa, tuvo a bien no olvidarla conservando este simple testimonio fotográfico que, de algún modo, nos ha permitido conocer las incidencias de aquella soleada tarde.

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DOS COLUMNAS FUNDAMENTALES EN EL TOREO: LA VERÓNICA y EL PASE NATURAL.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   De acuerdo a los más rancios principios establecidos en la tauromaquia, el lance a la “Verónica” y el “pase natural”, vendrían siendo considerados como las columnas vertebrales de una expresión en la que los diestros deben partir, estableciendo primero que conocen perfectamente su propósito y luego que saben cómo ponerlo en práctica.

   De ese modo, cuando pude apreciar a doble página, este claro ejemplo de la “verónica”:

El Ruedo de México. Año VIII, N° 56. México, 6 de diciembre de 1951. (Páginas centrales).

…me di cuenta que lo dicho allí es –hay que decirlo-, irrebatible.

   Primero, porque la “verónica”, es el lance fundamental del toreo con el capote. Lo demás son suertes de adorno, es decir todos aquellos lances que en su día tuvieron propósito de auxilio, y que eran los “quites”, los cuales ya no existen; o por lo menos ya no pueden citarse o referirse así pues ello significa la pérdida casi total, de la suerte de varas. Ello como consecuencia de varias razones, no necesariamente las atribuibles a la reducción de la casta en el toro, pues entra en juego la natural evolución del espectáculo, su cuestionado valor de maltrato animal e incluso, el de aquel lamentable punto (es un secreto a voces), donde los matadores giran órdenes precisas para pegarles más, desentendiéndose luego, pues para sacar al toro de jurisdicción están los subalternos.

   El hecho es que las “suertes de adorno” deben ser vistas hoy día como el intento del matador en turno, o el que por reglamento –y más aún, por usos y costumbres-, y que acude a generar competencia; como lances cuya ejecución y representación, significan alarde, en unos. En otros, convocan a la belleza y terminan siendo un rico catálogo de lances con los que se evita fundamentalmente la monotonía o el minimalismo en que suele caer el primer tercio de la lidia.

   Termino retomando lo escrito en mayúsculas en la impresionante composición que se logró a doble página en la célebre publicación dirigida por D. Manuel García Santos. Va así:

DOS TOREROS –SEVILLANOS LOS DOS-, HAN LLENADO DE PERSONALIDAD LA VERÓNICA. EL UNO FUE JUAN BELMONTE, QUE LE TRAZÓ RUMBOS NUEVOS AL TOREO. EL OTRO FUE “GITANILLO DE TRIANA” QUE HIZO DEL RITMO LENTO Y DE LAS MANOS BAJAS UNA NORMA. ENTRE LA VERÓNICA DE JUAN Y LA DE CURRO, ESTÁ ESA VERÓNICA –FLOR QUE SE ABRE EN ESENCIAS TORERAS-, DE “CHICUELO”, DE PEPE LUIS VÁZQUEZ, DE MANOLO GONZÁLEZ… EN LAS FOTOS, A LA IZQUIERDA, BELMONTE, Y A LA DERECHA, MANOLO GONZÁLEZ, EN EL LANCE FUNDAMENTAL DEL TOREO CON EL CAPOTE.

   Y si lo es para la capa, también existe para la muleta. Se trata del “pase natural”. Hace muy poco lo vimos desarrollado en la interesante faena que realizó Juan Pablo Llaguno a uno de Caparica:

Disponible en internet febrero 7, 2018 en:

http://altoromexico.com/index.php?acc=galprod&id=5291. Fotografía: Sergio Hidalgo.

Y Juan Pablo, se elevó a alturas insospechadas para lograr este prodigio fue, entre otras cosas por algo que al escribirlo días después de su actuación, estaba convencido de ello:

   Los tres espadas, muleta en mano, desplegaron lo mejor de sus conocimientos en la lidia, con objeto de pulir asperezas y prepararlos para el debido lucimiento. No hacerlo significó apuros y más de algún arropón, incluyendo el dramático momento en que Juan Pablo Llaguno fue lanzado de fea manera por los aires, saliendo ileso de milagro. De este joven matador debo apuntar sus buenas y clásicas maneras, al dar cara a sus enemigos con los que demostró capacidades envidiables como lidiador.

   Si por su sangre circulan esos genes de la virtud, diría sin equivocación, que le ha bebido los alientos en espíritu, a aquel antiguo torero de origen sevillano, y que se llamó Manuel González Cabello. “Manolo” González se entrelazó con la familia Llaguno, lo que ha significado para este joven la mejor forma de materializar tan valiosa herencia. Y Juan Pablo se sabe responsable de esa razón, por lo que su actuación parecía el resultado de un diestro que no para de torear. Lamentablemente llegó a la “México” con tres corridas en su haber. Aún así, dejó una impronta que tardará mucho tiempo en olvidarse.

   Y si hay que conocer cartas-credenciales del sevillano, nada mejor que con esta imagen, donde a fuerza de reconocimiento, nos encontramos con una de las mejores explicaciones del pase natural:

El Ruedo de México. Año VIII, N° 56. México, 6 de diciembre de 1951.

   Sin propósito alguno de “ismos” que pueden ser mal interpretados, lo único que busco aquí es demostrar que sí existen, y han existido grandes ejecutantes en la “verónica” y el “pase natural”, mismos que honran y seguirán honrando lo más esencial en el contenido de dos “Tauromaquias”, la de “Pepe Hillo” y “Paquiro”. En ambas, estas dos razones poseen un peso que se busca reafirmen una tarde sí, y otra también quienes se visten de luces.

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PRESENTACIÓN FEMENINA EN LA PLAZA DE TOROS “CIRCO MÉXICO”.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Conviene de entrada traer hasta aquí, algunos datos sobre la curiosa plaza –Circo “México”. Veamos.

Fabricada de madera, con cupo para unas seis mil personas, estaba situada en la esquina formada por las calles de Allende (antes Factor) y González Bocanegra. Se inauguró el domingo 21 de septiembre de 1924 con un festejo mixto: cuatro novillos de “El Cazadero” para Cayetano González y Félix Romero, así como dos becerros de la misma ganadería para Fermín Espinosa “Armillita” y Alberto Vara “Varita”. Sirvió como circo taurino hasta fines de 1927, cuando fue techada y transformada en arena de box y lucha libre.[1]

   El 16 de noviembre siguiente, la “Cía. de Espectáculos Populares Plaza-Circo México, S.A.” presentó este interesante cartel, que recuperaba, en buena medida, las ya distantes actuaciones de otra cuadrilla de toreras, que habían venido presentándose desde finales del siglo XIX y siguieron actuando, por lo menos durante los primeros cinco años del siglo XX.

   La tira de mano maltratada por el paso del tiempo, nos deja ver, en ese papel de china, amarillento y arrugado la composición y diseño que dieron a la misma en la Tip. “El Libro Diario”, S.A., ubicada muy cerca de la plaza, en la calle de Mesones 25. Allí aparecen tres valerosas toreras, llevando holgados trajes de luces que parecen recordar los que se usaban en tiempos de Mazzantini o de Fuentes, que seguramente Margarito de la Rosa o el ya establecido negocio de alquiler de José Romero “Frascuelillo”, fueron los sitios a los cuales recurrieron nuestras protagonistas para disponer de las mejores prendas.

   Además, los retratos que se incorporaron en la bajo el principio de la fototécnica, nos podrían confundir en algún momento, pues evocan, por su parecido, a los que en su momento realizaron los célebres hermanos Valleto, dueños de uno de los gabinetes fotográficos más célebres, instalado en el centro de la ciudad de México (claro, esto ocurrió entre 1865 y los comienzos del siglo pasado). Obtenidas bajo la idea de que fuese una “tarjeta de visita”, ello facilitaba la distribución, obsequiando dichas imágenes entre quienes podrían considerar como posibles contactos con los empresarios de entonces.

   Ellas son: Margarita García La Reverte, Luz Rojas La Gordita y Esther García La Finita, quienes junto con Rafael Fernández “Belmonte de Málaga”, se encargarían de lidiar y estoquear 2 ejemplares de Galindo e igual número de los de Queréndaro, respectivamente.

   Desconozco lo sucedido esa ocasión, pero es casi un hecho pensar que la plaza registró una buena entrada, y de que las señoritas toreras pusieron lo mejor de su parte para salir airosas del compromiso que significaba salirle a un to…, perdón, a un novillo y obtener reconocimiento o rechazo según los acontecimientos durante aquella jornada.

   Han transcurrido 94 años de aquel suceso, y el peso de la nostalgia entre lo que representa el cartel en sí mismo, con esa cabecera muy al estilo de los antiguos impresos y el resto de la composición, que cumplía con los principios de la publicidad, nos encontramos ante un hecho que refleja la forma en que La Reverte, La Gordita y La Finita tuvieron ese momento de celebridad.

   Por cierto, y antes de terminar, debo agregar el detalle central de la primera imagen, donde La Gordita se hizo de ese otro retrato, en el que destaca la “pompa y circunstancia” del torero, nos deja sentir el peso de su mirada, la que resultó de la pose en tres cuartos, con la montera bien puesta, montera que también parece haber salido de los antiguos objetos que guardaban celosamente señores como de la Rosa y Romero, quienes formaron auténticos juegos para que los aspirantes tuvieran forma de probarse una u otra prenda hasta decidir la paga más conveniente.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. II., p. 769.

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LA BELLEZA DEL TORO EN EL CAMPO MEXICANO.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace unos días, aparecieron ocho interesantes fotografías que son clara evidencia de los toros que se lidiarán el lunes 5 de febrero, en la conmemoración del 72 aniversario de la plaza “México”. Son ocho ejemplares de Jaral de Peñas que su propietario decidió divulgar, no solo con ese propósito, sino con objeto de que los aficionados tengamos claro de que son toros y ya no nos quede la menor duda. De que tienen trapío, de que es una corrida pareja en presentación, donde predominan los colorados, y de que más de uno, como el 182 o el 174 resaltan  porque su pelaje se denomina –en aquel- “chorreao en verdugo” (mezcla de tres colores: negro, blanco y colorado) y ese otro que es colorado, bragado y muy parejito.

El 182

El 174

Imágenes disponibles en internet febrero 2, 2018 en:

http://altoromexico.com/index.php?acc=galprod&id=5317

Foto: JPB, iniciales de Juan Pedro Barroso.

   Todos los del Jaral aparecen retratados en un corral, espacio en el que seguramente pasaron sus últimos días en contacto con el campo bravo, ese sitio que siempre ha poseído encanto y fascinación sin igual.

   Se tiene claro que de las últimas comparecencias de Jaral de Peñas, las cosas han rodado bien. Esperemos se cumpla el deseo de su propietario y el destino le guiñe un ojo.

   La cosa no acaba ahí. Más bien, alienta porque esas imágenes me han dado motivo para buscar entre los materiales que he venido reuniendo (labor que me ha tomado poco más de cuatro décadas), algunas fotografías cuyo contenido histórico se pondrá en valor a continuación.

   Creo que en principio debo afirmar que las elegidas son casi inéditas, de que la más antigua se remonta a 1888, siguiéndola tres cuyos registros datan de 1905, 1908 y 1909 respectivamente. En ese criterio de rareza, se encuentra una más de 1935, y otra de 1942.

   Comparto con gusto dichas piezas, porque además destaca en cada una de ellas la belleza de los escenarios, lo imponente de los toros, e incluso de lo afortunado que, para cada uno de los fotógrafos resultó el momento de su contacto con los toros bravos.

   Se trata de una “tarjeta de visita” cuyo registro se remonta a 1888. No se conoce, salvo este ejemplo, una evidencia tan antigua lograda en el campo, imaginando para ello la labor del fotógrafo, quien debe haber apostado todo su equipo, a prudente distancia para tener al final de aquella sesión seis fotos, de la que sólo se conocen cinco (y aquí es buen momento para agradecer la generosa colaboración del Lic. José Carmona Niño quien puso a mi alcance estos materiales).

   Estamos en Atenco. Ese toro ya contaba con la edad de rigor, buena presencia y dotada cornamenta, con lo que se cumplía cabalmente cualquier requisito para su presentación en la plaza. Por cierto, y según un riguroso registro que tengo sobre la presencia de los atenqueños entre 1815 y 1915, puedo apuntar que ese año de 1888 se lidiaron como encierro de seis, el que se presentó el 4 de marzo en la plaza de “Colón”, lidiados por Valentín Martín, y luego hasta los domingos 9 y 16 de diciembre, en el mismo coso por Manuel Hermosilla y Juan Jiménez “El Ecijano”, cartel que se repitió en ambas tardes.

   Toro español, procedente de la ganadería de “Muruve” (sic), lidiado el 12 de febrero de 1905, en la plaza de toros “México” de la Piedad siendo el cartel, como sigue: Antonio Montes, Manuel Lara, “Jerezano”, y Tomás Alarcón, “Mazzantinito”, picador: “Agujetas. Banderillero: Manuel Blanco, “Blanquito”.

   F. Esperón, el fotógrafo se apostó en algún burladero de las corraletas (quizá entre las dos y tres de la tarde) y desde ahí, obtuvo tan impecable imagen, en la que se puede apreciar al mayoral que envió el ganadero español Joaquín Murube, con motivo de que fuese el responsable de cuidar el lote. Este, con una aparente paciencia franciscana, da de comer no solo al que se encuentra en primer plano sino también al que está detrás de él. ¿Qué les ofrece? Parece ser una ración de paja con la que los mantiene en santa paz, la misma que demuestra eso sí, el perro que observamos dormido a sus pies.

   Bonito de “Arribas, Hermanos”. De él se dijo lo siguiente:

Foto. A.V. Casasola. Col. del autor.

   “Bonito”, que en realidad se llamaba “Guindaleto”, pero al que su mayoral, Miguel Bello, siempre le decía “El Bonito”, y así se le quedó, había llegado a México con sus hermanos para la temporada anterior, es decir la de 1906-1907, estando en tan mal estado al ser desencajonados después de la travesía, que fueron conservados para la temporada siguiente. Poco a poco, Miguel Bello, que también era el conserje de la plaza y picador de toros los días de corridas, logró que “Bonito” se dejara acariciar en los corrales y acabó por darle de comer en la mano, como si se tratara de un manso corderito, lo que llamó poderosamente la atención del público en general, el cual empezó a interesarse por el animal”.[1]

   Pues bien, llegó el día de la corrida.

   Volvemos al “Lanfranchi”, que es como el “Cossío” mexicano:

Domingo 16 de febrero de 1908. Miguel Báez “Litri”, Antonio Guerrero “Guerrerito” y Vicente Segura.

   Al ser lidiado, “Bonito” sólo fue castigado con 4 puyazos y le clavaron un par de banderillas, y en esos momentos saltó al ruedo Miguel Bello, lo llamó por su nombre, se acercó a él lentamente y acabó por abrazarlo y acariciarlo, mientras todo el público pedía a gritos el indulto, que fue concedido.

   El toro regresó a los corrales, siempre acompañado por su mayoral, y a partir del día siguiente fue puesto en exhibición.[2]

   Entre otros personajes que fueron atraídos por aquella curiosidad, se presentó ni más ni menos que la tiple María Conesa, quien en ese entonces estaba encumbrada en el mundo de los espectáculos. Y la Conesa se hizo retratar hasta en tres ocasiones, como para dar muestra primero, de que controlaba sus nervios, y luego para afirmarse más en el cenit de su fama.

   Y termina nuestra consulta al “Lanfranchi” con lo que apuntó como consecuencia en el destino de ese toro famoso:

   Como el toro pertenecía por contrato a la empresa de “El Toreo, ésta acabó por regalárselo a Miguel Bello, el cual le curó sus heridas y lo cuidó hasta que él sufrió una cornada mortal al estar desencajonando unos novillos, el 16 de julio de 1909, y sus herederos lo vendieron entonces a don Víctor Rodríguez para semental de su ganadería de “La Trasquila”, en el estado de Tlaxcala. Años después, durante la Revolución, la hacienda fue invadida por unas tropas zapatistas, las cuales sacrificaron al famoso “Bonito” como si se tratara de otro animal destinado al matadero, sin importarles todo el revuelo que con su nobleza había provocado en la ciudad de México durante algún tiempo.[3]

   Por su parte, Edmundo Zepeda “El Brujo” torero romántico, de la legua, que en sus años ya maduros se incorporó a un espectáculo denominado “Cuatro siglos del toreo en Méjico”, y que recreaba las suertes en desuso que se practicaron en la segunda mitad del siglo XIX, mismas suertes que un siglo después fueron conocidas en dicho espectáculo, el cual hubo oportunidad de que los aficionados capitalinos y otros del país pudieran apreciarlo justo el 14 de agosto de 1955 en la plaza de toros “México”. Zepeda, tiempo más tarde, se dedicó a escribir en tono de corridos, varios de sus recuerdos de juventud. Entre ellos, encontré el que nos permite imaginarlo bajo el ritmo cansino de aquellas melodías que dicen así:

EL TORO “BONITO”.

 

“Bonito, el toro bonito”

era de Arriba Hermanos

y entre toda la camada

era el toro más bonito.

 

Miguel Bello lo cuidó

cuando pastaba en la dehesa

por su bondad y nobleza

gran cariño le tomó.

 

Llegó el domingo fatal

en el que iba a ser lidiado

y el caporal Miguel Bello

estaba muy consternado.

 

Salió “Bonito” a la plaza

con gran estilo embistió

y su bravura y su casta

a todos los asombró.

 

Y tocaron a matar

el toro estaba en los medios

y “Litri”, aquel Miguel Báez

se disponía ya a brindar.

 

Un hombre al ruedo saltó

y quitándose el sombrero

pa´ despedirse del toro

pidió permiso primero.

 

El toro al que le escurría

la sangre hasta las pezuñas

estaba arrogante y fiero

y Miguel Bello en el tercio

envióle su adiós postrero.

 

“Bonito, toma Bonito”

se hizo un silencio angustioso

el toro quieto esperaba

y Miguel pasito a paso

al torazo se acercaba.

 

Hubo un momento de duda

Miguel Bello se detuvo

el toro lo recordó

y caminando despacio

al caporal se acercó.

 

“Bonito, toma Bonito”

seguía el toro caminando

y cuando a Miguel llegó

este al toro se abrazó.

 

“Adios mi toro Bonito”

Bello estaba sollozando

sus lágrimas se mezclaban

en el morrillo sangrando.

 

El público puesto en pie

con un nudo en la garganta

entre lágrimas y gritos

el indulto así pidió.

 

El juez sacó su pañuelo

y presto lo concedió;

luego al guardarlo discreto

una lágrima enjugó.

 

Por la puerta de toriles

siguiendo dócil a Bello

el bravo toro “Bonito”

por ahí desapareció.

 

En los corrales quedó,

la gente lo iba a admirar

y la actriz María Conesa

solía irlo a acariciar.

 

A la dehesa lo volvieron,

como semental quedó;

a los pocos meses de esto

desencajonando a un toro

Bello estaba descuidado

y el marrajo lo mató.

 

Luego a “Bonito” vendieron

y en Tlaxcala ahí quedó.

Dicen que de tarde en tarde

quedábase quieto el toro.

 

Y al horizonte olfateaba

parece como que oía

“Bonito, toma Bonito”

y que Bello lo llamaba.

 

Edmundo Zepeda.[4]

   Esta otra imagen, todo un prodigio, por la cercanía y los buenos detalles que la engalanan, se obtuvo en Santín, hacia 1909, de acuerdo al documento manuscrito denominado “Fotografías y algunos datos, sobre toros notables por alguna circunstancia de la ganadería brava de Santín. Abril 10 de 1909, descripción que nos proporciona el propio ganadero, el señor José Julio Barbabosa en los siguientes términos:

Toro N° 42 de 1895.

Transcribo lo que dice en el libro de los toros padres. “Ynmejorable”, abril 24 de 1898. Hoy se picó en el toril de Santín, se puso pica de 16 milímetros, dio tres varas muy buenas, 2 muy recargadas, y la última tan recargada que estuvo muchísimo tiempo pegado al caballo, 5 veces le quitó Martín Rey que fue uno de los picadores la garrocha, y lo volvía a picar, y lejos de irse el toro, más recargaba, hasta que en vista de que el toro no se desprendía, mandé que unos peones (de brega) lo jalaran de la cola y otros lo llamaron con las capas solo así se desprendió del caballo, en la 6ª vara se corrió el botón y apareció la pica de 28 milímetros”. Diciembre 9 de 1902 jugó en Tenancingo (edo. de Méx.) recibió 3 varas, excelentes. Estuvo padreando 8 años, hasta el 22 de octubre de 1905. Dejó muchos y muy buenos hijos, cuya bondad se comprobó en las plazas “México” y “El Toreo” compitiendo con toros españoles de 1ª y sin exceptuar uno solo siempre vencieron a estos. Loado sea Dios. Junio 3 de 1909. Por viejo y ya ser humanamente imposible que viviera se mató. Vivió 14 años.

Col. del autor.

   Parece ser que la plaza de toros de “Vista Alegre”, aquella que se ubicaba en los rumbos de San Antonio Abad, y cuya carga de tragedias fue notable, tuvo también entre otros privilegios, ver salir por la “puerta de los sustos” ejemplares que, como Platero de “Dos Peñas” deja ver la hermosura de este cromo, obtenido por algún fotógrafo aventurero que tuvo el acierto de retratarlo junto a la nopalera, parte del paisaje propio de los rumbos de Santa Ana Jilotzingo, estado de México, donde se ubica hasta la actualidad, aunque con nuevo propietario.

   Ese hermoso cárdeno claro, bragado, de excelentes y equilibradas proporciones, como se aprecia en el pie de foto, se lidió el 21 de abril de 1935, año en el que el coronel Matías Rodríguez Hidalgo, su antiguo dueño poseía toros bravos con los cuales divertirse en las fiestas camperas. Pero la cosa dio tales resultados que, con ayuda de amigos compró vaquillas de Ajuluapam, y otras tantas hembras y machos de Zacatepec y San Mateo que fueron en buena medida el pie de simiente. Se decía en la época que “son toros fuertes, con nervio, pero con nobleza. Por eso el coronel ha pisado los ruedos de Vista Alegre y El Toreo en medio de ovaciones por la bravura de sus toros”.[5]

   Cierro con otro ejemplar de Atenco:

Sol y Sombra. Revista de toros. México, 1942. Col. del autor.

   Posó para el fotógrafo estando en las corraletas de la plaza “El Toreo”. En esa época, era su propietario el señor Manuel Barbabosa Saldaña. Cuando la hacienda atenqueña ya no tenía las extensiones del pasado, por haberse fraccionado a principios del siglo XX, de acuerdo a lo que decidió la “Sociedad Rafael Barbabosa Sucesores”, hubo ocasión de que la visitara el conocido periodista José Jiménez Latapí Don Difi, quien le comentó al propio Manuel Barbabosa:

-“Don Manuel: ¡cómo es posible que pueda criar toros en una maceta!”

   Pues de “una maceta” provino este ejemplar del que por ahora, no se cuenta más que con su hermosa e imponente presencia.

   Motivos suficientes para recrear al toro bravo mexicano o de aquellos otros que dieron de qué hablar cuando se lidiaron en otros tiempos, forjando leyenda y dejando una estela que compositores como Lorenzo Barcelata o Tomás Méndez convirtieron en sonadas melodías.

   Fue Lorenzo Barcelata quien se dio a la tarea de escribir una canción que no sólo hizo célebre el propio Barcelata, sino también el “Trío Calaveras” y más tarde, Miguel Aceves Mejía. Se trata del Toro Coquito:

 

Toro Coquito.

 

Toma, coquito, toma
Toma, coquito, toma….
Azúcar te voy a dar.
Y tienes que ser valiente,
que un gran torero te va a torear
Toda la gente te va a aplaudir
Y con bravura vas a morir.

Huya, huya, huya!

 

Toma, toro, vuelve para el redil.
Que ya vienes los vaqueros
Y van a arriarte para el toril.
Toda la gente te va a aplaudir
Y con bravura vas a morir.

Huya, huya, huya!

Toma, coquito….

No puede quedar atrás el reconocimiento a Tomás Méndez que, inspirado en la presencia del toro bravo logró inmortalizarlo en su

Huapango Torero

 

Mientras que las vaquillas
están en el tentadero
única y nada más,
nada más pa’ los toreros,
por fuera del redondel,
por cierto de piedras hecho,
sentado llora un chiquillo,
sentado llora en silencio.

 

Con su muletilla enjuga
sus lágrimas de torero,
con su muletilla enjuga
sus lágrimas de torero,

La noche cae en silencio
las nubes grises se ven a lo lejos
se empiezan a acomodar
las estrellas en el cielo
y rumbo hacia los trigales
se ve a un chiquillo que va resuelto;
él quiere matar a un toro
su vida pone por precio.

Silencio…los caporales están durmiendo.
Los toros…los toros en los corrales andan inquietos.
Un capote en la noche
a la luz… a la luz de la luna quiere torear…
silencio…

De pronto la noche hermosa ha visto algo
y está llorando,
palomas, palomas blancas
vienen del cielo, vienen bajando;
mentira si son pañuelos, pañuelos blancos
llenos de llanto
que caen como blanca escarcha
sobre el chiquillo que agonizando…

Toro, toro asesino
ojala y te lleve el diablo,
toro, toro asesino
ojala y te lleve el diablo.

Silencio…los caporales están llorando.

 

Portada de un número extraordinario de El Universal Taurino, año de 1922. Col. del autor.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 263.

[2] Op. Cit.

[3] Ibidem.

[4] El Ruedo en México. Revista gráfica de los toros. Año I, Primera Quincena, Noviembre 1964, Nº 5, Especial.

[5] Revista de Revistas. El semanario nacional. Año XXVII, Núm. 1394 del 7 de febrero de 1937. Número monográfico dedicado al tema taurino.

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LA CUADRILLA DE MAZZANTINI COMPLETA E IMPECABLE.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE 

 

Colección GARBOSA

   Gracias al esfuerzo que, de muchos años para acá viene obteniendo la cada vez más notable colección del Dr. Marco Antonio Ramírez, materializada en la biblioteca taurina “Salvador García Bolio”, ubicada en el “Centro Cultural y de Convenciones Tres Marías”, en la ciudad de Morelia, Michoacán, es posible apreciar, a través del recurso que por internet podemos tener de la misma (aquí la liga: http://www.bibliotoro.com/) un conjunto homogéneo de documentos e impresos dedicados a la tauromaquia, que no se reduce a libros. También encontramos hemerografía, fotografía y otras fuentes que permiten acercarnos a poco más de 13,300 referencias provenientes de diversos países e idiomas. Así, podemos saber, por ejemplo, y en la última actualización (la del 20 de enero) que España tiene un aporte de 7981 registros; México, 2001; Francia, 1391; Estados Unidos de Norteamérica, 374; Portugal, 232; Inglaterra, 122; Colombia, 77; Perú, 72; Venezuela, 48; Alemania, 59. Total, 10 países que concentran la mayor parte de los títulos, sin faltar curiosidades como las publicadas en Japón o en China, por ejemplo.

   Entre ese mundo de información, al que en lo personal, he tenido la suerte de acceder, se encuentra la maravilla fotográfica que, en esta ocasión he elegido para su debido “revelado”.

   Luis Mazzantini apenas tenía unos días de haber llegado a México, por Veracruz, directamente desde Cuba, donde ya había toreado previamente. Así que, antes de su llegada a la capital, pasó por Puebla, donde toreó el 27 de febrero, y luego 6 y 13 de marzo de 1887. Desde luego, se aproximaba la triste jornada del 16 de marzo, donde sucedió tremenda bronca en la plaza de “San Rafael”, frente a un pésimo encierro de Santa Ana la Presa, que es tanto como decir que se trataba de toros “cuneros” que, como decía el Dr. Carlos Cuesta Baquero lo eran “sin ascendencia de casta, sino formada con reses bravuconas, broncas mejor que bravas”.

   Regresando al análisis de la imagen, diré que la compañía acudió completa, y además todos vistieron, para aquella ocasión, rigurosamente de luces. Esto sucedía en el puerto de Veracruz, como ya se dijo, aunque quizá con más precisión hacia la última semana de febrero del 87´.

   De hecho, a todos se les ve relajados, pero quizá el gran mérito es que el Sr. Ibáñez e Hijo logró convencer al guipuzcoano de hacerse este retrato, donde aparece sentado, al centro, rodeado de sus peones, banderilleros y picadores que, reconocidos en la “marialuisa” que adorna discretamente la fotografía resultan ser, de izquierda a derecha (de pie): Luis Recatero (Recaterillo), Francisco Diego (Corito), Manuel Pérez (Sastre), Manuel Martínez (Agujetas), Tomás Mazzantini, José Bayard (Badila), Manuel Rodríguez (Cantares), Ramón López y Romualdo Puerta (Montañés). Sentados: Victoriano Recatero (Regaterín), Valentín Martín, Luis Mazzantini, Gabriel López (Mateíto) y José Galea.

Colección GARBOSA

   Todos firmaron atrás y dedicaron el retrato a “nuestro apreciable amigo el Señor General D. Feliciano Rodríguez”.

   Casi es un hecho que lograda tan impresionante composición, armónica y con el debido equilibrio en el gabinete del Sr. Ibáñez, esta compañía salió con destino a la Puebla de los Ángeles para cumplir con el contrato previamente acordado de aquellas tres actuaciones, en las que se lidió ganado de San Diego de los Padres.

   Seguramente todos los integrantes de la compañía contaron con el agradable recuerdo de aquel retrato y lo conservaron con el agradecimiento de que, en el fondo se les recibía como héroes en este país. Otros tantos ejemplares, debieron venderse directamente por Ibáñez y el que hoy apreciamos, que además tiene el valor de llevar nombre, firmas o seudónimos, debe haberse quedado en el arcón de los recuerdos de algunos de estos altivos señores para gozo, hoy día de tan admirable trabajo, en el que el fotógrafo se valió de aquellos lienzos que, como telón de fondo quedaron registrados en cientos de imágenes que nos permiten observar actitudes, poses y demás gestos de tanta y tanta gente que logró tener un retrato, una auténtica “tarjeta de visita” con qué identificarse ante los demás. Muchas de ellas solo conservan lo curioso de ese propósito, pues desconocemos de quien o quienes se trata.

   En este caso, la “Célebre Cuadrilla de D. Luis Mazzantini” se desvela en lo imponente que trasciende ese retrato en tono sepia, con lo cual tenemos ahora clara idea de quienes se presentaron ante la afición mexicana y tuvieron en Puebla feliz presentación. Como ya lo adelantaba, el episodio del 16 de marzo, marcó para Mazzantini y miembros que le acompañan, un quiebre en sus destinos, pues con la tremenda bronca que se suscitó en la de San Rafael; la huida hacia la estación del tren con ganas de salir a donde fuera; y luego pronunciar su célebre frase: “¡De este país de salvajes, ni el polvo quiero…!”. Cambió el destino para quien, con los años, regresaría curado en salud, y montando año tras año, y hasta más o menos 1904 su célebre “Temporada Mazzantini” en las que, el monopolio de don Luis, tuvo muy buenos dividendos.

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UNA NUEVA CONTRIBUCIÓN DE FRANÇOIS AUBERT, A LA FOTOGRAFÍA TAURINA MEXICANA DEL SIGLO XIX.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Si hubiese que establecer cuál o cuáles son las primeras fotografías taurinas registradas en México, de inmediato me remito a cinco de seis ejemplos:

1.-1853: Retrato litográfico o ambrotipo, en el que aparece Bernardo Gaviño.

2.-1859-1861: Albúmina, incluida en el Álbum Fotográfico Mexicano, cuya coautoría corresponde a Desiré de Charnay y Julio Michaud. El personaje retratado es, con toda seguridad, el entonces célebre picador de toros Magdaleno Vera.

3.-De la misma obra, aunque quizá correspondiente a la edición de 1861, se incluye esta impecable albúmina, que muestra en primer término la célebre estatua de “Carlos IV” y detrás de ella la plaza de toros “Paseo Nuevo”, ubicadas en el corazón de aquel espacio urbano que originalmente se denominó “Paseo de Bucareli”.

4.-Albúmina, imagen atribuida a François Aubert, registro del año 1865. Se trata de la plaza de toros “San Pedro”, inaugurada en ese año, y que forma parte de la exposición que aquí se promueve.

5.-Fotografía estereoscópica, cuyo trabajo final es la aplicación de la técnica en albúmina, muestra el interior de la plaza de toros “Paseo Nuevo” (hacia 1870), para entonces ya bastante deteriorada. Esta imagen pertenece a la Col. “Felipe Teixidor”, perteneciente al Archivo General de la Nación.

   Una sexta imagen, que solo cito es una “tarjeta de visita”, en la que aparece el diestro Jesús Villegas “El Catrín”, la cual debe remontarse hacia 1875. La pude apreciar en un museo privado que se ubica en Guadalajara, Jal.

   En esta ocasión, me referiré a la cuarta imagen, misma que puedo considerar como una nueva contribución, debida al quehacer del fotógrafo francés F. Aubert.

   Dar con ella fue todo un deleite, pues se encuentra incorporada en la excelente exposición dedicada a “Alfred Briquet. 1833-1926”, que actualmente sigue en exhibición en el Museo Nacional de Arte, Tacuba 8, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

   En apenas un pequeño espacio, pero suficiente para una razonada y bien resuelta museografía, es posible observar el material no solo de Briquet, a quien se encuentra dedicada la exposición, sino el trabajo de otros fotógrafos los que, en calidad de viajeros extranjeros pero con fines o encargos muy especiales, llevaron a cabo su actividad en nuestro país, por lo menos desde la segunda mitad del siglo XIX y hasta los primeros años del XX. Uno de ellos fue François Aubert. De acuerdo al catálogo:

Estudia pintura en Lyon (Francia), su ciudad natal, con Hippolyte Fladrin. No se conoce la fecha exacta de su arribo a México ni se sabe si aprendió fotografía en Francia o tras llegar al país. En cualquier caso, en 1864 compra el estudio de Jules Amiel, en el número 7 de la 2ª calle de San Francisco, apenas unos meses después del inicio del breve reinado de Maximiliano. Hasta la caída del Imperio y el asesinato de Maximiliano, en junio de 1867, Aubert es el fotógrafo oficial de la corte. Este patrocinio apoya su carrera: la alta sociedad mexicana lo busca y su estudio es el más famoso de la ciudad, el cual se mantiene abierto después de la caída de Maximiliano. Es más, Aubert realiza los primeros retratos de Porfirio Díaz, pero ya está pasado de moda y demasiado ligado al antiguo régimen, por lo que deja México en 1869.

   Volvemos a encontrar su rastro en 1890, en Argelia, entonces colonia francesa, donde ejerce el oficio de fotógrafo.

   Muere en Condrieu, en el sur de Lyon, en 1906.[1]

   Aubert ligó su trabajo con Julio Michaud, siendo su principal aportación el Álbum fotográfico mexicano, acompañado este por textos de Manuel Orozco y Berra, mismo que salió a la venta en 1861. En su contenido se incluían imágenes de diversos monumentos como la Catedral de México, el Convento de la Merced, la fuente del Salto del Agua, etc., y un conjunto de personajes, siendo uno de ellos el picador que apreciamos en esta selección. Sin embargo, la fotografía que registra en Zacatecas hacia 1865, debe haber sido resultado de algún viaje que emprendió en el curso de ese año y donde se aprecia la plaza de toros “San Pedro”, misma que, por coincidencia inauguraron por aquellos días Lino Zamora y Jesús Villegas “El Catrín”.

   Esta plaza, que aún se mantiene en pie, es hoy día un conocido hotel que conserva buena parte de las características del coso…

…del cual es posible observar algunos detalles, como el hecho de que es una construcción de mampostería, con arcada visible, un discreto conjunto de filas y de no muy amplias dimensiones, y con capacidad para unos tres mil espectadores. Tiene, como se observa a la derecha del espacio elegido, la parte de las dependencias, y del lado izquierdo el sitio que pudo haberse destinado para los corrales.

   Obtuvo la imagen luego de una exposición que hoy sería larga para nosotros en términos de tiempo, justo al mediodía, pues se aprecia una iluminación natural excelente. La plaza estaba a un costado del acueducto y en ella sucedieron, desde aquel 1865 y hasta la fecha en que dejó de funcionar, ya entrado el siglo XX (aproximadamente hasta 1975) infinidad de festejos que hoy día recuerdan los viejos aficionados zacatecanos.


[1] ALFRED BRIQUET. 1833-1926. (Catálogo de la exposición). México, Secretaría de Cultura-Patronato del Museo Nacional del Arte, A.C. y Museo Nacional de Arte, Ciudad de México, 2017. 85 p. Ils., fots., retrs., p. 64-65. La exposición estará a la vista hasta el 11 de febrero de 2018.

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EL PODER DE UNA ESTOCADA.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

Recuperando viejos materiales, me encuentro con esta asombrosa imagen, que registra el momento en que Rodolfo Gaona, materialmente se entrega en una estocada donde no hubo más recurso que hacerlo así, frente a la embestida sin humillar de ese toro cuya cornamenta parece hacer todavía más dramático el momento. Entre esos dos afilados pitones, el “Indio Grande” tuvo la osadía de atracarse de toro y rematarlo dignamente, luego de la que suponemos fue otra de sus hazañas en ruedos españoles un 30 de agosto de 1915.

Lamento no tener la autoría del fotógrafo que logró esta maravilla, pues lo que obtuvo fue una vista panorámica que puede considerarse auténtica lección de cómo deben matarse los toros, en la forma más clásica que esto suponga. El tono verdoso que se añadía a la revista El Ruedo de México (año IX, N° 133, del 21 de enero de 1954) de donde he obtenido el prodigioso registro, el cual mereció doble página, le da un significativo toque nostálgico que nos lleva hasta el pie de foto donde se indicaba, entre otras cosas que de Rodolfo Gaona se ha hablado de su elegancia con el capote; de su arte inigualable con las banderillas; de sus faenas de muleta que eran un portento; de las competencias reñidas que sostuvo con Fuentes, “Bombita”, “Machaquito”, “Joselito”, Belmonte, “Rafael “El Gallo”… Lo que no se ha dicho nunca del torero que asombró a los públicos por su gallardía, su arte, su elegancia y su enorme calidad, es que, cuando había que hacerlo, se fue detrás de la espada como pudiera haberse ido Mazzantini o “Frascuelo”. Muchas veces se ha escrito que Gaona mataba a muchos toros bien. Lo que no se ha dicho es cómo se la jugaba si la ocasión lo exigía. En la imagen, Rodolfo, que ha toreado a un toro como solamente él lo hacía, corona la faena enterrando toda la espada en el morrillo. Para lograrlo, se entregó de la manera que la foto registra.

Y sí, en efecto, gracias a la habilidosa labor del fotógrafo es como observamos el preciso momento de la reunión, donde resuena la frase de algún viejo torero –creo que era Rafael “El Gallo”-, cuando sentenciaba: “el que no hace la cruz, se lo lleva el diablo…”

Lo que logró Rodolfo en ese momento, fue la culminación de la suerte suprema en toda su perfección. Lo otro, “irse del mundo”, el “rincón de Ordóñez” o el “julipié”, se han convertido en recursos y habilidades que engañan en su primera intención, pero que no resultan ser o tener el valor de una suerte en la cual el diestro se sabe plenamente consciente de que al ejecutarla, fortalece y recupera el valor de la tauromaquia, no solo en su sentido teórico, sino en la pura y auténtica dimensión de la realidad.

Allí están esas dos figuras, listas para que los hacedores lleven a cabo estudios, apuntes, bocetos…, pero finalmente materializando esa muestra que produce capacidad de asombro, en una obra de arte.

La suerte que observamos, culminación del ritual de sacrificio y muerte de un toro tiene también un alto grado de emoción alucinante –yo no sé si hasta de belleza-, pero deja sentir en cuanto apreciamos un registro ocurrido hace casi 103 años, la sorpresa, el estremecimiento de que si –y vuelvo de nuevo con Rafael Gómez Ortega-, “lo bien toreao es lo bien arrematao”, pues no queda más que entregarse a los vuelos de la emoción y unirse al coro, a la ovación más sincera que pueda haber para un TORERO.

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