Archivo de la categoría: RECOMENDACIONES Y LITERATURA

TOROS y POESÍA EN MÉXICO.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE 


El “Tratado de la poesía mexicana en los toros (siglos XVI-XXI)” que he venido trabajando desde hace 32 años, cuenta ya con aproximadamente 2500 muestras, en 3 mil páginas. Las múltiples lecturas y publicaciones a las que he tenido alcance, arrojan datos que van de sorpresa en sorpresa, con lo que es posible encontrarnos ya con un conjunto de autores, lo mismo de reconocida fama que auténticos desconocidos.

Allí están Luis de Sandoval y Zapata, Juan Ruiz de Alarcón, sor Juana Inés de la Cruz, Manuel Quiros y Campo Sagrado, Guillermo Prieto, Octavio Paz o Ernesto Hernández Doblas que es, entre los poetas actuales, uno de los que sensible al tema taurino, ha escrito versos notables.

Este trabajo reúne largos poemas, equilibrados sonetos, hai kus o hai kais, corridos, letras de canciones, así como un conjunto notables de versos anónimos.

La confección es variable. Muchos responden a la manufactura más clásica, y otros se van por el verso libre. Hay poetas mayores y menores y más de algún poetastro, y todo verso hasta hoy encontrado, tiene un lugar en esta obra, que cuenta ya con una antología de la antología donde el rigor de la selección logró reunir –con lo mejor de lo mejor- alrededor de 150 poemas.

Ya se verá la mejor forma en que una obra así logre publicarse, sobre todo porque en nuestros tiempos las plataformas digitales lo permitirían sin ningún problema, salvando evidentemente la labor de acopio e investigación, evitando así conflictos que las leyes vigilan.

En otras circunstancias habría sido harto deseable una publicación en toda forma, tal y como ocurrió con la “Antología general de la poesía mexicana. De la época prehispánica a nuestros días”, obra que en dos grandes tomos reunió, compiló y anotó Juan Domingo Argüelles hace un par de años, a lo mucho.

Bajo esas notas aclaratorias, debo apuntar el hecho de que recién se acaba de incorporar un nuevo habitante a esta obra. Se trata de “Los toros en la poesía. (Fiesta de toros). Antología poética” que el Ing. Dante Octavio Hernández Guzmán reunió en una curiosa publicación allá por 1994.

Dante Octavio Hernández tuvo, entre otras virtudes ser el responsable, hasta hace unos años del Archivo Municipal de Orizaba, Veracruz el cual lleva el nombre de José María Naredo. Y me consta la labor que desempeñó en el mismo, pues fue un archivista responsable, que difundió, lo más que pudo tan importante acervo, cuyas fechas extremas van de 1594 a 1970.

Hernández Guzmán es también, un aficionado a los toros. Así que, entre los varios títulos que ha dedicado a la historia local, no ha perdido de vista la tauromaquia que allí se ha desarrollado desde siglos atrás hasta nuestros días. “Orizaba en tiempos de toros”, “De mi libreta de apuntes taurinos de antaño y de hogaño”, así como la antología que, en esta ocasión es motivo de las presentes notas.

Reunió varios de los poemas más emblemáticos de José Alameda, Manuel Machado, Manuel Benítez Carrasco y Miguel Hernández “y los restantes de mi [personal] visión de los toros –apunta Dante Octavio Hernández-; esto es el toreo literario lejos de los cosos, del olor a arena, a sangre, a miedo, es el éxtasis de la pasión por los toros, es revivir las imágenes de antaño y ogaño, es mantener viva la hoguera de la Fiesta aún sin existir la propia Fiesta, es poder sentir lo vivido y poder al través de la prosa y el verso transmitir el embrujo que en el aire se aposenta un domingo por la tarde en una Plaza de Toros… Porque esto es… LA FIESTA DE LOS TOROS”.

La edición, con tiraje de 250 ejemplares, se encuentra ilustrada con viñetas de Adrián Sánchez Oropeza que dan el toque a una obra sencilla. El editor de la misma, quizá con el acuerdo del autor, resolvió la presentación combinando los colores del capote de brega. Así que mientras portada, contraportada y guardas llevan el conocido color rosa, el papel de los interiores ostenta el amarillo que observamos en el envés del capote. Interesante propuesta.

Dos son los poemas con los que contribuye Hernández Guzmán, y lo hace cual si se tratase de un sobresaliente en cartel de polendas, buscando realizar el quite soñado mientras la afición lo reconoce con sonoras palmas. Leamos el primero de ellos:

Luz de luna.

I

Tropel de luces, sangre y colores

para un chiquillo que quiere llegar,

con gesto altivo, la vaca enfrenta

con luz de luna sobre el corral.

 

¡Je toro! grita impaciente…

¡Je toro! vuelve a gritar…

cuando la vaca embiste al frente,

con pie en firme la ve llegar…

 

Por la mañana los caporales

de un fango rojo ven el corral,

y en una esquina encuclillado

ven al chiquillo durmiendo ya…

 

Ya no hay luces, ya no hay colores

ya no hay luna ni soñador…

solo una madre que arrodillada

besa al chiquillo en su sopor…

II

La fiesta de toros tiene sus raíces, como toda

Flor, en el lodo abonado de miserias; pero…

Dispuestas están para quienes miran hacia

Abajo, y en la vida hay que mirar hacia arriba.

¡Siempre hacia arriba!

 

Negar belleza por reconocer miseria sería negar

El cielo por existir infierno. Y entonces…

¿a dónde está aquella hora de emoción?

¿Dónde aquel patio de cuadrillas?

¿Aquellos viajes?

¿Ese modo de vivir?

¿Para qué, señor, las amapolas?

¿Por qué la primavera sin clarines?

¿Por qué la taleguilla en el ropero?

¿A qué el capote en la silla?

¿Para volver Señor?,

¿Para volver?…

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA

SOBRE TORNEOS, MASCARADAS Y FIESTAS REALES EN LA NUEVA ESPAÑA.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 

Los señores de a caballo se van trotando, trotando hasta desaparecer. En medio de una nube de polvo el toreo se hace pueblo. Jinete a caballo, Genealogía de don Thadeo Porta y Tagle de Oaxaca, hecha en Madrid (agosto de 1739). Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

Gracias a los buenos oficios del buen amigo Enrique Fuentes, responsable de la emblemática librería “Madero” (Isabel la Católica 97, Centro Histórico), fue posible conseguir un ejemplar del rarísimo impreso “Torneos, Mascaradas y Fiestas Reales en la Nueva España”, obra que en 1918, publicó D. Manuel Romero de Terreros, Marqués de San Francisco en la no menos célebre editorial Cultura.

Pasaron muchos años para obtener tan curiosa publicación, en la cual se encuentran reunidas una serie de referencias que permiten entender el significado de torneos, mascaradas y fiestas reales, mismos que se celebraron en abundancia durante el periodo virreinal que casi abarcó tres siglos.

Para entender el propósito del autor, basta con leer su interesante prólogo, en el cual se encuentran buena parte de las explicaciones que dan luz al respecto de aquellas puestas en escena. Veamos.

Nada más comenzar, apunta que “El origen de los torneos y justas se remonta a la costumbre, que antiguamente observaban casi todos los pueblos, de verificar simulacros de lances de guerra, para ejercitarse y adquirir seguridad y destreza en el manejo de las armas. En la Edad Media [del siglo V al XV aproximadamente], constituían los torneos suntuosas fiestas públicas, y en la Moderna [del siglo XV y hasta el XVIII en que dejaron de practicarse], siguieron celebrándose con más o menos lujo, para festejar los grandes acontecimientos”.

Esto significa que su mayor trascendencia ocurrió desde aquellos remotos tiempos inmediatos a la caída del imperio romano, así como del comienzo de la guerra de “los ocho siglos” entre moros y cristianos (726-1492).

En su inmediatez con las razones bélicas, hubo ocasión de tornarlas estéticas en “El torneo –sigue apuntando el Marqués de San Francisco– propiamente dicho, [donde] los caballeros peleaban en grupos; en la justa, el combate era singular, de hombre a hombre; y en el paso de armas, numerosos campeones a pie y a caballo simulaban el ataque y la defensa de una posición militar. Generalmente los torneos se resolvían en justas, con que terminaban.

“Estos ejercicios caballerescos fueron introducidos en México por los españoles desde los primeros tiempos del coloniaje, pero no queda noticia de alguno en particular, si se exceptúa el verificado en la Capital de la Nueva España, con motivo del bautizo de los mellizos de Don Martín Cortés” (hecho que ocurrió en 1566).

Ante el hecho inminente de que durante esos tres siglos se celebraron cientos, quizá miles de festejos bajo el principio de torneos, alanceamiento de toros y juegos de cañas, alcancías, estafermos y un despliegue en el uso de las sillas a la jineta y a la brida, queda como registro de todo aquello un conjunto de descripciones mejor conocidas como “relaciones de sucesos” que habiéndolas ubicado en un trabajo que tengo en proceso, alcanzan más de 350 documentos.

En todo ese testimonio se percibe la constante referencia de los juegos de cañas los que, a decir de Manuel Romero de Terreros [estos fueron] “Copiados de las antiguas zambras de los moros, [de ahí que] estos ejercicios servían de pretexto para presentar vistosas cuadrillas con lujosas libreas y ricos atavíos. Cierto número de caballeros, bien montados a la jineta, y lujosamente vestidos, empuñando cada uno una lanza en la diestra y llevando una adarga en el brazo izquierdo, se dividían en escuadrones de diversas libreas, llamados Cuadrillas, cada uno con su Cuadrillero, o Capitán, que servía de jefe a cuatro, seis, ocho o más combatientes. Hacían su entrada a la plaza por cuatro distintas puertas, al son de oboes, sacabuches y otros instrumentos, y en los juegos más solemnes, cada cuadrilla iba precedida por numerosos pajes conduciendo mulas cargadas de cañas, que cubría un paño de brocatel. Después de saludar cortésmente a la concurrencia, y de cruzar la plaza de un lado a otro, se reunían las cuadrillas en el centro y, entregadas las lanzas a los escuderos respectivos, tomaban cañas, y empezaban el juego, que consistía en diversas escaramuzas, combatiendo con dichas cañas y defendiéndose las adargas. Esto se prestaba para grandes demostraciones de destreza y agilidad, pues no sólo se combatía de frente, sino que, en algunas figuras, era preciso echarse la adarga a la espalda para resguardarse de los golpes del contrario. Las cañas, sumamente frágiles, se rompían en grandes números, al chocar con las adargas, que eran escudos ovalados de cuero muy duro con dos asas por la parte interior para embrazarlos”.

Durante el siglo XVI, criollos, plebeyos y gente del campo enfrentaban o encaraban ciertas leyes que les impedían montar a caballo. Fue así como el Rey Felipe II instruyó a la Primera Audiencia, el 24 de diciembre de 1528, para que no vendieran o entregaran a los indios, caballos ni yeguas, por el inconveniente que de ello podría suceder en “hazerse los indios diestros de andar a caballo, so pena de muerte y perdimiento de bienes… así mesmo provereis, que no haya mulas, porque todos tengan caballos…”. Esta misma orden fue reiterada por la Reina doña Juana a la Segunda Audiencia, en Cédula del 12 de julio de 1530. De hecho, las disposiciones tuvieron excepción con los indígenas principales, indios caciques.

Aunque impedidos, se dieron a ejecutar las suertes del toreo ecuestre de modo rebelde, sobre todo en las haciendas. En pleno siglo XVIII, los que llegaron a ejecutar el repertorio de suertes tuvieron que hacerlo ocultándose detrás de una máscara. Por eso, a muchos de los festejos que todavía se daban durante la época del virrey Bernardo de Gálvez (1785-1786), uno de ellos descrito por Manuel Quiroz y Campo Sagrado, autor de la obra: Pasajes de la Diversión de la Corrida de Toros por menor dedicada al Exmo. Sor. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, 1786, a la sazón, un muy buen aficionado, comenta que se les llegó a conocer como “tapados y preparados”, de acuerdo a lo que nos cuentan Salvador García Bolio y Julio Téllez García en Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, Capitán General. 1786. Por: Manuel Quiros y Campo Sagrado. México, s.p.i., 1988. 50 h. Edición facsimilar.

Con lo anterior tenemos ya una explicación de aquellos festejos, “auténticas comparsas concebidas por caballeros nobles, de estudiantes de la Universidad o de diversos gremios de artesanos, vistiendo trajes que querían representar, ya personajes históricos o mitológicos, ya las Virtudes Teologales, los Dones del Espíritu Santo, o aún los vicios del hombre; y festejábanse con ellas las juras y cumpleaños de los monarcas, los santos de los virreyes, las dedicaciones de las iglesias, la entrada pública de los virreyes y de los arzobispos, y la mayor parte de las fiestas profanas y religiosas” como refiere el también autor de otras obras con las que recobró lo mismo el brillo novohispano que las intensidades del siglo XIX en la figura de personajes como Benito Juárez o Antonio López de Santa Anna.

Sobre la silla jineta, esta tenía los arzones altos, los estribos cortos y los frenos recogidos. Montaba a la jineta la caballería ligera y el caballero iba encogido, no pasando las piernas de la barriga del caballo, a la usanza morisca, tal y como puede apreciarse en la imagen que acompaña estas notas, que procede de la genealogía de don Thadeo Porta y Tagle de Oaxaca (ca. 1739), y donde el mencionado personaje montado gallardamente, aparece en la representación de un caballo que levanta las dos manos en el aire, lo que significa que Porta y Tagle murió en combate. Lleva además armadura, una peluca que impuso la moda de los primeros virreyes que estuvieron al servicio de la casa de los borbones, pero sobre todo monta a la “jineta”, aunque no dispuesto para un torneo o juego de cañas sino para modelar en el interesante registro que refleja ostentación, condición social, las armas que de alguna manera reafirman el linaje y hasta la señal de que, entre sus súbditos se encontraban esclavos negros, privilegiados con algún quehacer cercano al que supone el cuidado de los caballos, como puede apreciarse en el personaje de color que aparece a la derecha portando ropas bastante dignas.

Este apunte, rico en intenso colorido, e impreso en papel pergamino, al margen de su propósito genealógico, es una fiel muestra en que ostentaban lucidas galas en vistosos trajes.

Terminaré apuntando que la silla “a la brida” fue en principio un espacio bastante ceñido a las caderas del jinete con lo que se garantizaba la sujeción del mismo, apoyado en aciones o correas que penden de los estribos en la silla de montar y adaptadas de acuerdo a lo largo de las piernas. Muy importante era el freno integrado por otras tantas piezas como el filete o bridón y cabezón, gamarra y muserola.

Por su parte, Juan Suárez de Peralta logró que el impresor Fernando Díaz publicara en 1580 y en Sevilla su Tratado de la Cavallería, de la Jineta y Brida…, que no es sino la suma de experiencias novohispanas que recogió en ese curioso estudio, mismo que debe haber elaborado en forma por demás reposada, en contraposición al de aquella salida estrepitosa en 1566 y con rumbo a España, luego del intento de insurrección de los célebres hermanos Ávila, con quienes intentó apoyar el alzamiento de Martín Cortés; siendo este quizá uno de los primeros anhelos de emancipación. Como sabemos, ese propósito se concretó al comenzar el siglo XIX.

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA

CUATRO DISTINTOS TIEMPOS EN EL TOREO Y LA POESÍA.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 PRIMER TIEMPO.

La evocación lograda por Rafael López de Mendoza, es resultado de la actuación que Juan León “El Mestizo” tuvo en la plaza del Paseo Nuevo de Puebla, el 14 de febrero de 1886. En aquella ocasión, se lidiaron cinco toros de la ganadería de la Hacienda de Santa Isabel (Toluca). En la crónica que “Costillares” publicó en el Diario del Hogar, y que luego replicó El Arte de la Lidia (año II, 2ª época, del domingo 28 de febrero de 1886, N° 9, p. 3), refiere un hecho sorprendente que pasa a ser citado aquí por su rareza.

“El toque del clarín anuncia la salida del primer toro. Como a las diez varas del chiquero, los citados diestros (Juan León “El Mestizo” y su compañero Enrique Pola) están en pie. Enrique Pol sin miedo, y con la sonrisa en los labios, se tira al suelo. El “Mestizo” manifestando un valor a toda prueba, se coloca, y alzando los brazos con la divisa espera a su enemigo. Era el momento terrible, la emoción fue general.

“La puerta del toril se abril, y aparece por fin un toro prieto de regular estampa y bien armado. El animal se fija en los diestros y parte como un rayo, y al embestir, el atrevido diestro, dando un quiebro soberano, le clava la divisa. El diestro, como si tal cosa, queda tranquilo sin dejar su posición. Enrique Pola se levanta y cuartea al cornúpeto con la montera en la mano. No hubo un espectador que no hubiera tocado las palmas: aquello fue la mar de aplausos, y hasta la tambora de la música del 15º batallón se rompió de tanto tocar diana.

“Concluida la deseada suerte, aparecieron en el ruedo los de a caballo. Vicente Oropeza señaló cuatro buenos puyazos, y Gerardo Meza “El Gorrión” tres, ambos sin consecuencias.

“El “Mestizo” capeó admirablemente, siendo acreedor a grandísimos aplausos.

“Cambiada la suerte, Florentino (a) “El Tanganito”, clavó un buen par de banderillas al cuarteo.

“Llega la hora de matar. El “Mestizo” con espada y muleta se acerca al buró, y pasándolo magistralmente de muleta con dos naturales, uno en redondo y dos de pecho; le larga una estocada por todo lo alto, suficiente para acabar con la vida del cornúpeto. Aplausos.

“Una vez concluida su faena, el “Mestizo”, empuñando un estandarte enlutado y con los colores nacionales, se dirigió al departamento de sombra a fin de recoger un donativo o suscripción para los funerales u honras que se deben efectuar a la memoria del decano que fue de los toreros en México, Bernardo Gaviño.

“La idea altamente noble dio resultado, y sobre esto el “Mestizo” es doblemente acreedor a las simpatías del público mexicano, por sus filantrópicos sentimientos; pues pocas veces se ha visto entre artistas un hecho como este”.

Hasta aquí la cita.

Ahora bien, el extraordinario caso de aquella suerte fue motivo de exaltadas opiniones tanto de la prensa como de los aficionados que la presenciaron. La misma tarde, fue aprovechada por el diestro español para lucirse en otra suerte, justo en el tercero, cuando al recibirlo, lo cambió a cuerpo limpio, suerte desconocida en Puebla y que también causó gran alboroto.

Total, que la actuación triunfal del “Mestizo” tuvo otra elogiosa referencia, escrita por el entonces reconocido autor teatral Rafael López de Mendoza, a quien identificamos muy cercano a los toros con diversos escritos. López de Mendoza, escribió dramas, pero sobre todo una obra denominada “Toreros en México” (A propósito en dos cuadros y en verso, original del general Rafael López de Mendoza. Estrenado la noche del domingo 9 de octubre de 1887).

Por su parte, Armando de María y Campos en el célebre semanario El Eco Taurino, publicó hacia finales de los años 20 del siglo pasado, una interesante composición de nuestro autor en turno, y así aparece, editada de acuerdo a la suerte que conmovió a los poblanos que presenciaron la completa actuación de Juan León “El Mestizo”:

SEGUNDO TIEMPO.

   Gracias a la labor de Eduardo Noriega “Trespicos”, es posible conocer a poco más de 130 años de distancia, algunas de las obras pertenecientes al célebre poeta mexicano Juan de Dios Peza (1852-1910). Entre sus obras más conocidas se encuentran Cantos del Hogar, Canto a la Patria, Fusiles y muñecas o La lira mexicana, entre otros títulos.

   Los poemas que nuestro autor dedicó a la tauromaquia, se publicaron –y aún hoy permanecen inéditos-, en la revista de toros La Muleta, cuyos primeros versos La Bomba (inédita de mi Libro de viajes, que tampoco se publicó).

   En algunas otras publicaciones taurinas, ya en pleno siglo XX, estos versos fueron reeditados, con objeto de corroborar una rareza literaria venida directamente de la lira perteneciente a uno de los más consagrados autores nacionales, lo que significa la reivindicación de que la literatura no estaba peleada con los toros, y menos cuando estaba emanaba de la inspiración de celebridades como Peza mismo.

   Ante ese hecho, creo que la labor a la que puso un empeño muy especial Armando de María y Campos en su también muy conocida publicación El Eco Taurino (1925-1939), esto allá a finales de la segunda década de la centuria pasada, permite alcanzar a entender la dimensión de aquel horizonte cultural donde, creadores de talla muy alta como Juan de Dios Peza no quedaron, ni quedan ahora, sumidos en la marginación del olvido. En todo caso, sucede lo contrario, pues con “Cantares Taurinos”, es posible apreciar su mirada, entender su pensamiento y alcanzar también el deleite en el que “el buen Andrés”, protagonista de los versos, produce en los mismos una delicia que raya en el humor, síntoma del que no pudo escapar el propio Juan de Dios.

TERCER TIEMPO.

De 1925 es la siguiente muestra, creación de Armando de María y Campos acompañada por un apunte, el cual recrea el momento culminante de cierta actuación faena de Francisco Peralta “Facultades” el año anterior. Es un pase de pecho, dando la espalda, y que bien pudo lograr un Carlos Ruano Llópis de reciente presencia por nuestras tierras. Aunque tiene también mucho de la línea que ya definía Roberto Domingo. ¿A qué artista perteneció esa obra?

Un ritmo es el toreo…

 La vida tiene un ritmo

sencillamente impar.

Todo responde a un claro

y unánime, tic, tac.

 

Un ritmo es el toreo

un ritmo es el torear,

un ritmo de matices

y de serenidad,

que los técnicos dicen

llanamente “templar”,

y que yo considero

un difícil ritmar

en que “vida” y “tragedia”

tienen que asonatar.

 

La vida tiene un ritmo

unánime e impar.

¡Un ritmo es el toreo

un ritmo es el torear!…

 

Cuando el pitón del toro

-rabia y brutalidad-

el pecho indiferente

del diestro va a rasgar,

en uno de esos lances

que “Facultades” dá;

cuando sobre el morrillo

se despetala un par

de banderillas, como

los que sólo Gaona

pudo y supo clavar;

cuando como si fuera

manejado a compás,

se embebe en la muleta

el bravo toro audaz,

siguiendo de “Chicuelo”

el pase natural;

cuando el toro sucumbe

de estocada mortal,

y en los tendidos cálidos

hay hondo suspirar

por el diestro arrojado

que ha sabido matar,

metiendo bien la pierna

y exponiendo “al cruzar”,

la vida ha palpitado

con su ritmo imparcial.

 

La vida tiene un ritmo

y un ritmo es el torear.

El ritmo es cosa fácil,

es la facilidad,

cuando en cada minuto

se sabe el ritmo hallar,

como en todos sus lances

lo encontraba Marcial

Lalanda, el gran torero

valor y suavidad.

Un ritmo es el toreo

cuando se sabe aunar

el amor a la vida

con un despreocupado

deseo de acabar.

¡Un ritmo es el toreo,

un ritmo es el torear!

 El Duque de Veragua.[1]

CUARTO TIEMPO.

Armando de María y Campos, entre sus muchas virtudes, que también las tuvo, fue un hacedor de la poesía. De ese modo, y a 20 años de la muerte del diestro sevillano Antonio Montes, ocurrida un 13 de enero de 1907, ello representaba la posibilidad de rememorar una tragedia que conmovió a la sociedad mexicana de entonces.

Los versos que tejió para esa evocación, van así:

TARDE DEL TRECE DE ENERO… (A Ricardo Noriega)

 En el huir de los años

no escapas a mi recuerdo,

tarde infantil y solemne,

tarde del trece de enero

de mil novecientos siete…

 

Yo quería ser torero,

y me enfadaba llevar

boina azul de marinero

-de marinero de tierra-

con dos listones al viento,

las pantorrillas al aire,

y sin manchas el vestido

de niño decente y bueno.

 

¿Recuerdas, madre? Querías

hacer de mí un ingeniero.

 

Capas rojas, gritos roncos,

ruge el toro como un trueno,

y arde el sol en los caireles

con vivo chisporroteo.

Fuentes, Montes y “Bombita”.

¡Parpadean tres luceros

en el cartel de las nubes!

 

Antonio Fuentes, maestro;

a Montes, cara de cura,

le enviaba valor el cielo;

Ricardo Torres “Bombita”,

alegre y zaragatero.

¡Si parece que fue ayer,

tarde del trece de enero!…

 

“Mátale de prisa, Antonio”,

dijo Fuentes, el maestro.

y Montes entró, despacio

y el toro le hundió su cuerno.

 

Mis diez años se pararon

trémulos de asombro y miedo,

cuando el toro cogió en tablas

al pobrecito torero.

 

Congoja, tristeza y luto.

las cuadrillas hablan quedo,

y sollozando la tarde

crespones cuelga en su pecho.

“¡Se muere Montes, se muere!”,

en voz baja dice el viento.

cristiana la noche enciende

cuatro dorados luceros.

 

Mató un toro a Antonio Montes,

¡Madre, ya no quiero ser torero![2]

 

Armando de María y Campos, 1933.

   La edición de este ejercicio literario lució así:

Recordamos a esta gran figura, quien estuvo en nuestro país durante varias temporadas, a principios del siglo pasado. Tuvo que llegar la fecha infausta del 13 de enero para que “Matajacas” de Tepeyahualco, le asestara mortal cornada para que a partir de ese momento, el torero español se convirtiera en leyenda. Parte de ese testimonio es el que ahora reúno en esta semblanza.

En 2002, tanto Marcial Fernández como un servidor preparamos, en 2002 un libro en coautoría que denominamos: Los Nuestros.[3] Dejamos testimonio de un sinfín de matadores de toros que, a nuestro juicio hacíamos “nuestros” por muchos significados. Entre otros, Antonio Montes, ingresó a la nómina en estos términos:

En lo que queda de un cartel roído por el tiempo, muy dañado, es posible apenas distinguir entre casi tres fotografías y su elaborada descripción los datos que nos hacen ubicar su célebre nombre, su retrato y otras circunstancias que giraron alrededor de aquel espantable suceso, del que también hizo su parte Antonio Vanegas Arroyo, junto con José Guadalupe Posada, por lo que sus famosas “hojas de papel volando”, circularon casi de manera inmediata tras ocurrir el deceso. Los “Tristísimos recuerdos…” tienen señal de impresión del año 1908.

Con el desmedido título “El cadáver de ANTONIO MONTES CONVERTIDO EN CARBÓN…” (1907), y “Tristísimos Recuerdos…” (1908), hacemos nuestra esta evocación, venida, como ya se sabe, de aquel empeño de quien ostentó dos conocidos alias: El Alcalde de Zalamea y El Duque de Veragua.

Me refiero a Armando de María y Campos.


[1] El Eco Taurino. Año I, México, D.F., 15 de diciembre de 1925, Nº 12. Armando de María y Campos, director de este semanario, firmaba sus artículos, crónicas y colaboraciones, las más de las veces con el pseudónimo que remata el verso.

[2] El Eco Taurino, N° 301 del 12 de enero de 1933.

[3] Marcial Fernández (seud. Pepemalasombra) y José Francisco Coello Ugalde: Los Nuestros. Toreros de México desde la conquista hasta el siglo XXI. México, Ficticia, 2002. 215 p. Ils., retrs., fots.

 

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA

UN NUEVO TEXTO TAURINO POR INTERNET.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hago del conocimiento a toda la comunidad que amablemente se acerca a este blog, con objeto de informarles que el día de hoy 22 de marzo de 2018, ha sido dada a conocer la revista bibliographica, edición que difunde el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

   En el contenido del Vol. 1, núm. 1, primer semestre 2018, aparece publicado, en la sección “Bibliothecae” mi artículo “Colección taurina Javier Sánchez Gámiz, Biblioteca Nacional de México” el cual proporciona interesante información sobre este conjunto literario formado pacientemente por el reconocido abogado y taurino, Lic. Javier Sánchez Gámiz. Espero sea del agrado de los lectores, y que sirva como un registro más para conocer el desarrollo de la integración biblio y hemerográfica con tema taurino en este país.

   La liga a la que deben acudir es la siguiente:

(http://www.iib.unam.mx/index.php/instituto-de-investigaciones-bibliograficas/publicaciones/revista-bibliographica), o teclear directamente en su navegador http://bibliographica.iib.unam.mx.

   Esta es una publicación arbitrada, con lo que una vez más, el tema taurino se reconoce en los círculos académicos.

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA

POESÍA MEXICANA EN LOS TOROS.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

José Francisco Coello Ugalde:  Antología de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca Arredondo y Rosana Fautsch Fernández. Fotografías de: Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas. México, 1986 – 2006. 776 p. Ils. (Es una edición privada del autor que consta de 20 ejemplares nominados y numerados).

   Hoy, dedico el tema de esta colaboración a la poesía. Y más aún, a la poesía taurina.

   Recientes trabajos como los de Juan Domingo Argüelles: “Antología general de la poesía mexicana. De la época prehispánica a nuestros días” o el de Carlos López: “Los poemas de la poesía”, han representado para uno y otro un trabajo extenso en tiempo y reunión de obras, lo que merece especial reconocimiento.

   Sin embargo, el asunto taurino no había merecido ninguna atención, lo cual me llevó desde 1986 y hasta nuestros días a materializar el que hoy día ya es un “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”. De dicha labor, tuve oportunidad de publicar en 2006 el que entonces consideré como “Antología” en edición limitada de 20 ejemplares.

   Hasta hoy, la tarea no ha concluido. En el trabajo cotidiano de investigación siguen apareciendo textos que legaron poetas mayores y menores, así como diletantes de la poesía. Los hay anónimos y el cúmulo de esos datos rebasa las 2000 muestras.

   Quisiera compartir con ustedes el texto que redacté en 2004, el cual además, se engalanó con las presentaciones de Lucía Rivadeneyra y Elia Domenzáin que escribieron prólogo y epílogo respectivamente.

   Un tema como el de la poesía mexicana en los toros no había sido abordado desde su visión integral o antológica. De ahí que este motivo se sume a una información de intachable reminiscencia, colmada a su vez del mero y subjetivo emblema de elementos materiales tan insubstanciales como complejos dentro de una tradición, íntimamente relacionada con la historia de México, en esa otra historia paralela que es la de las corridas de toros, que llega a este 2004 con 478 años de recorrido.

   José María de Cossío, el gran erudito español, autor de la obra monumental de LOS TOROS,[1] escribió y compiló un trabajo denominado LOS TOROS Y LA POESÍA.[2] En él, no se contempla ninguna creación novohispana, del México independiente o del México moderno, lo que sí ocurre en otro de sus libros: LOS TOROS EN LA POESÍA CASTELLANA,[3] donde sólo aparecen dos composiciones novohispanas.[4] Ello obliga a desarrollar un trabajo con características similares, con la única diferencia de que el contexto sea totalmente de origen mexicano, debido a que se cuenta con elementos de verdad fascinantes, surgidos de esa maravillosa creación literaria.

   Acontece siempre, que en un trabajo de estas magnitudes, quedan ignorados datos considerables, los cuales existen en documentos sumamente curiosos que, por su condición han desaparecido en diversas y misteriosas circunstancias, o se hallan en el peor de los olvidos. Mi intención ha sido rescatar el mayor número de evidencias que, en un acomodo cronológico y una selección rigurosa, den como resultado un trabajo rico en valores. La consecuencia es esta APORTACIÓN HISTÓRICO TAURINA, cuyo propósito fundamental, cuando fue creada dicha serie en 1985, era y sigue siendo la de exhumar y rescatar documentos publicados en diversas épocas (en su caso, y si así conviene, con su respectiva reproducción facsimilar) en medio de una acuciosa anotación, que termine siendo el sustento crítico que la enriquece.

   Parece lógico iniciar estos apuntes con las primeras composiciones poéticas elaboradas a propósito de las representaciones -más caballerescas que taurinas- habidas en el México novohispano, que luego, con el paso de los años, y con la llegada de nuevas ideas y conceptos, se dieron los cambios al toreo de a pie, mismo que evolucionó durante todo el siglo XIX, y se enriqueció a partir de 1887, con la llegada de un importante grupo de toreros hispanos, quienes provocaron un vuelco representativo que originó la presencia de por vida del toreo de a pie, a la usanza española, en versión moderna. De entonces a este tiempo, la tauromaquia en nuestro país se ha consolidado.

   Ante nuestros ojos se presentan una serie notable de trabajos de la misma índole, ya como antologías,[5] donde ha quedado reconocida entre otras la presencia de Octavio Paz. De la misma manera, existen otros trabajos que, a lo largo de este, irán siendo citados, escogiendo lo que a mi juicio no sólo es la poesía mayor. También es preciso incluir la reproducción de algunos versos menores, o de extracción eminentemente popular. Tal es el caso de corridos y canciones, logrados por diversos creadores que no siempre se encuentran a la altura de aquellos célebres autores de la literatura que aquí queda considerada como “universal”.

   Siguiendo el modelo establecido por Cossío, se recogerán todos aquellos ejemplos que han dejado diversos autores a lo largo de más de cuatro siglos y medio, sin más anotación que la conveniente, indicando en su caso, el o los años de producción de la o las obras para no entorpecer el propósito original, y llegar así a buen término. De igual forma, cada siglo incluirá un “marco histórico” indispensable para entender su distinto comportamiento, logrando con ello una revisión, si no absoluta, sí la más completa que sea posible del recorrido secular de este espectáculo en nuestro país.

   Pocos poetas merecieron el reposo del análisis, y creo que la dimensión de la obra así lo exige. Sin embargo, aparecen algunos casos, como los de Sor Juana, Octavio Paz o José Alameda. Pero esta antología, debo confesarlo, no logra los alcances que, por ejemplo Luis Mario Schneider consigue en otra antología poética: la de Los Contemporáneos.[6] O el inalcanzable texto, por meritorio y genial de José Gorostiza con el que, en buena medida explica su Muerte sin fin.

   Espero que esta grave como tan grande omisión sea salvada por la comprensión de lectores y críticos, puesto que el propósito de la presente obra fue reunir todo aquel material con la sustancia poética como referente fundamental.

   Por último, quiero agradecer a Lucía Rivadeneyra y Elia Domenzáin sus comentarios, recomendaciones, pero sobre todo sus valiosos textos que enmarcan esta obra. A Rosa María Alfonseca Arredondo y Rosana Fautsch Fernández que aceptaron ilustrar con trazo sensible, inspiradas por los múltiples versos aquí reunidos. A Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas, por su trabajo fotográfico con aires de renovación aportado a esta aventura editorial. Cada uno, desde su muy particular expresión, comenta, apunta o ilustra de tal forma, que, al ver el libro convertido en el fruto de los deseos de cualquier autor, puede advertirse el equilibrio que se consigue al combinar todas esas expresiones que, al ponerlas en manos del lector, pretende una placentera lectura, un gozoso paseo por los caminos del arte…

   Merece lugar especial en esta relación de agradecimientos, la valiosa intervención de Jorge F. Hernández, cuyas gestiones para convencer a tirios y troyanos ha sido incalculable, me consta.

   Esta empresa no podría quedar enteramente rematada si antes no se acude a una serie de explicaciones –o mejor dicho, exploraciones- alrededor del significado que en sí misma tiene la poesía en cuanto tal. Considero que dos buenos argumentos son los que pueden encontrarse en las obras de Octavio Paz[7] y José Gorostiza.[8]

   Avanzada la lectura de El arco y la lira, Paz afirma que

   “El poeta no quiere decir: dice. Oraciones y frases son medios. La imagen no es medio, sustentada en sí misma, ella es su sentido. En ella acaba y en ella empieza. El sentido del poema es el poema mismo”.[9] Y luego Gorostiza complementa la siempre pretendida explicación que todo creador en este sentido propone, aunque no siempre bajo el espíritu romántico de Bequer cuando a pregunta expresa de una su admiradora “¿Qué es la poesía?”, la vaga respuesta que escuchó fue “la poesía, eres tú”, vaga respuesta que también va a contrapelo de reconocida obra de Rosario Castellanos y su “Poesía no eres tú”. No. Aquí de lo que se trata es ingresar al complejo terreno donde pueden tejerse sólidas redes infinitas en prueba de este difícil, pero a la vez sencillo y misterioso quehacer. Por eso, José Gorostiza apunta que: “Para el poeta, la poesía existe por su sola virtud y está ahí, en todas partes, al alcance de todas las miradas que la quieran ver”. Es más:

   “La substancia poética, según esta mi fantasía, que derivo tal vez de nociones teológicas aprendidas en la temprana juventud, sería omnipresente, y podría encontrarse en cualquier rincón del tiempo y del espacio, porque se halla más bien oculto que manifiesta en el objeto que habita. La reconocemos por la emoción singular que su descubrimiento produce y que señala, como en el encuentro de Orestes y Electra, la conjunción de poeta y poesía”.

   Precisamente, al buscarle explicaciones al complejo, y asimismo sencillo espacio de la poesía, es necesario acudir a metáforas, a esa construcción de castillos en el aire que todo y nada dicen al mismo tiempo. En ese sentido, quienes profesamos la afición a los toros, solemos acudir con frecuencia al viejo verso de Lope de Vega revestido por el diestro sevillano Pepe Luis Vázquez en estos términos: “El toreo, es algo que se aposenta en el aire, y luego desaparece”. De ahí que sea el propio creador de Muerte sin fin quien nos diga que “la poesía, al penetrar en la palabra, la descompone, la abre como un capullo a todos los matices de la significación. Bajo el conjuro poético la palabra se transparenta y deja entrever, más allá de sus paredes así adelgazadas, ya no lo que dice, sino lo que calla”.

   Y es por medio del propio Gorostiza quien llega al centro de toda esta atención, rebasando el límite finito, cuando afirma: “La poesía, para mí, es una investigación de ciertas esencias –el amor, la vida, la muerte, Dios- que se produce en un esfuerzo por quebrantar el lenguaje de tal manera que, haciéndolo más transparente, se pueda ver a través de él dentro de esas esencias…” Pero eso no es todo. “La poesía es una especulación, un juego de espejos, en el que las palabras, puestas unas frente a otras, se reflejan unas en otras hasta lo infinito y se recomponen en un mundo de puras imágenes donde el poeta se adueña de los poderes escondidos del hombre y establece contacto con aquel o aquello que está más allá”.[10]

   Y mientras Gorostiza apunta que “si la poesía no fuese un arte sui generis y hubiese necesidad de establecer su parentesco respecto de otras disciplinas, yo me atrevería a decir aún (en estos tiempos) que la poesía es música y, de un modo más preciso, canto”, Octavio Paz apuntala este dicho bajo la siguiente afirmación acudiendo a una explicación más, la que proporciona Rubén Darío cuando dice: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, y no hallo sino la palabra que huye… y el cuello del gran cisne blanco que me interroga”. Paz, extendiéndose en esa búsqueda por el más allá de la poesía insiste que “La “celeste unidad” del universo está en el ritmo. En el caracol marino el poeta oye un profundo oleaje y un misterioso viento: el caracol la forma tiene de un corazón. El método de asociación poética de los “modernistas”, a veces verdadera manía, es la sinestesia. Correspondencias entre música y colores, ritmo e ideas, mundo de sensaciones que riman con realidades invisibles. En el centro, la mujer: la rosa sexual (que) al entreabrirse conmueve todo lo que existe. Oír el ritmo de la creación –pero asimismo verlo, y palparlo- para construir un puente entre el mundo, los sentidos y el alma: misión del poeta”.[11]

   Gorostiza, al quite:

   “El poeta no ha de proceder como el operario que, junto con otros mil, explota una misma cantera. Ha de sentirse el único, en un mundo desierto, a quien se concedió por vez primera la dicha de dar nombres a todas las cosas. Debe estar seguro de poseer un mensaje que sólo él sabrá traducir, en el momento preciso, a la palabra justa e imperecedera… Nadie sino el Ser Único más allá de nosotros, a quien no conocemos, podría sostener en el aire, por pocos segundos, el perfume de una violeta. El poeta puede –a semejanza suya- sostener por un instante mínimo el milagro de la poesía. Entre todos los hombres, él es uno de los pocos elegidos a quien se puede llamar con justicia un hombre de Dios”.[12]

   Todos esos “hombres de Dios” convocados aquí, en tanto creadores, como congregación colectiva por un lado, y secular por el otro; que pretende aproximaciones sobre el mensaje en torno al toreo mexicano, se unen para decirnos a coro, resumido por Octavio Paz como sigue:

   “Agudos, graves, esdrújulos, sobresdrújulos –golpes sobre el cuerno del tambor, palmas, ayes, clarines”- la poesía de lengua española es jarana y danza fúnebre, baile erótico y vuelo místico. Casi todos nuestros poemas, sin excluir a los místicos, se pueden cantar y bailar, como dicen que bailaban los suyos los filósofos presocráticos”.[13]

   Esta es pues, la esencia y también la empresa de amplias dimensiones con la que pretendo poner al alcance de los lectores y aficionados el rico material de un tema que seguramente resultará curioso e interesante, y que por sus características se reúne por primera vez en nuestro país.


[1] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1997. 12 v.

[2] Op. Cit., vol. 2, p. 243-406.

[3] José María de Cossío: Los toros en la poesía castellana. Argentina, Espasa-Calpe, 1947. 2 vols.

[4] Op. Cit., t. II., p. 83-87. Juan Ruiz de Alarcón, último cuarto del siglo XVI. Biblioteca de AA.EE. Comedias de J. R. de Alarcón: Todo es ventura, acto III, y p. 181: Sor Juana Inés de la Cruz. Segundo tomo de las obras…, Barcelona, 1693.

[5] Mariano Roldán: Poesía universal del toro (2500 a. C.-1990). Madrid, Espasa-Calpe, 1990, 2 V. (La Tauromaquia, 30 – 31).

[6] Homenaje nacional. Los Contemporáneos. Antología poética. Introducción, selección de notas de Luis Mario Schneider. México, Instituto Nacional de Bellas Artes, CULTURASEP, 1982. 167 p. Ils., fots.

[7] Octavio Paz: El arco y la lira. El poema, la revelación poética, poesía e historia. México, décimo tercera reimpresión. México, Fondo de Cultura Económica, 2003. 305 p. (Sección de lengua y estudios literarios).

[8] José Gorostiza: Muerte sin fin y otros poemas. México, Fondo de Cultura Económica-Cultura SEP, 1983. 149 p. (Lecturas mexicanas, 13).

[9] Paz: El arco…, op. Cit., p. 110.

[10] Gorostiza: Muerte…, op. Cit., p. 8-11.

[11] Paz: El arco…, ibidem., p. 93.

[12] Gorostiza, Muerte…, ibidem., p. 24-25.

[13] Paz, El arco…, ibid., p. 89.

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA, Sin categoría

OBRA PUBLICADA POR EL AUTOR, DE 1987 A 2017.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Con frecuencia, algunas personas me consultan sobre mi trabajo publicado. Debo decir, no sin modestia, que a continuación encontrarán ustedes respuesta a esa duda. El archivo que acompaña estas notas, indica que entre 1981 y 1987 hubo un trabajo de iniciación con alrededor de mil colaboraciones. De 1987 y hasta la fecha, son 93 las publicaciones en que aparezco como autor o coautor. Espero sea de utilidad el presente registro.

OBRA PUBLICADA DE JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA

MÁS DATOS DE UN LIBRO INÉDITO DEDICADO A LA HISTORIA DE SANTÍN.

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

No hace mucho, justo el 18 de diciembre de 2016, daba a conocer la que, a mi parecer, es la conclusión de un trabajo de largo aliento. Dicha investigación comenzó en 1985 y culmina 31 años después. Junto a ella, también hubo oportunidad de acercarse a otros temas, a cual más importante. Me refiero concretamente a las haciendas de Atenco, San Diego de los Padres, así como a dos personajes fundamentales en el curso del siglo XIX: Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz.

Al cabo de esas poco más de tres décadas, los hilos conductores entre esos cinco asuntos tuvieron feliz consecuencia y una de ellas es precisamente la de Santín, libro inédito de 358 páginas profusamente ilustradas, y del que ahora comparto con ustedes el prólogo del mismo.

…AL QUE LEYERE… HISTORIA SOBRE LA RAZA BRAVA DE SANTÍN.

PRÓLOGO

Conforme avanzan una serie de investigaciones que he venido realizando desde 1985 y hasta la fecha, la información que ha ido surgiendo no sólo para el caso de Atenco, San Diego de los Padres o Santín, motivo este último del presente trabajo, han permitido abandonar la idea de que los datos son mínimos. Por fortuna, en el caso concreto de Atenco ha resultado muy positivo, tanto que esto produjo suficiente material para integrar mi proyecto de tesis doctoral.[1] Ahora bien, en importancia ha seguido Santín y espero que en algún momento, suceda lo mismo con San Diego de los Padres.

Por ahora Santín es centro de atención y a ello dedicaré las siguientes notas de apertura.

Aunque su origen como hacienda cuyo ganado se destinó a festejos taurinos, se remonta al año 1836,[2] se tienen datos que ubican su formación e integración como unidad de producción agrícola y ganadera a partir de 1590. Fue en el curso del siglo XVIII en que adquiere su primera denominación como hacienda de la Santísima Trinidad de Santín, que con los años pasó a ser propiedad de un tal Pedro Santín, mismo que le dio su nombre. Para el siglo XVIII adquirió otro nombre: el de hacienda de San Nicolás, según el censo de fincas del Valle de Toluca de 1776 y en este, ya aparece como dueño don Felipe Barbaboza y Quijano de Alcocer, quien la compró en 1767 al propio Pedro Santín, de acuerdo con la “Memoria de los S. S. Barbabosa” de octubre de 1863, que incluye los “Apuntes Exquisitos Sucedidos en mi Casa”, que se inician con datos desde el año de 1778, y que fueron escritos por el licenciado don José Antonio de Barbabosa y Díaz de Tagle, hijo de don Felipe. Sin embargo el patrón de la hacienda no es San Nicolás, sino la Santísima Trinidad. No es raro que la denominación original se haya olvidado. Por otra parte el de San Nicolás Canaleja, San Nicolás Tolentino, San Nicolás Peralta, esto es explicable ya que en ese lugar tuvieron varias propiedades y por ello influencia los Padres Misioneros de Filipinas que pertenecían a la Orden de los Agustinos Descalzos y que debieron ser los que por devoción a ese santo pusieron a las fincas antes mencionadas bajo su protección.

José Julio Barbabosa, una de las fuentes principalísimas en este estudio, proporciona información de primer orden, en el sentido de que

(En 1836 fue el) Inicio de la ganadería con “el deseo de tener mayor número de bravos, a cuyo efecto D. José Julio Barbabosa –abuelo de nuestro personaje del mismo nombre- mandaba poner de padres a los becerros q.e con mayor empeño y decisión, lidiaban…”[3]

Para ello, la mejor manera de comprobar el ritmo o pulso en que Santín estuvo presente, al menos de 1836 a 2016, puede encontrarse en la “Relación de corridas de toros de la hacienda de Santín, localizadas en las diversas fuentes de consulta a que tuvo acceso el autor”.

Conforme va uno enfrascándose en el informe que cotidianamente fue concibiendo J. J. Barbabosa, se tiene suficiente idea del modo en que Santín fue articulándose como una hacienda ganadera en lo fundamental, entre cuyos fines estuvo el de destinar toros a las diferentes fiestas organizadas con ese objeto. Llama la atención que el tipo de ganado criado a propósito, tuvo unas características en las que se respetó lo que podría considerarse en términos archivísticos como “orden de procedencia” o en la industria vitivinícola la “denominación de origen”. Lo que en otras palabras podría entenderse como pureza, pues se trataba de ganado criollo, que no se cruzó con ninguno otro, hasta que el 8 de septiembre de 1924

(…) a las 11.35 min de la mañana llegaron a Santín los 6 cajones con las 4 terneras y 2 toros españoles que deseabamos, desde luego los llevamos a la manga de la Loma y ahí les abrimos los cajones, dos terneras y un toro dieron firmeza sobre los caballos de los vaqueros que estaban deteniendo unas terneras mansas que pusimos para que les sirvieran de cabestros. Llegaron en perfecto estado de gordura y demás, por desgracia son de tres años y no de dos como los encargué y según dicen, los han tentado 3 veces, que se yo lo que habrá de verdad respecto a su vista, debo confesar con toda verdad como lo acostumbro, mi torpeza o mi mal gusto, me parecen / (p. 67) feos y que no se pueden comparar con los de aquí, pero me conformo deseando den excelentes crías, aunque sean feas. Vinieron los toros No. 7 Vigilante, No. 32 Pelofino, negro entrepelado, y las terneras son la No. 446 negra Alcoaleana la No. 457, negra, Balconera, la No. 477 Almendrilla, negra también, y la No. 480 Rondeña, negra entrepelada. Todas estas reses son de la ganadería de D. Antonio Flores, de las razas del Duque de Braganza, Marqués del Saltillo y Santa Coloma. Las mandó el Sr. Alfredo Alonso de Sevilla, asegurándome que son de sangre pura saavedreña. Esta rama saavedreña del Mayorazgo Núñez de Prado, fue primitivamente de D. Francisco Pacheco y Núñez de Prado, Marqués de Gandul, que vendió su mayor parte a D. Juan Vázquez, que la llegó a Gerena, este la cedió al Marqués de Villamarta que la traspasó con gran utilidad al Sr. Oleas, que la llevó a Castilla, de donde vinieron las vacas paridas a poder del actual poseedor Sr. Antonio Flores Yñiguez, que la conserva pura, aunque viven unidas a la ganadería que enagenó el Duque de Braganza, Rey de Portugal, formada con vacas de Veragua, y toros de Ybarra que vio tentar el Sr. A. Alonso. Por supuesto que todos estos datos los obtuve del Sr. Alfredo Alonso a quien conoce personalmente el amigo del Rivero, y este asegura que aquel es todo un caballero, y hombre honorable en todo sentido.

Cuando me manden la cuenta y sepa lo que costaron estos animales lo anotaré.[4]

Retrato del señor José Julio Barbabosa (1860-1930), protagonista principal en esta obra.

Por cuanto puede verse, hubo entre 1836 y 1924 una especie de práctica endogámica, de ahí que las características fenotípicas de los “santines”, permitió que fueran siendo conocidos como los “toros nacionales”. Por ejemplo, no se parecen a los de Atenco que, para esas épocas mostraban ya fuerte presencia navarra. Sin embargo, por el registro fotográfico del que se valió J. J. Barbabosa para demostrar o comprobar el envío de sus toros a las plazas, puede concluirse en su morfología que no estaban presentes esos elementos criollos de los que se jactaba, pues habría sido muy notorio el hecho de que un ganado con tal peculiaridad, que es ganado criollo por donde quiera vérsele; se distanciara en sus condiciones de trapío respecto al ganado “santineño”, mismos que poseían armonía y robustez. Su cornamenta era otra de esas particularidades pues en su mayoría era –en cornamenta- corniabierta, y hasta “alacranados”. En cuanto al juego que desempeñaban en el ruedo, todo parece indicar que eran muy bravos y duros, aunque no faltaban aquellos en que la reputación de la ganadería quedaba en duda.

Además de los documentos que aquí son centro de atención, serán incluidos en forma facsimilar otros de la misma importancia y contenido, mismos que se detallarán en pequeñas fichas, así como una importante cantidad de imágenes y fotografías, que permitirán conocer con más detalle, el curso que fue tomando, al cabo de los años hacienda tan notable y que, como muchas, también entró en su fase natural de decadencia, hasta su lamentable desaparición.

Toro de Santín a finales del siglo XIX.

Tengo la impresión de que me estoy adelantando a mostrar las maravillas que ofrece …AL QUE LEYERE… HISTORIA SOBRE LA RAZA BRAVA DE SANTÍN, cuyo valor se debe, en buena medida a la información inédita que puso a mi alcance Salvador Barbabosa, a quien debo mi agradecimiento muy especial por encontrarme con las abundantes fuentes originales de que se vale este trabajo y con lo que emprendí la gozosa tarea de estructurarlo en la forma en que el lector tendrá forma de conocerlo a partir de estos momentos. Que su lectura, como la mía, produzca el deleite, el asombro y la curiosidad.

Ciudad de México, noviembre de 2016

M. en H. José Francisco Coello Ugalde.


[1] José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. México, Universidad Nacional Autónoma de México. División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia, 2006. 251 p. + 654 p. de anexos. Ils., fots., facs., mapas.

[2] Aunque ya se dispone de un dato que se ubica un año antes. Véase la “Relación de encierros de la Hacienda de Santín localizados en las diversas fuentes de consulta…” en este mismo trabajo. (N. del A.).

[3] José Julio Barbabosa: Nº 1. Orijen de la raza brava de Santín, y algunas cosas notables que ocurran en ella. José Julio Barbabosa. Ms. Santín. Nbre. 1/1886, p. 3.

[4] José Julio Barbabosa: Nº 3 Orijen de la raza brava de Santín, y algunas cosas notables q.e ocurran en ella (…). Santín, Noviembre 2/1914 y ss.

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA