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UNA COLECCIÓN DE CINE TAURINO MUY ESPECIAL.

Por: José Francisco Coello Ugalde

Julio Téllez García en 1968.

   Muy pronto nuestra Universidad Nacional tendrá bajo su custodia, la colección cinematográfica que reunió el Lic. Julio Téllez a lo largo de más de 60 años. Como aficionado taurino reconocido, materializó por cuarenta años esa “loca” inclinación en el célebre programa “Toros y Toreros” de canal 11 de T.V., entre algunas interrupciones. Desde aquí, celebro tal decisión, misma que nos permitirá la posibilidad de acercarnos a un conjunto de materiales exhibidos en su momento, y otro conjunto más que adquiere la condición de inédito. Entre otros, se podrá comprobar más adelante la evidencia de filmaciones hechas, entre otros, por Manuel Reynoso, Paco Hidalgo así como de camarógrafos cuyos nombres se han perdido.

Se trata de una colección definitivamente valiosa que contiene soportes en nitrato negativo original, acetato, negativo original, positivos, nitrato (material de sonido). En términos generales se encuentra en buen estado, salvo el hecho de que una mínima cantidad de rollos presentan sulfatación, en tanto que otros están encogidos, lo que sorprende, por el amplio margen de tiempo que permanecieron en un sótano, cuyas condiciones de clima permitieron una estabilidad natural que ahora posee en condiciones absolutamente garantizadas, al ubicarse, desde el mes de julio de 2010 en las bóvedas de la Filmoteca de la U.N.A.M. Evidentemente el conjunto general requiere, como todo material orgánico: estabilización, restauración y una pertinente copia bajo los actuales procedimientos digitales, lo que permitiría una manipulación más segura y directa, al alcance de posibles interesados e investigadores.

La elaboración de cada una de las fichas de trabajo, generó un proceso meticuloso en el que se revisaron de forma por demás detallada miles y miles de fotogramas, con objeto de ubicar condiciones cronológicas, de espacio físico, personajes, incidencias y demás aspectos que sirvieran para contextualizar su significado y este quedara plasmado en datos que fueron descargados de manera manuscrita en las “Fichas técnicas de imagen en movimiento”.

Las fechas extremas que abarca el fondo van de imágenes probablemente filmadas a finales del siglo XIX y hasta la séptima década del siglo XX.

Este fondo posee alto valor histórico en su contenido, sobre todo por el hecho de que se trata de la reunión de escenas y filmaciones, tanto directas como de ficción, que van de 1900 a 1970 aproximadamente. Muchos materiales corresponden a filmaciones hechas en los momentos en que se desarrollaba el movimiento revolucionario de 1910 a 1917, así como al hecho de estar incluidas otras tantas imágenes que cubrieron las campañas presidenciales y desarrollo de sus gestiones, tanto de Álvaro Obregón, como de Plutarco Elías Calles, Pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez, Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Adolfo López Mateos. En otros, se encuentran elementos que cubren diversas circunstancias de material didáctico, dirigido a niños y adultos, en el sentido de lo que significaba la educación vial. No puedo dejar de mencionar el hecho de que otra buena cantidad de “vistas”, corresponden a la mirada que diversos camarógrafos destinaron a conseguir imágenes con fuertes evidencias urbanas y rurales, lo que permite conocer el estado de cosas que habría habido en diferentes épocas aquí comprendidas. De igual forma, hay una buena cantidad de material que registra filmaciones con propósitos arqueológicos y antropológicos, levantada en diversos sitios del país.

No omito incluir aquí la serie de rollos que contienen material taurino, únicos en su género, debido a que no estaban registrados en las bases de datos en la propia “Filmoteca”, lo cual significa complementarlo en la catalogación respectiva, con imágenes  que no solo pertenecen a los hermanos Alva sino también a otros camarógrafos.

De igual forma, las filmaciones hechas por Vicente Cortés Sotelo son inapreciables, en la medida en que poseen imágenes que desvelan como ya quedó dicho, la mirada urbana, el sentido didáctico en ellas contenido así como un importante testimonio de campañas presidenciales. También están incluidos diversos materiales sonoros que, en algunos casos, son complemento de las imágenes mismas. Tal es el caso del cierre de campaña del Gral. Manuel Ávila Camacho en Jalapa, Veracruz, donde es posible apreciar las voces del propio Ávila Camacho, así como del Lic. Miguel Alemán. Existe otro soporte en el que se encuentra registrada la voz del tenor José Mojica, interpretando el Himno Nacional Mexicano, con el acompañamiento de una orquesta sinfónica, dirigida por el Maestro Luis Sandi.

Por lo tanto, puedo reafirmar que se trata de un fondo sumamente rico, al que se sumará otra buena cantidad, entre cuyas imágenes se encuentran registros realizados en la plaza de “Vista Alegre” (en Tlalpan), donde actuaba como novillero el futuro ídolo Silverio Pérez. También se encuentran algunos registros de Fernando de los Reyes “El Callao”, así como carretes donde pueden apreciarse escenas concentradas específicamente en la “época de oro del toreo en México”.

Con la presencia del video a partir de 1970, poco a poco el cine convencional en todas sus manifestaciones fue desplazándose. Sin embargo, en el ánimo de salvaguardar aquellos materiales de 16 y 35 mm, fue Julio Téllez quien puso un empeño muy especial, de ahí que se le agradezca su paciente labor de custodio.

Téllez puso en práctica desde 1960 los cineclubes en el Instituto Politécnico Nacional, mientras culminaba sus estudios en Economía. Fue al interior de la Asociación de Ateneos y Seminarios donde surgió la idea de crear el cine club, apoyada por Difusión Cultural, entonces a cargo de Carlos Borges Ceballos, y por el entonces director Eugenio Méndez Docurro. Un personaje importante en esa época y que apoyó mucho en la formación de los primeros programas fue Emilio Carballido siendo entre otros, Manuel Barbachano Ponce quien facilitaba los materiales, mismos que encontraron en el IFAL otra parte importante de aquella caja de resonancia.

El 8 de julio de 1960, también en otro frente, Manuel González Casanova ponía en funcionamiento la Filmoteca de la U.N.A.M. y entre ambos personajes hubo disputas por apoderarse de la “premiere” de películas entonces prohibidas, con obras de directores como Gance, Renoir, Traffaut, Varda y otros.

El propio Julio Téllez afirmaba a Juan Tovar, en entrevista que salió publicada el 4 de agosto de 1968 en “El Heraldo de México” afirmaba la valiosa labor de Galdino Gómez, quien trajo a Antropología e Historia un material increíble que “todos hemos utilizado. De pronto salió con cosas maravillosas, que creíamos ya inexistentes. En el Poli formamos un ciclo de expresionismo alemán y en general tenemos programación casi hasta fin de año con el material de Gómez, pero sigo buscando en las distribuidoras; acabo de reestrenar el Robinson Crusoe de Buñuel y el “Manuscrito encontrado en Zaragoza de Has, que yo entrené aquí y ha tenido gran demanda”.

Líneas más adelante afirmaba: “No hay que enajenarse dentro de lo artístico: tan apasionante es un buen documental científico como una película de Visconti. Lo que pasa es que el cine es enorme, lo abarca todo; puede ser a la vez arte y medio didáctico, auxiliar de la ciencia”, esto último como respuesta a la demanda que él mismo expresó de crear la carrera cinematográfica.

Como podrá comprenderse, estamos a un tiempo bastante corto en el que la propia Filmoteca universitaria nos comparta, en forma digitalizada un banquete especial de aquellos testimonios, con la posibilidad de que al visionarlos de nuevo, causen capacidad de asombro que tanto anhelamos en estos momentos, a sabiendas de que el cine fue, es y será uno de los medios de expresión que han provocado esa diversidad de sensaciones, donde lo taurino, no ha sido la excepción.

 

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PARTIMOS DE UN CERO DEMOLEDOR.

Por: José Francisco Coello Ugalde.

Allí está también el futuro, templando y mandando.

   La enseñanza de la historia y otros saberes pasan por el peor de sus momentos. Ante la necesidad de implantar nuevos y eficientes programas educativos, la didáctica, la pedagogía y otras especialidades tendrán que unir esfuerzos para proporcionar a los maestros o guías, las herramientas convenientes para un buen conocimiento. A distancia es el método más recomendado, aunque lo presencial es requisito en el que se buscarán formas apropiadas para su aplicación. Sin embargo, no toda la comunidad en nuestro país goza del privilegio por razones que priman en la desigualdad social, y en eso el estado debe garantizar que el total de la población alcance una educación de calidad. El imperativo es por tanto ese, donde por ningún motivo tenga que argumentarse la falta de recursos digitales. Como sabemos, el 52% de la población se encuentra en pobreza y un 40% en condiciones inestables de preservar su materia de trabajo con lo que sus ingresos se vulnerarían en forma irreversible.

Con la educación por tanto, se deberán encarar nuevos escenarios, donde se presente un incremento considerable a nivel licenciatura en adolescentes, porque seis años en el nivel primario y otros tres en el secundario ya no son viables. Del mismo modo, las universidades ajustarán sus planes de estudio a puntos tales que alcancen a titular generaciones de aquí en adelante. Y no se diga al respecto del posgrado, donde otros tres años sean suficientes para que alcancen su primer doctorado antes de los 18 años. Y si así lo desean, continuar acumulando otros más. A todo lo anterior debe sumarse la especialización, cursos en línea con valor curricular, diplomados, etc. Lo que tendrán en frente los patrones a la hora de contratar, es un sólido conjunto de especializados.

El problema latente es la automatización en buena parte de la industria lo que hará difícil contratar legiones de hombres y mujeres con esa capacidad de conocimiento nunca antes vista. El trabajo en casa es una vertiente más y mientras los ingresos queden garantizados, la movilidad de ese sector no será visible en los ámbitos donde apliquen su experiencia. Así que se podrán ver también generaciones de trabajadores que terminen su ciclo antes de los 50 años de edad, en condición garantizada para una pensión digna. Claro, todo esto en condiciones ideales.

Resuelto ese escenario, debe haber una peculiar asistencia a sectores que por diversas razones vayan quedando en un notorio atraso que perjudique, en consecuencia el acceso, primero a una vida digna y luego, entre otras opciones a cadenas productivas, por lo que es de esperarse que los conflictos o ausencias aquí planteados se resuelvan a satisfacción de las necesidades elementales a que todos tenemos derechos en la nueva sociedad igualitaria, donde a pesar de que una minoría acumule el mayor porcentaje de riqueza, el resto de la población pueda vivir en forma solvente, sin que falte nada que vulnere su condición, en este aquí y ahora, y en el futuro inmediato.

Me preocupa, en tanto historiador, cuál ha de ser el nuevo soporte de preparación para las generaciones venideras. Tenemos claro que las humanidades pueden tener mejor percepción que las ciencias y que ese segmento puede continuar su enseñanza al amparo de un conocimiento donde está presente un alto grado de dificultad en términos de lo abstracto que exige dicha preparación. Sin embargo, las humanidades, y en particular la historia tiene ante sí el enorme reto de poner en valor el pasado, cuando este aparentemente ha sido borrado por la pandemia. Los maestros saben que las lecciones deberán continuar pues es el único asidero del que dependen, en lo universal o nacional, para que, con su labor, se tenga garantizada la acumulación del conocimiento en forma clara, sin necesidad de wikipedias de por medio. Los alumnos tendrán que seguir pensando, discutiendo, reflexionando debidamente ese contexto, pues de alguna manera, tampoco puede borrarse la sentencia afirmada por Edmundo O´Gorman: “el pasado nos constituye”, justo cuando el eminente profesor universitario, se dedicó a combatir permanentemente la cuestionable postura de un historiador alemán. “Afirma Leopold Von Ranke que el pasado ya nada significa como influencia viva para nosotros. ¿Qué riesgo hay en decir la verdad?, había preguntado hacía años Feijóo refiriéndose a los historiadores. Ranke está firmemente persuadido de que la historia es lo pasado, lo que ya pasó y que, en consecuencia, lo presente es constitutivamente ajeno. Está claro que por presente entiende Ranke la vida.”

Así que, al margen del historicismo que O´Gorman defendió a ultranza, el dicho de Ranke se vea hoy como contundente razón que se afirma bajo las condiciones impuestas que lamentablemente soportamos.

En otro sentido, y a poco tiempo de que pueda ostentar el doctorado en Bibliotecología y estudios de la información también me preocupa el destino de toda aquella concentración de libros reunida en espacios que cada vez se ven menos visitados. ¿Se convertirán en otros tantos museos, como lo que ocurre con colecciones como el de la Universidad Nacional y su rico fondo reservado, o el de la no menos célebre Biblioteca Palafoxiana?

Este será otro reto a resolver y todos aquellos conjuntos del conocimiento no pueden quedar hacinados. Buena parte de la literatura se encuentra digitalizada por lo que eso genera destinos de conservación sólo de originales o piezas únicas y entonces las grandes instalaciones se conviertan de inmediato en elefantes blancos. Incluso, muchas de ellos son edificios faraónicos, donde sólo cabe la posibilidad de hacer un reparto equitativo y balanceado que soliciten sus responsables a partir de faltantes temáticos en otras regiones del país a donde por la razón que se argumente, no llegaron en forma conveniente.

Pero a donde pretendo llegar también es sobre toda aquella historia acumulada en casi cinco siglos en una expresión de la vida cotidiana como es la tauromaquia. Cuando el agotamiento informativo es inminente, me parece que quedará confinada a una información digitalizada, donde sólo temas específicos puedan desarrollarse en buen número de colecciones, siendo la mejor opción la completísima biblioteca “Salvador García Bolio”, ubicada al interior del Centro Cultural y de Convenciones “Tres Marías”, en Morelia, Michoacán y cuyo propietario, el Dr. Marco Antonio Ramírez ha sido por años, promotor a la hora de incentivar esta historia paralela a la del propio país. dicho recinto garantiza su conservación y preservación, y como se percibe, será hasta el fin de la humanidad.

Pasarán muchos años para alcanzar la estabilidad que paró en seco al comenzar 2020, y esto en todos los ámbitos constituidos por la humanidad en su conjunto.

Ahora bien, sea cual fuere la decisión que la UNESCO pueda tomar al respecto sobre si la tauromaquia debe convertirse en patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, en este preciso momento, ya no cobra el sentido pasional que teníamos hasta hace unos meses. Si bien, ha sido un elemento cotidiano, este ha sido el cúmulo de intermitentes pasajes que una buena y consistente literatura, ha estudiado en forma racional, junto a la muy ligera que abunda en anécdotas y pasajes que dan colorido a su representación. Por lo tanto –por más que se busquen razones-, esto por ahora no tiene ninguna importancia, salvo que aún se tomen en cuenta los bien intencionados argumentos que existen al respecto.

El conocimiento acumulado de la humanidad se ha trastocado en forma contundente. Tendremos que aprender, de aquí en adelante lo que represente el nuevo tiempo, que se ve respaldado eso sí, por todo lo que significaron siglos de formación. Y si a eso se agregan circunstancias políticas o religiosas que diezmaron el aprendizaje y pusieron a muchos pueblos en limitada situación cultural, lo que queda es un pliego que puede leerse y entenderse en el menor tiempo posible.

Ya solo habrá discusiones encendidas que acusen a este o aquel pueblo de haber hollado territorio y población. En todo caso, se recordarán como casos infames producidos por efectos militares, o ideologías del absurdo que se impusieron para dominar. La teoría del fin de la historia planteada no hace mucho por Francis Fukuyama nos parecía un absurdo, y ahora se cumple a cabalidad. Iniciamos la nueva época –eso sí- en medio de registros noticiosos intrascendentes.

Al hacer exhaustiva búsqueda de información ya no solo en bibliotecas o archivos sino por internet la desilusión aumenta y es constante en el hecho de que pretender buscar este o aquel dato en abundancia, nos da como resultado reiteraciones. Y la historia del toreo en México es una víctima más en todo ello. Con los pocos libros escritos hasta antes del siglo XX, y con las mínimas ilustraciones el armado de su historia debo reconocerlo, no dio para mucho. Es decir, el tema por ahora se ha agotado. En cuanto al propio siglo XX, creo que todo está dicho también y lo que queda es valernos y apasionarnos por las anécdotas, los recuerdos o las fotografías para mantener viva la tradición.

En todo caso, es recomendable para afirmar e iluminar nuestro conocimiento, la lectura de cuanto libro se tenga al alcance, recrearnos en museos que tampoco nos dan mucho, pero que son espacios que están ahí para solaz y esparcimiento.

Leo en estos momentos Sor Juana o las trampas de la fe de Octavio Paz y el célebre autor hace auténtico trabajo de microscopio dedicado a tan célebre mujer y su tiempo. Sorprendido voy de página en página conociendo aspectos en que muchos autores también se habían detenido como lo fue su paso de la vida ordinaria a la religiosa. Sin embargo, cuanto fue necesario explicar dicha decisión en términos que parecerían irrelevantes, el autor ocupa varias páginas para entender lo que hubo atrás de aquello. Pues bien, esto me lleva a entender que en un caso de vida privada se explora hasta lo último.

Así ha sido en lo taurino, componente de la vida cotidiana, a veces intrascendente, epidérmico y en otros casos profundo, donde las fibras sensibles quedan en conmoción. “Su” literatura allí está, a disposición y quede en los lectores el mejor juicio al respecto.

La pregunta que nos hacemos todos es una severa sentencia sobre el futuro de la humanidad, ante todo lo ya hecho (o casi todo), creo que estaremos condenados por buen número de años a un vacío contundente, solo animado como ya es sabido, por la gracia del conocimiento que allí está, en su condición universal buscando que cuanto se lea será alimento espiritual.

Finalmente, por el hecho de ser taurinos, buscaremos como es nuestro principal defecto, el asidero de los recuerdos, de esas pasiones que no deben faltar, pues estamos tallados por las fibras sensibles que han de seguir nutriéndonos hasta donde esto sea posible.

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“PANDEMIA”, EL PEOR DE LOS TOROS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El panorama real en la economía mexicana frente a la pandemia.

   Tras la tempestad, inundaciones… Tras el gran terremoto, tsunamis… tras la pandemia, desolación…

El fenómeno que pervive, ha ocasionado la peor situación económica, política y social que haya vivido la humanidad toda en mucho tiempo. Entre los políticos vemos la más absoluta debilidad frente al gran y microscópico monstruo del Coronavirus y una de esas muestras tiene que ver con ajustes presupuestales. Ya sabemos lo que ocurre con el INAH y la reducción de un 75% en su presupuesto. Los miles de trabajadores perciben ya una merma en responsabilidades, sobre todo por el hecho de que son estudiosos, investigan y son custodios directos de los monumentos. Y cuando la cultura percibe una agresión de esta naturaleza, priva el desaliento.

En ese ámbito se encuentra la tauromaquia no solo como una diversión o espectáculo público. Hoy, a fuerza de preservarla, documentarla y conservarla se ha ido orientando para entenderla como patrimonio, como un legado tal cual lo entiende y así lo extiende la UNESCO.

Se trata de una expresión milenaria en riesgo, por lo que para justificar su pervivencia es necesario un despliegue razonado de explicaciones que contengan la negativa de un sector de la sociedad permeado por ideas ilustradas primero, junto al falleciente neoliberalismo y la globalización de aquellos tiempos finales, que se quedaron en el “a.C.” (antes del coronavirus). Hoy, en el “d.C” (después del coronavirus), el trabajo que nos corresponde será tan sensible como el hecho de que las estructuras mismas de lo taurino, comiencen a levantarse nuevamente. Ya sabemos que el andamiaje existe, la presencia de grupos que operan dentro y fuera de sus funciones, se encuentra lista, preparada para continuar con sus labores, como siempre con la frente en alto.

Sin embargo, como es necesario recalcarlo, para mantener incólume el espectáculo, debe respetarse su esencia, en la mayor pureza posible, lo que ha de permitir la credibilidad y el hecho de su permanencia sin alteraciones externas.

En el comenzar de este 2020 se desató el brote, contagio, epidemia y hasta hoy, la pandemia. Han sido necesarios seis meses para que el planeta se haya visto afectado en todos los escenarios que son para nosotros harto conocidos. Y cuando ponemos nuestra mirada en lo taurino, sabemos ya lo que viene ocurriendo en España, donde la indiferencia de ciertos gobernantes se levanta como estandarte que vuelve a encender las pasiones y diferencias. Conviene, como seguramente lo tienen claro, que 2021 tendrá que ser el espacio temporal para reanudar lentamente las actividades, misma circunstancia que acataremos por acá. Existe desesperación, la angustia por mantener una fuente de ingreso es, entre millones de trabajadores su principal esperanza, pero esto vendrá acompañado de una sombra, que no viene sola. Me refiero al rebrote, el desempleo, el hambre y otra pandemia terriblemente lamentable: los políticos.

Priva, y privará el sentido común como la mejor herramienta para recuperar lo que sentimos como “nuestro”. Son nuevos tiempos, terribles, donde el bienestar de la humanidad ha de convertirse en lo prioritario, mientras lo demás venga por añadidura.

No volvamos a todo aquello que dejó una imagen de desaliento. Esperamos volver a ver plazas llenas, cuando las condiciones lo permitan. Habrá toros como antes sólo imaginábamos, pues el denominador común de comportamiento los pone ya en condiciones de aparecer de nuevo en las plazas. Desde luego, ganaderos competentes siempre los ha habido. Hoy, será una virtud y un claro ejemplo de que la fiesta de los toros recupere lo que se veía como un imposible. Es claro también que los ingresos no pueden ser los mismos. Sin embargo, nadie puede quedar fuera en la justa retribución de sus funciones. Si todo esto es posible, llegaremos a 2026 justo para conmemorar debidamente 500 años de permanencia del espectáculo taurino en nuestro territorio. Fue establecido luego de la conquista, se inició así la operación espectacular de unidades de producción agrícola y ganadera que dieron a este ser de la naturaleza, las condiciones exactas para incorporarlo en la fiesta y hoy, los ganaderos tienen claro ese compromiso. Desde luego, nuevas condiciones implicadas en el cambio climático, la reducción de espacio territorial y otros aspectos, son agentes que afectan y seguirán afectando las circunstancias.

Tenemos claro, como ya se ha dicho en España que la tauromaquia es mucho más que un espectáculo: es una rama más de la Cultura, y esto porque

-El alma de los pueblos es su cultura, y la cultura no se prohíbe, se defiende, se conserva y se protege.

-Que ninguna autoridad puede prohibirla válidamente, y mucho menos invocando una legitimidad basada en dudosas consultas.

Y aún más. Un elemento cultural, incluso por ser minoritario, no puede ser descalificado como tal, ni sometido a voto alguno, pues en ese caso se utilizaría un supuesto proceso democrático como instrumento de censura cultural.

Cierro esta pequeña reflexión con un poema de Juan A. Mateos escrito en 1883:

En el redondel.

 Gallardo el mozo, deslumbrante el traje

Que del sol a los rayos reverbera,

Rey del estado, con soberbia impera

Y aguarda osado en el fatal paraje.

 

De rabia lleno y de mortal coraje,

Se lanza el toro y el mancebo espera,

Y envuelve al hombre y la rabiosa fiera

El turbio polvo de la lid salvaje!

 

De la barbarie en el siniestro foro,

Ruje la multitud, viendo anhelante,

Rotos y en sangre los bordados de oro

 

Del vencido que rueda por el suelo!

El populacho aplaude, brama el toro…

La civilización está de duelo.

   Vaya para todos esta bocanada de aliento, justo ahora en que la cultura necesita afirmarse.

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REVISIÓN SOBRE OTRAS MIRADAS QUE CONTEMPLARON –ENTRE 1890 y 1931- LA “RECONQUISTA VESTIDA DE LUCES”.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Quiero compartir con los lectores de este blog, una interpretación que, sobre la “reconquista vestida de luces” encontré al paso de diversas revisiones a textos que hoy ya son históricos. En ese sentido, dos de ellos, fueron redactados entre 1890 y 1931, tanto por Eduardo Noriega “Tres Picos” y Carlos Quiroz “Monosabio”. De ahí que conviene un análisis que pongo a la consideración. Dada su extensión, 57 páginas, considero que conviene ponerlo a su alcance a través de un archivo PDF.

Debo recordar que dicha “reconquista” fue ese episodio ocurrido a partir de 1887, a partir de la reanudación de las corridas de toros en la ciudad de México.

Espero sea de su agrado.

DOS INTERPRETACIONES A LA RECONQUISTA VESTIDA DE LUCES

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ALQUIMIA CELEBRA 22 AÑOS… Y AÚN SIGUE PENDIENTE LA ALQUIMA TAURINA…

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

ALQUIMIA celebra por estos días 22 años ininterrumpidos de estar circulando. Es una publicación especializada que proviene del Sistema Nacional de Fototecas, y se debe a un sólido equipo de investigadores y especialistas que encabeza Araceli Puanta, luego del mismo cargo que por años ostentó José Antonio Rodríguez.

Cada uno de los números es una cuidada edición donde destaca la reproducción de todas las técnicas fotográficas, y un nutrido conjunto de escritos o ensayos sobre temas específicos o cronológicos, junto a reseña de otras obras, o la sugerencia de exposiciones.

Sin embargo, en 67 números, sólo en una ocasión se ha abordado sesgadamente el tema taurino, con motivo de la célebre fotografía que Genaro Olivares obtuvo el 2 de abril de 1950, y donde Rafael Rodríguez es llevado en andas por la afición.[1] En esa imagen, el fotógrafo capta el oportuno momento en que un carterista despoja a quien lleva sobre sus hombros al aguascalentense, mientras dos policías –aunque presentes-, están ausentes en el “cumplimiento de su deber”. Ese testimonio, con su carga evocativa y su punto de ironía, sigue siendo referencia. Por eso, Rebeca Monroy así lo consideró y en ese término pasó a formar parte como uno más de los asuntos que provienen del estudio fotográfico inserto en la vida cotidiana…

…pero también en las diversiones, y en particular, del espectáculo taurino en México; donde la fotografía arroja miles y miles de evidencias; pero que una revista como ALQUIMIA ha desairado.

Como especialista e historiador en este asunto desde hace más de 40 años, y ya con posibilidad de contar con un acopio electrónico de imágenes, puedo afirmar que las hay desde 1853 y hasta nuestros días en cantidad muy abundante.

Este fotograbado o ambrotipo, y cuya técnica aún está por definirse, dado que se trata de la única evidencia hasta ahora a nuestro alcance, presenta a Bernardo Gaviño en 1853.

Ese conjunto de retratos nos permite conocer plazas, encierros, toreros –dentro y fuera del escenario-, estudios fotográficos, percances y demás variedades, que lograron viajeros extranjeros y nacionales, acudiendo a las antiguas técnicas. Por eso es bueno mencionar que contamos con la valiosa evidencia de C. B. Waite, W. Scott, pero también de un extenso catálogo de los Valleto, Octaviano de la Mora, Lauro E. Rosell, Carlos Quiroz o Daniel Carrasco Zanini que hicieron labor entre fines del siglo XIX y la primera década del XX. Luego, aparecen los propios Casasola, a cuyo frente se encontraba Agustín; G. Malváez, Foguero, Rafael Pingarrón, Esperón, Toquero, Tagle, Miguel Cruzado, Eduardo Melhado, Tinoco, Fernando F. Sosa, Enrique Sosa, Abraham Lupercio y luego otra gran generación formada por Luis y Manuel Reynoso, Francisco Urbina, Daniel García Orduña, Juan Rodríguez, Adalberto Arroyo Cuesta…

En mi “Galería de toreros mexicanos de a pie y de a caballo. Siglos XVI al XIX”, he incorporado lo mismo a otros personajes extranjeros influyentes en el espectáculo, que una importante selección iconográfica donde predomina la fotografía. Así pues y en ese sentido, se justifica la existencia de este tipo de soportes, los que hoy he procurado rescatar digitalmente. Los originales ante mi vista han sido pocos, muy pocos. Sin embargo, los he rescatado y, bajo ese principio continuaré con cuantas más imágenes se localicen.

Por lo tanto, es buen momento para recordar que para una ALQUIMIA desdeñosa, en otra –como esta-, el tema taurino se justifica de sobra, tanto como para no abandonarlo.

Publicidad en la que se ofrecía la aplicación de técnicas fotomecánicas para impresión, esto en 1897.


[1] ALQUIMIA. Mayo-agosto 2006, año 9, N° 27. Rebeca Monroy Nasr, “Las entrañas de la imagen” (p.6-23).

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AMADO NERVO y JOSÉ JUAN TABLADA ESCRIBIERON EN TORNO AL TEMA TAURINO.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

He aquí a dos grandes creadores mexicanos: Amado Nervo y José Juan Tablada. Col. del autor.

Encuentro tres poemas dedicados –cada quien en su momento-, al tema taurino en este país. El primer caso se ubica en la creativa obra de José Juan Tablada (1871-1945). Con él, se anuncian las primeras señales del modernismo en México, de ahí que se aventurara a escribir los difíciles hai kus o hasta adoptar literariamente la metáfora y sugerir el ultraísmo, del que luego los estridentistas mostraron sus mejores virtudes. En ANTOÑICA estamos frente a un poema temprano de nuestro autor. escrito en 1890. Refleja la que luego será, en la escritura de Federico Gamboa, aquella SANTA sufrida, que las diversas versiones cinematográficas establecieron como un estereotipo de quien es conducida, por la pobreza, a los senderos de una vida falsa, ligera y fácil.

 ¡Antoñica, si hubieras sido

como yo te imaginaba!

Yo había puesto en tu alma

todo lo bello de mi alma

de colegial intacto

donde aún perduraban

bajo las arideces aritméticas

fulgores de Cuentos de Hadas.

Antoñica, rubia ramera

desde el parque frente a tu casa

te veía en el crepúsculo

palidecer y luego iluminarte

para el vivir nocturno…

En tus cabellos brillaban

las onzas de oro

de la “partida” de Tacubaya

y en tus ojos violeta un alcohol

de veloces y azules flámulas.

Hoy, ya muerta te identifico

con las princesas

de las miniaturas persas,

por sensual y por fina y rubia

con la Madona del Gran Duca.

De tus amantes nadie te amó como ese niño.

¡Ni el general, ni el banquero,

ni el banderillero

de Bernardo Gaviño!

Como aquel niño ya poeta

que divinizó tus pupilas

como estrellas lejanas,

suaves como violetas,

y en su deliquio, cuando tú pasabas,

extraño al sortileño de tu sexo cruel

temblaba sin saber por qué.

Y te veía alejarte, poniente en tus espaldas

las alas de su Ángel de la Guarda…

    Por su parte, Amado Nervo (1870-1919), pasa por el romanticismo del que todavía existía un velo impuesto por Juan Díaz Covarrubias, Manuel Acuña, Manuel M. Flores o Juan de Dios Peza, para aposentarse en el modernismo más temprano. Fue embajador de México en Uruguay, donde le sorprende la muerte y luego, sus restos ya en México, se depositaron en la entonces “Rotonda de los hombres ilustres” del panteón de Dolores. El siguiente soneto de trece versos, se publicó en 1900:

 EN EL COSO

(De Lápidas)

 Pasean coruscantes las chaquetillas,

la luz sobre las ropas tiembla y resbala

y fingen grandes flores las banderillas

y llamas las bermejas capas de gala.

El sol arde en los gajos de las sombrillas,

el clarín su alarido de muerte exhala

y el diestro ante los charros y las mantillas.

En tanto, yo contemplo –toda nerviosa

cubierta con las manos la faz hermosa-,

a una blanca damita de rizos de oro,

abrir como abanico los leves dedos

para ver, tras aquella reja, sin miedos

como brota la noble sangre del toro.

    Del mismo modo, la siguiente obra aparecida en 1900:

 Guadalupe la Chinaca.

 Por el puente viejo de Pula,

viejo y polvoso,

rebosante de amores

y ansias inmensas,

va la gentil ranchera

ebria de gozo,

como símbolo rustico

y glorioso de la patria,

que lleva en sus dos trenzas

en la fascinación de su reboso,

apasionada flor

que se destaca en los campos

como alegórica visión.

 Es Guadalupe “La Chinaca”,

que con su escolta de rancheros,
diez fornidos guerrilleros

y en su cuaco retozón
que la rienda mal aplaca,

de la fábrica de Aguirre

a los ranchos de Menchaca
Guadalupe la chinaca

va a buscar a Pantaleón.

 

Pantaleón es su marido,
el gañán más atrevido

con las bestias y en la lid.
Faz trigueña, ojos de moro
y unos músculos de toro

y unos ímpetus de Cid.

 

Cuando mozo fue vaquero,
y en el monte y el potrero

la fatiga le templó.
para todos los reveses,
y es terror de los franceses

y cien veces lo probó.

 

Con su silla plateada,
su chaqueta alamarada,

su vistoso cachirul
y su lanza de cañotos,
cabalgando pencos brutos

¡qué gentil se ve el gandul!

 

Guadalupe está orgullosa
de su prieto; ser su esposa

le parece una ilusión,
y al mirar que en la pelea
Pantaleón no se pandea,

grita: ¡viva Pantaleón!

 

Ella cura los heridos
con remedios aprendidos

en el rancho en que nació,
y los venda en los combates
con los rojos paliacates

que la pólvora impregnó.

En aquella madrugada

todo halaga su mirada
finge pórfido el nopal
y los órganos parecen
candelabros que se mecen

con la brisa matinal.

 

En los planos y en las peñas,

el ganado entre las breñas,
rumia y trisca mugidor
azotándose los flancos,

y en los húmedos barrancos
busca tunas el pastor.

 

A lo lejos, en lo alto,

bajo un cielo de cobalto
que desgarra su capuz,
van tiñéndose las brumas,

como un piélago de plumas
irisadas en la luz.

 

Y en las fértiles llanadas,

entre milpas retostadas
de color, pringan el plan,
amapolas, maravillas,

zempoalxóchitls amarillas
y azucenas de san Juan.

Guadalupe va de prisa

de retorno de la misa,
que en las fiestas de guardar,
nunca faltan las rancheras,
como sus flores y sus ceras,

a la iglesia del lugar;
con su gorra galoneaba,

su camisa pespunteada,
su gran paño para el sol,
su rebozo de bolita,
y una saya suavecita

y unos bajos de charol;
con su faz encantadora,

más hermosa que la aurora
que colora la extensión,
con sus labios de carmines,

 que parecen colorines,
y su cutis de piñón,
se dirige al campamento,

donde reina el movimiento
y hay mitote y hay licor,
porque ayer fue bueno el día,

 pues cayó en la serranía
un convoy del invasor.

 

¡Que mañana tan hermosa!

¡Cuánto verde, cuanta rosa
y que linda la extensión!
rosa y verde se destaca,

con su escolta, la chinaca,
que va a ver a Pantaleón.

   Finalmente, unos versos publicados en El Eco Taurino. Año IV, México, D.F., 15 de enero de 1929, Nº 117, y bajo el seudónimo de “Un académico de la lengua”, nos permiten entender que la intención de su autor, fue exaltar virtudes literarias de otros tantos creadores como a continuación lo verán:

 Corrida académica.

 Las abejas gloriosas del Himero

se han echado al ruedo…

 

El ilustre Juan B. Delgado

ha cogido los trastos…

 

Los sesudos Arcades de Roma

por el “callejón” asoman

 

su noble y serena faz, pendientes

del “faenón” que se espera; solemnes,

 

en barreras de primera fila,

los académicos se alistan

 

a admirar al colega; (Rubén) Darío

(Carlos) González Peña, Artemio (de Valle-Arizpe), (Carlos Rincón Gallardo) San Francisco,

 

Don Ezequiel (A. Chávez), en fin, todos

se vuelven “todo ojos”.

 

Tras el brindis a la Presidencia,

Alicandro despliega la muleta

 

ante el belfo espumante

del bravo de San Diego de los Padres

 

con un donaire “belmontino”

“caganchesco” o “fuentístico”.

 

Un pase natural, uno de pecho

dos redondos por bajo, otro –soberbio-

 

afarolado, luego cuatro naturales

con la izquierda; uno, despampanante,

 

de pecho. (Aquí el espada

toma respiro; el toro también descansa).

 

Y sigue la faena: un estupendo

rodilla en tierra, luego

 

dos de la firma; cambiándose el engaño

a la derecha, dos pausados

 

molinete girando dentro de los propios

cuernos del animal; seis u ocho

 

de tirón, llevándolo a los medios,

y, por fin, uno inmenso

 

en redondo. Tras eso el toro cuadra,

y Epirótico se echa a la cara

 

el toledano alfanje,

recoge la muleta, y perfilándose

 

sobre el pitón izquierdo, da

el hombro –el izquierdo también- y se va

 

tras el estoque, hundiéndolo,

todo en la cruz, derecho,

 

saliendo por los costillares

con pausa y donaire,

 

mientras el toro se bambolea

y, patas arriba, cae en la arena…

 

Un clamor delirante,

una ovación unánime

 

premia la faena de Alicandro,

el insigne émulo de Cagancho,

 

y caen al ruedo sombreros,

bastones y puros; los pañuelos

 

piden flameantes, la oreja;

la Presidencia,

 

a cargo de Don Federico Gamboa,

accede, y la oreja y la cola

 

las recibe Don Juan, arrojándolas

al tendido, con gracia…

 

La ovación va en aumento:

Vueltas al ruedo salida a los medios,

 

el delirio. Todavía

cuando el otro espada, Luis G. Urbina,

 

alias “El Viejecito”, da una serie

de lances a su toro, el ingente

 

vocería llena la plaza…

Y, por fin, cuando arrastran

 

al último las mulillas,

un grupo de “capitalistas”

 

-(Antonio) Caso, Cordero, (Carlos) Díaz Dufóo, Canales,

(Luis) González Obregón, Genaro Fernández

 

Alfonso Reyes, y cien más –se lanza

al ruedo, sobre sus hombros, rápidos, levanta

 

al triunfador y lo lleva

a la calle, en donde una inmensa

 

multitud lo ovaciona

continuando, así en triunfo, hasta la fonda…

OBRA DE CONSULTA:

José Francisco Coello Ugalde, “Tratado de la poesía mexicana en los toros. siglos XVI-XXI” (1985 y hasta nuestros días. Es un trabajo en permanente actualización).

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Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA

RUBÉN M. CAMPOS y UNA CRÓNICA DE TOROS EN 1878.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En mis incursiones librescas o de archivos, encontré un interesante material en la Biblioteca “Lerdo de Tejada”. Se trata de Revista de Revistas. El Semanario Nacional del año 1923. En el número correspondiente a diciembre 16 de aquel año, se incluye una colaboración del eminente escritor Rubén M. Campos (Doblado, Guanajuato 1876, Ciudad de México, 1945), dedicado a indagar asuntos del flolklore nacional, con temas como la danza indígena, temas de la vida cotidiana, música popular, artesanía, diversas fiestas profanas y sagradas, mexicanismos, biografías, poesía, y otros asuntos de nuestra cultura. “Las Corridas de Toros de Antaño” es un delicioso texto en el que rememora una vivencia infantil, que quedó firme en su memoria, dada la forma en que describe con puntual exactitud los detalles mayores y menores de aquel festejo, celebrado en San Pedro Piedra Gorda en el curso del mes de enero de 1878, faltando dos para que ocurriera la penosa muerte de Lino Zamora a manos de su celoso “matador”, Braulio Díaz.

En esta narración que incluyo completa a continuación, se detalla la forma en que se celebró una tarde de toros donde además, tuvo la suerte de ver alternar al propio Lino Zamora junto a Bernardo Gaviño y junto a ellos toda una “fauna” de elementos complementarios como el “loco”, los “hombres gordos”, “la Mónica, ágil banderillera”. Describe los curiosos pares de banderillas y la forma en que se adornaban, y luego algunas suertes, o la aparición de Lino Zamora poniendo banderillas a caballo y la no menos notable actuación de Refugio Sánchez “El Verde”, al “Borrego” (quizá se refiera a Abraham Parra, notable diestro de aquellos sitios provincianos), sin faltar la de los charros y jinetes que lucieron todas sus habilidades. No falta aquí el momento en que se desarrolló el “toro embolado” y otros aspectos de una tarde que resultó incomparable dado el buen juego de los toros, a pesar de que se tuvo que utilizar el “lazo” como forma para retirar a alguno de los allí lidiados.

Para no entorpecer la sabrosa crónica del autor invitado en esta ocasión, vayamos a la lectura de

 Las Corridas de Toros de Antaño.[1]

Por: Rubén M. Campos.

    Ninguno de los jóvenes concurrentes de hoy a una corrida de toros, podría imaginarse lo que eran las corridas de antaño. Es preciso haber vivido un poco para llevar catalogado algo, y poder desglosar de vez en cuando una página pintoresca del libro de la vida.

Cuando se ve hoy al gladiador (Rodolfo) Gaona en una actitud praxitélea[2] que haría retemblar el inmenso Colosseum[3] colmado de espectadores venidos de todo el Imperio, ante la esmeralda escrutadora de César que lo proclamaría quirite,[4] lo que era algo más que un dios, no pueden concebirse las corridas de toros sin la parsimoniosa etiqueta de un espectáculo en el que, si bien la plebe intemperante es la misma, los rituales de la arena son tan ceremoniosos como en la recepción de una corte.

Pero en los tiempos que yo alcancé con el albor de aurora de los diez años (que ya vimos, nació muy probablemente entre 1865 y 1870; murió en 1945),[5] la fiesta de sangre era un torneo de júbilo por el que a veces pasaba un estremecimiento de muerte. El valor brutal de (Juan) Silveti tuvo sus raíces en aquellos toreros guanajuatenses que infundían el desprecio a la vida. Era la primera vez que yo iba a ver lidiar toros, y era Lino Zamora quien toreaba.[6] Cada capitán tenía entonces su cuadrilla de toreros, y la de Lino era la más famosa. Las plazas de onzas de oro y de pesos de antiguo cuño, que cubrían las mesas de las partidas de juego en la feria de San Pedro Piedragorda (Zacatecas), respondían de que podía ser pagado el más insigne torero de entonces. Iba a alternar con Bernardo Gaviño,[7] y disputábales a ambos el rango de primero banderillero Refugio Sánchez, “El Verde”, llamado así por su terno de luces lentejueleado de plata.

La plaza, construida de vigas y cubierta y techada con petates, era por dentro una mancha radiosa de colores vivos en que dominaban el azul de los rebozos y el rojo de los zagalejos de las mujeres. El payaso[8] divirtió al pueblo con coplas comentadas por la música de viento, a la que interrumpía el farsante con la mano para versificar otra relación que terminaba glosando la misma copla, entre la jacaranda del público. La hora de abrir la corrida fue anunciada por el clarín, abrióse una puerta, ampliamente, y apareció a partir plaza un charro a caballo, espléndidamente enjaezado a la mexicana; saludó caballeresco, descubriéndose para pedir la venia y recogió la llave del toril que le entregó el juez de plaza. Apareció luego el zarzo de las banderillas, que eran un primor de labor en papel picado: cornucopias que volaban flores del trópico; palomas que abrían las alas al ser clavado el par; redes repletas que al romperse cubrían al toro con una gualdrapa regio de rosas enhebradas de listones de oro y plata; canastillas de agasajos que al ser sacudidas con los reparos de la bestia daban al viento una lluvia de mariposillas de oro volador; floripondios y granadas abiertas, macetas floridas, liras enhiestas, estípites volcadas. En seguida venía Lino Zamora en su caballo blanco, pequeñito y fino, de pura raza árabe, haciendo cabriolas, y detrás del capitán sus toreros coruscantes de oro y plata en lentejuelas de luz sobre alamares irisados con los reflejos de las sedas violeta, anaranjada, rosa, verde, morada, azul. Lino Zamora, en terno guinda, era un hombrecillo de espaldas cuadradas, tez de bronce, bigote y cabello aún negros y ojos de pájaro de presa. Tendría entonces cincuenta años[9] y debería morir de una puñalada[10] por causa de una mujer, dos meses más tarde, en Zacatecas, a manos de Braulio Díaz.

Después de la cuadrilla que capitaneaba Bernardo (Gaviño), gualda y oro, venían los picadores a caballo, a pecho descubierto las bestias y con simples polainas los hombres, la lanza en la cuja[11] y calado el barboquejo de los sombreros galoneados. Tras los picadores venían los lazadores en excelentes caballos enjaezados con silla vaquera. Después seguían los charros coleadores y los jineteadores montados en pelo, sin silla y sin freno las cabalgaduras. Y a continuación la Mónica, una amazona que banderillaba a caballo o subida en un barril,[12] vestida de china poblana, con las trenzas sueltas a la espalda y fumando un veguero, el rebozo de bolita terciado en los hombros provocativos. Su aparición fue saludada con un estruendoso aplauso como el que saludó a Lino Zamora, y ella sonreía echando atrás el rico sombrero galoneado y dejando ver, al quitarse el puro de la boca, un diente chimuelo en su faz caricortada. Y luego los jorobantes,[13] que fueron recibidos con risas estrepitosas y silbidos que coreaban el son que ellos bailaban; y con ellos los hombres gordos, empajados, esféricos, con un vientre enorme del que salía apenas la cabeza enharinada, los cuales dejábanse rodar por el suelo, batiendo las piernas en el aire; los gigantones, enormes peleles con la cara vuelta al cielo y los brazos colgantes, envueltos en trajes talares con dos agujeros en el vientre para los ojos de los portadores; los bocabajos, que simulaban sacar la cabeza volcada y enmascarada por entre las piernas; los enanos acurrucados, que saltaban ágilmente en cuclillas como los sapos; las chimoleras con sus grandes cazuelas para representar la pantomima de la boda de indios; y por último, Juan Panadero, danzando, con su pala empuñada para sacar de un hornito portátil el pan caliente.

Todos estos mimos desaparecieron como por tramoya una vez que dieron la vuelta al redondel, entre el estruendo de la muchedumbre que les arrojaba cáscaras de naranja y de lima; y despejada la arena quedaron en ella los capitanes y sus cuadrillas, y cedió galantemente el mexicano al español el honor de abrir la corrida.

¿Pero cómo hacer una reseña moderna sin la venia de Don Verdades, Verduguillo,[14] Latiguillo,[15] Mono Sabio[16] y demás muchachos revisteros de hoy, que saben más que el propio Cúchares?[17] La puerta del toril se abrió vomitando un toro endemoniado, y dio principio el más pintoresco herradero que se haya visto. Lino y Bernardo espiaban recelosos el momento de parar los pies a aquella fiera, pues evidentemente las ganaderías de Parangueo[18] y de Atenco[19] han degenerado. Alertas, avizores, palpitantes de rabia, como embrujados, aquellos toros raudos íbanse al bulto. Cada pica era un caballo muerto. Levantaban por los aires caballo y picador y era un triunfo salvar al hombre. Los cuernos de las fieras habían sido limados para aguzarles más la punta,[20] y las cornadas eran mortales. Un clamor de angustia levantóse cuando un picador atravesado por el pecho cayó moribundo al otro lado de la valla, y el espanto lívido puso su rictus en los rostros y secó las bocas cuando “El Borrego”[21] cayó debajo del toro con una cornada en una ingle, mortal. Habíase resbalado con una cáscara de plátano al poner un par bien puesto, y quedó a la merced del toro. Todos acudieron a salvarlo de quedar muerto allí mismo, y se apoderaron del toro por los cuernos, el cuello, la cola, y mientras Refugio Sánchez sacaba al compañero por las axilas, el toro revolvióse y lanzó lejos aquella gente, que cayó de bruces o de espaldas, y entonces toda la plaza puesta en pie aullaba de terror y una puerta dio paso a los lazadores para llevar aquel demonio a viva fuerza. Pero una bronca formidable hizo explosión atronando el circo. No debía ser lazado el toro. Debía ser lidiado hasta el fin tan magnífico ejemplar, y Lino Zamora puso fin a la disputa apareciendo en su caballo blanco.

Como por encanto quedó despejada la plaza al ser saludado el caballero, a quien fue dado un par de banderillas. El toro, en cuyo testuz brillaban las escarlatas de una rosa que llevaba en la frente, puesta al salir del toril, presintió un poder superior y aprestóse a la lucha; y al verse citado a banderillas, reculó y lanzóse sobre su adversario. Pero el centauro quebró sus cuatro pies con una gracia que recordaba la elegancia de las actitudes de los centauros sagitarios esculpidos por Scopas[22] en el friso del Parthenón, y la lucha fue un rapto de admiración trémula. El caballo escurrióse ágil como una anguila, y el caballero en escorzo[23] logró poner su par tan bien puesto cual si las puyas hubiesen estado imantadas. El caballo, espoleado, irguióse libre del apersogamiento[24] que refrenaba sus bríos, y el caballero, descubierto, fue recogiendo entre la delirante ovación, pesos y onzas de oro al dar vuelta al galope por el redondel. Refugio Sánchez, celoso de su rival, citó a su vez y partió hacia el toro raudo, girando siempre como un trompo, y puso otro par magnífico que enloqueció al público. Bernardo aprestóse a matar, suerte que debía verificar en un metisaca, pues dejar el estoque era rechifla segura. Mató bien el español tras breve faena y fue ovacionado cumplidamente.

En el segundo toro, que no fue condenado a muerte sino a lazo, vi a los charros de mi tierra escupirse la mano, sin hipérbole, al echar sus crinolinas despedidas hacia atrás, que giraban en el viento e iban a caer en los dos cuernos, y sus piales pintados que daban en tierra con el vencido. Y vi también un hombrecillo a quien le faltaban los dos brazos,[25] jinetear adherido solamente por sus piernas de acero, sacudido como si estuviese deshuesado, pero sin caer del toro. La Mónica vino después a banderillear subida en un barril, peligroso trance del que salió ilesa.

Tocóle matar a Lino Zamora, y demostró una bravura salvaje, que era la atracción de aquellos tiempos, pues la faena era un verdadero duelo a muerte; y como las pragmáticas de ancas, y se lo llevaron en triunfo tras el brillante juego que había dado.

Pero una vez terminada la corrida de cinco toros, de la que guardo confusos otros detalles, vino el toro embolado. Antes que los empajados y los bocabajos, hicieron irrupción estrambóticos personajes subidos en zancos, y les siguieron los jorobantes, los enanos, los gigantones, las chimoleras y los indios coronados de zempaxóchiles[26] y vestidos de blanco para celebrar la pantomima de la boda. El colonche corría en abundancia y las libaciones sucedíanse cuando abrieron la puerta del toril. Entonces los concurrentes, por racimos, descendieron a la arena, y aquello fue un jaleo nunca imaginado. Los empajados desafiaban impunemente a la fiera, hincados o montados en asnos, embrazando un carrizo a guisa de pica, y eran botados como gigantescas pelotas de foot ball que tuviesen tarsos rudimentarios de palmípedo[27] para huir; y los hombres de los zancos abríanse en compás para que pasara burlado el toro, en tanto que las cazuelas volaban por los aires y el colonche empurpuraba los vestidos almidonados de los indios.

La turba henchía la arena hasta atropellarse y dar en tierra por montones, en medio a la desbandada de la muchedumbre en fuga y entre una rechifla ensordecedora. Y las dos muertes que hubo en aquella tarde memorable[28] fueron olvidadas por el pueblo, hijo de Aztlán, que ahogaba en una pasquinada la orgía sangrienta de dos sacrificios humanos.

Rubén M: CAMPOS.

México, diciembre de 1923.

   De mi “Galería de toreros mexicanos de a pie y de a caballo. Siglos XVI al XIX”[29] traigo hasta aquí los datos de

GARZA, Alejo: personaje que, por sus características especiales, realizaba suertes parataurinas, que así lo permitieran pues presentaba una limitación corporal, misma que consistió en no poseer los dos brazos.

De ahí que se le conociera en los carteles como el “Hombre Fenómeno”. Un cartel de mediados del siglo XIX así lo retrata:

TOROS / EN LA / PLAZA PRINCIPAL / DE S. PABLO, / El jueves 11 de junio de 1857 / FUNCIÓN SORPRENDENTE, / DESEMPEÑADA POR LA CUADRILLA QUE DIRIGEN / D. SOSTENES / Y / D. LUIS ÁVILA.

Animado el empresario por sus amigos y por infinitos aficionados a esta diversión para que en esta hermosa plaza se den corridas de toros, no ha omitido gastos ni diligencia alguna para vencer las dificultades que se le han presentado: en tal concepto, arregladas estas, tiene la satisfacción de anunciar al respetable público, que la tarde de este día tendrá lugar la primera corrida de la presente temporada.

Siendo Don Sostenes Ávila el capitán de dicha cuadrilla, y presentándose por la vez primera en esta plaza, tiene el honor de ofrecer al bondadoso público mexicano, sus débiles servicios, suplicándole al mismo tiempo se digne disimular sus faltas; en el bien entendido, de que tanto él como sus compañeros, no aspiran más que a complacer a sus indulgentes favorecedores.

A la referida cuadrilla está unido el arrojado y hábil lidiador FRANCISCO SORIA, conocido por / EL MORELIANO.

Que tan justamente se ha granjeado el afecto de sus compatriotas, y el de todos los dignos concurrentes: viniendo también agregado a la cuadrilla

EL HOMBRE FENÓMENO (se trata en este caso de Alejo Garza. N. del A.),

Que faltándole los brazos desde su nacimiento, ejecuta con los pies unas cosas tan sorprendentes y admirables, que solo viéndolas se pueden creer: en cuya inteligencia, y tan luego como se haya dado muerte al tercer toro de la corrida, ofrece desempeñar las suertes siguientes:

Hará bailar a un trompo y a tres perinolitas.

2ª Jugará diestramente el florete, con el loco de la cuadrilla.

3ª Cargará y disparará una escopeta.

4ª Barajará con destreza un naipe.

5ª y última. Escribirá su nombre, el cual será manifestado al respetable público.

SEIS / FAMOSOS TOROS

Están escogidos a toda prueba para la lid anunciada; y si bien solo ellos con su ARROGANTE BRAVURA, serán bastantes a llenar el espectáculo complaciendo a los dignos asistentes. También contribuirá mucho al mimo objeto la buena reposición que se le ha hecho a la plaza, hermoseándola con una brillante pintura que le ha dado un artista mexicano.

Antes del / TORO EMBOLADO / de costumbre, saldrán de intermedio / DOS PARA EL COLEADERO, / que tanto agrada a los aficionados.

TIP. DE M. MURGUÍA.

PARRA, Abraham: Espada mexicano de segundo orden, que no dejaba de trabajar con aceptación, por los años de 1887 en adelante. (L. V., 109).

El Borrego era el alias con que se conocía a Abraham Parra en sus correrías como otro tanto de los “gladiadores” que actuaban en las plazas de toros mexicanas, ya muy avanzado el siglo XIX. No es ninguna figura apolínea. En sus mejores tiempos hasta fue banderillero de Lino Zamora. En LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA Nº. 3, del 11 de diciembre de 1942.

PARA EL QUE QUIERA ALGO DE EL BORREGO, AQUÍ LO TIENEN.

Abraham Parra El Borrego, con esa figura ¡vaya que se ganó el seudónimo de marras!

Tan evocadora imagen nos transporta de inmediato a una época en que el toreo con toda su expresión a la mexicana estaba causando conmoción, sobre todo en la provincia, porque debieron ser los años en que la fiesta estaba prohibida en la capital de la república; esto entre 1867 y 1886. Todo es auténtico, desde su original continente, pasando por el ajustadísimo traje que apenas puede sujetar tanto volumen corporal, hasta la desproporción de un diseño ausente. Faja de dos palmos, capa de amplios vuelos, con una esclavina casi imperceptible, hombreras descomunales y una montera ridícula a cual más, semejando un molcajete, eso sí, perfectamente asida a la barba por un hilillo aún más grotesco. ¡Claro!, no podía faltar el impresionante mostacho rematando el serio semblante del guanajuatense.

Los golpes de una taleguilla tampoco guardan ningún equilibrio y son meras adherencias a un traje que toreros como Abraham Parra no sólo idearon, sino que mandaron hacer recreando en ellos la imagen que, como modelo, seguía dejando en el panorama Bernardo Gaviño, quien todavía se daba el lujo de cosechar alguna hazaña o causar lástima, debido a su avanzada edad (es bueno recordar que muere a los 73 años, víctima de una cornada, pero aún más de una mala atención. Esto ocurre entre el 31 de enero y el 11 de febrero de 1886).

Pues bien, para el que quiera algo de El Borrego, aquí lo tienen. Procuren no tardarse en contratarle. Si esto ocurre no les extrañe que se tome un descanso en la mullida y descansada silla de al lado.


 

[1] Revista de Revistas. El semanario nacional. Año XIV, México, D.F., diciembre 16 de 1923, N° 710, p. 37-8.

[2] Es decir, relacionada con la escultura clásica que viene de los más importantes artistas griegos, que fue del clasicismo más notorio al manierismo anticipado que ya insinuaba también el sensualismo.

[3] Coliseo o Anfiteatro Flavio, obra majestuosa construida en el siglo I de nuestra era por el poderoso imperio romano, la cual sigue siendo pieza emblemática y representativa de aquella época.

[4] Quirite, Caballero o ciudadano de la antigua Roma.

[5] Si nos atenemos a lo anotado por Rubén M. Campos, afirma que vio aquel espectáculo cuando contaba con diez años. Es decir, el célebre autor debe haber nacido entre 1865 y 1870, tomando en cuenta que Lino Zamora, estando por los rumbos de Zacatecas, habría actuado, antes que en Jerez, en San Pedro Piedragorda, esto, en enero de 1878.

[6] Debe uno reconocer que lo inestable de ciertos datos nos llevan a creer a “pie juntillas” lo que viene corriendo de boca en boca; es decir el testimonio oral que pasa de generación en generación y que, peor aún, se da por un hecho. Se creía que Lino Zamora habría muerto, víctima del despecho y los celos de su banderillero Braulio Díaz, a raíz del triángulo amoroso que surgió entre estos dos personajes y Prisciliana Granado, en 1884. Pero con el dato que La Voz de México, reporta en su número 50 del viernes 1º de marzo de 1878, se puede colegir que dicho asesinato ocurrió en Zacatecas el 7 de febrero de ese mismo 1878. Los “Legítimos versos de Lino Zamora, traídos del Real de Zacatecas” que corren todavía lamentando su penosa muerte, debe reconocerse, dan una fecha equivocada, la del catorce de agosto. Quizá por eso, al convertirse aquel acontecimiento en un asunto que dispersó vox populi, es que haya llegado hasta nuestros días arrastrando ese peso de equivocación, diluido en su originalidad por el tiempo, pero más aún porque transmitido entre el pueblo, se encontró rápidamente con una afirmación que es difícil de extirpar en algunos casos.

[7] José Francisco Coello Ugalde, Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX. Prólogo: Jorge Gaviño Ambríz. Nuevo León, Universidad Autónoma de Nuevo León, Peña Taurina “El Toreo” y el Centro de Estudios Taurinos de México, A.C. 2012. 453 p. Ils., fots., grabs., grafs., cuadros.

De acuerdo a una tabla incluida en esta biografía, y donde pude reunir todos los registros localizados sobre actuaciones del personaje, no hay dato que lo ubique en Zacatecas, lo cual no quiere decir que esto no haya ocurrido. Simple y sencillamente se podría tratar de una omisión por parte de la prensa, cuyo comportamiento por aquellos años reflejaba su abierto rechazo a la actividad taurina registrada en las provincias de nuestro país, y sólo algunas notas al respecto, son las que pasaron a formar parte de aquella relación de actuaciones. La presente, viene a enriquecer, en consecuencia, tal compendio de información.

[8] Este personaje fue uno más en la “troupe” que actuaba en diversos espectáculos taurinos, sobre todos los que se dieron desde comienzos del siglo XIX y hasta finales del mismo.

[9] Es decir, que Rubén M. Campos al calcular la edad de Zamora, nos refiere la posibilidad de que su nacimiento se registrara aproximadamente entre 1828 y 1830.

[10] De hecho no fue una cuchillada, sino la descarga completa de una pistola que empuñaba Braulio Díaz, su “matador”.

[11] Cuja o cujote, bolsa en la que se introducía la bandera a la lanza.

[12] Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo antepasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan basto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurría durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

El fin de esta investigación estriba en recoger el mayor número de evidencias de este tipo que se hicieron presentes en el toreo decimonónico enriqueciéndolo de forma por demás evidente. A cada uno de los datos, de las representaciones, creaciones y recreaciones se dedicará un análisis que nos acerque a entender sus propósitos para que estos nos expliquen la inquietud en que se sumergieron aquellas fascinantes invenciones.

Durante el siglo XIX, y en las plazas de San Pablo o el Paseo Nuevo hubo festejos taurinos que se complementaban con representaciones de corte teatral y efímero al mismo tiempo. También puede decirse: en ambas plazas hubo toda una representación teatral que se redondeaba con la corrida de toros, sin faltar “el embolado”, expresión de menores rangos, pero desenlace de todo el entramado que se orquestaba durante la multitud de tardes en que se mostraron estos panoramas. Ambos escenarios permitían que las mencionadas representaciones se complementaran felizmente, logrando así un conjunto total que demandaba su repetición, cosa que los empresarios Mariano Tagle, Manuel de la Barrera, Javier de las Heras, Vicente del Pozo y Jorge Arellano garantizaron permanentemente, con la salvedad de que entre un espectáculo y otro se representaran cosas distintas. Y aunque pudiera parecer que lo único que no cambiaba notablemente era el quehacer taurino, esto no fue así.

El siglo XIX mexicano en especial, reúne un conjunto de situaciones que experimentaron cambios agresivos para el destino que pretende alcanzar la nueva nación. Ya sabemos que al liberarse el pueblo del dominio colonial de tres siglos, tuvo como costo la independencia, tan necesaria ya en 1810. Lograda esta iniciativa y consumada en 1821 pone a México en una condición difícil e incierta a la vez. ¿Qué quieren los mexicanos: ser independientes en absoluto poniendo los ojos en Estados Unidos que alcanza progresos de forma ascendente; o pretenden aferrarse a un pasado de influencia española, que les dejó hondas huellas en su manera de ser y de pensar?

Este gran conflicto se desata principalmente en las esferas del poder, el cual todos pretenden. Así: liberales y conservadores, militares y hasta los centralistas pelean y lo poseen, aunque esto fuera temporal, efímeramente. Otra circunstancia fue la guerra del 47´, movimiento que enfrentó en gran medida el contrastante general Santa Anna, figura discutible que no sólo acumuló medallas y el cargo de presidente de la república varias veces, sino que en nuestros días es y sigue siendo tema de encontrados comentarios.

Esa lucha por el poder y la presencia de personajes como el de Manga de Clavo fue un reflejo directo en los toros, porque a la hora en que se desarrollaba el espectáculo, las cosas se asumían si afán de ganar partido, y no se tomaban en serio lo que pasara plaza afuera, pero lo reflejaban -traducido- plaza adentro, haciendo del espectáculo un cúmulo de creaciones y recreaciones, como ya se dijo.

[13] Jorobantes o jorobados, figuras estrambóticas incluidas en la mojiganga.

[14] Se refiere a Rafael Solana Cinta, Verduguillo.

[15] Se refiere a Miguel Necoechea, Latiguillo.

[16] Se refiere a Carlos Quiroz Monosabio.

[17] Francisco Arjona “Cúchares”, personaje y paradigma del toreo español en su etapa evolutiva más notoria durante el siglo XIX. Nació en Madrid el 20 de mayo de 1818 y murió en la Habana, Cuba –víctima del vómito negro-, el 4 de diciembre de 1868.

[18] Tal degeneración debió ser ya notoria, en los tiempos en que nuestro autor escribió tal remembranza. Véase Heriberto Lanfranchi, Historia del toro bravo mexicano. México, Asociación Nacional de criadores de toros de lidia, 1983. 352 p. ils., grabs., p. 40. Parangueo. (Municipio de Valle de Santiago, Guanajuato). Fundada hacia 1536 por don Vasco de Quiroga con reses criollas de la región, que se vieron incrementadas en los siglos XVII y XVIII con toros de Navarra y Valladolid.

[19] Op. Cit., p. 43. Para octubre de 1910, los hermanos Barbabosa Saldaña, importaron de España 4 vacas y 2 sementales de Pablo Romero para Atenco y 6 vacas y 2 sementales del marqués del Saltillo para San Diego de los Padres. Y sí, en efecto, la hacienda de Atenco mostró, desde comienzos del siglo XX y hasta la segunda década del siglo anterior una fuerte pérdida de influencia en la dinámica del espectáculo, luego de que durante el XIX fue quizá la más notables en todo el país. Esta unidad de producción agrícola y ganadera, creada como encomienda el 19 de noviembre de 1528 y que se conserva hasta nuestros días, reducida a un ex ejido, con 98 hectáreas y alrededor de unas 200 o 250 cabezas de ganado, ha sido motivo de una profunda revisión e investigación de mi parte, la cual representó para José Francisco Coello Ugalde, contar con la candidatura al grado de Doctor en Historia (de México) por la Universidad Nacional Autónoma de México (2000-2006, constancia fechada el 21 de febrero de 2003), con el tema: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”, tesis con deliberación pendiente de aprobación. Dicho trabajo cuenta además, con una serie de anexos que hacen del trabajo final una extensa obra que revisa ampliamente dicha hacienda ganadera.

[20] A lo que se ve, tal recurso era permitido y existe más de alguna autorización estatal que así lo considera. El dato más remoto que existe al respecto, es un aviso al público dado en Puebla, el 5 de diciembre de 1834. En tal documento, aparecen, al calce, los nombres de Guadalupe Victoria y José María Fernández, Srio. Int. Y que reproduzco para su mejor comprensión. Ello indica que no se trataba de alguna casualidad, sobre todo por aquello de que los toros “puntales” ocasionaban más daño y la cirugía taurina no mostraba por aquel entonces avance significativo alguno.

[21] Quizá se refiera a Abraham Parra “El Borrego”, personaje de quien me ocuparé más adelante.

[22] Célebre escultor y arquitecto griego del siglo IV a. C.

[23] Escorzo, cuerpo en posición oblicua o perpendicular a nivel visual.

[24] Apersogamiento, que se refiere a tortura o mal trato, pues la intención es con el fin de dar castigo, en este caso al caballo a través del fuete, las espuelas o la rienda, si es que el caballo no hubiese podido responder al desarrollo de la suerte, según está descrita.

[25] Debe tratarse, con toda seguridad de Alejo Garza, el hombre fenómeno de quien me ocupo más adelante.

[26] Cempoalxochtl, se refiere a la flor de veinte pétalos o flor de muertos, incorporada en nuestra cultura desde la noche de los tiempos y con la cual se rememoran a quienes ya no se encuentran entre nosotros. Por la circunstancia en que se encuentra descrita esta semblanza, la figura de los indios debe haber cobrado una particular representación, misma que podremos comprobar en la imagen aquí elegida.

[27] Ave que tiene las patas adaptadas a la natación por medio de unas membranas interdigitales, tales como el pato, la gaviota y el cisne.

[28] Esto significa que, a causa de algún percance, dos de los integrantes de aquel conjunto notable de personajes, se convirtieron en “víctimas de la barbarie”, tal y como lo denunciaban autores como Carlos María de Bustamente o José Joaquín Fernández de Lizardi, pero también Domingo Ibarra, Manuel Payno, Francisco Sosa o José López Portillo y Rojas, todos ellos antitaurinos declarados en el curso del siglo XIX.

[29] La que por cierto puede apreciarse ya en dos entregas –dado que es un trabajo alfabético y biográfico a la vez-, en la siguiente liga: http://www.fcth.mx/index.html

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EN ENTREVISTA, EUGENIO NOEL SE DECLARA TAURINO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Imagen disponible en internet febrero 11, 2019 en:

https://books.google.com.mx/books/about/Se%C3%B1oritos_chulos_fen%C3%B3menos_gitanos_y_f.html?id=94DIBAAAQBAJ&printsec=frontcover&source=kp_read_button&redir_esc=y#v=onepage&q&f=false

El toreo es, al mismo tiempo, un acto ritual y espiritual con el que se suele de vez en vez, el reencuentro con la reconciliación, con el gozo que producen apenas unos momentos; cuando suceden emociones como las que vivimos el reciente domingo, luego de la inconmensurable actuación de Antonio Ferrera frente al noble Tocayo, ejemplar de La Joya.

En ese sentido, los taurinos sabemos que el encuentro entre el toro y el hombre, posee entre otros componentes un peculiar desenlace, en el que se produce la muerte de un ejemplar animal tan significativo, mismo que ya fue blanco de otros pasajes de aquel mismo sacrificio. Si no hay quien comprenda esto al interior del proceso de una escenificación tan especial como lo es la tauromaquia, esto da como resultado la clara demostración del desconocimiento o ignorancia. y lo que es peor, el reclamo, el desmedido reclamo que se produce cuando al surgir de opiniones o posturas que se han nutrido de lecturas o visiones falsas; las cuales mueven a auténticas manifestaciones de grupos opositores; el ambiente y las condiciones revisten el tono de la tensión.

Bendita libertad de expresión que permite el despliegue de ideas, pero llevarlas al punto de lo intolerable, donde la descalificación y el insulto son instrumentos de guerra, al faltar la razón. Y cuando el discurso se forma al amparo de los dictados de aquellas empresas o instituciones que buscan defender sus intereses, es porque todo lo anterior no sirve para alterar la esencia del toreo y todos sus significados. Tal sería el actual escenario que detentan agrupaciones o colectivos, así como empresas dedicadas a la producción de alimentos destinados al consumo animal, pero que no comparten otra ideología que estar a favor del propio animalismo.

Lo anterior viene a cuento debido a la forma en que un reconocido autor español, Eugenio Noel cometió cierta “indiscreción” que conoceremos a continuación.

   A mediados de 1924 vino a nuestro país el entonces célebre escritor hispano Eugenio Noel (en realidad, seudónimo de Eugenio Muñoz Díaz). “Noel –de acuerdo a las notas que escribiera al respecto Rafael Solana Verduguillo– era un tipo muy curioso: de baja estatura, gordifloncito, el pelo rizado, un bigotito recortado, cara redonda, ojillos vivarachos. Me fue presentado –sigue diciendo Solana– por mi amigo el señor Casimiro Noriega Tejero, quien poseía un rancho en Mixcoac, cerca de donde yo vivía.

   “Hacía varios años que este escritor venía haciendo una “terrible” campaña contra las corridas de toros. en diversas poblaciones españolas había sustentado conferencias atacando el espectáculo, las que siempre acabaron cayendo sobre su ensortijada cabellera todos los jitomates podridos y todos los huevos en estado de descomposición que había en los alrededores.

   “Le hice una entrevista para El Universal Taurino.

   –Dígame, Noel, ¿por qué ataca usted las corridas de toros?

   -Es mi “modus vivendi”, contestó con toda franqueza. Y agregó: tengo escritos y publicados varios libros que se han vendido bien; pero un día pensé que había que llamar la atención, y decidí que la única forma de lograrlo era metiéndome con la fiesta nacional, pues ya sabrá usted que el noventa y nueve por ciento de los españoles son amantes de ella.

   -Y usted, como español ¿no es aficionado?

   -Sí que lo soy; ahora mismo podríamos ponernos a hablar de toros, y vería usted que no soy un adocenado. Yo he sido crítico taurino.

   -¿Quién cree usted que sea mejor torero, Rafael El Gallo o Rodolfo Gaona?

   -Para mí son los dos mejores toreros que han existido; porque el toreo no es sólo un derroche de valor y conocimiento para dominar a las fieras; hay que tener gracia, alegría, elegancia, inspiración.

   -Y de [José Gómez Ortega] Joselito ¿qué me dice usted?

   Antes de continuar con la “interviú”, permítaseme advertir que la respuesta dada por el polémico personaje, podría dejar frío a más de un aficionado que hoy tiene una idea distinta a su respuesta, y que, por tanto, puede ocasionar algún escozor. Veamos.

   –Joselito murió de miedo.

   -¿Cómo?

   -La cornada que recibió no era necesariamente mortal; el toro Bailaor le abrió la barriga a José, se le salieron las tripas, y él al vérselas se asustó, le vino un síncope y falleció. Todos los días se ven en las delegaciones de policía casos como este; llegan lesionados por arma blanca sujetándose los intestinos, los curan y ahí están. esos heridos son más valientes que el hijo de la Seña Gabriela [célebre en este caso, por ser la madre de Rafael y José Gómez Ortega, ni más ni menos].

   “Días después de esta charla, don Casimiro Noriega organizó en su rancho de Mixcoac una comida; antes nos dedicamos a jugar al toro con un borrego que embestía muy fuerte; a todos nos aporreó el animalito menos a Noel, que supo sacarle vueltas con una gran habilidad, con lo que acabó de demostrarnos que no era ningún ignorante en materia de embestidas”.

   Hasta aquí con la entrevista que, como podrá comprenderse, no es sino resultado en el comportamiento de aquellos que no teniendo razones suficientes para sobresalir en determinado medio -quizá por un ansioso afán de protagonismo-, buscan cambiar deliberadamente su postura, y despotricar, como lo hizo Noel, contra los toros, ganándose la admiración de cientos o miles que no siendo taurinos, hicieron suyo el discurso del autor madrileño, hasta convertirlo en asidero y motivo perfecto para coincidir en sus ataques contra los toros.

Y uno se preguntará, si después de haber escrito y publicado buen número de obras, era suficiente para que en un momento como el de aquella conversación, el autor declarara su taurinismo, sin más.

He aquí, parte de los títulos que hoy dan idea de sus quehaceres literarios y periodísticos:

-Diario íntimo. La novela de la vida de un hombre (edición de 1962);

-El as de oros. Maravillosas aventuras de un torerazo (publicada en Madrid, s.a.e.);

-El picador Veneno y otras novelas. (Barcelona, s.a.e.);

-El torero y el Rey o el milagro de la virgen del palomo (Madrid, 1914);

-Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca (Valencia, s.a.e.);

-Escritos antitaurinos (Madrid, 1967);

-España fibra a fibra (Madrid, 1960);

-España nervio a nervio (Madrid, 1924);

-La novela de un toro (Santiago de Chile, 1931);

-Las capeas (Madrid, 1915)…

y otras más, que pueden conocerse –y es buen momento para decirlo-, en el excelente portal bibliotoro.com que es el sitio que concentra toda la información actualizada, concerniente a la producción bibliohemerográfica universal, misma que se concentra en la excelente biblioteca GARBOSA, -acrónimo de “Salvador García Bolio”, su administrador-, ubicada al interior del “Centro Cultural y de Convenciones Tres Marías, esto en Morelia, Michoacán. Debe agradecerse a su propietario, el Dr. Marco Antonio Ramírez el noble gesto con que contribuye a la conservación de unos de los patrimonios temáticos y culturales más importantes que hoy existen en nuestro planeta.

OBRA DE CONSULTA

Rafael Solana Verduguillo, Tres décadas del toreo en México. 1900-1934. México, Bibliófilos Taurinos de México, A.C., 1990. 228 p. Ils., retrs., fots.

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GALERÍA DE TOROS FAMOSOS y TOROS INDULTADOS EN MÉXICO. SIGLOS XVI a 1946. (III).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Portada de la edición que aparece en Bolonia en 1782 y retrato del autor.

   Uno de los mejores relatos sobre el papel de los “toreros” anónimos en la Nueva España, lo escribió fielmente Rafael Landívar S.J. (1731-1793) en su obra Por los campos de México, o Rusticatio mexcana en 1782. Allí quedaron plasmadas las formas de ser y de vivir del criollo, quien se identifica plenamente en el teatro de la vida cotidiana pasados los años centrales del siglo XVIII.

   Por los campos de México,[1] publicada en Bolonia en 1782 está compuesta en bellos hexámetros, que es el verso épico por excelencia. Además, el padre Landivar se prodigó especialmente en esta obra ya que fue uno de los poetas mayores de la latinidad moderna, puesto a la altura de Poliziano, Frascatorio o Pontano, en opinión de Menéndez y Pelayo.

De entrada nos dice: “Nada, sin embargo, más ardientemente ama la juventud de las tierras occidentales como la lidia de toros feroces en el circo”. Son las primeras visiones de Landivar -hechas probablemente antes de la expulsión de los jesuitas en 1767-, donde “sale al redondel solamente el adiestrado a esta diversión, ya sea que sepa burlar al toro saltando, o sea que sepa gobernar el hocico del fogoso caballo con el duro cabestro”.

La formación de Landivar como jesuita permite contemplar un amplio espectro de la sociedad novohispana en general, y del espectáculo en particular, por lo que en otra parte de sus apuntes anota: “Preparadas las cosas conforme a la vieja costumbre nacional…” encontrarnos que el toreo en México, en aquel entonces, cuenta ya con las bases que le dieron carácter al espectáculo, mismo que presenció en alguna provincia, puesto que no vemos en su descripción ninguna referencia a plaza “formal”.

El autor describió la salida al ruedo de un novillo “indómito, corpulento, erguida y amenazadora la cabeza” y ante él, el lidiador “presenta la capa repetidas veces a las persistentes arremetidas [donde] hurta el cuerpo, desviándose prontamente, con rápido brinco [que] esquiva las cornadas mortales”. Estamos ante el origen mismo del toreo de a pie en su forma definitiva.

La fiesta que presenció Rafael Landivar tiene sorpresas reveladoras. Luego de admirarse de la bravura de aquel toro “más enardecido de envenenado coraje”, salió el lidiador “provisto de una banderilla, mientras el torete con la cabeza revuelve el lienzo, [y] rápido le clava en el morrillo el penetrante hierro…”, y ya que el astado tiene clavada una banderilla, “el lidiador, enristrando una corta lanza con los robustos brazos, le pone delante el caballo que echa fuego por todos sus poros, y con sus ímpetus para la lucha. El astado, habiendo, mientras, sufrido la férrea pica, avieso acosa por largo rato al cuadrúpedo, esparce la arena rascándola con la pezuña tanteando las posibles maneras de embestir”.

Toda esta escena es representativa del modo inverso en que se efectuaba la lidia: es decir, banderillaban primero y después lo picaban, e incluso, deben haberse mezclado las suertes aprovechando una ciega bravura del toro, dato que sorprende pues revela un tipo de embestida hasta entonces desconocida, en virtud de que la crianza y selección como se conocen hoy en día, no eran métodos comunes entre los señores hacendados. O lo que es lo mismo, no había evidencia clara en la búsqueda de bravura en el toro, desde un punto de vista profesional.

   “La fiera, entonces, más veloz que una ráfaga mueve las patas, acomete al caballo, a la pica y al jinete. Pero éste, desviando la rienda urge con los talones los anchos ijares de su cabalgadura, y parando con la punta metálica el morrillo de la fiera, se sustrae mientras cuidadosamente a la feroz embestida”. Fascinante descripción de la suerte de varas, misma que se efectuaba seguramente de forma parecida a la actual, con el pequeño detalle de que los caballos no llevaban peto.

Se intentó darle orden al espectáculo, pues es posible que se encontrara una autoridad, la cual mandaba “que el toro ya quebrantado por las varias heridas, sea muerto en la última suerte” seña de la formalidad que se pretendió imprimirle a la fiesta, que a pasos agigantados se alejaba de una improvisación muy marcada.

   “…el vigoroso lidiador armado de una espada fulminante, o lo mismo el jinete con su aguda lanza, desafían intrépidos el peligro, provocando a gritos al astado amenazador y encaminándose a él con el hierro”. Momento de encontradas situaciones donde el matador y el jinete decidían por un mismo fin: la muerte del toro. Parece como si todavía permanecieran grabadas las sentencias que impuso la nobleza al atravesar con la lanza al toro y así, dar fin a un pasaje más de la diversión. Landivar marca un lindero entre el torero de a pie y el de a caballo:

   “El toro, (…) arremete contra el lidiador que incita con las armas y la voz. Este entonces, le hunde la espada hasta la empuñadura, o el jinete lo hiere con el rejón de acero al acometer, dándole el golpe entre los cuernos, a medio testuz, y el toro temblándole las patas, rueda al suelo. Siguen los aplausos de la gente y el clamor del triunfo y todos se esfuerzan por celebrar la victoria del matador”.

Finalmente, el protagonista de todo este relato fue el torero que echó pie a tierra, quien expuso su vida en esos difíciles momentos de cambio: la transición del siglo XVIII al XIX. Este último recibió un toreo cuyo valor alcanzó momentos de verdadera grandeza.[2]

De 1783 es la Descripción de las Fiestas que hicieron los diputados de la ciudad de Tehuacan, en celebridad de la dedicación del templo de Nuestra Señora del Carmen. Su autor. D. Francisco Joseph de Soria, nos obsequia el

 Rasgo Épico

Bella escuadra de Moros, y Cristianos

al general concurso iba rigiendo

con las lenguas, los ojos, y las manos,

y el desazón pasado previniendo

del desafío arrogante

ningún oyente se quedó ignorante.

 

Mas que mucho si entonces ya se veía

un pequeño vestigio, un leve rastro

de cómo aquella celestial Poesía,

producción era del insigne Castro,

que de Ángel, mas que de hombre

sobre mil vivas elevaba el nombre.

 

Entretanto el Señor don Joseph Prieto

para las Fiestas Reales, que procura,

examina sujeto por sujeto,

y el acierto entre todos asegura,

ya la noche fallece,

y el concurso con ella desaparece.

 

Pero qué importa si otro nuevo día

en los brazos nació del rubio Apolo,

a dar a Tehuacan más alegría,

que a infelices arenas dio el Pactólo

imágenes funestas,

si bien doradas; vamos a las Fiestas.

 

Se presentó la Plaza guarnecida,

y de nobles Tapices adornada,

sobre un cuadro perfecto constituida,

y a curioso nivel perfeccionada,

tan alegre, tan bella,

que apenas podrá hallarse otra como ella.

 

No por sus galas, no por su grandeza,

ni porque fuese en costos peregrina,

no por su adorno, no por su riqueza;

sino es porque le dio mano divina

por divisa española

gracia especial de ser como ella sola.

 

El Castillo en el medio se miraba

asunto digno de inmortal Poesía,

que en tres cuerpos formales descollaba

dispuestos en perfecta simetría,

de cuyo Arte, y Figura

se hicieron cargo la Poesía, y Pintura.

 

El primer día de Fiestas en media hora

se vió la Plaza tan de gente llena,

que aquel esmero mismo, que la explora

es inquietud, que mas la desordena,

cuyo remedio inicia

valida de las Armas la Justicia.

 

A este tiempo pobladas las Lumbreras

de varias gentes observó el cuidado:

De voces racionales, y parleras

un jardín era, sí, cada Tablado,

que al Cielo comparaba

si no lo que lucía, lo que brillaba.

 

La Nobleza primera no se excusa

de señalar aquel festivo anhelo

con varias galas; mas espera Musa,

que arrastrando tu acento por el suelo,

ya con sonora pompa

viene el Violín, el Pífano, y la Trompa.

 

Abriéronse las Puertas principales

de la Plaza, y a un tiempo entrar en ellas

se vieron en dos Niños especiales

sobre dos Brutos fijas dos Estrellas,

que en el punto que entraron

de Géminis el Signo figuraron.

 

Uno era Pliego Príncipe Cristiano,

adalid de la Noble comitiva,

que venía conduciendo a Don Mariano

de la Vega, en acción la más festiva,

de Músicos, y Criados

igualmente vestidos, y adornados.

 

El otro Prieto fue Príncipe Moro

de Don Joseph Mateos también seguido

para el efecto mismo, que un Tesoro

(sin ponderarlo) traía en el Vestido,

honrando a sus Blasones

criados cautivos, Músicos Ariones.[3]

 

Con un vestido verde se presenta

de Terciopelo guarnecido de Oro

el partidor Cristiano, a quien intenta

en Arte y Galas exceder el Moro;

pero no lo consigue,

que la conducta igual en los dos sigue.

 

En los cuatro Caballos mil primores

todos admiran de una y otra parte,

y a no diferenciarse en los colores,

decir pudieran que eran los de Marte:

Tal era su viveza,

su hermosura, su gala, su destreza.

 

Tomó cada uno el puesto señalado,

y en esta forma se ordenó el paseo,

pareciendo que hacía uno, y otro lado

iba marchando el Délfico Muséo,

el que siendo concluido

nuevos asuntos emprendió el sentido.

 

Con diestro impulso de sagrada Mano,

llevándose tras si los corazones,

parten la Plaza el Moro, y el Cristiano,

mejor dijera, dos exhalaciones,

que al uno, y otro Bando

no partiendo iban ya, sino volando.

 

Bellas tropas de Moros, y Cristianos

se presentaron en las cuatro esquinas,

que de manera mil corriendo ufanos

las ideas practicaron peregrinas,

que al estruendo de Marte

había curioso prevenido el Arte.

 

Distintas veces en la Plaza entraron

los Cristianos así como los Moros,

y sus festivos juegos alternaron

con varios lances a valientes Toros,

los que ofrecidos fueron

a los mismos que allí muerte les dieron.

 

Querer significar la diferencia

de figuras, de juegos, de labores,

que en los tres días formó la concurrencia

de sus festivos diestros Corredores,

fuera intentar cogellas,

o numeras del Cielo las Estrellas.

 

Baste decir, que fueron repetidas

la Marcha, la Partura, la Carrera,

por tres veces en Galas distinguidas,

la última, si, mejor que la primera,

y que el Día del Combate

el Cristiano valor al Moro abate.

 

Baste decir que ya vencido el Moro,

de ardides muchos se valió este Día:

Como andaban la Pólvora, y el Oro,

publicando las Glorias de MARÍA,

cuya Imagen amante

a la cristiana Fe voló triunfante.

 

Se acabaron las Fiestas, mas no acaba,

ni acabará el Amor de describirlas:

La misma Fama, que las decoraba,

con las cien Trompas no sabrá decirlas;

pero ninguna de estas

fue la mayor ventura de estas Fiestas.

 

Todo lo anduvo disponiendo el modo;

mas quien no admira ver en su progreso,

suceder tanto, y acabarse todo

sin que se hubiera visto un mal suceso,

ni en los torpes ensayos,

ni en la Plaza corriendo los Caballos.

 

Ni en las Torres los bronces agitando,

ni en el Coso a los Toros ofendiendo,

ni en las Risas la Plebe comerciando,

ni en las calles la Pólvora encendiendo;

todo lo gobernaba

mano Divina, que entre todo andaba.

 

Siendo la copia de la gente inmensa,

ninguna cosa se notó perdida,

ni se vio que de Dios alguna ofensa,

públicamente fuese cometida,

ni una voz alterada,

ni una gota de sangre derramada.

 

¡Este si que es favor imponderable

pocas veces del Mundo merecido!

Blazonar puedes Tehuacan amable,

de que tu gozo fue gozo cumplido,

pero no, no blazones,

que MARÍA gobernaba tus acciones.

 

¡O Soberana Reina, y quien lograra,

significar tu Gracia! ¡Quién pudiera,

decir lo que eres Tú! Yo lo intentara,

si como Dios lo sabe, lo supiera,

y entonces sí diría

con toda perfección lo que es MARÍA.

 

Bien veo, Ilustre Conde,

del Mexicano suelo clara Lumbre,

que tu gloria se esconde

a mi talento oscuro,

y que si de ella a la sublime cumbre

por el sereno y puro

líquido el vuelo alzara,

suerte igual a la de Ícaro probara.

 

Mas tanto gano en esto,

y tal virtud en tu Persona admiro,

que el despeno funesto

que a mi arrojo cupiera,

no me atierra: ya en uno y otro giro

por la celeste esfera

lúcida me remonto,

y se aleja de mi el undoso Ponto.

 

En vibrantes fulgores

de blanca luz observo revestidos

a tus claros Mayores,

que con muerte gloriosa

por el Orbe dejaron esparcidos

sus nombres, y la honrosa

fama que se adquirieron,

a su Posteridad la transmitieron.[4]

   Hasta aquí con esa visión y revisión que, sobre el toro encontramos en diversos documentos que provienen del periodo virreinal. No son todos, pero sí aquellos donde están presentes aquellas notorias evidencias al respecto. Seguiré buscando lo más que sea posible para ir contando con una mayor interpretación respecto a tema tan interesante como es el de la manera en cómo aquellos pobladores, y más aún los diversos escritores apreciaron diversas características que nos explican la presencia del toro en los cientos, o quizá miles de espectáculos que se celebraron durante los tres siglos de aquella etapa. En próximas colaboraciones, retomaré el tema nada más aparezcan esas nuevas evidencias, pero el propósito es continuar, y ese hecho permite acceder al siglo XIX, espacio temporal de rica y abundante información que será muy importante conocer para contar con el contexto apropiado y así entender de mejor manera las diversas apreciaciones y otros tantos más que nos llevarán a entender cómo se fue configurando también, aquel sector de la ganadería que vinculó parte de sus procesos a los festejos taurinos. Gracias.


[1] Rafael Landívar, S.J.: Por los campos de México. Prólogo, versión y notas Octaviano Valdés. 2ª. Ed. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1973.XXVI-218 p. Ils. (Biblioteca del estudiante universitario, 34).

[2] José Francisco Coello Ugalde: Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Desde el siglo XVI hasta nuestros días). Madrid, Anex, S.A., España-México, Editorial “Campo Bravo”, 1999. 204 p. Ils, retrs., facs., p. 48-51.

[3] Garibay K.: Mitología griega…, op. cit., p. 52.

Arión: hijo de Poseidón y la ninfa Onea. Fue maravilloso tocador de lira y él invento el ditirambo en honor de Dioniso.

[4] Descripción de las Fiestas que hicieron los diputados de la ciudad de Tehuacan…, Op. Cit.

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GALERÍA DE TOROS FAMOSOS y TOROS INDULTADOS EN MÉXICO. SIGLOS XVI a 1946. (II).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Continuando con estos afanes, que tienen como propósito entender en qué forma los autores novohispanos pusieron empeño especial para describir a esa especie animal tan particular como es el toro.

Poca información tenemos del Lic. D. Diego Ambrosio de Orcolaga, Abogado de la Real Audiencia de la misma Corte, quien sacó a luz una espléndida obra el año de 1713, por motivo de la celebración –por espacio de Tres Semanas-, del Natalicio del Serenísimo Señor Infante de las Españas El Sr. D. Felipe Pedro Gabriel… Me refiero a LAS TRES GRACIAS / MANIFIESTAS / En el Crisol de la Lealtad de México, don- / de con universales, celebró su aplauso por / espacio de Tres Semanas, el Fausto, y di- / choso Natalicio del Serenísimo Señor In- / fante de las Españas / El Sr. D. PHELIPE PEDRO GABRIEL, / que prospere la Divina Majestad para Co- / lumna de la Fe, y aumento de su Monarquía / Refiérelo sumariamente por sus Tres Estancias, EL LIC. D. / DIEGO AMBROSIO DE ORCOLAGA, Abogado DE / la Real Audiencia de la misma Corte; / QUIEN DEBIDAMENTE LE DEDICA. Y OFRECE / AL SEÑOR D. DOMINGO / ZABALBURU, / Del Consejo de su Majestad, Caballero / del Orden de Santiago, Gobernador, y / Capitán General, que fue de las Islas Fili- / pinas, y Presidente de la Real Audiencia, / que en ellas reside. / Con Licencia en México: Por los herederos de Juan Joseph Guillena Carrascoso.156 ff. Veamos qué nos dice Orcolaga: 

Si de Astros, y de Estrellas, son fanales…

 

Si de Astros, y de Estrellas, son fanales

del Vulgo de las luces, Presidentes,

no se vieron jamás concursos tales,

venir de las comarcas diferentes

el arte, el gusto y la naturaleza,

ni con más Majestad, ni más grandeza.

Los balcones que al sol fueron lumbreras,

en orden tan valiente descollaron,

que Babilonios fuertes, las esferas

o Babeles confusos los juzgaron:

No sin razón, porque sus primaveras

en fecundos pensiles se atraparon,

y las lenguas, que elogios pretendieron

en tanta multitud, se confundieron.

Mayo, y abril parece que en tal día

barajados en flores se apostaban,

si de ámbares el uno flux decía,

en otro las primeras se miraban:

Cada cual entre si se compería (sic),

cuando por puntos de amalibea luchaban;

que en tales lances, bien supo el verano

por rendirse al real pie, ganar de mano.

La belleza, donaire, y gentileza

de racionales, de cupido arpones

más cuerpo supo a dar su belleza

por robar con más alma, corazones!

Si bandolera aquí naturaleza

a sus leyes fundando en sin razones

dejó a esta gracias, parcas de las vidas

de ella prendadas, del primor prendidas.

 

(La Fiesta de los Toros)

 

En continuado triduo le jugaron

de los que Diana[1] aquel favor menguante

medio círculo enfrente señalaron,

(dilema de la parca terminante!)

cuyo denuedo intrépido juzgaron

ser de otra esfera monstruo dominante,

y es que quizá se desprendió en un vuelo

en tauro transformado, el león del cielo.

De Europa, y de Pasiphe los amados,

de Perilo tormentos encendidos,

de Jafan los ardientes apagados,

y de Jarama linces conocidos,

de toda esta tarde toreados

se vieron acosados, y curtidos,

que en el valor, y el alma de tal día

cobarde se escogió la valentía.

Por que puesto en la lid, el bruto fuerte,

horrible gladiador de arena tanta,

si su fiereza hermosa los divierte,

su despego, y orgullo los espanta;

mas si su vista es teatro de la muerte,

y del asombro su membruda planta,

desvanece esta máquina arrogante

el filo ensangrentado, de un infante.

El jueves, ya que al cesar se le daba

lo que era suyo, a DIOS de todo dueño

de sus mismas finezas se tomaba,

para gratificarle en tanto empeño:

Luz de la zambra del que celebraba

Melchifedec, y Aarón le dio en diseño,

y en el Pan de los Ángeles, de Nieve,

a DIOS le paga con lo que a Dios debe!

Con el que en la vía láctea fue amasado

pan en flor de azucena, siempre bello (…)[2]

 Las astas de los Toros, fingen el semicírculo de Diana (la –del toro de Júpiter, robador de Europa, y de los de aliento de llamas que Jasón apagó con la magia de Medea), cfr. Ovidio, Metan. 2, 846, y 7, 100… –De la demencia de Pasifae, Virgilio, Egl. 6, 45 (y R. Darío, La Gesta del Coso). –Perilo, artífice de Atenas, forjó para Fálaris un toro de metal, que caldeado, arrancaba mugidos a sus víctimas encerradas en él… –Tales mitologías taurinas, las zahiere lindamente D. Leandro de Moratín, en La derrota de los Pedantes; mas olvidó la egregia oda de su padre, D. Nicolás, a Pedro Romero… (Méndez Plancarte).

Nuestro siguiente autor es el que puede considerarse como el primer cronista taurino: Fray José Gil Ramírez, “natural de México, Lector Jubilado del Orden de San Agustín, eruditísimo en las letras humanas… y maestro del célebre joven abogado D. José Villerías y Roelas”, el cual “vivió ciego muchos años y falleció por el de 1720” (Beristain). Su obra capital es Esfera Mexicana (1714), donde hace exquisita y valiente descripción de unas fiestas –como un rapto de una pluma / del águila de Augustino (Orcolaga)-, sin contar otra crónica especial de “Toros y Gallos”, en prosa líricamente gongorina y de grande eficacia plástica: las Sombras del Tauro, que Nicolás Rangel, al catalogar tan deliciosa narración, lo gradúa de el primer revistero taurino del siglo XVIII

El 6 de febrero de 1713, los miembros del Cabildo dijeron:

Que están inmediatas las fiestas del nacimiento del Serenísimo Señor Infante (Felipe Pedro Gabriel, quien nació el 7 de junio de 1712 en Madrid, hijo de Felipe V de España y de María Luisa Gabriela de Saboya), y dispuesta la plaza del Volador para que en ella se lidien los toros.

Anotaba nuestro autor, para empezar:

Tiene el cielo cuarenta y ocho imágenes que ilustran su zafiro una de ellas; que siendo imagen es signo, es el Toro, mentido robador de Europa y luciente honor del cielo; sujeto principal, por ser él la llave dorada de los astros, con la cual abre las puertas del año”.

Y en el día de la gran celebración:

“No bien había hollado la caliente arena el animado bruto, cuando valiente Cuadrilla de rejoneros y ligera tropa de Toreadores de capa, acordonándole el sitio, le había embarazado los pasos; provocábanle con señas y silbidos que atendía furioso; reportándose impaciente, bramaba al estímulo de su enojo, y airado escarbaba la arena; temerosas señas de sus mortales iras. Venció la provocación al reporte, y rompiendo impetuoso, acometió denodado al primero que le esperó atrevido; repitió el cometimiento, librando la vida en algunos lances, por no rendir el hálito, sino por dar el triunfo al más dichoso; murió por último, más que a punta del acero, al precipitado arrojo de su cólera, manchando el suelo con el múrice de su sangre, para escribir con tinta roja, en el trágico papel de la arena, avisos inútiles a los otros. Lidiáronse catorce aquella tarde, con iguales lances y semejantes circunstancias, premios y víctores a los vencedores, como se acostumbra en tales ocasiones. Excedióse en bizarría el Excelentísimo Duque de Linares, que no individuo, porque hablar de esto, después de tantos y tan merecidos aplausos fuera Ligna mitere in Sylvan (echar leños en el bosque).

Portadas de dos de los documentos –tanto de 1713 como de 1724- aquí reseñados.

   En 1722, varios autores se suman al certamen literario “Estatua de la Paz”, esto en Zacatecas, con motivo de la presentación del obelisco que se le erigió al señor Don Luis I (rey de España en 1724). Y entre las notorias exaltaciones, surge aquella que describe parte de las fiestas, como sigue:

Estatua de la Paz.

 (. . . . . . . . . .)

Que muertos los deseos

vieron lograr Pensílicos Hibleos.

o de el templo lo diga

siempre ejemplar de una piadosa viga

la función tan costosa,

con que gracias a Dios dio fervorosa

su devoción activa;

donde, mas que ascua viva

ardía en su pecho amante

la fe, con que constante

al cielo le pedía

por el aumento de la Monarquía:

Precediendo a ella en fuegos, y candiles,

si liberales gastos, no civiles;

porque de su franqueza

cortedad juzga la mayor largueza.

Publíquenlo severas

dentro del Circo las treinta y dos fieras,

que en un día se lidiaron,

a los que las miraron

dando gusto, y espanto,

de su valor con singular quebranto;

ya en los Toros feroces,

que en bramidos, y voces

cobraban la requesta

de su indomable destrozada testa;

ya en cíbolos valientes,[3]

que regionales monstruos eminentes

con erguidas cervices

el color sin matices;

ser cada uno es notorio

irracional lanudo promontorio,

abultado coraje,

de los montes horror, Toro salvaje.

Mas para que me canso

en referirte, lo que bien no alcanzo?

no siendo de mi intento;

sino es, contarte el superior contento,

con que los cisnes sabios,

de otros antiguos émulos, y agravios,

el humor agotaron

de Hipocrene,[4] y hablaron

ebrios de sus cristales

tales elogios en conceptos tales,

como verás curioso,

si el papel leyeres; aunque ansioso

sincopa sea el estilo,

que corte de tu gusto el cuerdo hilo.

Y pues que ya te he dicho,

por uso, por costumbre, o por capricho

el motivo de el hecho,

de ello quedes, o no bien satisfecho;

o me culpes, o no piadoso, o recto;

o te parezca bueno, o imperfecto;

ya cumplí con mi oficio,

(. . . . . . . . . .)[5]

    Para 1749, las fiestas de la proclamación de Fernando VI fueron centro de atención por parte de las autoridades. Su efervescencia continuaba activa. Fue así como la Nueva Vizcaya se suma con una relación más: Hércules Coronado, que a la augusta memoria, a la real proclamación, del prudentísimo, serenísimo, y potentísimo señor D. Fernando VI Rey de las Españas, y legítimo emperador de las Indias, le consagró en magníficas fiestas y gloriosos aparatos, la muy ilustre, y leal ciudad de Durango, cabeza del nuevo Reyno de Vizcaya, quien lo saca a luz… por mano del Sr… México, Colegio Real y más antiguo de San Ildefonso, 1749 / (22). 96 p., que contiene a su vez descripciones taurinas y una pequeña muestra poética.

Anota José Cosío, su autor:

Si preguntamos a los astrónomos, y mitologios, cuál fue la causa de poner el signo de Tauro allá en el cielo, cual la razón de colocarse este bruto feroz entre los Astros, nos responderán desde luego con Higinio, que por haber conducido a las espaldas hasta la sila de Creta sin lesión a Europa (…) Pues si es tal la belleza, y felicidad de Europa, que la venera un animal tan fiero, que un bruto tan horrible como un Toro sabe hacerle espaldas; que mayor obsequio pues de consagrársele en los triunfos invictos de Alcides, que el sacrificio de los Toros en sus aclamaciones, y en sus fiestas. Y ahí puede grabársele esta letra, que como escrita en Salamanca toca, y le viene bien a Europa, sin otra mudanza, que una sola línea:

Galán vizarro Toro…

 Galan vizarro Toro,

divisando de lejos el estrado,

se fulminó bifulco rayo alado,

temiendo en la tardanza su desdoro;

mas de las ideas del fiel decoro

se halló tan sorprendido

del abanico al aire,

que equivocó el favor con el desaire

volante entre aprehensiones de corrido.

No obstante cortesano, y generoso

hace espaldas a Europa victorioso;

con que haciendo paréntesis de bruto,

de discreto merece el atributo.[6]


[1] Diana: diosa virgen de la caza.

[2] José Francisco Coello Ugalde: Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas 1519-1835. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 p. facs. (Separata del boletín, segunda época, 2)., p. 77-78.

[3] Al parecer era una costumbre más o menos establecida, el hecho de que se jugaran o se corrieran cíbolos. Así como encontramos ese dato con las correrías de Luis de Velasco en el bosque de Chapultepec en 1551, también aparecen mencionados dichos ejemplares en la cuenta de gastos de la recepción del arzobispo-virrey Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta en 1734. Véase: Salvador García Bolio: “Plaza de Toros que se formó en la del Volador de esta Nobilísima Ciudad: 1734. [Cuenta de gastos para el repartimiento de los cuartones de la plaza de toros, en celebridad del ascenso al virreynato de esta Nueva España del el Exmo. Sor. Don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta]”. México, Bibliófilos Taurinos de México, 1986. XX + 67 p. Ils., facs.

[4] Hipocrénides: las musas. Dióseles este nombre por el de la fuente Hipocrene, consagrada a ellas.

[5] Op. Cit., p. 104-105.

[6] Coello Ugalde: Relaciones taurinas…, op. cit., p. 181.

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