Archivo de la categoría: MINIATURAS TAURINAS

PEDRO NOLASCO ACOSTA Y CUADRILLA DE A PIE, TUTTI CUANTI.

MINIATURAS TAURINAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Son todos los de a pie y dos de a caballo. No falta uno solo. Este debe ser el testimonio de alguna ocasión toreando en solitario o como “capitán de gladiadores”. Todos llevan sus mejores galas, la tarde debe ser de mucho compromiso y nada debe quedar empañado. El “gabinete” del fotógrafo de moda en San Luis Potosí luce su mejor escenografía.

Pedro Nolasco Acosta “Capitán de gladiadores” y cuadrilla. San Luis Potosí, 1885.

Fuente: Heriberto Lanfranchi. La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. I., p. 25.

   En vez de golpes o muletillas, todos llevan chaquetilla y taleguilla con galones o tiras bordadas con madroños. Es posible apreciar flequillos o flecos metálicos en el final de unas hombreras sin soporte, derrumbadas, abismales. Otros remates que pueden observarse son las antiguas “borlas”, lo que hoy es la morilla. ¡Y esos machos. Por Dios!, rematados de morilla, hechos a mano, así como largas y angostas fajas que ocultan algunos kilos de más, porque aquella tauromaquia no exigía hombres atléticos o sometidos a la rutina o disciplina de nuestros tiempos, donde siguen predominando los golfos que cumplen aquella sentencia a cabalidad y que dice “(…) que para parecer toreros…, primero hay que ser vago”.

Nostalgia es la que derrama este retrato. No hay risas. Es un momento solemne. En conjunto, parece que van a oficiar el sacerdote y sus auxiliares. Pedro Nolasco, con bien ya corridos 40 años, aparece al centro, ostentando con la capa que lleva del lado derecho y la espada, que esgrime en la diestra mano, dejada caer de modo simbólico, su máxima jerarquía como jefe de cuadrilla. A él se deben todas las instrucciones que se dicten a lo largo del festejo. Y hay que acatarlas puntualmente.

Cuando el fotógrafo haya terminado su tarea, también para ellos habrá terminado ese efímero instante de paz o supuesto reposo. Deben regresar de sus miradas ausentes a la realidad y dirigirse, claro está, a la plaza de toros, a cumplir el compromiso.

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SIGNOS DE LA MODA.

MINIATURAS TAURINAS.

 POR: JOSE FRANCISCO COELLO UGALDE.

Tan peculiar cuadrilla de 9personajes9, tiene vitola por un lado. Mucha tela que cortar por el otro. Imagen recogida en Michoacán hacia 1870, en ella aparecen todos los toreros –de a pie y a caballo- adoptando su mejor ángulo, mostrándonos además, la moda en trajes que hoy nos parecen ridículos y fuera de época. Incluso, estos manifiestan cualquier bordado. Ello significa la ausencia de sastres… o de ideas alrededor de esa faceta poco conocida, aunque con el solo muestrario que vemos en cada tarde de toros en nuestros tiempos, es suficiente para disfrutar de los encantos capaces de producir ese trabajo de pasamanería y finos bordados, resultado de la larga evolución.

En 1870, cuando Ponciano estaba metido en aprender un pial o una mangana, estas “figuras” divertían a la afición michoacana. En Revista de Revistas Nº 1394, del 7 de febrero de 1937.

Ni los de a caballo, ni los de a pie van destocados. Aquellos, portan un muy familiar sombrero jarano, ese sombrero de fieltro, de copa mediana y redonda, adornada –seguramente- con doble toquilla. Estos, ostentan molcajetes en vez de monteras, que no son más que signos de la moda. Además, portan en el lado izquierdo una moña, que debe haberlos distinguido en su actuación, quizá, para algún festejo de beneficencia entre aficionados, pues no vemos una sola cara conocida. Corbatas, corbatines, corbatones, fajas ocultas, fajas que no exhiben los físicos peculiares de esos tiempos y esos viejos tiempos.

Llama también la atención el adorno facial de severos mostachos en unos, “imperceptibles bozos”, en otros y solo el que más al centro está, va perfectamente afeitado. Signos de la moda. Capotes de paseo no los hay y los montados empuñan sus varas… ¿de otate?, menos el de la derecha.

Actitud seria del conjunto. Por supuesto que la responsabilidad es mucha y salirle al toro –cualesquiera sea su tamaño- supone mucho arrojo; más, si todos ellos no son sino practicantes del toreo.

Toreo provinciano que se declara con todo su encanto e ingenuidad, como una rara pieza que forma parte de la “gracia de los retratos antiguos”, interpretada así desde ese libro genial que legara Enrique Fernández Ledesma.

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NO HAY MÁS RUTA QUE LA NUESTRA…, “LA MULETA”.

MINIATURAS TAURINAS

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Cuando circulaba “La Muleta” –a partir del otoño de 1887-, ya estaba madurando uno de los capítulos fundamentales en la evolución del espectáculo taurino en México. Desde el 20 de febrero anterior, al darse la primera corrida de reanudación y hasta esos momentos que referimos, ocurrieron sinfín de circunstancias. Entre otras: la presencia de toreros hispanos y un fuerte despliegue informativo a través de lecturas no solo elementales sino trascendentales como la de Fernández de Heredia o Leopoldo Vázquez. Todo ello, en conjunto, permitió la asunción del toreo a pie, a la usanza española en versión moderna. Fue por eso que Eduardo Noriega, director y responsable de esta peculiar publicación se puso al servicio de la nueva época y difundió su sentir, convencido absolutamente del significado de ese reciente amanecer. “Trespicos”, alias de Noriega mostró todo su empeño y lo capitalizó realizando una campaña en donde su prohispanismo comenzó a influir y a convencer. Influir a través de ese método persuasivo, a la vez que disuasivo, consistente, que da la razón y a convencer diciendo que las prácticas bastante desgastadas del toreo a la mexicana, detentado por Ponciano Díaz ya no era posible seguirlas defendiendo, a pesar de que otras publicaciones como “El Monosabio” dirigido por Alberto del Frago y quienes, para manifestar superioridad sobre Noriega acabó apodándose “Cuatro-picos”, defendieron aquel reducto nacional que fue… Todavía alcanzó notoriedad tres o cuatro años más, para luego ser arrastrado por la decadencia, el olvido, y una apabullante reacción ya no solo de “La Muleta”, publicación efímera. También de “El Noticioso” y “El Toreo Ilustrado” donde Noriega siguió haciendo labor. Esa tarea alcanzó a formar auténticos conocedores del fundamento taurino que ya solo creyeron en ese espíritu. Aún no nacía David Alfaro Siqueiros quien precisamente de ese modo tituló uno de sus libros: No hay más ruta que la nuestra. Esta consigna y bandera fue la que hicieron suya los aficionados de aquel entonces, leyendo, entre otros “La Muleta”.

Cabecera de la revista LA MULETA, Año I, Nº 13 del 27 de noviembre de 1887. Colección del autor.

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“EL ORIZABEÑO” Y SU DILEMA ANTE DOS TAUROMAQUIAS.

MINIATURAS TAURINAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Los toreros de a pie ya han renunciado a los bigotes, excepto el picador, que orgulloso lleva puesto un traje híbrido, casaca a la española, pantalón de cuero al estilo campirano, sombrero jarano, de esos de “piloncillo” y el bigote. ¡Faltaba más! Como testimonio de la presencia que el varilarguero representaba en las cuadrillas toreras, no podía dejar de ostentar la vara larga de picar, esa vara seguramente de otate que recordaba el viejo testimonio del valeroso Juan Corona gracias a estos versos:

 El valiente Juan Corona

el de la vara de otate,

aunque la fiera lo mate

ha de picarlo sin mona.

    Sí, ese Juan Corona cuyo nombre, metido en el corazón del romance y el corrido mexicano, representó para quienes continuaban su labor, el modelo a seguir, a pesar que desde 1851 había quedado inútil para la profesión, luego de un delicado percance.

Quien ocupa el sitial de honor es Antonio González, mejor conocido como “El Orizabeño”, torero que junto a sus banderilleros terminan convenciéndose y haciendo suya la expresión del toreo a pie, a la usanza española en versión moderna, que se impuso en México a partir de 1883, aunque logró cotas importantes cinco años más tarde, con el advenimiento de Luis Mazzantini, Diego Prieto o Ramón López, entre otros.

Antonio González, se dio cuenta que no podía sufrir el mismo trato que la prensa propinaba a Ponciano Díaz, cuestionándole no solo su estilo. También, su forma de vestir, respetándole –eso sí-, y al menos en nuestro país, su peculiar bigote, que fue motivo de malestar entre aficionados y prensa españoles cuando el de Atenco se fue a la península, invitado por Luis Mazzantini, a la sazón empresario de la plaza de la Carretera de Aragón, para ser ascendido a la categoría de matador de toros el 17 de octubre de 1889.

Pero cuando Ponciano regresó, la afición tuvo para él un gesto de desprecio. Comprendió que se había cometido una traición y Díaz González comenzó a padecer la decadencia y el olvido. Eso, seguramente lo percibieron, entre otros, Gerardo Santa Cruz Polanco y Antonio González que procuraron seguir otra ruta. Santa Cruz Polanco cuestionando al propio Ponciano al crear su cuadrilla “Ponciano Díaz” como forma enérgica de reclamo ante las actitudes nada convenientes que manifestaba el popular torero nacido en Atenco y “El Orizabeño”, que, como se puede apreciar en la imagen, viste con toda propiedad el terno español y ya no lleva bigote. Aún así, con ese esfuerzo, Antonio González no tuvo la fortuna de brillar con luz propia, debido, con toda seguridad, al impresionante movimiento revolucionario decidido por los hispanos que se vieron respaldados por una buena parte de la prensa, que hizo suyos los principios de aquella nueva época. “El Orizabeño” y cuadrilla tuvieron que sobrevivir para luego extinguirse y desaparecer en el espacio provinciano, único y último reducto del toreo a la mexicana, a pesar del escaso apoyo de algunas otras tribunas periodísticas que se convirtieron en defensa perentoria de la tauromaquia nacional.

El diestro “El Orizabeño” con los miembros de su cuadrilla, cuando actuaba como espada en los redondeles mexicanos. En LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA.

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LA TREMENDA SOBRIEDAD DE CUATRO FIGURAS AUTÓCTONAS.

MINIATURAS TAURINAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Con todo y la pérdida irreversible del original. Con todo y que se trata de una muy mala reproducción, plasmada en papel casi “revolución”, es posible recuperar el encanto de este conjunto de “toreros” donde sobresalen poderosamente rasgos indígenas.

Una tremenda sobriedad les acompaña.

Y si ignoramos el dato de cuatro figuras autóctonas –que algunas palmas habrán robado a Ponciano Díaz o a Gerardo Santa Cruz Polanco-, también ignoramos donde sentaron sus reales.

A excepción de uno de ellos, el que se encuentra detrás del “capitán de gladiadores”, esa designación con la que se daban a conocer los jefes de cuadrilla o el matador, los otros ostentan el clásico bigote que caracterizó a la torería nacional durante muchos años, desde que demostrara tal atrevimiento o detalle de peculiaridad el guanajuatense o queretano Lino Zamora y que luego reafirmaría en términos de rebeldía el propio Ponciano, el que por esa razón, Manuel Horta denominó “el torero con bigotes”. Pues bien, ahí están estos tres que, para el caso, junto al que decidió rasurarse, mostrando un vestuario más de opereta que para salirle a los toros. Sin embargo, era el medio y el modo más eficaz para muchos de quienes, sintiéndose atraídos por tan arriesgada profesión, y sin contar con los recursos económicos necesarios –en una época en la que la cotización no formaba parte de las prácticas-, actuaban con cierta frecuencia en las plazas provincianas, puesto que ya cerca de las grandes ciudades, esos otros toreros cuidaban en cierta medida los ropajes y otras circunstancias para agradar a los aficionados que acudían en buen número, por ejemplo, al Huisachal, a Cuautitlán, Puebla, Texcoco o Tlalnepantla (la foto que ahora apreciamos se remonta al año de 1884).

Remedo de trajes y todos sus componentes, no impedían que así como posaban en el gabinete del fotógrafo de moda, hicieran lo mismo saliendo a la plaza en calidad de auténticos “adefesios”. Pero insisto, no es propósito hacer de esta imagen blanco de críticas, sino de entender una a una las razones del mucho esfuerzo que pusieron estos antiguos toreros mexicanos en hacer suya la expresión de un arte y una técnica todavía sometida –aunque de manera simbólica-, a los órdenes establecidos por el viejo diestro español Bernardo Gaviño, avecindado en México desde 1835, pero sobre todo a la ola de fuertes rumores que ya se escuchaban sobre el arribo de una nueva generación que llegó a nuestro país con el propósito muy claro de llevar a cabo la “reconquista vestida de luces”, que debe quedar entendida como ese factor el cual significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera –chauvinista si se quiere-, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España. Por lo tanto, la reconquista vestida de luces no fue violenta sino espiritual. Su doctrina estuvo fundada en la puesta en práctica de conceptos teóricos y prácticos absolutamente renovados, que confrontaban con la expresión mexicana, la cual resultaba distante de la española, a pesar del vínculo existente con Bernardo Gaviño. Y no solo era distante de la española, sino anacrónica, por lo que necesitaba una urgente renovación y puesta al día, de ahí que la aplicación de diversos métodos, tuvieron que desarrollarse en medio de ciertos conflictos o reacomodos generados básicamente entre los últimos quince años del siglo XIX –tiempo del predominio y decadencia de Ponciano Díaz-, y los primeros diez del XX, donde hasta se tuvo en su balance general, el alumbramiento afortunado del primer y gran torero no solo mexicano; también universal que se llamó Rodolfo Gaona.

De esa forma dicha reconquista no solo trajo consigo cambios, sino resultados concretos que beneficiaron al toreo mexicano que maduró, y sigue madurando incluso un siglo después de estos acontecimientos, en medio de periodos esplendorosos y crisis que no siempre le permiten gozar de cabal salud.

Cuadrilla de toreros mexicanos, hacia 1885. Una rareza como documento gráfico.

EL REDONDEL Nº 2,904 del domingo 16 de diciembre de 1984, p. 12.

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PARA EL TORO: RAZA Y ENCASTE VAN DE LA MANO.

MINIATURAS TAURINAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hablamos de toros bravos y de toros mansos, entre cuyos extremos se da una escala de valores representada en múltiples comportamientos como resultado del esfuerzo impreso por su criador, el ganadero. En la gama de condiciones que permiten ver esplendor o degeneración del toro en la plaza, se encuentran los encastes como propósito de cruzamiento y refresco de la casta de una ganadería.

   Raza y encaste van de la mano. Una y otra se complementan en el tiempo y como aspecto formativo en las diversas castas que constituyen las raíces fundacionales cuyo origen se va hasta finales del siglo XVIII en España y un siglo después en nuestro país.

Este toro, luego de arrancar el corbatín de un diestro, parece haber obtenido momentáneamente un trofeo entre la vida y la muerte…

   El encaste se afirma plasmando conocimientos y experiencias surgidas en la selección, las notas de tienta, la reata, y otros procedimientos como el derribo al acoso, tienta a campo abierto y a plaza cerrada, así como un buen régimen alimenticio. Todo ese conjunto de actividades es la fórmula mágica que nos entrega un toro anatómicamente perfecto, de piel lustrosa, pitones desarrollados y confirmados por la edad, ya sea de 3 a 5 años, si son novillos; de 4 a 6 si llegan a la edad adulta, cuando alcanzan la edad de toros.

   Desgraciadamente la “fórmula mágica”· no comprende el idealismo de que todo toro seleccionado es bravo por antonomasia. En el ruedo la situación es distinta. Antonio Llaguno ganadero-señor sentenciaba: “Los toros no tienen palabra de honor”. De ese modo, el esfuerzo del criador emerge o se sumerge según el comportamiento del toro en la lidia.

   El encaste se pone a prueba de modo rotundo y con todos sus riesgos. Si bien, el papel del ganadero tiene implicaciones dirigidas a la meta por obtener un burel que cumpla el perfil de lo que es un toro bravo, sin más.

Este otro, de tanto arremeter en la muleta, y si esta no va bien controlada y templada por el matador, suele convertirse en girones, como podemos observarlo.

   Un padre y una madre pueden formar a los hijos durante su desarrollo, hasta la edad adulta. El ganadero solo puede criar, pero no puede inducir ningún factor de educación en el toro. Y lo consigue en función de aquellos elementos con que cuenta, cumpliendo con normas tradicionales, aplicando su muy particular rigor de selección, a veces tiránico, a veces templado, quizá por las circunstancias en que se interioriza la misión del ganadero allá, en el campo bravo.

Muestra evidente de que puede haber toros en la medida en que los ganaderos se propongan tal objetivo. Se trata del toro “Toronjero”, de Zotoluca, que toreó y mató estupendamente Joaquín Rodríguez “Cagancho” el 24 de noviembre de 1935 en la plaza “El Toreo”.

   Se agregaría la intervención de avances tecnológicos de punta, que probablemente no alcanzan a definir al 100 % el objetivo esencial que busca el ganadero; pero también el torero, el aficionado, la prensa…

   Todos los que en conjunto comulgamos con la fiesta, esperamos que siga la cosecha de toros bravos, a pesar de que se dice lo contrario, y hasta se aguardan resurrecciones, como si con ello se manifestara que “todo pasado fue mejor”, muletilla que rechazo.

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IMPUGNACIONES A PONCIANO DÍAZ Y A FELIPE HERNÁNDEZ.

MINIATURAS TAURINAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Para 1896, Ponciano Díaz y Felipe Hernández seguían dando, lo que, en la jerga popular son “patadas de ahogado”, y más aún, en momentos donde el deslumbramiento de la tauromaquia de a pie, traída por diestros españoles como Luis Mazzantini, Diego Prieto “Cuatro dedos”, Juan León “El Mestizo”, Juan Moreno “El Americano”, José Machío y otro interesante y compacto grupo de lidiadores, estaba apoderándose de todos los rincones taurinos del país. Fue por eso que El Toreo Ilustrado, año I, Nº 14, del 24 de febrero de 1896, lanzó tremenda crítica a ambos espadas nacionales en estos términos:

Ponciano Díaz. Plaza de Toros de Toluca. 23 de febrero de 1896 alternó con Felipe Hernández. 2 de Atenco y 3 de desecho de Cieneguilla y El Fresno.

     Los matadores (!!!) de Poncianillo, el que alterna con el panzón de Felipe Hernández, (muy señor mío y conocido en su casa), ni se puede decir nada de él ni esperar que hiciera algo bueno. Sin igualar, sin liar y al estilo del país bajonazos y mete y sacas.

¿Acaso será la figura de Felipe Hernández? Imagen de un cartel de la época.

   Ambos torean en la plaza de Toluca, uno de los últimos bastiones defendidos por Ponciano Díaz en franca decadencia, que se hizo acompañar aquella tarde del 23 de febrero por Felipe Hernández, hijo de Tomás Hernández “El Brujo”, hábil y famoso vaquero de la hacienda de Atenco, que en su momento de mayor control, fue causante de diversos escándalos, rencillas y luchas por el poder y control en cuanto al cuidado del ganado se refiere.

   Felipe Hernández, seguramente pudo haberse comparado con Luis Mazzantini, dueños de una no muy grata figura, pero que con todo y eso eran aceptados por los aficionados. Lo que ya no acepta la prensa es que Ponciano y Felipe sigan en su plan de no igualar, no liar y matar a bajonazos y mete y sacas a los pocos enemigos que les quedan por enfrentar.

   Los tiempos ya cambiaron…

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LA FILOXERA DE LA AFICIÓN.

MINIATURAS TAURINAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El Toreo Ilustrado, año I, Nº 1, del 18 de noviembre de 1895:

Biblioteca “Miguel Lerdo de Tejada”. Col. Fondo Reservado.

La filoxera de la afición.

     La evolución está hecha y la verdad se impone, pese a unos cuantos que todavía quedan, como quedan algunas tardes nubladas cuando se aleja el estío.

     Dura fue la campaña y tenaz la fatiga; pero al fin, el progreso se ha impuesto, y aunque todavía se queman algunos cartuchos en defensa de lo atrasado, de lo malo y de lo nocivo, aunque todavía hay unos cuantos desbandados que pregonan la falsedad en el arte, y con esta bandera tratan de sofocar el gusto de la afición, ya no hay temor de que sus ideales se impongan, ni esperanza de que sus absurdos se realicen.

     El único y tenaz enemigo que hoy tiene la afición en México, es el antiguo espada y novel empresario Ponciano Díaz.

   El solamente es la filoxera que ataca a la afición, ya contraviniendo el Reglamento, ya alterándolo, ya no obedeciéndolo. El, y solo él, es quien por ahora procura sostener por fuerza o de grado las prácticas antiguas: todo lo que se ha hecho ha sido arrancándoselo con esfuerzos inauditos, obligándolo a entrar por fuerza en las prácticas modernas, en las formalidades que debe tener la reina de las diversiones.

   Si Ponciano Díaz, desechando como ropa infecta, las necias preocupaciones que a todo trapo quiere sostener; si desoyendo los malos consejos de los pocos adeptos que lo desvían, y si, en fin, comprendiendo sus intereses, procurara entrar por la vía que la experiencia le marca, se adaptara al Reglamento, y dando gusto a la afición en todo y por todo, sacrificara sus rancias ideas, Ponciano Díaz alcanzaría un altísimo grado de estimación, volvería a su popularidad, ganaría dinero y entonces sí que podría decir lleno de orgullo:

   -No fui el rutinero obstinado que se empeñó en cocear contra el aguijón; fui el hombre racional que hice cuanto pude por el progreso del arte que me ha dado personalidad.

   No sabemos cuál sea el temperamento de Ponciano Díaz; pero la experiencia nos obliga a prejuzgar y ese prejuicio es pésimo para él, y como creemos que la experiencia adquirida a costa de tanta contrariedad es fundada, no insistiremos en ministrarle consejo que ha de rehusar abiertamente, pero tampoco hemos de ceder en la lucha.

   Sépalo de una vez el Empresario de Bucareli: siempre que entre al cartabón y se ajuste al Reglamento; siempre que vea por los intereses de la afición a la par que por sus propios intereses, Ponciano Díaz nos tendrá a su lado en todo y por todo, seremos sus principales adictos; pero siempre que como hasta aquí, el antiguo torero procure barrenar la ley, torcer el cauce del progreso y quiera que volvamos al año de 1860, hemos de estar frente a él, señalaremos con claridad sus abusos, condenaremos sus desvíos y reprenderemos su conducta con toda la energía que tenemos probada, rechazando abiertamente sus procederes.

   Escoja, pues, el discípulo de Gaviño: venimos con la guerra a un lado y la paz en el otro: a él toca decidir.

TRESPICOS.

   Los tiempos han cambiado. A propósito dejé que esta “miniatura” abriera con lo que El Toreo Ilustrado decía de Ponciano Díaz en 1895, pero es que esa “verdad” (tan subjetiva siempre) ya impuesta, la del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna se encontraba para entonces perfectamente asentada.

   Como en toda nueva manifestación del arte, siempre va a ver reacios, seres humanos que difícilmente acepten y reconozcan la llegada de un amanecer distinto, al que sus noches eternas se acostumbraron. Y es cierto, “Dura fue la campaña y tenaz la fatiga…” Desplazar los viejos esquemas, hacer a un lado lo que definitivamente estorba, levantar todas las piedras del camino, no fue nada fácil, porque hubo quien todavía declarara como “nocivo y falso” aquel horizonte que dejaba mirar las primeras luces de su esplendor.

   Y es que, en este caso, hubo un enemigo declarado a los ojos de El Toreo Ilustrado, que no quiso aceptar ninguna de las condiciones establecidas. Ese personaje era el famoso torero de a pie y a caballo Ponciano Díaz, a quien encontramos activo en los últimos años de una carrera que en esos momentos es descendente, se aferra a lo que para él significaba su vida. No es posible que polarice su situación entendiendo que había sido un hombre nacido y creado en el campo, y que esta fuente de la que brotaron infinidad de circunstancias, que a su vez fueron a depositarse en las plazas, y de estas se registraba una especie de regreso, o lo que, en otras palabras podemos entender como una dialéctica, un diálogo permanente; donde los diferentes valores de esa tauromaquia nacionalista tuvo épocas de verdadero esplendor, pero que llegó un momento en que su estado de madurez convocaba al siguiente nivel que ya no se registró. En todo caso, aparecieron aquellas otras condiciones que avasallaron y llenaron el escenario de otras tantas posibilidades, todas ellas novedosas, con un contenido y una sustancia que venía a darle al toreo en México otro carácter.

   De ese modo, se apoderó del control y de los destinos el considerado toreo de a pie, a la usanza española y, lo que es muy importante destacar, en versión moderna.

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SUERTE DE BANDERILLEAR CON LA BOCA.

MINIATURAS TAURINAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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   “José Alameda” comentaba que la suerte de banderillear con la boca fue inventada por el diestro Rosemberg López en España; y que luego la dio a conocer en México el torero vasco-yucateco Julián Arizqueta.

   Felícitos Mejías, alias “El Veracruzano”, fue quien inventó –poco después de transcurrida la segunda mitad del siglo antepasado- la suerte de banderillear con la boca, y a él se refirió “Roque Solares Tacubac”: “Tal creación dio personalidad de banderillero a “El Veracruzano”, y la estrafalaria suerte llenaba los tendidos de las plazas de toros en que actuaba. Fue un diestro taquillero, y su creación constituyó un filón de plata en monedas para los espadas que lo llevaban en la cuadrilla y para los empresarios también. Por esto en los carteles se le anunciaba con letras grandes, haciéndolo resaltar. Una tremenda cornada que sufrió haciendo la suerte de su invención, terminó con la vida artística de Felícitos Mejía, quien se atemorizó tanto que rehuyó banderillear aun con las manos en las suerte de AL CUARTEO y A LA MEDIA VUELTA”.

Fuente: ”Revista de Revistas. El semanario nacional”, año XXVII, Nº 1439, 19 de diciembre de 1937.

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UNA MIRADA A LA SUERTE DE VARAS VISTA POR JOSÉ GUADALUPE POSADA EN 1879.

MINIATURAS TAURINAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE 

Conforme nos vamos alejando de algunos aspectos que no nos permiten conocer quienes pudieron ser los protagonistas de tal o cual acontecimiento histórico, lamentamos esa desgracia. Pero por otro lado, cuando queda alguna evidencia, como esta litografía de la primera época de José Guadalupe Posada, fechada en 1879, entendemos que el esfuerzo por ilustrar un pasaje de la tauromaquia, a la que fue tan afecto, nos acerca al conocimiento de los usos y costumbres que incluyen la forma de practicar una suerte como la de varas –por cierto de las más ilustradas-, que parecen enfatizar la capacidad de casta o bravura del ganado, evidenciando en medio de la desproporción, el tamaño o volumen de los toros, el procedimiento aplicado por el picador y, al margen de otros elementos, cómo vestían, cuál era la disposición de los tablados y otros detalles. En el fondo, los rasgos del artista pueden ser plenamente identificados –aún en esta primera época de su producción-, como rúbrica de lo que después sería el resto de su obra. Y ese temprano trabajo evidencia sin demasiadas dudas al artista aguascalentense.

Llama la atención el movimiento, esa difícil forma de expresión que los artistas dan a su obra, para entender con mucho mayor precisión la ocurrencia –en este caso-, de la fundamental suerte de picar toros. Si en tal capítulo aquellos creadores consideraron cuán importante era, quedan infinidad de muestras que representaban un vigor de suerte cuyo significado centró la atención no solo de los nuevos aficionados, sino también de la prensa, de los autores quienes centraron su atención en la suerte eje de la tauromaquia, suerte que siguió teniendo tanta importancia, hasta que el peto fue implantado en México en octubre de 1930. Desde luego, seguían siendo oportunos los quites, y en ese tenor pasaron otros 30 años más o menos, tiempo en el que se modificó el volumen y espesor del peto, tiempo en que los toros también fueron criados con tendencias al lucimiento de la nobleza, no tanto de la bravura, porque evolucionaba la tauromaquia que quedó más al servicio de los de a pie que de los de a caballo.

Puede decirse, finalmente, que la tauromaquia mexicana cuenta hoy día con una serie bastante amplia de elementos artísticos capaces de mostrar la siempre necesaria evolución, en medio de valores que en ocasiones la ponen en evidencia, pero que por otro lado, la magnifican también. La litografía de José Guadalupe Posada que ahora nos ha servido para entender esa manifestación, se convierte en un valioso elemento para explicar el pulso de lo que representó para los toreros del pasado su consiguiente utilidad. UNA MIRADA A LA SUERTE DE VARAS...

Litografía de José Guadalupe Posada que data del año 1879. Para ese año se encuentra establecido en León de los Aldamas, Gto.

Fuente: Carlos Haces y Marco Antonio Pulido. LOS TOROS de JOSÉ GUADALUPE POSADA. México, SEP-CULTURA, Ediciones del Ermitaño, 1985.

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